IV La Regla del Ko - parte I

Sora no volvió a decir que odiaba a Maurice, tampoco manifestó algún aprecio por él; simplemente, comenzó a tolerar su existencia. Era obvio que le había impresionado su bondad y también que su orgullo estaba herido: le debía a su enemigo la vida, la libertad y ahora el rescate de Gastón. Para alguien de su cultura, esto no era algo intrascendente.

A pesar de haber sido arrancado de su tierra y de su familia muchos años atrás, aún quedaba en él un rastro de su identidad como miembro de una casta de soldados y nobles a quienes el deshonor asustaba más que la muerte. Xiao Meng usó esto para obligarlo a ser educado con Maurice y a comer sin hacerse rogar. Pero no pudo evitar que siguiera chantajeándome de modos sutiles.


Sora se mostraba vulnerable, melancólico, inofensivo y, cuando yo bajaba la guardia, volvía a ser el hábil seductor que bien conocía, despertando mi deseo y obligándome a correr como un cobarde. Mi mayor temor estaba en qué iba a pasar cuando él pudiera caminar de nuevo y darme alcance.

Maurice parecía más tranquilo. Ahora era amigo de Odette, quien no dejaba de agradecerle por el rescate de su pequeño y, por tanto, también contaba con el aprecio de Xiao Meng. Gastón se había aficionado a él, lo buscaba a todas horas y muchas veces lo llevó a rastras ante Sora. El inocente niño no entendía que los dos hombres no querían estar cerca el uno del otro y que solo mantenían la compostura para hacerlo sentir bien.

—Sora, ¡mira!, ¡mira!: El ángel me ha dibujado —chilló Gastón un día, entrando a la habitación llevando a Maurice de la mano y ondeando una hoja, lleno de felicidad.

—Es un dibujo muy bonito —respondió el japonés examinando el papel.

—¿Quieres que te dibuje a ti?

—No creo que tenga tiempo.

—Claro que sí, ¿verdad monsieur? ¿Puede dibujar a Sora?

—Si a él no le molesta —respondió Maurice, masticando con dificultad las palabras.

Sora se encogió de hombros fingiendo indiferencia y el niño aplaudió. Maurice ocupó un sillón frente a ellos y comenzó a trabajar en su cuaderno, guardando un silencio resignado, mientras Gastón contaba con entusiasmo sus aventuras por el palacio.

—He visto a una reina, estaba tocando el piano. Tenía un hermoso vestido verde y el cabello muy claro, parecía hecho de oro y plata. Sus ojos eran más azules que el cielo. Me quedé mirándola por mucho rato y al final me sonrió. Quería hablarle, pero uno de esos hombres estaba con ella y también me vio, así que salí corriendo. Creo que es su rey.

—Gastón, es de mala educación andar por el palacio sin permiso —le regaño Sora con cariño, mientras peinaba sus cabellos castaños con la mano.

—Pero tú no quieres ir a ningún lado y cuando éstas con Vassili no me prestas atención

El lápiz de Maurice se detuvo un momento, luego continuó dando trazos de mala gana.

—De todas formas, no vayas metiéndote en las habitaciones.

—¿Sabías que hay una con un bosque pintado en las paredes?, ahí estaba el ángel dibujando. Tienes que ir a verla, es como un lugar mágico.

—Ahora no puedo, Gastón.

—¿Todavía no puedes caminar? —preguntó Maurice, haciendo que todo el cuerpo de Sora se tensara.

—Los doctores dicen que pronto podré hacerlo —respondió este educado.

—Sientes mucho dolor —continuó mi pelirrojo, forzando cada palabra para que sonara amable.

—No tanto como antes.

—Eso es bueno.

—Gracias.

Aquella conversación, que requirió un gran esfuerzo para los dos, me hizo muy feliz. Acaricié la cabeza de Gastón para agradecerle, él se alejó asustado y se escondió tras Sora.

—Lo siento —dije mortificado—, no quise molestarte…

—Gastón, Vassili jamás va a hacerte algo malo —le aseguró Sora.

—Pero… —replicó el niño mirándome como si yo fuera una amenaza.

—Mira, he terminado —intervino Maurice mostrando un dibujo de Sora que nos sorprendió a todos. Lo había plasmado sonriendo con dulzura, tal y como se había mostrado mientras le hablaba al pequeño. 

Gastón volvió a ser el niño más feliz del mundo y Sora no pudo disimular su conmoción al verse reflejado en el papel.

—¡Hiciste un gran trabajo! —exclamé encantado—. Es un hermoso dibujo.

—Bueno, si Sora te parece hermoso, es obvio que su retrato también —murmuró Maurice en un tono que me heló la sangre. Se levantó y entregó la hoja al niño.

—Gracias, monsieur —dijo este extasiado.

Como respuesta, mi amante de fuego sonrió igual que un ángel. Luego, se dirigió a la puerta.

—Debo irme, me esperan para practicar esgrima en el salón oval.

—¿Puedo ir con usted? —preguntó Gastón siguiéndolo.

—También van a estar mis primos: Raffaele y Miguel —al escuchar estos nombres, el pequeño perdió todo su entusiasmo y volvió a los brazos de Sora—. Quédate aquí acompañando a tu amigo, yo me llevaré a Vassili para que no vuelva a asustarte.

Extendió su mano hacia mí y me acerqué de inmediato. Sora quiso protestar, pero se calló resignado; creo que fue un intercambio silencioso entre ellos, mi compañía como pago por el dibujo. Cuando salimos al corredor, Maurice se puso de puntillas para acariciar mi cabeza.

—No te sientas mal, el niño ha tenido experiencias desagradables.
—Gracias —tomé su mano y la llevé a mis labios—. ¿Podemos saltarnos la práctica de esgrima y hacer algo más interesante?

—No. Para eso tenemos toda la noche. Quiero descargar golpes por un rato.
La sonrisa fiera con la que dijo eso me persuadió de no replicar. Quiso que también me involucrara en la práctica, le recordé que mis manos aún no eran capaces de sostener la espada con propiedad. Entonces me nombró el juez de las contiendas y me obligó a deleitarme contemplando cómo daba una verdadera paliza a sus primos. Creo que tradujo en estocadas toda la frustración que sentía por la presencia de Sora.

Al principio, pensé que la actitud de Gastón hacia mí y hacia Raffaele se debía a que estaba al tanto de que habíamos sido clientes del Palacio de los Placeres, pero también le temía a Miguel cuando este no usaba vestido. Pronto me di cuenta de que su miedo abarcaba a cualquier hombre adulto que usará ropas elegantes. Confiaba en Maurice porque lo había rescatado y en su linda cabecita se había hecho la idea de que realmente era un ángel.

Recuerdo bien la terrible impresión que nos llevamos cuando le presenté a Miguel y Raffaele el día en que llegó al palacio: ya lo habían aseado y vestido con un camisón cuando ellos entraron conmigo a la habitación de Sora. Al decirle que querían darle la bienvenida, fue corriendo a esconderse tras el dosel de la cama. Xiao Meng le pidió que los saludara apropiadamente y el pequeño, con una sola frase pronunciada con su voz argentina, nos hizo ver todo el horror que había vivido:

—¿Debo ir a la cama con ellos?

—No, Gastón —se apresuró a decir Sora—. Nada de eso. Jamás volverás a hacer algo así.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Miguel alarmado—. ¿Acaso este niño era usado como prostituto? 

—Lamentablemente, Vida Mía, el marqués lo ofrecía al mejor postor.

—¿Raffaele, tú alguna vez…?

—¿Por quién me tomas? ¡Yo nunca solicitaría los servicios de un niño!

—¿Cómo pudo el marqués hacerle algo así a una criatura? —chilló Miguel cada vez más alterado— ¡Tenemos que hacerle pagar por esta atrocidad!

—Donatien ahora es intocable —declaró con amargura Raffaele—. Se ha hecho amigos influyentes en Versalles y, si intento algo contra él, usará lo que sabe para empañar mi reputación y puede que la de Vassili también.

—¡Es un maldito!

Miguel tuvo que tragarse su asco por aquel hombre. Trató de ser amable con Gastón, pero el niño no permitió que se le acercara. Raffaele dio el caso por perdido y se limitó a decirle que se considerara un huésped de honor en su palacio.

Yo tenía más suerte que ellos, al menos Gastón me toleraba si Sora o Maurice estaban presentes. Con Xiao Meng se mostraba más receptivo, pero éste mantenía siempre la distancia. Un día le pregunté sobre su relación con el niño; confesó sentirse culpable por haberle hecho lo mismo que el holandés le hizo a él.

—Tuve que enseñarle a complacer a otros hombres. Sé que cuando crezca me odiará porque, si bien lo hice por orden del marqués, nada cambiará el hecho de que yo también lo mancillé, y eso es imperdonable.

Tenía razón: hacerle semejante cosa a un niño es un acto imperdonable.

El marqués hacía que sus clientes vieran sus propios oscuros deseos como simples caprichos que podían permitirse. Su palacio funcionaba como un espejismo en el que se escondían los cuerpos profanados y las almas rotas de niños y jóvenes, hombres y mujeres, a quienes les era negada la condición humana. Pero lo cierto es que la putrefacción de los crímenes que ahí se cometían perseguiría a sus autores por siempre.

Yo era consciente de que no estaba exento de culpa. Había usado a Sora como un juguete aun sabiendo que él se encontraba en ese lugar contra su voluntad. Cada moneda que di, contribuyó a mantener los barrotes que lo oprimían a él y a todas las víctimas del Palacio de los Placeres. Es algo de lo que seguiré buscando redimirme cada día. Pero aquellos infames que se cebaron tomando la inocencia de los niños, son la escoria de la humanidad: nada los justificará jamás, nada los absolverá y el fuego del infierno no será suficiente castigo. ¡Los maldigo con todas mis fuerzas!

Otro momento doloroso y lúcido, en el que fue evidente cuánto había sufrido Gastón, nos lo proporcionó Daladier sin querer. Después de ir a su casa para asegurarse de que su viejo sirviente siguiera con vida, entró en la habitación de Sora y se encontró frente a frente con Gastón.

—¿Y este pequeño? —me preguntó sorprendido al principio. De inmediato, agregó con una sonrisa— ¿Acaso tu prostituto ha logrado darte un hijo?

—¡Imbécil! —le solté deseando abofetearlo.

—¿Qué le pasó en la cara? —se acercó tanto que el niño corrió a esconderse tras la cama.

—Tranquilo, Gastón —le dijo Xiao Meng—, es un doctor, igual que monsieur Charles.

—Mucho mejor que él, si me permite expresar mi opinión. Si yo le hubiera atendido, no tendría una cicatriz tan fea. Tengo un ungüento que lo ayudará. Es el mismo que le doy a Vassili para sus manos. Debieron ver cómo las tenía antes; ha mejorado mucho.

—¡Pero a mí me gusta mi cicatriz! —protestó el niño parándose frente a él y mostrándosela con orgullo—. Gracias a ella, los amigos del marqués dejaron de hacerme cosas.

—¿Qué marqués? ¿Qué amigos? ¿Qué cosas? —preguntó desconcertado el doctor.

—Cosas malas… —murmuró Gastón avergonzado, al tiempo que bajaba la cabeza y movía sus manos, nervioso, como si se sintiera culpable por lo ocurrido. ¡Me partió el corazón!

—¿De dónde ha salido este niño? —chilló Daladier.

—Del mismo lugar que nosotros —respondió Sora con tristeza.

El joven doctor se quedó en silencio por un momento, adoptando una expresión grave. Luego cerró la puerta, se dirigió hacia la mesa y colocó sobre ella su maletín de madera. Al ver que lo abría y desplegaba todos sus compartimientos, Gastón se acercó sorprendido. Daladier señaló una silla y lo invitó a ocuparla; enseguida el niño se arrodilló sobre esta para poder ver mejor.
Volvió a interrogar con la mirada al doctor y este le indicó con un gesto que podía tocar su farmacia ambulante. El pequeño empezó a jugar encantado con las diminutas gavetas, mientras el otro revisaba cada frasco hasta que encontró el adecuado y lo mostró al niño.

—Con esto tu cicatriz se verá menos fea. Dios te dio el rostro y la inocencia de un ángel, nadie tiene derecho a quitarte eso; por favor, déjame reparar un poco el mal que te hicieron. Y no te preocupes, nunca más volverán a hacerte cosas malas.

Por algún misterio inexplicable, aquellas palabras fueron suficientes para qué Gastón confiará en él y lo dejara aplicarle el bálsamo. Se podría decir que se hicieron amigos de inmediato y, a partir de ese momento, el niño se convirtió en la única persona con quien Daladier mostraba algo de ternura. Hasta lo tomó como aprendiz, aunque dudo que le entendiera sus explicaciones médicas.

Gastón hizo que nos centráramos en algo más que nuestros propios problemas. Nos enterneció y llenó de alegría por su capacidad para seguir siendo un niño a pesar de todo. Se convirtió en un puente sobre el abismo que yo abrí entre Maurice y Sora y le dio a Miguel una razón para dejar de odiar a quien consideraba un rival. Aprendí a amarlo y llegó a ser para mí como un hijo…

¡Mi precioso y alegre Gastón, una luz capaz de brillar en medio de la oscuridad pantanosa de la malicia humana, sin duda fuiste una bendición para todos nosotros y aún lo sigues siendo!

Las visitas de Odette se hicieron más frecuentes, como era de esperarse. Al ver cómo se relacionaba con el niño, entendimos que Gastón ya tenía a alguien a quien consideraba su madre y que era gracias a ella que podía reír.

Al recordar el primer día que lo conocí, cuando el marqués lo hirió, resultaba evidente que había cambiado: en aquel tiempo parecía un alma anciana y resentida en el cuerpo de un niño. Durante el tiempo que vivió ocultándose del marqués con Odette, ella lo había transformado reconstruyendo de alguna forma la alegría y la inocencia que le habían destrozado.

La joven poseía un corazón lleno de ternura y por eso mismo no abandonaba el Palacio de los Placeres a pesar de lo infeliz que la hacía ese lugar. Cada vez que Xiao Meng le sugería que pidiera ayuda para huir de ahí, ella contestaba lo mismo:

—Los niños se quedarían solos.

Sí, aun había otras víctimas indefensas a las que ella cuidaba y aliviaba cuanto podía. Raffaele y yo nos aseguramos de que Maurice y Miguel no se enteraran de esto; temíamos que quisieran enfrentarse con Donatien otra vez, lo que resultaba en extremo peligroso.

En una de sus visitas, Odette trajo consigo otros kimonos y varios objetos que habían servido para decorar la habitación de Sora en el Palacio de los Placeres. El marqués ya había asignado el lugar a otro joven, al que pensaba presentar como la encarnación de Hermafrodito[1], y ordenó quemar lo que no se pudiera subastar. La pequeña mesa de madera y las siete piedras blancas y negras del juego de Go, fue lo único que despertó el interés del japonés.

También Maurice se sintió atraído por esos objetos. Como Odette era su amiga, estuvo presente cuando ella los entregó a Sora. Xiao Meng tuvo que responder muchas preguntas, que se sucedieron una tras otra tan rápido, que debió suplicar por un respiro.

—Cuéntale sobre el rey que tenía un hijo tonto —sugirió Gastón divertido.

—Es una simple leyenda —respondió el eunuco.

—¿De qué se trata? —preguntó Maurice, emocionado como un niño ante una nueva maravilla.

—Se cuenta que el Go, o Wei chi, como le decimos en mi tierra —comenzó a decir Xiao Meng usando un tono solemne y ademanes rebuscados—, fue creado cuando un gran emperador chino pidió a un sabio maestro que inventara una forma de hacer más inteligente a su hijo. Al parecer, su retoño no era precisamente brillante y temía por el futuro de su reino.

Las risas de Maurice se confundieron con las de Gastón en una preciosa sinfonía.

—Pero, si eso es una leyenda, ¿cuál es la verdad? —insistió después mi pelirrojo.

Xiao Meng se dio cuenta de que estaba ante una audiencia exigente y fue directo a los hechos: el Go se había originado hacía miles de años en China. Siendo un aspirante a funcionario real, el eunuco había aprendido a jugarlo y consideraba que tenía un nivel decente en el juego.

Recuerdo que adoptaba un aire de superioridad mientras nos enseñaba, a pesar de que Sora le corregía muchas cosas. Creo que se equivocaba a propósito, para obligar al japonés a involucrarse en la conversación.

Gracias a su antigüedad, el Go ya se había extendido a los reinos vecinos y, de manera especial, a las islas que conformaban Japón. De hecho, los japoneses lo acogieron con tal entusiasmo, que lo hicieron parte de su cultura, y lo perfeccionaron cambiando aspectos del juego e ideando nuevas estrategias. Sora fue instruido desde pequeño porque este era parte importante de su educación como futuro samurái.

Fue evidente que entre Maurice y el Go se produjo un enamoramiento que todavía se mantiene. Yo no entendí la mitad de las cosas que Xiao Meng explicó, él las absorbió tenazmente y llenó varios cuadernos de notas al respecto.

Igual que el ajedrez, el Go es un juego de estrategia, pero su fin no consiste en destronar un rey sino en ganar territorio. La mesa o Goban, se puede comparar con una vasta extensión de tierra que dos ejércitos buscan conquistar mediante una larga campaña.

El Go es una guerra, así de simple. Se construyen fortalezas y murallas, se sitian castillos dejando sin recursos al enemigo, se desatan batallas a gran escala, combates cuerpo a cuerpo o pequeñas incursiones para invadir y destruir la formación del contrario. Todo en una simple partida.

El Go también es un arte. Al principio del juego tienes un lienzo en blanco y poco a poco se cubre de formas cuya belleza esta medida por el grado de ingenio que expresan. También es una partitura vacía que va llenándose con el sonido de las piedras cayendo como gotas de agua, al ritmo de un aguacero primaveral o de una tormenta de verano; dependiendo de la pasión del momento, de la oportunidad y de la temeridad de los contrincantes.

El Go, sobre todo, es un espejo. Sí, algo sorprendente. Durante una partida se revela mucho del corazón de cada jugador: su seguridad, su paciencia, su astucia, su memoria, su capacidad para prever, su sinceridad, su magnanimidad o pequeñez de espíritu. No en vano los grandes señores del país de Sora cultivaban el juego con el mismo cuidado con que afilaban sus espadas o instruían sus mentes y corazones.

Por último, el Go es un punto de encuentro. En cada partida las manos conversan y grandes amistades nacen de la rivalidad. Todo jugador de Go agradece encontrar un contrincante que lo ayude a elevar su nivel. La derrota se convierte en sabiduría, fortaleza y, por tanto, en una futura victoria, gracias a la brillantez que el otro ha demostrado. Al final, no hay un enemigo a quien enfrentar sino una oportunidad de crecer juntos que debe ser aprovechada.   

Pero no hay que engañarse, el Go es una lucha de vida o muerte. Cada derrota duele como si un veneno corroyera tus entrañas y cada vitoria hace desear otra más. El dolor y el placer, la pasión y el frío cálculo, la esperanza y la desesperación, el poder y la impotencia, todo lo que el ser humano es capaz de experimentar puede presentarse en una sola partida y no creo que exista nada más agobiante que eso.

Para mí, él Go, en aquel tiempo fue un problema. Maurice olvidó que la habitación de Sora era territorio enemigo por aprender a jugarlo. Xiao Meng accedió a enseñarle, junto con las lecciones de chino y japonés, con la condición de que las sesiones de estudio se llevaran a cabo en ese lugar. Cualquiera podría pensar que buscaba reconciliar a los dos rivales, pero estoy seguro de que lo hizo para fastidiarme porque yo temblaba cuando ellos estaban cerca el uno del otro.  

Visto desde la distancia, aquello fue un milagro: ¡Maurice y Sora conviviendo sin gritarse! Guardo como un tesoro esas memorias y siento mi corazón llenarse de calidez cada vez que las evoco. Sin embargo, lo cierto es que estaban lejos de llevarse bien.

Los dos eran contrincantes moviendo sus piedras uno para invadir y otro para defender su territorio. Y yo no era un espectador, sino lo que más ambicionaban: Lejos de sentirme alagado, me encontraba crucificado.







[1] Hermafrodito: personaje de la mitología griega. Hijo de Afrodita y de Hermes, de ahí su nombre. Era un joven tan apuesto que una ninfa, ante su rechazo, pidió a los dioses nunca separarse de él y estos fusionaron sus cuerpos. Por esta razón aparece representado con características femeninas y masculinas. 

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