III Los Frutos de mi crueldad - parte II

El Palacio de las Ninfas se conmocionó con nuestra llegada. Raffaele, experto en manipular las peores tormentas, dijo que Sora y Xiao Meng eran príncipes de lejanas tierras, amigos de su padre, que debían ser bien atendidos.

Los sirvientes se desvivieron por seguir las instrucciones de los doctores. Colocaron a Sora en una habitación cercana a la mía, la que usualmente usaba Joseph. Daladier, al principio, se quejó de que lo hiciéramos trabajar tanto y nos amonestó porque casi habíamos asesinado a su paciente con semejante viaje. Luego, se marchó a su casa con Renard y Marie-Ángelique para buscar plantas en su invernadero y brebajes en su farmacia personal.

El Doctor Charles volvió a atender la herida y recomendó mantener vigilado a Sora.



—Estoy cansado de coserlo una y otra vez. Creo que está mal de la cabeza.

Empecé a temer que tuviera razón: Sora estuvo delirando todo un día, diciendo palabras ininteligibles para mí pero que causaban un gran pesar a Xiao Meng.

Lo único que podía hacer era contemplar su rostro desfigurado por el dolor y la fiebre, limpiar el sudor de su frente y quedarme a su lado sujetándole la mano como si lo sostuviera de caer en el abismo de la muerte. 

Maurice iba y venía haciendo de enfermero, dándome ánimo, ajeno a la encrucijada en la que me encontraba. Miguel seguía molesto y Raffaele mantenía la misma tensión que un general antes de una batalla en la que lleva las de perder. 

Daladier y Charles volvieron a demostrar que su eficacia aumentaba cuando trabajaban juntos, Sora fue mejorando poco apoco y al tercer día de haber llegado al palacio recuperó la conciencia. No dio muestras de reconocerme y no tenía fuerzas para hablar. Mantuve la esperanza de que su confusión se debiera a la debilidad y no a que hubiera perdido la razón.

Al cabo de una semana la fiebre lo había abandonado y mostró mejor semblante. A partir de ese momento comenzó la verdadera pesadilla: nos encontrábamos esperando el veredicto de los doctores mientras estos lo examinaban, cuando abrió los ojos y se asustó al verse rodeados de desconocidos.

—Tranquilo, Sora —le dije apartando a Daladier para que me viera—. Estás entre amigos.

—¡¿Vassili?! —exclamó incrédulo.

—Sí, Sora, aquí estoy —sonreí aliviado al ver que me reconocía.

—Vassili, al fin has venido. Sabía que volverías a mi —me abrazó feliz y, antes de que me diera tiempo a reaccionar, me besó. 

—¿Vassili?

El mundo se rompió cuando escuché aquella voz y me encontré con los ojos esmeralda preguntándome qué era lo que ocurría. La expresión de consternación del hombre que yo amaba, y al que juré no volver a herir, se asemejaba a la de un niño al que han golpeado sin dar motivo.

—Maurice, lo siento… —empecé a decir tratando de liberarme del abrazo de Sora.

—¡¿Maurice? —dijo este volteando para descubrir a varios desconocidos cerca de su cama—. ¿Quiénes son?

—Mis primos: Maurice y Miguel —contestó Raffaele—. Estás en mi casa. 

—¿Maurice? —repitió confundido—. ¡¿Qué hace ese hombre aquí?! —Se alteró y me abrazó con más fuerza—. ¡¿Por qué está aquí?!

—Ya te he dicho que estás en mi casa —repitió Raffaele impaciente. Yo no pude hablar.

—¡No quiero a ese hombre aquí! ¡Lo odio! — mostraba tal furia que temí que hiciera una locura.  

—Raffaele saca a Maurice de aquí, por favor. Yo le explicaré todo después.

—Vassili, te dije que…

—Por favor, llévatelo pronto.

Maurice obedeció a su primo y salió sin decir nada, parecía estar paralizado por la impresión. Yo podía escuchar su corazón haciéndose pedazos al mismo tiempo que el de Sora, quien se revolvía en mis brazos desesperado. Otra vez los había herido a los dos el mismo día, me sentí miserable. 

Fue muy difícil tranquilizar a Sora. Le explicamos una y otra vez qué había pasado, pero no dejaba de suplicarme que no lo abandonara de nuevo.

—Está ardiendo en fiebre otra vez —se quejó el doctor Charles.

Lo obligamos a recostarse y a beber la medicina que Daladier preparó. Cuando al fin se quedó dormido, los dos doctores sugirieron que lo atáramos a la cama para evitar que volviera a hacerse daño.

—No, por favor —pidió Xiao Meng—. Yo lo vigilaré. Sí lo atamos como si fuera un prisionero, lo haremos recordar cosas terribles.

—En el estado en que se encuentra puede hacer cualquier locura —insistió el Doctor Charles.

—Lo cuidaré bien, se lo aseguro.

—Como quiera, pero tome en cuenta que no hago milagros. Si vuelve a herirse no creo que sobreviva. 

—¿Recuperará la razón? —pregunté mientras despejaba los cabellos de la frente sudorosa de Sora.

—Pienso que ya lo hizo y que su angustia se debe precisamente a eso. Dígame, ¿qué clase de relación tiene con este muchacho y con el ángel?

—¡Oh, yo te lo contaré Charles! —exclamó Daladier tomando del brazo a su colega y empujándolo hacia la puerta—. Vamos, te llevaré a París y en el camino te pondré al tanto. Es una historia muy interesante…

—Quiero que monsieur Vassili me la cuente. 

—Pero yo quiero buscar otras medicinas en mi casa. Tal y como van las cosas, Maurice no tardará en caer enfermo. Tengo la tesis casi probada de que la gente puede enfermar de amor, cosa que sólo los poetas afirman, sin embargo, en esta familia he sido testigo de semejante fenómeno…

Daladier se llevó a su colega a la fuerza, librándome de su mirada de juez implacable. Entendí perfectamente la reacción de Charles, la situación indignaría a cualquiera. Dejé a Sora en manos de Xiao Meng y me dirigí a la habitación de Maurice. Junto a su puerta se encontraba Miguel recostado a la pared y con los brazos cruzados. En cuanto me acerqué, me cerró el paso. 

—¿Como está Maurice? —pregunté.

—¡Como alguien que recibió una puñalada de quien menos lo espera! —respondió furioso—. Raffaele hizo lo que pudo para contarle la verdad de la forma menos dolorosa y Maurice terminó pidiendo que lo dejáramos solo. Por supuesto que él no le hizo caso. Si que sabes arruinar todo, Vassili. ¿Por qué permitiste que trajera a ese hombre aquí?

—No podía dejarlo morir —respondí bajando la cabeza sin querer. 

—¿Y no te importa hacer sufrir a Maurice?

—¡Por supuesto que me importa! Por eso estoy aquí: quiero pedirle perdón.

—¡Eso no vale nada!

—¡Ya tengo mucho con que lidiar como para tener que soportar también esto! —repliqué haciéndolo a un lado. 

Entré sin tocar, Miguel me siguió. Maurice ocupaba una de las sillas:  estaba encorvado, con los brazos apoyados en sus piernas, derrotado, dolido… Raffaele se encontraba de pie ante la ventana, con las manos enlazadas a la espalda. 

Los dos se volvieron para verme. Había preocupación en los ojos de Raffaele y no pude definir lo que opacaba los ojos de Maurice. Yo esperaba ira, decepción, pero no encontré nada de eso. Una vez más, no me condenaba. Eso hizo que la culpa se clavara como un puñal más profundo en mis entrañas.

—Maurice quiero explicarte… 

—Raffaele dijo que ese hombre fue tu amante durante un tiempo. ¿Es cierto? —Asentí sintiendo que me ardía la garganta—. Debí adivinar que no ibas a ser simplemente amigo de un prostituto. He sido un tonto al no verlo —sonrió con amargura—. Igual no podía dejarlo en ese lugar.

—Debí decírtelo, pero… ¡no quería hacerte sufrir! Y ahora igual lo estoy haciendo.

Maurice volvió a bajar la cabeza y ya no supe qué más decir. Nos quedamos en silencio por un instante que se hizo infinito y opresivo.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Raffaele preocupado.

—¡Echarlo de aquí! ¿Qué otra cosa? —respondió Miguel al instante —. Nunca debimos traerlo.

—Sora va a morir si no lo ayudamos —dije tratando de hacerle razonar.

—¡¿Y qué nos importa?!

—No seas cruel, Miguel —le pidió Raffaele cansado —. Escuchaste la historia de ese pobre hombre…
—También escuché al marqués decir que era tu favorito.

—¿Estás celoso? No es momento para eso.

—Sí, estoy celoso. No entiendo como Maurice no lo está. No quiero ese hombre cerca de ti.

—Él no significa nada para mí. Lo busqué cuando necesitaba consuelo porque creí que te había perdido para siempre. 

—¿Cómo crees que me siento al pensar que, en lugar de pedirme perdón, fuiste a revolcarte con él?

—¡Por Dios, no es momento para discutir sobre eso! ¡Estás siendo tan irracional como tu Madre!

Hasta Maurice se levantó aterrado al escuchar aquello. Raffaele retrocedió al ver a Miguel con el rostro lívido, los labios fruncidos y sus ojos destilando indignación. Esa frase era una afrenta imperdonable y, a la vez, una acusación ante la que no podía defenderse en ese momento. Se dio vuelta y salió murmurando algo en español.

—¡Maldición! —escupió Raffaele llevándose las manos a la cara

—Ve tras él —le dije—, pide disculpas.

—No puedo. No me escuchará y nos gritaremos cosas peores. Además, tengo razón. Odio cuando se comporta de esa manera.

—Lo siento, Raffaele, es mi culpa —reconoció Maurice acercándose a él para tocar su brazo —. Yo fui quien trajo a ese hombre al palacio.

—No, querido primo, no es así. Si vamos a buscar culpables, todo esto es mi culpa: yo llevé al Palacio de los Placeres a Vassili, y no adiviné que él cometería la estupidez de enamorar a un prostituto sin esperanza como Sora.

—Raffaele, lamento… —dije avergonzado.

—Resuelve el problema que tienes con Maurice —respondió con frialdad—. Yo veré cómo resuelvo el mío con Miguel.

Salió después de besar a Maurice en la frente, para la buena suerte, según dijo. El silencio volvió a reinar en la habitación. Los dos nos quedamos de pie. No me atreví a mirarlo, temí que cualquier palabra o movimiento que hiciera podía desatar una tormenta como la que acabábamos de ver.

Mi mayor preocupación era no saber qué sentía Maurice y si, tal como dijo Daladier, terminaría enfermando. La espera se me hizo insoportable y decidí arriesgarme.

—¿Piensas igual que Miguel? ¿Estás celoso?

Se tomó un tiempo para responder. 

—Cuando los vi besándose fue como si me estuvieras arrancando las entrañas. No podía creerlo y a la vez no podía negarlo. Después de escuchar a Raffaele, lo entendí todo.

—¿Qué entendiste?

—Que te enredaste con ese hombre antes de que tú y yo fuéramos amantes.

—Siéntate, quiero que me escuches —dije sujetando sus manos—. Las cosas no son tan simples. No quiero ocultarte nada, quiero que veas lo miserable que soy y que merezco que me repudies por lo que hice.
Obedeció confundido. Comencé a narrarle mis crímenes, porque no podía llamar de otra forma al cruel juego al que sometí el corazón de Sora. El rostro inexpresivo que Maurice adoptó mientras me escuchaba me espantó, pero no me permití callar ni pedir clemencia. 

—Fui a ese prostíbulo buscando placer y quedé fascinado por Sora. Cuando conocí su historia, me conmoví, pero no hice nada por ayudarlo. Al darme cuenta de que se estaba enamorando de mí, me molesté porque me hizo sentir responsable. Aun así, seguí usándolo. Incluso dejé que supiera que amaba otro hombre, a ti, Maurice. Debí dejarlo antes de que sus sentimientos se hicieran más fuertes, pero… no te voy a engañar: lo quiero. 

Miré a Maurice y esperé que mis palabras causaran algún efecto en él. Bajó la cabeza y apretó los puños. Todo el calor abandonó mi cuerpo, me sentía empapado. Hice acopio de valor y continué. 

—Nunca he podido resistir la tentación de dejarme llevar por la lujuria que despierta en mí, lo confieso. Fue él quien me enseñó a vivir sin temor dentro de mi propia piel. Y, tal y como tú mismo dijiste un día, sustituí la bebida por el placer. Me volví un adicto a Sora y a… cualquiera que me diera ese placer. Pero incluso estando entre sus brazos, era a ti a quien añoraba, era a ti a quien amaba… 

El cuerpo de Maurice se estremeció, cerró los ojos y se inclinó un poco. Estaba haciendo sufrir y a la vez me sumergía en la agonía. 

—Es la verdad: te he amado solo a ti todo este tiempo. ¡Renuncié a él por ti! Pero, cuando supe que agonizaba… ¡no pude abandonarlo otra vez! —Me eché de rodillas ante él— ¡No quería volver a hacerte daño! ¡Perdóname, no tengo excusa! ¡Todo lo he hecho mal y ahora los dos están heridos por mi culpa! 

Recosté mi frente sobre sus piernas y lloré en silencio esperando que me dijera que me odiaba. Sentí sus manos posarse sobre mi cabeza y acariciar mis cabellos. Levanté la vista para encontrarme con sus bellos ojos dorados y una sonrisa llena de dulzura.   

—No serías el Vassili que amo si lo hubieras abandonado.

No pude responder nada en ese instante. Sentí el mismo asombro de quien contempla una inesperada maravilla. Me revelé contra el sentimiento de alegría que quiso embargarme, ¿cuántas veces me había aprovechado de su bondad ya? 

—No hagas eso Maurice, no me perdones esto.

—¿Que tengo que perdonarte? ¿Ser un hombre lujurioso y vano? Eso lo sé desde hace tiempo. También he visto que eres más que eso: eres un buen hombre, Vassili. Debiste ayudar a ese joven en lugar de utilizarlo, de eso no hay duda, y ahora que tienes otra oportunidad, vas a hacerlo. Yo te ayudaré. Quizá logremos que vuelva con su familia.

—Él está enamorado de mí… —le recordé temeroso.

— ¿Y tú de él? —preguntó autoritario. 

—Yo te amo a ti más que nadie, lo sabes. Pero también lo quiero a él y no voy a decir que sea de una manera sencilla de explicar.

Se quedó en silencio, su expresión cambió, parecía que intentaba tragar algo amargo.

—¿Quieres compartir tu vida conmigo o con él? —volvió a usar un tono que me hizo estremecer. 

—¡Contigo! —respondí sin dudar. 

—Entonces no hay más que decir porque yo quiero lo mismo. Ese joven entenderá. Lo primero es salvarle la vida.

—Él no va a entender —insistí angustiado—. Nunca cederá. 

—Yo tampoco, Vassili. ¿Qué harás tú?

Me quedé sin aliento, su expresión resuelta y desafiante, la intensidad en su mirada y en su voz: mi amante de fuego me reclamaba como suyo. Sonreí y me enderecé para acercar mi rostro al suyo.  

—Yo te elegí a ti, amado mío, y vuelvo a hacerlo hoy. 

—Por eso tengo nada que perdonarte —tomó mi rostro entre sus manos y me besó. Sentí que mi mente se quedaba en blanco y lo único que podía percibir era la demandante caricia de sus labios.  

Daladier tocó la puerta y entró buscándome: la fiebre de Sora había empeorado. Hasta la noche no hubo mejoría. Permanecí junto a mi desdichado enfermo tratando de hacerle volver en sí. Todo fue inútil, siguió delirando, mezclando mi nombre con palabras en su idioma.

—¿Qué dice? —preguntó Maurice preocupado. 

—Llama a monsieur Vassili, a su señor y a sus padres —respondió Xiao Meng.

—¿A su señor?

—Un Daimio al que servía su familia... Un Daimio es…

—Sé lo que es. 

—Hace mucho que no lo mencionaba, tampoco había vuelto a hablar de sus padres, temí que los hubiera olvidado.

—Maurice, ve a tu habitación —ordenó Daladier interrumpiéndolos—. No quiero que enfermes y me des más trabajo.

—Las heridas en el vientre no son contagiosas —protestó Maurice.

—La fiebre sí. Vete de una vez.

Maurice obedeció de mala gana. 
Ya había pasado la medianoche cuando Sora dejó de delirar y durmió serenamente. Me marché a mi habitación sintiéndome derrotado por las circunstancias. No sabía cómo encarar a Maurice después de dejarlo solo por atender a Sora. Era poco probable que no le molestara. ¿Qué pasaba realmente en su cabeza y en su corazón? ¿Hasta dónde llegaba su benevolencia conmigo? Cada vez lo entendía menos.

Al abrir la puerta, descubrí que había alguien durmiendo en mi cama. No era Maurice, lo que me hubiera alegrado, sino Raffaele. Me aterroricé, lo menos que quería era tener al mismo diablo bajo mis sábanas. Le apreté la nariz hasta que despertó enojado.

—¿Qué haces en mi cama? —exigí saber.

—Estoy desterrado de mi habitación por monsieur de Meriño. 

—Vete a otra habitación. Quiero estar solo y pensar. 

—No quiero usar otra habitación, hay fantasmas en esta casa, ¿sabes?, y gustan de hacer fiesta en las habitaciones que llevan tiempo vacías.

—¡Que idiotez!

—Vete con Maurice, el pobre debe estar deseando tenerte a su lado para calentarse los pies.

—No creo que quiera verme… 

—Él no es como Miguel, es más racional. De hecho, es demasiado racional cuando se trata de ti, conmigo pierde los estribos enseguida; quizá me quiere a mí más que a ti. 

—¡Imbécil!

—Iré a hacerle compañía ya que tú no quieres.

—¡Ni siquiera lo pienses!

Me tragué mi orgullo y salí dejándolo con una gran sonrisa; él sabía bien cómo manipularme. Mi querido pelirrojo estaba todavía despierto, leyendo en la cama. Efectivamente, se alegró al verme y enseguida me hizo un lugar. Cambié mi ropa por el camisón de dormir sintiéndome muy aliviado.

—¿Cómo está ese joven? —Preguntó cuándo lo abracé.

—Un poco mejor, al menos ya no delira. Daladier me envió a dormir porque mi cara le molesta. 

—Dice que siempre estás mirándolo como si no confiarás en lo que hace y qué preguntas estupideces.

—¡Qué ingrato! Por supuesto que confío en él. No dejaría que fuera mi doctor y el tuyo de otra forma.

Después de reírse de mi expresión indignada, se acercó para esconder su rostro en mi pecho, como siempre hacía antes de disponerse a dormir.

Quise preguntarle qué sentía, si pensaba igual que hacía unas horas o si ya se había dado cuenta de la extraña situación en la que nos encontrábamos. Como estaba cansado, y seguía siendo un cobarde, preferí el silencio. 

Me preocupaba e intrigaba la reacción tan calmada de Maurice. La realidad es que aún estábamos conociéndonos y seguía siendo un misterio para mí su personalidad fuera de lo común. Agradecí ser amado con tal incondicionalidad y cerré los ojos tratando de confiar en que todo estaría bien al amanecer.

No fue así: la fiebre y los delirios continuaron. Daladier concluyó que la pérdida de sangre, la poca alimentación, las emociones descontroladas y una infección de la herida reabierta, eran la causa. Cuando le dije que no había que ser médico para saber eso, dejó de hablarme por unas horas.

Sora agonizó por varios días. Lo vi al borde de la muerte en más ocasiones de las que estaba preparado para soportar. ¡Tantas noches en vela creyendo que lo vería dar su último suspiro! Fue una pesadilla en la que mis sentimientos me estrangularon sin misericordia. 

La muerte parecía ser la inexorable triunfadora. Xiao Meng perdió toda su fuerza y cayó en una pasividad resignada. Maurice me daba ánimo cada vez que yo me echaba a llorar desesperado. De no ser por él, me hubiera vuelto loco. 

Sin embargo, Sora era fuerte y definitivamente estaba destinado para algo más que ser un despojo humano. Sobrevivió a la fiebre y de nuevo empezó a recobrar la conciencia por breves momentos. Me alegré como un idiota sin sospechar que el verdadero terror estaba por venir. 

Maurice siempre ayudaba a Daladier. Éste lo prefería como enfermero porque me consideraba un inútil y Xiao Meng no le inspiraba confianza. Miguel seguía negándose a salir de su auto confinamiento, y su irritación hacia Raffaele ya se había extendido hasta incluirme a mí y a Maurice como objetos de su ira. Según él, su primo pelirrojo era un idiota y un traidor por ayudar a Sora e iba a terminar arrepintiéndose. 

Tuvo razón un día en que Sora despertó y al ver a Maurice estalló en cólera, lo aprisionó por el cuello con sus dos manos e intentó ahorcarlo. Xiao Meng, Daladier y yo fuimos incapaces de obligarlo a soltar a su víctima.

No sé qué sentí mientras veía Maurice a punto de ser asesinado. Me pareció que contemplaba la escena desde muy lejos y que, por más que me esforzaba, no podía detener la tragedia. Que aquel bello joven japonés se hubiera convertido en semejante demonio y le arrancara la vida a quien sólo había querido ayudarlo, era inaudito. ¡Y todo era mi culpa! Yo había sembrado el odio que ahora quería arrebatarme al hombre que amaba. 

Escuchaba los gritos de Daladier y Xiao Meng confundirse con los míos en una sinfonía lenta e inteligible. Todo a mi alrededor perdía sus contornos, nada parecía creíble o al menos eso deseaba yo, que ese instante en el infierno no fuera real. Muy a mi pesar, sí lo era.

Recuerdo que lo que más me asustó no fue la locura que se reflejaba en el rostro de Sora sino el frío enojo en el de Maurice. No había temor, sólo sorpresa y disgusto. Aferraba las muñecas de su agresor con fuerza y buscaba liberarse, casi como si aquello no fuera más que una ofensa y no un claro intento de arrancarle la vida. 

Todo terminó cuando Raffaele irrumpió en la habitación, seguido de Asmun, y volvió a hacer que el tiempo echara a andar. Con dos zancadas estuvo junto a nosotros, nos hizo un lado y golpeó a Sora en la cabeza, usando su puño como un martillo, haciéndolo caer en la cama casi inconsciente.

—¡¿Estás bien?! —preguntó angustiado a su primo que se esforzaba por respirar.

—Sí… no ha sido gran cosa —afirmó Maurice tranquilizándolo.

—¡Vassili, te dije que ese hombre era capaz de esto! Tiene que irse de aquí.

—Por favor, perdónenlo —suplicó Xiao Meng—. Sorata no quiso lastimar a monsieur Maurice. Creyó que era el holandés, ese hombre también era pelirrojo.

Nos quedamos en silencio contemplando con el corazón oprimido a Sora: estaba temblando en los brazos de su amigo, soltando sin parar un torrente de palabras en su idioma. No parecía reconocer a nadie y un terror irracional emanaba de su rostro. 

¿Dónde estaba el bello y orgulloso joven que conocí? Yo lo había destruido por completo. Todo se oscureció, la desesperación me dominó, perdí todas mis fuerzas y empecé a llorar. ¡No podía soportar más!

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