VII Memorias el Corazón - Parte I

Cuando pienso en lo que ha ocurrido en todo el mundo durante los últimos años, me doy cuenta de que aún no ha terminado nuestro debate, Maurice. Todavía no sabemos cuál de los dos estaba más cerca de la verdad.
Puede que ambos tuviéramos razón y todo el asunto se reduzca a una cuestión de opciones. Recuerdo que hablaste de eso muchas veces: “No hay un destino escrito para cada persona, o una estructura inamovible para el mundo, lo único que existe es una cacofonía de decisiones individuales”.
En otras palabras, la humanidad elige su camino en la historia como si estuviéramos en medio de una partida de Go, buscando siempre cuál es la mejor jugada. El problema es que muchas veces no acertamos por ceguera o necedad.
De todo corazón espero que el ser humano se incline hacia donde tú señalas y opte por una manera fraterna de resolver sus conflictos. Sin embargo, no parece que ese sea el horizonte ante nosotros: hay quien impone su voluntad de mantener estructuras que ya rechinan ensangrentadas y quien no dudará atravesar el corazón de sus semejantes para establecer otras que lo favorezcan.
Una humanidad libre y fraterna se ve tan lejana en este momento como lo estaba seis años atrás…
Mantengamos la apuesta hasta el final. Espero perderla y ver el mundo al que aspiras, abrirse como una espléndida flor algún día.

***
Volviendo a mi tarea, debo decir que las cosas en el Palacio de las Ninfas se encontraban lejos de estar en calma. Sora seguía atrapado en una silenciosa desesperanza y yo estaba cada vez más convencido de que debía quedarse en Francia.
Decidí discutir el asunto con Odette, si alguien podía persuadir a Sora de aceptar mi propuesta era ella. Reservé el domingo por la mañana para visitarla, mientras Maurice y sus primos asistían a la Eucaristía en la capilla de los Alençon. Resultaba el mejor momento para hacer cosas a sus espaldas, sabían que el olor a incienso me repugnaba y no necesitaba una excusa para desaparecer de su vista.
La joven se encontraba en plena faena en la cocina cuando llegué, Evangeline la ayudaba con la limpieza de la casa y los niños… bueno, ellos se encargaban de darle más trabajo a las dos.
—Monsieur Vassili, por favor, espere unos momentos mientras termino de hacer el pan.
—No se preocupe. Perdone por venir sin avisar.
—Usted siempre es bienvenido, ¿verdad Liselotte?
La niña asintió sonriendo mientras asistía a Odette en la preparación de la masa. Parecía fascinada viéndola mezclar con gran habilidad los ingredientes.
—¡Odette, ven pronto! ¡Toda la nieve se derritió! —gritó Gastón entusiasmado desde afuera.
La joven se asomó a la puerta que conectaba la cocina con la huerta y fingió asombrarse.
—Eso es maravilloso, significa que pronto vendrá la primavera y tendremos muchas flores. Pero todavía hace frío, es mejor que entren a la casa y se cambien de ropa.
Vi entonces aparecer ante la puerta a tres pequeños exploradores, con las manos y los zapatos llenos de barro. Evangeline, desde el lado opuesto de la cocina, los recibió en pie de guerra. Odette puso paz entre las dos partes sugiriendo a los niños que se quitaran los zapatos y los dejaran en la entrada. Ellos estuvieron muy felices de obedecer, andar descalzos iba contras las reglas que yo había impuesto.
—Ja ja ja no tengo zapatos y Vassili no puede regañarme —exclamó Edmond con insolencia mientras caminaba muy despacio ante mí.
—¿Quieres que te tiré de las orejas, mocoso? —contesté siguiéndole el juego.
—¡Si te acercas te llenaré de barro! —respondió extendiendo sus manos manchadas al tiempo que se reía.
—¡Oh, qué miedo me das!
—¡¿Yo también te doy miedo?! —preguntó Gastón mostrando sus manos.
—¿Y yo? —agregó Gerard imitándolo.
—¡Oh que terrible miedo me dan! —chillé alejándome de ellos.
Los niños soltaron una carcajada y empezaron a perseguirme, por la cocina; cuando quise escapar al salón para tener más espacio, una Evangeline furiosa me cortó el paso.
—¡Monsieur Vassili, acabo de limpiar toda la casa!
Por detenerme de improviso los niños chocaron contra mí, ensuciando mi casaca y sus ropas sin querer.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! —dijeron llorosos y corrieron a esconderse tras Odette.
—Odette perdónanos, hemos sido malos con Vassili —suplicó Edmond.
—No queríamos ensuciarlo, era un juego… —se excusó Gerard.
—Tampoco queríamos ensuciar nuestra ropa, perdónanos… —chilló Gastón.
La joven trató de tranquilizarlos con palabras cariñosas, a la vez que intentaba alejarlos del horno que acababa de abrir. Me quité la casaca para examinarla delante de ellos.
—No es gran cosa. Seguramente Evangeline podrá limpiar las manchas, después de todo, fue su culpa que me atraparan. Corro tan rápido que no me habrían alcanzado jamás.
Los tres niños aseguraron que podían ser más veloces que yo. Entregué la casaca a Evangeline, quien no se atrevió a rechistar, y los reté a una carrera hasta la biblioteca. De nuevo la risa destiló a mí alrededor mientras me perseguían y como dejé que ganaran, fue seguida por gritos de júbilo.
Después los ayudé a asearse y cambiarse de ropa. Hablaban sin parar de todas las cosas que hacían con Odette, lucían tan felices y candorosos que olvidé por un rato el horrible pasado que los había sellado.
Tuve la ocurrencia de preguntarles por qué no llamaban “madre” a Odette y cada uno me desconcertó con sus respuestas:
—Porque no lo es —dijo Gastón—. Mi madre está en el cielo.
—Mi madre era mala conmigo —respondió Gerard—. Fue ella quien me vendió al marqués. Odette es buena, no es como mi madre.
—Las madres se mueren o desaparecen —contestó Edmond—, prefiero que Odette sea siempre Odette.
También se lo pregunté a Liselotte. Se sorprendió, guardó silencio por un instante y luego susurró con su timidez acostumbrada:
—¿Puedo llamarla así?
—¡Por supuesto! Pregúntaselo tú misma.
Debió obtener una respuesta afirmativa porque unos días después la escuché llamar madre a la joven, quien parecía muy feliz de recibir ese calificativo.
Los demás siguieron llamándola “Odette”, pero ese nombre tenía contenido un cúmulo de significados profundos que evocaban las experiencias más entrañables para ellos. Odette era vida, ternura, cobijo y todo lo que pueda conjugarse con un amor incondicional; su nombre se convirtió en sinónimo de una maternidad amable.
—Ahora lo único que les hace falta es un padre —dije en voz alta en medio de la habitación de Sora, mientras Xiao Meng impartía otra lección de garabatos chinos y japoneses a Maurice.
Al regresar al Palacio, les conté mi aventura de esa mañana, ocultando la conversación que tuve con Odette acerca de Sora. Ella estaba muy dispuesta a ayudarme porque no quería separarse de él y temía que no fuera capaz de vivir solo.
Ante mis palabras, Sora soltó una risita y miró al eunuco esperando alguna reacción. Como este fingió no escuchar, insistí lanzando todo tipo de indirectas hasta que obtuve una respuesta tan cortante como una espada.
—¡¿Cuándo va a dejar de entrometerse en la vida de los demás?! —chilló Xiao Meng.
—El mismo día que tú dejes de ser un cobarde. Debes decirle a Odette que la amas, se ve que está esperando por ti.
—¡Insolente!
Al verlo tan irritado, me pregunté cómo podía Odette amar a semejante energúmeno. Los dos eran como la miel y el vinagre.
—Ella te necesita —declaré—. Los niños requieren mucha atención.
—Odette está mejor sin mí.
—Xiao, sabes bien que eso no es cierto —lo regañó Sora con cariño.
—No intervengas. Sé que te vas a poner del lado de ese hombre.
—Lo digo por ti y por Odette. Quiero que sean felices juntos. Cuando yo me vaya, vas a estar muy solo…
—¡Cuando te vayas ese no será tu problema! Además, el que estará realmente solo serás tú…
La voz de Xiao Meng se quebró. Todos sus sentimientos respecto a la partida de aquel que había sido su compañero por más de una década, quedaron al descubierto. Lanzó el pincel sobre la mesa y salió dando un portazo.
—Lo siento —dije dándome cuenta de que Sora se había quedado inmóvil con un gesto de dolor—. No quería que ustedes dos terminaran discutiendo.
—No te preocupes, Vassili…
Los dos dimos un salto al escuchar a Maurice dar un manotazo en la mesa. Al darnos vuelta, le vimos levantarse con los labios fruncidos y los ojos amarillos. No me atreví a decirle nada, ni siquiera nos miró antes de salir de la habitación con paso decidido.
—Temo que también arruiné la lección de chino de Maurice —dije lanzando un suspiro.
—Es mejor buscar a Xiao —replicó Sora preocupado.
El eunuco no tenía una habitación propia donde pasar a solas su mal humor, así que eligió como refugio el salón de Nuestro Paraguay. Ahí lo encontró Maurice. Para cuando nosotros llegamos, llevaba ya un buen rato amonestándolo.
—No puede pedirme eso —escuchamos suplicar Xiao Meng angustiado.
—Dijiste que ibas a vivir a mi servicio, ¿no es cierto? —contestó Maurice implacable—. Pues te encargo que vayas con Odette y la ayudes a educar a los niños. Y, también, que no vuelvas a dejar una lección a medias.
—Tiene que entender, mi señor, que Odette merece alguien mejor que yo.
—Odette se pone muy contenta cuando habla de ti, Xiao Meng, es obvio que te ama —agregó Maurice.
—Deténgase, no diga más. Yo no puedo hacerla feliz —replicó el eunuco.
—¿Por qué no? Ella será feliz si te tiene a su lado. Verás, Xiao Meng, amar a alguien es compartir todo lo que uno es y aceptar todo lo que es el otro, Odette está dispuesta a eso. Se lo pregunté el otro día y lo confirmó sin titubeos.
—¿Se lo preguntó? —murmuró Xiao asombrado. Yo mismo no podía creer lo que escuchaba.
—Quería estar seguro. Todos dicen que se le nota, pero yo no soy bueno leyendo a las personas. Dime, ¿también la amas?
—Aunque la ame, no la merezco. Soy un eunuco, un prostituto, un…
—Un buen hombre, alguien que la ha hecho feliz desde que llegó a su vida. Eso es lo que ella dice. Deberías olvidar lo demás.
Me atrevo a apostar que hasta ese momento, Xiao Meng no imaginó lo testarudo que podía ser Maurice cuando quería algo.
—Usted no entiende… Yo no puedo darle una posición respetable en este reino…
—Ella no quiere eso.
—Y los niños... ¡No puedo estar cerca de ellos! Soy el recuerdo constante de todo lo que vivieron en el Palacio de los Placeres. Fui quien los llevó ante esos hombres, quien les enseñó a complacerlos y quien los castigaba si no obedecían… ¡He sido tan infame como el marqués!
—Con el tiempo comprenderán la triste situación en la que te encontrabas: Eras un prisionero igual que ellos. Y al ser tan pequeños, terminarán olvidando cualquier cosa mala que les hiciste con el tiempo.
—Puede que la mente olvidé pero el corazón no —sentenció el eunuco extinguiendo cualquier esperanza—. Esas experiencias horrendas se quedaran como cicatrices en sus almas…
—También las experiencias buenas se quedan en el corazón y le dan forma. Edmund me contó que muchas veces les diste de comer a él y Liselotte aunque el marqués había ordenado que no lo hicieras. Dijo que desde que tú y Sora llegaron a ese palacio, sus vidas fueron menos horribles. Lo mismo piensan los otros niños. Aunque es verdad que los atemorizas porque nunca sonríes, debes corregir eso. Sonríeles más, pasa tiempo con ellos y, en mi opinión, si les pides perdón, tanto tú como ellos podrán dejar mucho dolor atrás.
Xiao Meng bajó la cabeza y nos hizo esperar por una respuesta. Yo estaba seguro de que esgrimiría otra excusa.
—Lo intentaré —susurró completamente derrotado.
Sin protestas ni argumentos agradeció los consejos y propuso volver a la habitación para continuar con las lecciones. Al pasar a mi lado, soltó una tímida disculpa por haberme gritado. Sora lo siguió, estaba tan sorprendido como yo.
—¡No puedo creerlo! —dije a Maurice aplaudiendo su hazaña— Lo has convencido.
—Eso espero.
—Llevo días intentándolo.
—Quizá por eso fue tan fácil.
—No sé si eres un ángel o un demonio, si un ingenuo o un viejo zorro. ¡Eres fascinante!
—Soy el hombre que te ama, nada más…
Me dio un beso, largo y seductor mientras en mi mente yo no dejaba de repetir que era todo un Alençon. Después siguió a su profesor de chino, canturreando lo que bien podía ser un himno de victoria.
El miércoles por la tarde, François cumplió su promesa y me acompañó al Palacio de las Ninfas después de las lecciones en el hospicio. Estaba feliz porque su querida Marie-Ángelique nos acompañaba en el carruaje.
Etienne no quiso perder la oportunidad de pasar tiempo con Evangeline y se apuntó para ayudar en lo que fuera que estuviéramos tramando. Tuve que ir apretujado entre mis dos amigos, quienes no se atrevieron a ocupar un asiento junto a sus amadas.
Traté de averiguar si François tenía alguna posibilidad de conquistar a Marie-Ángelique, ella lo trataba con amabilidad, pero también se mostraba muy reservada, mientras que Evangeline gustaba de debatir con cualquiera, ella tendía a no contradecir a nadie y escuchaba con admiración a todos. No había manera de saber si sentía algo especial por mi amigo.
Procuré que la conversación fluyera de tal manera, que los dos universitarios pudiera lucirse ante las jóvenes. Las cosas no salieron como esperaba, el único momento en que Marie-Ángelique se involucró en la conversación fue cuando hablaron de Maurice. A François se le ocurrió comentar alguna cosa que había hecho mi pelirrojo y el resto del viaje, los cuatro se dedicaron a componer toda una oda a las virtudes de aquel a quien tanto admiraban.
¡Qué cruel puede ser la vida! El amor de François por Marie-Ángelique iba a volverse veneno en cuanto se revelara lo que la joven escondía en su corazón.
Clément y Bernard ya se encontraban en el palacio cuando llegamos. Al reunirnos con ellos en el salón de Nuestro Paraguay, nos enteramos de que habían pasado el tiempo leyendo algunos escritos de Maurice. Etienne y François se unieron a ellos llenos de entusiasmo.
Al verles a los cuatro, sentados alrededor de mi pelirrojo, los bauticé “La cofradía de adoradores de Maurice”. No me hacía ninguna gracia su ferviente devoción por él porque lo alentaban a hacer todo lo que yo quería prohibirle.
Bernard leyó en voz alta el último trabajo literario que había escapado de la pluma de mi inquieto amante, un relato en el que Amós, el profeta, llegaba a París para despotricar contra el lujo con que vivía la nobleza y la miseria a la que estaban sometidos los pobres.
Ante la sordera de los parisinos, al buen hombre no se le ocurre otra cosa que ir a Versalles para pedir ayuda al rey. Termina completamente decepcionado, acusa a toda la Corte de ser como las “vacas de Basan” (1) y anuncia terribles calamidades para toda Francia si no se cambia el rumbo del reino.
—¡Hay que publicarlo! —dijo Clément.
—¡Sin duda! —afirmó Etienne.
—Mis amigos estaban esperando por más artículos, Maurice—anunció François—, quedarán fascinados cuando vean que te la has ingeniado para presentar críticas contra el rey de esta forma.
—Dejemos al rey en paz —rugió Raffaele entrando, seguido de Miguel—. Tenemos un marqués que cazar.
Agradecí de corazón su llegada, pasamos a resumir nuestros planes ante Etienne y François. Este último mudó de colores varias veces mientras escuchaba la oscura historia del Palacio de los Placeres, pasando de la sorpresa a la indignación y de la indignación a la ira. Llegó a proponer denunciar al marqués para enviarlo a prisión.
—Mientras tenga amigos que lo protejan, no podemos tocarlo. Por eso vamos a dejarlo sin amigos —explicó Raffaele.
—Y ya que eso va a tardar un tiempo y él seguirá con sus vicios, tenemos que asegurarnos de que no pueda utilizar a otros niños huérfanos —intervine para ir directo al asunto que nos interesaba ese día—. Queremos que publiques algo lo suficientemente escandaloso como para llamar la atención sobre los nexos de Donatien con algunos hospicios y a la vez, que no parezca un ataque directo que nos deje al descubierto.
—Cuenten conmigo, no sé cómo lo haré pero lo haré.
Seguimos hablando hasta que Gastón entró sin avisar en el salón llamando a Micaela. Cuando se vio ante algunos desconocidos, retrocedió espantado.
—No te asustes, cariño—se apresuró a decir Miguel corriendo para levantarlo en brazos—. Todos son amigos. Vamos, tocaremos el piano un rato.
—Lo siento —dijo Sora llegando en ese momento junto con Xiao y Odette—. No pudimos alcanzarlo.
—Lo traje porque insistió mucho… —se disculpó Odette.
—No se preocupen, yo también lo extrañaba.
Miguel se llevó a Gastón al salón de música y los demás dimos la bienvenida a los recién llegados. Una vez hechas las presentaciones, reinó el silencio entre todos los invitados.
—¿Ese niño —dijo al fin François—, es uno de los que rescataron?
—No, él escapó por su cuenta —respondí.
—¡Es tan pequeño! —chilló Bernard a punto de echarse a llorar lleno de rabia—. ¿Cómo puede alguien hacerle daño a un niño así?
—¿Por qué tiene una cicatriz? —preguntó Clément furioso.
—El marqués lo golpeó y… —intenté explicar.
—¡Tenemos que acabar con ese hombre! —concluyó Clément, muy dispuesto a aceptar las propuestas de Miguel.
—Gastón es una de las muchas historias tristes que ha escrito el marqués —dijo Maurice muy serio—. Sora, Xiao Meng y Odette pueden relatarnos las suyas y nos causarán la misma indignación. Esta reunión es para empezar a cortarle las alas a ese hombre, así que convirtamos toda la rabia que sentimos en ideas.
—¡El ángel de San Gabriel ha desplegado sus alas para hacer caer el juicio de Dios sobre la tierra!—declaró François embelesado.
—Déjate de juegos —replicó el aludido con sus ojos dorados centelleando —. Necesitamos evitar que vuelva a tomar niños de los hospicios y…
—Puede que nos hayas dado ya la solución, Maurice. Cualquiera que conozca la historia de las víctimas de ese hombre se indignará, así que publiquemos una.
—No podemos dejarnos al descubierto… —advertí.
—Propongo que compongamos un relato novelado en el que mezclemos la verdad con la ficción, eso desconcertará al marqués.
François tomó papel y pluma y empezó a trabajar: Hizo muchas preguntas a Odette sobre los niños. Yo le conté lo que me había confesado Edmond y poco a poco le dio forma a “La historia del pequeño Jacques”.
—¿Por qué Jacques? —preguntó Sora.
—Porque es un nombre muy común —respondió Bernard.
Recuerdo que François se mostró con Sora y Xiao, tan tímido y respetuoso como cuando hablaba con mujeres, no sé si por su apariencia más delicada que la de un occidental o por el aura misteriosa que los rodeaba.
Al terminar la reunión, Maurice y yo acompañamos a nuestros amigos hasta sus carruajes. Creo que yo estaba cuchicheando con Bernard, cuando de repente escuché a François decir lo más inesperado:
—No solo los hombres que pagaban por estar con los niños deberían ser castigados severamente, también los que compraban a jóvenes como esos extranjeros. Semejantes actos demuestran hasta dónde está podrida una parte de la nobleza: Hombres buscando placer con hombres, es lo más bajo en que se puede caer.
—En mi opinión, hay que condenar la prostitución en general, ya sea de mujeres, hombres o niños —dijo Clément—. Es una absoluta carencia de moralidad por parte de quienes pagan por placer, una forma terrible de ganarse la vida y por supuesto, un terrible crimen de los que esclavizan a otros para venderlos como si fueran un objeto.
—No debemos poner a todos al mismo nivel —continuó François—. Una mujer que se prostituye para dar de comer a su familia no debería ser condenada, sino la sociedad que margina y les lleva a esa situación. Además, es comprensible que un hombre busque placer con una mujer, pero jamás será aceptable que lo haga con otros hombres y mucho menos con infantes. Eso es sodomía.
—Es un tema algo espinoso, mejor dejarlo para otro día… —sugirió Etienne, queriendo evitar una tragedia.
—¿Si dos hombres se enamoran y quieren vivir juntos también lo llamarías sodomía? —replicó Maurice preocupado.
—¡Por supuesto! —contestó François—. ¿De qué otra forma puede llamarse a tal comportamiento? Va contra las leyes de la naturaleza, contra la moral e incluso contra la religión. Creo que la sodomía es el síntoma más patente de la aberrante degradación moral de nuestra sociedad.
—¡Si dos hombres se aman de verdad, no es pecado!
—Claro, Maurice, la amistad entre dos hombres no es pecado.  Me refiero a cuando la relación entre dos hombres va más allá de lo permitido y llega a  implicar deseo carnal, en ese caso se convierte en algo enfermizo y ridículo… ¿no es así?
François nos miró a Bernard y a mí esperando respuesta. Yo estaba paralizado, como si me hubieran arrojado una gran masa de agua helada.
—No creo que sea hora para estar haciendo conjeturas tan complicadas —intervino Bernard—. Ya se hace tarde y mi madre me hizo prometer que la llevaría a visitar a una de sus amigas esta tarde.
—Entonces debemos apresurarnos, el viaje a París es largo —concluyó Clément—. Como François y Etienne vendrán con nosotros, podemos seguir discutiendo cuanto queramos en el carruaje.
El gesto de angustia que se les escapó a Bernard y Etienne casi los delató. Antes de marcharse, los dos se acercaron a Maurice para aconsejarle lo mismo.
—¡No le cuentes a François sobre tu relación con Vassili!
Cuando el carruaje se alejaba, pasé mi mano por la espalda de mi amante para darle ánimo. Él se dio vuelta y acarició mi rostro.
—Lamento que hayas tenido que escuchar todo esto, Vassili.
—Yo digo lo mismo. Es mejor evitar hablar sobre el tema con François. Aunque odies los secretos, lo que sentimos el uno por el otro debe mantenerse oculto.
—Mi relación contigo es lo más hermoso que tengo…
—Los tesoros se guardan muy bien, ¿no es cierto?
Maurice sonrió pero la tristeza permaneció anidada en sus ojos. Esa noche lo estreché en mis brazos, lo llené de caricias y le declaré mi amor mientras nos fundíamos en un solo cuerpo. Quería que olvidara los sinsabores que conllevaba el estar juntos y que se quedara sólo con la dicha de amar y ser amado. O quizá era yo el que necesitaba poner en la balanza todo y volver a optar por él.
François me había hecho daño. Había igualado mi relación con Maurice a los atroces crímenes que Donatien y sus secuaces cometieron con los niños. Colocó sobre los sentimientos que me definían, el sello de una palabra sinónimo de aberración y pecado. Me negó el derecho a existir, me condenó a ser un error inaceptable… y eso dolía como si me hubieran desgarrado el pecho de un zarpazo.
Maurice, en cambio, ni siquiera se sentía ofendido. Pensaba que lo que había dicho nuestro amigo era fruto de la ignorancia; estaba seguro de que una vez que conociera de nuestra relación, reaccionaría de la misma manera en que lo habían hecho Etienne, Bernard y el doctor Charles. Me costó convencerlo de mantener el secreto.
No podía ser tan optimista como él, temía que al saber la verdad François nos repudiara, detrás de sus palabras estaban agazapados prejuicios y estos no suelen cambiar ante la realidad, sino que se vuelven espadas para destrozarla si esta no se adaptaba a ellos.
—No me importa si el mundo entero nos condena, te amo y quiero estar junto a ti —declaré antes de que nos rindiéramos al sueño. La respuesta de Maurice fue una sonrisa capaz de poner paz a cualquier tormenta.
A la semana siguiente, todo París pudo leer lo que se consideraría un hecho real: un anciano, que se negaba a revelar su nombre, había encontrado un niño moribundo en las calles oscuras y frías de París. Después de auxiliarlo, pasó horas junto a su lecho escuchando al pequeño narrarle el infierno que había vivido a manos de un hombre al que llamaba “el marqués”.
En la historia de Jacques, fueron fundidas la de Edmond y la de Gastón: el niño imaginario había sido tomado bajo engaños de un hospicio y terminaría escapando una noche gracias a que sus carceleros se distrajeron a causa de un incendio.
Los periódicos con la historia del pequeño Jacques aparecieron por casualidad en Versalles y en todos los salones que frecuentaba Bernard. Pronto la mayoría de los nobles hablaban del asunto, decían haber llorado al llegar a la escena en que el niño agonizante preguntaba si en el cielo vería a su madre; se mostraban tan indignados como el protagonista, quien concluía que no debería existir otro pequeño Jacques en toda Francia, exigiendo un examen minucioso de los hospicios.
El asunto llegó a discutirse en el Parlamento, directores de hospicios fueron señalados y removidos. Todos comentaban que el marqués al que se refería el pequeño Jacques, era Donatien de Maine.
—François y Bernard han hecho muy bien su trabajo —dijo Raffaele—. Uno ha compuesto un relato que haría llorar al mismo diablo y el otro se ha encargado de darlo a conocer. El marqués no sabe qué hacer y despotrica contra la prensa por todo Versalles. La mayoría intenta alejarse de él, pero tienen miedo de hacerle un desaire y que revele que han sido sus clientes. El malestar que se está creando nos viene bien. Cuando llegue la primavera y reciban los papeles que los liberan del marqués, le darán la espalda sin pensarlo dos veces.
—Te pones muy contento cuando todo sale como quieres —lo acusó Miguel, acercándosele coqueto.
—¡Y me dan ganas de follar toda la noche! —replicó el gigante con una sonrisa fiera.
—¿Por qué esperar a la noche? —dijo seductor.
—¡Te amo tanto, Micaela!
Raffaele tomó la mano de su amante y depositó en esta un apasionado beso. Acto seguido, salieron del despacho a toda prisa buscando privacidad.
—¡Los odio! —murmuró Xiao Meng—. ¡Son tan inmaduros! Por fortuna, pronto no tendré que soportar su extravagante comportamiento.
—¿Piensas que van a madurar esta semana? —bromeé—. Ellos seguirán siendo idiotas hasta el fin de los tiempos.
—Mañana me mudaré a la casa del doctor Daladier —dijo el cretino dándose aires de importante.
—¡¿Qué?!
—Si necesita algo de mí, ya sabe dónde buscarme.
La tenue sonrisa que se dibujó en su rostro no lo hizo más agradable. Era buen momento para burlarme de él o felicitarlo por haber tenido el valor de encarar sus propios sentimientos, pero se marchó antes de que pudiera reaccionar.
Fui tras él y lo fastidié para que me diera todos los detalles sobre el giro que iba a dar en su vida. Lo poco que comentó me puso de mal humor y terminé desahogándome con Sora unas horas después, mientras recorríamos el jardín.
—¡Ese maldito de Xiao Meng! Después de que pasé tanto tiempo tratando de convencerlo, obedeció a Maurice a la primera porque le tiene respeto. ¡Eso significa que no siente ningún respeto por mí!
Sora trato de contener la risa, cubriéndose discretamente la boca mientras recorríamos el frío sendero con los brazos enlazados.
—A Xiao le gusta mortificarte —reconoció—. Me vio llorar tantas veces por ti que… —se quedó callado al darse cuenta de lo que había dicho—. Lo siento.
—No importa. El que no me lo eches en cara no cambia lo que te hice.
Seguimos caminando en silencio, a lo lejos vimos a Pierre y a otros sirvientes ocupados en sus labores.
—Falta poco para la primavera. El jardín te encantará.
—Yo no quiero que llegue la primavera —susurró.
De nuevo se instaló un silencio incómodo: Sora se marcharía en primavera.
—Ya te lo dije, si no quieres irte… —insistí preocupado.
—Aquí no hay nada para mí. No lo hay en ningún lugar.
—Puedes vivir con Xiao Meng, Odette y los niños. Ellos te aman.
—No puedo.
—Claro que sí. No hay razón para…
—Es porque te amo, Vassili.
Seguimos caminando sin decir nada.
—Podemos ser amigos —me atreví a decir al fin—. De hecho, ya lo somos.
Se detuvo para encararme. Puso sus manos enguantadas en mis mejillas y me atrapó en la oscuridad de sus ojos
—Vassili, nunca voy a dejar de amarte. ¡Te deseo más que antes! ¡Mi cuerpo clama por ti cada noche! No puedo ser tu amigo…
Mi corazón se desbocó y me quedé sin aliento, para mí su pasión era terrible y fascinante a la vez, mientras que para él representaba una desgracia, porque yo no tenía intención de corresponderle.
—Tiene que haber una manera —murmuré para mí mismo. No quería que estuviera condenado a ser infeliz porque yo amaba a Maurice.
—Sé que los dioses decidieron este destino para mí, pero es muy doloroso verte tan feliz junto a otro. Claro que ya no puedo odiar a Maurice; él verdaderamente te merece.
—¡Tú también mereces ser amado! Yo no soy para ti pero un día encontrarás a alguien que te entregará su corazón, estoy seguro de eso.
—Nunca voy a olvidarte —había tristeza y resignación en sus palabras.
—Perdóname por hacerte infeliz —susurré derrotado.
—No lo has hecho. Gracias a ti estoy vivo y al fin soy libre.
Sonrió, dándole a su rostro un aspecto conmovedor al mezclarse la tristeza y la alegría. Enternecido deposité un beso en su frente. Fue una mala idea, los dos sentimos el impulso de buscar algo más. Se alejó de mí y ya no quiso tomarme del brazo.
No podía dejar de pensar en que yo tenía a Maurice y Sora no tenía nada. ¿Cómo podía soportar semejante soledad? Con razón se estaba convirtiendo en la más genuina estampa de la melancolía.
Volver a llevarlo a la cama y consolarlo con placer podía resultar fácil, incluso estando bajo la vigilancia de la Hermandad del Invernadero, pero ¿en qué lo ayudaría eso? Nunca iba a corresponder a sus sentimientos y después de darme cuenta de lo mucho que significaba para mí, no podía volver a herirlo. Sora merecía ser amado de manera absoluta.
Una parte de mi deseaba que se quedará en Francia, que formara una familia con Xiao Meng, Odette y los niños… Temía que no encontrara a nadie en su tierra y acabara con su vida desesperado. A la vez, presentía que jamás volvería a ser él mismo si no regresaba a Japón.
No me correspondía decidir su destino. Pronto descubriría que el hombre que tenía ante mí no era más que la sombra del verdadero Sorata Yamamoto y que este, estaba esperando liberarse de su oscuro caparazón para reclamar un lugar en el mundo.

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Notas:  
1.-  Se refiere a la cita bíblica Amós 4,1. El profeta llama vacas a las mujeres de la oligarquía del reino de Israel: “Oigan esta palabra, vacas de Basán, ustedes que están en el monte de Samaria, Que oprimen a los pobres, quebrantan a los menesterosos, Y dicen a sus maridos: “Traigan ahora, para que bebamos.”
Sugerencia: si no han leído mi relato "El Revolucionario Hipócrita", este es un buen momento para hacerlo. 
Nos vemos en 15 días... si tengo suerte. ¡Crucen los dedos! ;)

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