III Los Frutos de mi Crueldad Parte IV

—¡Te odio! —gritó Sora haciéndome estremecer—. ¡Si tú no existieras, Vassili sería mío!

Intenté en vano avanzar hacia ellos, mi cuerpo parecía haberse convertido en piedra. 

—Vuelve a tu habitación y grita todo lo que quieras ahí —respondió Maurice molesto.

—¡No, quiero irme de aquí! ¡Hazte a un lado!

—Apenas puedes tenerte en pie. Vamos, te llevaré —extendió su mano hacia él.

—¡No me toques! —rugió Sora rechazándolo con un ademán violento.

—¡Deja de actuar como un loco! —lo regañó Maurice—. Vassili está muy preocupado por ti.

—¡Hipócrita! Sé que no me quieres aquí.



—¡Yo mismo te traje para ayudarte! —gritó indignado.

—¡Mientes! Me odias igual que yo a ti.

—No tanto —respondió con frialdad—. Sé que estás enamorado de él, pero debes resignarte a que Vassili y yo somos amantes y…

—¡Tú nunca vas a satisfacerlo como yo! —la voz de Sora destilaba veneno—. Él es insaciable en la cama, yo lo hice así. Siempre va a buscarme a mí, a lo que sólo yo soy capaz de darle. ¡Tú no eres suficiente para él!

Aquellas palabras me sacaron de mi estupor. Bajé la escalera tan rápido como pude; el suelo estaba resbaloso.

—¡Sora, ya basta! Deja de decir esas cosas —exigí colocándome entre ellos—. Volvamos adentro, hace frío.

—¡Díselo Vassili! Dile la verdad, dile que él no te satisface y por eso siempre ibas a buscarme. Dile que cada vez que le dijiste que lo amabas terminaste conmigo en la cama. ¡Dile que nunca vas a olvidarme!

—No es cierto —repliqué angustiado—. Te busqué antes… cuando él no me aceptaba, pero…

—¡No mientas! Incluso después de que ustedes fueron amantes viniste a mí.

—Lo sé. Vassili me lo contó todo —respondió Maurice con altivez—. También sé que no ha vuelto a buscarte desde hace meses.

—¿Eso te dijo? —respondió Sora con malicia—. Te mintió.

—Si te hubiera buscado no te habrías desesperado hasta el punto de querer suicidarte. Vassili te abandonó por mí. Él único que está mintiendo eres tú.
—¡Maldito seas! ¡Te odio!

Sora lo empujó. Los abracé a los dos por la cintura para inmovilizar a uno y evitar que se cayera el otro, pero perdí el equilibrio. Si no terminamos los tres rodando por las escaleras fue gracias a que ellos se sujetaron del pasamanos de piedra.

Por un minuto nos quedamos inmóviles, en silencio, aturdidos por nuestra respiración agitada y el palpitar de nuestros corazones desquiciados. Los dos se miraban como si fueran animales salvajes a punto de destrozarse; cerré los ojos, no quería enfrentarlos.

Cuando sentí que Sora intentaba moverse otra vez, solté a Maurice para poder inmovilizarlo con ambas manos.

—Vuelve a tu habitación, Maurice. Hace mucho frío —le dije tratando de mostrarme tranquilo—. Yo llevaré a Sora.

Aceptó mi sugerencia y comenzó a subir las escaleras en silencio.

—¡Déjame! —se revolvió Sora—. No quiero entrar ahí.

—Actúas como un necio —le acusó Maurice al pasar.

—Quiero morir… —gimió humillado el joven japonés—, ¿por qué no me dejaste morir, Vassili?

—Porque alguien como tú merece vivir una vida larga y dichosa… —respondí sincero, sintiendo todo su dolor como miles de espinas penetrándome.

—No puedo vivir sin ti… —susurró entre lágrimas mientras escondía su rostro en mi pecho.

—Sora, por favor… —lo abracé con más fuerza y tuve que tomarme un momento para evitar echarme a llorar.

Al darme vuelta vi a Maurice en la cima de la escalera, observándonos dolido. Mi corazón se detuvo como si me hubiera descubierto pecando. Bajó hasta colocarse a mi lado otra vez y pasó su brazo por mi espalda.

—Esta resbaloso, caerán si no te ayudo —susurró.

No dije nada. Sonreí agradeciendo su gesto generoso. Sora lloró en silencio hasta que lo coloqué en su cama, entonces se encogió abrazándose a sí mismo. Lo cubrí con varias mantas y Xiao Meng avivó el fuego de la chimenea, sin parar de reprocharle su comportamiento.

Maurice y Asmun se quedaron de pie en la entrada de la habitación. Fui hasta ellos y toqué la frente de mi amado con la mía. Estaba helado.

—Ve a cambiarte de ropa y abrígate —le pedí preocupado—. No quiero que enfermes.
—Tú también deberías hacerlo. Estás empapado —dijo acariciando mi rostro. Ciertamente, estaba bañado en sudor y tenía frío.

—¡Quiero morir! —murmuró Sora. Me di vuelta y me estremecí al encontrarme con sus ojos empañados.

—¡Eres cruel con Vassili! —protestó Maurice antes de salir cerrando la puerta de un golpe.

—Yo ayudaré a cuidarlo esta noche —dijo Asmun sin mostrar ningún reproche en su voz—. Me aseguraré de que no escape. Vaya a descansar.

Le agradecí de corazón, no quería estar cerca de Sora. Fui a buscar a Daladier, estaba durmiendo en su habitación. Enfureció al saber lo que había ocurrido.

—¡Se acabaron las contemplaciones, lo ataré a su cama!

Dejé al doctor quejándose y me dirigí a la habitación de Maurice. Sabía que estaba humillando a Sora al abandonarlo después de lo ocurrido, pero lo único que llenaba mi mente y mi corazón era el temor al daño que sus palabras habían hecho al hombre que amaba.

Al abrir la puerta encontré a Maurice en cuclillas ante el fuego. Cuando estuve junto a él, se levantó y pude contemplar las llamas danzando en sus pupilas.

—Lamento todo lo que… —empecé a decir.

Extendió su mano hacia mí, me sujetó de la nuca y me obligó a inclinarme, luego me dio un beso tan demandante y apasionado que quedé sin aliento y todos mis pensamientos se borraron. Después comprendí que esa era su respuesta: una declaración de guerra contra Sora y contra mí. Mi amante de fuego reclamaba su territorio.

No dije nada. Correspondí con la misma pasión tratando de acaparar su cuerpo, estrecharlo más contra mí y gozar del delicioso roce. Me fue empujando hacia la cama, hizo que me sentara y se quitó la camisa. Besé su pecho, parecía que un manto frío cubría su piel.
—Maurice, vas a enfermar…

—No hables —me ordenó con un susurro mientras se inclinaba para besarme otra vez.

—Te amo —dije en cuanto pude hablar, mientras él me quitaba la casaca.

—Yo ya no sé qué hacer… —respondió mortificado por el deseo—. ¡No sé cómo vivir sin ti! En lo único que pienso en este momento es en hacerte el amor.

—Yo ya no puedo pensar —reconocí dominado por la pasión.

Sonrió triunfante. Despejó mis cabellos y me hizo verle a la cara. Me quite los guantes y recorrí su cuerpo como si no creyera que estaba realmente ante mí.

—Lo que dijo ese hombre… —murmuró mientras me quitaba la camisa —, que yo no soy capaz de…

—¡No es cierto! —afirmé de inmediato.

—¿De verdad, Vassili?

—Ya te lo he dicho: Te amo. Hacer el amor contigo es completamente distinto a hacerlo con otra persona. Tú haces que el  placer se vuelva algo más.

—Ese hombre seguramente es mejor que yo en la cama.

—Pero no es Maurice y yo lo que más anhelo es estar contigo.

—Algunas veces no he querido hacer cosas…

—Escúchame, cada vez que hacemos el amor no sé qué va a pasar; simplemente nos dejamos llevar por la pasión. Nunca voy arrepentirme de haberte elegido a ti.

—¿Qué cosas hacías con ese hombre?

—No te lo diré. Tú y yo hacemos las cosas a nuestra manera. Así que hagamos el amor: quiero que me hagas arder entre tus brazos…

Apenas dije esto me arrepentí. Recapacité en que la gran diferencia entre él y Sora era que Maurice no se tomaba tiempo para nada. Sora sabía hacerse desear, alargaba el placer, no tenía prisa. Mi amante de fuego iba directo a su objetivo, sin rodeos, consumiéndolo todo con una llamarada.

Yo seguía tan aficionado al placer como antes, y pensé que no debía perder semejante oportunidad para intentar remediar la única cosa que echaba de menos cuando compartía la cama con el hombre que amaba.

—Despacio —le dije—. Hazme esperar…

—Ah, Vassili —susurró—, yo no quiero esperar…

—Reclámame como tuyo —insistí—. Busca que cada parte de mi cuerpo te anhele.

—¿Eso es lo que hacía ese hombre? —me quedé como un ladrón atrapado en pleno hurto—. Bueno, fui yo quien te pedí que lo me dijeras, no debería molestarme; pero primero dices una cosa y luego otra…

—No es eso, es que yo…

—Ahora entiendo por qué siempre estás insistiendo en que vaya despacio.

—Es porque me gusta ir poco a poco. No es por Sora.

—¿Con Miguel y Raffaele también eras así?

—Yo… —temblé de pies a cabeza, no encontré qué decir. Sus ojos tenían ese color dorado que no auguraba nada bueno.

—¡Ah! ¡De repente hay mucha gente en nuestra cama! —se quejó frustrado alejándose para sentarse en una esquina.

—Me gusta disfrutar del placer, —comencé a excusarme rápidamente—. Es lo mismo que con la comida.

—¡Vaya comparación! —gruñó.

—Creo que es la apropiada. Digamos que tú engulles y yo saboreó.

—Bien, Vassili, así soy yo. Y lo mismo que me aburro al verte comer tan despacio como acostumbras, no le encuentro gracia a dar largas en la cama —se levantó y me enfrentó—. Yo quiero devorarte de una vez y hoy las cosas se harán a mi manera, mañana en la mañana lo hacemos a la tuya.

—¿No estás enojado?

—Claro que lo estoy. Pero también estoy hambriento —gateó sobre la cama hasta colocarse junto a mí. Su expresión era desafiante—. Esta noche nos devoraremos, mañana puedes enseñarme a saborear.

—Me gusta cómo se oye eso… —respondí sonriendo intimidado.

—Espero que también te guste cómo se va a sentir…

Se echó sobre mí, me mordió en el hombro y luego pasó su lengua por mi cuello. Casi perdí el control.

—¡Por Dios, Maurice, no voy a aguantar mucho tiempo si sigues así!

—¡Ahora resulta que hago milagros en la cama: te he devuelto la fe!

—No hagas bromas pesadas y concéntrate en lo que estás haciendo.

—Es que eres tan gracioso, Vassili.

No fueron pocas las veces en que usó sus dientes para acariciarme, y se mostró más apasionado y demandante que otras veces. No voy a negar que lo disfruté y procuré provocarlo para que fuera cada vez más lejos extendiendo la deliciosa tortura. La lucha que entablamos bajo las cálidas mantas me dejó agotado y feliz entre sus brazos.

Por desgracia, de nada valió haber resistido al sueño para planificar con cuidado lo que le haría a Maurice en la mañana, poco después de que amaneció recibimos la inoportuna visita de Daladier.

Como olvidé cerrar la puerta con llave, entró y nos descubrió durmiendo desnudos. Empezó a regañarnos por no abrigarnos mejor, avivó el fuego, se aseguró de que Maurice no tuviera fiebre y me ordenó levantarme para que hablara con Sora.

—No quiso cenar y ahora rechaza el desayuno. Debe alimentarse bien o todo mi trabajo se perderá.

Traté de insultarlo de varias maneras, pero él no hizo caso. Si quería ofenderlo debía dejarme de sutilezas y decirle las cosas claramente; Daladier no entendía de sarcasmo igual que Maurice. No me quedó más remedio que hacerle caso.

Sora había cambiado de actitud, ya no lloraba ni gritaba lleno de odio, permanecía en silencio, cabizbajo y contestaba cualquier pregunta con tenues monosílabos. Xiao Meng lo estaba regañando cuando entré en su habitación. Me senté junto a él y ladeó su rostro hacia otro lado. Todo su cuerpo irradiaba tristeza.

Marie-Ángelique se encontraba en la habitación pues le había traído el desayuno. Pedí que se marchara después de que hizo el aseo. También le indiqué a Asmun que fuera a descansar. Cuando nos quedamos solos con Daladier y Xiao Meng, intenté obligarlo a cambiar de actitud.

Traté de hacerle entender que debía sentirse feliz por ser libre, le dije que podía empezar una nueva vida e incluso regresar con su familia. Él se volvió para mirarme y, con una expresión que me hizo estremecer, pronunció mi condena:

—Prefiero la muerte a vivir sin ti. Si me dejas, me mataré.

Había tanta convicción en sus ojos que no pude dudar que lo haría. Me asusté y me alejé de él. Xiao Meng volvió a regañarlo, Daladier maldijo su mala suerte y yo permanecí sin aliento por unos instantes hasta que su actitud inflexible me hizo desesperar.

—¡No puedes hacerme esto! —le grité.

—Lo haré Vassili. Si te vas con ese hombre será lo mismo que asesinarme.

—¡No voy a dejar a Maurice!

—Entonces moriré. No insistas en que coma, no quiero vivir si tú no estás conmigo

—¡No voy a caer en tu juego!

—Estuviste con él anoche, ¿verdad? —me reprochó—. Lo sé. Sé cómo hueles después que haces el amor. Lo hicimos tantas veces... Apuesto a que no estás satisfecho.

—¡Basta! —repliqué temblando al ver su rostro determinado. Sentí que estaba envolviéndome como una araña a su víctima.

—En vista de la dirección que está tomando esta conversación, prefiero esperar afuera —replicó fastidiado Daladier y salió rápidamente.

—Xiao Meng —dije volviendo a la calma—, déjanos un momento, por favor.

—¿Está seguro? No creo que sea buena idea.

—No te preocupes.

En cuanto nos quedamos solos, comencé a gritarle a Sora. Le acusé de estar actuando como un tonto, él no dijo nada. Pasé a ordenarle que comiera, dijo que lo haría si me quedaba junto a él. Perdí la paciencia y supliqué desesperado que comprendiera nuestra situación, volvió a declarar que moriría antes de dejarme libre.

Me quedé sin fuerzas y ocupé de nuevo la silla junto a su cama. Me había acorralado: Si quería ser libre debía desentenderme de él.  Después de haberle visto al borde la muerte nunca sería capaz de hacerlo otra vez.

—Vassili —susurró como un desamparado, haciéndome sentir escalofríos.

Al alzar la cabeza descubrí que se había levantado y lo tenía apenas a unos pasos ante mí. Me puse de pie para ayudarlo, le costaba caminar por el dolor que le causaba su herida. Pedí que volviera a sentarse, me abrazó.

—¿Ya no sientes nada por mí? —preguntó en un sollozo.

—Te quiero, Sora, pero…

—¿No me deseas?

—Ya te lo he dicho, quiero que seamos amigos

—¡Yo no quiero! —me aferró con fuerza y me besó. Lo rechacé, pero colgó su cuerpo por completo del mío y me hizo caer en la cama, encima de él. Su rostro mostró dolor, intenté levantarme preocupado. Se recuperó de inmediato y logró hacerme dar vuelta para acostarse sobre mí.

—¡Hazme el amor, Vassili!

—¡No puedo!

—No temas por mi herida. Aguantaré.

—Es por Maurice. Y también por respeto a ti. No quiero utilizarte nunca más. No mereces eso.

—¡Ámame, te lo ruego! —me ordenó.

—Sora, mi corazón ya tiene dueño.

—Eso crees, pero no puedes olvidarme. Me extrañas en la cama.

—No es cierto.

—Es lo que grita tu cuerpo —llevó su mano hasta mi miembro endurecido. Me maldije a mí mismo.

—No voy a hacerlo, Sora. Por favor, no te hagas esto —traté de quitármelo de encima para levantarme, se sentó a caballo sobre mi vientre y me hundió en la cama colocando sus manos en mis hombros. Tenía más fuerza de la que esperaba.

—Tú nunca has podido resistirte a mí —se burló.

Volvió a besarme al tiempo que movió su cuerpo para excitarme. Estaba cerca de hacerme perder el control. Me asusté.

—¡Detente!

—Me deseas—susurró con malicia.

—¡No hagas que te odie! —grité desesperado.

Se detuvo. Se mostró asombrado y dolido. Aproveché para liberarme y alejarme de él.

—Lo que hubo entre nosotros debe cambiar —afirmé lleno de convicción—. Amo a Maurice y no quiero engañarlo nunca más.

—¡No me has olvidado y nunca podrás! —declaró furioso.

—Lo sé —reconocí con tristeza—. Tienes razón, además soy un hombre débil y libertino. No he cambiado. Así que te ruego que no vuelvas a tentarme de esa forma, acepta que ahora sólo podemos ser amigos.

—¡Nunca! Eres todo lo que tengo. ¡Si me dejas, me mataré!

—No sigas con eso —supliqué consternado—. Es indigno de ti.

—¡Volveré a abrir mi herida, sangraré hasta morir y con mi último aliento maldeciré el nombre de Maurice!

—¡Te mantendré atado a la maldita cama si hace falta! —lo amenacé furioso.

—¡No volveré a comer!

—¡Estás haciéndome perder la paciencia!

—¡Y tú estás matándome!

Me quedé callado, herido, asustado. ¡Cuánto había cambiado Sora! Ante mí tenía un hombre envejecido, enfermo, lleno de resentimiento y desesperación. ¿Dónde estaba el bello joven que me había cautivado?

—Te lo ruego, no sigas… —pedí atormentado.

—¡Todo es culpa de ese hombre! ¡Lo odio!

—¡Maurice salvó tu vida!

—¡Lo mataré!

Aquella frase fue pronunciada con odió y convicción. La recibí primero indignado y luego con fría calma. Caminé hacia él y lo abofeteé. Me odié por hacerlo, pero consideré que era necesario. Se quedó mirándome incrédulo, con la mano en la mejilla enrojecida y los ojos llenos de lágrimas.

—¿Quieres matar al único hombre que te ha ayudado de verdad? Eso es indigno de ti —le acusé sin mostrar piedad—. Puede que estuvieras atrapado en un prostíbulo durante años, pero aún eres un Yamamoto, ¿no es cierto? ¿No son los de tu clase gente de lo más alto de tu reino? ¿O acaso carecen de honor y dignidad en Japón?

—¡Cállate!

—El Sorata que se metió en mi corazón no es el miserable que amenaza con matar a su benefactor y llora como mujerzuela para que no lo abandoné.

—¡Cállate, por favor!

—Nunca te mentí. Jamás te dije que te amaba. Debí dejarte antes de que te enamoraras de mí, pero soy un miserable. Te deseaba con locura y me hice el ciego ante lo que sentías. ¡Así es como soy! Por alguien tan vil como yo te estás humillando ¡Lo mejor que puedes hacer es olvidarme!

—¿No sientes nada por mí? —el desamparo que reflejó en su voz y en su rostro me obligó a decir la verdad.

—Te quiero, Sora. Pero elegí a Maurice porque mis sentimientos por él son absolutos.

—Desearía estar muerto… —gimió derrotado.

—No digas eso —me acerqué a él deseando animarlo—. No ahora que tienes la oportunidad de ser libre. Quiero que seas feliz.

—Eres cruel e hipócrita, Vassili —respondió con amargura atrapándome en sus profundos ojos negros—. ¿Cómo voy a ser feliz sin ti?

—Vas a tener que descubrirlo —declaré lleno de remordimiento, volviendo a alejarme de él.

—Debiste dejarme morir…

—No puedo y no voy a hacerlo.

Lloró por un rato más. Logré que se recostara y lo cubrí con las mantas. Me quedé junto a él hasta que accedió a comer. Le di cada bocado como si fuera un niño pequeño, él había perdido toda su fuerza. Sus ojos no dejaron de verter silenciosas lágrimas, sentí que me ahogaba en ellas.

Cuando terminó de comer, llamé a Xiao Meng y a Daladier. Este último se encargó de revisar su herida y cambiar los vendajes. Sora siguió mudo y ausente; tuve la impresión de que había asesinado su alma.

Salí de la habitación atormentado. La mano con la que lo golpeé me ardía. Busqué refugió en mi habitación, no quería ver a Maurice sintiéndome de esa forma. Caminé de un lado a otro, escribí en mi cuaderno de apuntes y me eché en la cama a lamentar el modo en que las cosas se habían torcido. Si Sora no cambiaba de actitud, ¿qué iba a hacer?

Le di vueltas al asunto sin poder resolver nada; todo dependía de él. Me sentí atrapado en una jaula sin barrotes, atado por sentimientos a los que no podía renunciar y deberes que mi propia humanidad me imponía. El agotamiento y el deseo de escapar me envolvieron, cerré los ojos deseando que el sueño me invadiera pero este se negó. Quedé atrapado en un interminable cavilar lleno de malestar.

—¿Qué haces aquí? —gruñó Raffaele pellizcando mi nariz.

—Eso te pregunto yo —respondí levantándome sorprendido y molesto, no lo había escuchado entrar.

—Necesito dormir. Ayer el rey celebró otra de sus famosas comilonas y me accedí con la bebida.

—¿Miguel aún no te deja entrar a su habitación? —me burlé.

—Apenas abrió la puerta para gritarme que me largará. Me dejó la cabeza más adolorida de lo que la traía. Por cierto, deberías ir a la habitación de Sora y detener la pelea de gatos que has provocado.

—¿De qué hablas?

—Maurice se ha levantado en armas y ha ido a presentar batalla. Pensé que estabas metido en la refriega. Gritaban tanto que escapé.

Salí corriendo, no podía imaginar nada peor que aquellos dos juntos otra vez. Al entrar vi a Sora sentado en la orilla de la cama y a Maurice de pie muy cerca de él. Daladier y Xiao Meng trataban de calmarlos.

—¡Mentiroso! —escuché gritar a Sora apenas entré.

—Te engañas a ti mismo diciendo que amas a Vassili, pero si lo amarás no lo harías infeliz.

—Tú eres quien lo hace infeliz. Vassili fue muchas veces a verme buscando olvidarte. ¡Tú lo rechazaste!

—No podía aceptarlo porque tenía votos, pero ahora soy libre y nos hemos convertido en amantes. Tú no tienes lugar en su vida —Maurice expuso los hechos frío, severo e implacable.  

—Tienes miedo de que te deje por mí —aseguró Sora con malicia.
—Eso nunca va a pasar.

—Él me prefiere a mí en la cama.

—Eso no es lo que dijo anoche.

Me sorprendí ante la sonrisa arrogante de Maurice, nunca lo había visto así. Tengo que reconocer que mi corazón saltó de emoción al ver que sus sentimientos por mí lo habían transformado tanto. De inmediato corrí a evitar que Sora se le arrojara encima.

—¡Basta! —dije sujetándolo y obligándolo a sentarse otra vez en la cama.

—¡Lo mataré! —juró extendiendo sus manos, amenazante.

—Ni siquiera tienes fuerzas para levantarte —replicó Maurice molesto.

—¡Te odio!

—¡Yo también te odio!

—¡Maurice, basta, por favor! —le supliqué mientras trataba de controlar a su agresor.

—Él debe entrar en razón y dejar de chantajearte.
Después averigüe que Daladier le había contado sobre nuestra conversación anterior.

—¡No eres capaz de hacer feliz a Vassili! —lo acusó Sora.

—¿Y tú sí? —respondió mi amante de fuego irguiéndose despiadado—. Ni siquiera sabes lo que ha pasado durante estos meses. ¡Cuando estuvo agonizando, fui yo quien lo cuidó! Mi amor por él no es una ilusión como lo es el tuyo. ¡Jamás has hecho otra cosa por Vassili que complacerlo con tu cuerpo! Te aferraste a él porque fue amable contigo, estoy seguro de que lo hubieras hecho igual con cualquiera que te prestara algo de atención.

Sora no pudo contestar nada. Es probable que no entendiera todo lo que Maurice decía porque este escupió las palabras como una ráfaga de cañonazos. Sin embargo, sentí que su cuerpo se estremecía y se quedaba sin fuerzas a medida que escuchaba. Lo dejé en la cama derrotado.

—Maurice, por favor, no sigas —supliqué desesperado.

—¡Él ni siquiera sabe lo que te pasó! —respondió Maurice furioso, señalando mis manos—. No tiene idea de lo que has sufrido ni de quién eres en realidad, y se atreve a decir que te ama más que yo. ¡Lo echaré del palacio si vuelve a decirlo!

—Pero Maurice, él morirá si no recibe buenos cuidados —le advirtió Daladier—, y no tiene a dónde ir.

—¡No me importa!

Creí estar ante otra persona, su expresión llena de odio, su voz, el peso de sus palabras… ¿Era posible que toda su compasión hubiera desaparecido? Intenté hablarle, pero salió de la habitación como si marchara a una guerra.

—Lo odio… —escuché murmurar a Sora temblando de ira.

Yo había cometido el mayor de los crímenes: trastorné tanto las cosas que Maurice se mostraba cruel con alguien tan desgraciado como Sora y este amenazaba con matarlo a pesar de que él lo había liberado. En mi cabeza lo único que escuchaba era mi propia voz acusándome de haber transformado a los dos en la peor versión de ellos mismos.

Fui tras Maurice. Lo alcancé en el corredor, traté de sujetarlo del brazo, pero se sacudió y me empujó. Después entró en su habitación y, antes de que yo pudiera volver a sujetarlo, se encerró tras la puerta secreta.

No conseguí que abriera o que me hablara. Por largo rato escuché como estrellaba cosas contra las paredes. Dejé de llamarlo, había desatado una tormenta y era mejor esperar. Me senté en el suelo recostado a la pared, deseando desaparecer.

Maurice, no puedo adivinar lo que sentías en ese momento. Si yo hubiera estado en tu lugar habría enloquecido por los celos. Vuelvo a pedirte perdón por haberte sumergido en ese infierno; no creo que exista nada más terrible que sentir que la persona que amas te puede ser arrebatada.

Pero, amado mío, no tenías nada que temer, yo te elegí a ti. En cambio, Sora no tenía esperanza de conseguir lo que deseaba con tanta desesperación. Él era mi víctima igual que tú.  Y los dos se negaron a odiarme a pesar de que lo merecía. Los dos prefirieron odiarse el uno al otro…

Aunque han pasado años, vuelvo a sentir la punzante daga de la culpa adentrándose en mis entrañas.

¡Es un suplicio tan atroz como justificado!

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