III Los Frutos de mi crueldad - parte V

El rugir de la tormenta dentro de la habitación secreta continuó por largo rato. Encogí mis piernas y apoyé mis brazos y mi frente sobre las rodillas, manteniendo los ojos cerrados, tratando de no pensar, pero las imágenes del enfrentamiento entre Maurice y Sora no dejaban de repetirse en mi mente.

—Parece que mi pequeño primo ha vuelto a explotar como un barril de pólvora —dijo Miguel apareciendo ante mí con su traje de montar. Mis entrañas dieron un vuelco porque no lo esperaba… ¡y estaba hermoso sin la odiosa falda!

—¿También se comportaba así cuando niño? —pregunté.

—Él es de los que acumulan el malestar hasta que éste los desborda y cualquier cosa hace que estallen. Aunque, considerando lo que ocurre en el palacio, tiene suficientes motivos para disgustarse de esa forma.

—¿Puedes calmarlo? ¡Está sufriendo!



—Es mejor dejarlo solo. Te dirá los reproches más terribles que se le ocurran y acertará en todos. Además, los únicos que podían calmarlo eran tío Philippe y el Padre Petisco.

—¿Y Raffaele?

—Él también, pero siempre ha sido muy drástico; digamos que lo tranquiliza a los golpes. Yo nunca supe qué hacer cuando Maurice perdía los estribos.

—Creí que eras su confidente— le tendí la mano para invitarlo a sentarse a mi lado. Aceptó de inmediato.

—Lo soy, pero solo cuando está de buenas. Me dice cosas que a nadie más le cuenta porque sé cómo hacerlo hablar. A veces él mismo no entiende lo que está sintiendo. Tienes un amante difícil, Vassili.

—No tanto como el de Raffaele —repliqué dándole un golpecito con el codo.

—¡Ah, no tienes que decírmelo! ¡No sé cómo deshacer el embrollo que he creado! —recostó su cabeza en mi hombro—. Esta mañana le grité a Raffaele a pesar de que estaba desesperado por verlo y abrazarlo.

—Eres un idiota —lo acusé con cariño.

—Miren quién lo dice —bufó.

Poco después entró Raffaele con cara de estar en plena resaca. Nos levantamos en el acto.

—¿Qué le pasó a Maurice? —preguntó apenas nos vio—. Me brincan las entrañas.

—Está disgustado —respondió Miguel cuando se recuperó de la sorpresa.

—¿Perdió la pelea de gatos?

—No, la ha ganado. Pero fue muy cruel —contesté preocupado.

—Es un Alençon —dijo el gigante con presunción—. Quien nos busque de enemigos siempre sufrirá las consecuencias.

Sacó una llave de su bolsillo, tanteó la pared falsa hasta que encontró el agujero de la cerradura; al girar la llave, la puerta se deslizó rápidamente.

—¡Quiero estar solo! —escuchamos rugir a Maurice.

—¡No me grites, maldita sea! ¡Tengo resaca! —exclamó Raffaele imperioso—.  Miguel no me habla y no me deja entrar en mi habitación. Necesito un refugio.

Su primo no respondió nada. Antes de que pudiera asomarme, Raffaele entró y volvió a cerrar la puerta.

—No te preocupes, él lo cuidara bien —me animó Miguel.

—No puedo evitar sentirme celoso.

—Es una estupidez. Ellos son como hermanos.

—Ya se lo llevó a la cama una vez y no me digas que fue un juego de niños. Sé que quiere volver a hacerlo.

—Desde jovencito Raffaele ha querido llevarse a todo el mundo a la cama, no te preocupes —dijo encogiéndose de hombros.

—Ahora comprendo por qué eres tan celoso. Aunque esta vez estás siendo injusto; Raffaele no quiere nada con Sora.

—Ya te lo he dicho, hice un embrollo y no tengo idea de cómo arreglarlo.

—Deja tu puerta abierta de ahora en adelante y no le digas nada cuando Raffaele intente justificarse. Solo bésalo y deja que las cosas fluyan.

—Planteas todo muy simple —replicó frunciendo el ceño.

—¿Prefieres disculparte y aceptar que eres un idiota? —me burlé—. Es mejor que crea que lo perdonas.

—Tienes razón —dijo sonriendo al fin y dándome un beso en la mejilla. Enlazó su brazo con el mío y agregó en un tono más confidente—: Ese joven me dio miedo; es muy atractivo y Raffaele le tuvo como amante durante años.

—Para él fue solo un prostituto.

—Pero fue el único que buscó en ese lugar. Es obvio que le gusta.

—También se enredó con Sophie.

—No eres bueno defendiéndolo —me regañó al tiempo que pellizcaba mi mejilla.

—Trato de darte la razón, y hacerte ver que Raffaele puede intentar llevarse a la cama a todo el mundo, pero solo contigo quiere algo más. Te ama y está luchando con todas sus fuerzas por ser mejor y merecer el perdón que le has dado; y te aseguro que debe esforzarse mucho porque es un idiota sin remedio.

—Eres malo enumerando sus virtudes: su mayor mérito es ser capaz de amar a alguien que lo vuelve loco como yo.

—Te equivocas; es fácil amarte, Miguel —afirmé poniendo en mi voz y en el beso que deposité sobre sus labios, todo el cariño que me inspiraba—. No te minusvalores. Además, ustedes son tal para cual, se vuelven locos mutuamente y así son felices.

—Lo mismo digo de ti y Maurice —los dos nos echamos a reír—. ¿Quieres ir a cabalgar? Ellos van a tardar en salir de ahí.

—Gracias por la invitación pero, cuando hace tanto frío, me duelen las manos. Y debo ir a ver cómo está Sora.

—Vassili —dijo con gravedad—, tú sabes que le haces daño a mi primo al mantener a ese hombre aquí.

—Comprende que no tengo muchas opciones, si lo llevó a la calle San Gabriel será lo mismo: no puedo abandonarlo. No pierdo la esperanza de que Sora recapacitará pronto y renunciará a mí.

Pero Sora no estaba dispuesto a hacerlo. Seguía insistiendo en que no comería a menos que yo estuviera presente y aprovechaba cualquier oportunidad para despreciar a Maurice y tentarme evocando los momentos que compartimos en el pasado.

Por otro lado, el dolor de su herida apenas cicatrizando no lo dejaba caminar y ni Daladier ni Charles acertaban con un tratamiento que le proporcionara alivio. Debíamos llevarlo en brazos de un lado a otro y ya temíamos que quedara lisiado para el resto de su vida. Por supuesto, esto exacerbaba su dependencia hacia mí.  

Maurice se mantuvo ocupado haciendo las ilustraciones del libro de Daladier. Estaba irritado a ratos y preocupado todo el tiempo. Verme dedicado a mi antiguo amante no ayudaba a tranquilizarlo. Miguel y Raffaele, en cambio, se reconciliaron al día siguiente y volvieron a ser la empalagosa pareja de siempre. Ahora los dos estaban de acuerdo en que Sora debía irse.

En cuanto a mí, durante el día cuidaba a Sora y por la noche trataba de pasar tiempo con Maurice; cada uno tenía una actitud demandante. Estaba tenso, con dolor de cabeza, sin apetito y, a pesar del agotamiento, era incapaz de dormir.

Es probable que la situación hubiera desembocado en otra confrontación de no ser por un inesperado ángel que nos visitó: madame Odette. Como siempre venía vestida de negro y era un extraño balance entre la ternura y la tristeza. Xiao Meng no pudo ocultar su alegría y Sora lloró largo rato en sus brazos.

—¡Estoy tan feliz de verte, Sora! —le dijo sonriendo—. Te traje algunos regalos.
Le entregó al menos tres kimonos de algodón y dos de seda cuidadosamente doblados.

—Al fin podrás dejar los camisones —bromeé.

Miré complacido que el Kimono de seda azul era uno de los rescatados; luego me pregunté a mí mismo por qué me alegraba tanto. Recordé uno de los muchos momentos en que tuve a Sora entre mis brazos y las sensaciones que invoqué me obligaron a alejarme del grupo y acercarme a la fría ventana. Estaba lejos de olvidar lo que Sora había significado en mi vida.

—¿Cómo está Gastón? —preguntó este animado.

—Mi padre lo descubrió y quiso venderlo en el puerto —respondió Odette tratando de disimular su mortificación—. Por suerte, él escapó ayer... Pero temo que se ha perdido en el bosque.

No pudo conservar la sonrisa y se echó a llorar. Los tres nos quedamos mirándola sin saber qué hacer. Xiao Meng estuvo a punto de abrazarla, pero no dio el paso. Sora abrió los brazos invitándola, ella ocultó el rostro en su pecho y lloró hasta que logró calmarse.

—Perdonen —dijo secando sus lágrimas—. No debí venir a ventilar mis problemas.

—¿Qué dices Odette? Sabes que somos tus amigos —respondió Sora.

—No sufras, seguro Gastón será capaz de encontrar un lugar dónde refugiarse —agregó Xiao Meng tratando de darle esperanzas.

Cuando Odette se marchó, el eunuco la acompañó hasta su carruaje. Deseé que pudieran hablar a solas y expresar al fin sus sentimientos, pero Xiao Meng era un cobarde y dejó pasar la oportunidad.

—Nosotros estamos malditos —murmuró Sora cuando nos quedamos solos.

—No es cierto.

 —Sí lo es —se encogió la cama—. Los dioses nos han abandonado.

Mi desdichado Sorata estuvo más triste y desanimado después de ese día; no se le podía culpar, era difícil que un niño pequeño pudiera sobrevivir en el invierno así que era seguro que jamás volveríamos a ver a Gastón. Al menos se había salvado de acabar en otro prostíbulo, me decía a mí mismo con amargura.

Para hacer las cosas más tensas, Maurice comenzó a ausentarse del palacio sin justificación. Decía que iba a la calle San Gabriel con Asmun y algunos sirvientes. Incluso llegó a dormir en casa de Théophane. Daladier estaba furioso porque podía pescar un resfriado y yo temía que estuviera evadiéndome. Me sentía desamparado, Sora se dio cuenta y no desperdició la oportunidad:

—¿Ves lo que te dije? Ese hombre no es capaz de hacerte feliz. Pronto vas a querer olvidarlo en mis brazos.

—Es mejor que te deje solo —repliqué molesto.

—Lo siento, me callaré… —exclamó aferrando mi brazo antes que me alejara—. ¿Puedo ver tus manos? —agregó con timidez.

—¿Para qué?

—Por favor…

No me hizo ninguna gracia exponer mi piel quemada y mis dedos deformes, pero fue evidente que su petición no respondía a un capricho: acarició mis manos y comenzó a llorar bañándolas con sus lágrimas.

—¿Qué pasó? — preguntó en un sollozo.

—Estaba borracho, metí las manos en la chimenea… No quiero hablar de eso.
—Solo bebes cuando estás sufriendo. ¿Fue por ese hombre? Siempre sufres por él.

—Te equivocas, fui yo quien hizo sufrir a Maurice. Además, cada vez que he bebido, lo he hecho para escapar de mis propios errores. Nunca resolví nada y terminé hiriendo a todos, incluso a ti.

Estuvo mirándome como si pensara qué responder. Cambió su expresión y, con una delicadeza que me conmovió, besó mis manos.

—Seguramente fue doloroso —dijo angustiado.

—Fue atroz. Estuve cerca de perder las manos y hasta la vida, pero Maurice me salvó.

—¡Yo te habría ayudado también! —afirmó resuelto—. Ese hombre miente, mi amor por ti es real.

Lo contemplé por un momento. Su belleza, aún herida y mortificada, continuaba siendo deslumbrante. Pero no era en su apariencia donde residía lo que me había cautivado en mayor grado, sino en su enigmático corazón: ¿era un niño desamparado o un demonio tan antiguo como astuto? ¿Cómo alguien podía ser un esclavo y un amo al mismo tiempo? ¿Por qué el orgulloso y magnifico joven que conocí anhelaba tan desesperadamente mi atención? ¿Cómo podía amarme después de que lo usé y lo abandoné?

Me sentía agradecido y preocupado por la forma en que asumía en ese momento mi dolor y suplicaba mi amor. ¡Cuántas veces lo había encadenado más a mí por el simple placer de sentirme el centro de su universo! Pero no volvería a hacerlo, lo amaba lo suficiente para vencer mi egoísmo y dejarlo libre, porque lo que no había cambiado entre nosotros era el hecho de que yo nunca iba a corresponderle.

—Lo sé y lo lamento —respondí sincero.

—Elígeme, por favor, yo te haré feliz —suplicó aferrando mis manos con fuerza para impulsarse hacia adelante y hacerme estremecer con un beso.

—No puedo y no quiero —susurré con tristeza, apartándolo con suavidad—. Ya te he dicho que amo a Maurice.

—¿No sientes nada por mí?

Sus ojos anegados, su voz suplicante y seductora a la vez, el sabor de sus labios, las memorias que despertaron… Tuve que alejarme de prisa para no perderme en todo lo que sentía.

—El único lugar que puedo darte en mi corazón es el de un amigo —afirmé de pie, llevando mis manos hacia mi pecho.

—Oh, Vassili, te engañas a ti mismo —sonrió con amargura—. Volverás a mí cuando ese hombre te haga daño otra vez.

—Eres injusto con Maurice. Quisiera que intentaras conocerlo.

—¡Lo odio! —respondió al instante con frialdad—. Si él no existiera, tú serías mío.

—Sora, aunque Maurice muriera, yo seguiría amándolo. Ríndete, por favor. Debes renunciar a mí y buscar una nueva vida ahora que eres libre.

—¡No quiero! —declaró—. ¡Moriré sin ti!

Empezamos a discutir otra vez; ya era un ciclo interminable. Al ver que no llegaríamos a ninguna parte, volví a colocarme los guantes y me despedí. Cuando abrí la puerta escuché los gritos de un niño llamando a Sora. Salí al corredor y vi a un pequeño avanzar hacia mí, su ropa sucia me hizo pensar en un pilluelo; al tenerlo cerca, lo reconocí.

—¡Gastón! ¿Realmente eres tú?

Se asustó y corrió de regreso hacia las escaleras. Maurice, Xiao Meng, Asmun, Renard, Aigle y Antonio acababan de subir las escaleras, se reunió con ellos.

—¿Monsieur dónde está Sora? — preguntó a Maurice.

—En esa habitación —respondió señalando hacia donde yo me encontraba.
El niño lo tomó de la mano e intentó hacerlo caminar más rápido. Todos apresuraron el paso. Xiao Meng se adelantó y entró primero.

—Sora, tenemos visitas —su voz parecía la de otra persona, la de alguien más joven y alegre que el amargado eunuco de siempre.

Gastón entró corriendo, Sora se sorprendió y abrió los brazos para recibirlo, incluso se puso de pie a pesar del dolor. El pequeño chocó contra él tan fuerte que lo hizo sentarse en la cama. Los dos se abrazaron felices.

Verlo sonreír me llenó de alegría. Iba a preguntarle a Maurice cómo era que el niño se encontraba ahora en el palacio, pero me quedé embelesado contemplando su rostro: estaba tranquilo y miraba la escena satisfecho y enternecido. ¡Al fin era el Maurice de siempre!

—Pero, Gastón, ¿qué haces aquí? ¿Viniste solo? —preguntó Sora.

—Monsieur me trajo. ¿Sabías que es un ángel? Lo vi en una iglesia: ¡tenía alas!

Ante la mirada desconcertada de Sora y Xiao Meng, tuve que aclarar que se refería a un cuadro pintado por Miguel. Pero Gastón insistió:

—Era igual a él. Los otros niños me contaron que se quitó las alas y las vendió para construirles una casa.

—¿Qué niños? —insistió Sora confundido.

—El Ejército del Ángel de la calle San Gabriel.

—Creo que vas a tener que aclarar muchas cosas —dije a Maurice.

—Ellos lo llaman así —contestó señalando a sus dos pilluelos.

—Porque es lo que somos —declaró Renard—. Lo que pida el jefe, lo hacemos.

—Estuvimos buscando durante varios días al mocoso con ayuda de nuestros compañeros —agregó Aigle—, cuando pensábamos darnos por vencidos, apareció bajo un puente. Fue un milagro.

—Otro milagro del Ángel de la calle San Gabriel —acotó Renard con gracia. Maurice los amonestó para que dejaran de inventar historias.

Según entendí, mi amado pelirrojo se enteró acerca de Gastón cuando encontró a Odette con Xiao Meng en el corredor, durante su última visita. Al verla llorar se acercó para averiguar qué ocurría y se ofreció a acompañarla de regreso al Palacio de los Placeres junto con Asmun, sus dos pilluelos, y Antonio.

Buscaron durante varias horas en el bosque sin conseguir ningún rastro del niño. Al principio, Maurice supuso que este podía haber muerto de frío o que se escondía de ellos creyendo que eran hombres del marqués. Luego, pensó que podría haber llegado a la casa de algunos campesinos.

Preguntaron en las viviendas más cercanas y, efectivamente, una familia lo había acogido la noche que escapó. Como detestaban al marqués y lo que ocurría en su palacio, mintieron cuando sus hombres los visitaron buscando al niño. Confiaron en Maurice y su grupo porque las lágrimas de Odette les convencieron de que querían ayudar al pequeño. Como Gastón les pidió que lo llevaran a París, lo habían dejado cerca del mercado de la ciudad.

Al ser ya muy tarde, la joven volvió al Palacio de los Placeres y Maurice decidió a pasar la noche en casa de Théophane, a fin de continuar buscando al día siguiente. Me preocupó que Virginie pudiera haber intentado acercarse a él, pero no era momento de preguntarle.

En la mañana organizaron una búsqueda con los pilluelos de San Gabriel: nadie podía encontrar a un niño mejor que ellos. Durante días estuvieron preguntando por un pequeño con una cicatriz en la mejilla. Estaban ya desanimados cuando un pilluelo de otra calle les dijo que había visto al niño durmiendo bajo un puente. Buscaron en el lugar y no encontraron nada.

Maurice decidió volver por la noche. Esta vez se quedó en casa del Dr. Charles esperando a que oscureciera. Acertó, Gastón estaba usando aquel puente como refugio. Algunos limosneros y ladrones solían hacer un fuego y les permitían a los niños dormir cerca de este a cambio de algo de comer.

Al ver a un grupo que se acercaba con un quinqué, creyeron que se trataba de la guardia y echaron a correr. Maurice llamó a Gastón por su nombre y también le habló de Odette y de Sora; una sombra detuvo su huída y regresó sobre sus pasos.

Al reconocer al “hijo pelirrojo del doctor”, se echó en sus brazos y lloró; estaba tiritando de frío y el hambre lo torturaba. Lo llevaron al Hospicio de San Gabriel para darle de comer y dejarlo dormir al fin en una cama caliente antes de traerlo ante Sora y Xiao Meng.

Maurice y los dos pilluelos contaban la historia con sobriedad, Gastón, en cambio, la convirtió en una epopeya.

—Apareció en la noche rodeado de luz, Sora. ¡Era tan bonito! Yo creo que de verdad es un ángel. Pensé que iba morirme de hambre, Sora, y estaba muy triste y él me salvó. También recogió a los otros niños de ese puente y los llevó a una casa grande, junto a su iglesia.

—¿Le agradeciste apropiadamente Gastón? —preguntó inusualmente paternal Xiao Meng.

—Sí… creo —respondió con timidez el niño.

Se levantó y corrió hacia Maurice, abrazó sus piernas con fuerza y cerró los ojos con devoción. Sonreí enternecido.

—¡Gracias monsieur Ángel! —escuchamos pronunciar con una voz cristalina.
En respuesta, Maurice acarició su cabeza sonriendo. Gastón también abrazó a Asmun y a los demás. Renard lo levantó en brazos y lo lanzó por los aires para que Aigle lo atrapara, el pequeño regresó aterrado a los brazos de Sora en cuanto pudo. 

—Tú también debes agradecer apropiadamente, Sora —sentenció Xiao Meng.
Vi entonces como las miradas de Sora y Maurice se cruzaban. El primero titubeó por un momento, luego inclinó la cabeza y pronunció un escueto “gracias”. Mi amado pelirrojo, incomodo, intentó esbozar una sonrisa.

—No hay nada que agradecer. Hice lo que había que hacer.

Dio media vuelta y se marchó. Los pilluelos siguieron a su jefe y Asmun se despidió cortésmente. Pedí a Antonio que consiguiera ropa y comida para Gastón.

—Ya he comido —contestó el pequeño—. Las monjas del hospicio nos dieron un gran desayuno. ¡Había muchos niños y tenían mucha comida!

—Entonces sólo necesita ropa —indiqué.

—¡Pero no quiero bañarme!

Nos echamos a reír. Me alegré de que, a pesar del infierno vivido, Gastón seguía siendo un niño. Más adelante empezaría notar las cicatrices más profundas que el paso por el Palacio de los Placeres había sembrado en él. Lo dejé feliz con Sora y fui a buscar a Maurice.

Se encontraba en su habitación, cambiándose de ropa. Varios sirvientes le habían preparado la tina con agua caliente. Los hice salir.

—Estoy agotado —dijo Maurice cuando nos quedamos solos—. Tardamos más de lo que esperaba, pero, gracias a Dios, lo encontramos.

—¿Por qué no me dijiste nada? Pensé que tu ausencia se debía a que estabas disgustado.

—No quería dar falsas esperanzas. Y, tenías razón, estaba disgustado.

—¿Aún lo estás?

—Un poco. Pero también me avergüenza todo lo que dije.

—Fue mi culpa por ponerte en esta situación.

—No, Vassili. Son mis celos, no me quites ese mérito.

Nos reímos. Se metió en la tina completamente desnudo, como era su costumbre. Me quité los guantes y la casaca y recogí las mangas de mi camisa.
—Te ayudaré.

—No es necesario, sé hacerlo solo.

—Pero yo quiero agradecerte por ser como eres.

Permitió que frotara su espalda y luego masajeara sus pies. Mientras lo hacía, él narraba la desavenencia que había tenido con las Hijas de la Caridad por haber involucrado a muchos niños del hospicio en la búsqueda. Lucía preocupado.

Empecé a acariciar sus muslos buscando que no pudiera seguir hablando y solo fuera capaz de sentir mis manos. Ni siquiera tuve que tocar su entrepierna para que esta se endureciera.

—¡Vassili! —gimió mientras aferraba con ambas manos los bordes de la tina.

—No pienses en nada, cierra los ojos… —sugerí sensual acercando mi rostro al suyo.

Acaricié su miembro sin perder de vista todos los matices del deseo que se plasmaban en su rostro. Él perdió todo control en pocos minutos y se abrazó a mi cuello para besarme sin parar hasta que lo llevé al orgasmo, entonces arqueó su cuerpo en un estertor de placer y yo sonreí victorioso. 
 
En cuanto lo vi recuperarse, me levanté y busqué una manta para envolverlo.

—El agua ya está fría —dije—, vamos, no quiero que pesques un resfriado.
Salió de la tina y se colocó frente a mí.

—Yo sentía el agua hirviendo —susurró a mi oído. Luego se dio vuelta para qué lo cubriera.

—Asegurémonos de que no pierdas ese calor —respondí haciendo un esfuerzo por contenerme.

—En tus brazos siempre me siento en llamas…

Pocas veces Maurice se mostraba tan sugerente como esa mañana, aunque, claro está, yo lo había incitado primero. Hice que se diera vuelta otra vez y nos dimos un largo y delicioso beso.

—Hay que terminar de vestirte o te refriarás.

—¡Quiero vestirme con tu cuerpo! —me abrazó sonriendo. La manta fue a dar al suelo.

—¿Es una nueva manera de decirme que me amas? —pregunté divertido mientras volvía a cubrirlo como una madre abnegada ante su hijo travieso.
—Si no estuviera tan cansado, te haría el amor ahora mismo —declaró sin rodeos.

—Esta noche, descansa y espera hasta esta noche. Te aseguro que seremos una sola llama hasta el amanecer —prometí mortificado por mi propio deseo dándole otro beso.

Deseé con todas mis fuerzas fundirme con él en ese mismo instante, pero sabía que no era posible: los sirvientes esperaban tras la puerta y yo debía volver con Sora. No dijimos nada más. En su silencio y en el mío quedó implícito un nombre, una presencia que nos separaba con su constante tragedia, a la que no podíamos dar la espalda.

Lo ayudé a vestirse rápidamente. Después insistí en que se sentara junto al fuego y lo sepulté bajo todas las pieles y mantas que tuve a la mano. Él se burló de mis cuidados, pero me dejó hacer.

Los sirvientes retiraron la tina y nos trajeron chocolate caliente, como él pidió. El mate y el chocolate eran sus bebidas preferidas. Yo no tenía afición por ninguna de las dos, pero de vez en cuando destrozaba mi estómago con una taza de chocolate. Hablamos sobre todo lo que había implicado encontrar a Gastón, no pude evitar amonestarlo varias veces por haberse expuesto al frío y a los peligros que abundan en París por la noche. Él siguió burlándose de mi aprensión todo lo que quiso.

Seguimos conversando hasta que Raffaele entró como el amo y señor que era:

—Exijo saber por qué hay un niño llenando de risa mi triste palacio —declaró teatralmente—. Mi querida Micaela ha quedado hechizada por su música y ahora no puedo despegarla de la puerta de Sora.

Lejos de enojarnos con él por interrumpirnos, sonreímos al verlo emocionado. Dejé a Maurice descansando y fui a presentarles al pequeño Gastón. Tanto Raffaele como Miguel estaban muy elegantes porque debían asistir a algún evento en Versalles, pero su Majestad tuvo que esperar porque para aquellos dos nobles nada era más interesante que un pequeño niño.

No podía dejar de conmoverme por la forma como Miguel parecía ver a su Rodrigo en cada infante que se cruzaba en su camino y Raffaele, aunque lo disimulaba tan bien como podía, saboreaba melancólico lo que nunca pudo ser con el hijo que concibió con Sophie. 


Por primera vez desde que Sora llegó al palacio, Miguel entró en su habitación, ¡y no lo hizo en plan de guerra!  Aquello me pareció un milagro. A la larga me daría cuenta de que Gastón fue para nosotros un regalo del cielo que alivió todas las tensiones y me dio un tiempo de gracia para seguir buscando una solución al dilema en el que me encontraba.

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