III Los Frutos de mi Crueldad - Parte I

Mientras avanzábamos hacia el Palacio de los Placeres, Odette fue narrando el descenso de Sora hacia el infierno en el que se encontraba: Después de nuestro desafortunado último encuentro, él esperó que volviera a visitarlo. Al ver que mi ausencia se prolongaba más de lo acostumbrado, pidió que me enviaran una nota; Raffaele la destruyó sin decirme nada, me encontraba en ese tiempo entre la vida y la muerte.

Pasaron unas semanas y enviaron una segunda nota. Yo apenas me había recuperado y luchaba contra la culpa que sentía por haber herido a quien amaba y el horror de verme deforme. Raffaele se presentó en mi nombre en el Palacio de los Placeres para advertirle a Sora que Maurice y yo estábamos juntos y que, por tanto, debía renunciar a mí.

A partir de ese momento, la impaciencia y ansiedad de Sora se transformaron en desesperación. Lloró hasta quedarse sin fuerzas, maldijo a Maurice y, por primera vez desde que fue capturado por el holandés, intentó escapar. Xiao Meng lo detuvo para librarlo del castigo. No tenía posibilidad de éxito con los hombres del marqués rodeando el lugar y sin otro sitio en el cual refugiarse.



Al llanto siguió la ira. Comenzó a responder con insolencia al marqués y se negó a seguir siendo el juguete más codiciado de su palacio.  Su amo no toleró semejante rebeldía: lo encerró negándole el agua para asearse. Aquel era el peor castigo que podían aplicarle, pues se sentía sucio constantemente y solía bañarse varias veces al día.

Después de una semana padeciendo tal tortura lo vieron reducido en un rincón, igual que el niño al que Xiao Meng encontró en el barco holandés, y creyeron que su resistencia se había quebrado. Parecía un envase vacío, con la mirada perdida, silencioso y ajeno a todo lo que le rodeaba.

El marqués ordenó alimentarlo, asearlo y ponerlo a trabajar. Los nobles que querían usarlo llevaban días esperando. Sora los recibió a todos con indiferencia, se desnudaba y los dejaba hacerle lo que quisieran sin decir nada. Eso no era lo que ellos buscaban, querían al maestro del placer que los había deslumbrado, no a un muñeco sin alma y las quejas se multiplicaron.

Donatien volvió a castigar a Sora. Lo encerró y, además de negarle el aseo, ordenó que no lo alimentaran hasta que aceptara volver a trabajar como antes.  Ni siquiera logró que volviera a hablar.

A los dos días se desmayó. Tuvieron que obligarlo a comer para que no muriera. Odette le suplicó que dejara de rebelarse, Xiao Meng se lo exigió y el marqués gritó cuanta amenaza pudo su putrefacta cabeza idear. Él parecía no verlos ni escucharlos.

Xiao Meng recurrió a un último y desesperado recurso para salvarlo de ser enviado al prostíbulo del puerto, puso una hoja y una pluma ante él y le dijo que me escribiera. Sólo entonces Sora volvió a ser humano.

Atrapado en un país extraño, encadenado a un lenguaje que apenas conocía, Sora nunca tuvo posibilidad de expresar plenamente lo que guardaba en su corazón.  A pesar de eso, lo intentó: Puso en práctica las lecciones que había recibido de mí y de Odette, y escribió una breve carta en la que condensó la inmensidad de su pena y de su amor.

Lo imaginé dibujando su alma en aquel papel, con trazos torpes y poco familiares, rogando por alcanzarme, por tocarme a través de aquellas líneas sinuosas de tinta, suplicando que yo fuera capaz de entender lo que él luchaba por expresar… Y recordé cómo yo había arrojado al fuego aquella carta.  

Cerré los ojos y apreté los puños. Resistí la tentación de detener el relato; debía beber sorbo a sorbo aquellas palabras, aunque me destrozaran las entrañas. Lo merecía.

Al no obtener respuesta, Odette volvió a escribir. Nunca me enteré de esa carta. Raffaele la regresó y advirtió al mensajero que no recibiría más correspondencia del palacio de los placeres. Ella insistió varias veces obteniendo el mismo resultado.

Para no hacer sufrir a Sora, le mintió diciendo que yo me encontraba de viaje. Él seguramente no le creyó, continuó negándose a comer y a trabajar. El marqués llegó a golpearlo a pesar de que siempre había evitado causarle cicatrices o moretones a su juguete más famoso. Tampoco consiguió doblegarlo de esa manera.

—¡Te venderé a alguien a quien le guste follar un esqueleto mudo! —amenazó sin conseguir ninguna reacción.

Empezó a negociar con un cliente dispuesto a pagar un precio exorbitante por Sora. Se trataba de un hombre con gustos perversos, al que no le importaba el estado del joven.

Xiao Meng intentó convencer a su amigo de cambiar de actitud revelándole los planes de su amo. Sora lo miró con tristeza y habló por primera vez después de semanas de silencio.

—Vassili me ha abandonado…

—¡Olvida ese hombre! Tienes que sobrevivir.

—No quiero. Ya no tengo nada. Hace mucho que estoy muerto.

Esa noche rompió una ventana y cortó su vientre con un trozo de cristal. Su compañero de desdichas le salvó la vida otra vez. Encontró su cuerpo desnudo, pálido y débil, en el suelo encogido dentro de una luna de sangre.

Odette me contó todo tal y como Xiao Meng se lo había dicho. Su voz no contenía reproches, no hacían falta, yo sabía bien que era tan responsable como el marqués de toda esa desgracia. Rogué a la nada que el carruaje fuera más rápido, que me hiciera retroceder en el tiempo hasta aquel momento y así me permitiera impedir que Sora se hiciera daño.

Esa triste noche llamaron al doctor Charles. Logró salvarlo, pero Sora volvió a abrirse la herida con sus propias manos en cuanto pudo. Agonizó durante días. Sólo la habilidad del buen doctor le mantuvo con vida.

—Creímos que se recuperaría hasta que hace dos días intentó hacerse daño otra vez. El doctor Charles cree que no sobrevivirá a este invierno. Mi padre ordenó venderlo en el puerto a quien pagara cualquier cosa por él.  Quizás al verle a usted recupere las ganas de vivir, quizá se salve… —la joven rompió a llorar.

Puse mi mano sobre su hombro y no dije nada. No podía. En cuanto llegamos al palacio, un sirviente le advirtió que la fiebre de Sora había empeorado. Ella pidió que buscara el doctor Charles.

—Su padre ha dicho que no pagará…

—Yo lo haré —dije molesto—. Búsquelo de inmediato.

El hombre asintió y se dispuso a salir a caballo. Corrimos por el palacio hasta la habitación en donde tenían a Sora. Al abrir la puerta mi corazón dio un vuelco. Ahí estaba mi desdichado amante, casi sin vida, tendido en la cama. Su aspecto me asustó, ¡la desdicha lo había transformado por completo! Del hermoso joven que tantas veces tuve entre mis brazos sólo quedaba un despojo.

Tomé su mano y la besé. Me incliné sobre él y lo llamé al oído. Mis lágrimas empezaron a brotar sin control. El sufrimiento que experimenté iba más allá de la culpa y me reveló, como un golpe brutal, lo que yo había intentado mantener oculto de mí mismo durante esos meses de separación: Amaba a Sora.

Sí, lo amaba y no podría volver a abandonarlo de nuevo. Maurice era mi todo, de eso no tenía duda, pero Sora… Sora era… no sabía cómo explicar lo que era. Mi corazón se encontraba en un completo caos y la única certeza que imperaba era la mano que sostenía desesperado.

Xiao Meng me habló de la fiebre que llevaba días sin abandonarlo, de los planes del marqués para venderlo y de lo mucho que habían esperado por mí. No dije nada. Sólo lloré y llamé a mi hermoso amante hasta que abrió los ojos.

—¡Vassili…?

—Sí, Sora, aquí estoy.

—Tenía miedo de no volver a verte… —dijo con amargura antes de empezar a llorar.

—Perdóname… perdóname… —susurré mortificado recordando que era la misma palabra que había dicho poco antes a Maurice.

Volvió a cerrar los ojos y temí que hubiera muerto. Lo abracé y lo llamé a gritos.

—Se desmayó por la fiebre —me tranquilizó Xiao Meng.

—¿Qué puedo hacer? —pregunté enloquecido— ¡¿Qué puedo hacer para salvarlo?!

—Esos sólo usted lo sabe —respondió el eunuco con gravedad—. ¿Qué está dispuesto a hacer?

Me quedé sin palabras. No tenía idea.

—Odette, ha llegado el hijo del doctor —escuchamos decir al pequeño Gastón tras la puerta.

Cuando la joven abrió lo vi entrar trayendo de la mano a quien menos espera.

—¡Maurice!

Me puse de pie aterrado, aquello era inconcebible. Deseé volver el tiempo atrás y deshacer la telaraña que tejí para evitar ese preciso momento, el momento en el que todos los hilos se tensaban más allá de lo soportable al colocar en la misma habitación a quienes nunca debían conocerse.

Raffaele y Miguel, con sus ropas masculinas, aparecieron también. Los interrogué con la mirada. El primero se encogió de hombros impotente y el segundo bajó la cabeza, evasivo.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Maurice acercándose a la cama. No pude responderle.

—Se muere, monsieur —contestó Gastón al borde de las lágrimas—. ¿Puede ayudarlo?

Maurice levantó la manta y descubrió el vientre de Sora. Me estremecí al ver su piel torturada, la herida debía medir al menos un palmo.

—¿Qué ha dicho el doctor? —nos preguntó.

—Que necesita mucho cuidado y un milagro —respondió Xiao Meng.

—¿Usted es…? —susurró Maurice señalándolo. Luego miró a Gastón—. Ahora recuerdo donde te conocí, pequeño.

—¿No es usted el hijo del doctor Charles?

—No. Soy su amigo.

—¿El doctor no vendrá?

—Ya mandé buscarlo, Gastón —respondió Odette—. Ahora ve a tu escondite, mi padre puede volver en cualquier momento —el niño obedeció a regañadientes y se marchó corriendo.

—Es mejor que ustedes se vayan también —señaló Xiao Meng—. El marqués puede aparecer en cualquier momento.

—No puedo dejar a Sora —repliqué atormentado al sentir su mano aún sujetando la mía.

—¿Y qué vas a hacer, Vassili? —preguntó Raffaele—. Le conté a Maurice que Sora es tu amigo y la triste historia que ha vivido. Él insistió en venir a ayudarte.

Su rostro y el tono de su voz evidenciaban que estaba en un predicamento. Le había contado la verdad a medias a su primo, este no había sospechado nada porque era muy confiado, pero iba a terminar descubriéndolo si yo seguía mostrándome tan desesperado.

—Mejor dejemos a Vassili con su amigo a solas. Necesita despedirse, este joven no tiene salvación —sugirió Miguel dándome su veredicto.

—No digas eso —le reprendió Maurice—. Vassili, no te preocupes, tu amigo se salvará.

No pude soportar su sonrisa amable. Me hizo sentir indigno de respirar.

—¿Qué ocurre aquí? —escuchamos rugir desde la puerta—. Dije que vendieran a este inútil en el puerto y que no quería pagar por más doctores —gruñó el marqués señalándome.

Entró dándose aires de gran señor. En cuanto vio a Miguel y a Maurice se mostró fascinado y, al darse cuenta de que también se encontraba Raffaele, sonrió complacido.

—Monsieur Raffaele, al fin una cara conocida. ¿Qué le trae a mi palacio a esta hora? Como ve, Sora no puede atenderlo.

—No se preocupe. Pensaba marcharme en este momento.

—¿Quiénes son estos caballeros?

—No le interesa conocerlos. Ya nos vamos —tendió su mano hacia Miguel y lo acercó a sí, como si quisiera protegerlo de las miradas lascivas del marqués.

—Creo que puedo adivinar quién es usted —dijo el infame señalando a Maurice—. “El Marqués Escarlata”, el jesuita de quien tanto se habló. Monsieur de Gaucourt, si no me equivoco.

Nadie se movió ni dijo nada. Con la costumbre de chantajear que tenía el marqués, que supiera la identidad de alguien sólo significaba problemas.

—Oí hablar mucho de su belleza. Ahora que lo tengo frente a mí creo que nadie supo hacerle justicia, es usted delicioso.

Tuve que esforzarme para no abofetearlo.

—¿Y quién es usted? —respondió Maurice sin amedrentarse ante la expresión cargada de malicia de aquel hombre.

—El marqués Donatien de Maine, dueño de este palacio y su devoto admirador desde hoy —contestó haciendo una reverencia.

—Tengo entendido que este lugar es un prostíbulo. Me sorprende que se proclame su dueño con tanto orgullo, yo temería hacerlo para no terminar en prisión.

—¿Prisión? ¿Por qué? —se burló el miserable lleno de confianza— Hasta los Borbones disfrutan de lugares como éste.

—Dudo que su majestad apruebe el secuestro. Usted mantiene aquí a este joven extranjero contra su voluntad.

—No sé de qué habla. Lo único que he hecho es darle a este muchacho techo y comida. No tiene dónde ir y me debe dinero.

—En ese caso, yo pagaré sus deudas y me lo llevaré.

Nos dejó completamente sorprendidos, todos tratamos de decir algo, pero Maurice levantó su mano pidiendo que nos calláramos y le dejáramos hacer.

—¿Comprará a Sora? —preguntó el marqués incrédulo y con una sonrisa de triunfo dibujándose en su rostro.

—Por supuesto que no. Este muchacho no es un objeto que pueda uno comprar y vender. Dije que pagaré sus deudas y lo sacaré de aquí.

—No me venga con galimatías. Sora es un juguete caro que hasta su primo ha comprado por una noche. Me daba mucho dinero así que no crea que va a llevárselo fácilmente.

—Este muchacho no es un juguete, sino su víctima y si no quiere que hable con mi tío, el cual es muy amigo del rey, para que cierre este lugar del demonio, dejara que me lo lleve.

—¿Su tío sabe que monsieur Raffaele ha venido durante años a divertirse en mi palacio? —preguntó con malicia el marqués.

—No intente chantajearlos de esa forma. Las correrías de Rafael sólo ponen de buen humor a tío Philippe y al rey, mientras que dudo que se rían de las suyas.

—¡¿No pretenderá chantajearme, verdad?! —bufó enrojeciendo de ira—. Tengo amigos poderosos mientras que usted no es muy querido en Versalles.

—¿No ha escuchado que su majestad suele invitarme a sus cacerías con frecuencia? —respondió Maurice impasible.

—Sí… algo oí al respecto —Donatien reflexionó un momento y cambió de actitud—. Imagino que nuestro buen Rey debe estar encantado por su belleza y su carácter tan apasionado. Podemos hablar del precio de Sora otro día, a solas... si quiere.

—No es necesario. ¿Cuánto pensaba pedir por él en el puerto? —exigió saber Maurice, inmune a las insinuaciones del marqués.

—No mucho —se adelanto a responder Odette—, dijo que lo subastaran a marineros degenerados.
—¡Cállate, idiota! —sentenció su padre.

—Entonces yo pondré el precio ya que no hay otro comprador aquí —declaró Maurice sacando de su casaca una bolsa de tela con las iníciales de su familia y lanzándola a las manos del infame marqués.

—Es un pago muy generoso por un cadáver —comentó este complacido, después de examinar el contenido con avaricia —. Bueno, cada quien con sus gustos. Si alguna vez quiere follar con un vivo puedo ofrecerle algo mejor que Sora.

Los ojos dorados de Maurice resplandecieron llenos de odio, pero no dijo nada, había conseguido su objetivo. En cuanto a la suma que entregó, no era poca cosa; el marqués debió pensar que era su día de suerte.

—¡Llévese también a Xiao Meng! —gritó Odette empujando al eunuco hacia Maurice.

—¿Qué estás diciendo? —chilló su padre atragantado.

—Para lo único que sirve es para traducir a Sora tus órdenes. Si Sora se va, ya no será necesario.

—¡Xiao Meng es un sirviente muy útil!

—Sólo para ti porque te gusta follarlo. Los clientes no lo quieren y yo lo odio. ¡Que se vaya!

—¡Cállate!

—Me lo llevaré —anunció Maurice.

—¡¿Qué?! —gritó el marqués—. ¿Para qué?

—Quiero que me enseñe su idioma. Lo que he pagado es más que suficiente por los dos.

—¡No, él cuesta el doble!

—Mi padre está muy apegado a Xiao Meng —afirmó Odette forzándose a sí misma a pronunciar cada palabra—. Le gusta más que cualquier otro juguete de este palacio, a pesar que a los demás clientes les parece grotesco. Es una vergüenza.

El marqués avanzó hacia su hija para abofetearla. Xiao Meng quiso protegerla, ella retrocedió y se alejó de los dos.

—¡No se me acerquen! ¡Son asquerosos! Padre, si no vendes a Xiao Meng ahora mismo me marcharé y tendrás que atender este maldito lugar tú solo.

—¡¿Cómo te atreves…?!

—Me llevaré a los dos o a ninguno —declaró Maurice sorprendiéndonos otra vez a todos.

—¡Quiero la misma cantidad por Xiao Meng! —respondió el marqués tratando de mostrarse firme.

—Entrégueme los dos o devuélvame la bolsa.

—Los dos son inservibles —intervino la joven—. ¡Que se los lleve!

—¡Silencio! Estúpida mujer, ya te haré saber tu lugar.

—Debería aceptar la oferta de mi primo, monsieur —sentenció Raffaele con un tono que podría haber amedrentado al mismo diablo—. Si no lo hace puede que la próxima vez que él visite Versalles comente su extraño gusto por los Eunucos.

—No creo que se atreva, se pondría en evidencia. A todos les parecerá interesante que un jesuita visite un lugar como este y compre prostitutos.

—Maurice vino a hacer un acto de caridad y a conseguir un maestro de chino. Nadie lo va a condenar por eso, mientras que a usted….

—Hay que tener valor para venir a chantajearme en mi propio palacio —masculló entre dientes.

—Y hay que ser muy estúpido para ganarse a un Alençon de enemigo.

La sonrisa de Raffaele hizo temblar al marqués. Movió la bolsa que tenía en sus manos, miró a Sora y a Xiao Meng y, lanzando un suspiro resignado, se giró para encarar a Maurice.

—Son suyos. Como bien ha dicho mi hija, no sirven para nada. Haga con ellos lo que quiera.

Salió despechado murmurando maldiciones contra Odette. Ella perdió todo su aplomo y cayó de rodillas. Todos acudimos en su ayuda, el primero en llegar fue Xiao Meng.

—Perdóname por lo que dije, Xiao… Tenía que convencer a mi padre.

—Lo sé, Odette, lo sé. Pero no puedo dejarte aquí sola.

—Tengo a Gastón para hacerme compañía. No te preocupes por mí, al fin ustedes pueden ser libres.

—No puedo dejarte…

—Debes irte de aquí. No quiero que mi padre vuelva a tocarte. Además, Sora te necesita.

—Odette yo…

—No tienes que agradecerme. Tú, Sora y Gastón son la única familia que tengo. Si ustedes están bien, yo seré feliz.

—Un día te sacaré de aquí…

—No hagas promesas, Xiao. Sé que no podrás cumplirlas.

—Lo haré, porque yo…

La joven se levantó presurosa y se alejó de él para dirigirse a Maurice.

—¡Gracias, monsieur! Por favor cuide de ellos.

—Lo haré, madame.

—Iré a esperar al doctor…

Xiao Meng se quedó desconsolado viéndola alejarse por el corredor. Imaginé que para ella escuchar una confesión de amor al mismo tiempo que una despedida era insoportable. O quizá no se sentía digna del amor del eunuco, la manera en que fue educada la convirtió en una mujer insegura y resignada a lo peor. Por eso mismo, todo lo que hizo aquel día fue inesperado y admirable.

Mas yo no tenía tiempo para seguir meditando en los problemas de otros. Sujeté a Maurice del brazo y lo llevé aparte

—¿Tienes idea de lo que has hecho?

—Liberar a tu amigo y a mi profesor de chino. Es una suerte que dejé el dinero que Joseph me dio ayer en esta casaca.

Quise explicarle lo que realmente estaba pasando. No encontré palabras. Él se concentró en atender a Sora; sus primos y yo, nos debatíamos entre decirle la verdad o inventar una mentira capaz de ocultarla. Al no poder discutirlo abiertamente nos limitábamos a intercambian miradas y gestos.

El tiempo que tardó el Doctor Charles en llegar fue terrible. Creí que Sora moriría en mis brazos: no volvió a recuperar la conciencia, su respiración era más bien un jadeo y su cuerpo ardía.

—¡Otra vez se ha infectado la herida! –exclamó el Doctor después de examinarlo.

—¿Lo puede curar? —preguntó Maurice.

—Ya lo he curado varias veces, pero este muchacho está decidido a matarse. No deja de abrirse la herida. ¿Puedo preguntar cómo es que lo conoces, Ángel? Éste no es lugar para ti.

—Es amigo de Vassili.

El doctor Charles me dedicó una mirada enigmática. Sentí que me juzgaba y condenaba a la vez.

—Entonces lo que murmura mientras delira es su nombre. Como también suelta palabras en su idioma, nunca sé qué es lo que dice. ¿Quién iba a pensar que nuestro ilustre maestro era cliente de este lugar?

—Lo fui y no es algo de lo que me enorgullezca —respondí con amargura.

—Nadie puede enorgullecerse de eso —declaró. Luego se dirigió hacia Maurice como si el asunto ya no tuviera importancia—. Ángel, ¿tu amigo Daladier sigue en parís? Nos vendría bien su ayuda.

—Está en nuestro palacio. Será mejor llevar a este muchacho allá.

—¿Vas a meter un prostituto en tu casa?

—Morirá si no lo cuidamos bien. Su hospital aún no ha empezado a construirse, es más, acabó de usar el dinero que mi hermano me dio para eso… Lo mejor que podemos hacer es llevarlo con nosotros.
—Piénsalo bien. Este muchacho es escoria para la sociedad.

—La única escoria es quien lo convirtió en un juguete para obtener dinero, y quienes lo compraron para divertirse —proclamó mi amado sin saber que me condenaba a mí también.

—¡Tú no eres de este mundo! Voy a convencerme de que realmente caíste del cielo —dijo Charles conmovido.

—Doctor, perdemos tiempo hablando. Hay que sacarlo de aquí cuanto antes.

Xiao Meng tomó a Sora en sus brazos y guió a todos a la salida. Yo me movía como un autómata. Maurice me causaba una punzada de angustia cada vez que llamaba a Sora mi amigo. Sentía que en cualquier momento el mundo se iba a desmoronar.

Sugerí que el Doctor y Maurice fueran con Xiao Meng y Sora en el carruaje de los Alençon, y que los demás utilizáramos el que Odette alquiló. Quería hablar con Raffaele y Miguel a solas.

—¿Por qué trajiste a Maurice? — la reclamé a Raffaele después que nos pusimos en marcha.

—No me preguntes a mí —respondió molesto—. Miguel tiene toda la culpa.

—No quise que esto pasara. Desperté solo y quise saber dónde se había metido Raffaele.  Cuando bajé al despacho escuché llorar a una mujer, no entendí qué pasaba y no quise hacer una escena, así que fui a preguntarle a Maurice… No fue mi intención enredar todo.

—¡Debiste quedarte en tu cama!

—Vassili, no me regañes. Al fin de cuentas, tú tienes la culpa de todo. Te advertimos que dejaras a ese prostituto muchas veces.

—Eso ya lo sé. Pero, ¿por qué tenían que traer a Maurice a este lugar?

—Trata de impedir que nuestro primo haga algo en lo que se empeña —respondió el español encogiéndose de hombros—. Él quería saber qué pasaba a toda costa y por más que insistimos en que esperara tu regreso, insistió en seguirte.

—Tuve que decirle darle una explicación que lo tranquilizara —intervino Raffaele—. Le conté la triste historia de Sora porque sabía que se conmovería, y omití el detalle de que fue la única persona a la que visitabas en este prostíbulo durante meses.

—Y que, según me contó Raffaele hace tiempo, está tan enamorado de ti que juró matar a Maurice —agregó Miguel con voz chillona.

—¡Esto es una pesadilla!

No lo es, lamentablemente —dijo Raffaele mezclando en su voz la compasión con la exigencia—. Estás despierto y más vale que hagas algo para que las cosas no se pongan peor de lo que están.

—¿Qué puede ser peor que tener a sus dos amantes bajo el mismo techo? —replicó Miguel.

—¡Me voy a volver loco!

—No te angusties, tal y como van las cosas, ese hombre morirá y Maurice no se enterará de nada.

—¡Calla, Miguel! No quiero ni pensar en eso.

—Sería lo mejor para todos.

—Por favor, vida mía, deja de ser cruel —suplicó Raffaele—. Sora es un pobre desdichado.

—¿También estás de su parte? ¡Ya imagino cuántas veces te lo llevaste a la cama!

Raffaele se contuvo para no contestar. Miguel cruzó sus brazos y piernas y se quedó mirando por la ventana con el gesto molesto. Comprendí su actitud, Sora era un prostituto que había dormido con su amante mientras él sufría por su trágica separación, era lógico que lo detestara. Estoy seguro de que en otras circunstancias lo habría compadecido.

Su reacción me hizo temer lo que Maurice haría cuando supiera toda la verdad. ¿Sus celos lo llevarían a la ira o a la desesperación? No quería averiguarlo. 



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