VI Alas Cortadas - Parte IV

Xiao Meng estuvo disgustado hasta que Odette nos visitó la siguiente tarde. La joven se veía radiante con un sencillo vestido que su nuevo patrón le prestó. El eunuco casi se desmayó y Sora lloró de alegría.
Los tres hablaron animadamente por largo rato, ella estaba entusiasmada por lo que le esperaba en su nueva vida, quería ganar suficiente dinero para alquilar una casa lejos de París y llevarse a los niños.
Yo estaba ansioso por entrometerme en la conversación y procurar que Xiao Meng le propusiera formar una familia juntos. Lamentablemente, antes de tener la oportunidad, Odette y Sora partieron a casa de Daladier; Miguel y Maurice los acompañaron.

—¿Por qué no fuiste con ellos? —le reclamé a Xiao Meng mientras los dos veíamos alejarse el carruaje.
—Por la misma razón que usted no lo ha hecho.
—Me quedé porque Raffaele necesita que lo ayude con algo.
—Igual yo.
Su actitud altiva me sacaba de quicio. No mentía, Raffaele nos había citado a los dos en su despacho. Cuando entramos, tenía sobre el escritorio un cuaderno de tapas negras y un pequeño arcón.
—Este es el libro de registro del Palacio de los Placeres —anunció —, y aquí están todas las cartas y pagarés firmados por cada incauto que acudió a ese lugar.
Sacó del cofre numerosos montones de hojas, atados cada uno con una cinta. 
—Nuestro odioso marqués se daba a la tarea de clasificar las cartas y los pagarés. Cada idiota tiene su propia colección.
—¿Para chantajearlos? —dije.
—Por supuesto.
—Pues ahora no tienen nada —celebré.
—Aún tiene algo: Nos tiene a mí y a ti, Vassili.
—¡No es posible! —seguramente palidecí, porque sentí que me cubrió un manto frío en ese momento.
—Nuestras cartas no están. Aunque firmé algunas con mis iniciales, es mi letra y eso le bastará como prueba para desprestigiarme.
—Odette extrajo las cartas de Monsieur Vassili, por eso no están ahí —explicó Xiao Meng—. No tengo idea de qué pudo pasar con las suyas, Monsieur Raffaele.
Me sentí aliviado pero al mirar a Raffaele, volví a preocuparme. Los tres nos quedamos en silencio por un rato. Después, Xiao Meng tomó el libro de registro y hojeó varias páginas.
—¿Lo puedes leer? —pregunté recordando que le había dado pocas clases.
—Desde hace mucho. Tomé sus lecciones para perfeccionarme.
—Siempre hacías preguntas molestas —me quejé.
—Fue divertido —dijo sin inmutarse-. Prometí hacérselo pagar algún día.
Monsieur Raffaele su nombre está marcado, mire.
Efectivamente, en una de las páginas, a mitad del cuaderno, aparecía el nombre completo de Raffaele y junto a este, el signo de una cruz.
—¡Dios del cielo! —dijo sentándose el futuro duque—. ¡Miren la fecha! Esa fue la primera vez que visité a Sora, hace varios años.
—¿Qué significa? —pregunté.
—Que desde un principio el marqués tenía planes para él —declaró el eunuco.
—¿Qué clase de planes? —insistí alarmado.
—No tengo idea. Hay más personas marcadas.
Examiné el cuaderno y comprobé lo que decía Xiao Meng. Revisamos los paquetes de cartas y descubrimos que faltaban los que pertenecían a los nombres marcados.
—Entonces el maldito aún tiene recursos —se lamentó Raffaele—. Pensaba hacer público el robo de sus registros para que todos dejaran de temerle, ahora resulta que sigo en sus manos junto con otros que fueron tan tontos como yo.
—De todas formas, era muy peligroso revelarlo —señaló el eunuco—.  Podría acusarlo de ser quien organizó el robo.
—Mi plan consistía en que los tres ideáramos la manera de hacerlo sin quedar en evidencia. Quizá deba hacerle caso a Maurice y a Micaela, ellos quieren quemarlo. 
—Este cuaderno es muy valioso —afirmó Xiao Meng—. Ahí tiene todas las perversiones de muchos poderosos a su disposición. Será un desperdicio si lo quema, sobre todo para alguien que quiere ser cada día más influyente, como usted.
Por unos momentos aquellos papeles lucieron muy atractivos. Raffaele se levantó, tomó el cuaderno y empezó a ojearlo.
—“François de La Rochefoucauld”[1] —leyó en voz alta mientras caminaba por el despacho—. Lo conozco. Visitó a una tal Halima por tres noches cuando estaba soltero.
—¿Halima? —murmuró Xiao Meng—. Creo que era una muchacha que vestían como mora. En algún momento fue muy popular.
—La Rochefoucauld ya se ha casado y es un hombre muy valioso. ¿Debe vivir temiendo que su reputación sea manchada por una aventura de juventud?
—Por supuesto que no —dije de inmediato.
—¿Y qué tal este nombre? “Théophane de Gaucourt”.
—¡No es posible! —exclamé.
—Hace unos años visitó el Palacio de los Placeres varias veces. Según dice aquí, lo atendió una tal Popea.
—Escuché hablar de ella —dijo el eunuco—, era muy talentosa: entretenía a los clientes cantando ópera italiana antes de hacerlos delirar en la cama.
—Bueno, el tío Théophane no ha variado en sus gustos.
—Maurice va a regañarlo —bromeé.
—¡Y mira quién tenemos aquí! El querido Alaña. Solicitó los servicios de tres mujeres a la vez.
—Muy propio de él —me burlé—. Al parecer Sophie no era suficiente entretenimiento.
—A ese con gusto lo chantajearía; lamentablemente, ya no está en Francia —declaró Raffaele lanzando el cuaderno sobre el escritorio—. La verdad es que no quiero tener nada que ver con el Palacio de los Placeres, pero considero un deber destruir al marqués.
—Podríamos buscar las cartas que faltan —sugerí.
—Ni siquiera sabemos cuántas son y bien podría tenerlas metidas en el trasero. Además, debe haber mejorado la vigilancia de su Palacio.
—¿Entonces qué hará? —preguntó Xiao Meng.
—Esperar a que a Vassili se le ocurra algo —contestó Raffaele con picardía.
—¿Se fía de él?
—Es listo cuando quiere.
—Lo disimula bien.
 —¡Cállense! —gruñí —. Estoy pensando.
Tomé el cuaderno, lo examiné con cuidado. Las víctimas del marqués marcadas con la cruz eran apenas seis personas: Dos miembros de la familia real, Raffaele y tres ministros. Había otros nombres, de nobles muy ricos y poderosos, que no fueron marcados; para mí, estaba claro su objetivo.
—Todos los marcados son gente importante en la Corte, creo que Donatien quiere hacerse huésped permanente de Versalles y por eso eligió a los más cercanos al rey.
—Su majestad jamás le ha prestado atención —aseguró Raffaele—. Aunque él mismo no es un ejemplo de buenas costumbres, dudo que sonría cuando sepa que uno de sus primos y uno de sus nietos son clientes del Palacio de los Placeres.
—El marqués puede estar esperando la oportunidad para engatusar al mismo rey, ofreciéndole algún exótico entretenimiento —dijo Xiao Meng.
—No creas que Madame Du Barry se lo va a permitir. Ella es muy celosa de su puesto. Aunque, ahora que lo pienso, los demás miembros de la familia real no la quieren, alguno podría estar deseando que Donatien consiga una candidata que la destrone como favorita… ¡Eso no nos conviene! Du Barry es parte de un plan para librarnos del duque de Choiseul. 
—No te preocupes, el marqués no llegará tan lejos —dije calmando a Raffaele—. He pensado en una manera de aplastarlo de una vez por todas. 
—Soy todo oídos, y por cierto, me encanta cuando pones esa cara de creerte más listo que los demás, me dan ganas de follarte con todas mis fuerzas.
—¿Podemos concentrarnos en el asunto que venimos a tratar? —se quejó Xiao Meng.
—A eso voy —dije aclarando mi garganta—. ¿Qué pasaría si todas estas cartas vuelven de forma misteriosa a las manos de quienes las escribieron?
—No tengo idea —respondió Raffaele encogiéndose de hombros.
—Piensa. Si recibes las cartas que te atan al marqués, ¿qué harías?
—Preguntarle por qué me las envía.
—¿Y si van con una nota, escrita con letra desconocida, diciendo que eres libre del marqués?
—Suena simple —opinó Xiao Meng—. Es preferible un mensaje más elaborado.
—Eso es lo de menos, cretino —repliqué —. Reconoce que sería una estocada para ese maldito.
—Pero… ¿y mis cartas? —preguntó mi amigo preocupado.
—Una vez que comience a correrse el rumor, puedes enfrentar al marqués junto a los otros cinco marcados y exigirle, que devuelva tus cartas también.
—Su plan tiene una falla, Monsieur: muchos preferirán mantener todo en silencio y los otros cinco podrían negar tener algo que ver con el marqués.
—No te preocupes, Xiao Meng —respondí confiado—. Conozco a alguien que es bueno empezando rumores.
—¿Bernard? —preguntó Raffaele—. Es cierto, fue muy útil antes. Pero yo también puedo colaborar con eso. Si nadie habla, los forzaré a hacerlo.
—Sería muy peligroso —insistió el eunuco.
—Pierde cuidado, Versalles es un salón de juegos para mí —se ufanó el gigante. 
—El marqués tiene aliados que desconoce. Él no comenzó el Palacio de los Placeres solo.
—Nos las arreglaremos —respondió resuelto—. Jugaremos al gato y al ratón con él. Y otra cosa, creo que debemos quedarnos con las cartas de los malditos que usaron a los niños.
—¿Para qué? —repliqué asqueado.
—No quiero que vuelvan a dormir tranquilos. Pasarán el resto de su vida sintiéndose amenazados porque alguien más sabe lo que hicieron, alguien que en cualquier momento puede enviar su reputación al estercolero. Es más, una vez que destruyamos al marqués, me voy a divertir atormentándolos.
Estuvimos de acuerdo. Decidimos usar a Asmun para que escribiera las notas, no existía nadie en quien Raffaele confiará más y el trazo firme de su letra asustaría a cualquiera. Lo que no sospechamos, fue que el marqués insistiría en ser una molestia durante esos días.
Como era de esperarse, Donatien estaba ansioso por recuperar lo que le robaron: el oro, las joyas y sobre todo, las cartas y el cuaderno de registro. Sin embargo, al pasar los días también empezó a desesperarse porque no podía llevar adelante su establecimiento sin la ayuda de su hija.
Durante años, Odette se había encargado de administrar y organizar el Palacio de los Placeres, mientras él gozaba de una vida de excesos y libre de preocupaciones. El agobio que representaba concertar las citas, alimentar y vestir a sus prostitutas, pagar a los sirvientes y mantener el lugar en buenas condiciones, empezó a amargarle la vida.
Debió decidir que la joven era una cosa de su propiedad porque, aun habiéndola dejado partir anteriormente, comenzó a buscarla. Como era un hombre mañoso, logró dar con el último coche de alquiler que ella utilizó; averiguó a dónde la había llevado y así, se presentó en el taller de Vaubernier una semana después de haberla dejado yo allí.
El modisto nos contó de aquel encuentro con su desparpajo acostumbrado, halagándose a sí mismo por haber comprendido en el acto lo que realmente ocurría.
—Ese hombre entró insistiendo ver a su hija, yo lo reconocí porque, ¿quién no conoce al marqués Donatien de Maine? Ascendió tan rápido estos últimos años, que todo el mundo sabe quién es y lo que hace, aunque nadie lo diga. Excepto yo, que no me callo las  canalladas de nadie.
—Vaubernier no te pierdas, dinos qué pasó —le regañó Miguel, sentado frente a él en el despacho.
Los demás: Sora, Xiao Meng, Maurice, Raffaele y yo, estábamos de pie con el corazón desbocado. No hace falta mencionar que el eunuco me culpaba de todo y me dedicaba miradas llena de odio.
El modisto continuó su relato, adornándolo hasta recargarlo, como si estuviera bordando uno de sus trajes. Su querido Jean-Paul, con quien ya era un solo corazón, según dijo, escondió a Odette hasta que se libraron del marqués.
—Supimos que ella era la hija perdida porque a las otras muchachas les conocemos todos los antepasados. Me dije a mí mismo: “Ese Monsieur Vassili realmente sabe meter en líos a los demás” —dijo soltando una risita mientras me señalaba moviendo su dedo como si regañara a un niño.
—Continúe, por favor —exigí —. ¿Qué pasó con Odette?
—¿Qué iba a pasar? ¡Nada! Nos tenía a mí y a Jean-Paul como sus caballeros andantes. Como nos dimos cuenta de que el marqués había dejado unos hombres vigilando al otro lado de la calle, optamos por sacarla en secreto.
Se les ocurrió vestirla como un sirviente y fingir que salían a hacer una entrega. Con la peluca blanca, el traje masculino y unas cuantas cajas de vestidos y sombreros encima, nadie la reconoció.
—¿Verdad que ha sido una gran idea? —se ufanó el modisto.
—¡¿A dónde la llevaron?! —gritó Xiao Meng.
—De paseo —respondió Vaubernier  haciéndose el gracioso—. Dimos vueltas hasta asegurarnos de que no nos seguían y luego la dejé con sus niños, tal como ella pidió.
—¡Entonces está en casa de Daladier! —exclamé aliviado.
—Eso mismo dije. Vine a avisarles para que no se preocuparan. Por cierto, me tienen que contar toda la historia. Me intriga y por más que le doy vueltas en la cabeza no logro descifrar qué pasa. Y esos niños no son hijos de Odette, ¿verdad? Son preciosos, incluso el de la cicatriz. Parecían ratoncitos asustados cuando nos vieron; en cuanto ella se quitó la peluca y la reconocieron, se transformaron en pajaritos cantarines.
Dejamos a Miguel con su querido modisto y partimos a casa de Daladier. Xiao Meng estuvo conteniendo el aliento, rígido y pálido hasta que pudo estrechar en sus brazos a su amada. Ella se quedó atónita ante semejante gesto, el eunuco no era conocido por su espontaneidad y unque no viene al caso, debo decir que la joven se veía deliciosa con aquel traje masculino.
Quedó confirmado mi odio hacia las faldas, que privan de admirar las bellas siluetas, tanto de hombres como de mujeres. Suerte que Xiao Meng no pudo adivinar lo que pensaba, fue ya muy irritante al gritarme que había puesto en riesgo a su Odette.
—¿Por qué el marqués está buscándote? —preguntó Sora.
Odette no lo sabía. Ante Vaubernier, el marqués sólo había exigido verla y por su actitud, no parecía que lo moviera ningún sentimiento paternal. Por otro lado, todavía no habíamos comenzado a devolver las cartas, así que no podía deberse a eso.
Raffaele visitó varios salones famosos de París esa semana para encontrárselo. Tal y como esperaba, bastó con hacerse el simpático y llenarle la copa, para que soltara todo. Empezó a lamentarse diciendo que su hija lo había abandonado y que el palacio era muy difícil de administrar sin ella.
Mi amigo a duras penas contuvo las ganas de arrojarle a la cara su copa. Luego fue él quien tuvo que sufrir un interrogatorio: Donatien quiso saber acerca del paradero de Sora y Xiao Meng. Por supuesto que Raffaele mintió, aseguró que no tenía idea porque Maurice se había encargado de ellos. Entonces el marqués le dio una desagradable sorpresa:
—Pero su encantador primo vive en su palacio, ¿no es cierto? Quise ir a visitarlo en casa del marqués de Gaucourt hace poco, el viejo me dijo que se encontraba de viaje. Supuse que mentía, así que seguí averiguando, ya sabe cómo son los sirvientes, con unas monedas revelan todo.
—Efectivamente —dijo Raffaele tratando de disimular su conmoción—. Maurice vive en mi palacio pero yo vivo en Versalles. Nos vemos poco.
—Me gustaría visitarlo. He quedado muy impresionado por… su  carácter. También me agradó el otro joven, ¿acaso es su primo español? Los vi juntos en Versalles. ¿Y quién era el otro caballero que los acompañó cuando se llevaron a Sora? El de ojos grises que parecía muy apegado a mi muchacho...
—Mi querido marqués, si intenta acercarse a mis primos o a mis amigos, lo mataré —declaró Raffaele sonriendo con frialdad—. Lo soporto porque no me queda otro remedio, pero por nada del mundo pondré a otro miembro de mi familia a su alcance.
—Señor mío, ya lo ha hecho —rió el marqués—. ¿Qué cree que pensarán en Versalles cuando cuente que su hermoso primo compró dos prostitutos?
—Maurice contrató dos profesores de idiomas orientales, nada más. Todos saben que fue misionero jesuita y que le ha quedado la manía por aprender idiomas de tierras lejanas. En la Corte se hizo famoso por su dominio del guaraní, no será un escándalo.
—¿Usted cree? —siseó Donatien con malicia.
—Estoy seguro. En cambio, la gente se preguntará qué hacían un japonés y un chino en París. Sabrán que usted los mantenía prisioneros, lo aborrecerán públicamente y no habrá nadie en toda Francia que quiera ser visto a su lado.
—Eso no pasará. Soy intocable.
—Yo también, Monsieur. El rey me ama como a un hijo. Estoy seguro de que mi reputación no sufrirá gran cosa si usted habla sobre mis visitas al Palacio de los Placeres, mientras que, si yo quiero, puedo convertir su nombre en estiércol sobre el que caminarán mis caballos.
Raffaele nos narró el episodio a Miguel y a mí en su habitación,  haciendo uso de toda su teatralidad. Lo escuchamos en silencio, aterrados. Una vez que terminó, se sentó junto a su primo y recostó la cabeza en su hombro.
—Siento náuseas—se quejó—. Ese hombre asqueroso puso sus ojos en ustedes.
—Sobre todo en Maurice —señaló Miguel—. Llama tanto la atención con esos ojos extraños y el cabello como flamas…
—Por no mencionar que no sabe cuándo quedarse callado y cuando mostrarse como un león. Enamoró al pérfido marqués sin darse cuenta.
—¡Lo mataré si se atreve a tocar a Maurice! —exclamé furioso.
—Hasta ahora lo único que ha hecho es pensar obscenidades —me tranquilizó Raffaele—. Y por supuesto que no lo dejaremos hacer nada más.
—Hay que destruirlo —declaró Miguel.
—En cuanto comience la primavera, Vida Mía. Enviaremos las cartas junto con bellos ramos de flores. Tracemos un plan a prueba de fallas y cubramos nuestras espaldas. Lo primero es reunir a los sirvientes y advertirles que el que venda información sobre nosotros, se quedará sin orejas y sin nariz.
—Los sirvientes son fieles a Maurice porque les enseña a leer y a escribir —afirmó Miguel.
—Puede que alguno quiera dinero extra y no crea que con decir algo sobre Sora, Xiao, Odette o Gastón, nos haga mal.
—Entonces súbeles la paga —sugerí—. Es la mejor manera de que las limosnas de Donatien no tengan efecto en ellos.
—Cierto, pero también los amenazaré —concluyó Raffaele levantándose.
—Lo que sea necesario para protegernos —declaró Miguel poniéndose de pie también.
—Todo es mi culpa por traer a Sora y sacar a Odette del palacio —murmuré con remordimiento.
—¿Qué dices Vassili? No te apropies del mérito de otros: Maurice rescató a Sora y Odette salió del Palacio de los Placeres por sus propios pies. Tú no eres culpable de nada.
Sonreí agradecido y a la vez humillado. Miguel me dio un beso en la mejilla para hacer las paces. Luego enlazó su brazo con el mío y el otro con el de Raffaele.
—¡Vamos! —dijo—. Los demás seguramente quieren saber qué averiguaste.
—Les diré que estamos en guerra y que llevamos la ventaja —declaró Raffaele.
—¡Que suenen los tambores! —exclamó el español con fiereza.
Me limité a sonreír y seguirles el paso, ocultando la enorme inquietud que sentía. La sola idea de que el marqués codiciaba a Maurice, hizo que la rabia y el asco se mezclaran de forma tan violenta, que casi terminé vomitando. Puede que esa sensación fuera un presentimiento. Debí ir tras él y apalearlo hasta que no pudiera moverse, así nos habríamos ahorrado muchas amarguras.
Lamentablemente, en aquel tiempo hicimos a un lado a Donatien para atender diversas urgencias. Por mi parte, me dediqué a buscar la manera de que Xiao Meng hiciera lo que tanto deseaba y no se atrevía. Resultaba una gran ironía que un hombre de tanto ingenio y valor como él, fuera un absoluto cobarde ante la mujer que amaba.
Después de pasar horas tratando de convencerlo para que pidiera su mano, terminé yo convencido de que, si alguna vez él y Odette lograban convertirse en algo más que amigos, sería porque ella lo procurara. Por fortuna la joven demostró ser muy capaz y decidida, así que no perdí la esperanza.
Entre tanto, Raffaele propuso alquilar un apartamento en París para Odette y los pequeños; Maurice sugirió que fuera en la calle San Gabriel, porque el marqués nunca la buscaría en ese lugar.  Gastón y sus compañeros podrían recibir clases en el hospicio.

Odette tenía sus propios planes: como no quería debernos dinero,  se ofreció a trabajar como sirvienta para Daladier, hasta tener lo suficiente para alquilar por su cuenta algún lugar apropiado. El doctor aceptó encantado pues necesitaba que alguien cuidara su casa cuando al fin emprendiera el viaje a Austria. 

—Tu Odette tiene más iniciativa que tú —dije al eunuco mientras Sora se preparaba para salir a pasear al jardín.

—No me iba a enamorar de cualquier mujer.

—Así que lo admites…

—Nunca lo he negado. Y tampoco he afirmado que usted pueda meterse en este asunto.

—¿Qué vas a hacer cuando Sora se marche?

Se quedó en silencio, cosa que me sorprendió y preocupó a la vez. Si su agudo ingenio no era capaz de encontrar todavía una solución para un hecho tan inminente, y cada vez más cercano, significaba que estaba en verdaderos problemas. Imaginé toda la ansiedad que sufría.

 —¿Quieres trabajar para mí? —le pregunté dando voz a una idea que había estado barajando por varios días.

—Usted apenas tiene para mantenerse a sí mismo y no imagino qué clase de trabajo podría darme.

—Eres buen secretario —respondí encogiéndome de hombros.

—¡Soy más que bueno! —se irguió orgulloso. Aunque como siempre estaba erguido y orgulloso, diré que en ese momento pareció ponerse de puntillas—. Fui educado para ser ministro de un emperador, para ayudar a un gran hombre a ser más grande.

—Entiendo que trabajar para mí es poca cosa. Puede que Joseph o Philippe te quieran a su servicio. Incluso Raffaele podría…

—Trabajaré para usted y para Maurice a cambio de ropa, comida y techo. Nada más necesito.
—Pero acabas de decir…

—Decidí trabajar para alguien que solo será grande si yo lo ayudo y para aquel que considero más grande que un emperador.

A pesar de que intentaba darle ánimos y pasar por alto su odioso carácter, no pude evitar hacerle una mueca de desagrado.

—Eres realmente molesto —afirmé muy convencido—. ¡Y aléjate de Maurice!

—Me limitaré a susurrarle al oído que merece alguien mejor que usted —contestó con astucia.

—¡Retiro mi oferta! ¡Vete a trabajar en el lugar más lejano del planeta!

Como única respuesta, sonrió igual que un gigante que escucha quejarse a una hormiga. Tuve que resignarme a soportar a Xiao Meng por el resto de mis días; me libré de tenerlo cerca por unos años, pero aún sigue siendo mi mano derecha y la desagradable voz que gusta de señalar mis torpezas antes que mis aciertos.

Reconozco que ha sido útil en muchas ocasiones y que le confiaría mi vida sin pensarlo dos veces, porque no conozco a nadie más leal y capaz que él. A la vez, dudo que exista alguien más antipático. El paso del tiempo ha acrecentado todas sus virtudes y defectos hasta hacerlo casi insoportable, por fortuna, también le ha servido para aprender a sonreír, cosa que nos llena de alegría a todos los que le apreciamos.   

Notas: 


[1] François Alexandre Frédéric de La Rochefoucauld-Liancourt  (1747-1827) Primero Duque de Liancourt y luego duque de La Rochefoucauld. 

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