V Armonia de contrarios - parte I

Cuando al fin pude estar a solas con Maurice en nuestra habitación, lo abracé.
—Perdóname por haberte hecho pasar por todo esto –le dije lleno de remordimiento.
—Ya pasó todo, ¿verdad? ¿Sora se irá y estará bien?
—Sí, no tienes que preocuparte. Gracias por hacerme entrar en razón. Estaba furioso.
Nos sentamos en un sofá con las manos enlazadas. Me pareció que había transcurrido un siglo desde la última vez que gozamos de semejante intimidad.
—Al principio, yo también estaba tan furioso como tú; pero, al pensar en todo lo que él había vivido, me di cuenta de que teníamos mucho en común, y no me refiero a nuestros sentimientos por ti.
—No creo que tengan otra cosa…
—Somos más semejantes de lo que crees y, aunque sé que lo que soporté no se compara con lo que sufrió Sora, me ayudó entenderlo.
—Pues yo no te entiendo.
—A los dos nos arrancaron del lugar que amábamos: A mí del Paraguay, a él de su hogar. Yo estuve sin lugar en el mundo por más de un año, él, en cambio, pasó una década así. Yo logré volver a sentirme vivo gracias a ti y a él le ocurrió igual. Y también soy capaz de todo por conservarte a mi lado, Vassili.
—En ese caso, debes agregar otra cosa en la que se parecen: creerme mejor de lo que soy —susurré atrayéndolo para besarlo en la frente.
—No te preocupes, seguro él sabe tan bien como yo que tus cualidades conviven en perfecta armonía con tus defectos.
—No sé si debo sentirme halagado o insultado —me quejé.
—¿Sabes que abrí un cadáver con Claudie buscando una cura para Sora? —chilló cambiando de tema, como si hubiera esperado mucho para contarme su hazaña—. No tienes idea de lo intrincado que es el cuerpo humano, fue algo asombroso y…
—¡Por Dios, no digas más!
—¡Definitivamente eres un ateo sin convicción, Vassili! —su voz fue casi un ronroneo.
—Y tú, a veces, me das miedo.
—Lo mismo digo. Hoy tus gritos fueron tan terribles que lograste asustarme. Me alegra ver que tienes carácter —se burló sonriente.
—¿Pensabas que no?
—Eres algo flojo, lloras por cualquier cosa, tienes una clara tendencia hacia el fatalismo y ni siquiera sabías empuñar una espada o disparar hasta que te obligué a aprender.
—A mí no me educaron para ser un soldado y no soy un Alençon lleno de temperamento. Y tú no fuiste hoy la imagen del optimismo, mi querido Maurice. Estabas tan devastado como yo.
Se echó a reír. Mi corazón vibró conmovido, ¿cuánto tiempo había pasado sin escuchar esa música sagrada? Tomé su rostro entre mis manos y lo besé con devoción
—Te amo, Maurice.
—Dímelo una y otra vez, con el lenguaje de la piel —susurró con pasión, acercándose sugerente.
Lo besé de nuevo y él correspondió con la misma intensidad. Besos, caricias, promesas y… eso es todo lo que recuerdo.
Desperté a la mañana siguiente, mucho después del amanecer. Maurice llevaba otro traje y estaba sentado a la orilla de la cama leyendo mientras jugueteaba enrollando un mechón de mi cabello entre sus dedos.
—Al fin despiertas, Vassili —dijo alegremente.
Me senté sobresaltado, noté que tenía puesto el camisón y todo mi cuerpo se sentía como si estuviera relleno de tibio algodón.
—¿Me quedé dormido?
—Profundamente.
—Perdona…
—No tengo nada qué perdonar, fue divertido verte roncar como un anciano. Tuve que pedirle ayuda a Raffaele para traerte a la cama y cambiarte de ropa, por más que te llamamos no despertaste.
—Hacía mucho tiempo que no dormía una noche entera… —murmuré analizando la situación y sintiendo mi rostro encendido por la vergüenza. Estaba seguro de que Raffaele iba a burlarse a placer de ese episodio.
—Me dio gusto verte descansar al fin y que al amanecer estuvieras a mi lado. He despertado solo muchas mañanas frías, ¿sabes?
Repasé los días vividos, las noches de insomnio y el apremio de cada amanecer que marcaba el comienzo de una obligación por cumplir junto a Sora.
—Lo sé. Fue una pesadilla para todos… —susurré mezclando la amargura de la traición con la gratitud por haber sido liberado.
—Gracias a Dios, ya ha terminado —dijo mientras me daba unas palmadas en la espalda, animándome—. Haré que vengan los sirvientes para que te preparen la tina, ¿o prefieres desayunar antes? Yo ya lo hice.
—¿Qué hora es?
—Casi medio día. Raffaele y Miguel salieron rumbo a Versalles, el rey ha tenido un altercado con sus hijas y quería que mi primo sirviera de mediador.
—¿Las Mesdames (1)  han iniciado otra guerra contra madame Du Barry?
—Eso supongo. Ya sabes que una de ellas está bastante encaprichada con Raffaele y le hace caso a todo lo que él dice. Supongo que es porque le recuerda a mi tío; mi padre alguna vez comentó que hubo algo entre ellos.
—¿Philippe y una de las hijas del rey? Esa sí que es una historia interesante. Escuché que ellas no se casaron porque no encontraron alguien digno, supongo que aspiraban a algún heredero de una importante corona y ser la Duquesa de Alençon era poca cosa.
—Quizá lo que realmente ocurrió fue que mi tío se les escabulló de las manos.
Nos reímos a expensas de las temibles hijas del rey. Maurice salió de la habitación y poco después entraron los sirvientes. Seguí la corriente mientras pensaba en que algo me faltaba. Cuando preguntaron si quería desayunar en la habitación entendí todo: Estaba hambriento y no necesitaba desayunar.
—No hace falta. Voy a pasar el día… estudiando; que nadie me moleste. Y, por favor, digan a Maurice que no olvide que tiene pendiente una lección de griego.
Estuve mirándome al espejo unos minutos, evaluando qué tanto había envejecido esas últimas semanas, y preguntándome para qué demonios me había vestido. Cuando Maurice entró intrigado por el mensaje, me deshice de la delicada corbata.
—¿Qué quieres decir con lo de la lección de griego?
—No se me ocurrió otra cosa que impulsara menos la imaginación de los sirvientes. ¿Recuerdas aquella noche en que dijiste que estabas hambriento y que ibas a devorarme? Fue cuando usaste tus dientes para acariciarme.
—Lo recuerdo—respondió conteniendo la risa.
—Me prometiste que en la mañana podría enseñarte a saborear…
—Pero Daladier vino a buscarte y…
—¡Exacto! Por eso quiero que cumplas tu promesa ahora mismo —avancé hacia él enérgico y lo hice retroceder hasta que quedó recostado a la puerta—. Pienso pasarme todo el día dándote lecciones en la cama, mi querido Maurice, y no voy a tolerar ninguna insubordinación, las cosas se van a hacer a mi manera.
—No creo que eso me moleste, pero me pone algo nervioso el tono con que lo dices.
—Después de llenarme el cuerpo de mordiscos no tienes derecho a quejarte.
—No fue gran cosa. No exageres…
Sujeté su barbilla y lo besé. Al mismo tiempo giré la llave. Le había encargado a los sirvientes que tuvieran especial cuidado con que el inoportuno de Daladier y el dulce Gastón no se acercaran a nuestra puerta, pero no estaba de más tomar precauciones. Después, cargué a Maurice sobre mi hombro y lo llevé a la cama.
—Ahora eres mi prisionero.
—¿Cuándo vas a dejar la manía de cargarme? —se quejó molesto.
—Cuando engordes un poco. Eres casi tan ligero como una pluma. Tienes que comer más, dormir más, reír más. Te prohíbo seguir adelgazando y, sobre todo, volver a angustiarte por mí —lo coloqué en la cama con cuidado y volví a besarlo—. Nunca más quiero hacerte sufrir, Maurice.
—Lo sé… pero eres malo cumpliendo tus propósitos. Dime si hay otra cosa que me ocultes.
—Nada más. Lo de tus primos lo descubriste tú mismo y te juro que ha quedado en el pasado. Raffaele sigue molestándome, pero te aseguro que no pienso hacerle caso.
—¡Ah! Ni lo menciones. El otro día me besó y fue realmente difícil quitármelo de encima —empezó a decir como si se tratara de cualquier cosa—. Él sabe cómo enredarme y… Vassili, ¿te sientes bien?
No dudo que mi rostro perdiera todo color, sentí que la ira evaporaba mi sangre y me dejaba el cuerpo vacío. Ni siquiera pude imaginarlos juntos, ¡me habría muerto! La idea quedó atrapada en alguna parte de mi cabeza como una mariposa negra que no encuentra cómo salir de un lugar estrecho. Agradecí que Raffaele no estuviera en el palacio, porque en ese mismo momento lo hubiera buscado para ahorcarlo.
—Jamás dejes que te bese otra vez…—susurré esforzándome por no gritar.
—Es muy difícil, hasta se metió en mi cama y…
—¡No me cuentes esas cosas cuando estoy a punto de hacerte el amor en la misma cama que ese cretino profanó!
—Deja de exagerar —rezongó—. No llegó a quitarme la ropa.
—Maurice, algunas veces creo que no te das cuenta del peligro que corres en ciertas situaciones. Eso ha sido una fortuna para mí porque perdonaste las cosas terribles que estuve a punto de hacerte; pero, a la vez, me espanta que puedas ser tan indulgente con cualquiera.
—No creo que Raffaele pensara que fui indulgente con él después de que le golpeé dónde más le duele para que me dejara en paz. No te enojes por algo que no pasó y concéntrate en lo que estás haciendo ahora mismo.
—Creo que me he puesto de mal humor, la lección va a ser muy severa.
—¡Sólo date prisa! Ya me has hecho esperar toda una larga noche.
—Nada de eso. Voy a tomarme mi tiempo y no podrás hacer nada al respecto.
—Vassili, por favor…
—Extiende las manos: eres un alumno rebelde y tendré que tomar medidas extremas —me quité la cinta que sujetaba mi cabello y até con ella las manos de Maurice.
—¿Qué sentido tiene…?
—Una vez me ataron y fue una gran experiencia sentirme completamente a merced de otro. Te aseguro que te gustará… al final.
—¿Otro? —exclamó atragantado mientras sus ojos parecían flamear— ¿Sora? ¿Raffaele? ¿Miguel? ¿Quieres hacerme enojar también?
—Tengo la intención de hacer que pierdas los estribos, Maurice —susurré con malicia.
—Empezaste bien. ¡No me gusta nada! —sacudió los brazos molesto.
—Prometiste que las cosas se harían a mi manera. ¿Te vas a retractar ahora?
—¡Ahhh! —se echó de espaldas fastidiado—. ¡Haz lo que quieras y termina de una vez!
—Estoy pensando amordazarte, pero creo que si te beso también dejaras de quejarte.
—Y yo estoy pensando en que tendrás que desatarme, aunque no quieras —replicó sonriendo con picardía.
—Eso no pasará.
—¿Entonces no vas a quitarme la casaca, la chupa y la camisa?
Gruñí furioso conmigo mismo y lo desaté. Se retorció por la risa que le invadió, era maravilloso verlo tan feliz. Me quedé contemplándolo mientras él mismo se desvestía. Después extendió las manos para que lo atara.
—Veamos cómo son las cosas a tu manera —declaró retador.
—Ahora mismo quiero llenarte de las caricias más tiernas y los besos más dulces… —declaré conmovido.
Pasé de las palabras a las obras: Besé su frente, sus párpados y finalmente me deleité uniendo nuestros labios. Nos dejamos llevar mientras encadenábamos susurros con esas húmedas caricias que delatan intimidad y entrega.
—¿Ya no vas a atarme? —susurró seductor en mi oído después de un rato.
—Por supuesto que lo haré. Hay que seguir las rúbricas.
Volvió a recrearme con su risa.
Decidí hacer las cosas con más cuidado. Desaté el dosel de la cama para usar dos de sus cordones, eran más largos que la cinta. Até con cada uno las muñecas de Maurice y luego amarré el otro extremo a los lados de la cabecera de la cama. Lo dejé crucificado, pero con la capacidad de flexionar sus brazos cómodamente. Él permitió que actuara sin ocultar su recelo y curiosidad.
—Ahora estas a mi merced —declaré queriendo ser dramático.
—Pareces un niño jugando a los piratas —me acusó extrañado.
—¡Oh, no te confundas! Estas atrapado en un juego de adultos, uno en el que vas a tener que aprender a hacer las cosas poco a poco.
—Ya lo veo, das tantos rodeos que, para cuando llegue el atardecer, apenas estaremos en el prólogo.
—Pronto vas a perder la noción del tiempo —dije pasando mi lengua por su cuello y volviendo a erguirme—, pienso deleitarme dentro de ti hasta quedar plenamente satisfecho.
—Adelante, Vassili… —declaró vehemente—. Lo he estado esperando…
Afincó sus pies en la cama y levantó la cadera para ofrecerme su cuerpo. Sus ojos amarillos, su miembro erecto, la tensión en su voz… ¡Todo destilaba deseo!
—No seas impaciente, deja que te contemple así, como el amante de fuego que eres. No creo que exista nadie más hermoso que tú en este mundo.
—Lo tengo ante mí; haciéndose rogar, por cierto.
Reí de buena gana y bajé de la cama para desvestirme. Maurice se movía como si no pudiera contenerse. Yo me sentía lleno de poder y a la vez como una presa que está a punto de ser devorada.
Cuando estuve desnudo, me arrodillé entre sus piernas y besé su vientre, luego su pecho y después volví a lamer su cuello porque sabía lo mucho que esto lo excitaba. Él se estremecía y tiraba de las cuerdas con fuerza, conteniendo sus gemidos.
—Vassili… por favor…
—Poco a poco, amor mío…
Volví a erguirme y levanté su pierna. Lo besé en la pantorrilla y continué recorriendo su piel; cuando me incliné para lamerlo en el muslo, llegó al orgasmo y se derramó. Me quedé perplejo. Al verlo a la cara lo descubrí contrariado, tratando de cubrirse inútilmente el rostro con las manos atadas.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡No pude aguantar más! ¡Estaba esperando desde anoche y…!
—No te preocupes, Maurice. Pronto volverás a estar tan firme como el peñón de Gibraltar —le aseguré sonriendo con picardía y lo besé para tranquilizarlo.
Después llené mis dedos de saliva y busqué su entrada. Gimió cuando me sintió invadirlo y trató de abrazarme.
—¡Suéltame por favor! —jadeó ansioso.
—Sé paciente y aprende la lección, amor mío…
—Entonces bésame más, tócame más, tómame por completo, Vassili —exigió rodeando mi cintura con sus piernas—. ¡Quiero fundirme contigo ahora mismo!
—Se hará tal y como desea su majestad.
Lo sujeté de los tobillos e hice que los apoyara en mis hombros, obligándolo a doblar todo su cuerpo. Luego me incliné sobre él de nuevo para besarlo, aferré sus caderas y lo penetré arrancándole un gemido en el que se mezclaba el placer con el dolor. Fui acomodando nuestros cuerpos hasta que conseguí que los dos gozáramos de una embriagadora sensación.
Maurice tiraba de las cuerdas buscando tocarme, estremeciéndose con cada embestida, desesperado por mantener nuestros labios unidos o lamer mi rostro. Llegó incluso a morderme en el cuello gruñendo de la impotencia por tomar control de la situación o por el simple anhelo de tocarme. Lo cierto es que ya podía sentir toda su excitación apuñalándome el vientre.
Hice pausas para controlarme a mí mismo y alargar el placer. Él se quejó cada vez y pasó de la súplica a la exigencia hasta que ya no pudo hablar. Se convirtió en la encarnación del deseo: su piel ardía y su aliento parecía vapor. Yo sabía lo que esos ojos amarillos estaban reclamando desesperados y me sentía emocionado por ser capaz de transformarlo de esa manera.
Salí de él, escupí en mi mano y humedecí mi entrada. Después, lamí su miembro teniendo cuidado de no ir muy lejos: él gruñó exaltado cuando me detuve. Solté su mano derecha, enseguida liberó su otra mano y se arrojó sobre mí como si fuera un animal salvaje. Me hizo caer de espaldas en la cama, abrió mis piernas y se quedó quieto, asustado.
—Vassili… no quiero hacerte daño… ¡pero no puedo más!
—¿No te has dado cuenta que estoy listo para recibirte, Maurice? No te detengas ahora. Quiero sentirte dentro de mí. Tócame cuanto quieras, muérdeme si lo deseas, soy tuyo.
—¡Me vuelves loco!
—Lo sé —respondí soltando una carcajada que se apagó por mis propios jadeos cuando él me penetró impetuoso y comenzó con sus arremetidas. Ni en mis sueños más secretos había concebido ser tomado con semejante pasión.
Llevé sus manos hacia mi miembro y lo masajeó con su torpeza acostumbrada, aun le quedaba mucho por aprender, pero era toda una victoria haberlo llevado a aquel extremo. ¡Mi amante de fuego era una fuente inagotable de novedades!
Llegué al orgasmo antes que él, lo abracé con fuerza y lo besé mientras el placer se iba expandiendo como una espiral imparable por todo mi cuerpo. Él lo alcanzó poco después y los dos nos quedamos abrazados, sin aliento, tratando de decir algo que ya nuestras miradas delataban.
—¡Te amo!
Dirás, mi querido Maurice, que otra vez he caído en la manía de contar nuestra intimidad con un exceso de detalle. Se indulgente conmigo, encuentro muy divertido verte sonrojarte (y excitarte) mientras lees este tipo de párrafos.
Tengo presente lo mucho que te molestó leer en mis primeras memorias, las que escribí en el Paraguay, las experiencias de cama que tuve con otros, y que te avergonzó leer las que ambos compartimos. Como te dije, fue la única manera que encontré de sobrevivir al terrible “celibato” al que me sometió tu ausencia durante mi destierro.
Si hoy vuelvo a escribir líneas encendidas como estas es para animarte a que te dejes atar otra vez, algún día. Los años pueden haber pasado, pero yo sigo siendo el mismo hombre lujurioso que te ama con locura y anhela llevarte más allá de tu límite bajo las sábanas.
Y no temas, no pienso dejar que nadie más que tú lea estas páginas, así puedo tener la libertad de escribir cuanto quiera de lo que sólo tú y yo compartimos.
Nos habríamos quedado en la cama el resto del día si mis entrañas no se hubieran quejado por el largo ayuno al que las sometí. Nos vestimos y bajamos a comer. Evadí por completo visitar la habitación de Sora, simplemente no quería verlo.
A quien sí recibí con los brazos abiertos fue al pequeño Gastón, el pobre llevaba todo el día buscando a su reina. Maurice lo entretuvo con su violín y yo me deleité escuchando junto al niño la alegre melodía que interpretó en el salón de música.
Al día siguiente, fui con Maurice a casa de Etienne. Estaba comprometido a darle una lección a él y a sus amigos, pero no quería separarme de mi pelirrojo ni dejarlo solo en el palacio. Por supuesto que lo obligué a envolverse en muchas pieles para evitar otro inoportuno resfriado.
¡Cuánto le gustaba a Maurice la compañía de aquellos universitarios! Le interesaba todo lo que ellos estudiaban, no había campo del saber sobre el que no pudiera opinar, tenía noción de todo, pero lo único que dominaba era la teología. Lamenté que su ingenio estuviera atrapado en semejante prisión, él, en cambio, pensaba que la teología iluminaba todos los demás saberes.
Sin embargo, hay que reconocer que la teología que tenía en su cabeza no era la misma que yo recordaba. Lo suyo no era la escolástica, ni le tenía la menor devoción a Santo Tomás. Su pasión era el estudio de las Sagradas Escrituras desde ellas mismas y de ahí su afición por el Rabino Dreyfus. Además, solía relacionar todo nuevo conocimiento científico con la fe, aunque para eso siempre recorría un intrincado laberinto.
Su aventura con Daladier, abriendo un cadáver para estudiar órgano por órgano y ubicar el mal que supuestamente aquejaba a Sora, lo convenció de que Dios era un magnifico arquitecto. También ayudó a varios de los amigos de Etienne a aprobar el examen de anatomía que tenían esa semana: Fue capaz de dibujarles toda la estructura humana mientras repetía lo que el doctor le había explicado aquella noche.
Semejante clase magistral superó a las de los maestros de las Sorbona, según dijeron los jóvenes. Yo no tenía dudas sobre esto, Maurice poseía una memoria semejante a la cera: cuando algo era grabado sobre ella, reproducía la forma exacta de aquel sello de manera fidedigna por siempre. Además, Daladier tenía en su cabeza cientos de libros de medicina y años de investigación. Aquellos estudiantes fueron muy afortunados. Debí cobrarles el doble por la lección ese día.
Al regresar al Palacio, encontramos que Raffaele y Miguel nos esperaban para descorchar una botella muy antigua. Querían celebrar la desaparición del horrible abismo que amenazó con separarnos en los días pasados.
—Gracias a Dios que Sora tuvo la decencia de decir la verdad —exclamó Raffaele mientras llenaba mi copa—. Ustedes dos ya se estaban despidiendo como tontos.
—Yo no iba a permitir que se separaran —chilló Miguel a quien el vino ya le había coloreado las mejillas—. Primero molía a golpes a Vassili que dejarlo abandonar a mi primito.
—Ustedes no ayudaron en nada —los acusó Maurice—. Con sus gritos y amenazas, atormentaron de más al pobre Vassili.
—No lo compadezcas, este tonto fue el que ocasionó todo el problema.
—Raffaele, si alguien no puede señalarme por mis errores pasados, ese eres tú —declaré vaciando mi copa de un sorbo—. Constantemente andas provocándome y buscando causar una tragedia.
—No sé de qué hablas. Soy un hombre nuevo —dijo volviendo a llenar mi copa, sólo me dejaban beber dos cada día—. Además, teniendo de amante a Micaela, no soy tan tonto como para serle infiel, me dejará sin hombría de una estocada si me descubre.
—Eso no lo dudes, amorcito —afirmó sonriendo con fiereza el aludido.
—Entonces, quizá deba contarle sobre tus atentados contra Maurice y contra mí —amenacé con malicia.
—¡Bah! Micaela sabe que estoy más que decidido a llevármelos a la misma cama uno de estos días. Es más, ella apoya la idea. ¿No es cierto, Vida Mía? Tú sueñas con que tengamos una buena orgía junto a estos dos, no lo niegues.
—No sé de qué hablas… —balbució Miguel de manera sospechosa.
—Eso nunca va a pasar, ¿me oyen? —repliqué sintiendo la sangre otra vez como agua hirviente—. ¡No dejaré que toquen a Maurice jamás!
—¡Egoísta! —dijeron los dos primos al unisonó alentando mi furia.
Maurice terminó la discusión proponiendo un brindis por el fin de las penas del pasado y los luminosos días que nos esperaban a todos. Obedecimos en el acto, estaba tan contento y sonrojado, gracias al vino, que lucía delicioso.
Todo era alegría para nosotros en ese momento, pero yo sabía que tendría que volver a cierta habitación para encontrarme con el hombre que me había traicionado y al que no tenía derecho a condenar. Mientras no abordara el barco seguiría ahí, como una cicatriz, despertando la memoria del sufrimiento padecido.
Pero, ¿acaso quería que se marchara sin más? ¿No existía al fin la posibilidad de llegar a ser amigos? Lo único que sentía en ese momento era que el Sorata Yamamoto que creí conocer, no existía. La persona que aguardaba en su habitación era un desconocido capaz de mentirme y torturarme sin piedad, alguien que no quería cerca de mí o de mi amado, pero a quien tendría que enfrentar otra vez tarde o temprano.
El momento llegó al día siguiente de aquel brindis: Maurice quiso recibir su lección de chino y no había más remedio que visitar a su maestro en ese funesto lugar. Por supuesto, no iba a dejar que fuera solo.
Sora estaba ante la ventana, llevaba el kimono blanco y dorado que una vez me prestó. Tenía el cabello atado con una cola alta, pocas veces lo había visto lucir así. Cuando se dio vuelta para verme no pude evitar compararlo con el día en que lo conocí.
La diferencia era evidente: aquel fue el encuentro con un ser exótico, mientras que, en ese momento, tenía ante mí a un ser humano. Ya no era el rey y prisionero del Palacio de los Placeres irguiéndose ante su presa, sino un muchacho tan lleno de vergüenza que no fue capaz de sostenerme la mirada.
Toda mi rabia y recelo fueron golpeadas por dos certezas. La primera: que Sora era muy joven y resultaba lógico que tomara malas decisiones en situaciones tan extremas como las que estuvo afrontando. La segunda: que mi impulso natural era volver a confiar en él porque lo quería, aunque fuera un miserable, e incluso aún más porque lo era. Resultaba imposible desterrarlo de mi corazón.
Suspiré y eché a un lado mis armas, mi resentimiento y mi orgullo. Sonreí y traté de disipar sus miedos con una sola frase:
—Buen día, Sorata.
Él levantó la cabeza, sorprendido y, con una sonrisa de alivio, me mostró que lo había redimido.
Pude reconocer perfectamente ese sentimiento en él porque yo mismo lo había experimentado muchas veces, en cada ocasión que Maurice volvió a acogerme en sus brazos a pesar de mi miseria.
Mi querido Sora, también eso se lo debías a Maurice. Si fui capaz de perdonarte y de amarte de una manera más genuina, fue porque él había transformado mi corazón a fuerza de exponerlo al calor del suyo...


Notas

1 Las Mesdames: Las hijas solteronas de Louis XV.

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