V Armonía de Contrarios - parte V

Finalmente, logré ordenar mis pensamientos y estos se encargaron de apaciguar mis emociones. Busqué a Maurice, se encontraba con los demás en el comedor tratando de cenar. Fue la primera vez que Sora y Xiao Meng nos acompañaron en la mesa.  Cuando Raffaele me vio, sonrió.

—Al fin podemos comer —dijo complacido.

—Antes quiero decir algo —anuncié rígido.

—Adelante, eres el único que no ha hablado. Yo ya me quedé sin aliento.

Me acerqué a mi amante, la persona que más amaba en el mundo y con quien estaba tan disgustado que todo mi cuerpo temblaba.

—¡Maurice, eres un inconsciente! La próxima vez que vayas a hacer algo así, háblalo conmigo primero. No soy un hombre de armas ni tan inteligente como tú, pero jamás pondré a nadie en peligro como tú lo has hecho.



—Vassili… —parecía arrepentido pero no quise ceder.

—¡No quiero decir ni oír nada más al respecto! —repliqué golpeando la mesa y me senté frente a él.

—Vassili, fue mi culpa también —dijo Sora tratando de interceder por Maurice.

—Lo sé. Tú, Xiao Meng y Miguel son tan culpables como él y tampoco quiero escucharlos.

—Exageras igual que Raffaele —se quejó Miguel.

—¡Tú querías recordar los días en que le volabas los sesos a cualquiera en las calles de Madrid! —lo acusé furioso—. ¡El famoso y sanguinario capitán de la guardia!

—¡Quería salvar a los niños! —gritó golpeando la mesa.

—¡Felicitaciones! ¡Lo has hecho de la manera más pomposa posible!

—¿Me permiten opinar? —intervino Xiao Meng.

—No te lo permito —protesté.

Miró a Raffaele, éste blanqueó los ojos y exclamó:

—¡Adelante, eunuco! No has hecho más que mirarnos como si fuéramos tontos. Quiero escuchar qué tanto tienes que decir.

—Sólo creo conveniente señalar que todo salió bien. No hay por qué sufrir por lo que pudo salir mal.

—¡Porque la próxima vez alguien puede morir! —volví a golpear la mesa.

—No habrá próxima vez si monsieur Raffaele logra destruir al marqués con astucia, como ha dicho que piensa hacer —señaló con calma, mostrando una sonrisa de superioridad que me hizo perder aún más los estribos.

—¡Descarado! ¿Qué piensas que va a pasar con Odette? ¿Crees que su padre no sospechara de ella? ¿O de ti y de Sora? ¿Quién conocía el Palacio de los Placeres tan bien como ustedes? ¿Piensas que este ataque no tendrá consecuencias?

—Vassili —intervino Maurice conciliador—, ni siquiera Xiao Meng conocía todos los pasajes de ese palacio, por eso pedimos ayuda, Sébastien…

Le dirigí una mirada que lo hizo callar de inmediato.

—Odette está a salvo —contestó el eunuco indignado—, esa noche cenaba con el marqués en sus aposentos mientras ocurría el ataque. No puede acusarla de nada.

—¿Por qué no nos preguntan por todos los detalles de lo que hicimos en lugar de discutir? —pidió Miguel con una sonrisa ladina.

—¿Tienes ganas de fanfarronear? —le acusó Raffaele mientras masticaba su comida de mala manera.

—Es que ha sido una campaña digna de ser narrada junto con las de Alejandro Magno.

Hice gestos de querer estrangular al engreído español; Raffaele se limitó a resoplar, pidió que dejáramos aquella conversación para después e intentáramos terminar de comer en paz. Mi mal humor no se disipó en toda la velada, mientras que el de él parecía evaporarse con cada mohín coqueto que Miguel le dedicaba. Maurice debió adivinar que ese mismo truco no serviría conmigo, aunque confieso que me hubiera gustado que lo intentara.

Una hora después, volvimos a reunirnos en el despacho y allí fueron contando entre todos su aventura. No estaban nada arrepentidos y era obvio que lo harían otra vez si pudieran. Yo los escuché con el ceño fruncido, soltando una que otra queja. Raffaele, en cambio, se contagió de su osadía y empezó a aplaudir la hazaña.

No se le podía llamar de otra forma, habían burlado a una docena de sirvientes, rescatado a los niños y vaciado las arcas del marqués en una sola incursión. Además, habían robado el libro de registros del Palacio de los Placeres, junto con todos los pagarés y cartas de sus clientes.

—El marqués no mencionó los registros cuando me habló del robo —informó Raffaele extrañado.

—No es tonto —dijo Xiao Meng —. No le conviene que se sepa que ya no puede probar la identidad de los clientes de su palacio.

—Eso es bueno, puedo usarlo contra él, pero con cuidado para que no sospeche.  ¿Y el oro y las joyas de dónde salieron?

—Muchos nobles llegaban a entregar antiguos patrimonio familiares cuando se quedaban sin dinero.

—Creo que el mejor uso que puede dársele a ese tesoro es entregárselo a Sora, para que pueda establecerse en Japón —sugirió Maurice.

—Es justo que se lo lleve —reconoció Raffaele—. Ese palacio se levantó a costa de su sufrimiento, ¿pero qué hay de ti, Xiao Meng?

—Yo seré feliz si Odette, Sora y los niños están a salvo. Sin embargo, puede que ella decida abandonar al fin ese palacio y va a necesitar algo de ese oro.

—Parece justo, lo dividiremos. ¿Dónde están los niños ahora?

—En casa de Daladier —respondió Maurice—. Los pilluelos, Evangeline y Marie-Ángelique ayudan a cuidarlos.

—¿También involucraron a esas sirvientas? —exclamé indignado.

—Daladier no podía lidiar solo con los niños —contestó Miguel como si aquello fuera un detalle sin importancia—. Deja de ser tan quisquilloso.

Continuaron celebrando su aventura, mientras mi ceño se fruncía aún más y una sensación amarga me llenaba la garganta. Decidí marcharme y dejarlos aplaudirse a sí mismos cuanto quisieran, ¡Estaba harto!

Fui entonces a la habitación de Sora para ver a Gastón, se encontraba mortificando a Asmun con cientos de preguntas sobre su turbante. Me quedé mirándolo por un rato y él hizo lo mismo. Yo era el doble de alto, así que dábamos una imagen curiosa parados uno frente al otro, examinándonos expectantes.

—Lo que querías ya está hecho, Gastón —le dije al fin —. Tus amigos están a salvo.

—Sí —contestó sonriente—, Sora dice que pronto podré ir a verlos.

—Me alegra mucho —revolví sus cabellos y le pedí que hiciera caso a Asmun.
Al darme la vuelta encontré a Maurice en la entrada.

—¿Ya podemos hablar, Vassili?

—Aquí no —respondí desabrido.

Fuimos a mi habitación, ocupé un sofá y dejé que dijera cuanto quisiera. Su boca pedía disculpas pero todo su ser gritaba que esos días se había divertido más que nunca, y ese era mi problema.

—Tú nunca tienes miedo de nada —le dije cuando terminó de hablar —. Un día vas a hacer algo peligroso otra vez y puede ser tu ruina.

—Te equivocas. Tengo miedo todos los días: De ti, de que dejes de amarme por mi forma de ser y...

—Entonces, además de temerario, eres estúpido —le solté severo, no pensaba dejarme conmover.

—Vassili, ¿vas a seguir enojado por mucho tiempo? —replicó irguiéndose muy serio—. Porque realmente me gustaría que hiciéramos el amor esta noche.

Me quedé mirándolo perplejo por un instante, sintiendo que todo mi cuerpo se estremecía y llenaba de calor.

—¡Ese es un vil chantaje, Monsieur! —exclamé sin decidirme entre seguir indignado o reírme.

—Es una propuesta de capitulación —dijo haciendo una galante reverencia—. ¿Qué prefieres: Seguir lamentando el peligro que corrimos o hacer el amor como si el mundo se acabara al amanecer?

Fue inútil intentar mantener mi enojo, se veía adorable inclinado ante mí con una sonrisa pícara.

—¿Me follarás con todas tus fuerzas? —respondí con malicia. Se sonrojó, enderezó su cuerpo y retrocedió de inmediato, esa era una palabra que él nunca había usado en su vida—. Eres malo haciendo estas negociaciones, Maurice —apunté levantándome para sujetarlo por la cintura—. Veamos qué tal eres llevándolas a la práctica.

Lo empujé a la cama y él se dejó caer sonriendo.

—Cuando me miras así—confesó—, ya no puedo pensar con claridad.

—No descubras tus debilidades ante tu enemigo. Vamos, tienes que vencerme, no rendirte.

—Vassili, no tengo que esforzarme mucho para vencerte, basta con decirte que te amo —me quedé un instante paralizado, conmovido —. ¿Lo ves? Cada vez que te lo digo, reaccionas así.

Rodeó mi cuello y me besó, me rendí por completo ante él. Fue levantándose al mismo tiempo en que me hacía recostar y antes de separar nuestros labios, ya estaba sobre mí.

—Entonces, ¿de verdad me vas a follar con todas tus fuerzas?

—Voy a hacerte el amor, Vassili. No seas vulgar.

—Alguna vez me gustaría escucharte decir alguna obscenidad.

Pensó un momento y acercó sus labios a mi oído.

—Suelo imaginarte desnudo cuando te veo dando lecciones en el Hospicio de San Gabriel.

Me sonrojé por completo y solté una carcajada.

—¡Maurice, eso es realmente obsceno!

—Espero que estés complacido.

Volvimos a besarnos. Alguien llamó; grité que estaba ocupado. Escuché la voz de Raffaele y la puerta empezó a abrirse.

—¡Juro que moleré a estocadas a quien nos interrumpa! —rugió Maurice.

La puerta se cerró de inmediato y escuchamos la risa de Raffaele y Miguel.

—Nos complace saber que se han reconciliado. Nosotros iremos a lo mismo. Feliz noche.

—Demonios —chilló Maurice saltando de la cama —. ¿Acaso debemos vivir bajo llave dentro de esta casa?

—Hay demasiada gente para tener intimidad —me quejé teatral.

—Tenemos que construir nuestra propia morada —añadió mientras daba vuelta la llave.
—Una donde nadie nos interrumpa.

—Y pueda verte desnudo todo el día.

Volví a soltar una carcajada. Él se acercó a la cama y desabrochó mis calzones. Empezamos una carrera frenética por quitarnos todo lo que impidiera a nuestra piel encontrarse una a la otra.

Después,  me senté en la orilla de la cama, rodeé sus piernas con las mías y empecé a acariciar sus caderas y sus glúteos mientras recorría con mi lengua su pecho.

—¿El bálsamo? —preguntó en un gemido.

—En tu habitación. No te preocupes, “sé vivir en la abundancia y en la escasez”.
Soltó una risa divertida.

Me arrodillé ante él y lamí su miembro. Tomé mi tiempo, midiendo por sus jadeos que tan eficaz estaba haciendo mi ritual. Cuando creí que me acercaba a su límite, volví a subir a la cama dándole la espalda, apoyé mis manos y le ofrecí mi cuerpo.

—Cumple tu promesa —supliqué.
—Vassili, mi amado Vassili, ¿cómo es que puedes rugir como un león hasta hacerme temblar y luego entregarte así a mi voluntad?

—Porque tengo un amante de fuego que ha cautivado mi corazón y hechizado mi cuerpo.

Subió a la cama y recostó su cuerpo sobre el mío.

—Te amo—susurró a mi oído haciendo que mi piel se estremeciera con su aliento caliente.

De inmediato, me llenó con su virilidad. Cada embestida nubló mi mente, repetí su nombre sin cesar hasta que perdí el aliento. Sentí que su mano buscaba mi miembro y lograba excitarme con más habilidad de la acostumbrada en él.

¿Acaso también había recibido consejos de Sora? Sentí que mi rostro se encendía. No era posible que los dos compartieran secretos de cama, ¡mis secretos de cama! Era mejor no pensar y dejarme llevar, aceptar que me tenía en sus manos y que jamás podría amar a nadie como lo amaba él.

—¡Por favor, Maurice, no vuelvas a arriesgarte!

—Lo prometo…

—Te amo.

—Y yo a ti, Vassili.

En ese momento me derramé, el siguió embistiendo un poco más hasta que lo sentí estremecerse. Fue perfecto.

Esa noche logramos hablar del rescate sin discutir. Mientras reposaba en sus brazos, al abrigo de las mantas, me contó todo lo que había pensado y sentido.

El ataque había empezado a orquestarse dos semanas atrás por iniciativa de Miguel. Este se presentó con Maurice ante Sora y Xiao Meng para ofrecer su ayuda y rescatar a los niños del Palacio de los Placeres. Al principio, ellos no dieron crédito a lo que escuchaban, ya se habían resignado al triste destino de aquellos desdichados pero, una vez que vieron la posibilidad de romper sus cadenas, no sólo agradecieron la propuesta, sino que pidieron ser parte de la temeraria aventura.

Según Maurice, aunque Sora y el eunuco se mostraron muy valientes, Miguel temía que no sirvieran para nada por lo que empezó a entrenarlos en tiro. La esgrima quedó descartada porque requería de mucho tiempo para aprender y el japonés rechazó de plano el uso de las espadas occidentales, prefería una vara de madera.

—Parece que los japoneses gustan de partir cabezas con sus propias espadas, Sora practicaba por horas ondeando la vara de arriba abajo sin parar.

También les enseñaron a montar a caballo. En el caso de Sora fue cuestión de recordar, mientras que Xiao Meng nunca había cabalgado o usado armas en su vida. Por fortuna, resultó bueno con las pistolas.

—Hubo momentos en los que me preocupó Sora —continuó Maurice—. Xiao dijo que sufría cada vez que algo le recordaba su vida en Japón, pero él insistía en que se encontraba bien y cada día se esforzaba por prepararse con mucho empeño.

Comprendieron desde el primer momento que necesitarían involucrar a Sébastien. De hecho, Xiao Meng sugirió pedirle los planos del palacio, pero Maurice fue más allá: le contó lo que pretendían y nuestro arquitecto quiso participar directamente en el rescate.

Después, convencido de que requerían más ayuda, mi inquieto pelirrojo pidió auxilio a Etienne, este invitó a Simón y una vez que Daladier se dio cuenta de lo que planeaban, se sumó al grupo y reclutó a Charles, quién sería útil si era necesario sacar una bala. Los pilluelos y Antonio estuvieron contados desde el principio.

Mientras escuchaba, empecé a hacer la lista de los involucrados: Sébastien, Etienne, Daladier, Charles, los dos pilluelos, Antonio y… ¿Simón?, ¿Por qué no habían llamado a François? Se lo pregunté después a Etienne, dijo que su inseparable amigo se encontraba visitando a sus padres por esos días, ¡una aventura que se perdió el más ferviente seguidor de Maurice! 

Gracias a los planos, fijaron las rutas por las que habrían de invadir el palacio desde tres frentes. Como este estaba conformado por varios edificios distribuidos alrededor de un jardín: Miguel, Antonio y Xiao Meng atacarían el principal, en el que se encontraba el despacho del Marqués, lo saquearían y esperarían a que Charles y Etienne comenzaran el fuego en el establo; luego usarían un pasaje secreto para ir hacia otro edificio y abrir las puertas de las habitaciones en las que estaban recluidas la mayoría de las prostitutas. Maurice, Sora y Sébastien, aprovecharían la confusión para sacar a los niños.

—No todo salió como planeamos —confesó Maurice—. A pesar de que se corrió la voz sobre el fuego, algunos guardias se quedaron alrededor de nuestro edificio y nos vieron salir con los niños. Ellos fueron los que dispararon mientras huíamos.

—¿Lo ves Maurice? ¡Pudiste morir!

—Sora me protegió. Se enfrentó a uno de los sirvientes del marqués que estaba a punto de atraparme: lo golpeó tan fuerte con su vara que lo dejó inconsciente. Después insistió en que yo fuera primero con los niños y Sébastien, quedándose de último. Mostró mucho coraje, no parecía la misma persona que temblaba de solo pensar en salir de su habitación, ¡fue un cambio milagroso!

—¿Te dio tiempo de pensar en todo eso cuando tu propia vida estaba en peligro?

—El Señor nos cuidaba. No había nada que temer.

—¡Inconsciente!

—Si vuelves a enojarte, no te contaré nada más.

—Está bien, no me quejaré de nuevo. Cuando contaron su aventura en el despacho, Miguel se explayó en sus propias hazañas. Me interesa saber acerca de las tuyas y de las de Sora.

—Bueno, Miguel y su grupo corrieron más peligro que los demás. Nuestra tarea era más sencilla.

—No había nada sencillo en lo que hicieron, pero parece que tú eres inmune al sentido común y al temor. 

Efectivamente, Maurice no tuvo miedo en ningún momento. Ni siquiera cuando los hombres del marqués estuvieron por darles alcance, debido a que los niños no podían moverse con la misma rapidez que un adulto, tampoco cuando dispararon en su contra.

—Teníamos bien planeada la ruta de escape, con Renard y Aigle  esperando entre los árboles.

Los pilluelos respondieron al fuego de los perseguidores hiriendo a dos de ellos. Era fácil atinar a objetivos que portaban quinqués, mientras ellos permanecían cubiertos por el manto de la noche.

Como era de esperarse, los otros sirvientes del marqués se pusieron a cubierto y dispararon hacia donde pensaban que estaban sus agresores, pero Aigle y Renard ya habían cambiado de posición y volvieron a sorprenderlos con otra ráfaga. Usaron al mismo tiempo mosquetes y pistolas, por lo que sus contrarios no sabían a cuántos invasores se enfrentaban y no se atrevieron a avanzar. Maurice y su grupo contaron con el tiempo suficiente para alejarse.

El incendio se encargó de lo demás: el fuego se extendió a uno de los edificios principales y todos los hombres del marqués abandonaron la persecución para evitar que el Palacio de los Placeres fuera destruido por las llamas. Los dos pilluelos se apresuraron a reunirse con su jefe en los límites del bosque y todos emprendieron la huida a galope.

—Usamos dos carruajes para dejar un rastro falso pero, como providencialmente empezó a nevar, nuestras huellas quedaron cubiertas y el escape fue perfecto —se ufanó Maurice al terminar la historia.

—Tuvieron suerte —respondí con amargura.

—Ya te lo dije, el Señor estaba con nosotros, no había nada que temer.

—No hablemos más, vamos a dormir; no quiero volver a enojarme contigo.

—¿Quieres conocer a los niños? —se aventuró a decir mostrando una cándida sonrisa—.  Mañana podemos visitarlos en casa de Claudie.

—Está bien —respondí tratando de no dejarme hechizar.

—Contamos con que nos ayudes a decidir qué hacer con ellos en adelante.

—¿Ahora sí necesitan mi sentido común? —me quejé.

Soltó una risita que más pareció un ronroneo de un gato y estrechó su cuerpo contra el mío, después cerró los ojos y me deseó las buenas noches. Sonreí al fin: era inútil resistirme a su encanto; lo besé en la mejilla y me quedé mirándolo mientras el sueño nos tomaba en su custodia.

Maurice me pareció más hermoso que nunca y no pude evitar rogar al cielo que siguiera protegiéndolo de sí mismo porque nunca podría vivir sin él.

En la mañana, me apresuré a visitar a Sora. Estaba terminando de vestirse y luchaba por atar correctamente su corbata de encaje. Xiao Meng, arreglaba la cama.

—¿Viene a continuar reprochándonos nuestra buena acción? —preguntó el eunuco con su acostumbrada antipatía.

—Vine a capitular. Tienes razón en que estoy lamentando lo que no pasó, pero debes aceptar que corrieron riesgos indeseados. Para mí ha sido una pesadilla enterarme de que tantas personas que aprecio pudieron salir heridos. Eso te incluye a ti, eunuco miserable.

—Gracias, Monsieur. Pero llamarme miserable está de más. 

—Es porque sabes cómo despertar mi simpatía.

Nos dedicamos una sonrisa tan afilada como la de una serpiente. Luego él se despidió para ir a buscar a Gastón, quien había salido corriendo apenas lo vistieron, impaciente por ver a sus amigos.

—¿De verdad ya no estás enojado, Vassili? —preguntó Sora preocupado.
—Me he resignado a que estoy rodeado de imprudentes. Además,  Maurice me contó lo que hiciste por él. ¡Gracias Sora! Nunca podré agradecerte lo suficiente por protegerlo.

—Le debo mucho y tú lo amas. Mi mayor temor era que le ocurriera algo, por eso me alegré cuando quiso que estuviéramos juntos en ese ataque, a pesar de lo que dije e hice antes.

Si me quedaban dudas sobre él, ese día se esfumaron por completo: su expresión al decir eso no podía ser fingida y sus acciones ya habían demostrado que su odio por Maurice había quedado atrás. Me acerqué y palmeé sus hombros felicitándolo.

—Maurice también dijo que fuiste muy valiente. Ahora tengo más  seguridad en que podrás vivir por tu cuenta en Japón.

Lo abracé entusiasmado.

—Vassili… —gimió estremeciéndose.

Lo solté rápidamente al darme cuenta de lo inapropiado de mi comportamiento.

—Lo siento. No debí…

—No importa… —respondió contrariado y cabizbajo.

—¡Qué demonios! Suelo abrazar a mis amigos, ¿por qué no puedo abrazarte a ti? —exclamé volviendo a rodearlo con mis brazos, él se quedó rígido—. Deja que te diga, amigo mío, que si algo te hubiera pasado también se me habría roto el corazón. Te quiero Sora, y ahora más que nunca por haber cuidado de Maurice, ¡Gracias!

Sentí como su cuerpo se rendía a mi abrazo y lo estreché con más fuerza. Después le di un beso en la frente, él escondió enseguida su rostro en mi pecho, pero logré ver un destello de su sonrisa.

—¡Los descubrí! —chilló “Micaela” abriendo la puerta de par en par en ese momento. Llevaba puesto el hermoso vestido blanco que le daba un aura angelical—. Le diré a Maurice que le estas poniendo los cuernos si no me perdonas y me besas a mi también.

—¡Jamás!, ¡Eres un imbécil, un bruto sanguinario que ha puesto en peligro a todos! Ve y cuéntale a quien quieras, no he hecho nada malo.

—¿Por qué eres tan injusto conmigo? —respondió cubriendo su rostro con sus manos y empezando a sollozar—. ¡No paras de gritarme cosas terribles!

—Vassili, lo has hecho llorar —señaló Sora sorprendido.

—No pensé que se lo tomaría así —respondí avergonzado y me acerqué a Miguel—. No llores, no estoy realmente enojado contigo, me preocupé por ti lo mismo que por los otros y…

—¡Entonces dame un beso de recompensa! —chilló descubriendo su rostro sonriente.

—¡Eres un cretino!

La risa de Miguel se elevó hasta el techo y deseé poder darle un par de nalgadas.

—Vassili, realmente dabas miedo ayer —dijo con aspaviento—. Quizás te llevemos la próxima vez que ataquemos al marqués.

—No habrá próxima vez —gruñí.

—Dejé un asunto pendiente en ese palacio. Quería buscar al maldito de Donatien y cortarle el cuello —usó su abanico como si fuera un cuchillo y lo pasó por su propio cuello—, pero Xiao Meng no me dejó y me obligó a seguir el plan.

Por un momento me quedé espantado ante el contraste de su delicada imagen y la crueldad de sus palabras y gestos.

—¡Lo sabía! ¡Eres sanguinario!

—Es lo menos que ese hombre merece.

—Deja la destrucción del marqués en manos de Raffaele de ahora en adelante, por favor. No quiero que te pase nada por imprudente.

—Lo haré si me besas como a Sora—respondió con picardía.

—No sé quién es peor: Miguel el sanguinario o Micaela la coqueta.

—Somos la misma persona y nos vas a tener que aguantar así.

Atrapó mi rostro con sus manos y me besó en la mejilla.

—¡Otra victoria para el reino de España! —declaró lleno de orgullo antes de salir corriendo como un niño travieso.

—¡Un día te voy a tirar de las orejas! —amenacé en vano. 

Escuché reír a Sora. Al volverme creí estar ante una persona completamente diferente, era la primera vez que reía con semejante espontaneidad y alegría, ¡Cuánto había cambiado!

Al final, tuve que reconocer que debía agradecerle a Miguel por todo: por no resignarse y tomar la iniciativa de rescatar a los niños, dándoles una razón para sonreír a quienes estaban sumidos en la más triste desesperanza. Claro que nunca se lo dije porque no quería alentar su temeridad…

Cuando salimos al corredor, encontramos al español contando su hazaña a Raffaele, el gigante se burló de mí cuanto quiso por haber caído en un engaño tan evidente. Maurice se acercó, exigiéndoles que dejaran de molestarme, mas, en cuanto sus primos le contaron la situación, lejos de ponerse celoso, también se rió.

Gastón subió corriendo las escaleras y gritó pidiendo que nos diéramos prisa porque quería ver a sus amigos. Xiao Meng apareció tras él, exigiendo que dejara de correr por todos lados pues ya estaba cansado de perseguirlo. Nos reunimos con ellos al final del corredor, Raffaele cargó al pequeño en sus brazos y le prometió que partiríamos en sus caballos alados después de desayunar.

Me quedé atrás mientras todos bajaban, los observé lleno de gratitud: eran mi pequeña e improvisada familia. Nuestra relación podría parecer del todo inapropiada para muchos, pero eso no tenía la menor importancia para mí. Lo único que importaba era que, estando juntos, nos dábamos unos a otros un lugar cálido donde recomponer nuestras alas.


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