V Armonía de contrarios - Parte III

Me concentré en el trabajo: volví a las lecciones en el hospicio, al refugio de universitarios desesperados que era la casa de Etienne y a soportar los caprichos de Abélard, quien seguía tan holgazán como siempre.  Al menos mis pilluelos mostraban grandes avances.

De nuevo me vi en la obligación de llevar a las dos sirvientas conmigo cada vez que iba al hospicio. Durante el viaje en carruaje, Marie-Ángelique se mostraba temerosa de mí. En el palacio solía desaparecer cada vez que yo entraba en una habitación que estuviera limpiando. Supongo que mi dureza al enseñarle las lecciones y al llamarle la atención por cualquier descuido, la hacía preferir tenerme lejos.


Confieso que era desagradable con ella por los celos que me inspiraba, no la quería cerca de Maurice. Los dos se llevaban muy bien, no pocas veces la descubrí conversando con él sobre algún libro y, en su rostro sonrojado, pude adivinar que no había perdido el interés en él.

Evangeline, en cambio, aprovechaba el viaje para hacer todo tipo de preguntas, demostrando su inquietud por cultivarse cada día más. Yo no le intimidaba para nada, de hecho, dudo que exista alguien capaz de hacerlo. Desde ese tiempo ya se comportaba como alguien que no tolera otro trato que el de igual, a pesar de ser una simple sirvienta.

Eso le ganó muchos roces con Agnes, a quien le gustaba que todo el mundo supiera ocupar su lugar. Yo me burlaba por lo bajo de sus pretensiones, pero prefería no buscarme un regaño de Maurice y la dejaba ser. Él siempre la apoyaba y alentaba a buscar su propio camino; por supuesto que, a la larga, una mujer con semejantes ínfulas iba a ser un dolor de cabeza.

Los preparativos para construir el hospital llevaron más tiempo del que esperaba, por lo que decidí citar a Sébastien al palacio e involucrar a Maurice, no quería pasar mucho tiempo lejos de él. ¿Qué puedo decir? Sentía frío cuando no lo tenía cerca y temía que se aburriera o se sintiera solo. Los dos éramos egoístas respecto a nuestro tiempo compartido, nunca teníamos suficiente el uno del otro. Aún seguimos siendo así. 
  
Recuerdo que uno de esos días, al regresar de la calle San Gabriel, encontré a Sora en el salón oval. Llevaba puesto uno de los preciosos trajes que el modisto le había regalado, de color violeta, y la capa gris. Fue la primera vez que lo vi vestido así.

Lucía diferente y, por supuesto, me pareció hermoso. No pude evitar fijarme en sus bellas piernas: Tenía una figura de paje tan elegante y sensual que me quedé sin aliento.

Gastón lo acompañaba y le hacía dar vueltas sobre sí mismo sujetándole las manos mientras corría a su alrededor. Cuando me vio, se detuvo y sonrió con tímido sonrojo.

—Bienvenido —susurró mientras componía su traje.

—Gracias —respondí acercándome—. Te ves muy bien vestido así.

—¿De verdad? —preguntó con alborozo mal disimulado.

—No te lo diría si no fuera así.

—Me siento algo extraño. Xiao insiste en que debo ser agradecido y usar esta ropa.

—Tiene razón, y así estás más abrigado. Hoy hace frío.

—Sí, pero Gastón insiste en que salga al jardín.

—¡Sí! ¡Vamos, Sora! ¡Juguemos con la nieve! —chilló el niño antes de salir corriendo y empezar a saltar escalón por escalón hacia el jardín.

—¡Ten cuidado! —dije temiendo que fuera a caerse.

—No escucha cuando está emocionado —señaló Sora con una sonrisa muy dulce.

—Vamos a buscarlo antes de que se haga daño.

—Ve tú, Vassili, yo… —dijo retrocediendo asustado.

Sé que debía tenerle algo de desconfianza, pero resultaba difícil pensar que sus gestos fueran fingidos. Podía escuchar a Asmun recriminándome mi ingenuidad, aunque no se encontrara en los alrededores.

—Vamos —insistí tendiéndole la mano—. Es tiempo de que salgas.

Titubeó, tomó mi mano y se dejó llevar. En cuanto estuvimos a punto de atravesar la puerta del salón hacia el jardín, sentí que se estremecía y se echaba para atrás otra vez. Retrocedí para colocarme junto a él y rodear su espalda con mi brazo Lo empujé para que diera un paso más y, finalmente, salió del palacio.

—Respira hondo, Sora —le dije con cariño—. Esto es la libertad.

—Es muy fría.

—Poco a poco te acostumbraras y, cuando llegue la primavera, no querrás volver a quedarte encerrado.

—Tengo miedo de ser para siempre un niño asustado en el camarote del holandés —confesó mirándome aterrado.

—Ya no lo eres, ¿no te has dado cuenta?

En su rostro pude ver sorpresa y, luego, gratitud. Lo invité a bajar las escaleras. Gastón corría de un lado a otro como el niño más feliz del mundo.

—Ven, Sora, ¡juguemos! ¡Juguemos!

Los dos estuvieron corriendo, gritando y riendo hasta que se les congelaron las narices. Gastón tuvo fiebre en la noche, pero al día siguiente quería volver a salir.

Yo deseaba ayudar a Sora a sentirse libre, a vencer el recuerdo de todos sus sufrimientos y, a la vez, no quería correr riesgos o provocar los celos de mi amante de fuego. Así que se me ocurrió una solución en extremo brillante: ¿Quién podía ayudar a Sora mejor que cualquier otro? Maurice, por supuesto.

Le conté lo que había ocurrido con Sora y cómo este se sentía; estaba seguro de que intentaría hablar con él y ayudarlo. En lugar de eso, mi desconcertante pelirrojo sugirió que lo sacará a pasear al jardín todos los días. Me quedé sin palabras.

También continuó recibiendo lecciones de Xiao Meng, volvió a dibujar a Sora y a hacer cualquier cosa que le permitiera convertirse en una presencia permanente en su habitación, de manera que, cuando Gastón lo invitaba a salir, el joven japonés aceptaba de inmediato.

Maurice tenía bien sabido que Sora aún no soportaba tenerlo cerca, no solo por los celos, sino también por la vergüenza. Digamos que, para sacar al ratón, le invadió la madriguera. Un Alençon después de todo. Yo esperaba que le hablara con su calidez acostumbrada; resultó que esa calidez la tenía reservada para mí.

El pobre Sora se encontró desalojado por largas horas y, si tenía la mala suerte de encontrarse con Miguel, debía soportar un choque de espadas. Algunas veces terminaba refugiándose en el salón de Nuestro Paraguay, abandonado por Gastón, quien prefería escuchar a Miguel tocando el piano.

Cuando paseábamos por la tarde, a mi regreso del trabajo, soltaba todas sus quejas y yo debía calmarlo. Sin darse cuenta, se acostumbró a pasar más tiempo afuera de su habitación. Felicité a Maurice por su estrategia, respondió que estaba buscando resolver dos problemas: su deseo de conocer la cultura oriental y la manía de permanecer encerrado de Sora.

Además del idioma, también estaba obsesionado por aprender el juego de Go y para eso había encargado a un artesano la confección de cientos de piedras de vidrio. Ya había probado mandándolas a hacer de porcelana, pero a Xiao Meng y a Sora les pareció una herejía usar piedras azules en lugar de negras. 

La espera le estaba resultando muy larga a Maurice; sin duda, cuando algo le interesaba, se volvía en verdad una obsesión. Daladier prácticamente tuvo que rogarle sin cesar para que terminara de copiar las ilustraciones de su libro, con ayuda de Miguel, como le había prometido. 

Recuerdo que el joven doctor no paraba de hablar del viaje que emprendería en primavera rumbo a Austria. Bromeábamos diciéndole que parecía enamorado de su colega Jan Ingenhousz. Él soltaba una frase chocante, advirtiéndonos que nuestras “excentricidades” no eran contagiosas, y que lo único que despertaba su pasión era la ciencia. No tuve dudas de eso: jamás le vi interesado en otra cosa que no fuera descifrar los misterios del cuerpo humano.

Raffaele, por su parte, seguía aprovechando cualquier descuido de Miguel para pedir a Sora consejos de cama. Un día se le ocurrió hacerlo delante de Maurice, mientras esté dibujada garabatos orientales dirigido por Xiao Meng. Al regresar del trabajo y pasar a buscar a Sora para llevarlo al jardín, los escuché hablar de la forma más natural de las cosas más indecorosas.

En cuanto me vio entrar, Raffaele preguntó si yo tenía alguna costumbre extraña en la cama; Sora sonrió y respondió que aparentemente me excitaba que me ataran. Maurice detuvo su pincel y me miró con los ojos dorados casi flameando.

—¡Qué demonios! —estallé —. Esa no es una conversación que deban tener ante Maurice.

—Yo lo veo muy interesado, ¿verdad, primito?

Maurice se limitó a aplastar su pincel sobre la hoja y hacer un trazo bastante agresivo. Enseguida Xiao Meng cubrió su boca para soltar una de sus risitas que tanto me exasperaban.

—Debes aprender a hacer bueno nudos —continuó burlándose Raffaele —. Yo puedo ayudarte a atarlo cuando quieras. ¡Incluso podríamos azotarlo!

—Tomaré en cuenta tu amable oferta —respondió mi amante con cierto retintín que me hizo temblar.

—¡Basta, Raffaele! —exigí nervioso.

—¡Qué bonito te ves cuando éstas avergonzado, Vassili!

—¿Acaso no ves que es incómodo para Maurice y Sora hablar de esas cosas?

—Creo que los dos se están riendo de ti.

—Sora, te prohíbo hablar de nuestra intimidad con este cretino.


—Lo siento, Vassili, monsieur Raffaele ha sido tan amable al dejarme vivir bajo su techo, que no puedo negarme a responder unas preguntas —era obvio que no lamentaba nada y estaba disfrutando la situación.

—Eso mismo. Y, Maurice, comprende que necesito consejos de cama porque estoy desesperado por follar con Miguel como Dios manda.

—Si fueras más amable, Miguel no tendría miedo —lo regañó Maurice.

—¡Lo soy! ¿Acaso debo tener una entrepierna de algodón para que deje de temblar?

—No creo que deban ventilar eso aquí —los regañé.

—Mientras Miguel no se entere, todo estará bien. ¡No vayas tú con el chisme!

Monsieur Raffaele, temo que Sora no le ha dicho lo más importante —intervino Xiao Meng molesto por el caos—. Si quiere que su amante pierda la cabeza por usted, debe usar el bálsamo que teníamos en el Palacio de los Placeres. ¿Acaso cree que el vigor que demostraban los clientes era algo natural? Ese bálsamo es un afrodisiaco muy eficaz.

—Xiao Meng niega mi talento cuando quiere—respondió Sora haciéndose el ofendido—. De nada sirve el bálsamo sin las caricias apropiadas.

—Yo puedo elaborarlo para ustedes si lo desean —se ofreció el eunuco ignorando a su compañero.

—Sí, por favor. Estoy desesperado y Maurice ya no me presta a Vassili.

—Realmente eres desagradable, Raffaele —me quejé al ver el rostro molesto de Maurice—. No menciones cosas que deben quedar en el olvido.

—Tonterías, si aún respiras es que Maurice dejó eso en el pasado.

Las carcajadas de Raffaele lograron que perdiera la paciencia. Le dije a Sora que iba a pasear solo si no dejaba aquella mala compañía y salí. Lo esperé unos minutos en el salón oval, llegó con paso apresurado y llevando la capa en las manos. Empezó a disculparse y a suplicarme que no lo privara de mi compañía. Le quité la capa de las manos y se la coloqué sobre los hombros, asegurándome que quedara bien abrigado, después le ofrecí mi brazo y salimos al jardín.

—Hoy voy a ser yo quien va a quejarse durante todo el paseo —declaré—. ¡Tú y Raffaele son verdaderos demonios juntos! ¡Demasiado para mí!

No pudo reprimir una risita, pero, al escucharme gruñir, comenzó a disculparse lleno de temor. Yo terminé echándome a reír y diciéndole que no se preocupara, que toda mi cólera tenía a Raffaele como destinatario.

—Contigo no puedo durar mucho tiempo enojado.

Lo vi de reojo, se ruborizó y sonrió de una manera muy cándida. Sentí oprimido el corazón: Sora seguía amándome con la misma intensidad que el primer día. Había que agradecerle a Raffaele por darle oportunidad de reír, aunque fuera a mi costa. 

Para elaborar el bálsamo, Xiao Meng necesitó ayuda de Daladier y su extensa e inagotable farmacia. Este aceptó colaborar por aprender algo nuevo. A los pocos días nos presentaron los frascos llenos de aquel útil afrodisiaco, Raffaele casi bailó de felicidad, yo no me atreví a tomar mi parte.

—¿No lo quiere Monsieur? —preguntó Xiao Meng riéndose con sorna.

—No lo necesito —murmuré entre dientes.

—¿Por qué no? —replicó Maurice—. Es mejor que usar saliva y…

—¡Muy bien, no digas más! Lo tomaré.

—Espero que me dejen documentar sus efectos—insistió Daladier.

—¡Jamás! —chillé.

—Vassili, eres un libertino al que le da vergüenza decir “follar” y todo lo que se relacione con el asunto —se burló Raffaele.

—Libertino pudoroso —señaló Maurice con gracia.

—Bien dicho, primito.

Todos rieron haciéndome sentir aún más avergonzado.

Al día siguiente, durante el desayuno, Miguel y Raffaele no aparecieron. Volvimos a ver al señor del palacio por la tarde, cuando salió al jardín y besó la mano de Sora agradeciéndole por sus buenos consejos y abrazó a Xiao Meng por el bálsamo. Debo agregar que Miguel estuvo de mejor humor a partir de ese día.

Visto a través del prisma de los años, aquellos días de extraña convivencia fueron todo un aprendizaje. Había mucho en común entre nosotros; cada uno estaba dando pequeños pasos hacia la libertad. Todos teníamos una prisión a la que aún nos ataban invisibles cadenas:

Miguel y Raffaele seguían atrapados en la misma habitación en la que su amor se convirtió en una tragedia años atrás.

Maurice estaba marcado por tantos desengaños que le proporcionaron las personas que debían serle más cercanas y, sobre todo, por el temor a otra de mis traiciones por no ser suficiente para mí.

 Yo me atormentaba pensando que mi miseria haría que un día dejara de amarme.

Sora, Xiao Meng y Gastón apenas estaban experimentando el mundo fuera del Palacio de los Placeres.

El día en que cada uno volara con sus propias alas llegaría solamente si encontrábamos, en la fragilidad del otro, la fuerza que nos faltaba para sostenernos. 

Nos esperaba un largo camino hasta lograr elevarnos como águilas y los sinsabores de la vida seguían presentándose de manera inesperada. Algunas veces, venían a tocar nuestra puerta con rostros de amigos.

Así fue como un día, después de una fuerte nevada, recibimos la visita de Odette. Luego de darle la bienvenida, la acompañé a la habitación de Sora mientras le contaba los grandes avances que él iba haciendo. En el corredor encontramos a Gastón con Raffaele y “Micaela”.

El niño se colgaba de las manos de los dos, quienes lo elevaban y columpiaban hacia adelante y atrás haciéndolo reír a carcajadas. En cuanto vio a la joven celadora del Palacio de los Placeres, se soltó y corrió gritando su nombre con tal alegría que casi me pareció que la llamaba “madre”.

Pude ver en la expresión de Raffaele y Miguel que tuvieron la misma idea. Fue evidente que muchas ilusiones que habían estado construyendo alrededor del pequeño quedaron destrozadas en el instante en que Odette y Gastón se abrazaron.

Raffaele enlazó su mano con la de Miguel y lo animó a acercarse a nosotros. La joven les agradeció por cuidar del niño y éste la hizo entrar a la habitación de Sora casi a rastras.

—Qué bueno, ¿verdad, Vida Mía?

—¿Qué cosa? —dijo Miguel saliendo de su consternación.

—Que Gastón tiene madre, es algo bueno —la voz de Raffaele estaba a punto de quebrarse.

—Sí, tienes razón —respondió su amante sonriendo, al tiempo que limpiaba una indiscreta lágrima.

Los dos me conmovieron, parecía que les habían arrebatado algo que estuvieron cultivando juntos. Ahora que Xiao Meng iba a quedarse en Francia, existía la posibilidad de que Odette escapara del Palacio de los Placeres y formara con él y con el niño una familia.

Ambos confesaron después que aquello los había alegrado y entristecido a la vez: El pequeño no estaba solo en el mundo, pero, por esto mismo, no necesitaba que ellos se hicieran cargo de él. A pesar de eso, los dos continuaron mimándolo y protegiéndolo hasta ganarse un lugar en su vida.

No eran los únicos en quien el niño despertaba una calidez paternal. En mi corazón también hacía brotar una ternura que hasta ese momento no había tenido muchas oportunidades de expresar. Siempre fui cercano para mis sobrinos y fue evidente que era capaz de ser considerado, como lo fui con mi pequeña piojosa, pero convivir con Gastón hizo que me planteara por primera vez la idea de ser padre.

Resultaba imposible ser indiferente a su presencia. Cuando menos lo esperaba, aparecía y te desarmaba con su candor. Considerando el horror que había vivido, su personalidad alegre e ingenua era algo extraordinario. 

En una ocasión, entró en mi habitación sin avisar: no me di cuenta hasta que lo tuve a mi lado, con la nariz sobre las hojas en las que trataba de calcular los gastos que implicaría la construcción del hospital. Como me había quitado los guantes, el niño pudo ver claramente mis manos deformes y se echó a llorar.

—Vassili, ¿a ti también te hechizaron las manos? ¿Por qué no tocas el piano? ¡Vamos, yo te ayudaré a curarte!

—Tranquilo, Gastón —le dije dejando a un lado la pluma para limpiar sus lágrimas—. Nadie me ha hechizado, he sido yo mismo quien me hice esto.

Le dije, tratando de contar el asunto con gracia, que un día me había emborrachado tanto que confundí una chimenea con una fuente de agua y quise lavarme las manos.

El niño me miró perplejo y luego empezó a reírse, fundiendo su sonrisa con sus lágrimas.

—¡Pero qué torpe eres Vassili!

—Sin duda, soy muy torpe. Por eso no he vuelto a emborracharme. Tú tampoco debes hacerlo nunca, Gastón. Los hombres que se emborrachan se vuelven tontos.

—¡Nunca lo haré!

—Así se habla.

—¿Y te vas a curar algún día? —preguntó después de quedarse mirando mis manos con verdadera compasión.

—Daladier me da una medicina muy buena, pronto mis manos se verán mejor.

—¡Yo también quiero ser doctor y curar a todo el mundo!

—Eso es muy bueno, pero no te vuelvas gruñón como él. Siempre está quejándose de todo.

Empecé a imitar la manera de quejarse de casi todo que tenía Daladier, y  volví a escuchar el dulce manantial que era la risa de Gastón.

—Ojalá te cures pronto, Vassili —concluyó el niño poniéndose de puntillas, rodeando mi cuello y dándome un beso en la mejilla que me dejó petrificado. Era la primera vez que tenía semejante gesto conmigo.

Tuve mucho cuidado de no moverme para no asustarlo. Deseaba abrazarlo con todas mis fuerzas y decirle que siempre iba a cuidar de él, pero recordaba bien el miedo que me tuvo al principio y su triste tragedia.

Para mi sorpresa, después quiso ver lo que escribía y me tendió las manos para que lo sentara en mis piernas. Sentí que me encontraba en alguna ceremonia religiosa cuando lo levanté: tan pequeño, tan frágil, tan sagrado…

¡Un niño! Todas las posibilidades, todas las promesas encerradas en una vida tan frágil que, con cerrar una sola mano alrededor de su cuello, podría extinguirla. Estoy seguro de que es una ley natural proteger a un infante precisamente por esta vulnerabilidad; se puede decir que lo tenemos inscrito en nuestras entrañas.

Por eso mismo, quien ultraja, abandona o corrompe a un niño demuestra una pérdida total de su condición humana. No me refiero solo a gentuza como el marqués y sus clientes, sino también a los reyes que crean el hambre y la miseria, dos monstruos que consumen a miles de niños cuando campean libres entre los pueblos; y, sobre todo,  a los padres y madres que abandonan a la suerte a sus hijos como si su existencia fuera una carga insoportable.

Mientras tenía a Gastón en mi regazo pensé en cómo sería ser padre y lo consideré una bendición. Sentí envidia de Miguel, de mis hermanos y hasta de los borrachos de la calle San Gabriel. Ellos tenían hijos, yo había renunciado a engendrarlos cuando me hice sacerdote y ahora, libre de esa atadura, había elegido como amante a otro hombre. ¿Acaso Maurice y yo nunca sabríamos lo que era perpetuar el amor mutuo en una nueva vida?

En ese tipo de pensamientos dejaba desvariar mi corazón, cuando Gastón empezó a preguntarme por mis garabatos sobre la hoja. El niño apenas reconocía algunas letras y números, comencé a darle su primera lección de matemáticas. Fue gracioso verlo tomar la pluma e intentar imitar mi trazo, o comparar los números con animales y reírse de ellos, ¡su imaginación no tenía límites!

Estando en eso, llegó Maurice. En cuanto vio lo que hacíamos, se las ingenió para cambiar el tópico de la lección y el pequeño terminó aprendiendo a escribir su propio nombre. Estaba tan orgulloso que se llevó la hoja para mostrársela a todos en el palacio. Le hice prometer que estudiaríamos juntos varios días a la semana, aceptó de inmediato.

—Es encantador —dije al verlo correr fuera de la habitación ondeando la hoja.

—Sin duda —respondió Maurice cerrando la puerta—. Es un milagro que sea tan alegre después de todo lo que ha vivido. Creo que demuestra la enorme capacidad que Dios puso en cada ser humano para levantarse y seguir adelante a pesar de todo.

—¿Quieres oír algo interesante? —dije con simpleza, cambiando el tema antes de que empezáramos una discusión teológica—. Hoy he pensado por primera vez en que me gustaría ser padre. Creo que tener a Gastón a nuestro alrededor me ha hecho desear vivir semejante experiencia. ¿Nunca te has sentido de esa manera?

—Nunca —respondió con genuino desinterés mientras ordenaba mi escritorio, que había quedado hecho un completo caos. 

—¿De verdad? —repliqué consternado—. ¿Ni siquiera cuando nacieron tus sobrinos?

—No conocí a mis sobrinos hasta que mi padre me obligó a dejar el noviciado y venir a Francia. No estaba de muy buen humor para ellos en ese tiempo. Nos llevamos bien ahora, pero no los soporto por más de tres horas. Lo mismo ocurre con Gastón y los pilluelos del hospicio.

—¡No puedes hablar en serio! ¡Todos los niños te adoran porque juegas con ellos!

—Rara vez juego. A Gastón y a los pilluelos les enseño canto, dibujo, o les cuento historias. Hago sus vidas más interesantes. La verdad es que los niños me aburren, Vassili, prefiero adultos. Lo mismo me ocurría en el Paraguay, mis superiores insistían en que me encargara de las catequesis a los pequeños, y yo prefería enseñarle a sus padres y madres.

Recordé que, cuando organizamos una fiesta con los pilluelos y nuestras familias, él se había escabullido por varias horas. Todo tuvo sentido en ese momento.

—No me refiero a relacionarte con niños como maestro —insistí—, sino como un tío o un… padre.

—Jamás he sentido el más mínimo deseo de ser padre —respondió desapasionado, como si hablara de cualquier cosa.

—¿Y si fuera posible que tú y yo tuviéramos un hijo? —me atreví a preguntar.

—No es posible —dijo encogiéndose de hombros, algo impaciente—. Ni siquiera vale la pena planteárselo.  
—¿Y si adoptáramos a un niño como Gastón?

—La sola idea me produce un cansancio terrible —declaró sin rodeos.

—¡Maurice!

—¿Qué quieres que te diga? —replicó fastidiado—. Nunca he entendido por qué la gente debe formar una familia obligatoriamente. ¿En qué te hace feliz tener un hijo? A mí me basta contigo y no necesito a nadie más.

—Entiendo… —respondí como si tragara algo amargo.

—¡Pues yo no entiendo nada! —replicó—. ¿Por qué terminamos hablando de esto?

—Porque soy un tonto.

—¿Estás enojado? —preguntó preocupado.

—Conmigo mismo.

—Ahora estoy más confundido.

—No te preocupes —dije sonriendo al fin— .Vamos a bajar, los demás deben estar esperándonos para cenar.

Maurice accedió y olvidó nuestra conversación, probablemente hasta muchos años después. Yo entendí que no podía imponerle mi manera de ver nuestra relación, y que probablemente su amargura ante la idea de una familia provenía de la historia que había visto representar a Madame Thérese y Théophane.

Ahora veo que lo único que hice fue darle largas a una conversación que debíamos sostener, aunque no quisiéramos. No me arrepiento. Los dos pensábamos distinto respecto a muchas cosas, pero aquella fue la primera vez que sentí que nuestras diferentes opiniones podían causar una fisura. Por eso preferí retroceder. ¿De qué valía escandalizarme o lamentar que no quisiera hijos si igual no podíamos tenerlos?

Por otro lado, ¿no acababa de declararme su amor otra vez? Para Maurice, yo era todo a lo que aspiraba en el futuro. Sus sentimientos por mí empezaban a mostrarse tan absolutos que una alegría inmensa y un asombro pasmoso me dominaron.

Guardé mi ilusión por una paternidad imposible en un lugar remoto de mi corazón y seguí atesorando la presencia de Gastón entre nosotros; hasta el día en que Odette viniera a reclamarlo, él sería parte de mi improvisada y hermosa familia. 

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