IV La Regla del Ko - Parte II

Al principio, las lecciones no fueron más que discursos porque carecían de piedras para jugar. Se suponía que debían contar con ciento ochenta y un piedras negras y ciento ochenta blancas; Sora tan solo poseía siete, que a duras penas sirvieron para explicar las reglas básicas del juego.

—Lo primero que hay que saber es que el Go es la recreación de la vida —sentenció Xiao Meng, dándose aires de pontífice.

—Eso es bastante pretencioso —repliqué en el acto—. Además, lo primero que deberías enseñarnos es qué significa el nombre del juego en francés.

 —¡Es cierto! —chilló Maurice cayendo en la cuenta.

—En mi idioma, la palabra Go significa rodear —respondió Sora fastidiado.

—Efectivamente, el Go es el arte de rodear y a la vez evitar que el contrincante lo haga —continuó Xiao Meng—. Ahora, lo segundo que hay que saber, es que las piedras se colocan en las intersecciones —dicho  esto, colocó una piedra negra en el centro del tablero.


Quizá yo debí comenzar está página diciendo que la mesa de Go tiene dibujada una rejilla formada por diecinueve líneas verticales y diecinueve horizontales, las cuales forman un total de trescientas sesenta y un intercesiones. Cada una de estas es un punto a ganar, un territorio para rodear y una posibilidad de sobrevivencia.

—Las intersecciones adyacentes se convierten en libertades o vidas para la piedra.

El eunuco pidió que nos imagináramos a un guerrero en una encrucijada con la posibilidad de tomar cuatro caminos: cuatro libertades.

—Si el contrincante corta cada camino, el guerrero será capturado.

Colocó tres piedras blancas en las intersecciones adyacentes a la piedra negra, dejándole una sola salida, y anunció que esa situación se llamaba “Atari”: el momento en que alguien está bajo amenaza. Luego, colocó otra piedra blanca en la última intercesión libre, retiró la negra y nos la mostró en la palma de su mano.

—Esto es una captura, esta piedra negra será un punto para el jugador blanco y el territorio que ocupaba ha sido rodeado.

—Asombroso —exclamó fascinado Maurice.

—Algo simple —refuté—. El ajedrez es más interesante.

—Aprendí a jugar ajedrez —replicó Xiao Meng, conteniendo su indignación—, y puedo decir que éste es una simple batalla; mientras que el Go es una guerra compuesta de cientos de batallas.

—Exageras las virtudes de un juego de mesa.

—Si tuviéramos más piedras demostraría su excelencia.

—¡Y me matarías de aburrimiento!

—¡Vassili, no diga semejante cosa! —me regañó Sora ofendido—. Mi Padre me enseñó a jugar desde que tuve edad para sostener las piedras, y Nabeshima-dono jugaba una partida conmigo todos los días cuando se encontraba en el castillo de Saga.

—Vassili, si no te gusta ve a dar un paseo, pero no interrumpas — agregó Maurice molesto.

Aquello me hirió y la sonrisa de Xiao Meng me produjo escozor. Tomé una silla y la acerqué a la cama pidiendo que continuaran. Ahora tenía celos de un juego y ante mis rivales nunca retrocedía.

La explicación siguió: Si piedras del mismo color eran colocadas una junto a la otra sumaban sus libertades, eran más difíciles de capturar y servían para rodear territorio o a las piedras del contrario, como si se construyeran murallas con ellas. Claro que era necesario tener cuidado en cómo se diseñaban estos “grupos”, pues podían ser capturados si no se tenía suficientes libertades en su interior.

Empecé a verle sentido al juego poco a poco. Me di cuenta de que, aunque no era necesaria la intención de aniquilar al rival, sí se estaban resolviendo problemas de vida o muerte a cada momento:

¿Cómo puedo hacer que este grupo sobreviva? ¿Dónde tengo más vida o libertad? ¿Cómo conquisto una esquina del tablero? ¿Cómo puedo rodear más territorio? ¿Cómo evito que el contrario conecte sus piedras? ¿Cómo conecto las mías? Y la pregunta más importante de todas: ¿Cuál es la mejor jugada en este momento?

Los contrincantes se alternaban para colocar una sola piedra cada vez, dicha piedra no podía moverse a menos que fuera capturada; por tanto, cada jugada era una oportunidad que no podía desperdiciarse, una opción capaz de determinar toda la partida. Si lo comparamos con la vida, se trataba de una constante toma de decisiones preñadas de consecuencias trascendentales. Dudo que exista algo más agotador que ese juego.

A Maurice le encantaba el dinamismo de vida y muerte que tenía el Go, esa búsqueda incesante de sobrevivencia al crear un espacio, un territorio en el que fuera posible la propia existencia. Lo escuché discurrir horas interminables sobre eso. También sobre el hecho de que el suicidio estuviera prohibido en ese juego: Nadie puede colocar una piedra en donde no va a tener vida o libertad, solo se permite hacerlo si la piedra se convierte en un sacrificio que permite capturar las del contrario. ¡Creo que podría escribir un libro entero sobre sus reflexiones al respecto!

Otra cosa que no se cansaba de ponderar era que bastaba un punto para ganar y no era necesario apabullar al contrario. De hecho, según Xiao Meng y Sora, se veía muy mal que un jugador fuerte sometiera uno más débil de manera indiscriminada, por lo que solía darse ventaja al de menor nivel cuando la diferencia era muy amplia. La grandeza del Go se desplegaba si los dos jugadores tenían capacidad para responder al reto del otro.

—No se trata exclusivamente de ganar, sino de crear un buen juego —dijo Sora, dejándose llevar por la emoción que le provocaba hablar del Go—. Incluso si alguien termina derrotado, puede sentirse satisfecho por haber desarrollado una partida digna.

En mi caso, lo que me impresionó fue la última regla que Xiao Meng nos enseñó. El eunuco formó con las siete piedras una figura que se me hizo familiar. La reconocí porque Sora solía reproducirla cuando se sentaba ante el tablero, en aquellas noches inolvidables en su habitación del Palacio de los Placeres.

Tres piedras negras rodeando una intercesión vacía y, junto a estas, tres piedras blancas rodeando una piedra negra. La piedra negra estaba en atari. Si el jugador blanco le quitaba la última libertad y la capturaba, se colocaría a sí mismo en atari. Si el jugador negro lo capturaba luego, también iba a quedar en atari y así sucesivamente.

—Esto es un Ko —declaró Xiao Meng.

—¿Ko? —preguntó Maurice.

—La palabra significa “Infinito”. Se trata de una situación que puede repetirse hasta el infinito. Se dice que unos inmortales encontraron un Ko durante una partida y estuvieron durante mil años repitiendo la misma jugada hasta que se cansaron y decidieron crear la Regla del Ko.

—Realmente no crees esas leyendas, ¿verdad? —solté escéptico.

Maurice y Sora me mandaron a callar otra vez. Xiao Meng continuó su explicación como si yo no existiera.
—Los inmortales acordaron que cuando se presentara en el tablero una situación como ésta, el jugador al que le han capturado la piedra debía jugar en otro lado en lugar de capturar al contrario de inmediato. De esta forma la situación no se repetiría.

—Entonces el otro jugador puede evitar ser capturado colocando una piedra que una la que tiene en atari con las demás —exclamó Maurice feliz de haber entendido la regla.

—Pero si el jugador blanco,  que tiene la sanción de jugar en otro lado, lo hace amenazando a otro grupo negro o preparándose para rodear más territorio, el jugador negro se verá obligado a defenderse y no cerrará el Ko —replicó Sora usando un tono que casi parecía un regaño.

—Entonces el jugador blanco volverá a capturar y será negro quien tenga la sanción —concluyó Xiao Meng satisfecho—. Un Ko puede ser muy interesante en un partido y toda una prueba para que un jugador se mida a sí mismo.

Al no contar con más piedras, aquel Ko nunca se resolvería; eso me provocó la sensación de estar ante la fatalidad: La figura en el tablero reproduciendo una situación que podría repetirse y prolongarse por siempre, me hizo pensar en la circunstancia en la que nos encontrábamos Sora, Maurice y yo. La llegada de Gastón me había dado un respiro y yo no lo aproveché.

Era obvio que debía hacer que Sora renunciara a mí, aceptara volver a su tierra y jurara que no volvería a intentar quitarse la vida. Sin embargo, antes de todo eso, tenía que averiguar si era posible enviarlo de regreso. Y, hasta ese momento, no había hecho nada al respecto.

Sentí una punzada en mi estómago: era hora de actuar, no podía confiar en que Maurice y Sora iban a mantener buenas relaciones por siempre. Cualquier cosa podía hacerlos estallar. Además, ¿qué éramos los tres en ese momento? Piedras en atari, amenazadas y en constante tensión.

Aunque la curiosidad de Maurice parecía haberlo hecho olvidar sus celos, noté que no miraba a Sora, ni siquiera las pocas veces que este hablaba. El japonés, en cambio, no dejaba de escudriñarlo con ojos tan profundos y fríos como un abismo, y mostraba una sonrisa llena de desprecio cada vez que la ingenuidad de mi pelirrojo, con su infantil manera de entusiasmarse, salía a relucir.

Una situación como ésa no debía prolongarse, estaba haciendo sufrir a los dos con una rivalidad que era mi culpa. Me excusé y salí de la habitación para pensar un rato.

Coincidí con Miguel en el corredor, lo vi salir de su habitación con el hermoso traje rojo que le hacía lucir radiante. Iba canturreando y llevaba una partitura en las manos. Lo seguían Antonio y su nueva sirvienta, Margarite. La había contratado por recomendación de su modisto, ya que poseía una innegable habilidad para peinarlo y maquillarlo.

La mayoría de los sirvientes de los Alençon tenían poca experiencia en este aspecto, llevaban años sin que viviera una ninfa en el palacio. Además, Miguel sospechaba que alguno de ellos seguía informando de lo que hacíamos a madame Severine y prefería ponerse en manos de alguien en quien pudiera confiar.

Una idea divertida pasó por mi cabeza. Volví a entrar y me acerqué a Gastón, quien ya se había aburrido de las historias de Xiao Meng, porque las conocía todas, y se entretenía mirando por la ventana.

—¿Quieres ver a la reina otra vez? —le dije tratando de no asustarlo—. Va a tocar el piano y su rey no se encuentra por los alrededores.

El niño miró a Sora interrogándolo y este asintió.

—Ve con él, pequeño. Vassili nunca te va a hacer daño.

Gastón extendió su pequeña y frágil mano hacia mí con timidez, llenándome de alegría. Lo sujeté con delicadeza y lo guié hasta el salón de música.

—¿La reina vive en este palacio? —preguntó cuándo nos detuvimos ante la puerta.

—Sí, te la presenté el primer día que llegaste, estaba usando pantalones.

—¿De verdad? —exclamó abriendo sus lindos ojos color miel con asombro. 

—Ella suele transformarse en hombre algunas veces para poder cabalgar y luchar con espadas. Es una reina algo traviesa —por su expresión, comprobé que la idea le encantaba. Me reí por lo bajo de mi propia astucia.

Después de anunciarnos, abrí la puerta y pudimos escuchar con claridad la hermosa pieza que Miguel estaba ensayando. Raffaele le había regalado la partitura; procuraba conseguirle una nueva cada cierto tiempo, cuando descubría algún compositor principiante con suficiente talento como para agradar a su amado. Este tenía preferencia por las nuevas “tendencias”. Maurice, en cambio, estaba anclado en el barroco.

—Buen día, Gastón —dijo Miguel alegremente haciendo que el niño casi saltara por la sorpresa—. ¿Te gusta la música?

—Sí, su alteza.

—Ven, te enseñaré a tocar el piano si quieres.

Solté la mano del niño y éste se acercó rápidamente a su reina, pero enseguida notó algo que nosotros pasamos por alto.

—¿Qué le pasó a sus manos, alteza?

Miguel, quien no llevaba guantes, se detuvo y observó sus propias manos sin saber qué decir.

—Una bruja malvada le lanzó un hechizo —respondí sonriendo para quitarle peso mis palabras—. Por eso debe tocar el piano hasta que sus manos queden como antes. Sí un niño alegre la escucha sanará más rápido, ¿quieres hacer el favor de escucharla todos los días?

—¡Sí, por supuesto!

—¿Incluso si su rey está presente?

—Es que él me da miedo —titubeó Gastón.

—No tienes nada que temer —intervino Miguel con dulzura—. Raffaele es un rey muy amable.

—Está bien; la escucharé siempre, su alteza. Es usted tan hermosa que cuando la veo pienso que también es un ángel.

Miguel tomó el rostro del niño entre sus manos y le dio un beso en la frente.

—Gracias, pequeño príncipe. Tú eres un niño muy dulce. Siéntate donde quieras y escucha, tocaré algo bonito para ti.

Gastón obedeció a prisa, era tan inocente y amable que me enternecía.

—¿Para qué inventas esas historias? —me reclamó por lo bajo Miguel cuando me acerqué a saludarlo.

—¿Prefieres que le cuenta la verdad?

—Claro que no.

—Sabía que estabas muriendo por acercarte al niño. A puesto a que te recuerda a tu hijo.

—Sí. Y, por cierto, Rodrigo también suele creerse todo lo que le digo —la manera como sonrió casi me hizo adivinar los recuerdos que le embargaban en ese momento. Después, fijó en mí sus bellos ojos azules y exclamó— ¡Gracias por traerlo!

—Ha sido un placer, mi bella reina —respondí besándole en la mejilla—. Solo espero que Raffaele no lo espante.

—Por supuesto que lo hará. Verás que lo fastidiará hasta hacerlo llorar, ya sabes cómo es.

—Eso sería terrible. No habrá manera de ganar su confianza después.

—Raffaele lo obligará a confiar en él, tenlo por seguro. Le hará lo mismo que le hacía a Maurice, ¿sabías que llegó a atarlo para que dejara de huir de él cuando eran niños?

—Philippe me contó algo al respecto. Con razón Maurice siempre está tan dispuesto a golpear a Raffaele.
Reímos a costa de nuestros amantes. Luego, Miguel posó su mirada en Gastón y su expresión se tornó grave.

—No sé qué va ser de este pequeño. Cuando crezca y entienda lo que esos hombres le hicieron…

—Lo sé, también me preocupa. Además, si Sora y Xiao Meng se marchan, se quedará solo.

Nos quedamos en silencio. Miguel volvió a tocar el piano, Gastón le seguía el ritmo balanceando su cabecita. Lo contemplé por un rato sintiendo una profunda inquietud; tenía el futuro tan incierto como nosotros.

Me senté junto a él para acompañarlo mientras pensaba en cómo resolver todos nuestros problemas. Al rato, el niño empezó a cabecear. Miguel tocó entonces algo más suave y cantó en español: era una canción de cuna. Su hermosa voz nos arrulló a los dos, Gastón se acurrucó en el sofá y se quedó dormido.

—Con Rodrigo pasaba igual —susurró Miguel conmovido.

Me doy cuenta ahora de que debería dejar de llamarle así; pues si alguna vez resultó oportuno usar el nombre de Micaela, fue en este momento que describo: Todo su ser destilaba esa ternura única con que las mujeres son bendecidas cuando se convierten en madres.

Pero, hasta el día de hoy y por mi propio placer egoísta, Miguel es “mi Miguel” en mi mente y en mi corazón. Ya le llamo y trato como Micaela cada vez que la tengo ante mí. Y nadie tiene que decírmelo, sé que soy un necio por tardar tanto en aceptar su identidad a pesar de ser quien más le animó a vivir como se sentía.

Si alguna vez Micaela se entera del gran conflicto que provoca en mí, seguramente me tirará de las orejas sin sentirse ofendida. Sé que notó hace mucho que me gusta ver su silueta cuando luce pantalones, me pasa con todo el mundo, es una especie de fetiche que en su caso se agrava.
En fin, continúo.

—Lo llevaré con Sora —dije al asegurarme de que el niño dormía profundamente.

—No, déjalo ahí un rato más —pidió Miguel—. ¡Es tan lindo!

Siguió tocando la canción de cuna, yo me concentré en trazar un plan de acción. Cuando pensaba marcharme, Raffaele entró con el cabello despeinado y sus botas llenas de barro. Había estado ejercitando sus caballos.

—Amor mío, ¿qué significa esta infidelidad? —preguntó señalándome a mí y al niño como a dos intrusos.

—Vassili trajo a Gastón para que me escuchara.  Cree que soy una reina y tú mi rey.

—¡Qué niño tan listo! —se acercó a él y lo levantó en brazos elevándolo por encima de su cabeza. Gastón despertó y gritó asustado.

—Dime, bribón, ¿qué pretendes con mi reina? —rugió el gigante sacudiéndolo.

—¡Nada, señor, quería ayudarla a curar sus manos!

Le explicamos a Raffaele a qué se refería y éste volvió a dejarlo en el sillón, luego clavó la rodilla en el suelo haciendo una solemne reverencia

—Mi gratitud siempre le acompañara, señor mío, ha demostrado tener un corazón magnánimo. Permítanme recompensarlo: ¿quiere que le enseñé mis caballos? Son los más briosos de toda Francia.

Gastón cayó en la trampa, se puso de pie y dio saltos de alegría. Entonces Raffaele volvió a levantarlo, lo sentó sobre su hombro y se lo llevó mientras le contaba que sus caballos eran hijos de Pegaso, el corcel alado de los dioses, y por eso cuando corrían casi volaban. Miguel lo siguió, preocupado.

—¡Este bruto es capaz de sacarlo del palacio sin abrigarlo bien!

No dije nada, la escena de los tres alejándose por el corredor me pareció una imagen encantadora y dolorosa a la vez: El niño mancillado, la mujer atrapada en el cuerpo de un hombre y el padre que perdió a su hijo antes de conocerlo parecían una familia en ese momento.

Me di cuenta de que el palacio se había convertido en un refugio para personas rotas, incluyéndome a mí mismo. El edificio entero era como un gran Ko sin resolver, estábamos rodeados de amenazas: ¿Cuánto iba a durar la tregua entre Maurice y Sora? ¿Qué iba a pasar si Philippe o Joseph descubrían mi relación con Maurice? ¿Qué haríamos cuando el año concedido a Miguel y a Raffaele terminara? ¿Cuánto tiempo más nos iba a dejar en paz madame Severine? Nos encontrábamos en una situación que no podía, ni debía, prolongarse eternamente.

Fui a mi habitación para escribir algunas cartas, era tiempo de hacer un movimiento para deshacer o torcer a nuestro favor las circunstancias. ¡Debía ganar el Ko a toda costa!

En los días siguientes, Gastón se apegó mucho a Miguel y perdió el miedo a Raffaele. Maurice envió a Asmun a conseguir un artesano que le fabricará las piedras necesarias para jugar Go y yo hice varias visitas.
La primera fue a Bernard, para pedirle consejo. Era el hombre más sensato que conocía y me fiaba de su buen juicio para evaluar mis decisiones. Me dio la razón en mis planes y me acompañó a visitar a Clément, no sólo por ver a su amada, sino porque nuestro apreciado burgués era la clave para que mi plan funcionara.

Si alguien podía decirme cómo enviar a alguien a Japón, ese era él.  Últimamente, se dedicaba al comercio exterior. Me informó que debía negociar con la Compañía Holandesa de las Indias Orientales; los japoneses no apreciaban a los extranjeros y solo le permitían a los holandeses acercarse a sus tierras. Por fortuna, Clément tenía un amigo holandés que nos podía ayudar.

—Para enviar a alguien a Japón necesitarás dinero —señaló Bernard cuando volvíamos a su casa en carruaje.

—Lo sé y no tengo mucho.

—Seguramente Maurice y sus primos te ayudarán. Yo también lo haré; la historia de tu amigo me ha conmovido.

—Gracias Bernard, eres un hombre excelente.

En ese momento, recordé a otro hombre excelente que me esperaba para retomar sus lecciones: Etienne. Pasé a visitarlo y me quedé varias horas estudiando con él porque debía aprobar un terrible examen esa semana. Regresé al palacio agotado y satisfecho, una sensación que no experimentaba desde el reencuentro con Sora.

Al contarle a Raffaele sobre mis planes, obtuve todo su apoyo. Él también había preguntado a varios comerciantes, amigos de Philippe, y estos coincidían con Clément respecto a la Compañía Holandesa.

—Yo pagaré todos los gastos. Quiero que Sora se marche lo más rápido posible: mientras esté aquí, ni tú, ni Maurice, podrán ser felices.

Debo decir que, como confesó después, Raffaele no solo quería librarse de Sora, sino que también se sentía en deuda con él. Igual que yo, lo había utilizado como un juguete caro en el Palacio de los Placeres y deseaba que fuera libre y feliz al fin.

—¿Qué pasará con Gastón? —dije preocupado mientras veía al niño jugar con la nieve en el jardín, bajo el cuidado maternal de Miguel.

—Si Sora y Xiao Meng no se lo llevan con ellos, me encargaré de su educación. Micaela lo adora y a mí me parece un niño encantador, no quiero dejarlo en el hospicio.

Me conmovió ver que Raffaele quería convertirse en un padre para el pequeño: era como si piezas rotas de diferentes vasijas encontraran su lugar formando una nueva. Me sentí tan orgulloso de ser su amigo que lo felicité abrazándolo; él me sujetó y me plantó en la boca un beso tan delicioso como obsceno, recordándome que jamás debía bajar la guardia ante el diablo.

—¡Raffaele, eres un imbécil…! —dije cuando tuve fuerzas para renunciar a aquel placer inesperado, y lo aparté.

—Tú empezaste. Pusiste unos ojitos tan brillantes que no pude resistirme.
Soltó una carcajada y salió del despacho tarareando para reunirse con los otros en el jardín. Renuncié a la idea de detenerlo para discutir, era mejor enterrar el asunto y asegurarme de que Maurice no se enterara de que alguien había vuelto a robarle algo que le pertenecía.

—¡Debería meter a Raffaele en el mismo barco que se lleve a Sora! —rezongué, molesto por todas las memorias y sensaciones que me despertó aquel beso.

No parecía fácil conseguir un barco que llevara a Sora. En primer lugar, en esa época la Compañía Holandesa de las Indias Orientales realizaba apenas dos viajes al año. Luego, ésta no se dedicaba a regresar desvalidos a sus tierras, aunque uno de los suyos fuera el culpable de toda su desgracia. Por último, las relaciones entre Francia y Holanda estaban cargadas de tensión por ser viejos enemigos de guerra.

Para mi asombro, Clément nos dio buenas noticias unas semanas después: su amigo conocía a uno de los oficiales del próximo barco que debía partir y este estaba dispuesto a negociar. Raffaele no dudó en calificar aquello como un milagro. 

El viaje se acordó para la primavera, finalmente el horizonte empezaba a mostrarse coloreado de esperanza. Dejé a Clément y Bernard en el despacho con Raffaele y corrí escaleras arriba para darle la buena nueva a Maurice. Lo encontré en su habitación, de rodillas en el reclinatorio ante el crucifijo que colgaba en la pared. Como no podía ir a la torre de la Iglesia durante el invierno, empezó a hacer su oración de esa forma. 

Cuando se dio vuelta para verme, me di cuenta de que había llorado. Lo interrogué hasta que, al fin, me dijo qué le ocurría.

—Estaba suplicándole al Señor que me diera paz. Lo siento Vassili, quiero confiar en ti y tolerar a ese hombre, pero cada día es más difícil… No soporto verte hablarle y mucho menos que pases tiempo a solas con él.

—Perdóname por hacerte vivir en semejante ansiedad, pero pronto terminará todo, amado mío: hemos encontrado un barco que llevará a Sora de regreso con su familia.

Su rostro se transformó y la alegría volvió a brillar en él. Me abrazó y besó, feliz; yo le hice mil promesas de amor que estaba dispuesto a cumplir. Para demostrárselo, le invité a salir de paseo lejos de Sora y de toda la tensión del palacio. Aceptó gustoso y pidió que lo llevara a la calle San Gabriel para saludar a los niños y a buscar a un artesano que hiciera las piedras de Go.

—Asmun no ha tenido ningún progreso —se quejó.

—No debe ser fácil, las piedras negras están hechas de pizarra y las blancas de concha marina.

—Cualquier otro material puede servir, como porcelana o vidrio. Quiero aprender a jugar antes de que se vayan.

—Se hará como desea, su majestad —dije haciendo una reverencia—. Mi única condición es que se abrigue bien o el médico real me cortará la cabeza.

Rió de mi broma y buscó nuestras capas de inmediato. Partimos hacia París escoltados por Bernard y Clément, este último conocía a un artesano que podría fabricar las piedras de Go. Realmente, tener un burgués como amigo resultaba muy oportuno.

Aquel día complací a Maurice en todos sus caprichos, menos visitar a su amigo el Rabino, y le enseñé los lugares más encantadores de la ciudad que él no conocía. Quería alejarlo del agobio del palacio y hacerle ver que, para mí, era suficiente un mundo donde solo estuviera él.

Sabía que no bastaba con palabras, ni con besos y caricias, por eso le dediqué el día entero a pesar de estar consciente de que Sora me esperaba. Cuando regresamos al Palacio de las Ninfas ya atardecía y tuve que soportar las quejas de Daladier y Miguel, quienes aseguraron que me cortarían las orejas si Maurice se resfriaba.

No les presté atención, vi claramente que el paseo había tenido un buen efecto en él y pensaba terminar en tratamiento en la cama, dando rienda suelta a nuestra pasión. Me sentía lleno de esperanzas, finalmente iba a deshacer la telaraña que había creado a nuestro alrededor.


Por supuesto que faltaba lo más importante, la decisión de Sora. Era su turno de jugar y me tenía en atari. Dependía de él resolver el Ko en el que nos encontrábamos estancados. Decidí contarle sobre el barco al día siguiente y la imagen de la fría hoja de una espada vino a mi mente al instante: Sora parecía tan inflexible y peligroso como esta. Deseché el pensamiento y me dije a mí mismo que debía confiar en que él sería capaz de elegir la jugada que le diera más vida y libertad. 

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