VIII Inolvidable Primavera - Parte II

Desde que Miguel expuso su vulnerabilidad ante Sora, este procuró ser más amable con él. Se podría decir que le dedicó la misma consideración que tenía con Odette y que seguramente habría mostrado ante otras mujeres.  
De nuevo sentí que me quedaba atrás, pues mi querido japonés, a pesar de todas las limitaciones del idioma, la diferencia cultural y su historia atormentada, fue capaz de asumir que se encontraba ante Micaela más rápido de lo que yo lo estaba haciendo. Obviamente su actitud provocó que se hicieran más cercanos y el tiempo que pasaban juntos ya no parecía ser una obligación para Sora.
De hecho, aquellos últimos días de invierno, mientras yo trabajaba en París, los Alençon lo acompañaron constantemente: Maurice seguía empeñado en aprender todo lo que pudiera de su cultura y del juego de Go. Miguel comenzó a pintarle un retrato, por lo que pasaba horas posando en medio de una amena conversación. También lo invitaba a escucharlo tocar el piano y a cabalgar junto con Raffaele.

VIII Inolvidable Primavera - Parte I

A medida que el final del invierno se acercaba, las tormentas fueron quedando atrás. Maurice y Sora se hicieron más cercanos durante esos días, pero nada indicó que debía preocuparme por eso. Evité preguntar sobre lo que ocurrió en el despacho porque no quería confesar que los había espiado; para controlar mis celos, me decía a mí mismo que Sora no sentía hacia Maurice otra cosa que gratitud.
En cuanto a Xiao Meng y Sora, se reconciliaron a su manera. Hablaron a solas durante horas y el eunuco pasó la noche en el palacio. Es mejor dejar en el fondo del pozo de los secretos lo que sea que hayan hecho. Su relación era en cierta forma indefinible.
Claro que una absoluta tranquilidad, era mucho pedir en el Palacio de las Ninfas. Un día, al volver de trabajar en la calle San Gabriel, quedé desconcertado al encontrar a Clément y a Bernard escuchando a Micaela tocar el piano y a Maurice acompañándola con su violín. Sora también se encontraba con ellos, con cara de sentirse fuera de lugar.

VII Memorias del Corazón - parte IV

Raffaele fue a buscar a Xiao Meng por la mañana. Los demás esperamos en el despacho porque al despertar, Sora pidió que lo dejáramos solo de una forma que no permitió réplicas. Su actitud me desconcertaba y hería terriblemente, cada vez que sus ojos se posaban en mí, lo que percibía en ellos era furia.
En cuanto llegó el eunuco, lo acompañamos a la habitación. Sora esperaba sentado ante la ventana. Su mirada, la expresión de su rostro, la rigidez de su cuerpo; no había duda de que estaba furioso. No quiso hablarnos, se concentró en Xiao Meng.
Los cuatro permanecimos mirando a una distancia prudente, ellos parecían inalcanzables, separados por la muralla del lenguaje. Me preocupaban las reacciones de Sora y aún más el desconcierto y la angustia de Xiao.

VII Memorias del Corazón - Parte III

Tan pronto el sol disipó las tinieblas, me preparé para ir a París y sacarle a Clément toda la información que Maurice me negaba. Si no quería pasar otra noche solo en mi habitación, debía resolver lo que fuera que tenía molesto a mi amante de fuego. Obligué a los sirvientes a aligerar el paso para preparar mi desayuno y a su vez el carruaje; no tenía paciencia para despilfarrarla con ellos.

Mientras esperaba en la cima de las escaleras a que apareciera mi transporte, vi llegar el carruaje de Raffaele. Me apresuré a bajar para darle la bienvenida, lo encontré medio dormido y con el traje desarreglado.

—Vassili, me alegra tanto verte —gimió arrojándose a mis brazos. No me quedó más remedio que soportar el olor a alcohol que despedía y ayudarlo a bajar.

—Estás hecho un desastre.

—No he dormido en toda la noche. Esperé a que su majestad se largara al fin a follar con la Du Barry para escapar. ¿Qué le pasó a Maurice?

—¿Te has dado cuenta?

—Ya te lo dije, tía Petite me avisa; ella siempre cuida de su cachorro pelirrojo.

VII Memorias del Corazón - Parte II

Xiao Meng se mudó a casa de Daladier tal como anunció. Todos lo despedimos con alegría, alentándolo a dar el paso definitivo para consolidar su relación con la mujer que amaba. Él se mostró hermético y con esa actitud de superioridad que nunca se quitaba de encima.
Se justificó diciendo que Evangeline no era una ayuda adecuada para cuidar a los niños, que él podía controlarlos mejor y a la vez compartir las tareas de la casa. Odette al principio intentó disuadirlo porque no quería que se alejara de Sora, pero este mismo la convenció de aceptar la propuesta.
Curiosamente, quien más celebró y agradeció este cambio fue Evangeline. Estaba tan feliz de librarse de los mocosos y volver al Palacio de las Ninfas, que no se quejó de que estuvieran poniendo en duda su desempeño.

VII Memorias el Corazón - Parte I

Cuando pienso en lo que ha ocurrido en todo el mundo durante los últimos años, me doy cuenta de que aún no ha terminado nuestro debate, Maurice. Todavía no sabemos cuál de los dos estaba más cerca de la verdad.
Puede que ambos tuviéramos razón y todo el asunto se reduzca a una cuestión de opciones. Recuerdo que hablaste de eso muchas veces: “No hay un destino escrito para cada persona, o una estructura inamovible para el mundo, lo único que existe es una cacofonía de decisiones individuales”.
En otras palabras, la humanidad elige su camino en la historia como si estuviéramos en medio de una partida de Go, buscando siempre cuál es la mejor jugada. El problema es que muchas veces no acertamos por ceguera o necedad.
De todo corazón espero que el ser humano se incline hacia donde tú señalas y opte por una manera fraterna de resolver sus conflictos. Sin embargo, no parece que ese sea el horizonte ante nosotros: hay quien impone su voluntad de mantener estructuras que ya rechinan ensangrentadas y quien no dudará atravesar el corazón de sus semejantes para establecer otras que lo favorezcan.
Una humanidad libre y fraterna se ve tan lejana en este momento como lo estaba seis años atrás…
Mantengamos la apuesta hasta el final. Espero perderla y ver el mundo al que aspiras, abrirse como una espléndida flor algún día.

VI Alas Cortadas - Parte VI

No pude obtener una respuesta de Sora. Permaneció en silencio aún después de que dejó de llorar. Tenía intensión de presionarlo hasta que aceptara lo que proponía, pero fuimos interrumpidos por Asmun.
—Monsieur Raffaele necesita que vaya a su despacho de inmediato.
Sora aprovechó el momento para pedir que regresáramos porque estaba cansado, no quedó más remedio que posponer nuestra conversación. Asmun se despidió y lo vi dirigirse de prisa hacia el invernadero, cuando entré al despacho entendí la razón.
—¿Qué demonios quieres? —dije a Raffaele sin ocultar mi disgusto—. Estaba ocupado.
—¿Qué? —respondió confundido, levantando la cabeza de los papeles que tenía sobre su escritorio.
—¿Para qué me mandaste a llamar?
—Yo no te he llamado. Estoy ocupado haciendo una lista de los idiotas que visitaron el Palacio de los Placeres... ¡Vete a pasear con Sora!
—Eso estaba haciendo cuando tu hermano me dijo que querías verme.
—Pues mintió. Te doy permiso de patearle el trasero. No hace más que quejarse de que todavía mantenga a Sora y a Xiao Meng en el palacio. Dice que cualquier día vas a ponerle los cuernos a Maurice y arruinaras nuestra santa paz. Ya ves la fama que te has labrado, Vassili.
Salí rumbo al invernadero dispuesto a darle una lección al joven tuareg. Encontré reunida a toda la Hermandad esperándome, sus miradas amedrentaban tanto como las de jueces implacables, por lo que quedé desconcertado.
—Que sorpresa —dijo Pierre muy serio—, Monsieur Vassili nos honra con su visita.
—Tengo algo que hablar con Asmun.
—Y yo tengo muchas cosas qué decirle —respondió altanero el mocoso—. ¿Por qué estaba abrazando a ese hombre? ¿Acaso no ve que lo está engatusando otra vez o es que tiene intensión de engañar a Maurice?
—Nada de eso. Lo abracé porque... ¡Un momento! ¡No tengo que darte explicaciones!
—Todos los días sale a pasear con ese tipo como si nada—intervino indignado Aigle—. Parece que ya olvidó todo lo que hizo.
—¡El abrazo de hoy ya fue el colmo! —chilló Renard—. Estoy seguro que las lágrimas de ese puto eran tan falsas como el dolor que fingió antes.
—Es una tontería arriesgarse de esa forma, Monsieur. Debería mantenerse lejos de ese joven tan bonito y mañoso —sentenció Pierre.
—El señorito Maurice no merece que lo traicionen... —acotó Antonio con un susurro lleno de angustia.
—¿Estaban observando? —exclamé indignado.
—Por supuesto. Lo tenemos bien vigilado —se ufanó Renard—. El jefe es muy bueno y ha perdonado a ese hombre, pero nosotros no confiamos en él. Estamos seguros de que todavía sigue enamorado de usted.
—Se nota que busca enredarlo como una serpiente a una rata de campo —declaró Aigle—. Y si usted se deja tragar, el jefe llorará.
En aquel momento mi indignación estuvo cerca de transformarse en gritos y acusaciones, sin embargo, me detuve a contemplarlos un momento: estaba ante tres muchachos temerarios, un joven medroso y un anciano bastante listo, los cinco eran incondicionales de Maurice y a mí al menos me apreciaban, no podía reprocharles su preocupación.
—Entiendo lo que sienten pero juzgan mal a Sora. Él ha renunciado a mí.
—¡Que ingenuo! —gruñó Asmun.
—Traten de ponerse en su lugar, Sorata fue arrancado de su tierra y tuvo que soportar una vida llena de humillaciones; ahora que va a regresar a Japón puede ser que no logre recuperar todo lo que perdió y que incluso su familia prefiera no saber de él. ¿Pueden siquiera imaginar cómo debe sentirse? No tiene nada.
—No se merece otra cosa —exclamó Asmun lleno de desprecio.
—No tienes derecho a hablar así. Ninguno debería atreverse a juzgarlo. Agradezco que estén preocupados por Maurice, pero Sora no es un enemigo, puede que sea la víctima más desamparada de la oscuridad de este maldito mundo.
—¡También fue su amante y es obvio que usted aún siente algo por él! ¡Van a terminar en la cama tarde o temprano!
—Por supuesto que siento algo por él, pero no tengo intención de usarlo como lo hice antes. Sora ya no es un juguete sino alguien a quien quiero ayudar cueste lo que cueste. Si ustedes ven eso como algo malo, es su problema.
—¡¿Y qué hay del jefe?! —gritó Aigle angustiado— ¡Se supone que usted ama al jefe!
—Amo a Maurice, no lo dudes. Sin embargo, eso no impide que pueda darle un lugar en mi corazón a Sora. ¿Cómo esperan que no intente ayudarlo si lo veo tan desesperado?
—¡Puede estar fingiendo! —se atrevió a decir Antonio.
—No necesita fingir, su situación es tan desgraciada que, aún si él estuviera sonriendo todo el tiempo, yo igual me preocuparía —al ver que no obtenía ninguna respuesta ni cambiaban de actitud, di un golpe en la mesa—. ¡Ah! Es inútil seguir discutiendo, se ve que para ustedes él no es más que un puto. ¡Me largo!
Salí del invernadero más furioso de lo que había entrado y me dirigí a mi habitación para tranquilizarme a solas. Cuando Maurice llegó a buscarme, terminé contándole todo lo que había ocurrido, incluyendo el "imprudente abrazo".
—Sé que tienes derecho a sentir celos, pero te aseguro que estoy muy claro en mis sentimientos —afirmé con todo mi empeño—. Tú eres la persona con quien quiero pasar el resto de mi vida, Sora es mi amigo y dejarlo a la deriva.
—Ya te lo dije una vez, no serías el hombre que amo si lo abandonas cuando más te necesita.
Su sonrisa me pareció igual de sincera que siempre, me sentí tan agradecido y afortunado que lo besé.
—¡Eres maravilloso, Maurice!
—No lo soy. Siento celos, no lo dudes. Pero sé que ni tú ni Sora quieren traicionarme, porque los dos me lo han asegurado.
—Asmun te llamaría ingenuo por creernos, ¿sabes?
—No me importa lo que él diga. Te conozco bien, Vassili, eres un hombre compasivo y siempre adivinas lo que otros sienten. Por eso estoy seguro de que ya no quieres llevarte a Sora a la cama, hasta yo, que soy muy despistado, me he dado cuenta de que lo destruirías si lo haces.
—Sí, es como dices... —respondí sorprendido y preocupado.
—Sora necesita descubrir que la vida es algo más que lo que experimentó en el barco del holandés y en el Palacio de los Placeres.
—Eso es algo que yo había intuido, pero tú lo has definido a la perfección...
Cerré los ojos y aferré a Maurice con fuerza. Necesitaba que me sostuviera, en aquel momento podía ver con claridad el abismo oscuro ante cuyo borde se encontraba mi querido Sorata.
—Yo soy parte de lo que debe dejar atrás... —musité conteniendo las ganas de llorar.
—Oh, no, Vassili. Tú eres un puente que está ayudándolo a pasar de una experiencia a la otra. Empezaste siendo uno de tantos que lo compraban y ahora te has convertido en alguien que lo ama sin pedir nada a cambio. Puede que seas la única oportunidad que tiene Sora para definir desde el amor su propia existencia.
—Temo que exageras, Maurice —dije retrocediendo, después de quedarme pasmado ante sus palabras por un momento—. Además, tú lo liberaste, lo ayudaste más que yo. Lo mismo que Odette, Xiao Meng e incluso tus primos.
—Estoy muy seguro de lo que digo. Gracias a todo lo que ha vivido desde que te conoció, Sora podrá descubrir qué significado tiene su vida y hasta la misma existencia de Dios. ¡Es fascinante ser testigo de una experiencia tan asombrosa!
—¡Tenías que meter a Dios! —me quejé.
—¡Vassili, eres tan gracioso! —exclamó riéndose como un niño travieso.
—¡Y tú eres mi sol! —tomé su mano y la besé con entusiasmo—. Si he hecho por Sora algo de lo que has dicho, ha sido gracias a ti.
Sonrió lleno de gratitud y se acercó a mí. Acarició mi rostro con tal cariño que sentí que todo mi ser se llenaba de una mezcla inaudita de ternura y pasión, del deseo de poseer y de ser poseído, de la absoluta confianza de estar siendo atesorado y la gratitud reverente ante la entrega de lo más valioso. Todo se fundió al final en un gesto tan simple y sublime como un beso.
Un momento de dicha absoluta como ese, era precisamente lo que nunca podría darle a Sora.
***
Por esos días se llevó a cabo una reunión bastante particular. Raffaele invitó a Clément, Bernard y Odette al Palacio de las Ninfas para planificar nuestra campaña contra el infame Donatien de Maine. Asmun, los pilluelos y Evangeline se encargaron de cuidar a los niños.
Preferimos hablar en el salón de Nuestro Paraguay, para estar seguros de que nadie nos espiara. El asunto era tan delicado que no podíamos dejar de tomar precauciones, sobre todo si sospechábamos que un sirviente continuaba siendo los oídos y ojos de madame Severine o que el marqués podía sobornar a algún incauto como hizo en casa de los Gaucourt.
Sora y Xiao Meng también estuvieron presentes, por supuesto. Bernard no disimuló su asombro al conocer a Sora. Estaba bien enterado de la historia que existía entre nosotros, así que después de presentarlos me llevó aparte para darme su veredicto:
—Es tan hermoso y enigmático que no te culpo por haberte encaprichado con él.
—Bernard, por favor, no es momento para hablar de eso.
—Pero Maurice lo supera. No se te ocurra volver a engañarlo con ese joven.
—¿Es que acaso todos se han puesto de acuerdo para decirme lo mismo?
—No me he puesto de acuerdo con nadie, mi sentido común y el gran aprecio que les tengo a ti y a Maurice me bastan para decirte esto: debes hacer que ese joven aborde el barco cuanto antes.
—Pero he pensado que no le conviene... que puede quedarse aquí...
—Vassili, como tu confidente te digo que él es la fruta del árbol prohibido y tú no eres bueno resistiendo a las tentaciones. Además, si yo tuviera que elegir entre Maurice y él, elegiría a Maurice sin dudar.
—Hablemos después de esto... ahora Raffaele quiere que nos concentremos en el marqués.
Bernard me hizo una mala cara pero accedió y nos acercamos a los otros, quienes ya habían tomado asiento alrededor de la mesa en la que Raffaele depositó el libro de registro y varias hojas llenas de nombres.
El futuro Duque de Alençon, lució su elocuencia mientras ponía a todos al tanto de la situación y de nuestros planes; para nuestra sorpresa, Miguel lo contradijo antes de que pudiera terminar. Creo que estaba molesto por haberse visto obligado a cambiar sus planes ese día y no poder lucir un vestido delante de nuestros amigos.
—Insisto en que debemos quemar ese maldito libro y cortarle la garganta al marqués.
—Mi querido primo, ya hemos hablado de eso —respondió Raffaele con una sonrisa forzada—. Donatien tiene ciertos amigos en la Corte que no se van a quedar quietos si te hago caso.
—Nadie tiene porqué enterarse de que fuiste tú el que lo envió al otro mundo, es más, quiero que me des ese honor. Quiero ver si alguien se atreve a condenarme una vez que explique mis razones. ¿O acaso a los franceses no se indignan ante lo que ha hecho ese hombre?
—A los franceses nos hace hervir la sangre tanto como a los españoles —dijo Clément, respondiendo al desafío de Miguel con una fría calma que apenas escondía su indignación—. Pero somos mejores estrategas y sabemos que la precipitación sólo trae complicaciones.
—¿Mejores estrategas? —replicó Miguel—. ¡Pamplinas!
—¿Realmente van a discutir en un momento como este? —murmuró Xiao Meng lo bastante fuerte como para que todos nos enteráramos de su opinión.
—Dejemos una cosa clara —intervine al ver que Raffaele estaba cerca de perder los estribos—. Cualquier cosa que hagamos contra Donatien no debe atraer la atención hacia los Alençon o hacia Odette y los niños, y como hay miembros de la familia real que pueden estar protegiéndolo, no conviene enfrentarnos a él abiertamente. Por tanto, no queda más remedio que ser precavidos.
—¡Como quieras...! —soltó el español de mala gana, aunque su sonrojo me indicó que estaba avergonzado. Su carácter caprichoso e impulsivo solía ponerlo en ese tipo de situaciones embarazosas.
Clément se limitó a asentir y pidió que continuáramos. Me di cuenta de que Maurice no había tomado parte en la discusión, por estar examinando el libro de registros. Aquello me alegró porque él era partidario de denunciar al marqués ante el rey y para mí esa era la peor opción.
Raffaele hizo un recuento de todo lo que había ocurrido con el marqués, para que Bernard terminara de ponerse al tanto. Nuestro buen amigo había esperado pacientemente a que alguien le ayudara a completar el rompecabezas que veía barajarse ante él.
Resultó que reaccionó de la misma manera que Clément: se ofendió porque no lo involucraron en el rescate de los niños y todo indicaba, que nuestros amigos se aburrían de sus tranquilas vidas.
—La próxima vez serás el primero al que llamaremos —aseguró Miguel para acallar sus protestas.
—No habrá próxima vez —sentencié remarcando cada sílaba—. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
—Vassili eres un aguafiestas —respondió mi rubio amigo, haciendo un mohín coqueto. Realmente no le hacía falta vestirse de mujer para actuar como una.
—Y tú un buscapleitos adorable, "Micaela".
Al oírme llamarlo así, se alegró tanto que me lanzó un beso. Clément no dejó pasar el detalle; lo vi mirar a Bernard como si le preguntara qué estaba presenciando. Este último, que ya sabía sobre la particularidad de Miguel, porque yo se lo había comentado en alguna de mis confidencias, sonrió y encogió los hombros.
—Bernard, cuando quieras podemos jugar a los aventureros —intervino Raffaele retomando control de la reunión—. Pero ahora lo que necesitamos es tu talento para la intriga.
—¡Oh, me siento halagado y confundido a la vez! —contestó el joven marqués mostrando una amable sonrisa.
—Queremos que nos ayudes a manipular a los nobles que Donatien tiene chantajeados, tal y como me ayudaste a enemistar a Sophie con toda la Corte.
—El asunto con tu prima fue fácil y divertido. Si lo que me pides ahora se le asemeja, puedes contar conmigo.
—Se trata de algo más complicado —le dijo para exponer lo que pretendíamos hacer contra Donatien.
Raffaele colocó en manos de Bernard varias hojas con la lista de los nobles que habían visitado el Palacio de los Placeres, nuestro amigo las revisó con cuidado, pidió una pluma y subrayó dos nombres.
—Estos son los que no conozco, ni tengo a alguien de su entorno entre mis amistades.
Quedamos boquiabiertos: había más de cien nombres de nobles y burgueses acaudalados en esas hojas, apenas dos estaban fuera de su alcance. Bernard en verdad era un hombre muy sociable.
—Hay algo más —dijo Raffaele entregándole otra hoja con una lista muy pequeña—. Estos son los hombres de los que debes mantenerte alejado.
—¿Por qué?
—Son los malditos que pagaban por estar con los niños. No creo que quieras tener tratos con ellos.
—¡Ah, qué desafortunado! ¡Los conozco a todos! Uno de ellos es tío político de mi prometida. Tú también tienes algunos conocidos, Clément —agregó pasando la hoja a su amigo.
—Es cierto. Dos de ellos me deben dinero. Creo que les cobraré cuanto antes.
—Me gustaría que compartieran todo lo que saben sobre esos desgraciados —propuso Raffaele—. Tengo grandes planes para ellos.
Desde aquel momento las vidas de aquellos hombres fueron expuestas como si se tratara de reos condenados y nosotros, los jueces encargados de la sentencia final. Entre todos planeamos la manera más rápida de llevarlos a la ruina.
Quise saber qué opinaba Maurice ante todo lo acordado. Aseguró que secundaba las propuestas pero tenía otro asunto en mente, me mostró una página del libro de registro y señaló el nombre de Théophane. La frase "No hay nada oculto bajo el cielo" se deslizó entre sus labios y no pude menos que compadecer al pobre anciano.
—No te enojes con tu padre, ya se había distanciado de tu madre cuando fue a ese lugar.
—No estoy enojado. Esto sólo prueba que es la clase de hombre que mi madre decía.
—Ah, Maurice, no dejes que esos recuerdos te entristezcan.
Estreché su mano con cariño para animarlo. Sonrió agradecido, se acercó y recostó su cabeza sobre mi hombro. Como los dos compartíamos el mismo sillón, nos quedamos escuchando a los demás sin percatarnos de la imagen que dábamos, hasta que reparé en la mirada suspicaz de Clément y di un pequeño codazo a Maurice para que se enderezara.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz alta mi despistado amante, atrayendo la atención de todos hacia nosotros.
Mi mente se quedó en blanco por un instante. Después recordé que había estado esperando la ocasión para tratar otro asunto, me levanté, di un paso hacia Odette y mostré mi semblante más circunspecto.
—Hay algo que me preocupa: uno de los niños mencionó que creció en un hospicio y que un hombre fingió adoptarlo para luego entregarlo al marqués. ¿Sabe algo de eso Mademoiselle Odette?
—Mi padre tiene algunos empleados que hacen ese tipo de cosas... —respondió la joven con tristeza.
—¿De qué hospicio se trata? Tenemos que ponerlos sobre aviso cuanto antes, no podemos permitir que otro niño sufra la misma infamia.
—Usted no debe intervenir, Monsieur —se apresuró a decir—. Ninguno de ustedes debe hacerlo, no pueden arriesgarse a que mi padre averigüe que están en su contra. Yo misma escribiré al hospicio advirtiéndoles... Aunque es probable que sea inútil, estoy segura de que tiene cómplices entre los encargados y que ese no es el único lugar en el que busca niños.
—¿Acaso ese monstruo no tiene límites? —repliqué sintiéndome indignado e impotente.
—Es evidente que no los tiene, así que se los tendremos que poner nosotros —afirmó Bernard decidido.
—¿No ha escuchado lo que ha dicho Odette? Ustedes no deben arriesgarse más —le advirtió Xiao Meng.
—Hay una manera de evitar que ese hombre vuelva a obtener niños de los hospicios sin que se dé cuenta de que hemos intervenido. Es algo bastante simple.
—Vas a tener que explicarte, Bernard, porque por más que le doy vueltas no veo la manera —replicó Clément.
—¿A qué estamos más predispuestos en Francia?
—¿A escandalizarse de cualquier cosa? —respondió Miguel con ironía.
—¡Exacto! Bastará con publicar la historia en los diarios, sin dar muchos datos, y todo el mundo hablará de eso. Se armará un gran escándalo, todos los hospicios quedaran bajo la mira y se cuidaran de tener tratos con el marqués.
—Pero mi padre buscará saber quién lo ha denunciado... —comenzó a decir Odette.
— Por fortuna, Mademoiselle, hoy en día podemos difamarnos unos a otros con mucha facilidad: Existen muchos editores que están dispuestas a publicar lo que sea sin hacer preguntas y sin hacerse responsables de nada.
—Eso es cierto, pero no conozco a ninguno —se lamentó Raffaele.
—no hay problema, nuestro querido amigo François conoce a muchos. Últimamente le ha dado por practicar el periodismo.
—Pero él no difama a nadie —protestó Maurice—. Se dedica a publicar artículos protestando contra la mala administración del rey y sus ministros.
—Con lo poco que le gustan las críticas a Su Majestad, es extraño que no lo hayan arrestado —se burló Raffaele.
—Escribe bajo varios seudónimos en periódicos o panfletos clandestinos. Yo lo ayudé con unos artículos sobre las Reducciones del Paraguay y la injusta persecución que sufre la Compañía de Jesús.
—¿Cuándo hiciste semejante cosa? —preguntó espantado Miguel.
—Durante el verano, antes de que me quitaran los votos.
—No tenía idea... —murmuré tratando de asimilar que ignoraba cosas acerca de mi amado.
—¡Maurice, me juraste que no tenías que ver con esas publicaciones! —exclamó Raffaele perdiendo todo su buen humor.
—No juré, sólo dije que no era el autor. Lo cual es verdad porque François fue quien los escribió.
—¡El rey estaba furioso y muchos parlamentarios te señalaban! —se quejó su primo llevándose las manos a la cabeza—. ¡No sabes lo que me costó calmarlo!
—¿Creías que me iba a quedar de brazos cruzados mientras difamaban a la Compañía? Si otros podían sacar panfletos en contra, era justo hacer lo mismo para defenderla.
—Espero que no lo hayas vuelto a hacer —dije amenazante—, ya no eres jesuita...
El silencio de Maurice fue suficiente para sospechar lo peor.
—Ya me enteraré por François... —gruñí decidido a llegar al fondo del asunto.
Al día siguiente, me reuní con nuestro amigo en el hospicio. Descubrí que Maurice tenía su propio seudónimo entre los autores clandestinos que criticaban a Louis XV.
—Publicó varios panfletos a favor de la Compañía, con ilustraciones y textos bastante elocuentes debo decir, y escribió sobre la miseria que reina en la ciudad, criticando la falta de cloacas en la periferia, el mal estado de los hospitales y el descuido de la educación de las masas populares. Ninguno de esos artículos lleva su nombre, le sugerí que los firmará como "Gabriel".
François contaba todo como si se tratara de grandes hazañas, su admiración por Maurice era casi ilimitada. Sentí deseos de borrarle la sonrisa a los golpes.
—¿En serio? —chillé—. ¿No te bastó con que el tema de sus escritos prácticamente revelara su identidad, sino que además hiciste que firmara con su apodo? ¿Quién más está construyendo hospicios, hospitales y cloacas en esta ciudad? ¿A quién más le llaman el Ángel de la calle San Gabriel? ¡Por el mismo diablo, casi daba igual que usara su nombre!
—Tranquilízate, Vassili —suplicó François colocando sus manos ante su rostro, para protegerse de mis violentos ademanes.
—¡El Rey estuvo a punto de desterrarlo, no quiero que lo animes a escribir estas cosas!
—Maurice no ha vuelto a escribir desde que... —estuvo pensando por un momento y luego me señaló—. ¡Desde tu accidente! Se dedicó a cuidarte y dejó a un lado todo lo demás. No vayas a regañarlo por esas publicaciones, te quiere mucho y siempre se preocupa por ti.
—Yo también lo quiero y me preocupo por él. Por eso evito que se meta en problemas —respondí, mientras toda mi rabia desaparecía enterrada bajo una avalancha de recuerdos entrañables—. De todas formas, también vine a hablarte de otra cosa. ¿Cuándo puedes reunirte con nosotros para tratar un asunto que requiere mucha discreción?
—¿En el palacio? —dijo entusiasmado—. La próxima semana tendré la tarde del miércoles libre. ¿De qué se trata?
—Te lo explicaremos todo ese día. Es algo en lo que tú y Maurice podrán usar algo de su talento periodístico.
—Eso suena interesante.
—Como recompensa, seguramente podrás ver a tu querida Marie-Ángelique.
—¡Eso sería maravilloso, Vassili! Cuando nos vemos aquí siempre está muy ocupada y no me hace caso.
—Deberías seguir el ejemplo de Etienne e insistir en rondarla aunque te ponga mala cara.
—No sería apropiado —respondió sonrojándose. François era un tímido enamorado en aquellos días...
Cuando regresé al palacio, exigí a Maurice que me mostrara todo lo que había escrito, tenía ejemplares de las publicaciones bien guardadas en su habitación secreta. Leí cada una tratando de ocultar mis emociones, mientras él me observaba atento, esperando mi opinión.
Sus artículos estaban recargados de información, carecían de diplomacia y no dejaban nada bien parados a nuestros ilustres gobernantes. No se trataba de composiciones simples, eran casi ensayos sobre la negligencia. Por ejemplo, en el primero que publicó hizo un recuento histórico de la construcción de París, solo para decir que desde los tiempos de Louis XIV nadie había vuelto a ocuparse del saneamiento de las calles.
En todos acusaba con saña al Rey, a los ministros y a los parlamentarios por igual. También señalaba la indiferencia de la nobleza, la burguesía y, sobre todo, la Iglesia. No se congraciaba con nadie y solo tomaba partido por los más pobres y miserables de París. No era de extrañar que sus escritos recibieran muchas respuestas airadas.
—Parece que no te basta con lo que has hecho en la calle San Gabriel, Maurice —concluí preocupado al terminar mi lectura.
—Es porque lo único que hago es obligar a mi familia a gastar su dinero en caridad.
—No seas tan exigente contigo mismo. ¿Qué más quieres lograr?
—Cambiar el mundo —bromeó.
—¿Cómo demonios vas a hacer eso? —respondí desabrido.
—Poco a poco. Por lo pronto, con un hospicio, educando a todos los pilluelos de París.
—Aunque les enseñemos a leer y escribir, cosa que no es nada fácil, no va a cambiar el mundo...
—Quiero más que eso, quiero que sean capaces de discutir las ideas de Voltaire, Rousseau y Montesquieu —exclamó lleno de ilusión, abriendo los brazos como si quisiera abarcar el mundo entero—. Que creen nuevas ideas y las expresen obligando al mundo a dar un paso hacia adelante. Y, sobre todo, deseo que puedan desentrañar el evangelio y actuar como lo haría nuestro Señor hoy en día... ¡Estoy seguro de que así vendrá un mañana mejor porque esos niños son el germen del porvenir!
—¡Oh, querido mío, pintas un cuadro lleno de belleza e ingenuidad! —repliqué con ironía—. Con ladronzuelos mugrosos convertidos en filósofos y apóstoles, lanzando páginas cargadas de sabiduría, mientras bailan por la calle alejando a la oscuridad. Pero yo imagino el trasfondo de esa imagen: Veo a tus pilluelos chocando de frente con la miseria y teniendo que trabajar en lo primero que encuentren para no morir de hambre. Muchos terminarán atrapados por las garras oscuras del crimen, que no querrá soltarlos porque ya los conoce bien.
—¿Cómo puedes pensar que ninguno se librará de la miseria?
—A los pocos que logren llenar tus expectativas, les espera lo peor: puedo adivinar que mucha gente menospreciará sus ideas porque no vienen de buena familia. Puedo ver a reyes haciéndose los sordos, a Papas condenando cualquier nueva postura y a ministros versallescos, acallando cualquier voz disidente para mantener el mundo tal y como les gusta.
—¡¿Por qué eres tan pesimista?!
—Lo siento, Maurice. La utopía que quieres no ocurrirá, al menos no como esperas.
—¡Debe ocurrir! Este mundo ya no soporta tanta injusticia. Si no hay un cambio terminará roto porque todos tendemos a buscar la sobrevivencia y, cuando nos vemos atrapados, golpeamos el cascaron que nos oprime llenos de miedo, odio e ira.
—Es lo que pasa cuando el hombre se vuelve lobo para el hombre —afirmé levantándome de la silla dispuesto a marcharme de la habitación secreta—. Por eso no vale la pena que continúes cavilando quimeras.
—El hombre también puede volverse hermano y desterrar la injusticia —afirmó sujetándome de la mano para retenerme—. Rousseau tiene razón en que el hombre es bueno por naturaleza; la misma biblia lo dice: "Vio Dios que cuanto había creado era muy bueno". Estoy convencido de que vamos rumbo a una nueva forma de relacionarnos entre los hombres, una que será más fraterna.
A partir de ese momento estuvimos frente a frente, de pie sobre el mapa del mundo, en un duelo en el que usamos ideas en lugar de espadas.
—Maurice, ojalá tuvieras razón —respondí lanzando un suspiro cansado—. Pero, igual que con la caída del Imperio Romano, los cambios vienen ante la decadencia del poder establecido y la violencia de una fuerza emergente.
—Si los romanos hubieran entendido la urgencia de los barbaros por encontrar nuevas tierras y, en lugar de rechazarlos, hubieran establecido alianzas justas, el imperio habría terminado más grande y próspero.
—¡Siempre tan ingenuo! La historia nos ha enseñado que la fraternidad no engendra cambios, mientras que la guerra fratricida suele ser la madre de cada nueva época.
—La guerra no engendra nada, destruye el germen de lo nuevo y deja un parapeto de cenizas en su lugar —respondió implacable—. Por eso siempre resurge el conflicto y hay quien carga con heridas milenarias.
—Es imposible que los que buscan un cambio no enfrenten la resistencia de quienes prefieren que todo siga igual —insistí molesto.
—Las cosas pueden ocurrir de otra manera: Nuestro Señor Jesucristo vino a instaurar el Reino de Dios y este consiste en que vivamos como hijos de Dios y hermanos de todos.
—Ni siquiera voy a considerar eso como un argumento —me burlé dándole la espalda—. Los intentos de cambiar el mundo de tu carpintero judío, terminaron en una sangrienta cruz.
—Esa tortura no logró doblegar su voluntad de vivir la fraternidad: perdonó a sus asesinos y no sucumbió a la desesperación. —declaró rodeándome para verme a la cara—. Con su último aliento siguió siendo hijo y hermano, por eso la muerte no consiguió retenerlo.
—Esa es una bonita historia en la que ya no creo.
—Yo en cambio he apostado mi vida a esa fe.
En ese momento Maurice se encontraba ante el ventanal. La luna destacaba majestuosa sobre el oscuro firmamento, justo a la altura de su cabeza, como si fuera una aureola. Maldije la mala casualidad, parecía que el cuadro del arcángel mensajero que Miguel pintó, había cobrado vida.
—Vamos a terminar esta discusión —dije con amargura.
—Siempre haces lo mismo. Esta vez no lo permitiré; iniciaste esta batalla, ten el valor de terminarla. Estoy convencido de que cada ser humano tiene dentro de sí la semilla del Reino, como dijo nuestro Señor. Incluso los que reniegan de la fe, buscan que el mundo cambie. Por eso pronto llegará el día en que todos nos trataremos como hermanos, ningún hombre será considerado menos que otro y cada uno podrá decidir cómo escribir su propia historia.
—Tú fe en la humanidad es tan ilusa como la que te empeñas en tener en Dios.
—Te equivocas, tú mismo eres la prueba de que tengo razón —dijo sonriendo con astucia.
—¿Qué dices?
—Tú, mis primos y nuestros amigos, son la prueba de que el mundo va a cambiar por la bondad que engendra fraternidad. ¿Acaso no estamos tratando de ayudar a los niños y evitar que el marqués continúe con sus crímenes?
—Lo que hacemos es tan poca cosa... —titubeé al verme atrapado.
—La semilla de mostaza también parece poca cosa. ¿Recuerdas el evangelio? Ese germen del Reino que cada uno lleva, crecerá hasta ser capaz de dar a luz un nuevo mundo.
—Deja de ilusionarte —supliqué preocupado—. Si el mundo cambia no será como crees; lo hará por la fuerza. Estoy seguro de que correrá mucha sangre, sobre todo sangre de los más pobres y desvalidos. Ellos seguirán ocupando el último lugar, bajo los pies de los nuevos amos que se instalen. Nadie quiere ni debe pagar ese precio por un mundo nuevo, es preferible adaptarse y no arriesgarnos a algo peor.
—Es imposible que venga algo peor. No importa si niega a Dios y quiere guiarse por la sola razón,  el hombre tiende a lo mejor y a lo más alto. ¡Esa es su naturaleza! Un nuevo mundo vendrá sin duda y lo hará precisamente desde la solidaridad con los más pobres y desvalidos.
Igual que cada vez que ventilaba sus ideales, Maurice lucía hermoso. Era difícil concentrarme en rebatirlo ante la subyugante imagen que me ofrecía: Su rostro sonrojado y rodeado por mechones que parecían flamas, sus ojos oscilando indecisos entre el color dorado y el esmeralda, su cuerpo temblando de pasión mientras hablaba... ¡Cuánto deseaba acallarlo a través de besos y convencerlo usando las caricias más ardientes!
Además, era obvio que no iba a convencerlo y no quería que él me convenciera. Todo mi ser sentía que debía mantenerme como su opuesto y servir como un ancla que le impidiera adentrarse más en su utopía, de otra forma no habría manera de salvarlo de sí mismo.
—¿No vas a rendirte en toda la noche, verdad? —pregunté sonriendo seductor, al tiempo que trataba de acariciar su rostro.
—No puedo —replicó rechazando mi mano—. ¡No quiero vivir sin esperanza, me niego a conformarme!
—Yo no vivo sin esperanza, es solo que mis ambiciones están más delimitadas que las tuyas —reconocí con humildad—. Tú quieres que el mundo entero cambie, a mí me basta con estar junto a ti. Todos mis grandes anhelos quedan colmados cuando te tengo entre mis brazos...
—Tramposo... —murmuró después de quedarse conmovido un instante.
Aproveché para abrazarlo y declararme ganador de la contienda.
Se trataba de una victoria aparente, porque dentro de mí había quedado sembrada una inquietud: ¿Vivir conmigo era suficiente para Maurice o anhelaba algo más, incluso sin darse cuenta? Un espíritu como el suyo, era capaz de considerar algún día que lo que yo le ofrecía era poca cosa.
Él había entregado su vida a un ideal que consideraba infinito y al quitarle los votos, lo habían obligado a vivir limitado a una pequeña parcela. Mi amado podía sentirse como un águila condenada a vivir enjaulada, ¿qué iba a ser de mí el día en que quisiera remontarse a las alturas nuevamente?
¡Tenía tanto miedo de despertar una mañana y descubrir que me había dejado atrás! Quería aferrarlo, envolverlo como una serpiente e incluso cortarle las alas... ¡Qué gran paradoja! ¡Le negaba al hombre que amaba la libertad que procuraba para otros!
¿Hasta dónde habrías llegado si no te hubieras enamorado de mí, Maurice? Cuando pienso en esto, te imagino en tierras lejanas como misionero o en el Parlamento como Joseph. Tú insistes en decir que eres feliz a mi lado y de todo corazón deseo que sea cierto.
Sin embargo, he aprendido que el amor no consiste en aferrar sino en abrir los brazos y estoy dispuesto a dejarte volar hacia donde quieras. Por supuesto que pienso seguirte hasta el fin del mundo si es necesario, tú y yo estamos irremediablemente unidos y todos estos años de separación, solo han servido para fortalecer nuestros lazos. 
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Esta ha sido una actualización sorpresa para conmemorar el día del Orgullo LGBT+ ^_^







VI Alas Cortadas - Parte V

Otra cosa que debimos atender por esos días, fue el localizar al hermano de Nicole y Simone. Raffaele envió a uno de sus hombres de confianza a buscarlo con la mayor discreción posible. No pasó mucho antes de que tuviéramos al joven ante nosotros.
Su nombre era André, se asemejaba a sus hermanos por los rasgos de la cara y el color del cabello, pero sus ojos eran de color negro. Lucía desnutrido y muy cansado, víctima de una pobreza que el duro trabajo en el puerto no lograba vencer.
Al principio, se mostró confundido y preocupado, no entendía por qué unos desconocidos lo habían hecho llamar para hablar de sus hermanos pequeños, a quienes creía en buenas manos. En cuanto lo pusimos al tanto de lo que había ocurrido con los gemelos, quiso asesinar al marqués con sus propias manos. ¡Pobre muchacho! Lloraba de rabia y dolor mientras repetía el nombre de Nicole y Simone pidiendo perdón.

VI Alas Cortadas - Parte IV

Xiao Meng estuvo disgustado hasta que Odette nos visitó la siguiente tarde. La joven se veía radiante con un sencillo vestido que su nuevo patrón le prestó. El eunuco casi se desmayó y Sora lloró de alegría.
Los tres hablaron animadamente por largo rato, ella estaba entusiasmada por lo que le esperaba en su nueva vida, quería ganar suficiente dinero para alquilar una casa lejos de París y llevarse a los niños.
Yo estaba ansioso por entrometerme en la conversación y procurar que Xiao Meng le propusiera formar una familia juntos. Lamentablemente, antes de tener la oportunidad, Odette y Sora partieron a casa de Daladier; Miguel y Maurice los acompañaron.

VI Alas Cortadas - Parte III

Mantener entretenidos a los niños, no era una tarea fácil. Sobre todo si se tenía trabajo que atender al mismo tiempo. Yo debía continuar con los preparativos de la construcción del hospital y Raffaele no pudo librarse de la pomposidad de Versalles por varios días.
Por su parte Maurice, se vio obligado a sacrificar algunas horas por la mañana, enseñando música y dibujo a los pequeños junto a una extasiada Micaela y un entusiasmado Gastón. Después de mediodía, era mi turno. Sora y Xiao Meng los visitaban cada día, por poco tiempo.
Los niños sin embargo, querían una sola cosa y no dejaban de recordárnoslo: ver a Odette. La inquietud iba en aumento a medida que la joven tardaba más en darnos noticias.
Mis propios estudiantes, no veían con buena cara que mi concentración y mi tiempo fuera absorbida por otros: