III Los frutos de mi crueldad parte III

Daladier me abofeteó. Estoy seguro de que agradeció al cielo por esa oportunidad. También me ordenó salir porque ya tenía bastante con atender a Sora.

Raffaele y Maurice me llevaron a mi habitación. No podía asimilar el horror vivido. Pregunté a Maurice una y otra vez si se encontraba bien. Él insistió en que Sora no tenía mucha fuerza cuando lo atacó. No le creí, tres hombres no habíamos sido capaces de quitárselo de encima. Al poco rato, llegó Daladier para revisar su cuello.



—Gracias a Dios no ha sido gran cosa —dijo el doctor. —. Es mejor que no te acerques a ese muchacho, Maurice. Quise atarlo, pero su amigo insiste en que sería cruel.
—¡Cruel es lo que le ha hecho a Maurice! —chilló Miguel entrando acompañado de Asmun.
Ante el escándalo, había salido de su habitación y, al encontrar al tuareg en el corredor, lo interrogó.
—No quería hacerme daño —se apresuró a decir Maurice—, me confundió con otra persona.
—¿Y tú le crees? ¿Cuándo vas a dejar de ser tan estúpido? Ese hombre te odia por qué está enamorado de Vassili. ¿Acaso no sabes de lo que es capaz un hombre celoso?
—Sí, lo sé, pero ese joven en este momento ni siquiera es capaz de permanecer de pie. No representa una amenaza para nadie.
—De cualquier forma, tomemos precauciones —propuso Raffaele.
—Hay que echarlo de aquí —exigió Miguel.
—¡Está enfermo! —repliqué
—Puede curarse en otro lugar, lejos de todos nosotros.
—Sería lo más recomendable —concluyó Raffaele. Maurice guardó silencio.
—¿Me van a hacer ir de un lado para otro en pleno invierno? —se quejó Daladier—. ¡Es demasiado! Yo debería estar en Austria.
—Claudie, por favor…
—Maurice, eres mi amigo y por ti haría cualquier cosa, pero éste asunto se complica cada vez más.
—Compré una casa en la calle San Gabriel —anuncié dejando a todos sin palabras—. Hace poco, con el dinero de las lecciones. Es una casucha, pensaba reconstruirla para… —no pude continuar, mi voz se apagó al pensar en cómo mis planes se habían destrozado.
—¿Para qué, Vassili? —preguntó preocupado Maurice.
—Para vivir contigo. Si tu padre y tu tío nos descubrían y rechazaban nuestra relación, quería tener un lugar donde pudiéramos vivir juntos.
Por un momento vi a Maurice sonreír enternecido. Su expresión cambió gracias a Miguel.
—¡Y ahora vas a llevar a tu prostituto a ese lugar! Realmente eres incorregible Vassili.
—¡Estoy tratando de encontrar una solución! Sé que todo esto es mi culpa, pero con tu actitud no estás ayudando, Miguel. Si quieres abofetearme también, ¡adelante! Aunque te advierto que no va a hacerte sentir mejor. ¿Por qué no dejas esos absurdos celos por cosas que Raffaele hizo cuando ustedes estaban separados.
—¡Cretino! —chilló Miguel alzando su mano para callarme. Raffaele lo sujetó antes de que me golpeara. Él se resistió, así que lo sostuvo con ambas manos y obligó a mirarlo.
—¡Basta! Con gritos y golpes no arreglaremos nada.
—¡Suéltame! —gritó sacudiéndose como un salvaje. Raffaele obedeció en el acto—. ¡La única manera en que esta situación se arreglará es que ese hombre se vaya!
Miguel salió furioso, dejándonos aturdidos.
—Vassili, tu idea es buena; no quiero a Sora cerca de Maurice —dijo Raffaele después de lanzar un suspiro cansado.
—Yo preferiría que dejaran a mi paciente en el palacio.
—Vamos, Doctor, deje de quejarse —le regañó Raffaele—, cuando Sora esté en San Gabriel, su amigo Charles se encargará de él.  Venga conmigo, creo que mi primo quiere hablar con Vassili a solas.
Después que se marcharon, Maurice se sentó en la orilla de su cama, en silencio, ajeno a todo. Lo llamé y esperé unos instantes a que reaccionara.
—¿Cómo es la casa? —preguntó en un susurro.
—Pequeña. Es una casucha, pero si la limpian podrá servir para Sora.
—Quiero verla. No importa si ahora la ocupará ese hombre, quiero verla porque la compraste para nosotros. Quiero imaginar cómo sería nuestra vida ahí.
—Es un lugar indigno de ti. Pensaba demolerla y construir algo mejor cuando tuviera más dinero.
—¿Has estado trabajando sin descanso y ahorrando cada moneda para eso?
—Por supuesto. Lo que más deseo es vivir contigo —sonrió al escucharme decir eso. No pude evitar fijarme en su cuello. Me acerqué y dirigí mi mano a su piel enrojecida—. Perdóname. Sora te hizo daño…
—Ya te dije que no fue gran cosa —respondió sujetando mi mano y haciendo que la posara sobre su mejilla—. ¿Tú estás bien ahora?
—Sí, solo estoy agotado. Dejemos para mañana el viaje a San Gabriel.
Maurice asintió. Di gracias porque no era como Miguel, aunque seguía inquietándome su actitud. Ésta bien podía ser la calma antes de una tormenta, o esa indiferencia que le conocí al principio.
Traté de concentrarme en el hecho de que iba a mostrarle la casa que compré para los dos. Estaba seguro de que la consideraría una pocilga porque eso era. Al día siguiente me levantó muy temprano para que saliéramos lo más pronto posible hacia París.
Igual que cada vez que visitaba la calle San Gabriel, la gente se remolino a su alrededor para saludarlo. Todos lo notaron muy pálido y le recomendaron volver al palacio para resguardarse del frío. Él por, supuesto, no pensaba hacer caso.
Recorrimos la calle nevada rodeados por una espesa neblina.   Maurice no dejaba de preguntar entusiasmado como un niño cuál era nuestra casa. Se sorprendió al ver que se trataba de una de las más antiguas, rodeada por un muro en ruinas y con modesto jardín.
La edificación era una reminiscencia, al igual que la iglesia, del tiempo en que una aldea ocupaba el lugar de la calle San Gabriel, hasta que París se la tragó al crecer y le brindó todas sus miserias al dejarla al margen de su luz.
—La estructura era casi inhabitable cuando la compré —le expliqué cuando atravesamos la reja casi destartalada—. Sébastien le hizo algunos arreglos para usarla como refugio.
—En primavera debe ser un lugar encantador —comentó Maurice recorriendo el jardín ahora durmiente bajo el frío manto de la nieve.
—Eso espero. La única virtud que tiene esta casa es el espacio con el que contamos para hacer algo mejor.
—Podríamos construir una casa de varias plantas.
—Ese era mi plan.
—¿Por qué no me dijiste nada? Hubiera ayudado a pagarla.
—Quería tener algo propio que pudiera compartir contigo, aunque me llevará mucho tiempo y trabajo.
—Cuando quieres, eres tenaz —me felicitó abrazándome.
—Siempre que se trata de ti, soy capaz de todo —respondí uniendo mi frente a las suya—. Vamos a verla por dentro y así nos calentamos junto a la chimenea.
Sébastien mantenía el lugar tan limpio como podía. Tenía almacenados materiales y herramientas, junto a varios catres y rústicos taburetes: olía a humedad. Encendí el fuego mientras él recorría las dos habitaciones que componían la casa, parecía  fascinado.
—Ven junto al fuego. Si te refrías otra vez, Miguel va a matarme.
—Está muy molesto, sin duda lo hará —respondió riendo.
—¿Te gusta la casa?
—Sí. Sería feliz viviendo aquí.
—No, no lo serías. Necesitas tu habitación secreta con tus libros, tu salón de música, un enorme jardín y hasta un coto de caza.
—¿Olvidas que fui jesuita? —dijo ufano—. Sé vivir en la abundancia y en la escasez.
—¡Oh, qué gran mentira! Los jesuitas saben convertir cualquier escasez en abundancia. No duran muchos siendo pobres.
—Somos astutos para arreglarnos con poco y aún más para progresar, pero siempre aspiramos a seguir a Cristo pobre.
—¿Somos? No amor mío, ya no eres jesuita. Algo por lo que daría gracias a Dios sino hubiera roto mis negocios con él.
Rió de buena gana y se agachó frente a la chimenea, su capa estaba ya húmeda y llena de barro. Busqué dos taburetes para sentarnos ante el fuego; durante unos minutos volvimos a estar en nuestro propio mundo, gozando de la dicha de estar juntos.
Sébastien nos hizo una visita. Le informé que traería a alguien a vivir en la casa, prometió desocuparla y dejarla en mejores condiciones en poco tiempo. Estuvimos discutiendo todo lo que habría que considerar para que Sora y Xiao Meng pudieran vivir tranquilos; me di cuenta de que difícilmente lograrían arreglárselas solos.
Mientras más pensaba el asunto, más inquieto me sentía: Que salieran del palacio no significaba que estaría más desligado de ellos sino todo lo contrario.
Sébastien se despidió para volver a trabajar. Maurice apenas había dicho unas palabras. Continuó sentado ante el fuego, cuando volví a su lado me di cuenta de que estaba llorando. 
—¿Qué te pasa? —pregunté asustado.
—Olvidé que esta ya no será nuestra casa —respondió limpiando su rostro y forzando una sonrisa.
—Lo siento, no quería que…
—Lo sé, lo sé todo bien. Te comprendo. Pero odio la idea de que él viva aquí. ¡Detesto cuando lo cuidas! Me estremezco cada vez que recuerdo el beso que te dio. Tengo miedo de terminar odiándolo.
—Maurice… —murmuré sintiendo al mismo tiempo miedo y alivio; esa reacción que me desconcertaba menos que su benevolencia incondicional.
—¡No quiero que estés cerca de él, así de simple! Entiendo que está enfermo, quiero ayudarlo, pero me duele el corazón cuando pienso que tú sientes algo por él.
—Algo que no se compara a lo que siento por ti. Créeme.
—Te creo, pero igual no soporto que ese hombre exista y me siento mal por eso. Es como si mi corazón estuviera oscuro. ¡Desearía nunca haberlo conocido!
—Lo traeré aquí y lo dejaré por su cuenta —prometí.
—Vassili tú y yo sabemos que no puedes ni debes hacer eso.
—No sé qué hacer…
—¡Ayudarlo a sanar y enviarlo a su tierra!
—Espero que él quiera marcharse.
—Yo también. Soy un egoísta, ¿verdad? Estoy tan enamorado de ti que no quiero compartirte con nadie.
—Yo soy igual. Cuando se trata de ti, lo quiero todo.
Lo besé. Hice que se levantara y se sentara a caballo sobre mí.
—¿Vamos a hacer el amor en este lugar? —dijo sonriendo con picardía.
—¿No quieres?
—Estoy deseándolo. Esta es nuestra casa, cuando ese hombre se marche, la recuperaremos.
—No hablemos de Sora… No hablemos de nada.
Seguimos besándonos. Maurice me cubrió con su capa mientras trataba de desabrochar mi calzón. Al ver una rata pasar junto a la chimenea estuve a punto de saltar y la banqueta oscilo peligrosamente.
—¡No podemos hacerlo aquí! —me quejé—. ¡Está sucio!
—Volvamos al palacio. Ahí tenemos nuestra cama.
—Oh, mi querido, no pienso esperar tanto. Todavía recuerdo cuando dimos ese paseo en carruaje que fue tan divertido.
Reímos como dos cómplices rememorando una travesura. Apagamos el fuego y salimos a enfrentar el frío. A pesar de nuestras buenas intenciones, en el carruaje nos limitamos a darnos calor abrazados, las pieles y el hornillo no fueron suficientes para que dejáramos de tiritar. Nunca extrañé tanto una buena chimenea.
Al llegar al palacio encontramos a Asmun esperándonos en el corredor del segundo piso.
—Los señores han tenido una fuerte discusión debido a su invitado —me dijo molesto.
—Es mi invitado, Asmun —protestó Maurice—. Y debes cuidar el tono con el que hablas a Vassili. ¿Dónde están mis primos ahora?
Monsieur Miguel se encuentra en el salón de música y monsieur Raffaele, en el despacho —respondió el muchacho avergonzado.
—Iré hablar con Miguel. Vassili, ¿podrías intentar calmar a Raffaele, por favor?
—Con gusto —respondí sonriendo—. Estoy seguro de que será más fácil que lidiar con Miguel. Buena suerte.
Cuando Maurice abrió la puerta del salón de música, escuché cómo Miguel obligaba al piano a transformar en una melodía sus manotazos sobre las teclas. Dejé a Asmun, quien me miraba como a un criminal, y bajé las escaleras para buscar a Raffaele. Lo encontré revisando papeles. Lucía furioso.
—Parece que Asmun me odia otra vez —anuncié con aspaviento echándome sobre uno de los sillones—. Miguel me considera ahora su enemigo y, lo que pudo ser una linda tarde con Maurice, se ha arruinado porque sus estúpidos primos han peleado.
—¡No me vengas con quejas! El único que tiene derecho a quejarse soy yo: Tengo el amante más celoso, necio, temperamental, irracional y, que, para colmo, es español. ¡Me vuelve loco! De hecho, nadie me hace perder los estribos como Miguel.
—¿Por qué discutieron?
—¡Qué pregunta tan estúpida, Vassili! Obviamente hemos discutido por Sora. No sé qué hacer para que Miguel deje de recriminarme haber dormido con él. ¿Qué quería que hiciera? ¿Dejar de follar hasta que él me perdonara? ¡El celibato no va conmigo!
—Miguel está algo susceptible con ese asunto. Debes calmarte y hablarle.
—¿Hablar? No hay manera, no me da oportunidad. Sólo grita, llora, maldice y muestra los puños. ¡Estoy harto!
—Ten paciencia. Maurice está hablando con él ahora mismo, puede que lo tranquilice.
—También es posible que Miguel me contagie su locura. Prepárate para lo peor.
Me encogí de hombros, mostrando una sonrisa de resignación. Después me levanté y paseé por el despacho esperando que Raffaele se calmara.
—Maurice ha vuelto a llorar —dije luego de un largo rato.
—Lo sé. No fui a buscarlo porque tenía mi propio drama aquí.
—¿Cómo es que siempre sabes cuándo le pasa algo malo? Debe ser una coincidencia.
—Cuando algo le pasa, siento como si me gritaran las entrañas. Gracias a eso mi Padre lo salvó cada vez que el abuelo quiso hacerle daño. Creo que es tía Petite avisándome. Ella debe estar cuidando a Maurice como su ángel de la guarda.
—No puedo creerlo y me sorprende que tú lo creas.
—¡Hombre de poca fe! —replicó sonriendo al fin.
—Es completamente inverosímil.
—Entonces quizá se trate de algo más simple, como que Maurice y yo estamos destinados a ser el uno para el otro. ¡Sí, eso debe ser! —exclamó dando un aplauso—. ¡Ahora lo tengo claro! ¡Debo dejar a la fiera de Miguel y escapar con Maurice lejos del caos que tú has creado en este palacio!
—Algunas bromas no tienen gracia—gruñí.
—Pues acepta mi primera explicación.
—Prefiero ignorar el asunto.
—Sigue haciéndote el ciego cuando algo no encaja en tu estrecho entendimiento —presionó mis cien con sus dedos—, y no verás el cañón hasta que tengas la bala entre los ojos.
—Prefiero mantener mi vida lo más libre de misterios que pueda.
—En ese caso, escogiste mal a tu amante.
Suspiré cansado, tenía razón. Hasta el carácter de Maurice resultaba un enigma, y mejor no hablar de la identidad de su padre.
Al final, Miguel no quiso salir de su habitación y Raffaele se atrincheró en la mía otra vez. Yo la cedí encantado pues esperaba pasar la noche con Maurice. Mis planes se arruinaron al visitar a Sora: encontramos a Xiao Meng y a Daladier tan agotados que nos ofrecimos a sustituirlos.
El atardecer nos encontró sentados junto a la cama del desdichado joven, en completo silencio para no perturbar su sueño y el de Xiao Meng, quien dormía en un diván a los pies de la cama. Fue una larga e incómoda vigilia.
En la mañana nos marchamos a dormir agotados. Ninguno estaba de humor para algo más. Apenas logré descansar, Asmun me despertó a las pocas horas porque Joseph requería mi presencia en su casa; al fin había conseguido que se construyera la cloaca en la calle San Gabriel.
Cuando me preguntó respecto al dinero que le había entregado a Maurice para comenzar a construir el hospital, tuve que inventar excusa. Él no tuvo problema en creer que a su pequeño hermano se le había olvidado darme semejante suma. Ya podía imaginar el escándalo que haría cuando descubriera la verdad, que lo había gastado en el rescate de Sora y Xiao Meng. Lo cierto es que los problemas se acumulaban y las soluciones seguían sin concretarse.
Al volver al palacio, Sora estaba despierto. Suplicó que no me alejara de su lado y preferí seguirle la corriente para que comiera y estuviera tranquilo. Me rompía el corazón verle tan desesperado.
Cuando lo dejé dormido, me encontré con Asmun en el corredor. De nuevo me dedicó una mirada llena de desprecio y pasó a mi lado como si fuera un gran señor. Sentí que la sangre me hervía; no estaba dispuesto a soportar sus insolencias un día más.
Lo seguí hasta el invernadero. Pierre, Antonio y los pilluelos se reunían ahí cada tarde aprovechando la calidez del lugar.
—¿Monsieur, y la botella de vino? —dijo el jardinero al verme entrar.
—Hoy no traje ninguna. Pero ya sabes que no vengo a beber, sólo busco buena compañía.
—Eso me parece algo excéntrico, monsieur. Nosotros preferimos beber en buena compañía. Hacer dos cosas a la vez es más loable.
—Sin duda —me alegré al ver que los achaques que le despertaba el invierno y la ausencia de su hermana, no habían arruinado su buen humor.
—¿No debería estar cuidando a su invitado? —rezongó Asmun mientras se quitaba el turbante. Sonreí ante su ataque, era un niño que estaba pidiendo un escarmiento.
—Sora duerme tranquilo y Xiao Meng está cuidándolo. Gracias por tu preocupación, Asmun.
—¿Es cierto que es un príncipe? —preguntó Aigle lleno de entusiasmo.
—¡El príncipe de las putas! —soltó Asmun con una sonrisa llena de malicia.
Todos se espantaron, no sé si de lo que dijo, de la insolencia que representaba decirlo o de mi expresión. Estuve a punto de abofetearlo, pero me limité a golpear la mesa y sentarme frente a él.
—Sora es un noble en su tierra. Unos hombres lo secuestraron y vendieron a un holandés, que lo utilizó a su antojo a pesar de que no era más que un niño.
—¡Un niño! —exclamó Pierre espantado.
—¿Qué quiere decir con que lo utilizó? —preguntó Antonio, supongo que a causa de su mal francés. Todos lo mandaron a callar.
—Ese hombre lo vendió a otro —continúe—, y éste a otro. Así terminó en un horrible lugar cerca de París, donde lo conocimos. Maurice lo ha liberado. Sora estaba tan desesperado que quiso matarse y ahora intentamos ayudarlo... Puede que haya perdido la razón.
—¡Pobre hombre! —murmuró Antonio.
—¿Y el otro? —quiso saber Pierre.
—El otro es Xiao Meng. Fue vendido por sus padres al mismo hombre que se llevó a Sora de su tierra. Los dos han sufrido la humillación y el abuso de gentes sin escrúpulos, no quiero que sufran más. No importa si fueron prostitutos, eso no lo eligieron ellos, no permitiré que nadie los desprecie. ¿Entendido, Asmun?
—¡Desde que llegaron el palacio es un infierno!
—Eso no es su culpa…
—Exacto, usted es el que ha causado este problema…
—Asmun, no puedes hablarle así a monsieur Vassili —le regañó Antonio muy preocupado—. Aunque venga a beber aquí, no es igual a nosotros; debes respetarlo.
—Además, ¿por qué dices que es su culpa? —intervino Aigle—. Fue el jefe quien lo trajo. Igual que recoge ladrones, recoge putas.
—Muy propio del jefe —celebró Renard.
—Eso es cierto. Ve a gritarle a Maurice si te atreves —dijo Pierre.
—Seguramente le dará una paliza como nosotros —se burló Aigle.
Asmun se levantó indignado y salió sin decir una palabra. Decidí dejarlo marchar con la esperanza de que hubiera entendido que debía cambiar de actitud.
Unos días después, al ir a visitarlo por la mañana, encontré a Sora con mejor semblante. Estaba sentado en la cama, Xiao Meng le había ayudado a asearse y tenía puesto un camisón nuevo. También había cepillado su hermoso cabello y este de nuevo lucía brillante. Me llené de alegría.
—Vassili —exclamó extendiendo sus brazos hacia mí—, al fin viniste. Deseaba tanto verte.
—¿Cómo te sientes hoy?
—Mucho mejor. Xiao me ha dicho que esta es la casa donde vives y que monsieur Raffaele ha dejado que me quede.
—Sí, hasta que estés mejor. ¿Recuerdas lo que te dije antes, y lo que hiciste? —agregué preocupado.
—No quiero hablar de eso. ¡Abrázame Vassili!
Miré asustado a Xiao Meng pensando que Sora realmente había perdido la razón.
—Se está haciendo el tonto —dijo el eunuco con su frialdad acostumbrada—. Le expliqué todo sobre monsieur Maurice claramente.
—¡No quiero hablar de eso! —gritó Sora—. Solo quiero estar con Vassili.
Coloqué mis manos a los lados de su rostro y lo obligué a mirarme con delicadeza.
—Escucha Sora, Maurice es mi amante y también el hombre que te ha liberado. Éstas en su casa y…
—¡No quiero estar aquí! —se revolvió mortificado en la cama—. ¡No quiero ver ese hombre cerca de ti!
—¿Acaso quieres volver al Palacio de los Placeres? —le regañó Xiao Meng —¡Deja de actuar como un necio! Ahora somos libres; nunca pensamos que podríamos serlo.
—¡Lo único que quiero es estar con Vassili!
—Sora, por favor, entiende, tú y yo no podemos…
—¡Hagamos el amor Vassili! —dijo sonriendo de repente, aferrándose a mi cuello y callándome con un beso. Tuve que usar toda mi fuerza para que me soltara.
—Ya te lo he dicho, amo a Maurice, no puedo…
—Eso nunca te detuvo… —insinuó con malicia volviendo a sujetarme y atrayéndome hacia él.
—Ahora las cosas son diferentes. Quiero que tú y yo seamos amigos.
—¡No quiero! —volvió a intentar besarme. Hizo un gesto de dolor y por un momento no se movió. Debió molestar su herida.
—¡¿Te has hecho daño?! —exclamé alarmado—. Debes descansar.
—Si te quedas conmigo me quedaré tranquilo.
Xiao Meng le dijo unas frases en japonés. Sora replicó de la misma forma, muy indignado. Volvió a recostarse ocultando su rostro en la almohada y comenzó a llorar.
—¿Qué le dijiste? —pregunté preocupado.
—Qué estaba haciendo el ridículo y llenando de vergüenza a su familia.
Miré al pobre joven y no pude evitar compartir su pena. Me senté junto a él y me incliné para acariciar su espalda buscando calmarlo.
—Trata de entender, Sora. No podemos ser amantes otra vez, pero si podemos ser amigos. Cuidaré de ti, te ayudaría a volver a tu tierra y…
—¡No quiero volver! ¡Lo único que quiero es estar contigo!
—¡Basta! ¡Compórtate! —volvió a regañarlo el eunuco.
Sora respondió en su idioma y volvió echarse a llorar.
—Por favor, no te alteres de esa forma —supliqué—. Aún estás convaleciente. Concéntrate en sanar.
—¡Vete, Vassili! ¡No entiendes nada!
—Sora yo…
—Es mejor que lo deje, monsieur. Trataré de hacerle entrar en razón.
—Lo lamento, Sora…
Cuando llegué a mi habitación, me quedé por largo rato sentado. Estaba atormentado. El recuerdo de Sora lleno de dignidad y orgullo el primer día que lo conocí, contrastaba con el muchacho destrozado que acababa de ver.
Que rechazara la idea de volver a su tierra agravaba la situación. Todo indicaba que iba a seguir empeñado en pedirme algo que yo no quería ni podía darle. Y Maurice… ¿Que diría Maurice al saber que Sora se negaba a renunciar a mí? Permanecí dando vuelta estos pensamientos por largo rato, hasta que el fuego de la chimenea se apagó.

No me moví, no tenía fuerzas y el frío que empecé a sentir no se comparaba al que reinaba dentro de mí. La desesperación tomó la forma de un manto helado. Mis manos me dolían.
Escuché que tocaban a mi puerta, no contesté. Vi a Asmun entrar y apenas respondí su saludo inclinando la cabeza. Él fue de inmediato a la chimenea y encendió el fuego.
—No debería estar así, puede enfermar —dijo preocupado.
—Ese sería el menor de mis problemas. ¿Qué quieres? No es el mejor momento para importunarme.
—Vine a pedirle disculpas por la manera como me he comportado estos días.
Me quedé mirándolo, desconcertado.
—No es necesario —respondí.
—Maurice me lo ordenó —murmuró entre dientes—. Renard y Aigle le contaron lo que pasó en el invernadero el otro día…
—¡Esos pilluelos! Pensé que eran menos cotillas —me burlé.
—Dicen que lo han hecho por mi bien, para que no pierda mi trabajo  por mi mala actitud. Piensan que soy un sirviente como ellos.
Sus ojos expresaban tristeza. Me levanté para acercarme a él.
—¿Eso te mortifica?
—Maurice también piensa que lo soy. Dijo que debía aprender a comportarme… ocupar mi lugar y así no perdería mi trabajo...
—Él no sabe que eres su primo, no te ofendas por eso.
—¡Nunca me había tratado como un sirviente!
Su voz se quebró. Le descubrí el rostro.
—Si quieres llorar, hazlo. No se lo diré a nadie. Sabes que puedes hablar conmigo con libertad. Imagino que debes sentirte muy solo sin tus padres, y teniendo que aparentar ser lo que no eres.
—Pero, he sido descortés con usted.
—Yo no le he dado importancia, sé que no eres más muchacho.
—¡Quiero volver a mi casa! —gimió recostando su frente en mi pecho. Lo abracé, se sujetó a mis solapas y lloró como un niño. Me conmovió.
—Si le prometes a Raffaele que no vas a contarle nada inapropiado a tu padre, te dejará volver a Nápoles.
—No quiero dejarlo solo, está loco y siempre se mete en problemas. Sé que no me quiere, pero es el único hermano que tengo. Siempre he buscado que… me acepte.
Volvió a llorar con más fuerza.
—Él te quiere, pero es un bruto y no lo demuestra.
—¡Sólo piensa en Miguel a pesar de que éste lo hace sufrir!
—Nunca vas a llevarte bien con tu hermano si no aceptas lo que siente por Miguel.
—¿Por qué tiene que ser todo tan confuso?
—A mí me parece algo natural —repuse sonriendo con picardía.
—¡Porque usted es igual que ellos!
—Muy cierto, no soy un juez imparcial en este caso.
Nos reímos. Limpió su rostro y me agradeció por escucharlo.
—Maurice tiene razón —concluyó—. Usted es muy compasivo.
—No, no lo soy —repliqué lanzando un suspiro—. Si lo fuera de verdad, habría ayudado a Sora hace mucho. No te engañes, Maurice tampoco es un juez imparcial en mi caso.
—Sin duda —dijo riendo —. Lo ama mucho. Es una pena.
—¡Qué mocoso tan insolente eres! —le regañé revolviendo su cabello.
—Sólo digo lo que pienso ya que usted me lo permite.
—¿Eso significa que tendré que soportarte más insolencias? Bien, lo acepto, pero pediré algo a cambio.
—Me asusta.
—Es algo muy fácil. Quiero que vayas a la calle San Gabriel y tomes la lección a mis chicos. Con Sora en ese estado no puedo ir al hospicio tan seguido y no quiero que se atrasen.
—Odio esos niños…
—Ellos, en cambio, están fascinados con tu turbante. Piensa en que te servirá para distraerte. Estoy seguro de que Maurice te felicitará si lo haces.
—Raffaele también tiene razón, usted es un manipulador.
—Es interesante saber todo lo que se habla de mí en este palacio.
—Debió escuchar lo que gritó Miguel el otro día —agregó con malicia —. Le echa la culpa de su pelea con Raffaele.
—Ya me las arreglaré con ese español de malas pulgas. Ahora te explicaré lo que debes hacer con mis chicos: quiero que lean mejor que los otros. Puedes ir con Marie-Ángelique y Evangeline a San Gabriel, van cada dos días a dar sus lecciones. ¿O acaso te llevas mal con ellas?
—Me agradan. Son muy educadas y Marie-Ángelique siempre está cuidándome.
—Eso es porque eres un niño —me burlé otra vez.
Monsieur, puedo ponerle una bala entre los ojos un día si sigue diciéndome así.
—Dudo que te atrevas. En cambio, yo no tengo problema en darte un par de nalgadas el día que se me antoje.
Solté una carcajada en su cara. Iba a responderme, pero nos interrumpió Xiao Meng. Entró desesperado.
—¿Sora vino a verle?
—¿Sora? No, ¿qué pasó?
—Discutimos un rato. Dijo que quería dormir, se recostó… me quedé dormido en la silla y cuando desperté ya no estaba.
—¿Hace cuánto? —repliqué alarmado.
—¡No lo sé! Acabo de despertar.
Habían pasado al menos dos horas desde que yo los dejé. Sora podría estar en cualquier lugar del palacio o en medio de la nevada.
—Es mi culpa, le dije cosas muy duras…
Xiao Meng lucía desesperado. Puse mi mano en su hombro y lo sacudí, lo menos que quería era verlo perder la compostura, aunque yo mismo sentía una tormenta en mi cabeza.
—Cálmate. Ve con Asmun y revisa cada habitación del palacio. Yo buscaré en la planta baja.
Obedecieron en el acto. Lo primero que hice fue asegurarme de que Maurice estuviera bien. No lo encontré en su habitación. Bajé corriendo las escaleras, Raffaele estaba en Versalles y Miguel seguía encerrado, así que no podía contar con ellos. Me dirigí hacia una de las puertas del palacio temiendo que hubiera salido y ahí lo encontré.
Lo vi en la mitad de las escaleras que llevaban a los jardines. Apenas tenía puesto el camisón blanco y estaba descalzo. Ante él se encontraba Maurice, sin casaca, con los brazos abiertos, cortándole el paso. La nieve caía silenciosa sobre los dos, pero igual sentí que me aturdía. La expresión de Maurice era terrible.
No pude moverme. Aquella escena era la representación de todos mis temores. Nunca quise que se conocieran, mucho menos que entre ellos se estableciera semejante hostilidad. ¿Por qué aquellos que amaba tenían que odiarse? La respuesta no era un misterio, yo era el responsable de toda esa tragedia.


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