XXIV El Corazón Agitado

Parte I
En ausencia de Philippe, Raffaele volvió a ser el amo y señor del Palacio de las Ninfas. Los sirvientes lo tenían bastante claro y le obedecían a ciegas, pero pasaban muy malos ratos cumpliendo algunas de sus órdenes. En especial las que se referían a Madame Severine.
Debían evitar que la abadesa recorriera libremente el lugar, hacerla esperar en el despacho cuando llegara y avisarle únicamente a su señor de su presencia. En caso de que él no se encontrara, estaban obligados a despedirla. Por supuesto que sufrían la ira fría de la terrible mujer y los ladridos de Agnes, pero le temían más a la cólera fulminante de Raffaele.
La intención de este era evitar que su tía nos incordiara, sobre todo a Maurice. La estrategia funcionó por un tiempo, hasta una mañana en la que se presentó en el comedor a la hora de desayunar, dispuesta a sentarse con nosotros. Los sirvientes juraron que no habían visto llegar ningún carruaje cuando Raffaele los amonestó. Lo cierto es que la mujer volvió a "aparecer" entre nosotros y nos dejó sin apetito.
Al principio se mostró algo cariñosa, habló de trivialidades y bajamos la guardia. Luego preguntó a Maurice qué pensaba hacer durante ese día, ya que esperaba que él la acompañara a conocer a un monje amigo suyo.
Maurice declinó la invitación porque tenía planeado ir a la calle San Gabriel conmigo. Su tía sacó entonces el arsenal y comenzó su ataque.


—¿Hasta cuándo vas a perder el tiempo con esas gentes? Eres un Alençon, no debes mezclarte con la plebe. Si quieres hacer caridad, envía dinero con un sirviente.
Maurice iba a contestar airadamente cuando Raffaele puso su mano ante su rostro, indicando que no hablara.
—Mi querida tía —dijo el heredero sonriendo—, es extraño que siendo tú una monja tengas tan poca caridad. ¿Acaso Nuestro Señor Jesucristo no pasó su vida entre los pobres?
—Querido sobrino, no digo que hagan mal al ayudar a los pobres, sólo les recuerdo que gente de nuestra clase no debe ir a esos lugares.
—Ya sabes lo raras que están las cosas en nuestro reino, hasta las monjas dejan sus claustros cuando quieren...
—Esos son temas fútiles...—respondió torciendo un poco la boca.
—Sin duda. ¿Por qué no dejas de irte por las ramas y viertes de una vez todo el veneno que viniste a traer?
—Raffaele, tus modales son tan toscos.
—Al grano, tía, ¿a qué viniste?
—Estoy preocupada por ustedes, viven en pecado.
Enseguida me fijé en el rostro de sorpresa de los sirvientes que esperaban a unos pasos de nosotros. La indiscreción de Madame Severine era inaudita.
—Reza por nosotros y déjanos en paz —respondió Raffaele con desdén.
—No quiero que malas influencias —continuó la mujer, mirándome con desprecio—, los lleven más profundo por la senda de la perdición.
—¡Ya es  suficiente! —rugió Maurice— ¡Vámonos!
Se levantó y ella también lo hizo para seguirlo.
—Maurice, vine a hacerte una pregunta: ¿Qué vas a hacer de ahora en adelante? Ya no eres jesuita, pero si entras en la Orden de los Cartujos podrás seguir consagrado a Dios.
Mi corazón dio un vuelco. ¡Nada menos que los hijos de San Bruno! La orden más rigurosa  de la Iglesia. Sus miembros simplemente vivían aislados del mundo e incluso entre ellos mismos apenas hablaban. Madame Severine quería encerrar a Maurice donde nadie volviera a verlo.
—Nunca he apreciado la vida monástica —respondió mi amigo—. Encerrarme a rezar entre cuatro paredes, me parece egoísta.
—¡Entonces te casarás! —declaró tajante la mujer y volvió a sentarse para continuar su desayuno.
—¡Jamás! —afirmó Maurice de inmediato—. ¡Y menos por orden tuya! Tío Philippe me dio su permiso para decidir mi propia vida.
—Philippe es muy blando contigo. El matrimonio te hará bien. Ahora que el Rey te aprecia, te has convertido en un gran partido. Conozco al Conde de Poitiers,  no es muy importante pero es rico y tiene una hija tan joven como tú y...
Todos protestamos a la vez. Ella bebió de su copa, limpió la comisura de sus labios y encaró a su enfurecido sobrino con fría calma.
—¿Qué planeas hacer de aquí en adelante entonces?
Maurice me miró por un momento, luego volvió a fijar la vista en su tía.
—Eso no te incumbe —respondió con aplomo.
—Por supuesto que sí. Eres un Alençon y como tal debes vivir.
—¡Maldigo ser un Alençon! ¡Ojalá nunca hubiera nacido en esta maldita familia!
El golpe fue rápido, contundente y lanzó el cuerpo de Maurice más de un metro hacia atrás. Seguramente Raffaele pensó en abofetearlo o simplemente no pensó. Lo oyó renegar de su existencia y lo golpeó con su enorme puño en la cara sin medir sus fuerzas. La sangre se asomó a la nariz de su primo, mientras todos nos preguntábamos qué había pasado.
—¡Nunca vuelvas a decir eso! —demandó el gigante temblando de rabia.
Corrí a levantar a Maurice. Debí rodear la larga mesa y cuando llegué a él ya tenía a su lado a Marie-Angélique, la bella, sí muy bella, sirvienta.
La joven olvidó quedarse quieta como una estatua, tal como dictaba su deber, y se lanzó a protegerlo. Lo que vi en sus ojos era inconfundible: estaba enamorada de él. Sentí el impulso de empujarla pero de eso se encargó Agnes, quién la regañó y obligó a levantarse sujetándola del brazo
Mi amigo agradeció a la joven, y me tendió la mano para que lo ayudara a levantarse.
—Lo siento —dijo a Raffaele, quien todavía lo miraba furioso. Miguel trataba de tranquilizarlo —. No debí decir eso.
—Yo no debí golpearte —reconoció su primo.
—Es lo que pasa cuando ustedes están juntos —dijo Madame Severine—. Deben renunciar a esta tontería y marcharse cada uno a su casa.
—La que tiene que irse eres tú, tía —exigió Raffaele.
—¡Esta es mi casa! Yo no soy como algunos  hombres de poca moral, que viven a expensas de otros sin inmutarse. Eso es vergonzoso y refleja un espíritu mezquino. ¿No lo cree Monsieur Vassili Du Croisés?
No respondí. Su provocación era tan vulgar, que sentí asco.  
—¡Deja a Vassili en paz! —replicó Maurice.
—No diré más. Sé que un hombre como él hará caso omiso a mis palabras. Sus vicios lo han ofuscado y no le queda nada de decencia.
—¿Cómo se atreve? —protesté perdiendo la calma—. ¡Me ofende!
—¡Usted ofende a su padre con la vida licenciosa que lleva! Si quiere ir a parar al infierno, adelante. Pero no arrastre a mis sobrinos.
—¡No le permito...!
—¡Usted no es nadie! —exclamó levantándose majestuosa y terrible. Me dejó paralizado—. No tiene título, su padre no piensa sostenerlo más, y carece de honra porque toda Francia conoce de su vida disipada. ¡Usted no puede prohibirme nada! El día en que mis sobrinos dejen de protegerlo se verá cómo le vemos todos: un bufón lisonjero que se aprovecha de sus amigos para vivir.
No puedo decir qué pasó con exactitud. Supongo que Maurice y los otros se encolerizaron y la sacaron del palacio. Recuerdo que me decían que no hiciera caso a sus palabras; yo no escuchaba, no veía, no respiraba... sólo sangraba mientras temblaba de rabia contra Madame Severine. También contra mí mismo, porque no podía refutar lo que había dicho.
Efectivamente, yo no era nadie sin el respaldo de mi familia, sin una buena reputación y sin un título, aunque fuera eclesiástico. Me sentí suspendido en el vacío. Nunca había saboreado el corrosivo veneno de la humillación hasta ese día.
Yo era  Vassili Du Croisés, un hombre nada acostumbrado a la insignificancia. Ella había puesto ante mí un espejo en el que me descubrí desnudo, deforme, vulgar e infinitamente vulnerable. Me llené de amargura, solté una maldición y me marché sin querer escuchar a nadie, ni siquiera a Maurice. Estuve encerrado en mi habitación por horas. Nada pudo reducir mi irritación.
Decidí marcharme al único lugar en el mundo donde podía sentirme mejor; un lugar donde yo era un rey, un dios adorado con la mayor devoción. Y donde me esperaba una persona dispuesta a hacerme olvidar entre sus piernas todo lo que me mortificaba...
No lo pensé mucho, mandé a preparar el carruaje y partí rumbo al Palacio de los Placeres, hacia los brazos de Sora y el océano de lujuria en el que con gusto pensaba ahogarme.
—Otra vez te ha hecho enojar tu amado —dijo con malicia después que se recuperó de mis embestidas.
—No ha sido él. Ha sido una maldita serpiente con palabras venenosas.
—Deja que te cure, Vassili —susurró acariciando mi pecho.
—Debería irme. Estás cansado, es muy temprano y no te dejé dormir.
—No. Tú puedes estar satisfecho, pero yo no —me mostró su miembro erecto—. Tengo mucha hambre de ti, Vassili.
—Entonces devórame, Sorata.
Lo abracé y él se recostó sobre mi cuerpo, me mordió en el hombro, en el cuello, en la barbilla, hasta que llegó a mi boca.  Nuestras lenguas empezaron a enlazarse en una danza llena de ansias y exigencias.
—Vassili —susurró vehemente—, quiero atarte otra vez para que no puedas dejarme nunca más.
—Puedes intentarlo si quieres, pero me iré igual  —respondí riendo.
—¡Qué malo eres!
—No te quejes y aprovecha el tiempo, en este momento estoy aquí y soy tuyo.
Eso le excitó  terriblemente; me hundió en la cama y volvió a besarme y morderme. Después me hizo dar vuelta y entró en mí con todo el cuidado que su deseo le permitió. Me arrancó un grito de dolor y fascinación. Lo que siguió fue el éxtasis, nadie sabía complacerme como él.  
Regresé por la tarde al Palacio de las Ninfas. No quería hablar ni escuchar a nadie, pensé en encerrarme en mi habitación otra vez. Para mi sorpresa, Maurice estaba ahí esperándome.
—¿Has bebido? —preguntó muy serio.
—No.
—Bien. Sólo eso quería saber.
—No ese tipo de vino —dije molesto antes de que saliera—. Otro que aturde y hace olvidar de igual modo, ese que me has negado o me has dado a medias tantas veces ya...
—¿Porque tía Severine te trató de esa forma, tú vas a ser cruel conmigo? —preguntó enojado. Al ver su expresión, reaccioné.
—Lo lamento, he actuado como un tonto.
—Estás herido, lo entiendo. Descansa, mañana hablaremos.
—Quédate, por favor —supliqué sin pensar.
—No puedo, Vassili. Hueles a alguien más... ¡No lo soporto!
Cerró la puerta y me quedé solo, odiándome más que nunca.
—¡Eres un idiota!— gritó Raffaele furioso durante el desayuno, después de enviar a los sirvientes a otro lado.
—¿Acaso tú jamás ahogaste las penas en un prostíbulo? —le recriminó Miguel con mordacidad.
—¿Ahora defiendes a Vassili? Ayer querías castrarlo.
—Y aun pienso que así solucionaríamos sus problemas de conducta —se justificó el español, mostrando una sonrisa malévola ante mi mirada espantada—. Pero debemos ser más comprensivos y considerar que tía Severine lo hizo sentir mal.
—Lo que me hirió fue que tiene razón —reconocí mortificado.
—¡Qué tontería estás diciendo, Vassili! —soltó Maurice con una sonrisa fiera—. Me voy a convencer de que, cuando dices algo inteligente, es por accidente.
Los  otros se echaron a reír. Los miré con intenciones asesinas.
Por más que me insistieron en que olvidara el asunto, no dejé de mortificarme. Deseaba tener un título y dejar de depender económicamente de mi familia. La idea de trabajar ni siquiera pasó por mi cabeza, yo era un   noble, alguien que había nacido entre los grandes y para ser grande. Sin embargo, mientras no aceptara las condiciones de mi padre, él me reduciría a un limosnero.
Hasta que Madame Severine no puso su dedo en esa llaga, y hurgó la piel con malsana inquina, no me percaté por completo de mi desgraciada situación.
—Eres un tonto, Vassili —me repetía Raffaele  cada vez que yo sacaba el tema.
—Tú no entiendes porque eres el heredero de un ducado.
—Con  gusto le pasaría esta carga a otro. Por ser el heredero debo casarme con una  niña de quince años. ¡No sé cómo voy a embarazarla! ¡Seguramente ni siquiera tiene pecho y todavía juega con muñecas!
Puso tal cara de escándalo, que logró hacerme reír y continuamos nuestra partida de cartas. Miguel y Maurice estaban dedicados a la pintura en un desesperado intento por terminar los cuadros del retablo e inaugurar la iglesia a finales de ese mes.
No dudé que mi amado pelirrojo estaba usando aquello como excusa para evitarme. Desde mi última visita a Sora, se mostraba distante. Le di toda la razón de actuar así y busqué reparar mi mal comportamiento.
Me empeñé en administrar muy bien el dinero que Joseph y Philippe destinaban para los trabajos de la calle San Gabriel. Apresuré a los obreros, inicié los pesados trámites para construir la cloaca y me ofrecí a enseñar a leer a algunos pilluelos al igual  Etienne y François.
Me convertí en su solícita sombra otra vez, llegué al extremo de aceptar  acompañarlo a ver a su amigo el Rabino. Todo para que él volviera a sonreír como un sol radiante y no como un día nublado.
Por suerte mi padre escribió exigiendo que fuera a verle y la visita al barrio judío quedó pospuesta. En mi casa la conversación se tornó en una discusión como era de esperarse. Cuando iba a marcharme, mis hermanos insistieron en que me quedara porque ya había anochecido.
Mi padre apoyó la idea para continuar nuestro debate al día siguiente. Accedí fingiendo estar de acuerdo, me levanté de madrugada y escapé. Sabía que eso lo iba a enojar, pero no tanto como la negativa rotunda que pensaba volver a darle.
Llegué al Palacio de las Ninfas cuando apenas amanecía. El cielo se teñía de colores y el viento acariciaba silencioso; comprendí por qué Maurice gustaba de levantarse temprano para ver ese espectáculo. Detuve mi caballo apenas pasé la verja de la entrada a los jardines y contemplé el enorme edificio  a lo lejos, transfigurado por la luz en algo aún más majestuoso de lo que ya era.   
Cuando paseé la vista por el hermoso cielo, me fijé en la torre de la iglesia. Los mechones rojos danzando con el viento me hicieron sonreír.
—Así que ahí es donde contemplas el amanecer —dije.
Nunca había visitado la iglesia de los Alençon; era antigua y algo grande si se la comparaba con el oratorio que tenía mi familia o la capilla del Palacio de  Versalles. Dos rosetones en el frente y en el fondo y algunos vitrales laterales evitaban que fuera oscura del todo.
En el retablo del presbiterio se encontraba las imágenes de San Ignacio de Loyola y su amigo San Francisco Javier. No pude evitar blanquear los ojos fastidiado al verlos, la Compañía de Jesús insistía en ser omnipresente en la vida de Maurice.
En el centro del retablo se había un enorme Cristo tallado de una madera de color  oscuro. Era bastante feo y contrastaba con las otras imágenes de madera policromada. Además, tenía el rostro sonriente a pesar de estar crucificado. No me gustó. Ni en mis años de abate observante hubiera despertado mi devoción.
Busqué el acceso a la torre. Había una reja amplia a la derecha que llevaba a otra estancia. Entré y me quedé sorprendido al ver lápidas en las paredes. Pude leer los nombres del viejo Duque, la vieja Duquesa y otros miembros de la estirpe de los Alençon. Me estremecí. Di media vuelta para salir de inmediato, vi otra tumba a un lado, bajo el único vitral que  iluminaba el recinto, fui hacia ella.
El vitral tenía la imagen de un ángel pelirrojo que me hizo pensar en la pintura que Miguel estaba terminando, y en otro cuadro: el que adornaba la Habitación de Cristal. La tumba era distinta a todas, se trataba de un sarcófago de mármol que tenía esculpida en la tapa la imagen de una doncella durmiendo.
No tuve que leer el nombre para saber que la más joven de las ninfas dormía ahí, la madre de Maurice, quien enloqueció cuando su hermano alejó a su amante y no sobrevivió a un parto laborioso.
—¿Habría sido una buena madre para él? —pregunté a la nada. Por supuesto, no obtuve respuesta. Salí del mausoleo dominado por un sentimiento de tristeza y veneración.
Seguí buscando. Junto a la sacristía encontré una puerta que llevaba a las escaleras de la torre. Subí tratando de no hacer ruido para sorprender a Maurice. Lo vi sentado en el marco de la ventana, con la Biblia en las manos, teniendo de fondo el cielo que ya perdía los colores del amanecer. Recordé el día en que nos conocimos, siete años atrás.
Mi corazón se transfiguró en una llamarada que crecía hasta volverse inabarcable ¿Qué otra cosa podía ser lo que sentía sino amor? Maurice era un necio al decir que yo no sabía lo que quería. Sí lo sabía, lo quería él y a nadie más. Él me hacía feliz, lo deseaba y necesitaba con locura.
¿Por qué no se entregaba a mí? ¿Por qué no había llegado corriendo a decirme que ya no tenía votos y que nada impedía que lo hiciera mío? ¿Por qué se mostraba tan frío a pesar de conocer lo que yo sentía? ¿Por qué tenía que ser tan difícil amarlo? Todo eso pensé hasta que sus bellos ojos se posaron en mí y me sonrió.
Entonces ya no pude pensar y fui hasta él con intención de besarlo. Me incliné y acaricié sus labios. No me alejó pero tampoco correspondió de la forma apasionada que esperaba.
—Has descubierto oratorio —dijo con simpatía.
—Lo elegiste bastante alto.
—Desde aquí se puede ver el lago.
—¿En serio?
Me asomé a la ventana y, efectivamente, a lo  lejos se veía el reflejo del agua en medio del bosque. Luego me percaté de algo más y tuve que aferrarme a las piedras que enmarcaban la ventana, porque de otro modo hubiera caído de rodillas.  
—¡No es posible! —exclamé aterrado.
Desde ese lugar podía verse perfectamente la Habitación de Cristal. Esta se encontraba frente a la iglesia, al otro lado del jardín. Incluso se podía distinguir quién salía o entraba.
Maurice volteó para mirar en la dirección que yo lo hacía. Esperé su reacción. No dijo nada. Se levantó y se alejó.
—¡Lo sabe! —pensé.
Caí en la cuenta de que el día en que Miguel, Raffaele y yo nos quedamos dormidos, era el mismo en que Maurice discutió con ellos y cambió su actitud.
―Es obvio que lo sabe! —grité dentro de mí—. Tengo que explicarle , tengo qué...
No pude moverme. Por más que le ordenaba a mi cuerpo que dejara de permanecer encorvado en esa ventana, no podía hacer nada. Sentí frío, mucho frío. Sentí que mi piel estaba compuesta de nieve húmeda...
—Jamás creerá que lo amo —me dije. Luego, aferrándome a una esperanza incierta, recapacité—. Quizás no lo sabe y estoy preocupándome de más.
Di vuelta con mucho esfuerzo y vi que estaba solo. No había nadie a quien preguntar, nadie a quien convencer, nadie me estaba juzgando. Maurice se había ido.
Desconcertado, bajé las escaleras. Lo encontré ante el altar mayor, contemplando el Cristo feo. Me acerqué a él como un animal asustado, dudando a cada paso.
—La primera vez que escuché hablar de Dios, al menos la que yo recuerdo, fue en esta iglesia —dijo sin mirarme—. Tío Philippe me trajo y me mostró el crucifijo diciéndome que era la imagen del  Hijo de Dios. No era éste Cristo sido uno de alabastro y...
—Este es bastante feo —intervine nervioso—. ¿Por qué lo cambiaron?
—Es una réplica del Cristo que se encuentra en el Castillo de Javier —respondió encogiéndose de hombros—. Tío Philippe le tiene mucha devoción porque nos concedió un milagro.
—¡Qué interesante! Nunca has hablado al respecto —Yo simplemente no quería que siguiera hablando. Tenía mucho miedo de lo que fuera a decir.
—Recuerdo que me quedé mirando el Cristo y pregunté por qué estaba clavado de esa forma —continuó su relato ignorando mis palabras—. Me pareció terrible verle con las manos y los pies atravesadas. Tío Philippe contestó que Dios Padre le había pedido que nos salvará de esa forma. Me eché a llorar.
—Era de esperarse. Para un niño es confuso.
—Para cualquier persona es confuso. No debió decir eso. Fueron las autoridades judías y romanas la que quisieron que Jesús muriera. Su padre sólo le mandó a salvarnos y eso lo hizo viviendo como vivió.  
—Pero era voluntad de Dios que muriera de esa forma...
—¡Ah! ¡Siempre entiendes todo mal! Pero ahora no es momento de explicartelo. Déjame hablar.
—Perdona. Por favor, continúa.
—Mi tío me dijo en ese momento que Dios Padre nunca dejó solo a su hijo, que mientras este sufría, él también lo hacía. Y que de la misma forma nunca me dejaba solo a mí. Nunca he olvidado eso. Cuando todo parecía desmoronarse, yo creía firmemente que el Padre Celestial y  mi Señor Jesucristo estaban conmigo. Así tenía paz incluso en la prisión.
—Entiendo… —en realidad, no sabía qué decir  ni a dónde quería llegar Maurice.
—Pero ahora no puedo sentir a Dios a mi lado porque estoy aturdido... Trato de orar y mi mente se llena de una sola cosa, de ti Vassili. Por eso mi corazón ya no se sosiega. Empiezo a pensar en nosotros y mi cuerpo se inflama... Tampoco consigo dormir. No sé qué hacer hacer… ¡Y tú te largas a revolcarte con otros hombres y mientes diciendo que has ido a ver a tu padre! ¡¿Tienes idea de lo que me haces sentir cada vez que lo haces?!
Su rostro se desfiguró por la ira y la angustia.
—Reconozco que antes mentí, pero ayer  de verdad fui a ver a mi padre... —repliqué nervioso—. ¡Lo juro! Puedes preguntarle... .
—Te creo— dijo con gravedad.
—¿En serio?
—Fuiste a caballo, no usaste el carruaje de siempre y tampoco estuviste con… Bien, el hecho es que te creo.
—Sé que te he dado motivos para dudar pero...
—Me has dado motivos y aún así no dudo —reconoció mostrando una sonrisa cargada de amargura—. Me lanzaría a tus brazos ahora mismo, ciego, hambriento y dispuesto a creer hasta lo más inverosímil que me dijeras. Tengo que esforzarme para no hacerlo por mi propio bien, porque la única cosa que has demostrado con tus actos es que no sabes lo que quieres.
—Te demostraré que puedes confiar en mí...
—¡Hazlo, por favor, ya no sé qué hacer! —gritó desesperado— ¡Te necesito, Vassili, no vuelvas a dejarme para acostarte con otros!
Corrí a abrazarlo. Se estremeció y contuvo un jadeo. Lo sentí tan frágil… Aunque la verdad es que no lo era.
—¡Te amo, Maurice! —exclamé sincero.
—Calla —suplicó—. No quiero escucharlo más. Quiero verlo para justificar esta fe ciega que tengo en ti.
—Te amo y lo verás —afirmé lleno de convicción—. Te lo demostraré.
Lo besé. Al principio correspondió, luego se revolvió y me empujó.
—¡No podemos, aquí no!
—A Dios no le molesta —respondí seductor—. Es impasible.
—No juegues con eso, Vassili.
—Dios no ve, no siente, no habla. No le importa lo que hagamos, lo mismo que no le importa que un niño muera de frío en la calle. ¿Y todo esto por qué? Porque no existe.
Se alejó molesto. Bajó las escaleras del presbiterio y se dio vuelta para encararme.
—Antes de que llegaras le pregunté a Nuestro Señor qué debía hacer, si alejarme de ti o aceptarte como eres. Al verte aparecer me lo tomé como una respuesta. Así que te conviene que Dios exista— agregó amenazante.
—Retiro lo dicho entonces —repliqué sonriendo—. Y ya que Dios te lo ha confirmado… ¡seamos amantes Maurice!
—¡Cretino! —escupió indignado.
Volvió a darme la espalda y caminó decidido hacia la puerta de la Iglesia. Solté un suspiro resignado. Miré al Cristo de la sonrisa tonta y no pude evitar sentirme incómodo. ¿Se estaba burlando de mí?
Seguí a Maurice con paso presuroso y lo alcancé al salir.
—¿Por qué no podemos ser amantes ahora? —insistí—. Ya no tienes votos, podemos hacer el amor sin remordimientos.
—¿No tienes otra cosa en la cabeza? —gruñó despectivo.
Tomó las riendas de su caballo y comenzó a caminar hacia el palacio. Yo hice lo mismo.
—Tengo mucho en mi cabeza. Por ejemplo, pienso que no quieres ser mi amante porque crees que es pecado. Lo que te convierte en un farsante,  ya que le dijiste a tus primos que su relación no lo era y convenciste a tu tío de aceptarlos.
—Vassili, no es así —respondió preocupado.
—No te creo. Y ahora soy yo quien exige pruebas: Pruébame que no crees que es pecado amarme entregándote a mí  —exigí descarado colocándome ante él, cerrándole el paso.  
Me miró sorprendido un momento. Después volvió a enfurecerse, me hizo a un lado y siguió caminando. Lo alcancé y continué insistiendo como un tonto.
—Temo que una vez que me entregué a ti— dijo al fin muy serio—, desaparezca toda esa afición que sientes por mí.
—¡Eso nunca…!
—Tú no sabes lo que quieres —aseguró mirándome con una inmensa tristeza.
—¡Deja de decir eso!
—Eres un niño que ha descubierto algo que le da placer y no quiere soltarlo.
—¡Basta! —repliqué molesto—. ¿Qué tiene de malo anhelar el placer...?
—Amar es más que sentir placer, Vassili. Amar es dar la vida por quien amas...
—¿Quieres que me pegué un tiro por ti? —amenacé furioso—. ¡Con gusto lo haré si con eso estás contento!
—¿Estás loco? ¡No vuelvas a decir eso!
—¡Me estás volviendo loco!
Continuamos caminando en silencio, disgustados. Al llegar a la estatua de las Ninfas volví a encararlo.
—¿Dime qué es para ti amar, Maurice? ¿Mirarnos y no tocarnos? ¡Eso es absurdo!
—¡Amar es aceptar al otro y perdonarlo aunque sientas que te destroza con todo lo que dice y hace!
Me quedé sin aliento, él me miró furioso mientras respiraba agitado. Luego siguió caminando. Dejé que se alejara.
—Lo sabe —murmuré—. Ahora estoy seguro de que sabe que dormí con Raffaele y Miguel —me sentí derrotado y avergonzado por un momento. Después reparé en su actitud—. Quiere perdonarme, por eso no habla al respecto.
Sonreí al darme cuenta de que Maurice me amaba tanto y con tal candidez, que pensaba hacerse el ciego ante mi relación con sus primos. Resolví que debía atraerlo, mostrarle que yo era de confianza y entonces sería mío de manera incondicional.
Apresuré el paso para darle alcance. Supliqué su perdón e hice toda una escena en la que no faltaron promesas y lágrimas. Incluso juré que esperaría hasta el fin de los tiempos a que él quisiera ser mío. Por supuesto que, en el fondo, pensaba que ese final de los tiempos ocurriría esa misma noche.
Logré hacerle sonreír y el resto del camino hablamos de mi padre y de lo mal que estaba resultando todo con él. Maurice procuró darme ánimo  con su bondad acostumbrada.
Sé que si alguien lee algún día estas líneas estará de acuerdo en que me comporté como un cretino. En realidad, fui algo peor que eso: como él estaba dispuesto a perdonarme, yo no consideré del todo necesario dejar de ver a Sora ni negarme un paseo al lago con Raffaele o renunciar a la esperanza de que Miguel aceptara algún día volver a la Habitación de Cristal. En aquel momento resultaba del todo cierto que yo era un niño a merced de su propio capricho.

***

Parte II
En mi defensa puedo decir que  muchas cosas me distraían e impedían hacer una sana reflexión: las intrigas de Madame Severine, los secretos de la familia Alençon, las exigencias de mi padre y, para colmo de males, el descubrimiento de una nueva rival.
Marie-Ángelique me inquietaba. Desde que sospeché que estaba enamorada de Maurice, desarrollé una animadversión violenta hacia ella. La consideraba más peligrosa que Virginie. Maurice pasaba varias horas a la semana enseñándole y la tenía a su alrededor cada día.
Además, era amable con ella y no mantenía la distancia que debía existir entre un noble y una simple sirvienta. Incluso llegué a sospechar que la menuda muchacha le gustaba, porque tenía rasgos semejantes a Virginie. Se podría decir que era del tipo de mujer en la que él se fijaría. Los celos me destrozaban las entrañas.
Recuerdo que estando en los jardines, durante una práctica de esgrima en la que  Maurice y Miguel demostraban  sus habilidades, ella nos trajo de beber y se quedó embelesada mirando a su mentor. Moderando mi voz, para que los contendientes no me oyeran, la regañé y la envié a la cocina.  
—Siempre eres amable con la servidumbre, Vassili —me dijo Raffaele, quien se encontraba sentado a mi lado, contemplando embelesado también—. ¿Por qué has tratado así a esa chica?
—Perdía el tiempo —respondí excusándome.
—Reconoce que ha sido porque estás celoso.
—¿Lo has notado?
—Por supuesto, eres transparente para mí.
—Espero no serlo para Maurice.
—Él es muy denso y está enamorado de ti, seguramente no se ha dado cuenta. Sin embargo, si haces llorar a una de sus pupilas, no creas que le va a hacer mucha gracia. Él odia que los grandes opriman a los pequeños. Ya sabes que no ve el mundo como lo vemos todos, él piensa que una sirvienta y una reina son igualmente dignas de respeto.
—Sí, lo sé bien.
—Mayor razón para no meterte con la chica.
—¡Voy a morir de celos! ¡No sé qué hacer!
—Deja de lloriquear y lánzate con tu ejército a tomar el castillo.
—¿Qué?
—¡Llévatelo a la cama de una buena vez! Últimamente ni siquiera lo intentas...
—Quiero que antes se convenza de que puede confiar en mí.
—¡Vassili, tú no eres de fiar! Confiar en ti será el peor error que Maurice pueda cometer en su vida —se burló—. Es mejor que sepa en qué se mete y no te crea ni una palabra.
—¡Tú eres peor que yo!
—Yo ya lo he asumido, pero tú no. Tú haces toda clase de cosas y esperas que te declaren inocente.
Su risa se elevó y me dejó el orgullo herido. Era cierto que yo no demostraba ser un modelo de fidelidad, pero estaba seguro de que podía cambiar si me lo proponía. Repetía una y otra vez ese discurso en mi cabeza tratando de convencerme de que no era el libertino que realmente era.
Me acodé en la mesa que habían colocado en el jardín para que disfrutáramos de una merienda, y dejé mis pensamientos divagar mientras observaba a Maurice enfrentar a su primo. ¡Qué exquisito me parecía! Su grácil figura moviéndose con agilidad  y vigor me fascinaba. Pronto una sonrisa se dibujó en mis labios y olvidé todas mis preocupaciones.
Pensé en lo maravilloso que sería poder eternizar ese momento; ser capaz de contemplar cada vez que quisiera aquella estampa de virilidad y belleza. Era una lástima no tener talento para el dibujo y la pintura.
Luego mis pensamientos se volvieron más terrenales, por llamarlos de alguna forma, y me concentré en delinear con la mirada su cuerpo de Maurice. Deseé quitarle la blusa y el calzón, contemplarlo desnudo bajo el sol radiante, empapado en sudor, con los cabellos convertidos en una maraña salvaje moviéndose con el viento y los ojos encendidos de pasión fijos en mí.
Me imaginé recorriendo con mis manos lo que veía, sobre todo esas partes que eran más atractivas… más obscenas. Quería aprisionar sus firmes glúteos, separarlos y abrirme camino dentro de él...
—¡Ya basta, Vassili! ¡Deja de mirarme así! —gritó mi amado sacándome de mi ensueño.
—¿Qué dices? —repliqué conteniendo la risa al verlo sonrojado y furioso—. ¿Ahora no puedo mirarte?
—¡No de esa forma!
Miguel y Raffaele casi lloraban mientras se estremecían de risa. Me levanté y me acerqué a él tanto que nuestros cuerpos se rozaron.
—¿Cómo crees que estaba mirándote? —pregunté seductor—. Tan solo de la misma forma en que tú me miras a mí...
—Toma tu espada —gruñó—. Ya has visto bastante.
Obedecí sonriendo. Me encantaba que hubiera adivinado mis pensamientos. Quizá la cara de idiota que Raffaele dijo que puse fue muy reveladora. Lo cierto es que me hizo pagar caro mi entretenimiento, fue implacable y temible con sus lecciones. Gastó todas las palabras peyorativas que conocía para describir mi desempeño, mi orgullo y mi cuerpo quedaron magullados a fuerza de estocadas. Tomé nota de no volver a molestar a Maurice cuando estuviera armado. Es un recuerdo que todavía me hace reír.
Para asegurarme de neutralizar cualquier posible efecto que Marie Ángelique pudiera tener en Maurice, me ofrecí a ayudarlo en sus lecciones a los sirvientes. Tuve que reconocer que la chica era inteligente y, para mi sorpresa, la otra joven, Evangeline, lo era en mayor grado. Pensé que su deseo de saber y claridad de pensamiento la podían llevar muy lejos si hubiera nacido hombre. Casi llegué a considerarla un igual.
Maurice me contó después que Evangeline quería ser jesuita y, puesto que era imposible, él la estaba aconsejando para que se hiciera Hija de la Caridad. Sentí pena por ella. Me dolía imaginarla como una obrera muda bajo el imperio de alguna superiora tan odiosa como la que conocí en el hospicio.
De hecho, dudé que se adaptara a ese tipo de vida porque era muy seria, tenaz y no mostraba el más mínimo reparo para dar su opinión. Al notar que cada vez que salía a relucir su carácter resuelto, surgía una sonrisa de satisfacción en mi amigo,  ella también  se convirtió en blanco de mis celos.
Lo cierto es que las dos jóvenes no sólo habían aprendido a leer y escribir, también conocían y eran capaces de dar su opinión sobre  a los grandes pensadores de la época. ¿Cuánto tiempo le había tomado a Maurice el ilustrarlas? Yo estaba asombrado. Los demás sirvientes también me sorprendieron, pero las dos jóvenes se destacaban por encima de todos.
—Maurice, eres un gran maestro —le dije después que terminamos la primera lección.
—Tú también. La manera como explicaste a Evangeline ese problema gramatical fue muy clara.
Comenzó a ponderar cada cosa, por pequeña que fuera, que yo había hecho bien. Me sentí tan feliz como un niño al que le felicitan por saberse la lección. Me aficioné tanto a sus halagos, que decidí tomarme en serio el enseñar a los niños de San Gabriel.
Encargué a Renard y Aigle que eligieran una docena de chicos entre los pilluelos más listos. Etienne y François ya llevaban un tiempo enseñando, y sus chicos estaban adelantados. Yo quería demostrar que era mejor maestro, aunque nunca había enseñado.
Maurice se dedicaba a dar lecciones a algunos adultos. No tenía paciencia para enseñarle lo más básico a un niño. Lo suyo era enfrascarse en largas discusiones sobre filosofía, teología, historia, política, literatura y arte. La matemática lo mareaba. Podía memorizar libros pero no hacer un simple cálculo.
Llegué a pensar que la maraña de cabello que le coronaba era reflejo del caos que tenía dentro de su cabeza. Sus pensamientos estaban compuestos de imágenes y frases pintorescas girando en busca de un camino hacia el exterior. Una vez que algo le daba un cauce, él se convertía en un manantial de conocimiento inagotable, en el que todas las ciencias y las artes terminaban conectadas.
Maurice no olvidaba nada de lo que había visto, escuchado o leído y lo integraba todo en un mosaico creando algo nuevo y completamente suyo. Nunca dudé de su inteligencia, incluso cuando era incapaz de darle un fin práctico. Tampoco tuve dudas de que, de haber nacido en otra época y condición, hubiera terminado en la hoguera de algún inquisidor.  
En cuanto a mí, humildemente reconozco que carecía de su creatividad y lo aventajaba en método. Yo no era un hombre brillante pero sí muy meticuloso y tenaz. Había aprovechado las lecciones de mis maestros y podía considerarme de los Abates más cultos de Francia e incluso de toda Europa. Aunque la mayoría de las cosas que aprendí resultaron inútiles al dejar el sacerdocio.
Me gusta pensar que, así como Maurice fue la marejada que me impulsó a ir más allá de mis posibilidades, yo fui el hilo que le sirvió de guía para sacar toda la riqueza que tenía en su interior. Estábamos hechos el uno para el otro, incluso intelectualmente.
Volviendo a los pilluelos. Una vez que Aigle y Renard reunieron ante mí a mis nuevos pupilos, intenté convencerlos de que debían empeñarse en aprender a leer. Lo único que los motivó fue cuando comparé la vida con una carrera y dije que aquellos que leían siempre llevaban ventaja. Todos querían ganar y solían ser tramposos, así que mi oferta les pareció conveniente.
Al principio mis lecciones fueron muy espartanas. Al perder un alumno por haberle dado un tirón de oreja,  recurrí al chantaje.
—Les daré un paseo en el carruaje si aprenden a leer antes que los demás chicos.
A partir de ese momento, nunca se vio en Francia pilluelos con más ansias de aprender que mis pupilos.
Poco a poco encontré gusto a enseñar. Disfrutaba de los pequeños logros de mis chicos, y me conmovía la mirada llena de satisfacción que me dedicaba Maurice cuando me espiaba desde una esquina del jardín de la iglesia, donde yo enseñaba.
Pronto nos dimos cuenta de que, sin querer, habíamos creado una escuela: el panadero pidió que admitiéramos a sus nietos y el sastre se presentó con sus hijos. No les importaba que se sentaran junto a pilluelos en el suelo, estaban sorprendidos de que por toda la calle San Gabriel se escuchaban voces infantiles deletreando el alfabeto a toda hora.
Cuando se fue corriendo la voz, nos vimos con más alumnos de los que queríamos. Maurice pidió ayuda a sus pupilas y las dos muchachas empezaron a acompañarnos dos tardes a la semana. Mi amigo no le dio importancia al hecho de que con esto, además de desafiar a Agnes, desafiaba a la sociedad. Él lo único que veía era niños aprendiendo a leer y jóvenes haciendo florecer sus talentos. Lo demás le parecían patrañas.
Nadie se atrevió a contradecirlo cuando admitió niñas. Algunos sugerimos que las pequeñas necesitarían otro tipo de lecciones, como costura y cocina. Evangeline se atrevió a desafiarnos diciendo que las haría leer mejor que nuestros chicos en la mitad del tiempo. Nunca se vio en Francia maestros más dedicados que nosotros, desde ese momento.  
Aquella experiencia me dio una idea. Ya que leer había sido mi mayor diversión de niño, pensé en que si le enseñaba a Sora,  él podría llenar sus horas de algo agradable, algo que aliviara un poco la pesadilla que era su vida.
También quería proponerle dejar de ser lo que éramos y convertirnos en amigos. Sabía que  él no deseaba tal cosa, y ya había fallado una vez al intentarlo, más esta vez yo no iba a ceder. Ya era un hecho que nuestra relación debía cambiar o terminar definitivamente… y no me sentía con fuerzas para abandonarlo.  
Tuve que pensar en una estrategia para que Maurice no se enterara de mi visita al Palacio de los Placeres. Cuando llegó el jueves y me invitó a la casa del rabino, me negué sin el menor reparo.
—¿Y qué piensas hacer hoy? Te aburrirás todo el día solo —dijo sin poder disimular su verdadera preocupación.
—Iré a casa de Bernard. No quiero quedarme en el palacio estorbando a Miguel y Raffaele.
Mis palabras hicieron que se le iluminara el rostro. Se despidió contento. Yo me marché poco después a caballo, alquilé un carruaje en París y fui a casa de Bernard para dejar mi montura y recoger algo que le había encargado buscar.
—Aquí tienes —me dijo —. Lo he conseguido de un librero muy avaro. Ha salido más costoso de lo que esperaba.
Contemplé un hermoso ejemplar de Los Viajes de Marco Polo.
—¡Le has conseguido empastado en azul! Me alegro mucho.
—¿Es para Maurice?
—No, él ya tiene este libro. Quiero regalárselo a otro amigo.
—Espero que lo disfrute.
—No sabe leer. Quiero alentarlo a que aprenda. No es de buena familia y su situación es bastante particular, por eso no puedo dejar que sepan que voy a verle.
—Tiene suerte de tenerte por amigo.
Por un momento quise contarle todo a Bernard y pedir su consejo. Le tenía por hombre muy ecuánime, pero también por alguien muy recto, quien seguramente no iba a ver bien que yo fuera al Palacio de los Placeres o estuviera enamorado de su idolatrado Maurice.
Me despedí agradecido y abordé el carruaje rumbo al prostíbulo más controversial de París. Sora se comportó como un niño entusiasmado cuando le dije que le traía un regalo. Al mostrarle el libro se descorazonó.
—Yo te lo leeré —le conforté—. Creo que habla de tu tierra.
Al escuchar esto sonrió conmovido. Resultó que el libro hablaba mayormente de la tierra de Xiao Meng. Luego de llevar varias páginas, Sora se levantó y, moviéndose con sensualidad, fue a colocarse tras mi silla para cubrir mis ojos con sus bellas manos.
—¿Vas a leer toda la tarde?—susurró seductor.
—¿No te interesa saber qué pasa?
—No. Lo único que me interesa está aquí —me rodeó con sus brazos y lamió lóbulo de mi oreja.
— No, Sora. Quiero que dejemos de vernos como amantes. Podemos hacer otras cosas. Puedo enseñarte a leer…
Trepó en la silla para dejarse caer sobre mi regazo. Me quitó el libro de las manos y lo colocó con cuidado en el suelo .
—No — dijo rodeando mi cuello con sus largos brazos—. Tú ya sabes lo que quiero.  
Me besó. Intenté resistirme y seguir hablando. Sus besos y el roce de tu cuerpo sobre mí no ayudaron a mí floja voluntad. Lo abracé y lo levanté para que quedara a caballo sobre mí. Él me abrió el calzón e introdujo su mano para liberar mi miembro, mostrando una sonrisa lasciva y ansiosa en su rostro. Recordé mi situación y lo detuve antes de que me acogiera dentro de él.
—No puedo arruinar mi ropa — dije—. Maurice podría darse cuenta.
—Oh, deja que se dé cuenta,  que sepa que vienes a mí y las cosas que hacemos juntos... —replicó riendo con malicia.
—El que yo venga a verte de nuevo depende de que no se dé cuenta —repliqué.
Chasqueó la lengua, se levantó y me ayudó a ponerme de pie. Fue quitándome la ropa con ademanes rebuscados, mientras declaraba lo muy tonto que yo era por preferir a un hombre que no me dejaba hacerle el amor, en lugar de a él que estaba dispuesto a todo por mí.
Yo le escuchaba sin poder evitar reírme de su actitud infantil. Cuando estuve completamente desnudo, y mi ropa colocada con cuidado de la silla, se detuvo ante mí y me observó de arriba abajo, como si contemplara su propia obra de arte.
—¿Ya estás satisfecho? —me dijo.
—No —contesté—. Falta algo.
Le quité el obi e hice que su kimono se deslizara dejando su cuerpo expuesto, esperando a ser tomado.
—¡Eres tan hermoso, Sora! —dije sobrecogido.
¿Cómo podría renunciar a él? Conocía cada centímetro de su piel. Había experimentado a la perfección su suavidad y su sabor. Tenía esa experiencia, tenía las memorias… ¿cómo iba a ser amigo de un hombre capaz de convertirme en una hoguera de lujuria?
Di un paso hacia él, quien me miraba expectante, le sujete las caderas y lo apreté contra mí. Rodeó mi cuello con sus brazos y me besó. Lo alcé y  lo llevé hasta la cama para dejarlo caer suavemente.
—Hazme el amor, Vassili, no sabes cuánto lo deseo.
—Sí que lo sé, porque también estoy hambriento de ti.
Otro intento que se iba al fondo del mar. Sora me recibía dentro de su cuerpo instándome a ir cada vez más profundo, volviéndome loco con sus besos y caricias, evitando que pudiera pensar o retrasar el orgasmo. Me derrame demasiado pronto para mi gusto y para el de él .
—¡No! —dijo frustrado cuando intenté salir de él.
—Tranquilo —respondí meloso—. Te dejaré satisfecho.
Me acomodé entre sus piernas y abarqué su miembro dentro de mi boca. Me esmeré en hacerle sentir todo el placer que deseaba. Gritó cuando llegó al clímax, yo bebí su semilla triunfante.
Me acosté a su lado para disfrutar de esa sensación de satisfacción y relajación que me sobrecogía después del sexo. Eran unos instantes apenas, luego surgía la culpa y empezaba recriminarme a mí mismo por ser tan débil.
Sora se levantó, buscó el libro y volvió a echarse a mi lado ofreciéndome.
—¿Podrías continuar, por favor?
—Creí que no te había gustado.
—Por supuesto que me gustó, pero disfruto más hacer el amor contigo— sonrío y recostó su cabeza sobre mi hombro. Parecía un niño inocente, un total contraste con su expresión unos minutos atrás.
Leí una parte y cuando lo vi más interesado, cerré el libro dejándolo perplejo.
—Ya debo irme.
—¡Oh no, no puedes…!
—Lo siento.
—¿Pero qué pasa con…?
—Si aprendes a leer podrías saberlo en cualquier momento. Incluso podrías leer mis cartas...
—¿Tus cartas?
—Sí. Muchas veces he querido escribirte para que supieras por qué no te visitaba o averiguar cómo estabas, pero como no no puedes leer…
—¡Aprenderé! ¡Enséñame!.
—¡Muy bien! La próxima vez que venga serás un pupilo obediente.
—Sólo si tenemos sexo primero.
—Después. Y dependerá de qué tan buen alumno hayas sido.
—Eso no me gusta, pero no importa. Por más que lo intentes, no puedes resistirte a terminar conmigo en la cama.
—Todo se aprende, Sora, y nosotros debemos aprender a despedirnos —murmuré mientras me cambiaba. No me escuchó, afortunadamente.
Cuando regresé al Palacio de las ninfas, fui a la habitación de Maurice con sigilo y lo escuché hablar con Renard y Aigle. Al parecer también acababa de llegar .
—Monsieur Vassili salió después que usted y no ha vuelto—dijo Aigle—. Y sus primos  han estado en su habitación toda la tarde
—¿Sabes si el carruaje viejo fue usado?
—Hoy no.
—Bien —respondió Maurice satisfecho— ¿Hay noticias de mi tía?
—La bruja no ha mostrado su nariz por aquí —contestó Renard.
Me marché a mi habitación sonriendo; había descubierto la manera de engañar a Maurice. Bastaba con no usar el carruaje sin escudo; él sabía que yo nunca iría a un prostíbulo a caballo, dejando expuesto mi rostro.
Esa anoche estuvo de muy buen humor mientras jugábamos a las cartas. No quise intentar nada porque Sora podía haber dejado marcas en mi cuerpo y lo último que quería era perder a Maurice después de conseguir llevarlo a la cama.  
Repetí esa rutina en varias ocasiones implicando a Bernard. Él fue un buen cómplice.
—Maurice vino ayer y me pregunto si te había visto la semana pasada — me dijo el siguiente jueves.
—¿Qué le dijiste? —pregunté alarmado.
—La verdad, que viniste a visitarme y estuvimos hablando de libros.
—¡Gracias! —respondí sonriendo conmovido.
—¿Por qué se lo ocultas? ¿De verdad vas a ver a un amigo y no una mujer?
—No es una mujer. Es un joven de mala reputación y Maurice se enojará si lo sabe.
—No debes arriesgarte teniendo amigos de dudosa reputación. Recuerda que ya tienes bastantes rumores sobre ti.
—Es un pobre desdichado. Si le abandono, se  desesperará.
—¡Qué situación tan difícil! ¿Y realmente está aprendiendo a leer?
—Sí. Lo he convencido al fin. Lamento meterte en este problema, Bernard. Sólo será por poco tiempo.
—No te preocupes. He pensado que podríamos beneficiarnos mutuamente. Hoy saldré contigo o al menos eso le haré creer a mi familia —dijo guiñando un ojo.
—¿También tiene secretos?
—Uno muy triste: estoy enamorado.
—¡Eso es maravilloso!
—No lo es.  Me he enamorado de una joven burguesa y, aunque es muy rica, mi madre se niega a aceptar que me casé con ella. De hecho me ha obligado a comprometerme con la hija de un Conde.
—¡Eso es terrible!
—Es mi deber. Al morir mi padre yo asumí el título y la carga de la familia.
—¿La joven te corresponde? ¿Son amantes?
—Creo que me quiere. Lo he visto en sus ojos… Pero nunca le confesaré mis sentimientos. No puedo proponerle nada ilícito, es la hermana de Clement.
—Ya veo.
—Voy a su casa a contemplarla, a adorarla, sin siquiera atreverme acercarme. Clement no lo sabe. Mi hermano tampoco lo sabe, soy bueno actuando. Así que, Vassili, ambos seremos nuestras excusas.
—Eso está bien por mí. Preparemos con cuidado nuestra coartada,  querrán saber a dónde fuimos y qué hicimos juntos
—Podemos decir que fuimos a casa del librero.
—Buena idea.
Las lecciones a Sora y las visitas a la hermana de Clement continuaron durante ese mes. Xiao Meng y Gastón también querían aprender a leer, por lo que Sora debía esperar a que terminara la lección para tentarme. Y siempre lo hacía.
Verle aprender, bromear y discutir con Xiao Meng, el pequeño Gastón y Madame Odette me hacía sentir tranquilo. Ellos podrían sostenerlo cuando yo ya no estuviera. Ellos eran su improvisada familia, los que le aportaban humanidad.
A pesar de creer esto, no fui capaz de decirle adiós cuando él logró leer y escribir sus primeras palabras, unas semanas después. Le quería, le deseaba y anhelaba conservarle a mi lado, en esa cómoda relación, ilícita por donde se la mirara, injusta y cruel si la examinábamos a profundidad, que habíamos establecido.
***
En el Palacio de las Ninfas gozamos de paz hasta que mi padre volvió a escribir para que me presentara ante él. Estaba muy descompuesto. Hizo una horrible escena diciendo que yo había convertido a la familia en la comidilla de todo París. Hablaba con tal nerviosismo, que apenas lo entendí.
Mi hermano y yo logramos calmarlo. Por lo que pude comprender, había escuchado que yo estaba lleno de deudas y que mi gusto por las mujeres había cambiado ya que ahora preferiría niñas.
Aquello era el colmo. Madame Severine había visitado a mi padre y tergiversado todo lo ocurrido con La Piojosa cuando este le contó sobre ella. Yo estaba más que dispuesto a enfrentarla, quería usar a nuestros amigos, los mismos que antes habíamos reunido para proteger a Maurice, y esparcir rumores sobre ella como antes habían hecho con sobrino del embajador español.  
—No podemos —sentenció Raffaele—. Es mejor defenderse que atacarla. Ella es peligrosa y mi padre la quiere.
—¡No le tengo miedo!
—Deberías. Tiene mucha influencia en Versalles. El Rey y sus hijas la aprecian.
La voz de Madame Severine volvió a resonar en mi cabeza levantando oleadas de amargura. Raffaele me pidió que dejara todo en sus manos. Tuve que acceder.
Cuando Clément y Bernard nos visitaron, aproveché para preguntar sobre los rumores. Quedé desconcertado porque ellos no habían escuchado nada al respecto. Quizás Madame Severine sólo atormentaba a mi padre. Me tranquilicé un poco.
Al pasar los días y no tener noticias de ella, llegamos a pensar que se había apaciguado. Nos desengañamos una tarde, al ver llegar  a Théophane furioso.
—¡Philippe es un mentiroso y un traidor! —exclamó —. ¡Primero dijo que dejaríamos a Maurice en paz y luego lo compromete con la hija del  Conde de Poitiers!
No creo que haga falta decir cómo nos afectó aquello. Maurice se convirtió en un huracán dispuesto a arrasar con el convento de las agustinas. Nadie tuvo duda de que aquello era obra de Madame Severine. El mismo Conde había mencionado que ella se había encargado de las diligencias en nombre de su hermano. El hombre, extrañado por esto, se presentó en casa de Théophane para preguntar porque no lo había hecho él mismo.
Era una buena jugada porque Philippe se encontraba viajando y no podía aclarar el malentendido. Esto acabó con la prudencia de Raffaele. Fue a Versalles y se mostró tan desanimado que el Rey preguntó si algo le molestaba.
Entonces hizo toda una escena capaz de que conmover el corazón más duro, contando cuánto lo atormentaba el comportamiento de su tía. Por suerte a su Majestad no le agradaba el  Conde de Poitiers, y pensar que un posible pariente suyo terminara ligado a este, no le hizo gracia.
—Las monjas deben quedarse en el convento —dijo solemne ante un salón lleno de cortesanos chismosos.
Aquella frase se esparció como pólvora. Desde el Concilio de Trento, doscientos años atrás, se había regulado estrictamente que las monjas permanecieran en la clausura. Francia galicana no veía mal desobedecer esta ley, sin embargo, cuando Luis XV dijo aquello, todo el mundo tuvo mucho que comentar al respecto.
De repente se dieron cuenta de la falta de recato que representaban las salidas de Madame Severine. Que verla en Versalles visitando a la familia real no era muy normal, tampoco el que frecuentara los salones donde se reunían los círculos jansenistas y los nobles más influyentes de París.
La antes Santa Teresa de Francia se convirtió en una burla de la que se reían hasta en las plazas y el mercado. Surgieron dibujos satíricos en los que se veía al Rey señalando la puerta de la clausura a una monja compungida. Una simple frase de este había bastado para derribarla y había sido su sobrino quien la consiguió con la astucia propia de los Alençon. Aquello fue combatir fuego con fuego.  
—Mi padre va a disgustarse por esto —se lamentó Raffaele unas semanas después hundiéndose en un sillón, al escuchar de nuestros amigos, Bernard, Clement François y Etienne, el efecto que había tenido su intervención ante el Rey.
—Temo más a lo que nuestra tía hará para vengarse —acotó Miguel.
Raffaele se llevó las manos a la cabeza fingiendo estar asustado.
— Oh, Dios, vendrá tras mi cabello.
Los que entendíamos la broma reímos. Los demás necesitaron de una explicación.
—Es una mujer de temer — concluyó Bernard—. Maurice casi termina comprometido.
—Igual no pensaba casarme— dijo Maurice restándole importancia al asunto.
—Entonces habrías tenido un gran escándalo.
—¿Y qué vas a hacer ahora que no tienes votos? —preguntó Etienne
—No lo sé —respondió bajando la cabeza—. Por lo pronto continuar construyendo el hospicio y buscar quién cuide de los niños.
—Enamórate de una buena mujer y ten una bonita familia —le dijo Etienne con cariño, provocando que se me revolvieran las entrañas.
—El matrimonio nunca ha sido una de mis aspiraciones —replicó Maurice molesto.
—Eso es porque no te has enamorado —respondió el hombretón. Los otros lo apoyaron.
—El día que te enamores no tendrás otra cosa en la cabeza que estar con ella —acotó François con seguridad.
Maurice se ruborizó, me miró por un momento y volvió a bajar la cabeza. Yo debí haberme puesto granate porque a Miguel se le escapó una risita burlona al verme. Raffaele tuvo la bondad de cambiar el tema.
Las palabras de Etienne y François me hicieron notar la forma en que se les iban los ojos tras Evangeline y Marie-Ángelique. Me resultó evidente que hablaban desde su experiencia. Estuve a punto de agradecer a la providencia divina, en la que ya no creía, por aquello.
Pensando en aprovechar la oportunidad de quitar de en medio a una posible amenaza, le pregunté un día a los dos en San Gabriel qué pensaban de las jóvenes sirvientas. Enseguida confesaron sus sentimientos: François estaba prendado de Marie-Ángelique y Etienne no podía dejar de pensar en Evangeline. Me alegré tanto que los llevé a  la Taberna Corinto para celebrar.
Los alenté a conquistar a las jóvenes y me ofrecí a ayudarles en lo que pudiera. Ellos debieron pensar que yo era un amigo generoso; en realidad, les jugué una mala pasada al ocultar que Marie-Ángelique ya tenía alguien en su corazón, y que Evangeline no aspiraba al matrimonio.
Aún no estoy seguro si contribuí a su felicidad o a su condena, amar no es algo que venga cargado sólo de alegrías. Tanto para Etienne como para François comenzaba un largo calvario, tapizado de espinas y rosas por igual. De cualquier forma, mis motivos fueron egoístas y algún día he de pedirles perdón. Yo estaba tan desesperado por tener a Maurice para mí, que era capaz de cualquier cosa.
Tenía esperanzas de  conseguirlo a pesar de todo. La forma en que Maurice me vigilaba no era más que una muestra de lo desesperadamente enamorado que se encontraba. Cuando lo sorprendía mirándome lleno deseo, me convencía de que lo tendría en mi puerta esa misma noche… y sufría un amargo desengaño.
Tampoco me atrevía a presentarme en su habitación. ¿Cómo decirle que lo amaba si ya sabía lo que había hecho con sus primos? El desenlace perfecto era que él mismo me buscara y dejara aquello a un lado.
Cada noche lo esperaba. Llegaba al extremo de quedarme recostado al marco de mi puerta vigilando el corredor en completa oscuridad. Si llegaba a verle aparecer, pensaba entrar rápidamente y fingir que había estado escribiendo cualquier cosa. Fueron muchas horas de anhelarlo sin conseguir nada.   
Recuerdo lo descorazonado que ya me encontraba la noche en que al fin vi una luz. Sentí deseos de saltar de alegría hasta que me di cuenta que venía del final de corredor. Me desconcertó y decidí ir a investigar.
La luz, que debía pertenecer a un quinqué, desapareció antes que le diera alcance. Supuse que quien estuviera deambulando por el palacio había cruzado hacia el estrecho pasillo que unía las dos alas de la edificación.
Efectivamente, al llegar a la esquina vi la luz adentrarse en el otro corredor. Supuse que podría ser Maurice o Miguel en camino al salón de Nuestro Paraguay y apresuré el paso.
La luz desapareció de repente al tiempo que escuchaba cerrarse una puerta. Recorrí el ala oeste en completa oscuridad, tanteando las paredes; me recriminé no haber llevado un quinqué conmigo. La puerta de Nuestro Paraguay estaba abierta como la habíamos dejado. El salón se encontraba vacío y en tinieblas.
Tomé un quinqué de los que Miguel solía usar cuando pintaba de noche y traté de encenderlo. Antes de que pudiera lograrlo escuché voces, decidí continuar a oscuras para que no me descubrieran. Seguí los murmullos hasta una habitación cerca de las escaleras.
Me acerqué a la puerta y escuché el llanto desesperado de una mujer. Mi sangre se heló. ¿Acaso era el espectro de la madre de Raffaele o de su abuela? Al alejarme de la puerta escuché otra cosa a mis espaldas, eran los rasguños, más claros que nunca, lentos, amenazantes... como si me dijeran que no era bienvenido en aquel lugar.
Estaba rodeado de tinieblas y el sonido se hacía agudo e impactante. Fui hacia la escalera porque era el camino más corto para volver, y el más iluminado gracias a las puertas de cristal del primer piso. Al pasar por la habitación del Viejo Duque, escuché claramente que arañaban la puerta.
Grité y di un salto, un escalofrío me recorrió entero. Al instante me vi envuelto en un haz de luz y oí un ruido. Algo estaba tras de mi. Al darme vuelta la vi... ¡La Parca!
Era ella sin duda, alta, erguida como una estaca. Con el rostro blanco y brillante como la luna, los cabellos negros cayendo como una catarata que se extendía hasta sus pies, fundiéndose con su vestido y éste con la oscura noche. Quise escapar de la mano que extendió para atraparme… sentí que caía sin remedio. Lo que siguió fue el abismo.

***


Parte III
—¡Vassili, abre los ojos!
—¿Vassili, estás bien?
—¡Vassili no te atrevas a morirte!
Es probable que mi nombre fuera pronunciado unas cien  veces en el instante que fue desde que recuperé la conciencia y abrí los ojos.  Maurice, Miguel y Raffaele aparecieron  ante mí angustiados.
Miré a mi alrededor y me di cuenta de que me encontraba en mi habitación sano y salvo. Había quinqués encendidos por todas partes. Me incorporé, noté que me dolía el brazo.
—¿Cómo te sientes? —dijeron los tres casi al mismo tiempo.
—Estoy bien —dije—. Algo adolorido, nada más.
—¿Puedes levantarte? —preguntó Maurice—. ¿Puedes andar?
Me puse de pie y sentí algo de dolor en la pierna derecha. No era nada de qué preocuparse.
—Estoy bien por lo visto.
—¡Gracias a Dios! —exclamaron. Al verlos tan angustiados me preocupé.
—¿Qué me pasó?
—¡Te caíste por las escaleras, idiota! —soltó Raffaele—.  Agnes te encontró  y nos avisó.
Descubrí a la sirvienta junto a la puerta, detrás de los pilluelos. Le agradecí, ella hizo una reverencia y se retiró.
—El doctor Charles ya debe venir en camino —informó Miguel.
—Estoy bien, no es necesario llamarlo.
—Nada de eso —replicó Maurice—. No sabemos qué consecuencias pueda traer esta caída. Además, ya enviamos a los Tuareg a buscar al doctor.
—Se enojará cuando vea que no tengo nada.
—Peor para él —aseguró Raffaele.
—¿Qué hacías deambulando por el palacio a medianoche? —preguntó Miguel.
Les conté que había visto una luz y todo el asunto de los espectros.
—¡Idiota! —me regañó Maurice—. ¡Pudiste morir o quedar postrado!
—No es para tanto... —repuse.
—¡Sí lo es!
Gritó y se marchó muy alterado. Los pilluelos lo siguieron. Miré a los otros preguntando qué había pasado.
—Maurice se cayó por las escaleras cuando era niño y quedó postrado por meses —respondió Miguel—. Por eso nos preocupamos tanto por ti.
Me contaron que cuando él tenía diez años, durante una de las visitas de Philippe en España, se organizó una jornada de cacería. Mientras todos se preparaban para partir, Maurice fue a su habitación a buscar algo que dejó olvidado, y terminó rodando por las escaleras.
—Lo encontramos inconsciente, igual que a ti —continuó Miguel con la angustia contenida en su voz—. Ya no pudo moverse, ni hablar, apenas respiraba… ¡Creímos que iba a morir!
—Los médicos no dieron esperanzas —agregó Raffaele—. Mi padre envió un mensajero a Théophane  y este viajó a España en cuanto pudo, junto con Joseph. Ni siquiera el verlos a su lado hizo reaccionar a Maurice. Recuerdo que lo único que hacía era vernos y llorar en silencio. No sabíamos si nos entendía.
Desesperados al ver menguar al niño, y ante el fracaso de todos los médicos, el Padre Petisco propuso que pidieran un milagro. Philippe, Théophane, Joseph y Raffaele partieron en peregrinación hacia Navarra, al famoso castillo de Javier, para rogar al santo Jesuita que le devolviera la salud a Maurice. Miguel fue considerado muy pequeño para hacer aquel viaje y permaneció junto a su primo enfermo.
—Como te podrás imaginar, obtuvimos el milagro —concluyó triunfante Raffaele.
—¿Hablas en serio?
—Por supuesto. De otro modo Maurice estaría postrado o bajo tierra.
—Me cuesta creerlo —murmuré aferrándome a mi ateísmo.
—Porque “eres un hombre de poca fe” —se burló Miguel.
—Eso lo he dejado muy claro. En fin, fuera un milagro o no, me alegro de que todo terminara bien.
—En realidad, lo más terrible de la historia vino después de que él pudo hablar: dijo que alguien lo había empujado —declaró Raffaele.
—¿Acaso el Viejo Duque?
—No, mi abuelo nunca nos visitó en España —respondió Miguel—, por eso tuve la suerte de no conocerlo.
—Todas las sospechas cayeron sobre Sophie, porque estaba disgustada por la cicatriz que Maurice le había hecho. Como  mi padre lo había defendido y le había regalado otro caballo, ella andaba haciendo pataletas cada rato.
—Sophie negó haberlo empujado, pero nadie le creyó —dijo Miguel con tristeza—. Después de eso, mi padre la reprendió y la envió a estudiar a un convento. No volvió a prestarle atención hasta que se arregló su matrimonio con el Conde de La Verneg. También tío Philippe se volvió distante con ella.
—Lo tenía bien merecido —afirmé.
—Maurice nunca la acusó. Siempre dijo que no vio quién lo hizo. Pero tía Thérese estaba segura de que Sophie era la culpable. Ella solía llorar cada vez que recordaba aquello y siempre ha jurado que no lo hizo. Yo llegué a creerle. Después de todo, la consideraba mi hermana y la quería.
—¿Qué otra cosa iba a decir? —bramó Raffaele—. Yo también llegué a dudar de que fuera culpable, hasta que la conocí mejor. Ahora no tengo ninguna duda.
—Todo el odio que Sophie siente hacia Maurice surgió en esa época —concluyó con tristeza Miguel.
—Duele pensar que son hermanos —murmuré.
—Ten cuidado con lo que dices, Maurice podría escucharte —me alertó Miguel—. Iré a buscarlo; el pobre estaba desesperado al verte inconsciente.
Cuando salió de la habitación, tuve tiempo para pensar y ordenar mis recuerdos.
—Raffaele —dije consternado—, estoy seguro de que vi a la mujer de negro.
—¿Bebiste? —preguntó con gravedad.
—No.
—Prefiero no creer en fantasmas —afirmó poniendo su mano en mi hombro—. Olvídalo.
—Yo me veo obligado a creer. Estoy seguro de lo que vi anoche. Era la Parca… y escuché claramente los rasguños.
—¡Porque eres un idiota que cree en los cuentos de Pierre! —me acusó Maurice entrando con su primo—. Haz caso a Raffaele y no pienses más en eso.
—Si me besas, lo olvidaré y se aliviaran todos mis dolores —dije seductor.
—La idiotez no tiene cura. Y de tus demás padecimientos se va a encargar el doctor Charles.
—No seas cruel, Maurice —le pidió Miguel. Luego agregó con malicia—. Además, hace un momento estabas llorando abrazado a él, y no parabas de besarlo suplicándole que despertara…
—¡Cállate! ¡Yo no…!
Su sonrojo confirmó todo. Sus primos se burlaron. Sonreí y tendí mis brazos hacia él. Se alejó. Me incorporé, atrapé su mano, lo atraje hasta hacerlo caer sobre mí en la cama y lo estreché con todas mis fuerzas. ¡Cuánto había extrañado esa cercanía!
—Ya estoy bien, Maurice. No tienes que preocuparte.
Quiso protestar pero sus sentimientos lo traicionaron. No pudo contener el llanto y escondió el rostro en mi hombro.
—Creí que…
—Tranquilo. No ha sido más que un susto.
Lo dejé desahogarse. Los otros esperaron en silencio. Cuando se incorporó más tranquilo, se sentó a mi lado. Hablamos de su accidente. Parecía renuente a comentar aquello, como quería  encontrar una explicación más lógica a lo ocurrido no paré de preguntar.
Confirmó el relato de sus primos. Efectivamente no pudo moverse ni hablar y algunas veces se asfixiaba.
—Vassili no cree que fue un milagro —me acusó Raffaele queriendo bromear.
—No pudo ser otra cosa —respondió Maurice muy serio—. Sólo Dios podía escuchar mis gritos de auxilio.
—Di más bien que Dios no pudo negarse después de que hicimos semejante peregrinación, atravesamos toda España para pedir ese milagro. Lo sorprendente fue que Maurice comenzó a moverse el mismo día en que celebramos la misa por su curación en la iglesia del castillo.
—No puedo creerlo.
—Yo soy testigo de eso —aseguró Miguel—. Estaba con él la primera vez que pudo moverse, apretó mi mano y pronunció mi nombre. Cuando regresaron, comparamos fechas y comprobamos que ocurrió el mismo día de la misa. Pasó igual que con el milagro que le hizo Nuestro Señor Jesucristo a un Romano, no recuerdo bien.
—Fue a un centurión romano que quería que curara a un joven sirviente que tenía en su casa —dijo Maurice con aire de letrado—. Nuestro Señor lo curó, en el mismo momento en que se lo pidió, sin ir a su casa.
—¿No fue al hijo de un funcionario real? —repliqué instintivamente.
—Me alegra ver que al menos leíste las Sagradas Escrituras alguna vez, y no sólo perdiste el tiempo memorizando a Pascal —soltó mordaz mi pelirrojo—. Hay tres versiones de ese milagro en los evangelios. San Juan habla de un funcionario real que tiene un hijo agonizando. Los Evangelios de San  Mateo y San Lucas dicen que se trata de un centurión que pide la curación de un sirviente. San Lucas es quien detalla más el relato.
—¿Recuerdan lo que se dice de los romanos? —intervino Raffaele emocionado—. ¿Se imaginan si ese centurión fue a pedir la curación de su amante?
—¡Qué locura! — repliqué.
—Bueno, San Lucas agrega que el centurión quería mucho a su joven sirviente —señaló Maurice como si se tratara de un dato más.
—¡Es imposible! —insistí. Mis raíces jansenistas se revolvían dentro de mí.
—Jesús aceptó todo tipo de personas a su alrededor. Curar al amante de un romano sería menos escandaloso que tener a un recaudador de impuestos entre sus discípulos, y ya ves que llamó a Mateo, el recaudador,  para que fuera uno de los suyos.  
—Pues para mí sería mucho —afirmó Raffaele—. Significaría que no me repudiará en el juicio final, cuando le diga que amo a Miguel más que a mi propia alma.
—Dijiste que dejaste de creer en Dios por mi culpa —dijo con tristeza Maurice—, por la carta que te envié cuando supe de tu relación con Miguel. Perdóname.
—Ya lo he olvidado. Ahora que Miguel está conmigo tengo todo lo que siempre he querido. No voy a seguir cargando con las penas del pasado.
Las palabras de Raffaele nos conmovieron a todos. Miguel lo besó correspondiendo a sus sentimientos. Miré a Maurice suplicando, él negó con la cabeza.
—El doctor Charles llegará en cualquier momento —dijo excusándose—, y Agnes sigue rondando por el corredor. Pero quiero que sepas esto, Vassili: estuve a punto de morir de angustia cuando te vi inconsciente en la escalera. Por favor, no me des otro susto como este.
Tomó mi mano y la besó. Atrapé la suya, lo atraje y le dije al oído.
—Ya estoy bien, no te preocupes. No voy a morirme antes de que seamos amantes —bromeé para animarlo. Sonrió.
El doctor llegó poco después. Efectivamente, le molestó que lo hubiéramos levantado de la cama sin que nadie estuviera muriendo.
—Tenía esperanza de verle al menos la cabeza rota —dijo examinándome.
—Ya ve, como la tengo tan dura,  sobreviví .
—Debió esperar a que Daladier volviera de su viaje para caerse, así lo habrían molestado a él a medianoche.
—Daladier seguramente me habría abierto la cabeza para examinar mi cerebro. Lo prefiero a usted, aunque sea más feo.
El doctor Charles, lejos de ofenderse, soltó una carcajada. Luego apretó la mancha morada que ya se había formado en mi brazo para hacerme pagar el comentario. Su diagnóstico final fue que debían amarrarme a la cama para que no saliera dar paseos nocturnos.
Todo quedó en un mal recuerdo. Pero yo seguía pensando en que había un detalle que había pasado por alto. Repetía una y otra vez en mi cabeza lo ocurrido. Recordaba las voces, el llanto, los rasguños y la siniestra figura, estaba seguro de que aquello había sido real.
En la mañana, Agnes vino a cambiar las flores de los jarrones en mi habitación, cosa que siempre hacía otra de las doncellas. Yo seguía en la cama, más para seguir dándole vueltas al asunto, que por necesitarlo de verdad.
—¿Cómo se encuentra esta mañana, Monsieur?
—Mucho mejor, gracias por preguntar. Y gracias por avisar a todos anoche.
—No tiene que agradecer .
Lucía tan nerviosa y tan renuente a mirarme, que una idea cruzó por mi cabeza y, como una rafaga de luz,  aclaró todo.
—Eran Madame Severine y usted, ¿no es cierto? —dije.
Agnes se volvió con tal impulso, que csi dejó caer uno de los jarrones.
—Escuché voces anoche. Ahora me doy cuenta de de que eran ustedes dos.  ¿Cuál de las dos lloraba?
—No sé de qué habla.
—La mujer que vi debió ser madame Severine. Es sorprendente que tenga aún el cabello negro. Como siempre lo lleva recogido, no la reconocí: pero ahora estoy seguro de que era ella.
—Con permiso —balbuceó queriendo irse.
—Dígale que, si no me deja en paz, le contaré a todos que se cuela por la noche al palacio y que me empujó para que cayera por las escaleras.
—¡Severine no hizo tal cosa! Usted se asustó por algo y perdió el equilibrio. Ella trató de ayudarlo.
—¿Y a quién le van a creer? ¿A mí, que sufrido sus calumnias y que ahora estoy convaleciente en cama, o a ella que abandona de noche su convento para encontrarse con usted en secreto?.
—¿Que dice?
—Qué haré que la reputación de la gran abadesa valga menos que la de una prostituta si no me deja en paz. Dígale que no vuelva a acercarse a mi padre y que no siga intentando echarme, o la acusaré de haber querido matarme.
—¡Eso es ridículo!
—¿Eso cree? Puedo terminar muy enfermo, y quedarme el día entero en la cama para darle más drama a mi historia .
—¿Cómo puede ser tan vil?
—¿Y qué es Madame Severine destruyendo mi reputación y la de Théophane, obligando a Maurice a casarse y buscando separar a Miguel y a Raffaele? Ella es la mujer más odiosa que he conocido. ¡Si me quiere como enemigo, me tendrá como tal!
Agnes salió asustada, yo sentí un ramalazo de satisfacción. Pasé el resto del día en mi habitación para preocuparla, a los otros les dije que quería descansar. Maurice quiso acompañarme, nos dedicamos a jugar a las cartas y conversar.
Aproveché para preguntar sobre su accidente. Él no quería hablar de eso, insistí hasta que respondió a mis preguntas. Cuando quiero puedo ser muy idiota, y al principio no me percaté de que lo hacía sufrir al recordárselo.
—Entonces realmente no podías moverte —pregunté después de escuchar su versión.
—Al principio ni siquiera distinguía lo que veía. Después fue peor: veía a todos, los escuchaba, pero no podía hablar. No tenía fuerzas. Cuando me tocaban, no sentía nada. Era como estar atrapado en un cuerpo muerto.
Empecé a darme cuenta de que no era un relato interesante, que se trataba una pesadilla. También caí en la cuenta de que, en ese tiempo, Maurice no tenía diez años sino ocho, al igual que su gemela.
—¡Qué terrible! —exclamé estremeciéndome.
—Lo fue. Además, el hambre me destrozaba las entrañas. Tío Philippe y el padre Petisco me alimentaron como pudieron. Creí que moriría.
—Pero no fue así, ahora estás bien —afirmé queriendo poner punto final al relato y hacerle ver que todo había quedado en el pasado.
—Estoy vivo porque Dios así lo quiso. Porque mi tío, el padre Petisco y los demás, lucharon para que lo estuviera… Sin embargo, quizá debí morir en ese tiempo.
—¡¿Por qué dices eso?!
—Hay algo malo conmigo, Vassili. Tú debes haberlo notado. Lo que dijo tía Severine, acerca de que soy un salvaje y que deshonraré a la familia, lo decía también mi madre. Es más, para ella yo era un demonio.
—Maurice, si de alguien debes desestimar la opinión es de Madame Severine. En cuanto a tu madre, debió llamarte así luego de alguna travesura.
—Ella quiso matarme —declaró consternado.
No pude hablar, lo vi reducirse a un niño asustado en el sillón, cabizbajo, con las manos temblorosas enlazadas.
—Tiene que ser un malentendido —murmuré.
—Cuando pude decir que me habían empujado, ella acusó a Sophie. Yo nunca creí que mi prima fuera capaz de darme un empujón tan fuerte. Además... vi de reojo la falda de un vestido azul, igual al que ese día usó mi madre.
—Vamos, Maurice, es imposible…
—Tuvo que ser ella...
—También pudo ser la loca de tu tía Pauline.
—Mi tía estaba en el jardín con Miguel, eso lo recuerdo bien.
—Tiene que ser un error… ¡Quizá se tropezó!
—¡Vassili, mi madre me quería muerto!
—¡No! —golpeé los brazos del sillón en el que me encontraba. Me negué a aceptar que aquel a quien yo amaba hubiera sufrido semejante desgracia.
—¡Puso una almohada en mi rostro cuando estaba paralizado! —se levantó desesperado—. ¡Yo la vi! Entró, cerró la puerta y dijo que nunca debí haber nacido. Cubrió mi rostro y no me dejaba respirar. No podía moverme ni hablar. Yo suplicaba que me dejara vivir, pedía ayuda pero mi voz no salía...
—¡No! —Me levanté y lo abracé queriendo protegerlo de ese pasado—. ¡No puede ser!
—¡Si el padre Petisco no hubiera entrado, yo estaría muerto! —continuó hablando. Su cuerpo estaba rígido y a la vez temblaba.
—¿Por qué hizo eso? —lo solté y le sujeté por los hombros. Me incliné para verle a la cara, mostraba confusión y angustia.
—Ya te lo dije, ella me odiaba... El padre la detuvo. Los dos discutieron. Ella dijo que yo era un pecado, que por mi culpa había muerto alguien… El padre dijo que todo era mentira. La sacó de la habitación, la amenazó con enviarla al infierno si volvía a hacerme daño. Después me abrazó y lloró por un largo rato diciendo que olvidara todo, que él me amaba, que Dios me amaba, que yo no era un pecado... Sentí que sus lágrimas eran las mías... Cuando sané y volví a hablar, me preguntó si recordaba aquello, le dije que sí y me pidió que nunca se lo dijera a nadie.
—¿Cómo pudo pedirte eso?
—Para que mi madre no fuera repudiada. Me aseguró que ella nunca volvería a hacerme daño. Y así fue.
—Debiste decírselo a tu padre y volver con él a Francia.
—Lo hice. Le supliqué que me llevara con él… Se negó y nunca explicó la razón. Mi padre simplemente se desembarazó de mí.
—Théophane debió creer que estabas mejor con tu madre —dije justificando al viejo Marqués, quien nunca pudo decidir sobre la vida de Maurice por no ser su verdadero padre—. ¿Tampoco se lo dijiste a tu tío?
—No. A él menos que a nadie. El padre Petisco dijo que lo haría sufrir y ya lo había visto sufrir mucho. Desde el primer día estuvo de rodillas junto a mi cama. Pasó días enteros llorando, rezando, suplicando que yo volviera. Me dolía el corazón al verlo así. Igual con Miguel, Raffaele, Joseph y mi padre; todos sufrieron…
—Perdóname por hacerte recordar todo esto —volví a abrazarlo.
—¿Por qué mi madre me odiaba, Vassili? ¿Por qué ella y mi abuelo quisieron matarme? ¿Qué hice?
—¡Nada! ¡Ellos estaban locos!
—He pasado toda mi vida preguntándome qué estaba mal conmigo. Traté de complacer a mi madre, pero era lo mismo que destrozarme  a mí mismo. Por eso hice caso del padre Petisco: hice lo que dictaba mi corazón. Traté de ser honesto conmigo mismo y con Dios, y así ser feliz. Por eso me hice jesuita. Irónicamente, ingresar en la Compañía de Jesús fue lo único en lo que logré complacer a mi madre.
—¿Ella no se opuso?
—Cuando se lo dije fue como si le quitará un peso de encima. Me di cuenta de que era infeliz por mi culpa. Quizá sea será verdad que yo no debí haber nacido…
Quise decirle que Madame Thérese no era su madre, que era hijo ilegítimo de su tía Petite, y que la razón por la que lo odiaban era que ella había muerto al darlo a luz. Deseaba liberarlo de la pesada carga que las mentiras le habían impuesto, pero no podía hacerlo. Le correspondía a Philippe hacerlo.
—¡No eres un pecado! —exclamé estrechándolo con más fuerza—. Tu madre, tu abuelo y todos los que no te han amado, se equivocaron. Eran ellos los que estaban mal, no tú.
—Mi propia madre no me amó,Vassili —dijo expresando al fin todo su dolor—. ¿Cómo puedo esperar que alguien más me ame? A veces siento miedo de que el padre Petisco y mi tío me hayan mentido, que no sea cierto que Dios me ama y que ellos mismos me consideraron una carga.
—¡Tú eres amado, de eso no hay duda! —aseguré volviendo a mirarlo a la cara—. Y lo eres en tal medida que Dios ha hecho un milagro para salvarte. Es más, te protege todo el tiempo, yo mismo lo vi cuando se derrumbó el techo de la iglesia.
—Tú piensas que Dios no existe…
—A mí me conviene que no exista. Pero, ya ves que siempre estoy dependiendo de ese cretino.
Maurice sonrió. Limpió sus lágrimas y se alejó de mí unos pasos. Se quedó mirando por la ventana por un rato. Me di cuenta de que las manos aún le temblaban. Yo no sabía qué hacer.
—Tienes razón —dijo al fin—. Soy amado. Lo he sido siempre. Lo sé. De niño me di cuenta de que, si bien no tenía una madre amorosa y un padre dedicado, sí tenía a mis primos, a mi tío y al padre Petisco.
—Y ahora me tienes a mí… —susurré acercándome.
—Sí, ahora tengo a ti —puso su mano en mi mejilla y me contempló con tal ternura que me inundó de calidez.
—¡Déjame amarte como mereces ser amado! —declaré vehemente— Déjame estar contigo. Quiero hacerte feliz Maurice. Me siento uno contigo: si sufres yo sufro, si eres feliz yo también lo soy.
—Vassili, yo… —titubeó.
—No me refiero a hacerte el amor en una cama, sino a amarte en cada gesto, en cada palabra, cada minuto del resto de mi vida. Quiero inundar tu corazón de amor, quiero sanar las heridas que te han hecho, quiero que seas feliz. Sólo eso.
—Vassili, te amo tanto que tenerte aquí a mi lado es suficiente para hacerme feliz.
Me besó y se aferró a mí. Me necesitaba, me anhelaba… y yo deseaba entregarme por completo. Quería dedicar el resto de mis días a cumplir mis promesas.
Nuestros besos y caricias se hicieron más intensos. Lo sujeté y lo llevé hasta la cama donde nos dejamos caer.
—Maurice no podré detenerme si seguimos.
—No quiero que te detengas, Vassili. Te quiero y te necesito. Por favor, hazme el amor. Ya no puedo vivir sin ti.
Me quedé atónito. Dejé de respirar y una oleada de calor invadió mi cuerpo. Estuve incluso a punto de derramar. Me sujetó por la nuca y  me atrajo para besarme con pasión. Mi mente se llenó de colores intensos.
—Voy a morir de felicidad —dije cuando separamos nuestras bocas para recuperar el aliento.
—Nada de eso. Ninguno de nosotros va a morir. Vamos a vivir, Vassili, y encontraremos la manera de hacerlo juntos.
Sonreí. Le aparté el cabello mientras contemplaba su rostro con adoración.
—Estoy seguro de que conseguirás la manera. Tú eres un milagro —Lo besé en la frente y me levanté.
—¿A dónde vas?
—Deja que tome precauciones. He soñado con este momento miles de veces y nadie va a interrumpirnos.
Cerré la puerta con llave y busqué el bálsamo en mi cómoda.
—¿Qué es eso? —preguntó divertido.
—Ya lo verás.
Me quité la chupa. Él se levantó para deshacerse de su casaca.
—¡Espera! —supliqué—. Permíteme desvestirte, no sabes cuánto he deseado hacerlo.
—¡Vassili, haces el amor con demasiadas rúbricas! —replicó impaciente.
—No te quejes. Me has hecho esperar tanto que he tenido tiempo para planearlo todo.
—Ya hemos hecho el amor en el carruaje y...
—¡Ah, mi querido Maurice! —dije rodeándolo con parsimonia, mientras le desataba el cabello—. ¡No tienes idea de lo que es hacer el amor!
—¡No me recuerdes que tú tienes mucha experiencia!
—Calla. No pienses —lo abracé por detrás para besarlo en el cuello mientras deshacía su corbata—. Deja que sólo nuestros cuerpos hablen...
—La boca es parte del cuerpo, por tanto...
—¡Dios Santo! ¡Eres un experto en llevarme la contraria!
—¡Y tú en hacerme esperar! —se quejó dándose vuelta para verme—. ¿Por qué no nos desnudamos de una vez?
—Porque quiero saborearte poco a poco y hacerte el amor de tal manera, que te quedes prendado de mí y no puedas olvidarme jamás.  Busco más que simple placer contigo. Quiero que sea más que sublime, que sea sagrado, porque tú eres lo único que adoro, Maurice.
—Eso ha sido un tanto blasfemo, pero me ha gustado que lo digas —reconoció sonriendo conmovido—. Estoy en tus manos, Vassili, ¿qué quieres que haga?
—Sólo déjate llevar, voy a enseñarte un nuevo lenguaje, Maurice, el de la piel.
Metí mi mano bajo su blusa y recorrí su pecho con lentitud. Se estremeció.
—Nunca me ha gustado que me toquen pero, cuando se trata de ti, siempre deseo que lo hagas.
—Te complaceré con gusto.
Lo sujeté de la barbilla y lo atraje para besarlo. Él se entregó por completo. Lo liberé de su blusa, me arrancó la mía. Yo me movía con lentitud, él con prisa. Resultaba un verdadero deleite verle tan ansioso. Intencionalmente pensaba alargar su espera. Quería que me anhelara aún más y hacer eterno momento de poseernos el uno al otro.
Cuando los dos estuvimos desnudos, nos contemplamos. Sentí que mi cuerpo ardía al ver el suyo inmaculado, vibrante, febril. Me abrazó en un gesto impulsivo y me besó frenético. Le fui llevando hasta la cama otra vez, lo hice tenderse en ella y me quedé mirándolo. Trató de atraerme, sujeté sus manos y las besé.
—Vassili... —dijo con un tono que exigía que continuáramos. Tomé el frasco de bálsamo y se lo mostré.
—Paciencia. Ya te dije que lo he planeado todo con cuidado.
—¡Al diablo con eso! ¡Me muero por ti!
Lo miré con altivez y sonreí con malicia.
—Ahora sabes lo que me has hecho pasar.
—¿Quieres que me ponga de rodillas y te pida perdón? —se incorporó  y acercó su rostro al mío—. ¡Hagamos el amor de una vez!
—Lo estamos haciendo —no pude evitar reirme de su rostro encendido.  
Lo besé para que no pudiera seguir hablando.  Necesitaba controlarlo. Ya sabía que su apetito sexual aparecía con una intensidad avasalladora y se desvanecía con rapidez, en cuanto estaba satisfecho. Cierto que todos somos así, pero en él ocurría de una manera que me hería, porque daba paso a su lógica desnuda y fría. Todavía estaba dolido por su reacción después de nuestro último encuentro. Hasta temía que empezara a hacer una disertación teológica en la cama.
Como le dije, había tenido días, horas, minutos de sobra para pensar en ese momento. Todo estaba medido y pesado. Por eso mismo me encontraba nervioso, incluso más que la primera vez que dormí con Sora y Raffaele. Tenía miedo de arruinarlo todo.
Yo, que siempre derrochaba un gran ego cuando me empleaba en el arte del placer, temblaba temiendo no poder satisfacer a Maurice. Sobre todo temía no conseguir que nuestro amor se encarnara definitivamente, materializandose en caricias, besos y en una fusión de nuestros cuerpos que los dos deseábamos con locura.
Podía tener más experiencia y mantenerme marcando la pauta, sin embargo, él me tenía en sus manos. Era capaz de hacerme el hombre más feliz del mundo o destrozarme definitivamente. Así de vulnerable me habían hecho mis sentimientos. Eso era lo que hacía diferente todo: por primera vez que hacía el amor con el hombre que amaba.
Maurice, en cambio, no manifestaba ninguna inseguridad. Estaba dominado por la pasión y al fin era libre de dejarse llevar. Me enloquecía ver la expresión hambrienta que mostraba y su cuerpo moviéndose frenético, buscando enlazarse con el mío sin saber cómo.
Empecé a acariciar sus caderas, sus muslos y, finalmente, su miembro. Tuve mucho cuidado de no ir muy lejos y apresurar su momento. Cuando metí la mano en el frasco de bálsamo y empecé a tantear su entrada, se asustó. Me empujó y cubrió su rostro con sus brazos.
—¿Qué pasa? ¿Te ha dolido?
—No...
—¿No quieres seguir?
—¡No es eso!  Es que... es demasiado intenso. Me aturde...
Sonreí conmovido. Por supuesto que las cosas iban a ser diferente con él. Maurice era único, para bien o para mal. Me incliné y acerqué mi boca a su oído.
—¿Quieres que continuemos después?
—¡No, por favor!
—Entonces deja de cubrirse el rostro. ¿Vas a hacerme esperar más?
—Perdona, Vassili. Me siento abrumado. Cuando me tocas es como si gritaras.
—Trataré de ser menos brusco.
—No has sido brusco. No sé cómo explicarlo… siento que estás demasiado cerca.
—Por supuesto que lo estoy. Es más, quiero estar dentro de ti.  Quiero que seamos uno.
—¿Es posible que seamos uno? —al fin me mostró su rostro asombrado. Su candidez me excitó aún más.
—Déjame probártelo. Cierra los ojos y siente. No estoy gritando, Maurice. Cada vez que te toco estoy susurrando que te amo.
—Vassili, tengo tanto miedo de ti. Tengo miedo de lo mucho que te amo.
—No seas tonto...
—¡Por favor, Vassili, no vuelvas a dormir con otros!—dijo sujetando mi rostro— ¡Te lo ruego, no podré soportarlo!
—Te juro, Maurice, que tú eres el único que deseo porque eres el único que amo —lo besé sintiendo miedo de mí mismo.
Me di cuenta de que él también se sentía frágil, de que estaba entregándose en mis manos tanto como yo en las suyas. Lo acogí con veneración, con todo lo que sabía que él era. Con su belleza y su excentricidad, con su fuerza y su debilidad, con su historia llena de tragedia y su voluntad dispuesta a seguir adelante. Me sentí desbordado por una inmensa gratitud y ternura.
—Te amo —dije sellando aquel momento. Me besó hambriento.  
Volví a buscar penetrarlo con mis dedos. Se estremeció de nuevo pero  se aferró a mí en lugar de escapar.
—Dime si te duele. Dime lo que sientes, Maurice.
—Se siente bien pero es demasiado cerca...
—¿No hiciste algo así con Raffaele?
—¡Por supuesto que no! ¿A qué viene a hablar de Raffaele justo en la cama? —gruñó furioso.
Volví a besarlo e intensifiqué mis caricias. No pudo hablar más.  Me juré a mí mismo que le haría pagar su mentira a Raffaele. Me había provocado largas horas de amargura y casi arruinaba ese momento por su culpa. Podía imaginarlo riendo a carcajadas a mis expensas.
Maurice arqueó su cuerpo en un estertor de placer cuando le introduje otro dedo, había logrado tocarlo en el lugar que desataba oleadas de sensaciones. Se tensó tanto que me soltó y cayó en la cama. Acerqué mi rostro al suyo mientras levantaba su cadera.
—Vamos a ser uno, Maurice.
Lo penetré de inmediato, con rapidez y delicadeza, sin dejarlo pensar o elegir. Él ya se había entregado y yo no tenía capacidad de detenerme. Le provoqué dolor, sin duda. Aguantó y pronto su rostro mostró un pasmoso deleite. Sentí que todo cambiaba al fin, que la dicha y el placer eran uno, que no tenía que temer la visita de la culpa al final, porque definitivamente estaba con quién debía. Él volvió a abrazarme y sus jadeos se intensificaron, volviéndose casi gritos.
—Dime si te hago daño —le pedí.
—No... no te detengas. ¡Es sublime!
Nuestros cuerpos se hicieron uno, moviéndose iguales, sintiendo todo el placer y toda la alegría.
—No me sueltes —le indiqué.
Dirigí mis manos a su miembro para acariciarlo. Me abrazó con más fuerza. Respiraba con dificultad. Continuamos en nuestra danza íntima hasta que  volvió a estremecerse con violencia, luego su cuerpo se relajó y quedó inerte en la cama. Había llegado al orgasmo.  
Yo no pensaba dejar que comenzara a filosofar  sobre lo que estábamos haciendo. Quería que siguiera gimiendo con desesperación. Continué arremetiendo, abriéndome paso en sus entrañas, haciéndole sentir más placer y midiendo el mío. No iba a dejar que todo terminará en un destello. Pronto volví a escucharlo gemir y me apoyé en la cama para moverme con más fuerza.
—Vassili... —susurró— ¡Te amo!
—Te amo, Maurice.
Salí de él, me alejé un poco e intenté darle vuelta. Me detuvo.
—Quiero ver tu rostro —dijo embriagado—. Amo cada una de tus facciones. ¡Eres tan hermoso!
—¡Tú eres deslumbrante!
Lo besé y volví a penetrarlo. Continué hasta sentir que no podía aplazar el momento, y dejé que mi semilla lo llenara. Se sorprendió. Por un momento temí su reacción, por suerte me abrazó sonriente. Salí de él y recosté la frente en su pecho para paladear aquella ansiada victoria. Sentí que me acariciaba la cabeza y la espalda con una ternura que me conmovió.
Por largo rato nos limitamos a quedarnos uno junto al otro, luchando por recuperar el aliento. Cuando al fin nos miramos, sonreímos como idiotas.  
—Realmente fuimos uno —susurró satisfecho.
—Aún no hemos terminado —le advertí besándolo de nuevo. Quería más.
Me senté sobre su vientre. Tomé el bálsamo y me llevé los dedos impregnados a mi entrada. Después volví a acariciar su virilidad, como muchas veces lo había hecho Sora conmigo, hasta conseguir la firmeza que quería.
—Quiero todo de ti —dije seduciéndolo—, y que tú tengas todo de mí.
Me senté sobre su miembro poco a poco. Sonreí al ver que su rostro mostró una total incredulidad cuando le acogí por completo y comencé moverme, despertando en él toda una galería de sensaciones placenteras. Se estremecía desesperado. Llegué a la conclusión de que era más sensible que Sora y sus primos.
—¿Lo sientes, Maurice? Es el placer de ser amado.
Aferró mis caderas y me acompañó moviendo las suyas. Sus ojos amarillos revelaban que estaba fuera de sí . Yo estaba agotado pero no pensaba detenerme ni apresurar las cosas. Sentirle dentro de mí, verlo enloquecer de lujuria, dejar que el placer nos envolviera y el amor nos ahogara… ¡No había nada comparable con lo que vivíamos en ese momento!
Busqué que el latigazo de placer nos llegara a los dos al mismo tiempo, mientras Maurice exigía más con palabras entrecortadas y gemidos. Continué moviéndome hasta que alcanzamos el orgasmo, la sensación de plenitud fue absoluta.
Me levanté para dejarme caer a su lado. El sol empezó a pintar el atardecer en el cielo, los dos nos abandonamos a la dicha y al agotamiento.
—Te amo, Vassili
—Yo te adoro —respondí abrazándolo.

Me permití llorar de alegría mientras ocultaba mi rostro en la selva de mechones rojos. Me sentía el hombre más feliz del mundo y él sonría como si también lo fuera. La vida se transformó en una gloriosa sinfonía llena de luz y calor, esperanza y belleza... ¡Al fin tenía el mismo sol entre mis brazos!

4 comentarios:

  1. Excelente capítulo!
    Muchas gracias por compartirlo, Eme San.
    Me ha encantado la ternura que destila el encuentro entre Vassili y Maurice. Espero que la felicidad no se les arruine demasiado pronto.
    Saludos cordiales.
    Ari

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegra mucho que te haya gustado, es una escena muy importante y siempre queda la duda de si lo he hecho bien. Gracias por comentar.

      Eliminar
  2. Me asombra la forma como describes su primera vez es tan sensual ya lo puedo recrear en mi mente.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Que bueno que te ha gustado. Gracias por comentar.

      Eliminar

¿Qué te parece el capítulo? Tus comentarios son muy valiosos. Recuerda que el respeto es esencial.