Historia Extra: Antes del Infierno parte I

Desde hace mucho he querido escribir sobre el pasado de los miembros de la familia Alençon desde otra perspectiva. 
No se trata de hacer un Spin off,  o historia derivada,  que se puede leer independientemente de la novela. Estos capítulos extra están cargados de spoilers sobre la trama principal y no conviene leerlos antes. 
 Además, sirven para ampliar la información que se fue desplegando poco a poco en el primer libro y conocer personajes que no han tenido su oportunidad de aparecer.
Espero que disfruten este viaje al pasado de los Alençon y que me comenten sus impresiones.  
La primera historia se publicará en unas horas y está dedicada a Miguel y Raffaele. 


Parte I
El pequeño Raffaele despertó; tardó unos segundos en darse cuenta de dónde se encontraba, el carruaje seguía avanzando. Enderezó su cuerpo y volvió a sentarse, llevaba horas durmiendo con la cabeza recostada en las piernas de su padre. Durante todo ese tiempo, el Duque no había movido su mano, sujetándolo con firmeza y amabilidad.
—¿Cuándo llegaremos? —preguntó somnoliento.


—En cuanto rodeemos esa colina. Falta muy poco.
—¡¿De verdad?!
—Ven, no quites la vista de la ventana, verás aparecer la Villa del Duque de Meriño en cualquier momento.
Su padre le ayudó a sentarse en sus piernas y lo sujetó mientras él asomaba la cabeza y dejaba que el viento alborotara sus largos cabellos. Sintió su corazón palpitar lleno de emoción al pensar que finalmente vería a su querido primo.
—¿Maurice se acordará de nosotros?
—Por supuesto, no ha pasado tanto tiempo desde que vino a este lugar.
—Espero que haya crecido un poco.
—No lo molestes con eso. No todos los niños pueden ser tan altos como tú.
—Es que es tan pequeño como un cachorrito.
Philippe miró a su hijo y suspiró; recordó que había intentado atar por el cuello a su primo para enseñarle a seguirlo a todos lados. Los dos niños juntos significaban gritos, peleas y caos. Sin embargo, a la vez eran sinónimo de ingenio, risas y una gran ternura. Deseaba aquel reencuentro con todo su corazón.
—¡Padre, ahí está la villa!
—Déjame arreglarte un poco. Trata de causar una buena impresión a tus tías.
—¿Cómo es la tía Pauline? ¿Se parece a tía Thérese, a tía Severine o a tía Petite? Ojalá se parezca a tía Petite.
—Ya lo verás. Aunque... es mejor que no esperes que sea como Petite.
La voz llena de calidez de Philippe, disimuló la tristeza que lo embargó al recordar la tensa relación que mantenía con sus hermanas mayores. Raffaele dejó que lo acicalara en silencio; cada vez que recordaba la pérdida de su querida tía Petite le ocurría lo mismo que a un reloj que se ha quedado sin cuerda.
El carruaje se detuvo. Los sirvientes de la villa y los que acompañaban al Duque de Alençon se pusieron en movimiento. Philippe esperó, aunque el viaje había tomado días necesitaba un momento más antes de enfrentar la tormenta. Las nubes negras ya se mostraban amenazadoras en los ojos de sus dos hermanas.
La Marquesa Thérese de Gaucourt y la duquesa Pauline de Meriño aguardaban bajo el dintel de la puerta a su hermano menor. Al verlo bajar del carruaje las dos retrocedieron un paso sin querer, era impresionante por su altura y elegancia: El perfecto heredero que había recuperado la fortuna y el honor de un apellido que su padre había precipitado a la miseria. Aún así, las dos le odiaban y temían.
Philippe era consciente de esto; lo consideraba el precio a pagar por ser quien era y lo soportaba como una expiación por, precisamente, ser quien era. Pero no estaba dispuesto a permitir que su hijo fuera alcanzado por aquella putrefacción. Levantó a Raffaele en brazos y lo sentó sobre su hombro derecho.
—Hemos llegado —le dijo sonriente.
— ¿Dónde está Maurice? —preguntó el niño mirando a todos lados.
—¡Aquí estoy! —se escuchó una vocecita tras las dos mujeres y de pronto una cabellera roja apareció entre las anchas faldas, luchando por atravesar el muro de tela.
Raffaele vio lleno de alegría a su pequeño, realmente pequeño primo, correr hacia él a pesar de que su madre le ordenaba detenerse y volver adentro. Saltó queriendo abrazarlo y terminó aplastándolo estrepitosamente. Las quejas de sus tías no se hicieron esperar, a lo que su padre se arrodilló ante ellos para asegurarse de que estuvieran bien.
Maurice se sujetaba la cabeza, furioso y Raffaele sentía un fuerte dolor en la frente. Aun así, rió a carcajadas y abrazó a su primo. Este lo alejó, se puso de pie y le propinó una serie de patadas por todos lados, lo que le hizo reír aún con más fuerza.
—Tranquilo Maurice, Raffaele no quiso hacerte daño —suplicó Philippe. Su sobrino volteó a mirarlo y se quedó sorprendido; tocó su rostro como si quisiera comprobar que estuviera realmente frente a él y comenzó a llorar angustiado, sus ojos parecían dos soles anegados.
—¡Tío, quiero regresar a Francia! ¡Madre es mala conmigo!
Philippe sintió que las emociones se desbordaban dentro de él, mezcladas de manera peligrosa. Miró a su hermana Thérese, quien desvió la mirada avergonzada y furiosa. Abrazó a Maurice y lo levantó, el niño se aferró a él y escondió su rostro en su hombro sin parar de llorar. Esto lo preocupó, pues no solía dejarse abrazar, ¿Cuánto había sufrido para llegar a ese extremo?
—Maurice es maleducado porque tú y Théophane siempre le han dejado comportarse como un salvaje — dijo su hermana con amargura.
—Te conviene no decir una palabra más, Thérese —murmuró el duque haciéndola palidecer mientras continuó meciendo a su sobrino, caminando de un lado a otro para calmarlo.
Raffaele observó todo sentado en el suelo, estaba acostumbrado al comportamiento iracundo de su tía y a que su padre evitara la confrontación. Tenía diez años, pero comprendía bien que había nacido en una familia en la que se debía estar preparado para la guerra.
—¿Estás bien? — preguntó alguien cerca de él con la voz más dulce que jamás había escuchado. Ladeó su cabeza hacia atrás y vio un precioso rostro rodeado de bucles dorados. Se levantó de inmediato y quedó frente a frente con una niña un poco más baja de estatura que él, luciendo un vestido blanco y amarillo que acentuaba su halo angelical.
A su alrededor sus tías discutían con su padre, los sirvientes iban y venían descargando el equipaje y los sollozos de Maurice no cesaban. Dejó que la visión ante él hiciera desaparecer ese caos; aquella niña estaba llena de amabilidad y dulzura, como un sol brillando en medio de nubes de tormenta.
—¿Por qué llora Maurice? —preguntó la pequeña en español.
Raffaele tuvo que tomarse un momento para traducir en su cabeza lo que había escuchado y buscar la manera de responder. Apenas estaba aprendiendo español y ya tenía bastante con el francés y el italiano.
—¿Por qué llora? —volvió a preguntar la niña señalando a su primo y a su padre, esta vez lo hizo en francés.
—Dice que tía Thérese es mala con él.
La niña se entristeció y bajó la cabeza. Luego sujetó su falda con fuerza y se acercó a Raffaele.
—¿Van a llevárselo? —preguntó angustiada.
—¿Qué?
—¿Tú y tío Philippe vinieron a llevarse a Maurice?
—¿Tú eres mi prima Sophie? —fue todo lo que pudo responder sorprendido, pues se suponía que Sophie tenía apenas seis años y ante él estaba una niña más grande.
—Miguel, vuelve a la casa —escucharon rugir sobre sus cabezas. Raffaele giró y descubrió a su tía Pauline mirándolo furiosa. La niña de los bucles de oro asintió, dio media vuelta y desapareció tras los sirvientes que esperaban en la entrada.
Raffaele quiso seguirla, pero el llanto de Maurice aumentó de intensidad y lo hizo girar para buscarlo. Su tía Thérese le estaba exigiendo que dejara de llorar y decir mentiras sobre ella; al fijarse en el rostro de su padre, notó que estaba a punto de gritar. Deseaba que lo hiciera y acabara con el caos desatado.
También deseaba que aquella visita fuera un rescate y se llevaran a Maurice con ellos, para devolverlo a su tío, el Marqués Théophane de Gaucourt.
—Ha sido un largo viaje Thérese. Necesitamos descanso —dijo el duque manteniendo la calma—. Vamos, Raffaele —agregó tendiéndole la mano al pasar a su lado—. Maurice, ¿quieres enseñarme la habitación en la que nos quedaremos?
El pequeño niño se enderezó en los brazos de su tío y limpió sus lágrimas.
—Pero tía Pauline y madre dijeron que no te quedarías aquí, que no te dejarían entrar a la villa y tampoco verme...
—¿Eso dijeron? —Una sonrisa llena de indignación adornó el rostro de Philippe al darse vuelta y mirar a sus hermanas. Ellas enrojecieron.
—Esta es mi casa —respondió Pauline irguiéndose—. No tienes derecho a venir a aquí sin ser invitado.
—Sucede, querida hermana, que he sido invitado por tu esposo, el legítimo dueño de estas tierras. Ahora, Maurice, dime, ¿en cuál habitación debo quedarme?
—¡Hay una vacía junto a la mía!
—Entonces usaré esa. Pauline, te encargo darle alojamiento a mis hombres. No querrás que me queje ante Don Miguel, ¿no es cierto? Ya lo has disgustado más de lo necesario con tus comentarios fuera de lugar en la Corte.
Philippe dio un paso hacia adelante y todos los sirvientes hicieron una reverencia. Raffaele volteó a mirar a sus tías, tenían los ojos llenos de ira y apretaban los puños, le pareció que lo más adecuado era mostrarles la lengua.
—Raffaele, ¿qué son esos modales? —susurró el duque. El niño apretó más fuerte su mano y le sonrió lleno de alegría y orgullo. Pensó que su padre brillaba como el sol ese día.
Luego de otro tira y encoje con sus hermanas, el Duque pudo tomar un baño con su hijo y quitarse de encima algo del cansancio acumulado; sus sirvientes lo atendieron en todo. Maurice se mantuvo con ellos en la habitación contando lo que había hecho en los ocho meses que llevaban sin verse; todo podía resumirse en llorar, intentar escapar, recibir un castigo, gritarle a su madre y volver a llorar.
Raffaele veía como la sonrisa bondadosa de su padre se iba tensando. Cuando los tres se presentaron ante sus tías, parecía haber olvidado todo lo que le dijo el niño y se mostró afable. Entregó una carta a Pauline y esta se mordió el labio conteniendo la ira, luego hizo llamar al jefe de los sirvientes de la Villa para informarle que el Duque de Meriño había ordenado que le obedecieran en todas sus demandas. El anciano miró a su ama y esta asintió con gesto dramático.
—¿Cómo pudo mi esposo hacerme esto?
—Porque te conoce, querida Pauline. Pero puedes estar tranquila, no pienso incomodarte. He venido a pasar tiempo con Maurice en nombre de su padre, Théophane está muy preocupado por él. También quiero ver a mis sobrinos.
Las dos mujeres se resignaron a obedecer y enviaron a buscar a los dos niños que faltaban. Maurice se mantuvo junto a su tío y Raffaele estaba ansioso por ver a la niña rubia de nuevo. Se sorprendió cuando apareció de la mano de otra niña idéntica a su primo pelirrojo.
—¡Es igual a Maurice! —gritó a toda voz.
Philippe le explicó que se trataba de su prima Sophie, hija de Pauline. La niña era muy educada y tranquila, todo lo contrario a Maurice. Raffaele le dio un beso en la mano como todo un caballero, estaba feliz de conocerla porque también se parecía a su amada tía Petite.
La niña rubia representó todo un problema para su padre, éste preguntó por qué usaba vestido si ya había cumplido ocho años y Pauline alegó que su hijo podía vestirse como quisiera. Lo que pudo entender Raffaele, es que estaba ante su primo Miguel: el heredero del Duque de Meriño, dos años menor que él. No le dio importancia a nada más.
—Encantado de conocerte —dijo depositando un galante beso en su mano. Miguel le sonrió con dulzura transformando todo en un hermoso amanecer. Raffaele se convenció de que no existía nadie más hermoso en el mundo.
Conforme pasaban los días y lo conocía mejor, su fascinación por Miguel aumentó, amaba con locura a Maurice, pero el carácter dulce y amable de su rubio primo le encantó. Pronto se dio cuenta de que este tenía un poder especial para manejar al salvaje pelirrojo sin usar la fuerza y también sintió celos.
Comprobó que lo único bueno que le ocurrió a Maurice en España fue conocer a Miguel, éste le acompañaba y protegía todo el tiempo por lo que el pequeño y arisco niño buscaba estar con él. Años atrás, Raffaele se había visto en la obligación de recurrir a la fuerza bruta solo para que lo dejara abrazarlo.
Un día, escucharon sobre los planes de boda para el hermano mayor de Maurice. Madame Thérese se quejaba de que su esposo quisiera decidir todo sin consultarle. Su hermano la invitó a volver a Francia y ocupar su lugar como la Marquesa de Gaucourt a lo que ésta se negó, pues quería seguir castigando a su esposo por haberla engañado con una cantante de ópera.
A Maurice aquellas discusiones lo ponían nervioso y triste, Miguel trató de consolarlo cantándole una nana y el pequeño quedó tan conmovido por el gesto, que declaró a toda voz que se casaría con él cuando creciera, Raffaele replicó que también quería casarse con su primo español y comenzó entonces una pelea entre los dos pretendientes.
Philippe tuvo que intervenir para poner paz, muy preocupado porque por más que explicó que Miguel era un niño, los tres pequeños estaban muy convencidos de lo contrario. El asunto fue motivo de discusión entre Philippe y Pauline por varios días, su hermana no tenía intención de dejar de colocarle vestidos de niña a su hijo. Él se convenció de que ella había heredado algo de la locura de su madre, quien solía confundir a sus hijos con muñecas con las que podía jugar o arrojar contra la pared sin pensarlo dos veces.
Aquellos recuerdos lo hicieron estremecer, temía por el futuro de su sobrino y decidió informar a su cuñado para que éste tomara cartas en el asunto. El Duque de Meriño se presentó en la villa en cuanto pudo; no le había hecho ninguna gracia enterarse de que su amado hijo, su heredero, aquel que prolongaría su legado, vestía y se comportaba como niña la mayor parte del tiempo.
En sus últimas visitas, Pauline lo había hecho lucir trajes de señorito, pero ya él había notado que su pequeño era en extremo remilgado. Desde el primer momento ordenó que su hijo dejara de usar vestidos y amenazó con llevárselo a Madrid para encargarse personalmente de su educación. No escuchó ningún razonamiento de su esposa; si bien no era extraño que los hijos de los nobles usaran vestidos en sus primeros años, ya Miguel tenía edad para dejar de lucirlos. El pequeño lloró inconsolable cuando se vio privado de sus faldas amplias y sus lindos peinados. Su padre no dejó de lanzar improperios contra Pauline por haberlo criado como un blandengue.
Por la noche, Raffaele y Maurice se colaron en la habitación de Miguel llevando un ramo de flores que habían recogido del campo.
—Aunque no uses vestido sigues siendo hermoso —le dijo Raffaele.
—Ser niño es más divertido —replicó Maurice—. Podemos ir a jugar afuera, no tendrás que quedarte sentado bordando
Sus esfuerzos fueron en vano, la rubia cabecita siguió sin levantarse de la almohada y los sollozos no cesaron.
—Miguel, no importa que seas niño —declaró Raffaele—. Todavía quiero casarme contigo.
—¡No! ¡Miguel será mi esposa!
—Eres muy pequeño, Maurice, no sirves para ser su esposo.
—¡Tengo la misma edad que él!
—Cállense, tontos —gruñó Miguel arrodillándose en la cama y lanzándoles la almohada.
—¿Dinos con quién te casarás? —exigió Raffaele.
—Con Maurice, tú eres muy descortés.
—¡Él es un salvaje!
—¡No lo soy!
—¡No griten! —los regañó de nuevo Miguel— Los van a descubrir.
—¡Ya sé! —exclamó Raffaele decidido— ¡Me casaré con los dos!
—¿Puedes casarte con dos personas? —preguntó Maurice.
—Cuando sea el Duque de Alençon, podré casarme con quien me venga en gana.
—¡Qué bien, así nunca nos separaremos! —aplaudió el pequeño pelirrojo— ¿Qué dices Miguel? ¿Quieres casarte con nosotros?
El niño rubio miró a sus dos primos y asintió extendiendo una mano a cada uno. Esa noche los tres se quedaron dormidos después de pasar horas haciendo planes sobre su futuro, deseaban construir un barco y navegar por todo el mundo.
Por la mañana, los sirvientes los encontraron todavía sujetándose de las manos, con una sonrisa adornándoles el rostro; devolvieron a los intrusos a sus camas para evitar la ira de Pauline y Thérese, estaban seguros de que las dos mujeres no sentirían ninguna ternura ante aquel cuadro.


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