XXIII El Duque de Alençon

Parte I
Todas nuestras preocupaciones, todas nuestras conversaciones, todo lo que ocurría en el Palacio por esos días, quedó monopolizado por el Duque. Su presencia fue apoderándose de los rincones más recónditos, hasta convertirse en el centro de nuestra atención.
Su hijo y sus sobrinos experimentaban un reencuentro con alguien a quien amaban y que resultaba trascendental para sus vidas.  En el caso de Miguel,  se trataba de quien más había temido y que descubría ahora como un aliado. En cuanto a mí, me encontraba fascinado ante una persona  completamente singular.
Philippe era un hombre carismático, sin duda. Rompía todas las imágenes que me había hecho de él. No esperaba que el misterioso Duque de Alençon fuera alguien jovial, dueño de una elegante naturalidad y de un irresistible encanto, que sonreía la mayor parte del tiempo y acariciaba con la voz. Sin embargo, a la vez, todo el tiempo, absolutamente todo el tiempo, la tristeza anidaba en sus bellos ojos.
Para mi asombro, seguía siendo una incógnita a pesar de tenerlo en frente. ¿Quién era realmente Philippe de Alençon? Sabía que era el heredero del viejo Duque Serge, el hermano de la implacable Severine, de la inquietante Thérese y de la siniestra Pauline.  ¿Tenía alguna semejanza con ellos, además de su aspecto? ¿Y cómo olvidar a su madre loca y su pequeña hermana díscola? Parecía mucho pedir que no tuviera algún problema de carácter con semejante familia.


Necesitaba aceptar que aquel hombre que tanto me fascinaba era un Alençon y, como todo Alençon, poseía una cuota equiparable de luz y oscuridad. Debía prepararme para quedar aterrado por sus sombras, lo mismo que ya estaba deslumbrado por su resplandor.
De hecho, desde los primeros días de su llegada, ya había visto algo de sus lados opuestos. Con su hijo y sobrinos dejaba al descubierto sus sentimientos más cálidos. Se desvivía por complacer a Maurice, y asegurarse de que su relación no se hubiera deteriorado. Conmovía ver cómo se contenía para no apabullar a su sobrino con su desbordante cariño.
Por otro lado, aunque se mostraba amable con toda la servidumbre, se volvía en extremo odioso hacia Agnes. La anciana quedó reducida a una sombra en el palacio. Philippe nunca la miraba o  dirigía la palabra. Ella evitaba hacerse notar. Algo extraño pues, según Madame Rose, la anciana había sido su nana.
En Versalles todo lo que se hablaba de él parecían leyendas. La mayoría lo admiraba por su inteligencia, elegancia y riqueza. También había escuchado a algunos hablar de él con temor. Nadie se atrevía a decir que lo odiaba, aunque probablemente así fuera, en especial los que debían dinero a los Alençon desde los tiempos del Viejo Duque.
Como enemigo era temible. Según decían Raffaele y Pierre, era capaz partir un hombre en dos con su espada o de ponerle una bala entre los ojos sin importar la distancia. Aquello lo tomé siempre como  exageraciones. Pero, en cuanto a sus otras armas,  yo mismo pude confirmar que poseía una gran astucia para manipular a cualquier persona o tornar una situación a su favor.
Mientras más sabía, más quería saber sobre él. Así que abrí los ojos, agudicé los oídos y conseguí buen vino. Lo que no descubriera por mí mismo, se lo sacaría a Pierre.
Para mi sorpresa, el Duque me siguió considerando interesante y útil. Cosa que me permitió estar más cerca de él de lo que esperaba. Una mañana tocó a mi puerta muy temprano, para invitarme a cabalgar.  
—Maurice está haciendo sus oraciones y los otros duermen. ¿Podría acompañarme?
¿Cómo podía negarme? Confieso que le seguí encantado.  Recorrimos los bosques hablando trivialidades, atravesando senderos que yo no conocía. Terminamos cerca de París.
—Hemos acortado mucho camino —dije asombrado.
—Vamos a cabalgar hasta la ciudad —sugirió sonriente—, acabo de recordar que tengo un asunto pendiente.
Salimos hasta el camino principal y nos lanzamos al galope. Antes de entrar en París me preguntó cómo se llegaba a la Calle San Gabriel y luego cuál era la casa de Madame Rose. Lo guié hasta la panadería.  
Al verlo conversando afablemente con la anciana, entendí que ese había sido su plan desde un principio. En medio de de risas y anécdotas de su infancia, Philippe dejó claro que no quería que la mujer, o cualquiera de su familia, volviera a mencionar que Maurice era hijo de Madame Petite.
El Duque me había usado para arreglar su asunto pendiente sin que su sobrino se enterara. Le admiré por la buena jugada. El panadero y sus hijos estaban aterrados, entendían que detrás de su amable advertencia había una amenaza. La anciana se mostraba encantada de que la hubiera visitado y prometió con gusto no hablar más del asunto.
—Pero dígame, señorito… ¿He acertado? ¿El ángel de San Gabriel es un Borbón?
—¿No te parece que esa es una pregunta descortés, mi querida Rose? —le respondió sin perder la sonrisa.
—Es que no quiero revolverme en mi tumba cuando muera —insistió la mujer sonriendo como una niña mimada.
—¿Guardarás el secreto si te lo digo?
—Por supuesto que sí…
El Duque se inclinó con galantería y le susurró unas palabras al oído. El rostro de la mujer se transfiguró de alegría. Después se despidió de ella besando su mano.
Antes de marcharse intercambió unas palabras por lo bajo con el Panadero. El anciano fue palideciendo a medida que le escuchaba y no paraba de asentí nervioso.  
—Aquí tiene, es para el pan de los niños que Maurice cuida —dijo al final en voz alta, poniendo una bolsa bastante grande en las manos del hombre. Este se deshizo en agradecimientos.
Me despedí de todos, y le seguí hasta la calle. Allí, en lugar de montar, lo vi tomar las riendas de su caballo y atravesar la calle caminando.  
—Espero que no te importe hacer otra parada. Quiero conocer al doctor Charles —declaró con un guiño—. Maurice y Claudie hablan muy bien de él. ¿Sabes dónde vive?
Torcí el gesto imaginando la bienvenida que nos daría el doctor. Este había dejado claro que odiaba a cualquiera que llevara el título de Duque de Alençon, gracias a las historias que había escuchado sobre el abuelo de Maurice. Presentarme con Philippe en su casa no era lo más recomendable.
Philippe iba vestido con un sencillo traje de montar, incluso más sencillo que el mío. Imaginé que esto era a propósito: salir sin escolta no era nada recomendable para cualquier gran señor. También supuse que llevaba sus armas bajo la casaca. Deseé que el Doctor Charles lo confundiera con cualquier paisano y al menos nos dejara entrar a su casa sin arrojarnos un balde de agua.
—¡Es raro verle por aquí sin el cachorro de león! —soltó el hombre al verme en su puerta. La cicatriz de su cabeza estaba más visible que nunca porque se había echado el cabello para atrás. Como siempre, tenía un delantal lleno manchas de sangre y porquería. Se lo quitó para recibirme.
—Maurice estaba ocupado —respondí—. Pasé a dar una vuelta. ¿Cómo están todos por aquí?
Para ese momento ya nadie me escuchaba. El doctor miraba a mi acompañante como quien observa una serpiente en su zapato y no acierta a elegir cómo aplastarle la cabeza.  Philippe por su parte le devolvía la insolencia con una sonrisa desafiante. Era evidente que ese rasgo del carácter de Raffaele no lo había sacado de su madre.
—Hablemos en la calle. Tengo esto lleno de pacientes —dijo el doctor luego de una tensa, muy tensa, pausa.
—Es un placer conocerle, Monsieur Charles, permita que me presente… —empezó a decir Philippe con cierta zalamería cuando estuvimos afuera.
—Me basta con verlo para saber quién es. Vayamos al grano. Ya Sébastien me dijo lo que pretende.
—¿Está de acuerdo?
—¡¿Qué hombre podría estar de acuerdo con que le derriben su propia casa?!
—Ya veo que Sébastien tenía razón, usted no atendió a todas sus explicaciones y ha entendido lo que ha querido. Por eso vine, para dejar las cosas claras.
—Las cosas claras: a mí ningún Duque me va a dar órdenes.
En aquel momento creí que iban a abofetearse. Me mantuve entre ellos, a una distancia prudente, listo a intervenir si las cosas se salían de cauce. Pero al verme entre un hombre tan robusto como el Doctor y un gigante como el Duque, dudé si podría hacer algo para evitar que colisionaran.
Afortunadamente Philippe eligió usar otro tipo de contraataque.
—La idea de construir un hospital es de Maurice, no mía. Mi sobrino le quiere y admira mucho. Piensa que si su casa fuera más grande, usted podría atender a más personas. Que si esas personas tuvieran una habitación y una cama más cómoda, se recuperarían más rápido. También piensa que su esposa merece tener una casa en la que pueda mantener algo de privacidad.
—¿Cómo se atrev…?
—Sí, lo sé. Es todo un entrometido. Pero tiene buen corazón y no lo hace por mal. Ha ideado un plan muy ingenioso: compraremos la casa de su vecino, levantaremos un edificio más grande para que pueda atender muchos pacientes, contrataremos otros doctores y luego repararemos el techo de su casa y algunas paredes…  Eso es todo.
—Pensé que quería derribar mi casa…
—Podemos hacerlo si quiere una mejor.
—No quiero deberle nada a los Alençon.
—Y los Alençon no queremos deberle nada a usted. Resulta que ya estamos en deuda. Usted curó a Maurice y a Miguel, y eso es algo que nunca podré pagarle. Construir un hospital para usted y sus pacientes, reparar o rehacer su casa, eso es nada en comparación con la vida de mis niños. ¿Entiende? No vengo aquí como enemigo.
—No confío en la aristocracia…
—Confíe en un compañero de batalla. Tengo una cicatriz como la suya en mi espalda. Me la hicieron en la misma guerra, por cierto…
El Duque se quitó la casaca y me la tendió, luego hizo lo mismo con la chupa y la blusa. Pudimos ver una horrible quemadura que le atravesaba la espalda. Tenía otras cicatrices más pequeñas en sus brazos y en el pecho, la mayoría eran de balazos.
—No somos tan diferentes, doctor Charles —agregó.  
—¡Qué genial! —chilló uno de los pilluelos que se había acercado a escondidas desde que salimos a la calle.
—¡¿Estuviste en una guerra?! —preguntó otro.
—Sí, tenía mi propio barco y casi lo hundieron a fuerza de cañonazos.
—¿Acaso era El Exiliado? —preguntó el Doctor asombrado.
—Así es.
—Ese barco salvó a buena parte de la flota durante una de las últimas batallas… Casi se hunde por aguantar el fuego cruzado mientras la nave insignia y las demás se ponían a salvo.
—Tenía intereses personales en esa maniobra. Mi hijo se encontraba en la nave insignia a las órdenes del Almirante.
—¿Y ganaron? —preguntó otro pilluelo, ya había una docena alrededor del Duque.
—Sobrevivimos a esa batalla y perdimos la guerra —respondió con picardía.
—¡Malditos ingleses!—corearon los niños.
El doctor Charles estaba impactado. Seguramente se tragó todas sus palabras. Nos invitó a entrar y pasar a su cocina. Ahí el Duque volvió a vestirse.
Estuvimos conversando durante un buen rato. Bebimos el vino barato que generosamente nos invitó, mientras compartían anécdotas de batallas sufridas, despotricaban contra los ministros del rey que no sabían ganar las guerras en las que involucraban a Francia, y planeaban el nuevo hospital. En poca más de una hora, el doctor Charles y Philippe eran ya socios y viejos camaradas.  
Después visitamos a Sébastien en la iglesia, quien celebró que el Doctor al fin había dado su beneplácito. Le mostró a su nuevo patrón los trabajos que llevaba adelantados. Como siempre, nuestras felicitaciones no se hicieron esperar.
Al alejarnos de la ciudad, nos dirigimos de nuevo a los bosques, ahí el Duque me hizo una confidencia.
—La cicatriz de mi espalda me la hizo un marino amotinado hace muchos años.
—Entonces ha convencido al doctor Charles con una mentira.
—Tengo varias cicatrices de esa batalla, pero todas eran insignificantes comparadas con la que él tiene. Necesitaba impresionarlo. No quiero que Maurice se lleve otra decepción si se entera que su querido doctor Charles no estaba de acuerdo con el hospital. Los únicos que saben la verdadera historia, son Raffaele, mis hombres y usted. ¿Me ayudará a mantener la mentira?
—¿Y cómo fue lo del motín? —pregunté olvidando toda prudencia. Si quería mi silencio tendría que complacerme contando toda la historia.
—Cometí el error de aceptar un grupo de marineros sin asegurarme de que tuvieran buenas referencias. Una noche quisieron apoderarse del barco cuando regresábamos de las costas africanas. En medio de la refriega, me atacaron por la espalda con una antorcha. Estaría muerto si la madre de Asmun no hubiera disparado a mi agresor antes de que me rematara en el suelo. Es una mujer asombrosa.
Seguimos hablando de sus aventuras en alta mar. No me atreví a preguntarle por la mujer Tuareg, aunque ardía en deseos de hacerlo.
Al llegar al Palacio, Raffaele y Miguel nos esperaban en el jardín. El primero  estaba disgustado porque no lo invitamos a cabalgar.
—No te pongas celoso —le respondió su Padre mientras bajaba del caballo—, estaba haciendo diligencias muy necesarias. Ahora solo me queda un asunto pendiente en Versalles y seré todo tuyo, mi querido hijo— besó en la mejilla a Raffaele quien disimuló malamente la alegría que aquel gesto le provocó.
—¿Otra cacería?
—Sí, de un zorro de poca monta. Un tal Alaña. Me informaron que es el principal instigador en la campaña de rumores contra Maurice. Tengo entendido que es sobrino del embajador de España.
—Mi querido padre, te he tomado la delantera y ya me encargué de él.
Raffaele narró cómo Alaña había caído en desgracia en Versalles por cortejar a la amante del Rey.
—Ya sabes que Madame Du Barry me tiene por amigo. Un día que la visité, le llegó un regalo de Monsieur Alaña. Nada menos que un brazalete de diamantes. Ella no le conocía más que de vista y se sorprendió de semejante gesto. Le recomendé devolver el presente para no irritar  Su Majestad.  Así lo hizo. Pero las joyas siguieron llegando cada día, a pesar de que las devolvía sin falta. Cansada ya de aquel juego, y también siguiendo mi consejo, envió a una de sus amigas de confianza a decirle al español que dejara de importunarla. Él aseguró que nunca le había enviado nada. La bella Madame creyó que se trataba de una burla y le contó todo al rey, quien discretamente le dijo al embajador que su sobrino no era bienvenido en Versalles.
—¡Qué gran idiota!— dije entre dientes—. ¿Cómo se atrevió a cortejar a la favorita del Rey?
—Él sigue afirmando que no hizo nada —señaló Raffaele muy ufano.
—¿Entonces,  quién pudo enviar esos regalos? —preguntó el Duque con ironía, mirando con orgullo a su hijo.
—Fue una suerte que Madame Du Barry no quiso quedarse con las joyas. Eran muy costosas. Las devolví a los artesanos diciendo que no estaba satisfecho con el acabado.
—Te arriesgaste un poco —señaló el Duque.
—Nada de eso. Tuve mucho cuidado. Miguel, Bernard y Clément me ayudaron.
—El imbécil de Alaña no tuvo oportunidad contra nosotros —apuntó Miguel.
Los tres rieron con cierta malevolencia. Yo me juré a mí mismo que jamás buscaría de enemigo a uno de ellos. Aprendí que los Alençon saben manipular, intrigar y destruir a sus enemigos mejor que nadie. El mismo Maurice, aun siendo tan torpe para manejarse en sociedad, sabía convencer a todos de hacer lo que él quería. Aquella familia estaba llena de talento y el Rey ya se había dado cuenta, por eso los quería cerca.  
Al no tener ya nada qué hacer, el Duque volvió a montar y nos invitó a hacer una carrera hasta el lago. Yo me disculpé alegando que debía atender otro asunto. En realidad, ya había hecho más ejercicio del que quería y, sin ellos alrededor, podía tener a Maurice para mí. Cuando no intentaba besarlo o retomar nuestra discusión anterior, él se mostraba muy cómodo a mi lado.
Encontré a Asmun al final de las escaleras del palacio  observando a los tres jinetes alejarse. En cuanto me vio, saludó y se perdió rápidamente dentro del edificio. Aposté a que tenía deseos de acompañarlos.
Mi interés por el muchacho se renovó a causa de su relación con el Duque y con Raffaele. A cada momento descubría pistas que confirmaban mis sospechas sobre él.
Por ejemplo, un día en que volvía con Maurice y sus primos de cabalgar, vimos a su tío con Pierre, Jacob y Asmun a un lado del jardín. Los tres hombres parecían estar celebrando que el muchacho había crecido desde su último encuentro. Al menos eso deduje por los gestos de Jacob.  Raffaele mostró una expresión de molestia al verlos.
—¿Qué pasa? —pregunté sin que Miguel y Maurice me escucharan.
—No tiene importancia. Soy un hijo celoso, nada más.
Puse mucha atención a la relación del Duque con Asmun.  Desde un principio había notado que no lo trataba como un sirviente, incluso los sorprendí más de una vez caminando juntos por el jardín. El aire de familiaridad entre ellos era evidente.
En otra ocasión, estando todos reunidos en el salón de música,  escuchando a Miguel tocar el piano y a Maurice el violín, fui testigo de una conversación que Raffaele y su padre sostuvieron por lo bajo.
—Quería llevarme a Asmun a Nápoles a mi regreso —empezó a decir el Duque—. Su madre lo extraña y yo también. Ya es bastante duro tenerte lejos a ti.
—Por mí está bien —respondió Raffaele sonriendo displicente.
—Él no quiere dejarte solo. Dice que te metes en muchos problemas,  aunque no quiso contarme nada.
—Como quiera.
—Se bueno con él.
—Lo trato como un amigo muy querido.
—Gracias —la sonrisa cálida de Philippe contrastó con la expresión fría que mostraba Raffaele.
Me hice el desentendido, pero mi mente empezó a juntar cabos sueltos. Tenía clara la identidad de Asmun. Lo que me interesaba saber era si su madre era la “Mujer inalcanzable” de la que, según Pierre, Philippe estaba enamorado cuando Madame Isabella se suicidó. Por supuesto que no podía preguntárselo a Raffaele ni al mismo Duque.
Imaginaba fascinado la vida amorosa de Philippe como una epopeya. Obviamente, el haber tenido un hijo con una mujer Tuareg era todo un escándalo. Si ella era su “Mujer inalcanzable” todo cobraba sentido. Lo veía renunciando a su amor por casarse con Isabella Martelli, tal y como lo dictaba su estatus social.
En mi mente  le contemplé atormentado por tener que vivir cumpliendo su deber, hasta que ya no pudo soportar más y terminó lanzándose a los brazos de su amor prohibido. Sin pensar en que la orgullosa Duquesa llegaría al extremos de arrojarse al vacío para castigarlo.
En mi corazón, él era el héroe de un romance trágico. Tenía a su lado a la mujer que amaba y no podía ser feliz con ella. Su esposa le había arrebatado ese derecho dejándole como herencia una terrible carga: la culpa. ¡Mujer terrible!
—¿Cómo es la madre de Asmun? —pregunté a Maurice un día en que, para aliviar la tensión entre nosotros, le pedí que me enseñara una pieza en el piano.
—Es muy hermosa —contestó—. Tiene la piel oscura. Es alta, delgada y lleva la cabeza llena de trenzas. Sus ojos son ambarinos. Es muy elegante y serena. Y jamás, ¡jamás!, viste con esos horribles trajes de la aristocracia,  siempre usa ropa Tuareg.
Mi concepto de belleza era más versallesco. Pero, si alguien con gustos tan exigentes como Maurice llamaba hermosa a esa mujer, debía serlo.
—¿Sabes desde cuándo vive con tu tío? Debe ser desde mucho.
—No tengo idea. Visité a mi tío una sola vez en Nápoles,  cuando iba a marcharme al Paraguay y ella estaba en su palacio. Pero nunca lo acompañó en alguno de sus viajes a España, cuando yo era niño.
—Asmun tiene quince años, me pregunto si…
—¿Qué andas murmurando, Vassili? —rezongó Raffaele entrando con Miguel al salón de música—. ¿Vas a agregar a tus defectos el ser un cotilla?
—¡Qué grosero! —respondí ofendido
—Hablamos de la madre de Asmun —señaló Maurice—. No hay nada de malo en eso.
—Eres un inocente Maurice, no te das cuenta de que este viejo zorro anda averiguando lo que no debe.
Maurice iba a protestar pero Miguel lo tomó de la mano y empezó a tirar de él.
—Vamos, tenemos que terminar el cuadro de San Gabriel. Quiero que tío Philippe lo vea antes de irse.
Cuando nos quedamos solos, Raffaele me dedicó una mirada de reproche.
—¡Cotilla! —soltó lapidario.
—Es lógico que piense que Asmun es tu hermano al ver cómo lo trata tu padre.
—Mi padre es amable con todo el mundo.
—Pierre me dijo que, en su juventud, tu padre se enamoró de una “Mujer inalcanzable”. Pensé que podría ser una extranjera.
—Esa mujer inalcanzable, como la llamas, fue la que causó la muerte de mi madre. ¿Todavía quieres averiguar si es la madre de Asmun? Yo he tratado por todos los medios no enterarme.
Su rostro estaba enrojecido y su voz mostraba claramente que le molestaba hablar del asunto.
—Perdóname, he sido un imprudente.
—Sin duda. Un cotilla y un impertinente también.
—Lo acepto.
—Mi padre y yo jamás hablamos sobre eso. Lo he perdonado, pero él nunca se va a perdonar. Aceptó que Tamalut se quedara a su lado porque ella fue capaz de cruzar el desierto para volver a verlo. No es una mala mujer.
—¿Cómo se conocieron?
—Mi padre viajó a la costa africana buscando riquezas y se internó en el desierto con algunos de sus hombres. Perdieron el rumbo y, cuando creyeron que morirían de hambre y sed, los Tuareg los encontraron y llevaron a sus tiendas. Tamalut era la hija de uno de los hombres más importantes de la tribu, lo cuidó durante varios días, hasta que él pudo regresar a su barco.
—¿Se enamoraron mientras le cuidaba? —dije sin disimular mi emoción.
—Al menos ella lo hizo. Después, mi padre viajó a Nápoles y conoció a mi madre, la mujer más hermosa de toda Europa… —Raffaele cambió el tono al hablar, casi pareció presumido—. Mi madre logró conquistarlo, ¿sabes? Según mi abuela, mi padre era un hombre taciturno en ese tiempo. Como si estuviera de luto permanente.
—Claro, había perdido a la mujer de su vida…
—Como te decía —continuó, reprochándome mi intervención con la mirada—. Conoció a mi madre y ella lo sedujo. Incluso tomó la iniciativa y le propuso matrimonio saltándose todas las normas. Mi abuelo se llevó un gran disgusto. En parte era su culpa por la forma cómo la educó. Mi padre aceptó el matrimonio y fueron los más ardientes recién casados de todo el mediterráneo.
—¿Y entonces? ¿Por qué…? —pregunté sin querer.
—No lo sé Vassili —reconoció entristeciéndose—. Yo recuerdo que éramos felices en Nápoles. Vinimos a vivir a este palacio cuando yo tenía tres años. Unos meses después mi madre se suicidó. Mis recuerdos van de días llenos de alegría a esa horrible noche en que saltó por la ventana.
—Lo siento Raffaele…
—No sé si la madre de Asmun es la mujer inalcanzable de la que hablas. Te diré que hace diecisiete años Tamalut apareció en la costa, cuando mi padre hacía otro intercambio con los Tuareg. Nadie pudo convencerla de regresar con su familia y mi padre no tuvo más remedio que recibirla. Era una situación extraña. Aunque ocupaba el puesto de una sirvienta, todos sabíamos que entre su gente pertenecía a la nobleza. Los otros miembros de la tribu, que estaban al servicio de mi padre, la trataban con mucho respeto y no la dejaban hacer ningún oficio. Prácticamente era una huésped. Yo la detestaba al principio, pero fue buena conmigo y un día le salvó la vida a mi padre, terminé apreciándola.
—¿Y cómo es que Asmun…?
—Ella tenía la clara intención de permanecer junto a mi padre aunque él la rechazara. Se fue haciendo cada vez más cercana y finalmente un día, estando él algo bebido, se la llevó a la cama. Creo que la única razón por la que no lo hizo antes fue porque yo no quería que le diera el lugar de mi madre a nadie. Cuando nació Asmun, me pidió perdón y contrajo matrimonio con Tamalut. Primero según las costumbres de los Tuareg. Luego la hizo bautizar para poder casarse cristianamente también. El cretino de Petisco se encargó de los oficios en uno de sus viajes a Nápoles.
—Finalmente tu padre pudo ser feliz con la mujer que amaba.
—No pongas esa cara de idiota, no es una historia bonita —me golpeó en la frente con un dedo.
—A mí me parece un gran romance.
—¿Con la muerte de mi madre de por medio?
—Eso es lamentable. Pero, por lo que has dicho, tu padre nunca le fue infiel.
—Él ha jurado eso muchas veces. Lo único que hizo fue reconocer ante ella que tenía otra mujer en su corazón. Mi madre no se lo perdonó.
—Eligió una terrible manera para castigarlo.
—Más de lo que crees. No le importó nada, ni siquiera yo.
Al verle mortificado me arrepentí de haberme entrometido en su pasado.
—Perdona por hacerte recordar.
—Puedes compensármelo acompañándome a hacer unos encargos de mi padre —repuso con una media sonrisa, no pude negarme.
Cabalgamos por el bosque hasta que llegamos al lago. Nos detuvimos a descansar un rato.
—Ahora, Vassili, compénsame apropiadamente —exigió acercándose para besarme.
—Si querías llegar a esto, debías haberme invitado a la Habitación de Cristal —repuse resistiéndome.
—No seas quisquilloso…
—Miguel y Maurice… —titubeé.
—¿Se lo vas a decir? —respondió sonriendo con descaro.
—Por supuesto que no.
—Entonces todo está bien. ¿Acaso no me extrañas?
—Debo reconocer que un poco —le besé olvidando cualquier reparo. ¡Cómo me gustaban sus besos!
Nos quitamos las casacas sin dejar de devorarnos. Él se mostró impetuoso, negándome toda iniciativa. Me recostó contra un árbol mientras desabrochaba mis pantalones. Hizo que me diera vuelta y se arrodilló para descubrir mi trasero  y lamer mi entrada. Los dos estábamos ansiosos. No queríamos gastar tiempo en palabras o caricias.
Cuando me penetró, fue brusco. Cada embestida mezclaba de manera morbosa el placer con el dolor. Yo estaba en éxtasis y mis jadeos me delataban.
—Extrañaba tanto tu culo, Vassili —susurró a mi oído, deleitándome.
—¿Miguel no te complace lo suficiente? —respondí desafiante.
—Claro que sí, pero yo soy avaro…
Me hizo estremecer de placer hasta que llenó mi interior con su semilla.
—Ahora, mi querido Vassili, fóllame con todas tus fuerzas —dijo poniéndose de rodillas.
—¡Eres tan vulgar que no pareces un futuro Duque! —exclamé riéndome ante la vista que me ofrecía.
—Contigo no tengo por qué ser delicado. Tú y yo nos entendemos bien.
—Eso es innegable…
Usé mi saliva para cubrir mi miembro, me eché de rodillas y entré en él sin preámbulos. Nuestros jadeos, gritos soeces y gemidos llenaron el bosque. Al alcanzar el orgasmo, lo abracé por un rato. Se quedó aguantando mi peso en silencio, recuperando el aliento.
—¡Eres mi puto favorito, Vassili! —exclamó recostándose boca arriba en la hierba.
—Tú eres un idiota, Raffaele —contesté levantándome preocupado . Ya se había disipado la nube de la lujuria y podía pensar con claridad—.  Miguel se enojará y...
—Nunca lo sabrá. Y si llega a saberlo, nos perdonará. Cosa que no hará Maurice,  así que jamás se lo cuentes.
—No estoy loco —me senté a su lado.
—Es por si decides ser honesto con él alguna vez. Procura omitir este encuentro.
Después de descansar un rato contemplando el lago, se levantó y arregló su ropa.
—Vamos, tenemos que visitar a los guardabosques y decirles que mi padre quiere verlos mañana. Va a ser un largo paseo.
—¡¿Por qué no lo dijiste antes de destrozarme el… el culo?!
—Para castigarte por ser tan cotilla.
—¡Idiota!
Se echó a reír y me tendió la mano para ayudarme a levantar.
—Por cierto, ¿cuándo piensas desvirgar a mi querido Maurice?
—¡Eso no es tu problema!
—Siento curiosidad. Aunque te notifico que este dedo ya estuvo dentro de él —hizo girar su índice ante mi cara.
—¡Maldito seas ¡—intenté patearlo, pero me esquivo.
—No esperes mucho —dijo mientras bailaba a mi alrededor, evitando que lo golpeara—. Puedo sentir la tentación de recordar los viejos tiempos con mi primo.
—¡No te atrevas!
—Entonces, date prisa.
—Estoy esperando que se marche tu padre —reconocí calmándome—. Te confieso que tengo miedo de que vuelva a rechazarme.
—Tonterías. Maurice debe estar deseando terminar en la cama contigo —aseguró poniendo su brazo sobre mi hombro—. Antes estaba desesperado porque no sabía cómo controlarse y temía romper sus votos. Ahora que puede soltar las riendas, seguramente se lanzará sobre ti a la menor provocación.
—Eso es otra razón por la que estoy esperando, quiero que sea él quien tome la iniciativa.  
—¡Cómo complicas las cosas! De cualquier manera, me parece prudente que esperes a que se marche mi padre.
Cuando regresamos al palacio, me fui a dormir agotado. Había tenido que recorrer los bosques por horas, mi cuerpo se encontraba completamente dolorido. Maldije a Raffaele por su exceso de entusiasmo en el lago.
Miguel y Maurice entraron a despertarme poco después. Madame Severine había traído al palacio a su hermana, el momento que tanto teníamos había llegado.
No quería ver Madame Pauline.  Ella me escandalizaba y repugnaba. Cada vez que recordaba las cicatrices que le causó a Miguel, temblaba de cólera. Mi consuelo era que esa sería la última vez que la tendría ante mí.
La mujer nos sorprendió mostrando una actitud diferente a la que esperábamos. Se había vestido con modestia y no paraba de llorar y pedir perdón. Nosotros no le creímos. Miguel no quiso que se le acercara, pero el Duque se mostró compasivo y le permitió quedarse en el Palacio.  Grave error.
Durante varios días la tuvimos entre nosotros transformada en un ser humano. Probablemente se disculpó con su hijo un millón de veces. Sospechábamos que todo era un acto para evitar que le contaran a su esposo lo que había hecho.  
Desgraciadamente estaba por salirse con la suya. Miguel no podía contarle a su padre lo ocurrido sin revelar su relación con Raffaele. Nadie pensaba que el Duque de Meriño iba a tomarse bien el que su hijo quisiera a otro hombre como amante.
Decírselo por carta podía ser contraproducente. Su madre tendría muy fácil el ponerlo en su contra una vez que estuviera en España . Viajar para hablar el asunto frente a frente resultaba lo más recomendable. Sin embargo, se arruinarían sus planes de permanecer con Raffaele durante un año si Don Miguel le prohibía regresar.
Mientras más vueltas dábamos al asunto, más inconveniente parecía enviar a Madame Pauline a España o denunciarla. Maurice hervía de indignación cada vez que se barajaba la posibilidad de perdonarla y pasar la página. Para él no se trataba de una página, sino de muchos volúmenes de crueldad que debían cobrarse con intereses. En este tipo de asuntos estaba anclado en el Antiguo Testamento y la ley del ojo por ojo.
Agotado por tener que soportar la presencia de las dos Ninfas en el palacio, me escapé una tarde al invernadero. Pierre me había enviado un mensaje, a través de otro sirviente, urgiéndome en ir a visitarle.  Cuando llegué, lo descubrí con Antonio, Aigle, que al fin podía levantarse de la cama, y Renard.
Los cuatro se encontraban en el fondo del enorme invernadero, tras una cortina que solía ocultar los sacos de tierra apilados. Estaban muy ocupados vaciando la botella que yo había dejado olvidada la noche que escuché su conversación con el Duque.
—¿Cuál era la urgencia? —pregunté receloso.
—Tenemos un misterio —dijo Pierre risueño—, el misterio de las botellas que aparecen de la nada entre las macetas. ¿Cree usted que los fantasmas del palacio se han vuelto generosos?
Enrojecí avergonzado. Pierre me miraba con picardía. Seguramente había adivinado todo.
—No lo creo —respondí indignado—. Probablemente alguien creyó que lo merecías, pero dudo que semejante gesto se repita.
—¡Qué mal! Para colmo, ya casi se nos acaba. ¡Ah! No importa, podemos beber las botellas que mi querido hijo me trajo de Nápoles — soltó una carcajada llena de satisfacción.
—¿Dónde está tu hijo?
—Haciendo encargos para preparar el viaje de la bruja.
—Espero que ese viaje se realice y nos libremos de ella —murmuré agobiado. Me senté en una banqueta y acepté el vaso que me ofrecían—. ¡Estoy harto de esa mujer!
—Philippe es tonto. Cree que su hermana se ha arrepentido.
—Ella no es de fiar —intervino Antonio dando claras señales de embriaguez—. Yo la vi sonreír mientras me hacía romperle la espalda a su hijo a fuerza de latigazos…
—¡Por Dios! ¿De qué hablas? —chilló Aigle, a quien ni cien botellas le hacían perder la agudeza.
—Está borracho —contesté—. No le prestes atención.
—No lo estoy. Ojalá lo estuviera para olvidar lo que hice —se lamentó Antonio—. Nunca debí colaborar con ella, ni aquí ni en España. Me hizo vigilar al señorito todo el tiempo en La Corte. Solamente cuando él iba a los cuarteles en Madrid era libre. Pero ahí le podía pasar cualquier cosa, con tanto criminal que enfrentaba y rodeado de soldados toscos y vulgares…
—No sigas angustiándote. Miguel te ha perdonado —dije tratando de calmarlo.
—¡No merezco su perdón! Yo le dije a madame Pauline que se había reconciliado con el señor Raffaele, por eso lo maltrató otra vez.  ¡Soy un miserable!
—Es una desgracia que haya gente a la que el vino vuelve llorona —se quejó Pierre—. Vete a dormir si vas a estar gimoteando. He desperdiciado mi valioso licor en ti.
—Deje que se desahogue, Monsieur Pierre —pidió Aigle.
—El pobre ha pasado por mucho —agregó Renard.
—Nada de eso —insistió el viejo—. A mi distinguida mesa sólo invitó gente alegre.
—Estoy agradecido con usted, Monsieur Pierre —continuó Antonio—. Gracias por recogerme cuando me echó el señorito Maurice.
—No hay de qué. Me dio miedo que tu herida se pusiera peor, y en casa de mi hija sobraba una habitación.
Los pilluelos quisieron saber qué había pasado y el viejo jardinero se los contó con lujo de detalle, a pesar de mis protestas.
—¡Maurice es un verdadero jefe! —celebró Renard cuando escuchó todo.
—Debió cortarte la mano —declaró Aigle con orgullo.
—¡Qué chicos tan simpáticos! —rió Pierre ante la cara aterrada de Antonio. Yo también estaba asombrado de lo macabro que podía ser el sentido de humor de aquellos muchachos.
Escuchamos que abrían la puerta del invernadero. Nos ocultamos porque Pierre nos lo pidió, estaba en sus horas de trabajo y no quería que Agnes volviera regañarlo. Pudimos distinguir al Duque y a su hermana Pauline entrando. La puerta estaba al otro extremo, no teníamos manera de salir sin que nos vieran, no hubo más remedio que esperar a que no nos descubrieran.
—Hablando del diablo —murmuró Aigle.
Lo mandamos a callar a fuerza de empujones y golpes en la cabeza. El pobre muchacho nos recordó que aún estaba convaleciente.
Madame Pauline caminó entre las mesas llenas de macetas.  Se acercó tanto, que pudimos escucharla claramente.
—No sabía que había flores tan bonitas aquí… —dijo alegremente.
—Pierre tiene mucho cuidado con ellas —respondió su hermano.
—Oh, mira. Estas son iguales a las que están sembradas en el lugar donde cayó tu esposa. Yo no estuve aquí en ese tiempo, me lo han contado…
Su voz era de una inocencia indudable, pero sus palabras hicieron que mis entrañas se revolvieran. Cómo podía sacar aquel tema con tanta naturalidad. El Duque desvío la mirada y torció un poco la boca.
—Creo que son las mismas —dijo después, ante la insistencia de su hermana.
—Has hecho un gran trabajo educando tú sólo a Raffaele —continuó la mujer. Su voz se asemejaba a la de una niña ingenua otra vez—. Es igual a ti, toma todo lo que encuentra hermoso, lo ensucia y lo destroza sin pensarlo dos veces.
—¿A dónde quieres llegar, Pauline?—replicó Philippe molesto.
—Sólo quería conversar. Miguel no hace más que mirarme como si yo fuera mala —se lamentó—. Necesitaba alejarme de él y respirar.
—No puedes culparlo,  le hiciste mucho daño.
—Se lo merecía… —declaró adoptando un tono frío que me hizo estremecer.
—¿Qué dices?
—Me costó mucho traerlo al mundo. ¿Y cómo me paga? Acostándose con tu hijo.
Aigle y Renard me miraron interrogándome. Les ordené callar con un gesto. Estaba inquieto porque era evidente que madame Pauline había vuelto a ser la misma de siempre. Nada bueno podía salir de aquella conversación.
—¡Basta Pauline! Creí que estabas arrepentida, pero bien se ve que los niños tienen razón: estás loca.
—¡Qué cruel! No lo estoy —declaró sonriente—. Mamá sí lo estaba. ¿Recuerdas?  Nos confundía con sus muñecas. A ti nunca te quiso.
—No quiero hablar de eso. Volvamos al Palacio —Se dio vuelta para salir.
—Petite también se volvió loca, ¿sabes? —Philippe se detuvo en el acto y dio vuelta. Su rostro mostraba dolor y espanto—. Creía que tenía cachorritos en su estómago, como su perrita, esa que le regaló nuestro padre. La que era toda blanca, seguro la recuerdas.
—¿Por qué sacas eso ahora?
—Me lo has recordado al llamarme loca —respondió encogiéndose de hombros con ingenuidad—. Parece que se te olvidó que Petite enloqueció también. Fue por tu culpa, por cierto. Por hacer que el pintor corriera hasta el fin del mundo y la abandonara.
—¿De dónde has sacado eso? Sabes que no es cierto.
—Thérese me escribió cuando supo que nuestra hermanita estaba embarazada. Yo la amaba tanto que le dije al idiota de mi marido que vendría a Francia aunque él no quisiera. No le quedó más remedio que  complacerme. Viajé como una reina. Casi lo arruino por eso.
La mujer soltó una risa que tenía tintes de inocencia y malicia en igual grado.
—Me divertí hasta que llegué aquí y descubrí que Petite había perdido la razón por tu culpa. Fue muy amargo para mí. Luego tuve que sufrir su muerte por dar a luz a ese niño horrible. Eso también fue tu culpa.
—¡Basta, por favor!  Yo nunca quise hacerle daño a nuestra hermana, lo sabes.
—¡Destrozaste su corazón al separarla de su amante!
—Intenté protegerla.  
–Pues no lo conseguiste. Igual que no lograste ser un buen padre. ¡Has criado a un monstruo que ensució a mi hijo, a mi precioso Miguel!
—¡No llames así a Raffaele!
—¡Es lo que es! ¡Todo lo que sale de ti es sucio y malvado! Todo lo que tocas, lo destruyes. Nuestra madre enloqueció cuando naciste, Petite también perdió la razón por tu culpa, y estoy segura de que dejaste morir a nuestro padre encerrado en esa habitación. Hasta puedo apostar que lo envenenaste.
—¡No lo hice! Aunque era lo menos que merecía.
—¡Hiciste que lo declararan loco para robarle el título!
—¡Intentó ahogar a Maurice! —estrelló su mano en una de las mesas—. ¿Qué esperabas que hiciera?
—Ese niño debió morir. Si él no hubiera nacido, Petite estaría viva.  No hacía falta que viniera al mundo, con Sophie era suficiente.
—¡Estás loca! —trató de sujetarla, ella se revolvió contra él.
—¡Eres un demonio! ¡Te odio! ¡Si tú no hubieras nacido, nuestra familia hubiera sido feliz!
—¡Cállate!
—¡Eres una desgracia! ¡Estás maldito! ¡Matas todo lo que tocas! Mataste a tu esposa, mataste a Petite, mataste a papá… ¿quién sigue ahora?
La mujer hizo retroceder al Duque a medida que avanzaba sin parar de hablar. Cada frase fue capaz de doblegar a su hermano. Pierre y yo nos levantamos para ir  a detenerla. Los demás estaban paralizados por el miedo.
—¡Ojalá ardas en el infierno!
Fue la última frase que escupió antes de clavar en el pecho de su hermano unas tijeras doradas,  delgadas y largas, que había llevado escondidas. Philippe perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Creí que estaba ante una visión del infierno, aquella mujer era la imagen de un demonio.  

Parte II
Madame Pauline se lanzó encima de su hermano y clavó de nuevo las tijeras. Volvió a sacarlas y repitió su ataque.  Él logró quitárselas y las arrojó lejos.
—¡No me mires con esos ojos de demonio! —gritó ella, levantándose para tomar una maceta y aplastarle la cabeza.
No se lo permitimos. Yo ya había logrado llegar hasta ella, le arrebaté de las manos la maceta y la lancé a un lado. Pierre y Antonio ayudaron al Duque a levantarse. Los pilluelos lograron sujetar los brazos de Madame Pauline, que se revolvió como una fiera.
La tomé de la cintura y ordené a los muchachos que ataran sus manos con la cinta que recogía mi cabello. Sus gritos eran para atemorizar a cualquiera, por lo que decidimos amordazarla usando nuestros pañuelos.
Enseguida nos dirigimos al palacio para atender las heridas del Duque. Él aseguró estar bien, y caminó casi sin ayuda hasta que perdió el paso al intentar subir las escaleras de la entrada.  Dejé a su hermana en manos de los pilluelos y lo ayudé a subir. Era un hombre muy alto y fuerte para que los otros pudieran con él.
—Luis va a burlarse de mí —dijo con una sonrisa llena de amargura—, dejé que una mujer me hiriera.
—A mí me pareció que era un demonio.
—Tiene razón. ¿Cuánto escuchó?
—Lo siento, estábamos bebiendo con Pierre… Pero, no se preocupe, esos muchachos no contarán nada y yo tampoco.
—Maurice se va a disgustar si sabe que ha bebido. Si guarda mis secretos, yo guardaré el suyo —sonrió con cierta candidez y guiñó un ojo.
Luego el dolor hizo desaparecer esa expresión. Apresuré el paso. Mis pensamientos estaban en un completo desorden;  la indignación,  el miedo y la rabia me golpeaban a la vez.
Todo fue caos en el palacio cuando vieron llegar al Duque herido y a Madame Pauline atada y amordazada. Agnes corrió hacia él desesperada.
—Philippe, mi niño, ¿qué te han hecho?
—Déjame —fue su respuesta cortante—. Llamen a mis hombres —exigió sin dirigirse a ella.
La mujer quedó desolada y se hizo a un lado. Llevé al Duque hacia su despacho, como me ordenó. Antes de entrar, aparecieron  Asmun, Raffaele,  Miguel y Maurice.
Nunca vi a Raffaele perder la compostura cómo lo hizo en ese momento. Gritó y lloró como un niño desamparado, suplicando a su padre que no muriera. Asmun se quedó paralizado. Los otros fueron más gallardos: Maurice insistió en ver la herida para intentar curarlo, y Miguel abofeteó a su madre.
—No seas tonto, Raffaele —dijo sonriendo el Duque—. Apenas es un pinchazo. Ve en el carruaje a buscar al doctor con Miguel y Maurice. Y tú, Asmun, lleva a Pauline a su habitación y quédate cuidando que no escape.
Los cuatro obedecieron a regañadientes. Los Tuareg, Jacob y los demás hombres que le habían acompañado desde Nápoles, se presentaron dispuestos a matar al agresor. Su señor envió algunos a acompañar a su hijo y sobrinos. A Jacob le encargó poner orden en el palacio y ayudar a Madame Severine, quien estuvo a punto de desmayarse al descubrir a su hermano herido.
Por último, mandó que uno de los Tuareg entrara con nosotros al despacho.
—Raffaele y los otros son inútiles en estos casos —dijo cuando lo recosté en la silla.
—Es normal que estén asustado, hay mucha sangre —respondí preocupado.
Su  traje era de un tenue azul, las manchas, que se extendían rápidamente, podían verse con claridad.
Al desgarrarle la blusa para desnudar su pecho, comprobamos que era bueno mintiendo: Tenía tres heridas pequeñas de las que la sangre no paraba de manar. Por fortuna Madame Pauline no había logrado hacerle un daño mortal.
El tuareg pronunció alterado unas palabras en su idioma.
—No es tan grave. Tú me has curado de cosas peores —respondió Philippe queriendo mostrarse animado, pero el dolor tensaba su rostro y se encontraba tan pálido, que era imposible no inquietarse.
El extranjero me indicó que hiciera traer una caja que guardaba en su habitación y también agua y muchos paños. Para cuando Daladier llegó, ya las heridas estaban suturadas.
—¡Por Dios, qué magnífico trabajo! —exclamó molesto el joven doctor fustigando con la mirada al orgulloso Tuareg mientras examinaba el pecho del Duque—. Le diré a Charles que alguien lo supera como carnicero. Si me hubiera esperado, ni siquiera tendría que preocuparse por las cicatrices. Claro que hubiera perdido mucha más sangre y...
—Concéntrate, Claudie —le regañó Philippe—. Termina de curarme con tus pócimas.
—No son pócimas, Monsieur. Y es un placer volver a verle.
—¿Se conocen? —pregunté desconcertado.
—Yo estaba en Roma, visitando a mi hermano, cuando Maurice enfermó. El Duque me trajo a Francia para que lo atendiera por recomendación del bueno de Petisco y del Padre General.
Entendí que Philippe había sido, en todos los aspectos, el salvador de Maurice después de que lo expulsaron del Paraguay. No sólo lo había sacado de la prisión en España, también se había asegurado de ayudarlo a salir de la desesperación, enviando a un médico que podía mantenerlo en contacto con los jesuitas.
—Claudie es un buen doctor —dijo mientras este le examinaba—. Sería mucho mejor si ejerciera la medicina apropiadamente. Pocas cabezas encontrará usted tan llenas de sabiduría, y tan poco dispuestas a dejar de llenarse.
—No necesita decírmelo —respondí—, lo he comprobado al ver sus extravagantes experimentos. A veces me recuerda a Maurice por su excentricidad.
—Pensé de la misma manera. Por eso creí que serían buenos amigos
—Efectivamente, los somos —indicó Daladier sonriendo satisfecho.
—Me alegra escuchar eso —respondió animado Philippe.
—Por cierto, me marcho el próximo mes a Austria. Conseguí que el doctor Jan Ingenhousz me aceptara como su aprendiz por un tiempo. Quizá haya oído hablar de él, inoculó a la familia real austríaca para protegerlos de la viruela.
Los dos siguieron hablando como parientes cercanos. Daladier mostraba una alegría que no le había visto nunca. El Duque le miraba y trataba con paciencia y cariño. Pensé en que si algo se podía decir de Philippe de Alençon, era que tenía un corazón paternal.
Los dejé solos para tomar algo de aire fresco. Raffaele y Miguel se encontraban sentados en las escaleras fuera del palacio.  Maurice caminaba de un lado a otro tras ellos, ponderando en voz alta cómo madame Pauline se había burlado de todos.
Philippe los habían enviado lejos para que no sucumbieran a la angustia, mientras aquel Tuareg atravesaba su piel con una aguja inmisericorde. Pero yo lo había visto todo, mi ropa estaba manchada de su sangre... No podía definir las emociones que se agitaban en mi interior.
Respiré aliviado en cuanto me acerqué a ellos. Tenía la sensación de haber  estado conteniendo el aliento desde que escuché a Madame Pauline hablar en el invernadero. Recordé sus palabras, sobre todo su absurdo rechazo hacia Maurice. Él se acercó a mí, dijo algo sobre mi ropa. No lo escuché, sólo lo observé, como si estuviera lejos, mientras pensaba en el odio con que fue recibido al venir al mundo.
La indignación se apoderó del caos de  mi corazón y estalló en forma de una letanía silenciosa de maldiciones contra Madame Pauline y todos los que no lo amaron. Maurice no pidió nacer. Era único inocente de esa historia, no merecía ser condenado.
En ese momento vinieron a mi mente las palabras que Madame Severine pronunció cuando Maurice estuvo enfermo: “Vamos, niño, no naciste para morir así”.
Lo imaginé irrumpiendo en la vida, saliendo de su madre antes de que se convirtiera en su tumba y llorando con todas sus fuerzas. Consideré su llanto una declaración de guerra, de absoluta rebeldía ante las circunstancias… El niño que no era bienvenido, quiso vivir a pesar de todo y de todos.
Aquello era una fantasía en mi cabeza, pero igual pensé que acertaba y me sentí conmovido. Lo abracé y, por más que me esforcé, no pude contener las lágrimas. Ellos creyeron que se debían a los nervios por lo ocurrido con el Duque. Se equivocaron, lloraba por el  dolor y la alegría.
Dolor porque Maurice no fue un niño amado por todos, porque se quedó sin madre al nacer, porque no sabía quién era su padre y estaba ajeno a su propia historia.
Alegría porque Maurice existía y llenaba mi mundo de sentido. Porque teníamos toda una vida por delante, una vida en la que yo estaba dispuesto a amarlo por todo lo que otros no supieron hacerlo.
No me importó soportar burlas por esas lágrimas.
—Que decepción, Vassili. Demostraste tener temple de acero hasta hace un minuto —chilló Miguel.
—¡Que tonto eres! —soltó Raffaele—. Ahora que todo está bien, lloras.
—Soy un hombre práctico —respondí con altivez—. Prefiero ser así que echarme a llorar como un niño en el momento crítico
—¡Touché! —reconoció Raffaele haciendo una reverencia.
Maurice correspondió a mi abrazo en silencio. Creo que él también lo necesitaba. Solía reaccionar con cierta sangre fría ante este tipo de tragedias. Se diría que le molestaba que ocurrieran cosas inesperadas. Su primera reacción siempre tenía un tinte de rigidez o enojo y buscaba devolver el orden, encontrar razones, solucionar la crisis...
Si llegaba a sentirse muy presionado, podía tener una reacción desproporcionada, dejándose dominar por la ira.
También solía ocurrirle que, después que las primeras olas del evento se aplacaban, y los demás nos recuperábamos de lo ocurrido, él caía. Podía manifestar esto en forma de una melancolía que lo inmovilizaba, o una ansiedad disfrazada de laboriosidad frenética.
Al final terminaba hecho pedazos y debía reconstruirse buscandole sentido a todo lo ocurrido. Sin ese sentido, no podía seguir adelante.  La mayoría de nosotros nos hacemos pedazos sin preámbulos,  sufrimos sin racionalizar y nos recuperamos por instinto. Simplemente vivimos. Para él no existía nada más complicado que vivir.
Yo entendí esto un poco tarde. En lugar de aliviar su carga, le agregué más peso con mi comportamiento incoherente. Me atreví a creer que amarlo resultaba un arduo esfuerzo para mí, por  tener que esperar tanto a que se rindiera a mis deseos, mientras él se dejaba traspasar el corazón por mis infidelidades en silencio. Pero de eso ya llegará el momento de hablar.
Se acordó que Madame Pauline viajaría a España. Su hermano se haría cargo de llevarla y de contar al Duque de Meriño lo que había hecho.
—Pienso asegurarle a Don Miguel que ustedes dos van a separarse definitivamente después que pase el año que les he dado de plazo —indicó Philippe unos días después—. Le voy a mentir  Así que miéntele tú también en tu carta, Miguel. Tu padre no va a aceptar su relación, aunque le aseguremos que se mantendrá en secreto. Puede que hasta quiera darme un tiro cuando lo sepa.
—Entonces deja que yo vaya. Que me dispare las veces que quieras, no voy a renunciar a Miguel —declaró Raffaele desafiante.
—Tú pondrás las cosas peor. Don Miguel tiene derecho a disgustarse conmigo, ya que he sido yo quien lo convenció de enviar aquí a su hijo.  Esperemos que se tome el asunto con algo de racionalidad.
Miguel se sentía enfermo cada vez que comenzaba a escribir  la carta a su padre. Probablemente la comenzó cien veces y lo único que consiguió fue llenar de bolas de papel arrugado los alrededores de su escritorio
—Escribe lo primero que te venga a la cabeza —sugirió Raffaele echándose de espaldas sobre su cama—. Y no olvides colocar como posdata que si se pone impertinente con mi padre, iré a molerlo a golpes.
—Claro, eso ayudará a que mi padre asuma mejor las cosas —gruñó Miguel.
—Dile la verdad, que me amas y vamos a estar juntos por un año. Que si quiere evitarlo, tendrá que venir a buscarte. Yo lo recibiré con mis cañones listos. Y no le digas la otra verdad, que nos vamos a seguir viendo en secreto hasta el fin de los tiempos.
—¡No me estás ayudando!.
—Tienes que ser muy delicado con tu padre —intervine—. Para él será como si el mundo se pusiera de cabeza.
—Tú concéntrate en tu juego, Vassili —me regañó Raffaele—. Tu rey puede terminar en jaque en cualquier momento.
Maurice y yo nos encontrábamos jugando ajedrez. Su tío le había traído un hermoso set de piezas de la India y los dos habían jugado ya una veintena de partidas por las noches. Como mi amigo perdió la mayoría, deseaba practicar.
Yo era bueno en ajedrez y probablemente estaba al mismo nivel  que el Duque. Maurice odiaba tanto perder, que se empeñaba con todas sus fuerzas. Me sentí tentado a dejarle ganar pero eso no iba a ayudarlo.
—No te metas con Vassili —replicó Maurice —su consejo ha sido más sensato que los tuyos.
—¡Bah! ¿Cómo puede dar consejos sobre esto si no sabe manejar a su propio padre? —rezongó Raffaele.
—No todos tenemos un padre como el tuyo —protesté—. Siento compasión de él porque siempre tiene que enmendar  tus entuertos.  Debe ser una tarea agotadora.
—Tienes razón, mi padre es maravilloso. Es comprensible que le tengas envidia y andes detrás de él como un cachorro que desea ser adoptado.
—¡Yo no...!
—¡Silencio!— gritaron al mismo tiempo Maurice y Miguel, que trataba de concentrarse en lo que hacían.
—Igual que cuando eran niños —escuchamos decir al Duque desde la puerta, que habíamos dejado abierta—.  Peleaban todo el tiempo. El cabello de Petisco se puso blanco por tener que lidiar con ustedes. Parece que esa tarea ha caído en los hombros de Vassili.
Enrojecí ante su mirada afable. ¿Cuánto había escuchado?
—¿Has terminado la carta, Miguel? —preguntó acercándose a mirar por encima del hombro de su sobrino.
—No. Y no podré hacerlo con estos tres molestando.
—Yo apenas he abierto la boca —dijo Maurice—. Es Raffaele el que molesta...
—Esta es mi habitación y sólo la comparto con Miguel. Agradece que te dejo entrar.
—Ya deja de incordiar, Raffaele —le regañó su padre—. Prepárate para ir a Versalles. Luis quiere vernos. Seguramente insistirá en que nos quedemos en Francia.
—Que se resigne a que a mí me tendrá por unos meses nada más. Seguiré con nuestro plan de vivir la mitad del año en Nápoles y la otra mitad aquí. Me agrada nuestro querido Luis XV pero su majestad  Fernando I de Borbón no es mal tipo, aunque no puedo decir lo mismo de su mujer.  Maurice y Vassili pueden vivir con nosotros también.
Era la primera vez que Maurice escuchaba sobre esto. Enseguida levantó la cabeza sorprendido.
—¿Podremos vivir juntos más tiempo? —exclamó.
—Tendremos que agregar una esposa estúpida... aunque bien puedo dejarla en Nápoles con su familia.
—Raffaele trata de hacerla feliz —le instó preocupado su padre.
—Es una niña. Será feliz si está con sus padres.
—Insisto en que no debería casarse —declaró Maurice.
—Es la última voluntad de su madre —contestó mortificado su tío—. Ella deseaba este matrimonio para emparentar su linaje con una familia patricia como los Sanseverino…
—No se preocupen —intervino Raffaele—. Haré como hacen todos los grandes, me casaré con quien debo y amaré a quien quiero —se levantó y fue hasta su amante, quien se había quedado rígido apretando la pluma con una mano y arrugando la hoja con la otra desde que se habló de la futura esposa—. Miguel puede venir a visitarme y yo iré a verle a él. También podemos usar algún lugar entre París y Madrid como nuestro nido de amor —Le beso en la cabeza.
—Y nos escribiremos... —agregó Miguel sonriendo, echándose hacia atrás para verle a la cara.
—Sí, montones de cartas en las que nos haremos el amor entre líneas —respondió apasionado inclinándose para besar a su amante en los labios.  
—Asegúrese de tener un mensajero de confianza —replicó el Duque preocupado.
—¿Vassili puede vivir con nosotros? —preguntó Maurice como nada más le importara.
—Por supuesto —contestó su tío sonriendo. Luego me miró y agregó divertido—. Con gusto adoptaré otro cachorro.
Bajé la cabeza para esconder el rostro y agradecí balbuceando. Quedó comprobado que el Duque había escuchado nuestra conversación.
¿Acaso yo parecía un cachorro a su alrededor? Sin duda me tenía fascinado. Era cálido como mi padre nunca lo había sido, atractivo como Maurice y sus primos, enigmático como nadie que había conocido antes... Lo reconozco, andaba orbitando a su alrededor como un perrito faldero.
—Pero, Maurice— continuó el Duque—, temo que Vassili tenga otros planes.
—Yo sería feliz si pudiera estar aquí —reconocí tragándome mi orgullo—. Pero mi padre desea que vuelva a la vida clerical...
—Tu padre entenderá si le explicas cómo te sientes —afirmó el Duque—. Estoy seguro de que te ama y quiere que seas feliz.
Agradecí sus palabras. Él sonrió y se despidió. Raffaele cambió sus ropas, por otras más elegantes que Miguel le ayudó a escoger, y marchó con su padre a Versalles. Maurice me hizo Jaque Mate y Miguel arrugó otra hoja. No pude concentrarme en el juego, igual que el español no pudo concentrarse en su carta.
El Duque era maravilloso Pero ignoraba muchas cosas. No sabía que Raffaele había forzado a Miguel o que yo amaba Maurice de una manera que iba más allá de la amistad. Tampoco sabía que su hijo se había enredado con Sophie, que ya había sido abuelo y que el niño apenas había sobrevivido unos días. ¿Cómo reaccionaría al saberlo? ¿Sería tan tolerante con nosotros como se mostraba esa noche?
Comenté a Raffaele y a Miguel mis preocupaciones cuando jugamos a las cartas la siguiente noche.  Maurice tenía otro duelo de ajedrez con su tío en el despacho.
—Mi padre se echará la culpa de todo lo que yo he hecho mal —reconoció Raffaele con tristeza —. Por eso no le he contado lo que hice, no quiero verlo llorar más. Ahora bien, si llega a saber lo tuyo con Maurice, la cosa será diferente. Montara en cólera y te partirá en dos con su espada, de eso puedes estar seguro.
—Dos reacciones muy diferentes.
—Yo soy su hijo promiscuo y Maurice su sobrino santo. A mí ha tenido que perdonarme muchas cosas, a Maurice, en cambio, sólo ha tenido que obligarlo a moderar el fervor.
—Y yo soy el sobrino raro —intervino Miguel lanzando sus cartas y declarándose ganador.
—Raro no —aseguró Raffaele levantándose para besarlo—. Eres su sobrino  más hermoso y su yerno en la práctica.
Los tres reímos ante su ocurrencia. Antes de iniciar otra partida, escuchamos gritos de madame Pauline. Corrimos alarmados porque significaba que había escapado de su habitación.
La descubrimos en el corredor, usando un camisón de dormir y con los cabellos completamente cortados. Caminaba de un lado a otro, se llevaba las manos a la cabeza y maldecía a Madame Severine llorando.  Parecía haber perdido la razón definitivamente.
—¿Cómo te has atrevido?— dijo encarando a su hermana cuando esta llegó a su lado.
—Vuelve a tu habitación de una vez —respondió la abadesa sonriendo con frialdad. Llevaba las tijeras doradas en la mano—. No creo que quieras que te vean así.
Madame Pauline se fijó en nosotros y gritó horrorizada. Regresó a su habitación cubriéndose el rostro. Aunque la odiaba, no me produjo ninguna satisfacción verla así. Tampoco Raffaele y Miguel aprobaron aquel espectáculo.
De hecho, su verdugo resultaba más inquietante, parecía disfrutar realmente el sufrimiento de su hermana.
—¿Qué has hecho, Severine?— dijo el Duque, que acaba de subir las escaleras con Maurice.
—Te dije que la castigaría por haberse atrevido a agredirte —respondió Madame Severine encogiéndose de hombros.
—No era necesario...
—No te agites hermano —se acercó para palpar su pecho—, se pueden abrir tus heridas. ¿Te duele mucho?
—¡Basta! Te advierto que en cuanto sane me iré a España con Pauline. No voy a permitir que la sigas torturando.
—Puedes enviarla con Jacob y quedarte  a ser el Duque de Alençon. Raffaele también debería quedarse y devolverle a la familia su lugar de honor en La Corte.
—Sé que eres tú la que alienta a Luis para que insista en que me quede. Pero no lo haré, me iré a Nápoles y me llevaré a los niños. No los dejaré a tu alcance.
—Eres injusto, Philippe —dijo ofendida.
—Vuelve al convento ahora mismo. No vuelvas a venir sin avisar.
—Lo único que busco es lo mejor para esta familia —afirmó sonriendo casi con dulzura.
—Por eso te temo. Eres capaz de sacrificar a todos por la idea que tienes  de esta familia.
—Pasaré la noche aquí —declaró con cierto regocijo—. Mañana quiero hablar con los niños, especialmente con Maurice.  Ahora iré a cenar.
Cuando Madame Severine bajó las escaleras, Philippe nos hizo señas para que entráramos de nuevo en el salón de Nuestro Paraguay.
—Lamento que hayan visto esto —dijo mortificado y nervioso—. Por eso odio este Palacio, parece que incita la crueldad en las personas. ¿Qué les parece si en lugar de vivir aquí nos reunimos todos en Nápoles al terminar el año? Es un lugar lleno de sol y el olor del mar es encantador. Por supuesto que extiendo la invitación a usted, mi querido Vassili.
De nuevo le agradecí pero sólo con un gesto. Al igual que los otros, me había quedado sin palabras.
—Ahora vayan a dormir. Mañana tendremos tormenta.
Efectivamente, al levantarnos y bajar encontramos una tormenta. Los gritos de los dos hermanos se escuchaban fuera del despacho. De pie ante la puerta se encontraba Agnes. Se marchó cuando nos vio bajar.
—El perro fiel espera a su amo —dijo Raffaele—. Tía Severine nos ha vigilado siempre a través de ella.
—Espero que no se haya dado cuenta de... —repliqué preocupado.
—Yo la he vigilado a ella a través de los otros sirvientes. Agnes no puede enviar una carta al convento sin que yo lo sepa. Es más, no puede respirar sin que yo lo sepa.
—Tu padre no la quiere.
—Cuando yo era niño se llevaban bien. Después de la muerte de tía Petite, empezó a odiarla. Creo que ya entendí por qué.
—¿Puedes decírmelo? Estoy intrigado.
—¡Cotilla!
—¡Demonios! Tú también lo eres.
—Te lo diré si volvemos a cabalgar un día de estos.  
—¡Ni hablar! He tenido dolor en el trasero por tres días.
—Entonces no te diré nada.
—Si no me lo dices, llevaré a Miguel al lago...
—Serás hijo de...
—Habla.
—Bien, pero aléjate de Miguel. Creo que Agnes era la chaperona de mi tía. Por tanto, debía encargarse de que nadie se le acercara demasiado.
—Y no hizo bien su trabajo...
—Exacto...
—Entonces debo agradecer a su descuido la existencia de Maurice.
—Y la deshonra y muerte de mi tía.
—Eso no lo agradezco. Pero he comenzado a pensar como Maurice, que los grandes males pueden traer un bien a la larga. La deshonra de Madame Petite trajo a la vida a Maurice. La muerte de la tuya, trajo al mundo a Asmun. Sé que es cruel pero, si no le das la vuelta, sólo te queda el dolor y la amargura.
—¡Eres increíble! Es como si cambiaras el color de una mala pintura y la hicieras tolerable.
—No he sido yo. Ha sido...
—Has sido tú. Tú que engendras el amanecer, como dice Maurice.
—¿Él dice eso?
—Dice que cuando todo está oscuro y la angustia no lo deja respirar, tú haces que amanezca y hasta el aire vuelve a ser fresco.
—¿En serio? ¿Cuándo lo dijo?
—Un día en que quiso dejar claro lo mucho que significas para él  —contestó adoptando una expresión de remordimiento que me preocupó.
—¿Acaso fue cuando los sorprendí peleando? —pregunté con recelo.
Raffaele iba a contestar cuando vimos a Maurice y Miguel bajando las escaleras. Se limitó a encoger los hombros y sonreír.
—No distingo lo que dicen —protestó Maurice acercándose a la puerta del despacho.
—Vamos al sótano —sugirió Raffaele.
Tras el panel de madera pudimos escuchar a los dos hermanos librando su batalla.
—¡No te lo permitiré! —gritó el Duque—. Te lo advierto, no te dejaré comprometer a Maurice con ninguna mujer que él no ame. Tengo bastante con sacrificar a Raffaele por el deseo de Isabella.
—¿Y qué harás con él? Si va a entrar en otra orden, estoy de acuerdo. Pero si piensa seguir los pasos del libertino de su amigo, no lo permitiré. Debiste echar a Du Croisés y no volverte su protector.
—Vassili es un buen muchacho. Maurice al fin tiene un amigo y no voy a quitárselo. Estoy cansado de quitarle cosas y hacerlo sufrir. Estoy harto de parecerme a mi padre y jugar con las vidas de todos.
—No sé por qué te mortificas, lo único que has hecho es asegurar el futuro de la familia.
—¡Al diablo con la familia! Si Raffaele quiere marcharse con Miguel, no se lo impediré. Prefiero que se vaya muy lejos a que tenga que ver tanta crueldad como la que tú mostraste anoche.
—Pauline se lo merecía —contestó con orgullo.
—Deja que su esposo la juzgue y castigue. Es nuestra hermana, sabes que en parte no es su culpa ser como es.
—Nadie te toca y queda indemne, Philippe.  Tú eres el Duque.
—¿Ahora vas a decir que lo hiciste por mí? Lo hiciste porque te gusta ser cruel.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque te conozco. Sé que solamente eres amable conmigo y con la cerda  de Agnes. Con los demás eres fría como la hoja de una espada e igual de eficaz para hacer daño.
—Me ofendes, querido hermano. Pero te perdono, no te preocupes. Aunque me gustaría que no fueras tan injusto con Agnes, ella no tuvo la culpa de lo que pasó con Petite.
—¡Juró que la protegería y no lo hizo! La única razón por la que todavía respira, es que tus sentimientos por ella son lo único cálido que albergas.
—¡Estas malinterpretando todo y eres cruel conmigo!
—¡Soy un maldito Alençon! —golpeó la mesa y nos hizo saltar por la sorpresa—. ¿Qué otra cosa puedes esperar de mí?  Llevo la maldad y la locura en la sangre.
—Philippe, lamento tanto verte así —susurró Madame Severine compasiva—. Deberías estar orgulloso de ser quien eres.
—No puedo creer que me digas eso...
—Los Alençon estamos emparentados con reyes...
—No somos más que unos infelices. Daría todo por no ser quien soy, así Raffaele no habría heredado algo de nuestra locura. Es tan promiscuo y violento... En Nápoles tuve que sacarlo de muchas tabernas y prostíbulos. En una ocasión lo encontré en la calle borracho, desnudo y herido por pelearse con quién sabe cuántos miserables. Lo vi tan decidido a destruirse, que accedí a que volviera con Miguel.
—Lo consentiste en exceso desde niño porque se quedó sin madre, ahora es caprichoso y salvaje. Debiste ser más firme y prohibirle ese vulgar amorío con el impresentable de Miguel. Los dos son una vergüenza y están en pecado.
Philippe soltó una carcajada y luego volvió a golpear el escritorio.
—¿Pecado? ¿Su amor te parece pecado y todo lo que hizo nuestro infame padre no? Por primera vez en mucho tiempo veo a mi hijo feliz, pon el nombre que quieras a su relación, no voy a separarlos.
—Cometes un gran error —sentenció solemnemente  Madame Severine.
—Consulté el asunto con Petisco, ¿sabes? —replicó con seguridad su hermano—. Para él es un mal menor dejar que Raffaele y Miguel estén juntos.
—Por eso te advertí que te alejarás de ese hombre. Los jesuitas son ateos disfrazados.
—Sé bien que Petisco no te agrada porque te conoce mejor que nadie. Nuestro padre lo odiaba desde que se atrevió a recriminarle sus actos.
—Nuestro padre nunca hizo nada reprochable.
—¡Cometió pecados abominables, Severine! Actos tan deplorables que volvieron loca a Pauline, hicieron infeliz a Thérese y a ti te convirtieron en lo que eres ahora, una lápida tan helada y rígida como el mármol.
—¡Estas delirando! —chilló altiva—. Nuestro padre fue estricto pero nunca hizo nada...
—¡Sigues mintiéndote a ti misma! —gritó volviendo a golpear el escritorio— En toda Francia se supo cómo trató a nuestra madre. Hasta en la calle San Gabriel saben que forzaba a las sirvientas. Y no hablemos de las atrocidades que hizo en las sombras...
—¡Basta! —ordenó.
—Petisco me dijo un día que mi misión era salvar a los inocentes de esta familia, a los niños, y aliviar el dolor que el maldito de nuestro padre sembró .
—¡Tonterías!
—Que tú, una monja, digas eso… ¡Qué decepción! —declaró Philippe vehemente—. Esas palabras me ayudaron a mantenerme vivo en mis momentos de desesperación. Traté de cumplir con esa misión, pero parece que hice todo mal: Pauline deformó el corazón de Sophie, Thérese fue cruel con Maurice y Raffaele ha sufrido por mi culpa.
—Te mortificas inútilmente —respondió con desdén.
—Para colmo, hice anular los votos de Maurice... ¿Te das cuenta?  En nuestra familia ese niño nunca encontró paz y yo lo he obligado a volver.
—La Compañía de Jesús está perdida. Hiciste lo mejor para él.
—Y para ti. Ahora puedes jugar con su vida excusándote en que es por el bien de la familia.
—Maurice es un riesgo —afirmó molesta—. Es salvaje e impredecible, nos llenará de vergüenza si no lo controlamos. Lo mejor que puede hacer es entrar en una orden  de clausura o casarse y mudarse a la provincia.
—Le hice una promesa y la cumpliré. Hará con su vida lo que quiera.
—Terminará como un libertino por la influencia de sus primos y de ese hombre.
—¡Que así sea! No voy a ser igual que mi padre, no voy a condenar a nadie a vivir la vida que no quiere. El matrimonio de Raffaele será de apariencias, convenceré a Meriño de dejar que Miguel sea libre, dejaré que Maurice decida su camino y, si sigues insistiendo en que lo eche, adoptaré a Vassili como mi propio hijo. ¡Y aquí se acaba esta discusión!
—¡Estás loco!
—¡Desde hace muchos años! ¿Qué otra cosa se aprende en esta familia?
—Me tratas como si fuera tu enemiga —sollozó con cierta teatralidad Madame Severine—. Yo sólo busco el bien de todos
—¡Mientras construyes tu sueño de familia perfecta!
—Philippe, ¿cuándo nos distanciamos tanto? —esta vez su lamento sonó sincero.
—Cuando descubrí que mi amada hermana, a la que quería como a una  madre, me mentía.
—Yo, nunca...
—Tú, siempre.
—Te equivocas. ¿En qué te he mentido?
—¿Quién es el verdadero padre de Mauric...
En ese momento Raffaele se echó para atrás y nos hizo caer a todos por las escaleras.
—¿Qué has hecho, idiota? —gruñó Maurice poniéndose de pie rápidamente.
—¡Lo siento! —respondió su primo de rodillas—. Perdí el equilibrio...
—¿Tío Philippe preguntó quién era mi padre?
—¡Claro que no...! —contestamos a la vez.
—Estoy seguro que escuché que preguntaba eso.
Maldije sus buenos oídos. Los tres lo miramos atragantados sin saber cómo evitar que volviera a subir la escalera.
—Debemos irnos —exclamó al fin Raffaele, sujetándolo por la cintura cuando ya iba en el cuarto escalón—. Mi padre debe haberse dado cuenta de que estamos aquí, por el ruido que hemos hecho al caer.
—Pero debo saber... —se quejó revolviéndose en los brazos de su primo.
—Por lo que escuchamos, creo que quiso recriminarle a tu tía la forma en que trata a tu padre —dije para convencerlo.
—¡Exacto!—replicó  Miguel siguiendo la corriente— Eso explica todo...
—Quería seguir escuchando...—se lamentó Maurice más tranquilo.
—Será otro día —respondió Raffaele dejándolo en el suelo—. Hay que irnos cuanto antes.
Salimos de la bodega y corrimos a la habitación de Nuestro Paraguay.  Allí cada uno simuló torpemente estar haciendo algo: Miguel pasaba el pincel sobre el cuadro sin haberlo impregnado de pintura, Raffaele leía un libro que estaba al revés, Maurice y yo fingimos jugar a las cartas sin baraja.
Al escuchar el carruaje de Madame Severine partiendo, respiramos aliviados. Hasta que vimos al Duque aparecer en nuestra puerta, furioso.
—No escuchamos nada, me caí cuando puse el pie en el último escalón —se apresuró a decir Raffaele.
—¡Como si no supiera cuando mientes! —rugió Philippe.
Sujetó a su hijo de una oreja y lo sacó de la habitación para llevarlo a la suya. Estuvo gritando durante veinte minutos sin parar.  Nosotros esperamos tras la puerta sin saber qué hacer. Cuando al fin abrió, nos hizo pasar y nos gritó a todos durante media hora.
Maurice no preguntó nada sobre la fatal última pregunta, quizá para que su tío no extendiera la retahíla. Este nos echó cuando se hartó de regañarnos y declaró que quería estar solo.
Raffaele, Miguel y yo pasamos horas deduciendo el sentido de la última frase que escuchamos. Toda una tormenta se desató en nosotros.
—¿Por qué preguntó quién es el padre de Maurice? ¿Acaso no es el pintor? —dije echándome en una silla, cansado de darle vueltas al asunto.
—Cuando mi padre se calme, algún día, se lo preguntaré —concluyó Raffaele.
Aquella conversación me dejó otras heridas: La alusión a la locura de Raffaele y a la locura en toda la familia,  la angustia en la voz del Duque y  la frialdad en la de Severine… Ahí estaban los oscuros espinos materializándose en las palabras de una de sus víctimas.
Mi corazón se quedó encogido, adolorido, como si yo hubiera estado sufriendo lo mismo que Philippe, mientras él desataba su angustia durante aquel tormentoso enfrentamiento. Deseé ayudarlo de alguna manera aunque me sentía impotente y estaba condenado a ser mero espectador de aquellos horrores.

***

Parte III
Mi querida hermana Bernadette me proporcionó un alivio en esa semana tan cargada de emociones encontradas. Escribió para decirme que su costurera quería conocer a la piojosa. Me alegré mucho y enseguida se lo conté a los otros, cuando nos reunimos en el salón de Nuestro Paraguay.
Compartieron mi regocijo y, en cierta forma, logré disipar las nubes grises que dejó Madame Severine.
Invité a Miguel a que me acompañara a París para comprar a la niña un vestido más bonito que el que le dieron las Hijas de la Caridad.
—¿Por qué solamente invitas a Miguel?— preguntó Maurice molesto.
—¿Tú quieres acompañarme a comprar un vestido para una niña?
—Sí —dijo con aplomo, aunque su rostro mostraba claramente lo contrario—. Si es contigo, sí.
—Maurice siempre ha sido celoso, no quiere que estemos solos— se burló Miguel. Lo miré como si hubiera cometido un pecado mortal, ¿cómo podía bromear al respecto?
—Yo también voy —declaró Raffaele muy serio, dejando sus armas sobre la mesa. Las estaba limpiando ese día—. Soy más celoso que Maurice.
Los cuatro salimos a buscar a la piojosa. Les advertí que bajo ninguna circunstancia le dijeran lo fea que se veía con el pelo corto y el vestido gris.
—¡Bah! Si está fea, está fea —respondió Raffaele.
—¡No hay necesidad de decírselo! Ya fuiste muy bruto con ella antes. ¡En una niña muy sensible!
—De acuerdo, me callaré. Te pareces a mi padre cuando te pones así.
Sus palabras me halagaron, aunque no quise reconocerlo ni ante mí mismo.
La piojosa, Clare, no podía creer lo que le decíamos. Para ella era totalmente inaudito que la lleváramos a pasear y a comprar ropa nueva. Al informárselo a las Hijas de la Caridad, y agregar que mantendríamos a la niña con nosotros por varios días, se opusieron rotundamente.
Raffaele comenzó a hablar de un generoso donativo que pensaba dar al hospicio, todas esas mujeres se indignaron y nos acusaron de tener las peores intenciones con la pequeña. Maurice tomó la palabra y explicó en buenos términos la situación. Entonces, la Madre Superiora accedió sonriéndole mientras a nosotros nos miraba como si fuéramos depravados. La odié por eso.
Llevamos a la pequeña Clare con el modisto de Raffaele. Este, apenas la vio, gritó lo fea que estaba vestida y lo mal que le habían cortado el cabello.
—¡El cabello crece y para reparar lo del vestido lo tenemos a usted! ¡Póngase a trabajar! —le ordené alzando en mis brazos a la piojosa antes de que se echará a llorar.
Elegimos un precioso vestido, y todo el ajuar que necesitaba cualquier niña de buena familia. Lo pagué con el dinero que me quedaba. Raffaele quiso ayudar pero no se lo permití. Era la primera vez que usaba adecuadamente mis recursos. Ya convencería a mi padre de darme más.
—Estás preciosa —dijo Miguel a Clare,  arreglándole el bonito sombrero que le habíamos escogido.
—Le falta algo —indicó Raffaele.
Habló con su modisto, luego desaparecieron juntos un momento y regresaron con una muñeca que hizo saltar de alegría a la niña. Agradecí que no hubiera perdido su espontaneidad en el hospicio.
—Este es mi regalo —dijo el gigante entregando la muñeca a la pequeña—. También es mi disculpa por lo del otro día en la fuente. No volveré a ser malo contigo.
—Gracias, Monsieur —fue su respuesta cándida.  Ella ya había olvidado todo.
—Ahora sólo queda el trabajo de Maurice —dije mientras veíamos a Miguel acomodar a la niña en el carruaje. Aún no sabía moverse con su nuevo vestido.
—¿Mi trabajo?
—Sí —respondí—. Reza para que la costurera se encariñe con Clare y la adopte como hija.
Dejamos a la niña en mi casa para que mi hermana le enseñara modales, y la preparara para conocer a la que podría ser su futura madre. Todo se hizo sin que Clare supiera nuestras verdaderas intenciones, no queríamos arriesgarnos a provocarle una decepción.
Probablemente Maurice hizo un buen trabajo, porque las cosas salieron mejor de lo que esperaba. La costurera quedó cautivada por la piojosa desde el primer momento. Esto no se debió a la ropa sino a que mi niña era una criatura dulce y cariñosa, a pesar de haber pasado un tiempo en las frías e inmisericordes calles de París. Cualquiera hubiera deseado tenerla como hija. Cualquiera menos yo, que no tenía ni el más mínimo deseo de ser padre.
Mi hermana envió un sirviente a buscarme para que me reuniera con ellas. Yo estaba decidido a preguntarle a Clare si aceptaba la nueva vida que le ofrecíamos. Aunque era una niña que no superaba los seis años, no quería imponerle nada para que no se sintiera como lo hizo Maurice en su infancia.
Por supuesto que al primero a quien di la buena noticia fue a él. Compartió mi alegría y me abrazó efusivamente. Incluso quiso acompañarme. Me conmovió su expresión, parecía estar orgulloso de mí.
Nos encontrábamos en el jardín. Al alzar la vista para verlo entrar al palacio a informar a sus primos, divisé al Duque en la ventana de su despacho mirándome con una profunda ira.
Me estremecí. Él se retiró de la ventana.  Quedé desconcertado y dolido. Hoy puedo entender mejor mi reacción: yo había vivido en un entorno exigente en el que, en lugar de amor incondicional, se me dio aprobación o reproche dependiendo de mi desempeño. Crecí buscando siempre la mirada complacida de mis padres, de mi tío, de mis maestros...
Philippe era otra figura paterna, resultaba inevitable que yo deseara su beneplácito. El peor defecto de mi carácter era precisamente la necesidad de la aprobación de otros. Él era amable, tolerante, mejor que la mayoría de los hombres que había conocido. Necesitaba que esa mirada no fuera de rechazo y que la promesa de que era bienvenido a su lado todavía permaneciera
La alegría de ver a Clare en los brazos de su nueva madre hizo que olvidara aquel momento. Raffaele y Miguel también nos acompañaron, mis hermanos, mis cuñados y mis sobrinos se unieron a nosotros. Tuvimos una celebración improvisada, con muchos pasteles que hicieron la delicia de los niños.
Mi padre apareció apenas para saludar. Maurice quiso hablar con él. Lo detuve porque no quería que se arruinara la velada por una discusión.
Al regresar al Palacio de las Ninfas me sentía feliz. Esa noche dormí con la sensación de que el mundo era un lugar mejor, porque una niña iba a conocer lo que era una madre.
Mi hermana me había dado las mejores referencias sobre su costurera, yo mismo vi que se trataba de una mujer sencilla y cariñosa. De haber tenido fe, hubiera rezado por la felicidad de aquella nueva familia, aunque estaba seguro de que de eso ya se estaba encargando Maurice.
Cuando Daladier confirmó que las heridas del Duque estaban prontas a sanar por completo, este empezó a preparar su viaje.
—Debo ir a las costas africanas después de dejar a Pauline con Don Miguel.  Podemos vernos en invierno en Nápoles, si quieren —anunció un día durante la comida.
Esas palabras nos recordaron el enfrentamiento con su hermana Severine. Estaba decidido a no volver a vivir en Francia para alejarse de ella. Llevaba días convenciendo al Rey de dejarle partir, la promesa de traerle un gran diamante fue lo único que hizo que Su Majestad desistiera de retener a su amigo como ministro.
—Estoy seguro de que les gustará Nápoles. Además, Daladier recomendó que Maurice no pase aquí el invierno.
Deseaba irme con ellos pero estaba seguro de que mi padre no lo permitiría. Era tiempo de tener con él la conversación sobre mi futuro que yo había estado postergando.
Mi hermano Didier me envió dinero. Raffaele había mencionado a propósito que yo había usado mis últimos recursos en el ajuar de Clare. Debió enviarmelo sin consentimiento de mi padre porque, cuando fui a casa unos días después para hablarle, siguió amenazando con que no me daría ni una moneda más, a menos que retomara mis deberes clericales.
—No quiero seguir padre. Quiero vivir de otra manera.
—¿Manteniendo amantes ?
—No tengo una amante. No debes creer en lo que dicen...
—¿Y en quien creo? ¿En ti, que le mientes a tu amigo y le dices que vienes a verme cuando pasan semana sin que pongas un pie en tu propia casa?
—Fue un malentendido.
—Debiste ver la cara de decepción que puso ese pelirrojo idiota. Le dije que tú estabas jugando con nosotros y se atrevió a jurar que pondría las manos en el fuego por ti. ¡Pobre iluso!
Me mortificó pensar en cómo pudo sentirse Maurice al descubrir mi mentira.
—Tu cara me lo dice todo. Eres culpable —sentenció mi padre.
—No soy como Madame Severine te ha dicho y tampoco soy un santo. Me gustaría decirte cómo soy, pero sé que no te importa. Lo único que quieres es otro obispo en tu familia para que siga los pasos de mi tío.
—Él pronto será cardenal y está por conseguir tu obispado.
—No, no me voy a vivir una vida en la que no creo.
—¡Blasfemo!
—Padre, ya basta. Podríamos ser amigos.
—¡Largo de aquí! Sigue viviendo a expensas de los Alençon como un desvergonzado. Cuando vean que los engañas, te echarán a la calle.
Me marché dando un portazo. Cabalgué hasta el Palacio de las Ninfas, lo único que deseaba era beber. Al llegar a las caballerizas, encontré al Duque discutiendo con Jacob y uno de los Tuareg. Ellos no querían darle las riendas de su caballo. Se notaba muy exaltado.
—¡Quiero ir al lago, Maldita sea! —gritó.
—¿Puedo ayudar? —dije acercándome a ellos.
—Deme su caballo...—se apresuró a decir Philippe.
—¡No! —intervino Jacob—. Philippe ha bebido de más.
—Eso parece...— respondí preocupado.
—¡Necesito salir de aquí! —volvió a gritar.
—¿Quiere que caminemos? Yo también necesito despejarme.
—Odio los jardines, quiero ir al lago.
—Caminemos hasta que se calme un poco. Luego iremos a caballo hasta el lago.
Aceptó. Salimos por el agujero en los cepos, que era un buen atajo. Jacob y el Tuareg llevaban de las riendas sus caballos y el del Duque. Yo llevaba el mío.
Caminamos por un rato. Luego Philippe no pudo seguir, se inclinó para vomitar y después se sentó bajo un árbol.
—Por eso dije que volvieras a tu habitación —reclamó el Tuareg.
El Duque le contesto algo en su idioma y este se enojó.
—¿Lo insultó?— pregunté al extranjero.
—Sí. Es un ingrato cuando bebe.
—Todos nos transformamos cuando bebemos. ¿Le pasó algo para que se embriagara en pleno día?
—Madame Severine vino a verle otra vez y discutió con él joven Raffaele. Philippe no pudo pararlos.
—Raffaele le dijo cosas terribles a su tía—agregó Jacob—. Todas ciertas, si me permite decir.
—¡No te lo permito! ¡Es mi hermana! —protestó el Duque.
—Tú estás borracho, no tengo porqué obedecerte.
—¿Qué clase de amigo eres, Jacob?
—Uno que te prefiere sobrio.
—¡Vete y déjame en paz! Me echaré a morir bajo este árbol.
No pude evitar sonreír. Me recordaba a Raffaele. Se echó en la hierba y se quedó con los ojos cerrados. Seguimos hablando entre los tres en voz baja, creyendo que se había quedado dormido. En un descuido tomó las riendas de uno de los caballos y se marchó a galope.
Lo seguimos y no pudimos alcanzarlo hasta llegar al lago. Jacob lo amonestó a gritos pero él no le prestó atención. Desmontó y corrió hacia el lago hasta que el agua le llegó a las rodillas, abrió los brazos y gritó contento. Después se dio vuelta y nos miró sonriente.
—¡¿Verdad que es hermoso?!
El Tuareg bufó y Jacob soltó una carcajada.
—Sin duda —respondí—. También me gusta mucho venir aquí.
—Ya tenemos algo en común —me dijo con un guiño.
Nos sentamos en la orilla. Jacob y su compañero se alejaron para dejarnos solos. Estuvimos en silencio hasta que me preguntó por qué quería despejarme.
—Vengo de ver a mi padre —respondí—. No me fue bien. Insiste en que vuelva al sacerdocio y no escucha razones. Madame Severine hizo un buen trabajo envenenándolo.
—Severine no es mala —sonaba completamente sobrio—. Ella piensa que hace lo correcto, aunque sólo busca que el mundo sea como ella quiere, y se miente a sí misma con la fantasía de que somos una familia de la que puede estar orgullosa.
—Ella me detesta y yo empiezo a corresponder a sus sentimientos.
—Ya le he advertido que lo deje en paz.
—Temí que lo hubiera influenciado a usted también. Puede que me equivoque pero el otro día me miró con cierto disgusto.
—¿Se dio cuenta? Es verdad que no se le escapa nada. ¿También es cierto que lee el alma? Maurice habla mucho de usted.  También escribe, tengo cartas en las que no deja de mencionarlo y de ponderar sus virtudes. Incluso habla del color de sus ojos y eso que él no suele mirar a nadie a los ojos.
No supe qué responder. Él sonrió y volvió la vista hacia el lago.
—Yo lo miré con envidia, Vassili —reconoció luego de una pausa—. Maurice no tolera que lo abracen pero se lanza a sus brazos sin pensarlo dos veces. ¿Qué clase de hechizo le ha hecho?
—No hice nada. Él, en cambio, transformó mi vida por completo.
Le conté cómo me había salvado cuando me buscó en mi Villa.
—Entonces se han ayudado mutuamente, porque Maurice dice que usted lo salvó de la desesperación. Cuando le miré de esa forma, fui injusto. Usted no es un intruso que me roba mi lugar en el corazón de mi pequeño sobrino, sino el amigo que él necesita.
—Gracias, Monsieur.
—Tengo que aceptar que él no necesita de un tío que le ha fallado ya tantas veces,  sino de un amigo al que no le importa su origen y es capaz de guardar el secreto.
—Eso es lo que soy, se lo aseguro —respondí entendiendo lo que había detrás de sus palabras.  
—Lo sé. Yo también sé leer el alma. Usted no es mala persona, pero se parece demasiado a Raffaele. Sé que gasta dinero en un prostíbulo.  
—¿Cómo lo sabe...? —respondí avergonzado
—Raffaele me contó. Debe dejar de hacerlo, por favor, no es digno de usted.
—¡¿Cómo pudo decírselo?!
—No le quedó más remedio. Yo estaba revisando las cuentas y vi muchos pagaré con el nombre de ese lugar. La mayoría eran por dos personas, creí que había llevado a Miguel o a Maurice. Ya le estaba desprendiendo la oreja cuando confesó la verdad, que lo había llevado a usted. Si me permite darle mi opinión, creo que ese muchacho extranjero está jugando con su buen corazón.
—No lo sé, yo... Es una situación complicada.
—Vassili, no vuelva a ese lugar.
—No puedo. No quiero hacerlo sufrir.  Necesito encontrar la manera de ayudarlo.
—De verdad que es un ingenuo.  
—Quiero pensar que Sorata no me engaña, porque si lo hace ya no podré confiar en mi buen juicio jamás.
—Es su decisión. Rezaré para que no se equivoque. Le advierto que una amistad con semejante persona sólo va a traerle problemas. Si Severine lo descubre, lo usará en su contra. Así que sea prudente.
Asentí. Nos quedamos en silencio por un rato. Después de sopesar las cosas, me armé de valor y decidí decir lo que me estaba dando vueltas en la cabeza.
—¿Puedo decirle algo para agradecerle su consejo?
—Adelante —respondió—. Me parece justo.
—No siga dándole a su hermana Severine el poder de hacerlo infeliz. Puede que me equivoque, pero parece que sus palabras le han hecho más daño que las puñaladas de Madame Pauline.
Me miró sorprendido. Luego sonrió y asintió.
—Ella fue una madre para mí cuando era un niño...
—Pero usted ya no es un niño y ella no parece tener entrañas de madre. Mientras le siga dando poder, buscará que usted, Maurice, Raffaele y Miguel hagan lo que ella quiere. Tiene que detenerla.
—Es complicado para mí...
—Lo sé. Pero quería decírselo porque lo aprecio y no quiero verlo sufrir más.
—Gracias, Vassili.
Se levantó y me invitó a caminar por la orilla.  Empezó a contar anécdotas de los años en que Maurice vivió con él y Raffaele en el Palacio de las Ninfas. Reímos de las ocurrencias de su hijo para domesticar a su salvaje primo.
Me dio gusto ver que Philippe recuperaba su buen humor. Al empezar a oscurecer, emprendimos el regreso.
Al día siguiente me llamó a su despacho.
—Temo que ayer hice todo un espectáculo por haber bebido. Le pido disculpas Monsieur.
—No se preocupe.
—Recuerdo que hablé de más y me metí en sus asuntos...
—Yo hice lo mismo. Si le soy sincero, me dio gusto poder hablar con usted así.
—A mí también, Vassili —extendió su mano—. Quisiera que me consideraras tu amigo.
—Me siento honrado, Philippe.
—Como estoy en pleno uso de mis facultades, le diré lo que he querido decirle desde hace días: puede quedarse en este palacio el tiempo que quiera. Si su padre lo deshereda, lo protegeremos. Aunque Maurice cree que si se empeña, usted puede labrarse su propia vida sin ayuda.
—Eso no es lo que me dice a mí —me quejé.
—Porque también cree que usted no quiere empeñarse —Me invitó a tomar asiento frente a él—. Nunca he visto a mi sobrino tan obsesionado por alguien y no por algo. Puede que lo estudie a usted más que a la Biblia.
—Y yo a él, pero no deja de sorprenderme.
—A mí también. Sin embargo, empiezo a entender porque ha fascinado a mi sobrino. Vassili, usted es igual a Petisco.
—¡¿Qué?! —no puedo decir lo indignado que me sentí. Nada me ofendía más que ser comparado con un Jesuita; cada fibra Jansenista que me quedaba se revolvió. Además, el que los sentimientos que Maurice tenía por mí nacieran de su afecto hacia su antiguo mentor, resultaba intolerable.
—Maurice dice que usted lo ayuda a vencer la desesperación o la oscuridad, como él la llama. Petisco me ayudaba de la misma forma. Cuando lo conocí, yo deseaba morir. Mi esposa y mi hermana pequeña habían muerto por mi culpa, Pauline se había llevado a Sophie, yo había entregado a Maurice a Thérese y Raffaele era un niño triste por haberse quedado sin madre y sin Petite.
Contó que estando en semejante situación, se presentó en su castillo, a la orilla del mediterráneo, un Jesuita español con mucho carácter al que no conocía y que exigía verle.
—En ese tiempo yo vivía como una sombra.  Pensando constantemente en si debía ir a morir al desierto, arrojarme al mar o pegarme un tiro.  Él lo sabía.  Dijo que Dios lo había enviado a mí, que como no podía ser misionero en tierras lejanas, lo sería en mi casa.
Según Philippe, el padre Petisco había sido enviado a predicar en China pero nunca logró embarcar porque enfermó gravemente. La Compañía de Jesús lo asignó entonces a otras tareas, dejando frustrado el sueño que había albergado desde su juventud.
—Petisco declaró que yo era su Gran Continente —continuó el Philippe—. Él es así, le encanta hablar de sí mismo como si narrara epopeyas. Lo mandé al demonio, por supuesto. Insistió y finalmente dijo lo que yo más necesitaba escuchar: que Dios no comete errores y por eso yo no podía ser uno.  Me eché a llorar desesperado y le conté toda mi vida. Desde entonces ha sido mi amigo, mi padre y mi madre.
—¿Cómo supo sobre usted y que estaba sufriendo?
—Cuando yo era niño, un hermano de mi madre lo trajo a este palacio para que la ayudara espiritualmente. Ella ya estaba loca y no había mucho qué hacer. Aún así Petisco dedicó horas a tratar de hacerla volver a sus sentidos y, al no conseguirlo, quiso averiguar la causa de su enfermedad. Terminó enfrentándose a mi padre y logró intimidarlo lo suficiente como para que dejara de ser tan violento con mi madre y hermanas. Yo no lo recordaba. Él, en cambio, no me había olvidado. Conocía mi tragedia y siempre había estado pendiente de mí.
—¿Su tragedia?
—La de haber nacido, la de ser hijo de un monstruo… la de destruir lo que amo aunque no quiera…
—¡Por favor, no diga eso!
—He hecho sufrir…
—Todos lo hacemos sin querer y seguimos viviendo para reparar ese dolor.
—Sí, en verdad te pareces a Petisco—se rió—. Afortunadamente, eres mucho más joven y con mejor carácter. Mi buen padre gusta mucho de insultar y golpear cuando no se le hace caso. Me ha tirado de las orejas más veces de las que yo he tirado de las de Raffaele.
—Él está en Francia, ¿verdad?
—Que intuitivo es usted...—reconoció sonriendo.
—Sus cartas llegan muy rápido —dije encogiéndome de hombros—. Imagino que Daladier es su mensajero.
—También es su médico, o uno de los muchos que necesita. Petisco está recuperándose en casa de una de sus sobrinas, que está casada con un Conde francés. Ya sabe que los Jesuitas están desterrados de nuestro reino, así que su estancia aquí es secreta
—Eso lo entiendo, pero pudo decírselo a Maurice
—No quiero que sufra al saber que su maestro está muy enfermo...
—Se equivoca si cree que Maurice es débil —afirmé con aplomo decidido a decir todo lo que quería—. No lo es. Tampoco Raffaele y Miguel. Confíe en ellos, deje que le ayuden a llevar su carga.
—No quiero hacerles daño —contestó entristeciéndose—. No hago nada bien. Lo mejor que puedo hacer por ellos es mantenerlos lejos de mí.
—¡Tonterías! No se aleje de ellos, ustedes son felices juntos. Sea feliz con la familia que le queda, con Asmun y su madre también.
—Lo dicho, qué observador e intuitivo es usted.
—Sólo soy un cotilla —reconocí sonrojándome.
Soltó una carcajada y me invitó a brindar por nuestra amistad con un licor que había traído de la India. Nunca olvidaré el sabor ni la calidez de Philippe. Realmente lamentaba no poder ser del todo sincero con él, y dejarle saber que mi amor por su sobrino era más que una amistad, que era algo más absoluto e infinito… Necesitado de poseer por completo su corazón, su alma y, de manera desesperada ya, su cuerpo.
Estaba seguro de que no seguiría apreciándome si llegaba a saberlo. Quizá después de un lapso considerable de tiempo entendería que, igual que Miguel y su hijo, Maurice y yo no podíamos vivir el uno sin el otro. El problema es que, sin duda, en el instante mismo en que lo supiera, sacaría su espada y acabaría conmigo.
Philippe se quedó con nosotros por más de un mes, durante ese tiempo no visité a el Palacio de los Placeres. Mi exótico amante comenzó a inquietarse y recibí otra caja con un antifaz y una nota. Asmun me entregó todo con su impasibilidad acostumbrada. Leí la nota y escribí una respuesta corta que pedí que enviaran de inmediato.
Debía ser una despedida, o al menos el anuncio del final de mi relación con aquel lugar y con Sorata. En cambio, envié una promesa de ir en cuanto pudiera, de no olvidar jamás a quien con tantas ansias me esperaba y la súplica de que mantuviera el buen humor para que no se metiera en problemas.
Cuando Asmun me dejó solo, crucé los brazos sobre el escritorio y recosté mi cabeza en ellos. ¡Cuán perdido me sentía!
—No quiero ser cruel y aún así lo soy…—susurré.
Qué bien comprendía a Philippe. La gran diferencia era que la situación en la que me encontraba no me venía por ser hijo de un miserable, sino por ser el gran tonto que había tejido una telaraña en la cual ahorcarse.
—¡Me odio!
Dije para mis adentros. Pero era mentira. En el fondo creía que me iba a salir con la mía, qué podría seguir disfrutando de Sora por más tiempo, que Maurice me correspondería y se entregaría mí sin reservas, que nunca sabría nada de lo que hice con sus primos y que el próximo año estaríamos ante el mar Mediterráneo contemplando el atardecer.
—Soy un miserable, un libertino, un lujurioso… —declaré levantándome para asomarme a la ventana y tomar algo de aire fresco.
Sí, lo era y no pensaba cambiar porque hasta ese momento no había sido necesario. Esa era la gran diferencia con Philippe. Él estaba atrapado por su pasado, yo me construía una cárcel por gusto. El día del juicio seguramente me llamarían necio. Sin embargo, hasta que ese día llegará, seguiría siendo el hombre que fingía dejarse llevar sin remedio, cuando en realidad corría hacia la llama para quemarse.
Buscando dejar de pensar, fui al invernadero. Vi a Asmun enviar a un sirviente con mi nota, el mismo que me servía de cochero en mis visitas al Palacio de los Placeres. Sabía que Raffaele y Philippe estaban en Versalles, y Miguel y Maurice se encontraban pintando, desesperados por terminar todos los cuadros. Tanto el Tuareg como yo habíamos sido abandonados por un rato.
—¿Te gustaría escuchar las historias del viejo Pierre? — dije al muchacho.
Él se sorprendió y aceptó mi oferta.
El jardinero no vio con buena cara a Asmun cuando llegamos. Abrazó su botella y retrocedió unos pasos.
—¡Este chico es un barril sin fondo!—chilló.
—Tienes vino de sobra, viejo tacaño —repliqué.
Renard, Aigle y Antonio llegaron poco después.
—¡Ahora somos a la Hermandad del Invernadero! —dijo Pierre una vez que todos teníamos nuestros vasos llenos.
Él y yo bebimos el primer trago y notamos que los demás no lo hicieron. Los pilluelos y Antonio estaban esperando a que Asmun se quitara el turbante para ver su rostro. Este no sabía qué hacer.
—¿Por qué no te quitas eso? —le dije en italiano, sorprendiéndolo—. Si temes que descubra que eres hijo del Duque, no te preocupes, ya lo sé y Pierre seguramente también lo sabe. Los demás son de confianza.
Asmun me miró aterrado.
—No debe ser agradable vivir escondiendo quién eres —continué—. Quisiera que al menos en este lugar te sientas libre.
El muchacho agradeció mis palabras y descubrió su rostro. Los otros aplaudieron. Era tan atractivo como su padre y su hermano, y tan joven que conmovía. Los pilluelos no notaron el parecido pero Antonio sí lo hizo; desde ese día trató a Asmun como si fuera un Alençon. Los otros le consideraron un igual, lo que es la mayor distinción que un pilluelo puede hacer a otra persona.
Bebimos, nos desternillamos de risa con las historias de Pierre y, luego de varios vasos de vino, terminamos cantando. Al llegar la hora de la cena, me despedí y los dejé divirtiéndose. Asmun tuvo desde entonces un lugar donde relajarse.
Al día siguiente fue a mi habitación para agradecerme.
—Sé que no tengo derecho a decirte esto, pero tienes toda mi simpatía —le dije—. Después que tu padre se haya marchado, si necesitas ayuda o hablar con alguien, puedes buscarme. Imagino que te sientes solo sin tu madre, y Raffaele no te presta la debida atención desde que se reconcilió con Miguel.
—Gracias, Monsieur Vassili —sonrió, sin la calidez paternal de Philippe ni la picardía de Raffaele.
Era un Alençon pero tenía la riqueza de otra raza. Asmun siempre me inspiró respeto a pesar de ser tan joven. Poseía una serenidad y fortaleza que infundían confianza. Cuando alcanzó la madurez, llegó a ser casi tan alto como Raffaele y tan sensato como un anciano. Es una pena que nuestra amistad se destruyó el día en que supo que amaba a Maurice. Nunca aprobó nuestra relación, así como tampoco estaba de acuerdo en la que su hermano mantenía con Miguel.
Con Raffaele se limitó a guardar silencio. A mí me gritó y aún me mira como si hubiera manchado a Maurice. No lo puedo culpar porque él vio claramente la clase de hombre que era yo.
De hecho, en ese tiempo, me preocupó cuánto sabía de mí y pregunté a Raffaele si Asmun se había enterado de lo que hacíamos en la Habitación de Cristal.
—¿Estás loco? —respondió ofendido—. Es un niño. No voy a corromper a mi hermanito. Cuando lo he mandado a preparar la habitación le he dicho que nos vamos a divertir con prostitutas. No puedo dejar que sepa que nos enredamos los tres en una orgía privada.
—Como si enredarse con prostitutas fuera algo muy digno —le respondí burlándome de su doble moral.
—Es algo más común. También le hice creer que Sora es mujer, por cierto.
—Que prudente de tu parte, tanto como contarle todo a tu padre.
—Ah, Vassili, perdona. Mi padre sabe cómo sacarme la verdad siempre —dijo señalando su oreja.
No pude reclamarle nada más, me eché a reír.
Recuerdo los últimos días que compartimos con Philippe. Cuando faltaba una semana, el ambiente en el palacio era desesperante: los sirvientes iban y venían de un lado a otro preparando las cosas, Maurice estaba de mal humor y Raffaele parecía una sombra que suspiraba tristemente a cada paso. Yo mismo estaba desanimado. Miguel se desesperaba tratando de mantenernos a todos presentables ante un Philippe siempre sonriente, y cuyos ojos estaban más tristes que nunca. Vale decir que Madame Severine no volvió a aparecer para decir adiós a su hermano. Creo que fue un gesto muy amable de su parte.
El día que se marchó, hasta Miguel se rindió a la melancolía.  La comitiva que acompañó al Duque en su regreso incluía ahora otro carruaje en el que viajaría Madame Pauline. Iba escoltada por dos monjas de aspecto temible que su hermana, la abadesa, había seleccionado para mantenerla vigilada. Nadie le dijo adiós. Miguel evitó volver a verla, quería liberarse de ella cuanto antes.  
—Espero que volvamos a vernos pronto —me dijo Philippe abriendo los brazos para rodearme—. Por favor escríbeme, Vassili, cuando me necesites y cuando no. Estaré encantado de recibir noticias tuyas.
Me aferré a él prometiendo complacerlo. No quería que se marchara, había logrado ganarse mi corazón. Lo amaba, lo admiraba, lo sentía la parte más importante de la familia improvisada que habíamos creado. Philippe era como una roca que nos fundamentaba, aunque estuviera llena de hendiduras.
—Voy a extrañarlo tanto… —logré decir antes que mi voz se ahogara. Él palmeó mi espalda con fuerza y prometió que volveríamos a vernos muy pronto.  
Miguel lloró al despedirse.  Raffaele se reía y juraba que el tiempo pasaría rápido. Yo podía adivinar que mientras más ruidosa era la carcajada, más profundo el llanto que ocultaba. Él amaba a su padre con locura y odiaba tenerlo lejos.
Finalmente el duque quiso despedirse de Maurice. Le tendió la mano para no ponerlo más nervioso de lo que ya estaba. Su sobrino la estrechó y le dio una despedida muy formal. Philippe  sonrió con ternura y decepción mal disimulada
—Espero que encuentres tu camino y seas feliz, mi querido Maurice —afirmó con su calidez característica. Su sobrino se limitó a agradecer.
Mientras su tío caminaba hacia el carruaje, me acerqué a mi amigo y le hablé al oído.
—Si no se lo dices ahora, ¿cuándo lo harás?
—¿Qué cosa?
—Que le vas a echar de menos, que le quieres, que no estás disgustado por haber anulado tus votos…
—Ya lo sabe.
—Todos necesitamos que nos digan que nos aman, Maurice. Tu tío también. Piensa en todo lo que soporta solo.
Esto lo hizo reaccionar. El carruaje acababa cerrarse cuando él llamó a su tío y corrió hacia él. Este volvió a abrir y asomó la cabeza preocupado. Maurice se colgó de su cuello, creímos que los dos iban a terminar en el suelo, pero Philippe sujetó a su sobrino con una mano y con la otra se sostuvo del marco de la puerta.
Maurice dijo algo a su oído. El Duque mostró una expresión de sorpresa, para luego sonreír agradecido como un condenado al que acaban de perdonarle la vida. Lo abrazó con fuerza, luego se alejó para poder mirarle y acariciarle el rostro enternecido.
—Yo también te amo, Maurice.
Oímos que le decía antes de besarlo en la frente con fervor. Titubeó antes de soltarlo, como si quisiera decir algo más, pero no se atrevió. Maurice cerró la puerta del carruaje y exclamó sonriente.
—¡Nos veremos pronto y te venceré al ajedrez!
—Estaré esperando nuestro reencuentro. Sé feliz. Si Raffaele te da problemas, dímelo.
—Si Maurice me da problemas, ¿me puedo quejar? —intervino Raffaele acercándose.
—Claro que sí. Escríbanme muy seguido. Hasta las pulgas que les estén picando, me interesan.
Los tres rieron. Los bendijo a los dos poniendo su mano sobre sus cabezas. Se despidió de nosotros con un gesto alegre e indicó al cochero que avanzara. Estoy seguro de que lloró, al menos nosotros lo hicimos. Asmun lo acompañó a caballo durante un trecho, imagino que tuvieron su despedida privada.
En mi corazón ya anhelaba su regreso, y que el día en que supiera quién era yo realmente, siguiera apreciándome. La estela de alegría y bondad que dejó no se disipó en mucho tiempo. Sentimos su ausencia golpearnos; pasaron días para que lográramos hacernos a la idea de que no aparecería en cualquier momento a divertirnos con alguna anécdota de sus viajes o invitarnos a una cacería.
Detrás de esta nostalgia, pronto descubrimos que dejó otra cosa: el desamparo. En su ausencia Madame Severine se levantó contra nosotros como una de esas serpientes que abundan en la India. Philippe se marchó, pero su hermana seguía entre nosotros, esperando la oportunidad de conseguir lo que deseaba.
Pobre mujer, fría y letal como un cuchillo, incapaz de despertar amor como su hermano. Al menos Madame Pauline poseía calor, uno que dañaba, sí, pero que indicaba vida.  Severine, en cambio, era un cadáver viviente.  Si no nos hubiera hecho tanto daño, podría compadecerla. Ahora dudo que llegue el día en que deje de desear acabar su miserable existencia con mis propias manos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Qué te parece el capítulo? Tus comentarios son muy valiosos. Recuerda que el respeto es esencial.