XXV Pecado

Parte I

La luz del quinqué que encendió Maurice me despertó. Era de noche, nos habíamos quedado dormidos. Él estaba vestido y salió dejándome en tinieblas. Me levanté y encendí otra lámpara. La inquietud me dominó. ¿Cómo podía marcharse de esa forma? ¿Acaso se había arrepentido?

—¡No puede hacerme eso! —exclamé mientras volvía a vestirme.

Lo primero que pensé fue seguirlo y reclamarle su comportamiento. Al imaginar lo que podría responderme, me paralicé. Terminé sentado a la orilla de la cama, con una garra despiadada arañándome el pecho por dentro.





Al poco rato Maurice volvió trayendo una botella de vino y una cesta con pan.

—¿Fuiste por comida? —pregunté como un tonto, sonriendo aliviado.

—Me dio hambre y supuse que a ti también. Como no cenamos…

—Me has asustado. Creí que te habías arrepentido.

—¿Por qué te gusta mortificarte de esa forma? —gruñó mirándome como si yo fuera idiota.

—No es por gusto, es un defecto que tengo —respondí avergonzado.

—Empieza a corregirte, sufres más de lo necesario.

Le di la razón. Tomé la cesta y la coloqué sobre la mesa. Nos sentamos a disfrutar de una frugal cena.  Para mí fue el banquete más delicioso que recuerdo haber probado en mi vida. Reímos, hablamos de trivialidades, compartimos el pan y el vino. Fuimos felices con tan poco gracias a que nos teníamos el uno al otro. Nunca me había sentido tan pleno.

—Huyamos juntos, Maurice —propuse tomándolo de la mano—. Vamos a donde mi familia y la tuya no puedan separarnos.

Bajó la cabeza y contempló nuestras manos enlazadas. Estrechó más la mía y volvió a mirarme.

—¿A dónde iríamos?

—A cualquier lugar que quieras. Crearemos nuestro propio mundo, uno en el que podamos estar juntos. Incluso el Paraguay estará bien, ese es tu paraíso.

—Mi paraíso es donde tú estés, Vassili.

Me conmovió. No pude contenerme y lo besé. Nuestros besos habían cambiado, ahora eran lentos, llenos de promesas e insinuaciones y, sobretodo, interminables.

—Entonces, está decidido, huiremos juntos —dije resuelto—. Prometo aprender a vestirme solo.

Rió y llenó la habitación de vida.

—De acuerdo —respondió feliz—, pero será después que acabe el año que Raffaele ha pedido. No nos perdonará si nos vamos antes.

—Él está muy entretenido con Miguel.

—Se lo prometí… —insistió preocupado.

—¡Ah qué remedio! Sé que no rompes tus promesas.

—Así es, por eso te prometo esto, Vassili: te amaré hasta el día de mi muerte e incluso después de este —declaró solemne.

—No hables de muerte, por favor, dijiste que nadie va a morir.

Volvió a reír.

—Sólo quiero decir que te amo.

—Y yo a ti, vida mía.

Volvimos a besarnos y casi olvidamos de qué estábamos hablando, hasta que recordé algunos de nuestros problemas.

—Tendremos que ser muy prudentes para que tu tía no nos descubra. Y para que no termines casado sin que te des cuenta.

—Quizás deberíamos irnos todos a Nápoles. Aunque puede que mi padre se oponga.

—Théophane entenderá que tu tía no nos deja otra salida. Por cierto, hay algo que debo contarte sobre ella.

Le dije lo que realmente había ocurrido la noche anterior. Se enfureció y amenazó con enfrentar a Madame Severine. Lo convencí de dejar las cosas en mis manos, después de todo, la mujer no había querido hacerme daño y tenía confianza en lograr neutralizarla.

—Bien, pero del resto de los espectros de esta casa me encargo yo —aseguró.

—¿Qué vas a hacer?

—Te sorprenderás.

Volvimos a la cama para dormir. En la mañana se despidió y se marchó a su habitación. Me quedé paladeando mi felicidad como todo un holgazán, arrebujado bajo las sábanas. Cuando al fin bajé, sólo Maurice se encontraba desayunando; los otros se habían levantado temprano porque, según dijeron los sirvientes, Miguel quería terminar el cuadro de San Gabriel.

Nos encontramos con ellos en el salón de Nuestro Paraguay. El tenaz artista estaba concentrado en dar las últimas pinceladas y Raffaele, recostado en un sofá, le contemplaba en un forzado silencio. Cuando nos acercamos, noté que Miguel no estaba usando sus guantes. Era la primera vez que dejaba sus cicatrices expuestas. Me alegré a la vez que sentí la amargura morderme las entrañas por la crueldad que evocaban.

Comenzamos a conversar sobre el cuadro y otras cosas relacionadas con los trabajos en la Iglesia de San Gabriel. Miguel contestaba con monosílabos, empeñado en perfeccionar su obra. Maurice le dijo que si seguía pintando y repintando las nubes que rodeaban al ángel las haría llover. Su primo rió de la ocurrencia y al fin lo miró. Entonces, soltó el pincel y se llevó las manos a la boca sorprendido.

—¿Qué pasa? —preguntó Raffaele alarmado.

—¡Mi Maurice! —respondió con la voz vibrante de emoción.

—¿Qué pasa conmigo?

Raffaele se levantó para estudiarlo de cerca.

—Yo lo veo bien. El que se cayó por las escaleras como un tonto fue Vassili, y también está bien.

—¡Vassili eres un maldito! —rugió Miguel lanzándose contra mí.

Si Raffaele no le hubiera sujetado, me habría dado una paliza. Lejos de amilanarme, lo encaré altivo.

—Hasta hace poco me alentabas a hacerlo mío, ¿y ahora sales con esto?

—¡Es Maurice! ¡Mi pequeño y precioso Maurice!

—Ya no es un niño.

—¿Qué dices? —exclamó Raffaele dándose cuenta de todo—. ¿Te lo has llevado a la cama?

Antes de que contestara, me envió al suelo de un puñetazo. Por supuesto que Maurice no le iba a dejar pasar aquello, los gritos de los tres jóvenes se escucharon por un buen rato. Suerte que la puerta estaba cerrada.

Me quedé en el suelo, preguntándome en dónde estaban los dos amigos que me habían alentado y ayudado a seducir a su primo. Los contemplé mientras discutían y me acusaban de no merecerlo. Entendí que no les resultaba fácil aceptar que Maurice, su idealizado primo, al que habían protegido desde niños, y que a la vez los había protegido, le pertenecía ahora a alguien más.

Solté una carcajada que los hizo callar, me levanté y abracé a mi pelirrojo amante.

—Es mío ahora —dije con orgullo—. Tendrán que aceptarlo.

Enrojecieron indignados. No fue necesario que me contestaran, Maurice ya estaba de humor pendenciero y declaró que no le pertenecía a nadie. Entonces discutimos los dos y los otros rieron. Cuando nos agotamos de nuestra propia tontería, Raffaele mandó descorchar una botella para celebrar.

—Brindemos porque Vassili al fin ha desflorado a Maurice —dijo levantando su copa.

—Amén —declaró Miguel

—¡Idiota! —rezongó Maurice.

Yo me limité a saborear en silencio el licor y la victoria.

El resto del día presencié algo extraordinario, Maurice decidió acabar de una vez por todas con los rasguños espectrales. Reunió a la mayoría de los sirvientes y exigió a Agnes que abriera la habitación del viejo Duque.

—Señorito dejé a los muertos en paz —le sugirió la mujer temerosa.

—Raffaele ha dado su permiso. Abre de una vez.

—Esta habitación no se ha abierto desde que su abuelo murió.

—Los muertos no necesitan una habitación. Abre o derribo la puerta.

—No tengo la llave, la perdí.

—Bien, como quieras…

Tomó un mazo que había hecho llevar a Renard y golpeó la cerradura con todas sus fuerzas, destrozándola en  el acto. Un segundo golpe bastó para abrir la puerta.

—¡Oh, Dios mío —gritó Agnes aterrada.

—Mi abuelo está muerto, ya no tienes que temerle, Agnes.

—Pero...

—No permitas que te siga atormentando.  Olvídalo, ni siquiera merece nuestro odio.

La mujer se sorprendió ante estas palabras y dejó de protestar. Maurice entró, ningún sirviente se movió, estaban asustados. Me apresuré a seguirlo. El aire era irrespirable, apestaba a humedad.

Yo estaba tan asustado como todos, aunque me duela reconocerlo. Cuando Maurice abrió las cortinas iluminando el lugar, vi la figura de un hombre unos metros de mí. Grité y di un salto. Maurice soltó una carcajada, se trataba de mi propio reflejo en un espejo.

—¡Qué cobarde eres!

—No sé qué esperas lograr —protesté.

—Demostrarle a todos y, sobre todo a ti, que los fantasmas no existen.

Abrió todas las ventanas y ordenó a los sirvientes quitar las cortinas y arrojarlas al patio. Después abrió el armario y sacó la ropa para arrojarla por la ventana.

—Recuerdo cuando me encerró aquí. ¡Viejo idiota, voy a hacer una linda hoguera con todo esto!

—¿Hablas en serio?

—No necesitan ropa en el infierno.

Me estremecí. Él estaba disfrutando aquel desalojo y yo temía reprimendas desde el otro mundo. No era el único, los sirvientes no paraban de murmurar asustados. Para hacer la situación más intimidante, reparé en unos rasguños en el tapiz, cerca de la puerta. Cerré esta y comprobé que también estaba llena de arañazos.

—¡Entonces es verdad!—dije sin querer.

—Agonizó desesperado hasta que murió —murmuró Agnes unos pasos tras de mí. Miraba de manera extraña las marcas, con odio en lugar de miedo y con cierta satisfacción—. Murió como un perro.

—Era lo que merecía —respondí.

Me miró sorprendida, como si no se hubiera percatado de que estaba hablando en voz alta. Se marchó con gesto incómoda.

La purga llevó varios días durante los cuales los sirvientes desmantelaron la habitación. Maurice llegó al extremo de ordenar que quitaran el tapiz de las paredes, que las blanquearan y hasta retiraran las puertas.

Yo aproveché que mi querido pelirrojo estaba entretenido para escabullirme y hablar a solas con sus primos. Quería preguntarles sobre Madame Thérese.

—Ella es un enigma —reconoció Raffaele—. La recuerdo como dos personas en una. Cuando vivía en Francia se comportaba de una manera, y al irse a España cambió por completo.

—La recuerdo como una mujer nerviosa, fanática y muy dispuesta a abofetear a Maurice por cualquier cosa —indicó Miguel sin disimular su aversión.

—La conocí antes de que naciera Maurice —replicó Raffaele—. Es verdad que era nerviosa, pero muy dulce con Joseph y conmigo.

—Ella no amo a Maurice —dije mortificado.

—¿Qué dices? Claro que lo amaba —insistió Raffaele—. Es verdad que era muy estricta con él. Constantemente se quejaba de que Maurice no se comportaba como Joseph y que nunca le hacía caso. Pero estoy seguro de que la quería.

—Maurice me dijo que Madame Thérese trató de matarlo.

—¡Eso es ridículo, Vassili! —protestó Raffaele—. Ella fue la primera que se enfrentó al abuelo después que él lo quiso ahogar.

—Él cree que lo empujó por las escaleras.

—¿De dónde sacas semejante…?

—¡Intentó asfixiarlo con una almohada cuando estaba paralizado!

—¡No es posible!

—Pero Maurice nunca dijo nada al respecto —intervino Miguel.

—El padre Petisco le pidió que no lo hiciera para no mortificar a Philippe.

—Tiene sentido.

—¿Qué dices Miguel? —rugió Raffaele—. ¿Qué cosa tiene sentido porque yo no se lo encuentro? Me niego a creer que tía Thérese fue capaz de hacerle tanto daño a mi Maurice… ¡No! ¡No es posible!

—Tú no pasabas todo el año con nosotros, Raffaele. No veías cómo trataba a Maurice cuando tío Philippe y tú no estaban con nosotros.

—Era muy estricta pero…

—¡Era violenta! Además, cuando ustedes se marcharon a Javier, el padre Petisco evitó dejarlo a solas con ella. Un día que el padre tuvo que ausentarse, me pidió que no me separara de Maurice. Tía Thérese intentó hacerme salir de la habitación. Como me negué porque el padre había insistido que por ninguna razón lo dejará, se puso iracunda y quiso arrastrarme fuera. Por suerte mi madre me escuchó llorar y la detuvo. Ahora temo pensar qué hubiera pasado si no le hago caso al padre.

—Es imposible… —susurró Raffaele derrotado.

—Después de ver de lo que es capaz Madame Pauline, no puedo sorprenderme de que Madame Thérese también compartiera algo de su locura —dije.

—Maurice siempre suplicaba que lo lleváramos con nosotros —continuó Raffaele lleno de remordimiento—. Si nos lo hubiera dicho… Mi padre nunca hubiera permitido que le hicieran daño.

—Tío Philippe creyó que Maurice estaba mejor con ella… —señaló Miguel—. Cuando sepa lo que pasó seguramente sufrirá.

—Es mejor no decirle nada. Mi padre ya lleva una carga muy pesada.

Los tres acordamos guardar silencio sobre este hecho. Fue inevitable que comentáramos como la locura y la maldad parecía ser una constante en las mujeres de la familia. Miguel protestó.

—La culpa de todo la tiene el abuelo, estoy seguro de eso. Mi madre hablaba de él llena de odio y temor.

—Cierto —reconocí—. Incluso Philippe lo afirmó cuando discutió con Madame Severine.

—Pues Sophie no conoció al abuelo y posee la misma maldad —aseguró Raffaele.

—Ella tampoco tuvo una infancia dichosa, Raffaele —replicó Miguel mostrando que aún tenía sentimientos fraternales por Sophie—. Me entristece pensar que la mentira de tía Thérese la condenó. Todos la hicimos a un lado porque creímos que había intentado hacerle daño a Maurice.

—Te recuerdo que ya había causado que Maurice se cayera del caballo.  Y no olvides lo que le hizo en Versalles o que fue cómplice de tu madre para hacerte daño. Además, fue en extremo cruel al querer engañarme diciendo que teníamos otro hijo vivo. Por más que quiera, no puedo sentir compasión por ella y me alegro de que tía Severine le haya hecho pagar por todo.

Efectivamente, la abadesa había aplicado el peor castigo que encontró para su sobrina. Se presentó en casa del Conde de La Verneg y le informó de los rumores que se ventilaban en Versalles sobre Sophie. Para ese tiempo se había hecho público que había tenido una relación con Alaña, el sobrino del embajador español.

El buen Conde sufrió un terrible desengaño y dejó de pagar las cuentas de Sophie como reprimenda. Pronto la joven condesa, que gustaba de hacer largos viajes con sus amigas, se presentó furibunda para reclamar a su marido aquella falta de atención. Este la acusó de adulterio y la envió al convento de Madame Severine.

La temible abadesa la obligó a dedicarse a la oración y a la penitencia durante semanas. Su esposo, despechado, encontró pronto una “amiga” que aliviara su soledad y la de sus hijos. Sophie perdió toda influencia sobre él y quedó ridiculizada ante toda la alta nobleza. Estaba convencido de que Madame Severine era la más terrible de todas las Ninfas.

En cuanto a Maurice, continuó con su extraño exorcismo. Para tranquilizar a todos los sirvientes y, según dijo, convencerme a mí de que los muertos no pueden pasear por los palacios, hizo que un viejo sacerdote bendijera el lugar y mandó celebrar misas por el eterno y silencioso descanso del viejo Duque.

También cumplió su promesa y luego de apilar todas las pertenencias de su abuelo, incluyendo las puertas rasguñadas, hizo una gran hoguera en el patio.

—Ahora tu abuelo tiene más razones para molestar —dije mientras veía las llamas danzando.

—¿Sigues sintiendo miedo? —replicó—. No te preocupes, ya no vas a dormir solo nunca más.

Con semejante promesa olvidé por completo a los espectros. De hecho no volví a escuchar nada. En cuanto a Madame Severine, ya no pudo volver al palacio de noche. Cuando Miguel y Raffaele se enteraron de sus apariciones nocturnas, este último mandó cerrar la reja del palacio con un enorme candado cuya llave sólo él poseía. El único fantasma del que no conseguimos deshacernos fue Agnes, quién parecía un alma en pena por no poder ver a su ama.

Dormir en la habitación de Maurice se hizo una costumbre. A él no le gustaba la mía por el color intenso de los tapices. A mí no me importaba dónde pasáramos la noche con tal de estar juntos.

Tal y como anticipé, mi precioso amante estaba hecho de fuego. Nuestras noches estuvieron plenas de placer. Algunas veces resultaban tan cortas, que nos tomábamos parte del día.

—Debo irme, Vassili —dijo intentando levantarse de la cama mientras yo lo abrazaba con más fuerza para impedírselo—. Es jueves, el rabino me espera.

—Aún es temprano.

—Quiere que lo acompañe a conocer a unos amigos suyos.

—¿Más judíos?

—Por supuesto, una familia muy respetable según me ha dicho.

—¡Bah! Respetable y judíos son dos cosas contrarias.

—¿Cómo puedes decir eso? Ni siquiera los conoces.

—Son judíos, en eso me baso para decirlo.

—¡Eres un…!

—Por favor, Maurice, ve a verlo otro día. Hoy estamos tan felices en la cama.

—No voy a pasarme el día en la cama contigo.

—Podemos ir a nadar al lago —sugerí tentador.

—Pero tú no sabes nadar.

—Espero que me enseñes.

Con esto lo convencí. Tiempo después descubriría que acababa de evitar una fatalidad. Fue una desgracia que no conseguí terminar su amistad con ese rabino a tiempo. Así nos habríamos ahorrado muchas amarguras.

Volviendo a ese día, cuando llegamos al lago, Maurice se quitó la ropa sin ninguna inhibición y se lanzó al agua contento como un niño. Me quedé contemplándolo, la idea de que le habían robado dos años de su vida pasó por mi mente nublando aquel día radiante.

—¿Te vas a quedar ahí parado todo el rato, Vassili? —dijo ahuyentando mis tristes pensamientos. 

—Contemplaba el hermoso paisaje.

—¡Pues ven y sumérgete en él! —gritó abriendo los brazos y mostrándome el lago.

El agua le llegaba a las rodillas, no pude apartar la vista de su cuerpo. Sentí el deseo avivarse de nuevo. Me quité la ropa y la dejé en perfecto orden junto a la suya. Cuando me acercaba a él, me fijé en su mirada. También había deseo en ella, ¡Todo era tan distinto a la primera vez que visitamos aquel lugar! Lo besé para celebrarlo. De nuevo fue un beso interminable que acabó con los planes de nadar y disfrutar el paisaje.

—Hagamos el amor aquí, Maurice —propuse.

—Es incómodo —señaló mirando alrededor—. Prefiero la cama

—Verás cómo nos las arreglamos bien.

Volví a besarlo y terminamos abrazándonos en un arrebato de lujuria, con tal torpeza que perdimos el equilibrio y caímos empapándonos por completo.

—¿Lo ves? Es mejor en una cama. Vamos a nadar.

—Vayamos a la orilla, tengo una idea.

Nos sentamos en la orilla y seguimos besándonos. Era algo adictivo que ganaba intensidad con cada contacto, buscando cada vez más. Lo hice recostar en la hierba y me coloqué sobre él. Nuestros pies  tocaban el agua.

—Insisto en que la cama es mejor —dijo interrumpiendo nuestro deleite—. Aquí hay tierra, hierba, insectos y no has traído el bálsamo…

—Alguna vez deberías simplemente dejar de pensar y dejarte llevar —me quejé.

—¡Eso es imposible!

—Al menos inténtalo un poco.

—De acuerdo… —dijo lanzando un suspiro.

Me incorporé y fui a ponerme de rodillas entre sus piernas para inclinarme sobre su miembro.

—¿Qué vas a hacer?—preguntó receloso.

Sonreí con malicia. chilló escandalizado cuando vio desaparecer su virilidad dentro de mi boca. Se estremeció y tiró de mi cabello.

—¡No hagas eso!

—Te gustará.

—¡Pero luego vas a creer que yo haga lo mismo! —gruñó asqueado.

—Me encantaría que lo hicieras, lo confieso, pero no puedo obligarte a nada. Ahora, déjame mostrarte lo bien que se siente.

Me vi poner en práctica todo lo que había aprendido con Sora y sus primos. Él no podía hacer otra cosa que gemir mi nombre. Pronto no pude soportar mi propia erección.

—Maurice... ¿te gusta?

—Sí, lo reconozco… me gusta. No te detengas.

—Pero yo estoy desesperando sin tu atención. ¿Podrías?

—¿Cómo?

Que no me diera una negativa inmediata fue alentador. Cambié de posición y me coloqué sobre él ofreciéndole mi miembro al tiempo que tenía el suyo ante mi rostro.

—¡Ah, las cosas que estoy haciendo por ti! —exclamó resignado.

—Si no quieres, no lo hagas.

—Calla. Desde un principio planeabas que lo hiciera.

—Lo reconozco —dije sonriendo con malicia—. Intenta hacer lo mismo que yo.

Maurice fue torpe, desastrosamente torpe, comparado con Sora. Sin embargo, el que estuviera tocándome de esa forma a pesar de ser un hombre con tantas manías al respecto, el verlo llevarse a la boca esa parte de mi cuerpo y sentir su lengua lamerme, fue suficiente para llevarme a la locura. Por un momento no pude moverme, solo sentir. Él se detuvo preocupado.

—¿Lo hago mal?

—No. Estás enloqueciéndome de placer.

Sonrió y los dos continuamos, compitiendo por hacer al otro alcanzar el orgasmo. Sorpresivamente, fui yo el que llegó primero. No pude controlarme.

—Los siento, Maurice —dije sentándome a su lado, mientras él tosía y escupía—. Debí avisarte.

—Al menos no sabe tan mal.

—Te lo puedes tragar la próxima vez.

—La próxima vez en una cama y de otra forma. Aunque ahora mismo no creo que pueda aguantar.

Efectivamente, su erección continuaba demandando atención.

—Puedo continuar si quieres —me ofrecí.

—No, quiero probar algo distinto, aunque no tenemos el bálsamo.

—Puedo arreglármelas —dije adivinando lo que quería.

Humedecí mis dedos con saliva y los introduje en mi trasero. El me besó e hizo que me recostara en la hierba. Cuando estaba por penetrarme, se detuvo.

—Vas a estar realmente incómodo —se lamentó.

—Así es menos molesto —indiqué dándome vuelta y colocándome de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo.

—Quiero verte la cara —se quejó.

—¿Ahora quién es el que hace el amor con demasiadas rúbricas? —solté molesto—. ¡No me hagas esperar!

—Pensé que el ansioso era yo —se burló.

Entró en mí. Al principio con cuidado, luego perdió el control y sus embestidas fueron cada vez más frenéticas.

—Maurice, despacio…

—¿Te he hecho daño? —Se detuvo asustado.

—Sólo ve más despacio. Me gusta sentirte dentro de mí.

—Es una sensación única —susurró—. Jamás he sentido algo así. ¡Ser uno contigo es sublime!

Me sentí dichoso, pleno y en la cima del placer. Cuando Maurice alcanzó el orgasmo, yo estaba agotado.

—¡Me vuelves loco! —dije cuando nos acostamos en la hierba.

—Lo mismo digo —susurró sin aliento.

Después de descansar largo rato, fuimos a nadar.

Horas después, al ir de camino al palacio, Miguel nos salió al encuentro. Llegó a galope muy preocupado.

—Vassili, tu hermano ha enviado un mensajero —comenzó a decir—. Tu padre… ¡Tu padre está muy mal!

La noticia borró por completo mi alegría y formó una sensación lacerante en mi estómago. Sentía la angustia como una criatura formada por filosos dientes, que se incrustaba en mis entrañas con ferocidad.

A medida que el carruaje avanzaba hacia mi casa, las memorias de momentos compartidos con mi padre se agolpaban en mi cabeza. Cuando recordé nuestra última pelea sentí deseos de gritar. ¡Ese no podía ser nuestro último encuentro!

Maurice colocó sus cálidas manos sobre las mías, dándome apoyo. Raffaele insistió en que no fuéramos pesimistas, Miguel le dio la razón. Para mí todo estaba pasando con demasiada rapidez.

Mis hermanos nos recibieron agradecidos. Mi cuñada lloraba y Didier no hacía más que preguntar cómo era posible que nuestro padre enfermara en tan poco tiempo.

—El doctor dice que es su corazón —narró con angustia—. Temo lo peor.

Sentí que perdía todas mis fuerzas. Cuando el médico salió de la habitación confirmó que la condición de mi padre era muy delicada. Recomendó que evitáramos provocarle cualquier disgusto, necesitaba tranquilidad y descanso.

Pensé en que Daladier tendría muchas más ideas que aquel hombre, lamentablemente se encontraba en Austria.

—Quiere verte a solas, Vassili —indicó mi hermano al salir de la habitación de mi padre.

Entré y no pude contener las lágrimas, mi inmenso padre estaba tan disminuido en aquella cama. Todas las razones que tenía para estar disgustado con él, desaparecieron. Lo único que quedó fue mi amor filial y el profundo temor de perderlo.

—Vassili, hijo mío, has venido.

Su sonrisa me conmovió. Obedecí sus indicaciones, me senté a su lado y tomé su mano.

—Quería verte —dijo— temí que ya no tuviera fuerzas.

—Padre, no hables.

—Hijo, por favor, vuelve a casa. Te extraño.

—Padre, yo…

—Si no quieres ser Abate lo aceptaré, pero vuelve a casa… te lo ruego.

Al ver su expresión suplicante y recordar las palabras del doctor, no pude negarme. Incliné la cabeza y acepté. Las lágrimas que brotaron en ese momento eran de amargura porque ya no compartiría el mismo techo con Maurice. Lo único que me animaba era que mi padre parecía haber cedido y no pensaba continuar obligándome a volver al sacerdocio.

Había caído en la trampa como un incauto. Una trampa bien urdida, llena de mentiras y manipulación que no pudo ser concebida por un hombre tan simple como mi padre. Tiempo después comprobé que Madame Severine le había manipulado por completo. Maldita sea por siempre.

***

Parte II

Tener que mudarme fue doloroso. De no haberlo considerado un asunto de vida o muerte nunca lo habría hecho. Maurice me ayudó a empacar y pasamos las últimas horas alargando los minutos a fuerza de besos y caricias. ¿Cómo podríamos vivir separados?

—Iré a verte —prometió.

—También podemos encontrarnos en cualquier otro lugar…

—Claudie me dejó al cuidado de su casa. Queda más cerca de París que este palacio.

—Sí, es buena idea —lo estreché aún más y volvimos a recostarnos esperando el amanecer que me llevaría de regreso entre los Du Croisés. Aspiraba a que el cambio no significara nada. Qué ingenuo fui.

Mi padre se mostró achacoso los primeros días, luego lo descubrí más sano de lo que se suponía que estaba. La idea de que todo fuera mentira cruzó mi mente. Puesto que se trataba de mi honorable padre, la descarté de inmediato.

Volver a mi casa fue una extraña experiencia. La había abandonado hacía ya dos años, cuando convencí a  mi padre de que necesitaba pasar tiempo a solas en el campo. Me marché a nuestra Villa y terminé como un borracho sin remedio. Maurice me rescató apenas unos meses atrás cambiando mi vida de manera inesperada y extraordinaria.

Entre los muros de mi antiguo hogar me sentía nostálgico, como un actor que, luego de una larga ausencia, vuelve a subir al escenario para representar un papel que ha personificado miles de veces. Conocía bien los rincones, los muebles y hasta los nombres de los sirvientes. Poco a poco fui recordando al hombre que había sido yo antes de que Maurice me transformara.

Sus visitas, junto a Raffaele y Miguel, no se hicieron esperar. Ver a quien tanto amaba y no poder tocarlo en la forma que quería, fue una tortura. Para colmo mi padre insistía en entrar a cada rato al salón sin siquiera disimular que quería escuchar de qué hablábamos. Resultaba impertinente.

— ¿Puedes  ir mañana a casa de Claudie? —susurró Maurice mientras sus primos entretenían a mi padre.

—Por supuesto. Ya he dicho que tengo que ir a San Gabriel a supervisar los trabajos, así que no habrá problema.

—Te esperaré después del mediodía.

Al día siguiente, muy temprano en la mañana, ensillé mi caballo para ir a verlo. No había dormido en toda la noche esperando nuestro encuentro. Pasé por casa de Joseph para revisar las cuentas, después me encaminé hacia la calle San Gabriel. Hablé con Sébastien para informarme de sus progresos, enseñé un rato a mis pilluelos y saludé al Doctor Charles.

Hice todo a prisa para dirigirme a casa de Daladier lo antes posible. Llegué con una hora de anticipación. Para mi sorpresa, Maurice ya se encontraba en la puerta esperando sonriente. Desmonté, até las riendas y corrí hacia él. Lo levanté en mis brazos y lo introduje en la casa sin pensar en otra cosa que hacerle el amor. Luego reparé en mi indiscreción.

—¿Estamos solos? —pregunté preocupado.

—Sí, envié al sirviente de Claudie a hacer recados. Le dije que no tenía que regresar hoy.

—Quisiera quedarme hasta mañana contigo pero mi padre insistió en que le acompañe en la cena. Ha invitado algunos amigos.

—¡Vassili, cada minuto lejos de ti resulta insoportable! —exclamó mientras me abrazaba con fuerza.

—¡Yo creí que me volvería loco!

Nos besamos. Esa húmeda caricia era el bálsamo que necesitábamos para calmar todas nuestras congojas.

—Vamos a la habitación —dijo señalando una puerta cercana.

—Te confieso que me da algo de miedo esta casa. No quiero imaginar lo que Daladier esconde en su habitación.

—No te preocupes, me aseguré de que no hubiera nada extraño. Incluso he cambiado las sábanas por unas que traje del palacio. No quiero que su sirviente se dé cuenta de lo que vamos a hacer en la cama de su amo.

—Has pensado en todo —dije fascinado.

—Llevo soñando con este momento días, horas, minutos… —susurró lleno de deseo mientras apretaba más su cuerpo contra el mío.

Reí al escucharlo imitarme y lo seguí a la habitación. Milagrosamente no había nada tétrico en ella, puede que fuera el lugar en el que el excéntrico doctor pasaba menos tiempo. Apenas contenía los muebles necesarios.

Nos desvestimos aprisa, sin cuidar en dónde arrojábamos la ropa. Ya no nos encontrábamos en nuestros cabales, lo único que deseábamos era poseernos. Maurice contuvo las lágrimas cuando al fin lo penetré. Se abrazó a mí y susurró vehemente.

—¡Te he extrañado tanto Vassili! Te he deseado tanto…

—Huyamos Maurice. No puedo vivir un día más lejos de ti.

—Pero, tu padre…

—Estoy dispuesto a correr ese riesgo.

—No digas eso. Esperemos a que mejore.

—Ya no puedo esperar más. ¡Te necesito!

—Tómame, entonces, Vassili… Estoy aquí para ti.

Hicimos el amor dejando que toda la pasión que teníamos represada se desbocara. Sintiendo que mientras más nos tocábamos, mayor era la necesidad de permanecer juntos. El atardecer nos encontró abrazados, incapaces de aceptar que era hora de despedirnos.

—Volvamos a vernos mañana —sugerí.

—Tu padre sospechará.

—No te preocupes, sabe que tengo cosas que hacer en San Gabriel.

Al regresar me vi forzado a cambiar de planes, los invitados se quedarían por varios días. Escribí a Maurice lleno de tristeza, la idea de escapar ganó más fuerza. Por supuesto que temía que eso le costará la vida a mi padre. Mi corazón estaba siendo destrozado por una lucha entre el amor que sentía hacia el hombre que me había dado la vida, y mi pasión por el hombre que me hacía sentir vivo. Una situación nada envidiable.

Conocía bien a nuestros visitantes. Algunos frecuentaban Versalles, la mayoría pertenecía al círculo que se reunía en el salón de una de las damas más influyentes de París, allí donde se movía la vida intelectual y artística de la ciudad, se comentaban todos los chismes y se criticaba por lo bajo la política del Rey.

Pocos fueron discretos al verme, escuché toda clase de expresiones refiriéndose a mi vida relajada. Toda la noche soporté sus risas a mis espaldas, las miradas cargadas de burlas y me defendí, con una sonrisa, de comentarios insidiosos. Me sentí humillado, reducido, impotente... Lo único que me ayudó a contener mi rabia tras un semblante afable, fue mi orgullo. ¡Nunca iba a mostrarme vulnerable ante esos malditos!

Sin embargo, lo cierto es que me hirieron tan profundamente que estuve de mal humor toda esa semana. Maurice debió soportar mi amargura. Al verme en tal estado, aceptó la idea de fugarnos lo más rápido posible.

—Lo único que me detendría ahora es que estoy seguro de que una fuga les dará más de qué hablar —reconocí molesto mientras recorría la habitación de Daladier derramando mi frustración en palabras.

—No pienses más en ellos. Disfrutemos el poco tiempo que tenemos para estar juntos hoy —respondió mi encantador amante ofreciéndome su abrazo.

Me aferré a él y lo llevé a la cama. Su olor, su calor, la textura y sabor de su piel, nublaron por completo mi mente.

—Tú eres todo lo que necesito para ser feliz —aseguré lleno de convicción. Sonrió y se entregó a mí sin reservas. Su cuerpo, su corazón, todo el universo encarnado que él era, me perteneció.

Pensé que estaba diciéndole la verdad. Que nada iba a alejarme de él, que me bastarían sus besos y su piel, para sentirme feliz. No me conocía aún a mí mismo lo suficiente o estaba ciego. Raffaele había acertado al decir que el peor error que Maurice podía cometer era fiarse de mí. Ya era tarde para él, me había dado todo.

Puedo excusarme de alguna forma y alegar que tuve ayuda en mi  descenso hacia la necedad absoluta. Mi padre me conocía mejor de lo que yo creía, sabía cómo conseguir lo que quería de mí. Después de todo, yo era su obra. Junto con mi tío me habían educado alimentando mi ambición con quimeras. Mi naturaleza orgullosa y mezquina tuvo en ellos buenos jardineros y estaban cerca de cosechar los frutos. Cada día que pasaba en mi casa me acercaba más a mi antigua vida, al hombre que yo era.

Una tarde, al regresar de uno de mis encuentros con Maurice, mi padre me llamó a su despacho para hablar. Puso ante mí una carta de mi tío abierta.

—Tu tío André ha conseguido el cardenalato —anunció lleno de satisfacción.

—¡Me alegro tanto! —exclamé tomando el papel para leer aquella noticia por mí mismo. Su sueño de toda la vida al fin se había materializado.

—También ha asegurado tu obispado —agregó colocando otra página sobre su escritorio—. Ahora todo depende de ti.

—Padre, habíamos quedado en que ya no insistirías…

—¿No es lo que has querido siempre? Recuerdo bien cuando me dijiste que ibas a ser igual que el Cardenal Fleury.

—Eso es lo que ustedes querían. Yo era muy niño cuando determinaron mi destino.

—Eres muy talentoso, Vassili. Puedes llegar tan lejos como quieras. ¿Por qué insistes en convertirte en el hazmerreír de todo París?

—Basta, padre. No quiero hablar de eso.

—Estoy seguro de que llegaras a ser cardenal en menos tiempo del que le ha llevado a André.

—¡Pero yo no soporto el sacerdocio!

—Haz lo que quieras después de que obtengas el título. Si quieres tener una amante secreta, de acuerdo. Sólo aléjate del escándalo. Todos los grandes hacen eso.

—Debo pensarlo —dije tentado.

—¿Qué hay que pensar? De un obispo nadie se ríe, y mucho menos de un Cardenal.

Entendí perfectamente lo que pretendía y le di la razón. Un título era suficiente para acallar todas las voces. Yo volvería a ser alguien, aplastaría la cabeza de todas las serpientes insidiosas, y obtendría poder y fortuna suficiente como para ser libre. ¡Sería capaz de asegurar mi vida junto al hombre que amaba! Sí, lo vi todo claro… Excepto el hecho de que Maurice nunca iba a aceptar algo así.

Pasé toda la noche en vela con las cartas de mi tío entre las manos. ¡Qué bien conocía esa letra! También la calidez de sus palabras. Recordé lo hermosa que había sido nuestra relación antes de que yo lo decepcionara. Anhelaba tener de nuevo su aceptación y la de mi padre, quería de regreso el respeto de todos a mi alrededor y, por supuesto, el privilegio de ser quien era: un hombre llamado a ser grande entre los grandes.

En la mañana comuniqué a mi padre que aceptaba su sugerencia. Nunca le vi tan feliz. Didier se mostró receloso. Mis hermanas, que se encontraban de visita, tuvieron reacciones contrarias. Celine se alegró de que me hubiera reconciliado con nuestro padre, mientras que Bernardette me llamó aparte preocupada. Quería comprobar si estaba seguro de lo que hacía.

—Es lo mejor— respondí sonriendo con dificultad.

Ella no dejó de insistir en que pensara mejor las cosas. Temía volver a verme tan desesperado como años atrás. Desestimé como un tonto sus palabras, tan pagado estaba de mí mismo que consideré la opinión de mi hermana pequeña una tontería.

Mi  meticuloso padre tenía todo calculado. Sugirió que volviera a usar mis ropas de abate y lo acompañara a visitar al Arzobispo de París, Christophe de Beaumont. Aquello debía ser el regreso a la Iglesia de un pecador arrepentido. En la realidad no fue otra cosa que una visita lisonjera en la que tuve que soportar la condescendencia del prelado. No era un hombre desagradable pero era famoso por sus enfrentamientos con los jansenistas, y hasta con el mismo Rey, por su defensa tenaz de la autoridad del Papa. También era conocido por ser partidario de los Jesuitas. Le tenía poca simpatía.



Debo mencionar que vestir de nuevo aquel traje negro y la peluca blanca despertó en mí sentimientos encontrados. Me asusté al verme en el espejo porque me reconocí perfectamente, estaba ante el hombre que yo había sido durante años. Era la imagen que representaba todo lo que había aprendido desde niño y que me ofrecía prestigio, riqueza y poder. La falta de fe no iba a ser un problema para volver a ser hombre de Iglesia, mi ambición la suplía bien.



Poco después, celebré misa en Notre Dame para mostrar ante todos el fin de mi vida libertina. Me sentí en medio de una comedia. Seguí las rúbricas al pie de la letra cuidando bien de cada paso que daba ante el altar, de no despegar los dedos después de sujetar la hostia ya consagrada y pronunciando cada palabra en perfecto latín. Recordé cuanto había sufrido por los escrúpulos en mis días de jansenista fervoroso. Al menos de esa carga estaba libre, lo único que me importaba era que nadie fuera a criticar mi manera de celebrar el sacramento, por eso procuré ejecutar el ritual a la perfección.



Escribí a Maurice tan pronto como pude y lo cité para volver a encontrarnos en casa del doctor. Su rostro al verme vestido como abate fue de confusión y angustia.

—¿Te obligó tu padre?

—No. Lo he decidido yo. Es lo mejor.

—¿Qué dices? ¿Lo mejor? Tú no quieres ser sacerdote, no tienes vocación.

—Lo sé.  ¿Pero qué otra cosa puedo hacer? Todo París se burla de mí, no tengo futuro si no hago carrera eclesiástica.

—¿Qué importa todo París? ¿Cómo puedes decir que no tienes futuro? ¡Pensábamos huir juntos! —Su rostro mostraba un total desconcierto. Nunca le vi tan expresivo.

A medida que hablaba y descalificaba mi decisión, mi orgullo se revolvía. ¿Por qué no podía ver las cosas como yo lo hacía?

—Una vez que sea obispo tendré poder y riqueza, y ya nadie podrá separarnos —insistí.

—¿Obispo? —rugió escandalizado.

—Mi tío ahora es Cardenal y ha conseguido el obispado para mí —sonreí triunfante esperando que él lo hiciera también.

Se llevó las manos a la cabeza y caminó de un lado a otro por la habitación.

—¡Esto es una locura! ¿Qué has hecho Vassili? ¡Te has encadenado a  ti mismo a cambio de poder y riqueza!

—No puedo creer que terminemos discutiendo por esto —dije decepcionado.

—¿Qué esperabas?

—Que me comprendieras y me apoyaras.

—Lo siento, no puedo. Mientras más lo pienso, más seguro estoy de que estás cometiendo un grave error.

—Lo veremos —declaré furioso—. Debo irme, tengo una cita con el Arzobispo en una hora. Lo único que quería hoy era darte la noticia para que no te enteraras por otros. Adiós.

—Vassili, espera —trató de detenerme cortándome el paso ante la puerta—. Hablemos esto un poco más.

—Ahora no. Adiós.

Lo hice a un lado y salí. Me disgustó que no compartiera mi punto de vista. Supuse que verme marchar de esa forma lo haría pensar mejor las cosas.  Fui un completo idiota, en ese momento no quise reconocer que sus palabras tenían más sentido que las mías. Mi mayor desgracia fue prestar más tención a otras voces, las de los aduladores que me auguraban un gran futuro, los mismos que antes se habían burlado de mi ruina.

Estuve sumergido en un mar de actividades durante esa semana. En cada reunión a la que asistía recibía aplausos y enhorabuenas de los más grandes de París. Terminé por convencerme por completo de haber tomado la mejor decisión. Cuan patético fui, cuanta necesidad de ser aceptado había en mí.

Maurice me visitó en mi casa. Mi padre no dejó de importunarlo contándole lo feliz que le había hecho al aceptar el obispado. Le contó como desde niño yo había fantaseado con llegar a gobernar Francia en nombre del Rey, tal y como lo habían hecho Cardenal Fleury, Mazarino y el mismo Richelieu.

—Una vez que sea Obispo, nada lo detendrá —afirmó embriagado de orgullo paternal—. Ya lo veo triunfante por los pasillos del Vaticano, asombrando a todos con su intelecto. Vassili tiene el talento para eso, ¿no lo cree?

Vi a mi amante asentir y aguantar en silencio mientras su rostro se tensaba y su sonrisa se transformaba en una mueca. En cuanto pudo se despidió. Horas después recibí una nota en la que me pedía vernos al día siguiente en casa de Daladier.

Como era de esperarse, aquel encuentro fue una verdadera batalla. Maurice siguió insistiendo en que estaba cometiendo una locura. Yo ya había sopesado suficiente las cosas y no tenía ninguna duda de estar en lo correcto. De hecho, había enriquecido mi plan original con una nueva propuesta que nos permitiría estar juntos para siempre. Pero lo primero era hacerle ver a mi terco pelirrojo que era un iluso.

—Maurice, he pensado bien las cosas —aseguré con aplomo—. ¿No ves que esta es la mejor manera de estar juntos?

—¿No ves tú que vas a cometer simonía? Un obispo debe ser un servidor del pueblo de Dios, no alguien en busca de fortuna.

—Eres el único que piensa así. En la iglesia todos buscan hacer carrera para tener poder, prestigio y riqueza. Nadie lo hace por servir.

—¡No es cierto!

—Vives en un mundo ideal —le acusé—. Piensas que  la Iglesia aún camina descalza tras el carpintero judío. Abre los ojos, lo que yo hago lo hacen todos.

—Muchos buscan servir y extender el Evangelio —afirmó con firmeza.

—Tonterías. Tú mismo lo has visto con todo el conflicto que sufre la Compañía de Jesús. El mismo Papa fue elegido por los Borbones para que elimine a los jesuitas. En el Vaticano todos están vendiendo su conciencia al mejor postor.

—Yo estaba dando mi vida en el  Paraguay sirviendo a los guaraníes por ser fiel a Dios. Igual lo han hecho cientos de hermanos en distintos lugares, llegando incluso a morir por su misión. Así ha sido durante toda la historia de la Iglesia.

—Una minoría que sirve para llenar el santoral —señalé con sarcasmo.

—Vassili, no entiendo qué te ocurre.

—Y yo no entiendo por qué insiste en negar que tengo razón. Si soy obispo nadie volverá burlarse de mí.

—¡Eso que importa! —sujetó mis brazos y trató de sacudirme—. ¡Te vas a convertir en un hipócrita!

—En este mundo todos estamos atrapados bajo el yugo de los poderosos, si no tienes poder entonces eres esclavo —respondí con frialdad—. Quiero poder y riqueza para ser libre y no tener que someterme a nadie, para que nadie nos separe.

—¡No me uses como excusa!—gritó alejándose furioso.

—Tú eres la razón por la que estoy haciendo todo. Maurice, al fin he encontrado la manera de que tu tía Severine no te obligue a contraer matrimonio y podamos ser amantes en secreto —me miró incrédulo. Sonreí y anuncié mis planes lleno de orgullo—. Si te ordenas sacerdote pertenecerás al Alto Clero y podrás vivir conmigo. Nadie verá mal que un obispo, o un cardenal, porque eso es a lo que aspiro, tenga un teólogo de tu calidad a su lado.

Sus bellos ojos dorados, abiertos a más no poder, quedaron fijos en mí.

—No puedo creerlo… —dijo sin aliento.

—Es un plan perfecto —repliqué ufano.

—¿Quieres que me ordene sacerdote y sea tu amante? —preguntó sin disimular la repugnancia que eso le causaba.

—Así podremos estar juntos. ¿Por qué no lo entiendes?

—Entiendo todo —su voz evidenció resignación y su cuerpo pareció quedarse sin fuerzas. Tuvo que recostarse a la pared—. Sabía que eras un hombre que no puede soportar ser insignificante. Desde que te conocí lo tuve claro. Te recuerdo en la villa de mi padre, codeándote con toda la alta nobleza, sin intimidarte ni siquiera ante Madame Pompadour. Los conquistaste a todos con tu carisma, te admiré por eso. —Se acercó y tocó mi rostro con los dedos, como si lo estuviera tanteando en la oscuridad—. Cuando volví a verte, deshecho por el alcohol y la desesperación, me sorprendí de que hubieras cambiado tanto. Te volviste como un niño para quien todo resultaba nuevo. Te apegaste a mí en cuanto te tendí la mano, quizá habrías hecho igual con cualquiera…

—¿A dónde quieres llegar? —pregunté cortante.

—Ahora veo que no cambiaste, Vassili, sólo estabas dormido. Al fin has despertado y yo no soy suficiente para hacerte feliz.

—No digas tonterías.

—Dime… ¿El Vassili que amo realmente existe o ha sido todo una ilusión? —su rostro se transfiguró por el temor. 

—¿A qué viene eso? —respondí molesto—. Soy el mismo de hace unos días. Lo único que ha cambiado es que ahora tenemos más oportunidades que antes.

—¿En verdad me amas o soy un capricho, un antojo más de tu insaciable apetito?

—¡Ya sabes que te amo! ¿Cuántas veces pretendes que lo repita?

—Dijiste que lo dejarías todo por mí… ¿Lo harías ahora? ¿Dejarías tu familia, tu nombre, tu fortuna y el futuro que ambiciones por estar conmigo?

Sostuvo mi rostro entre sus manos y se paró en la punta de sus pies para acercar el suyo. ¡Había tanta expectación en él! No pude mentirle.

—No —respondí—. Porque ya no es necesario. Puedo tenerte a ti y a todo lo que siempre he buscado a la vez.

—Lo sabía —sonrió con tristeza y se alejó hacia la ventana, dándome la espalda—. La primera vez que dijiste que huyera  contigo me sentí muy tentado, a pesar de que aún tenía mis votos. Pero intuí que no te dabas cuenta de lo que implicaba. Adiviné que en cuanto experimentaras las consecuencias y te vieras sin tus privilegios, ibas a odiarme. Por desgracia, la última vez que lo propusiste te creí; pensé que realmente me amabas.

—Te amo, Maurice. Deja de buscar obstáculos.

Se dio vuelta para encararme. La ira se reflejó en su voz y en la luz de sus ojos.

—Quieres ordenarte obispo y que sea tu amante. Quieres, además, que me ordené sacerdote y viva una mentira. ¡¿Aspiras a que me burle de Dios por ti?!

—No exageres las cosas. Ser amante de un obispo, o de un cardenal, será igual que como estamos ahora. ¿Acaso no tenemos que esconder nuestra relación ante todos? La única diferencia es que al tener poder y riqueza nadie podrá separarnos. No voy a seguir temiendo a que tu tía se salga con la suya. Lo único que debes que hacer para poder ser felices es ceder a lo que te pido.

—¡No quiero! —dijo encarándome resuelto—. Sería un pecado…

—¡No te atrevas! Dijiste que nuestro amor no era pecado.

—Tú lo has convertido en eso —respondió con tristeza—. Quieres todo sin renunciar a nada y te atreves a pedir que niegue mi fe a cambio de complacerte, ¿hasta dónde llega tu egoísmo, Vassili? Lo más terrible es que estoy seguro de que no vas a ser feliz por ese camino que te has fijado.

—¡No me hagas esto! —rugí.

—¡No soporto verte vestido así cuando sé bien que nunca has tenido vocación! No apruebo que por ambición te hagas obispo y no voy a  convertirme en tu cómplice.

—¿Y qué demonios quieres que haga? —le di la espalda.

—¡Ven conmigo! —me abrazó —. ¡Huyamos lejos de todo, busquemos ser libres de otra manera!

—¡No lo haré! —aparté sus manos, me di vuelta y lo enfrenté —No por tus estúpidos  escrúpulos. Además, déjame decirte que eres un hipócrita. No quiere ser amante de un obispo, pero cada vez que has estado conmigo lo has hecho sabiendo que soy sacerdote.

—Fue algo que no elegiste y para lo que Dios no te llama. Pero ahora tú mismo estás encadenándote ¿no lo ves?

—¡Eres tú el que está ciego y no quiere ver que he ideado la mejor solución!

—¡No voy a convertir nuestro amor en una blasfemia!

—¡Ya lo es! ¡No hay manera de que tu fe y lo que sentimos dejen de contradecirse!

—Te equivocas —afirmó sereno—. Dios no es un obstáculo para nosotros, es imposible que no bendiga lo que sentimos si esto en verdad es amor. ¡Por favor, Vassili, escapemos juntos como pensábamos!

—¡No voy a irme! —grité—. ¡No voy a esconderme cuando tengo la oportunidad de ser lo que siempre he deseado!

—¡Entonces me iré yo! —amenazó furioso dirigiéndose hacia la puerta.

—¡No te atrevas! —lo atrapé por un brazo y lo empujé para que quedara de espaldas contra la pared —¡Eres mío!

—¡No lo soy! —respondió desafiante—. Soy libre. Lo que más deseo es estar junto a ti, pero no puedo seguirte por un camino que va a destruirte. Sé que no vas a soportar vivir en el mundo lleno de mentiras que estás construyendo.

—Todos lo hacen, Maurice. Todos mienten y visten máscaras. Así es como funciona este mundo.

—Yo no lo haré jamás. Tú tampoco deberías. ¡Vassili, deseaba tanto que fueras libre! ¿Por qué eliges meterte en una prisión?

—¡Basta! ¡Deja de decir eso!

—Estás ciego —afirmó mirándome compasivo.

—¡Me estás volviendo loco! —lo sacudí tan fuerte que golpeó su cabeza contra la pared. Al escuchar su quejido de dolor, me asusté y lo solté.

—Me marcho, Vassili —dijo recuperándose—.  Hablemos otro día.

—¡Si te vas ahora no te lo perdonaré jamás!

Me miró desamparado. Le tendí mi mano autoritario. Las lágrimas se agolparon dando a sus ojos el aspecto de brillantes esmeraldas.

—No puedo —respondió con tristeza.

Dio media vuelta y me dejó lanzando maldiciones. ¡¿Cómo podían haberse torcido las cosas de esa forma?!

—¡Volverá! —juré lleno de furia—. ¡Volverá a mí y tendrá que aceptar lo que le pido!

Lo único que escuchaba en ese momento era mi orgullo herido. Me sentía tan frustrado y furioso que decidí castigarlo.

Hoy, años después, vuelvo a preguntarme a mí mismo por qué. ¿Por qué me cegué de esa forma? ¿Por qué me hirió que él pensara por sí mismo si lo que más admiré siempre fue la luz de su ingenio? Recuerdo que descubrí la respuesta ya en ese tiempo, vislumbré esa parte de mí que era tan común como vulgar: yo me sentía superior a él.

Decía una y otra vez que admiraba el que fuera tan diferente, tan original, tan excéntrico. Sin embargo, en el fondo consideraba que era un ingenuo, un iluso, alguien que no entendía el mundo y, por tanto, no podía estar a mi altura a la hora de discernir la mejor solución.

En mi cabeza analizaba las cosas y todo resultaba a mi favor: ¿Qué había intentado Maurice para librarme del sacerdocio? Nada menos que convencer a mi padre de dejarme decidir mi destino. ¡Como si eso fuera posible! No, yo tenía razón. Yo había encontrado una manera de estar juntos sin perder nuestros privilegios. Él tenía que hacerme caso y renunciar a sus inútiles principios.

Eso me repetí una y otra vez ese día. De nada valieron los recuerdos de tantas ocasiones en las que había visto a mi amado iluminar el mundo con una frase insólita, señalando un camino impensable. Ni el eco de mis propias palabras halagando su talento para invocar milagros. Estaba convencido de que yo tenía razón.

Yo era Vassili Du Croisés y Maurice… ¿quién era Maurice? Un bastardo que ignoraba su propia condición. Ahí estaba mi oscura vulgaridad siseando a mi oído, acusándolo de ingrato por no plegarse a mi voluntad, por no agradecer el afecto con que yo lo honraba a pesar de saber su vergonzoso origen.

Ese era yo, un ser mezquino, vil, hediondo, maldito… ¡Infeliz necio con corona de bufón! ¡Tenías todo lo que deseabas y lo echaste a perder! ¿Cómo pudiste… cómo pude hacerle llorar? Aunque Maurice me perdonó, sigo odiándome por lo que hice ese día. Pretendo consagrar hasta el último aliento que me quede a hacerlo feliz. No obstante, en este momento, sólo puedo pagar mi pecado rememorando mis desaciertos mientras soporto su ausencia.

Me marché a galope a París, alquilé un carruaje, como otras veces, y me dirigí al Palacio de los Placeres. Sora se alegró mucho al verme, habían pasado varias semanas desde la última vez que lo visité. La verdad es que lo había olvidado desde que Maurice se convirtió en mi amante, acaparando toda mi atención y satisfaciendo mi deseo con su entrega incondicional. El pobre joven, cautivo en aquel prostíbulo, quedó completamente eclipsado por mi amado sol.

—“Soy libre” —murmuré recordando las palabras de Maurice que tanto me habían ofendido.

Me encontraba sentado, todavía vestido, con Sora arrodillado entre mis piernas dispuesto a hacer cualquier cosa que le pidiera sin remilgos. Esperaba ansioso que el placer erradicara toda mi amargura.

—Tú eres mejor que él —dije bebiendo de la botella que había pedido a Madame Odette,  entretenido en ver la cabeza del joven subir y bajar—. Quizá deba llevarte a ti a Roma y no a él. Te escondería de todos y cada noche me harías sentir como un rey, tal y como lo haces ahora.

Sora se irguió, limpió su boca y mostró una expresión de sorpresa y consternación muy semejante a la que antes había visto en Maurice.

—Vassili, hoy estás muy extraño.

Me irritó. Tampoco a mi querido Sorata le agradaban mis planes. ¿Acaso todos iban a llevarme la contraria?

—No he dicho que te detengas —repliqué regañándole.

—No me gusta que bebas —replicó. Se levantó para quitarme la botella—. Te vuelves como los otros hombres que vienen a verme.

—¿Y qué si lo hago? —respondí empujándolo—. Soy como cualquiera. Quiero lo que quieren todos: poder, riqueza, prestigio y un puto que haga lo que le pido.

Arrojé la botella a un lado, se estrelló  a unos metros sobresaltando al pobre muchacho, quien  se alejó temblando. Me levanté y lo sujeté por un brazo para arrastrarlo a la cama.  Me eché sobre él manteniéndolo aprisionado por las muñecas. Su rostro reflejó miedo y decepción. Cuando rompió a llorar desesperado, mientras lo besaba, reaccioné.

—¡Lo siento! Tienes razón, he bebido de más —solté sus manos y recosté mi  frente en su pecho —. Perdóname.

Me abrazó. Estuvimos en silencio por un largo rato. Después lo besé con delicadeza y susurré a su oído.

—¿Me perdonas, Sorata?

—Sí, Vassili, siempre… —respondió regalándome una sonrisa cándida.

—Entonces hazme olvidar a Maurice, por favor —supliqué.

Pude ver la amargura en sus ojos. Pidió que me levantara, terminó de quitarse el kimono, se dio vuelta y me invitó a penetrarlo. Lloró en silencio mientras lo tomaba; fingí no darme cuenta, concentrado en desahogarme. Ni siquiera pude excitarlo. Fue el peor momento en la cama que he vivido. Al terminar me quedó la sensación de haber ensuciado algo sagrado. Él no dijo nada. Mantuvo una sonrisa triste en su precioso rostro hasta el final.

Al despedirme prometí hacerle un regalo en mi próxima visita, fingió estar feliz y agradecido. Mi conciencia empezó a gritar con más fuerza, había herido a Maurice y a Sora el mismo día. Al detenerme en París para recuperar mi caballo, que había dejado a resguardo en casa de Bernard, fui a la taberna Corinto y vacíe otra botella.

A duras penas llegué a mi casa. Ahí experimenté tal horror que todo el efecto del alcohol desapareció: Maurice estaba esperándome.

—Tu amigo llegó hace horas —indicó Didier — ¿Dónde estabas? ¿Bebiste?

—Un poco.

—Es una suerte que nuestro padre esté descansando, si sabe que has bebido se disgustará.

—Lo siento.

Apenas coordinaba mis palabras. No podía apartar la vista de Maurice, que me miraba desde el salón con una tristeza infinita contenida en sus ojos. Tenía a mi sobrino sentado en sus piernas. El niño le hablaba y él respondía sin prestarle realmente atención.

Me acerqué. Se levantó y envió al pequeño con su madre. Mi cuñada y mis hermanas también se encontraban ahí, bordando en un rincón. Las saludé y enfrenté a quien ya veía como a mi verdugo.

—Vamos a otro lugar —le dije.

—No —respondió con firmeza—. No quiero estar a solas contigo.

Me guió hasta una de las ventanas. De pie ante esta nos gritamos el uno al otro palabras desgarradoras por medio de susurros.

—¿Dónde estabas? —preguntó. No respondí—. Regresé a buscarte. Antes de llegar al palacio me di cuenta de que no podía dejarte. Pedí al Señor perdón y volví dispuesto a aceptar todas tus condiciones. Cuando no te encontré vine aquí y tampoco estabas. ¿Dónde fuiste?

—No te va a gustar saberlo —contesté a secas.

—Es la primera vez que quiero que me mientan... ¿Has bebido?

—Sí, he bebido. Y, tal como sospechas, fui al Palacio de los Placeres. Todo es tu culpa por haberte marchado, no tienes derecho a reclamar nada.

—¿Si no te complazco, si no actúo como quieres, siempre vas a buscar a alguien más?

—No tergiverses la situación, te amo y lo sabes. Lo de hoy no se repetirá.

—Tú no sabes lo que quieres —me acusó.

—Te quiero a ti. Pero insistes en complicar las cosas.

No había arrepentimiento en mis palabras. Para mí Maurice era el culpable de todo. Él se dio cuenta, lo vi en la tristeza que le embargó.

—Volví porque te amo desesperadamente —reconoció—. Ahora veo que no debí hacerlo.

—No debiste marcharte.

—No entiendes lo que me has hecho, ¿verdad? —dijo mostrando la inmensidad de su pena en sus bellos ojos anegados.

Por un momento me quedé cortado. Se marchó antes de que pudiera contestar. Continué junto a la ventana tratando de entender lo que estaba ocurriendo. Al escuchar que abrían la puerta principal, corrí hacia él, lo alcancé antes de que tomara las riendas de su caballo y aferré su brazo.

—Si vuelves a irte, buscaré a alguien más otra vez. ¡Estás advertido!

Siseé cada palabra lleno de rabia. Volvió a mostrar la misma expresión de desamparo, aunque ahora parecía sufrir con mayor intensidad.

—Me rompiste el corazón, Vassili —susurró a duras penas, intentando sonreír y contener sus lágrimas.

Sentí sus palabras como un golpe, lo solté. Montó y azuzó su caballo para alejarse a galope dejándome confundido. Mi primer impulso fue seguirlo, por orgullo me dije que era él quien debía volver a mí. Entré, pedí a un sirviente que llevara una botella a mi habitación y me encerré hasta el día siguiente. Necesitaba embriagarme.


***





Parte III

Los gritos de mi padre, al día siguiente, regañándome por quedarme dormido fueron una tortura. Mi cabeza se asemejaba a un campo de batalla, con cañones escupiendo fuego sin cesar. Tuve que abandonar la cama y acompañarle resignado a visitar algunos “amigos”, esos que antes se habían burlado sin piedad y que ahora me regalaban abrazos de felicitación.

Sus palabras complacientes fueron cantos de sirena que me alejaron de mi verdadero destino. En lugar de correr a disculparme, decidí esperar a que Maurice regresara arrepentido.

Pasaron dos días sin tener noticias suyas. Empecé a mostrarme huraño e impaciente con todos en casa. Al tercer día, un sirviente anunció que tenía visita. Bajé al salón antes de averiguar de quién se trataba, encontré a Miguel esperándome.

Lo recuerdo claramente de pie junto la ventana, la misma en la que había enfrentado a su primo. Vestía de rojo, su cabello brillaba por el sol; estaba tan hermoso como el  día que le conocí. Albergaba alguna esperanza de que me comprendiera y quisiera ayudarme a convencer a Maurice. En cuanto posó sobre mí sus bellos ojos cobalto, entendí que había ganado un enemigo. Cerré la puerta, supuse que habría gritos.

—Maurice tiene razón —dijo sereno, señalándome de pies a  cabeza—. Te ves muy mal con este traje.

—¿Eso es lo que viniste a decir? —respondí irritado.

—No, pero es un detalle que no puedo dejar de señalar.

Lo invité a sentarse, no quiso hacerlo. Se quedó junto a la ventana. Me acomodé en un sillón dispuesto a recibir con displicencia sus reclamos. Contemplé su bello  perfil mientras él se dedicaba a estudiar las nubes.

—Ha llorado mucho —dijo tras unos minutos interminables de silencio—. Describió lo que siente como si le hubieras arrancado la carne pedazo a pedazo, hasta dejarle un enorme vacío en el pecho.

Se dio vuelta para mirarme. Lo  evadí incómodo. Sentí que me ardía la piel mientras él se mantenía erguido ante mí, escrutándome.  Iba a pedirle que escupiera de una vez todas sus maldiciones, cuando al fin continuó con su discurso con la voz cargada de amargura.

—Que te consagres obispo cuando él ha luchado tanto por liberarte de tus deberes sacerdotales,  esos que odias tanto, me parece absurdo. Que le pidas que se ordene sacerdote para ser tu amante, después de que por suerte anularon sus votos, es sencillamente inaudito. Que pretendas que renuncie a todo lo que cree por tu deseo de poder y prestigio, lo considero ridículo. Pero que fueras a revolcarte con ese puto y, en lugar de pedirle perdón, le echaras  a él la culpa, eso es despreciable… ¡y no te lo perdono!

El cañón se sintió frío cuando lo puso en mi frente. No me sorprendí, era algo que podría esperarse de Miguel, sólo me extrañó que no usara algo más silencioso como su espada, claro que la pistola era fácil de esconder.

—Sé que no vas a disparar —dije altivo.

—Dispararía con suma tranquilidad y me importaría un comino lo que pasara después, si no fuera porque con la misma bala con la que te mate estaría asesinando a Maurice.

Guardó la pistola. Vi aparecer una expresión de furia en su rostro y sentí el latigazo de su mano enguantada atravesando mi rostro. Rápido, contundente y letal, así es un Alençon cuando se venga. Saboreé la sangre en mi boca y saqué mi pañuelo.

—Lo has herido —declaró—. Lo has destrozado y aún así te sigue amando. Me suplicó que no viniera a reclamarte. No sabes lo que sufre por ti.

—¡Yo también sufro! Él arruinó todo por sus absurdos escrúpulos.

—¡Ninguno de los dos va a ser feliz viviendo la farsa que propones!

—¡Lo que tú y Raffaele pretenden es lo mismo! Una farsa de hombres casados y padres dignos.

—Nosotros no tenemos elección, ustedes sí.

—Yo elegí lo mejor y Maurice lo complicó todo.

—Él no puede burlarse de Dios como tú quieres. Además, cree que no soportarías vivir como obispo.

—¿Él se niega a renunciar a su absurda fe y yo tengo renunciar a mi nombre y a mi futuro por él?

— ¿Qué te ocurre? Has cambiado.

—No quiero que vuelvan a burlarse de mi, deseo ser libre. Sólo lo conseguiré si labro mi propio camino hacia el poder.

—¡Estás encadenándote! —me sujetó por los brazos y trató de sacudirme.

—No lo entiendes porque heredarás un ducado.

—Con gusto renunciaría a él si pudiera.

—Mientes, nada te impide renunciar a tu título y largarte con Raffaele. Pero bien sabes que no eres nadie sin el ducado.

—Mi hijo me lo impide —respondió muy serio—. Es lo único que me detiene. Pero un hijo no se compara con un maldito título. Vassili abre los ojos, ve a buscar a Maurice y escapa con él. Raffaele y yo les ayudaremos.

—¿Y matar de disgusto a mi padre, traer la deshonra sobre mi nombre y convertirme en un chiste de salón? ¡Me pides demasiado! En cambio, lo único que tiene que hacer Maurice es volver a mí y seguir el camino que estoy abriendo para los dos.

—Él nunca aceptará. Le pides que deje de ser quien es.

—¡Tonterías! Sólo debe dejar sus escrúpulos. De cualquier forma, sé que él cederá primero y vendrá a mí, me necesita.

—¿Y tú no lo necesitas a él? —Su rostro mostró todos los matices de la indignación—. ¿Ya no lo amas?

—Yo lo adoro, pero es él quien se equivoca y conviene que lo descubra cuanto antes. ¿No lo ves? Podemos estar juntos al fin, sin temer a nadie.

—¿Atrapados en una jaula de mentiras y deberes eclesiásticos?

—Todos estamos atrapados, lo único que he hecho es elegir la jaula que más nos conviene. Prefiero ser mi propio carcelero que vivir temiendo el próximo ataque de tu tía.

—¡Estás ciego…! —se lamentó.

—Maurice es quien lo está. Aunque eso ya lo sabes, es un niño en muchos aspectos, no entiende el mundo tal y como es.

—Vassili, no te queda bien ser cruel —me regañó sonriendo con tristeza—, y mucho menos con Maurice.

—Estoy tratando de salvarnos… —titubeé.

—Nos marcharemos a Nápoles —dijo cortante. Me quedé sin aliento—. Tía Severine continúa intrigando para comprometer a Maurice y ahora tú lo has herido, Raffaele y yo creemos que lo mejor es esperar el regreso de tío Philippe en Nápoles.

—Bien —respondí obligándome a mantener la calma—. Es mejor así, para evitar a tu tía...

—¡Ve a buscarlo antes, pídele perdón y llevatelo lejos! ¡Es todo lo que quiere! —me apremió  colocando sus manos en mi pecho.

—Iré por él cuando sea cardenal y nadie pueda negarme nada —declaré.

—Eres un tonto —se alejó decepcionado—. Pero así son los hombres, pierden de vista lo que realmente importa cuando sienten sed de poder. Parece que necesitan demostrar algo a los demás para sentirse bien con ustedes mismos… Adiós, Vassili. Sé que vas a arrepentirte de lo que haces, espero que no lo hagas muy tarde.

—¿Debo esperar la visita de Raffaele? —dije mostrándome impasible.

—No. Él no vendrá —respondió dándome la espalda—. Sabe que hacerte daño es herir a Maurice, así que prefiere evitar acercarse a ti.

Se marchó sin mirar atrás. Me dejé caer en el sofá, enlacé las manos para que dejaran de temblar. Toda mi frialdad y autocontrol desaparecieron, estaba asustado y herido. Cada palabra de Miguel me había desgarrado; mi orgullo apenas logró mantener la fachada.

En ese momento no pude reprimir la duda. ¿Acaso me estaba equivocando? Si Maurice tenía razón, yo debía resignarme a ser un don nadie para vivir a su lado. ¿Acaso no era eso suficiente? Recordé nuestra frugal comida aquella noche, los dos juntos, riendo como si fuéramos los reyes del mundo. Debía ir a buscarlo…

Sin embargo, si yo tenía razón, renunciando a mis planes echaría por tierra una oportunidad única de asegurar nuestro futuro juntos. Era él quien debía ceder y venir a buscarme.

Mi debate interior fue interrumpido por mi padre, quería que lo acompañara otra vez a visitar al arzobispo y a una reunión con respetables jansenistas y galicanos. De haber tenido un instante a solas,  la ausencia de Maurice me habría agobiado.

En cambio, me sumergí en una feria de vanidades. La lisonja puede embriagar como el vino, y sirve igualmente para olvidar las penas y acallar la conciencia. Aquel encuentro quedó opacado por los incontables aduladores de los que me rodeé.

En el fondo también buscaba acallar la voz de madame Severine acusándome de ser un don nadie. Deseaba probarle a aquella mujer lo equivocada que estaba, y también  probárselo a Maurice y a sus primos. No quería volver a necesitar el cobijo de los Alençon sino ser capaz de tener mi propio palacio y cobijarlos un día a ellos.

—Iré por él cuando sea cardenal —juré confiando en que tendría que esperar poco tiempo para esto, porque eso había prometido mi tío.

Imaginé que el obispado me catapultaría a la cima en un instante. Todos elegimos a quién creer, yo elegí las viejas voces que me decían lo que quería escuchar, y descarté aquellas que buscaban hacerme ver mi propia estupidez.

Ya llegaría el momento de comprobar quién estaba equivocado. Si existe algo útil para confirmar nuestros aciertos y errores, eso es el tiempo. Todo lo que hacemos queda sembrado en la huerta de las horas, los días y los años. El tiempo hace que todo madure y se asegura de que las consecuencias salgan a la luz, para felicitarnos o reírse en nuestra cara.

Experimenté en esos días el éxito al verme rodeado de aduladores, y recuperar mi lugar en aquel pomposo escenario. De vez en cuando percibía una ligera sensación de desasosiego,  la silenciaba bebiendo más de lo recomendable a escondidas de mi familia.

Pasaron al menos tres días sin otra novedad que los preparativos para mi consagración. Al regresar a casa, luego de probarme los trajes que usaría como obispo, me sentía agotado a pesar de ser apenas mediodía. Quería encerrarme en mi habitación para dormir hasta el día siguiente.

—Tiene una visita, monsieur —anunció un sirviente al verme entrar.

Sentí que volvía a la vida, pensé que finalmente Maurice había recapacitado.

—¿De quién se trata?

—Monsieur Raffaele de Alençon.

No pude evitar estremecerme. Quise correr y alejarme, sabía que sería mucho peor que Miguel. Nadie  podía hacerme daño como Raffaele, no sólo por ser en extremo violento cuando perdía los estribos, sino porque me conocía mejor que sus primos y nunca se había hecho ilusiones conmigo.

—Dígale que no estoy disponible —respondí de inmediato.

—¡No te atrevas! —gritó el gigante abriendo la puerta del salón—. Al menos da la cara.

Chasqueé la lengua y ordené que nadie nos molestara. Quise pedir que llamaran a un médico pero no me atreví. No quería evidenciar el miedo que sentía.

—¿Qué quieres? No tengo mucho tiempo —rezongué aparentando fortaleza.

Me  senté en uno de los sillones del salón, él también lo hizo.  Quedamos uno frente al otro, la atmósfera era irrespirable. Cruzó los brazos y las piernas, su cuerpo se notaba completamente rígido y en sus ojos se reflejaba una ira contenida que amenazaba con  destrozarme en cualquier momento.

—Estás cometiendo un grave error —afirmó tajante—. Estás haciéndole daño Maurice y vas a odiarte por eso, te lo puedo asegurar.

—¿Hablas desde tu experiencia? —repliqué con malicia.

—Bien sabes que sí. Ya te lo dije una vez, si algo he hecho en mi vida es equivocarme. Por eso vengo a prevenirte y suplicarte que vayas a buscar a Maurice —apoyó las manos en los brazos del sillón y acercó su rostro. Su voz se convirtió en un lamento—. ¿No ves que lo estás matando poco a poco?

—Él  está haciéndome lo mismo —contesté molesto.

Raffaele lanzó un suspiro decepcionado y reacomodó su cuerpo en la silla. Se mostró menos tenso, juntó las manos manteniendo la cabeza baja y se esforzó por usar un tono moderado.

—Maurice ha llorado mucho; creí que no pararía nunca. Luego se quedó en silencio mirando durante horas por la ventana, incluso durante la noche, esperando por ti.

Sentí que mis entrañas se tensaban. Mis ojos reclamaron liberar las lágrimas que llevaban días conteniendo. Mordí las paredes de la boca para evitar llorar y mantener mi fachada.

—Anoche dijo algo que hizo que me decidiera a buscarte —continuó—, dijo que deseaba no haber nacido.

Me levanté. Fui hasta la ventana sin saber qué hacer, di la espalda a Raffaele para ocultar mi conmoción. Siguió hablando, su voz me golpeaba como si fuera un látigo formado por palabras.

—Le diste todo, Vassili, para quitárselo después sin misericordia —me acusó—. Le has hecho más daño que cualquier otra persona porque juraste amarlo y sanar sus heridas.

—Yo no quise… —balbuceé.

—Le has destrozado el corazón —se levantó para encararme. Sonreía con tristeza, otra manía de los Alençon: sonreír cuando agonizan —. Y yo te ayude a hacerlo, fui tu cómplice. Alenté a Maurice a creer en tu amor cuando lo que debí haber hecho fue protegerlo de ti.

—¡No vengas a decir que me consideras peor que tú! —grité desesperado y furioso—. Hay que esforzarse mucho sólo para igualarte.

—Oh no, el problema es que somos iguales, mi amigo: dos hombres que se dejan cegar por su capricho. Nunca debí dejar a Maurice a tu alcance… ¡Confié en ti! ¡Te dejé tocar lo más sagrado que tengo! Realmente creí que dabas luz, no pensé en que igual eras capaz de quitarla y dejarnos a todos sangrando en medio de tinieblas.

—¡Basta! —me alejé atormentado.

—¡Ve a buscarlo antes de que el abismo entre ustedes sea más grande! ¡Antes de que sus heridas sean más profundas!

—¡Él fue quien me dejó!

—Porque sabe que no vas a ser feliz por el camino que estás tomando.

—¡Se equivoca! —insistí.

—¿Y qué si es así? Lo amas, búscalo y encuentren juntos una manera de solucionar el malentendido.

—¡Que vuelva a mí y todo se arreglara! Olvidaré lo mal que me ha hecho sentir con su rechazo y…

Entonces apareció el demonio que temía, me sujetó por la casaca y me sacudió.

—¡Cretino, deja de hacerte la víctima! ¡Sabes que Maurice es frágil y aún así lo torturas!  ¡Ahora mismo no come y no duerme, si cae enfermo por tu culpa te sacaré las entrañas! ¡Lo juro!

—¡Adelante! —lo desafié furioso—. Ya no quiero dejarme intimidar por nadie.

En lugar de golpearme se quedó mirándome como si no me reconociera. Me soltó  y retrocedió mostrando una expresión de desprecio.

—Mañana al amanecer nos iremos a Nápoles —anunció despectivo.

—¿Qué?

—Tienes hasta mañana temprano para volver a tus cabales y reconciliarte con Maurice.

—¡No tienes derecho a darme órdenes!

Me exasperaba su actitud. Prefería que me moliera a golpes a que mostrara semejante prepotencia y dominio de sí. Era casi como una declaración de superioridad.

—Ni siquiera tienes que pedirle perdón, Vassili. Maurice se culpa a sí mismo por todo, no es capaz de odiarte… —señaló con tristeza.

—Entonces que venga a mí y acepte mi plan.

—Ya te dije que no lo hará porque piensa que te estás destruyendo a ti mismo. Yo pienso igual.

— ¡Tonterías! ¿Qué saben ustedes?

—Estás advertido Vassili, ve a buscar hoy mismo a Maurice —sentenció solemne, irritándome todavía más. Antes de atravesar la puerta, se dio vuelta para verme—. Por cierto, pierdes toda tu belleza con esas horribles ropas. No  naciste para ser abate y mucho menos obispo.

—Veremos si te gusto cuando sea cardenal —repliqué sonriendo furioso.

—Estoy seguro de que te odiaré si llegas a serlo.

Salió dando un portazo. Empecé a caminar de un lado a otro desesperado. Sabía que Maurice se marcharía pero no esperaba que fuera tan pronto. Ir a verlo significaba dar mi brazo a torcer. Dejar que se fuera a Nápoles era arriesgarme a perderlo...

No, su primo había dejado claro que era incapaz de odiarme. Lo buscaría después de mudarme a Roma con mi tío y lo obligaría a aceptar mis condiciones. Después de todo, él no podía vivir sin mí.

Esa noche bebí más que de costumbre, desperté al día siguiente pasado el mediodía. Al asomarme a la ventana pensé que París lucía distinta, que toda Francia estaba vacía porque Maurice la había abandonado. La vida misma se convirtió en una comedia sin gracia. Me di ánimos prometiendo que nuestro reencuentro sería muy pronto.

No tuve tiempo para lamentaciones. Estaba agobiado por incontables compromisos. Empecé a sentirme sumergido en una rutina viscosa, veía a los demás, los oía hablar pero era incapaz de prestarles atención. La imagen de Maurice llorando y mis propias promesas incumplidas, me atormentaban.

Me sentía constantemente agotado; cada cosa que hacía, por pequeña que fuera, me costaba. Celebrar la eucaristía resultaba igual que llevar encima pesados sacos llenos de rocas, casi no lograba mantenerme en pie. Cuando tenía obligación de predicar, solía decir algunas cosas que le había escuchado a Maurice.

Lo hacía a pesar de saber que no iba a decir lo que esperaban escuchar los feligreses de Notre Dame, pero necesitaba encontrar alguna manera de sentirme unido a él. Curiosamente, gané fama de buen predicador y mis celebraciones tenían más audiencia que la de otros.

En una ocasión correspondió el texto del Evangelio de San Lucas que narra la curación del  siervo del centurión romano. Recordé lo que habíamos hablado en el Palacio de las Ninfas al respecto y no pude decir una palabra, me eché a llorar en el púlpito. Para mi sorpresa, la gente comenzó a comentar que Dios me había concedido el don de las lágrimas como a muchos santos. Quise mandar al diablo a todo el que me felicitó por ser tan fervoroso.

Deseaba escapar de mis deberes pero mi padre me obligaba a  mantener la fachada de buen sacerdote. Al ir pasando los días empeoré. Sentía que me faltaba el aire, me costaba dormir, perdí el apetito y estaba irritable todo el tiempo.

Calmaba mi angustia con una copa cada vez que estaba solo, sin importar la hora que fuera. Algunas veces me quedaba bebiendo por la noche y no lograba levantarme hasta tarde, enojando a mi padre y preocupando a mi hermano, con quien evitaba hablar.

También evadía a los amigos. Bernard fue a visitarme un día, me negué a verlo. Volvió varias veces, incluso acompañado de  Clement, nunca lo recibí. Al final dejó una carta. No me atreví a leerla, temía que el nombre de Maurice apareciera en ella y me hiciera sufrir.

Intenté aparentar normalidad. Luché por representar lo mejor posible mi papel hasta que me di cuenta de que ya no encajaba en aquel escenario. Algo había cambiado en mí después de conocer a Maurice y no se trataba solamente de mis sentimientos por él. 

Comencé a notarlo gracias a ciertos encuentros inesperados. El primero ocurrió al asistir a uno de los salones más importantes de París con mi padre. Antes de entrar, vi a un sirviente maltratando a un pilluelo cerca de la puerta. El pequeño se había atrevido a importunar a algunos de los nobles burlándose de ellos por no darle limosna.

Me acerqué para asegurarme de que no se trataba de uno de los chicos de la calle San Gabriel. Era un muchacho desconocido, de unos doce años, con el rostro marcado por el hambre y los ojos cargados de malicia, un hijo más del abandono y la desidia.

Ordené al sirviente que lo dejara en paz y le entregué unas monedas. Le sugerí que buscara refugio en la Iglesia de San Gabriel. Me miró confundido y se marchó corriendo sin darme las gracias.

Los otros nobles se indignaron, me acusaron de querer llamar la atención. La anfitriona de aquel salón pidió que no volviera a hacer algo así, no quería que su puerta se llenara de menesterosos. Hasta mi padre me conminó a dejar de perder el tiempo en caridades inútiles, ya bastante hacía ayudando a construir un hospicio en la calle San Gabriel.

Me sentí confuso. Mi reacción había sido espontánea, simplemente no pude mirar hacia otro lado. Era lógico para mí el evitar que maltrataran a un niño que ya sufría el azote de la pobreza. ¿Cómo era posible que ellos no lo vieran del mismo modo?

El rompimiento definitivo con aquellas gentes se dio unos días después, al asistir a otra reunión en el mismo salón. La velada prometía ser como muchas otras hasta que vi aparecer un rostro conocido entre los invitados, era el marqués Donatien de Maine, el infame dueño del Palacio de los Placeres.

Llegó acompañado de dos de los más ilustres los miembros de aquel círculo de nobles respetables, esos que noche tras noche se reunían a criticar la moral de otros. Estaba claro que aquellos hombres debían ser clientes del prostíbulo, al igual que otros a los que el Marqués saludaba llamándolos por sus nombres y mencionando las visitas que le habían hecho.

Muchos torcían el gesto o palidecían al verlo, pero no les quedaba más remedio que saludarlo afablemente y presentarlo a otros como un respetable amigo. Ese era el juego del marqués, así estaba logrando abrirse camino en la alta nobleza. Ninguno podía señalarlo y acusarlo de infame porque era lo mismo que confesar la propia infamia.

El rostro de todos se desfiguró ante mis ojos. ¿Cuántos de esos malditos se había aprovechado de las desdichadas mujeres atrapadas entre los muros del Palacio de los Placeres? ¿Cuántos habían  mancillado a niños como Gastón? ¿Quién de ellos se había atrevido a tocar a Sora? La sangre me hirvió. Los odié, los repudié, quise gritarles maldiciones y asfixiarlos con mis propias manos. ¡Eran escoria disfrazada de virtud!

No pasó mucho para que me diera cuenta de que lo mismo podía decirse de mí. Lo vi todo claro. El mundo era un lugar putrefacto porque hombres como yo lo permitían. Porque cometíamos las mayores infamias preocupándonos solamente de enmascararlas bien. También nos hacíamos los ciegos ante el mal que provocaban los demás. Nuestra sensatez no era más que necedad.

No había diferencia de su vileza y la mía: mi dinero había ayudado a mantener esa prisión donde mujeres, jóvenes y niños eran profanados. Incluso era peor que todos ellos porque  había usado a Sora como mi juguete sabiendo lo que sentía por mí.

Las ganas de vomitar me hicieron retorcerme. Tuve buscar aire fresco acercándome a una ventana. Me quedé apartado por unos minutos y pude estudiar con cuidado al Marqués. Lucía como un rey, sonriendo a todos con gentileza, envolviendo a incautos que no sabían nada sobre él, futuras víctimas que engatusaría como había hecho con Raffaele.

Gracias a Madame Odette, el Marqués no tenía idea de quién era yo, mi nombre no aparecía en el libro de visitas. No podía manipularme como los demás. Sin embargo, no quería dirigirle la palabra. Recordé cuando le vi herir a Gastón, pensé en como había transformado en una sombra triste a su propia hija y en su cruel dominio sobre Sora y Xiao Meng. Cuanta malicia se escondía tras aquella apariencia digna, cuanta hipocresía… Aquel hombre era la imagen de lo que yo podía convertirme en el futuro. Escapé aterrado.

—¿Cómo pude ser tan ciego? —murmuré angustiado mientras me abría paso entre los nobles buscando la salida.

No dejaba de repetirme que Maurice tenía razón en todo, que era el único que veía el mundo tal y como era. ¡Y yo lo había hecho llorar para conseguir el aplauso de unos miserables hipócritas! ¡Yo había renunciado a una vida juntos para convertirme en un ser asqueroso como el Marqués De Maine! ¡Había sacrificado todo por un lugar entre aquellas gentes!

Me marché caminando por las calles de París sin rumbo fijo. No me importó lo que pensara mi padre por dejarle sin avisar. No sabía qué hacer. Vomité en una esquina y algunas personas quisieron ayudarme. Les pedí que me indicaran el camino para llegar a cierta calle. Un caballero me llevó en su carruaje creyendo que se trataba de una emergencia. Le agradecí y lo vi marchar con una sonrisa irónica en el rostro, lo único que había hecho era ayudarme a llegar a la taberna Corinto donde bebí hasta desmayarme

El dueño, al verme en tal estado, mandó a llamar a Etienne. Este me recogió y llevó a su casa. Al despertar en aquella humilde buhardilla me asusté. Cuando él me explicó todo volví a recostarme y le pedí que enviara un mensajero a mi casa.

Didier no tardó mucho en ir a recogerme. Hizo toda una escena angustiado por mi estado. Me sumí en el silencio. Etienne también trató de hacerme entrar en razón. Yo le agradecí toda su ayuda y me despedí. Durante el viaje hacia mi casa, mi hermano me suplicó que no volviera a beber. Juré que no lo haría. Le mentí. No podía sobrevivir sobrio.

A partir de ese día bebía cada vez más. Los días se volvieron una rueda de molino que me aplastaba con su lento girar. Estaba desesperado y lo único que me aliviaba era la inconsciencia que brindaba el alcohol. Había hecho llorar a Maurice, ¿cómo podía seguir viviendo con eso?

Lo cierto es que de nuevo se transformé en un borracho que se sentía indigno de respirar. Todo a mi alrededor se volvió caótico. Mi padre no hacía más que quejarse de que estuviera siempre indispuesto para ir a socializar como antes. Didier no dejaba de importunarme tratando de ayudarme.

Aunque deseaba ver a Sora, no me atreví a visitar el Palacio de los Placeres. Temía hacerle daño de nuevo. Ya había cometido más infamias de las que podía perdonarme. Tampoco volví a la calle San Gabriel, ni quise recibir a Etienne, François y Sébastien cuando me visitaron preocupados. Dejé que las cartas de Bernard siguieran acumulándose y rechacé una invitación de Joseph.

Al acercarse el momento de mi consagración, mis hermanas regresaron a París junto con sus hijos y esposos. El ambiente en casa se volvió más tenso, todos menos mi padre se daban cuenta de que yo no era feliz. Trataron de ayudarme, encontraron mi rechazo y la ofuscación de nuestro padre.

Recuerdo que al volver a casa, después de una visita ineludible al arzobispo, descubrí que se desarrollaba una feroz discusión en el despacho. Por lo que escuché, Didier acusaba a nuestro padre de haber fingido su enfermedad. Alegaba que era muy sospechoso que al día siguiente de que Madame Severine le presentara a aquel médico, él hubiera tenido semejante recaída.

Ni siquiera tuve fuerzas para indignarme. Me encerré en mi habitación y destapé una las  botellas que tenía escondida. Madame Severine podía haberme tendido una trampa para alejarme de sus sobrinos, pero yo fui quien tomó la decisión de cambiar el amor de Maurice por un título eclesiástico, quien lo hizo llorar y lo menospreció… el único culpable de mi propia miseria era el hombre que veía en el espejo y al que odiaba irremediablemente.

Mi dolor fue tan insoportable que me ahogué en alcohol y perdí la conciencia por horas, al despertar, cuando ya era de noche, sentí frío. Encendí la chimenea con torpeza y me hice una ligera quemadura en el pulgar. Contemplé el fuego consumir la madera como si aquello fuera algo envidiable.

Me quedé de rodillas ante las llamas. Al observar mis manos recordé el rito de la consagración sacerdotal. ¡Cuántas veces había deseado quitarme de encima aquel estigma! ¿Por qué había aceptado el obispado?

Maurice estaba en lo correcto, yo había convertido nuestro amor en un pecado en el momento en que lo hice sufrir por mi egoísmo, al querer imponerle mi voluntad sin considerar que era una persona y no un objeto al cual poseer.

—He sido un miserable —reconocí al fin—. Debí hacerle caso a Miguel y a Raffaele. ¿Cómo pude hacer sufrir  a Maurice? ¡Nunca me lo perdonaré!

Supongo que el alcohol me hizo perder por completo el sentido común. En lugar de empezar a empacar para marcharme a Nápoles, comencé a maldecirme temblando de rabia. ¡Me odiaba tanto por haber destruido nuestra felicidad!

Quise escapar de mi propia piel, quise destruirme y a la vez liberarme. El fuego me llamaba, el fuego que transformaba al destruir… Extendí mis manos y las sumergí apoyando todo el peso de mi cuerpo. Las flamas se elevaron, hirieron la piel sin misericordia y empezaron a consumir mi ropa. Mis gritos llenaron la casa, era la primera vez desde que Maurice se marchó que me sentía vivo.

Mi cuñada abrió la puerta y gritó pidiendo ayuda. Didier entró tras ella, me apartó del fuego a la fuerza y apagó las llamas con su casaca. Pronto llegaron mi padre, mis hermanas, mis cuñados y un ejército de sirvientes. Todo fue un caos de rostros asustados y gritos de desesperación.

Yo estaba atrapado en un éxtasis de dolor que no me dejaba pensar. De pronto me vi en mi cama y a mi padre de rodillas a mi lado, llorando y preguntando por qué lo había hecho.

—Pensé que así no tendría que ser sacerdote —reconocí.

Se sorprendió y se echó a llorar con más intensidad llamándome idiota y echándose la culpa. Pronto su imagen se hizo difusa.

Antes de que todo se oscureciera, alcancé a decir lo que había tenido reprimido en mi pecho durante días:

—¡Perdóname… Maurice!

Lo que siguió fue la agonía.

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