V Armonía de contrarios IV

Curiosamente, Gastón iba a ocasionar una de las mayores crisis que experimentamos Maurice y yo como pareja. Por supuesto que lo hizo sin querer.

Todo comenzó con otra visita inesperada: mientras me encontraba paseando con Sora, Xiao Meng y el niño por el jardín vimos llegar un carruaje con el escudo de la familia de Bernard. Regresamos al palacio, ellos entraron y yo me quedé esperando en la puerta. Era inusual que mi amigo nos visitara sin haberse anunciado.

Casi me quedé sin habla al ver a Abélard bajar del carruaje. Subió corriendo las escaleras y me abrazó.

—¡Vassili, qué bueno que te encuentro en casa!

—¿Qué haces aquí?

—Escapé de mi prisión, estaba muriendo de aburrimiento.

—Tu madre y tú hermano van a disgustarse. Además, no puedes venir aquí sin avisar, esta no es mi casa, sabes que es inapropiado que…


—¡Oh! ¿Quiénes son? —dijo, ignorando por completo mis palabras, al descubrir a Sora y a los otros tras las puertas de cristal del salón oval. Me rodeó y entró rápidamente.

Abélard era un muchacho sin modales, eso lo tenía bien sabido, pero ese día se excedió. Se presentó ante Sora y comenzó hablarle sin parar, preguntándole si, igual que Asmun, era otro amigo del duque de Alençon y de qué lugar provenía. Sora no dijo nada, estaba aterrado. Gastón se escondió tras Xiao Meng y este no tuvo ningún reparo en mostrar su disgusto ante el recién llegado. 

—Déjalos en paz, Abélard. Compórtate —lo regañé.

—Es que nunca había visto a alguien así —contestó con simpleza—. ¿Y este niño?  ¿Qué le ha pasado en la cara? —se quitó uno de sus guantes para tocar con su dedo sobre la cicatriz de Gastón, este se marcho corriendo con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Gastón! —exclamó Sora haciendo un ademan para alcanzarlo cuando pasó a su lado.

—¡Qué bonito acento! —chilló Abélard cortándole el paso—. Sus ojos son tan raros… ¿Toda su gente los tiene así?

Estuvo a punto de acariciar el rostro de Sora cuando Xiao Meng se atravesó entre los dos y, con su dominio acostumbrado, logró poner orden.

—Mi señor no habla su idioma. Acaba de llegar a Francia desde China y se siente incómodo con la gente ruidosa. Monsieur Vassili, si nos permite, nos retiramos.

Se llevó a Sora de la mano. Abélard los vio marcharse con expresión contrariada.

—Parece que se han ofendido —dijo.

—¡Por supuesto!

—No deberían, aun si uno de ellos es un rey en otro lugar, aquí no es más que un extranjero y yo soy el hijo de un marqués.

—Realmente Bernard tiene razón: ¡Eres un cabeza hueca!

—No lo soy. Y mi hermano es un energúmeno. Su humor está peor desde que se comprometió. Supongo que su futura esposa le parece fea.

—No hables así de él. No tienes idea de lo que ha sacrificado por ti y por tu madre.

—Tú siempre tan conciliador, Vassili. Extrañaba tus consejos de abuela. ¿Por qué no viniste  a verme la semana pasada?

—Estuve ocupado en la calle San Gabriel. Ya sabes que vamos empezar a construir un hospital en cuanto llegue la primavera.

—No sé para qué te ocupas de eso. Eres igual que mi hermano, los dos se involucran en cosas inapropiadas para un noble. Bernard cree que no me he dado cuenta de que hace negocios a través de su amigo Clément; nos podrían quitar la renta por eso. Los nobles no debemos rebajarnos a trabajar como la burguesía y la plebe.

—Hablemos de eso otro día —dije tomándolo del brazo para llevarlo hacia la entrada del palacio. Él se soltó y siguió caminando mientras observaba los bustos de mármol que decoraban el salón oval.

—En tu caso es comprensible que trabajes, Vassili: tu padre te ha desheredado. Pero mi hermano no tiene excusa.

—Bernard trata de asegurar tu futuro; no creo que te moleste ser más rico de lo que eres —repliqué perdiendo la paciencia.

—Entonces sí hace negocios con Clément —respondió aplaudiendo con infantil alegría. Me maldije a mí mismo por haber dicho más de lo que debía—. Y el marqués de Gaucourt también, ¿no es cierto? Últimamente nos visita mucho. ¡Imagina el escándalo!

—Creo que no tengo que imaginar nada, tú ya lo estás haciendo bien —dije severo—. Se ve que te gusta inventar historias inverosímiles, con las que puedes hacer mucho daño si se te ocurre contarlas donde no debes.

—¡Oh, no te preocupes! ¡No se lo diré a nadie! Sólo quería demostrar que no soy tan tonto como tú y Bernard creen.

—Lo único que has hecho es confirmar lo que es lo que ya sé: ¡Eres un niño mimado!

—¡Vassili, no digas eso! Tú y Asmun son los únicos amigos que he tenido durante este invierno. Además, lo he dicho para molestarte, me encanta que me dediques toda tu atención.

Me dio un beso en la mejilla y sonrió con tal inocencia que todo mi mal humor empezó a esfumarse.

—Eres un dolor de cabeza —murmuré.

—¿Y Asmun? —dijo cambiando el tema como si todo lo que habíamos hablado hasta ese momento no tuviera importancia.

—Fue a Versalles con Raffaele.

—Qué tristeza, quería charlar con él. ¿Cuándo lo llevarás a verme?

—En unos días, cuando vaya a tomarte la lección. Espero que hayas leído el libro que te dejé.

—Ha sido aburrido, pero lo he terminado. Podrías darme algo más divertido la próxima vez. Alguna novela sobre amantes prohibidos, por ejemplo.

—Sí quieres que deje de tratarte como un niño, no digas esas cosas.

—¡Dios del cielo! —exclamó con asombro y se quedó paralizado en medio del salón oval.

Me di vuelta para ver qué había llamado su atención y encontré a Maurice entrando con una expresión terrible, seguido por un Gastón lloroso. Imaginé que el niño había ido a quejarse del invitado inoportuno; quise tirarle de la oreja, por su culpa otro encuentro que no quería que ocurriera acababa de producirse.

—¿Quién es este muchacho? —preguntó mi amante acercándose con una expresión que me heló la sangre.

—El hermano de Bernard, —me apresuré a decir—. Abélard de Nogaret

Enseguida suavizó su semblante y dio la bienvenida al intruso pero este arruinó todo con una simple frase.

—Usted realmente es igual a su prima.

Chasqueé la lengua, que predecible era Abélard. Lo mismo podía decir de Maurice: su rostro se tensó, sus ojos centellearon y su boca formuló un desafío.

—¿Intenta insultarme comparándome con esa mujer?

—¡Lo comparo con una diosa! Sabía que se parecían pero nunca pensé que tanto. Dígame, ¿está su prima en este palacio? ¿Podría conocerla?

Atrapó la mano de Maurice y casi se le echó encima, mi amigo no tuvo más remedio que retroceder para mantener la distancia.

—¡Vassili! —dijo suplicando mi ayuda.

—Lo siento, Maurice. Abélard tiene una extraña, irracional y absolutamente inconveniente fascinación por la condesa Sophie de la Vergne —expliqué molesto.

—¡La adoro con toda mi alma! —declaró vehemente el muchacho tonto.

—¡Ella está casada y es mayor que tú! —repuso Maurice.

—Eso no impide que yo sea su devoto admirador.

—¡Estás loco!

—Tiene mucha razón. ¡Por favor, ayúdeme a conocerla! Muero de angustia porque ella ni siquiera sabe que existo mientras que para mí significa todo.

—Escucha muchacho, yo nunca veo a mi prima y en tu lugar me olvidaría de ella. Puede ser bonita pero…

—Maurice, se lo he explicado muchas veces —dije mientras los separaba a la fuerza—. No debes tomarte en serio lo que dice. Es un niño caprichoso

—¡No lo soy, Vassili! ¡Mis sentimientos son auténticos! ¿Qué tengo que hacer para que me creas?

—Vamos, te llevaré a tu carruaje.
Casi tuve que cargarlo para alejarlo de Maurice. Estuve regañándolo mientras lo hacía bajar las escaleras, tratando de hacerle entender toda las faltas educación que había cometido.

—Agradece que Raffaele no se encuentra, él te habría echado a patadas —concluí cuando llegamos al carruaje—. No puedes presentarte en este palacio sin ser invitado.

—¡Vassili no me odies! Me sentía tan solo y aburrido —se me echó al cuello y me besó por todos lados, como había visto que hacía con Bernard y su madre para que dejaran de retarlo.

—Abélard, no vas a resolver todo haciendo pucheros de infante, debes madurar.

—Eso hago y nadie me toma en serio. Mi amor por madame Sophie eso lo más trascendental de mi vida y cada vez que lo mencionó me tratan como idiota.

—Porque es una idiotez enamorarse de una mujer que te lleva tantos años y está casada. Además, no la conoces.

—Mi corazón la adora desde el primer día que la vi. Sólo deseo hablarle, nada más. La amaré por siempre desde la distancia, como se adora a Dios.
Lo mire con lástima. También quise abofetearlo y decirle la verdad: que su amada era una miserable de corazón frío, que lo devoraría por diversión y lo vomitaría ante nosotros para jactarse de que había destruido al hermano de uno de nuestros amigos. Tuve que conformarme con amenazarlo con que iba a contarle a Bernard sobre su visita.

Abordó el carruaje contrariado. Mientras lo veía marcharse, me sentí cansado. Al regresar al palacio encontré a Maurice con los brazos cruzados mirándome como el ave Fénix en plena ignición.

—¿Ese muchacho no será otra sorpresa tuya, verdad?

—¡Oh, Dios del cielo! ¡No es posible que creas que voy a fijarme en un niño!

—¡Te besó!

—Como un mimado. Mírame bien, ¿tengo cara de haber estado ante un amante? ¡No! Lo que ves ante ti es un noble arruinado que ahora debe trabajar y soportar pupilos como ese mocoso. Siento lástima por Bernard que debe aguantarlo todos los días.

Me quejé tanto de los caprichos de Abélard que Maurice se aburrió y me mandó a callar con un gesto

—No digas más, te creo.

—Haces bien. Ahora me voy a recostar porque me duele la cabeza.

—Cuesta creer que sea hermano de Bernard —dijo pasando su brazo por mi cintura para acompañarme.

—Sus padres agotaron todo el talento y el sentido común en su primer hijo. Al segundo le dejaron los defectos de la familia, la madre es igual de locuaz y supongo que su padre debió ser muy caprichoso.

—No imagino a Asmun teniendo semejante compañero de estudio.

—Se llevan bien a pesar de ser tan distintos.

—¡Como el yin y el yang! —soltó emocionado.

—¿Qué dices?

—Es algo que me enseñó Xiao Meng sobre el color negro y blanco de las piedras de Go: Durante el juego constantemente se está alternando una dinámica de equilibrio y desequilibrio entre dos opuestos, se puede decir que el juego busca una armonía de contrarios.

—Gastas mucho tiempo aprendiendo un juego que no podrás jugar —me burlé revolviendo sus cabellos con cariño.

—El vidriero ha prometido que mis piezas estarán listas esta semana —declaró triunfante—. Entonces veremos si ha sido tiempo perdido.

—Mientras no me olvides por tu nuevo entretenimiento…

—Como si eso fuera posible, Vassili.

Terminamos en su habitación, demostrando en la cama lo mucho que habíamos estado pensando el uno en el otro desde que nos separamos en París por la mañana. Yo había ido a San Gabriel y él a casa del artesano.

No me importaba si Raffaele se burlaba diciendo que competíamos con él y Miguel empalagando a todos, yo deseaba pasar cada minuto de mi vida saboreando su piel. Por eso, cuando Gastón entró sin avisar y nos interrumpió, le tiré de las orejas.

—Sólo quería saber si ese hombre se había ido —dijo el niño sollozando.

—Ya se fue. Debes ser más fuerte, Gastón. No puedes echarte a llorar cada vez que alguien te mire o te tire de las orejas —volví a castigarlo para ejemplificar mejor mis palabras.

—¡Vassili eres malo! —gritó pateando el piso.

—No vuelvas a entrar sin llamar y nunca llames cuando Maurice y yo estamos dentro, o te dejaré las orejas igual que las de una liebre.

—¡Eres malo! ¡Le estabas haciendo cosas malas a Maurice!

—¡Oh, demonios! —dije espantado al entender lo que nuestros besos y caricias le parecían al pequeño.

—Gastón, ven acá, te explicaré algo —intervino Maurice sentándose en el sillón.

Me coloqué junto a una ventana, conteniendo las ganas de huir. Para mí resultaba terrible revelarle la verdad. ¿Qué podría sentir Gastón, a quien habían torturado con caricias y manchado con besos, al oír que esos mismos gestos servían para manifestar amor cuando los realizaban personas de edades semejantes, sin que ninguno oprimiera al otro, igual que en una danza que ambos han concertado?

La respuesta evidente resultaba en extremo cruel: Que era desafortunado, que en medio del vasto mundo a él le había tocado, como si su vida dependiera de una nefasta ruleta de la fortuna, la desgracia de experimentar el horror en lugar del amor.

Debo decir que Maurice fue claro y delicado al explicarle al niño la situación. Yo ni siquiera hubiera logrado formular una frase coherente. Cuando terminó de hablarle, Gastón no dijo nada; se limitó a juntar sus diminutas manos y jugar con sus dedos. Después  de un rato, expresó la conclusión a la que llegó:

—Si mi Madre no hubiera muerto, yo nunca hubiera conocido a esos hombres malos.

En un impulso fui hasta él, me arrodillé y lo abracé. Entendí sus palabras, sentí su corazón lamentando su desamparo, vi lo que él vio: un paraje desierto en el que no tenía nada ni a nadie. Sin su madre había quedado solo en el mundo, a merced de miserables que no dudaron en usarlo para ganar unas cuantas monedas, ¿cómo puede alguien tan frágil soportar tanto daño?

—¡Ahora estás bien! —afirmé vehemente—. ¡Nadie volverá a lastimarte! ¡Jamás te dejaremos solo!

Me abrazó con toda su fuerza en silencio. Ni siquiera lloró. La manera en que me aferró me hizo ver que estaba deseando ser amado como debe ser amado todo niño, que su corazón aún tenía esperanza  y que el maldito marqués no era quien determinaría su vida. De eso pensábamos encargarnos nosotros.

—¡¿Y mis amigos?! —gritó después de unos minutos—. ¡El marqués tiene a mis amigos! ¡Sigue haciéndole cosas a mis amigos! ¡Lalotte!, ¡Gerard!, ¡Edmond!, ¡Nathalie!, ¡Simone! ¡Mis amigos! —se echó a llorar temblando.

—Lo siento Gastón. No puedo hacer nada por ellos —respondí mortificado.
El llanto del niño fue haciéndose más copioso, como una lluvia que se transforma en tormenta. Lo sostuve sintiendo que mi impotencia me condenaba.

Esa noche Maurice quiso que nos reuniéramos con sus primos: Deseaba liberar a los otros niños. Lo primero que pensó fue en comprarlos. Miguel lo apoyó en cuanto supo la situación, Raffaele y yo les hicimos ver lo peligroso que resultaba volver a acercarse al marqués. Además, los niños debían valer una fortuna y tendríamos que rendir cuentas a Joseph y a Philippe.

Miguel se maldijo por haber gastado en vestidos, sombreros y zapatos casi toda la fortuna que le dio el Duque de Meriño para su estancia en Francia. Decidió escribir pidiendo más.

—Nunca he gastado gran cosa antes. Le diré la verdad, que la moda francesa me ha fascinado. Se enfadará, pero enviará el dinero.

—Pero hasta que lo haga esos niños seguirán en el infierno —replicó Maurice.

—De cualquier forma, si logras sacar a esos, el marqués encontrará otros. Hay que cortar el mal de raíz —dije sin medir mis palabras.

—¿Cómo? —soltó Raffaele atormentado—. Tiene sobornados a muchos poderosos, incluyéndome. Si él cae, caemos todos. No puedo arriesgarme a dañar la reputación de los Alençon después de todo lo que ha luchado mi padre por darnos un lugar en la Corte. Lo mismo ocurre contigo, Vassili. Tu situación ya es muy complicada y tú padre jamás te perdonará si sabe que estuviste en ese lugar.

Nos quedamos sin respuestas. ¡Nunca fue tan amargo para todos nosotros el sabor de la impotencia como ese día!

Cuando hablamos sobre los niños con Sora y Xiao Meng,  resultó que solamente conocían a tres de los que mencionó Gastón. Los otros dos debieron haber llegado después de su partida del Palacio de los Placeres. Odette lo confirmó en su siguiente visita: el Marqués había conseguido un par de gemelos, un niño y una niña de apenas cinco años, para divertir a sus clientes.  Todavía recuerdo el llanto lleno de rabia de Miguel…

Nuestro humor se arruinó por días. En mi caso, cada vez que veía a Gastón, o a los niños de San Gabriel, pensaba en los cinco desdichados que estaban atrapados y de nuevo sentía la piedra de molino atada a mi cuello. Me obsesionaba la idea de haber contribuido a sostener su prisión con mi dinero.

Pronto comencé a pensar que no podía hacer nada al respecto y me concentré en lo que sí podía hacer: Empecé a pasar más tiempo con Gastón y lo llevé al hospicio de San Gabriel para que jugara con otros niños.

Como escribí a mis hermanos sobre él, enseguida enviaron regalos y nos visitaron para conocerlo. No les conté toda la verdad sobre él para que no lo vieran como un lisiado, pero la cicatriz en su cara y el miedo que  demostró ante mi hermano, les permitieron adivinar que había sido muy maltratado. Por eso mis hermanas y mi cuñada lo consintieron como si fuera su propio hijo, mientras él jugaba con mis sobrinos lleno de alegría.

Lo llamaron “el nuevo niño de Vassili” y declararon que mi linda Piojosa, con la que mantenía el contacto a través de la correspondencia con su madre adoptiva, ahora tenía un hermanito. Didier llegó a preguntarme jocoso si pensaba adoptar un niño cada seis meses. Nos reímos en ese momento pero, a los pocos días, volvió a visitarme y no traía buenas noticias.   

—Nuestro padre cree que el niño es tuyo, que lo engendraste años atrás con alguna amante.

—¿Para qué le contaste sobre Gastón?

—Creí que se enorgullecería al ver que haces tanta caridad.

—Esto no es caridad, es justicia. Tanto Clarie como Gastón merecen una vida mejor de la que tenían. No hice nada de lo que deba enorgullecerme, simplemente lo que tenía que hacer.

—Vassili, ojalá padre se diera cuenta del gran hombre que eres ahora.
No lo voy a negar, Didier me llenó de alegría con estas palabras. Lamentablemente, agregó otras que me hicieron atragantar:

—Aunque has dejado de ser un Abate, considero que ahora estás más cerca de Nuestro Señor de lo que estuviste antes.

Al contárselo después, Maurice tuvo un descarado ataque de risa. Yo todavía no le veo la gracia al asunto.

Lo cierto es que esa era mi manera de afrontar aquélla desgracia: concentrarme en lo que podía hacer por aliviar a quien tenía a mi alcance, que en este caso era Gastón.

Raffaele, por su parte, empezó a buscar aliados contra el marqués. Con mucha prudencia se presentó en los salones de la aristocracia parisense que él frecuentaba y prestó atención a los gestos de los nobles a su alrededor. Aquellos que notaba más contrariados ante Donatien fueron a su lista de candidatos.

En Versalles también encontró a muchos que repudiaban al marqués abiertamente. Por desgracia, descubrió que un miembro de la familia real se había aficionado al Palacio de los Placeres, y que por eso Donatien ya se atrevía a visitar la Corte.  

Ambos evitamos hablar del asunto ante Miguel y Maurice. Ellos estaban dispuestos a cosas más extremas. Teníamos esperanza de que siguieran esperando el dinero de España, nos equivocamos y debimos haberlo adivinado: los conocíamos bien y hubo muchas señales de que algo se traían entre manos.

El primer signo fue que, de repente y sin explicación alguna, la tensión entre ellos y Sora desapareció.

Un día, al regresar de trabajar, encontré a Miguel en la habitación de Sora. Maurice también se estaba ahí, recibiendo lecciones de Xiao Meng como de costumbre. El español, luciendo un hermoso vestido nuevo de color dorado, conversaba con el japonés mientras Gastón dormía en su regazo.

Creí estar viendo una aparición de ángeles, no había una forzada cortesía entre ellos sino verdadera camaradería. Hasta Asmun vio el asunto como milagroso. Raffaele temía que Miguel tuviera sus pistolas escondidas bajo las faldas.

Las cosas se complicaron en cierta forma: Miguel y Sora solían hacernos pasar malos ratos a Raffaele y a mí con sus comentarios mordaces, en los que bien podían estar refiriéndose a cualquier cosa y, a la vez, a nuestro desempeño en la cama.

—Juntos hacen una serpiente de dos cabezas —se quejó Raffaele—. Quiero volver a la época en que Miguel quería arrancarle las pelotas a Sora, ahora siento que juegan con las mías todo el tiempo.

Me reí por lo bajo al ver que recibía una cucharada de su propia medicina, aunque, como a mí también me tocaba una dosis, no tenía mucho que celebrar. 

Los comportamientos extraños se multiplicaron: Miguel no quería acompañar a Raffaele a Versalles con la excusa de necesitar descansar, pero frecuentemente salía solo de paseo. Tanto él como Maurice pasaban muchas horas en la habitación de Sora y, cuando Raffaele o yo nos presentábamos, cambiaban de tema de conversación. Enviaban a Asmun a hacer recados inútiles que lo mantenían fuera del palacio casi todo el día, y se hacían los tontos si les preguntábamos en qué gastaban el tiempo en nuestra ausencia.

Como, al mismo tiempo, había una armonía total entre ellos y Sora a pesar de todo lo ocurrido antes, empecé a darle la razón a Raffaele: prefería el tiempo en que estuvieron en guerra, sus buenas relaciones resultaban perturbadoras.

Uno de esos días, Joseph pidió que me quedara en su casa a pasar la noche, quería terminar de organizar la construcción del hospital. Acepté porque no podía negarme, él pagaba mi sueldo; después me confesó que Maurice se lo había sugerido.

—Dice que pronto terminará el invierno y estamos atrasados. Ya sabes lo impaciente que es mi hermano.  

Como ese mismo día Raffaele tenía una fiesta en Versalles, a la que Miguel tampoco quiso acompañarlo, me molestó el asunto. Intenté no darle importancia, no era posible que Miguel, Maurice y Sora se enredaran.

Después de esa noche, Daladier se mudó a su casa de nuevo y Miguel y Maurice se alternaron para hacer desapariciones mal justificadas. Me convencí de que algo pasaba. Como los dos primos se hicieron los sordos, interrogué a Sora con mucha insistencia y aseguró que no me entendía porque su francés no era tan fluido… ¡¿Me creía imbécil?!

También traté de sacarle información a Gastón. El inocente niño mencionó, como cualquier cosa, que la noche en que me ausenté del palacio durmió en otra habitación acompañado por Marie-Ángelique.

—No, no es posible que esos tres se hayan enredado —me decía cada vez que la idea amenazaba con formarse en mi cabeza.

Evité compartir mis sospechas con Raffaele porque era capaz de cualquier cosa, sin embargo, mientras yo sacaba mil conjeturas, él descubrió la verdad por casualidad.

Recuerdo que era domingo y me encontraba holgazaneando en la cama, cuando Raffaele entró furioso a mi habitación.

—¿Dónde están mis estúpidos primos?

—En París, fueron a misa.

—Siempre hacen venir al cura, ¿por qué se les antojó salir hoy?

—¿Qué sé yo? ¿Qué pasa?

—¿Qué pasa? ¡Que esos imbéciles te lo digan!

Después fue a gritarle a Sora y a Xiao Meng, acusándolos de haber metido a Maurice y a Miguel en graves problemas. No los dejó defenderse ni me escuchó cuando traté de calmarlo. Escupió su ira en forma de terribles amenazas y se encerró en su despacho. Al llegar los otros, nos reunió a todos ahí y realizó un juicio en el que el único que no tenía cargos en contra era yo. O eso pensé.

—¡Vassili eres un idiota! —sentenció Raffaele señalándome.

—¿Qué?

—Yo tengo que pasar mucho tiempo en Versalles, tú debiste darte cuenta de lo que hacían.

—¿Me puedes explicar qué pasa en lugar de ladrarme de esa forma?—repliqué molesto.

—Anoche encontré al infame del marqués Donatien De Maine en Versalles, apareció durante la comilona y tuve que soportar su compañía. Estaba muy preocupado porque unos ladrones entraron en el Palacio de los Placeres, robaron todo el oro y las joyas que tenía guardadas y dejaron algunas puertas abiertas. La mitad de sus putas escaparon, parece que no estaban tan contentas como él creía. Pero lo más curioso es que, a pesar de que los mantenía bien resguardados en otro edificio, también desaparecieron los niños.

—¿Crees que ellos…? —balbucí señalando a Maurice y a Miguel.

—Estoy seguro de que estos dos buscapleitos son los asaltantes

—¿Por qué estás tan enojado? —preguntó desafiante Miguel mientras se acomodaba en un sillón.

—¡El maldito de Donatien dijo que sus hombres persiguieron a los intrusos y les dispararon!

—¿Y eso te asusta? —se burló.

—¿Y si te hubieran herido?

—¡Como si un oficial español pudiera temblar ante una docena de franceses idiotas que no saben apuntar!

—¡Pudieron matarte! ¡Y a Maurice también!

—Maurice no corrió peligro. Xiao Meng, Antonio y yo actuamos como ladrones, mientras él y Sora sacaban a los niños con Sébastien.

—¿Antonio y Sébastien? —murmuró Raffaele asombrado.

—Además, Etienne y Charles iniciaron un incendio en los establos para provocar una distracción, mientras Aigle y Renard cubrían nuestro escape bien armados, y Daladier y Simón esperaban en la retaguardia cuidando los caballos.

Raffaele caminó hacia su amante, lo sujetó por los brazos y lo obligó a ponerse de pie

—¡¿Eres idiota?! —gritó—. ¡Pediste ayuda a todo el mundo menos a mí!

—¡Tú no querías correr riesgos porque eres un cobarde!

—¿Cómo te atreves? —lo soltó y se alejó indignado— ¡Trataba de protegerlos a todos! Y, para tu información, lo que yo buscaba hacer destruiría al marqués para siempre; ustedes han rescatado a los niños, eso se los concedo, pero ¿qué hay de los que buscará en un futuro? Esta es una campaña de astucia no de precipitación. ¡Me rompes el corazón cuando actúas como lo has hecho y me llamas cobarde!

—Raffaele… yo… estaba furioso… —respondió Miguel compungido—. Y también quería protegerte. Tú y Vassili corrían peligro...

—¿Y lo de llamarme cobarde?

—Odio que me grites, me hierve la sangre, y por eso digo lo primero que se me ocurre… Perdona.

—¡Me vuelves loco!

—¡Ya te pedí perdón! ¿Qué más quieres?

—¡Que lo digas en serio!

Aunque se gritaban, los dos parecían dispuestos a hacerse el amor  en ese mismo instante y lugar.

Maurice, Sora y Xiao Meng estaban conteniendo el aliento durante la discusión, no era para menos: dos leones rugían con todas sus fuerzas. Yo, en cambio, estaba sordo, mudo e hinchándome de rabia a medida que imaginaba a quienes más amaba corriendo riesgos. Finalmente estallé al constatar que pude perderlo todo sin siquiera darme cuenta.

—¡Nunca voy a perdonarles esto! —grité y salí furioso.

Me encerré en mi habitación. No atendí a Maurice por más que me llamó; durante largo rato estuve sentado ante la chimenea con deseos de vomitar, repasando una y otra vez lo que había acontecido esos días, los instantes que pudieron ser los últimos.

—Maurice pudo morir… Sora y Miguel también… ¿Cómo pudieron hacernos esto?


Aquellas palabras no dejaban de repetirse en mi cabeza mientras la ira impedía que mis lágrimas brotaran y el miedo me estrangulaba, dejándome sin aliento para convertir mi angustia en gritos. Era como si estuviera atrapado en un remolino de emociones y todas lucharan por enseñorearse. De nuevo, mi corazón era un completo caos. 

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