IX Bajo el mismo Cielo parte V


—¿Ya te sientes mejor, Vassili? —preguntó Sora con cariño cuando dejé de llorar.
Mi querido amigo me había sostenido en sus brazos durante largo rato, esperando a que descargara toda mi angustia.
—Sí… ya estoy mejor… Perdona, Sora. No quería que me vieras así.
—No te preocupes, Vassili. Ya sabes que quiero ayudarte. Sabía que estabas molesto porque Maurice pasa mucho tiempo con sus amigos, pero te aseguro que no hay entre ellos otra cosa que amistad, es más, esos hombres no están buscando llevarse a Maurice a la cama, yo sé mucho de eso.
—No estoy celoso… O al menos no he llorado por eso, sino por la salud de Maurice y su obsesión con el maldito Paraguay.

IX Bajo el mismo cielo - parte IV

Como Raffaele anticipó, debí considerar lo que significaba tener a los jesuitas en el palacio por más tiempo. De hecho, cuando Francisco declaró que era voluntad de Dios que se aplazara el viaje, algo en la manera en que pronunció esas palabras me produjo escalofrío. Ahora entiendo que se trataba de una declaración de guerra.
Los dos sacerdotes iniciaron una campaña de conquista y la primera señal fue que volvieron a usar sus hábitos religiosos. Raffaele protestó de inmediato porque se hacía más evidente que albergaba “jesuitas” y eso podía causarle problemas con el Parlamento. Francisco desvaneció sus protestas con una sonrisa afable y un argumento odioso:
—Ya que Miguelito puede usar el traje que se le antoje en este palacio, aunque no sea el que le corresponde, creímos que nadie se molestaría si nosotros usábamos la ropa con la que nos sentimos más cómodos.
Puedo jurar que escuché crujir los dientes de Raffaele.
Me propuse ignorar a los dos religiosos, pero resultó imposible por culpa de Micaela. Una mañana, envió a Antonio a mi habitación para que me sacara de la cama; no me hizo ninguna gracia la ocurrencia porque tenía planes de dormir hasta tarde y recuperarme de una maravillosa noche en los brazos de Maurice. El pobre joven soportó mi mal humor con resignación y no dejó de insistir en que al “señorito Miguel” le urgía verme.
Bajé furioso, dispuesto a enfrentar a Micaela. Ella me esperaba impaciente en el salón oval, junto a un adormilado Sora.
—Deja de quejarte, Vassili, hago esto por tu bien —declaró silenciándome de inmediato—. Estoy segura de que Francisco va a tratar de cambiar las cosas en este palacio y siempre ha sido capaz de influenciar a Maurice.
—¡Dile que se meta en sus propios asuntos! —chillé alarmado al entender la amenaza.
—¡No puedo! Juré que no volvería a hablarle hasta que pidiera perdón por golpear a Raffaele. Él respondió que no se arrepentía y que yo debía dejar de actuar como “un niño caprichoso”. ¡Me dieron ganas de golpearlo! Ahora estamos librando una guerra de silencio hasta que algunos de los dos de su brazo a torcer… ¡Y puedes estar seguro de que no seré yo!
—Maurice fue con ellos a la iglesia... —murmuré preocupado.
—Por eso debemos apresurarnos. ¡Vamos!
Micaela dejó claro con su actitud que no daría más explicaciones y Sora también ignoraba sus planes, así que no me quedó más remedio que seguirla sin saber si serviría de algo. Cuando nos hizo pasar por la abertura que existía entre los arbustos del jardín, resultó que esta no era lo suficientemente grande para su abultada falda y fue necesario liberarla de las ramas.
—Hoy no debí usar este vestido —gimió—. Ayúdenme a quitarme la falda.
Me llevé una sorpresa al comprobar la cantidad de piezas que lo componían. ¡Cada mujer que había visto engalanada de esa forma era en realidad una proeza arquitectónica! Lo cierto es que no fui capaz de descifrar el intrincado sistema de ataduras que tenía aquella ropa, mientras que Sora demostró ser un experto en desvestir a Micaela. Preferí no hacer ningún comentario al respecto.
Dejamos la mayoría de las prendas dobladas junto a los arbustos y nuestra ninfa quedó vestida con el elegante corpiño, el camisón y las medias. No pude evitar mirar sus piernas por más tiempo de lo que permitía la buena educación.
—¡De prisa! —nos ordenó—. Ya están por llegar .
Corrimos tras ella hasta llegar a cierto punto del jardín donde nos hizo agachar; el resto del camino lo hicimos gateando tras los arbustos. No me quejé porque resultaba excitante verla con tan poca ropa, abriéndose paso entre las ramas. Cuando finalmente llegamos a nuestro destino, ordenó que esperáramos en silencio.
Todo estuvo claro en ese momento. Al otro lado de la muralla de arbustos, se encontraba la estatua de una ninfa postrada junto a una fuente acicalándose, Maurice acostumbraba sentarse en su amplio pedestal; espiarlo resultaría muy fácil. También era fácil imaginar lo mucho que se enojaría si nos descubría.
Minutos después, oímos llegar a los tres ex jesuitas y, tal como Micaela había previsto, se sentaron alrededor de la estatua mientras conversaban en español.
—Francisco, deja de insistir, ya te lo he dicho que ese hombre maltrataba a su esposa —dijo Maurice con algo de impaciencia.
—Debiste hablar con él y persuadirlo para que cambiara de actitud.
—Lo intenté y la golpeó por haberme contado lo que pasaba. Él se sentía con derecho a maltratarla y ella también pensaba que debía aguantarle todo. Fue difícil convencerla para que aceptara mi ayuda y huyera con sus hijos.
—Entiendo tus razones, Maurice —comentó Pedro—, pero el sacramento del matrimonio es sagrado. Además, puede que la hayas expuesto a peligros mayores al animarla a dejar a su esposo: Una mujer no es capaz de valerse por sí misma.
—Por más que lo intenten, no van a hacerme pensar que hice mal. Ese hombre iba a terminar asesinándola a golpes y ahora ella se encuentra en un viñedo de Joseph, donde puede vivir con sus hijos y mantenerse con su trabajo.
—Pero…
—Yo sigo el principio y fundamento que nos enseñó San Ignacio: toda persona fue creada por Dios para relacionarse con él y darle gloria; eso va en consonancia con la afirmación de San Ireneo, de que la gloria de Dios es que el hombre viva, y por tanto, lo primero es procurar que sea posible la vida. No tengo duda de que Dios quiere que esa mujer y sus hijos estén a salvo y me alegra haber contribuido a que se cumpliera su voluntad.
Después de eso reinó el silencio entre ellos por unos instantes, después escuché a alguien aplaudir y Pedro declaró:
—¡Magnífico!
—¡Cuánto extrañaba tener estas conversaciones contigo! —reconoció Francisco—. Siempre sabes sorprenderme, Maurice. Pero no olvides que el esposo te atacó y tus buenas intenciones pudieron terminar en una tragedia. Debes ser más prudente.
—Dios me cuida siempre. Ya vez que Sora, Vassili y las buenas gentes de la calle San Gabriel fueron mis ángeles guardianes.
Sora me interrogó con la mirada al escuchar su nombre. Le sonreí para que supiera que todo estaba bien, el pobre era incapaz de entender la conversación en español. A pesar de eso, aguardaba pacientemente a mi lado.
—Lo que haces en ese lugar es admirable —comentó Pedro.
—Solo intento sobrevivir en medio de tanto absurdo. Estoy convencido de que nuestro Dios es bueno, que de ninguna manera puede propiciar el sufrimiento de aquello que ha creado y que, la forma en que manifiesta su amor misericordioso, es a través de nosotros. ¿Cómo podemos proclamar la Buena Nueva del Reino si no lo hacemos ya presente con nuestra fraternidad?
—Tienes razón, Maurice —respondió Pedro conmovido.
—¡Ven con nosotros a China! —exclamó Francisco lleno de emoción, tornando para mí el día en noche y la primavera en un cruel invierno—. ¿Qué futuro te espera aquí? Sigamos juntos las huellas de San Francisco Javier hasta el Gran Continente, tal y como soñamos cuando éramos niños.
El silencio de Maurice me llenó de angustia, ¿acaso estaba considerando la invitación? Quise ponerme de pie pero Micaela y Sora me abrazaron para obligarme a quedarme quieto.
—Estás siendo desconsiderado, Francisco —resonó la voz de Pedro, rompiendo la tensión—, bien sabes que Maurice no soportará el viaje. El doctor Daladier fue claro en que no recuperará la buena salud que gozaba antes.
Esas palabras fueron como un golpe brutal que me paralizó por completo.
—No lo imagino casado o encerrado en un convento, como quiere su tía, y mucho menos adulando al rey en Versalles —afirmó Francisco.
—Yo tampoco —dijo el otro jesuita con un tono paternal—. Maurice, ¿qué planes tienes para tu futuro?
—Estoy en manos de Dios —respondió mi amante con humildad—. Lo único que tengo claro es que debo terminar lo que empecé en la calle San Gabriel y que complaceré a mis primos permaneciendo este año junto a ellos y Vassili.
—¿Y después?
—Quizá viva en la calle San Gabriel con Vassili y trabaje dando lecciones a los niños del hospicio. ¡También quisiera ir con él al Paraguay!
—¡Que ocurrencia! ¿Piensas formar una comunidad de dos religiosos y volver a misionar en el Paraguay? —se burló Francisco—. ¿Acaso ese hombre ya no rechaza la fe?
—No pienso ir como misionero sino como fugitivo, huyendo de tía Severine y sus nefastos planes -bromeó- Y, en cuanto al ateísmo de Vassili, pienso que su problema es que nunca ha conocido al verdadero Dios sino a una imagen distorsionada de él. Por eso su ateísmo no me preocupa, cuando logre mostrarle lo grandioso que es Nuestro Señor Jesucristo, será el mejor de los creyentes.
—Ojalá puedas convencerlo, así volvería al sacerdocio, se terminarían los problemas que tiene con su familia y los dos podrían ser misioneros en el Paraguay —acotó Francisco como si planear mi vida estuviera entre sus facultades.
—Vassili no tiene vocación para el sacerdocio —declaró Maurice de inmediato—. Su familia le impuso la vida clerical para que obtuviera prestigio y riqueza, algo totalmente contrario al seguimiento de Jesús.
—En ese caso, temo terminará formando una familia sin la bendición de la Iglesia. Por la forma en que trata al pequeño Gastón, parece inclinarse por la paternidad.
Deseé cerrarle la boca a Francisco por tocar un asunto tan delicado en nuestra relación.
—Es cierto —susurró Maurice preocupado—. Es probable que quiera tener hijos…
—Vas a tener que buscarte otro compañero para escapar al Paraguay…
—Igual el viaje al Paraguay es imposible para Maurice —insistió Pedro—. El doctor Daladier piensa que…
—¡Ya lo sé! No te preocupes, estoy casi resignado a quedarme en Francia. Incluso tengo una casa en la calle San Gabriel para vivir por mi cuenta con Vassili.
—Entiendo que te sientas responsable de ese hombre después de ayudarlo a dejar una vida llena de vicios, pero no puedes cargar con él para siempre.
—¡Vassili no es una carga para mí!
—Ahora te parece que no, pero ya veremos en unos años...
Las palabras de Pedro dieron forma a viejos temores. Sentí mis entrañas se helaban.
—Sigo pensando en que lo mejor es que regrese al sacerdocio y asuma con todas sus fuerzas la vida de perfección —declaró Francisco, con exasperante seguridad.
—El sacerdocio y la vida religiosa no son el único camino de perfección —respondió Maurice con vehemencia—. De hecho, Nuestro Señor Jesucristo no perteneció a la casta sacerdotal de su pueblo. No tengo duda de que, Dios mira con agrado todos los caminos, siempre y cuando éstos nos lleven a vivir como sus hijos y como hermanos de los demás.
—¿Por eso no quisiste ordenarte sacerdote, Maurice? —preguntó Pedro con cierta picardía—. Hasta nuestro maestro de novicios se llevó las manos a la cabeza cuando dijiste que deseabas ser hermano lego.
—Es que quería ocupar el último puesto dentro de la Compañía… —confesó mi pelirrojo con cierta timidez.
—¡Siempre tan radical! —le acusó Francisco—. Al final ha sido una pena porque, si bien tu tío consiguió que anularan tus votos, no hubiera podido quitarte la consagración sacerdotal. Por tu ocurrencia has quedado completamente desligado de la Compañía y del servicio a Dios.
—¡Ya he dicho que sigo sirviendo a Dios aunque no sea jesuita!
—Pero no puedes negar que eras más feliz como jesuita en el Paraguay de lo que eres ahora.
—Eso jamás lo negaré —respondió Maurice sin atisbo de duda, haciéndome sangrar—. Desde que Carlos III nos expulsó y perdimos las Reducciones, recuperar la paz y la alegría se convirtió en una ardua tarea.
—¡Ah, es muy cierto: la vida se volvió tan confusa!... —exclamó con melancolía Francisco—. No consigo olvidar la dicha que experimenté evangelizando a orillas del Orinoco (1)
—Yo no... Yo no era feliz —confesó Pedro sorprendiéndonos a todos—. Ustedes vivían a plenitud la labor misionera, pero mi tarea en Perú consistió en administrar las haciendas con las que manteníamos nuestros colegios en Lima.
—Debió ser un trabajo tedioso… —señaló Maurice.
—Fue una tragedia —sentenció Pedro—. Me sentía impotente porque teníamos cientos de esclavos negros.
—¡¿Esclavos?! —exclamó Maurice.
—La sola idea de que aquellas personas fueron arrebatadas de su tierra y separados de sus familias para obligarlas a trabajar, era una contradicción al Evangelio. Mas, sin esclavos no había manera de llevar adelante las haciendas y nuestros colegios dependían de éstas.
—Nunca me detuve a pensar en eso... —dijo Maurice—. En las Reducciones cada familia Guaraní era dueña de una parte de la tierra y procuraba su propio sustento. Nunca usamos esclavos, es más, protegíamos a los indios de los paulistas que se internaban en nuestros territorios buscando secuestrarlos para esclavizarlos.
—Usar esclavos negros era un mal necesario —reconoció Francisco—, porque sólo así podíamos llevar adelante esas haciendas y mantener nuestros colegios.
—Yo pensaba de la misma manera hasta que tuve ante mí la realidad y conocí la vida y los escritos de los padres Alonso de Sandoval(2) y Pedro Claver(3). Entonces quedé crucificado entre la obediencia a mis superiores y el escándalo que la esclavitud de los negros representa... ¡Oh, Dios, no sabía qué hacer! Los demás padres consideraban que no había manera de resolver la contradicción que creamos, que incluso si liberábamos a nuestros esclavos, ellos volverían a ser esclavizados y, por tanto, lo mejor que podíamos hacer era asegurarnos de que fueran bien tratados por nuestros capataces y mantener unidas las familias que se formaban.
—Ahora entiendo por qué parecías otra persona cuando nos reencontramos en Roma. Al principio pensé que se debía a nuestro destierro, te veías tan cansado y…
—¿Cómo si mi alma estuviera hecha de cenizas? Exactamente, así es como me siento. Después de vivir años con mi alma en llamas, mortificado ante mi propia impotencia, sintiéndome atrapado y cómplice de una injusticia, agonizando cada vez que encaraba a mis hermanos negros y les hablaba de un Jesucristo, mesías y liberador, al mismo tiempo que sostenía su cadena… ¡Oh, Dios! ¡Tantos años pensando que podría cambiar las cosas poco a poco, para terminar abandonándolos por nuestro destierro! ¡Ya no queda nada dentro de mí! ¡Nada!
Mientras escuchaba a Pedro confesar su dolor, pude imaginarlo en la flor de su juventud, añorando una entrega generosa al Reino, tan iluso como lo era Maurice al marcharse al Paraguay, y terminando como un hacendado esclavista por la excusa de un bien mayor. Me estremecí. Por más que traté de resistirme a sentir simpatía por él, su pena me impregnó y sentí el deseo de ayudarlo.
Pero él no me necesitaba a mí sino a sus hermanos, sus compañeros a los que había ocultado su fracaso y quienes ahora se volcaban a consolarlo con la torpeza que caracterizaba a Maurice y la ceguera triunfalista que era el sello personal de Francisco. Sentí aún más pena por Pedro.
—Lamentó que tuvieras que pasar por todo eso. Ya verás que en China todo será diferente. Podrás dejar atrás esa época.
—Francisco tiene razón, ahora todo está bien.
—¡No, no lo está1. Ellos siguen siendo esclavos y yo ya no puedo protegerlos. Sus nuevos dueños pueden maltratarlos y volver a venderlos separando sus familias. Recuerdos sus nombres, sus rostros, ¡nunca los olvidaré! ¡Cargaré mi impotencia, mi inutilidad, incluso mi hipocresía, hasta el final!
Interpreté el silencio que siguió como señal de la estupefacción en la que debieron quedar Francisco y Maurice. Yo mismo me sentía abrumado y Micaela lloraba mientras se cubría la boca con ambas manos para no ser escuchada. Sora estaba tan confuso al verla así y escuchar los gritos de Pedro que lo abracé para que se calmara.
—¿Por qué no me dijiste cómo te sentías?
—No quería hacer más pesada tu carga, Francisco. Tú estabas luchando por convencer al padre Ricci y a los demás superiores de contraatacar de alguna manera la campaña de los Borbones. Te desgastabas, convenciendo a los resignados de que no estábamos viviendo una prueba divina y que debíamos ser más astutos que nuestros enemigos para salvar a la Compañía de su exterminación total. En cambio, ante los desanimados y desesperados, eras la voz de la esperanza y, ante los fatalistas, un látigo que espantaba su pasividad, motivándolos a seguir trabajando. No parabas de servir en iglesias, hospitales y colegios de los que los clérigos italianos constantemente te echaban. Pero yo sabía que todo era una fachada, que estabas desesperado por conseguir que la Compañía de Jesús siguiera siendo la orden que tanto amabas. Era evidente que ibas a terminar destrozado.
—¿Por eso siempre me decías que dedicara más tiempo a la oración?
—Querías cambiar la realidad a fuerza de voluntad, empujando la historia con tus solas fuerzas… llegué a temer que te sintieras tan abandonado de Dios como yo.
—No estabas lejos de la verdad, Dios no decía nada…—reconoció con tristeza Francisco—. No respondía por más que le preguntaba por qué habíamos terminado tantos misioneros hacinados en el Vaticano, donde nadie nos necesitaba, mientras que tantas almas estaban sin resguardo en nuestras misiones. Si Él había encendido en mí la urgencia por la misión, ¿por qué me condenaba a la inutilidad en los mejores años de mi juventud?
—¡No fue Dios! —declaró Maurice—. Dios no quiso nada de lo que nos ha pasado, igual que no quiso que su Hijo terminara en una cruz. ¿Recuerdan la parábola de los Viñadores asesinos?(4) El dueño de la viña envía a su hijo para que los trabajadores lo reciban como si se tratara de él mismo, pero ellos eligen matarlo para quedarse con la viña, tal y como hicieron las autoridades del pueblo de Israel con Jesús. Igualmente ahora han sido los poderosos los que trastocaron nuestro mundo, los Borbones y todos los que se creen dueños de la vida, de la tierra y del alma misma de los demás… Este no es el mundo de Dios y por eso Dios no está en este mundo, el hombre lo ha echado con su egoísmo. Esa fue la respuesta que yo encontré cuando hice la misma pregunta.
—¡Ah, Maurice, tú nos salvaste! —dijo Pedro lleno de gratitud.
—Es cierto, yo me encontraba a punto de romperme en pedazos cuando escribiste contándome sobre Sora y de tu plan para enviarlo a su tierra. Sentí, sin ninguna duda, que esa era la puerta que Dios abría para seguir viviendo como misionero, buscando su gloria aun si eso significaba dejar la misma Compañía de Jesús. Bonita ironía: para seguir viviendo como jesuita debía dejar de serlo.
—Yo no había leído la carta que me enviaste hasta que Francisco apareció en mi puerta y me invitó a China. Fue lo mismo que Jesús llamando a Lázaro, realmente volví a la vida.
—Cuando escribieron pidiendo que los dejara acompañar a Sora para intentar llegar después a China, también me pareció que era voluntad de Dios, porque piezas que no tenían ninguna relación, de repente se ajustaron, como si siempre hubieran sido partes de un mismo todo.
—¡Gracias, Maurice! —dijo Pedro.
—Siempre has sido una luz para nosotros! —concluyó Francisco.
—Que no he sido yo, ha sido Nuestro Señor el que nos llevado, en medio de estos mares borrascosos hacia las orillas en las que nuestra vida podrá florecer. Francisco, tú eres como un volcán que necesita desatar toda su pasión para poder vivir, en China tienes un reto del tamaño de tu alma. Pedro, espero de corazón esta nueva misión sea una experiencia que sane las heridas y puedas dejar atrás los malos recuerdos.
—No quiero olvidar a mis hermanos negros. —declaró Pedro con una calidez que me conmovió—. Siempre estoy junto a ellos porque todos estamos bajo el mismo cielo.
—¡Cuánta razón tienes, mi amigo! —afirmó Francisco—. Es así con la humanidad entera. Aunque el océano nos separe, pertenezcamos a otras culturas y nuestra apariencia y condición sea diferente, todos nos encontramos bajo el mismo cielo.
—Y así como todos por igual tenemos que levantar la cabeza para contemplar el azul del firmamento, a todos nos cobija la mirada del mismo Dios, llena de misericordia y ternura —imaginé a Maurice contemplando el cielo mientras decía con alegría esas palabras. Me sentí conmovido por su candidez, y a la vez preocupado por lo inagotable de su fe.
Entre las ramas pude verlos estrechar sus manos y abrazarse como si en aquel momento estuvieran haciendo una promesa. Aunque me pesara, la amistad entre los tres estaba enraizada en lo más profundo de sus corazones y yo no tenía derecho a desear que se extinguiera.
Esperamos hasta que se marcharon y emprendimos el regreso al palacio. Mientras caminábamos, Micaela fue explicándole a Sora de qué había tratado la conversación entre los tres compañeros. Yo me adelanté porque sentía la urgencia de enfrentar las inesperadas amenazas que habían quedado al descubierto, estaba decidido a confrontar incluso al mismo Dios que negaba y que todavía poseía el monopolio del corazón del hombre que yo amaba.
Antes de llegar a la abertura entre los arbustos, encontré a Renard y Aigle bailando y cantando como faunos embriagados; cada uno vestía una de las faldas de Micaela y hacían ademanes imitándola ridículamente. ¡Pobres idiotas! ¡Micaela no tuvo piedad y Sora estuvo encantado de ayudarla a darles una lección! No me quedé a ver la paliza, pero recuerdo que esos pilluelos necesitaron los servicios de Daladier.
Y precisamente, hacia la habitación del doctor se dirigieron mis pasos. Toqué la puerta y abrí sin esperar su respuesta. Daladier se encontraba sentado en su cama leyendo un grueso tomo de anatomía mientras devoraba una manzana, ni siquiera se había cambiado el camisón de dormir. Pasó de la perplejidad a la indignación en un instante.
—Ya sé que soy un maleducado al entrar de esta manera —me apresuré a decir—, pero necesito hablar con usted. Se trata de Maurice.
—¿Qué le ha ocurrido? —respondió preocupado, levantándose de inmediato—. Ayer estaba muy bien.
—Quiero que me diga lo que le contó a esos jesuitas sobre su salud.
—¿Cómo sabe que yo…?
—Eso no importa. Yo soy el amante de Maurice y debió decírmelo a mí antes que a ellos.
—Que molestó es usted; todo lo ve como una afrenta. No se lo dije, porque Maurice no quiere que usted lo sepa y, Raffaele me amenazó con quemar el libro que Maurice y Miguel copiaron para el doctor Ingenhousz si se lo decía.
—¡Raffaele lo sabe!
—Por supuesto. Me convenía que lo supiera porque Maurice es muy mal paciente y Raffaele es el único que puede obligarlo a seguir mis instrucciones.
—¡Yo también! ¡Debió decírmelo a mí! ¡Nadie tiene más derecho que yo a saber sobre su salud porque soy su amante!
—Usted es la mayor amenaza que tiene la salud de Maurice.
—¿Qué… dice? ¿Me está tomando el pelo? ¿Cómo se atreve a decir semejante cosa?
—No estoy tomándole nada y lo digo porque es la verdad. Cuando Maurice se enamoró de usted estaba constantemente angustiado porque todavía tenía sus votos. Luego pasó lo que pasó, ustedes terminaron siendo amantes, cosa inusual desde mi punto de vista, y volvió a estar tranquilo. Claro que le duró poco porque usted lo abandonó para ordenarse obispo. En ese tiempo dejó de comer y lloraba todo el tiempo. Pero lo peor vino cuando usted quemó sus manos… ¿Quién iba a decir que alguien podía sufrir tanto por otra persona? Fue un milagro que Maurice no terminara en cama, Monsieur. Por fortuna, todo su asunto con Sora se lo tomó mejor, en lugar de echarse a morir por su infidelidad, prefirió presentar pelea. Se está volviendo más maduro que usted. Debería aprender de él y…
—Esos jesuitas dijeron que Maurice no resistiría un viaje a China, que su salud no volverá a ser como antes —dije ya demasiado angustiado como para soportar sus reproches.
—Ah, eso es otra cosa. La estancia en prisión, y seguramente todo el sufrimiento que provocó ser desterrado del Paraguay, han dejado huellas en el cuerpo de Maurice. Es obvio que ya no es capaz de soportar la dura vida de misionero. Por eso el Padre Ricci[3] y los demás jesuitas, le aconsejaron que no regresara a la Compañía y permitieron que Philippe hiciera anular sus votos. Yo me encargué de dar el diagnóstico, cosa que espero me perdone algún día.
—¿De qué huellas habla...? —pregunté sin aliento—. ¿Qué tan grave es...?
—Todavía no ha llegado a lo peor respecto a su estómago; si se alimenta apropiadamente y lleva una vida tranquila, no tendremos de qué preocuparnos. Sus pulmones, en cambio, no van a mejorar. Lo único que se puede hacer es evitar el frío. Le recomendé a Raffaele que lo llevara al sur en el otoño para evitar complicaciones.
—¡Debieron decírmelo!
—Yo quería, pero Maurice me lo prohibió. Además, sus primos me amenazaron para que me callara porque usted suele ponerse a llorar por todo y Maurice se preocupa cuando lo ve triste. Podríamos decir que, para mantenerlo a él saludable, hay que procurar que usted luzca contento. Así que, por favor, no vaya a escenificar una tragedia ahora que sabe todo.
—No pienso decir nada… ¡y no voy a llorar!
—Sus ojos dicen lo contrario.
—¡Imbécil!
—Deje de ser infantil. Si tuviera un carácter más viril no sería necesario ocultarle estas cosas.
—No le diga a Maurice que me enteré de su estado —exigí furioso—, no le pregunte a los jesuitas cómo me enteré y no vuelva a ocultarme cosas tan importantes. ¿Entendido?
—¡No me de órdenes!
—¡Lo estoy amenazando! Si no hace lo que le digo arrojaré todos sus malditos libros por la ventana.
—¡¿Cómo puede ser tan…?!
—¡Está advertido!
Daladier empezó a recitar un rosario de quejas que yo no estaba dispuesto a escuchar. Di media vuelta y lo dejé solo. Cuando llegué a mi habitación, caminé de un lado a otro repasando sus palabras, como un loco que abre sus heridas una y otra vez. La angustia me dominó y me llevé las manos a las cara… el llanto fue inevitable.
—¿Acaso nunca recuperará la salud que le arrebataron? —sollocé—. ¿Podré algún día reparar el daño que le hice con mi crueldad? ¿Podré hacerlo más feliz de lo que fue cuando estaba en el Paraguay? ¿Qué voy a hacer si enferma…? ¿Y si…? ¡No, nunca! ¡Él nunca morirá!
Sentí que el suelo bajo mis pies desaparecía y que un abismo me engullía como una bestia hambrienta.
—Vassili… ¿estás bien?
Escuché decir; al mirar hacia la puerta descubrí a Sora. Me arrojé a sus brazos y dejé que toda la culpa y el temor se transformaran en lágrimas. Él me sostuvo en silencio, transmitiéndome serenidad, fortaleza y un amor desinteresado que fue capaz de liberarme del abismo.

Notas:
1.- El río Orinoco se extiende por Venezuela y Colombia. Es uno de los ríos más largo de América del Sur y el tercer río más caudaloso del mundo. La labor misionera de los Jesuitas entre las diversas tribus indígenas que habitaban sus orillas fue heroica. También contribuyeron a su exploración y documentación, en especial el padre Joseph Gumilla (1686-1750) con su obra "El Orinoco ilustrado y defendido. Historia natural, civil y geográfica de este gran río y de sus caudalosas vertientes".
2.- Alonso de Sandoval (1576-1652) Sacerdote Jesuita que evangelizó en Cartagena de Indias y denunció el maltrato a los esclavos a través de su acción apostólica y sus escritos.
3.- San Pedro Claver (1580-1654) Sacerdote jesuita. También evangelizó en Cartagena de Indias y se distinguió por el servicio y la defensa de los esclavos.
4.- Esta parábola aparece en los evangelios sinópticos: Lucas 20,9-19, Marcos 12,1-12 y Mateo 21,33-43

IX Bajo el mismo cielo - Parte III

Nuestro amigo Clément no ocultó la sorpresa y la alegría que le causó vernos, pero su sonrisa casi desapareció cuando Raffaele reveló el motivo de nuestra visita. En sus gestos pude ver que le contrariaba tratar el asunto delante de mí y de Maurice, pero no tuvo ningún problema en aplazar el viaje una semana, cosa que me intrigó.
—Es cuestión de hablar con mi tío, él es quien los acompañará hasta el puerto en el que va a recogerlos el oficial holandés.
—Perfecto —dijo Raffaele satisfecho—. Ahora Xiao Meng dejará de gruñirnos y podemos esperar a mis hombres.
—Pensé que los barcos de compañía holandesa tenían un itinerario más estricto —dije con suspicacia.

IX Bajo el mismo cielo - Parte II

Los gritos de Micaela se escuchaban fuera de la habitación. Al entrar, la vi ir de un lado a otro recogiendo su violín y algunas partituras; Francisco seguía sus pasos intentando justificarse.

—¡No quiero escucharte! —exigió ella, amenazándolo con el arco de su violín—. Te has comportado igual que los idiotas que me molestaban en el colegio. Estoy decepcionada y, si tuviera tiempo, buscaría mi espada para darte la misma lección que les di a ellos.

—Tienes que considerar que…

—Lo único que hay que considerar aquí, Francisco, es que tú no tienes derecho a meterte en mi vida y mucho menos de condenar a Raffaele. La única que puede juzgarlo soy yo y ya lo hice.

—Tiene razón, lo que haya pasado entre ellos deben resolverlo solos —aproveché para intervenir con intención de echar a los dos jesuitas de la habitación o acelerar la salida de Micaela.

—¿Acaso se burla de mí? —replicó Francisco indignado—. ¿Qué clase de amigo sería si no hago nada cuando alguien a quien quiero tanto ha sufrido semejante ultraje?

—¿Qué piensa hacer? ¿Agredir a Raffaele? ¿Insistir en que deben separarse? Con eso lo único que logrará es hacer sufrir a quien precisamente quiere ayudar. Reconozca que no es más que un extraño y no debe involucrarse.

—Usted también es un extraño. Aunque es evidente que se siente muy bien con todo lo que pasa aquí, quizás porque le importan poco las personas que lo han acogido bajo su techo.

—Me asombra la temeridad con la que usted es capaz de juzgar a alguien que acaba de conocer —declaré sonriendo con desprecio—. Imagino que se debe a los años de formación que pasó con los jesuitas, ellos son expertos en erigirse como jueces de todo el mundo.

—Vassili, por favor, no intervengas —me regañó Maurice—. Y, para dejar las cosas claras, la Compañía de Jesús no enseña a juzgar a los demás, eso lo aprendió Francisco por su cuenta.

—No puedo creer que no me apoyes en esto, Maurice —dijo el ex jesuita ofendido—. ¿Cómo es posible que hayas permitido que exista una relación tan pecaminosa entre tus primos?

—Estás confundiendo todo. Tienes ante tus ojos a mis primos y no eres capaz de verlos tal y como son porque te empeñas en señalar lo que, según tu criterio, está mal y no te detienes a pensar en qué realmente está ocurriendo. Yo no considero que haya pecado en el amor y estoy convencido de que mis primos se aman.

—No puede haber ese tipo de amor entre dos hombres, Maurice. Lo que existe entre ellos no es más que una perversa lujuria.

Mi amante de fuego abrió la boca furioso, se contuvo con gran esfuerzo y frunció los labios. Su antiguo compañero tuvo un instante de victoria que le fue arrebatado de la manera más dramática.

—¡Soy una mujer! —gritó Micaela temblando de rabia.

—¡No, no lo eres, Miguelito!—respondió Francisco con dureza—. Debajo de esas ropas sigues siendo el hombre que Dios quiso que fueras. ¡Deja ya esa locura!

—¡Qué cruel! —escuché decir detrás de mí por una voz que no reconocí. Me di vuelta y descubrí a Daladier, mostrando en su rostro indignación, tristeza y rabia. Parecía otra persona—. Eso es algo que ya sabe, cada vez que se desnuda tiene que soportar su propio reflejo gritándoselo —avanzó hasta colocarse entre Micaela y Francisco—. Yo en su lugar no tendría valor para seguir viviendo, me encerraría y me dejaría morir de pena. En cambio, Miguel se ha transformado en Micaela y lucha por vivir de la manera en que es más feliz. No creo que Dios quiera que una de sus criaturas sea miserable, así que dejé de decir cosas tan crueles escudándose en la religión.

—Yo no… —balbuceó Francisco sorprendido.

—Tenía una mejor impresión de usted, Monsieur.

—Y yo lo creí un hombre sensato, doctor —replicó el jesuita recuperando el aplomo—. Alguien con su sabiduría debería darme la razón, una persona no puede cambiar el cuerpo con el que nació.

—Como doctor, yo profundizo en el sufrimiento y en la sanación. Mis años de estudio me han convencido de que una persona infeliz difícilmente puede considerarse sana, por tanto, prefiero un hombre dichoso por vivir como mujer, que deseando no haber nacido por llevar una existencia que le resulta ajena.

Todos estábamos sorprendidos al escuchar a Daladier. Ninguno había imaginado que había sido capaz de entender a Micaela hasta ese punto, ella misma se mostraba incrédula ante su defensor. Le habría aplaudido si Pedro no hubiera empañado sus argumentos.

—Mi estimado doctor, si lo que lo hace infeliz es el rechazo a su verdadera identidad, ¿no debería usted ayudar a Miguel a reconocerse y aceptarse como un hombre?

Pedro era menos vehemente que Francisco y más educado, pero compartía las mismas ideas y, sin duda, sabía expresarlas de manera que sonaran irrefutables. Su intervención dejó a Daladier sin palabras.

Sin embargo, no importaba cuánto debatiéramos el asunto, la última palabra la tenía la persona para quien la respuesta iba más allá de las ideas.

—Es muy bonito que tomen mi vida y pretendan hacer un tratado de religión o de medicina. ¡No son más que unos arrogantes, irrespetuosos y ...! ¡Estoy harta! ¡Lo cierto es que voy a vivir como me plazca y ninguno de ustedes tiene derecho a cuestionarme!

—¡Te empeñas en lo imposible! —protestó Francisco—. ¿Es que no te das cuenta de que estás haciendo el ridículo?

—¡Francisco!—gritó Maurice furioso.

—¡Ahora además de cruel, está siendo grosero!—le acusó Daladier.

—¡Cállese de una vez! —le ordené yo conteniendo las ganas de golpearlo.

—Puede que haya dicho las cosas de forma inapropiada —declaró Francisco un momento después de quedarse perplejo ante nuestros gritos—, pero tienen que reconocer que tengo razón y que…

Como toda una ninfa de la familia Alençon, Micaela hizo un gesto de indignación que obligó a su amigo a cerrar la boca. Después caminó majestuosa pasando en medio de todos para marcharse sin decir una palabra. El jesuita había perdido la batalla desde el principio.

—¿Por qué no te disculpaste y cerraste la boca, Francisco? —lo regañó Maurice—. Empeoraste todo.

—Intenté disculparme, pero Miguelito no quiere ser razonable.

Vi a mi amante de fuego levantar las manos al cielo para luego cargar contra su amigo acusándolo de idiota. Le exigió que obtuviera el perdón de Micaela o le daría una paliza. Aquellas amenazas no debieron parecerle una broma a Francisco porque se apresuró a obedecer.

Micaela ya esperaba el carruaje a las puertas del palacio cuando la alcanzamos. La escena de la habitación se repitió y, en mi opinión, fue la prueba palpable de que el jesuita era realmente un idiota: ¿Cómo podía buscar que sus argumentos fueran aceptados en lugar de disculparse? ¿Acaso no conocía a su “Miguelito”? Estuve seguro de que se ganaría un puñetazo en la cara.

El fastidioso espectáculo terminó con el inesperado regreso de Raffaele. Asmun nos dió la noticia cuando el carruaje aún estaba lejos; me alegró ver que usaba el infame catalejo para algo más que espiar mis caminatas con Sora.

—¿Raffaele, qué haces aquí? —le preguntó Micaela en cuanto bajó de carruaje—. Se supone que me esperarías con los niños.

—Eso quería, pero este eunuco enojado me lo impidió —respondió haciéndose a un lado para dejar bajar a Xiao Meng.

Por su expresión, resultaba obvio que estaba molesto; sin embargo, antes de hablar arregló su ropa, tomó una postura relajada y sonrió. Luego procedió a hacernos sentir como si fuéramos inferiores a gusanos.

Ese día constatamos que estábamos ante un hombre educado para ser funcionario de un emperador. Sabía examinar a cada persona, descubrir sus recovecos y transformar sus palabras en llaves que abrieran cualquier cerradura o espadas capaces de hacer el mayor daño.

Comenzó pidiendo disculpas por presentarse sin pedir audiencia y quitarnos nuestro valioso tiempo. Con unos cuantos halagos nos retrató como una colección de vagos inútiles, “dignos ejemplos de la nobleza europea”.

Luego dirigió sus cañones hacia los jesuitas, quienes palidecieron avergonzados cuando los felicitó por haberlo preparado para un bautismo que aún no tenía fecha, a pesar de la inminencia de su viaje.

Cuando llegó el turno de Sora, el eunuco ladeó su cabeza y pronunció una frase en el idioma que ambos compartían. Como respuesta, el japonés dobló su cuerpo pidiendo perdón y no volvió a enderezarse hasta que el mismo Xiao Meng se acercó a él para decirle al oído otras palabras que, por el efecto que causaron, debieron estar cargadas de veneno.

Los jesuitas propusieron que la celebración del bautismo fuera al día siguiente y que el matrimonio lo realizara el párroco de San Gabriel cuando lo consideraran conveniente. El Eunuco exigió que ambos sacramentos se efectuaran ese mismo día porque Sora debía estar presente. También le recordó a este que habían acordado que pasaría sus últimos días en Francia con él y Odette.

Sora se volvió hacia mí, dejando en evidencia que deseaba estar a mi lado durante ese tiempo. Quise decir algo, pero Xiao Meng volvió a hablar en japonés y mi antiguo amante le respondió con una súplica que cayó en oídos sordos, el eunuco no estaba dispuesto a ceder.

Micaela trató de razonar con él, haciéndole ver que Odette no debía sentirse bien con aquella premura.

—Ella aceptó ser mi esposa, así que está de acuerdo con lo que yo decida —respondió Xiao Meng con aspereza.

Eso fue suficiente para avivar las brasas de Micaela: Lo acusó de igualar la condición de esposa a la de un objeto del que se puede disponer. Al mismo tiempo, los jesuitas insistieron en aplazar el bautismo para el día siguiente. Más discusiones, más emociones y pensamientos convertidos en ruido...

Los ojos de Maurice ya lucían dorados y su expresión de consternación me resultó intolerable. Fui hacia él y pasé mi mano por su espalda en señal de solidaridad. Recostó su hombro a mi brazo y agradeció mi gesto con una media sonrisa.

—Es frustrante que pasemos así los últimos momentos que vamos a compartir juntos —dijo con amargura refiriéndose a Sora y los jesuitas—. Y todo se pondrá peor si Francisco se enfrenta con Raffaele.

—¿Qué esperabas conseguir al meter a esos hombres en nuestra casa? —susurré, recriminándole con cariño—. Era evidente que no podrían congeniar con nosotros.

—Creí que podría ayudarlos a ellos y a Sora al mismo tiempo. Además, son mis amigos, Vassili, quería volver a verlos y que los conocieras; forman parte de mi historia, al igual que tú. Ahora veo que ha sido un error.

Los hechos demostraban que efectivamente, se había equivocado, pero no quise hundir más la daga y le aseguré que su buena intención importaba más que el resultado. También mentí al decirle que estaba seguro de que Francisco y Raffaele podían llegar a llevarse bien.

—¡Señores, dejen de cacarear como aves de corral y escúchenme! —gritó Raffaele llamando la atención de todos. Su arrogante sonrisa despertó mi curiosidad—. Tengo la solución a este embrollo en el que nos encontramos: pospondremos el viaje por unos días.

—¿Es eso posible? —exclamó incrédulo Xiao Meng.

—Haremos que lo sea. Además, los hombres que hice venir de Nápoles para acompañar a Sorata todavía no se han presentado, no hay más remedio que esperar. Iré ahora mismo a hablar con Clément, pero ya puedes darlo por hecho.

—En ese caso —declaró Micaela dirigiéndose hacia el carruaje—, me voy a dar las lecciones a los niños y a planificar la boda con Odette.

—Le recuerdo que ella no es una mujer vanidosa como usted —reclamó Xiao Meng molesto.

Micaela respondió dedicándole una sonrisa coqueta, creo que agradeció que el amargado eunuco aceptara su identidad con tanta facilidad. Raffaele la ayudó a abordar el carruaje y la despidió con un beso en su mano enguantada. Después ordenó que le prepararan otro transporte para ir a la casa de Clément.

—Nosotros te acompañaremos —dije dándole un ligero empujón a Maurice—. Así podemos pasar por San Gabriel y ver qué hacen nuestros pupilos.

Maurice se sumó a mi iniciativa de inmediato, pero Raffaele no puso buena cara. Yo no estaba dispuesto a ceder, por lo que de inmediato ordené a Asmun que mandara a buscar mi casaca y mi chupa, de esa forma terminé de vestirme en esa agitada mañana.

Así partimos hacia París, dejando a los jesuitas y a Sora con Xiao Meng. No fui capaz de rescatar a mi querido japonés porque, en cuanto lo invité, el eunuco estuvo a punto de ladrar y se vio obligado a decir que prefería quedarse.

El humor de Maurice no mejoró en el carruaje, estuvo silencioso hasta que Raffaele empezó a representar su papel.

—Nunca había visto a Xiao Meng tan furioso. Definitivamente no hay que meterse con un eunuco, son tipos de cuidado. Debe ser que el sentido de humor se lo cortan junto con sus joyas de familia. Por otro lado, fue divertido verlo poner en su sitio a esos jesuitas.

—Creo que nos puso en el sitio a todos —contestó Maurice fastidiado.

—Al menos me ha quitado de encima al tal Francisco por unas horas. Tu amigo es una verdadera molestia, Maurice. ¿Sabías que Micaela estuvo enamorada de él en el colegio?

—Yo he pensado todo el tiempo que lo veía como amigo. Sin embargo, después de saber que Miguel se siente como Micaela, entiendo por qué no le gustaba el colegio y creo que es posible que tuviera sentimientos más profundos por Francisco.

—¡Por eso no debiste traerlo! Me has causado un gran conflicto: ahora no puedo dejar de pensar en que la razón por la que le gusto a Micaela es porque me parezco a ese cretino.

—¡No seas ridículo! —dije asombrado.

—Sé que los celos son ridículos pero yo no puedo evitarlos considerando la personalidad de Micaela: con o sin vestido es una coqueta sin remedio. ¡Se le van los ojos detrás de ese jesuita y los dos soldados! ¿Qué haré si se aburre de mí y quiere volver con su primer amor? —chilló melodramático.

—A ti te conoció antes que a él —respondió Maurice tomándose las palabras de su primo en serio—, por tanto, deberías pensar que Francisco le gustó porque se parecía a ti y no al contrario.

—¡Oh, tienes razón, mi querido primo!

—Además, aunque Francisco es más guapo y gallardo que tú, es obvio que Miguel te eligió por quien eres, no por tu apariencia.

—Me siento ofendido y halagado a la vez.

—Una cosa más: no olvides que Francisco no tiene intenciones de dejar de ser religioso, ni ve a Miguel como Micaela. Estás celoso sin razón.

—¡Muy cierto! ¡Soy mejor que ese tipo!

—Eso no es lo que dije…

—Ahora soy yo el que está celoso, Maurice —intervine legítimamente irritado—. ¿Cómo te puede parecer atractivo ese hombre?

—Porque lo es. Francisco es uno de los hombres más admirables y bien parecidos que conozco.

—Primo querido, se supone que apagues sus celos no que los avives —señaló Raffaele de inmediato.

—Es ridículo que Vassili sienta celos, nunca le he dado motivos para pensar que puedo engañarlo con otra persona; por eso creí que lo decía en broma.

—Olvidas el detalle de que Vassili tiende a ser ridículo la mayor parte del tiempo.

—Raffaele, agradecería que cerraras la boca—exigí indignado.

—Solo establezco los hechos. Podría llenar muchas páginas con tus desaciertos como amante, mi estimado Vassili.

—Tú fuiste uno de esos desaciertos, Raffaele —señaló Maurice lapidario, haciendo que los dos nos quedáramos paralizados—. De cualquier forma, Vassili, no hay nadie en este mundo que me guste más que tú —continuó mirándome a los ojos—. Creo que eres perfecto: hermoso hasta robarme el aliento y cálido como el sol del amanecer, ese que no abrasa y aleja a la oscuridad.

—¡Maurice…! —exclamé conmovido y excitado.

—Hablo en serio, estoy fascinado por la belleza de tus ojos, el color de tu cabello, el tono de tu voz, las palabras que pronuncias, tu forma de caminar… ¡No quiero dejar de contemplarte jamás!

Nuestros rostros se acercaron en un acuerdo silencioso, pero el beso fue interrumpido por un par de patadas que Raffaele nos propinó.

—¡No se atrevan a ponerse cariñosos delante de mis narices! ¡Y yo soy mil veces más guapo que Vassili!

Los dos primos empezaron a discutir como niños, niños muy violentos que tuve que apaciguar porque no dejaban de patearse mientras discutían a gritos.

Al ver que nos había disgustado, Raffaele no tuvo más remedio que disculparse y sacar a relucir todo su encanto para restaurar la paz en el reducido mundo que era aquel carruaje. Es una pena que su ingenio no fue suficiente para cambiar de tema y volvió a hablar de los jesuitas.

—Tienes que reconocer que fue una mala idea meter a esos dos en el palacio.

—Tenía tantos deseos de hablar con ellos y sentir que al fin coincidía con alguien respecto a la fe —confesó mi amado pelirrojo lanzando un suspiro.

—Puedes hablar conmigo de lo que quieras, procuraré quejarme menos de la religión —repuse queriendo animarlo.

—Si te callas lo que piensas, será igual que si te pusieras una máscara. Estoy cansado de que el mundo parezca un baile de disfraces.

—¿A qué te refieres? —pregunté preocupado, parecía que ese día no iba a lograr disipar las nubes que lo rodeaban.

—Desde niño me ha mortificado que las personas no digan lo que piensan y reaccionen mal cuando yo sí lo hago. Me desconcierta que sean capaces de pensar una cosa, decir otra y actuar de una manera completamente diferente a lo que piensan y dicen. Es como si fueran un reloj con las piezas desencajadas o también usaran máscaras para sí mismos. Si quiero relacionarme con alguien, debo adivinar qué máscara usa para ajustar mis palabras y hasta el tono de voz ante ellos… ¡Es agotador!

—Perdona que te lo diga, primito, pero eso es algo que un niño aprende por sí mismo —dirigí una mirada de reproche a Raffaele por su inoportuno comentario. Él se encogió de hombros y añadió—: Es la verdad.

—¡No hace falta que lo señales de esa forma! —repliqué.

—No te preocupes, Vassili. Sé que soy inmaduro por no saber llevarme bien con la gente, pero igual me niego a lucir una máscara.

—Hay algo que has entendido mal, Maurice —volvió a intervenir Raffaele mostrándose firme y amable a la vez—. Es verdad que hay personas que usan máscaras por hipocresía, idiotez o miedo; pero también vas a encontrar otros que lo hacen para no ofender a los demás, para ser corteses y guardar cierta etiqueta que ayuda en la convivencia. Una máscara puede ser buena educación, capacidad de prever el efecto de mis palabras en los demás o simple y necesario respeto. Por tanto, deberías aprender a usar una de vez en cuando.

—Es imposible para mí…

—¡Porque ni siquiera lo intentas! Apuesto a que con Vassili sueles tener cuidado de lo que dices y de cómo lo dices. Él es muy sensible y propenso a echarse a llorar por todo y tú eres algo espinoso, los dos juntos son la peor combinación. Si se llevan bien, es porque lo quieres tanto que procuras no herirlo. A eso, mi querido primo, yo le llamo ser considerado y tú le llamas usar máscara.

—Es cierto que cuando veo que algo le molesta a Vassili, procuro evitar volver a hacerlo, pero no es agotador como con otros. Claro que me gustaría poder hablar sobre mi fe con él sin que se moleste.

—Puedes hacerlo cada vez que quieras, conmigo no tienes que usar máscaras —dije de inmediato—. Nunca voy a ofenderme por lo que digas o cómo lo digas.

—Vassili, te vas a arrepentir de decir eso —aseguró Raffaele—. Lo mejor que puede pasar es que Maurice aprenda a ser considerado. Te lo dice alguien que lleva mucho tiempo lidiando con su carácter.

—Maurice también ha tenido que lidiar contigo por mucho tiempo, me siento más inclinado a compadecerlo a él —respondí desestimando sus palabras.

—¡Después no vengas llorando, lame botas de tercera! ¡Lo estoy diciendo por tu bien!

—¡Raffaele, deja a Vassili en paz!

Volvieron a discutir como niños hasta que llegamos a casa de Clément.

Debo mencionar aquí, mi querido Maurice, que tu primo tenía mucha razón en todo lo que nos dijo ese día. Nuestras personalidades no podían ser más opuestas y estar juntos ha requerido un largo proceso para acoplarnos a las características del otro, aceptando lo que no nos gustaba y tolerando lo que no éramos capaces de aceptar.

Haciendo un balance de las virtudes y defectos que poseemos, creo que he salido ganando en nuestra relación y tú has elegido perder al amar a alguien como yo.

¿Recuerdas que hace poco preguntaste si me arrepentía de haber ligado mi vida a la tuya? Vuelvo a reírme de tu ocurrencia, ¿cómo podría arrepentirme de lo único que le ha dado sentido a mi existencia? Agradezco cada momento junto a ti y te amo tal como has sido, eres y serás. Esa es mi última palabra al respecto.

IX Bajo el mismo cielo - Parte I

Recuerdo aquella primavera con añoranza y a la vez no deseo revivirla. La partida de Sora me resultó dolorosa, eso bien lo sabes, Maurice. Todavía siento el vacío de su ausencia y mantengo la inquietud por su destino. Sin embargo, ya no me domina la angustia gracias a sus cartas, en cada línea que escribe se muestra dispuesto a recuperar su lugar en el mundo.
De Francisco y Pedro también hemos tenido noticias: Realizaron su sueño misionero al llegar a la extensa China. Me alegro con cierta amargura por ellos, es difícil celebrar que una fe que no comparto los ha llevado a arriesgar la vida en esas tierras lejanas. Además, son tus amigos y no quiero verte preocupado o derramando lágrimas si su necedad los conduce a una tragedia.
Ahora continuemos estas memorias… Lo digo de esa forma porque considero que es un trabajo que estamos haciendo los dos. Puede que sea yo el que conduce la pluma, pero eres tú quien me motiva: basta verte sonreír, o simplemente dormir tranquilo, para querer inmortalizar nuestra historia. ¡Te amo y estoy inmensamente agradecido de que luches con tantas fuerzas para mantenerte a mi lado!
Sé que los días soleados llegaran pronto y podrás levantarte para darle orden al caos en que nos encontramos. Por tanto, ahora descansa, mi amado sol, yo cuidaré tu sueño mientras trazo en el papel lo que vivimos juntos en aquellos días de primavera.
***
No tardé en darme cuenta de que Fouché me había dejado a cargo de un barril de pólvora rodeado de antorchas. Esa misma mañana, quedó claro que las revelaciones de Severine sembraron semillas de discordia en nuestros huéspedes y estos no eran fáciles de apaciguar.

VIII Inolvidable Primavera - Parte VI

—Hay demasiada gente en esta habitación —murmuré mirando a mi alrededor.
Maurice conversaba con sus ex compañeros junto a la ventana y por sus gestos, supuse que les explicaba por qué estaban las paredes decoradas con murales de tierras lejanas y el piso con un enorme mapamundi.
Daladier tomó posesión de una de las sillas y leía cómodamente un grueso volumen de medicina que había traído consigo, sería el único que no perdería el tiempo ese día. Gastón suspiraba aburrido en el regazo de Sora, quién ocupaba otra silla junto al silencioso doctor.
Los Fernando se encontraban junto a la puerta y me dirigían miradas cargadas de veneno porque su querido capitán, ahora transformado en una coqueta y elegante mujer, se había pegado a mí como un náufrago a una tabla en medio del mar.

VIII Inolvidable Primavera - parte V

Puede que en un minuto pasaran por mi cabeza al menos diez maneras en las que ese hombre podía hacerme “desaparecer”. Al recapacitar en que Raffaele y Miguel se encontraban en el salón de música y que Maurice no tardaría en regresar, me tranquilicé. Estaba seguro de que Jacques Fouché no quería ponerlos en su contra.
Sin embargo, no tenía idea de si me encontraba ante alguien tan colérico e impulsivo como para actuar, sin pensar en las consecuencias. De ser así, yo estaba perdido. Gritar por ayuda parecía ser la mejor opción, pero mi orgullo no me lo permitió.
—¿Y bien, Monsieur? —dijo Jacques con una sonrisa astuta—. ¿No piensa decir nada?
—No me gusta que me intimiden —respondí fastidiado y me senté frente a él—. Mejor hable usted y dígame porque debo hacerle caso a un sirviente que invade mi habitación y revisa mis cosas más personales. Desde mi punto de vista, lo que debo hacer es acusarlo con Raffaele para que él le enseñe a ocupar su lugar.

VIII Inolvidable Primavera - Parte IV

Sus verdaderos nombres eran, Francisco Azpilcueta y Pedro López. Y, sin lugar a duda, pertenecían a la Compañía de Jesús.
Si para algo me había servido crecer en una familia jansenista, era para reconocer a un jesuita a kilómetros de distancia. Todos poseen ciertos rasgos que los hacen inconfundibles: un confiado optimismo y una paladeada suficiencia.
Maurice solía decir que cada jesuita se consideraba a sí mismo un pecador a quien Dios ha cobijado en sus manos y que por eso no temía a nada, y se creía capaz de todo. Yo, por supuesto, me burlaba de semejante afirmación porque aunque abandoné la fe, nunca dejé de creer que la sotana de los jesuitas estaba hecha de soberbia.
Francisco y Pedro, originarios de Navarra y Pamplona respectivamente, lugares muy ligados a la Compañía de Jesús, eran el producto acabado de la fábrica de pretenciosos que fundó Ignacio de Loyola y en pocos minutos, lograron ganarse la simpatía de todos.
Irradiaban una alegría contagiosa, aunque tenían aspecto de haber soportado muchas penurias por su delgadez y lo demacrados que estaban sus rostros. Raffaele fue su principal objetivo, obviamente por ser el señor del palacio. Lo conquistaron en cuestión de minutos y los recibió con un espléndido e improvisado banquete.
—De haber sabido que llegaban hoy, habría preparado una salva de cañonazos —dijo zalamero durante la comida—. Me da mucho gusto que mis primos vuelvan a reunirse con sus amigos de infancia y, sobre todo, que mi querido Sorata vaya a gozar de tan buena compañía durante su viaje.
Después de escuchar esto, casi di por perdida la guerra. Cuando Maurice llevó a sus amigos y a Daladier a las habitaciones que les habían preparado, aproveché para abrirle los ojos a Raffaele.
—Te veo muy contento con la llegada de esos hombres —dije mientras nos servían más postre—. ¿Qué te contó Micaela sobre ellos?
En cuanto oyó su nombre, Micaela se atragantó y pidió que llenaran de nuevo su copa para beber un gran sorbo.
—Lo mismo que acaban de contarnos —respondió Raffaele despreocupado—. Serán buena compañía para Sora. Yo ya tengo previsto enviar a cuatro de mis hombres para protegerlo durante el viaje, pero cualquier ayuda es bienvenida.
—¿No te parece extraño que sepan japonés y chino, y hayan viajado a las colonias americanas aunque no se dediquen al comercio?
—Bueno… no he tenido tiempo de pensar en eso.
—Piénsalo ahora, Raffaele: Estudiaron en un colegio de la Compañía de Jesús, son amigos cercanos de Maurice, conocen al padre Petisco y Daladier fue a buscarlos.
—¿Y eso qué...? ¡Un momento! ¡¿Son Jesuitas?!
—Sí. Y tu preciosa Micaela lo sabía.
—¡Vassili eres un...! —chilló Micaela poniéndose de pie, pero volvió a sentarse en cuanto escuchó a Raffaele gritar.
—¿Por qué no me lo dijiste, Micaela? Sabes que los jesuitas están desterrados de Francia, si su majestad se entera...
—No se va a enterar porque Vassili no suele ir a Versalles para hablar más de la cuenta —replicó la reina transformándose en soldado para enfrentarme.
—Si tú hubieras dicho toda la verdad desde el principio —le acusé furioso—, no tendríamos a esos pájaros de mal agüero bajo nuestro techo. ¿Qué pasará si Maurice vuelve a sentir deseos de ser jesuita?
—¡Pues teniendo un amante como tú, cualquiera prefiere un convento!
Raffaele soltó una carcajada que me irritó aún más que el comentario. Oculté mi humillación con una sonrisa maliciosa, tenía una jugada para hacerles pagar aquella afrenta.
—Por cierto, Micaela, ¿ya le contaste a Raffaele que, en tus días de colegial, estabas enamorada de Francisco?
—¡¿Qué?! —rugió Raffaele alarmado.
Se inició entonces una discusión en la que Micaela se declaraba inocente y amenazaba con darme una paliza. Yo le acusé de ser una coqueta intrigante y llamé a Raffaele “estúpido ingenuo”, lo que le sacó de sus casillas.
Seguimos discutiendo hasta que Maurice regresó. Entonces olvidamos nuestras diferencias y nos volvimos contra él. Lo sometimos a un juicio que ganó en un minuto.
—Francisco y Pedro ya no son Jesuitas. Pidieron salir de la Compañía antes de venir aquí. Se unieron a la Congregación de Propaganda Fide[1] para ser misioneros en China, por eso les viene bien acompañar a Sora hastas las costas japonesas y después seguir con los holandeses hasta su destino.
—Vaya, eso cambia todo —dijo Raffaele lanzando un suspiro de alivio—. Así matamos dos pájaros de un tiro.
Yo no quedé convencido. Las cosas encajaban demasiado bien para que esa fuera toda la verdad. Permanecí con el ceño fruncido el resto de la tarde.
—¿Sigues disgustado? —preguntó Maurice en la noche, cuando nos encontramos en su habitación para dormir. Lucía una sonrisa que me hubiera desarmado de no haber pasado por tantos sobresaltos ese día.
—Estoy preocupado más que molesto. Pudiste haberme contado sobre tus amigos jesuitas y sobre la esposa del hombre que te atacó hoy.
—Te dije que había enviado a Daladier a buscar a...
—Pero omitiste el detalle más importante: que eran dos ex jesuitas.
—Porque sé que detestas a mis compañeros y, respecto a madame Marie y sus hijos, todo pasó en otoño, antes de que nos separáramos y quemaras tus manos. Ella me pidió ayuda y yo conseguí que Joseph le diera un lugar donde vivir y trabajar fuera de París. No te lo dije porque, con todo lo que ha ocurrido desde entonces, no tuve ocasión.
—Cuando ese hombre te atacó… —susurré sentándome en el borde de la cama—. ¡Creí que…! ¡Sentí tanto miedo!
—Él ni siquiera podía caminar en línea recta, no iba a conseguir herirme. No tenías que asustarte tanto.
—Maurice, tú eres mi vida. Es imposible que no me preocupe si alguien te ataca.
Se quedó en silencio un momento. Luego sonrió enternecido.
—Vassili, me haces muy feliz al decir eso, pero siempre te preocupas más de la cuenta.
—Si ya sabes eso, podrías ahorrarme angustias siendo más cuidadoso. Y avisarme antes de meter plagas bajo nuestro techo.
—¿Plagas?
—Sí, una plaga de jesuitas —declaré levantándome con gesto dramático.
—Que ya no son…
—¡Oh! ¡Siguen teniendo la impronta ignaciana! Y tú también. Como empieces a suspirar por el Paraguay te tiraré de las orejas.
—Quisiera verte intentarlo —dijo riendo.
—Me verás hacer más que eso—coloqué mis manos en sus caderas y lo atraje—. Hoy voy a representar el papel de un amante hambriento que reclama atención.
—Ah, sobre eso... —replicó deteniéndome cuando quise besarlo—. Deberíamos tener cuidado mientras Francisco y Pedro permanezcan aquí. No quiero que se enteren de nuestra relación.
—No les digas nada y asunto arreglado —respondí mientras luchaba por desatar su corbata.
—Ellos seguramente querrán pasar tiempo conmigo, así que conviene que duermas en tu habitación.
Aquello fue la gota que derramó un vaso ya muy colmado de disgustos. Me alejé de él y me dirigí a la puerta.
—¿Vassili? ¿A dónde vas?
—A cualquier parte. Si me quedo aquí un minuto más, te gritaré.
—No, por favor. Quédate.
—Tú mismo me estás echando.
—Quédate esta noche. Quiero que estemos juntos, que hagamos el amor.
—Yo también quería que lo hiciéramos. Es más, lo necesitaba para convencerme de que no te pasó nada, de que sigues aquí, sano y salvo, y que mi corazón puede estar en paz. Lo último que necesitaba escuchar es lo que acabas de decir.
—Vassili, por favor, entiende: intentó evitar enfrentarme con Francisco y Pedro por la manera en que vivo ahora. Ellos no van a entender nuestra relación.
—¿Qué importa lo que esos cretinos piensen?
—Son mis amigos, mis compañeros y una vez que se marchen, no volveré a verlos jamás.
Me quedé contemplándolo por un momento, era evidente que se encontraba en una desagradable encrucijada y por más que quise evitarlo, mi furia amainó. No quería arruinar su feliz reencuentro.
—Está bien, no des más explicaciones. Comprendo perfectamente la situación, aunque eso no le quita el sabor amargo. También me alivia que quieras ocultarles lo nuestro, hasta ahora se lo has contado a todo el que has podido.
—Quizá se deba a lo mucho que insistes en que no diga nada.
—Es bueno saber que algunas veces me escuchas.
—Mejor dejemos de hablar y vayamos a la cama…
Estaba más que dispuesto a obedecerlo en eso. Nos acercamos ansiosos el uno al otro; al besarlo y recordar lo que había ocurrido apenas unas horas atrás, en la calle San Gabriel, sentí deseos de llorar.
—Si algo te hubiera pasado… —susurré.
—Mírame —dijo sujetando mi rostro entre sus manos con ternura—. Estoy bien, estoy aquí y lo único que deseo es ser uno contigo.
Fue inevitable que dejara escapar unas lágrimas; cada vez que me miraba con la dulzura con que lo estaba haciendo, me sentía desbordado. Maurice besó mis párpados, apartó algunos mechones de mi cabello y unió sus labios a los míos con la pasión sin artificios que le caracterizaba.
Todo mi cuerpo se convirtió en una flama, pero no tenía fuerzas para moverme. Mi anhelo en ese momento era ser consumido por la llama que se expandía indetenible ante mí.
—Maurice, quiero sentirte dentro… —supliqué sintiendo mi aliento caliente.
Él sonrió como deben hacerlo los lobos ante una presa fácil. Volvió a besarme y pidió que fuera hacia la cama. Me quité la casaca lo más rápido que pude y me senté en la orilla, ni siquiera llegamos a desvestirnos por completo, ninguno quería esperar más.
Tomó el bálsamo que guardaba bajo la almohada, cubrió con este su miembro y me empujó con delicadeza para que me recostara. Permaneció de pie, levantó mi cadera sujetándome de los muslos y me penetró con fuerza.
Rodeé con mis piernas su cintura para facilitarle las cosas. Sentí que mi mente se nublaba poco a poco por la mezcla de placer y dolor que me provocó desde la primera embestida. Al ver su rostro, el dorado de sus ojos me convenció de que estaba fuera de sí. Tomé su mano y la guié hasta mi miembro, entendió de inmediato.
Por un rato, logró acompasar el movimiento de cadera con las caricias que me prodigaba con su mano, pero se trataba de mi Amante de Fuego y pronto perdió el control. Se convirtió en la encarnación del deseo luchando por llegar a la conquista final.
Me rendí a él, su placer también era el mío y por eso no paraba de repetir su nombre y pedirle que me hiciera suyo. Cuando alcanzó el orgasmo, yo aún estaba hambriento y supliqué que continuara. Maurice se inclinó para besarme.
—Dame un momento… —susurró sonriendo agotado—. Pronto continuaré…
Separó nuestros cuerpos y se recostó a mi lado. Acarició mi pecho mientras su respiración agitada se calmaba. No pude mantener el control y empecé a tocar mi miembro endurecido.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó incorporándose—. ¿Quieres penetrarme o que yo use mis manos?
—Tu boca… usa tu boca, por favor —repliqué enseguida sorprendiéndome a mí mismo; sabía que a Maurice no le gustaba esa práctica.
Sonrió y volvió a levantarse para colocarse entre mis piernas. Me senté y contemplé maravillado que se arrodillaba y tomaba mi miembro entre sus manos.
—No soy tan diestro como tú, así que dime si lo hago mal.
—Solo hazlo, pronto… por favor.
Empezó a imitar lo que tantas veces yo había hecho por él. El placer que sentí tenía matices únicos, iba más allá de la sensación de sus labios acariciando la parte más íntima de mi cuerpo. Implicaba una victoria porque Maurice estaba usando su boca para complacerme, la misma boca con la que pronunciaba sus oraciones y recibía la Eucaristía.
Me sentí seguro de que nunca volvería atrás, de que jamás preferiría su vida como jesuita a la historia que escribíamos juntos y me embargó la dicha más genuina.
Al día siguiente, antes del alba, Antonio llamó a nuestra puerta porque los dos ex jesuitas querían ir con Maurice a hacer la oración en la Iglesia.
—¡Quiero enviarlos a patadas de regreso al Vaticano! —juré levantando mi puño cuando mi insensible amante me pidió que saliera de la cama.
—Vassili por favor, recuerda nuestro acuerdo.
—¡No incluía levantarme temprano!
Después de reírse de mis protestas, se marchó con sus queridos amigos. Llevé las cosas que tenía en “nuestra” habitación de regreso a la mía y bajé para desayunar. Estaba tan disgustado que apenas podía comer.
—Buen día, Vassili —escuché decir a Raffaele cuando entró acompañado por Sora—. ¿También a ti te han hecho madrugar?
—¡No me digas que esos jesuitas te invitaron a rezar con ellos!
—Oh, no. No son tan temerarios. En mi caso ha sido este encantador jovencito —respondió al tiempo que arrimaba galantemente una silla para que la ocupara Sora—. Micaela no ha sido capaz de dejar la cama, ya sabes que es una mimada.
—Lo siento —replicó el aludido avergonzado—. Es que no quiero que Maurice se marche sin mí.
—¿Lo ves, Vassili? Es encantador. Después de agotarnos con una maravillosa noche de placer, quiere que nos levantemos temprano porque debe proteger a mi primo.
—¡No digas eso delante de Vassili!
—No te preocupes, Sora —afirmé conteniendo los celos que amenazaban por dominarme—. Estoy acostumbrado a los comentarios fuera de tono de Raffaele. Además, me alegra que quieras proteger a Maurice.
—A mí también me alegra y me intriga —intervino Raffaele inclinándose sobre el joven japonés en cuanto este se sentó—. Dime, ¿cómo es que has pasado de querer matar a Maurice a jurar protegerlo? Para mí es como si el mundo se hubiera puesto de cabeza; la única explicación que encuentro es que ya no amas al tonto de Vassili, cosa que aplaudo en verdad.
—¡No es eso! —exclamó Sora lleno de convicción—. Sigo amando a Vassili incluso más que antes…
—¡Raffaele! —protesté al ver hacia dónde nos había llevado esa conversación.
—Pero —continuó mi antiguo amante—, después de todo lo que Maurice ha hecho por mí, tengo una deuda de gratitud. Además, Vassili me dijo cuánto ha sufrido desde niño y no puedo hacer otra cosa que admirarlo. Por eso lo he elegido como señor: quiero dar mi vida por Maurice, tal y como antes estaba destinado a darla por Nabeshima-sama.
—Espero que nunca sea necesario que cumplas ese propósito —susurré impresionado y agradecido.
—Yo, en cambio, quisiera tener la oportunidad de hacer algo de valor con mi vida.
—Te agradezco que quieras cuidar de mi primo, Sora —declaró Raffaele con una calidez que me conmovió—. Pero el hecho de que sigas vivo y busques tu propio lugar en el mundo, es algo de lo que deberías sentirte orgulloso. Para mí, tú también eres admirable —terminó sus palabras besándolo en la frente.
—Secundo por completo las palabras de ese cretino —dije extendiendo mi mano para tomar la de Sora, él respondió con una sonrisa tímida y bajó la cabeza para que no viéramos las lágrimas que empezaban a brotar.
Me marché a París antes de que Maurice regresara, quería terminar mis tareas temprano. Llevé a Marie-Ángelique y Evangeline conmigo porque ese día debían dar lecciones a sus pilluelos. En el hospicio todo transcurrió con normalidad hasta que el ángel de San Gabriel puso un pie en el edificio, la noticia de su llegada se fue corriendo de grupo en grupo haciendo que resultase imposible continuar con la tarea.
Maurice reunió a todos los niños en el jardín y como si hubiera realizado un encantamiento, las voces infantiles se unieron en un canto lleno de vida. Los vecinos, como siempre, se acercaron a curiosear. Al ver que Sora no se apartaba del lado de mi pelirrojo y que Raffaele le había prestado su espada, me sentí más tranquilo.
Francisco y Pedro también lo acompañaron. Resultó que el primero tenía una excelente voz y el segundo tocaba decentemente el violín. Me resigné a que mis alumnos estaban irremediablemente secuestrados por los tres ex jesuitas y aproveché para buscar a Sébastien. Lo encontré hablando con Simón cerca de la casa que me pertenecía.
Los dos se comportaron de manera extraña, como si no me quisieran ahí. No podía dejar de sospechar así que los interrogé hasta que confesaron lo que traía entre manos.
—Maurice no quiere que lo sepas, Vassili —empezó a decir Sébastien.
—Con más razón quiero saberlo.
Señalaron hacia mi propiedad. Al asomarme por la reja, descubrí que estaba completamente destruida y que un grupo de hombres recogían escombros y abrían zanjas.
—Maurice quiere que construyamos cuanto antes tu nueva casa y que lo mantengamos en secreto.
—¿Y cómo pretende ocultarlo? Vengo aquí todos los días —repliqué sonriendo como el hombre más feliz del mundo—. Este Maurice no tiene remedio...
Prometí hacerme el tonto, el tiempo que fuera necesario y conservé el buen humor a pesar de que Sébastien enumeró todas las dificultades que enfrentaba por la construcción de la cloaca. Incluso me reí cuando dijo que el hospital iba a tardar más tiempo del esperado y que los costos podían subir.
Todo a mi alrededor parecía encantador porque mi amante estaba construyendo un hogar para los dos. No me disgustó que tomara esa iniciativa, su gesto era otra prueba más de que nada nos separaría.
Al volver al hospicio, me sorprendió que los niños seguían en el jardín pero no cantaban. Todos escuchaban en silencio a Maurice contarles la historia de “Un padre que tenía dos hijos…”.
Conocía bien aquel pasaje del Evangelio de Lucas. Siendo abate, lo había interpretado como un llamado a la obediencia, a no ser como el hijo menor que pide su herencia antes de tiempo y la despilfarra en vicios. También le tenía simpatía al hijo mayor que se queja de no recibir lo que merece a pesar de portarse mejor que su hermano.
Maurice centró la historia en el padre, que recibe con una fiesta al hijo menor cuando este regresa arruinado y sale a buscar al hijo mayor para que se una a la fiesta de su hermano. Enlazó toda la trama con dos palabras: Misericordia y Gratuidad.
Solo yo no me mostré conmovido, hasta los pilluelos parecían presa de un arrobamiento. Ver a Maurice volver a comportarse como un misionero jesuita me resultaba amargo en extremo. Cuando observé a Sora luchando por contener las lágrimas, imaginé que pensaba en su regreso a casa y me acerqué para animarlo.
—¡Es maravilloso! —dijo emocionado—. El Kami-sama de Maurice es maravilloso.
—¿Kami-sama?
—Kami quiere decir dios, es la manera como llamamos a los dioses en mi idioma.
—¿Dioses? ¡Ah! Tu gente es politeísta. Maurice cree que solo hay un Dios, uno muy molesto, por cierto; seguro te echa un sermón sobre eso. Haz el favor de no dejar que te convierta al cristianismo, te puede costar la cabeza en tu tierra y ya has pasado por mucho.
—El abuelo de Nabeshima-sama combatió a los cristianos cuando se rebelaron en la región de Shimabara, así que no puede haber cristianos en mi familia. Pero eso no impide que admire la fe de Maurice y crea que su kami-sama merece veneración.
—Empieza a dolerme la cabeza —me quejé.
Sora creyó que hablaba en serio e insistió en que fuera a ver al doctor Charles; su ingenuidad me hizo sonreír. Hubiera olvidado el asunto de no haberlo visto imitar a Maurice en cada gesto que este hizo cuando entramos a la Iglesia.
—Definitivamente, esto va a ser un dolor de cabeza —murmuré mientras Maurice y sus amigos hablaban sobre el precioso retablo y Sora los seguía como si fuera su sombra.
En el camino de regreso al palacio, nos detuvimos en la casa de Daladier para que los ex jesuitas conocieran a Xiao Meng. Al entrar al jardín encontramos una escena inesperada: Edmond lloraba abrazado a una de las ramas de un frondoso árbol, Gerard lo instaba a bajar tendiéndole la mano desde otra rama, Gastón le daba órdenes desde el suelo y Liselotte lloraba viendo todo junto a una angustiada Odette.
El único que mantenía la calma era Xiao Meng, pero igual no ayudaba con sus razonamientos inútiles:
—¿Para qué subiste hasta ahí si ibas a acobardarte de esa forma? Baja de una vez.
—¡Quería jugar con Gerard y Gastón! —gritó Edmond desesperado.
—¡Te dije que no nos siguieras! —lo regañó Gerard—. Toma mi mano, te ayudaré a bajar.
—¡Tengo mucho miedo! ¡Me voy a caer!
Nos acercamos para dar cada uno nuestra opinión, incluso Evangeline y Marie-Ángelique. Cada adulto presente le decía al pobre niño lo simple que resultaba dejar de aferrarse a esa rama y bajar de la misma forma en que había llegado arriba, pero ninguno se tomó la molestia de ponerse en sus zapatos.
Le tendí las manos para que saltara hacia ellas, me parecía que la distancia era corta; a sus ojos debió parecer que nos separaba un abismo porque gritó espantado.
—Maurice, siéntate en mis hombros como cuando éramos niños —dijo Francisco inclinándose y doblando una rodilla.
Mi pelirrojo aceptó de inmediato y en cuanto su atlético amigo se puso de pie, fue capaz de alcanzar al niño. Todos celebramos el rescate del pequeño tirano, quien no dejó de llorar a gritos hasta que lo pusieron en brazos de Odette, pero a mí me quedó cierta amargura al tener otra prueba de la larga historia que existía entre los compañeros de escuela.
Una vez controlada la conmoción, Francisco y Pedro pudieron presentarse ante Xiao Meng. Estuvieron hablando con él en el jardín, junto con sora y Maurice, mientras yo conversaba con Odette. Los niños se marcharon a jugar en la biblioteca.
—¡Es asombroso! —escuché exclamar a Pedro conmovido.
—¡Totalmente inesperado! —replicó de la misma forma Francisco.
—¿A qué se refieren? —dije acercándome a ellos sin poder refrenar mi curiosidad.
—Parece que el idioma que hablan Sora y Xiao Meng es una combinación de japonés, chino y holandés —respondió Maurice.
—¡Son una nación de dos personas! —concluyó Francisco.
Miré a Sora y a Xiao Meng, los dos parecían tan sorprendidos como los demás, pero en su sorpresa había algo de angustia: acababan de descubrir lo mucho que habían perdido de su propia cultura. Atrapados en un pequeño camarote durante años, se vieron obligados a construir su propio mundo con los despojos de la vida que les arrancaron.
Recuerdo que todo lo que sabía sobre ellos pasó por mi cabeza y que me resultó doloroso y enternecedor pensar en lo mucho que se habían compenetrado. Al recapacitar en que iban a separarse, su historia se convirtió en algo desgarrador.
—Supongo que este es buen momento para decirlo —declaró Xiao Meng incomodo ante la mirada de todos—. Quiero que Sora esté presente y si espero más tiempo, se marchara sin haber resuelto yo nada.
—¿De qué estás hablando? —me quejé al verlo murmurar sin parar.
—Odette, quisiera que fuéramos esposos —dijo sin más, encarando a la joven y haciéndola dar un salto espantada—. Sé que no tengo nada que ofrecerte y que estarías mejor con otro hombre, pero estoy dispuesto a hacerte feliz.
—Xiao… —balbuceó ella con el rostro carmesí.
—¿Aceptas mi propuesta? —insistió el eunuco.
—¡Imbécil!—le grité—. ¡Al menos dile que la amas!
—Eso ya lo sabe.
—No está demás que se lo digas, Xiao —repuso Maurice.
—Odette, tú ya sabes que te amo, ¿no es cierto?
—Sí… y yo te amo más que a mi vida, pero… —la joven miró a Sora quien estaba conmocionado—. Tú y Sora no deben separarse. Tú eres todo para él y él es todo para ti.
—¡No! —gritó Sora—. Yo quiero que Xiao este contigo, Odette, quiero que estén juntos. Así me sentiré más tranquilo cuando me vaya, porque sabré que son felices.
—Pero ni Xiao ni yo queremos que te vayas. Quédate con nosotros —extendió su mano hacia Sora y de nuevo me pareció una flor irradiando una amable belleza.
—Esto es un poco raro… —murmuró Francisco.
—¡No abra la boca! —le exigí—. Esto es algo que solo ellos tres entienden. Dejémoslos solos.
Obligué a todos a entrar a la casa. Maurice explicó a sus amigos lo que sabía de Odette, Xiao y Sora. Según sus palabras, la nación de dos personas que formaban los jóvenes orientales, había encontrado una isla acogedora en la joven francesa y ahora esa convivencia iba a romperse.
Pero yo entendí algo más en las palabras de Odette: ella temía que el viaje de Sora fuera hacia la nada, hacia el suicidio que ya le habíamos visto intentar varias veces, y prefería que se quedara. Yo coincidía con esos sentimientos porque, a pesar de que Sora afirmaba que iba a cumplir su promesa, seguía temiendo que la desesperación volviera a consumirlo al verse solo en Japón.
Después de un largo rato, los tres entraron. Odette y Sora parecían abrumados, mientras que Xiao Meng se mostraba decidido. Por alguna razón, me sentí inquieto.
—¿Qué debo hacer para que Odette tenga un matrimonio respetable conmigo? —dijo el eunuco con aplomo.
—¡Ah! —exclamé como si me golpearan la cabeza—. ¡Tendrás que bautizarte!
Desde mi punto de vista, se cernía sobre nosotros una tragedia: no había manera de evadir el entenderse con la iglesia para realizar el matrimonio y esto, supondría que la identidad y el paradero de Xiao quedarían al descubierto.
En cuanto acudierámos a un sacerdote, este sin duda querría consultar el asunto con el arzobispo de París. Podía imaginar a nuestro arzobispo, Christophe de Beaumont, comentando el asunto en alguna de sus cartas pastorales y al infame Marqués Donatien presentándose en la Iglesia para reclamar a su hija y a su juguete favorito. Sentí escalofríos.
—Nosotros podemos bautizarlo y realizar el matrimonio —dijo Francisco—. Tenemos permiso para administrar los sacramentos a cualquier nuevo creyente chino. El que se encuentre en Francia no es más que un detalle que podemos ignorar.
—¡Es cierto! —dijo lleno de alegría Maurice—. El Señor realmente lo ha resuelto todo con su providencia.
Al ver su rostro convencido lancé un suspiro derrotado, la fe de Maurice nunca iba a menguar. Por supuesto que los ex jesuitas pusieron como condición, que Xiao recibiera la debida instrucción cristiana; este aceptó sin problema y acordaron que Pedro se encargaría de su catequesis porque era el más sabio y paciente de los dos religiosos, según reconoció su compañero.
—Faltan dos semanas para nuestra partida, así que... —empezó a decir Francisco.
—Nuestro matrimonio debe realizarse cuanto antes —insistió Xiao Meng—. Si no les molesta, quisiera empezar con la instrucción ahora mismo .
Los dos sacerdotes se miraron entre ellos y encogieron los hombros. Maurice apoyó la idea y yo me largué a la biblioteca porque tanta charla religiosa me estaba dando ganas de gritar.
Pensé que podría entretener a los niños leyendoles un cuento, pero descubrí que no estaban de humor para eso. Gerard y Gastón jugaban con los muñecos de madera que les había regalado Sébastien en un extremo de la habitación, mientras que Edmond gimoteaba en el otro extremo, oculto detrás de uno de los divanes. La pequeña Liselotte repasaba sus lecciones de música sentada ante el clavicordio.
—Edmond dijo que lo dejáramos solo —me indicó la niña cuando vio que me dirigía hacia él.
—Es un grosero —se quejó Gastón—. Nos gritó y empujó cuando le preguntamos qué le ocurría.
A pesar de sus palabras, me senté en el diván cerca del lloroso tirano y fingí escuchar la música de Liselotte en silencio.
—¿Te duele algo, Edmond? —le pregunté en susurros después de unos minutos—. ¿Te hiciste daño al subir al árbol?
—No. Es algo peor.
—¿Peor que una herida? ¿Necesitas ayuda? Sabes que puedes contar conmigo, soy tu amigo.
El niño se puso de rodillas y acercó su boca a mi oído para confesarme su tragedia: el miedo lo había hecho ensuciarse en sus pantalones cuando estuvo en el árbol.
—No se lo digas a nadie, no quiero que se rían de mí.
Le aseguré que guardaría el secreto y prometí sacarlo del aprieto con la mayor discreción. En voz alta, lo invité a salir al jardín para enseñarle buenos modales, esperando que los otros no quisieran acompañarnos; bien sabía yo que consideraban tediosas mis lecciones de urbanidad. Buscamos una muda de ropa en la habitación que usaba Odette y quedé ante un dilema: me parecía inconcebible cambiarlo de ropa sin darle un baño primero, pero estaba seguro de que Edmond no se sentiría cómodo si yo lo veía desnudo.
—¿Y si le contamos a Odette lo que te ha pasado? —sugerí tratando de librarme del trance—. Ella no se burlará de ti.
—No, los otros se van a dar cuenta.
El asunto era muy serio para Edmond. No quedaba más remedio que imaginar lo que haría una madre en un caso como ese.
Lo llevé al jardín, junto a la fuente que Daladier había creado desviando el curso de un riachuelo. Busqué una enorme cubeta y la llené hasta los bordes.
—Metete ahí con todo y ropa, así te bañas y lavamos la ropa a la vez.
—¡Pero está fría! —se quejó espantado—. Odette siempre calienta el agua…
—No hay tiempo —respondí impaciente—. Si tardamos más, Gerard y Gastón pueden venir y descubrirnos.
Edmond obedeció resignado y se sentó dentro de su rústica tina, desparramando parte del agua sobre mis zapatos, me mordí la lengua para no maldecir. El orgullo ayudó al pequeño a comportarse como un espartano, le eché varias cubetas de agua encima y las aguantó sin gritar. Su bluza y calzones quedaron más que empapados.
—Odio bañarme —declaró cuando terminamos.
—Yo también, pero Maurice tiene el olfato de un sabueso y siempre me dice cuando huelo mal, por eso tengo que bañarme casi todos los días.
La carcajada del niño fue despiadada. Me ordenó que le diera la espalda mientras se quitaba la ropa mojada y se secaba con una manta que habíamos tomado de la habitación de Odette, probablemente no estaba destinada para ese fin pero era un caso de emergencia. Después fui pasandole la ropa limpia pieza por pieza y, una vez vestido, permitió que lo mirara.
—¿Qué hacemos con la ropa sucia? —dije pensando en voz alta al verla desparramada a nuestro alrededor.
—Odette siempre la lava.
—Pues dejémosla aquí.
Tomamos toda la ropa, junto con la manta, y la echamos en la cubeta grande como si le hiciéramos un gran favor a la joven. Después le arreglé el cabello a Edmond y volvimos a la biblioteca como si nada hubiera pasado. Sin proponermelo ese día gané su confianza, cosa que me llenó de alegría.
Hice que Gastón y Gerard prometieran incluir a Edmond en sus juegos y que el pequeño tirano jurara no volver a ser grosero. Liselotte fue testigo de aquel armisticio y la encargada de darme cuenta si alguno de ellos rompía con los acuerdos.
Después los entretuve leyendo uno de los pocos cuentos que había en la biblioteca de Daladier. Para mi sorpresa, Edmond quiso escucharlo sentado junto a mí en el sofá; se quedó dormido a los pocos minutos y no me atreví a moverme: parecía un pequeño ángel, tan tranquilo e inocente…
Odette rompió el encantamiento cuando llamó a sus niños para comer y el incorregible tirano despertó y declaró que la porción más grande de pastel sería suya.
Al despedirme, todos prometieron ser buenos para que yo volviera a leerles otro cuento al día siguiente. Me sentí dichoso y a la vez desgraciado: por más que trataba, no podía dejar de pensar en esa paternidad a la que estaba renunciando por Maurice.
Me marché al palacio con Evangeline y Marie-Ángelique, Sora y Maurice prefirieron quedarse hasta que los jesuitas terminaran con las lecciones de Xiao Meng. Entré a mi habitación sintiéndome todavía melancólico y me dirigí a la ventana.
—Lo estaba esperando —escuché decir a mis espaldas y al darme vuelta descubrí a Jacques Fouché de pie junto a mi cama—. Hay mucho de lo que quiero que hablemos.
Al principio pensé que Raffaele lo había enviado por alguna razón, luego noté que tenía en sus manos uno de mis cuadernos de apuntes y sentí que me faltaba el aire... ¡Sin duda había descubierto que Maurice y yo éramos amantes!
El hombre, con una indescifrable expresión en su rostro, ocupó la silla junto a mi escritorio y me invitó a sentarme en uno de los sofás.
—Mi lealtad con Philippe me obliga a tener esta conversación con usted y será esta misma lealtad la que dicte el curso de mis acciones —declaró en un tono que me heló la sangre—. Por tanto, monsieur Du Croisés, aproveche la oportunidad que le doy para convencerme de que no debo hacerlo desaparecer de la vida de los Alençon ahora mismo.

Nota al Pie
[1] Sacra Congregatio de Propaganda Fide (Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe) fue fundada en 1622 por el papa Gregorio XV. Funcionaba como una especie de ministerio de las misiones que buscaba independizar la labor de la evangelización del patronato de los reyes. Proporcionó recursos a los misioneros y llegó a designar vicarios apostólicos y obispos misioneros dependientes directamente de los Papas.Hoy en día se le llama Congregación para la evangelización de los pueblos.