VI Alas Cortadas - Parte I

La manera como Miguel, Maurice y Sora se comportaron después del rescate, me recordó a la euforia que mostraban los niños de San Gabriel cada vez que Etienne organizaba un juego de pelota en el comedor del hospicio.
Nuestros tres aventureros no dejaban de hablar de su hazaña y parecían camaradas que habían compartido por muchos años el campo de batalla. Sin duda era asombroso verlos tan compenetrados y recordar la manera como se gritaron sentencias llenas de rabia apenas unas semanas atrás.
Raffaele y yo nos limitábamos a disfrutar de sus sonrisas durante el desayuno. Xiao Meng, por su parte, no variaba de actitud: siempre perfectamente comedido y con un aire de superioridad intimidante. Gastón apenas masticaba la comida por la prisa de ver a sus queridos amigos.


¿Quién me iba a decir que aquellos eran los últimos momentos de tranquilidad antes de que cambiara por completo nuestra vida? En el instante en que esos niños entraron en escena, quedamos condenados a cargar con su desgracia para siempre.
Lo he dicho de la peor manera, es cierto, pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre. Probablemente el único que no se hizo ilusiones en ese tiempo fue Xiao Meng. Yo creí como un tonto que todos serían igual a Gastón; el desengaño resultó realmente amargo.
Sin embargo, no importa cuán pesada haya sido la cruz con la que hemos cargado por su causa, no soy capaz de renegar de ellos y estoy dispuesto a ir en su busca tantas veces como sea necesario. Sé que tú también te sientes así, Maurice. Ellos son nuestros niños rotos y parte de nuestro corazón les pertenece de manera irremediable.
Sé lo que has sufrido por su causa durante mi ausencia, lo mismo que con Maximilian, pero ya estoy aquí, ya estamos juntos, no tienes que soportar todo el peso solo. Ya verás que las cosas se verán mejor al llegar la primavera. Concéntrate en lo que puedes hacer ahora y deja atrás las culpas y preocupaciones. Yo me haré cargo de todo, mi muy amado Maurice.
He vuelto a desvariar, soy un escritor indisciplinado, como me llamaste el otro día. Ahora mismo regreso al camino recto.
Recuerdo que, para viajar a casa de Daladier, utilizamos dos carruajes porque la amplia falda de Miguel ocupaba mucho espacio. Él fue con Gastón y Raffaele y yo tuve a Maurice, Sora y Xiao Meng como compañía. El contraste entre el ceño fruncido del eunuco y las sonrisas de los otros era evidente.
Los primeros en recibirnos al llegar a nuestro destino fueron Aigle y Renard, quienes seguían jugando a los soldados y montaban guardia junto a la puerta a pesar del frío. Gastón entró a la carrera gritando los nombres de sus amigos y se llevó la sorpresa de no obtener respuesta.
—Los niños están en la biblioteca —indicó Marie-Angelique cuando nos reunimos todos en la sala—. No han querido salir de ahí.
Abrí la puerta de esa habitación, los cambios eran evidentes: Se habían incluido varios divanes y sofás que tenían mantas y sábanas encima, el escritorio estaba atestado de libros, también había volúmenes a su alrededor amontonados en el suelo. Pero no había señal de los niños.
Sora entró junto con Gastón y poco a poco fueron apareciendo rostros infantiles debajo de los muebles y en rincones oscuros. Acto seguido, tres niños corrieron a abrazar a Sora y otros dos a Gastón. Había pasado mucho desde que vi a algunos de ellos en el jardín del Palacio de los Placeres y ni siquiera recordaba sus rostros, así que bien podía decirse que aquel fue nuestro primer encuentro.
Los pequeños estaban muy asustados y se comportaban como prisioneros ante nosotros. Todos llevaban puesto un camisón de dormir, los pilluelos y las sirvientas intentaron hacer que se cambiaran de ropa varias veces pero ellos no permitieron que se les acercaran. Para darles de comer tuvieron que llegar al extremo de dejar los platos servidos en el suelo.
Apenas habían pasado dos días desde el rescate y aquella era la primera reunión que tenían con Sora, Xiao Meng y Gastón, desde entonces. Miguel y Maurice los habían visitado pero los niños tampoco confiaban en ellos. El lindo vestido que lucía “Micaela” ese día era un intento desesperado por ganar su confianza.
Sora trató de tranquilizarlos, ellos se aferraban a él mientras suplicaban que cerrara la puerta para que ninguno de nosotros nos entráramos. No dejaban de preguntar por Odette.
Gastón insistió en que éramos buenas personas, que pronto seríamos todos amigos y, en un arrebato infantil, tomó de la mano a la niña más pequeña y trató de llevarla ante Miguel. El llanto de su compañerita no se hizo esperar y fue seguido por el de su gemelo, en un momento los otros tres quisieron correr a esconderse. Fue un verdadero desastre.
—Es suficiente —sentenció Xiao Meng entrando en la biblioteca—. Gastón, tranquilízate. Edmond, Gerard y Liselotte, muestren educación. Y ustedes dos, dejen de llorar, nadie va a hacerles daño.
En un instante reinó el silencio. El eunuco ni siquiera había levantado la voz, su simple presencia había bastado para que cada niño se convirtiera en un soldado en miniatura, formándose frente a él en una perfecta fila. Gerard llevó de la mano a los dos gemelos para que ocuparan el lugar que les correspondía, no conocían la disciplina del eunuco.
—Estas personas nos han ayudado a todos, gracias a ellos no volveremos a trabajar para el Marqués en su horrendo palacio y podremos llevar una vida mejor. Muestren gratitud.
Todos hicieron una graciosa reverencia pero ninguno levantó la cabeza. Nos miraban a hurtadillas, como si temieran que en cualquier momento nos abalanzáramos como bestias salvajes sobre ellos para devorarlos.
—Gastón, presenta a cada uno ante nuestros benefactores.
Dicho esto, Xiao Meng se sentó en uno de los sofás. Le vi frotarse la frente como si quisiera hacerse un agujero en la cabeza. Sora, por su parte, ocupó una silla y los niños más grandes se arremolinaron a su alrededor. Empezaron a hablarle en susurros, como si temieran que los oyéramos, él respondió de la misma manera. Sentí el corazón oprimido, toda su vivacidad se apagó, como si se hubiera convertido en uno de ellos.
Los gemelos se quedaron junto a Gastón, quien nos decía sonriendo los nombres de cada uno de sus compañeros de desgracia, ajeno a toda la tensión que reinaba en aquel lugar.
Nosotros aún nos encontrábamos en la puerta, enmudecidos por la impresión. Raffaele se limitó a rodear por la cintura a su querida Micaela y sujetar de la mano a Maurice para que no entrara y asustara más a los niños. Yo tenía la sensación de estar presenciando una tragedia escondida tras la apariencia de algo trivial y por eso no sabía cómo reaccionar.
Me permito ahora hacer una descripción de cada niño, tal y como eran en ese tiempo. ¿Recuerdas cómo lucían, Maurice? Todos nos estremecimos ante su fragilidad, pero mejoraron rápidamente gracias a los buenos cuidados. La última vez que los vi, antes de mi largo y azaroso viaje, estaban más altos, saludables y sonrientes. ¡Estoy impaciente por visitarlos!
Nathalie y Simone, eran los gemelos. Resultaba difícil saber cuál era el niño y cuál la niña. Tenían cinco años. De cabello castaño y los ojos ambarinos. Habían tenido la suerte de pasar apenas unos meses en el palacio y por lo mismo, sufrían de la primera impresión. No paraban de suplicar que los dejaran volver con su hermano mayor.
Edmond era un niño rubio, muy delgado y pequeño. A pesar de tener diez años, era más bajo que Gastón. Su cabello parecía hecho de hilos de seda blanca y dorada que caían como una cortina sobre su cara. Lo llevaba largo hasta los hombros porque solía comerse las puntas y el marqués mandaba a cortárselo a menudo. Pocas veces levantaba el rostro así que tardé en darme cuenta de que tenía los ojos verdes. Se mantuvo como el favorito de los clientes del palacio desde el primer día que llegó a ese infernal lugar.
No puedo pensar en él sin sentir una honda pena, su alma estaba completamente rota después de haber vivido cinco años como esclavo; solía hacernos pasar muy malos ratos con reacciones completamente inesperadas y nada gratas en un infante. Podría llenar muchas páginas hablando de él, pero ya habrá oportunidad más adelante.
Gerard era el polo opuesto de Edmond. Con el cabello negro y los ojos de color gris, tenía un aspecto más saludable. A sus ocho años, sobrepasaba en altura a sus compañeros. Miraba de frente a todo el mundo, siempre con los puños cerrados, listo para defenderse o correr.
También sabía cuándo quedarse quieto y obedecer; de esa manera evitó muchas palizas en el Palacio de los Placeres. A pesar de que llevaba apenas dos años en ese lugar, funcionaba como líder natural del grupo. Siempre intentaba proteger a todos y fue el primero en demostrar confianza hacia nosotros.
Liselotte, la pobre Liselotte, de once o doce años, era el caso más triste de todos y nadie lo sabía. Su tamaño demostraba el hambre y los maltratos que había padecido durante la mayor parte de su vida. Llevaba siete años en el palacio y ya no era capaz de hablar en voz alta. El cabello negro le caía en bucles desordenados alrededor del angelical rostro, éste se extendía hasta su cintura. Los ojos azul claro, extraños como un fino cristal, la piel de porcelana y su mirada ausente, la convertían en una muñeca triste.
Ahora mismo me cuesta contener las lágrimas. ¿Por qué tuvo que elegir un final tan terrible? Cuánto debieron sufrir Odette, Xiao y los demás. Fue una cruel herida para corazones ya muy lastimados… ¡Y yo estaba tan lejos! Me desesperé al saber la noticia, deseaba volar a tu lado y darte consuelo, Maurice, ¡Qué días tan tristes fueron aquellos! Pero no pensemos en eso, Amor mío. Ya ha quedado atrás y no había nada que pudieras hacer. Nada.
Después de decirnos los nombres de los niños, Gastón pasó a presentarnos a nosotros. De repente lo escuchamos decir que Maurice era un Ángel que había vendido sus alas para ayudar a muchos niños, que yo era un hombre muy sabio y divertido pero me volvía tonto al beber, que Raffaele era un rey tan poderoso que tenía a los hijos de Pegaso en su establo, y que Micaela, su reina, era la mujer más hermosa del mundo, pero también se convertía en un elegante caballero muy bueno con la espada.
Los demás niños nos miraron perplejos, nosotros también lo estábamos. En la imaginación de Gastón, todo aquello eran verdades absolutas.
—¿Quién le habrá metido esas ideas en la cabeza? —murmuró Maurice. Yo sólo pude esbozar una sonrisa, mientras me arrepentía de haber echado a volar la ya muy vivaz imaginación de nuestro pequeño príncipe.
—Eso es mentira —gruñó una voz anciana, cargada de amargura. Se trataba de Edmond quien señalaba a Gastón con cierto aire ominoso.
—¡Es verdad! —chilló Gastón pateando el suelo. Se acercó a Miguel, lo tomó de la mano y llevó al centro de la habitación—. Micaela es muy buena conmigo y toca el piano todos los días para que yo la escuche, una bruja le hechizó las manos, ¿ven? —tiró de uno de los guantes para dejar expuestas sus cicatrices—. Si la escucho tocar, se curará.
Miguel no sabía qué hacer. La pequeña gemela se le acercó y le tocó la mano.
—¿Te duele? —preguntó con una vocecita muy suave.
—No, ya no.
—Yo tengo una cicatriz aquí —dijo la niña señalando su rodilla—. Me caí en el jardín y el marqués me dejó sin comer un día porque no debía hacerme cicatrices. Pero Gastón tiene una y a mí no me parece fea. Tampoco las tuyas.
—¡Oh, mi pobre niña! —sollozó Miguel en español y la abrazó sin poder contenerse. Enseguida la soltó y se disculpó.
Nicole le tendió las manos para que volviera a rodearla con sus brazos, por supuesto que lo hizo de inmediato. Su hermano también pidió ser abrazado. Miguel los levantó a los dos y se dio vuelta para decirnos aterrorizado:
—¡Es como si no pesaran nada!
—Son muy pequeños, Vida Mía —respondió Raffaele tranquilizándolo y colocándose a su lado para acariciar a los niños en la cabeza—. Les daremos de comer cosas tan deliciosas que pronto crecerán como una montaña, más altos que yo. ¿Verdad, mi príncipe?
Levantó a Gastón en sus brazos y lo lanzó al aire, la risa del niño pareció disipar las tinieblas.
—¿De verdad tienes caballos? —preguntó Gerard acercándose a Raffaele.
—Más de una docena, en mi palacio.
—Su palacio es muy grande y muy bonito —intervino Gastón, todavía en los brazos de su rey—. Hay un bosque en una habitación y afuera tiene un jardín enorme.
—¿Y los caballos tienen alas como Pegaso? —insistió Gerard, quien tenía una fascinación por los animales.
—Son sus hijos ilegítimos así que las alas sólo se ven las noches de luna llena —respondió Raffaele mostrando su ingenio—. Pero corren como si volaran.
—¿Puedo verlos?
—Tengo algunos afuera, pero no puedes salir luciendo apenas un camisón, se te congelarán las pelotas, ¿sabes?
Gastón, Gerard y Edmond, que se acercó en medio de la conversación, soltaron una risita. Xiao Meng aprovechó para proponer que se vistieran y en ese momento, apareció Daladier detrás de los libros apilados en el escritorio, diciendo que debía examinarlos antes de eso. Para sorpresa de todos, el joven doctor había estado todo el tiempo sentado trabajando.
—¿Estabas aquí? —repliqué indignado.
—Esta es mi biblioteca. Fui claro con los niños, les dije que iba a estar yendo y viniendo, y que no tocaran mis libros. Hasta ahora lo han cumplido bien.
—¿Por qué no los examinaste antes?
—¿Está loco? No quería que se echaran a llorar. Lo mejor era ignorarlos hasta que viniera Sora y se sintieran seguros. Por cierto, Sora no venía porque usted insistió en no ir a trabajar los últimos días y se quedó en el Palacio de las Ninfas holgazaneando.
—Lo que yo haga con mi tiempo no es su problema.
—Tampoco es su problema lo que yo haga con el mío. Pero, como debíamos mantener todo en secreto por usted y Raffaele, contábamos con que ambos salieran del palacio para traer a Sora. Me alegra que ya sepan todo, es muy molesto hacer cosas a escondidas. Ahora salgan, voy a examinar a mis cinco pacientes.
Solté un gruñido que fue seguido por la risa de todos los niños. Me quedé sorprendido y algo avergonzado.
—Tienes razón, Gastón. Él es muy gracioso —escuché murmurar a Edmond.
Daladier pidió ayuda a Sora y a Xiao Meng para examinar a los pequeños. Todos los demás esperamos en la sala, entreteniendo a Gastón. Al terminar, nos dio su diagnóstico mientras las sirvientas vestían a los niños.
—Todos están muy escuálidos, necesitan muchos cuidados para que no enfermen por el invierno.
—¡No hace falta ser médico para saber eso! —repliqué todavía mosqueado—. ¡Salta a la vista!
—Fingiré que no escuché sus necedades —respondió Daladier—.Me aburre cuando toma esa actitud.
—Claudie, perdona a Vassili —le tranquilizó Maurice—. Está tan preocupado por los niños como todos, ¿qué más viste?
—Es terrible: sin duda han pasado por un infierno. ¡Algunos tienen viejas cicatrices en donde menos se espera! Si bien ahora no llevan heridas en sus cuerpos, temo que sus almas puedan estar sangrando para siempre, por eso se comportan como animalitos asustados.
—Yo espero verlos sonreír como lo hace Gastón —dijo Miguel.
—Él llevaba apenas un año en el palacio y dejó de trabajar para el marqués hace meses —intervino Xiao Meng con amargura—. Odette lo trató como un hijo. En cambio, a los otros no los podía atender mucho tiempo y, hasta el día anterior al rescate, estuvieron a merced de quien los comprara.
—Lo más difícil ya está hecho: los niños son libres —contestó Raffaele dándonos esperanzas—. Con el tiempo van a olvidar el infierno por el que han pasado y echaran a volar felices como aves en el campo.
—No se haga ilusiones. Es imposible que un ave con las alas cortadas levante el vuelo.
—¡¿Es que no tienes nada bueno qué decir, eunuco del demonio?!—chilló Raffaele zarandeándolo.
—¡¿De qué sirve hacerse falsas esperanzas?!
Todos nos sorprendimos al ver al imperturbable Xiao Meng perder los estribos.
—Xiao… —susurró suplicante Sora colocando su mano sobre el pecho de su compañero.
Este lo miró y entre los dos pareció establecerse un diálogo silencioso.
—Tienes razón, Sorata. Puede que para estos niños las cosas sean diferentes.
Después de eso, se disculpó y permaneció en silencio mientras Daladier terminaba de dar sus opiniones médicas.
Poco después, Evangeline anunció que los niños estaban vestidos con los trajes que Miguel y Maurice habían conseguido para ellos. Vimos aparecer a un encantador grupo de muñecas vivientes, tres príncipes y dos princesas. Sin duda, todos eran hermosos… ¡Cuan caro pagaron el precio por esa belleza!
Dejamos a Sora, Xiao Meng y Gastón con ellos y regresamos al Palacio de las Ninfas. Daladier quiso acompañarnos porque no era capaz de dormir con tanta gente en su casa, además, resultaba obvio que tendría que prestar su habitación.
Yo me quedé con una extraña sensación de ansiedad. La imagen de Sora con los demás dentro de la biblioteca me causaba desasosiego, era como si me gritara algo hasta el punto de aturdirme y no dejarme definir el mensaje.
La sensación se fue agravando al pasar los días. Tantas ausencias en la mesa y el ayuno de la deliciosa risa de Gastón, empezaron a afectarnos a la mayoría: Miguel, Raffaele y yo, intercalábamos suspiros cada vez que nos reuníamos a comer. Maurice y Daladier se enfrascaban en discusiones inútiles sobre cualquier cosa; el que no se tuvieran paciencia entre ellos era señal de que percibían sin darse cuenta que algo no estaba bien.
Todos estábamos nerviosos por no tener noticias de Odette. La joven había acordado que visitaría el Palacio de las Ninfas a la primera oportunidad que se le presentara. Su tardanza podía deberse a que no quería despertar las sospechas de su padre o a que el marqués había descubierto su complicidad y tomado represalias. Raffaele insistía en que no debíamos preocuparnos de más, pero no sonaba nada convincente.
Procuramos visitar a nuestros amigos todos los días, y mi inquietud aumentaba al verlos. Había algo que pasaba por alto, algo que no era bueno. Gracias a Evangeline, pude descubrir de qué se trataba aunque hubiera agradecido que me lo revelaran de otra forma.
Aquel día había ido a París con Maurice, quien al fin pudo recoger en casa del artesano las cuentas de vidrio que pensaba usar como piedras del juego de Go. Nos detuvimos en casa del doctor para saludar a Sora y a los demás. La joven sirvienta sugirió que la lleváramos al palacio con nosotros, quería recoger lo que necesitaba para la comida del día siguiente.
—Así ahorro tiempo. El otro cochero siempre llega tarde —dijo.
Por el camino, Maurice estuvo preguntando a su pupila sobre los niños, si se habían mostrado más amistosos o comían apropiadamente. Evangeline nos dio una respuesta tajante que acabó con cualquier esbozo de esperanza.
—Todos obedecen a monsieur Xiao Meng sin rechistar pero, cuando él no los ve, son realmente detestables. Y él procura no verlos la mayor parte del tiempo.
—¿Qué quieres decir con que son detestables? —repliqué.
—Esos niños han perdido por completo la inocencia. Sinceramente, los pilluelos de San Gabriel tienen más posibilidad de redención que ellos, y eso a pesar de que muchos han sido ladronzuelos.
—Evangeline, no seas cruel —le pidió Maurice.
—¡Los vi haciendo cosas obscenas entre ellos! ¡A todos! Ni siquiera los más pequeños se salvan.
Nos quedamos sin palabras por un momento. En mi caso, me negaba a aceptar en mi cabeza semejante información. Maurice trató de quitarle peso al asunto:
—Bueno, acaban de salir de un prostíbulo, es de esperarse que hayan aprendido cosas inapropiadas. Pronto dejarán eso atrás, igual que lo hizo Gastón, ya verás.
—También vi al pequeño Gastón haciendo esas cosas. No crea que es tan inocente como parece. Ninguno de ellos lo es.
—¡No es cierto! —repliqué en el acto golpeando mi asiento.
—Estoy diciendo la verdad. Lo vi con el niño rubio, los regañé y fueron a esconderse en la habitación de monsieur Claudie. Entonces se lo conté a Xiao Meng y el hombre los reunió y amonestó a todos. Después se sentó junto a una ventana y no volvió a moverse ni a decir nada. Estoy segura de que los niños siguieron con sus juegos obscenos a escondidas, de hecho, pasan la mayor parte del tiempo ocultos en los rincones.
—¿Y Sora? —pregunté con cierto temor.
—Todo lo que hace es sentarse y dejar que los niños jueguen con su cabello. A veces habla con ellos pero siempre muy bajo. Me da miedo, parece una muñeca sin vida.
—No es posible…
—Por la noche acuestan a los niños en la Biblioteca, nos dejan a nosotras la habitación y ellos duermen en la sala con los pilluelos. Renard dice que Monsieur Xiao Meng no debe pegar un ojo en toda la noche porque su amigo tiene pesadillas y él se sienta a su lado para calmarlo. Yo creo que se van a enfermar porque tampoco están comiendo apropiadamente.
Aquellas palabras me dejaron aún más angustiado, pero todavía no podía definir qué era lo que había visto antes y que apenas, empezaba a tomar forma en mi cabeza. ¿Qué le ocurría a Sora y a Xiao Meng?
Además me invadía el horror al pensar en que Gastón y los niños podían adoptar semejante conducta por su cuenta. Era inconcebible y absolutamente repugnante para mí.
No seguimos interrogando a Evangeline, yo no quería escucharla y Maurice debió darse cuenta porque cambió el tema. Cuando le contamos todo a Raffaele y Miguel, en el despacho, después de cenar, llegué a sugerir que la joven mentía.
—Me niego a creer lo que dice de Gastón —declaré molesto.
—Vassili, Evangeline no es mentirosa —dijo Maurice.
—Es obvio que no, querido primo—acotó Raffaele con ironía—. Es tu fiel pupila, sincera y sin tacto para decir las cosas.
—No entiendo el cambio de actitud de Sora y Xiao Meng —señaló Miguel—. Estaban contentos cuando salvamos a los niños.
—Yo tampoco lo entiendo —dijo Raffaele—. En cambio, el comportamiento de los niños me parece algo normal. A mí me pasó igual, después de que Carlota me enseñó sus “juegos de adultos”, en lo único que pensaba era en eso.
—¿Carlota? —pregunté.
—Te hablé de ella hace tiempo... La mujer marinero que mi padre mantiene en uno de sus barcos por compasión. Digamos que ella me hizo hombre antes de tiempo. Yo sabía que estaba mal pero no podía evitar ponerme a jugar conmigo mismo cada vez que me quedaba solo. Por desgracia, cuando los visité en España, involucré a Miguel y a Maurice en esos juegos y les robé la inocencia como antes ella me la robó a mí.
Ante aquella confesión me quedé turbado, no por el contenido, que ya lo conocía, sino por el tono con que lo dijo. La primera vez que Raffaele me habló del asunto, lo hizo casi vanagloriándose. Ahora parecía mortificado, igual Maurice al escucharlo. Miguel soltó un suspiro.
—¿Por qué te complicas todavía con eso? Yo nunca consideré que me robaste nada, y Maurice ya te perdonó, ¿no es cierto?
—Sí —respondió mi pelirrojo mirando a Raffaele con tristeza y remordimiento.
—Pero, en su momento, eso te hizo sufrir mucho, ¿verdad Maurice?
—Es que, en el colegio, el padre Suárez dijo que tocarse de esa forma era pecado; pensé que Petisco nos había mentido por compasión, que sí habíamos cometido pecado y te escribí esa carta diciéndote cosas horribles… ¡No debí hacerlo! Nos distanciamos por eso.
—Ah, ya recuerdo a ese cura —soltó Miguel con desprecio—. Todo el día andaba hablando del sexto mandamiento (1). Según él, hasta mirarte a ti mismo mientras te bañabas era pecado. Yo odiaba sus sermones. Evitaba confesarme con él porque estaba seguro de que me enviaría al infierno si le decía que me sentía niña y que me gustaban todos mis compañeros de clase.
—¿Recuerdas lo que dijo el padre Petisco cuando le contaste sobre mis “juegos de adulto”? —continuó Raffaele poniendo su mano sobre la cabeza de Maurice.
—Dijo que no lo volviéramos a hacer… que eran cosas para el lecho nupcial.
—Sí, eso dijo. Pero también afirmó que no éramos culpables de nada porque no sabíamos lo que hacíamos. Después, cuando se quedó a solas conmigo, me interrogó para saber de dónde me había venido la idea de andar toqueteando a mis primitos. Insistió hasta que me sacó la verdad; por alguna razón, yo sentía que lo que pasó con Carlota era mi culpa y no me atrevía a decírselo a nadie.
—¡Debiste acusarla desde el primer momento! —protestó Miguel furioso—. Tú tenías trece años y esa zorra vulgar veinte; se comportó contigo igual que los clientes del Marqués con esos niños ¡Si la llego a tener frente a mí, te juro que…!
—Ahora lo sé, pero, en aquel tiempo me sentía culpable y a la vez no podía dejar de pensar en las sensaciones que ella despertó en mí. Fue como si le hubiera cambiado el color a todo mi mundo. Lo cierto es que hizo mi vida más complicada, hasta creí que mi padre no iba a quererme si le contaba lo que había pasado.
—Raffaele… —susurré conteniendo mi deseo de abrazarlo. Lo vi como un muchacho que apenas estaba dejando la infancia y al que arrojaron al mundo de los adultos sin que lo pidiera.
—Para colmo, como siempre fui caprichoso e incapaz de pensar antes de actuar, me comporté como un caballo desbocado y terminé llevándome por delante a mis pequeños primos. Siempre me he arrepentido de eso… No hubiera podido vivir con la culpa si Petisco no me ayuda en ese tiempo. Siempre recuerdo cómo me abrazó y se echó a llorar diciendo: “Tú eres un buen muchacho, siempre lo has sido y siempre lo serás”.
Raffaele, conmovido, nos dio la espalda para que no lo viéramos limpiarse las lágrimas. Todos permanecimos en silencio, esperando que continuara.
—Al verlo llorar, entendí la gravedad de todo lo que me había ocurrido. Me di cuenta de que era algo irreparable y que por eso el gran Petisco se sentía tan impotente que derramaba lágrimas llenas de furia y tristeza. Creo que desde entonces lo amo y respeto a pesar de ser el mayor aguafiestas que he conocido.
—Raffaele, no tenía idea de que te sentías así… —dije sin pensar.
—Eso sí que es un gran logro de mi parte —se burló—, se supone que tienes talento para leer el alma.
—Es porque siempre muestras esa sonrisa de idiota en lugar de contarnos tus problemas —lo regañó Miguel tirándole de una oreja—. Recuerda tu promesa: nunca más vas a ocultarme tus penas, ¡nunca!
—Ya se me ha hecho una costumbre reírme de todo —respondió mostrando una sonrisa muy triste—. Es mi manera de sobrevivir.
—Sé que lo haces para no preocupar a tío Philippe, pero conmigo no tienes que fingir, yo quiero ser quien te sostenga como tú me sostienes a mí.
Raffaele miró a Miguel lleno de gratitud y ternura, lo abrazó, le dio un beso en la frente y le susurró un “te amo” al oído. Por un momento reinó el silencio, todos en aquella habitación estábamos enternecidos, pero Maurice no solía dejar pasar ciertos detalles, ni esperar a que los sentimientos se aplacaran:
—¿Para qué nos has contado todo esto? ¿Piensas que debemos hacer con los niños igual que el padre Petisco hizo con nosotros? Él empezó a llevarnos a acampar al aire libre y nos mantenía todos los días ocupados.
—En parte lo he dicho por eso, pero también quería hacerle una pregunta a Vassili.
Se colocó ante el sofá en el que me encontraba sentado, llevando a Miguel y a Maurice a cada lado, sujetos de la mano.
—Dime, mi querido Vassili, si nos hubieras conocido en aquel tiempo, cuando éramos “niños detestables y obscenos”, como dijo Evangeline, ¿nos habrías negado tu amistad?
Abrí los ojos a más no poder. Ante mí tenía a tres de las personas a quien más amaba, y por quienes me sentía amado y aceptado incondicionalmente. Eran mi familia, mi tesoro, aquellos por quienes me sentía capaz de dar la vida… ¡Por supuesto que hubiera sido su amigo sin importar nada!
Pero había una trampa en la pregunta de Raffaele, una que quizá él mismo no previó: el Vassili de aquel tiempo no era el mismo que tenían ante ellos. Cerré los ojos y bajé la cabeza.
—De haberte conocido en aquel tiempo yo también sería un niño, un muchacho de doce años con la idea fija de convertirme en Cardenal, enfrascado en una competencia con mi hermano mayor para ganar el reconocimiento de mi padre, con la cabeza llena de ideas jansenistas sobre el pecado, la santidad y los méritos. Si los hubiera conocido, si me hubiera enterado de lo que hicieron, habría reaccionado como un idiota: los habría juzgado y condenado, y me habría sentido superior al hacerlo. ¡Porque esa es la clase de persona que fui! ¡No! ¡Es probable que aún sea igual porque, en cuanto escuché a Evangeline decir aquello de Gastón, no pude aceptarlo! ¿Acaso voy a dejar de amarlo por no ser como yo espero que sea? ¡¿Acaso sigo siendo tan mezquino?! ¡¿Es que nunca voy a dejar de ser un miserable?!
Me eché a llorar lleno de rabia contra mí mismo, mientras el recuerdo del dulce Gastón sonriendo, hacía que sintiera brazas quemando mi garganta. Cubrí mi rostro con mis manos, lleno de vergüenza y dolor.
—Vassili, no llores, por favor —pidió Maurice sentándose a mi lado.
—Te lo has tomado de la peor manera —dijo Raffaele alarmado—. No era mi intención hacerte llorar —se arrodilló frente a mí y trató de hacerme enderezar—. Quería darte ánimo, que vieras que… ¡Ah! ¡Ya no sé ni qué quería decir!
—Vassili deja de llorar de esa forma —exigió Miguel parándose a mi izquierda y palmeando mi espalda—. Vamos, compórtate… ¡Nos vas a hacer llorar a todos!
—¡Dejen que llore! —grité—. ¡Es lo menos que puedo hacer! ¡No importa cuánto trate, sigo siendo el mismo mezquino que le hace daño a quienes más quiere!, Imaginen qué habría pasado si yo hubiera descubierto a Gastón haciendo algo obsceno y le hubiera hecho sentir que lo rechazo por eso? ¡Le habría roto el corazón! Su pobre corazón al que ya han herido tanto… Igual con los otros niños, ¿cómo puedo pensar que las cosas serán simples para ellos?, ¿Y si a Sora y a Xiao les ocurre igual?, ¿Si no pueden dejar de sentirse como… como prostitutos? —me puse de pie, acababa de presenciar una epifanía—, ¡Claro, ahora lo entiendo! ¿Cómo es que no me di cuenta antes? ¡Lo que Xiao dijo! Sobre el ave de alas cortadas ¡se refería a él y a Sora! ¡Por eso estaban tan tristes! ¡Soy un idiota! ¡Los dejé allá solos!
—¡Vassili, cálmate de una vez! —me regañó Miguel—. Estás siendo un juez muy despiadado contigo mismo.
—Soy un miserable… —murmuré dejándome caer en el sofá completamente desarmado, sin fuerzas ya para llorar.
—¡Ay Vassili! —exclamó Raffaele compadeciéndome—. ¡Debe ser realmente arduo cargar con un corazón como el tuyo! Pero es precisamente ese corazón lo que más atesoro de ti.
Sentí el abrazo lleno de suavidad y ternura de Maurice y a Miguel acariciar mi cabeza con cariño. Raffaele tomó mis manos, las besó y acercándose a mi oído, susurró lo que menos esperaba.
—La noche en que me abrazaste junto a aquella ventana, salvaste mi vida, ¿sabes? —me estremecí asombrado pero fui incapaz de levantar la cabeza—. Yo estaba pensando en saltar. Acababa de revelarte lo que le hice a Miguel e incluso estuve a punto de hacértelo a ti, me sentía tan asqueado de mí mismo. Tú me abrazaste a pesar de todo, lloraste como si sintieras mi pena, la aceptaras y quisieras cargar con ella. Me diste un segundo aire, Vassili; y gracias a eso pude recuperar la vida que creí perdida.
—A mí también me salvaste, Vassili —comenzó a hablar Miguel después de darme un beso en la cabeza—. Cuando descubriste mis cicatrices y lo que sentía, te empeñaste en ayudarme. Acababas de conocerme y aun así me entendiste mejor que mis propios padres. Gracias a ti, tuve el valor de ser yo misma y darle una segunda oportunidad a Raffaele. Puede que antes hayas hecho algunas cosas mal, pero lo que vemos cada día es lo mucho que te esfuerzas por hacernos felices. No te llames miserable tan a la ligera, estás hablando de alguien a quien amamos.
—No… yo… —me esforcé por hablar, estaba embargado por la emoción—. Yo sólo hice por ustedes lo que Maurice hizo por mí… Yo era un borracho y él me abrazó y…
—Vassili, tú ya eras una persona maravillosa antes de eso —afirmó mi amado aferrándome con más fuerza—. Cuando nos conocimos, fuiste amable y considerado a pesar de que te habían invitado a nuestra Villa para que me enfrentaras. En aquel tiempo yo estaba atormentado, mi padre me había sacado del noviciado y pensaba escapar, abandonarlo. Tú fuiste el único resquicio de paz que tuve en ese tiempo.
—Yo sólo quería que sonrieras… —me incorporé para mirarlo—. Tú sonrisa era para mí el cielo, Maurice.
Sonrió radiante y me besó. Después limpió las lágrimas de mi rostro y continuó hablando con ternura.
—Vassili, cuando volvimos a vernos, después que me sacaron de prisión, yo me encontraba en el mismo infierno; gracias a ti pude volver a sentirme vivo. Tú me has transformado en alguien que no tiene miedo de amar. Así que deja de decir cosas horribles sobre ti, yo no necesito que seas perfecto, nadie quiere que lo seas; lo que queremos es que te quedes con nosotros y seas feliz a nuestro lado.
—Maurice, mi amado Maurice… —lo abracé.
—Quizá deberíamos dejar de hacerte bromas —sugirió Raffaele levantándose—. Aunque significaría renunciar a tus encantadores sonrojos.
—Ah, eso sería realmente triste —respondió Miguel con picardía—. Te daremos una tregua por unos días.
Me puse de pié y los encaré; se quedaron callados en el acto. Abrí mis brazos y los atrapé.
—¡No merezco las palabras que han dicho, pero les aseguro que los amo como si fueran parte de mi familia!
—Y nosotros a ti, aunque seas un llorón sin remedio —contestó Miguel dándome un delicado beso en la mejilla.
—Mi padre ya me había advertido que la gente como tú puede colapsar algún día —afirmó Raffaele después que los solté—. Dijo que un corazón tan sensible es una pesada carga y que debía ayudarte.
—¿Philippe dijo eso? —susurré sintiendo una oleada de calor recorriéndome todo el cuerpo.
—¿Lo ven? ¡A Vassili le gusta mi padre! —Me acusó señalando mi rostro, que debía ser el de un tonto sonrojado.
—¡Yo no…!
—Déjalo en paz, Raffaele —lo regañó Maurice.
—No sé, primito —intervino Miguel—, yo que tú tendría cuidado y no dejaría a tu lujurioso amante a solas con el guapo de tío Philippe.
—¡Por Dios! —chillé—. ¡Ustedes son insoportables!
—¿Otra vez vuelves a la fe? —aplaudió Maurice.
—¡No empieces tú también!
—Vamos a hacer un brindis por los sonrojos de Vassili —propuso Raffaele descorchando una botella de las que Philippe mantenía en su despacho. Miguel lo ayudó a servir y repartir las copas, cuando todos teníamos una, pidieron a Maurice que hablara.
—Por Vassili, quien es una bendición de Nuestro Señor para todos nosotros...
—¡Deja ya de bromear! —me quejé.
—Lo digo en serio.
—Nosotros también te consideramos así —afirmó Miguel.
—¡Amén! —replicó Raffaele vaciando su copa de un trago—. ¿Qué tal si terminamos este emotivo momento metiéndonos todos juntos en la misma cama?
Pude escuchar la risa de Miguel subir de tono mientras Raffaele continuaba insistiendo como un necio y Maurice y yo lo ignorábamos por completo, bebiendo y sonriéndonos el uno al otro.
Cuando volvimos a llenar nuestras copas, también quise hacer un brindis.
—Por ustedes, que han hecho de mi vida algo digno de relatarse.
—¿Piensas escribir tus memorias? —replicó Miguel con picardía—. Últimamente está de moda.
—Un ego como el tuyo seguro produce más volúmenes que la Enciclopedia —acotó Raffaele.
—Debe ser divertido leer tus memorias, pero prefiero vivir junto a ti y ver por mi mismo lo que haces cada día y que me confíes lo que sientes y piensas en la intimidad. Vassili, tenerte a mi lado es un privilegio.
No pude decir nada, me sentí inundado por su ternura. Lo besé y después hice chocar mi copa con la suya. Miguel y Raffaele también chocaron sus copas con las nuestras y nos desearon una larga vida juntos.
Al terminar hicimos planes para el día siguiente. Yo no pensaba rendirme y ellos tampoco, estábamos decididos a salvar de su horrendo pasado a Sora, Xiao Meng y los niños. Todo lo que habíamos dicho acerca de nuestra relación nos animaba a intentarlo: Un ave con las alas cortadas probablemente no pueda volar pero eso no significa que no consiga ser libre, lo primero es hacerle ver que, a pesar de todo, sigue siendo un ave.


Nota: 
1.- Sexto mandamiento: “No cometerás actos impuros”.

2 comentarios:

  1. Adoro ésta historia,mis ojos se han inundado de lagrimas con todo lo que ha pasado.
    Espero que algún día publiques el libro en físico y yo poder comprarlo.

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    1. Que alegría que te guste tanto mi novela. Yo también quiero verla publicada aunque no se ve fácil en este momento. Muchas gracias por comentar.

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