VI Alas Cortadas - Parte III

Mantener entretenidos a los niños, no era una tarea fácil. Sobre todo si se tenía trabajo que atender al mismo tiempo. Yo debía continuar con los preparativos de la construcción del hospital y Raffaele no pudo librarse de la pomposidad de Versalles por varios días.
Por su parte Maurice, se vio obligado a sacrificar algunas horas por la mañana, enseñando música y dibujo a los pequeños junto a una extasiada Micaela y un entusiasmado Gastón. Después de mediodía, era mi turno. Sora y Xiao Meng los visitaban cada día, por poco tiempo.
Los niños sin embargo, querían una sola cosa y no dejaban de recordárnoslo: ver a Odette. La inquietud iba en aumento a medida que la joven tardaba más en darnos noticias.
Mis propios estudiantes, no veían con buena cara que mi concentración y mi tiempo fuera absorbida por otros:

—¿Por qué no te quedarás esta tarde? —se quejó Etienne cuando nos encontramos en casa del doctor Charles, donde debía reunirme con Sébastien—. Las Hijas de la Caridad volverán a llamarte irresponsable si no atiendes a tus pilluelos y a mí me debes varias lecciones. Viene un examen muy importante y…
—Ahora tengo muchos hijitos inquietos que atender—repliqué queriendo hacerme el gracioso.
—Cuando rescatamos a los niños no imaginé que ustedes los iban a adoptar, ¿Por qué no los traen al hospicio?
—Piensa en cómo los tratarán las Hijas de la Caridad si llegan a darse cuenta de dónde estuvieron.
—No tienen por qué enterarse —intervino el doctor Charles, quien examinaba los planos que Sébastien nos había enviado, estaban desplegados sobre la mesa de la cocina porque fue el único mueble que encontré sin un enfermo encima.
—Se darán cuenta al poco tiempo —respondí  preocupado—. Se les nota... No quiero que se sientan rechazados, necesitan una familia.
—Pero, Vassili, sabes que no vas a poder conservarlos —afirmó Etienne tratando de ser delicado—. Ni tú ni los Alençon. Tengo entendido que Raffaele va a casarse en unos meses y se irá a vivir a Nápoles, y que Miguel regresará a España. Maurice todavía no sabe qué hará y apuesto a que tú tampoco.
—¿Maurice te lo contó? —pregunté sorprendido.
—Sí, ya sabes cómo es. Pasó igual que cuando me reveló que ustedes eran amantes, lo dijo como si fuera cualquier cosa.
—Es un imprudente —indicó Charles riendo—. Cuando viene de visita, tengo que vigilarlo para que no le cuente sus intimidades a todo el mundo.
—¡No tiene remedio! —lamenté llevándome las manos a la cabeza.
—Respecto a los niños, no les queda otra cosa que el hospicio— sentenció el buen doctor palmeando mi espalda.
—Confío en que podremos encontrarles un hogar. De hecho, estoy esperando por Odette, la mujer que los cuidaba y a quien todos quieren mucho. Creo que es la persona que mejor podría hacerse cargo de ellos.
—¡Ah! ¿Y los dos putos orientales?
—¡Charles! —lo regañó Etienne.
—¿Qué? No recuerdo sus nombres.
—Sora se irá a su tierra en primavera —contesté sin tomar en cuenta la descortesía del doctor—. En cuanto a Xiao Meng,  supongo que es quien más espera por Odette.
—Entonces hasta que la tal Odette aparezca, yo me quedo sin maestro —protestó Etienne.
—¿Por qué no me acompañas hoy a casa de Daladier y juegas con los niños como lo haces con los pilluelos? Luego puedes quedarte en el Palacio de las Ninfas y estudiaremos lo que quieras.
—¿No estaré robándote tu tiempo con Maurice?—respondió con picardía.
—Estoy seguro de que a él y a todos les gustará verte. Además, tengo toda la noche para darle a mi amado pelirrojo toda la atención que quiera.
—¡Vaya! El maestro no tiene ningún reparo al hablar de lo que se trae con el ángel de San Gabriel —soltó Charles sorprendido.
—Es porque ustedes ya lo saben y son buenos amigos.
—Me siento halagado —dijo Etienne.
—Yo, en cambio, siento ganas de castrarlo, mi querido Du Croisés.
—Sé que lo dice en broma, mi querido doctor.
—Yo no estaría tan seguro… —refunfuñó— ¡Atreverse a llevarse a la cama a Maurice! ¡Es que no me lo puedo creer! Y encima el ángel parece que sólo vive para ronronear a su alrededor como un gatito, ¡Cuando se entere el Duque, va a correr sangre!
Me quedé observándolo en silencio mientras soltaba toda su perorata y se alistaba para volver al trabajo. Cuando al fin salió de la cocina, Etienne me animó.  
—No le prestes atención. Detrás de sus palabras hay una legítima preocupación por ti y por Maurice.
—Creo que lo de castrarme lo ha dicho en serio.
Los dos nos echamos a reír.  
—Por cierto, Etienne, si me acompañas podrás ver a Evangeline en casa de Daladier.
Antes de que yo terminara la frase, saltó de su silla y me abrazó lleno de felicidad.
—¡Vassili, eres un verdadero amigo!
Sonreí mientras lo veía salir en busca de sus cosas y murmuré entre dientes:
—Y tú tienes un pésimo gusto en mujeres.
Unos minutos después, apareció Sébastien con una cesta llena de piezas de madera.
—Esto es para los niños —dijo contento.
Al revisarla, encontré pequeñas figuras talladas en madera: soldados, princesas y todo tipo de animales. Sébastien era un gran arquitecto e ingeniero, pero también podía ganarse la vida como juguetero.
—¡Son maravillosos! —dije sin poder contener mi alegría.
—Espero que les gusten a los niños. No he podido quitármelos de la cabeza, te juro que me entran deseos de llorar cada vez que pienso en lo que vivieron en ese lugar.
—¡Gracias, mi buen amigo! ¿Puedo pedirte algo más? ¿Podrías hacer un caballo alado?
—Ya hice uno. Debe estar en el fondo—registró y sacó una bonita figura de Pegaso—. ¡Mira!
—¡No puedo esperar a ver la cara de Gastón y Gerard cuando lo vean!
—Haré otro para que cada uno tenga el suyo.
Estuve largo rato conversando con él sobre los niños, hasta que el doctor Charles se acercó para recordarnos que debíamos trabajar y volvimos a los planos.
Esa tarde los pequeños conocieron al “Tío Etienne” y se divirtieron con los juguetes que les envió el “Mago Sébastien”. Evangeline fue tan poco simpática como siempre, pero su enamorado quedó en éxtasis solo por haber sido capaz de saludarla. 
El improvisado juego de pelota que se estableció en la sala de Daladier, resultó demasiado ruidoso y salvaje; agradecí que el quisquilloso doctor estuviera asilado en el Palacio de las Ninfas, de otra forma me habría atormentado con sus quejas.
Me encargué de entretener a los gemelos en la biblioteca, leyéndoles un cuento, porque no habían querido participar en aquella marejada. De repente, Edmond se acercó agitado y nos gritó.
—¿No quieren jugar? ¡Vamos! ¡Es lo más divertido que he hecho en mi vida! —se veía feliz, sonrojado y sudoroso, con el cabello despeinado y la ropa desarreglada.
—Es que Nicole no quiere —contestó Simone algo triste.
—Me da miedo caerme—indicó la niña.
—Si te caes, te ayudaremos a levantarte —la animé.
Los dos pequeños se levantaron y salieron corriendo para unirse a los demás en el juego.
—¿Tú no vienes, Vassili? —gritó Edmond otra vez—. ¿Acaso no sabes jugar? ¡Vamos, yo te enseño!
—Edmond, no tienes que gritar. Debes aprender a ser más educado.
Como respuesta, el mocoso tomó aire y lanzó un gran grito. Después dio media vuelta y corrió hacia la sala riendo a carcajadas y moviendo los brazos a todos lados.
—Tiene el aspecto de una delicada muñeca pero es un verdadero salvaje —murmuré apesadumbrado—. Supongo que el marqués no lo dejaba gritar.
Por un momento mi humor se oscureció al imaginar todo lo que había tenido que soportar el niño hasta apenas una semana atrás. Sacudí mi cabeza y salí para unirme al juego.
Etienne había hecho un gran trabajo alborotando a la pequeña tropa, la única regla que les dio fue que debían quitarle la pelota sin usar las manos. Todos gritaban y lanzaban patadas a diestra y siniestra. Al ver aquel espectáculo, me lancé para intentar evitar que hicieran daño a los más pequeños.
Simone no tenía miedo a meterse en el tumulto, Nicole iba hacia adelante decidida y retrocedía a la menor señal de peligro. Liselotte huía de la pelota en lugar de ir tras ella, pero se reía como todos; Gerard y Edmond parecían incansables, persiguiendo su objetivo mientras gritaban sin parar. En medio de ellos, Etienne soltaba carcajadas igual que un Gulliver satisfecho.
Estando en mitad del juego, se presentaron Sora y Xiao Meng. Edmond corrió hacia ellos y saltó a los brazos del joven japonés:
—¡Sora, ven a jugar, es muy divertido! ¡Tú también, Xiao!
Para los dos fue como si les dijera la cosa más inverosímil, se quedaron perplejos. Los otros niños corearon la petición.
—No sé jugar —balbuceó Sora.
—Es fácil —gritó Gerard—, ¡Patea la pelota y grita!
—Yo debo dejar esto en la cocina —dijo Xiao Meng, mostrando una gran cesta llena de víveres, para escabullirse rápidamente.
Sora quiso seguirlo pero Gerard y Edmond lo retuvieron. Recogí la pelota de donde había quedado abandonada y se la presenté.
—Vamos a jugar, será divertido —lo animé sonriendo.
Edmond me quitó la pelota, saltó de los brazos de Sora y pateó el balón contra Etienne quien lo atrapó hábilmente.
—¿Lo ves? —dijo Gerard—. Es muy fácil.
Le quité la capa y empujé a Sora hacia los niños. Los gemelos lo tomaron de las manos y lo guiaron para que quedara ante Etienne, este le lanzó el balón y el juego volvió a empezar.
Al cabo de unos quince minutos, Sora también gritaba y reía; resultó ser tan entusiasta como los demás, por lo que sus patadas convirtieron la pelota en algo peligroso. Tuve que ser el escudo de Nicole y Liselotte en varias ocasiones.
No logramos convencer a Xiao Meng para que se nos uniera, prefirió contemplarnos recostado al marco de la puerta de la cocina y parecía contento.
Pronto Liselotte fue a refugiarse a su lado. Vi cómo se ocultaba tras él para protegerse, abrazando sus piernas sin demostrar ninguna reserva. Xiao le acarició la cabeza para tranquilizarla y estuvo hablando con ella, la niña respondía moviendo su cabeza y sonriendo. Me alegré tanto que olvidé dónde estaba y recibí un pelotazo en la cara.
—¡Vassili, eres un tonto! —se burló Edmond.
—¡Y tú un mocoso! —contesté levantándolo en mis brazos para ponerlo de cabeza. Su risa volvió a aturdirme.
Etienne declaró un empate y sugirió que tomáramos un descanso. Xiao nos ofreció los pasteles que había traído de parte de Miguel y toda la tropa corrió a la cocina. Una dulce Marie-Ángelique y una desabrida Evangeline, se encargaron de repartir el botín que todos devoramos encantados. Los niños se veían felices.  
Finalmente, nueve días después del rescate, recibimos la visita de Odette. La sensación de alivio fue general. Yo tenía grandes expectativas puestas en ella: si había logrado transformar a Gastón en un niño tan alegre, también podría hacerlo con Edmond y los demás.
Al verla junto a los niños, me convencí de estar en lo correcto. La forma en que los abrazó, sus lágrimas enternecidas y caricias llenas de calidez, hicieron que la viera como la encarnación de todo lo que debe ser una madre, a pesar de ser muy joven.
Quería hablar con ella sobre mis planes ese mismo día, pero anunció desde un principio que no podría quedarse mucho tiempo. Su principal preocupación era entregarnos la dirección del hermano de los gemelos.
—Ahora mismo se encuentra trabajando en el puerto, si envían a alguien por él, vendrá a buscarlos. Los quiere mucho pero es pobre y muy joven; no sabía lo que mi padre pensaba hacer con sus hermanos, creyó que los educaría como a hijos, por eso se los entregó.
Apenas si respondió a las preguntas con que la abordamos todos. Aseguró que su padre no la relacionaba con el ataque, pero no sonaba muy convincente.
Cuando se despidió de los niños, lloró como si le arrancaran las entrañas. Me preocupó que no prometiera volver a verlos y que evitara hablar a solas con Xiao y Sora. Me ofrecí para acompañarla hasta París, en donde tomaría otro carruaje hacia el Palacio de los Placeres. Había aprendido a hacerle caso a mi intuición y algo me decía que si la dejaba ir, jamás volveríamos a verla.
—¿Qué piensa hacer ahora? —le pregunté mientras avanzábamos.
—Mi Padre va a enviarme un convento en Paray-le-Monial —dijo después de un instante de duda, conteniendo sus lágrimas.
—¿Acaso sospecha que ayudó en el rescate?
—No, pero pidió mi copia del libro de registro, alguna sirvienta debió decirle que lo tenía. En lugar de dárselo lo arrojé a la chimenea y se puso tan furioso, que juró que me encerraría para siempre en ese convento. Su nombre estaba ahí, Monsieur Du Croisés, y yo le prometí a Sora que lo protegería.
—Se lo agradezco pero… ¿Va a permitir que la envíe a ese lugar? ¿Se lo dijo a Xiao Meng y a Sora?
—No quiero preocuparlos. No debería estar hablando esto con usted… ¡Estoy muy agobiada!
—Si desaparece sin decirles nada, se van a preocupar igual.
—Les escribiré para despedirme. Hoy estaban tan contentos con los niños, que no tuve corazón para darles la noticia.
Pensé en que Xiao Meng había mostrado todo el tiempo un rostro impasible. Aquella mujer sabía leerlo mejor que nadie.
—¿Acaso quiere terminar en un convento? —repliqué angustiado. Escape ahora que nada la ata al Palacio de los Placeres.
—¿Qué puedo hacer? Mi padre ya lo ha determinado...
—¡Xiao Meng la ama! ¡Cásese con él!
—Xiao se marchara con Sora —murmuró enrojeciendo.
—No lo hará.
—¡Debe hacerlo! —respondió preocupada—. Ellos no se han separado en muchos años, Sora no sobrevivirá sin su ayuda.
—Si Xiao Meng pone un pie en Japón, lo decapitarán. Los extranjeros no son bienvenidos allá.
—¡No es posible!
—Además, Xiao quiere estar con usted. Él la ama, ¿no se lo ha dicho?
—No he querido que me diga nada —contestó bajando la cabeza—. Él merece alguien mejor que yo.
Miré sorprendido a Odette, creo que mis ojos querían salirse de sus órbitas. ¿Qué le habían metido en la cabeza para que se considerara tan poca cosa? Al recordar su historia, lo entendí todo: Hija ilegítima de un marqués depravado y una prostituta, convertida desde muy joven en la celadora de un prostíbulo donde los clientes la veían como un mueble ordinario y las putas como una enemiga, ¿cómo podía esperar otra cosa de ella que esa actitud apocada?
Sin embargo, se equivocaba. El día en que liberó a Xiao Meng demostró su valor, su mismo aspecto era una muestra de tenacidad: procuraba afearse y aparentar más edad para protegerse. Según Sora, era culta aún sin haber tenido buenos maestros, cosía como un artista, cocinaba delicioso e incluso, tenía buena voz.
Aunque su mayor riqueza se encontraba en su corazón, que era como un hogar en el que siempre había brasas emanando calor. Gracias a ella, Xiao Meng y Sora recuperaron su humanidad y Gastón era un niño feliz.
—Madame Odette, si usted pudiera ver lo que yo, si pudiera mostrarle lo maravillosa que es.
—¿Qué dice Monsieur?
—Es Xiao Meng quien no la merece. Ningún hombre, de hecho, es digno de su bello corazón. Haga que le ruegue de rodillas antes de aceptar su propuesta de matrimonio el día en que al fin, se atreva a hacérsela.
Monsieur Du Croisés, ¿acaso ha perdido la razón?
—No, estoy muy cuerdo y finalmente he decidido tomar acción.
Llamé al cochero y le indiqué que, al llegar a París, fuera a otro lugar.
Monsieur, voy muy retrasada.
—No se angustie. He tenido una iluminación del cielo: Dios no la quiere en un convento. A menos que usted considere que será feliz ahí.
—Es mejor que ese horrible lugar en el puerto, donde temí que mi padre me enviaría.
—Pero no es suficiente, ¿verdad? Y, como Xiao Meng se quedará en Francia y los niños necesitan una madre, he decidido… quiero decir, Dios me ha iluminado para que le enseñe un camino diferente.
—No entiendo y creo que se toma atribuciones que no le corresponden.
—Madame Odette, o más bien Mademoiselle Odette, ¿Por qué no abandona a su padre y se sostiene a sí misma con un trabajo decente?
Se quedó boquiabierta y después de varios intentos, logró replicar.
—No podría.
—¿Por qué no?
—Nadie querrá contratar a la hija de una prostituta.
—¿Por qué tienen que saberlo?
—Da igual, soy una mujer y…
—¿Tiene idea de cuántas mujeres viven de su propio trabajo en París? Algunas mantienen a sus hijos porque sus maridos son borrachos inútiles o han quedado viudas debido a la guerra: Lavanderas, cocineras y, especialmente, costureras; mientras tenga dos manos podrá sostenerse a sí misma.
—Pero, ¿cómo encontraré trabajo, dónde viviré y…?
—De eso me encargo yo. Le confieso que no tengo mucho dinero, ahora soy un noble venido a menos, pero descubrí que trabajar da una libertad maravillosa y que, cuando se tiene amigos, no se debe temer al futuro. Permítame compartir esa experiencia con usted, a cambio le pediré una cosa, eso sí.
—¿Qué cosa?—preguntó con recelo.
—Que escuche lo que el amargado de Xiao Meng siempre ha querido decirle y cuide de los niños. Dígame, ¿quiere hacerlo?
—Sí… pero no sé cómo.
—En cuanto lleguemos a París, buscaremos el cómo.
Era una suerte que mi mente fuera sencillamente brillante, había encontrado la solución en un segundo:
Monsieur Vaubernier, nuestro modisto, solía soltar una perorata interminable cada vez que lo tenía cerca y, por más que uno se esfuerce en ignorar a alguien, algo de lo que dice se queda en la memoria. El hombre hablaba de sus empleadas frecuentemente, era un cotilla sin remedio y se divertía metiendo la nariz en los asuntos de aquellas mujeres.
Ellas se contaban sus problemas unas a otras entre puntada y puntada o se los confesaban a él, quien solía consolarlas cuando las veía decaídas con un pedazo de pastel y una taza de chocolate. Aunque parecía vano, era un buen hombre y elegía a sus empleadas fijándose únicamente en su talento, sin importar si eran de buena familia o no.
Además, había acomodado a la mayoría en la pensión de su tía, una viuda que vivía cerca de su taller. De esta forma tenía sus costureras a mano cuando algún noble se encaprichaba en que hiciera un traje imposible y en tiempos impensables.
No tengo duda de que explotaba a sus costureras con largas jornadas de trabajo, pero era lo que se acostumbraba y todas necesitaban su paga. Para Odette su taller podía ser un comienzo, luego Xiao Meng debería hacer “algo” y yo me encargaría de que lo hiciera.
Al presentarle al modisto, Odette se mostró muy torpe y asustada. El hombre era intimidante cuando quería: la examinó de arriba a abajo con gesto severo, casi como si le reprocharan su aspecto.
—¿Y dice usted, Monsieur, que quiere que le de trabajo a esta jovencita en mi humilde taller?
—Solo si a ella le agradan sus creaciones —contesté muy serio—. No quiero dejarla en un lugar en el que su talento se desperdicie.
—Ha de ser muy buena para creer que no va a quedar deslumbrada con mis vestidos. ¿Dónde y con quién ha trabajado?
—No, yo… —empezó a decir Odette
—Ha sido la costurera particular de damas muy admiradas —me apresuré a decir.
—¿Podría saber sus nombres? —insistió Vaubernier.
—¿Duda usted de mi palabra?
—Por supuesto que no, sólo soy un hombre curioso.
—No puedo decir sus nombres porque fueron mis amantes y quedaría yo algo comprometido.
—¡Esto se pone extraño e interesante! —aplaudió el hombre mostrando una amplia sonrisa.
—Seré sincero, Monsieur Vaubernier. Necesitó colocar a Odette donde nadie le haga preguntas y donde ella pueda sostenerse sola.
—Entiendo.
—Es probable que sea por poco tiempo. Tiene un enamorado que pronto encontrará lo que le falta para pedir su mano.
—¿Lo que le falta?
—Algo más que valor —contesté riendo de mi propia ironía, la cual el hombre no podía entender por ignorar que se trataba de un eunuco.
Monsieur, por más interesante que sea la historia, necesito ver las habilidades de la chica. Si viene mañana, la pondré a prueba.
—Tiene que ser hoy o la llevaré con otro modisto.
—Es casi la hora de cenar, Jean-Paul se enoja si lo hago esperar —respondió preocupado, mirando hacia una de las puertas que había a un lado del salón.
—Por favor, Monsieur Vaubernier, me haría usted un gran favor —dije meloso—. Es más, si me ayuda le diré a Miguel que deje de buscar un nuevo modisto…
—¿Por qué está buscando otro? —preguntó alarmado.
—Creo que considera que trabaja usted muy lento. Por eso pensé en ayudarlo trayendo una trabajadora más.
—¡Es usted un zorro! —exclamó sonriendo al entender mi chantaje. De inmediato se volvió hacia Odette—. A ver jovencita, ¿alguna vez has hecho un vestido?
—Por supuesto, Monsieur, desde hace varios años hago toda mi ropa y la de otras personas.
—¿Ese vestido lo hiciste tú? Quítatelo, quiero ver el acabado.
Odette se negó. Insistimos y al fin accedió a pasar a otra habitación. El modisto llamó a Jean-Paul, su fiel asistente y seguramente amante, un hombre con un gusto tan extravagante para vestirse y maquillarse como él. Conversaron por lo bajo y terminaron con una risita que me preocupó.
Mandaron llamar a una sirvienta para que ayudara a la joven y en unos minutos ya teníamos el vestido negro en nuestras manos.
—Es un vestido insulso pero está muy bien hecho —reconoció examinándolo con cuidado—. Si de verdad lo ha hecho ella, me servirá.
—¿Podrá conseguirle una habitación?
—Si usted vuelve a comprarme algunos trajes —respondió con un guiño.
—De acuerdo —acepté sin ocultar mi dolor.
—Ahora todos ganamos. Jean-Paul dile a la muchacha que salga para que Monsieur la vea.
Odette se presentó ante nosotros vistiendo un hermoso vestido blanco con coloridos estampados. Parecía haber rejuvenecido diez años y, sin el horrible sombrero y el cabello algo suelto, lucía preciosa, como una flor recién abierta: fresca, pura y sobre todo, deseable.
—¿Qué opina Monsieur?
—Que a cierto amigo le volverían a crecer si la llega a ver así.
Me tomó un buen rato desmontar una a una las excusas de Odette y convencerla de romper con su padre. Vaubernier y Jean-Paul nos dejaron una habitación para que habláramos, pero estoy seguro de que escucharon tras la puerta.
—¿Por qué hace esto por mí? —dijo Odette, cansada de mi insistencia.
—Porque los niños necesitan una madre. Usted es la única en quien confían de verdad.
Eso la convenció. Fue asombroso: Pensó un instante, se enderezó y me miró a la cara. En sus ojos flameaba una resolución inquebrantable.
—Lo haré, Monsieur. Mi padre no destruirá la vida de esos niños como la de los otros.
—¿Los otros?
Recitó una larga lista de nombres de niños y niñas que vio pasar por el Palacio de los Placeres durante el tiempo que llevaba ahí. Algunos, ya jóvenes, seguían siendo vendidos, otros habían muerto por enfermedades terribles o fueron enviados al puerto cuando ya no atraían a nadie. Entre todos esos desdichados no faltaron los que se suicidaron al no soportar más aquella esclavitud.
El luto de Odette era por todos ellos. Aquella mujer no haría nada para su propio beneficio, pero lo haría todo por los que amaba. Mi corazón palpitó lleno de emoción, estaba viendo a una joven florecer ante mis ojos y era maravilloso.
Volvió a vestir su traje negro y partió en el coche de alquiler para buscar sus pocas pertenencias y despedirse de su Padre. Estuve caminando de un lado a otro esperándola en el taller de Vaubernier mientras él cenaba con su amigo. Me convidó, pero rechacé su cortés invitación porque no podía quedarme tranquilo.
—Debí acompañarla —me recriminé en voz alta.
—¿Por qué no lo hizo? —preguntó el modisto.
—Porque no puedo.
—Hay tantos secretos contenidos en el lindo cuerpecito de esa muchacha.
—¡Y ahí quiero que se queden!
—No se preocupe, la protegeré y velaré por ella. A cambio espero que usted y los Alençon sigan comprando mis vestidos.
—No tenga duda de que lo haremos. Estamos encantados con la calidad de sus vestidos y con su discreción.
—Soy el mejor de París en esos dos aspectos.
Cuando Odette regresó, apenas traía un puñado de cartas y un pequeño retrato de su madre. El marqués no dejó que se llevara nada más. Me sorprendí al ver que la joven, que lloraba y reía a la vez, tenía la mejilla roja y en el labio inferior una cortada,
—¿La ha golpeado? —grité —¡Ese maldito!
—No importa, no dolió. Me siento muy feliz. Gracias —se echó a llorar con más intensidad, no supe qué hacer. Vaubernier la abrazó y la hizo sentar ante la mesa. Estuvo animándola y le dio algo de beber mientras aseguraba que todo estaría bien.
Salí de mi asombro y me incliné junto a ella, tomé su mano y la besé.
—Odette, es usted la mujer más admirable que conozco.
Sonrió agradecida. La flor era capaz de soportar la tormenta.
Al regresar al Palacio de las Ninfas, enfrenté la ira de Xiao Meng. En cuanto escuchó lo que había hecho, me acusó de poner en peligro a su Odette. Vi todo aquello como un ataque de celos y la incomodidad que sentía cuando sucedían cosas inesperadas.
—Deja de gritarme. Deberías darme las gracias y empezar a prepararte para pedir su mano.
—No le permito...
—Estás enamorado de ella, eso se nota hasta en tu forma de respirar. Ella también te ama, así que sean felices.
—Vassili tiene razón, Xiao —intervino Sora.
—Tú no lo defiendas, él no tiene derecho a inmiscuirse en nuestras vidas y…
—¿Y ayudarnos? Odette iba a terminar encerrada en algún lugar extraño si Vassili no interviene.
—Lo que te molesta es que no las salvaste tú —me burlé.
—¡Cállese!
—Yo sólo he comenzado la obra, el resto es cosa tuya. Y el resto es lo más largo y difícil.
—Yo no soy digno de Odette —respondió el eunuco temblando de rabia—. Ella merece un hombre mejor, no un extranjero que fue juguete de muchos hombres, incluyendo a su padre, y que, para colmo, no puede darle hijos.
—Odette ya tiene seis hijos, Xiao Meng. Está dispuesta a criarlos sola si tú no la ayudas.
—Esos niños me temen. Les hice algo imperdonable.
—Ellos entienden, o entenderán, que estabas atrapado igual que ellos. Pero si no me crees, mañana podemos preguntarles si les gustaría que Odette fuera su dulce madre y tú su amargado padre. Seguramente aplaudirán la idea.
—Es usted un burdo manipulador.
—Estoy cansado, el día ha sido más largo que de costumbre, no tengo intención de escuchar las quejas de un ingrato. Me voy a dormir. Buenas noches —dije mostrando una sonrisa feliz y lo dejé con los puños cerrados en medio de la habitación.
Maurice me aplaudió cuando le conté todo. Mi recompensa fue una hermosa noche en sus cálidos brazos. Sabía que las cosas no iban a ser simples para Odette, Xiao Meng y los niños, pero sentía que había más luz en su mundo esa noche, que en la anterior.  Cada día podíamos seguir buscando ensanchar el resquicio por el que se colaba el sol en nuestras tinieblas, hasta que al fin, fuéramos libres.



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