II El Hombre Que Quería Ser Parte I


Asmun se convirtió en mi compañero de viaje. Al principio fue hosco y silencioso, poniendo a prueba mi paciencia. Me esforcé en aparentar que su actitud no me afectaba. Fue difícil, hubo momentos en los que quise abofetearlo para que aprendiera a respetar a sus mayores. Cuando vio lo que hacía en París cada día, empezó a ser más educado.  

Mi vida durante aquel invierno era la de un hombre responsable y diligente, que se encargaba de dirigir los trabajos finales del hospicio y preparar la construcción del hospital y la cloaca en la calle San Gabriel.  También enseñaba a los pilluelos, a los estudiantes de la Sorbona amigos de Etienne y al caprichoso Abélard de Nogaret.

Obviamente no lo hacía todo el mismo día. Tenía mi tiempo perfectamente distribuido para atender cada compromiso durante la semana y pasar con Maurice tantas horas como fuera posible. Él era mi principal ocupación.

Solía acompañarme cuando no hacía mucho frío. Tenía sus propios quehaceres en la calle San Gabriel y seguía con sus visitas a su amigo, el rabino Dreyfus. Cuando a Su Majestad se le antojaba verle, acompañaba a Raffaele y a Miguel a Versalles. Louis XV mostraba una clara inclinación hacia los Alençon y, ante la ausencia de Philippe, reclamaba a su hijo y sobrinos.



No puedo calcular la cantidad de veces que sus primos salvaron a Maurice de decir o hacer algo inapropiado en la corte. Las historias que compartían a su regreso dejaban en evidencia que mi querido pelirrojo seguía odiando Versalles con la misma intensidad que antes.  Por eso mismo me sorprendía que accediera a ir. Después descubrí que Raffaele lo chantajeaba diciéndole que si aceptaba las invitaciones del monarca no volvería a intentar llevarme a la Habitación de Cristal. 

Durante sus incursiones en aquel nido de serpientes, me sentía un poco abandonado. Dedicaba esos días y noches de soledad para llenar mi cuaderno de apuntes o revisar las cuentas. Eran horas largas y aburridas, en las que la tentación de beber o buscar algo más, crecía hasta lo insoportable. Debía luchar por mantener en el destierro la imagen de Sora y evitar que su recuerdo hiciera arder mi piel. Optaba por escuchar las historias de Pierre u obligarme a dormir.

Procuraba mantenerme ocupado. Sabía de qué estaba hecho: era del barro más vulgar, sin fuerza de voluntad para resistir mis bajas pasiones. Mi única salvación consistía en evitar cualquier ocasión de caer.

Para sacar algo de provecho de mi retorcida personalidad, puse mi orgullo en mi trabajo. Me propuse ser el mejor administrador y el mejor maestro de todo París. Luego vi que era poca cosa y declaré que en toda Francia no habría quien me igualara. Mis hermanos solían reírse cuando aseguraba que un día me suplicarían que enseñara en la Sorbona. 

No estaba siendo iluso, lo mismo que conocía mis defectos estaba al tanto de mis talentos. Hasta el implacable Asmun, al ser testigo de mi concienzuda manera de trabajar, tuvo que aceptar que yo era admirable. 

Su compañía empezó a ser menos desagradable. Tristemente, lo único que aportaba era eso: compañía. Me equivoqué al pensar que podría ayudarme con los pilluelos. Desde el principio los trató con rudeza y eso fue una invitación para que ellos le hicieran rabiar con toda clase de bromas. Debía mostrarme muy severo para devolver sus narices a los libros cuando les daba por molestarlo.

El hospicio estaba prácticamente terminado, sólo faltaba una parte del muro que lo rodeaba. Las Hijas de la Caridad intentaban administrarlo lo mejor que podían. Convertir a un pilluelo en un niño obediente era una empresa titánica. Además, Maurice puso ciertas condiciones que hicieron la tarea más difícil: prohibió el castigo físico y exigió que los niños gozaran de cierta libertad.

Aquellas mujeres pensaban que era imposible mantener una buena disciplina de esa forma. Por alguna razón, toda su pedagogía consistía en lograr “buena disciplina”. Algunas veces mi querido pelirrojo intentó meterles en la cabeza las ideas de Rousseau ; el rostro escandalizado de todas debió haber sido suficiente para entender que sus sugerencias no eran bien recibidas, pero, como siempre, no se dio cuenta y se mantuvo firme en sus exigencias.

La tensión entre las piadosas y poco ilustradas religiosas y su benefactor fue creciendo día a día. Empezaron a verme a mí como el menos malo entre los dos, quizás porque, igual que ellas, pensaba que el mejor recurso educativo existente era un oportuno tirón de orejas. 

Cuando un pilluelo hacía de las suyas, lo llevaban ante mí. Sabían que el único correctivo que aplicaba Maurice era conversar con el infractor. Yo representaba el orden espartano y él, el caos. Cada vez que ponía un pie en la calle San Gabriel esta despertaba: los adultos dejaban lo que hacían para acercarse a saludarlo y los niños escapaban de sus deberes, se colgaban de sus brazos y pedían que jugara con ellos.

Maurice tenía una paciencia infinita con todos y jamás dejaba de atenderlos. Sin embargo, solía aburrirse rápido con los niños porque les gustaba repetir hasta el infinito cualquier juego. Él se escabullía o les proponía otra cosa, como enseñarles a cantar, contarles una historia sobre el Paraguay o una parábola del Evangelio.

Puedo asegurar que consiguió hacerlos cantar de manera sublime, replicando su experiencia con los guaraníes. También grabó en sus memorias toda la vida y palabras del carpintero judío y les sembró grandes ideales. Lo que no consiguió fue que aprendieran alguna cosa útil, como leer y sumar, o a tratar con respeto a sus mayores; de eso tuvimos que encargarnos los demás. 

Esos niños se relacionaban con Maurice como si él fuera uno de ellos. Gracias a que nunca les corrigió esto, ni guardó la elemental distancia entre un pupilo y su maestro, se hicieron a la idea de que así podían tratar a todos los adultos. En sus cabezas lo concibieron como “aquel que estaba por encima de todos” y decidieron que nadie merecía mejor trato que el que le daban a él. 

Si vuelvo a la calle San Gabriel y busco a alguno de aquellos chicos, hoy ya jóvenes, seguramente encontraré que han olvidado mis lecciones de gramática, y que las palabras y gestos de su jefe siguen tan frescas como el primer día. Lo sé por sus cartas, todos siguen sintiéndose cobijados por el amor incondicional que les dio. 

Aunque en este momento me conmueve al escribirlo, en ese tiempo fue un verdadero dolor de cabeza. La alcahuetería de Maurice no ayudaba a avanzar en las lecciones. Etienne, François, Marie-Ángelique, Evangeline y yo éramos acusados de aburridos y severos mientras que a él lo ensalzaban.  Tuvimos algunas discusiones al respecto y… me hizo el mismo caso que un pilluelo. 

Ahora mismo no puedo dejar de reírme de lo que creaste en ese hospicio, Maurice. Nos reclutaste como maestros y no te diste cuenta de lo que eso podía implicar. Yo debí ver a dos simples sirvientas, que unos meses atrás eran analfabetas, como mis iguales y trabajar codo a codo con ellas para enseñar a un grupo de ladronzuelos vulgares a leer, escribir y pensar como lo haría un ilustrado, porque no aspirábamos a menos. Mientras, tú paseabas de un lado a otro con tu violín, como el viento de otoño, alborotando por doquier a las hojas coloridas.

Evangeline solía cerrarte la puerta del salón donde atendía a su docena de pilluelos. Etienne y Marie-Ángelique recurrían a suplicarte que no asomaras tu nariz hasta que terminaran la lección, y François se escondía en diferentes lugares para proteger su valioso tiempo con sus pupilos. Yo te amenazaba con renunciar si me saboteabas. 

El pobre doctor Charles tenía que darte asilo, aunque no le gustaba tenerte cerca de sus pacientes. Al terminar, enviábamos a buscarte para que convirtieras a esos mocosos en instrumentos musicales y elevaras hermosas canciones al cielo.

¿Te preocupaba ya en ese tiempo lo diferente que eras? Yo creí que lo disfrutabas con orgullo, que no te detenías a pensar en lo poco que encajabas en este mundo, mientras yo me inquietaba pensando en qué sería de ti si llegabas a encontrarte en mi situación, sin una familia que te sostuviera. Maurice, perdona que te lo diga, pero me parecías infantil en muchos aspectos y me convencí de que no ibas a ser capaz de sobrevivir en el mundo sin Joseph y Philippe cuidándote.

Mi angustia radicaba en que yo podía ser la causa de un cisma entre ustedes. ¿Qué iba a pasar si te desheredaban como a mí por la relación que manteníamos? No podía dejar de preocuparme y como un tonto intenté resolver todo solo. 

Por un lado, te admiraba y por otro te subestimaba. Al final, me diste una lección y me tragué mi petulancia. Tú eras más de lo que yo veía, estabas muy consciente de tus limitaciones y capacidades, y sufrías en silencio tu propio calvario: ser diferente.  

Siguiendo con mi relato, Asmun no fue útil como asistente en el hospicio y se mostraba incómodo con Etienne y François porque ellos lo trataban con una camaradería que odiaba. No sé cómo un hijo de Philippe y hermano de Raffaele podía ser tan estirado. Con las dos sirvientas, mantenía una orgullosa distancia. 

Cuando me acompañaba a casa de Joseph o en mis encuentros con Sébastien y sus obreros, permanecía en un silencio rígido. Por fortuna escuchaba y entendía todo, de manera que podía recordarme mis compromisos y ayudarme a organizar el trabajo. Como secretario no tenía igual.

En la buhardilla de Etienne volvía a convertirse en una sombra. No comprendía mucho de lo que yo enseñaba a los universitarios y estos no le prestaban atención, las pocas horas que lograban invertir en mis lecciones las atesoraban con todas sus fuerzas. No podía pedir mejores pupilos.

El lugar en el que Asmun podía ser un muchacho de quince años, era en la mansión de Bernard.  Ahí encontró a un amigo de su edad al que no le intimidó su carácter distante y antipático. Abélard era su polo opuesto: caprichoso, locuaz, impertinente, cariñoso en exceso y alegre.

Juntos, seguramente, podían ser entretenidos para cualquiera menos para mí. Todos mis intentos por enseñarles a conjugar con decencia terminaban en rabietas por un lado y risas por otro.  Desde el primer momento en que se conocieron, su relación fue el caos que ambos anhelaban para romper la monotonía que los tenía atrapados.

—¿Por qué usa eso en la cabeza? —preguntó a bocajarro Abélard apenas nos vio aparecer en su casa.

—¡Hermano, compórtate! —lo regañó Bernard.

—Es la primera vez que veo a alguien usando algo así. ¿Es el hijo de tu amigo, Vassili?

—Sí, como te dije, lo he traído para que aprendan juntos. Así ahorro tiempo y ustedes se aburren menos.

—Yo nunca me aburro contigo. La verdad es que prefiero ser tu único alumno y que me prestes toda tu atención —se quejó meloso.

—¡Abélard!

—¿Qué pasa hermano? —preguntó sonriendo como un ángel, ante un Bernard que lo miraba furioso—. Ah, es cierto, es hora de la lección y estoy perdiendo el valioso tiempo de Vassili. Vamos al salón, los sirvientes ya deben haber encendido la chimenea.

Se adelantó canturreando como si celebrara el haber hecho perder los estribos a su hermano mayor.

—Lo siento, cada día está peor.

—No te preocupes, Bernard. Ya me desquitaré con una lección de latín. Vamos Asmun.

—Lamento importunar —dijo el muchacho tuareg al marqués.

—Nada de eso. Cuando Vassili me habló de ti, accedí en el acto a que vinieras. Estoy seguro de que a mi hermano le hará bien conocer a un muchacho tan educado como tú.

—Gracias, monsieur.

Nos dirigimos al salón y, antes de entrar, Asmun me detuvo para preguntarme al oído.

—¿Le dijo que soy…?

—¿Hijo del duque de Alençon? No. Le dije que eres hijo de un príncipe del desierto que es amigo de Philippe, que estás aquí para educarte en las costumbres francesas, pero Raffaele, en lugar de cuidarte, te trata como si fueras su sirviente. Y que, ante semejante injusticia, decidí traerte conmigo para darte unas horas de tranquilidad.

—¿Qué va a pensar de Raffaele?

—Nada nuevo. Todos los que lo conocemos sabemos que es caprichoso e inmaduro.

—Se lo voy a decir —amenazó molesto.  

—Haz lo que quieras. Seguramente se reirá.

No esperé a que replicara, abrí la puerta y entré. Abélard ya estaba impaciente, dibujando garabatos. Enseguida mostró su talento para hablar sin parar. Agobió a Asmun con cientos de preguntas que el otro luchó por no contestar. Al final le quitó el turbante y se quedó maravillado contemplándolo. 

—¡Eres muy atractivo! —aseguró radiante de felicidad—. También eres muy interesante. ¡Seremos grandes amigos!

Cualquiera podría pensar que jamás se llevarían bien al ver a Asmun apabullado e incapaz de reaccionar a tiempo, conteniéndose luego para no gritar ofendido, o frustrado por la empecinada sordera que Abélard demostraba ante sus quejas. Lo cierto es que el enorme interés que manifestó por él lo conquistó. Dos muchachos atrapados en un invierno aburrido, descubrieron que cada uno era la salvación del otro.

Yo pagué las consecuencias de aquella amistad. Les dio por ponerme a prueba para ver hasta dónde llegaba mi paciencia o si era tan docto como pretendía. Mi gran satisfacción fue que nunca lograron vencerme. Es importante para un maestro convertirse en un ideal a alcanzar. Nadie presta atención a las lecciones de un mediocre porque nadie quiere terminar siendo uno. Suerte que mi familia pulió con una esmerada educación el gran cúmulo de ingenio y talento con que la naturaleza me engalanó.

No es necesario hacer mención ahora de toda la tragedia en la que desembocó su amistad. Fue inevitable. Abélard ya estaba condenado cuando lo conocimos. Escribir sobre él es amargo. Recuerdo su sonrisa y su aparente inocencia y una garra me destroza las entrañas. 

En aquel tiempo lo único que representaba para mí era una cabeza hueca que llenar, un gatito inquieto al cual mantener en su silla, un precioso mocoso que gustaba de llamar mi atención o mortificarme en complicidad con Asmun… ¡Debió quedarse así para siempre!

***

Después de trabajar, podía pasar mi tiempo con Maurice. Encontrarlo por la tarde esperándome con una sonrisa junto a la chimenea, o recibirlo yo en la puerta del palacio, se asemejaba a paladear el paraíso… ¡Mi corazón saltaba de felicidad con cada reencuentro! 

Dicen que se tiende a perder la pasión cuando se crea la rutina, en nuestro caso, no fue así. Cada momento juntos se transformaba en  algo nuevo, hermoso y valioso en extremo. Temo que en esos primeros meses de nuestro amorío estuvimos cerca de ser tan empalagosos como Miguel y Raffaele.

La idea de vivir solos en nuestra propia casa seguía rondándome, sobre todo cuando nos interrumpían en plena manifestación de pasión. Es increíble cuan inoportuno puede ser cualquiera cuando uno desea tener su propio mundo con su amante.

La oportunidad surgió al comprar varias casuchas en la calle San Gabriel para construir el hospital. El dinero para eso lo aportaron Philippe y Joseph. Las negociaciones fueron rápidas, las familias que las habitaban se sintieron muy afortunadas con la generosa suma que les ofrecí y se marcharon a buscar una mejor vida en otras zonas menos periféricas de París.  

Gracias a que tuve que recorrer toda la calle para elegir esas casas, descubrí una que se caía a pedazos. Sus dueños la abandonaron durante el invierno para irse a vivir con sus parientes. Les ofrecí todo el dinero que había reunido gracias a mi trabajo durante esos meses. Era poco para una casa decente, pero, como aquella propiedad estaba inhabitable, no tuve que insistir. Puede que incluso me creyeran un tonto.

Pues no lo era. El lugar contaba con un terreno amurallado que me permitiría construir una vivienda más grande cuando reuniera lo suficiente. 

Había dado el primer paso hacia mi sueño. Sólo Sébastien supo de la compra, quería sorprender a todos una vez que la reconstrucción se materializara. Sentí que estaba en la cima del mundo a pesar de que mis bolsillos se encontraban vacíos, y a mi única propiedad podía venírsele abajo el techo. 

Sin embargo, no todo fue dicha en aquel invierno. Lo que más temíamos ocurrió: Maurice enfermó. Un resfriado lo dejó en cama una semana. Dejé todas mis obligaciones a un lado y me dediqué a cuidarlo. Daladier estaba furioso, Raffaele y Miguel, al borde de las lágrimas. Yo, en cambio, guardé mis emociones y me mostré tan fuerte como pude.

El miedo me consumía como una fiera que descuartiza a su víctima con saña. La muerte era algo que no podía vencer y ella lo rondaba desde que nació. Verlo postrado, ahogado por la tos, torturado por la fiebre y sin fuerzas para nada me hacía sufrir más de lo que puedo decir. Una imagen espantosa se formó en mi cabeza y no dejaba de perseguirme: la de Maurice en el mismo ataúd en que vi a mi madre por última vez. Al contrario de lo que ocurrió ante ella, nada en mí quedó indiferente. 

Me esforcé para no derramar una sola lágrima y animar a Miguel y Raffaele asegurando que no había que alarmarse por un resfriado. Por la noche, solía tomar la mano de mi amado y rogarle en silencio que se levantara. Fue un tiempo de interminables noches oscuras y frías. 

Cuando al fin escuchó mis ruegos, y la medicina de Daladier hizo su trabajo, lo tuve de nuevo sonriente ante mí, como un amanecer que envía el dolor al olvido y devuelve la belleza al paisaje. Le hice jurar que no moriría antes que yo, me llamó egoísta y pidió que le prometiera lo mismo. Hasta ahora los dos hemos cumplido nuestra palabra. ¡Jamás voy a perdonarlo si falta a la suya!

Aquel resfriado tuvo consecuencias: lo obligamos a permanecer en el palacio hasta que terminara el invierno. Sus primos, su doctor, los sirvientes y yo, nos unimos en una campaña ante la que no le quedó más remedio que rendirse.

Las armas que usamos en su contra fue recriminarle lo mucho que nos afligía verlo enfermo. Maurice podía ser desconsiderado sólo de forma inconsciente; una vez que se daba cuenta de que afectaba a los demás, renunciaba a sus deseos. En ese sentido, era muy fácil de manipular.

Yo volví a mi itinerario cargado de lecciones y negocios, sintiéndome tranquilo porque lo que más amaba estaba bien resguardado. Perdí de vista que aquel ocioso encierro no podía hacerle bien a alguien como él.

***

2 comentarios:

  1. Me gustó mucho el capítulo cada vez que se enferma maurice es terrible, pero mas terrible será cuando reaparezca Sora..Espero el sorteo CAP
    😚



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    1. Maurice es un chico para el trópico. Oh, Sora ;_;
      Gracias por comentar.

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