II El hombre que quería ser - Parte II

Cada día Maurice pasaba muchas horas solo mientras yo trabajaba. Sus primos vivían enajenados bebiéndose el aliento el uno al otro y Daladier… bien, no tengo idea de en qué gastaba su tiempo. Lo cierto es que el aburrimiento invadió a nuestro prisionero como una enredadera.
Lo descubrí dos semanas después, un día en que suspiró con tristeza al mirar por la ventana, mientras yo me preparaba para salir. Lo recuerdo bien porque fue el último día en el que pude gozar de paz a su lado durante aquel invierno.
—Ha vuelto a nevar… —dijo malhumorado—. Quería acompañarte a San Gabriel.
—Ya hablamos de eso. Es mejor que te quedes en el palacio.
Me acerqué para tocar su frente con la mía y ver si tenía fiebre. Se alejó molesto.
—¡Estoy bien!


—Te resfrías con facilidad y…
—¡Lamento ser tan débil e inútil! ¡No tienes que recordármelo!
—No quise decir eso…
Bastó verlo sentarse junto a la chimenea, y tomar un libro de mala gana, para comprender que aquello era algo más que una rabieta. Me despedí lamentando no tener tiempo para hablar sobre los oscuros pensamientos que seguramente le agobiaban. Al bajar las escaleras encontré a Asmun frotándose las manos; me esperaba puntual, como siempre.
La vista de los jardines cubiertos por el manto blanco me provocó una punzada en el estómago, aquel paisaje era muy triste si se contemplaba solo.
—Hoy no iremos a París —anuncié—. Aprovecha el día para descansar.
—Pero Joseph y Sébastien lo esperan…
—No te preocupes. Me ocuparé de que reciban lo que necesitan.
Subí a mi habitación, redacté instrucciones para Sébastien y un minucioso informe para Joseph. Después fui al salón de música donde encontré a Raffaele y Miguel haciendo el tonto, como era su costumbre.
En cuanto me vio, “Micaela” se levantó de las piernas de su amante y arregló la falda del bello vestido blanco que lucía. No creo que en toda Francia hubiera una mujer que le ganara en belleza y seducción. Cada vez que estrenaba un vestido nuevo me sorprendía e irritaba al mismo tiempo.
Mi disgusto no tenía que ver con él sino con una manía mía. Para decirlo de manera simple: me gustaban las largas y torneadas piernas de Miguel. Desde el primer día que lo conocí, amé su espigada, elegante y delicada figura, y la maldita falda me privaba de ellas al convertirlo en una campana sin atractivo. Para colmo, él no contaba con el delicioso pecho abultado de una mujer para compensar la desaparición de sus otros atributos. Me sentía frustrado.
Esa actitud tan infantil mía era lo que realmente me irritaba. Yo había amonestado a sus primos para que aceptaran su deseo de vivir como una mujer y ahora me sentía incómodo con su cambio. Afortunadamente logré disimularlo, nunca me hubiera perdonado hacerlo sentir mal por ser él mismo.
—Oh, Vassili, ¿vienes a despedirte antes de enfrentar este clima inclemente? —dijo regalándome una sonrisa llena de encanto y seducción.
—Vine a pedirles un favor —respondí tomando su mano enguantada para besarla.
Agradeció el gesto y señaló su mejilla para que le besara ahí también. Obedecí sin replicar. Su gusto por los mimos aumentaba cuando lucía un vestido.
—Tienes la nariz fría —bromeó.
—Lamento eso —susurré con malicia—. Puedo volver a besarte hasta que los dos entremos en calor.
—Y yo puedo patear ese culo que te gusta meter donde no te llaman —gruñó Raffaele al ver a su amante sonreír complacido ante mi propuesta—. ¿Qué favor quieres? Te advierto que hoy no me siento generoso.
—¿Podrían ir a San Gabriel en mi lugar y entregar esto a Joseph y a Sébastien? —dije mostrando las cartas.
—¿Esperas que nos congelemos por ti? —protestó el gigante.
—De acuerdo —afirmó Miguel tomando mi encomienda.
—¿Estás loca? Teníamos otros planes. ¿Recuerdas?
—Podemos hacerlo mañana, Raffaele. Maurice ha estado desanimado desde que enfermó, le viene bien que Vassili lo atienda un poco más.
—Tienes razón. Por otro lado, será divertido ver la cara de Joseph cuando aparezcas ante él usando vestido.
—Pensaba cambiarme…
—Nada de eso. No me privarás de recorrer las calles de París contigo transfigurada en una hermosa reina de las nieves.
—¡Te amo tanto Raffaele!
—¡Estarías loca si no lo hicieras!
Se besaron como si llevaran años sin hacerlo, luego salieron de la mano para buscar sus abrigos y cumplir con la misión encomendada, ufanándose de que iba a deberles un favor. Contemplé aliviado como se alejaban por el corredor; me parecía que toda la miel que destilaban podía intoxicar a cualquiera.
—Nosotros no somos así… —murmuré para mí mismo.
Me dirigí a la habitación de Maurice y entré sin avisar. Seguía sentado junto a la chimenea. Había dejado el libro sobre sus piernas, tenía el codo apoyado en el brazo del sofá y sostenía su cabeza con su mano. Su expresión era inconfundible: melancolía. ¿Cómo no me di cuenta antes?
Llegué a su lado en dos pasos y me arrodillé ante él. Cuando tuvo mi rostro frente al suyo, salió de su enajenamiento y se sorprendió.
—¿Vassili? ¡Creí que te habías marchado!
—Hace demasiado frío como para salir. Voy a quedarme junto a ti todo el día.
—¿Y Joseph…?
—Ya le envíe lo que pidió con dos pobres diablos a los que no les importa congelarse. Abrázame Maurice, tengo frío. ¿Acaso no te da gusto tenerme para ti hoy?
—Claro que me da gusto —replicó acogiéndome entre sus brazos.
—¿Te aburres sin mí?
—Nunca estoy sin ti. Te tengo bajo la piel, Vassili. —declaró para luego besarme con ternura.
—Aun así, estabas triste —insistí mientras desabrochaba su calzón.
—Odio enfermar por cualquier cosa y preocupar a todos. Quisiera ser más fuerte, como Raffaele…
—¡Oh, no! Jamás desees ser como tu primo. Es un cretino. Tú estás bien cómo estás.
—Soy un enclenque…
—No lo eres. Eres más fuerte que todos. Deja de preocuparse, no pienses en cosas tristes. Hagamos el amor y saquemos provecho a tu confinamiento.
—Suena tentador… —respondió sonriendo con picardía.
Nos besamos deleitándonos uno en el otro, tomando nuestro tiempo, como si compitiéramos en ver quién llevaba primero al otro a la locura. Cuando la puerta se abrió, los dos ya nos encontrábamos inmersos en las brumas del deseo, incapaces de pensar en otra cosa que no fuera desnudarnos.
—¡Oh, por Dios! ¿Cómo pueden estar en celo tan temprano? ¡Es media mañana!
Miré a Daladier deseando poder matarlo con el pensamiento. Maurice cubrió su rostro y lanzó un largo suspiro.
—Olvidé que me pediste un favor…
—No me salgas con eso, dijiste que lo haríamos hoy —protestó el joven doctor soltando sobre la mesa un grueso volumen y muchas hojas sueltas.
—Como puedes ver, estamos ocupados —dije mordaz.
—Yo tengo una audiencia acordada con Maurice y usted debería estar trabajando.
—¡Serás impertinente, Daladier! —grité—. ¡Vete y déjanos en paz!
—No puedo, esto es un asunto urgente. Maurice no ha hecho más que darle largas para vengarse de que le prohibí salir.
—No estaba vengándome de ti, simplemente no tenía ganas de hacer nada.
—¡Vaya excusa!
—¿Qué es lo que quieres que no puede esperar? —pregunté levantándome para acercarme a la mesa. Maurice arregló su ropa y me siguió.
El obsesivo doctor nos mostró un grueso libro en el que aparecían coloridas ilustraciones de plantas que había encargado a un pintor años atrás. Cada una tenía sus propiedades curativas escritas a mano por el mismo Daladier. Aquel inmenso compendio era el resultado de años de investigación. No pude seguir insultándolo y tuve que reprimir el impulso de felicitarlo.
—El doctor Ingenhousz (2) quedó muy impresionado cuando se lo mostré y quiero regalarle una copia —nos contó inusualmente emocionado—. ¿Qué dices Maurice? ¿Podrás copiarlo?
—¡Claro que sí! —respondió sin titubeos.
Vi con pesar cómo la atención de mi amante me abandonaba y se sumergía en aquellas hojas llenas de conocimiento y arte. Después, caí en la cuenta de que era justamente lo que le hacía falta: invertir su energía y talento en algo útil. Casi abracé agradecido a Daladier por ser tan inoportuno y providencial al mismo tiempo, pero realmente ni él ni yo nos hubiéramos sentido a gusto con ese gesto.
Decidí ayudar a organizar el trabajo y el resto de la mañana pude contemplar a mi amado lleno de energía, reproduciendo con precisión las ilustraciones. Tenía talento, cuidaba los detalles con obstinación y llegaba a ser incansable. ¿Cómo podía considerarse un inútil?
Al regresar, sus primos se unieron a la tarea. Miguel se despidió de sus ropas de mujer para estar más cómodo. De nuevo él y Maurice se repartieron las labores adoptando cada uno el rol que mejor ejercía. Uno dibujaba y el otro coloreaba.
Daladier se encargó de dirigir el trabajo, Raffaele habló sin parar y yo… yo volví a ser el esclavo limpia plumas y pinceles de Miguel.
—¿Qué ha dicho Joseph al verte con ese vestido? —le pregunté mientras buscábamos sus utensilios en el salón de Nuestro Paraguay.
—¡Ah, fue espantoso! —exclamó haciendo morisquetas exageradas—. No me dejó bajar del carruaje. Tomó las cartas, se fue a hablar con Sébastien y luego nos obligó a llevarlo a su casa para atormentarnos con un largo discurso por todo el camino.
—Lamento escuchar eso.
—Fue bastante gracioso verlo perder la compostura. Ya sabes lo estirado que es. Siempre me había preguntado si era capaz de emocionarse.
—Sólo cuando habla de política y dinero.
—Y cuando habla de los deberes que conlleva ser el heredero de un título, la esperanza de tu padre, el ejemplo a seguir de tu hijo y todo lo demás.
—Fue un discurso recargado, por lo visto.
—Interminable. Lo soporté sonriendo en silencio para que Raffaele no perdiera los estribos. Faltó poco para que arrojara a Joseph del carruaje.
—Fue un milagro que no lo hiciera.
—Cuando vi que Raffaele estaba por ladrar, le dije a Joseph que se trataba de una broma y terminó disculpándose.
—Una excusa inteligente, pero… ¿cómo te sientes?
Se limitó a sonreír con tristeza, sus ojos brillaron debido a las lágrimas que amenazaban con escapar. Lo abracé. No dije nada más, me limité a besarlo en la cabeza. Hundió su rostro en mi pecho. Un instante después, volvió a mostrar su rostro risueño.
—Gracias, Vassili.
Al volver a la habitación de Maurice, se entregó al trabajo con energía. Incluso discutió con Daladier porque quería cambiar los colores a algunas flores, cosa que el buen doctor rechazó como si fuera la mayor herejía que había escuchado en su vida.
—Esto no es un capricho, es ciencia —declaró.
A pesar de que el único descanso que nos tomamos fueron las comidas, no logramos abarcar ni la quinta parte de las ilustraciones. Era un trabajo que bien podría requerir lo que quedaba del invierno.
Al llegar la noche, eché a todos de la habitación para recuperar a Maurice.
—¿Te sientes mejor? —pregunté al meterme en la cama junto a él.
—Sí, gracias por quedarte.
—No hice nada, Daladier fue quien proveyó algo de entretenimiento.
—Si tú hubieras estado aquí, me habría excusado como los otros días.
—Perdóname por dejarte solo tanto tiempo, procuraré salir menos.
—No, debes hacer tu trabajo. La verdad es que envidio tu buena salud. Yo soy un inútil.
—Deja de pensar de esa forma. No eres un inútil y no tienes que parecerte a tu primo o a mí. Nosotros igualmente no podemos competir con toda tu energía, talento e inteligencia.
—Tengo miedo de enfermar y…
Lo silencié con un beso. No quería pensar en lo que había detrás de sus palabras. Su temor era el mismo que yo sentía, que todos sentíamos, por eso deseábamos mantenerlo protegido en su habitación.
Libres de expresar nuestra pasión, aquel beso se convirtió en algo más. Necesitábamos acariciarnos, poseernos, entregarnos. Maurice se colocó sobre mí y se quitó el camisón.
—No te conviene, hace frío —dije.
—Ahora mismo estoy ardiendo, Vassili.
Temblando de emoción, sujeté sus brazos y lo arrojé en la cama. Besé su pecho, su vientre y me detuve en su entrepierna buscando deleitarlo lentamente. No pudo hacer otra cosa que estremecerse y jadear indefenso. ¡Cuánto me gustaba verlo así! Mi esclavo y a la vez mi señor, encadenándome al entregarse a mi voluntad en una reciprocidad absoluta...
Hice que se diera vuelta, humedecí su entrada con mis dedos impregnados de saliva y lo acaricié por dentro, ya habíamos agotado el bálsamo. Al mismo tiempo empecé a masajear su miembro con mi otra mano. Afincó las manos y las rodillas en la cama estremeciéndose.
—Vassili… —gimió invitándome.
Me arrodillé y entré en él apoyando todo mi cuerpo, sintiendo con una intensidad enloquecedora que mi piel se transformaba en fuego y mi corazón desaparecía en una llamarada. Maurice no dejó de gemir mientras yo arremetía una y otra vez, sin dejar de acariciarlo. Fui llevándolo a la misma locura en la que me sumergía.
Me incliné sobre su espalda, retiré su cabello para besarlo en el cuello. Ladeó cabeza y pude llegar a sus labios. Él estaba perdido en los parajes más profundos del placer. Cuando llegamos al orgasmo, nos quedamos muy quietos esperando recuperar el aliento. Después nos recostamos, abrazándonos y besándonos con ternura.
—Te amo —susurró.
—Y yo a ti.
Cubrí nuestros cuerpos con las mantas. El frío seguía ahí, amenazante; el sexo sólo había hecho que lo olvidáramos. Cerró los ojos. Acaricié su mejilla con mis dedos y me deleité en escucharle respirar cada vez con más tranquilidad. Me sentí desbordado, como si el amor que me inspiraba ya no pudiera ser contenido en mi cuerpo y necesitara irradiarse en forma de calor y luz para envolverlo. Con certeza absoluta, supe que el universo entero existía para que él estuviera a mi lado en ese instante infinito.
Creí que lograríamos vivir así el resto de nuestras vidas. Ingenuamente pensé que podía ser una mejor persona para él, que nunca volvería a hacerlo sufrir, que los días de equivocarme habían quedado atrás.
No lo conseguí...
El hombre que fui apareció en el palacio para recordarme que todo lo que se hace en la vida tiene consecuencias. Se presentó en la forma más inesperada, a la mañana siguiente, mientras dormíamos gozando del calor que nuestros cuerpos desnudos eran capaces de darse el uno al otro.
—Vassili —escuché susurrar a mi oído—, debes bajar al despacho de inmediato.
Se trataba de Raffaele. Seguramente había abierto la puerta con una copia de la llave.
—¿Qué pasa? —me quejé—. Aún es temprano.
—Es un asunto urgente. Deja que Maurice siga durmiendo y ven al despacho.
Al ver que su rostro mostraba lo que parecía temor, preocupación y enojo a la vez, decidí dejar de protestar y obedecer. Algo ocurría y no era bueno.
Salió evitando hacer ruido. Me levanté con cuidado y me vestí lo más rápido que pude. Maurice solía dormir muy profundamente, ni siquiera se movió. Lo abrigué bien y le di un beso en la frente antes de salir.
En cuanto estuve en el corredor, el frío espantó de mi cuerpo toda la calidez que había gozado. Al llegar al despacho encontré a Raffaele sentado tras el escritorio con una expresión grave. Ante él se encontraba una mujer sentada.
La vi levantarse y darse vuelta para encararme, era madame Odette, la infeliz celadora del Palacio de los Placeres. Vestía de negro como una viuda y también como una huérfana, llevaba encima el manto del desamparo.
Lo adiviné todo. Contuve el aliento y me cerré a cualquier pensamiento. Quise correr, pero apenas conseguí dar pasos torpes. Un condenado a muerte debe sentir menos terror del que experimenté en ese momento. Ella se arrodilló ante mí, juntó las manos y, con la voz ahogada por el llanto, pidió lo único que yo no podía darle.
—¡Por favor, monsieur, vuelva a ver a Sora!
Pensé en Maurice, en su rostro sonriente, en su voz llena de ternura al decirme que me amaba. Negué con la cabeza, no iba a destruir todo de nuevo.
—¡Sora está muriendo! ¡Ha intentado matarse varias veces y ahora agoniza! Le suplico que vaya a verlo, no hace más que llamarlo...
Ya no pude escuchar más, los latidos de mi corazón desbocado me aturdieron. Respirar me resultó difícil, tuve que apoyarme en una de las sillas. La mujer se aferró a mi casaca y continuó hablando. Yo veía claramente que lo estaba haciendo, pero sus palabras no me llegaban.
—Sora —dije al fin.
Con una palabra destruí la prisión en la que lo había encerrado durante meses, todo ese tiempo en el que evité pensar en él, condenándolo al olvido…
Sorata Yamamoto, mi Sora, el rey y prisionero del Palacio de los Placeres, había intentado quitarse la vida por mi culpa. Nada fue más terrible ni más importante que eso.
Raffaele obligó a Odette a levantarse y volver a ocupar su silla.
—Lo único que le pido es que vaya a verlo antes de que muera —exclamó antes de cubrir su rostro con las manos y llorar desesperada.
—Iré —dije con firmeza—. Iré ahora mismo.
—¡Vassili! —me regañó Raffaele.
—¡No puedo dejarlo morir! No puedo…
—Entiendo —respondió después de un tenso silencio—. Procuraré que Maurice no se entere. Pero ten cuidado con lo que haces y con lo que prometes, mi primo no merece sufrir más.
—Lo sé…
Por supuesto que lo sabía, pero no podía soportar que Sora muriera.
Al abrir la puerta del despacho encontramos a Miguel y a Maurice. El primero estaba envuelto en una manta y el segundo se había puesto su capa encima del camisón. Maldije mi mala suerte. ¿Por qué no se había quedado en la cama?
—Vassili, ¿qué pasa? —preguntó el hombre que amaba y por el que creí estar dispuesto a todo.
—Perdóname… —fue lo único que pude decir.
No fui capaz de sostenerle la mirada o decirle claramente que había echado a perder nuestra relación mucho antes de que fuéramos amantes. Que tejí una maldita telaraña en la que él y Sora también estaban atrapados y sus hilos empezaban a tensarse para despedazarnos.
Simplemente le di la espalda y me marché. Escuché a Raffaele inventando excusas incoherentes. Sentí la mirada confundida de Maurice sobre mí a medida que bajaba las escaleras hacia el carruaje de Odette. Tuve la certeza de que con cada paso abría un abismo entre nosotros y aún así continué avanzando.
—No puedo… —murmuré al final de las escaleras—. No puedo dejar que Sora muera. ¡No quiero que muera...!
El recuerdo de mi propia mano quemando la carta que me envió el desdichado joven se transformó en la visión de un asesinato cruel. Estuve consciente de eso aquel día, sin embargo, al ver confirmadas mis peores predicciones, no pude soportarlo. Abordé el carruaje mientras la angustia y la culpa me asfixiaban.




Notas: 
2.- Jan Ingenhousz (1730 - 1799) Médico, botánico británico de origen neerlandés. Uno de los primeros defensores de la inoculación de la vacuna contra la viruela. Daladier lo admira y quiere ser su discípulo.

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