XXVI Elegir es Renunciar

Parte I
El dolor fue algo inaudito. A pesar de los años, puedo rememorar perfectamente el infierno en el que quedé atrapado. Ese sufrimiento que no menguaba en ningún momento, que se fundía con el remordimiento por haber roto el corazón de Maurice, y me condenaba a pensamientos suicidas al anular toda esperanza y cordura… ¡Jamás lo olvidaré!
En mi mente aparecía constantemente el rostro afligido de mi amado. Me atormentaba más que las quemaduras. No hacía otra cosa que suplicar su perdón y maldecirme a mí mismo. Sin duda durante esos días conocí la locura.



Mis manos… ¡Ni siquiera podía verlas sin gritar horrorizado! ¡¿Qué me había hecho a mí mismo?! Todos se movían a mi alrededor, me sostenían y llevaban de un lado a otro, llorando desesperados. ¡Cuánto hice sufrir a mi pobre familia! Espero que algún día me perdonen.
Los médicos que me atendieron eran muy reconocidos. Seguramente hacían un  buen trabajo aliviando la gota de todos los nobles de París, pero todo indicó que no tenían la menor idea de cómo tratar quemaduras tan graves como las mías.
Uno de ellos me reventó las enormes ampollas que se formaron y vendó mis manos haciendo más intenso el dolor. Al día siguiente, al querer cambiar los vendajes, quedó en evidencia su ineptitud, la carne estaba adherida a la tela. Sufrí una tortura espantosa con su tratamiento. Volvió a vendarme y durante varios días tuve que soportar que mis heridas fueran abiertas sin piedad una y otra vez. Al fin Didier se hizo cargo de la situación y despidió al maldito imbécil antes de que me mandara al otro mundo.
El siguiente médico tampoco acertó. Gracias a sus cuidados, mis heridas comenzaron a supurar, la carne apestaba y el dolor me mantenía en una vigilia enloquecedora o una inconsciencia agitada. Pronto junto a la fiebre se presentó el delirio.
En aquel mar de sueños brumosos, vi a Maurice a mi lado jurando que me pondría bien, discutiendo con mi padre con la furia de un león rojo. Recuerdo mi propia voz llamándole desesperado y suplicando que me perdonara. El dolor de su ausencia, de las lágrimas que su corazón roto derramó por mi culpa, era mayor que el de mis manos destrozadas.
De repente mi sufrimiento disminuyó. Pude dormir, comer y la lucidez empezó a brillar. Reconocí a los doctores que me atendían, eran Daladier y Charles. El sabor del brebaje que me dieron terminó de confirmarlo.
—Lo siento Vassili, esto dolerá más de lo que quiero —dijo uno de ellos.
—Pero lo peor ha pasado —agregó el otro.
No comprendí a qué se referían hasta que les vi dispuestos a cortar la punta del dedo anular de la mano izquierda. Intenté escapar pero no pude moverme, mi hermano y mis cuñados me sujetaban con fuerza. Grité, supliqué, hasta que me caí en la cuenta de que no dolía tanto como debería. Supuse que se debía al brebaje, luego reparé en el color de la punta de mis dedos, la carne estaba ennegrecida.
—Mis manos —murmuré como si hubiera olvidado la razón de que estuvieran así.
—Mejorarás —aseguró el doctor Charles—. Sólo debes tener paciencia.
—¡Maurice!... ¿Sabe dónde está Maurice? ¡Debo verle!
—¡Basta! —gritó mi padre—. Encomiéndate a Dios para que te perdone por la barbaridad que has hecho.
—Es el perdón de Maurice el que necesito… —contesté cayendo en un sopor extraño.
Ya no recuperé la consciencia hasta mucho después. Me encontré atado a la cama por los codos y los tobillos. Mi hermana Celine me tranquilizó diciendo que lo habían hecho para evitar que me moviera y lastimara mis manos mientras dormía. Me dio a beber del brebaje de Daladier y pidió que descansara  tranquilo. Sentí que el dolor volvía a desaparecer.
—Esta debe ser la magia de Daladier… —murmuré.
Una magia capaz de librarme del dolor y privarme de la conciencia. Fui un enfermo dócil gracias a ella. En mis sueños seguía escuchando a Maurice a mi alrededor; alguna vez lo vi. También a Miguel y Raffaele.
—Los Alençon tienen fuego en la sangre —dije en una ocasión. Las figuras de mis sueños dejaron de discutir con mi padre y se abocaron a atenderme. La sensación de los labios de Maurice besando mi frente fue tan vívida que juré que era cierto que se encontraba a mi lado.
Sin embargo, cuando despertaba y preguntaba por ellos, mis hermanos callaban y mi padre gruñía que ni Maurice ni sus primos habían estado en nuestra casa.
—¡Olvídalos! Esa amistad te ha cambiado.
—¡No sabes cuánto! —murmuré.
Me juraba a mí mismo ir tras Maurice pero ni siquiera podía levantarme de la cama. Estaba seguro de que ese adormecimiento constante venía de una botella. Empecé a rechazar el brebaje.
—Pero te dolerá… —dijo Didier insistiendo en que lo tomara.
—Necesito pensar —supliqué.
—Hablaré con el doctor,  por ahora sigamos sus instrucciones.
A petición de mi hermano, Daladier redujo la dosis. Una mañana pude levantarme y caminar. El costo fue soportar el dolor, que comparado con el que sentí el principio, no fue nada que no pudiera tolerar. Mis manos aún estaban en carne viva, horrendas, grotescas... Los dedos habían perdido la elegante forma que siempre me enorgulleció, todos se veían más delgados cortos y carecían de uñas.
—Por qué lo hiciste hermano? —preguntó mi bella Bernardette con dulzura, al verme estudiar mis manos a la luz de la ventana.
—Para ser libre… —respondí después de pensar.
Borracho, desesperado y lleno de culpa, quise castigarme por haber hecho sufrir a Maurice y borrar la consagración de la palma de mis manos. Esa era la verdad pero, siendo un hombre práctico, caí en la cuenta de que también había conseguido poner un impedimento definitivo para seguir ejerciendo el ministerio sacerdotal.
Las normas eclesiásticas prohíben que alguien con defectos físicos sea sacerdote, el estado de mis manos me descalificaba por completo. En mis cinco sentidos consideraba aquella agresión contra mí mismo algo extremo, estúpido y que no debía desperdiciar. Una luz de esperanza brilló al fin.
Comenté el asunto con Didier. Él no dudó que nuestro padre fuera a rendirse.
—Lo has herido —declaró con gravedad—, nos has herido a todos, al hacerte daño de esa forma. Nos debiste aceptar el obispado si no lo querías.
—Maurice tenía razón, yo no sabía lo que quería. Pero ahora lo sé: no quiero ser sacerdote y mucho menos obispo.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé, pero no será lo que nuestro padre quiere.
—Te desheredará, Vassili.
—Hay cosas peores que eso. Ser quien no soy para complacer a todos, es una desgracia mayor que la miseria.
—No quiero verte sufrir más. Te ayudaré.
Me abrazó y sentí que volvíamos a ser los mismos niños que compartieron sus juguetes años atrás, mucho antes de que yo quisiera ser más que él, y le diera tanta importancia a un título. Lloré agradecido.
Tristemente sus negociaciones fracasaron estrepitosamente. Esa misma tarde nuestro padre entró en mi habitación seguido por Didier, que trataba de calmarlo,  y me enfrentó.
—Te irás a Roma cuando estés mejor, te consagraras obispo y asistirás a su tío en todo lo que necesite hasta que podamos hacer cardenal.
—Mis manos… — empecé a decir.
—Aún puedes ser útil a André. Aunque no celebres ningún sacramento, bien puedes hacer otras cosas. ¡No vas a desperdiciar tu vida!
—¡Efectivamente, no lo haré! Por eso no voy a seguir viviendo como sacerdote. Échame si quieres, ya no voy a hacerte caso.
—¿Quieres que todo París vuelva burlarse de ti?
—Todo París me importa poco.
—¡Si no vas a Roma con su tío, te irás a la calle sin nada! ¿Me oyes? ¡Nada! —señaló a la ventana, llovía.
—Hay desamparos más grandes que pueden darse en palacios. La calle está bien para mí.
—¡Entonces, fuera! Y que Dios te perdone por enviar a tu padre a la tumba…
Lo miré un momento, di unos pasos para acercarme a él y hablé con mucha calma.
—Fingiste tu enfermedad, ¿verdad?
—¿Cómo te atreves?
—No soy el único que piensa así —miré a mi hermano. Este se sorprendió.
—¿Se lo dijiste? —le preguntó mi padre furioso.
—Vassili es más listo que yo —respondió Didier—. Lo adivinó él mismo.
—Eres mal actor padre —dije con tristeza.
Me abofeteó furioso, humillado, incapaz de reconocer su propia ridiculez. Sentí el golpe como una nimiedad al compararlo con el dolor de mis manos.
—¡Vete, mal hijo! —gritó señalando la puerta de la habitación—, que el demonio se lleve tu alma.
—Adiós,  padre.
Quise buscar una casaca, estaba en mangas de camisa, él cerró la puerta del armario después que logré con mucho esfuerzo abrirla.
—¡No! —gritó—. ¡Si te vas, no llevarás nada! ¡Agradece que no te lance desnudo a la calle como mereces!
—¡Padre, está lloviendo, no puedes hablar en serio! —replicó Didier.
—Él lo ha elegido así. Ya no es tu hermano.
—¿Qué dices, padre? —exclamó Bernardette entrando en compañía de Celine y mis cuñados.
Todos abogaron por mí. Sonreí al ver que tenía una hermosa familia. Resultaba una cruel ironía comprobarlo el mismo día en que renunciaba a ella. Fui hasta una cómoda para sacar mis libros de notas.
—Esto es mío —dije—, quizás es lo único que me queda del tiempo en que he sido más feliz en toda mi vida. No lo dejaré.
Mi hermana Celine se apresuró a tomarlos para meterlos dentro de una alforja.
—Vassili, si le pides perdón quizá… —suplicó Bernardette poniendo sus manos temblorosas sobre mi pecho.
—No puedo quedarme…
—¡Que se vaya de una vez! —volvió a rugir mi padre.
—Vassili todavía está muy débil —insistió mi cuñada.
—Él no quiere ser un Du Croisés. Que se marche. No quiero escuchar nada más al respecto.
Mi hermano y uno de mis cuñados ayudaron a que bajara las escaleras.
—Vassili, no creas que nuestro padre no te ama —dijo Didier mientras avanzábamos—. Tu amigo Maurice le dijo cosas terribles y creo que lo hizo entrar en razón.
—¡¿Maurice estuvo aquí?!
—No dejabas de llamarlo, así que le avisé. Vino de inmediato y fue quien consiguió a esos doctores que te han salvado la vida. Nuestro padre los aceptó porque ya los otros habían hablado de cortarte las manos. Estábamos desesperados.
—No lo soñé… —murmuré asombrado. Nada más importaba.
—Tu amigo acusó a nuestro padre de tratarte como un objeto, con el que pretendía enaltecer a la familia. Dijo que si te amábamos debíamos dejarte ser libre para elegir tu destino. Por supuesto que la discusión terminó mal y nuestro padre le prohibió volver.
—Tengo que buscarlo…
—Todos los días viene. Mira, ahí lo tienes —dijo abriendo la puerta principal—. Incluso bajo la lluvia está esperando la oportunidad para verte.
Tras la verja que rodeaba nuestra mansión pude distinguir un carruaje con el escudo de los Alençon. Maurice abrió la puerta de golpe y saltó a la calle. Se aferró a los barrotes y gritó mi nombre. Miguel y Raffaele también bajaron.
—¿Lo ves? Te ha echado porque sabe que tus amigos no van a dejarte solo.
Quise correr, me sostuvieron con fuerza para que no cayera. Recorrimos bajo la lluvia el patio que nos separaba. Didier abrió la verja, Maurice entró de prisa,  me abrazó y no dejó de repetir mi nombre y preguntar cómo estaba. Yo me eché a llorar mientras le pedía perdón. Nunca fui tan feliz y a la vez tan desgraciado en mi vida. ¿Cómo pude herir a quien me amaba de esa forma?
—¿Pueden cuidar de mi hermano? —pidió Didier.
—Por supuesto —respondió Raffaele—. Déjelo en nuestras manos.
Mi hermano entregó las alforjas a Miguel. Antes de salir, me volví hacia mi casa. Vi a mi padre junto a mis hermanas tras la cortina de lluvia. Sentí que mi corazón era estrujado sin compasión. Les amaba pero no podía seguir siendo uno de ellos.
Las frías gotas me lastimaron, sentí la fiebre dominarme, perdí el paso y estuve a punto de caer, Maurice no pudo sostenerme. Raffaele me sujetó y levantó en brazos.
—Perdóname, Didier —susurré al verle afligido—. Dile a nuestro padre que me perdone.
—Perdónanos tú, Vassili, por no amarte lo suficiente.
Su rostro fue lo último que recuerdo antes de caer en las sombras. El dolor de mis manos, lo salvaje de mis emociones por aquel inesperado reencuentro y el remordimiento por todo lo que había hecho, me agotaron.
***
No olvido la nostalgia que me embargó cuando desperté en mi habitación del Palacio de las Ninfas. Fue como volver al hogar luego de un largo viaje. Recuerdo que Daladier me atendía y explicaba a Evangeline y a Maurice lo que debían hacer para mantener mis heridas limpias.
—¿Van a volver a atarme a la cama? —pregunté queriendo hacer una broma. Los veía tan serios y estaba mareado por el brebaje milagroso.
—Por supuesto —contestó molesto el doctor—. No quiero que todo mi esfuerzo se pierda. ¡Caminar bajo la lluvia fue estúpido!
—Pronto estarás mejor, Vassili —prometió Maurice.
—Ya lo estoy… —susurré y volví a dormirme.
Tiempo después, no sé cuánto, empecé a tener momentos de lucidez más prolongados gracias a que Daladier redujo la dosis otra vez. El dolor era al fin soportable. Maurice pasaba todo el tiempo a mi lado, abocado a hacerme sentir mejor.
Todos celebraban felices mi recuperación, yo no podía alegrarme. Cada vez que recordaba lo que había hecho, empezaba a pedir perdón desesperado. Él suplicaba que dejara de llorar asegurando que ya me había perdonado todo. Lejos de alegrarme, me sentía tan indigno de su amor  que volvía a maldecirme a mí mismo. Estaba atrapado en un ciclo interminable de autoflagelación al que arrastraba sin querer a quienes me rodeaban, y en especial a mi muy amado Maurice.
Además del remordimiento, enfrentaba otra tormenta: el estado de mis manos me horrorizaba.
—¿Alguna vez volverán a ser como antes? —pregunté un día a Daladier mientras aplicaba a uno de sus bálsamos.
—Me temo que no. Cambiaran un poco de color pero las cicatrices son imborrables. Piense en lo afortunado que es de mantener las manos en su sitio. Esos idiotas que buscó su padre casi le causan una gangrena. Tuvo suerte de que Charles había visto quemaduras como las suyas y sabía qué hacer. Y, por si no se lo han dicho, le informo que Raffaele  fue a buscarme hasta Austria para que calmara su dolor. Tiene mucho que agradecer. No pierda tiempo en lamentaciones.
—Tiene razón…
—¡Siempre la tengo!
Sonreí, me felicitó por hacerlo.
—Muestre esa cara a Maurice más a menudo. El pobre va a enfermar de angustia si le sigue viendo melancólico.
Hice el propósito de mostrarme animado. Lo conseguía durante el día, pero cada noche me sentaba en la cama a llorar porque no soportaba mi deformidad. Trataba de contener mis sollozos para no despertar a Maurice, solía quedarse a dormir en un diván en la misma habitación.
El dolor me había marcado el alma lo mismo que el fuego la piel. Ya no era la misma persona, mis fuerzas estaban mermadas y temía no poder volver a usar mis manos. Me sentía mutilado. Empecé a desear que el brebaje de Daladier volviera a mantenerme adormecido. El muy maldito no quiso darme la fórmula más fuerte cuando se lo pedí.
—Hombres compulsivos como usted crean vicios de cualquier cosa —respondió—. No voy a dejar que se aficione más de la cuenta a mi medicina.
Soportar mi propia existencia seguía siendo difícil a pesar de tener a Maurice a mi lado. Mientras más se abocaba a cuidarme, junto con sus primos, más culpable me sentía. Ni siquiera era capaz de tocarlo con mis espantosas manos. Él se mostraba sonriente pero era fácil adivinar que sufría.
—No hay nada más que pueda hacer —anunció Daladier tiempo después— sus manos están prácticamente curadas. Volveré cada tres días.  
Yo no estaba de acuerdo, las cicatrices seguían ahí y mis dedos se veían más pequeños y delgados. Sólo tres de ellos en la mano derecha y dos de la mano izquierda empezaban a aparecer las uñas. Guardé silencio y me resigné a que así serían por siempre.
—Gracias, Claudie —dijo Maurice.
—Cuida de él, mi amigo. Es un tonto crónico.
—Gracias, doctor. Estaré en deuda con usted por siempre —afirmé sincero.
—Está en deuda, sin duda. Págueme no volviendo a hacerme trabajar tanto otra vez. Y agradezca a Charles apropiadamente.
Cuando se marchó, sentí que el aire entre Maurice y yo ganaba densidad,  como si pesara y fuera a aplastarnos. Él se encontraba de pie junto a la cama, yo estaba sentado en la orilla de esta. Intenté abrochar mi chupa, quiso ayudarme.
—Puedo hacerlo sólo —susurré agradecido—. Debo empezar a valerme por mí mismo. Mira, no lo he hecho mal.
—¿De verdad estás mejor?
— Sí. No te preocupes.
—¿Entonces, por qué estás tan triste?
No pude responderle de inmediato. Me quedé en silencio, con la mente en blanco hasta que el recuerdo de las palabras de Raffaele y Miguel me golpearon. Era verdad, yo había sanado sus heridas para volver a abrirlas, lo había destrozado. Me eché a llorar.
—¿Vassili, qué te pasa? —su voz estaba cargada de angustia.
—¡Perdóname, te hice tanto daño…!
—Basta, por favor, no llores más. Ya te he perdonado. Además, también te fallé. No debí dejarte…
—¡Oh no! ¡Tenías razón en todo! Yo estaba ciego…
—Vassili, ahora estamos juntos… deja de llorar. No me gusta verte llorar.
—Te hice tanto daño… Es imperdonable.
—¿Ya no me amas? —Se arrodilló para que su rostro quedara a la altura del mío. Mostraba una gran inquietud
—¡Te amo más que nunca! —respondí asombrado por semejante pregunta.
—Entonces todo está bien —sonrió aliviado—. Yo no he dejado de amarte ni un momento.
Me besó.  ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que nuestros labios se encontraron? Una eternidad. A pesar de eso, aquella caricia me hizo daño, evocaba el recuerdo de todo lo que yo había rechazado por un maldito título.
—¿Vassili? —susurró preocupado al ver que no le correspondía.
—No puedo…
—Yo lo haré. No te preocupes…
Volvió a besarme poseído por el deseo. Sentía que era una profanación tocarlo después de mi repugnante comportamiento. Él insistió, me hizo recostar. Subió sobre la cama y se tendió a mi lado.  
—¡Basta, Maurice! —dije angustiado— ¡Tú mereces alguien mejor que yo!
—No quiero a nadie más, Vassili —dijo sonriendo con dulzura—. Deja de disculparte, todo ha quedado en el pasado.  
—¡No! —lo hice a un lado, me levanté de la cama—. No debes perdonarme tan fácilmente. No he hecho más que hacerte sufrir.
—Lo que pasó también fue mi culpa —se sentó cabizbajo—. Debí obligarte a recapacitar, luchar hasta hacerte entender el error que cometías. En lugar de eso, me desesperé al pensar que no me amabas y escapé. No sabes lo furioso que estoy conmigo mismo por haberte dejado solo —se levantó para colocarse frente a mí.  
—No debes pensar así… —retrocedí.
—Sabía que no ibas a soportar vivir una farsa, que podías volver a beber como antes, y aún así me marché… Perdóname.
—¡¿Qué dices?! Fui yo quien arruinó todo.
—Escúchame, por favor, Vassili —tendió su mano hacia mí, me quedé quieto y dejé que tocara mi rostro—. Cuando vi lo que te habías hecho, casi me vuelvo loco. Estuviste a punto de morir o de perder tus manos… Si yo no te hubiera dejado, no estarías así…
—Es el castigo que merezco —reconocí con tristeza—. No debes sentirte obligado a  seguir conmigo por eso. Lo mejor es separarnos,  Maurice.
—¡Deja de decirme qué hacer o qué sentir! ¡Te amo y nada va a cambiar eso! Eres el único que puede hacerme feliz, Vassili. ¿No lo entiendes?
Me conmovió. Sentí que me invadía esa calidez que había perdido. Quise acercarme, abrazarlo y decirle lo mucho que lo amaba… Pero al volver a verle con los ojos anegados, recordé cuando me dijo que había roto su corazón. Cubrí mi rostro y le pedí que me dejara solo.
—No lo haré —declaró acercándose—. Cada momento en que te he visto agonizar he jurado que nunca más iba a separarme de ti. ¡Vassili, busquemos la manera de ser felices!
—Vete,  por favor… —sollocé—. Me haces daño.
Esa era la verdad. Su manera de amar sin reservas me hacía sufrir porque yo no podía perdonarme a mí mismo. Se quedó paralizado, con una expresión de desconcierto. Trató de hablar pero no fue capaz de articular alguna palabra. Las lágrimas finalmente aparecieron y se marchó de la habitación derrotado y herido. De nuevo me maldije a mí mismo. Todo fue oscuridad y frío.
***

Parte II


Esa noche no quise bajar a cenar, ni acepté la invitación de Raffaele y Miguel para acompañarlos en una partida de cartas. A pesar de mis preocupaciones, me quedé dormido profundamente, quizás por el deseo de escapar de la abrumadora realidad.
Desperté después de medianoche porque el frío hizo que las manos me dolieran, descubrí a Maurice recostado a mi lado, encogido, tiritando. Lo cubrí con una manta. Pasé el resto de la noche contemplándolo. Sus mejillas estaban húmedas, mi precioso amante seguía sufriendo por mi culpa.
Se levantó antes del amanecer. Fingí estar dormido para evitar una conversación que seguro iba a terminar tan mal como la anterior. Susurró mi nombre, retiró los cabellos que cubrían mi frente y depositó un tímido beso sobre esta. Después se marchó evitando hacer ruido.
¿Qué iba a ser de nosotros? Yo había arruinado nuestra relación. Lo único que quedaba era separarnos. La sola idea me hizo sentir deseos de morir. Me escondí bajo las sábanas a llorar lleno de rabia hacia mí mismo.
Apenas amaneció, Raffaele irrumpió en mi habitación y abrió todas las cortinas.
—Es hora de que te levantes, llevas todo el otoño durmiendo —ordenó—. Hoy no hace frío, deberías salir —agregó señalando a la ventana.
—¿Otoño! —repetí sorprendido.
—Así es, has pasado meses de agonía, Vassili. Y cada uno de esos días lo hemos padecido contigo.
—No tenía idea de que había transcurrido tanto tiempo...
—¿No crees que ya es hora de que Maurice deje de sufrir por ti?
Lo miré sorprendido. Sus bellos y profundos ojos negros me escrutaban como jueces implacables. Bajé la cabeza derrotado.
—Tienes razón. Debo dejarle para que sea feliz…
—¡¿Serás idiota?! ¡Lo que digo es que dejes de lamentarte y pedir perdón y le hagas el amor como se merece! ¡Ahora pueden estar juntos y tú no haces más que llorar! ¡Te juro que siento más deseos de golpearte ahora que cuando fui a verte a tu casa!
—¡No merezco estar con Maurice…!
—Nadie lo merece, y yo no merezco a Miguel. Pero, aún así, ellos nos aman. ¿No es mejor agradecérselo haciéndolos felices por el resto de nuestras vidas?
—Pero hice algo imperdonable…
—¡Ay, Vassili! ¿Por qué insistes en repetir todos mis errores? —dijo con una profunda compasión—. Escucha bien, Miguel y yo hemos hablado largo rato muchas noches. La verdad es que la mayoría de las veces, al irnos a la cama, no conseguimos hacer otra cosa que hablar. Aún no es fácil para él confiar completamente en mí… No lo culpo. Yo mismo no tengo confianza en que no le haré daño.
—Lo lamento…
—No deberías. Es gracias a ti que podemos estar juntos. También gracias a Maurice. Yo me siento afortunado, considero que he recibido una segunda oportunidad para enamorarlo y seducirlo. Aunque puede que quien termine más enamorado sea yo… ¡Miguel me fascina cada día más! En fin, iré al grano. Entre las muchas cosas que me ha dicho, confesó que lo que más le hizo sufrir fue que nunca le pedí perdón por haberlo forzado.
Se quedó en silencio, con la mirada baja y una sonrisa llena de amargura. Quise extender mi mano y tocarle, pero no me atreví a moverme. Aquel momento era importante, Raffaele me estaba abriendo su corazón y temía romper lo que fuera que trataba de tejer entre nosotros.
—Lo hice sufrir por no haberle pedido perdón, Vassili —continuó levantando la cabeza para mostrarme una pena infinita en sus ojos—.  Lo  dejé agonizar durante horas interminables preguntándose si yo alguna vez lo había amado, si él merecía semejante trato y si podría seguir viviendo después de aquello. Hice que su amor se ennegreciera hasta confundirse con el odio.
—Raffaele… —susurré sin querer.
—Y lo más terrible es que ese odio también iba dirigido hacia él mismo. Se aborreció por haberme amado y por haberme perdido. ¿Imaginas lo infeliz que fue?
—Tú también lo eras…
—Sí, pero al menos yo era el autor de la tragedia y no su víctima. Tenía en mi mano solucionar todo con una simple palabra y no quise pronunciarla. Preferí maldecirme a mí mismo, estampar en mi alma el estigma de haber hecho lo imperdonable, privando a Miguel de la oportunidad de darme o negarme su perdón. De esa forma lo mantuve prisionero. ¿Entiendes?
—Lo intento, pero…
—Tú estás haciendo lo mismo. Es cierto que pides perdón, pero te niegas a aceptarlo cuando te lo dan. Igual que yo, niegas a Maurice la oportunidad de dejar atrás el dolor. ¿Y todo por qué, mi querido amigo? ¡Por tu orgullo!
—¿Qué dices? —estaba confundido y algo dentro de mí tembló de ira al escuchar aquello.
—Así es. Igual que yo, prefieres quedarte anclado en tu miseria a aceptar la misericordia de alguien más, porque eso es lo mismo que reconocer esa alma enana que tienes, y la grandeza de quien te ama incondicionalmente.
—No entiendo…
—Porque eres tonto. Yo lo entendí a la primera cuando Maurice me lo explicó. Le conté lo que me había dicho Miguel porque me sentía muy angustiado, ya sabes que mi pequeño pelirrojo es quien siempre pone paz en mis peores tormentas. ¡Ah! ¡Pasamos largas horas hablando! ¡No imaginas lo dulce que fue al consolarme!
De nuevo sentí que algo se revolvía en mis entrañas. Sujeté las sábanas y estuve a punto de levantarme. Él se regodeó en mi reacción y continuó con una sonrisa de zorro.
—Mi precioso Maurice me ayudó a ver  que mi negativa a perdonarme a mí mismo, y pedir el perdón de Miguel, se debía al orgullo. Dijo que yo prefería el traje de juez de mis propios crímenes a la desnudez de un pecador perdonado, y la soledad del culpable a la vulnerabilidad de quien recibe sin merecerlo otra oportunidad. Poco a poco me demostró que estaba actuando como un perfecto idiota. Tal y como tú lo haces ahora, por cierto.
Me quedé sin palabras. Realmente no abarcaba lo que quería decirme pero sentía que me quemaba por dentro.  Algo empezó a moverse en mi interior, una muralla estaba desmoronándose.
—No sé qué hacer, Raffaele…
—En primer lugar, reconoce que tengo razón —bromeó.
—¡Ni siquiera entiendo lo que dices!
—Tranquilo, aunque ahora seas corto de mente, te seguiremos queriendo —dijo sentándose en la cama para darme unas palmadas en la cabeza—. Vamos, cámbiate de ropa y  prepárate para salir.
—Si te hubiera hecho caso ese día… si hubiera buscado a Maurice antes que se marcharan a Nápoles…
—¡Oh! Respecto a eso… Te mentí —dijo con una sonrisa apenada.
—¿Qué?
—El viaje a Nápoles nunca ocurrió. Te lo dije para obligarte a venir a ver a Maurice, cosa que tristemente no hiciste —la sonrisa desapareció y dejó paso  una expresión de desasosiego—. Si eso influyó para que quemaras tus manos, créeme que no fue mi intención. He querido pedirte perdón por eso todo el tiempo —tomó mis manos entre las suyas y se inclinó para besarlas. Me estremecí, no sentí el roce de sus labios en mis palmas.
—No, no fue por eso —respondí tranquilizándolo—. Simplemente no pude soportar lo que le hice a Maurice…
—Deja eso atrás. Ahora al fin puedes estar con él.  
—No es tan fácil…
—Empieza por salir de la cama y vestirte. Miguel va a llevarte de paseo y no puedes negarte. Yo voy a visitar a Joseph con Maurice.
De nada valieron mis protestas, si Raffaele era terco, Miguel era un tirano obstinado. Entró unos minutos después para obligarme a acompañarlo.
Durante el recorrido hacia París. Se negó a decirme a dónde íbamos, con la excusa de que era una sorpresa agradable. Me intimidaba exponerme ante otros, así fueran nuestros amigos, la deformidad de mis manos me hacía sentir disminuido. A cada instante trataba de ocultarlas tras los encajes de mi blusa. Miguel lo notó, sin duda.
—Tengo un regalo para ti —dijo—. Bueno, uno de muchos que pienso darte hoy.
Me ofreció una caja delgada y alargada. Al abrir la encontré un par de guantes grises. Lo miré asombrado, demostró sus manos enguantadas.
—Creo saber lo que sientes, Vassili. No tienes que disimular, si quieres llorar, hazlo. Yo no me quebraré como lo hace Maurice, pienso que mereces todo lo que estás padeciendo.
Como si hubiera recibido una orden ineludible, comencé a llorar. Lloré a gritos, al fin, sin tener que contenerme. Lloré por la oportunidad de ser feliz que había desperdiciado, por mis manos quemadas, por toda la culpa que sentía, por no ser el hombre que quería ser. Lloré sin parar.
Cuando ya no tuve fuerzas para seguir derramando mi dolor, me di cuenta de que el carruaje se había detenido en algún lugar junto al Sena, y que Miguel se encontraba sentado a mi lado y me abrazaba.
—Ahora deja que tus lágrimas se lleven todo el pasado —susurró con cariño—. Es tiempo de empezar de nuevo.
—No lo merezco…
—¡Deja de hacerte el idiota! Dices eso, pero eres tan orgulloso que piensas que Maurice nunca va a amar a nadie como te ama a ti.
—Yo no…
—Pues deberías pensarlo, porque es verdad. Así que tienes el deber de hacerlo feliz y para eso debes ser feliz tú.
—Voy a hacerle daño…
—Ya lo estás haciendo. Si Maurice continúa sufriendo por ti, enfermará. Entonces, yo te pondré una bala entre los ojos y Raffaele atará tu cadáver a su caballo para arrastrarlo por todo París.
—Suena como algo que ustedes harían —dije sorprendido.
—No lo dudes —afirmó sonriendo con malicia—. Por tanto, mi querido Vassili, levántate de tus cenizas y muéstranos que todavía sabes hacer que amanezca.
—Maurice también te dijo eso.
—Sí, pero yo lo averigüé antes por mi cuenta. De no ser por ti, aún estaría dentro de una prisión de odio y amargura. Por eso quiero devolverte el favor.
—Gracias, Miguel. Este paseo me ha hecho bien —estreché sus manos lleno de gratitud.
—En realidad, no te traje de paseo. Vamos a París para comprarte algo de ropa. Has estado usando la de Raffaele y, la verdad, no te queda bien.
—No tengo dinero…
—Yo tengo de sobra —se mofó—. A diferencia de ti, no lo he gastado en putos.
—Por favor, no menciones eso —la imagen de Sora me golpeó. ¿Qué habría sido de él?
—Es mi manera de hacerte ver que te quiero a pesar de que eres un idiota —me dio un beso en la mejilla y mostró todos sus dientes en una sonrisa fiera.
No pude evitar sonreír también, me hizo gracia su espinosa bondad. Detrás de todo aquel discurso, además de amenazas, encontré la ternura que sólo Miguel sabía darme. Propia de su personalidad en constante conflicto, y de la fortaleza que brotaba de toda la sangre y lágrimas que le habían hecho derramar.
Me ayudó a colocar los guantes. La ausencia de sensación en algunas partes de mis manos ya resultaba inquietante. Empecé a entender que las quemaduras me habían dejado algo más que cicatrices.
Llegamos a la casa de Monsieur Vaubernier, que ya tenía preparado una docena de trajes. Toda una fortuna.
—Maurice, Raffaele y yo deseamos verte tan elegante como siempre —afirmó Miguel.
No valieron mis negativas, tuve que ceder. Me probé los trajes  y dejé que el modisto calculará las puntadas necesarias para dejarlos a mi medida. Acordamos que los enviaría al Palacio de las Ninfas en cuanto estuvieran terminados.
Al final de la visita, mientras me mostraban una colección de guantes, vi a Miguel contemplando los vestidos de dama en los que trabajaban varias costureras.
—Seguramente te verías bien con uno de ellos —susurré a su oído cuando se acercó—. Me atrevo a apostar que estarías más hermoso que todas las mujeres de París.
—¡Yo también lo creo! —exclamó el entrometido de Vaubernier—. Y me gustaría demostrarlo. ¿Por qué no se prueba uno de mis vestidos? Puedo hacer que se vea más hermoso que Madame Du Barry.
Nos espantó con su propuesta. Pronto entendimos que lo hacía de buena fe, aquel hombre tenía mucho en común con Miguel. Insistió hasta que logró convencernos. Se llevó a mi amigo a otra habitación, junto con su sirviente de confianza, quien probablemente también era su amante.
Tuve que esperar junto a la puerta hasta que terminaron de vestirlo y me dejaron entrar. El resultado final superó mis expectativas, contemplé a Miguel luciendo un bello vestido blanco estampado con delicadas flores. El traje tenía un escote alto y relleno para darle formas femeninas a quien lo portara; pude hacerme una clara idea de la mujer que mi amigo debió ser si el destino no le hubiera jugado una mala pasada.
Al verle sonreír nervioso, esperando mi reacción, tomé su mano, enfundada ahora en un elegante guante blanco, y deposité un beso en esta.
—Te ves hermosa —declaré sincero y lo llevé ante el espejo que tenían preparado. Sonrió ilusionado al verse. Me sentí dichoso—. Debes dejar que Raffaele te vea alguna vez así.
—Temo que soy muy cobarde como para hacerlo —respondió con vergüenza.
—Tonterías. No conozco a nadie más valiente que tú. No importa cuánto has sufrido, ahora estás decidido a ser feliz. Voy a seguir tu ejemplo.
Sonrió radiante y me dio un tímido beso en los labios.
—No sabes cuánto deseo verte dichoso otra vez, Vassili —declaró conmoviéndome.
—¡Hacen una excelente pareja! —soltó Vaubernier embelesado. Su sirviente lo secundó aplaudiendo. Miguel y yo nos echamos a reír.
Después señaló que ese vestido era de su propiedad, y que con gusto haría uno nuevo para Miguel. Este se negó de inmediato. Antes de marcharnos, decidí encargar tres vestidos para Miguel en secreto, cada uno de un color diferente: rojo, blanco y verde oscuro, sus colores favoritos.  Indiqué que los cargaran a la cuenta de Raffaele.
Durante el camino de regreso, sentí que me habían quitado un peso de encima. Como si Miguel y Raffaele me permitieran seguir existiendo a pesar de no justificar mis acciones. Aquel fue el primer paso para aceptar el perdón incondicional de Maurice y atreverme a seguir a  su lado.
Lo encontramos con Raffaele en la habitación secreta. Como discutían, nos acercamos en silencio para averiguar qué pasaba. Se encontraban sentados uno junto al otro ante el escritorio.
—¡Eres mejor que yo en eso! —se quejaba Maurice —. Continúa solo.
—Nada de eso, prometiste a Joseph que lo harías. Te dije que debíamos contratar a alguien.
—¡Odio hacer cuentas! —gritó levantándose de su silla con intención de  marcharse.
—¡No te atrevas a dejarme con este lio! —replicó Raffaele atrapándolo por la cintura y obligándolo a sentarse en sus piernas.
No pude contenerme, entré de inmediato con ganas de separarlos.
–Así que ya han regresado —exclamó Raffaele sonriendo con picardía, mientras envolvía aún más a su primo. Este se quedó dócilmente entre sus brazos, como si al verme le hubieran abandonado las fuerzas—. ¿Te han gustado los trajes de Vaubernier?
—Sí, son excelentes, muchas gracias.
—Por supuesto, los he elegido yo —se vanaglorió Miguel—. Tengo un gusto superior al de cualquier francés.
—¡Eso sería un milagro considerando lo toscos que son los españoles! —repliqué enseguida. Mi sangre francesa no podía dejar de hervir ante cualquier pretensión extranjera.
—Parece que el querido Vassili ya se siente mucho mejor. ¿Lo ves, Maurice? Te dije que salir a distraerse le vendría bien.
Mi pelirrojo evadió verme y  bajó la cabeza. Me acerqué al escritorio.
—¿Qué hacen? —pregunté sin rodeos.
—Jugando, ¿no nos ves? —respondió con descaro—. Jugamos a los amantes secretos…
—¡No hagas semejante broma! —se levantó alarmado Maurice—. ¡Se lo puede creer!
—Si se lo cree es idiota… ¡ah! Lo olvidé, si algo hemos aprendido es que Vassili es idiota —se burló Raffaele.
—Es una pena que no hayas aprendido a ser gracioso —repliqué sarcástico, Raffaele soltó una carcajada.
—¡Que gusto verte de buen humor, Vassili! El papel de llorón nos tenía aburridos. Y ya que estás mejor, ven a hacer tu trabajo. Joseph está furioso porque no nos dan las cuentas.
Me mostró el cuaderno que tenían sobre el escritorio, era el que yo usaba para llevar el registro de gastos de los trabajos en la Iglesia y el hospicio.
—Creí que lo había dejado en mi casa —repuse sentándome en la silla que Raffaele me ofreció de inmediato, feliz de librarse de aquella tarea.
—Didier lo trajo —señaló Maurice algo retraído.  
Empecé a pasar las páginas. Fui indignándome poco a poco hasta que estallé dando a la mesa un golpe que hizo saltar a todos.
—¡¿Qué es este desastre?! Yo llevaba todo en un orden perfecto y con limpieza inmaculada. ¡Ahora esto parece el cuaderno de un niño!
—A ninguno de los dos se nos dan los números —se excusó Raffaele ocultándose tras Maurice—. Y Miguel no quiso ayudar.
—Yo estaba ocupado terminando los cuadros de la Iglesia de San Gabriel… y odio hacer cuentas.
—¡Ah, qué desastre! —exclamé al leer las últimas hojas, me levanté para enfrentarlos—. ¿Por qué compraron materiales a Monsieur Ader? Es un usurero. Yo compro todo a Monsieur Cocteau.
—No sabíamos —balbuceó el heredero de los Alençon.
—¿Y para qué contrataron más obreros?
—Queríamos terminar antes del invierno —respondió titubeando Maurice.
—Sébastien no sabe dirigir. Siempre se concentra en unos pocos y los demás aprovechan para holgazanear. ¡Está claro que ustedes han dilapidado el dinero como tontos!
—También está claro por qué Joseph te extraña tanto: los dos son unos tacaños —se burló Raffaele. La mirada que le dediqué le borró la sonrisa y lo hizo retroceder unos pasos.
—Lo lamento, Vassili —dijo Maurice—. Intentamos ayudar pero no teníamos idea de todo lo que hacías para administrar los trabajos en San Gabriel.
Su voz me calmó de inmediato, y al verlo preocupado, olvidé todo. Sonreí y me disculpé por haber perdido los estribos.
—Volveré a organizar todo. No hay problema. Espero tenerlo listo para cuando vuelva tu tío, confieso que quería impresionarlo.
—Ya lo has hecho —indicó Maurice acercándose—. Antes de arruinarlo, mostramos el cuaderno a tío Philippe y dijo que eras un excelente administrador.
—¿Philippe estuvo aquí?
—Pasó por aquí antes de volver a Nápoles —contestó Raffaele—. Incluso estuvo cuidándote durante el día y la noche para que nosotros descansáramos.
—Tú estabas dormido por el brebaje de Claudie —agregó Maurice.
—Tuviste de enfermero al Duque de Alençon, Vassili. No todos pueden decir lo mismo —se burló Miguel.
La imagen de Philippe junto a mi lecho de enfermo me dejó sin palabras, lleno de gratitud y ternura. ¡Cuánto amaba su calidez! Sentí mi rostro incandescente, estaba seguro de que mi expresión era la de un tonto embelesado.
—Ahora recuerdo que te escribió varias cartas… Debo haberlas dejado en algún lugar… —murmuró Raffaele sacándome de mi ensueño.
—¿Qué? ¿Dónde están? ¿Las has perdido?
—Claro que no, deben estar con el resto de tu correspondencia —hizo un guiño que me hizo temer. Podía imaginar a qué se refería—. Te lo entregaré todo después.
—Me parece bien, dejémoslo para después. Voy a arreglar eso primero.  
Volví a sentarme y arranqué las hojas que consideraba impresentables. Al tomar la pluma comprobé que aún no podía escribir, me dolía la mano y mi trazo era desastroso.
—¿Quieres que te ayude? —escuché decir a Maurice. Le miré sorprendido.
—Pero a ti no te gusta hacer cuentas…
—Sólo escribiré los números. Tú te encargas de sumarlos.
—Deja que te ayude. Maurice tiene buena letra cuando quiere —intervino Raffaele revolviendo los cabellos rojos de su primo—. Miguel y yo nos vamos a hacer el amor en algún rincón del palacio.
—Podemos hacerlo en el salón oval —replicó divertido Miguel—, así la vieja Agnes puede descubrirnos y morirse de la impresión.
—No seas cruel, vida mía. Si dejamos a tía Severine sin su mascota, tendrá más tiempo para incordiarnos.
Los dos salieron riendo a carcajadas.
—Son como niños —se quejó Maurice lanzando un suspiro.
Luego ocupó la silla a mi lado. Le entregué la pluma y arrimé el cuaderno hacia él. Cuando estuvo listo, comencé a dictarle cantidades y nombres. Escribió con pulcritud, era evidente que se esforzaba mucho.
¿Por qué hacía algo que no le gustaba? Por mí. Y así había sido siempre. Por mí había encontrado luz y por mí había caído en un abismo. Por mí había reído y llorado. Y por mí estaba sufriendo ahora mismo… Ya era tiempo de que fuera feliz.
—Has adelgazado —dije contemplándolo.
—No mucho —respondió mientras trataba de hacer un ocho perfecto. Sacaba la lengua cuando se concentraba al escribir, me reí en secreto.
Estudié su rostro, efectivamente había adelgazado y eso era malo. El frío del otoño y la helada del invierno podían hacerle enfermar. Debió irse a Nápoles antes de que cambiara la estación y no lo hizo… por mí.
—Maurice, quiero decirte algo —ladeó su cuerpo para verme de frente—. Perdóname por hacerte sufrir.
—Ya está bien —respondió incómodo.
—No, nada va a estar bien hasta que te diga esto. Escúchame por favor —soltó la pluma, bajó la cabeza y apretó las manos sobre sus muslos—. Mírame, te lo ruego… —levanté su rostro empujando su barbilla con mi mano—. Realmente lamento todo lo que te he hecho pasar.
—Es suficiente, por favor. No sigas pidiendo perdón. Lo que quiero que me digas es si soy el único que desea que nuestra historia continúe.
Pude contemplar en sus bellos ojos, vidriosos ya, el escarpado camino que recorrió durante aquellos meses. Todo lo que había padecido ante mis malas decisiones y la terrible agonía en la que caí por las quemaduras. Vi claramente como aquello se había transformado ahora en una sola cosa: expectación. Él esperaba. La decisión de seguir juntos o separarnos era mía.
—Te amo —declaré acercándome para besarlo.
Sentí que se estremecía y luego aferraba mi rostro con sus manos, entregándose por completo en aquel beso. Yo lo recibí agradecido y me ofrecí a él sin reservas. Terminamos abrazados, sin aliento, incapaces de retener las lágrimas y reprimir nuestra alegría.
Pude haberle llevado a la cama en ese momento, estaba seguro de que él lo deseaba tanto como yo, pero había algo que resolver antes de dar ese paso. No iba dejar ningún cabo suelto esta vez, no quería permitirme volver a herir a quien amaba como lo había hecho antes.
—Quiero pedirte un favor, Maurice. Necesito que me des un tiempo a solas, debo pensar en lo que voy a hacer de ahora en adelante.
—Pero…
—Por favor…
—De acuerdo. ¿Qué quieres hacer?
—Por lo pronto, bajemos a comer. No he almorzado y tengo hambre. Después quiero pasar un tiempo a solas.
Aceptó fingiendo una sonrisa. Él tampoco había almorzado así que me acompañó al comedor. Me llevé una sorpresa cuando fueron presentándose uno a uno todos los sirvientes de la casa para darme la enhorabuena por mi recuperación. Ni siquiera recordaba haber visto a algunos de ellos antes.
Lograron conmoverme cuando me contaron que se reunían todos los días para orar por mí, tal y como Maurice les había enseñado. El hecho de que yo renegara de la fe no significaba que no fuera a agradecer el que se tomaran un tiempo para hacer algo por mí. ¡Cuán ciego estuve toda mi vida al no considerar lo grandes que pueden ser los últimos en nuestra sociedad!
Tal y como anuncié, me encerré en mi habitación antes del atardecer. Tenía que enfrentar a mi principal juez y verdugo. Lo conocía y a la vez me resultaba un misterio. Necesitaba entenderlo para que dejara de arruinar todas mis oportunidades de ser feliz, sus desvaríos ya me habían llevado a lo más profundo de un abismo.
—¿Qué vas a hacer ahora, Vassili Du Croisés? —dije al hombre en el espejo.
Empecé a librar una batalla conmigo mismo. No quería más sorpresas fruto de mi capricho, era necesario desmontarme y volver a construirme con pleno conocimiento de mis recovecos más oscuros. Tenía que reconocer que en mis veintiocho años de vida no había logrado alcanzar la madurez de un adulto.
—Es una vergüenza —me dije—, pero es lógico que seas así considerando la vida regalada que has tenido.
Efectivamente, hasta que murió mi madre viví en un ambiente en el que todo estaba definido. Nunca pasé grandes dificultades o me vi obligado a tomar importantes decisiones. De no haber caído en aquel terrible estado en el que todo perdió sentido, todavía estaría representando el papel que me asignaron mi padre y mi tío. Jamás hubiera conocido la persona que realmente yo era.
¿Y quién demonios era yo? Un hombre capaz de lo impensable, nada más y nada menos. Mis acciones contradecían la educación que recibí como abate jansenista. Mis sentimientos y emociones ya no podían contenerse dentro del traje negro. Había caminado en sentido contrario al destino que me marcaron y estuve perdido hasta que conocí a Maurice.
El me amó y aceptó tal y como era, a pesar de que yo mismo me odiaba. Me aferré a él por eso, sin duda. Luego me fascinó al conocerlo en toda su belleza y misterio, hasta que nació un amor fusionado con la pasión y el deseo. Amarlo me cambió por completo porque permitió que revelara todos mis ángulos. Despertó lo mejor de mí, intensificó la luz y reveló mi oscuridad.
Maurice se convirtió en mi todo… pero yo quise más. Me sedujo el placer y ahí estuvo mi perdición. Yo era un hombre vano y egoísta, capaz de dejarse guiar por su antojo aunque fuera por un camino en el que pisoteaba al mismo Maurice y, sobre todo, a Sora.
—Ya no puedo excusarme más, he sido un miserable —reconocí con amargura.
Al verme a los ojos en el espejo, me di cuenta de que era un error odiarme. De haber estado ante otra persona le habría dicho que aquellos errores estaban en el pasado, que siguiera adelante y recibiera el perdón que le ofrecían.
—Raffaele tiene razón, es mi orgullo lo que no me deja aceptar el amor incondicional de Maurice.
Amor incondicional era un concepto completamente desconocido para mí. Desde niño me habían demostrado amor cuando lo merecía. Crecí con la idea de que la vida consistía en ganar méritos ante Dios y la sociedad. Nadie obtenía nada que no le viniera por derecho de nacimiento o recompensa por sus acciones.
El mismo perdón de los pecados se obtenía mediante una severa penitencia. ¿Cuántas veces usé el cilicio o me discipliné con un látigo para ganar méritos ante Dios e hinchar mi propio orgullo? Mi piedad sólo era autocomplacencia. Mis escrúpulos, ego herido. Mi fe, una farsa. Y aún así, nunca se encontraría un jansenista más perfecto que yo. Aquella doctrina misma tan solo era un exquisito compendio de soberbia.
Recuerdo que quise golpear el espejo al darme cuenta de que, a pesar de haber renunciado a toda creencia en Dios, seguía siendo jansenista. Mi manera de entender la vida, al mundo y a mí mismo la había aprendido de mi padre, mi tío, mis maestros y todos cuantos me rodearon durante mi infancia, esos años en los que, como una esponja, fui absorbiendo valores, criterios y enmarañadas estructuras que dieron forma a mi propio pensamiento.
—¡Ah, Vassili, por eso Maurice ha echado por tierra todo lo que aprendiste un sin fin de veces! ¡Y pensar que te jactaste de conocer la vida mejor que él! ¡Has sido un necio! ¡Deja ya esa estúpida manera de pensar tuya, esos prejuicios tan pomposos e irracionales a los que te aferras tanto!
Me dejé caer en un sillón, derrotado y humillado. No tenía nada, ni siquiera criterios. Era insalvable. Sin embargo, aquello no podía ser del todo cierto. Al menos era capaz de aprender. Eso había demostrado desde que Maurice abrió las cortinas de mi habitación, en mi villa, aquel memorable día de nuestro reencuentro.
Gracias a su abrazo, a su acogida incondicional hacia el borracho arruinado que era yo, pude ayudar a Raffaele y a Miguel después. ¡También pude ayudar al mismo Maurice! ¿No decía él que yo engendraba el amanecer? Pues era cierto, lo había hecho. Pero solo porque antes él me había liberado de mi oscuridad.
—¡Puedo ser mejor si me quedo con Maurice! —declaré—. Pero no quiero ser un inútil a su lado, quiero hacerlo feliz, protegerlo, ayudarlo. ¡Tengo que ser su igual y no un niño problemático al que tenga que cuidar porque no sabe lo que quiere!
Era tiempo de cambiar. Estaba jugándome mi vida y la suya. Ya había comprobado que podía hacerlo feliz o terriblemente miserable. No podía tomarme el asunto a la ligera.
—Nada gano odiándome a mí mismo. Esto es lo que soy, debo aceptarme y avanzar. Incluso debo amarme tal cual soy… Después de todo, Maurice me ama.
Entonces apareció el último resquicio de mi orgullo. Aceptar ese amor incondicional significaba colocarme en una posición muy vulnerable. Él podría destrozarme con una simple palabra. Era un salto de absoluta confianza en Maurice.
Me levanté. Respiré profundo y me acerqué al espejo. Puse mi mano sobre este y sonreí al fin.
—Voy a dejar mi orgullo. Aceptaré lo que no merezco y confiaré en él porque es innegable que Maurice nunca me ha fallado.
Ya no tenía título ni una familia que me respaldara. Carecía de dinero y mi futuro era incierto. Mi cuerpo y mi alma habían sido marcados por el fuego para siempre... Se podía decir que no me quedaba nada y, a pesar de eso, me sentí afortunado.
Una inmensa paz se apoderó de mí. La alegría y la esperanza vinieron a vestirme. Al fin había tomado la decisión que dejaba fuera mi egoísmo y me convertí en un hombre libre…
Sentí que empezaba una nueva vida, quise correr a buscar a Maurice y decirle, con sinceridad plena, que le amaría durante cada instante de mi vida. Al ver que ya era de noche, decidí esperar. Dirigí el sillón hacia la puerta y me senté. No podía dejar de sonreír confiado. Casi una hora después, esta se abrió como esperaba.
Mi amante de fuego venía a mí cubierto con el manto de la incertidumbre y las cicatrices de la tristeza. Avancé hacia él, como Moisés ante la zarza ardiendo, lo abracé y dejé que mi corazón hablara.

—¡Maurice, quiero pasar el resto de mi vida a tu lado!  
***


Parte III
Se quedó en silencio y no correspondió a mi abrazo, lo solté para saber por qué. A la luz de los quinqués pude notar sus ojos muy abiertos y una expresión que me hizo sonreír.
—No te sorprendas tanto, nadie en su sano juicio te dejaría, mi querido Maurice. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Volví a abrazarlo y entonces sí reaccionó. Me sujetó con fuerza, temblando de emoción.
—Creí que ibas a irte… —dijo con la voz entrecortada—. Tenía tanto miedo… dijiste que te hacía daño y…
—Olvida lo que dije, he sido un imbécil. Perdóname...
—¡Oh, Vassili, cállate y bésame!
Obedecí en el acto. Otra vez nuestros besos se volvieron interminables, impetuosos, demandantes… tuvimos que recostarnos contra la puerta para no perder el equilibrio.
—Cierra bien —ordenó—. Agnes pasea por el corredor por las noches, no quiero que nos descubra. Esta noche voy a hacer el amor contigo aunque tenga que obligarte.
—¡No tengo nada contra eso! —respondí riendo.
Lo levanté y eché su cuerpo sobre mi hombro, pasé la llave y fui hasta la cama. Podía escucharlo reírse mientras protestaba por semejante trato.
Al dejarlo sobre el colchón abrió los brazos invitándome, me recosté sobre él. Los dos estuvimos mirándonos en silencio por un momento, diciendo sin palabras toda nuestra historia y lo que anhelábamos para el mañana. Estaba más hermoso que nunca.
—Te amo —dijo llenándolo todo de luz—. También quiero pasar el resto de mi vida contigo.
—¿Aunque soy un miserable?
—¿Quién no lo es?
—De verdad puedes perdonarme todo lo que he hecho? Yo… yo incluso dormí con tus…
—¡Basta! —se apresuró a decir colocando sus dedos en mis labios—. No necesitas confesar tus pecados una y otra vez. Te perdoné en el mismo momento en que rompiste mi corazón. Me marché porque lo que proponías era una locura y nunca íbamos a ser felices.
—Lo sé. No volveré a pedirte algo así jamás. En cuanto a lo que preguntaste ese día, ya tengo una respuesta —me senté en la cama, él hizo lo mismo. Quedamos frente a frente.
—¿Qué cosa?
—Preguntaste qué eras para mí. Escucha bien: eres mi vida. Tú no solo llenas de sentido mi existencia, también la haces posible. Sin ti yo simplemente no existo.
Volvió a mostrarse sorprendido. Me felicité por dejarlo sin palabras dos veces en una noche. Nos fundimos en un beso que fue haciéndose más intenso a cada instante y nuestros cuerpos exigieron ser uno por completo.  Se quitó la camisa y me ayudó a liberarme de la mía, no fui capaz de deshacer la corbata.  
En el momento en que intentó quitarme uno de los guantes, me paralicé.
—Espera… no lo hagas. Mis manos son horrendas.
—Vassili, no es así. Están mucho mejor ahora.
—¡No quiero tocarte con ellas!
—¡Ya tuve suficiente! —rugió. Me empujó para que cayera de espaldas en la cama—.  Escúchame, ya no hay remedio, tus manos están deformes, pero al menos no duelen tanto y pronto podrás usarlas como antes. Quiero que me toques con ellas y que hagamos el amor como antes…
Retiró el guante de mi mano derecha y me obligó a colocarla sobre su mejilla. Cerré los ojos horrorizado del contraste entre mi piel quemada y la lozanía de la suya, era la imagen de nuestra relación, lo infame atreviéndose a tocar lo sagrado…
—¡No lo soporto! —grité— ¡Ni siquiera puedo sentirte con ellas!
—Entonces, siénteme con todo tu cuerpo. ¡Necesito que volvamos a ser uno! ¡No hagas que te suplique!
—Pero…
—Después que me enseñaste el lenguaje de la piel ¿pretendes que enmudezca? —susurró rozando mis labios con los suyos.
—Has cambiado tanto —respondí asombrado—. Y pensar que un día creí que eras frío y que nunca sentirías pasión por mí.
—Es que te amo... ¡No puedo ser feliz sin ti!
—Yo tampoco puedo serlo, pero estoy consciente de que no  te conviene estar conmigo. Puede que nunca sea capaz de ser el hombre que mereces.
—Ya he aprendido a lidiar contigo, no te preocupes. No voy a dejar que me rompas el corazón otra vez, por tu bien y por el mío. Y te advierto que lo único que no puedo perdonar es que te vuelvas aburrido por disculparte a cada minuto.
Nos reímos de su amenaza. Volvió a besarme; luego empezó a lamer mi cuello, la sensación que despertó hizo que me rindiera a su voluntad. Maurice era una llama dispuesta a consumirme por completo y yo quería que lo hiciera. Cuando retiró el otro guante no repliqué.
Terminamos de desnudarnos, se colocó sobre mi vientre y enlazó sus manos con las mías, apoyándolas a ambos lados de mi cabeza. Se inclinó para besarme y levantó la cadera rozando mi miembro que ya estaba expectante. Entendí lo que quería hacer.
—Espera, si no usas el bálsamo, lo vas a lamentar.
—Es cierto, las rúbricas, las rúbricas… —dijo con gracia. Solté una carcajada.
—Me gusta tanto tu risa, Vassili…
—Tú eres la fuente de mi alegría —contesté embelesado.
Agradeció mi comentario con un beso. Fue a buscar en un armario el frasco que tanto tiempo tenía sin ver. Al preguntarle cómo sabía que estaba allí, respondió que él mismo lo había guardado en ese lugar. Me di cuenta de lo mucho que había estado esperando aquel momento… ¡Qué feliz fui!
Siguió todas las rúbricas para dejarme entrar en él sentándose sobre mí. Apoyó sus manos en mi pecho mientras se balanceaba dándome una fricción deliciosa. Lo sujeté con fuerza de la cintura para ayudarlo, él aferró mis brazos y siguió con un ritmo frenético. Los dos nos dejamos llevar por el deseo.
Su rostro  mostraba fiereza y avivaba mi lujuria. Mi cuerpo era como un viejo violín al que nadie había tocado en mucho tiempo, y del que al fin un virtuoso arrancaba notas gloriosas. La melodía que Maurice interpretaba conmigo era voluptuosa, intensa y conmovedora. El orgasmo representó los acordes más sublimes del placer y del amor.
Grité estremeciéndome como si fuera la primera vez que me derramaba. Se levantó y esperó por mi reacción arrodillado junto a mí.
—Te amo —dije cuando recuperé el aliento.
—Yo también te amo —susurró acercando su boca para lamer mis labios—. Y te deseo más que nada en el mundo.
Aquellos ojos amarillos devorándome, la respiración caliente y pesada y, sobre todo, la actitud acechante, me hicieron ver que él no podía esperar.
—Tómame, Maurice —supliqué apoyando los pies en la cama para levantar la cadera.
Se acomodó entre mis piernas, llenó mi interior de bálsamo y entró en un arrebato. Otra vez no tenía control de sí mismo y eso me gustaba.  Ser capaz de llevarlo a ese estado le daba a mi orgullo algo verdadero para atesorar.
—¡Mi amante de fuego! —susurré entre jadeos.
—¡Tú me convertiste en esto! —respondió con un gruñido—. Ahora vas a tener que lidiar conmigo toda tu vida.
—No tengo otra ambición que esa…
Reí y él arremetió con más fuerza. Tuve que guiarlo para que no me hiciera daño. Como siempre, la falta de experiencia era uno de sus encantos. Los dos nos fundimos en una amalgama de sudor y jadeos que se intensificaron progresivamente, hasta que el orgasmo lo golpeó. Arqueó su cuerpo y contuvo el grito de triunfo. Cuando se echó a mi lado luchaba por respirar.
Me ladeé para abrazarlo. Escondió su rostro en mi pecho y rompió a llorar. Eso no lo esperaba.  
—¡Cuando pienso que estuviste a punto de morir...! —gimió angustiado.
—Olvídalo… ya estoy bien.
Acaricié su espalda lentamente por largo rato, con ternura. Su llanto estrujó mi corazón, intuí que, igual que yo, necesitaba dejar libres aquellas lágrimas. También él llevaba encima la marca de muchas horas de agonía y padecía del agotamiento que deja en el alma la desesperación prolongada.
Lo imaginé junto a mi lecho de enfermo día y noche, contemplándome cuando me estremecía de dolor o estaba sumido en la inconsciencia, temiendo por mi vida a cada instante, aferrado a la esperanza de verme algún día recuperado.
Esperanza que se cumplió a medias por mi insistente melancolía.  ¡Cuánta angustia le hice pasar! ¡Me ocuparía de borrar esos recuerdos tristes cada momento de mi vida!
Una vez que se calmó, estrechó aún más su cuerpo contra el mío.
—No quiero separarme de ti jamás —declaró con firmeza—. Incluso si el mundo entero se pone en nuestra contra, voy a luchar con todas mis fuerzas por tenerte a mi lado.
—¡Por favor, no me dejes echarlo a perder todo de nuevo! —supliqué sincero.  
—No creo que seas tan tonto —respondió sonriendo conmovido—. Pero, no te preocupes, estoy dispuesto a encerrarte y mantenerte atado si es necesario.
—¿Tú manteniéndome atado a una cama, completamente a tu merced?…  Suena tentador. Ya quiero que lo hagas —bromeé.
Soltó una carcajada. Verle tan dichoso hizo que volviera a jurarme  jamás empañar su alegría, también estaba dispuesto a luchar con todas mis fuerzas por él.
—Debemos pensar en qué hacer cuando tío Philippe se entere de nuestra relación —dijo al rato, preocupado—. Seguramente se opondrá al principio. Lo mismo mi padre.
—Hay que procurar mantener el secreto.
—Joseph ya sospecha…
—¡¿Qué?! ¿Cómo? —me senté. Las cosas se estaban complicando antes de lo esperado.  
—Cuando me vio tan angustiado por ti, preguntó por qué me importabas tanto y le dije que te amaba.
—¡Entonces no lo sospecha, se lo has confirmado! —chillé alarmado. Estuve a punto de levantarme, pensé que era el momento de planificar nuestra fuga.  
—Tranquilízate —dijo atrapando mi brazo—, mi hermano tiene poca imaginación. Entendió que te amo como un amigo muy importante.
—¿En serio? Bueno, puede ser… Joseph a veces es más denso que tú.
—¡Yo no soy denso!—protestó sentándose también.
—¡Oh, sí que lo eres! —sujeté su rostro y lo besé en la frente—. Aunque también puedes ser muy sagaz. Eres todo un enigma, Maurice de Gaucourt. Me voy a pasar toda la vida descifrándote.
—Y tú eres una madeja muy enredada, Vassili Du Croisés. Ni la vida eterna será suficiente para deshacer tu maraña.
—Va a costar mucho llevarnos bien —reconocí preocupado.
—Nos las hemos arreglado hasta ahora —aseguró con ánimo, mientras se sentaba entre mis piernas, recostando su espalda en mi pecho.
—Pero… te hice daño…
—No sigas. Yo sabía a lo que me arriesgaba contigo. Si quieres enmendar tu error, hazme el amor cada noche, hasta el fin de los tiempos.
—Ese es mi mayor deseo… —respondí abrazándolo—. Es más, cuando me recupere por completo, te haré el amor todo el día y toda la  noche sin parar. Hoy no tengo fuerzas para más.
De nuevo rió feliz, me sentí redimido. Nos mantuvimos paladeando el júbilo de estar juntos, hasta que el sueño nos dominó por completo.
Al día siguiente, por la tarde, visitamos la calle San Gabriel. La primera persona que quise ver fue al doctor Charles. Se mostró muy contento y amable, interrumpió su trabajo para recibirnos y pidió hablar conmigo a solas en su habitación.
—Escucha Vassili, has sufrido una quemadura muy mala y vas a tener que continuar luchando contra ella  toda tu vida. Cada vez que mires tus cicatrices, seguramente recordarás el dolor y vas a desear que nunca hubiera pasado —al ver la terrible cicatriz en su cabeza, entendí que estaba recibiendo un consejo que sólo él podía darme—. No dejes que te derrote, tú eres más que esas heridas. Eres joven y fuerte, eres un hombre brillante, ¡no te atrevas a considerarte un lisiado! Has sobrevivido, eso es lo único que importa.
—Gracias, doctor —respondí conmovido.
—Y si vuelves a considerar hacerte daño, te juro que te lo haré pagar. ¡Nunca vuelvas a hacer sufrir a la gente que te ama como lo has hecho!
Bajé la cabeza avergonzado, incapaz de decir nada. Apenas conseguí reprimir mis lágrimas.
—Ahora, volvamos abajo. No conviene dejar al Ángel de San Gabriel solo, empezará a jugar al doctor con mis pacientes.
—Maurice sólo quiere ayudar.
—Lo sé, pero su cuerpo es muy débil. Ese muchacho tendrá una vida corta si no cuida mejor su salud —me estremecí al escucharlo y, por supuesto no pude contradecirlo, aquello ya lo tenía confirmado—.  Llévale al palacio en cuanto puedas, hace frío. Pronto estaremos en invierno.
Obedeciendo su advertencia, traté de ser breve en mi encuentro con Sébastien en la iglesia. Nuestro sabio arquitecto me recibió con gritos y aplausos celebrando mi recuperación. Seguía siendo el entusiasta de siempre. Di un rápido informe de todos los pormenores de los trabajos y acordamos volver a vernos en el Palacio de las Ninfas al día siguiente.
Fue una grata sorpresa ver el edificio completamente terminado. Halagué su excelente trabajo y la diligencia que demostró para cumplir el plazo prometido, se sonrojó igual que un niño. ¡Me divertía tanto su cándida personalidad!
El retablo también estaba completo. Me tomé unos minutos para apreciar el cuadro de San Gabriel Arcángel;  lucía magnífico entronizado en el centro. Los otros cuadros también eran hermosos, por supuesto, pero el ángel tenía el rostro del hombre que yo amaba.
—Miguel te ha hecho más alto y fuerte —dije a Maurice, quien se encontraba a mi lado.
—¡Ah! No hagas bromas sobre eso, todo el mundo lo hace —se quejó.
—Bueno, ya sabes cómo serás cuando crezcas.
—¡Eres el peor de todos!
Mis risas se confundieron con las de Sébastien. Maurice no perdonó la broma y quiso marcharse de la iglesia. Al abrir la puerta encontró a varios pilluelos espiando. Los niños entraron corriendo y se lanzaron a mis brazos. Eran mis alumnos, algunos lloraron de alegría. Su cariño me enterneció.
Como Etienne y François los habían recibido en sus grupos, aseguraron que ya sabían leer y escribir. Decidí darles el paseo en carruaje prometido. Pedí al cochero que los llevara de un extremo a otro de la calle mientras nosotros inspeccionábamos  el hospicio.
El edificio estaba a medias todavía por lo que los niños dormían dentro de la Iglesia o en las casas de algunos vecinos. Sébastien estaba decidido a terminarlo antes del invierno, y apresuraba a los obreros como un tirano muy eficiente.
—Ya he convencido a un viejo sacerdote para que se ocupe de la iglesia —señaló Maurice—, pero no encuentro a nadie que quiera encargarse del hospicio. Tendremos que recurrir a las Hijas de la Caridad.
—Esas mujeres no me gustan —rezongué.
—Si no aparece nadie más, tendrás que entenderte con ellas. Y te informo  que tú tampoco le agradas a ellas —se burló.
Etienne y François llegaron en ese momento.  Mostraron una gran alegría al verme. Ambos me habían visitado mientras estuve convaleciente en el Palacio de las Ninfas, yo no lo recordaba a causa del brebaje de Daladier.
Hablamos dentro de la iglesia donde los pilluelos se estaban congregando para recibir sus lecciones. En algún momento Etienne mencionó los problemas que estaba teniendo para llevar adelante sus estudios, su nuevo trabajo cargando sacos en una fábrica de harina y las lecciones a los niños. No se quejaba, se reía de sus dificultades. Lo mismo hacía François. Entendí que aquellos hombres sin título eran libres... ¡Otra prueba más de lo equivocado que yo había estado!
Aproveché un momento, en que Maurice y François hablaban de algún libro, para expresar  mi admiración a Etienne.
—Te envidio, eres capaz de labrar tu futuro con tus propias manos. Yo no soy nadie sin un título y el apoyo de mi familia. Ya ves que ahora hasta la ropa que traigo encima han tenido que regalármela. Me gustaría ser como tú.
—Bueno —dijo después de pensar un momento—. ¿Sabes gramática?
—Por supuesto.
—¿Latín?
—Soy excelente en latín y también en griego.
—Para mí una buena gramática y el dominio del latín son un lujo del que no dispongo. Si me das unas lecciones antes de que me destruyan en los exámenes, te pagaré con gusto.
—¿Qué dices? Yo nunca pediría dinero por enseñarte.
—Harías mal, enseñar es un duro trabajo y yo estaría más que dispuesto a pagar a cualquiera que me ayude a mejorar. Verás, no tuve buenos maestros de niño y ahora sufro las consecuencias. Se podría decir que trato de construir un gran edificio sobre una casucha de campesino. En la misma situación se encuentran muchos compañeros, los maestros de la universidad se dan aires de grandeza y suelen humillarnos, dicen que debemos regresar al parvulario.
—Lamento escuchar eso…
—Mi querido Vassili, en tu cabeza tienes un tesoro invaluable. La educación que recibiste es todo lo que necesitas para forjarte una vida. Además, con tu don de gentes, seguramente serás un gran maestro.
Abrí los ojos asombrado, Etienne estaba mostrándome un camino.
—¡Podría ganar dinero enseñando y valerme por mí mismo!
—Así es. Claro que no ganarás mucho, pero no te desesperes, no estás desamparado. Tus amigos te han dado un techo y ropa porque te quieren,  no te sientas mal por eso. No hay nada mejor que un amigo fiel y tú cuentas con muchos. Considérame uno de ellos, por favor.
—Gracias, Etienne. No imaginas cuan honrado me siento de tener tu amistad después de lo que me has visto hacer.
—Eso está olvidado, Vassili. Estoy feliz de que ahora te encuentres bien.
Enseguida le contamos a los otros dos nuestros planes. Maurice se mostró muy entusiasmado y François quiso apuntarse a las lecciones de inmediato.
—Seguramente puedo conseguir más alumnos para mañana —afirmó Etienne.
—Eso estaría muy bien —respondí lleno de deseos de empezar lo que parecía ser el comienzo de una nueva vida.
—Si tienes paciencia y trabajas duro, algún día podrás comprar una casa, enamorarte y casarte con una buena mujer, y ser feliz —declaró François, compartiendo su futuro ideal conmigo.
—Ya soy feliz en este momento —respondí mirando a Maurice.
Quería gritar ante todos que lo amaba y que lo que más deseaba era pasar el resto de mi vida a su lado. Puesto que no tenía idea de cómo reaccionarían nuestros amigos, me limité a sonreír.
Etienne ofreció su casa para las lecciones, durante toda la tarde del siguiente día estuve enseñando cosas que para mí eran elementales, y que él y sus compañeros no habían aprendido correctamente.
Al regresar al Palacio de las Ninfas con mis bolsillos llenos de monedas, una suma ridícula si se comparaba con lo que estaba acostumbrado a gastar, me sentí el hombre más rico del mundo.
—Comprar una casa… — murmuré y cerré los ojos imaginando que sacaba a Maurice de ese palacio lleno de malos recuerdos y lo llevaba a una bonita casa, junto a un lago. Sonreí como un tonto. Luego recapacité en que posiblemente fuera él quien tomara la iniciativa de buscarnos un techo.
—Tengo un amante de fuego —me regodeé.
Encontré a Raffaele esperando en mi habitación. La expresión grave que mostró hizo que se formara un nudo en mi estómago.
—He estado buscando la ocasión de entregarte la correspondencia —dijo muy serio.
Colocó varios sobres sobre mi escritorio y salió a buscar algo más. Revise las cartas, dos eran de Philippe y otra de Bernard. Abrí las primeras y comencé a leer la más antigua.
Tuve que sentarme para contener mis emociones, mi querido duque contaba que había escrito aquella carta mientras me observaba dormir “porque deseo hablarte y el sueño te tiene atrapado en su reino”.
Sus palabras estaban llenas de la calidez que le caracterizaba: "confío en que sanarás y tendremos mucho tiempo para hablar". También decía que lamentaba que mi padre me hubiera desheredado, y me daba esperanzas de que un día recapacitaría “porque ningún padre puede cerrar el corazón a su hijo".
No pude evitar conmoverme al leer su propuesta: "mientras tanto, permítame ocupar el lugar de su padre y brindarle cobijo en mi casa. Considérese no el huésped de Raffaele sino el mío. Ni siquiera Severine puede cuestionar su estancia en el palacio"
Después me exhortaba a jamás volver a sucumbir a la desesperación y hacerme daño: “Su vida no es sólo suya, también le pertenece a quienes le amamos”.
En cada línea lo encontré abriendo su corazón para mí. Llevé a mi pecho las hojas en las que su elegante letra había dejado la impronta de su afecto, y suspiré agradecido.
—¡Si tan sólo mi padre fuera como él! —exclamé.
La segunda carta venía de Nápoles y comenzaba celebrando que hubiera recuperado la conciencia. Reiteraba su acogida generosa y me daba consejos sobre qué hacer en el futuro, exigiendo que pensará todo con calma y siguiera administrando los trabajos de la calle San Gabriel. En la despedida volvió a ofrecerme su amistad y pidió que le diera noticias mías cuanto antes.
Tengo que reconocer que ante Philippe siempre me convertía en un niño pequeño, sediento de su paternal atención. Le admiraba con ingenuidad y me resultaba escandalosamente atractivo. Tener el aprecio de semejante hombre era una necesidad para mí. Suspiré al pensar que nuestra relación cambiaría drásticamente cuando él descubriera que me había acostado con su hijo y sus sobrinos, y que pretendía que Maurice fuera mío hasta el fin de los tiempos.
Al volver Raffaele me encontró sumido en una tormenta, no sabía si alegrarme o empezar a temer por el futuro después de leer aquellas cartas.
—Aquí tienes el resto de tu correspondencia —dijo colocando sobre la mesa mis cuadernos de apuntes personales y una ominosa caja del Palacio de los Placeres—. Lo he mantenido oculto incluso de Miguel. Por cierto, tu minuciosidad al describir nuestra primera noche con Sora me arrancó muchas risas.
—¿Leíste mis cuadernos?
—Por supuesto, tuve que pasar noches en vela cuidándote para qué Maurice no llevara la carga solo. Necesitaba leer algo interesante.
—¡Eres…!
—Ya lo sé, no gastes el aliento recordándolo. ¿Ya has leído las cartas de mi padre?
—Sí. Ha sido muy amable al decirme que soy su huésped.
—Eso lo dejó muy claro ante tía Severine cuando estuvo aquí. Ellos ahora se han distanciado, ella consiguió hartarlo a pesar de la paciencia que siempre le ha tenido.
—Eso es maravilloso. Tu padre no debe seguir permitiendo que Madame Severine se imponga ante todos.
—Ah, no tienes idea de lo mal que nos lo ha hecho pasar durante estos meses.
—Lamento escuchar eso. ¿Continua intentando casar a Maurice?
—No lo dudes. Está lejos de rendirse.
—¡Que desgracia! Confío en que Philippe nunca lo permitirá.
—Mi padre ha sido claro en que Maurice puede quedarse soltero si le da la gana.
—Eso es maravilloso. ¿Y lograste preguntarle acerca del verdadero padre de Maurice?
—No me recuerdes eso —dijo cubriéndose las orejas—. Volvió a retarme por escuchar esa conversación. Resulta que él no quiere creer que tía Petite se enamoró de la noche a la mañana de un perfecto extraño.
—Visto así, yo también lo dudaría…
—Pero tía Severine y Agnes afirman que ese pintor fue amante de mi bella e inocente tía, y son las únicas personas que saben lo que  realmente pasó.
—No veo por qué tendrían que mentir al respecto.
—Ni yo, pero mi padre no quiere creerles.
—Eso deja Maurice en una eterna duda sobre su origen.
—Maurice no sabe nada, somos nosotros los que tendremos que vivir con ese misterio.
—Es mejor olvidar el asunto, para mí Maurice siempre será Maurice, sin importar quién sea su padre.
—Bien dicho, Vassili. Ya han hecho el amor, ¿verdad? —agregó meloso.
—¡Como si fuera a compartir nuestra intimidad contigo!
—Él ya lo ha confirmado.
—¡Imposible, no creo que te contara algo así!
—Soy su confidente, para que lo sepas. Además, aunque no me lo dijera,  su encantadora sonrisa reveló todo. Te advierto que no quiero que esa sonrisa desaparezca por culpa de tu manía con ese puto de Sora —golpeó con su mano la caja—. ¿Qué vas a hacer al respecto?
—No lo sé —reconocí.
—Esta es la tercera caja que llega. La primera sólo traía el antifaz y una carta de madame Odette recordándote que no tenías que pagar por la visita. La segunda contenía una carta escrita por el mismo Sora, suplicaba que fueras a verle.
—¿Aprendió a escribir?
—Obviamente,  o alguien se hizo pasar por él. La letra era muy mala.
Sonreí pensando en lo mucho que debió esforzarse y que seguramente madame Odette había sido su maestra en mi ausencia.
—Quemé todo —continuó Raffaele—, las cartas, las cajas, ¡todo! Esta llegó hace poco, también trae una carta que no he abierto. Tú decides, pero me permito recordarte que ya has hecho sufrir a Maurice, y que si lo vuelves a hacer perderás todo mi respeto y mi amistad.
—Basta, Raffaele, las amenazas están de más —me senté en una de las sillas, abrumado—. Nadie quiere la felicidad de Maurice más que yo, sin embargo… Sora me necesita.
—¡No te atrevas! ¡Ya le destrozaste el corazón una vez a mi amado primo!
—¡Y no lo volveré a hacer jamás! ¡Lo juro!
—¡Entonces quema la maldita caja y deja que ese puto resuelva su vida solo!
—¿No sientes un poco de compasión por él?
—¡No! Y tú no deberías. Fui a verlo mientras estabas convaleciente, lo hice porque lo aprecio a pesar de todo y quise advertirle de nuevo que dejara de hacerse ilusiones contigo. Le dije que Maurice y tú ya eran amantes. Juró que lo mataría. Mostró tanto odio que lo creí capaz de todo.
—Sora no sabe lo que dice… —le excusé, aunque pensaba igual que Raffaele, que era capaz de cumplir esa amenaza.
—¿Acaso le amas Vassili?
—¿Qué?
—¿Amas a Sora?
—No. Le quiero, le compadezco, pero no deseo pasar mi vida a su lado.
—Entonces deja de ilusionarlo y abandónalo de una vez. Debiste hacerlo cuando te lo dije, ahora será más cruel.
Bajé la cabeza y cerré los puños al imaginar el exótico rostro de mi amante cubierto por el velo de la desesperación.
—Lo sé —reconocí—. No hay manera de que Sora tenga lo que anhela.
—Es mejor que se resigne a eso cuanto antes.
La angustia me dominó. No quería hacerle daño a alguien que ya había sufrido tanto. Iba a decir algo más cuando escuchamos a Maurice llamando a la puerta. Raffaele tomó la caja junto con los cuadernos y corrió a guardarlos en el armario. Abrí y traté de mostrarme animado, él no sospechó nada.
Más tarde leí la carta de Bernard. Me deseaba lo mejor y pedía verme cuanto antes.
—Vino a visitarte varias veces, junto con Clement —comentó Maurice —. Es un buen amigo.
Lo era, sin duda. Sin embargo, también era quien sabía de mis visitas a cierto amigo analfabeto. Un secreto que necesitaba mantener como tal. Fui a visitarlo esa misma semana.
Recuerdo que conocí a su hermano Abélard en esa ocasión. Era encantador, con toda la candidez de un muchacho de quince años, y  un rostro que apenas estaba dejando los rasgos infantiles. ¿Cómo olvidar sus grandes ojos negros, su abundante cabello castaño, que caía en bucles desordenados, y su sonrisa feliz, propia de quien estrena sin miedo la vida?
Fue mi pupilo poco después, cuando Bernard quiso mejorar su educación y meter ideas fecundas en su cabeza. Lo amé como a un hermano pequeño, y aún ahora no dejo de preguntarme cómo pudo terminar siendo lo que fue.
De haber tenido alguna idea de lo que le ocurriría, habría hecho todo lo posible por torcer su nefasto destino y evitar la maldición que desató. Una vez más, no hubo mensajero del cielo o del infierno que me advirtiera.
Ese día lo único que vi fue a un precioso muchacho  que se mostró en extremo entusiasmado por conocerme, y no paró de hacer preguntas  hasta que Bernard le pidió que nos dejara a solas.
—Perdona, Vassili —dijo después que Abélard se marchó contrariado—, mi hermano te vio en Versalles hace unos meses y desde entonces quería conocerte.
—A mí, ¿por qué?
—Por ser amigo de los Alençon. Tiene un gran interés en ellos.
Según dijo Bernard, el muchacho me había visto, junto a Maurice y Raffaele, cuando nos presentamos ante el Rey luciendo nuestras mejores galas, el mismo día en que Miguel acompañó a Sophie luciendo una horrenda peluca.
—Lo llevé conmigo al palacio para que empezara a socializar —se lamentó—. Para mi sorpresa, terminó terriblemente enamorado de Sophie de la Vergne en cuanto la vio. ¿Puedes creer semejante desgracia?
—No imagino nada peor…
—He tratado de sacarle la idea de la cabeza pero ha sido inútil. Quiere acercarse a ella a través de Miguel y sus primos.
—Dile la verdad, que no se llevan bien y que esa mujer es una pérfida.
—No me creerá y me verá como su enemigo. No sabes lo terco que es.
—No debes permitir que la conozca —insistí—, Sophie es una mala influencia. Por fortuna va a estar fuera de París por mucho tiempo.
—Doy gracias a Dios por eso. Pero olvidemos a esa mujer, quiero saber cómo te encuentras.
—Estoy mucho mejor, gracias por tu interés Bernard —entramos en  su despacho.
—No tenías que venir, con gusto yo hubiera ido al palacio a visitarte.
—Necesitaba hablar contigo en privado, sobre cierto secreto que compartimos.
—¿Tus visitas a cierta persona misteriosa? —dijo preocupado.
— Sí. Por favor, nunca le digas a Maurice sobre eso.
—No lo he hecho y no lo haré. Pero no quiero seguir colaborando, siento que lo traiciono y Maurice es mi amigo.
—No te preocupes, no voy a volver a ver a esa persona. No es conveniente.
—Me alegro. Sin embargo, si estás enamorado de esa persona seguramente no podrás cumplir tu propósito.
—No lo estoy. Amo a alguien más... —confesé con reparo.
— Y, dime, ese alguien más… ¿podría ser Maurice?
—¿Por qué dices eso? — me sorprendí hasta el punto de levantarme de la silla.
—Porque espero que lo sea. Vassili, la verdad es que Maurice te ama —se levantó al verme retroceder asustado—. Sé que es una locura, porque los dos son hombres y pertenecían a la Iglesia… pero el pobre te ama y sufre tanto por eso.
—¿Cómo lo sabes?  —solté en cuanto pude recuperar el habla.
—Él me lo dijo. Fui a verlo un día, tú habías regresado a casa de tu padre. Lo encontré muy mal, trató de disimular pero terminó llorando en mis brazos y confesó su amor por ti.
Sentí que mi sangre se volvía agua fría. Maurice realmente no sabía guardar secretos.
—Al principio no entendí —continuó Bernard—. Luego me escandalicé, lo confieso. Pero Maurice lloraba tanto, y es mi amigo, simplemente no pude condenar sus sentimientos. Quise verte para indagar qué sentías por él, me preocupaba que ya tuvieras una amante y que fuera esa persona que yo te ayudaba a ver en secreto. ¡No tienes idea de lo mortificado que me sentí! No me recibiste y luego pasó tu accidente… ¡Ah, mi querido Maurice agonizó contigo cada minuto! ¡Vassili, nunca he visto a nadie sufrir por la persona que ama como él lo ha hecho por ti! Imagino que no puedes corresponder a sus sentimientos, pero…
—Bernard —dije conmovido, sujetándolo por los hombros y sacudiéndolo para que al fin se callara—, amó a Maurice con todo mi corazón.
—¿De verdad? —exclamó feliz— ¡Eso es maravilloso! ¿Quién dice que no existen los milagros?
Le conté sobre mi relación con Maurice y con Sora. Confesé cómo había arruinado nuestra felicidad y la razón por la que quemé mis manos. Él escuchó atento, tomándose el asunto como algo muy serio. Una vez que terminé, dio su veredicto.
—Como yo lo veo, Vassili, debes elegir. Y no hay manera de evitar herir a uno de los dos.
—Lo sé.
—Quizás si le cuentas a Maurice la triste historia de ese hombre, él comprenderá. Puede que incluso quiera ayudarle, ya sabes cómo es.
—Eso me asusta, Bernard. Sorata no va a renunciar a mí; odia a Maurice y lo que he visto en sus ojos es que es capaz de todo. No puedo permitir que se conozcan.
—En ese caso,  lo único que queda es abandonarlo.
Sentí un enorme peso encima, no me atreví a decir que también había visto algo más en Sora: suficiente desesperación como para quitarse la vida. Tuve la certeza de que me iba a transformar en un asesino si lo abandonaba, y no quería. Me repugnaba la idea de destrozar el corazón de aquel desdichado joven, y obviamente tampoco quería volver a romper el de Maurice.
—Todo es mi culpa —reconocí —. También sané las heridas de Sora para volver a abrirlas.
—Vassili, tienes que solucionar esta situación cuanto antes. Estás haciendo sufrir a ese infortunado joven obligándolo a esperar por algo que nunca vas a darle. Por otro lado, vas a destrozar a Maurice si se entera de que has tenido un amante por tanto tiempo.
De eso no me quedaba duda. Maurice sabía de mis visitas al Palacio de los Placeres, pero no imaginaba que siempre había ido a ver a la misma persona, y que se trataba de un hombre extraordinario, alguien que, a pesar de lo que yo mismo creí al principio, se había adueñado de una parte de mi corazón.
Al despedirme de Bernard tuve la tentación de ir al Palacio de los Placeres para decir el último adiós. Renuncié de inmediato a la idea, no había forma de que aquel reencuentro no terminara en la cama, ya tenía más que probado el hecho de que Sora nunca aceptaría otro tipo de relación conmigo y que yo no tenía fuerza de voluntad para resistirme. Ordené al cochero llevarme a casa, junto a Maurice, de inmediato.
—Estabas mejor sin conocerme, Sorata —susurré contemplando el cielo azul por la ventana conforme avanzábamos. Evoqué al hermoso joven que había levantado un templo para mí en su corazón y la culpa me dominó—. ¿Por qué siempre termino haciendo cosas imperdonables?
Cubrí mi rostro y supliqué a la nada que me liberara de tantas memorias. No quería seguir reviviendo cada momento, cada gesto y palabra en la que Sora me había dejado ver quién era en realidad, no el maestro del placer sino el muchacho al que le habían robado todo. ¡Era tan injusto, tan inhumano, abandonarle porque había pasado de ser mi juguete a ser una amenaza para mi felicidad!
—¡No puedo! —gemí—. No puedo dejarle. Lo mataré. No merece eso… pero Maurice…
Entonces, todo cambió. El joven que lloraba ante mí era mi amante de fuego, víctima de mi crueldad y estupidez. Me estremecí. La angustia se levantó hasta ahogarme por completo, no quería volver a hacer sufrir a Maurice. No era cuestión de compasión o culpa, sino la férrea convicción de que no había nada más importante que su felicidad para mí.
—Bernard tiene razón, debo elegir. Aunque siembre dolor, debo elegir de una vez por todas.
En mi corazón pude ver claramente que no tenía fuerzas para hacerlo. Debía cambiar. Había jurado hacerlo. Sin embargo, nunca esperé que ser digno de Maurice implicaba ser cruel con Sora. Los hilos de la telaraña que tejí finalmente se tensaban hasta el punto de destrozarme.
***
Falta poco

5 comentarios:

  1. Siempre superandote...muchas gracias por tan brillante (pero triste) capítulo.

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    1. Muchas gracias y sobre todo gracias por comentar. Ya empezaba a creer que no me leían por aquí XD
      La siguiente parte ya está lista, en cuanto me la devuelva la correctora, la subo

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    2. Te leo siempre, reconozco que la pereza sumado al poco tiempo que tengo no escribo.
      Saludos desde la distancia.

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  2. Cierto que te superas por momentos.
    Ha sido muy triste, pero muy emocionante y esperanzador.
    Quedamos a la espera de más.
    Gracias y recibe un cordial saludo.
    Ari

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    1. Gracias! Espero dar un buen final al primer libro. Que tengas un feliz día.

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