V Armonía de Contrarios - parte II

Sin duda, todo había cambiado al descubrirse la mentira de Sora. Él se encontraba en una situación difícil: Se había comportado de forma vergonzosa y vivir entre nosotros se convirtió en una dura prueba.

Maurice y yo lo tratábamos con cortesía. Miguel, en cambio, lo evitaba. Daladier seguía receloso, insistiendo en que no dejáramos de vigilarlo. Raffaele fue el único que acertó a tratarlo de una manera que le ayudó a sentirse cómodo.

Lo llamaba “gran actor”, “mentiroso retorcido” y “dos caras”. Le hacía bromas sugiriéndole que fingiera un embarazo y solía zarandearlo si lo veía melancólico. Sora respondía con una mirada asesina, a veces, incluso, ponía en funcionamiento su lengua mordaz.

Cuando dijo que quería marcharse del palacio para no incomodar con su presencia, Raffaele lo regañó y ordenó quedarse a reparar su deuda trabajando para él, lo mismo que Xiao Meng.


—Maurice ha dicho a su hermano que los contrató como maestros, pues bien, hasta que abordes el barco, tú y el eunuco van a enseñarle a mi primo sus idiomas y cualquier otra cosa que a él le venga en gana.

—No creo que me quiera cerca.

—Lo bueno de Maurice es que cuando encuentra algo interesante, olvida todo lo demás. Tiene tantas ganas de conocer tu cultura que dejará a un lado el hecho de que casi arruinaste su vida. Y lo malo es que cuando lo hartas quedas condenado, juzgado y ejecutado para siempre. Vuelve a intentar poner tus garras en Vassili y conocerás lo terrible que puede ser un Alençon. Pero, si te portas bien y demuestras que has dejado de ser un imbécil, puede que incluso lleguen a ser amigos.

—Pero hice algo imperdonable… —insistió Sora.

—Vassili ha hecho cosas peores. ¿Sabías que se acostó con los dos primos de Maurice mientras le decía que lo amaba? Es un libertino sin remedio.
Sora me miró sorprendido, luego miró a Raffaele de forma enigmática.

—No me sorprende que se acostara otra vez con usted, pero no puedo creer que lo hiciera con su amante. ¿Y usted lo permitió?

—Eran medidas desesperadas.

Raffaele buscó una silla y se sentó ante Sora. Empezó a contarle todo lo que había sucedido entre él y Miguel. Para mi sorpresa, Sora ya sabía algunas cosas. Por lo visto, cuando lo visitaba en el Palacio de los Placeres, Raffaele solía contarle sus problemas.

Sora se mostró preocupado y no lo juzgó por haber forzado a Miguel. La relación entre él y Raffaele carecía del sentimentalismo que mantenía conmigo. Uno podía llamarle al otro puto y el otro respondía con cualquier insulto elegante y astuto que su limitado idioma le permitía.

Me alegré por ellos. También me escandalicé cuando Raffaele pidió que Sora le diera consejos para seducir a Miguel y hacerlo rendirse en la cama por completo.

—Todavía tiembla cuando soy muy impetuoso —dijo —, y ya sabes cómo me comporto en la cama, es insoportable tener que contenerme todo el tiempo.

—Sí, sé perfectamente qué le gusta en la cama, monsieur, y no es follar con alguien que no muestre tanto carácter como usted. Su amante debería ser fuerte y con iniciativa.

—Eso es cierto, pero también me gusta cómo es Miguel en la cama, él es de los que se entregan, ya sabes. El problema es que, como en el fondo sigue teniéndome miedo, no soy capaz de ser yo mismo cuando hacemos el amor. No imaginas la forma en que se comportó cuando Vassili lo tomó, parecía mantequilla en sus manos. Conmigo, a solas, está tenso todo el tiempo.  

—¿Me podrían dejar fuera de la conversación? —exigí.

—Tú mismo no te sacas de ella; ¿por qué te has quedado escuchando? Ah, claro, es porque eres un cotilla. Sora, no sé cómo te has enamorado de semejante facha.

—Eso pienso también. Y en su lugar, monsieur, no dejaría a su Miguel cerca de él. A Vassili le gusta lo exótico, lo nuevo y lo abundante. Un hombre que ama como mujer debe atraerlo mucho.

—Vassili sabe que Maurice no le perdonará otro desliz y que yo lo mataré si toca mi tesoro sin permiso.

—Sora, no deberías hacer alianza con este idiota —declaré indignado—, constantemente intenta volver a meterme en su cama. Es un inconsciente.

Sora miró furioso a Raffaele, este sonrió con picardía y se encogió de hombros.

—¿Quién no querría llevarse a la cama a tu mejor discípulo? Hiciste un gran trabajo educándolo.

—Es cierto, me esmeré mucho.

Sora cubrió su boca con su abanico mientras soltaba una risita y Raffaele lo acompañó con una extravagante carcajada. Yo quería marcharme y dejar que se burlaran cuanto quisieran a mis espaldas, pero Miguel me había advertido que vigilara a su amante con justificadas razones.

A petición de Raffaele, Sora nos estuvo explicando algunos de sus secretos: ciertos lugares en donde acariciar, ciertos ritmos que seguir… Cuando nos encontrábamos completamente atrapados por la excitante lección, Gastón entró corriendo.

Los tres nos sentimos atrapados en un momento comprometedor, aunque sólo habíamos estado hablando. Raffaele y yo nos encontrábamos más que sonrojados; Sora, como en sus días en el Palacio de los Placeres, tenía total dominio de sí.

El niño venía a mostrar la capa que Miguel le había regalado para salir al jardín. Xiao Meng entró tras él y, con sólo una mirada, pareció adivinar todo.  

Monsieur Maurice y su primo vienen hacia acá —advirtió.

Raffaele se levantó presuroso y se despidió. Yo me alejé y fingí mirar por la ventana. Sora comenzó a jugar con Gastón inocentemente. El eunuco se rio de nosotros; solía hacerlo muy a menudo, por cierto. Cuando los otros llegaron, no había nada sospechoso, pero Miguel era muy sagaz…

—¿Y Raffaele?

—Debe estar en su despacho —dije intentando actuar natural.

—No lo vi cuando llegamos.

—Entonces, en su habitación.

—¿No ha venido por aquí?

—Pasó hace rato a saludar.

—¿Estuviste solo con este hombre toda la mañana?

Odié a Miguel con todas mis fuerzas por un instante.

—Yo los acompañé —dijo Xiao Meng, ganándose mi gratitud eterna.

—Ya veo —respondió el español levantando una ceja

—Miguel, confío en Vassili —afirmó Maurice—. Deberías hacer lo mismo con Raffaele

—Tú eres un ingenuo, mi querido primo. Yo sé de lo que son capaces Raffaele y Vassili.

—Los celos son un feo adorno en un amante —apuntó Sora con un susurro antes que Miguel se marchara. Éste se detuvo en el acto y dio vuelta sobre sus talones, todos nos estremecimos.

—¿Tiene algo que decir el puto?

 —Por supuesto que no. Pero cualquier persona podría opinar que un amante celoso es una molestia. Además, si monsieur Raffaele viene con alguna pretensión inapropiada, ahora yo soy libre para rechazarlo.

Por un momento se miraron como si estuvieran estudiando dónde poner la bala durante un duelo. Miguel torció la boca un poco y ladeó la cabeza, despectivo, después dio media vuelta y salió haciendo resonar cada paso.

—Me gusta más cuando usa vestido, —murmuró Gastón —. Es más alegre.

—¿Usa vestido de mujer? —replicó Sora divertido.

—Miguel se siente mujer —señaló Maurice mientras preparaba los implementos para su lección de chino.

—No creo que debas comentar eso —opiné temiendo que Sora hiciera algún comentario antipático la próxima vez que Miguel se le acercara.

—Es mejor que lo sepa, así cuando lo vea no será una sorpresa.

—Dudo que se aparezca por aquí vestido de esa manera —dijo Sora con indiferencia.

—Pero tú puedes salir y encontrarlo por ahí.

—Es cierto, Sora. Nunca sales —exclamó Gastón —. Ahora que estás mejor, vamos a ver el palacio; es muy bonito.

Sora se asustó ante la propuesta. Todos insistimos en que saliera. Gastón lo tomó de la mano y quiso llevarlo hasta la puerta, él no se movió.

Mi podre amigo había vivido confinado desde que cayó en manos del holandés. El mundo se había reducido a una habitación para él, por eso la idea de salir no se le había ocurrido. De repente, se dio cuenta de que ser libre significaba abandonar el reducido espacio de cuatro paredes y vivir en un ámbito tan extenso que se sintió sobrecogido.

Ya había salido antes de esa habitación, cuando estaba febril, y lo que recordaba era el miedo que le produjo encontrarse ante largos pasillos, amplios salones e inmensos jardines nevados. Se encogió en el sillón temblando, empezó a sudar y pareció asfixiarse.
Ser libre iba a ser un largo proceso para él…

Decidimos dejar de insistir, en mi caso porque me partía el corazón verlo así, Maurice solo retrocedió para estudiar la mejor estrategia. Recibió su lección de japonés y chino de Xiao Meng como un buen estudiante, mientras Sora permaneció mirando por la ventana con Gastón durmiendo en sus piernas. Yo me despedí para visitar a Joseph y luego a Sébastien.

Unos días después, Maurice se presentó en la habitación de Sora con monsieur Vaubernier. Según dijeron, una vez que el modisto escuchó acerca de las ropas exóticas de nuestros huéspedes, quiso verlas. Xiao Meng solía alternar sus ropas chinas con otras francesas de una calidad bastante pobre que le había dado el marqués, ese día vestía como su gente y el visitante quedó fascinado.

Lo mismo pasó con la ropa japonesa. Vaubernier estuvo estudiando los kimonos maravillado por la calidad de la tela, lo intrincado de las costuras, lo inusual del diseño y, sobre todo, el arte en el estampado de la seda y el tejido de algodón. En agradecimiento, entregó a cada uno una capa y algunos trajes que curiosamente eran adecuados para sus medidas.

—Ahora pueden salir al jardín —dijo Maurice provocando las risas y los aplausos de Gastón.

Sora no pudo negarse para no ser descortés con el modisto. Éste hablaba tanto y en una manera tan estrafalaria, que el joven japonés no podía prestar atención a su propia ansiedad. Una vez que le colocaron la capa encima, no fue capaz de evitar ser llevado a rastras fuera de la habitación.

—Bonita trampa has montado —susurré a Maurice al oído mientras los veía alejarse por el pasillo.

—Miguel dijo que, si yo les regalaba la ropa, iban a sentirse humillados.

—Pudiste consultármelo a mí.

—No siento ninguna gana de hablar contigo sobre Sora. Cuando dices su nombre me causas un nudo en el estómago, lo pronuncias como si fuera el padrenuestro.

—Y cuando digo tu nombre lo hago como si dijera el nombre de Dios. No vengas con celos a estas alturas.

—Ya te lo he dicho, no soy un ángel. Y sí tengo celos de que sigas pasando tiempo con él. Por eso, y para ayudarle a vencer su miedo, voy a mantenerlo fuera de su habitación tanto como pueda.

—Eres todo un Alençon.

—Soy un Gaucourt.

Reprimí el impulso de decirle que no lo era, guardar secretos resulta un arduo trabajo...

No había duda de que Maurice era un Alençon sin importar quien fuera su padre. Y nunca debía olvidarlo, recibí muchas advertencias al respecto. Una de estas me las dio Pierre durante un juego de cartas:

La Hermandad del Invernadero continuaba reuniéndose, pero no sólo para beber, también para jugar a las cartas. Lo hacían en consideración a mí, decían que los ponía nerviosos verme sin hacer nada mientras ellos vaciaban las botellas. Me ofrecí a enseñarles a hablar correctamente y ellos apelaron a la baraja.

Monsieur se está volviendo un tipo aburrido —me acusó Pierre.
Mientras se desarrollaba una de esas partidas, Asmun no perdió la oportunidad de poner el dedo en la llaga.

—Entonces, ese hombre, “su amigo”, resultó un farsante.

—No quiero hablar de eso.

—Nosotros sabíamos que fingía —soltó Aigle—. Se notaba a leguas: Cuando entrábamos a cambiar su ropa de cama y le tendía los brazos para que usted lo cargara, cual sanguijuela doncella…

—Creo que quieres decir “lánguida doncella”, hermano —le corrigió Renard riendo—, aunque sanguijuela le queda bien.

—¡Muy cierto, hermano! En fin, que se notaba que fingía para mantenerlo a su lado.

—Ya dije que no quiero hablar de eso.

—Lo entendemos —intervino Pierre—. Ningún hombre quiere que le recuerden cómo le han tomado el pelo.

—Teníamos un plan para desenmascararlo —continuó Renard emocionado—. ¿Verdad Asmun? Hasta hicimos una apuesta sobre quién lo lograba primero.

—Creo que Monsieur no quiere escuchar eso —replicó Antonio temeroso.

—Pero si tú fuiste el de la idea

—¡Calla! —suplicó el joven español, tratando de esconder la cabeza entre los hombros.

—Tu plan era espiarlo, una tontería. Nosotros queríamos lanzarle una rata a las piernas para hacerlo saltar ante todos.

—¡Eso es una barbaridad! —grité escandalizado imaginando la grotesca escena.

—Asmun pensaba arrojarle un quinqué a la cama —agregó Aigle señalando al Tuareg. Todos rieron con cierta maldad.

—Escuchen bien, ¡no se acerquen a Sora!

—No debería seguir preocupado por él —exigió Asmun—. Sáquelo del palacio antes de que lo meta en problemas a usted o a Raffaele. Ustedes junto a él, son como el fuego y la pólvora.

—No, no. Nada de eso —dijo Pierre jocoso—. Maurice y Miguel son el fuego y Raffaele y monsieur Vassili son los que van a salir quemados si se meten entre las piernas al encantador jovencito del mal oficio.

—No tengo intención de…

—Eso no importa, monsieur; la mayoría de los errores se cometen sin intención —señaló el anciano jardinero con cierto aire de sabiduría.

—¡Ese muchacho es peligroso! —insistió Asmun arrojando sus cartas a la mesa, ganando la partida.

—Sora se irá a su tierra en la primavera —respondí tratando de mantener la calma.

—Puede vivir en otro lugar. El duque no estará contento teniendo a alguien como él en el palacio.

—Antes de que regrese Philippe, Sora ya se habrá ido. No te preocupes por eso, Asmun.

—Monsieur, entienda que nos preocupamos por usted—intervino el jardinero—. El niño Maurice es un encanto por las buenas, pero, cuando alguien lo hace enojar, da tanto miedo como el ángel del juicio final.

—Maurice me ha perdonado y…

El viejo Pierre hizo un ademán pidiéndome que guardara silencio y escuchara. Comenzó a contarme una historia de la infancia de Maurice, cuando se molestó con un sirviente que le tiró del cabello al peinarlo. El hombre le pidió disculpas y siguió con su trabajo, pero volvió a maltratarlo sin querer y Maurice suplicó a su madre que lo liberara de esa tortura.

Madame Thérese ya andaba de malas en esa época y le dijo al sirviente que siguiera adecentando la cabellera rebelde del pequeño. Como haría todo el mundo, el hombre ignoró las quejas de un niño y cumplió con las órdenes de su ama, que al fin de cuentas era la que le pagaba. La escena se repitió varios días. ¿Qué cree que hizo Maurice?

—Volver a quejarse —respondí encogiéndome de hombros.

—Ya se había dado cuenta de que era inútil, por eso decidió resolver el asunto él mismo: echó a la chimenea todos los cepillos y peines que encontró en su habitación y en la de su madre.

—Al señorito Maurice le encanta quemar cosas —dijo Antonio fascinado y con una sonrisa que demostraba que el vino le estaba haciendo perder la timidez.

Todos rieron de buena gana. A mí no me hizo ninguna gracia el asunto. Pierre continuó el relato.

—El diminuto niño desafió al sirviente declarando que ahora no podría lastimarlo más. El hombre se tomó el asunto como algo personal y fue a buscar un horrible peine que arrancó lágrimas a Maurice otra vez.

—¿Hacia dónde va esta historia? —repliqué molesto.

—Ya verá. Al día siguiente Maurice se presentó ante su tío y su madre con una tijera, exigiendo que le cortaran los coloridos rizos porque no iba a permitir que volvieran a hacerlo llorar. Por supuesto que Philippe, en lugar de regañarlo como hizo madame Thérese, lo escuchó.

—Me cae bien ese duque —dijo Renard.

—A mí también —replicó Aigle.

—No hay nadie más grande que él —declaró vehemente Asmun, lleno de filial orgullo. Antonio se limitó a asentir y levantar su copa brindando.

—Sin duda, el señorito Philippe es maravilloso —continuó Pierre lleno de emoción—. Cuándo le preguntó a su sobrino porqué quería privarlo de verlo lucir su melena escarlata, el niño fue enumerando cuántas veces le habían tirado del cabello cada día de esa semana.

—Sorprendente —murmuraron los otros.

—Lo más sorprendente fue lo que dijo el final: “Nuestro Señor manda perdonar setenta veces siete, creo que ya he alcanzado esa cifra”, pero que no se había tomado la molestia de hacer las cuentas.

Todos soltaron una carcajada.

—¿Y para qué me dices esto? —insistí.

—Para que sepa que Maurice tiene un límite y que no sabe multiplicar. No va a sacar la cuenta de cuánto es setenta por siete, le va a perdonar sus errores hasta cierto límite y sólo él y Dios saben cuál es ese.

—Entiendo… —murmuré sintiendo escalofríos.

—Además, nunca sabremos qué medidas drásticas tomará para hacer justicia, porque sepa que a él no le gusta dejar las cosas sin arreglar y puede ser muy severo cuando quiere. Ya ve que consiguió que aquel sirviente le pidiera perdón y terminara trabajando en otro lugar.

La historia me impresionó. Recordé también lo que Miguel y Raffaele solían decir: que Maurice nunca olvidaba.

¿Me había perdonado porque la mayoría de mis infidelidades las cometí antes de que fuéramos amantes y mientras él todavía tenía votos? Si volvía a engañarlo ahora, ¿me perdonaría?

—No, no lo hará —dije mientras caminaba hacia el palacio sintiendo el invierno congelándome por fuera y el miedo haciendo lo mismo por dentro.

Decidí tomar medidas para protegerme: me propuse pasar el menor tiempo posible con Sora y Raffaele. La mejor manera para lograrlo era volver a trabajar todos los días, como antes.

Aquella noche, después de quedarnos a solas en nuestra habitación, pregunté Maurice algo que él no esperaba.

—¿Sabes cuánto es setenta veces siete?

—¿Has vuelto a leer el Evangelio? Eso sí que es raro. Mis oraciones han sido escuchadas —su tono burlón hizo que me animara a tener un duelo de ingenio.

—En este momento mi única vocación es la de ser maestro. Me preocupa tu guerra con las matemáticas.

—Son demasiado inexactas para mí. Lo que no puedo imaginar, no lo puedo entender.

—Ahora sí que me has desconcertado. Bonita excusa para justificar tu pensamiento vago.

—De cualquier manera, lo del evangelio no se trata de multiplicar sino de entender el significado que esos números tenían para los judíos en el tiempo de Jesús. Setenta veces siete significa simplemente que debemos perdonar siempre.

—Pero de niño llevabas la cuenta si alguien te ofendía.

—¿Te lo ha contado Miguel o Raffaele?

—Me lo ha contado todo el mundo.

—Eso es mucha gente y no creo que me conozcan tantos.

—Te sorprenderías si supieras a cuánta gente tienes cautivada —susurré rodeándolo con mis brazos y besándolo en el cuello.

—Aún si fueran muchos, los que saben historias de mi infancia se cuentan con los dedos: mis primos, mi hermano, mi padre, mi tío y, por supuesto, el viejo Pierre, con quien seguramente has estado bebiendo esta tarde —agregó tirándome con suavidad de una oreja.

—El bebía y yo jugaban las cartas. Me sale algo costosa cada visita porque, además de proveer el vino, debo apostar. 

—Deja de enseñarles malos vicios a Renard y Aigle y busquen otro tema de conversación que no sea yo.

—Tus pilluelos son verdaderos maestros con la baraja y tú eres lo que más atrae mi atención. Podría estar hablando de ti todo el día… —volví a intentar besarlo en el cuello, pero él atrapó mi nariz y me obligó a encararlo.

—Vassili, podemos seguir así toda la noche y no voy a entender a dónde quieres llegar. ¿Qué me quieres decir?

—Déjame pensar un minuto.

Lo solté y retrocedí. Medité bien en cómo expresar mi preocupación mientras caminaba de un lado a otro. Él se sentó en la orilla de la cama observándome con el ceño fruncido. Finalmente, me detuve resuelto. 

—Tengo miedo de que un día mi estupidez llegue a agotar tu corazón,  que te canses de perdonarme y me arrojes lejos de tu lado.

—¡Dijiste que no tenías más secretos! —replicó alarmado.

—Y no los tengo. Pero me conozco, sé que puedo echar todo a perder.

—¿Tienes intención de hacerlo?

—¡Claro que no!

—Entonces no hablemos más sobre eso. A menos que lo que quieras es saber si te voy a perdonar que te acuestes con Sora, con Miguel o con Raffaele otra vez.

—Yo… —mi corazón se detuvo y una sensación gélida me recorrió.

—¡La respuesta es no! No te lo perdonaré. Estuviste con ellos antes de que fuéramos amantes, antes de prometerme ser mío y yo prometer lo mismo. Eso, mi amado Vassili, fue para mí una promesa tan fuerte como un voto ante Dios. ¡Y no rompo mis votos!… O al menos eso intenté… quizá he hecho una mala comparación. ¡Lo que trato de decir es que no quiero que vuelvas a romperme el corazón!

—¡Yo no quiero hacerlo!

—Siempre he confiado en la gente. Cuando escucho a alguien, nunca pienso que está diciendo mentiras. He sido así desde que recuerdo; Miguel dice que soy un ingenuo, el padre Petisco afirmaba que nací sin malicia, Raffaele siempre me llama tonto por eso y mi tío suele decir que me parezco a mi madre, aunque ella era muy desconfiada.

—Ya veo —dije mientras pensaba en que Philippe se refería a madame Petite.

—Soy tonto, sí, pero aprendo rápido. Confié en mi abuelo hasta que trató de ahogarme, en Sophie hasta que soltó unos mastines para hacerme caer de un caballo y en mi madre hasta que puso una almohada en mi rostro. Nunca podré llegar a odiarte, Vassili, pero no quiero que llegue el día en que no pueda confiar en ti. Estoy convencido de que me amas, pero, si no es así, ¡dímelo de una vez!

Cuando terminó de hablar, estaba de pie, con el rostro enrojecido y el pecho agitado. Parecía un gigante, un ser de fuego, casi pude ver largas flamas rodeándolo… Tan hermoso y terrible, tan fuerte y tan frágil. ¿Cómo podría no amarlo? ¡Todo mi ser se había convertido en una extensión del suyo y no aspiraba a otra cosa que estar a su lado!

—¡Te amo más que a mi vida! —declaré abrazándolo—. ¡Prefiero morir antes de volver a hacerte daño!

—Entonces deja de planificar pecados —exigió aferrándome con fuerza.

—Yo no estoy…

—¿En serio? Todo lo que has dicho hasta ahora es como si pidieras indulgencia para serme infiel.

—De acuerdo, parece que sea eso —dije separándome de él y poniéndome de rodillas, sujetando sus manos con devoción—. Pero no. Te lo aseguro, no tengo intención de fallarte, sin embargo, no confió en mí mismo porque, mientras tú eres como eres, yo soy como soy. Tú eres un ave que se eleva a lo más alto y yo una vulgar grosería que se arrastra entre el polvo.

—Odio que digas eso. No soy un ave ni un ángel, soy un hombre. Un hombre celoso e inseguro que se angustia pensando si seré suficiente para ti. Has estado con personas más atractivas que yo, que saben complacerte mejor; tengo miedo que sea cierto que no soy capaz de saciar tu apetito...

—¡Te equivocas!

—Entonces, ¿por qué tenemos esta conversación? ¿Por qué te sientes tentado engañarme?

—¡Porque soy un miserable y es increíble que me hayas perdonado todo lo que he hecho!  

—¡Es que te amo! ¡Me sacaré los ojos si ellos se vuelven tus acusadores alguna vez!

—Ciego de amor… —murmuré sonriendo.

—Y sordo y estúpido también —respondió con dulzura, acariciando mis cabellos—. A cualquier otro lo mandaría el diablo, pero a ti siempre voy a buscar justificarte. En el fondo, soy un egoísta que sabe bien que tu amor es lo que me sostiene cada día.
Conmovido hasta las lágrimas, me levanté y lo besé.

—Yo daré mi vida por ti, Maurice.


Juré que haría realidad mis palabras mientras volvía hundirme en su piel, embriagado de pasión, esa noche. Yo no necesitaba a nadie más y se lo iba a demostrar. 

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