VI Alas Cortadas - Parte II

El día siguiente comenzó para mí muy temprano. También para los sirvientes del palacio, a quiénes incordié apremiándolos para que prepararan la enorme calesa que solía usarse en las cacerías o paseos cortos, llevaba todo el invierno arrinconada sin mantenimiento, así que hice que la limpiaran bien.
También los obligué a preparar mantas, pieles y varios hornillos de los que se usan para calentar las camas. Tenía un plan y todo debía marchar tal y como había concebido en mi cabeza. Pero claro, eso era imposible.
—Querido Vassili, temo que nevará hoy —anunció Raffaele mientras examinaba el cielo.
—No, no va a nevar —refunfuñé mientras observaba a los sirvientes, desde lo alto de la escalera de piedra, ir y venir por el trayecto que conducía a los establos.
—Pero igual hace mucho frío —acotó Miguel preocupado, arreglándose la capa roja que había comprado recientemente y que  combinaba majestuosamente con el vestido dorado que lucía.
—Recuerda lo que dijo Claudie —insistió Maurice colocándose su sombrero—, los niños pueden resfriarse y…


—Si eso pasa, el buen doctor los curará —aseguré en el acto.
—¡Prefiero que me ahorre el trabajo! —gritó Daladier desde el interior del Palacio, donde esperaba, resguardado del frío, a que los carruajes estuvieran listos.
—Voy a ignorar su comentario como usted ignora los míos —me burlé.
—Cuando te empeñas en algo, eres bastante obstinado —me acusó Miguel.
—Ustedes fueron los que me dieron la idea. Esos niños necesitan aire libre y entretenimiento, así que eso vamos a darles.
—¿Quién iba a decir que Vassili terminaría imitando a Petisco? —se burló Raffaele.
—No le llega a los talones —chilló Daladier ofendido—. El padre Petisco siempre fue amable conmigo, Du Croisés, en cambio, se comporta como un maleducado y…
—Raffaele se refiere a que Vassili quiere ayudar a los niños —le explicó Maurice con paciencia.
—Su querido Petisco lo tenía fácil —repliqué—. Yo tengo que enfrentar al invierno. Vamos, ya es hora.
Salimos hacia la casa del doctor en dos carruajes, seguidos por la calesa vacía. También llevamos dos caballos de más. Para evitar tener que escuchar las quejas de Daladier, lo dejé viajar a solas con Maurice y acompañé a Raffaele y a Miguel. El gigante aprovechó para seguir comparándome con Petisco, cosa que, como él bien sabía, no me hacía ninguna gracia.
Aunque resultó interesante, pude enterarme de la manera en que el buen padre se aseguró de que Carlota no volviera a tocar a su pupilo.
—Estoy seguro de que se lo dijo a Tamalut, son buenos amigos—dijo Raffaele—. Después de ese verano, ella le exigió a mi padre que Carlota nunca viajara con nosotros o nos visitara en el castillo de Nápoles. Todavía no era su esposa, pero ya se había ganado un puesto importante en su vida; mientras que Carlota nunca consiguió meterse en su cama ¡y vaya que lo deseaba!
—Entonces ella y la madre de Asmun eran rivales. Debió ser interesante presenciar su guerra.
—Yo quería lanzarlas a las dos por la borda, no me hacía gracia que alguna ocupara el lugar de mi madre. Al final ganó la Princesa Tuareg, y la Zorra de los Siete Mares se quedó con los dientes afilados.
—“Zorra de los Siete Mares”, le queda bien el nombre —soltó Miguel con desprecio.
—Según toda la tripulación de su barco, se ha ganado el nombre con mucho esfuerzo —acotó Raffaele con gracia.
—¿Y Philippe aún la mantiene en su tripulación? —pregunté extrañado.   
—Mi querido padre se siente responsable porque era la hija de un amigo. Además, la cree una muchacha tonta pero decente.
—Quiero ver lo que hará tío Philippe cuando se entere de lo que ella te hizo —dijo Miguel, con un tono que dejaba ver sus intenciones.
—Vida mía, existe una razón por la que Petisco no se lo dijo en aquel tiempo: mi padre tiende a echarse la culpa de todo lo malo que pasa en el mundo, en especial de todo lo que me pasa a mí. Si llega a saberlo, se atormentará porque, al final de cuentas, él fue quien permitió que ella estuviera con nosotros. Por tanto, nunca se lo diré; ya sufre mucho porque piensa que es responsable de la muerte de mi madre.
La expresión de Raffaele nos hizo adivinar que habíamos llegado a territorio peligroso. Se veía como un anciano que cargaba siglos de tristeza. Miguel le tomó la mano y la besó logrando que sonriera.
—Podríamos hacer de este viaje algo muy divertido, ya que estamos los tres juntos —sugirió enseguida Raffaele con malicia.
—Ni hablar —respondí en el acto.
—Bueno, quédate como simple observador. Es lo más apropiado para un cotilla.
Sentó a Miguel en sus piernas y empezó a recorrer su cuello intercalando besos y lametazos, provocándole una risa muy seductora.
—¡Imbéciles!—les dije.
—¡Envidioso!—respondieron a la vez.
No pude evitar soltar una carcajada, que fue acompañada pronto por las suyas. El resto del camino Raffaele hizo todo tipo de proposiciones indecentes y extravagantes, que yo rechacé de la manera que resultara más jocosa. Deseaba de corazón alejar de él cualquier mal recuerdo y, obviamente, Miguel también. 
Al llegar, saludamos a todos y esperamos a que los niños terminaran de desayunar. Ya comían en la mesa, gracias a Xiao Meng, pero carecían de modales. Imaginé que al degenerado Marqués sólo le importó que aprendieran a complacer a sus malditos clientes. 
Sin perder tiempo en pensamientos fatalistas, puse en acción mi plan:
—Sora y Xiao Meng llevan varios días sin dar lecciones a Maurice y eso es muy irresponsable de su parte —dije imitando la tirantez de Madame Severine—. Así que deben regresar con él al Palacio de las Ninfas ahora mismo. Recuerden que ese es su trabajo.
—Pero, los niños… —empezó a decir  Sora confundido.
—De ellos nos ocuparemos nosotros. De prisa, un carruaje los espera.
—¡Al fin podremos jugar Go con mis piedras nuevas! —anunció Maurice feliz, tendiéndole sus manos a los dos.
Sora aceptó con algo de reparo. El eunuco apenas pudo disimular su sorpresa pero no dijo nada, estrechó también la mano de Maurice y se dejó llevar.
—En cuanto a ti, Gastón —continué, haciendo saltar al pequeño en su silla—, ¿acaso has olvidado tu compromiso con Micaela? Se supone que debes escucharla tocar el piano todos los días.
—¡Es cierto! —exclamó el niño preocupado.
—Tú también regresarás al palacio con ella. Prepara tus cosas.
Sonreí al verlo obedecer a toda prisa. Luego pasé la mirada sobre los demás niños, quienes estaban claramente contrariados pero no se atrevían a hablar.
—Ustedes van a estar muy ocupados hoy, señoritas y señoritos. Saldrán de paseo conmigo y con Raffaele. Hemos traído algunos hijos de Pegaso para que los conozcan.
—¿De verdad?—chilló Gerard poniéndose de pie al instante.
—Vamos, abríguense bien. Saldremos ahora mismo.
Los vivas y los aplausos de todos los niños me animaron. Hasta ese momento no sabía si las cosas iban a resultar bien. Después que se fueron los demás, acomodamos a los pequeños en la  calesa, a la que quitamos el techo. Con ayuda de Antonio, los pilluelos y las sirvientas, los envolvimos en pieles y mantas y colocamos los hornillos en el piso esperando mantenerlos calientes.
Daladier nos despidió algo amargado, a él le tocaba quedarse con las sirvientas preparando un tónico para prevenir el resfriado.
Nunca voy a olvidar la cara de Gerard cuando Raffaele puso ante él su mejor caballo: parecía la encarnación de la felicidad. Se trataba de un brioso corcel negro, enorme y con la crin muy larga y bien peinada. El animal entendía todo lo que decía su amo y llegó a  inclinar la cabeza para que el niño lo tocara. Los otros niños también estaban entusiasmados, a pesar de que era evidente que continuaban recelosos de nosotros.
Antonio y los pilluelos conducían la calesa mientras Raffaele y yo cabalgábamos uno a cada lado. El paseo sería corto, los llevaríamos hacia un claro en los bosques, cerca del palacio, para luego asegurar un rápido regreso.
En el trayecto Gerard no paraba de hablar con Raffaele sobre su caballo. Edmond se recostó y se quedó viendo el cielo por un buen rato, como si fuera la primera vez que podía contemplarlo a gusto. Lamentablemente estaba nublado, yo deseaba mostrarle un hermoso cielo azul. Los otros niños reían y hablaban por lo bajo de todo lo que veían.
—Si quieres cabalgar conmigo, puedes hacerlo —dijo de repente Raffaele sorprendiendo a Gerard.
—¿De verdad?
—No te lo diría si no fuera cierto.
El niño se desprendió de todo lo que lo abrigaba y alzó los brazos hacia el centauro que tenía a su lado. Este lo recogió, lo sentó delante de él y trató de cubrirlo con su capa.
—¡Yo también quiero! —gritaron los demás.
—Pues tomarán turnos, unos conmigo y otros con Vassili.
Enseguida vi a Edmond tenderme los brazos y lo subí a mi caballo.
—¡Quiero que corras muy rápido! —ordenó el pequeño tirano.
—Entonces sujétate bien.
Hice que mi montura acelerara el paso y quedé aturdido por la risa estrafalaria y los gritos de victoria del niño. 
Cuando llegamos al claro, nos detuvimos todos; devolví a Edmond a la calesa, aunque no quería bajarse, y subí a los gemelos, quienes no podían ir uno sin el otro a ningún lado. Les di un corto paseo haciendo un amplio círculo.
 Raffaele dejó a Gerard y subió a la pequeña Liselotte, ella lo abrazó con todas sus fuerzas apenas dieron algunos pasos.
—¿Ya te quieres bajar?
La niña negó rápidamente con la cabeza.
—Liselotte tiene miedo pero no quiere perderse el paseo —afirmó Edmond. Al parecer, había asumido el trabajo de traducir en voz alta los susurros y pensamientos de la niña. Los dos eran los más antiguos en el Palacio de los Placeres y se compenetraban bien.
Raffaele le dio otra vuelta a la pequeña mientras ella temblaba y reía a la vez. Por la cara de mi amigo, deduje que estaba conmovido.
—¡Nieva! —gritó Gerard dando brincos en la calesa.
Yo maldije mi mala suerte al comprobar que empezaban a caer delicados copos por todos lados y cada vez con más abundancia. Sin embargo, para todos los niños, aquello fue lo mejor del viaje.
Volvimos a acomodarlos bien abrigados en la calesa y  emprendimos el viaje de regreso, ellos extendían sus manos y abrían la boca para atrapar los copos, lanzando gritos de júbilo cuando lo conseguían. Me tranquilicé al verlos tan felices.
Daladier se encargó de llenarme de recriminaciones cuando llegamos a su casa. Le respondí que se callara y empezara a trabajar. Después que dio a cada niño una cucharada de amarga medicina, mandó a cambiarlos de ropa y recostarlos.
Los sentamos sobre la mullida alfombra de la biblioteca, alrededor de la chimenea, envueltos en pieles y mantas hasta las orejas. Les servimos chocolate caliente y pasteles que habían preparado Evangeline y Marie-Ángelique, así pasamos varias horas contando historias.
Yo traté de recordar las fábulas que aprendí cuando era niño, lo mismo hicieron las dos jóvenes cuando les tocó su turno. Por su parte, Raffaele y los pilluelos contaron las cosas más espeluznantes que se podía esperar: historias de batallas y leyendas de las calles de París, haciendo que los niños gritaran aterrados aunque enseguida pedían que continuaran.
Antonio se limitó a ir y venir llenando nuestras tazas y asegurándose de que todos estuviéramos cómodos. Supuse que, si lo embriagábamos un poco, también podría contar historias divertidas, pero preferí no intentarlo. Daladier desapareció por largo rato y después se plantó ante nosotros con su violín, interpretó una canción de cuna e intentó marcharse, pero los niños no lo dejaron.
Para Edmond y Liselotte, aquello fue una revelación. Nunca habían visto un violín y apenas si habían percibido alguna nota musical dentro de las paredes del Palacio de los Placeres, así que aquel día fue como si hubieran encontrado a Dios en una zarza ardiente. El doctor tuvo que agotar todo su repertorio musical ante nosotros.
Recuerdo la manera como los dos miraban a Daladier mientras  tocaba, ni siquiera pestañeaban, como si sus rostros estuvieran congelados en un espasmo de sorpresa; sus cuerpos incluso se balanceaban con movimientos muy sutiles al ritmo de la música. Es probable que tararearan aquellas canciones hasta en sus sueños esa noche.
Al día siguiente, llevamos el pequeño clavicordio del palacio y pedí a Miguel y a Maurice que dieran un recital ante los niños. No los podíamos sacar de paseo otra vez porque, bueno, todos estaban constipados.
—Le dije que eso pasaría —se quejó Daladier mientras escuchábamos el coro de estornudos de los pequeños.
—No hubiera pasado si su medicina hubiera sido eficaz —respondí en el acto.
—¡Es usted un…!
—Ya cállense los dos —ordenó Raffaele—. Maurice va a cantar.
He dicho antes que mi pelirrojo era un virtuoso con el violín, aunque él lo niega y afirma que el amor, además de ciego, me ha hecho sordo, pero lo que mejor sabía hacer Maurice era cantar. Los jesuitas se habían preocupado de cultivar su voz, tanto en el colegio como en el noviciado y le habían encargado ser maestro de canto de los Guaraníes cuando vivió en el Paraguay, por tanto, dominaba a la perfección este arte.
Sin embargo, no le apasionaba. Rara vez lo escuché comenzar a cantar espontáneamente, era una habilidad que sólo usaba cuando era necesario. Nunca llegué a entender la razón y me parecía un desperdicio de talento; de haber estado en su lugar, habría buscado lucirme ante todos cantando a cada momento.
Miguel solía decir que su primo carecía de capacidad de interpretación, que no era capaz de transmitir los sentimientos que se esperaban según los versos de las canciones. Tuve que darle la razón después de prestar atención a ese detalle: Maurice se convertía en un instrumento musical, un objeto que emitía los sonidos correctos, nada más.
Excepto cuando se trataba de cantos religiosos. Entonces sí emanaba la música por todo su ser y la expresión de su rostro era un éxtasis de felicidad. Cada vez que eso pasaba me sentía amenazado: ¿Seguía pensando que el tiempo en que fue jesuita era el más dichoso de su vida?
Como era de esperarse, a los niños les encantó la voz de Maurice. Liselotte enseguida quiso cantar como él y, la pequeña que hablaba en susurros, se hizo oír en toda la habitación con claridad.
— Maurice, parece que tienes una alumna —dijo Miguel.
—Tú también —respondió su primo señalando a Edmond, quien trataba de colar su mano para tocar las teclas del clavicordio.
Miguel lo invitó a sentarse a su lado y lo dejó jugar con el instrumento, el niño se desesperó al no saber imitar las notas que había escuchado y lo encaró furioso.
—¡Enséñame cómo se hace!
Se podría decir que, tanto Edmond como Liselotte, encontraron sus alas. 
Esa misma tarde, mientras paseaba con Sora en el Palacio de las Ninfas, le comenté sobre la atracción de ambos niños por la música. Le dije que me alegraba que mostraran tal interés ya que los dos me preocupaban más que los otros.
Sora me escuchó en silencio. De hecho, pronto tuve la impresión de estar en un monólogo al no obtener ninguna reacción de él. Me detuve y lo encaré. Estaba cabizbajo y así se quedó por unos minutos.
—Sora, ¿qué te ocurre? —pregunté preocupado.
—¿Por qué hiciste que volviéramos aquí? Estoy seguro de que a Maurice y a Raffaele no les importaba que dejáramos las lecciones unos días más, ¿Por qué nos buscaste?
—¿Querías quedarte allá?
—¡No! —gritó echándose a llorar—. ¡Me sentía asfixiado! Pero no podía decirlo. Ellos me quieren mucho pero yo no sé de qué hablarles. Y cada vez que los veo me veo a mí mismo y es… ¡es tan doloroso!
—Sorata, lo siento…
—El pobre Xiao sufría más que yo porque los niños le temen y obedecen, como si todavía fuera la mano derecha del marqués.
Lloró por un rato. Nos encontrábamos en medio del jardín nevado, pero yo no sentía el frío, no sentía otra cosa que un nudo ardiente en la garganta y un abismo en mi pecho. Abracé a Sora y dejé que vertiera todo su dolor sobre mí.
—Gracias por ir a buscarnos —dijo después—. Yo lo deseaba. Muy dentro de mí suplicaba que alguien me alejara de ellos. Soy malo por eso, ¿verdad? quería rescatarlos pero,  cuando nos reunimos, sentí que seguía atrapado en el Palacio de los Placeres.
—No eres malo, nada de eso. En cierta forma, es lógico que te sintieras así. Perdona por no darme cuenta antes.
—¿Qué dices? Ni yo mismo entendía lo que me pasaba, no sé cómo lo entendiste tú.
—Porque tengo la habilidad de leer el alma —dije imitando a un anciano, poniendo las manos en la cintura e irguiéndome tanto como pude. Sora se echó a reír—. ¿Acaso no me crees, jovencito?
—Te creo, por supuesto que te creo, Vassili —recostó su frente sobre mi pecho por un rato, luego levantó el rostro y me mostró una sonrisa bañada en lágrimas.
Quise besarlo y decirle lo mucho que deseaba hacerlo feliz, pero sabía de sobra que no debía hacerlo. ¿Para qué seguir alimentando la llama de su amor si nunca iba a corresponderle?
 Hablé de las grandes esperanzas que tenía para los niños, aseguré que ellos dejarían atrás todo el dolor que vivieron si descubrían el amor y la calidez de otros, que podrían sentirse libres si los acogíamos tal y como eran… Dije muchas cosas y todas estaban dirigidas a él también.
Quería hacerle sentir que ya no era un niño atrapado, que podía volar con sus alas rotas, pero ¿acaso no era una contradicción en sí misma esa afirmación? Por eso me propuse a demostrárselo: se lo haría ver en los niños primero para que pudiera descubrirlo en sí mismo después. Mi mayor temor era que, una vez que Sora zarpara hacia su tierra, ya no podría tenderle mi mano para sostenerlo.

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