IV La regla del Ko Parte III


De la memoria de aquellos días, la conclusión que puedo sacar es que fui un idiota. Me sentía tan dichoso porque Clément había logrado conseguirnos un barco rápidamente, que le conté todo a Sora sin medir el efecto de mis palabras. Mi alegría lo hirió y lloró con amargura.

—¡Quieres deshacerte de mí! —me acusó gritando.

—¡Quiero que vuelvas con tu familia! —aseguré indignado.

—¡No voy a separarme de ti! ¡Moriré sin ti!

De nuevo aquella sentencia. ¿Cómo no anticipé que volvería a escucharla?

—Ya lo hemos hablado, no podemos ser amantes. Sabes que amo Maurice

—¡Cállate, no quiero escucharte! ¡Me destrozas!



Estuvo llorando con el rostro oculto entre sus manos sin hacer caso a lo que le decía. Maurice entró poco después junto con Gastón y Xiao Meng, él lo recibió con gritos. Agradecí que no dijo que lo odiaba o que iba a matarlo, solo le indicó que no quería volver a verlo y que jamás renunciaría a mí.

Xiao Meng empezó a amonestar a Sora, Maurice tomó de la mano a Gastón y se lo llevó a rastras. Antes de salir, escuché al niño preguntar desconsolado por qué su amigo lloraba y gritaba de esa forma. La tregua había terminado.

Intenté hacer que Sora cambiara de actitud sin obtener ningún resultado. Al llegar la noche me rendí y fui a reunirme con Maurice; lo encontré sentado en la cama, con Gastón durmiendo bajo las mantas. Miguel y Raffaele ocupaban un sofá. Me esperaban.

—No debí decírselo tan pronto. Se lo ha tomado muy mal —reconocí preocupado.

—Tienes que mantenerse firme, Vassili —recomendó Miguel—. Tú también, Maurice.

—Hay que convencerlo cuanto antes. Conseguir otro barco, con un oficial tan bien dispuesto, será difícil —señaló Raffaele.

—¿Qué haremos si no cede? —preguntó Maurice sin disimular su angustia—. ¿Qué harás Vassili?

Negué con la cabeza y me acerqué a él, puse mi frente sobre su hombro y suspiré.

—¡Tienes que abandonarlo! —chilló Miguel. Me limité a cerrar los ojos y apretar los puños.

—Vassili no quiere hacerlo sufrir más —respondió Maurice abrazándome. 

—¡Maurice no se te ocurra renunciar a Vassili por compasión!

—Silencio, vas a despertar a Gastón.

—¡Hablo en serio Maurice! Te conozco y sé que eres capaz.

—No lo haré. No puedo hacerlo. Él dice que no puede vivir sin Vassili, pues yo igual.

Me aparté para ver a la cara a mi amante de fuego, quien ratificó sus palabras con una sonrisa triste.

—Tú eres mi vida, Vassili —susurró.

—¡Yo nunca te dejaré! —declaré vehemente—. Tú eres el palpitar de mi corazón y la luz de mis ojos.

Nos besamos y, por un instante, todo se solucionó. Hasta que Raffaele nos devolvió a la realidad de la manera más grotesca.

—Puedes besuquear a mi primo todo lo que quieras, pero hasta que Sora no esté a un océano de distancia de ti, yo no te creeré ni una sola declaración de amor. La fidelidad no ha sido tu mayor cualidad desde que te conozco.

—¡Y tú no eres el más apropiado para recordármelo! —gruñí furioso.

—Espabila y empieza a cavilar cómo vas a hacer para meter a Sora en ese barco. Yo propongo obligarlo a la fuerza, suena cruel, pero a la larga es la mejor solución para todos.

Gastón se movió inquieto y sollozó dormido, lo que nos recordó que no debíamos tratar el asunto en su presencia. Esa noche dormí en mi habitación para que Maurice cuidara de él.

Si tengo que describir los días que siguieron, puedo hacerlo con una sola palabra: caos. Sora y yo discutíamos durante horas, Maurice estaba ansioso, Miguel volvió a disgustarse conmigo y Raffaele se mantenía inamovible en la decisión de enviar a nuestro huésped a su tierra.

Daladier me ayudó a llegar a la cima de la desesperación cuando no consiguió explicar por qué Sora no podía caminar a pesar de que su herida ya había cicatrizado. Cada vez que intentaba ponerse de pie, sentía tanto dolor que caía al suelo. Consultamos al doctor Charles y tampoco pudo explicarlo.

—Lo único que se me ocurre es que un órgano esté dañado —declaró Daladier.

—Ya hubiera muerto si fuera así, mi cirugía no tuvo errores —replicó Charles—. Aunque tuve que coserlo tres veces porque se abrió la herida, quizá tenga una infección…

—No es una infección, me he asegurado de eso.
Los dos doctores se miraron como si quisieran empezar a insultarse.

—Algunos días ha dejado de comer, puede que eso lo haya afectado —dije buscando alguna salida.

—Eso explicaría la debilidad, pero no semejante dolor —sentenció Charles.

—¡Ah, el cuerpo humano todavía es un misterio por desvelar! —se lamentó Daladier.

Los días se sucedieron y Sora no mejoró. Debía cargarlo para moverlo de un lado a otro, se mostraba débil y triste, y constantemente me suplicaba que no lo dejara solo. Empecé a pasar más tiempo a su lado y el pensamiento de que debería cuidar de él por el resto de mi vida brotó como una mala hierba en mi cabeza.

Cometí el error de compartir mis temores con Maurice. Se quedó en silencio y esa noche tuvo fiebre. Daladier me felicitó por confirmar sus teorías y me maldijo por darle más trabajo.  No tengo que decir que Miguel estuvo cerca de dejarme sordo y Raffaele me dedicó una de esas miradas que hielan la sangre porque parecen sentencias de muerte.

Estaba decidido a resolver mi situación con Sora, no sólo para dejar de hacer sufrir a Maurice, sino por él mismo. Me mortificaba verlo reducido a una sombra llorosa y suplicante. Además, esta misma actitud me ataba las manos porque no tenía corazón para enfrentarlo y obligarlo a aceptar su regreso a Japón. 

Pronto descubrí que esperar a que mejorara no era una opción, Sora no pensaba dejarme en paz. Aprovechó la primera ocasión en que Xiao Meng nos dejó solos para intentar seducirme: me pidió que lo ayudara a sentarse junto a la ventana y, cuando fui a levantarlo de la cama, rodeó mi cuello con sus brazos y me besó.

Aquello fue como si una ola me atrapara y zarandeara con una violencia irrefrenable. Todos los besos y caricias, todos los momentos, las palabras, los sentimientos, las sensaciones, todo lo que vivimos juntos, ¡todo!, fue condensado en un solo gesto, en un sabor tan familiar como exótico, en un contacto tan prohibido como anhelado…

Yo lo deseaba. Yo lo amaba… y él lo sabía. Pero mi amor por él siempre fue egoísta, incapaz de hacer lo que era realmente necesario, de sacrificar algo de mí mismo… simplemente demasiado frívolo para ser verdadero amor.

Si Maurice hubiera estado atrapado en una celda en el corazón del mismo infierno, yo me hubiera lanzado a liberarlo, aunque eso significara dejar mi propia vida en el proceso. En cambio, por Sora nunca hice más que inventar excusas para no cambiar las cosas y lo abandoné una y otra vez en esa maldita habitación del Palacio de los Placeres, prometiéndole volver después para darle otra limosna.

Así que, junto con mis sentimientos confusos, posesivos, primitivos e irracionales, aquel beso también despertó una profunda condena hacia mí mismo. Sora ya no era un juguete caro, sino una persona a la que atesoraba sinceramente, por eso no pensaba permitir que lo utilizaran,  y nunca más lo dejaría abrazar un espejismo incapaz de apagar su descomunal sed de ser amado. Él solo debía entregarse a quien estuviera dispuesto a corresponderle.

Sujeté sus brazos y lo aparté con fuerza. Insistió y lo obligué a quedarse quieto otra vez.

—Vassili, por favor… —suplicó.

—Ya te lo he dicho: amo a otro hombre. Deja de humillarte de esta forma.

—Tú me amas también, lo puedo sentir.
Quiso volver a besarme así que me alejé de él. Una terrible amargura me embargó.

—Maurice es mi amante, no voy a corresponderte nunca, Sora. No me obligues a repetirlo una y otra vez, es como si quisieras que abriera tu herida constantemente. Lo único que puede haber entre nosotros es una amistad.

—¡No puedo ser tu amigo! Te amo, te deseo, anhelo que vuelvas a tomarme y sé que tú también lo deseas.

Extendió su mano hacia mí, negué con la cabeza y retrocedí.

—¿Cuándo vas a entender que elegí a Maurice? —insistí enojado.

—¡Nunca! Me aferro a ti porque eres lo único que tengo.

—Vuelve a tu tierra, con tu familia. Estoy seguro de que podrás ser feliz de nuevo.

En ese momento, vi aparecer al joven orgulloso y dominante que conocía. Se sentó en la orilla de la cama para enfrentarme y me mostró una sonrisa de desprecio.

—Realmente no entiendes nada Vassili; no hay un lugar al cual regresar: Mi señor fue asesinado y mi padre se disponía a enfrentar a uno de los hombres más poderosos del Shogunado para vengarlo. Del mundo que conocí ya no debe quedar más que cenizas

—Eso no lo sabes. Pudo haber ocurrido cualquier cosa. Yo en tu lugar estaría deseando saber qué pasó y regresar con mi familia.

—¿Para qué? ¿Para llevarles deshonor? Si aún viven mi madre y mis hermanos, están mejor creyéndome muerto que sabiendo en qué me convertí.

—No lo creo. Se alegrarán de verte.

—¿Eres un idiota o tienes tantas ganas de quitarme de tu camino que finges no entender? Yo nací con un destino, terminé en un prostíbulo: la muerte es la única honra que me queda.

—¡No digas eso!

—Eres cruel Vassili —me acusó con fría furia—. No me dejas vivir y tampoco morir; ¡te odio!

—Tú también eres cruel. Lo único que quiero es que vuelvas a tu tierra, con tu familia, y seas feliz.

—No voy a regresar a Japón —dijo unos minutos después, mirándome resuelto—, y nunca voy a renunciar a ti. Mataré a Maurice si me abandonas por él.

—No te atreverás —gruñí.

—Haré lo que sea por tenerte.

—¡Si amenazas otra vez a Maurice, te abandonaré! —grité—. ¡No me importa lo que te pase, maldita sea!

—Me mataré y te seguiré por el resto de tu vida —sus palabras parecían veneno, como si me estuviera lanzando una maldición—. A donde mires, verás mi sombra acusándote.

—Eso es ridículo y es indigno de ti decirlo —respondí confundido y asustado.

—¿Indigno de mí? Dime, Vassili, ¿qué es lo que ves cuando me miras? Yo soy nada. Una simple sombra que te ama; si me arrancas de tu lado, ya no tengo razón de ser. Te lo ruego, ¡no me dejes!, ¡no me dejes!

Se levantó, dio algunos pasos con mucho esfuerzo y se arrojó en mis brazos llorando y suplicando sin cesar. Sentí que los dos estábamos hundiéndonos en un pozo oscuro y frío al que él me arrastraba. Tenía que liberarme y dejarlo desaparecer en ese abismo antes de que no hubiera remedio.

No pude. Lo abracé con más fuerza. Fue la primera vez en que pensé que debía dejar a Maurice.

—No quiere ir a Japón porque allá no hay nada para él —dije atormentado ante mi amante de fuego, cuando nos reunimos esa noche en nuestra habitación—. Y ahora que está casi inválido ¿cómo va a sobrevivir? ¡No sé qué hacer!

—Daladier quiere probar con otro tratamiento y Charles piensa que es cuestión de tiempo —contestó Maurice consolándome.

—Aunque vuelva a caminar, ha sido claro en que no renunciará a mí. Yo he llegado a pensar en que… en…

No pude decirlo. Era imposible teniéndolo frente a mí confesar que estaba considerando la idea de renunciar a él. Le di la espalda y junté mis manos presionándolas con fuerza para que el dolor que me causaba me distrajera del que emanaba de mi corazón. Mi angustia llegó a ser tal que ni siquiera podía llorar. Temo que él adivinó lo que pensaba porque a partir de ese momento estuvo otra vez triste y desanimado.

La visita de Joseph complicó aún más las cosas. Se presentó para preguntar por qué Maurice todavía no había entregado el dinero destinado a la construcción del hospital.

—Estoy seguro de que lo has perdido o lo has gastado en otra cosa —acusó a su hermano.

—Sí, lo gasté y ahora mismo no estoy de humor para hablar de eso —respondió Maurice altanero.

—No me importa tu humor, el dinero no es algo con lo que se debe jugar. ¿En que lo gastaste?

—Contraté un profesor de idiomas, o, mejor dicho, dos profesores de idiomas.

—¿Gastaste tanto dinero en eso? ¡Vaya una extravagancia!

—No te preocupes Joseph, recuperaras el dinero —intervino Raffaele—, yo me encargaré de eso.

—No. Maurice debe hacerse más responsable.

—¡Estoy harto! —gritó éste y se marchó dando un portazo, dejándonos a todos atónitos en el despacho.

—¿Qué le pasa? —preguntó José.

—No lo sé —respondió Raffaele tratando de ser convincente.

Cuando nos interrogó a Miguel y a mí, respondimos lo mismo.

—Sí lo saben. ¿En qué lío se ha metido?

—Joseph, ¿cómo quieres que Maurice sea más responsable si lo tratas como a un niño?

Miguel y yo dejamos a Raffaele envolviendo a su primo con argumentos. Era difícil sostenerle la mirada a Joseph.

Unos días después, Daladier y Charles volvieron a la carga: Aplicaron compresas a la herida, le dieron a beber otro tónico, idearon un nuevo bálsamo... No hubo mejoría esa semana.

Lo que desconcertaba más a los dos médicos era que, cada vez que Sora intentaba ponerse de pie, el dolor le resultaba insoportable, pero, cuando ellos lo palpaban, no era capaz de identificar dónde le dolía.

—¿No ha pensado que podría estar fingiendo y todo esto no es más que un chantaje? —preguntó Charles cuando salimos al corredor, después de examinar a su paciente.

—Imposible, Sora es incapaz de eso.

—Sé de mujeres que fingen embarazos y hombres que amenazan con suicidarse para retener a sus amantes. Este muchacho está desesperado por evitar que usted lo abandone.

Aquello me inquietó. Descarté la idea en cuanto volví a ver a Sora sollozar, pidiendo que tomara su mano, temblando ante la posibilidad de no volver a caminar. Era imposible que todo fuera mentira. Para mí, nada había más verdadero que el hecho de que aquel hermoso joven estaba lisiado porque yo lo había empujado al suicidio al abandonarlo y, por esto mismo, ya no podía dejarlo otra vez.

Miguel pensaba igual que Charles y amenazó con obligar a Sora a caminar. Él y Raffaele tenían miedo de que Maurice enfermara de angustia. Yo apenas lo veía cuando Sora al fin se quedaba dormido.

En una de esas ocasiones, fui a buscarlo y no lo encontré. Raffaele y Miguel estaban probándole a Gastón unos trajes que habían mandado a hacer especialmente para él. Me informaron que Maurice había salido con Daladier.

—¿A dónde? —repliqué—. Hace frío, podría enfermar.

—Si no se distrae un poco va a enfermar también. El aire del palacio se ha hecho irrespirable para él gracias a que dedicas todo tu tiempo a Sora —respondió Raffaele mientras observaba a Miguel acicalar a Gastón. Los miraba con una expresión extraña, entre preocupado y molesto.

—¿Qué te pasa? —pregunté desconcertado.

—Está actuando igual que su madre —dijo entre dientes—. Tía Pauline jugaba con él y con Sophie de esa forma, como si fueran sus muñecas.

—Si le dices eso a Miguel, es probable que sean tus últimas palabras.

—Lo sé.

—Y eres un idiota por molestarte por eso. Quizá lo único racional que hizo madame Paulina fue consentir a sus hijos cuando eran pequeños.

—Es que me produce escalofríos cuando pienso en lo mucho que se parece a ella, y ahora que se viste y actúa como mujer, las semejanzas se están acentuando.

—Imbécil.

—Lo reconozco, puede que me lo hayas contagiado tú porque, aunque eres muy bueno aconsejando, pareces un inepto para resolver tus propios problemas.
Me tragué sus palabras como si fueran una medicina amarga, no podía negar que tenía razón.

Miguel terminó de arreglar a Gastón y el niño salió corriendo feliz para mostrarle a Sora su ropa nueva. Volvió descorazonado unos minutos después porque su querido amigo había despertado y, al no verme a su lado, se había echado a llorar. Me dispuse a salir para verle.

—Adelante, Vassili, ve a seguir construyendo una cadena tan gruesa que nunca vas a poder romperla —sentenció Raffaele antes de que yo cruzara el umbral.

—¿Y qué puedo hacer? —respondí volviendo sobre mis pasos—. ¿Echarlo? ¿Hacerme el sordo y el ciego? ¡No puedo!

—Le dijiste a Maurice que lo habías elegido a él y no a Sora, recuerda eso —intervino Miguel acercándose.

—Lo dije, pero cada día es más difícil…

—Procura que las lágrimas que Sora derrama a gritos no te hagan ignorar las que Maurice vierte en silencio —declaró Raffaele haciéndome estremecer.

Me llené de angustia al pensar en lo que estaba padeciendo mi amante, aquel a quien yo había elegido. Entonces, el camino a seguir estuvo claro.

—¿Monsieur va a abandonar a Sora? —preguntó Gastón lloroso—. ¡Él lo ama, por favor no lo abandone!

Todo se enturbió de nuevo. No dije nada. La angustia me asfixió. Estaba presionado por todos: Sora, Maurice, Raffaele, Miguel, Gastón… ¡mi propio reflejo en el espejo! Debía acabar con aquella situación antes de que nos destruyera. Pero la solución menos egoísta significaba renunciar a mi propia vida.

Daladier y Maurice regresaron al día siguiente muy animados. Habían estado buscando una cura para Sora, pasaron toda la noche estudiando y concluyeron una teoría tan complicada que no comprendí. Lo único que me quedó claro fue que pretendían abrir de nuevo la herida de Sora.

—Ni hablar —dije—. Podría morir.

—No sabemos qué ocurre dentro de él, palpándolo parece que todo está bien, pero… —insistió Daladier.

—Después de todo lo que ha pasado, no podemos someterlo a algo así.

—Dejemos que el paciente decida. Estoy seguro de que quiere volver a caminar.

En cuanto Sora escuchó lo que pretendían, los acusó de querer matarlo.

—No sea ridículo, soy médico y de cualquier forma es usted quien quiere matarse —respondió indignado Daladier.

—Usted quiere ayudar a su amigo, si yo desaparezco él puede quedarse con Vassili.

—¡Esto es un insulto!

—Calma, Claudie —le pidió Maurice.

—Sora, estoy seguro de que Maurice y el doctor quieren ayudarte —intervine.

—¡Para librarse de mí!

—¡Sí! —replicó Maurice —. Pero también porque queremos que vuelvas a caminar. Si quisiera simplemente librarme de ti, dejaría que Raffaele te metiera a la fuerza en un barco. El que estés inválido, después de todo lo que has pasado, me parece terrible.

—De cualquier forma, volver a abrirlo es peligroso —dije para romper la tensión que se podía sentir entre Sora y Maurice.

—No si lo hacemos bien —insistió Daladier—. Charles ayudará.

—¡No quiero! —gritó Sora— ¡Y no voy a irme! Me quedaré con Vassili o moriré.

—Sora, basta, por favor.

—¿Quieres que me vaya Vassili? Sabes que no hay nada para mí en mi tierra. Tú eres lo único que tengo. Te lo ruego, déjame estar a tu lado.

Atrapó mi mano, sentí que las suyas me quemaban. Su rostro lleno de desesperación me asustó, quise apartarme y a la vez no, sabía que era lo mismo que poner una daga entre sus manos.

Al ver el rostro de Maurice, me estremecí. Estaba en silencio, pero todo su ser me gritaba. De nuevo me sentí en una encrucijada, como un malhechor al que castigan haciendo que cuatro caballos tiren de su cuerpo en distintas direcciones hasta desmembrarlo.

Empecé a temblar, debía decidir; debía convertirme en verdugo de uno de ellos. Tomara la decisión que tomara, no iba a ser feliz. Si elegía a Sora, le rompería el corazón a Maurice y viviría en un infierno. Si elegía a Maurice, empujaría a Sora a la muerte y la culpa empañaría para siempre nuestra dicha.

Deseé ser más indolente, vano y egoísta de lo que era para apartar mi mano y dejar a Sora hundirse solo en el abismo, pero ya no lo era. Gracias a Maurice, yo había cambiado... ¡Qué ironía tan amarga! Cerré los ojos, supliqué al cielo, al destino, al Dios que parecía odiarme, que terminara mi agonía.

—Vassili, ya no sufras. Yo me iré —escuché decir, pero no a Sora, sino a Maurice. Abrí los ojos sorprendido—. Iré a Nápoles con tío Philippe. Quédate con Sora, él te necesita.

—¡No! —exclamé tratando de alcanzarlo.

—Por favor, Vassili… —suplicó Sora aferrando mi mano con más fuerza para impedir que me moviera. Todo empezó a desdibujarse a mi alrededor.

—¡Maurice, no, por favor! —supliqué impotente.

—Ya no quiero verte sufrir de esta forma, ni verlo a él sufrir. No te preocupes, estaré bien. Siempre serás mi…

No continuó hablando, su voz se cortó. Dio la vuelta para salir, apenas avanzó dos pasos y se quedó quieto, con los puños apretados, cabizbajo, conteniendo el llanto. Sora no me dejaba dar un paso, creí que mi corazón iba a romper mi pecho para ir tras Maurice.

Raffaele abrió la puerta y entró intempestivamente seguido de Miguel y Gastón.

—¿Qué te pasa? —preguntó asustado a su primo.

—Sácame de aquí, por favor, no tengo fuerzas —suplicó Maurice.
Raffaele lo abrazó de inmediato.

—Sabía que estabas sufriendo, el corazón me lo decía. ¿Qué está pasando? Vassili, dímelo tú.

No pude confesar que habíamos llegado al punto en el que todo se caía a pedazos.

—Quiero irme, Raffaele —dijo Maurice—. No puedo soportarlo más.

—No entiendo —replicó el gigante.

—¡Vassili habla de una vez! —chilló Miguel mientras levantaba a Gastón en sus brazos para que no empezara llorar.

—Maurice ha elegido marcharse a Nápoles para que Vassili se quede con este hombre —anunció Daladier en un tono monótono.

—¡¿Estás loco?! —gritó Miguel—. El que debe irse es ese prostituto—enseguida se arrepintió de sus palabras al ver la cara asustada del niño —. Perdona, Gastón, no llores.

Fue inútil, el pequeño se revolvió en sus brazos para que lo soltara y corrió a esconderse en un rincón: era suficientemente inteligente para saber que Sora no iba a consolarlo en ese momento.

—¿Qué es lo que decides tú Vassili? —exigió saber Raffaele.

—No —pidió Maurice—. Déjalo en paz. Lo he decidido yo. Me iré y…

—¡No quiero! —dije al fin liberando mi mano y corriendo hacia él. Lo arranqué de los brazos de su primo y lo abracé—. ¡No quiero y no puedo vivir sin ti!

—Yo tampoco puedo, Vassili, pero…

Maurice se echó a llorar. No pude hacer otra cosa que acompañar sus lágrimas con las mías, aquel abrazo era una despedida y los dos lo sabíamos. Yo no podía abandonar a Sora.

Xiao Meng dijo algo en japonés, parecía que le suplicaba y exigía a Sora a la vez. Raffaele aseguró que me molería a golpes si dejaba a su primo. Miguel acusó a Sora de ser un egoísta. Daladier se fue hacia una ventana huyendo del caos. Yo quería morir.

—¡Suficiente! —dijo Sora con un tono que me recordó a sus días como rey del Palacio de los Placeres—. Yo me iré.
Se puso de pie y dio unos pasos hacia nosotros. Se enderezó orgulloso, arregló su kimono y me miró desafiante.

—¿Qué significa esto? —dije furioso, dejando a Maurice para acercarme a él.

—¡Que nos ha estado engañando! ¿No lo ves? —gritó Miguel.

—¡Lo sabía! —chilló Daladier feliz—. ¡Mi tratamiento y la cirugía de Charles fueron correctas!

Por un momento, solo se escuchó su risa. Me faltó el aire. La furia no me dejaba respirar.

—No estaba enfermo —murmuró Maurice sorprendido.

—¿Qué esperabas de un puto? —escupió Raffaele.

El labio inferior de Sora tembló al escucharlo. Se irguió aún más queriendo aparentar estar impasible, pero vi la tormenta en el fondo del pozo oscuro de sus ojos.

—Salgan todos —exigí —. Quiero hablar con él a solas.

—Monsieur, es sólo un muchacho tonto; por favor, perdónelo… —empezó a decir Xiao Meng.

—¡Fuera! —grité.

—Vamos, le corresponde a Vassili tener la última palabra en este lío —sentenció Raffaele y sacó a rastras a Maurice

Miguel cargó a Gastón, quien ahora estaba asustado de mí. Según me dijeron, me transforme en otra persona. Nunca me habían visto tan furioso. La verdad es que yo mismo no me reconocía, mi cuerpo parecía vacío y la piel hecha de fuego. Mi boca sabía a sangre, mi mandíbula se mantenía presionada como si necesitará quebrar mis propios dientes.

No había ideas en mi cabeza, sólo recuerdos de sensaciones: el dolor, la culpa, la impotencia, la desesperación y, finalmente, la renuncia. Todo lo vivido desde que me arrodillé ante Sora moribundo, todo venía a golpearme como ráfagas de viento salvaje, acusando al joven que retrocedía, tratando de sostenerme la mirada, a medida que yo me acercaba a él.

La cama le corto el camino.

—¿Cómo has podido? —rugí acercando mi rostro al suyo.

—No me dejaste otra salida —respondió tratando de ser firme.

—¿Ahora es mi culpa? —grité sujetándolo por los brazos y sacudiéndolo. Parecía un muñeco de tela. Lo arrojé en la cama y me alejé—. ¿Sabes lo que me has hecho sufrir? ¿Lo que has hecho sufrir a Gastón, a Odette y a Xiao? ¿Lo que has hecho sufrir a Maurice? ¡Maldito seas! ¡Él sí sabe lo que es amar, no tú! ¡Tú no me amas! ¡Eres incapaz de amar! ¡Me das asco! ¿Quieres morir? ¡Adelante! ¡Yo mismo quiero matarte! —lo sujeté por el brazo y lo obligué a levantarse. Iba a golpearlo cuando se abrió la puerta.

—¡Vassili, te arrepentirás después si le haces daño!

Era Maurice. Se acercó a nosotros y enseguida solté a Sora.

—Es un miserable —afirmé—. No le importó torturarnos, no intercedas por él.

—Lo hago por ti también. Sé que te arrepentirás después porque lo quieres.

—Ahora no, ahora lo desprecio.

—Le quitaron todo. Tú y yo habríamos hecho lo mismo en su lugar —Sora lo miró sorprendido.

—No, tú no lo hubieras hecho —dije calmándome—. ¿Lo ves, Sora? Maurice es mejor que tú y que yo. Nosotros dos nunca estaremos cerca de su esplendor.
Sora bajó la cabeza, sujetó las sábanas y se echó a llorar.

—No lo humilles más —pidió Maurice—. No tienes derecho ni yo tampoco.
El roce de su mano en mi rostro fue como una brisa fresca que apagó la ira que me embargaba. Recliné mi frente sobre su hombro y tomé una gran bocanada de aire. Poco a poco, mis ideas se aclararon. Me enderecé.

—Tienes razón. No te preocupes, no volveré a maltratarlo. Déjanos solos.
Me miró receloso, pensó un momento y asintió. Después que salió me senté en la cama junto a Sora. Su cuerpo se estremecía por la fuerza de sus sollozos.

—Esto te lo he hecho yo. Nunca debí usarte sabiendo lo que sentías por mí —reconocí agotado—. Yo hice que te perdieras en los parajes más mezquinos de tu propio corazón.

Cubrió su rostro con sus manos y se alejó de mí. Lo atrapé y arrastré hacia mí para abrazarlo. Dejé que llorara a gritos cuanto quisiera. Su desesperación parecía infinita y por eso mismo yo debía servirle de ancla, para que no se desvaneciera todo lo que él era con aquella vergüenza, para que al final de aquella agonía quedara un rescoldo de su alma y esta pudiera recuperarse y volver a ser una flama de vida.

Cada cierto tiempo alguien abría la puerta para asomarse y desaparecía al instante. Primero Maurice, luego Xiao Meng, Raffaele y, por último, Gastón. Éste se quedó mirándonos preocupado, extendí mi mano para que se acercara. Sora ya lloraba en silencio.

—¿Va a estar bien? —preguntó el niño.

—Espero que sí —contesté.

—¿Ya no estás enojado con él?

—Todavía un poco, pero no voy a gritarle de nuevo.

Sonrió agradecido y salió dando brinquitos de alegría.

—Ese niño te ama, Sorata. También Odette y Xiao Meng. Has sido un tonto al aferrarte tanto a mí y dejarlos a ellos a un lado.

—Estoy avergonzado —susurró al fin—. No sé qué hacer.

—Pide perdón. Gastón y Odette te perdonarán al instante. Puede que Xiao Meng tarde un poco.

—¿Y tú, Vassili?

—También tendrás que darme tiempo. Has traicionado mi confianza y la verdad es que ya no sé quién eres. Pero, reconozco que yo también te he hecho daño, que no tengo derecho a condenarte y debo pedirte perdón. Supongo que será cuestión de tiempo el que podamos dejar todo esto atrás... 

—Debo disculparme con Maurice —dijo después de un largo silencio—. También con el doctor y con monsieur Raffaele.

—Es la primera vez que lo llamas por su nombre desde que lo conociste.

—No tengo derecho a seguir odiándolo después de todo lo que ha hecho por mí.

Contemplé sonriendo su rostro; al fin vi al verdadero Sora. No me había equivocado: era alguien lleno de dignidad y nobleza.

Pidió que llamara a Xiao Meng, él entró presuroso. Sora se inclinó ante él en señal de disculpa, doblo todo su cuerpo mucho más que cuando saludaba.
Xiao Meng no dijo nada. Esperó a que se enderezara y empezó a gritarle en su idioma. Lo hizo por casi media hora. Era un discurso en el que el nombre de los Yamamoto resonó muchas veces haciendo estremecer a Sora.
Después tomó del brazo a su amigo, lo llevó al centro de la habitación y lo obligó a ponerse de rodillas.

—¿Qué hace? —reclamé.

—Lo que debe hacerse —respondió Xiao Meng implacable.
Abrió la puerta y exigió que todos entraran, desde Maurice hasta Gastón.

—Sorata quiere disculparse —dijo como única explicación.
Todos vimos cómo el joven japonés nos miraba fijamente mientras reconocía haber actuado como un miserable, deshonrando a su familia al mostrarse ingrato con los que lo habíamos ayudado. Después, bajó la cabeza hasta que tocó el suelo con la frente y agregó:

—Ni derramando mi sangre podré borrar esta afrenta.

—¡Por Dios! —exclamó Daladier— ¿Acaso su gente es aficionada a la tragedia? Si quiere mi perdón, no vuelva a hablar de quitarse la vida y deje de hacer llorar al niño.

—Claudie tiene razón —agregó Maurice—. Solo queremos que estés bien...

—¡Y te vayas! —soltó Miguel, a quien la idea de sacarle las entrañas a Sora todavía le rondaba la cabeza.

—Si quieres quedarte, puedes hacerlo —dijo Raffaele sorprendiéndonos, y haciendo que Sora levantara la cabeza—. Dices que no hay nada en tu tierra para ti, Puedo ayudarte a establecerte aquí con la condición de que te alejes de Vassili.

La esperanza volvió a brillar en Xiao Meng y Gastón. Sora se incorporó, arregló su kimono y sonrió agradecido.

—Es muy amable, monsieur Raffaele, pero quiero volver a ver mi tierra. Mi señor tenía varios hijos pequeños y yo tenía dos hermanos menores: tanto los Nabeshima como los Yamamoto no pueden haber desaparecido en Saga. Quiero saber qué ha sido de ellos.

—Sorata, ¿de verdad quieres volver? —preguntó Xiao Meng preocupado. Podemos vivir aquí, libres y...

—No, yo me iré a mi tierra. Tú debes quedarte aquí con Odette y Gastón. Ella te ama y Gastón necesita que lo cuiden.

—Pero…

—Tú no puedes acompañarme, ningún extranjero tiene permitido pisar nuestro suelo. No temas, estaré bien.

Xiao Meng dijo algo en su idioma y Sora sonrió con tristeza.

—Confía en mí —respondió en francés—, lo único que quiero es volver a ser quien debía ser —volvió a inclinarse ante su amigo, su compañero de desgracias, y pronunció solemnemente unas palabras de gratitud en su idioma.

—Vive con valor y fortaleza, entonces —respondió Xiao Meng, como si fuera un sabio anciano ante un discípulo.

Me inquietó que Sora se marchara solo. Desde niño, Xiao Meng lo había protegido y guiado. El eunuco era un sobreviviente mientras que el japonés tenía una inclinación probada hacia el suicidio, nunca había considerado que terminarían separados.

Pero las cosas habían cambiado completamente entre nosotros y ya no me sentía en posición de cuestionar sus decisiones. Era como si su engaño hubiera cercenado los lazos que nos unían y la terrible responsabilidad por la vida de Sora ya no estuviera sobre mis hombros. Tendría que pasar tiempo para que yo volviera a confiar en él.


El joven japonés dejó de ser un pobre desvalido y se convirtió en alguien capaz de valerse por sí mismo, alguien que había jugado con nosotros y casi nos había vencido. Sólo su propia nobleza lo había hecho desistir y renunciar a una victoria que tenía ya en su mano. Ahora nuestras vidas en el Palacio podían volver a su verdadero orden y él tendría que forjarse su lugar en el mundo sin depender de mí. El Ko se había resuelto al fin. 

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