VI Alas Cortadas - Parte V

Otra cosa que debimos atender por esos días, fue el localizar al hermano de Nicole y Simone. Raffaele envió a uno de sus hombres de confianza a buscarlo con la mayor discreción posible. No pasó mucho antes de que tuviéramos al joven ante nosotros.
Su nombre era André, se asemejaba a sus hermanos por los rasgos de la cara y el color del cabello, pero sus ojos eran de color negro. Lucía desnutrido y muy cansado, víctima de una pobreza que el duro trabajo en el puerto no lograba vencer.
Al principio, se mostró confundido y preocupado, no entendía por qué unos desconocidos lo habían hecho llamar para hablar de sus hermanos pequeños, a quienes creía en buenas manos. En cuanto lo pusimos al tanto de lo que había ocurrido con los gemelos, quiso asesinar al marqués con sus propias manos. ¡Pobre muchacho! Lloraba de rabia y dolor mientras repetía el nombre de Nicole y Simone pidiendo perdón.

Tratamos de tranquilizarlo. Maurice, como siempre, le dijo la verdad más objetiva: que él no era culpable de nada porque el marqués lo había engañado. Raffaele le pidió que dejara la venganza en nuestras manos y yo lo agobié con recomendaciones sobre cómo debía tratar a sus hermanitos.
—Procure que sean felices, hágalos reír y jugar, que disfruten de la belleza de la infancia como merece cualquier niño. Entierre sus malos recuerdos bajo cientos de memorias felices.
Ninguno de nosotros estaba seguro de que así, los niños rotos del Palacio de los Placeres serían capaces de superar su tragedia, pero no se nos ocurría otra cosa. Esperábamos que pudieran crear un fundamento sobre el cual sostenerse, algo que esgrimir ante los fantasmas del pasado que sin duda, los agobiarían en el futuro.
Por fortuna, André estaba muy dispuesto a cuidar de sus hermanos. Nosotros no pensábamos dejar que lo intentara solo, ya habíamos previsto proveerlo de un nuevo empleo, lejos de París y del marqués.
Maurice sugirió enviarlo como empleado a las tierras que Joseph tenía al sur de Francia, yo preferí hacer que lo contratara alguien que no estuviera ligado directamente a nosotros.
De nuevo Clément, fue la clave para realizar mis planes; en cuanto pedimos su ayuda, se sintió muy ofendido por no haber sido incluido en “la hazaña del rescate”. Llegó a reclamarle a Maurice por no considerarlo de confianza y costó un poco que lo perdonara. Mi pelirrojo prometió que sería el primero a quien llamaría la próxima vez que tuviera que hacer algo así.
—¡No habrá próxima vez! —declaré cortante.
Cuando el hermano de los gemelos escuchó que teníamos un trabajo para él en un viñedo, muy lejos de París, lloró agradecido y suplicó de inmediato que lo lleváramos con sus hermanos. Como parecía haber entendido y aceptado la situación, lo condujimos a casa de Daladier.
Nicole y Simone lo recibieron llorando de alegría. El joven cayó de rodillas y los abrazó jurando que jamás volvería a alejarse de ellos. La escena era conmovedora: era el reencuentro de una familia… Por eso mismo ver a los otros niños contemplarles perplejos, me aguijoneó el corazón.
Durante los dos días que tardamos en preparar el viaje de los tres hermanos, apertrechándolos de todo lo que necesitaran para su nueva vida, Liselotte no dijo una palabra, Gastón y Gerard estuvieron desanimados y Edmond se dedicó a empujar a Simone y a Nicole, provocando la ira de André.  
Durante una de mis visitas, presencié una escena nada agradable en la que los dos gemelos terminaron llorando en el suelo. Me llevé al pequeño criminal a rastras hasta el carruaje, mientras Odette trataba de calmar al enojado hermano mayor.
Regañé a Edmond conminándolo a dejar en paz a los otros niños, su respuesta fue lanzarse sobre mí, agitando ambos brazos para golpearme mientras gritaba como un demente. El cochero se alarmó y quiso ayudarme, le dije que calmara a los caballos porque el carruaje empezó a moverse peligrosamente y que por favor nos llevara hasta el claro del bosque.
Mientras recibía sus zarpazos y me decidía entre abofetearlo o sacudirlo, contemplé su bello rostro desfigurado por la rabia, escuché su voz infantil convertida en un clamor y entendí. Aquel corazón probablemente sabía manejar muy pocas emociones y todas las expresaba de la misma forma: violencia.
Sujeté sus brazos, siguió agitándose y gritando sin control. Esperé, tarde o temprano se tenía que cansar. No dije nada, me limité a observarlo y a llorar con él, a imaginar cuantas veces quiso gritar y no pudo por temor al hambre y a las palizas.
Según Sora, el marqués tenía una siniestra manera de hacerse obedecer: reducía a sus víctimas negándoles la comida, demostrando que tenía sus vidas en sus manos y cuando esto no era suficiente, recurría a los golpes.
Quería abrazar a Edmond, decirle que todo estaría bien en adelante, animarle a ser feliz… pero él estaba muy lejos, no era capaz de escucharme en medio de la explosión ensordecedora de su propia rabia. Lloré, lloré porque él no era capaz de hacerlo y seguí esperando.
Finalmente, se quedó callado y quieto. Derrotado y muy triste.
—Nicole y Simone van a odiarme —dijo en un susurro—. Odette también…
—Pide disculpas y olvidaran lo que hiciste.  
—¿Soy malo?
—No.
—Sí soy malo…
—¿Cómo puedes ser malo? Todas las personas se equivocan, tú has elegido una manera inadecuada de decirle a los gemelos que los vas a extrañar cuando se vayan. Ya aprenderás a expresarte mejor.
—Pero yo me alegro de que se vayan —dijo relajando su cuerpo, por lo que lo solté y dejé que se sentara frente a mí mientras hablaba—. Ellos quieren estar con su hermano. Si no se van con él, estarán tristes.
—Entonces, ¿por qué los has estado molestando desde que André llegó?
—No sé —respondió encogiéndose de hombros. Después se levantó para asomarse a la ventana. Me resultó obvio que prefería evadir el asunto.  
—Piensa, Edmond. No puedes estar golpeando a la gente sin razón.
—¿Por qué no?
—Porque nos haces llorar. ¿Acaso te gusta hacer llorar a los demás?
—No… —volvió a sentarse y bajó la cabeza avergonzado.
—Pídele disculpas a tus amigos.
—¿A ti también? Te hice llorar con mis golpes y eso que eres más grande que yo.
—No fueron tus golpes los que me hicieron llorar, fue porque… bueno, prefiero verte riendo que gritando de esa forma.
Lo vi frotarse las manos por el frío y caí en cuenta de que ninguno de los dos estábamos bien abrigados. Ordené al cochero que regresara, me quité la casaca y se la ofrecí.
—A mí me gusta el frío —dijo—. Recuerdo que vivía en un lugar donde siempre hacía frío y se podía ver la nieve en las montañas.
—¿Era un lugar bonito?—le pregunté mientras lo envolvía.
—Sí, pero no había mucha comida. Siempre nos peleábamos por la comida.
—¿Tus hermanos y tú?
—No, yo no tengo hermanos, ni papá y mamá. Crecí en un hospicio.
—Ya veo —dije tratando de disimular la impresión que me causó—. ¿Cómo fue que… que terminaste en el Palacio de los Placeres?
—Un hombre llegó a buscarme. Mis maestros dijeron que me alegrara porque iba a tener una familia. Pero era mentira, el hombre que me recogió en el hospicio me llevó donde el marqués y nunca más volví a verlo. No quería ser mi padre, era mentira...
Edmond contaba todo con una aparente indiferencia, pero no dejaba de balancear sus pies nervioso.
—¿Te hubiera gustado tener una familia?
—No sé, nunca he tenido una. Pero, me hubiera gustado no haber conocido al marqués y a todos esos hombres.
Cerró los ojos y apretó los labios como si tratará de repeler los malos recuerdos.
—Odette quiere ser tu familia ahora, es buena persona —dije tratando de mantenerme calmado aunque sentía que estaba en medio de una horrenda tortura—. ¿Quieres vivir con ella?
—Sí, pero soy malo. Odette no va a quererme.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque a la gente mala nadie la quiere.
—Ya te dije que no eres malo. Si pides disculpas, todos te perdonaran. Y debes aprender a controlar tu rabia... ¡Ya sé! Cuando tengas ganas de golpear a alguien, ve al jardín y grita ahí todo lo que quieras. Es mejor que desquitarte con los demás.
—¿Y si no se me pasa? —preguntó con inocencia—. En el palacio yo me tapaba la boca con una almohada y gritaba con todas mis fuerzas pero nunca me sentía bien.
—Ya no estás en ese palacio y es cuestión de tiempo para que todo ese dolor se vaya diluyendo.
—Dilu… ¿qué? ¡Dices cosas muy complicadas, Vassili! —replicó arrugando la nariz.
—Tú eres toda una madeja enredada, ¿sabes?
—¿Eso qué es?
Se lo expliqué de la manera más graciosa que pude y soltó una de sus ruidosas carcajadas.
Al volver a casa de Daladier, Gerard nos salió al encuentro y se llevó a Edmond de la mano a la biblioteca. Los seguí porque no parecían estar en buenos términos y me llevé una sorpresa al ver a todos los niños ahí reunidos. Se quedaron en silencio esperando que me marchara, les dije que quería acercarme a la chimenea y que no iba a molestarlos, así pude ser testigo de un pequeño cónclave.
—Edmond pídele disculpas a Nicole y a Simone —exigió Gerard como si fuera un juez todopoderoso—. Si no lo haces, ninguno de nosotros volverá a hablarte.
—¡Y yo te golpearé!—aseguró Gastón pateando el suelo.
—Perdón —dijo con humildad el culpable bajando la cabeza ante los gemelos, quienes lo miraban recelosos escudados por Liselotte—. No debí empujarlos.
—¡También dijiste cosas muy feas! —gritó Simone furioso.
—¡Mi hermano no va a volver a dejarnos con el marqués! —agregó Nicole temblando de rabia.
—Lo siento…
—¡Eres malo! —lo acusó la gemela atreviéndose a acercarse para golpearlo en el brazo.
El acusado parecía al borde de las lágrimas.
—No, no es malo. Pero sí es muy envidioso —dije metiéndome entre ellos para arrodillarme junto a Edmond y respaldarlo—. Como él no tiene un hermano que venga a buscarlo, se portó mal con ustedes. Ni él mismo se dio cuenta de lo que hacía.
Suerte que mi brillante ingenio logró descifrar las cosas a tiempo. Todos los niños se quedaron perplejos meditando mis palabras.  
—¿Cómo puede ser tan tonto? —chilló Gastón asombrado.
—Nosotros tampoco tenemos quién venga a buscarnos y no nos portamos mal con los gemelos por eso —declaró Gerard muy serio.
—Todas las personas no reaccionan igual ante las circunstancias —aseguré al verme en un aprieto ante semejante juez—. Unos se entristecen y  otros gritan o dan golpes cuando algo les molesta.
—Es verdad… —murmuró Gastón meditabundo.
—No lo volveré a hacer… No volveré a ser envidioso —declaró Edmond aceptando sin más mi explicación sobre sus propias reacciones.
—Entonces puedes ser nuestro amigo —sentenció Gerard.
Los gemelos abrazaron a Edmond y lo llevaron de la mano ante su hermano. André no entendía todo lo que le decían porque los niños hablaban muy rápido, movidos por la alegría de haberse reconciliado. Se limitó a aceptar las disculpas y acarició la cabeza del criminal redimiéndolo.
Sentí un gran alivio. También me quedé asombrado por la manera en que Gerard podía controlar a todo el grupo, especialmente al salvaje de Edmond. Empecé a prestarle más atención y me di cuenta de que constantemente estaba pendiente de su compañerito.
Pensé que Gerard era un “pequeño anciano”, que las malas experiencias lo habían hecho madurar prematuramente. Pero no se trataba de eso, era capaz de actuar igual que cualquier niño de su edad la mayor parte del tiempo, lo que lo diferenciaba de los demás, era la manera en que procuraba mantener a todos en armonía.
Temo que hasta que él mismo pueda descifrarlo para mi, su corazón va a ser un misterio. Lo cierto es, que tanto Gerard como los demás demostraron ser capaces de ayudarse unos a otros. Al igual que nosotros en el Palacio de las Ninfas, ellos también podían empujarse hacia lo alto mientras estuvieran unidos como una familia improvisada, mas no era posible que estuvieran todos juntos, las despedidas resultaron inevitables.
El día en que los gemelos se marcharon, Odette demostró su gran talento para sostener a los pequeños. Les animó y logró que pronto sus lágrimas se convirtieran en sonrisas:
—Debemos dar gracias a Dios porque Nicole y Simone podrán vivir con su hermano en un bonito lugar. Vamos a hacer una fiesta, les hice pasteles y chocolate…
Antes que terminara de hablar, ya había una gran algarabía. Nos consolamos al ver el alegre cuadro que formaban los niños a su alrededor.
Pronto recibimos una noticia que le brindó un sabor agridulce a esa despedida. Clément nos visitó unos días después para anunciar que había cumplido con su misión, ahora Nicole y Simone tenían una confortable casa y su hermano un buen trabajo lejos del marqués; el joven había puesto al final una condición para aceptar nuestra generosa ayuda.
—André quiere que sus hermanitos olviden todo lo que han vivido con el marqués, por eso no va a permitir que tengan ningún contacto con personas que puedan despertar esos recuerdos.
Raffaele acarició con su mano la espalda de Miguel, quien enseguida quiso protestar. Xiao Meng y Sora bajaron la cabeza en silencio y yo sentí que cerraban una puerta de forma inesperada ante mí.
—No entiendo —dijo Maurice, mostrándose completamente desconcertado.
—Se refiere a nosotros, a Odette y a los otros niños —le expliqué.
—Efectivamente —agregó Clément—. Ni cartas, ni visitas o buscará otro lugar donde vivir.
—¿Por qué? —replicó Maurice.
—Es fácil de entender, para ese joven lo que ha pasado a sus hermanos es una tragedia irreparable. Lo único que puede hacer es intentar borrarla de sus vidas. Le dije que ustedes aceptarían y que podía vivir en mi viñedo sin preocupaciones.
—Hiciste bien —respondió Raffaele—. No vamos a contradecirlo, después de todo, él es su verdadera familia.
De esa forma salimos de la vida de Nicole y Simone. Clément ha procurado mantenernos al tanto desde entonces, sabemos que su hermano ha sido muy bueno con ellos, que se ha casado y su esposa cuida de sus pequeños cuñados, con el mismo cariño con que lo haría una madre. Están bien y posiblemente son felices, eso es suficiente para nosotros. Sin embargo, la manera como fueron borrados de su existencia Odette, Gastón, Edmond, Gerard y Liselotte, me sigue produciendo cierta amargura.  
Recuerdo haber hablado sobre el asunto con Maurice. Aquella situación despertó en él emociones encontradas: Por un lado, deseaba de todo corazón que los gemelos consiguieran olvidar su paso por el Palacio de los Placeres y por otro, no creía que el olvido sin más, fuera conveniente.  
—Si yo fuera capaz de olvidar todas las experiencias desagradables que he vivido, me sentiría aliviado. Sin embargo, quizá eso signifique perder el sentido de mi propia historia. Yo veo mis recuerdos como eslabones de una cadena, cada uno está unido a otro como la causa a una consecuencia; no puedo entender mi propia vida si no recorro esa cadena. Cada cosa que alguien dijo o hizo en mi favor o en mi contra, cada circunstancia inesperada y cada decisión que tomé al respecto, ha influido para que yo llegue a ser quien soy. ¿Cómo renuncias a eso sin perderte a ti mismo?
Lo contemplé antes de responderle. Otra vez el enigma que representaba Maurice, estaba patente ante mí. Su voz mostraba preocupación, su rostro parecía indescifrable, sus ojos permanecían como esmeraldas expectantes.
—La verdad es que…—empecé a decir tratando de encontrar las palabras que fueran menos dolorosas— si mi madre y mi abuelo hubieran tratado de matarme cuando yo era un niño, no sé qué habría hecho. Probablemente habría pensado que estaba mejor muerto, así que preferiría olvidarlo.
—¿Por qué?
—Porque significa que dos personas que debían amarme, me odiaron hasta el punto de procurar mi muerte.
—Aún antes de que lo intentaran, yo sabía que mi madre y mi abuelo no estaban bien de la cabeza y prefería tenerlos lejos. Si eso lo hubiera hecho mi tío o mi padre, entonces habría sido terrible.
—No sé cómo puedes tomarte esas cosas con calma.
—Todo ha sido gracias al padre Petisco. Él me dijo que Dios me había dado la vida porque me amaba y se las arreglaría siempre para cuidarme. Hasta el día de hoy, he visto confirmadas sus palabras.
—¡Dios…! —rezongué con amargura mientras pensaba en que Maurice no sabía que era el hijo ilegitimo de madame Petite y un pintor sin nombre, que su madre había muerto al darlo a luz y que por esa razón, sus tías y su abuelo lo repudiaron. ¿Dónde estaba la bondad de Dios en esa historia?—. ¡Si existe Dios, es un miserable que se contenta con mirar mientras personas como tú, Sora y los niños de Odette, sufren!
—Vassili, cuando Dios se apareció en la zarza ardiente para revelarse a Moisés, le dijo que había visto y oído el sufrimiento de los judíos esclavizados en Egipto y había bajado a liberarlo. Una vez dicho esto, le ordenó a Moisés ir ante el faraón y demandar la libertad de su pueblo. Esa es la manera de actuar de Dios: actúa por medio de otros.
—Eso quieres creer.
—El Señor me salvó de mi abuelo a través de mi tío, impidió que mi madre me asesinará usando a Petisco y le ha devuelto el sentido a mi vida, enviándote a mi lado. Puedes gruñir todo lo que quieras, pero eso es lo que creo.
—No me agrada saber que lo bueno que hago se lo apuntas a él —me quejé cruzándome de brazos. Maurice rió a carcajadas y no pude seguir de mal humor. Lo abracé y rocé sus labios con los míos—. Conozco una manera de hacerte olvidar todo y obligarte a pensar sólo en mí…
—Vassili, te estás volviendo predecible… —susurró sonriendo mientras correspondía a mi abrazo—. Sabía que harías algo así.  
—Eso significa que estabas deseando que te besara…
Silencié el ronroneó de sus risa con mis labios, dejando a un lado los malos recuerdos y las discusiones teológicas para entregarnos el uno al otro, a través de caricias en las que la ternura se mezclaba con la pasión más demandante.
La felicidad estaba a nuestro alcance, sin duda. Pero no era así para todos los que nos rodeaban.
Abandonamos nuestra habitación para reunirnos con los demás y encontramos a Sora, deambulando en el salón oval, lo vi tan triste que me sentí culpable. Maurice se acercó a él de inmediato y comenzó a hablar del juego de Go y de Japón; el interés de mi amado pelirrojo por estas cosas, se había vuelto desmedido y no parecía darse cuenta del estado de ánimo del otro.
—Vamos a cenar —les dije—. Los demás nos esperan.
—Yo no tengo hambre —respondió Sora—. Quiero caminar por aquí un poco más.  
—Nada de eso, debes comer —respondí imponiéndome—. Además, en este salón hace mucho frío, puedes enfermar.
—Pero…
—Nada de peros, no quiero que termines resfriado como le pasó a Maurice, él no quiso hacerme caso y terminó en cama.
—¿Tienes que estar recordando eso? —se quejó Maurice—. Me he portado bien últimamente.
—Porque te tenemos vigilado, eres capaz de ir a la calle San Gabriel en medio de una nevada.
—¡Ah, cuando termine el invierno nadie podrá retenerme entre cuatro paredes!
Mientras continuaba debatiendo con Maurice, tomé a Sora de la mano y lo obligué a seguirnos. En la cena traté de incluirlo en la conversación varias veces, pero siguió mostrándose desanimado, lo mismo Xiao Meng. Ni siquiera Raffaele, con su talento para animar las veladas, pudo disipar la melancolía que los rodeaba.
Debido a que Sora y Xiao Meng conocieron a los gemelos al mismo tiempo que nosotros, supuse que no les había afectado gran cosa aquella separación. Me equivoqué, para ellos la petición de André representó una bofetada. Desde que supo quiénes eran, el joven se había mostrado receloso de ellos, incluso escucharon cuando murmuró la palabra “asquerosos” en algún desafortunado momento.
La única persona con quien comentaron el asunto, fue Odette. Ella quiso ayudarlos y por eso me reveló lo que le habían confesado: que se sentían como un desecho repugnante que debía ser arrojado en el oscuro olvido.  
—Monsieur Vassili, sé que estoy siendo inoportuna, pero sólo usted puede animar a Sora.
—Igual que sólo usted puede animar a Xiao Meng —respondí sonriendo para tranquilizarla—. Creo que nos hemos dividido el trabajo de manera adecuada.
La joven se ruborizó; se veía a leguas lo mucho que amaba al amargado eunuco, yo esperaba que sus palabras llegaran a él y el muy idiota se decidiera a buscar la felicidad a su lado. Por mi parte, no tenía dudas de que cualquier cosa que le dijera a mi antiguo amante sería atesorada por él, lo que seguía representando un problema.
Mientras el carruaje avanzaba hacia el Palacio de las Ninfas, pensé en cómo abordar a Sora. Una vez que lo tuve frente a mí, todo lo que planifiqué se desvaneció, él se veía tan triste y distante que sentí una opresión en mi pecho.
Sonreía, hablaba de lo que había hecho durante el día y me preguntaba por mi trabajo, simulando estar bien, procurando ir un paso delante de mí para darme la espalda y evitar que lo viera a la cara… En medio del jardín nevado, sentí que estaba alejándose por una vereda desdibujada hacia la nada.  
Sujeté su mano y lo atraje hacia mí con fuerza. No tuvo más remedio que mirarme, su rostro mostraba desconcierto.
—¡Para mí nunca serás un mal recuerdo! —declaré—. No pienso olvidarte, te retendré en mi corazón para siempre, igual que a Xiao Meng y  a los niños. ¡No quiero olvidarlos!
—Vassili… ¿qué estás diciendo?
—Odette me contó todo.
Bajo la cabeza y se quedó petrificado ante mí.
—Ustedes dos no me dan asco —continué—. A Odette tampoco. Puedes preguntar a Maurice y a sus primos y obtendrás la misma respuesta. No debes tomar en cuenta lo que André dijo, él está desesperado por borrar la desgracia que le ocurrió a sus hermanos.
—Si alguien de mi familia se entera pensará lo mismo que él —susurró.
Entonces su corazón quedó desnudo ante mí y entendí perfectamente su agobio. Sentí el viento helado envolviéndonos como si fuera la representación de la crueldad y apareciera para reírse en nuestra cara.
Sora pronto estaría completamente desamparado, afrontando su tragedia pasada junto a la incertidumbre del futuro… ¡Era insoportable! No pude decir nada que los animara porque en aquel momento, yo mismo no iba a ser capaz de creer en esas palabras.  
—¡Quédate! —le dije en un arrebato—. ¡Quédate con nosotros! ¡No tienes que irte si no quieres!
—Pero, Vassili…
—Tú, Xiao Meng, Odette y los niños son parte de nosotros ahora. Podemos seguir así tanto como queramos. No tienes que irte… ¡No te vayas si crees que no podrás ser feliz en tu tierra! ¡No quiero que sufras más!
Lo abracé con todas mis fuerzas y lo escuché llorar. Creí como un iluso que se trataban de lágrimas de gratitud o de alivio, nada más lejos de la realidad. Aquel llanto brotaba de la constancia de lo implacable que era su desgracia y la imposibilidad de terminar su agonía.  
No lo entendí entonces, pero acababa de pedirle a Sora que mantuviese permanente una tortura que ya se le hacía insoportable. A pesar de eso, se aferró a mí en silencio como si su vida sólo fuera posible entre mis brazos.  


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