X Cerrando Ciclos parte II

¿Hasta cuándo vas a holgazanear, Vassili? —chilló en mi oído Micaela, tan agudo como le fue posible—. Levántate de una vez.
Cerré los ojos con todas mis fuerzas y hundí el rostro en la almohada mientras ella golpeaba mi espalda. Ya antes había echado a Antonio cuando lo envió a buscarme y me había asegurado de cerrar la puerta con llave, cosa inútil porque el maldito del Padre Petisco también le había enseñado a Micaela cómo burlar cerraduras.
—¡Déjame en paz! ¡Necesito dormir! —rugí dándome vuelta y sentándome en la cama—. Anoche Maurice se quedó hablando con sus jesuitas hasta la madrugada y me pasé la noche en vela esperándolo.
—Lo sé. Fue una mala noche para todos, yo estaba tan preocupada por Luis y por Sora que apenas pude dormir.
—¿Qué le ocurre a Sora?

X Cerrando Ciclos - Parte I

Pocas veces soy yo quien se levanta antes del alba y Maurice el que se aferra a las sábanas; en mi caso siempre depende de la motivación adecuada: La mañana siguiente del paseo al lago quise asegurarme de que los niños encontraran una cara amiga al despertar y me apresuré a mostrar la mía en su habitación.
—¡Perfecto! Ya tengo quien me reemplace —dijo Evangeline al verme entrar, con su impertinencia acostumbrada—. Lo dejo a cargo, monsieur.
Señaló hacia lo que, sin duda, era un campo de batalla compuesto por almohadas, sábanas y soldados dormidos en los lugares y posiciones menos esperados. Lo más sorprendente fue ver a Raffaele y a Micaela como parte del regimiento.

IX Bajo el mismo cielo - parte VI

Lo siguiente que recuerdo es el matrimonio de Odette y Xiao Meng. Se realizó en la iglesia de los Alençon el día domingo, tal y como el eunuco exigió. Fue una celebración íntima a la que solo asistimos Maurice, sus primos, los niños, los jesuitas, el párroco de San Gabriel y yo.
A los tres ex jesuitas se les ocurrió que sería más significativo si el bautismo y el matrimonio se realizaban dentro de la eucaristía, por eso Xiao Meng fue bautizado después de la proclamación del evangelio, con Maurice y Odette haciendo de padrinos; recibió la comunión junto con los demás y, finalmente, él y Odette pronunciaron sus votos matrimoniales.

IX Bajo el mismo Cielo parte V


—¿Ya te sientes mejor, Vassili? —preguntó Sora con cariño cuando dejé de llorar.
Mi querido amigo me había sostenido en sus brazos durante largo rato, esperando a que descargara toda mi angustia.
—Sí… ya estoy mejor… Perdona, Sora. No quería que me vieras así.
—No te preocupes, Vassili. Ya sabes que quiero ayudarte. Sabía que estabas molesto porque Maurice pasa mucho tiempo con sus amigos, pero te aseguro que no hay entre ellos otra cosa que amistad, es más, esos hombres no están buscando llevarse a Maurice a la cama, yo sé mucho de eso.
—No estoy celoso… O al menos no he llorado por eso, sino por la salud de Maurice y su obsesión con el maldito Paraguay.

IX Bajo el mismo cielo - parte IV

Como Raffaele anticipó, debí considerar lo que significaba tener a los jesuitas en el palacio por más tiempo. De hecho, cuando Francisco declaró que era voluntad de Dios que se aplazara el viaje, algo en la manera en que pronunció esas palabras me produjo escalofrío. Ahora entiendo que se trataba de una declaración de guerra.
Los dos sacerdotes iniciaron una campaña de conquista y la primera señal fue que volvieron a usar sus hábitos religiosos. Raffaele protestó de inmediato porque se hacía más evidente que albergaba “jesuitas” y eso podía causarle problemas con el Parlamento. Francisco desvaneció sus protestas con una sonrisa afable y un argumento odioso:
—Ya que Miguelito puede usar el traje que se le antoje en este palacio, aunque no sea el que le corresponde, creímos que nadie se molestaría si nosotros usábamos la ropa con la que nos sentimos más cómodos.
Puedo jurar que escuché crujir los dientes de Raffaele.
Me propuse ignorar a los dos religiosos, pero resultó imposible por culpa de Micaela. Una mañana, envió a Antonio a mi habitación para que me sacara de la cama; no me hizo ninguna gracia la ocurrencia porque tenía planes de dormir hasta tarde y recuperarme de una maravillosa noche en los brazos de Maurice. El pobre joven soportó mi mal humor con resignación y no dejó de insistir en que al “señorito Miguel” le urgía verme.
Bajé furioso, dispuesto a enfrentar a Micaela. Ella me esperaba impaciente en el salón oval, junto a un adormilado Sora.
—Deja de quejarte, Vassili, hago esto por tu bien —declaró silenciándome de inmediato—. Estoy segura de que Francisco va a tratar de cambiar las cosas en este palacio y siempre ha sido capaz de influenciar a Maurice.
—¡Dile que se meta en sus propios asuntos! —chillé alarmado al entender la amenaza.
—¡No puedo! Juré que no volvería a hablarle hasta que pidiera perdón por golpear a Raffaele. Él respondió que no se arrepentía y que yo debía dejar de actuar como “un niño caprichoso”. ¡Me dieron ganas de golpearlo! Ahora estamos librando una guerra de silencio hasta que algunos de los dos de su brazo a torcer… ¡Y puedes estar seguro de que no seré yo!
—Maurice fue con ellos a la iglesia... —murmuré preocupado.
—Por eso debemos apresurarnos. ¡Vamos!
Micaela dejó claro con su actitud que no daría más explicaciones y Sora también ignoraba sus planes, así que no me quedó más remedio que seguirla sin saber si serviría de algo. Cuando nos hizo pasar por la abertura que existía entre los arbustos del jardín, resultó que esta no era lo suficientemente grande para su abultada falda y fue necesario liberarla de las ramas.
—Hoy no debí usar este vestido —gimió—. Ayúdenme a quitarme la falda.
Me llevé una sorpresa al comprobar la cantidad de piezas que lo componían. ¡Cada mujer que había visto engalanada de esa forma era en realidad una proeza arquitectónica! Lo cierto es que no fui capaz de descifrar el intrincado sistema de ataduras que tenía aquella ropa, mientras que Sora demostró ser un experto en desvestir a Micaela. Preferí no hacer ningún comentario al respecto.
Dejamos la mayoría de las prendas dobladas junto a los arbustos y nuestra ninfa quedó vestida con el elegante corpiño, el camisón y las medias. No pude evitar mirar sus piernas por más tiempo de lo que permitía la buena educación.
—¡De prisa! —nos ordenó—. Ya están por llegar .
Corrimos tras ella hasta llegar a cierto punto del jardín donde nos hizo agachar; el resto del camino lo hicimos gateando tras los arbustos. No me quejé porque resultaba excitante verla con tan poca ropa, abriéndose paso entre las ramas. Cuando finalmente llegamos a nuestro destino, ordenó que esperáramos en silencio.
Todo estuvo claro en ese momento. Al otro lado de la muralla de arbustos, se encontraba la estatua de una ninfa postrada junto a una fuente acicalándose, Maurice acostumbraba sentarse en su amplio pedestal; espiarlo resultaría muy fácil. También era fácil imaginar lo mucho que se enojaría si nos descubría.
Minutos después, oímos llegar a los tres ex jesuitas y, tal como Micaela había previsto, se sentaron alrededor de la estatua mientras conversaban en español.
—Francisco, deja de insistir, ya te lo he dicho que ese hombre maltrataba a su esposa —dijo Maurice con algo de impaciencia.
—Debiste hablar con él y persuadirlo para que cambiara de actitud.
—Lo intenté y la golpeó por haberme contado lo que pasaba. Él se sentía con derecho a maltratarla y ella también pensaba que debía aguantarle todo. Fue difícil convencerla para que aceptara mi ayuda y huyera con sus hijos.
—Entiendo tus razones, Maurice —comentó Pedro—, pero el sacramento del matrimonio es sagrado. Además, puede que la hayas expuesto a peligros mayores al animarla a dejar a su esposo: Una mujer no es capaz de valerse por sí misma.
—Por más que lo intenten, no van a hacerme pensar que hice mal. Ese hombre iba a terminar asesinándola a golpes y ahora ella se encuentra en un viñedo de Joseph, donde puede vivir con sus hijos y mantenerse con su trabajo.
—Pero…
—Yo sigo el principio y fundamento que nos enseñó San Ignacio: toda persona fue creada por Dios para relacionarse con él y darle gloria; eso va en consonancia con la afirmación de San Ireneo, de que la gloria de Dios es que el hombre viva, y por tanto, lo primero es procurar que sea posible la vida. No tengo duda de que Dios quiere que esa mujer y sus hijos estén a salvo y me alegra haber contribuido a que se cumpliera su voluntad.
Después de eso reinó el silencio entre ellos por unos instantes, después escuché a alguien aplaudir y Pedro declaró:
—¡Magnífico!
—¡Cuánto extrañaba tener estas conversaciones contigo! —reconoció Francisco—. Siempre sabes sorprenderme, Maurice. Pero no olvides que el esposo te atacó y tus buenas intenciones pudieron terminar en una tragedia. Debes ser más prudente.
—Dios me cuida siempre. Ya vez que Sora, Vassili y las buenas gentes de la calle San Gabriel fueron mis ángeles guardianes.
Sora me interrogó con la mirada al escuchar su nombre. Le sonreí para que supiera que todo estaba bien, el pobre era incapaz de entender la conversación en español. A pesar de eso, aguardaba pacientemente a mi lado.
—Lo que haces en ese lugar es admirable —comentó Pedro.
—Solo intento sobrevivir en medio de tanto absurdo. Estoy convencido de que nuestro Dios es bueno, que de ninguna manera puede propiciar el sufrimiento de aquello que ha creado y que, la forma en que manifiesta su amor misericordioso, es a través de nosotros. ¿Cómo podemos proclamar la Buena Nueva del Reino si no lo hacemos ya presente con nuestra fraternidad?
—Tienes razón, Maurice —respondió Pedro conmovido.
—¡Ven con nosotros a China! —exclamó Francisco lleno de emoción, tornando para mí el día en noche y la primavera en un cruel invierno—. ¿Qué futuro te espera aquí? Sigamos juntos las huellas de San Francisco Javier hasta el Gran Continente, tal y como soñamos cuando éramos niños.
El silencio de Maurice me llenó de angustia, ¿acaso estaba considerando la invitación? Quise ponerme de pie pero Micaela y Sora me abrazaron para obligarme a quedarme quieto.
—Estás siendo desconsiderado, Francisco —resonó la voz de Pedro, rompiendo la tensión—, bien sabes que Maurice no soportará el viaje. El doctor Daladier fue claro en que no recuperará la buena salud que gozaba antes.
Esas palabras fueron como un golpe brutal que me paralizó por completo.
—No lo imagino casado o encerrado en un convento, como quiere su tía, y mucho menos adulando al rey en Versalles —afirmó Francisco.
—Yo tampoco —dijo el otro jesuita con un tono paternal—. Maurice, ¿qué planes tienes para tu futuro?
—Estoy en manos de Dios —respondió mi amante con humildad—. Lo único que tengo claro es que debo terminar lo que empecé en la calle San Gabriel y que complaceré a mis primos permaneciendo este año junto a ellos y Vassili.
—¿Y después?
—Quizá viva en la calle San Gabriel con Vassili y trabaje dando lecciones a los niños del hospicio. ¡También quisiera ir con él al Paraguay!
—¡Que ocurrencia! ¿Piensas formar una comunidad de dos religiosos y volver a misionar en el Paraguay? —se burló Francisco—. ¿Acaso ese hombre ya no rechaza la fe?
—No pienso ir como misionero sino como fugitivo, huyendo de tía Severine y sus nefastos planes -bromeó- Y, en cuanto al ateísmo de Vassili, pienso que su problema es que nunca ha conocido al verdadero Dios sino a una imagen distorsionada de él. Por eso su ateísmo no me preocupa, cuando logre mostrarle lo grandioso que es Nuestro Señor Jesucristo, será el mejor de los creyentes.
—Ojalá puedas convencerlo, así volvería al sacerdocio, se terminarían los problemas que tiene con su familia y los dos podrían ser misioneros en el Paraguay —acotó Francisco como si planear mi vida estuviera entre sus facultades.
—Vassili no tiene vocación para el sacerdocio —declaró Maurice de inmediato—. Su familia le impuso la vida clerical para que obtuviera prestigio y riqueza, algo totalmente contrario al seguimiento de Jesús.
—En ese caso, temo terminará formando una familia sin la bendición de la Iglesia. Por la forma en que trata al pequeño Gastón, parece inclinarse por la paternidad.
Deseé cerrarle la boca a Francisco por tocar un asunto tan delicado en nuestra relación.
—Es cierto —susurró Maurice preocupado—. Es probable que quiera tener hijos…
—Vas a tener que buscarte otro compañero para escapar al Paraguay…
—Igual el viaje al Paraguay es imposible para Maurice —insistió Pedro—. El doctor Daladier piensa que…
—¡Ya lo sé! No te preocupes, estoy casi resignado a quedarme en Francia. Incluso tengo una casa en la calle San Gabriel para vivir por mi cuenta con Vassili.
—Entiendo que te sientas responsable de ese hombre después de ayudarlo a dejar una vida llena de vicios, pero no puedes cargar con él para siempre.
—¡Vassili no es una carga para mí!
—Ahora te parece que no, pero ya veremos en unos años...
Las palabras de Pedro dieron forma a viejos temores. Sentí mis entrañas se helaban.
—Sigo pensando en que lo mejor es que regrese al sacerdocio y asuma con todas sus fuerzas la vida de perfección —declaró Francisco, con exasperante seguridad.
—El sacerdocio y la vida religiosa no son el único camino de perfección —respondió Maurice con vehemencia—. De hecho, Nuestro Señor Jesucristo no perteneció a la casta sacerdotal de su pueblo. No tengo duda de que, Dios mira con agrado todos los caminos, siempre y cuando éstos nos lleven a vivir como sus hijos y como hermanos de los demás.
—¿Por eso no quisiste ordenarte sacerdote, Maurice? —preguntó Pedro con cierta picardía—. Hasta nuestro maestro de novicios se llevó las manos a la cabeza cuando dijiste que deseabas ser hermano lego.
—Es que quería ocupar el último puesto dentro de la Compañía… —confesó mi pelirrojo con cierta timidez.
—¡Siempre tan radical! —le acusó Francisco—. Al final ha sido una pena porque, si bien tu tío consiguió que anularan tus votos, no hubiera podido quitarte la consagración sacerdotal. Por tu ocurrencia has quedado completamente desligado de la Compañía y del servicio a Dios.
—¡Ya he dicho que sigo sirviendo a Dios aunque no sea jesuita!
—Pero no puedes negar que eras más feliz como jesuita en el Paraguay de lo que eres ahora.
—Eso jamás lo negaré —respondió Maurice sin atisbo de duda, haciéndome sangrar—. Desde que Carlos III nos expulsó y perdimos las Reducciones, recuperar la paz y la alegría se convirtió en una ardua tarea.
—¡Ah, es muy cierto: la vida se volvió tan confusa!... —exclamó con melancolía Francisco—. No consigo olvidar la dicha que experimenté evangelizando a orillas del Orinoco (1)
—Yo no... Yo no era feliz —confesó Pedro sorprendiéndonos a todos—. Ustedes vivían a plenitud la labor misionera, pero mi tarea en Perú consistió en administrar las haciendas con las que manteníamos nuestros colegios en Lima.
—Debió ser un trabajo tedioso… —señaló Maurice.
—Fue una tragedia —sentenció Pedro—. Me sentía impotente porque teníamos cientos de esclavos negros.
—¡¿Esclavos?! —exclamó Maurice.
—La sola idea de que aquellas personas fueron arrebatadas de su tierra y separados de sus familias para obligarlas a trabajar, era una contradicción al Evangelio. Mas, sin esclavos no había manera de llevar adelante las haciendas y nuestros colegios dependían de éstas.
—Nunca me detuve a pensar en eso... —dijo Maurice—. En las Reducciones cada familia Guaraní era dueña de una parte de la tierra y procuraba su propio sustento. Nunca usamos esclavos, es más, protegíamos a los indios de los paulistas que se internaban en nuestros territorios buscando secuestrarlos para esclavizarlos.
—Usar esclavos negros era un mal necesario —reconoció Francisco—, porque sólo así podíamos llevar adelante esas haciendas y mantener nuestros colegios.
—Yo pensaba de la misma manera hasta que tuve ante mí la realidad y conocí la vida y los escritos de los padres Alonso de Sandoval(2) y Pedro Claver(3). Entonces quedé crucificado entre la obediencia a mis superiores y el escándalo que la esclavitud de los negros representa... ¡Oh, Dios, no sabía qué hacer! Los demás padres consideraban que no había manera de resolver la contradicción que creamos, que incluso si liberábamos a nuestros esclavos, ellos volverían a ser esclavizados y, por tanto, lo mejor que podíamos hacer era asegurarnos de que fueran bien tratados por nuestros capataces y mantener unidas las familias que se formaban.
—Ahora entiendo por qué parecías otra persona cuando nos reencontramos en Roma. Al principio pensé que se debía a nuestro destierro, te veías tan cansado y…
—¿Cómo si mi alma estuviera hecha de cenizas? Exactamente, así es como me siento. Después de vivir años con mi alma en llamas, mortificado ante mi propia impotencia, sintiéndome atrapado y cómplice de una injusticia, agonizando cada vez que encaraba a mis hermanos negros y les hablaba de un Jesucristo, mesías y liberador, al mismo tiempo que sostenía su cadena… ¡Oh, Dios! ¡Tantos años pensando que podría cambiar las cosas poco a poco, para terminar abandonándolos por nuestro destierro! ¡Ya no queda nada dentro de mí! ¡Nada!
Mientras escuchaba a Pedro confesar su dolor, pude imaginarlo en la flor de su juventud, añorando una entrega generosa al Reino, tan iluso como lo era Maurice al marcharse al Paraguay, y terminando como un hacendado esclavista por la excusa de un bien mayor. Me estremecí. Por más que traté de resistirme a sentir simpatía por él, su pena me impregnó y sentí el deseo de ayudarlo.
Pero él no me necesitaba a mí sino a sus hermanos, sus compañeros a los que había ocultado su fracaso y quienes ahora se volcaban a consolarlo con la torpeza que caracterizaba a Maurice y la ceguera triunfalista que era el sello personal de Francisco. Sentí aún más pena por Pedro.
—Lamentó que tuvieras que pasar por todo eso. Ya verás que en China todo será diferente. Podrás dejar atrás esa época.
—Francisco tiene razón, ahora todo está bien.
—¡No, no lo está1. Ellos siguen siendo esclavos y yo ya no puedo protegerlos. Sus nuevos dueños pueden maltratarlos y volver a venderlos separando sus familias. Recuerdos sus nombres, sus rostros, ¡nunca los olvidaré! ¡Cargaré mi impotencia, mi inutilidad, incluso mi hipocresía, hasta el final!
Interpreté el silencio que siguió como señal de la estupefacción en la que debieron quedar Francisco y Maurice. Yo mismo me sentía abrumado y Micaela lloraba mientras se cubría la boca con ambas manos para no ser escuchada. Sora estaba tan confuso al verla así y escuchar los gritos de Pedro que lo abracé para que se calmara.
—¿Por qué no me dijiste cómo te sentías?
—No quería hacer más pesada tu carga, Francisco. Tú estabas luchando por convencer al padre Ricci y a los demás superiores de contraatacar de alguna manera la campaña de los Borbones. Te desgastabas, convenciendo a los resignados de que no estábamos viviendo una prueba divina y que debíamos ser más astutos que nuestros enemigos para salvar a la Compañía de su exterminación total. En cambio, ante los desanimados y desesperados, eras la voz de la esperanza y, ante los fatalistas, un látigo que espantaba su pasividad, motivándolos a seguir trabajando. No parabas de servir en iglesias, hospitales y colegios de los que los clérigos italianos constantemente te echaban. Pero yo sabía que todo era una fachada, que estabas desesperado por conseguir que la Compañía de Jesús siguiera siendo la orden que tanto amabas. Era evidente que ibas a terminar destrozado.
—¿Por eso siempre me decías que dedicara más tiempo a la oración?
—Querías cambiar la realidad a fuerza de voluntad, empujando la historia con tus solas fuerzas… llegué a temer que te sintieras tan abandonado de Dios como yo.
—No estabas lejos de la verdad, Dios no decía nada…—reconoció con tristeza Francisco—. No respondía por más que le preguntaba por qué habíamos terminado tantos misioneros hacinados en el Vaticano, donde nadie nos necesitaba, mientras que tantas almas estaban sin resguardo en nuestras misiones. Si Él había encendido en mí la urgencia por la misión, ¿por qué me condenaba a la inutilidad en los mejores años de mi juventud?
—¡No fue Dios! —declaró Maurice—. Dios no quiso nada de lo que nos ha pasado, igual que no quiso que su Hijo terminara en una cruz. ¿Recuerdan la parábola de los Viñadores asesinos?(4) El dueño de la viña envía a su hijo para que los trabajadores lo reciban como si se tratara de él mismo, pero ellos eligen matarlo para quedarse con la viña, tal y como hicieron las autoridades del pueblo de Israel con Jesús. Igualmente ahora han sido los poderosos los que trastocaron nuestro mundo, los Borbones y todos los que se creen dueños de la vida, de la tierra y del alma misma de los demás… Este no es el mundo de Dios y por eso Dios no está en este mundo, el hombre lo ha echado con su egoísmo. Esa fue la respuesta que yo encontré cuando hice la misma pregunta.
—¡Ah, Maurice, tú nos salvaste! —dijo Pedro lleno de gratitud.
—Es cierto, yo me encontraba a punto de romperme en pedazos cuando escribiste contándome sobre Sora y de tu plan para enviarlo a su tierra. Sentí, sin ninguna duda, que esa era la puerta que Dios abría para seguir viviendo como misionero, buscando su gloria aun si eso significaba dejar la misma Compañía de Jesús. Bonita ironía: para seguir viviendo como jesuita debía dejar de serlo.
—Yo no había leído la carta que me enviaste hasta que Francisco apareció en mi puerta y me invitó a China. Fue lo mismo que Jesús llamando a Lázaro, realmente volví a la vida.
—Cuando escribieron pidiendo que los dejara acompañar a Sora para intentar llegar después a China, también me pareció que era voluntad de Dios, porque piezas que no tenían ninguna relación, de repente se ajustaron, como si siempre hubieran sido partes de un mismo todo.
—¡Gracias, Maurice! —dijo Pedro.
—Siempre has sido una luz para nosotros! —concluyó Francisco.
—Que no he sido yo, ha sido Nuestro Señor el que nos llevado, en medio de estos mares borrascosos hacia las orillas en las que nuestra vida podrá florecer. Francisco, tú eres como un volcán que necesita desatar toda su pasión para poder vivir, en China tienes un reto del tamaño de tu alma. Pedro, espero de corazón esta nueva misión sea una experiencia que sane las heridas y puedas dejar atrás los malos recuerdos.
—No quiero olvidar a mis hermanos negros. —declaró Pedro con una calidez que me conmovió—. Siempre estoy junto a ellos porque todos estamos bajo el mismo cielo.
—¡Cuánta razón tienes, mi amigo! —afirmó Francisco—. Es así con la humanidad entera. Aunque el océano nos separe, pertenezcamos a otras culturas y nuestra apariencia y condición sea diferente, todos nos encontramos bajo el mismo cielo.
—Y así como todos por igual tenemos que levantar la cabeza para contemplar el azul del firmamento, a todos nos cobija la mirada del mismo Dios, llena de misericordia y ternura —imaginé a Maurice contemplando el cielo mientras decía con alegría esas palabras. Me sentí conmovido por su candidez, y a la vez preocupado por lo inagotable de su fe.
Entre las ramas pude verlos estrechar sus manos y abrazarse como si en aquel momento estuvieran haciendo una promesa. Aunque me pesara, la amistad entre los tres estaba enraizada en lo más profundo de sus corazones y yo no tenía derecho a desear que se extinguiera.
Esperamos hasta que se marcharon y emprendimos el regreso al palacio. Mientras caminábamos, Micaela fue explicándole a Sora de qué había tratado la conversación entre los tres compañeros. Yo me adelanté porque sentía la urgencia de enfrentar las inesperadas amenazas que habían quedado al descubierto, estaba decidido a confrontar incluso al mismo Dios que negaba y que todavía poseía el monopolio del corazón del hombre que yo amaba.
Antes de llegar a la abertura entre los arbustos, encontré a Renard y Aigle bailando y cantando como faunos embriagados; cada uno vestía una de las faldas de Micaela y hacían ademanes imitándola ridículamente. ¡Pobres idiotas! ¡Micaela no tuvo piedad y Sora estuvo encantado de ayudarla a darles una lección! No me quedé a ver la paliza, pero recuerdo que esos pilluelos necesitaron los servicios de Daladier.
Y precisamente, hacia la habitación del doctor se dirigieron mis pasos. Toqué la puerta y abrí sin esperar su respuesta. Daladier se encontraba sentado en su cama leyendo un grueso tomo de anatomía mientras devoraba una manzana, ni siquiera se había cambiado el camisón de dormir. Pasó de la perplejidad a la indignación en un instante.
—Ya sé que soy un maleducado al entrar de esta manera —me apresuré a decir—, pero necesito hablar con usted. Se trata de Maurice.
—¿Qué le ha ocurrido? —respondió preocupado, levantándose de inmediato—. Ayer estaba muy bien.
—Quiero que me diga lo que le contó a esos jesuitas sobre su salud.
—¿Cómo sabe que yo…?
—Eso no importa. Yo soy el amante de Maurice y debió decírmelo a mí antes que a ellos.
—Que molestó es usted; todo lo ve como una afrenta. No se lo dije, porque Maurice no quiere que usted lo sepa y, Raffaele me amenazó con quemar el libro que Maurice y Miguel copiaron para el doctor Ingenhousz si se lo decía.
—¡Raffaele lo sabe!
—Por supuesto. Me convenía que lo supiera porque Maurice es muy mal paciente y Raffaele es el único que puede obligarlo a seguir mis instrucciones.
—¡Yo también! ¡Debió decírmelo a mí! ¡Nadie tiene más derecho que yo a saber sobre su salud porque soy su amante!
—Usted es la mayor amenaza que tiene la salud de Maurice.
—¿Qué… dice? ¿Me está tomando el pelo? ¿Cómo se atreve a decir semejante cosa?
—No estoy tomándole nada y lo digo porque es la verdad. Cuando Maurice se enamoró de usted estaba constantemente angustiado porque todavía tenía sus votos. Luego pasó lo que pasó, ustedes terminaron siendo amantes, cosa inusual desde mi punto de vista, y volvió a estar tranquilo. Claro que le duró poco porque usted lo abandonó para ordenarse obispo. En ese tiempo dejó de comer y lloraba todo el tiempo. Pero lo peor vino cuando usted quemó sus manos… ¿Quién iba a decir que alguien podía sufrir tanto por otra persona? Fue un milagro que Maurice no terminara en cama, Monsieur. Por fortuna, todo su asunto con Sora se lo tomó mejor, en lugar de echarse a morir por su infidelidad, prefirió presentar pelea. Se está volviendo más maduro que usted. Debería aprender de él y…
—Esos jesuitas dijeron que Maurice no resistiría un viaje a China, que su salud no volverá a ser como antes —dije ya demasiado angustiado como para soportar sus reproches.
—Ah, eso es otra cosa. La estancia en prisión, y seguramente todo el sufrimiento que provocó ser desterrado del Paraguay, han dejado huellas en el cuerpo de Maurice. Es obvio que ya no es capaz de soportar la dura vida de misionero. Por eso el Padre Ricci[3] y los demás jesuitas, le aconsejaron que no regresara a la Compañía y permitieron que Philippe hiciera anular sus votos. Yo me encargué de dar el diagnóstico, cosa que espero me perdone algún día.
—¿De qué huellas habla...? —pregunté sin aliento—. ¿Qué tan grave es...?
—Todavía no ha llegado a lo peor respecto a su estómago; si se alimenta apropiadamente y lleva una vida tranquila, no tendremos de qué preocuparnos. Sus pulmones, en cambio, no van a mejorar. Lo único que se puede hacer es evitar el frío. Le recomendé a Raffaele que lo llevara al sur en el otoño para evitar complicaciones.
—¡Debieron decírmelo!
—Yo quería, pero Maurice me lo prohibió. Además, sus primos me amenazaron para que me callara porque usted suele ponerse a llorar por todo y Maurice se preocupa cuando lo ve triste. Podríamos decir que, para mantenerlo a él saludable, hay que procurar que usted luzca contento. Así que, por favor, no vaya a escenificar una tragedia ahora que sabe todo.
—No pienso decir nada… ¡y no voy a llorar!
—Sus ojos dicen lo contrario.
—¡Imbécil!
—Deje de ser infantil. Si tuviera un carácter más viril no sería necesario ocultarle estas cosas.
—No le diga a Maurice que me enteré de su estado —exigí furioso—, no le pregunte a los jesuitas cómo me enteré y no vuelva a ocultarme cosas tan importantes. ¿Entendido?
—¡No me de órdenes!
—¡Lo estoy amenazando! Si no hace lo que le digo arrojaré todos sus malditos libros por la ventana.
—¡¿Cómo puede ser tan…?!
—¡Está advertido!
Daladier empezó a recitar un rosario de quejas que yo no estaba dispuesto a escuchar. Di media vuelta y lo dejé solo. Cuando llegué a mi habitación, caminé de un lado a otro repasando sus palabras, como un loco que abre sus heridas una y otra vez. La angustia me dominó y me llevé las manos a las cara… el llanto fue inevitable.
—¿Acaso nunca recuperará la salud que le arrebataron? —sollocé—. ¿Podré algún día reparar el daño que le hice con mi crueldad? ¿Podré hacerlo más feliz de lo que fue cuando estaba en el Paraguay? ¿Qué voy a hacer si enferma…? ¿Y si…? ¡No, nunca! ¡Él nunca morirá!
Sentí que el suelo bajo mis pies desaparecía y que un abismo me engullía como una bestia hambrienta.
—Vassili… ¿estás bien?
Escuché decir; al mirar hacia la puerta descubrí a Sora. Me arrojé a sus brazos y dejé que toda la culpa y el temor se transformaran en lágrimas. Él me sostuvo en silencio, transmitiéndome serenidad, fortaleza y un amor desinteresado que fue capaz de liberarme del abismo.

Notas:
1.- El río Orinoco se extiende por Venezuela y Colombia. Es uno de los ríos más largo de América del Sur y el tercer río más caudaloso del mundo. La labor misionera de los Jesuitas entre las diversas tribus indígenas que habitaban sus orillas fue heroica. También contribuyeron a su exploración y documentación, en especial el padre Joseph Gumilla (1686-1750) con su obra "El Orinoco ilustrado y defendido. Historia natural, civil y geográfica de este gran río y de sus caudalosas vertientes".
2.- Alonso de Sandoval (1576-1652) Sacerdote Jesuita que evangelizó en Cartagena de Indias y denunció el maltrato a los esclavos a través de su acción apostólica y sus escritos.
3.- San Pedro Claver (1580-1654) Sacerdote jesuita. También evangelizó en Cartagena de Indias y se distinguió por el servicio y la defensa de los esclavos.
4.- Esta parábola aparece en los evangelios sinópticos: Lucas 20,9-19, Marcos 12,1-12 y Mateo 21,33-43

IX Bajo el mismo cielo - Parte III

Nuestro amigo Clément no ocultó la sorpresa y la alegría que le causó vernos, pero su sonrisa casi desapareció cuando Raffaele reveló el motivo de nuestra visita. En sus gestos pude ver que le contrariaba tratar el asunto delante de mí y de Maurice, pero no tuvo ningún problema en aplazar el viaje una semana, cosa que me intrigó.
—Es cuestión de hablar con mi tío, él es quien los acompañará hasta el puerto en el que va a recogerlos el oficial holandés.
—Perfecto —dijo Raffaele satisfecho—. Ahora Xiao Meng dejará de gruñirnos y podemos esperar a mis hombres.
—Pensé que los barcos de compañía holandesa tenían un itinerario más estricto —dije con suspicacia.

IX Bajo el mismo cielo - Parte II

Los gritos de Micaela se escuchaban fuera de la habitación. Al entrar, la vi ir de un lado a otro recogiendo su violín y algunas partituras; Francisco seguía sus pasos intentando justificarse.

—¡No quiero escucharte! —exigió ella, amenazándolo con el arco de su violín—. Te has comportado igual que los idiotas que me molestaban en el colegio. Estoy decepcionada y, si tuviera tiempo, buscaría mi espada para darte la misma lección que les di a ellos.

—Tienes que considerar que…

—Lo único que hay que considerar aquí, Francisco, es que tú no tienes derecho a meterte en mi vida y mucho menos de condenar a Raffaele. La única que puede juzgarlo soy yo y ya lo hice.

—Tiene razón, lo que haya pasado entre ellos deben resolverlo solos —aproveché para intervenir con intención de echar a los dos jesuitas de la habitación o acelerar la salida de Micaela.

—¿Acaso se burla de mí? —replicó Francisco indignado—. ¿Qué clase de amigo sería si no hago nada cuando alguien a quien quiero tanto ha sufrido semejante ultraje?

—¿Qué piensa hacer? ¿Agredir a Raffaele? ¿Insistir en que deben separarse? Con eso lo único que logrará es hacer sufrir a quien precisamente quiere ayudar. Reconozca que no es más que un extraño y no debe involucrarse.

—Usted también es un extraño. Aunque es evidente que se siente muy bien con todo lo que pasa aquí, quizás porque le importan poco las personas que lo han acogido bajo su techo.

—Me asombra la temeridad con la que usted es capaz de juzgar a alguien que acaba de conocer —declaré sonriendo con desprecio—. Imagino que se debe a los años de formación que pasó con los jesuitas, ellos son expertos en erigirse como jueces de todo el mundo.

—Vassili, por favor, no intervengas —me regañó Maurice—. Y, para dejar las cosas claras, la Compañía de Jesús no enseña a juzgar a los demás, eso lo aprendió Francisco por su cuenta.

—No puedo creer que no me apoyes en esto, Maurice —dijo el ex jesuita ofendido—. ¿Cómo es posible que hayas permitido que exista una relación tan pecaminosa entre tus primos?

—Estás confundiendo todo. Tienes ante tus ojos a mis primos y no eres capaz de verlos tal y como son porque te empeñas en señalar lo que, según tu criterio, está mal y no te detienes a pensar en qué realmente está ocurriendo. Yo no considero que haya pecado en el amor y estoy convencido de que mis primos se aman.

—No puede haber ese tipo de amor entre dos hombres, Maurice. Lo que existe entre ellos no es más que una perversa lujuria.

Mi amante de fuego abrió la boca furioso, se contuvo con gran esfuerzo y frunció los labios. Su antiguo compañero tuvo un instante de victoria que le fue arrebatado de la manera más dramática.

—¡Soy una mujer! —gritó Micaela temblando de rabia.

—¡No, no lo eres, Miguelito!—respondió Francisco con dureza—. Debajo de esas ropas sigues siendo el hombre que Dios quiso que fueras. ¡Deja ya esa locura!

—¡Qué cruel! —escuché decir detrás de mí por una voz que no reconocí. Me di vuelta y descubrí a Daladier, mostrando en su rostro indignación, tristeza y rabia. Parecía otra persona—. Eso es algo que ya sabe, cada vez que se desnuda tiene que soportar su propio reflejo gritándoselo —avanzó hasta colocarse entre Micaela y Francisco—. Yo en su lugar no tendría valor para seguir viviendo, me encerraría y me dejaría morir de pena. En cambio, Miguel se ha transformado en Micaela y lucha por vivir de la manera en que es más feliz. No creo que Dios quiera que una de sus criaturas sea miserable, así que dejé de decir cosas tan crueles escudándose en la religión.

—Yo no… —balbuceó Francisco sorprendido.

—Tenía una mejor impresión de usted, Monsieur.

—Y yo lo creí un hombre sensato, doctor —replicó el jesuita recuperando el aplomo—. Alguien con su sabiduría debería darme la razón, una persona no puede cambiar el cuerpo con el que nació.

—Como doctor, yo profundizo en el sufrimiento y en la sanación. Mis años de estudio me han convencido de que una persona infeliz difícilmente puede considerarse sana, por tanto, prefiero un hombre dichoso por vivir como mujer, que deseando no haber nacido por llevar una existencia que le resulta ajena.

Todos estábamos sorprendidos al escuchar a Daladier. Ninguno había imaginado que había sido capaz de entender a Micaela hasta ese punto, ella misma se mostraba incrédula ante su defensor. Le habría aplaudido si Pedro no hubiera empañado sus argumentos.

—Mi estimado doctor, si lo que lo hace infeliz es el rechazo a su verdadera identidad, ¿no debería usted ayudar a Miguel a reconocerse y aceptarse como un hombre?

Pedro era menos vehemente que Francisco y más educado, pero compartía las mismas ideas y, sin duda, sabía expresarlas de manera que sonaran irrefutables. Su intervención dejó a Daladier sin palabras.

Sin embargo, no importaba cuánto debatiéramos el asunto, la última palabra la tenía la persona para quien la respuesta iba más allá de las ideas.

—Es muy bonito que tomen mi vida y pretendan hacer un tratado de religión o de medicina. ¡No son más que unos arrogantes, irrespetuosos y ...! ¡Estoy harta! ¡Lo cierto es que voy a vivir como me plazca y ninguno de ustedes tiene derecho a cuestionarme!

—¡Te empeñas en lo imposible! —protestó Francisco—. ¿Es que no te das cuenta de que estás haciendo el ridículo?

—¡Francisco!—gritó Maurice furioso.

—¡Ahora además de cruel, está siendo grosero!—le acusó Daladier.

—¡Cállese de una vez! —le ordené yo conteniendo las ganas de golpearlo.

—Puede que haya dicho las cosas de forma inapropiada —declaró Francisco un momento después de quedarse perplejo ante nuestros gritos—, pero tienen que reconocer que tengo razón y que…

Como toda una ninfa de la familia Alençon, Micaela hizo un gesto de indignación que obligó a su amigo a cerrar la boca. Después caminó majestuosa pasando en medio de todos para marcharse sin decir una palabra. El jesuita había perdido la batalla desde el principio.

—¿Por qué no te disculpaste y cerraste la boca, Francisco? —lo regañó Maurice—. Empeoraste todo.

—Intenté disculparme, pero Miguelito no quiere ser razonable.

Vi a mi amante de fuego levantar las manos al cielo para luego cargar contra su amigo acusándolo de idiota. Le exigió que obtuviera el perdón de Micaela o le daría una paliza. Aquellas amenazas no debieron parecerle una broma a Francisco porque se apresuró a obedecer.

Micaela ya esperaba el carruaje a las puertas del palacio cuando la alcanzamos. La escena de la habitación se repitió y, en mi opinión, fue la prueba palpable de que el jesuita era realmente un idiota: ¿Cómo podía buscar que sus argumentos fueran aceptados en lugar de disculparse? ¿Acaso no conocía a su “Miguelito”? Estuve seguro de que se ganaría un puñetazo en la cara.

El fastidioso espectáculo terminó con el inesperado regreso de Raffaele. Asmun nos dió la noticia cuando el carruaje aún estaba lejos; me alegró ver que usaba el infame catalejo para algo más que espiar mis caminatas con Sora.

—¿Raffaele, qué haces aquí? —le preguntó Micaela en cuanto bajó de carruaje—. Se supone que me esperarías con los niños.

—Eso quería, pero este eunuco enojado me lo impidió —respondió haciéndose a un lado para dejar bajar a Xiao Meng.

Por su expresión, resultaba obvio que estaba molesto; sin embargo, antes de hablar arregló su ropa, tomó una postura relajada y sonrió. Luego procedió a hacernos sentir como si fuéramos inferiores a gusanos.

Ese día constatamos que estábamos ante un hombre educado para ser funcionario de un emperador. Sabía examinar a cada persona, descubrir sus recovecos y transformar sus palabras en llaves que abrieran cualquier cerradura o espadas capaces de hacer el mayor daño.

Comenzó pidiendo disculpas por presentarse sin pedir audiencia y quitarnos nuestro valioso tiempo. Con unos cuantos halagos nos retrató como una colección de vagos inútiles, “dignos ejemplos de la nobleza europea”.

Luego dirigió sus cañones hacia los jesuitas, quienes palidecieron avergonzados cuando los felicitó por haberlo preparado para un bautismo que aún no tenía fecha, a pesar de la inminencia de su viaje.

Cuando llegó el turno de Sora, el eunuco ladeó su cabeza y pronunció una frase en el idioma que ambos compartían. Como respuesta, el japonés dobló su cuerpo pidiendo perdón y no volvió a enderezarse hasta que el mismo Xiao Meng se acercó a él para decirle al oído otras palabras que, por el efecto que causaron, debieron estar cargadas de veneno.

Los jesuitas propusieron que la celebración del bautismo fuera al día siguiente y que el matrimonio lo realizara el párroco de San Gabriel cuando lo consideraran conveniente. El Eunuco exigió que ambos sacramentos se efectuaran ese mismo día porque Sora debía estar presente. También le recordó a este que habían acordado que pasaría sus últimos días en Francia con él y Odette.

Sora se volvió hacia mí, dejando en evidencia que deseaba estar a mi lado durante ese tiempo. Quise decir algo, pero Xiao Meng volvió a hablar en japonés y mi antiguo amante le respondió con una súplica que cayó en oídos sordos, el eunuco no estaba dispuesto a ceder.

Micaela trató de razonar con él, haciéndole ver que Odette no debía sentirse bien con aquella premura.

—Ella aceptó ser mi esposa, así que está de acuerdo con lo que yo decida —respondió Xiao Meng con aspereza.

Eso fue suficiente para avivar las brasas de Micaela: Lo acusó de igualar la condición de esposa a la de un objeto del que se puede disponer. Al mismo tiempo, los jesuitas insistieron en aplazar el bautismo para el día siguiente. Más discusiones, más emociones y pensamientos convertidos en ruido...

Los ojos de Maurice ya lucían dorados y su expresión de consternación me resultó intolerable. Fui hacia él y pasé mi mano por su espalda en señal de solidaridad. Recostó su hombro a mi brazo y agradeció mi gesto con una media sonrisa.

—Es frustrante que pasemos así los últimos momentos que vamos a compartir juntos —dijo con amargura refiriéndose a Sora y los jesuitas—. Y todo se pondrá peor si Francisco se enfrenta con Raffaele.

—¿Qué esperabas conseguir al meter a esos hombres en nuestra casa? —susurré, recriminándole con cariño—. Era evidente que no podrían congeniar con nosotros.

—Creí que podría ayudarlos a ellos y a Sora al mismo tiempo. Además, son mis amigos, Vassili, quería volver a verlos y que los conocieras; forman parte de mi historia, al igual que tú. Ahora veo que ha sido un error.

Los hechos demostraban que efectivamente, se había equivocado, pero no quise hundir más la daga y le aseguré que su buena intención importaba más que el resultado. También mentí al decirle que estaba seguro de que Francisco y Raffaele podían llegar a llevarse bien.

—¡Señores, dejen de cacarear como aves de corral y escúchenme! —gritó Raffaele llamando la atención de todos. Su arrogante sonrisa despertó mi curiosidad—. Tengo la solución a este embrollo en el que nos encontramos: pospondremos el viaje por unos días.

—¿Es eso posible? —exclamó incrédulo Xiao Meng.

—Haremos que lo sea. Además, los hombres que hice venir de Nápoles para acompañar a Sorata todavía no se han presentado, no hay más remedio que esperar. Iré ahora mismo a hablar con Clément, pero ya puedes darlo por hecho.

—En ese caso —declaró Micaela dirigiéndose hacia el carruaje—, me voy a dar las lecciones a los niños y a planificar la boda con Odette.

—Le recuerdo que ella no es una mujer vanidosa como usted —reclamó Xiao Meng molesto.

Micaela respondió dedicándole una sonrisa coqueta, creo que agradeció que el amargado eunuco aceptara su identidad con tanta facilidad. Raffaele la ayudó a abordar el carruaje y la despidió con un beso en su mano enguantada. Después ordenó que le prepararan otro transporte para ir a la casa de Clément.

—Nosotros te acompañaremos —dije dándole un ligero empujón a Maurice—. Así podemos pasar por San Gabriel y ver qué hacen nuestros pupilos.

Maurice se sumó a mi iniciativa de inmediato, pero Raffaele no puso buena cara. Yo no estaba dispuesto a ceder, por lo que de inmediato ordené a Asmun que mandara a buscar mi casaca y mi chupa, de esa forma terminé de vestirme en esa agitada mañana.

Así partimos hacia París, dejando a los jesuitas y a Sora con Xiao Meng. No fui capaz de rescatar a mi querido japonés porque, en cuanto lo invité, el eunuco estuvo a punto de ladrar y se vio obligado a decir que prefería quedarse.

El humor de Maurice no mejoró en el carruaje, estuvo silencioso hasta que Raffaele empezó a representar su papel.

—Nunca había visto a Xiao Meng tan furioso. Definitivamente no hay que meterse con un eunuco, son tipos de cuidado. Debe ser que el sentido de humor se lo cortan junto con sus joyas de familia. Por otro lado, fue divertido verlo poner en su sitio a esos jesuitas.

—Creo que nos puso en el sitio a todos —contestó Maurice fastidiado.

—Al menos me ha quitado de encima al tal Francisco por unas horas. Tu amigo es una verdadera molestia, Maurice. ¿Sabías que Micaela estuvo enamorada de él en el colegio?

—Yo he pensado todo el tiempo que lo veía como amigo. Sin embargo, después de saber que Miguel se siente como Micaela, entiendo por qué no le gustaba el colegio y creo que es posible que tuviera sentimientos más profundos por Francisco.

—¡Por eso no debiste traerlo! Me has causado un gran conflicto: ahora no puedo dejar de pensar en que la razón por la que le gusto a Micaela es porque me parezco a ese cretino.

—¡No seas ridículo! —dije asombrado.

—Sé que los celos son ridículos pero yo no puedo evitarlos considerando la personalidad de Micaela: con o sin vestido es una coqueta sin remedio. ¡Se le van los ojos detrás de ese jesuita y los dos soldados! ¿Qué haré si se aburre de mí y quiere volver con su primer amor? —chilló melodramático.

—A ti te conoció antes que a él —respondió Maurice tomándose las palabras de su primo en serio—, por tanto, deberías pensar que Francisco le gustó porque se parecía a ti y no al contrario.

—¡Oh, tienes razón, mi querido primo!

—Además, aunque Francisco es más guapo y gallardo que tú, es obvio que Miguel te eligió por quien eres, no por tu apariencia.

—Me siento ofendido y halagado a la vez.

—Una cosa más: no olvides que Francisco no tiene intenciones de dejar de ser religioso, ni ve a Miguel como Micaela. Estás celoso sin razón.

—¡Muy cierto! ¡Soy mejor que ese tipo!

—Eso no es lo que dije…

—Ahora soy yo el que está celoso, Maurice —intervine legítimamente irritado—. ¿Cómo te puede parecer atractivo ese hombre?

—Porque lo es. Francisco es uno de los hombres más admirables y bien parecidos que conozco.

—Primo querido, se supone que apagues sus celos no que los avives —señaló Raffaele de inmediato.

—Es ridículo que Vassili sienta celos, nunca le he dado motivos para pensar que puedo engañarlo con otra persona; por eso creí que lo decía en broma.

—Olvidas el detalle de que Vassili tiende a ser ridículo la mayor parte del tiempo.

—Raffaele, agradecería que cerraras la boca—exigí indignado.

—Solo establezco los hechos. Podría llenar muchas páginas con tus desaciertos como amante, mi estimado Vassili.

—Tú fuiste uno de esos desaciertos, Raffaele —señaló Maurice lapidario, haciendo que los dos nos quedáramos paralizados—. De cualquier forma, Vassili, no hay nadie en este mundo que me guste más que tú —continuó mirándome a los ojos—. Creo que eres perfecto: hermoso hasta robarme el aliento y cálido como el sol del amanecer, ese que no abrasa y aleja a la oscuridad.

—¡Maurice…! —exclamé conmovido y excitado.

—Hablo en serio, estoy fascinado por la belleza de tus ojos, el color de tu cabello, el tono de tu voz, las palabras que pronuncias, tu forma de caminar… ¡No quiero dejar de contemplarte jamás!

Nuestros rostros se acercaron en un acuerdo silencioso, pero el beso fue interrumpido por un par de patadas que Raffaele nos propinó.

—¡No se atrevan a ponerse cariñosos delante de mis narices! ¡Y yo soy mil veces más guapo que Vassili!

Los dos primos empezaron a discutir como niños, niños muy violentos que tuve que apaciguar porque no dejaban de patearse mientras discutían a gritos.

Al ver que nos había disgustado, Raffaele no tuvo más remedio que disculparse y sacar a relucir todo su encanto para restaurar la paz en el reducido mundo que era aquel carruaje. Es una pena que su ingenio no fue suficiente para cambiar de tema y volvió a hablar de los jesuitas.

—Tienes que reconocer que fue una mala idea meter a esos dos en el palacio.

—Tenía tantos deseos de hablar con ellos y sentir que al fin coincidía con alguien respecto a la fe —confesó mi amado pelirrojo lanzando un suspiro.

—Puedes hablar conmigo de lo que quieras, procuraré quejarme menos de la religión —repuse queriendo animarlo.

—Si te callas lo que piensas, será igual que si te pusieras una máscara. Estoy cansado de que el mundo parezca un baile de disfraces.

—¿A qué te refieres? —pregunté preocupado, parecía que ese día no iba a lograr disipar las nubes que lo rodeaban.

—Desde niño me ha mortificado que las personas no digan lo que piensan y reaccionen mal cuando yo sí lo hago. Me desconcierta que sean capaces de pensar una cosa, decir otra y actuar de una manera completamente diferente a lo que piensan y dicen. Es como si fueran un reloj con las piezas desencajadas o también usaran máscaras para sí mismos. Si quiero relacionarme con alguien, debo adivinar qué máscara usa para ajustar mis palabras y hasta el tono de voz ante ellos… ¡Es agotador!

—Perdona que te lo diga, primito, pero eso es algo que un niño aprende por sí mismo —dirigí una mirada de reproche a Raffaele por su inoportuno comentario. Él se encogió de hombros y añadió—: Es la verdad.

—¡No hace falta que lo señales de esa forma! —repliqué.

—No te preocupes, Vassili. Sé que soy inmaduro por no saber llevarme bien con la gente, pero igual me niego a lucir una máscara.

—Hay algo que has entendido mal, Maurice —volvió a intervenir Raffaele mostrándose firme y amable a la vez—. Es verdad que hay personas que usan máscaras por hipocresía, idiotez o miedo; pero también vas a encontrar otros que lo hacen para no ofender a los demás, para ser corteses y guardar cierta etiqueta que ayuda en la convivencia. Una máscara puede ser buena educación, capacidad de prever el efecto de mis palabras en los demás o simple y necesario respeto. Por tanto, deberías aprender a usar una de vez en cuando.

—Es imposible para mí…

—¡Porque ni siquiera lo intentas! Apuesto a que con Vassili sueles tener cuidado de lo que dices y de cómo lo dices. Él es muy sensible y propenso a echarse a llorar por todo y tú eres algo espinoso, los dos juntos son la peor combinación. Si se llevan bien, es porque lo quieres tanto que procuras no herirlo. A eso, mi querido primo, yo le llamo ser considerado y tú le llamas usar máscara.

—Es cierto que cuando veo que algo le molesta a Vassili, procuro evitar volver a hacerlo, pero no es agotador como con otros. Claro que me gustaría poder hablar sobre mi fe con él sin que se moleste.

—Puedes hacerlo cada vez que quieras, conmigo no tienes que usar máscaras —dije de inmediato—. Nunca voy a ofenderme por lo que digas o cómo lo digas.

—Vassili, te vas a arrepentir de decir eso —aseguró Raffaele—. Lo mejor que puede pasar es que Maurice aprenda a ser considerado. Te lo dice alguien que lleva mucho tiempo lidiando con su carácter.

—Maurice también ha tenido que lidiar contigo por mucho tiempo, me siento más inclinado a compadecerlo a él —respondí desestimando sus palabras.

—¡Después no vengas llorando, lame botas de tercera! ¡Lo estoy diciendo por tu bien!

—¡Raffaele, deja a Vassili en paz!

Volvieron a discutir como niños hasta que llegamos a casa de Clément.

Debo mencionar aquí, mi querido Maurice, que tu primo tenía mucha razón en todo lo que nos dijo ese día. Nuestras personalidades no podían ser más opuestas y estar juntos ha requerido un largo proceso para acoplarnos a las características del otro, aceptando lo que no nos gustaba y tolerando lo que no éramos capaces de aceptar.

Haciendo un balance de las virtudes y defectos que poseemos, creo que he salido ganando en nuestra relación y tú has elegido perder al amar a alguien como yo.

¿Recuerdas que hace poco preguntaste si me arrepentía de haber ligado mi vida a la tuya? Vuelvo a reírme de tu ocurrencia, ¿cómo podría arrepentirme de lo único que le ha dado sentido a mi existencia? Agradezco cada momento junto a ti y te amo tal como has sido, eres y serás. Esa es mi última palabra al respecto.

IX Bajo el mismo cielo - Parte I

Recuerdo aquella primavera con añoranza y a la vez no deseo revivirla. La partida de Sora me resultó dolorosa, eso bien lo sabes, Maurice. Todavía siento el vacío de su ausencia y mantengo la inquietud por su destino. Sin embargo, ya no me domina la angustia gracias a sus cartas, en cada línea que escribe se muestra dispuesto a recuperar su lugar en el mundo.
De Francisco y Pedro también hemos tenido noticias: Realizaron su sueño misionero al llegar a la extensa China. Me alegro con cierta amargura por ellos, es difícil celebrar que una fe que no comparto los ha llevado a arriesgar la vida en esas tierras lejanas. Además, son tus amigos y no quiero verte preocupado o derramando lágrimas si su necedad los conduce a una tragedia.
Ahora continuemos estas memorias… Lo digo de esa forma porque considero que es un trabajo que estamos haciendo los dos. Puede que sea yo el que conduce la pluma, pero eres tú quien me motiva: basta verte sonreír, o simplemente dormir tranquilo, para querer inmortalizar nuestra historia. ¡Te amo y estoy inmensamente agradecido de que luches con tantas fuerzas para mantenerte a mi lado!
Sé que los días soleados llegaran pronto y podrás levantarte para darle orden al caos en que nos encontramos. Por tanto, ahora descansa, mi amado sol, yo cuidaré tu sueño mientras trazo en el papel lo que vivimos juntos en aquellos días de primavera.
***
No tardé en darme cuenta de que Fouché me había dejado a cargo de un barril de pólvora rodeado de antorchas. Esa misma mañana, quedó claro que las revelaciones de Severine sembraron semillas de discordia en nuestros huéspedes y estos no eran fáciles de apaciguar.

VIII Inolvidable Primavera - Parte VI

—Hay demasiada gente en esta habitación —murmuré mirando a mi alrededor.
Maurice conversaba con sus ex compañeros junto a la ventana y por sus gestos, supuse que les explicaba por qué estaban las paredes decoradas con murales de tierras lejanas y el piso con un enorme mapamundi.
Daladier tomó posesión de una de las sillas y leía cómodamente un grueso volumen de medicina que había traído consigo, sería el único que no perdería el tiempo ese día. Gastón suspiraba aburrido en el regazo de Sora, quién ocupaba otra silla junto al silencioso doctor.
Los Fernando se encontraban junto a la puerta y me dirigían miradas cargadas de veneno porque su querido capitán, ahora transformado en una coqueta y elegante mujer, se había pegado a mí como un náufrago a una tabla en medio del mar.

VIII Inolvidable Primavera - parte V

Puede que en un minuto pasaran por mi cabeza al menos diez maneras en las que ese hombre podía hacerme “desaparecer”. Al recapacitar en que Raffaele y Miguel se encontraban en el salón de música y que Maurice no tardaría en regresar, me tranquilicé. Estaba seguro de que Jacques Fouché no quería ponerlos en su contra.
Sin embargo, no tenía idea de si me encontraba ante alguien tan colérico e impulsivo como para actuar, sin pensar en las consecuencias. De ser así, yo estaba perdido. Gritar por ayuda parecía ser la mejor opción, pero mi orgullo no me lo permitió.
—¿Y bien, Monsieur? —dijo Jacques con una sonrisa astuta—. ¿No piensa decir nada?
—No me gusta que me intimiden —respondí fastidiado y me senté frente a él—. Mejor hable usted y dígame porque debo hacerle caso a un sirviente que invade mi habitación y revisa mis cosas más personales. Desde mi punto de vista, lo que debo hacer es acusarlo con Raffaele para que él le enseñe a ocupar su lugar.