VIII Inolvidable Primavera - parte V

Puede que en un minuto pasaran por mi cabeza al menos diez maneras en las que ese hombre podía hacerme “desaparecer”. Al recapacitar en que Raffaele y Miguel se encontraban en el salón de música y que Maurice no tardaría en regresar, me tranquilicé. Estaba seguro de que Jacques Fouché no quería ponerlos en su contra.
Sin embargo, no tenía idea de si me encontraba ante alguien tan colérico e impulsivo como para actuar, sin pensar en las consecuencias. De ser así, yo estaba perdido. Gritar por ayuda parecía ser la mejor opción, pero mi orgullo no me lo permitió.
—¿Y bien, Monsieur? —dijo Jacques con una sonrisa astuta—. ¿No piensa decir nada?
—No me gusta que me intimiden —respondí fastidiado y me senté frente a él—. Mejor hable usted y dígame porque debo hacerle caso a un sirviente que invade mi habitación y revisa mis cosas más personales. Desde mi punto de vista, lo que debo hacer es acusarlo con Raffaele para que él le enseñe a ocupar su lugar.

VIII Inolvidable Primavera - Parte IV

Sus verdaderos nombres eran, Francisco Azpilcueta y Pedro López. Y, sin lugar a duda, pertenecían a la Compañía de Jesús.
Si para algo me había servido crecer en una familia jansenista, era para reconocer a un jesuita a kilómetros de distancia. Todos poseen ciertos rasgos que los hacen inconfundibles: un confiado optimismo y una paladeada suficiencia.
Maurice solía decir que cada jesuita se consideraba a sí mismo un pecador a quien Dios ha cobijado en sus manos y que por eso no temía a nada, y se creía capaz de todo. Yo, por supuesto, me burlaba de semejante afirmación porque aunque abandoné la fe, nunca dejé de creer que la sotana de los jesuitas estaba hecha de soberbia.
Francisco y Pedro, originarios de Navarra y Pamplona respectivamente, lugares muy ligados a la Compañía de Jesús, eran el producto acabado de la fábrica de pretenciosos que fundó Ignacio de Loyola y en pocos minutos, lograron ganarse la simpatía de todos.
Irradiaban una alegría contagiosa, aunque tenían aspecto de haber soportado muchas penurias por su delgadez y lo demacrados que estaban sus rostros. Raffaele fue su principal objetivo, obviamente por ser el señor del palacio. Lo conquistaron en cuestión de minutos y los recibió con un espléndido e improvisado banquete.
—De haber sabido que llegaban hoy, habría preparado una salva de cañonazos —dijo zalamero durante la comida—. Me da mucho gusto que mis primos vuelvan a reunirse con sus amigos de infancia y, sobre todo, que mi querido Sorata vaya a gozar de tan buena compañía durante su viaje.
Después de escuchar esto, casi di por perdida la guerra. Cuando Maurice llevó a sus amigos y a Daladier a las habitaciones que les habían preparado, aproveché para abrirle los ojos a Raffaele.
—Te veo muy contento con la llegada de esos hombres —dije mientras nos servían más postre—. ¿Qué te contó Micaela sobre ellos?
En cuanto oyó su nombre, Micaela se atragantó y pidió que llenaran de nuevo su copa para beber un gran sorbo.
—Lo mismo que acaban de contarnos —respondió Raffaele despreocupado—. Serán buena compañía para Sora. Yo ya tengo previsto enviar a cuatro de mis hombres para protegerlo durante el viaje, pero cualquier ayuda es bienvenida.
—¿No te parece extraño que sepan japonés y chino, y hayan viajado a las colonias americanas aunque no se dediquen al comercio?
—Bueno… no he tenido tiempo de pensar en eso.
—Piénsalo ahora, Raffaele: Estudiaron en un colegio de la Compañía de Jesús, son amigos cercanos de Maurice, conocen al padre Petisco y Daladier fue a buscarlos.
—¿Y eso qué...? ¡Un momento! ¡¿Son Jesuitas?!
—Sí. Y tu preciosa Micaela lo sabía.
—¡Vassili eres un...! —chilló Micaela poniéndose de pie, pero volvió a sentarse en cuanto escuchó a Raffaele gritar.
—¿Por qué no me lo dijiste, Micaela? Sabes que los jesuitas están desterrados de Francia, si su majestad se entera...
—No se va a enterar porque Vassili no suele ir a Versalles para hablar más de la cuenta —replicó la reina transformándose en soldado para enfrentarme.
—Si tú hubieras dicho toda la verdad desde el principio —le acusé furioso—, no tendríamos a esos pájaros de mal agüero bajo nuestro techo. ¿Qué pasará si Maurice vuelve a sentir deseos de ser jesuita?
—¡Pues teniendo un amante como tú, cualquiera prefiere un convento!
Raffaele soltó una carcajada que me irritó aún más que el comentario. Oculté mi humillación con una sonrisa maliciosa, tenía una jugada para hacerles pagar aquella afrenta.
—Por cierto, Micaela, ¿ya le contaste a Raffaele que, en tus días de colegial, estabas enamorada de Francisco?
—¡¿Qué?! —rugió Raffaele alarmado.
Se inició entonces una discusión en la que Micaela se declaraba inocente y amenazaba con darme una paliza. Yo le acusé de ser una coqueta intrigante y llamé a Raffaele “estúpido ingenuo”, lo que le sacó de sus casillas.
Seguimos discutiendo hasta que Maurice regresó. Entonces olvidamos nuestras diferencias y nos volvimos contra él. Lo sometimos a un juicio que ganó en un minuto.
—Francisco y Pedro ya no son Jesuitas. Pidieron salir de la Compañía antes de venir aquí. Se unieron a la Congregación de Propaganda Fide[1] para ser misioneros en China, por eso les viene bien acompañar a Sora hastas las costas japonesas y después seguir con los holandeses hasta su destino.
—Vaya, eso cambia todo —dijo Raffaele lanzando un suspiro de alivio—. Así matamos dos pájaros de un tiro.
Yo no quedé convencido. Las cosas encajaban demasiado bien para que esa fuera toda la verdad. Permanecí con el ceño fruncido el resto de la tarde.
—¿Sigues disgustado? —preguntó Maurice en la noche, cuando nos encontramos en su habitación para dormir. Lucía una sonrisa que me hubiera desarmado de no haber pasado por tantos sobresaltos ese día.
—Estoy preocupado más que molesto. Pudiste haberme contado sobre tus amigos jesuitas y sobre la esposa del hombre que te atacó hoy.
—Te dije que había enviado a Daladier a buscar a...
—Pero omitiste el detalle más importante: que eran dos ex jesuitas.
—Porque sé que detestas a mis compañeros y, respecto a madame Marie y sus hijos, todo pasó en otoño, antes de que nos separáramos y quemaras tus manos. Ella me pidió ayuda y yo conseguí que Joseph le diera un lugar donde vivir y trabajar fuera de París. No te lo dije porque, con todo lo que ha ocurrido desde entonces, no tuve ocasión.
—Cuando ese hombre te atacó… —susurré sentándome en el borde de la cama—. ¡Creí que…! ¡Sentí tanto miedo!
—Él ni siquiera podía caminar en línea recta, no iba a conseguir herirme. No tenías que asustarte tanto.
—Maurice, tú eres mi vida. Es imposible que no me preocupe si alguien te ataca.
Se quedó en silencio un momento. Luego sonrió enternecido.
—Vassili, me haces muy feliz al decir eso, pero siempre te preocupas más de la cuenta.
—Si ya sabes eso, podrías ahorrarme angustias siendo más cuidadoso. Y avisarme antes de meter plagas bajo nuestro techo.
—¿Plagas?
—Sí, una plaga de jesuitas —declaré levantándome con gesto dramático.
—Que ya no son…
—¡Oh! ¡Siguen teniendo la impronta ignaciana! Y tú también. Como empieces a suspirar por el Paraguay te tiraré de las orejas.
—Quisiera verte intentarlo —dijo riendo.
—Me verás hacer más que eso—coloqué mis manos en sus caderas y lo atraje—. Hoy voy a representar el papel de un amante hambriento que reclama atención.
—Ah, sobre eso... —replicó deteniéndome cuando quise besarlo—. Deberíamos tener cuidado mientras Francisco y Pedro permanezcan aquí. No quiero que se enteren de nuestra relación.
—No les digas nada y asunto arreglado —respondí mientras luchaba por desatar su corbata.
—Ellos seguramente querrán pasar tiempo conmigo, así que conviene que duermas en tu habitación.
Aquello fue la gota que derramó un vaso ya muy colmado de disgustos. Me alejé de él y me dirigí a la puerta.
—¿Vassili? ¿A dónde vas?
—A cualquier parte. Si me quedo aquí un minuto más, te gritaré.
—No, por favor. Quédate.
—Tú mismo me estás echando.
—Quédate esta noche. Quiero que estemos juntos, que hagamos el amor.
—Yo también quería que lo hiciéramos. Es más, lo necesitaba para convencerme de que no te pasó nada, de que sigues aquí, sano y salvo, y que mi corazón puede estar en paz. Lo último que necesitaba escuchar es lo que acabas de decir.
—Vassili, por favor, entiende: intentó evitar enfrentarme con Francisco y Pedro por la manera en que vivo ahora. Ellos no van a entender nuestra relación.
—¿Qué importa lo que esos cretinos piensen?
—Son mis amigos, mis compañeros y una vez que se marchen, no volveré a verlos jamás.
Me quedé contemplándolo por un momento, era evidente que se encontraba en una desagradable encrucijada y por más que quise evitarlo, mi furia amainó. No quería arruinar su feliz reencuentro.
—Está bien, no des más explicaciones. Comprendo perfectamente la situación, aunque eso no le quita el sabor amargo. También me alivia que quieras ocultarles lo nuestro, hasta ahora se lo has contado a todo el que has podido.
—Quizá se deba a lo mucho que insistes en que no diga nada.
—Es bueno saber que algunas veces me escuchas.
—Mejor dejemos de hablar y vayamos a la cama…
Estaba más que dispuesto a obedecerlo en eso. Nos acercamos ansiosos el uno al otro; al besarlo y recordar lo que había ocurrido apenas unas horas atrás, en la calle San Gabriel, sentí deseos de llorar.
—Si algo te hubiera pasado… —susurré.
—Mírame —dijo sujetando mi rostro entre sus manos con ternura—. Estoy bien, estoy aquí y lo único que deseo es ser uno contigo.
Fue inevitable que dejara escapar unas lágrimas; cada vez que me miraba con la dulzura con que lo estaba haciendo, me sentía desbordado. Maurice besó mis párpados, apartó algunos mechones de mi cabello y unió sus labios a los míos con la pasión sin artificios que le caracterizaba.
Todo mi cuerpo se convirtió en una flama, pero no tenía fuerzas para moverme. Mi anhelo en ese momento era ser consumido por la llama que se expandía indetenible ante mí.
—Maurice, quiero sentirte dentro… —supliqué sintiendo mi aliento caliente.
Él sonrió como deben hacerlo los lobos ante una presa fácil. Volvió a besarme y pidió que fuera hacia la cama. Me quité la casaca lo más rápido que pude y me senté en la orilla, ni siquiera llegamos a desvestirnos por completo, ninguno quería esperar más.
Tomó el bálsamo que guardaba bajo la almohada, cubrió con este su miembro y me empujó con delicadeza para que me recostara. Permaneció de pie, levantó mi cadera sujetándome de los muslos y me penetró con fuerza.
Rodeé con mis piernas su cintura para facilitarle las cosas. Sentí que mi mente se nublaba poco a poco por la mezcla de placer y dolor que me provocó desde la primera embestida. Al ver su rostro, el dorado de sus ojos me convenció de que estaba fuera de sí. Tomé su mano y la guié hasta mi miembro, entendió de inmediato.
Por un rato, logró acompasar el movimiento de cadera con las caricias que me prodigaba con su mano, pero se trataba de mi Amante de Fuego y pronto perdió el control. Se convirtió en la encarnación del deseo luchando por llegar a la conquista final.
Me rendí a él, su placer también era el mío y por eso no paraba de repetir su nombre y pedirle que me hiciera suyo. Cuando alcanzó el orgasmo, yo aún estaba hambriento y supliqué que continuara. Maurice se inclinó para besarme.
—Dame un momento… —susurró sonriendo agotado—. Pronto continuaré…
Separó nuestros cuerpos y se recostó a mi lado. Acarició mi pecho mientras su respiración agitada se calmaba. No pude mantener el control y empecé a tocar mi miembro endurecido.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó incorporándose—. ¿Quieres penetrarme o que yo use mis manos?
—Tu boca… usa tu boca, por favor —repliqué enseguida sorprendiéndome a mí mismo; sabía que a Maurice no le gustaba esa práctica.
Sonrió y volvió a levantarse para colocarse entre mis piernas. Me senté y contemplé maravillado que se arrodillaba y tomaba mi miembro entre sus manos.
—No soy tan diestro como tú, así que dime si lo hago mal.
—Solo hazlo, pronto… por favor.
Empezó a imitar lo que tantas veces yo había hecho por él. El placer que sentí tenía matices únicos, iba más allá de la sensación de sus labios acariciando la parte más íntima de mi cuerpo. Implicaba una victoria porque Maurice estaba usando su boca para complacerme, la misma boca con la que pronunciaba sus oraciones y recibía la Eucaristía.
Me sentí seguro de que nunca volvería atrás, de que jamás preferiría su vida como jesuita a la historia que escribíamos juntos y me embargó la dicha más genuina.
Al día siguiente, antes del alba, Antonio llamó a nuestra puerta porque los dos ex jesuitas querían ir con Maurice a hacer la oración en la Iglesia.
—¡Quiero enviarlos a patadas de regreso al Vaticano! —juré levantando mi puño cuando mi insensible amante me pidió que saliera de la cama.
—Vassili por favor, recuerda nuestro acuerdo.
—¡No incluía levantarme temprano!
Después de reírse de mis protestas, se marchó con sus queridos amigos. Llevé las cosas que tenía en “nuestra” habitación de regreso a la mía y bajé para desayunar. Estaba tan disgustado que apenas podía comer.
—Buen día, Vassili —escuché decir a Raffaele cuando entró acompañado por Sora—. ¿También a ti te han hecho madrugar?
—¡No me digas que esos jesuitas te invitaron a rezar con ellos!
—Oh, no. No son tan temerarios. En mi caso ha sido este encantador jovencito —respondió al tiempo que arrimaba galantemente una silla para que la ocupara Sora—. Micaela no ha sido capaz de dejar la cama, ya sabes que es una mimada.
—Lo siento —replicó el aludido avergonzado—. Es que no quiero que Maurice se marche sin mí.
—¿Lo ves, Vassili? Es encantador. Después de agotarnos con una maravillosa noche de placer, quiere que nos levantemos temprano porque debe proteger a mi primo.
—¡No digas eso delante de Vassili!
—No te preocupes, Sora —afirmé conteniendo los celos que amenazaban por dominarme—. Estoy acostumbrado a los comentarios fuera de tono de Raffaele. Además, me alegra que quieras proteger a Maurice.
—A mí también me alegra y me intriga —intervino Raffaele inclinándose sobre el joven japonés en cuanto este se sentó—. Dime, ¿cómo es que has pasado de querer matar a Maurice a jurar protegerlo? Para mí es como si el mundo se hubiera puesto de cabeza; la única explicación que encuentro es que ya no amas al tonto de Vassili, cosa que aplaudo en verdad.
—¡No es eso! —exclamó Sora lleno de convicción—. Sigo amando a Vassili incluso más que antes…
—¡Raffaele! —protesté al ver hacia dónde nos había llevado esa conversación.
—Pero —continuó mi antiguo amante—, después de todo lo que Maurice ha hecho por mí, tengo una deuda de gratitud. Además, Vassili me dijo cuánto ha sufrido desde niño y no puedo hacer otra cosa que admirarlo. Por eso lo he elegido como señor: quiero dar mi vida por Maurice, tal y como antes estaba destinado a darla por Nabeshima-sama.
—Espero que nunca sea necesario que cumplas ese propósito —susurré impresionado y agradecido.
—Yo, en cambio, quisiera tener la oportunidad de hacer algo de valor con mi vida.
—Te agradezco que quieras cuidar de mi primo, Sora —declaró Raffaele con una calidez que me conmovió—. Pero el hecho de que sigas vivo y busques tu propio lugar en el mundo, es algo de lo que deberías sentirte orgulloso. Para mí, tú también eres admirable —terminó sus palabras besándolo en la frente.
—Secundo por completo las palabras de ese cretino —dije extendiendo mi mano para tomar la de Sora, él respondió con una sonrisa tímida y bajó la cabeza para que no viéramos las lágrimas que empezaban a brotar.
Me marché a París antes de que Maurice regresara, quería terminar mis tareas temprano. Llevé a Marie-Ángelique y Evangeline conmigo porque ese día debían dar lecciones a sus pilluelos. En el hospicio todo transcurrió con normalidad hasta que el ángel de San Gabriel puso un pie en el edificio, la noticia de su llegada se fue corriendo de grupo en grupo haciendo que resultase imposible continuar con la tarea.
Maurice reunió a todos los niños en el jardín y como si hubiera realizado un encantamiento, las voces infantiles se unieron en un canto lleno de vida. Los vecinos, como siempre, se acercaron a curiosear. Al ver que Sora no se apartaba del lado de mi pelirrojo y que Raffaele le había prestado su espada, me sentí más tranquilo.
Francisco y Pedro también lo acompañaron. Resultó que el primero tenía una excelente voz y el segundo tocaba decentemente el violín. Me resigné a que mis alumnos estaban irremediablemente secuestrados por los tres ex jesuitas y aproveché para buscar a Sébastien. Lo encontré hablando con Simón cerca de la casa que me pertenecía.
Los dos se comportaron de manera extraña, como si no me quisieran ahí. No podía dejar de sospechar así que los interrogé hasta que confesaron lo que traía entre manos.
—Maurice no quiere que lo sepas, Vassili —empezó a decir Sébastien.
—Con más razón quiero saberlo.
Señalaron hacia mi propiedad. Al asomarme por la reja, descubrí que estaba completamente destruida y que un grupo de hombres recogían escombros y abrían zanjas.
—Maurice quiere que construyamos cuanto antes tu nueva casa y que lo mantengamos en secreto.
—¿Y cómo pretende ocultarlo? Vengo aquí todos los días —repliqué sonriendo como el hombre más feliz del mundo—. Este Maurice no tiene remedio...
Prometí hacerme el tonto, el tiempo que fuera necesario y conservé el buen humor a pesar de que Sébastien enumeró todas las dificultades que enfrentaba por la construcción de la cloaca. Incluso me reí cuando dijo que el hospital iba a tardar más tiempo del esperado y que los costos podían subir.
Todo a mi alrededor parecía encantador porque mi amante estaba construyendo un hogar para los dos. No me disgustó que tomara esa iniciativa, su gesto era otra prueba más de que nada nos separaría.
Al volver al hospicio, me sorprendió que los niños seguían en el jardín pero no cantaban. Todos escuchaban en silencio a Maurice contarles la historia de “Un padre que tenía dos hijos…”.
Conocía bien aquel pasaje del Evangelio de Lucas. Siendo abate, lo había interpretado como un llamado a la obediencia, a no ser como el hijo menor que pide su herencia antes de tiempo y la despilfarra en vicios. También le tenía simpatía al hijo mayor que se queja de no recibir lo que merece a pesar de portarse mejor que su hermano.
Maurice centró la historia en el padre, que recibe con una fiesta al hijo menor cuando este regresa arruinado y sale a buscar al hijo mayor para que se una a la fiesta de su hermano. Enlazó toda la trama con dos palabras: Misericordia y Gratuidad.
Solo yo no me mostré conmovido, hasta los pilluelos parecían presa de un arrobamiento. Ver a Maurice volver a comportarse como un misionero jesuita me resultaba amargo en extremo. Cuando observé a Sora luchando por contener las lágrimas, imaginé que pensaba en su regreso a casa y me acerqué para animarlo.
—¡Es maravilloso! —dijo emocionado—. El Kami-sama de Maurice es maravilloso.
—¿Kami-sama?
—Kami quiere decir dios, es la manera como llamamos a los dioses en mi idioma.
—¿Dioses? ¡Ah! Tu gente es politeísta. Maurice cree que solo hay un Dios, uno muy molesto, por cierto; seguro te echa un sermón sobre eso. Haz el favor de no dejar que te convierta al cristianismo, te puede costar la cabeza en tu tierra y ya has pasado por mucho.
—El abuelo de Nabeshima-sama combatió a los cristianos cuando se rebelaron en la región de Shimabara, así que no puede haber cristianos en mi familia. Pero eso no impide que admire la fe de Maurice y crea que su kami-sama merece veneración.
—Empieza a dolerme la cabeza —me quejé.
Sora creyó que hablaba en serio e insistió en que fuera a ver al doctor Charles; su ingenuidad me hizo sonreír. Hubiera olvidado el asunto de no haberlo visto imitar a Maurice en cada gesto que este hizo cuando entramos a la Iglesia.
—Definitivamente, esto va a ser un dolor de cabeza —murmuré mientras Maurice y sus amigos hablaban sobre el precioso retablo y Sora los seguía como si fuera su sombra.
En el camino de regreso al palacio, nos detuvimos en la casa de Daladier para que los ex jesuitas conocieran a Xiao Meng. Al entrar al jardín encontramos una escena inesperada: Edmond lloraba abrazado a una de las ramas de un frondoso árbol, Gerard lo instaba a bajar tendiéndole la mano desde otra rama, Gastón le daba órdenes desde el suelo y Liselotte lloraba viendo todo junto a una angustiada Odette.
El único que mantenía la calma era Xiao Meng, pero igual no ayudaba con sus razonamientos inútiles:
—¿Para qué subiste hasta ahí si ibas a acobardarte de esa forma? Baja de una vez.
—¡Quería jugar con Gerard y Gastón! —gritó Edmond desesperado.
—¡Te dije que no nos siguieras! —lo regañó Gerard—. Toma mi mano, te ayudaré a bajar.
—¡Tengo mucho miedo! ¡Me voy a caer!
Nos acercamos para dar cada uno nuestra opinión, incluso Evangeline y Marie-Ángelique. Cada adulto presente le decía al pobre niño lo simple que resultaba dejar de aferrarse a esa rama y bajar de la misma forma en que había llegado arriba, pero ninguno se tomó la molestia de ponerse en sus zapatos.
Le tendí las manos para que saltara hacia ellas, me parecía que la distancia era corta; a sus ojos debió parecer que nos separaba un abismo porque gritó espantado.
—Maurice, siéntate en mis hombros como cuando éramos niños —dijo Francisco inclinándose y doblando una rodilla.
Mi pelirrojo aceptó de inmediato y en cuanto su atlético amigo se puso de pie, fue capaz de alcanzar al niño. Todos celebramos el rescate del pequeño tirano, quien no dejó de llorar a gritos hasta que lo pusieron en brazos de Odette, pero a mí me quedó cierta amargura al tener otra prueba de la larga historia que existía entre los compañeros de escuela.
Una vez controlada la conmoción, Francisco y Pedro pudieron presentarse ante Xiao Meng. Estuvieron hablando con él en el jardín, junto con sora y Maurice, mientras yo conversaba con Odette. Los niños se marcharon a jugar en la biblioteca.
—¡Es asombroso! —escuché exclamar a Pedro conmovido.
—¡Totalmente inesperado! —replicó de la misma forma Francisco.
—¿A qué se refieren? —dije acercándome a ellos sin poder refrenar mi curiosidad.
—Parece que el idioma que hablan Sora y Xiao Meng es una combinación de japonés, chino y holandés —respondió Maurice.
—¡Son una nación de dos personas! —concluyó Francisco.
Miré a Sora y a Xiao Meng, los dos parecían tan sorprendidos como los demás, pero en su sorpresa había algo de angustia: acababan de descubrir lo mucho que habían perdido de su propia cultura. Atrapados en un pequeño camarote durante años, se vieron obligados a construir su propio mundo con los despojos de la vida que les arrancaron.
Recuerdo que todo lo que sabía sobre ellos pasó por mi cabeza y que me resultó doloroso y enternecedor pensar en lo mucho que se habían compenetrado. Al recapacitar en que iban a separarse, su historia se convirtió en algo desgarrador.
—Supongo que este es buen momento para decirlo —declaró Xiao Meng incomodo ante la mirada de todos—. Quiero que Sora esté presente y si espero más tiempo, se marchara sin haber resuelto yo nada.
—¿De qué estás hablando? —me quejé al verlo murmurar sin parar.
—Odette, quisiera que fuéramos esposos —dijo sin más, encarando a la joven y haciéndola dar un salto espantada—. Sé que no tengo nada que ofrecerte y que estarías mejor con otro hombre, pero estoy dispuesto a hacerte feliz.
—Xiao… —balbuceó ella con el rostro carmesí.
—¿Aceptas mi propuesta? —insistió el eunuco.
—¡Imbécil!—le grité—. ¡Al menos dile que la amas!
—Eso ya lo sabe.
—No está demás que se lo digas, Xiao —repuso Maurice.
—Odette, tú ya sabes que te amo, ¿no es cierto?
—Sí… y yo te amo más que a mi vida, pero… —la joven miró a Sora quien estaba conmocionado—. Tú y Sora no deben separarse. Tú eres todo para él y él es todo para ti.
—¡No! —gritó Sora—. Yo quiero que Xiao este contigo, Odette, quiero que estén juntos. Así me sentiré más tranquilo cuando me vaya, porque sabré que son felices.
—Pero ni Xiao ni yo queremos que te vayas. Quédate con nosotros —extendió su mano hacia Sora y de nuevo me pareció una flor irradiando una amable belleza.
—Esto es un poco raro… —murmuró Francisco.
—¡No abra la boca! —le exigí—. Esto es algo que solo ellos tres entienden. Dejémoslos solos.
Obligué a todos a entrar a la casa. Maurice explicó a sus amigos lo que sabía de Odette, Xiao y Sora. Según sus palabras, la nación de dos personas que formaban los jóvenes orientales, había encontrado una isla acogedora en la joven francesa y ahora esa convivencia iba a romperse.
Pero yo entendí algo más en las palabras de Odette: ella temía que el viaje de Sora fuera hacia la nada, hacia el suicidio que ya le habíamos visto intentar varias veces, y prefería que se quedara. Yo coincidía con esos sentimientos porque, a pesar de que Sora afirmaba que iba a cumplir su promesa, seguía temiendo que la desesperación volviera a consumirlo al verse solo en Japón.
Después de un largo rato, los tres entraron. Odette y Sora parecían abrumados, mientras que Xiao Meng se mostraba decidido. Por alguna razón, me sentí inquieto.
—¿Qué debo hacer para que Odette tenga un matrimonio respetable conmigo? —dijo el eunuco con aplomo.
—¡Ah! —exclamé como si me golpearan la cabeza—. ¡Tendrás que bautizarte!
Desde mi punto de vista, se cernía sobre nosotros una tragedia: no había manera de evadir el entenderse con la iglesia para realizar el matrimonio y esto, supondría que la identidad y el paradero de Xiao quedarían al descubierto.
En cuanto acudierámos a un sacerdote, este sin duda querría consultar el asunto con el arzobispo de París. Podía imaginar a nuestro arzobispo, Christophe de Beaumont, comentando el asunto en alguna de sus cartas pastorales y al infame Marqués Donatien presentándose en la Iglesia para reclamar a su hija y a su juguete favorito. Sentí escalofríos.
—Nosotros podemos bautizarlo y realizar el matrimonio —dijo Francisco—. Tenemos permiso para administrar los sacramentos a cualquier nuevo creyente chino. El que se encuentre en Francia no es más que un detalle que podemos ignorar.
—¡Es cierto! —dijo lleno de alegría Maurice—. El Señor realmente lo ha resuelto todo con su providencia.
Al ver su rostro convencido lancé un suspiro derrotado, la fe de Maurice nunca iba a menguar. Por supuesto que los ex jesuitas pusieron como condición, que Xiao recibiera la debida instrucción cristiana; este aceptó sin problema y acordaron que Pedro se encargaría de su catequesis porque era el más sabio y paciente de los dos religiosos, según reconoció su compañero.
—Faltan dos semanas para nuestra partida, así que... —empezó a decir Francisco.
—Nuestro matrimonio debe realizarse cuanto antes —insistió Xiao Meng—. Si no les molesta, quisiera empezar con la instrucción ahora mismo .
Los dos sacerdotes se miraron entre ellos y encogieron los hombros. Maurice apoyó la idea y yo me largué a la biblioteca porque tanta charla religiosa me estaba dando ganas de gritar.
Pensé que podría entretener a los niños leyendoles un cuento, pero descubrí que no estaban de humor para eso. Gerard y Gastón jugaban con los muñecos de madera que les había regalado Sébastien en un extremo de la habitación, mientras que Edmond gimoteaba en el otro extremo, oculto detrás de uno de los divanes. La pequeña Liselotte repasaba sus lecciones de música sentada ante el clavicordio.
—Edmond dijo que lo dejáramos solo —me indicó la niña cuando vio que me dirigía hacia él.
—Es un grosero —se quejó Gastón—. Nos gritó y empujó cuando le preguntamos qué le ocurría.
A pesar de sus palabras, me senté en el diván cerca del lloroso tirano y fingí escuchar la música de Liselotte en silencio.
—¿Te duele algo, Edmond? —le pregunté en susurros después de unos minutos—. ¿Te hiciste daño al subir al árbol?
—No. Es algo peor.
—¿Peor que una herida? ¿Necesitas ayuda? Sabes que puedes contar conmigo, soy tu amigo.
El niño se puso de rodillas y acercó su boca a mi oído para confesarme su tragedia: el miedo lo había hecho ensuciarse en sus pantalones cuando estuvo en el árbol.
—No se lo digas a nadie, no quiero que se rían de mí.
Le aseguré que guardaría el secreto y prometí sacarlo del aprieto con la mayor discreción. En voz alta, lo invité a salir al jardín para enseñarle buenos modales, esperando que los otros no quisieran acompañarnos; bien sabía yo que consideraban tediosas mis lecciones de urbanidad. Buscamos una muda de ropa en la habitación que usaba Odette y quedé ante un dilema: me parecía inconcebible cambiarlo de ropa sin darle un baño primero, pero estaba seguro de que Edmond no se sentiría cómodo si yo lo veía desnudo.
—¿Y si le contamos a Odette lo que te ha pasado? —sugerí tratando de librarme del trance—. Ella no se burlará de ti.
—No, los otros se van a dar cuenta.
El asunto era muy serio para Edmond. No quedaba más remedio que imaginar lo que haría una madre en un caso como ese.
Lo llevé al jardín, junto a la fuente que Daladier había creado desviando el curso de un riachuelo. Busqué una enorme cubeta y la llené hasta los bordes.
—Metete ahí con todo y ropa, así te bañas y lavamos la ropa a la vez.
—¡Pero está fría! —se quejó espantado—. Odette siempre calienta el agua…
—No hay tiempo —respondí impaciente—. Si tardamos más, Gerard y Gastón pueden venir y descubrirnos.
Edmond obedeció resignado y se sentó dentro de su rústica tina, desparramando parte del agua sobre mis zapatos, me mordí la lengua para no maldecir. El orgullo ayudó al pequeño a comportarse como un espartano, le eché varias cubetas de agua encima y las aguantó sin gritar. Su bluza y calzones quedaron más que empapados.
—Odio bañarme —declaró cuando terminamos.
—Yo también, pero Maurice tiene el olfato de un sabueso y siempre me dice cuando huelo mal, por eso tengo que bañarme casi todos los días.
La carcajada del niño fue despiadada. Me ordenó que le diera la espalda mientras se quitaba la ropa mojada y se secaba con una manta que habíamos tomado de la habitación de Odette, probablemente no estaba destinada para ese fin pero era un caso de emergencia. Después fui pasandole la ropa limpia pieza por pieza y, una vez vestido, permitió que lo mirara.
—¿Qué hacemos con la ropa sucia? —dije pensando en voz alta al verla desparramada a nuestro alrededor.
—Odette siempre la lava.
—Pues dejémosla aquí.
Tomamos toda la ropa, junto con la manta, y la echamos en la cubeta grande como si le hiciéramos un gran favor a la joven. Después le arreglé el cabello a Edmond y volvimos a la biblioteca como si nada hubiera pasado. Sin proponermelo ese día gané su confianza, cosa que me llenó de alegría.
Hice que Gastón y Gerard prometieran incluir a Edmond en sus juegos y que el pequeño tirano jurara no volver a ser grosero. Liselotte fue testigo de aquel armisticio y la encargada de darme cuenta si alguno de ellos rompía con los acuerdos.
Después los entretuve leyendo uno de los pocos cuentos que había en la biblioteca de Daladier. Para mi sorpresa, Edmond quiso escucharlo sentado junto a mí en el sofá; se quedó dormido a los pocos minutos y no me atreví a moverme: parecía un pequeño ángel, tan tranquilo e inocente…
Odette rompió el encantamiento cuando llamó a sus niños para comer y el incorregible tirano despertó y declaró que la porción más grande de pastel sería suya.
Al despedirme, todos prometieron ser buenos para que yo volviera a leerles otro cuento al día siguiente. Me sentí dichoso y a la vez desgraciado: por más que trataba, no podía dejar de pensar en esa paternidad a la que estaba renunciando por Maurice.
Me marché al palacio con Evangeline y Marie-Ángelique, Sora y Maurice prefirieron quedarse hasta que los jesuitas terminaran con las lecciones de Xiao Meng. Entré a mi habitación sintiéndome todavía melancólico y me dirigí a la ventana.
—Lo estaba esperando —escuché decir a mis espaldas y al darme vuelta descubrí a Jacques Fouché de pie junto a mi cama—. Hay mucho de lo que quiero que hablemos.
Al principio pensé que Raffaele lo había enviado por alguna razón, luego noté que tenía en sus manos uno de mis cuadernos de apuntes y sentí que me faltaba el aire... ¡Sin duda había descubierto que Maurice y yo éramos amantes!
El hombre, con una indescifrable expresión en su rostro, ocupó la silla junto a mi escritorio y me invitó a sentarme en uno de los sofás.
—Mi lealtad con Philippe me obliga a tener esta conversación con usted y será esta misma lealtad la que dicte el curso de mis acciones —declaró en un tono que me heló la sangre—. Por tanto, monsieur Du Croisés, aproveche la oportunidad que le doy para convencerme de que no debo hacerlo desaparecer de la vida de los Alençon ahora mismo.

Nota al Pie
[1] Sacra Congregatio de Propaganda Fide (Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe) fue fundada en 1622 por el papa Gregorio XV. Funcionaba como una especie de ministerio de las misiones que buscaba independizar la labor de la evangelización del patronato de los reyes. Proporcionó recursos a los misioneros y llegó a designar vicarios apostólicos y obispos misioneros dependientes directamente de los Papas.Hoy en día se le llama Congregación para la evangelización de los pueblos. 

VIII Inolvidable Primavera - Parte III

Si alguna vez Raffaele logró sorprenderme por su paciencia, fue durante aquellos días. Demostró ser capaz de afrontar con sentido común una situación desquiciante. Miguel, en cambio, exhibió una inaudita capacidad para la estupidez: No solo pasaba más tiempo del aconsejable con sus soldados, también derrochaba ante ellos una coquetería que hacía rechinar los dientes de su amante.
Al presentarnos a sus hombres, no escatimó en alabanzas. Exigió que se les diera las mejores habitaciones del pabellón de los sirvientes y nos obligó a escuchar cientos de anécdotas sobre sus días como capitán de un regimiento indisciplinado, al que convirtió en una eficaz máquina de represión al servicio de Carlos III.
Con aquel grupo de fieros hombres, se dedicó a limpiar Madrid de facinerosos y a “persuadir” a cualquiera que protestara por las remodelaciones que el monarca impuso en la ciudad. Tal fue su buen desempeño, que se ganaron el nombre de “Las Espadas Sangrientas del Rey”.
Todos habríamos considerado aquellas historias entretenidas si la voz vibrante y el rubor en el rostro de Miguel, no nos hubieran revelado lo mucho que sus dos subordinados significaban para él. Cada historia  provocaba  una tensión insoportable porque no podíamos mirar el rostro de  Raffaele y evitar temblar ante su muy forzada sonrisa.
Él no preguntó nada porque lo había adivinado todo. Representó resignado el papel del marido ingenuo al que la pícara esposa le ha metido no uno, sino dos amantes en la casa.
Era muy raro verlo actuar así. Estábamos acostumbrados a contemplarlo desafiando el mundo o seduciendo a cualquiera que se le pusiera delante; a escuchar el retumbar de su risa o el estruendo de su voz de mando. Un Raffaele derrotado era casi una herejía para nuestro entendimiento y Asmun pensaba igual.
—Hay que estar preparados, en cualquier momento va a hacer una barbaridad. Si no le da por irse de putas o beber hasta desmayarse, tomará sus armas, le volará la cabeza a esos soldados y sabe Dios qué le hará a Miguel.
Ante semejante panorama, decidimos tomar precauciones. Maurice y Sora asumieron la tarea de acompañar a Raffaele mientras Miguel se entretenía con los recién llegados. Yo pasaba la mayor parte del día trabajando y me libraba de la presión, cosa que agradecí ya que cada vez que llegaba de París, ellos parecían estar a punto de tener un ataque de nervios.
Recuerdo que en una de esas ocasiones los encontré jugando Go en la habitación de Sora. Raffaele, sentado ante la ventana, no hacía más que suspirar y con cada suspiro, los dos contrincantes perdían la concentración. Al verme entrar, hicieron señas para que le hablara. Apenas me acerqué, el heredero de los Alençon soltó una frase que me sorprendió:
—Me está castigando por todo lo que la hice sufrir, ¿verdad?
—¡Qué tonterías dices! —respondí en el acto—. Solo está disfrutando un tiempo con viejos conocidos.
—Le pregunté por qué no ha vuelto a usar sus vestidos, dijo que no quería que le contarán a su padre. No lo entiendo, Vassili, si va a mentirme debería hacerlo con más ingenio; es obvio que lo hace porque ellos prefieren que sea hombre. Pero yo la acepto tal y como es, y eso no le basta. Claro que, después de lo que le hice, no puedo culparla. Merezco que me trate como algo que se desecha en un rincón.
No supe qué responder. Miré a Maurice y a Sora, ellos estaban tan perplejos como yo. Opté por decirle que exageraba, lo sacudí y reté a un juego de ajedrez. Perdió de manera espantosa. Definitivamente no era el Raffaele de siempre.
La única persona que no se daba por enterada de la situación era Miguel. Ni las súplicas de Sora ni las exigencias de Maurice, lograron hacerle entrar en razón. Se daba aires de reina porque como ya he dicho, no necesitaba un vestido para actuar como mujer y disfrutaba el tener a dos perros falderos moviendo la cola a su alrededor.
Además de pasar con ellos largas horas a solas conversando, jugando a las cartas o entonando canciones españolas, les ordenó ayudar a Antonio en sus tareas. Imaginamos que pensaba dedicar su atención a Raffaele mientras los soldados estaban ocupados limpiando el establo o partiendo leña, pero no fue así.
Un día entré a mi habitación al volver del trabajo y encontré ahí a Miguel mirando por la ventana hacia el jardín con un catalejo.
—¿Qué haces aquí? —dije sorprendido.
—Necesitaba ver algo y desde mi habitación no podía. No armes alboroto.
—¿Y ese juguete? —pregunté refiriéndome al catalejo.
—Se lo quité a Antonio. Dijo que era de Asmun. Es muy útil, ¿sabes?
Me lo ofreció así que fui hacia la ventana y miré por el artilugio hacia el lugar que me señaló.
—¡Estás loco! —lo acusé indignado—. ¿Acaso no sabes que Raffaele se muere de celos?
—¡Ay, por favor, sólo estoy mirando! ¡Y desde muy lejos, por si no lo has notado! Es lo más inofensivo que puedo hacer. Además, Raffaele no se va a enterar porque nadie se lo va a decir.
Volvió a tomar el catalejo y soltó una risita mientras contemplaba a sus hombres, descamisados y sudorosos, cortando la leña en el jardín.
—Son deliciosos, ¿verdad? ¡Ah, me trae tantos recuerdos verlos así! El idiota de Antonio no me hizo caso y los puso a trabajar en el lugar más lejano a mi habitación; por suerte la tuya estaba abierta.
—¡Estás jugando con fuego!
—No seas aguafiestas.
—Sabes que la paciencia de Raffaele tiene un límite.
—No estoy haciendo nada malo.
—Parece que lo provocas a propósito.
—¡Ah! ¡Me largo! Iré a verlos de cerca. Toma, tú puedes disfrutarlos desde aquí.
Dejó el catalejo sobre el marco de la ventana  y quiso alejarse. Atrapé su mano decidido a hacerle razonar.
—¡Estás actuando como un necio!
—¡Y tú te estás tomando atribuciones que no te he dado! —chilló furioso—. ¡Nadie me dice lo que debo hacer! ¡Suéltame ahora mismo!
—Estoy preocupado por ti —repliqué con un tono más calmado, liberando su mano—. Nada de lo que haces tiene sentido. Por ejemplo, ¿por qué condenaste a Micaela a permanecer dentro de tu armario?  Raffaele te ha dado la oportunidad de vivir como siempre has querido, ¿vas a renunciar a eso?
—Ustedes no entienden —respondió encogiendo los hombros, indolente—. Si José Fernando me ve como Micaela, jamás se apartará de mi lado. Cuando llegué al regimiento él creyó que yo era una mujer y se enamoró de mí. Después que se convenció por las malas de que mi cuerpo era de hombre, se llevó una gran decepción. Si me ve con vestido volverá a aferrarse a mí. Acaba de casarse y no quiero arruinarle la vida a su esposa.
José era el más simpático y bonachón de los hermanos, el que apenas sabía decir “Buen día” en francés. Sentí compasión por él, realmente parecía de los que se enamoran como tontos.
—¿Y el otro? —Pregunté con recelo. Tenía un mal presentimiento, todo en ese hombre gritaba que anhelaba ser dueño de Miguel.
—Luis Fernando es menos sentimental, lo nuestro siempre fue un asunto de placer, le da igual si soy hombre o mujer. Es bastante atrevido y lujurioso, hasta me ayudó a embriagar a su hermano para que se acostara con nosotros.
—No puedo creerlo.
—Por cierto.
—Tú y Raffaele hicieron cuanto quisieron con Sora. No tienes derecho a juzgarme.
—¡Te acostaste con dos hermanos…! ¡Eso es ir más allá y por mucho!
—Medio hermanos, su padre era poco dado a la fidelidad y embarazó a sus madres casi al mismo tiempo. Y no se casó con ninguna, así son los hombres de imbéciles. Al menos les dio su apellido a los niños y los educó para que fueran soldados como él.
—Da igual, son hermanos y los dos están enamorados de ti.
—Por supuesto que no. ¿Acaso no prestaste atención? Ya dije que a José no le gustan los hombres y Luis es incapaz de enamorarse de algo que no sea su reflejo.
—Hay que estar ciego para decir semejante cosa. Se nota que besan el suelo que pisas.
—Eso es cierto. Pero no porque me amen, digamos que los tengo cautivados.
—Realmente eres toda una Ninfa, estás jugando con ellos y con Raffaele. ¿Acaso quieres volver a acostarte con los dos hermanos? ¿O intentas castigar a Raffaele?
—¡Lo que yo quiera no es asunto tuyo!
—¡Vas a provocar una pelea!
—No lo creo. Raffaele no quiere que vuelva a verle perder los estribos, por eso se comporta como un cachorrito para que me olvide de sus colmillos. Estoy segura de que evitará hacer una escena.
—¿Y tú te aprovechas? Eres cruel, Migu…
Terminé dando un suspiro: ya me había dado la espalda y se dirigía hacia la puerta tan veloz que no pude detenerle otra vez.
—Esto va a terminar mal… —murmuré.
Mientras pensaba en qué hacer, tomé el catalejo y volví a contemplar a los soldados. El esfuerzo que hacían al cortar la leña permitía que se  admiraran mejor sus bien definidos músculos.
—Realmente son apetecibles… —reconocí.
Pero enseguida pensé en que Raffaele los superaba en altura y carisma. Además, en la cama se volvía avasallador. Definitivamente lo prefería a esos españoles. Luego recapacité; Sora superaba a Raffaele porque era más hábil y creativo… Al recordar a Miguel gimiendo bajo mi cuerpo, concluí que era imposible elegir entre ellos tres.
—¡Ah! pero nadie supera a Maurice —declaré muy seguro—. Su pasión, su ternura, su inagotable capacidad para sorprenderme… ¡Estos tipos no me tientan, prefiero a mi pelirrojo!
Permanecí unos minutos saboreando el recuerdo de mis encuentros en la cama con Maurice. Fui devuelto a la realidad abruptamente al ver por el catalejo la imagen de Miguel acercándose a “Los Fernandos”.
—¿Acaso ese idiota no sabe que Raffaele está en su despacho? Si lo ve coqueteando con ellos…
Salí corriendo tan rápido como pude y entré en el despacho sin anunciarme, no había tiempo que perder.
—Raffaele, vamos a jugar ajedrez en tu habitación.
—No, prefiero que vayamos a la Habitación de Cristal y follemos hasta que se empañen las ventanas —rugió mientras se daba vuelta para encararme, estaba de pie ante la ventana.
—¡Ah! ¡Ya los has visto!
—Claro que lo hice. Tendría que ser ciego y sordo. Mírala pavonearse como si fuera Dalila ante dos sansones. Siempre ha sido coqueta, pero esto ya es un descaro. Si tú no quieres ayudarme, le pediré a Sora que me acompañe. Aunque preferiría acostarme con los dos a la vez. Con Maurice sé que no puedo contar porque es un egoísta.  
Aquello era lo que más temíamos, Raffaele había despertado y estaba en pie de guerra. Tenía que encontrar una manera de frenarlo. Sin saber qué hacer, me acerqué a la ventana y estudié la escena. Algo en la manera de actuar de Miguel no tenía sentido.
—Es extraño que se comporte así. Me pregunto si lo que quiere es que le engañes por celos, así tendría una excusa para acostarse con ellos.
Raffaele se colocó junto a mí y observó con cuidado. Luego dio un fuerte aplauso y pateó el suelo.
—¡Ah! ¡Por supuesto que es eso lo que ha planeado! ¡Me conoce bien!
—Entonces no caigas en su trampa. Vamos a jugar ajedrez y dejemos que continúe con su representación hasta que se canse.
Quizá habría logrado convencerlo, si la risa en extremo seductora de su Micaela no hubiera inundado el jardín y el despacho.
—No. El único juego que necesito jugar y ganar es este —dijo Raffaele señalando hacia las tres figuras en el jardín.
—¿Qué vas a hacer? Si pierdes los estribos, será un desastre.
—Voy a hacer lo que menos espera y a la vez, lo que más anhela. Sígueme, Vassili, voy a necesitarte en la retaguardia.
No esperó a que yo respondiera, salió triunfante, como quien ya tiene la batalla ganada. Yo imaginé lo peor. No me pueden culpar, Raffaele ya me había hecho temblar más de una vez con su tendencia a la locura. Corrí tras él y casi pierdo el paso al oírlo gritar a toda voz.
—¡Micaela! ¿Dónde estás, Amada mía?
Repitió aquel llamado mientras bajaba las escaleras del Palacio hacia el jardín. Miguel y sus hombres rodearon el edificio para acercarse. Raffaele se detuvo ante su primo, quien lo miraba desconcertado.
—¿Sabes dónde se encuentra mi bella Micaela? —le preguntó suplicante—. Necesito volver a verla. Me ha robado por completo el corazón y ya no sé vivir sin ella. Puede que crea que estoy disgustado porque me abandonó por unos días, pero no es así. Estoy consciente de que soy poca cosa para ella y por eso ya está aburrida de mí…
—No, no es así…
—¿En verdad? Me llenas de alegría. Pero, ¿podrías decirme cómo puedo hacer que vuelva a mi lado?
—Micaela nunca se ha ido de tu lado, Raffaele. Aunque quiera, tú tienes su corazón así como dices que ella tiene el tuyo.
—Entonces, ¿podré verla pronto?
—Ahora mismo, si lo deseas.
Miguel extendió su mano hacia Raffaele y este se inclinó para tomarla y depositar un galante beso.
—¿Qué pasa? —preguntó Maurice llegando hasta donde me encontraba, en lo alto de las escaleras.
—Tus primos insisten en empalagar a toda Francia.
—¿Se han reconciliado?
—Parece que sí —respondí sonriendo al ver a Raffaele levantar en sus brazos a Miguel y subir a zancadas las escaleras. Al pasar a nuestro lado, nos hizo un guiño cómplice.
Los dos españoles se mostraron confundidos y enojados. Comenzaron a discutir entre ellos, tratando de explicarse lo que acababan de ver. Bajé los escalones para encararlos.  
—Su capitán es amante de Raffaele y de hecho, vive aquí como si fuera su esposa.
—¿Qué dice? —chilló Luis Fernando.
—Creo que mi español no es tan malo y lo he pronunciado con claridad. Empiecen a hacerse a la idea de que Miguel de Meriño es ahora Micaela de Alençon. Busquen algo más que hacer porque ya no pueden estar persiguiendo a su capitana todo el día. Seguramente Antonio sabrá mantenerlos ocupados, en este palacio no nos gustan los ociosos.  
Pude escuchar que me maldecían por lo bajo mientras me alejaba escaleras arriba. Luego arremetieron contra Antonio para que les explicara todo. El pobre joven fue después a quejarse conmigo de lo mucho que le había costado calmar los ánimos a los dos soldados. También pidió que le devolviera el catalejo, ya que pertenecía a Asmun y este lo estaba reclamando.
—Aquí tienes —dije mientras depositaba el artilugio en sus manos—. Sigan espiando con este juguete tanto como quieran. Además, ahora no sólo me tienen que vigilar a mí, esos soldados no se van a quedar tranquilos. No los pierdan de vista.
Bajó la cabeza y salió sin decir nada. Me alegré de que sus compatriotas le estuvieran haciendo pasar malos ratos.
Al día siguiente, hubo una gran discusión entre Micaela y sus dos soldados. Estaban escandalizados de que se vistiera de mujer y se atrevieron a exigir que asumiera su condición de hombre, abandonara a su primo y volviera a España en lugar de continuar haciendo el ridículo.
Aunque no hubiéramos querido escuchar su conversación, estaban gritando en el salón oval. Raffaele, Maurice y yo, bajábamos en ese momento las escaleras y aceleramos el paso para poner en su lugar a aquellos insolentes. Pero retrocedimos porque la respuesta que recibieron de Micaela fue semejante a una ráfaga de cañonazos.
—¡Yo me visto como quiera y volveré a España cuando me venga en gana! ¿Desde cuándo ustedes me dicen lo que tengo qué hacer? ¡Si ya no saben ocupar su lugar, regresen a Madrid a rascarse sus hediondas pelotas, grandísimos imbéciles!
Los dos soldados tuvieron que morderse la lengua y convertirse en silenciosos sirvientes de una ninfa implacable. Claro que se trataba de un “replegarse” para volver a atacar, esos hombres no dejarían de darnos dolores de cabeza así de fácil. Al menos Raffaele pudo declararse ganador de la partida al conquistar la Reina y anular a los dos alfiles.
Para mí, en cambio, comenzaron los dolores de cabeza: El muro que mantenía a Maurice contenido, desapareció al llegar la primavera. Mi amante de fuego tenía la intención de desquitarse por cada hora que le obligamos a permanecer abrigado en el palacio.
En la primera mañana soleada, montó en su caballo y atravesó los jardines, seguido de cerca por Sora, a quien había convencido de acompañarlo.
—Espera, Maurice —grité al salir edificio  y verlo alejarse al galope—. Es mejor ir en carruaje…
Por un instante me quedé paladeando mi disgusto, además de ignorar mis recomendaciones, me había dejado atrás a pesar de que yo también debía ir a París.
—No escucha a nadie —dijo Raffaele tras de mí—. Se nota que estaba ansioso por volver a su querida calle San Gabriel.
—Pudo esperar por mí unos minutos —refunfuñé.
—Ojalá el invierno hubiera durado un poco más —suspiró e gigante—. Ahora Maurice seguirá haciendo de las suyas y pronto tendremos que enfrentar a tía Severine.
—¿Qué? ¿Por qué? Creí que, después de que Philippe y tú le reclamaron lo que le dijo a tus abuelos, había dejado de molestarnos.
—La poca decencia que tiene apenas alcanzó para que sintiera remordimiento una semana. Si no vino a visitarte durante el invierno ha sido gracias a mi gran inteligencia, le pagué a su doctor para que la hiciera creer que debía permanecer recluida en su convento o moriría de pulmonía. Se ve que no quiere ir al cielo porque ni siquiera asomó la nariz por aquí.  Tendré que idear otra manera de mantenerla alejada.
—Realmente no quiero tener que lidiar con ella otra vez.
—Yo tampoco. Pero no te preocupes por ella, en este momento tienes otra cosa que atender —señaló hacia las nubes de polvo en que se habían convertido Maurice y Sora.
Me apresuré en abordar el carruaje que ya esperaba por mí al final de las escaleras. Como le indiqué al cochero que fuera lo más rápido posible, el viaje fue terrible, con más saltos y golpes de los necesarios.
Mucho antes de llegar a París, nos detuvimos abruptamente. Quise reclamarle al sirviente pero me di cuenta de que lo había hecho porque Maurice y Sora se encontraban a un lado del camino.
—Sora se ha cansado —explicó Maurice—. ¿Podrías llevarlo en el carruaje, Vassili?
—Por supuesto. Y a ti tambi…
Ni siquiera esperó a que terminara de hablar, partió a galope de inmediato. El cochero ató las riendas del caballo de Sora al carruaje y nosotros abordamos para continuar hacia París.
—Lo siento, Vassili. Traté de llevar el paso de Maurice, pero me sentí mareado y…
—No tienes por qué disculparte. No estás acostumbrado a cabalgar.
—Me siento como un inútil.
—Ya empiezas a sonar como Maurice cuando se enferma. Descansa y disfruta del viaje. Esta es tu primera visita a París y apuesto a que estás nervioso.
Sora sonrió. Por el temblor de sus manos pude adivinar que estaba más que nervioso, seguramente su mareo no se debía tanto a la falta de entrenamiento sino a lo poco acostumbrado que estaba a su recién estrenada libertad. Maurice lo había invitado a París sin pensar en todo esto.
—Si no querías venir, debiste decírselo —le aconsejé.
—Pero Maurice tenía muchas ganas de que lo acompañara. No pude negarme.
—Y ahora te deja y se va por su cuenta —murmuré entre dientes—. Voy a tirarle de las orejas.
Pedí al cochero que aminorara la velocidad para que Sora pudiera serenarse. Me alegró verlo sonreír cuando contempló a lo lejos los edificios de París por la ventana. También lamenté que  lo primero que iba a conocer de la ciudad más bella del mundo, eran sus márgenes llenos de miseria.
Para cuando llegamos a la calle San Gabriel, Maurice ya había creado un caos en el hospicio y las Hijas de la Caridad estaban furiosas. Etienne lo convenció para que fuera a visitar a Charles, mientras él negociaba con las intransigentes mujeres para que  lo dejaran estar un momento con los niños. Informados de la situación, nos dirigimos a casa del doctor.
Al encontrarse con Charles, Sora hizo una profunda reverencia y pidió perdón por haber mentido anteriormente. El huraño cirujano lo regañó sin piedad por largo rato, luego lo invitó a conocer a su mujer y a su hija, quien estaba en la ciudad por esos días con su marido y su bebé.
Recuerdo que la joven le entregó una carta a Maurice, cosa que me alarmó. Por suerte la misiva era para Micaela. Al parecer llevaban intercambiando correspondencia desde la fiesta que organizamos en otoño.
El doctor no tardó en echarnos de su casa para que Maurice no empezara a “jugar al enfermero”. En la calle, varios vecinos se habían reunido para saludar al Ángel de San Gabriel; procuré mantenerme junto a Sora para que se sintiera seguro, aquello era un mundo completamente nuevo para él y las gentes del lugar tenían modales poco refinados: no dejaban de señalarlo asombrados y murmurar entre ellos.  
Maurice parecía haberse olvidado de nosotros. Estaba feliz de volver a ver a sus “amigos”, los llamaba por su nombre y conversaba con ellos como si los conociera bien. Era evidente que se sentía uno de ellos, pero ellos tenían muy presente que no lo era. Estaban conscientes de la distancia que los separaba y por eso agradecían su presencia y su ayuda generosa. Cualquiera podría pensar que nada malo iba a ocurrirle en un lugar donde era tan apreciado…
—¡Maldito seas! No eres un ángel sino un demonio, ¿a dónde te llevaste a mi familia? —escuché gritar de repente—. ¡Devuélveme a mi esposa y a mis hijos!
Con horror, vi al otro lado de la calle a un hombre corpulento, empuñando una botella rota y dirigiéndose furioso hacia Maurice. Escuché a hombres y mujeres gritar mientras se alejaban asustados de aquel sujeto y contemplé sin aliento a mi amante de fuego, avanzar hacia él para encararlo sin miedo.
—Monsieur Raoul, su esposa me pidió ayuda porque temía que usted  iba a matarla a golpes la próxima vez que se emborrachara. Además, sus hijos pasaban hambre porque usted se gastaba lo poco que ganaba en licor. Por tanto, ha sido usted y nadie más, quien los alejó de su lado. Debería avergonzarse y enmendar su mal comportamiento en lugar de venir a gritar estupideces.
—¡Son mi mujer y mis hijos! ¡Son míos y usted me los robó! ¡Los quiero de vuelta, maldito ladrón!
El miserable se abalanzó sobre Maurice. Todos gritamos. Antes de que yo pudiera correr a protegerlo, Sora me arrebató mi bastón y se plantó ante el borracho para derribarlo de un golpe. Ya iba a darle una segunda estocada cuando Maurice lo detuvo.
—Déjalo, Sora, no es más que un pobre diablo.
—¡Es un maldito que no merece ninguna consideración! —grité adelantándome a ellos para patear al desgraciado repetidas veces.     
Maurice intentó detenerme pero yo no era capaz de escucharlo, lo único que quería era eliminar a esa escoria. Etienne llegó corriendo, rodeó mi cintura y me arrastró lejos del infeliz. Madame Rose me sustituyó con su escoba y comenzó a golpear tan fuerte como podía al maldito borracho. Enseguida se le unieron otros vecinos enardecidos.  
Maurice luchó a gritos y empujones por detener aquel conato de linchamiento. Sus intentos desesperados me hacían desear con mayor ardor castigar a su agresor.  ¿Cómo se había atrevido a atacar a alguien como él? Supongo que lo mismo le ocurría a los demás. Yo los alentaba para que hicieran lo que Etienne no me permitía.
El doctor Charles optó por llamar nuestra atención de la manera más brutal que pudo idear: disparó al aire con su mosquete. La sorpresa y el espantó, nos dejó a todos inmóviles y silenciosos por un instante, el tiempo suficiente para que la voz de Maurice, llamándonos imbéciles, nos ayudara a reaccionar. François y Sébastien, rescataron al borracho miserable.
Lo que siguió fue un fiero regaño por parte del Ángel de San Gabriel. El doctor Charles se hizo cargo del infame y apaleado Raoul ,y la calle volvió a la normalidad. Aunque sólo en parte, nadie estaba dispuesto a perdonar al criminal y este terminó mudándose a los pocos días.
Maurice y yo tuvimos una fuerte discusión en plena calle. Exigí saber cuándo y cómo se había involucrado con la familia de aquel hombre y él estaba indignado por mi arrebato de violencia. Ya que todos nos estaban mirando, le propuse ir a la casa que había comprado a unos metros de ahí para terminar de hablar a solas. Él se negó sin dar explicaciones, lo que hizo que me enfureciera más.
Sora trataba de mediar entre nosotros. Había presenciado a aquella marejada humana confundido y sin apartarse de Maurice para protegerlo. Ahora veía que sus palabras no nos alcanzaban a ninguno de los dos, debió sentirse desamparado en aquel momento. Fuimos en extremo desconsiderados.
Sin embargo, debo decir que en ese momento yo no podía pensar. Estaba dominado por la impresión de aquel atentado y combatía con todas mis fuerzas una espantosa sensación de no ser capaz de controlar lo que ocurría y proteger a la persona que amaba.
—Es mejor que se calmen y hablen del asunto en privado —sugirió Etienne y fue secundado de inmediato por François.
—No hay nada más que hablar —afirmó Maurice —. Iré al hospicio a darle una lección de canto a los niños.
—Ah, sobre eso, lo siento mucho —replicó nuestro buen amigo—. Las Hijas de la Caridad han dicho que debiste avisar antes… ya sabes, la disciplina y todo eso…
—Pero las hemos convencido para que dejen que los niños reciban una larga lección de canto mañana —intervino François de inmediato.
—En ese caso… ¡Iré a visitar al Rabino! —declaró como un niño caprichoso.
—Nada de eso —chillé—. Regresemos al Palacio y hablemos de todo esto.
—Terminaremos discutiendo otra vez. Dejémoslo para cuando estés más tranquilo. Te encargo a Sora.  
Protesté, pero igual se dirigió hacia su caballo, montó y se marchó sin mirar atrás. Me tragué todas mis maldiciones, no podía creer que después de lo que había pasado me dejara de esa forma. Pude sentir la mirada desconcertada de los demás sobre mí; Etienne, que bien sabía de nuestra relación, trató de decir algo. No pude soportar su compasión en ese momento.
—¡Vámonos!—dije tomando a Sora de la mano para dirigirme hacia el carruaje—.Arreglaré cuentas con Maurice después.
Durante el viaje de regreso, permití que se derramara todo mi enojo en palabras. Me quejé sin ningún tapujo de Maurice hasta que me di cuenta de que lo estaba haciendo ante Sora, el amante al que yo había rechazado. ¿Qué iba a hacer si pronunciaba aquella lapidaria frase que tantas veces usó para persuadirme de elegirlo a él en lugar de a un hombre que me hacía sufrir?
Me quedé cortado y empecé a buscar cualquier cosa que excusara el comportamiento de mi amante. Sora me observaba con gesto desconcertado y aprovechó la pausa para acercarse, colocar sus manos sobre las mías y decirme lo que menos esperaba:
—No creo que Maurice actuara así para enojarte, Vassili. Dijo que no quería hablar contigo ahora para evitar discutir. Pienso que hizo bien. Cuando te enojas das miedo y dices cosas que duelen mucho…
—Lo siento —dije más por el recuerdo de las veces en que le había gritado a él, que por lo que había dicho contra Maurice.  
—No entiendo muy bien qué pasó en ese lugar, pero no me parece justo que te enojes con Maurice.
—Lo sé —reconocí derrotado—. Me dejé llevar por el miedo. ¡Estuvieron a punto de herirlo! ¿Y todo por qué? Por su manía de ayudar a desconocidos. ¿Por qué tenía que involucrarse con esa familia? ¿Qué importan esa mujer y esos niños? ¡Casi lo matan por ellos! ¡Y ese capricho de ser amigo de un Rabino! Quisiera mantenerlo encerrarlo en algún lugar al que sólo yo tuviera acceso, quizá así podría dejar de sentir que voy a perderlo en cualquier momento.
—Vassili, yo también era un desconocido cuando él me sacó del Palacio de los Placeres. Si no lo hubiera hecho todavía sería un esclavo o ya habría muerto, así que no puedo condenar la manera de actuar de Maurice. Y yo sé mejor que nadie que vivir encerrado es algo terrible, está mal que desees hacerle eso.
—¡No me compares con Donatien! No es a eso a lo que me refería… —grité molesto porque en mi cabeza esa comparación se hacía casi irrefutable y necesitaba negarla.
—No lo hago. Es que no entiendo por qué parece que te molesta que Maurice sea como es y haga lo que quiera, y en cambio a mí, me dices que no me condene por ser como soy y viva libre. Realmente estoy confundido.
Estaba claro por los gestos y el tono de la voz de Sora, que este expresaba  cariño y preocupación, no una condena. Dejé de defenderme y cubrí mi rostro lleno de vergüenza.
—¡Tienes razón! ¡Soy un hipócrita!
—¡No he dicho tal cosa!
—Pero es a la única conclusión a la que se puede llegar. Digo que amo a Maurice pero mi amor está mezclado con egoísmo: quiero que él sea mío, que me obedezca, que su vida gire en torno a mí, que no piense en nadie más. Le quiero cortar las alas a pesar de que me enamoré de él al verlo volar como un águila indomable… ¡Soy el peor amante que pudo elegir!
—No, Vassili. No lo eres.
Sora sonrió con una dulzura que parecía completamente nueva y limpió de mi rostro las lágrimas que la rabia que sentía hacia mí mismo, habían hecho brotar.
—Gracias —dije sincero, dejando que la calidez de su abrazo calmara mi corazón.
Seguimos hablando de mi miedo a perder a Maurice. Le conté sobre su pobre salud, el derrumbe del techo de la Iglesia, como se hirió al escapar por la ventana de un segundo piso para evitar el duelo de sus primos, la amarga experiencia del destierro y la prisión, los peligros que implicó ser misionero en el Paraguay… Recorrí todo lo que sabía de su vida, haciendo énfasis en las tragedias.
Cuando llegué a su infancia y conté cómo su abuelo  y madame Thérese habían intentado asesinarlo, me detuve consternado. Sentí que aquel pasado me aplastaba. ¿Cómo podía Maurice vivir cargando con aquellas experiencias tan amargas?
—Maurice ha sufrido mucho —dijo Sora con asombro y pena—. Y a pesar de eso, vive con valor y confianza.
—Eso mismo he pensado. Creo que debemos agradecérselo a quienes sí lo han amado y protegido desde que era niño —la imagen de Philippe vino a mi mente; de no ser por él, aquel niño nunca habría llegado a ser el hombre que yo tenía el privilegio de amar.
—Micaela y Raffaele también han sufrido —continuó Sora como si estuviera en medio de una reflexión personal—. Y aún así sonríen, y esperan el mañana con valor. Tú eres igual, Vassili. Me gustaría ser como ustedes.
Sonreí por su ingenua afirmación, tomé su mano y la besé. Sora no dijo nada más, yo tampoco. Estaba agotado. Continuamos el viaje recostados uno al otro, con las manos enlazadas, contemplando el paisaje deslizándose por la ventana.
Al llegar al Palacio, cada uno se retiró a su habitación. Gracias a Sora me había calmado y podía asegurar que mi reencuentro con Maurice, no iba a transformarse en una discusión. Claro que, si tardaba demasiado, no podía garantizar que no germinarían en mi pecho nuevas inquietudes.
Vi por la ventana cuando llegó el carruaje de Maurice apenas tres horas después. Coloqué una silla ante la ventana y me senté con una pose despreocupada. Luego pensé en que no le daría una buena impresión si me encontraba ocioso; busqué un libro y empecé a ojearlo. Ni siquiera recuerdo cuál era e incluso en ese momento daba igual.
Maurice no apareció. Pasó media hora y no llegó a nuestra habitación. ¿Acaso lo habían entretenido sus primos? Ah, se había fastidiado todo. Estaba debatiéndome entre esperar más tiempo o ir a su encuentro, cuando Antonio entró de improviso haciéndome levantar por la sorpresa.
—¡¿Tú otra vez?! —le reclamé.
—Monsieur… vaya a la habitación de ese puto… está discutiendo con el señorito Maurice…
No pedí explicaciones, obedecí en el acto. ¿Sora y Maurice enfrentados otra vez? Realmente creía que habíamos dejado todo eso atrás. Temía haber provocado yo aquella situación por hablar de más.
Al entrar vi a Maurice y a Sora parados uno frente al otro. Sora avanzaba hablando con aplomo y Maurice retrocedía. Pero no había odio en ninguno de ellos.
—¿Qué pasa? —pregunté desconcertado.
—Vassili, has que Sora entre en razón —me suplicó Maurice incómodo—. Está diciendo cosas que no debe.
—Ahora entiendo menos.
—No voy a retractarme —afirmó el joven japonés—. Tomé una decisión: durante el tiempo que permanezca en este lugar voy a protegerte, Maurice. Estoy dispuesto a dar mi vida por ti.
—¡No necesito que hagas eso!
—Pero yo quiero hacerlo —dobló su rodilla derecha e inclinó la cabeza.
Nunca olvidaré aquella imagen, Sora lucía hermoso declarando con pasión su vasallaje a un nuevo señor. Maurice, con los mechones de fuego alborotados por la cabalgata y el rostro sonrojado, le suplicaba que se levantara. No pude hacer otra cosa que contemplarlos embelesado.
Sora pronunció una frase en su idioma. Lo hizo con tal devoción que Maurice debió sentir miedo.
—¿Qué has dicho? —preguntó preocupado.
—Te ha llamado “Oyakata-sama”. Es como si te reconociera como maestro y señor. Que interesante.
Aquellas palabras fueron pronunciadas a mis espaldas por una voz que no reconocí. Me di vuelta y encontré a un desconocido, recostado al marco de la puerta con aire de suficiencia. Detrás de él se encontraban Daladier, Micaela y otro visitante.
Sora se levantó y se colocó delante Maurice para protegerlo. Mi amante lucía asombrado.
—¿Qué pasa, Maurice? ¿No me reconoces? —volvió a hablar el recién llegado, quitándose la peluca blanca para revelar una cabellera de mechones cortos y negros, que lucía muy bien con su refinado bigote y la escueta barba.
—¡Xavier! —gritó Maurice lanzándose a sus brazos—. ¡Hace tanto tiempo…!
—Más de seis años, mi buen amigo. Y se suponía que no volveríamos a vernos en esta vida.
—Gracias a Dios no ha sido así —dijo el otro hombre acercándose a los dos—. Aunque los caminos que nos ha hecho recorrer hasta este momento son, por lo menos, desconcertantes.
—¡Favre! —exclamó Maurice en la cima de la felicidad, incluyéndole en su abrazo.
—Los tres amigos se reúnen al fin —declaró Micaela aplaudiendo.
—Teníamos tantas ganas de ver al pequeño Iñigo —dijo jocoso el tal Xavier.
—He crecido un poco—replicó Maurice.
—Muy poco, me temo —contestó Favre.
Al escucharlos reír y conversar, tuve claro que aquellos hombres eran los antiguos compañeros de colegio que esperábamos. También quedó en evidencia que Micaela se había burlado de mí al no revelarme todo sobre ellos. La frase “Son iguales a Maurice” escondía mucho más de lo que dejó ver.
Además, aquellos nombres, Iñigo, Xavier y Favre, correspondían a Iñigo o Ignacio de Loyola, Francisco Xavier y Pierre Favre, los tres primeros jesuitas. ¿Qué colegiales escogerían semejantes apodos? Solo aquellos que han sido cautivados por sus maestros y piensan ingresar en la Compañía de Jesús.
No había duda, aquel reencuentro iba a ser una amenaza para mi relación con Maurice.