XXII Vientos de Cambio

Parte I
A pesar de sus palabras, Miguel fue amable con Antonio. Le abrazó agradecido por salvarlo. El muchacho contó que una de las sirvientas de la mansión del Conde de La Verneg le había advertido del plan de Madame  Pauline. Él había tomado el arma del yerno de Pierre pensando en rescatar a Miguel por su cuenta.
Como su amiga no había logrado escuchar todos los detalles, creía que iban a torturar a Miguel en la mansión. Es probable que ese fuera el plan original y que, al negarse su hijo a ir a su encuentro, la terrible mujer optó por quitar a Raffaele del medio y acudir al Palacio de las Ninfas con su improvisado ejército.
Lo cierto es que Antonio se llevó una sorpresa al descubrir  que nos encontrábamos de visita y decidió hacer  lo primero que le vino a la cabeza.
—Gracias a Dios todo salió bien — concluyó.
—Y gracias a ti que has sido su instrumento —agregó Maurice palmeándole la espalda.
El joven sonrío apabullado. Sentado en medio de nosotros, compartiendo una copa de vino, debía sentirse fuera de lugar.


—A partir de hoy vuelves a mi servicio —pidió Miguel—. Cuando yo regrese a España, volverás conmigo.
El joven aceptó aliviado. Noté que una sombra de amargura cubrió el rostro de Raffaele. Aquellas palabras le debieron recordar que el tiempo que compartía con el hombre que amaba tenía un límite marcado por su padre. La sombra del Duque estaba sobre nosotros causando sentimientos encontrados.
Durante esos días reinó la tensión entre nosotros. Miguel no deseaba ver a su tío porque desconfiaba de él, Raffaele y Maurice estaban seguros de que no había sido cómplice de Pauline. El choque entre ellos era inevitable. Durante una de las discusiones que en la que se enfrascaron, me atreví a dar mi opinión, a pesar de que nadie me lo había pedido.
—Madame Pauline se asustó al escuchar que el Duque vendría. Esa es una clara señal de que mintió cuando dijo que su hermano la apoyaba.
—¿De verdad crees eso, Vassili? — preguntó Miguel como si mi palabra valiera más que la de sus primos.
—Sí. Y, aunque me equivoque, es mejor encarar a tu tío de una vez  por todas para dejar de vivir lleno de rencor y miedo.
—Si mi padre tuvo algo que ver, se lo haré pagar — aseguró Raffaele.
—Lo menos que quiero es verte enfrentando a tu padre por mí, ya te lo he dicho.
—Confiemos en Dios y en tío Philippe —pidió Maurice—. Estoy seguro de que todo va a salir bien.
Cuando llegó el jueves, y Maurice fue de nuevo a visitar al Rabino, Raffaele, Miguel y yo acudimos a la Habitación de Cristal. Aquel día Miguel deseaba irse a los extremos,  olvidar a través de la lujuria todo el dolor y la angustia que sentía. Yo también deseaba olvidar todas mis inquietudes. Obviamente Raffaele sentía de la misma manera porque no se quedó atrás y los tres nos sumergimos en una búsqueda frenética de placer.
Nos excedimos y terminamos agotados hasta el punto de quedarnos dormidos y pasar la noche en la Habitación de Cristal.
—¡Demonios! Maurice seguramente nos habrá  buscado al regresar —solté al despertar y darme cuenta de que ya había salido el sol.
—No te preocupes —respondió Raffaele desperezándose—. Asmun sabe qué hacer. Le dirá que adelantaste la visita a tu hermana y que Miguel y yo fuimos a Versalles. Lo tengo todo pensado.
—Porque desde un principio querías pasar la noche con nosotros. ¡Eres un demonio!
—Es un problema que tengo, necesito conseguir lo que quiero o hago una pataleta terrible. Por cierto, ayer traté de desvestirte sin arrugar tu ropa, puedes estar tranquilo, nadie sospechará que has estado en una orgía. Miguel y yo vamos a dormir un poco más.
—De verdad sabes salirte con la tuya.
Me arreglé como pude, echando en falta la asistencia de un sirviente, y partí a casa de mi padre con el cuerpo dolorido. Mi hermana menor estaba de visita en París y había pedido verme. Sentí mucha nostalgia cuando la tuve ante mí. Ya era madre de una pequeña niña de dos años, con los cabellos rubios y los ojos grises, y de un pequeño de escasos meses al que aún yo no conocía.
—Tu hija está cada día más hermosa, Bernadette—dije al ver por la ventana a mi sobrina jugando con su nana en el jardín.
—Se parece a mamá y a ti.
—A mí me recuerda cuando tú eras pequeña. Suerte que no es tan llorona. ¿Y el bebé?.
—Tuvimos que dejarlo con sus abuelos paternos. Dicen que es muy pequeño para viajar. Mi esposo aceptó porque no estaremos mucho en París.
—¿Te tratan bien?
—Como una reina.
—Es lo que mereces— dije coronando su frente con un beso.
—Vassili, has vuelto a ser el mismo de antes —celebró con una sonrisa cariñosa—. O incluso ahora eres más amable y alegre.
—Lamento mucho haberte echado cuando fuiste a verme con Didier en la Villa. En ese tiempo no estaba en mis cabales.
—Pero ahora sí lo estás, ¿verdad? Papá ha escuchado cosas horribles sobre ti. Le dije que no creía una palabra...
—Soy inocente de esas infamias que se dicen. De otras cosas soy culpable pero, gracias a Dios, Madame Severine no se ha enterado de ellas.
—¿Esa horrible mujer?
—Sí, la Santa Teresa francesa. Se ha propuesto empañar mi reputación.
—Mi esposo dice que no es más que una monja sin claustro. Tuvo una discusión con nuestro padre por ella.
—Dile a tu esposo que no se involucre y menos por alguien que no merece la pena.
—Es que esa mujer vino a visitarnos hace unos días, y se atrevió a decirnos cómo debemos educar a nuestra hija. No le gustó que la dejáramos corretear de un lado a otro.
— ¿Vino de visita?
—Sí. Según Didier no es la primera vez.
—Ahora entiendo por qué nuestro padre no deja de regañarme…
—No te preocupes, Vassili, también tienes quien te defiende. Tú amigo, Monsieur Gaucourt, vino hace poco y habló maravillas de ti.
—¿Maurice estuvo aquí?
—Es un caballero encantador, aunque algo torpe. No sabe cuándo debe parar de insistir con nuestro padre. Lamentablemente, la última batalla la perdió porque padre dijo que no te había visto en semanas, y él  insistía en que habías venido el día anterior.
—¡Demonios!
—¿Qué dices?
—Que seguramente se trata de una confusión sin importancia…
Continuamos hablando. Traté de mantenerme atento a pesar de que estaba preocupado de que Maurice hubiera descubierto mis mentiras. Bernadette quiso saber sobre lo que hacía en la calle San Gabriel. Ver a mi sobrina Annette debió evocar de alguna forma la imagen de la piojosa, y terminé contándole a mi hermana el episodio de la fuente y cómo había terminado la niña con las hijas de la Caridad.
—Me gustaría sacarla de ese lugar —concluí preocupado.
—Si es una niña pequeña seguramente alguna persona la adoptará. De hecho, mi costurera, la que hizo el encaje de las camisas que te regalé hace más de un año, ¿recuerdas?
— Sí. Son muy elegantes.
—Toda una obra de arte. Pues sucede que es viuda y ya tiene todos sus hijos casados. Me dijo que quería tener a su cuidado la hija de algún campesino para no sentirse sola. Quizás le interese tu niña.
—¡Bernadette, eso sería maravilloso!
—Le escribiré.
—¡Gracias! No tienes idea de lo mucho que quiero darle a esa niña un hogar.
—No tienes que agradecerme. Considero muy loable lo que haces. Y resulta curioso que antes, cuando eras un Abate muy observante, no hacías ninguna caridad.
—Antes estaba ciego…
—¿Y ahora, Vassili? ¿Cómo te encuentras ahora?
—Estoy cerca de ser feliz. Por eso no puedo volver a vivir como un Abate. Sería igual que encadenarme después de haber aprendido a volar.
—Mi querido hermano, si dependiera de mí jamás tendrías que vestirte de negro otra vez. Más nuestro padre y nuestro tío no te van a dejar renunciar al sacerdocio.
—No quiero llevarles la contraria. Sabes que los amo, pero la vida que eligieron para mí es demasiado estrecha.
—Rezaré para que lo entiendan...
—Gracias, Bernadette —la rodeé con mis brazos.
Nuestra cuñada llegó con su hijo para unirse a nosotros. Pasé una mañana muy amena hasta que mi padre apareció. Tuve que despedirme antes de que sirvieran la comida, para evitar una pelea.
Fui a almorzar en la taberna Corinto. Después pasé por San Gabriel para llevarle algo de beber a Sébastian. Conversamos animadamente; pude enterarme de que François y Etienne ya estaban enseñando a los pilluelos.
Etienne incluso había tomado el reto de enseñar a leer a un grupo de los más reacios. Caminaba con ellos por la calle hablando de cualquier cosa, enseñándoles las letras sin que se dieran cuenta. Me pareció admirable y muy propio de él.
Antes de volver al palacio, pasé a saludar a la piojosa en el hospicio. Las Hijas de la Caridad me dejaron verla luego de insistir mucho. Una de esas mujeres se atrevió a preguntar si la niña era mi hija ilegítima.
—Si lo fuera no estaría aquí —respondí indignado.
—Le sorprendería saber cuántos parientes dejan sus hijos a nuestro cuidado —contestó sin inmutarse.
—Llame  a la niña, por favor.
La piojosa se sorprendió al verme. Corrió a abrazarme. La mujer la regañó, haciendo que se contuviera. Me hizo una mal ensayada reverencia. Llevaba un vestido gris muy feo y un gorrito blanco.
—¡Le han cortado el pelo!—protesté.
—Tenía piojos —respondió encogiendo los hombros la Hija de la Caridad.
—¿Me veo fea? —preguntó la niña asustada.
—Te ves muy bien y, cuando te crezca el cabello de nuevo, lucirás mucho mejor que antes.
—¡Gracias!
—Volveré pronto,  se buena niña —dije después de interrogarla sobre su vida en aquel lugar, al parecer la trataban mejor de lo que yo pensaba.
—Gracias. Monsieur Ángel.
—Es a Maurice a quien llaman así. A mi llámame Vassili.
—Para mi usted es un ángel.
—¡Qué tonterías dice esta niña!—rezongó la mujer.
Tomé la mano de la piojosa y la besé.
—Ahora dime, ¿cómo debo llamarte yo?
— Clare...
—Clare, volveré pronto.
Partí decidido a encontrarle un hogar a la piojosa. Aquellas mujeres iban a terminar matando la espontaneidad y candidez que ella siempre había mostrado.
Cuando regresé al palacio pensé en contarle a Maurice sobre mis planes para la pequeña. Fui a su habitación y escuché que dentro se desarrollaba una pelea. Abrí la puerta alarmado y vi a Raffaele sujetando a Maurice para que no se arrojara sobre Miguel. Este  lucía un hilo de sangre saliendo de su boca, señal de haber recibido un golpe. Los tres gritaban a la vez, por lo que no pude entender mucho, pero distinguí claramente un palabra: mi nombre.
Se mostraron contrariados al verme. Enseguida calmaron sus ánimos y trataron de disimular.
—¿Qué pasa?—pregunté preocupado.
—Nada, una rencilla sin sentido —contestó Raffaele.
—Pero...
—Déjanos solos Vassili —ordenó Maurice sin mirarme a la cara y en un tono que me hizo sentir angustia. Estaba furioso, sin duda.
—¿Por qué han peleado?
—¡Es algo que no te incumbe!
Quedé completamente atónito. La manera como cerró la puerta ante mí, me pareció insólita.  Los escuché discutir en voz baja, incapaz de entender qué decían. Unos minutos después, Maurice salió.
—Ya hemos terminado. Vamos, he quedado con Etienne que nos veríamos en San Gabriel.
—Vengo de ahí. ¿Dime qué ha pasado entre ustedes?
—Ya te dije que no es asunto tuyo. Si no quieres venir, mejor así —se dirigió a las escaleras.
—Espera, voy contigo.
—Olvídalo, eres muy lento cabalgando.
Su tono destemplado no me dejaba duda de que lo que lo estaba molestando era grave. Me di vuelta hacia los otros dos.  Raffaele revisaba el rostro de Miguel.
—¿Maurice golpeó a Miguel?
—¿No has oído que no es asunto tuyo?—me regañó Raffaele.
—¿Acaso descubrió que nosotros…?
Los dos me miraron como si hubiera invocado al mismo diablo.
—¡Nada de eso! —replicó Miguel.
—¿Qué otra cosa puedo pensar? Él jamás te golpearía a menos que…
—Ha sido por otra cosa —chilló intentando marcharse. Le tomé de la mano cuando pasó a mi lado.
—Miguel,  oí perfectamente mi nombre.
—¿Crees que si lo supiera se habría marchado a San Gabriel como si nada? —intervino Raffaele.
—Entonces, ¿por qué han peleado? Seguramente ha sido porque lo sabe.
—Lo invité a dormir con Raffaele y conmigo —confesó Miguel bajando la cabeza—. Por supuesto que mi intención era que te nos unieras y terminar los cuatro en la cama...
—¡¿Cómo se te ocurrió?! —grité. No contestó.
—Eso fue todo lo que pasó —volvió a hablar Raffaele poniendo su mano sobre la mía, pidiendo que soltara a Miguel—. Aunque si fuera tú, no le preguntaría a Maurice sobre este asunto.
—¿Me están diciendo la verdad?
—¡No sigas dándole vueltas al asunto! —gritó miguel, sacudiendo su brazo para liberarse de mi agarre—. Ya estoy bastante avergonzado por lo mal que salió todo.
Los dos se marcharon y me dejaron en medio de la habitación, confundido y asustado. Noté que todo estaba revuelto, como si la pelea hubiera sido muy violenta, o Maurice hubiera arrojado todo lo que encontrará su paso durante un arranque de ira. Temblé y me abracé a mí mismo. Si Raffaele y Miguel estaban mintiendo,  si Maurice había descubierto todo, ¿qué iba a hacer?
Sentí que me asfixiaba. Intenté salir a buscar respuestas, pero no pude dar un paso. Prefería dejar mis temores sin confirmar y mantener un margen de duda que me permitiera respirar. Decidí esperar y observar cómo se comportaban los tres primos.  Sobre todo necesitaba ver lo que hacía Maurice en adelante. Nunca en la vida tuve tanto miedo de él.
Entre ellos fue evidente el distanciamiento durante varios días aunque conmigo Maurice siguió siendo amable. Miguel incluso suspendió la pintura del cuadro del Ángel Gabriel y se dedicó a los otros. Yo  estaba seguro de que lo hacía para evitar pedirle a su primo que posara. Esperaba que en cualquier momento volvieran a discutir por la tensión que reinaba entre los tres.
Además, Maurice pasaba la mayor parte del tiempo en la calle San Gabriel. Yo le acompañaba siempre pero los otros no volvieron a unirse. Mis sospechas aumentaron cuando el jueves de la siguiente semana Maurice no visitó al Rabino y sus primos se marcharon a  Versalles.
—¿Maurice, qué ocurre entre tú y  tus primos? Es obvio que se han disgustado por algo y...— pregunté uno de esos días, mientras nos encontrábamos cabalgando por los jardines.
—No es de tu incumbencia —respondió  otra vez cortante.
Estaba a punto de replicar, cuando  vimos entrar una comitiva de hombres, con los trajes llenos de polvo, entrar a caballo. Aunque era indudable que se trataba de hombres de armas, ninguno llevaba uniforme. Maurice apuró el paso para encontrarse con ellos.
—¡Que me arrojen al mar si no es el pequeño Maurice! —gritó entusiasmado  él que parecía ser el líder.
— ¿Jacob?
—El mismo. No me habrá olvidado, su alteza.
—Claro que no. ¿Dónde está mi tío?
—Me envió a buscarle tal y como usted pidió. Mañana partiremos a su encuentro.
—Mañana no. Hoy mismo
—Pero, majestad...
—No quiero esperar.
Hubo toda una conmoción en el palacio por la llegada del hombre de confianza del Duque. Un hombre fuerte, no muy alto y bastante desaliñado. Parecía ser incapaz de dejar de reír con malicia. Raffaele y Miguel lo abrazaron al verle entrar al edificio.
—¿Pero, querido Jacob, qué haces aquí sin mi padre? —preguntó Raffaele sonriente.
—El pequeño Maurice pidió que lo viniera a buscar y aquí estoy. Lo que quiere el pequeño príncipe, siempre se hace.
—Agradecería que dejaras de llamarme “pequeño” —se quejó el aludido bajando las escaleras, trayendo a cuestas las alforjas que tanto habían intrigado  a Miguel.
—Pues para eso sólo tiene que crecer... —soltó el hombre con una carcajada. Maurice le  miró con intenciones asesinas.
—¿Qué significa esto, Maurice?  —exclamó Raffaele sorprendido— ¿Por qué no has dicho nada?
—Tengo asuntos que discutir con tío Philippe, no tenía por qué decírtelo.
—Deben ser muy urgentes para no dejarnos descansar ni un poco —murmuró Jacob sacudiéndose el polvo de los pantalones.
—Ya descansarás esta noche en alguna posada.
—Como usted diga, mi pequeño príncipe. Supongo que me dará un minuto para saludar a mi padre.
—Ya tendrás tiempo al volver.
—¡Maurice, no seas desconsiderado! —le regañó Miguel, él no hizo caso y salió del palacio.  Jacob se despidió con una reverencia y le siguió.
—¿Quién es su padre? —pregunté mientras veía a Maurice montar su caballo y avanzar seguido por los hombres de su tío. Realmente se veía como un príncipe a punto de entrar en batalla.
—Pierre — respondió Raffaele.
—¿Qué?.
—¿No sabías? —contestó Miguel.
—Claro que no. ¡Demonios! últimamente no sé nada. ¿Por qué ha inventado este viaje?
—No tengo idea. Sin embargo, pienso que no hay que preocuparse. No será nada malo. Aprovechemos el tiempo mientras regresa.  Propongo que vayamos a la Habitación de Cristal..
—No —declaró Miguel—. Si Maurice llega a saberlo, se enojará.
—¿Cómo va a saberlo? Se acaba de marchar. Estará fuera por tres días al menos.
—He dicho que no.
Miguel se marchó.
—¿De verdad Maurice no ha descubierto lo nuestro?— pregunté suspicaz.
—Por supuesto que no. Ninguno de nosotros tendría la cabeza en su lugar si lo supiera —la sonrisa pícara que mostró me tranquilizó.
Raffaele continuó invitándonos durante ese día. Miguel  se mantuvo firme en su posición y yo…  yo me hice el tonto dejando todo al destino, mientras rogaba en secreto para que el español aceptara.
Como no podía desaprovechar la ausencia de Maurice, fui a ver a Sora al día siguiente. Él se mostró feliz a pesar de que me presenté a media mañana, interrumpiendo su descanso. Hicimos el amor sin preámbulos y con la pasión de siempre. Nos entendíamos bien en la cama. No había que disimular nada ni cuidar las palabras. Los dos queríamos una sola cosa: placer.
El problema comenzaba una vez que se disipaba la gloriosa sensación del orgasmo, y nos veíamos como lo que realmente éramos: un anhelo que no encontraba eco en el otro. Sora estaba enamorado y esperaba ser correspondido. Yo deseaba simple placer y no más preocupaciones. Ninguno obtenía lo que quería.
La  fuerza y sinceridad de sus sentimientos chocaba con la tibieza e hipocresía de los míos. Mientras él me amaba y consideraba su todo, yo le quería y  visitaba “por su bien”.  Ya no podíamos considerarnos un puto y su cliente. Tampoco éramos amantes reales y mucho menos amigos. Estábamos definidos por negativas. ¿Cómo podía funcionar una relación así?
Resultaba inevitable que naciera la frustración en el corazón de un joven que no tenía nada y quería todo de mí. Esta se manifestaba como una furia oscura y letal, que se asomaba a sus ojos cuando la existencia de Maurice era evocada. Le temía a esa oscuridad, lo confieso. Presentía en ella una amenaza contra el hombre que amaba.  
Ese día almorzamos juntos en la habitación de Sora. Recuerdo que me habló muy entusiasmado del pequeño Gastón. Su herida  estaba ya curada y habían logrado mantenerlo oculto en el palacio. Era fácil intuir que le quería y protegía como si fuera su hermano, los dos compartían desgracias muy similares. Yo seguía sus palabras, asintiendo cada vez que lo consideraba necesario, para que no descubriera que estaba distraído pensando en lo que iba a significar la llegada del Duque.
Regresé al Palacio de las Ninfas  y me eché a dormir el resto de la tarde y de la noche. No quería estar despierto y enfrentar todas las incógnitas que me abrumaban. Al día siguiente tuve que encarar el juicio de Miguel. Se presentó furioso en mi habitación después que me vestí. Raffaele estaba a su lado con una sonrisa burlona en su rostro, disfrutaba verme en el banquillo de los acusados.
—No entiendo para qué sigues visitando a ese puto —comenzó a decir mi rubio juez con su voz más chillona que nunca—. Parece que quieres ofender a Maurice.
—Debemos encerrarlo bajo llave para que no salga a hacer tonterías —intervino Raffaele antes de que yo pudiera responder—. También podríamos complacerlo en la cama hasta que quede agotado y no tenga que buscar a nadie más —agregó tentador abrazando a Miguel por la espalda y apoyando su barbilla en el hombro de este.
—No estoy para juegos, Raffaele —replicó empujándolo—. Trato de ayudar a Maurice…
—Maurice estará bien si no se entera de nada.
—¿Cómo puedes decir eso? Lo pones todo tan fácil…
—Y tú lo complicas todo, amor mío. Sé que hay que despedirse de nuestros encuentro en la cama con Vassili. Ya es innegable que Maurice lo ama y, bueno, nadie quiere meterse entre dos amantes, pero podríamos hacer el amor juntos una vez más, como despedida.
Estuve a punto de decir algo pero él hizo un gesto imperioso para que me callara. Ni siquiera fui capaz de moverme.
—Hoy será la última vez, Miguel, lo prometo —declaró.
—No podemos arriesgar su relación con Maurice —insistió Miguel.
—Estoy de acuerdo —repliqué —, pero será la última vez y, como Raffaele ha dicho, Maurice no tiene porqué enterarse. ¿O acaso me están ocultando que ya lo sabe?
—¡Qué obstinado eres! —replicó Raffaele—. Ya te dije que no lo sabe.
—¿Cómo esperas que no sospeche con el extraño comportamiento que los tres han mostrado?
—Pelearnos entre nosotros es lo mejor que sabemos hacer, ¿verdad Miguel?
—Eso temo. No te angusties, Vassili. Maurice no sabe nada —la expresión sincera que mostró acabó por convencerme.
—Aclarado ese punto, ¿por qué no te despides de los labios de Miguel? —sugirió Raffaele  de manera seductora.
Antes de que Miguel pudiera decir cualquier otra cosa,  volvió a colocarse a su espalda, le abrazó y susurró a su oído:
—Tú también lo deseas. Lo sé bien.
Cubrió sus ojos con su manos y le hizo echar la cabeza hacia atrás para ofrecerme su boca. Miré a Raffaele tratando de entender lo que hacía
—No lo dejes pensar —me ordenó sonriente y tentador.
No pude desobedecerlo. Besé a Miguel. Al principio respondió con reparo, después enlazó sus brazos alrededor de mi cuello. Raffaele le soltó y se alejó. Seguimos acariciándonos y besándonos buscando rozarnos cada vez más. Estar de pie se hizo imposible.
Lo levanté en mis brazos y lo llevé a la cama. Después de acostarlo,  abrí su calzón para dejar libre su miembro e hice lo mismo con el mío.  Los dos estábamos completamente a merced del deseo. También le abrí la chupa y la blusa para acariciar su piel. Sus jadeos me persuadieron de que no quería esperar más.
Llené mis dedos de saliva y lo penetré con ellos  sin parar de besar su cuello, su pecho, su vientre... Gimió urgiéndome. Renuncié a más preparaciones, me erguí e introduje mi miembro con un movimiento que resultó más brusco de lo que quería.
Por un instante los dos nos quedamos sin aliento, contemplándonos como si hubiera algo asombroso en nuestros rostros. Ya no era capaz de pensar. Me empujé dentro de él aún más. Me rodeó con sus piernas y colocó su derecha tras mi nuca para atraerme y besarme.
—¡Más! —gruñó imperativo.
Lo sujeté por las caderas y dejé que mi cuerpo danzara al ritmo de la fiebre que me dominaba. Se entregó por completo. Eso era lo que me enloquecía de Miguel, lo sé bien. Su cuerpo parecía amoldarse a mis embestidas y reclamar siempre más. Como si no tuviera límite para darme placer y exigir que lo saciara.
Era distinto a Sora y Raffaele. Ellos siempre sabían lo que querían, él se perdía y saltaba al vacío entre mis brazos. Yo había añorado tenerlo todo para mí desde el primer día en que saboreé su piel.
Al fin sus ojos inundados de deseo me miraban sólo a mí. Sabía que los estaba robando y eso aumentaba el éxtasis. ¿Había algo más prohibido que Miguel? ¿Algo más destructivo que mi capricho por poseerlo? Me sentía al filo de un abismo, burlándome del mismo diablo, mientras ignoraba a propósito la posibilidad de perderme. No me importaba nada, sólo el cuerpo que estrechaba por dentro y por fuera y la voz pidiéndome más con un hambre mayor que la mía.
Igual que yo, Miguel había deseado aquel encuentro exclusivo. En aquel momento éramos al fin dos hombres dejándonos llevar, completamente entregados el uno al otro en un placer ilícito y por tanto más excitante. Entonces, Raffaele se hizo presente de nuevo.
Sentí su aliento en mi oído y sus manos bajando por completo mi calzón. La estocada que me propinó fue inmisericorde a pesar de haber impregnado su entrepierna con el bálsamo. Miguel y yo nos miramos asustados. Lo habíamos olvidado por completo y nos sentíamos descubiertos, como ladrones a los que luz del día encuentra aún con su botín entre las manos.
Pero Raffaele no estaba furioso, al contrario, le escuché reír en medio de sus jadeos. Estaba siendo brusco como lo era cada vez que me hacía el amor. Con Miguel siempre debía controlarse, conmigo nunca. A mí me gustaba sentir su fuerza y arropar su vulnerabilidad.
Ahí, en medio de los dos, enloquecí de placer por completo.  Entendimos que Raffaele se había aprovechado de nuestra debilidad. Que conocía bien nuestros deseos secretos, y que por encima de sus celos incendiarios había puesto su lujuria insaciable.  Por eso fue el único que mantuvo la sonrisa después que los tres nos derramamos. Mientras Miguel empezó a recriminarse a sí mismo haber traicionado a Maurice y yo volví a inquietarme ante la posibilidad de que este ya supiera lo que hacía con sus primos.
—Maurice no me lo va a perdonar jamás —gimoteó Miguel llevándose las manos a la cabeza mientras estaba sentado en medio de los dos.
—Maurice nunca lo sabrá —replicó Raffaele tirando de los calzones de su amante para  terminar de desnudarlo.
—¡Eres un maldito! ¡No podemos volver a hacerlo!
—Es la última vez que tenemos a Vassili, deja de quejarte y aprovecha el tiempo.
—No, no debemos…
—Ya empezamos, vida mía, detenerse ahora es una tontería —lo besó y Miguel ya no se resistió cuando le quitó la casaca y la chupa.
—¿Realmente Maurice no sabe nada? —volví a preguntar.
Los dos se detuvieron y me miraron preocupados. Raffaele sonrió y gateó hasta mí.
—¿Crees que estaríamos haciéndote el amor si él lo supiera?
—Creo que tú no tienes escrúpulos para conseguir lo que quieres.
—Me siento ofendido y exijo una reparación de mi honor.
Se me echó encima y por un momento forcejeamos hasta que se sentó sobre mi vientre y se inclinó para besarme. Miguel le ayudó a quitarse la chupa y la blusa.
—No te preocupes, Vassili —me dijo tranquilizándome—. Raffaele no te engaña. Maurice no sabe nada.
—¿Entonces por qué tienes tanto miedo? —reclamé.
—Porque le gusta preocuparse más de lo necesario —contestó Raffaele con un tono socarrón, mientras se levantaba y tiraba de mi ropa para terminar de desvestirme con ayuda de Miguel.
Cuando estuvimos desnudos, volvimos a representar la danza que teníamos bien ensayada. Miguel no volvió a mostrar ningún reparo y yo elegí creerles, principalmente porque me convenía.
También porque no tenía duda de que el día en que Maurice supiera sobre nuestra extraña alianza, armaría tal escándalo y desplegaría tal furia, que apenas quedarían escombros a mi alrededor.
Como excusa a nuestro comportamiento, debo decir que los tres estábamos nerviosos. Sumergirnos en aquel océano de placer era la mejor manera de pasar el tiempo mientras esperábamos la llegada del Duque. Siempre nos servimos del roce de nuestra piel para evadir la realidad que nos atenazaba. Nos sentíamos amenazados por un cambio inminente.  
Philippe de Alençon era como el viento que mueve las hojas distorsionando el paisaje a cada rato. Era la única persona ante la que el gallardo Miguel temblaba y el indoblegable Raffaele cedía. Tenía poder suficiente para destruirme y separarme de Maurice. Imposible no estar inquieto ante su llegada. Si se parecía a sus hermanas Pauline y Severine, yo estaba perdido.
La espera se volvió algo insoportable. Le recriminaba a Maurice el haberme dejado a solas con mi angustia. ¿Por qué se había ido hablar con su tío? ¿Acaso iba a pedirle permiso para marcharse con los Jesuitas? Mi cabeza se encontraba como un hervidero de ideas pesimistas. Prefería que el Duque jamás se presentara.
Pese a mis deseos,  su comitiva atravesó la verja del Palacio de las Ninfas dos días después. Vimos aparecer al hijo de Pierre al frente de todos otra vez. El Duque y Maurice viajaban en un elegante carruaje.
Raffaele no quiso esperar y fue escoltarlos a caballo, acompañado de Asmun, mientras recorrían los jardines. Estaba muy feliz y completamente confiado en la inocencia de su padre. Miguel, en cambio, aferraba mi mano temblando mientras el encuentro se hacía inminente.
—Tranquilo —le dije—, estoy seguro de que tu tío no ha sido cómplice de tu madre.
—¿Y si lo fue, Vassili? ¿Sabes cuánto tiempo llevó aterrorizado por la idea de que el padre del hombre que amo quiere destruirme? No puedo confiar en él de la noche a la mañana.
—No tienes que hacerlo, sólo debes escuchar y decidir.
—Raffaele y Maurice confían totalmente en él.
—Raffaele te ama y está dispuesto incluso a enfrentar a su padre por ti. Confía en que no vamos a permitir que te hagan daño otra vez —me miró agradecido y dejó que lo guiará hasta la puerta del palacio.
El carruaje ya se encontraba al final de las escaleras. Maurice bajó de un salto y subió corriendo los escalones para reunirse con nosotros
—Finalmente hemos llegado. Tío Philippe me ha asegurado que nunca intentó hacerte daño, Miguel.
Sentí que estrechaban mi mano mucho más. Quizá la tendencia de Maurice a depositar una fe ciega en  las palabras de cualquiera, no le permitía a su primo creer lo que decía.
Raffaele esperó a que su padre bajara del carruaje para lanzarse a sus brazos. Padre e hijo volvían a verse después de meses de separación, el amor y la alegría que manifestaban era contagiosa. Todos los recién llegados y los sirvientes del palacio vitorearon aquel reencuentro.
Maurice volvió a bajar para ponerse a su lado. El Duque subió escoltado por su sobrino y su hijo, que no paraban de hablar entusiasmados. El cariño que sentían por aquel hombre era desbordante.
Miguel y yo permanecíamos ajenos a aquella algarabía. Él era presa del miedo y yo de la inquietud. Estaba por conocer a Philippe de Alençon, el Duque de quien se contaban leyendas en Versalles. Se veía tan alto y fuerte como su hijo, pero poseía  mayor serenidad y elegancia. Estaba en la plenitud de la vida.
Con cada escalón que subían, Miguel retrocedía un paso atemorizado. Me di vuelta para animarlo.
—No te rindas, ahora es el momento de conocer la verdad.
—Pero...
—No sé si es culpable o no. Tengo esperanzas de que no lo sea. De lo que sí estoy seguro es de que debes escucharlo y darle oportunidad de defenderse
—Gracias, Monsieur —escuché decir tras de mí. Era una voz cálida y firme a la vez—. Es lo único que pido.
Di vuelta y ahí estaba el imponente hombre, luciendo una sonrisa amable mientras me observaba con los ojos más hermosos y tristes que he conocido en mi vida. Era la viva imagen de Raffaele veinte años en el futuro, la certeza de que la belleza de los Alençon solo se ennoblece con los años. Me dejó sin aliento.
Miguel se escondió pegándose a mi espalda y apretando mi mano hasta hacer que me doliera.
—Se que tienes motivos para temerme y odiarme —le dijo su tío—, pero, por favor, haz caso de tu amigo y permíteme explicar lo que realmente pasó.
—Cuanto antes mejor —replicó Raffaele  señalando la puerta que conducía al despacho. Su padre y Maurice se dirigieron hasta allá. Raffaele tendió su mano a Miguel y este la tomo sin soltar la mía.
—Quiero que Vassili me acompañe —exigió.
—Por supuesto, vida mía, cualquier cosa que te haga sentir mejor —respondió su amante sin disimular cierta tristeza.
Así terminé dentro de aquel salón, sentado junto a Miguel, que seguía sujetando mi mano, y frente al poderoso Duque de Alençon. Raffaele y Maurice estaban a nuestro lado. Por un momento tuve la impresión de que aquel hombre había realizado un largo viaje solo para enfrentar un juicio en su contra y que él era muy consciente de esto.
La expresión de su rostro no perdió ni por un momento ese extraño balance de amabilidad y tristeza que mostró desde un principio. Mi corazón me golpeaba agitado, sentía que estaba viviendo un acontecimiento trascendental para todos.  

Parte II

Pude estudiar detenidamente al Duque. Vestía un elegante traje blanco, negro y dorado. En el largo cabello oscuro, que llevaba atado, se veían algunos hilos de plata. Por un momento mostró un gesto inconfundible de agotamiento. Se quitó la espada y las pistolas que llevaba encima y las dejó a un lado del escritorio antes de sentarse.
—Quise venir antes pero debía atender asuntos urgentes —dijo mientras buscaba estar cómodo en su silla—. Cuando recibí las cartas de Raffaele y de Maurice quedé muy consternado. Era la primera vez que escuchaba acerca de semejante castigo.
—¿Está diciendo que no tuvo nada que ver? —soltó Miguel alterado.
Su tío lo observó de una manera enigmática, luego cerró los ojos, juntó las manos, mientras mantenía los codos apoyados en los brazos de su silla, y aspiró profundamente. El gesto me pareció el de un hombre cansado preparándose para otra batalla.
—Temo que soy el principal culpable de tu tortura, aún cuando nunca lo supe ni apoyé a tu madre —declaró.
—¡¿Qué dices, padre?! —gritó Raffaele saltando de su silla—. Me aseguraste que no tenías que ver en eso.
Miguel también se puso de pie. Ya no temblaba de miedo sino de ira. Maurice aferraba los brazos de su silla mirándolos preocupado. Tuve la impresión de que él ya había anticipado esta conversación y la reacción en sus primos.
—Raffaele, —empezó a hablar el Duque imponiendo silencio y fijando la mirada en su hijo— después que confesaste tu amor por Miguel y te prohibí continuar la relación, me desafiaste marchándote sin decir a dónde. Yo no sabía qué hacer; opté por escribir a Pauline y contarle todo. Le sugerí que obligara a Miguel a contraer matrimonio cuanto antes y prometí que yo haría lo mismo contigo. Nunca le pedí que hiciera daño a su propio hijo, lo juro por todo lo que considero sagrado. Por desgracia, igual soy culpable. Debí imaginar que ella actuaría de esa forma, la conozco desde niño y padecí su horrible personalidad durante muchos años. Así que debo pedirte perdón, Miguel —inclinó la cabeza ante su sobrino—. Si yo no le hubiera informado a tu madre, ella nunca te habría torturado como lo hizo.
—¿Quiere que le perdone? —Miguel golpeó el escritorio con las palmas abiertas quedando frente a frente con su tío—. ¿Tiene idea de lo que me hizo mi propia madre por su culpa?
—No —respondió con tristeza—. Aunque Raffaele y Maurice me lo han descrito, no puedo imaginar lo que has sufrido.
Su sobrino se quitó los guantes y expuso sus manos ante él. Las cicatrices de cortaduras y quemaduras seguían siendo igual de espantosas.
—No es posible —exclamó horrorizado levantándose para tomar entre sus manos las de Miguel, como si no le bastara con verlas para convencerse—. ¿Cómo pudo hacerte algo así?
—¡No finja que lo lamenta! —gritó Miguel apartando sus manos con violencia—. ¡Sé que me odia por haber seducido a su hijo!
En un arrebato se apoderó de la espada y la dirigió contra su tío. Él lo contempló sin perder la calma. Volvió a sentarse y exclamó lanzando un suspiro:
—Jamás pensé tal cosa. Conozco a Raffaele muy bien, estoy seguro de que fue él quien te sedujo —Miguel se sonrojó y su amante no pudo reprimir una sonrisa culpable—. Lo único que quería era que los dos entendieran su situación. Ambos son herederos de un ducado y tienen obligaciones. Lamentablemente, hice que todo empeorara.
Se levantó de nuevo con una expresión resuelta. Rodeó el escritorio y fue a colocarse ante Miguel. Sujetó la punta de la espada y la dirigió hasta su pecho.
—Reconozco que he sido el causante de todo tu dolor, aceptaré cualquier reparación o castigo que exijas.
Sin pensarlo me levanté para detener a Miguel. Raffaele también iba a intervenir. Maurice se llevó las manos a los oídos, aquello era más de lo que podía soportar. Miguel soltó la espada, cubrió su rostro y comenzó a llorar con amargura.
—¡Lo único que quiero es estar con Raffaele! —dijo al fin encarando a su tío—. Lo amo más que a mi propia vida, ¿Es eso un pecado?
Raffaele se apresuró a abrazarlo y estuvo consolandolo por unos momentos. Luego se dirigió al Duque conteniendo su propio llanto.
—Padre, te lo ruego, no puedo dejarlo. Nos amamos y un año es tan poco…
—Sabes que es imposible —respondió mortificado.
—Deja que seamos amantes en secreto. Me casaré como quieres y…
—Raffaele, sería un sacrilegio…
—¡Si no das tu consentimiento, me marcharé con él! —aseguró decidido. Miguel levantó la cabeza para verle. Él le sonrió y continuó con aplomo—. Te dejaré, padre. Huiremos a dónde no puedas alcanzarnos. Sabes que soy capaz de todo.
—Miguel tiene un hijo y una esposa… —replicó preocupado.
—¡Los dejaré! —se apresuró a decir Miguel—. Abandonaré todo por Raffaele.
—¡Los hijos nunca se abandonan! —gritó el Duque golpeando el escritorio, mostrando que también tenía fuego en las venas, como todos los Alençon—. Una vez que los traes al mundo, cargas con ellos hasta tu muerte. ¡No te atrevas a decir algo así de nuevo!
Miguel y Raffaele lo miraron desesperados. Tenía una expresión temible. Maurice se levantó y le tendió la mano.
—Tío, por favor… —suplicó.
Como si hubiera sido invocada la calma sobre las aguas tormentosas, el rostro del Duque perdió fiereza. Sujetó la mano de su sobrino y lo atrajo hacia él para secarle las lágrimas que habían escapado al verlos discutir.
—Tranquilo, Maurice. No llores, por favor.
Luego posó su mirada en su hijo, que abrazaba a Miguel como si su vida dependiera de ello. Lanzó un suspiro y sonrió derrotado.
—Haré lo que me has pedido, Maurice.
—¡Gracias, tío! —sonrió con todo su encanto y, por primera vez desde que llegó, vi la tristeza abandonar por completo el rostro de Philippe.
—Raffaele —dijo dando un paso hacia su hijo—, dejaré que sean amantes.
—¿Hablas en serio?
—¿Te parece que soy capaz de bromear con algo así? Nunca antes me habías desafiado como lo has hecho por Miguel, y él ha sufrido mucho por mi culpa. Maurice ha estado luchando por convencerme durante estos días de que sólo serán felices si los dejo estar juntos. He terminado de convencerme de eso. Espero que Dios me perdone si hago mal, pero voy a ayudarles a ser amantes en secreto.
—¿Maurice, por eso fuiste a verle? —preguntó Raffaele sorprendido.
—Escribió pidiendo encontrarse conmigo antes de que yo llegara al palacio —explicó el Duque, ya que su sobrino se limitó a bajar la cabeza avergonzado—. Ha librado una buena batalla por ustedes.
—¡Gracias, mi pequeño salvaje!
Raffaele y Miguel estaban conmovidos. No era para menos, su primo había preparado todo con semanas de anticipación y, a pesar de la pelea que tuvieron, los había intentado ayudar hasta el final.
—Hice lo que tenía que hacer —respondió Maurice abochornado.
—Pero, Raffaele, debes casarte —continuò el Duque—. Eso es inevitable. Debemos complacer la última voluntad de tu madre. Y tú, Miguel, jamás debes pensar en abandonar a tu familia.
—¿Así tendremos tu consentimientos para amarnos hasta el fin de los tiempos?
—Digamos que me haré el ciego y el sordo.
—Oh, no, padre mío. Abre bien los ojos y mírame ser el hombre más feliz que ha pisado la tierra.
Tomó el rostro de su amado entre las manos y le besó mezclando la pasión con la ternura. Los dos se abrazaron felices, sin poder contener las lágrimas y las risas.
—¿Ya estás contento, Maurice? —preguntó Philippe sonriendo con cariño.
—Sí, gracias, muchas gracias.
—Hay otra cosa de la que quiero hablarte, pero será mañana. Ahora quiero comer y dormir. Ha sido una ardua jornada.
Después de despedirse, salió del despacho y los cuatro celebramos el milagro, porque no podía calificarse de otra forma semejante desenlace. Pregunté aparte a Miguel si creía en las palabras de su tío, asintió convencido. Yo compartía la misma opinión. Aquel hombre inspiraba toda mi confianza.
Volvimos a verlo durante la cena. Maurice quiso saber sobre qué quería hablarle. Él pidió que esperara un poco más.
—Sé que no te gusta postergar las cosas, pero hoy estoy cansado.
Su sobrino se resignó. Debió hacer uso de toda su paciencia pues el Duque se marchó a Versalles por la mañana con Raffaele. El rostro preocupado que mostraron al volver, días después, hizo que temiera que sus asuntos en La Corte tuvieran que ver con la amenaza del Luis XV de desterrar a Maurice. Mi inquietud fue confirmada cuando pidieron hablar con él a solas en el despacho.
No había manera de que yo pudiera colarme en la conversación. La curiosidad me consumía. Traté de entretenerme escribiendo en los cuadernos de apuntes mis impresiones sobre el enigmático Philippe de Alençon. Miguel se presentó en mi habitación con una botella, dos copas y una sonrisa triunfante.
—¡Vamos a celebrar, Vassili! —exclamó a toda voz.
—¿Tú reconciliación con tu tío?
—No, eso ya lo celebramos. Ahora hay que celebrar que tu gran deseo va a cumplirse.
—Tengo muchos deseos y todos son bastantes grandes —dije levantándome para tomar la copa—. Tendrás que ser más específico.
—¡Hoy Maurice sabrá que ya no es Jesuita!
Tuve que sostenerme de mi escritorio para no caer de rodillas. La sorpresa me dominó por completo. Aquello no lo esperaba ni lo entendía.
—Nuestro tío ha conseguido que sus votos sean anulados. Raffaele me lo ha dicho hace poco.
—¡No es posible!
—No seas incrédulo sino creyente, mi querido Vassili.
—Eso significa…
—¡Que te llevarás a la cama a mi querido primo muy pronto! No sé si lo voy a soportar. Maurice es mi niño salvaje, ¿sabes?
—No me refiero a eso, ¿no lo ves? Maurice va a sufrir. Otra vez va a sentir que destruyen su mundo.
—Eso será al principio, luego aceptará que es imposible que sea jesuita con su mala salud y el estado en el que se encuentra la Compañía.
Recordé cómo había desesperado anteriormente, cuando el Padre Ricci atrasó su reingreso a la Compañía. Salí corriendo de la habitación y bajé las escaleras. Miguel dejó la botella y las copas para seguirme
—¿Qué pasa? —dijo al reunirse conmigo ante la puerta del despacho
—Estoy seguro de que va a estallar una tormenta.
Esperamos unos minutos y entonces escuchamos el grito de Maurice acusando a su tío de ser un traidor. Supuse que la noticia le estaba haciendo el mismo daño que una espada cercenando sus brazos y sus piernas.
Abrió la puerta. Sus ojos dorados despedían fuego.
—¡¿Lo sabían?! —gritó furioso haciéndonos saltar—. ¿Lo sabías? —me preguntó directamente, como si aquello fuera lo peor que yo podría haberle hecho. Lo negué de inmediato.
—No te enojes con ellos, no sabían nada —lo regañó Raffaele acercándose con su padre.
Maurice no se volvió para mirarlos, apresuró el paso para atravesar el salón oval y salir al jardín.
—Temo que ahora me odia —se lamentó el Duque muy mortificado.
—Lo has hecho para salvarlo, padre. Pronto lo entenderá.
—No —dije—, no va a entender nada. Ese es el problema.
Salí corriendo tras él. Imaginé cómo se sentía: Sin futuro, sin elección, como una hoja a merced del viento y en la más completa oscuridad. Tenía que ayudarlo como fuera.
Lo vi atravesar los cepos hacia el bosque donde se había reunido con los pilluelos. Fue difícil alcanzarlo, de no haberse detenido en un claro, incapaz de decidir qué hacer, no lo habría logrado.
—Seguramente estarás feliz— me recriminó cuando quise hablarle.
—No lo voy a negar, he deseado por mucho tiempo que dejaras de ser jesuita. Pero no quería que fuera de esta forma, hubiera preferido que tú mismo lo decidieras.
—Ya lo ves, así ha sido siempre mi vida —sonrió con amargura—. Me han hecho ir de un lado para otro como si fuera un mueble. Convertirme en Jesuita fue lo único que elegí por mí mismo y hasta los Borbones se han puesto en contra.
—Lo lamento, Maurice.
—Los años más felices que he vivido son los que pasé en la Compañía... Con los padres todo tenía sentido.
—Volverás a ser feliz, te lo aseguro.
—¿Cómo? ¿Dónde? Mira a mis primos… ¡Han sufrido tanto! ¿Qué crees que nos espera a nosotros? No quiero terminar casado para aumentar la fortuna de la familia… ¡Quiero ser libre!
—¡Y lo serás! —dijo el Duque tras nosotros—. Te aseguro que serás libre y feliz, Maurice. Ya no entre los Jesuitas, pero puedes ingresar a otra orden o elegir cualquier otro camino.
—¡No quiero volver a verte jamás! —gritó dejando a su tío lívido, como si en lugar de palabras estuviera escupiendo balas que impactaron directo a su corazón—. ¡Dijiste que podía volver a la Compañía!
—Sabes que todo impide que permanezcas en ella, incluso tu salud. Por eso decidí anular tus votos...
—Has decidido todo en mi vida sin tener derecho. Ahora has llegado incluso a traicionarme. ¡Te odio!
Se marchó internándose en el bosque. Le seguí. Dirigí una última mirada al Duque, que se quedó petrificado, con una expresión de dolor capaz de hacer sentir compasión a cualquiera.
A cualquiera menos al demonio al que yo trataba de alcanzar. Corrí y le sujeté de un brazo cuando temí que terminaríamos alejándonos más de lo conveniente. Quiso liberarse y lo aferré con ambas manos para obligarlo a girarse y mirarme.
—¡Trata de entender! —le grité—. ¡Lo hizo por tu bien!
—¡Lo único que entiendo es que todos se creen con derecho a jugar con mi vida! Mi tío, mi madre, mi padre... ¡Todos me han tratado como si fuera un objeto y no una persona! ¡Pero lo soy capaz de pensar y sentir! ¡Quiero decidir yo mismo el rumbo de mi vida!
—Lo sé…
—¡Me marcharé a Roma! —declaró desafiante— ¡No me importa lo que mi tío, el Rey, el Papa o tú mismo tengan que decir al respecto!
—Los Jesuitas no van recibirte, por tu propio bien. Y si lo hacen, se exponen a un escándalo que no están en condiciones de soportar. Además, tú tío quedará en una posición muy delicada ante Su Majestad. El Rey pensará que le ha mentido al decirle que ya no eres miembro de la Compañía.
—¿Cómo es posible que todo se haya vuelto en mi contra? —dijo desolado.
—Puede que sea voluntad de Dios que dejes la Compañía —me atreví a sugerir buscando animarlo.
—¿Qué dices?
—Piensa como jesuita —repliqué, odiando cada palabra—. ¿No ves que el camino está cerrado? ¿Qué otra conclusión puedes sacar?
—¿Entonces crees que Dios me ha abandonado?
Otra vez me encontré ante la posibilidad de empujar Maurice lejos de la fe. Sin embargo, lo conocía lo suficiente como para saber que, igual que es inconcebible el día sin el sol, era imposible para él sobrevivir sin creer.
—Dios te está dando otra misión aquí —afirmé tratando de mostrar más seguridad de la que sentía—. Tu familia te necesita más que los guaraníes. Gracias a ti Miguel y Raffaele consiguieron reconciliarse y ahora tienen el apoyo de tu tío. Eso sin mencionar lo mucho que me has ayudado a mí, a la gente en la calle San Gabriel y...
—¡Pero quiero ser Jesuita!
—¡Ya no puedes serlo! Deja de huir, Maurice. Es aquí donde debes estar, y no en el Vaticano o en el Paraguay. Aunque reconozco que también habría puesto el océano de por medio si tuviera una familia como la tuya.
—No me hice jesuita para huir de mi familia —replicó ofendido—, lo hice porque Dios me llamó a serlo.
—Tú mismo has dicho que todo era más fácil cuando estabas en la Compañía. Y es lógico que fuera así: lo que Ignacio de Loyola no dejó regulado en sus constituciones, era determinado por tus superiores, no tenías que decidir nada. Cada día sabías lo que iba a pasar y, como todos los miembros estaban obligado a guardar la caridad fraterna, no tenías muchos conflictos con tus compañeros. Escogiste la vida más fácil para alguien como tú.
—¡No es cierto!
—A mí no me engañas. Te aburre tener una vida ordinaria, lo he visto claramente. Te gusta ser diferente a todos. Convertirte en un misionero que se sacrificaba entre salvajes de tierras lejanas, fue una manera de complacerte a ti mismo.
—¡¿Cómo te atreves a decir eso?¡
—Los Guaraníes no eran tu familia, aunque les vieras sufrir y los compadecieras, siempre fueron ajenos a ti. Aquí te enfrentas a tu propia carne y sangre. El sufrimiento de tus primos te desgarra. ¡Por eso quieres huir!
—¡Cállate!
—¡No lo haré! Dijiste que sabía leer el alma, pues ahora estoy leyendo la tuya. Quieres volver con los jesuitas para huir de todo el horror que esconde tu familia, y del miedo a dejarte llevar por lo que sientes por mí.
—¿Ahora sales con eso? —se alejó molesto.
—Sí, porque sé bien que temes terminar herido si me correspondes. También sé que piensas que amarme es poca cosa comparada con ser parte de la epopeya que vive la Compañía de Jesús, enfrentando a los poderosos de este mundo. ¡Prefieres el martirio a quedarte a mi lado y ser un simple mortal!
Por un momento vi sus murallas tambalearse. Su expresión, sus ojos, la manera como se estremeció... todo indicó que mis palabras lo habían desnudado. Mas, él era un Alençon y, por tanto, un orgulloso guerrero. Se irguió y me lanzó un último ataque lleno de desprecio.
—¡Está claro que en lo único que piensas es en llevarme a la cama! Te juro que jamás me convertiré en un imbécil más con el que te revuelcas bajo las sábanas.
—Te amo —respondí con tristeza, después de paladear la amargura de sus palabras—. Contigo no se trata de buscar placer o regodearme en poseerte. ¡Quiero estar contigo! ¿Tienes idea de lo que me haces sufrir? ¿Qué crees que siento al ver que quieres marcharte ahora, cuando al fin eres libre de tus votos y podemos estar juntos? ¡Me estás destrozando, Maurice!
—¡Eres un hombre vano y egoísta que sólo busca satisfacer su lujuria conmigo!
Mi dolor se convirtió en ira. Recorrí la distancia que nos separaba en dos pasos y atenacé sus brazos.
—¡¿Eso es lo que piensas de mí?!
—¡Eso es lo que has demostrado ser!
Quise golpearlo, marcharme y no volver a verlo, llorar, suplicar, besarlo hasta olvidar que había pronunciado esas palabras, gritarle que era un maldito y volver a jurarle que lo amaba… todo al mismo tiempo. Me contuve. Lo liberé y le di la espalda.
—Piensa de mí lo que quieras, pero es injusto que te rebeles contra tu tío cuando lo único que ha hecho es salvarte del destierro.
—¡Yo no le pedí que lo hiciera!
—¡Eres un idiota que ignora el peligro en el que ha estado todo este tiempo! —le acusé dándome vuelta y esgrimiendo mi dedo índice en su contra—. ¿Tienes idea de lo mucho que se ha esforzado Raffaele y su padre para protegerte y defenderte ante Su Majestad?
—¡Maldigo a Luis XV y a todos los reyes que se creen dueños de nuestras vidas!
—¡Hablas como un niño! —grité acercándome con intención de abofetearlo—. ¡El mundo es como es y si no lo aceptas vas a volverte loco! —vi en sus ojos tal angustia, que mi furia se disipó y dejó paso a todo lo que realmente sentía por él—. No soporto verte desesperar de esta forma… —reconocí derrotado y lo abracé.
—Vassili… te lo ruego, haz que el mundo deje de girar desquiciado —sollozó aferrándose a mí—. Ya no puedo más… ya no puedo más…
Lloró. Su cuerpo temblaba y sus gemidos encerraban tanto dolor que, al escucharlo, mi corazón se convirtió en un ascua lacerante. No pude reprimir las lágrimas. Nuestras emociones vibraban al unísono. Aún si para mí la anulación de sus votos era una victoria, no fui capaz de alegrarme al verlo tan infeliz. No pude evitar rogar al cielo que le diera paz al hombre que amaba y que se estremecía, vulnerable y herido, entre mis brazos.
Fue quedándose sin fuerzas. Me incliné y le ayudé a sentarse en la hierba. Me arrodillé a su lado y no dejé de cobijarlo hasta terminó de desahogarse.
—Tienes razón… —reconoció después de estar un rato en silencio—. No en todo lo que has dicho, pero sí en la mayoría.
—Lo único que quiero es ayudarte. Te llevaría yo mismo con los jesuitas si pensara que así ibas a ser feliz.
—¿En serio?—replicó con incredulidad.
—Es probable que primero lucharía por convencerte de que no te conviene ir a morir de hambre como un asilado en tierras pontificias —reconocí después de pensarlo mejor.
—Eso imaginé… ¿De verdad crees que todo esto es voluntad de Dios?
—Bueno…
—Eres un tonto si lo crees —dijo tirándome de una oreja—. Ya te he dicho que todo lo que ocurre no es voluntad de Dios. El hombre puede crear desastres porque es libre. Luego a Dios le toca enmendar todo y sacar algo bueno de nuestro mal. Por ejemplo, del desastre que los Borbones han causado en mi vida por su inquina contra la Compañía, ha resultado un bien, como has dicho. Al ser expulsado del Paraguay terminé aquí y pude encontrarte… pude de alguna manera ayudarte a ti y a mis primos. Así que es probable que sea cierto que Dios me quiera aquí y yo estoy sufriendo porque soy egoísta y cobarde y ser jesuita es la vida que me resulta más fácil.
—Todos queremos una vida a la medida de nuestros deseos, Maurice. No quise recriminártelo de esa forma…
—Me abriste lo ojos. Como siempre… Y has puesto algo de paz en la horrible tormenta en la que estoy inmerso. ¡Gracias!
Me dio un cándido beso en los labios. Quise abrazarlo y alargar aquel roce, pero se resistió.
—Ahora no, debo pensar con claridad y decidir mi futuro.
—Espero estar dentro de tus planes…
—Ya veremos. Lo único que tengo cierto es que no puedo volver a ser jesuita. Pero ahora nada me impedirá seguir ayudando a la gente de la calle San Gabriel. Como tío Philippe va a querer hacer las paces conmigo, puedo pedirle un generoso donativo para mejorar el hospicio o incluso construir un hospital...
—¿Piensas manipular a tu tío? —dije escandalizado—. Realmente llevas lo Jesuita en las venas.
—Para algo tiene que servir tanta desgracia —dijo levantándose y ofreciéndome su mano.
—¿Llamas desgracia a quedarte a mi lado? —repliqué aceptando su ayuda para ponerme de pie.
—Llamo desgracia a no ser capaz de decidir qué voy a hacer mañana. ¿Crees que nos van a dejar estar juntos? Tío Philippe probablemente te corte en pedazos cuando sepa que pretendes seducirme. Y tía Severine ya debe estar planeando con quién casarme. Eres un iluso si piensas que todo va a mejorar. Pero no temas. Puedo aceptar que Dios no quiere que sea ya jesuita, pero nunca voy a dejar que me aten a un vestido sin sesos. ¡No voy a casarme!
—Tu tío ha dicho que te dejará elegir.
—Antes había prometido dejarme volver a la Compañía de Jesús, no puedo fiarme de lo que hará en un futuro. Es el Duque de Alençon después de todo. Si tan sólo mi padre me apoyara… lamentablemente, él siempre se ha dejado dominar por tío Philippe.
—¿Qué vas a hacer entonces?
—Quedarme aquí, terminar de levantar el hospicio y después Dios dirá…
—Quédate conmigo… —supliqué extendiendo mis manos hacia él.
Sus bellos ojos mostraron tristeza. Tomó mi mano y susurró:
—Tu padre quiere que vuelvas al sacerdocio. No va a dejarte libre.
—¡Huyamos! —insistí
—Ojalá lo dijeras en serio —su voz y su expresión me desconcertaron. No se fiaba de mí.
—Te seguro que lo hago.
—De eso hablaremos después. Tengo asuntos que tratar con tío Philippe.
Me di vuelta para ver el lugar que señalaba. Distinguí al Duque acercándose. Miguel y Raffaele le seguían algo distantes. Suspiré resignado y emprendí el camino de regreso. Al pasar junto a su tío, este me agradeció por intentar calmar a Maurice. Yo quise darle las gracias por lo que había hecho; como a mi amigo no le habría hecho ninguna gracia, me limité a sonreír.
Fui hasta donde se encontraban Miguel y Raffaele. Los tres contemplamos desde lejos la discusión entre tío y sobrino. Al menos Maurice le escuchaba sin estallar en un ataque de cólera.
—Lo está tomando mejor de lo que pensé —señaló Raffaele aliviado.
—Estuvo a punto de marcharse con los Jesuitas —contesté.
—Yo temí que lo hiciera apenas se enterara de que habían anulado sus votos. He pasado noches en vela desde que mi padre me escribió contándome que iba pedirle al Papa semejante cosa. No tienes idea de lo difícil que resultó. Es un favor excepcional que nos ha concedido y que nos ha costado no pocos diamantes. Su Santidad no regala su tiempo.
—Ha sido una medida extrema.
—Nuestro querido Luis XV exigía que quedara borrado cualquier nexo entre Maurice y la Compañía para olvidarse del asunto.
—¿Los Jesuitas también aceptaron a cambio de diamantes?
—No, Vassili —replicó recriminando el comentario con la mirada—. Ellos aprecian mucho a Maurice y quieren lo mejor para él. Daladier ya les había dejado saber el estado de salud de mi primo.
—Vaya, que noble de su parte… —murmuré con ironía, sin querer reconocer las cualidades de mis rivales eternos.
—Espero que Maurice entienda —intervino Miguel que no había quitado la vista de su primo y empezaba a preocuparse al verlo cada vez más enojado.
—Tiene miedo de que lo obliguen a casarse —indiqué.
—Mi padre piensa ayudarle a entrar en otra orden religiosa, porque cree que eso es lo que él quiere. Yo ya le advertí que no se precipite al respecto.
—Cierto —replicó Miguel—. Maurice detesta a casi todas las demás órdenes religiosas porque muchas se han vuelto contra los jesuitas.
—Si pudiera llevarlo lejos para que vivir juntos como amantes...
—¡Ni se te ocurra! —me regañó Raffaele—. Este es mi último año soltero, quiero que Maurice y Miguel me acompañen. Tú también por supuesto.
—No te preocupes. Él no confía en mí y no aceptó cuando se lo propuse.
—Ten paciencia. Él sabe que eres un caso perdido y que debe amarte así como eres —afirmó Miguel sonriendo. Los dos se echaron a reír. Yo no pude encontrarle la gracia
Después de una hora te tensas conversaciones, el Duque y Maurice emprendieron el camino de regreso. Nosotros nos habíamos sentado en la hierba para esperarlos. Entre ellos era patente la desavenencia, aunque parecían haber hecho una tregua.
Al llegar al palacio, el Duque entregó a su sobrino una carta del padre Petisco. Maurice la recibió con las manos temblando de rabia. La abrió de inmediato. Con apenas una ojeada su rostro se tornó carmesí. Dio media vuelta y se despidió diciendo que quería estar solo.
Fui tras él. Me dejó entrar a su habitación. Colocó sobre la mesa la carta que acababan de entregarle y la que Daladier le había traído semanas antes. Según la fecha, la última carta había sido escrita primero.
—Cuando el padre escribió que la Compañía podría no ser para mí, sabía que habían anulado mis votos —declaró furioso.
Caminó de un lado a otro, ponderando que el padre Petisco, su padre espiritual, su maestro, su guía, había sido desde un principio cómplice de su tío.
—No seas tan duro al juzgar. Igual que tu tío, lo ha hecho todo buscando ayudarte —otra vez me pregunté por qué terminaba siempre defendiendo a mis enemigos.
—Debió decirme lo que ocurría en la carta que envió con Claudie.
—Le correspondía a tu tío decirtelo.
Maurice tomó asiento de mala gana y cruzó los brazos. Por la expresión de su rostro estaba analizando la situación. Yo también lo hice. Tenía varios motivos para alarmarme ante las cartas de su mentor. Me preguntaba si realmente se encontraba en tierras vaticanas. La rapidez con que se enteró de la enfermedad de su pupilo y envió unas palabras al respecto, me hacía temer que se estaba más cerca de lo que convenía a mis planes.
A mi parecer, José Andrés Petisco era la persona más influyente en la vida de Maurice. Más que su propio padre o su tío. Le había moldeado por completo el carácter y alimentado la inteligencia con ideas que rayaban en lo extravagante. Era muy probable que si mi amigo volvía a encontrarse con él, este iba a recomendarle continuar en la vida consagrada.
De nada iba a servir la anulación de sus votos si ingresaba en otra orden y volvía a pronunciarlos. Me sentía terriblemente mortificado por esta posibilidad. Maurice no hizo mucho por aliviar mi inquietud pues, al preguntarle de nuevo sobre sus planes futuros, se sumió en un silencio hermético. Insistí en que huyera conmigo y de nuevo desestimó mis palabras. Una y otra vez pregunté por qué no confiaba en mí, se limitó mirarme con tristeza como ya lo había hecho en el bosque.
En el fondo yo mismo podía hacer una larga lista de razones por las que Maurice no debía fiarse de mí; una lista que comenzaba con los nombres de los hombres con quienes lo engañaba. Pero mi conciencia insistía en obviar ese enorme detalle. Mis aventuras en la cama estaban justificadas por mi supuesta buena voluntad. Cuando aprendemos a mentirnos a nosotros mismos, estamos a un paso de hacer el ridículo o de transformarnos en verdaderos demonios…
Para aliviar la tensión, esa noche decidí beber con el viejo Pierre. Además de querer disfrutar de su buen humor, esperaba sacarle alguna información sobre el Duque, quien me resultaba un personaje enigmático y atrayente.
Al entrar al invernadero, llevando dos botellas del mejor vino que encontré, me quedé paralizado al ver que Pierre ya tenía compañía, nada menos que Philippe de Alençon. También se encontraba su hijo Jacob, pero él parecía estar durmiendo una gran borrachera recostado sobre la mesa.
Como se encontraban al fondo del recinto, podía regresar sobre mis pasos sin que me vieran, pero el Duque mencionó a Maurice y mi cuerpo se movió por sí solo. Me escondí tras una de las mesas llenas de macetas y me acerqué a gatas para escucharlos con claridad.
—Me odia, Pierre —se lamentó el duque con una voz que revelaba cierto grado de embriaguez—. He destrozado su vida…
—Philippe está visto que no debes beber —respondió el anciano quitándole importancia al asunto—. Te vuelves llorón y estúpido. Maurice es inteligente, ya se dará cuenta de que hiciste lo mejor para él.
—Dijo que lo hacía sentir como un objeto… ¿Lo puedes creer?
—Una frase poco elaborada, cualquiera la dice.
—¡Me acusó de haber jugado con su vida! ¡Oh, Pierre, me he convertido en alguien igual que mi padre!
—¡Eso nunca!
—Él jugaba a ser Dios…
—Tú no eres como él. Siempre le llevaste la contraria. Ese maldito nunca pudo controlarte. Hasta te casaste con la mujer que te dio la gana y no con la que él quería.
—Pero hice infeliz a Isabella, incluso más de lo que él hizo infeliz a mi madre. ¡Se suicidó por mi culpa!
—Ah, cambiemos de tema…
—También le hice daño a Petite y a Raffaele… ¡Y fue mi culpa que torturaran a Miguel! Si vieras sus manos… ¡Merezco el infierno por haberle contado todo a Pauline!
—Se hubiera enterado tarde o temprano por otro medio. Raffaele no es nada discreto. El otro día besó a Miguel en el jardín. ¡Casi me desmayo!
—¡Estoy hablando en serio abuelo!
—No. Estas borracho y lloriqueas.
—¡He perdido a Maurice...!
—Ya te perdonará.
—No, no lo hará. Él nunca olvida.
Después de escuchar aquello, me arrastré hasta salir del invernadero y fui a buscar a Maurice. El Duque me agradaba. No podía decir por qué. Lo cierto es que al verle tan vulnerable me convencí de que era un buen hombre. Quería ayudarlo.
—Dime, Maurice, ¿odias a tu tío?
Mi amigo se encontraba en el salón de música, tratando de distraerse interpretando una complicada pieza con el violín.
—Por supuesto que no —dijo con seguridad.
—¿Podrás perdonarlo por hacer que anularan tus votos?
—¿Qué remedio me queda? Lo ha hecho por ayudarme, como tú bien has dicho.
—Entonces ve al invernadero y díselo. Se ha emborrachado con Pierre y no hace más que llorar pensando que lo odias.
Maurice mostró una expresión de incomodidad. Como si aquello significaba tomarse más molestias de las que quería a esa hora. Lo obligué a bajar. Luego me marché a mi habitación deseando que tío y sobrino se reconciliaran. No me atreví a espiar la escena, ya me había entrometido más de lo recomendado.
En la mañana la tensión entre ellos era menor. El Duque estaba fatigado por la resaca y se esforzaba por mostrar buen humor. Sugerí a Maurice que le explicara lo que estábamos haciendo en la calle San Gabriel. Se enfrascó en una detallada narración con el entusiasmo de siempre. Su tío sonreía feliz al escucharlo.
—Quiero conocer a ese arquitecto —dijo al final—. Me gustaría que lo trajeras esta tarde, Maurice.
—Con gusto, seguramente te agradará.
—Creo que debemos invitar a Joseph y a Théophane, después de todo, ellos están invirtiendo dinero en esa obra. Raffaele, ¿podrías ir a buscarlos junto con Miguel? Si enviamos un sirviente sería descortés.
Su hijo y sobrino aceptaron de inmediato. Yo empecé a sospechar que, a pesar de la naturalidad con que actuaba, el Duque tenía otras intenciones.
—Monsieur Du Croisés, ¿tiene planes para esta tarde?
—Pensaba acompañar a Maurice a París...
—No es necesario. Asmun puede acompañarlo. Quiero que me ponga al tanto de todo lo que han gastado antes que lleguen los demás. Si no es una molestia para usted, por supuesto.
—Será un honor —respondí felicitándome por mi sagacidad.
Había adivinado lo que Philippe de Alençon se traía entre manos, todo era una estrategia para hablarme a solas. Era muy bueno manipulando a su hijo y sobrinos, quienes se marcharon sin sospechar nada. A mí no me conocía y podía cometer el error de subestimarme. Yo ya me había preparado para la batalla.
Aunque estaba asustado porque me jugaba todo en aquel momento, tenía confianza en mi habilidad para desempeñarme en el tipo de juego que el Duque inició, uno en el que todos portamos máscaras sonrientes y ocultamos nuestras verdaderas intenciones hasta conseguir lo que queremos del otro.
—Tenía muchos deseos y hablar con usted —dijo cortés cuando estuvimos a solas en su despacho.
—¿Acerca de los trabajos en la calle San Gabriel? —pregunté haciéndome el desentendido.
—Sí, pero también sobre usted mismo.
—Es muy gentil en mostrar interés por alguien como yo.
—Estoy obligado. Se ha vuelto muy cercano a mi familia en poco tiempo.
—Se equivoca, Monsieur. Hace varios años que conozco a su hijo y a Maurice.
—Tiene razón. ¿Cómo pude olvidarlo? Maurice comentó que Théophane los presentó antes de que viajara al Paraguay. Habla y escribe mucho acerca de usted, por cierto. Todo indica que ha logrado fascinar a mi sobrino, Monsieur Du Croisés...
—¿En serio? —Dejé caer mi máscara y en aquel momento sólo fui un tonto enamorado.
—Me resulta fácil pensar que ya le conozco, mi estimado joven. Mi hijo también me ha hablado sobre usted. Incluso mi hermana Severine ha escrito cartas interminables sobre lo que piensa de su presencia en este palacio…
El Duque sonrió con candidez y yo interpreté aquel gesto como una amenaza velada. Me di cuenta de que me había internado en un pantano, y que iba a terminar hundiéndome poco a poco. Aferré los brazos de la silla esperando el zarpazo.
¿Qué pensaba de mí Philippe de Alençon? ¿Qué tanto le había influido su hermana? Ahora era yo el que estaba ante el juez y este resultaba indefinible. La idea de que quisiera separarme de Maurice me estremeció de ira y miedo. Juré en silencio que no permitiría a nadie, ni al mismo diablo, interponerse entre nosotros.

***


Parte III


—Severine considera que debo echarlo del Palacio —continuó el Duque—. Insiste en que usted es una mala influencia para los niños.
—¿Los niños?
—Me refiero a Raffaele y a mis sobrinos. Debe perdonarme, para mí ellos siguen siendo los mismos pequeños que  un día tuve en mis brazos. Como le decía, mi hermana insiste en que lo aleje, pero mi hijo ha jurado quemar el convento de las Agustinas si llego a hacer semejante cosa. Así que me debato entre complacer a mi hermana mayor y dejarla sin techo, o atender a mi instinto y ofrecerle mi amistad.
Después de haber mostrado un semblante serio y un tono severo, sonrió, se levantó y colocó ante mí su mano para que la estrechara. Quedé tan sorprendido que no pude moverme. Soltó una sonora carcajada.
—¡No tenga miedo, no voy a cortarle la mano! —Me puse de pie en el acto  y acepté su gesto—. Muchas gracias por todo lo que ha hecho por mis niños, Monsieur Vassili —añadió dándome un fuerte apretón.
—No tiene que agradecerme. Ellos me han ayudado mucho. Pero le advierto que ya no son niños.
—Lo sé bien —se lamentó—. Sobre todo se que Raffaele ya no lo es, y que las cosas que hace no son cualquier juego. Deje que me ilusione y crea que el tiempo no ha pasado tan rápido como realmente lo ha hecho.  
Empezó a preguntarme sobre mis planes futuros.  Reconocí que no tenía idea de lo que haría con mi propia vida. Él se mostró muy paternal.
—Le conviene ser prudente, Monsieur Vassili. No lo critico por dejar el sacerdocio, Maurice me contó que usted no tiene vocación. Conozco por experiencia lo pesado que puede ser cumplir con las obligaciones impuestas por nuestras familias y respeto su deseo de elegir otra vida, pero eso lo ha convertido en  blanco fácil para personas como Severine.
—Su hermana se ha ensañado contra mí sin ningún motivo.
—Ella cree que tiene la facultad de juzgar a los demás. Es una pena.
—Ya me ha indispuesto con mi padre contando toda clase de mentiras —no pude evitar mostrar lo mucho que me irritaba su hermana.
—Lamento escuchar eso. Se ha empeñado en hacer toda una cruzada para destruirlo y siempre ha sido muy tenaz. Quizá yo consiga contrarrestar un poco la mala fama que le ha creado si demuestro en público que soy su amigo. Debería acompañarme a Versalles uno de estos días, Monsieur Vassili.
—No sabe cuánto agradezco su oferta, eso sería de gran ayuda.
—Es lo menos que puedo hacer. Además, usted me haría a la vez un favor si logra que Maurice nos acompañe.
—Él odia Versalles...
—Por eso le pido que me ayude a convencerlo. Por lo que he visto usted parece conocer el arte de mover el corazón de mi querido sobrino —me dedicó una mirada curiosa, haciendo que mi rostro se sintiera en llamas—. Le confieso que estoy muy sorprendido por eso.
Acepté pensando que no perdía nada con intentarlo. Continuamos hablando de los trabajos en la calle San Gabriel. Para cuando llegaron los otros, ya lo había puesto al tanto hasta del último clavo que se había comprado.
Mi corazón latía feliz al escucharlo alabar mi buena administración.  Y no podía evitar pensar en lo atractivo y carismático que resultaba. Su aspecto me daba esperanzas de que en veinte años Maurice y sus primos continuarían siendo deliciosos.
Contemplar a los miembros de la familia Alençon reunidos, hablando del pasado, del presente y del futuro, y sentirme parte de ellos, fue un gran impacto para mí. Théophane y el Duque se trataban como viejos camaradas entre los que las cosas no habían ido bien.  Philippe se esforzaba por lograr una reconciliación. Su cuñado no dejaba de sacar del baúl de las memorias cosas para reprocharle.
Los dejamos bajo el cuidado de Joseph para mostrarle el palacio a Sébastien, mientras llegaba el momento de su entrevista con el Duque. Llevamos con nosotros al pequeño Léopold, quien había conseguido, a fuerza de súplicas, que su padre y abuelo lo incluyeran en la visita. El niño enseguida hizo buenas migas con nuestro amigo. Ese día nació su interés por la ingeniería y la arquitectura, algo que marcaría toda su vida y mortificaría a sus padres.
Sébastien se mostró fascinado por el Palacio de las Ninfas, en especial por la puerta de la habitación secreta. Comenzó a hacer toda clase de conjeturas sobre su funcionamiento. Por fortuna no preguntó por qué fue necesario crearla, no sé si por prudente o por descuidado. Vivía absorto en  su ciencia a tal grado que bien podía competir con Maurice y Daladier en ese aspecto.
Casi una hora después, el Duque, Joseph y Théophane se reunieron con Sébastien. La velada terminó con la gran noticia de que iniciarían la construcción del hospital que tanto deseaba Maurice.
—Una iglesia, un hospicio y ahora un hospital —me quejé.
—No olvides la cloaca y más fuentes de agua —replicó Maurice con orgullo.
—¿Tienes idea de lo que cuesta todo eso? —repliqué.
—¿Conoces algo mejor en qué gastar el dinero? —respondió con picardía.
—Arruinarás nuestras familias a fuerza de caridad —exclamó Théophane revolviendo los cabellos de su hijo—. Joseph mantenlo alejado de las arcas.
—Contamos con Vassili  para eso —señaló Joseph haciendo que me sintiera halagado—. Tiene todo el sentido común que le falta a Maurice.
Comenzaron a relatar anécdotas en las que se exponía claramente la excentricidad de Maurice. Él se molestó, lógicamente. Su tío hizo girar la conversación hacia otros temas logrando que volviera a sentirse cómodo.
La reunión resultó un éxito. El mismo Théophane declaró estar contento de reanudar su amistad con el Duque y Maurice estaba entusiasmado con la idea de construir el hospital. No podía menos que aplaudir la habilidad de Philippe de Alençon para conquistar hasta el corazón menos dispuesto.
Se marchó a Versalles durante el resto de la semana. Al regresar anunció que el Rey nos había invitado a una jornada de cacería. Aquello no le hizo ninguna gracia a Maurice, y se negó rotundamente a asistir.
Intenté convencerlo en privado, le dije que era una oportunidad para demostrar su lealtad y ganar la simpatía de Luis XV. Enrojeció de cólera y despotricó contra el derecho divino de los reyes durante media hora.
—Puedes enojarte cuánto quieras —contesté impaciente—,  pero, como ya te he dicho, el mundo es como es. Los reyes nos gobiernan y la lisonja es una cualidad que debes cultivar.
—¡Nunca!
—No seas obstinado.  Complace a tu tío por una vez. Él ya ha hecho mucho por ti.
—¡No puedo! No soportó el aire irrespirable que rodea a Su Majestad por todos esos lambiscones que lo acompañan.
Insistí agotando todos los argumentos que pude idear, más nada lo doblegó. Tuve que darme por vencido. Durante el almuerzo su tío volvió a insistir en la cacería. Raffaele y Miguel se mostraron entusiasmados y también consideraban que era una buena oportunidad para aliviar el malestar del Rey contra Maurice. Desafortunadamente, él seguía sin verlo así.
—¡No iré! —soltó sin titubeos.
—Eso quiere decir que ni siquiera tu amigo Vassili logró convencerte —comentó el Duque, mirándome como si se burlara de mi fracaso.
—Deja de usar a Vassili para manipularme.  Puedes ir sin mí.
—Luis quiere que le acompañe con toda mi familia. Si tú faltas, será un desaire para él. Tendré que decirle que estoy indispuesto y aplazar la cacería.
—Haz lo que quieras…
—Es una pena —comenzó a decir el Duque adoptando un aire de mártir bastante convincente—. Quería aprovechar la ocasión para mostrar ante todos mi amistad con tu padre y con Vassili. Pienso que de esa forma podría disiparse la mala fama que les ha creado Severine.
Su tío esperó unos instantes, fingiendo no prestar atención mientras su sobrino se revolvía en la silla. Luego continuó su ataque con un tono cada vez más sedoso.
—Sabes que se habla muy mal de ellos en Versalles, ¿verdad?  Viéndolos junto a su Majestad y  junto a mí, extinguirá los rumores por completo. Pero si no estás de acuerdo en asistir…
—Si ese es el caso, los acompañaré —dijo mi amigo bajando la cabeza—. ¡Pero sólo lo haré por ayudar a mi padre y a Vassili, no me pidas que hable con el Rey! —se marchó a su habitación furioso consigo mismo.
—Hay que brindar; es la primera vez que Maurice se rinde tan fácilmente —celebró Raffaele.
—Yo no pude convencerlo a pesar de haber estado insistiendo durante horas — me lamenté sorprendido de mi propio fracaso.
—Como ve,  mi querido Vassili,  yo todavía  puedo mover el corazón de mi sobrino mejor que usted —se ufanó Philippe mostrando una amplia sonrisa—. Aunque debo felicitarlo por tener un puesto de honor en su afecto.
—Ni te imaginas, padre —repuso Raffaele con malicia. Miguel hizo el favor de propinarle un golpe con el codo.
El día de la cacería llegó. Todos temíamos que Maurice se echara atrás a última hora, pero cumplió su palabra y nos acompañó hasta el Coto de Caza favorito de Su Majestad. Theophane y Joseph también nos acompañaron.
Por suerte la comitiva del Rey era más pequeña que la acostumbrada. Solamente los nobles más cercanos a su corazón estaban presentes, y estos eran pocos. Durante toda la jornada noté que Su Majestad parecía estar muy pendiente de Maurice. Incluso le llamó a su lado para conversar.
Me inquieté porque mi amigo era todo menos prudente y, por más que me había empeñado, no había logrado hacerle entender que con un monarca lo mejor es abusar de la lisonja y escatimar en sinceridad. Raffaele, Joseph, Theophane y el Duque procuraron mantenerse entre ellos todo el tiempo.
Miguel permaneció a mi lado evitando mezclarse con los demás. El ambiente de Versalles no lo intimidaba, al contrario, le ocurría lo mismo que en la taberna Corinto.  Le gustaba ser el centro de atención y conquistar a todos los presentes con su belleza y carisma.  Como esto molestaba a Raffaele, prefería quedarse  junto a mí opacándose a sí mismo.
—Además —dijo cuando le pregunté por su inusual comportamiento—, así protejo los intereses de Maurice. Eres tan promiscuo que seguramente le echaras el lazo a algún cortesano si no te vigilo.
—Me injurias al decir eso.
—¿En serio? No has parado de sonreírle a aquel Conde de ojos grandes. Y en Versalles noté que te fijabas en el pecho de la Du Barry cuando ella nos saludó.
—Puedo estar enamorado, pero no soy ciego.
—Ah, mi pobre Maurice, ¿por qué se tenía que fijar en un libertino como tú?
—Por la misma razón por la que tú has dormido conmigo más veces de las que se pueden contar…
—¡Eres un cretino!
—Supongo que a los Alençon deben gustarle los cretinos.
Los dos nos echamos a reír y nos acercamos a los demás para evitar problemas. Bien sabíamos que esos juegos de palabras podían derivar en algo más. La aparición de algunos zorros hizo que nos concentráramos en darles caza, y la idea esconderme con Miguel entre las ramas de algunos arbustos se disipó de mi cabeza.
Después de horas interminables de vano ejercicio, la cacería se dio por terminada.  Su Majestad se despidió y partió rumbo Versalles con todos sus acompañantes. Théophane y Joseph regresaron a Paris y nosotros abordamos un carruaje para viajar más cómodos. Maurice  prefirió marcharse cabalgando porque la idea de meterse en un lugar estrecho, abarrotado de gente, le repugnaba.
—Mejor así —dijo Raffaele—. Hay cosas de las que quiero hablar sin que él se entere.
—Imagino de qué se trata —respondió su padre al tiempo que daba la orden al cochero para que avanzara—. Pero antes quiero informarte que Luis insiste en que te quedes en Francia.
—Prefiero la tranquilidad de Nápoles.
—Eso le he dicho y ha dado a entender que, si no te quedas tú, tendré que hacerlo yo. Desde que murió el Delfín ha estado insistiendo en que regrese porque siempre me ha querido como un hijo. Incluso ofreció nombrarme uno de sus Ministros.
—¿Qué le has contestado?
—He pedido tiempo para pensarlo. Además, debo terminar unos asuntos en la costa africana. Los tuareg han encontrado otra mina de plata y quieren negociar más armas a cambio.
—¿Qué hay de los diamantes?
—Obtuve  suficiente para vernos libres de deudas por mucho tiempo.
Quedó claro para mí como el Duque había logrado sacar de la ruina a su familia. Lo que no entendía era si debía sentirme halagado por la confianza que me demostraba al dejarme escuchar aquella conversación, o si me consideraba tan insignificante que ni siquiera se había fijado en que estaba presente.
—Pero, ¿vas a resignarte a vivir en Francia? —preguntó preocupado Raffaele—. Tú detestas Versalles casi tanto como Maurice.
—Creo que es tiempo de volver a ocupar mi lugar. Su Majestad se ha vuelto peor gobernante de lo que esperaba. Quizá pueda ayudarlo a ser menos impopular, los idiotas que le rodean no lo aconsejan bien o temen hacerlo. Pero temo que me sentiré en extremo solo; dime, ¿vendrás a visitarme?
—Por supuesto. Puedo pasar la mitad del año contigo y la otra mitad en Nápoles. Francia queda más cerca de España, después de todo. Tú puedes ser la mejor excusa para que Miguel venga a verme. ¿Qué dices vida mía? —agregó preguntando a Miguel que se encontraba sentado junto al Duque.
—Si es tío Philippe quien me requiere, mi padre me enviará sin duda. Tal y como ha hecho este año.
—¿Me voy a convertir en su celestina? —preguntó el duque con un guiño pícaro.
—Eso temo, querido padre.
Los cuatro nos echamos a reír.
—Espero que Maurice quiera visitarme también. Dice que me ha perdonado, pero seguramente he perdido su confianza.
—Eso me recuerda lo que quería preguntarte, padre. Hoy el Rey estuvo muy extraño, parecía tener un  interés muy notorio en Maurice. Después de meses de estar despotricando en su contra y amenazando con desterrarlo, se transformó en un amable abuelo con él.
—Maurice ya no es jesuita… —respondió Philippe con tranquilidad.
—Estoy seguro de que hay algo más —insistió Raffaele—. Intuyo que tiene que ver con ciertos rumores que te comenté por carta y que tú negaste rotundamente.
—¿Eso crees? —respondió con astucia—. Bueno, puede que Su Majestad haya escuchado algo acerca de que podría ser Maurice nieto de su tío, el Duque de Orleans, y ahora quiera comprobarlo.
—¿Cómo es posible que llegara a enterarse de algo así? —insistió Raffaele sonriendo.
—Es probable que ciertos amigos a los que comenté el asunto, pidiendo su mayor discreción, no fueran muy discretos. Inesperadamente,  la idea de que Maurice sea nieto de su querido tío cambió por completo el corazón de Luis.
—¿Inesperadamente? Di más bien que tal y como esperabas.
El Duque se encogió de hombros y sonrió complacido.
—Pero has quedado en evidencia, mi querido padre. Ya no puedes seguir negando lo que esa mujer dijo.
—No te lo confirmé por carta porque es un asunto que debe hablarse tal y como estamos ahora. Estaba esperando que sacaras el tema y me alegra que lo hagas ante Monsieur Du Croisés, ya que él también escuchó a Madame Rose.
—¿Entonces es cierto que tía Petite es la madre de Maurice? —preguntó Miguel casi saltando del asiento— ¿Y también que es  hija del Duque de Orleans?
—Lo que sea verdad o mentira sobre el nacimiento de Petite y Maurice, sólo mi padre y Severine lo saben —respondió con amargura—. Mi padre se llevó la verdad a la tumba y Severine tiene intención de hacer lo mismo.
Nos quedamos expectantes antes estas palabras. Él se mantuvo contemplando el paisaje que se desdibujaba en la ventana a medida que avanzábamos. Raffaele pateó el suelo del carruaje y se levantó para quedar muy cerca de su padre, al que tenía sentado delante.
—¡Di lo que sabes! Nos han tenido engañados por años.
—Mentimos para proteger a Maurice y a Sophie—reconoció con una sombra de culpa…
—¡Dios mío! Realmente son hermanos— exclamó Raffaele dejándose caer en el asiento otra vez—. No quiero pensar en cómo van a reaccionar al saberlo.
—¡Ellos se odian!— chilló Miguel—. ¿Por qué los separaron? ¿Por qué me hicieron creer que Sophie era mi hermana? ¿Qué demonios estaban pensando?
—Calma —pidió el Duque—. Permitan que cuente todo desde el principio.
—Espera —dijo Raffaele—. Esto es algo que requiere tiempo.
Ordenó al cochero que buscara un lugar para detenerse. Terminamos en el mismo claro en el que Raffaele y Miguel habían realizado el duelo, junto a las ruinas de una iglesia. Los sirvientes continuaron su camino llevando a los perros de caza; el conductor, Asmun y los otros dos Tuareg esperaron junto carruaje.
El Duque recorrió las ruinas, tanteando las paredes como si hubiera algo interesante en ellas. Supuse que ordenaba sus ideas o buscaba el valor para decir lo que por tantos años había callado. Al comenzar a hablar, se veía como un hombre mucho mayor y su voz estaba cargada de cansancio. Tuvimos que obligarlo a llenar los vacíos que intentaba dejar en su historia.
Raffaele y Miguel se mostraron furiosos, yo me sentía angustiado. Ninguno sintió piedad por el hombre al que cada palabra que pronunciaba desgarraba por dentro. Al final quedó revelado el secreto que había intentado ocultar y que yo prefería no conocer: Maurice era un bastardo.
No sólo él. Su madre, Madame Sophie, la muy querida Petite, tenía un origen dudoso. El mismo Philippe de Alençon no sabía si realmente era hija del Duque de Orleans o de su padre, Serge de Alençon. En cuanto a la identidad de la mujer que la trajo al mundo, era algo que permanecía en la más completa oscuridad.
Tenía un nudo en la garganta, no podía creer lo que escuchaba y me limitaba a negarlo una y otra vez, diciéndome que todos estaban equivocados. Para mí, Maurice no podía ser el fruto de un desliz... La sola idea me repugnaba.
—Desde que mi padre la trajo al palacio, todos asumimos que Petite era hija de su amigo y que no era nuestra hermana —comenzó a explicar el Duque —. Pero, al crecer, empecé a tener dudas. Él llegó a afirmar que la madre de Petite fue la única mujer que amó y que por eso amaba a la niña. Siempre la trató diferente a la manera como trató a mis hermanas mayores, se podría decir que sólo a Petite y a mí nos permitió una infancia dichosa. Claro que todo cambió cuando crecimos.  
Los ojos del duque se llenaron de una extraña oscuridad. Su expresión se tornó dura. Era la imagen del odio. Raffaele tuvo que llamarle para que volviera con nosotros, y abandonara el paraje lleno de recuerdos trágicos al que se había marchado.
Siguió hablando a la fuerza. Su hermana menor era distinta a toda la familia, contrastaba con la  amargura que reinaba en el Palacio de las Ninfas. Todos la amaban, incluso Madame Pauline. ¿Cómo no hacerlo? Se mostraba siempre dulce, alegre y generosa. Cuando la esposa de Philippe se suicidó, se hizo cargo de Raffaele y lo ayudó a volver a sonreír.
—Pero cometí el error de llevarte a Nápoles, Raffaele, con tus abuelos maternos porque estaban desconsolados por la muerte de Isabella. Durante el tiempo que permanecimos allí, mi padre contrató a un pintor, un tal Ignace Leborgne, para que hiciera un retrato de Petite. Según dice Severine, Petite se enamoró de él y… mi bella e inocente hermana, se le entregó.
El odio volvió a dominar al Duque. Tuvo que caminar unos metros para calmarse. Lo seguimos y esperamos que continuara. El asunto era turbio: Madame Severine descubrió muy tarde el amorío, cuando ya la joven estaba embarazada. Escribió a su hermano para informarle de la tragedia y este emprendió el viaje de regreso de inmediato, separándose por primera vez de Raffaele, a quien dejó al cuidado de los Martelli.
Al llegar a Francia, encontró a su familia sumida en el caos porque el Viejo Duque exigía que aquel embarazo fuera interrumpido. Madame Pauline había llegado de España y apoyaba a su padre. La misma Madame Severine quería deshacerse de lo que consideraba fruto de un pecado. Sólo Madame Thérese dudaba.
—No lo permití. Sin importar quién fuera el padre, Petite era la madre. No podía matar a su hijo. Lo que no imaginé fue que se trataba de gemelos y que mi amada hermana no sobreviviría al parto.  Todos me culparon. También culparon a Maurice por haber nacido como el segundo niño que nadie esperaba… por haber venido al mundo usando el último aliento de su madre.
Para ese momento ninguno pudo contener las lágrimas. Yo sentía que mi propio corazón estaba rodeado de espinos y me desgarraba por dentro con cada palpitar. El duque extendió sus manos como si sostuviera a Maurice en ellas, mientras rememoraba aquellos momentos en los que la muerte y la vida se encontraron en el mismo punto, y disputaron la frágil existencia de un niño.
—Yo estaba destrozado contemplando el cadáver de Petite, escuchando a todos maldecirme, sobre todo a mi padre. Él quería matar al niño, decía que era un demonio porque había asesinado a su propia madre al nacer. ¡Como si el pobre niño hubiera tenido opción! Cuando lo escuché llorar con todas sus fuerzas, y vi sus ojos llenos de vida, esos ojos que a los demás les provocaban miedo, juré que lo protegería, que sería un padre para él,  igual que para la pequeña Sophie. Ya ven que he fallado miserablemente…—se recostó a una columna. Parecía desamparado.
—No, no has fallado —aseguró Raffaele—. Todo este tiempo te has comportado como su padre. Maurice lo sabe.
—Le he hecho infeliz. Y dejé que Pauline convirtiera en un monstruo a Sophie… ¡Petite jamás va a perdonarme!
—¡Basta, tío! —suplicó Miguel— Tú no sabías que mamá y tía Thérese serían tan crueles. Hiciste lo que creíste mejor.  
—¿Por qué no los educó usted? —pregunté sin poder contenerme.
—Tenía miedo —reconoció con tristeza—. Por mi culpa Raffaele se había quedado sin madre. No me sentía capaz de hacer feliz a nadie.
No pudimos decir nada más. Se sentó sobre unas ruinas, estaba agotado. Por unos minutos lo contemplé y pensé que era el hombre más desdichado sobre la tierra. ¡Cuánto dolor llevaba sobre sus hombros! ¡Cuánta culpa…! Nadie podía vivir con semejante carga. Además, nunca había intentado hacer mal. Las cosas simplemente se habían torcido más allá de lo imaginable. Me sentí movido a acercarme a él para librarlo de la pesada cruz que le aplastaba.
—Gracias…—dije doblando la rodilla derecha para colocarme a su altura—. Nunca podré pagarle el haber salvado a Maurice.
Me miró perplejo. Lo abracé. Estaba conmocionado pero tenía claro una cosa: Maurice vivía porque Philippe se había empeñado en traerlo al mundo y en protegerlo sin descanso. En medio de la oscuridad y tragedia que rodeaba su nacimiento, brillaba la luz cálida del hombre que sostenía en mis brazos, tratando inútilmente de contener sus  emociones. Mi corazón se derramaba en gratitud y veneración. Le debía todo y quería retribuírselo algún día.
Cuando recuperé la compostura, me disculpé por el arrebato. Me sonrió enternecido.
—Maurice tiene razón, usted es como rayo de sol en una mañana de invierno —Enrojecí, por supuesto. Se rió y, levantándose, me hizo incorporar. Luego palmeó mis hombros con fuerza—. ¡Gracias, Vassili! Ahora vayamos a casa. Maurice nos está esperando.  
Raffaele le abrazó también y lo besó con ternura.
—Veras, padre, que el  día en que Maurice sepa todo lo que has hecho por él, te agradecerá también.
—El odia que le mientan —se lamentó preocupado.
—Seguramente entenderá que  ha sido una mentira para protegerlo del deshonor —intervino Miguel abrazando a su tío también.
Abordamos el carruaje. Nos mantuvimos en silencio durante unos minutos, hasta que Raffaele volvió a tomar la palabra:
—¿En qué año nació Maurice?
—En 1740, igual que Sophie— respondió su padre.  
—Quiere decir que es dos años menor que yo y 4 años menor que Raffaele y Vassili —murmuró Miguel.
—¡Por eso mis recuerdos no encajaban! —declaró Raffaele como si acabara de hallar la respuesta a una pregunta añeja—. Cuando conocí a Maurice tenía apenas un año y dijeron que tenía tres. Llegué a creer que era un niño torpe o enfermizo.
—Mi madre siempre lo comparaba conmigo —comentó Miguel horrorizado—. Le reprochaba no ser capaz de hacer las mismas cosas que yo… El pobre algunas veces se sentía tan frustrado que se encerraba en su habitación a pasar la rabieta.
—¿Por qué mentiste sobre su edad? —preguntó a su padre Raffaele sin poder disimular su indignación.
—Fue idea de Thérese, para que no coincidiera con la muerte de Petite y nadie sospechara. Una vez que le entregué el niño, ella impuso su voluntad sobre muchas cosas.
—¡Le robó dos años de vida! —solté  molesto—. Fue al Paraguay  con apenas dieciocho años… —En mi mente se formó la imagen de Maurice el primer día que le conocí. Me dije a mí mismo que debí adivinar que era más joven. Recordar lo frágil que se veía en ese tiempo, y las terribles condiciones que debió soportar en las Reducciones y en prisión, hizo que me llenara de cólera.    
—En aquel momento creí que Thérese sabía lo que hacía —se disculpó el Duque—. Siempre fue una persona amable y, al casarse y dar a luz a  Joseph, se convirtió en una madre cariñosa. Después cambió. Parecía estar siempre en mi contra y  pretendió que yo no visitara a Maurice en España, cosa a lo que no accedí. Cuando me di cuenta de que el niño era infeliz con ella, pedí ayuda a Petisco. Él estaba convaleciente y no podía seguir siendo misionero, así que aceptó ser su mentor. Mis hermanas lo respetaban y él supo manejarlas.
—El padre entendía bien a Maurice, de hecho nos entendía bien a todos— señaló Miguel sonriendo ante sus recuerdos.
—A mí me tiraba de las orejas cada cinco minutos—reclamó Raffaele.
—Tú provocabas un desastre cada cinco minutos—respondió su amante con una sonrisa maliciosa.
—Al menos acerté al enviarlo —suspiró Philippe—. Petisco era mi mejor amigo y la única persona en quien confiaba. Al contrario de todos los demás, desde el primer momento pensó que Maurice no era un salvaje, ni un demonio, sino un niño inteligente y lleno de talento. Recuerdo que después de conocerlo dijo: “Maurice es un águila al que le quieren atar las alas, es lógico que se revele. Déjalo en mis manos, yo le enseñaré a volar”.
—Típico de un jesuita, todo muchacho talentoso lo reclutan para sus filas —murmuré entre dientes.
—En ese momento lo menos que imaginamos fue que Maurice iba a querer ser Jesuita. Cuando sus superiores le ordenaron ir a Loyola como maestro de novicio, Petisco lo llevó como interno a un colegio para evitar dejarlo con Thérese y Pauline. De hecho fue el primero en oponerse a que ingresara al noviciado,  pero mi sobrino demostró que su vocación era sincera. Ahora yo le he cortado las alas al anular sus votos… —volvió a mostrar remordimiento.
—Ya verás que encontrará otros cielos a los cuales lanzarse a volar —aseguró lleno de confianza Raffaele.
—Eso espero. Sea por las circunstancias de su nacimiento o porque, tal y como dijo Petisco, Dios quiso llenarlo de talento pero olvidó darle algo de sentido común, Maurice no es una persona normal. No reacciona como lo haría cualquiera y las ideas que se le ocurren siempre son extravagantes. Eso por no decir que nadie puede obligarlo a hacer algo que no quiere, que siempre está abstraído en alguna cosa y que no parece entender cómo funciona el mundo. No puedo dejar de preocuparme por él.
—Confié en él —le dije—. Lo único que quiere es ser libre.
—Debes preocuparte por Sophie. Ella es todo lo contrario a Maurice —señaló Raffaele—. Entiende perfectamente cómo funciona el mundo y quiere usar a todos para su propio beneficio.
—Lo sé. Ya de niña empezó a mostrarse cruel y le hizo daño a Maurice. Cada vez que pienso en ella me siento abrumado. Pensé que Pauline la educaría bien porque parecía ser buena madre contigo, Miguel. Además, amaba a  Petite.
—Lamentablemente su forma de amar siempre ha tenido algo de crueldad… —susurró Miguel estrujándose las manos.
—Sabes que tu madre perdió a sus primeros hijos y tú nacimiento fue   casi un milagro. Como Pauline no pensaba darle más hijos a tu padre, dijo que le convenía criar a la niña. Don Miguel aceptó reconocerla a cambio de todas las tierras que los Alençon poseíamos en España. Pero, tristemente, nunca la ha amado como a una hija. Yo no puedo verla sin recordar a mi hermana muerta, por lo que he mantenido la distancia. Es mi culpa que sea como es.
—No creo que sea tu culpa tío. Mi madre simplemente la ha educado a su imagen y semejanza. Aunque lo mismo quiso hacer conmigo y no lo logró. Así que Sophie es cruel porque así lo ha querido ella misma.
—Eso es trágico—murmuró el duque
—¿Qué pasó con el padre de Maurice y Sophie?— preguntó Raffaele cuando nos acercábamos a la verja principal del Palacio de las Ninfas.
—El maldito escapó con ayuda de Severine. La muy tonta no quería que me convirtiera en asesino —mostró una sonrisa fiera—. Envié al otro mundo a decenas de hombres en las guerras que luché por mi Rey y al único que merecía el filo de mi espada no pude encontrarlo.  
—Si es el padre de Maurice no puedes matarlo, tío Philippe.
—¡Se aprovechó de la inocencia de Petite para seducirla y abandonarla! —gritó lleno de furia— ¡Era un don nadie y se atrevió a poner los ojos en una Alençon! ¡Juro que le sacaré las entrañas el día que lo encuentre!
—A Maurice no le importará ser hijo de un don nadie.  Quizás hasta le guste —comentó Miguel después de dejar que su tío se calmara.
—¡No se lo digas jamás! —gritamos a la vez el Duque y yo
—No lo haré. Pero, mi querido tío, algún día deberías hacerlo tú.
—¡Nunca le diré que su madre murió dándolo a luz y que su padre era un miserable!
—Lamentablemente los secretos tienen la mala costumbre de salir a la luz —insistió Miguel—. Piensa en cómo se sentirá si lo averigua por su cuenta. Ya esa mujer, Rose, se lo ha dicho todo; fue cuestión de suerte que  él no creyera en sus palabras. Lo mejor es que se entere por ti.
—Dame tiempo, Miguel, por favor —recapacitó el Duque—.  Se lo diré el próximo año, ahora no. He terminado con su sueño de ser Jesuita, si le digo esto ahora... no me lo perdonará jamás —sus ojos mostraron desesperación.
—Te recomiendo que cuando se lo digas te asegures de que Vassili esté cerca. Él sabe tranquilizar a Maurice —señaló Raffaele.
—Eso he notado —respondió su padre contemplándome con sus misteriosos y hermosos ojos, esos que parecían descifrar todos mis secretos. Un escalofrío me recorrió, tuve que obligarme a no rehuir su mirada.
Atravesamos los jardines en silencio. Una vez que el carruaje se detuvo, todos nos encaminamos a nuestras habitaciones. No hizo falta que alguno me advirtiera sobre la necesidad de guardar en secreto nuestra extensa conversación. Yo era el primero que deseaba que jamás saliera a la luz que el hombre que amaba tenía semejante origen.
Traté de asimilar todo. Maurice, el ser más noble que conocía, era un bastardo. ¡Era para desquiciarse! Él seguía siendo el mismo, nada cambiaba en su fisonomía ni en su personalidad; el problema se encontraba  en mi cabeza y en mi corazón, para mí el linaje era algo determinante. Me estaba haciendo pedazos en mi interior, otra vez debía reconstruir mi manera de pensar y concebir la vida.
Fui a buscarlo en su habitación. Se había quitado la chupa y la blusa y con un paño húmedo refrescaba su pecho desnudo. Tenía el cabello suelto y los abundantes mechones le caían en desorden sobre la espalda. ¡Se veía tan exquisito!
Cerré la puerta con llave y avancé hacia él. Atrapé su rostro entre mis manos, me miró confundido.
—¿Qué pasa, Vassili?
—¡No me importa nada! —declaré convencido—. ¡Para mí tú siempre vas a ser el hombre que amo y deseo más que a nadie!
Lo besé depositando toda mi pasión en sus labios. Se quedó paralizado por unos instantes, luego correspondió con ardor. Nos acercamos a la  cama para dejarnos caer en ella, mientras continuamos atrapados en el hechizo de aquel roce tan anhelado.
Cuando quise meter mi mano dentro de su calzón, me empujó alarmado.
—¡Tío Philippe está esperándonos!
—¿Puedes bajar así? —pregunté manoseando su entrepierna, que ya se estaba abultando—. Déjame aliviarte —susurré mientras seguí acariciándolo.
Hundí mi rostro entre su cabello y busqué su cuello para lamerlo. Gimió y se estremeció perdiendo las fuerzas para resistir. Desabroché su calzón rápidamente y abarqué en mi boca su virilidad.
—¡¿Qué haces?! —chilló escandalizado.  
Me aseguré de que no dijera nada más, de que sólo pudiera gemir y temblar de placer. Cuando creí que era el momento, lo liberé. Bajé mis calzones y esperé. Se sentó y me miró confundido.
—No esperes que te haga lo mismo —dijo cuando comprendió mis intenciones.  
—Ya aprenderás a no ser tan melindroso —repliqué riéndome de su rostro enrojecido. Me resultaba excitante su inexperiencia.  
Me tendí sobre él. Nuestros miembros se rozaron y los dos ahogamos un jadeo. Los sujeté juntos pensando hacer lo mismo que en el carruaje pero, de repente, quise tentar mi suerte y dejé el mío libre.
—¿Podrías ayudarme con tu mano?—supliqué concentrando todo mi deseo en mi voz.
Fijó sus ojos en mi rostro, luego dirigió la mirada hacia esa parte de mí que suplicaba su atención. Estaba asustado. No esperé a que reaccionara, comencé a masajear su miembro con una mano mientras me apoyaba con la otra en la cama. Arqueó su cuerpo y abrió la boca en una mueca de lujuria. Sus ojos brillaron amarillos.
—Por favor, Maurice —volví a suplicar.
Sentí su mano tanteando y rodeando al fin mi carne. Sus movimientos fueron torpes, tardó en lograr imitarme,  pero el hecho de saber que me tocaba me excitó a tal grado, que llegué al orgasmo antes que él y me quedé sin aliento.
—¡No te detengas!—exigió aferrándose a mis hombros.
Continué acariciándolo, dejándome llevar por sus gemidos de placer, hasta que sentí que su semilla manchaba mi mano y mi vientre. Hundió su rostro en mi pecho, podía escucharlo esforzándose por respirar.
Al volver a ser dueño de sí mismo, me empujó molesto. Se levantó y limpió su cuerpo con un pañuelo. Arregló su calzón y buscó una blusa limpia en su armario. Me quedé perplejo. ¿Dónde estaba el hombre que unos segundos atrás había ardido en la cama?
—Maurice…—quise decirle algo.
—¿A qué ha venido esto? —preguntó cortante—. Si mi tío nos descubre, estaremos en problemas. No creas que va a ver con buenos ojos lo que hacemos. Aceptó la relación entre Raffaele y Miguel a regañadientes.
—Necesitaba decirte que te amo —dije sentándome en la cama.
—¡Puedes hacerlo sin besarme y tocarme!
—Me dio la impresión de que lo disfrutaste, es más, creo que lo necesitabas tanto como yo —repliqué sarcástico mientras me levantaba y arreglaba mi ropa.  
—Sabes bien que me cuesta controlarme. Te agradezco que no me tientes de esa forma.
—¿Por qué? Ya nada impide que estemos juntos y…
En ese momento escuchamos llamar a la puerta. Los dos nos quedamos rígidos al escuchar al Duque hablar mientras intentaba abrir.
—Maurice, quería saber si has llegado bien…
—Claro que sí, tío. Estoy cambiándome. Bajaré enseguida.
—Muy bien. Tengo los planos en mi despacho.
Cuando estuvo seguro de que se había marchado, Maurice volvió a hablar.
—Quiere mostrarme los planos de su nuevo barco.  Está construyendo una flota mercante con Joseph.
—¿Han hecho las paces definitivamente?
—Sí. Pero le hice jurar que no volverá a decidir sobre mi vida. Lo que haga de ahora en adelante será cosa mía.
—¿Puedo preguntar qué piensas hacer? Ya no tienes votos, eres libre y…
—¡Tú no lo eres! —dijo tajante—. Tú padre es muy difícil de convencer, no piensa permitirte abandonar el sacerdocio.
Me dio la espalda y se colocó la blusa. Me acerqué, lo hice darse vuelta para estar frente a frente.
—¡Huyamos a donde nadie nos conozca! Al Paraguay si quieres…
—Ya te lo dije antes, tú ni siquiera sabes vestirte solo —replicó señalando los botones de mi calzón mal arreglados.
—Aprenderé, sabes que eso no es impedimento. ¡Te amo, Maurice, por ti haría cualquier cosa!
Puso su mano sobre mis labios. Tenía una expresión dura que nunca le había visto. Me desconcertó.
—¿Realmente me amas, Vassili?
—¡Por supuesto que sí!
—No lo creo —respondió resignado—. Tú no sabes lo que quieres.
—¡No te atrevas a poner en duda mis sentimientos! —sentí que mi sangre hacía ebullición—. Estas buscando excusas. Antes nos  separaban tus votos, ahora eres libre. Podemos ser felices juntos.
—¡Nos separa tu padre y el mundo entero! —gritó —. ¿No lo ves? ¡Tú mismo nos separas cada vez que te acuestas con otros!
—¿Qué otros? —me paralicé de miedo—. ¿Qué sabes?
—Me refiero a ese prostíbulo al que vas —replicó incómodo, evitando mirarme—. Me dices que me amas y te acuestas con otros. Quizás lo que acabamos de hacer, lo has hecho miles de veces y es una rutina para ti. ¿Sabes cómo me haces sentir cada vez que me besas?
—No entiendo...
—Como una botella a la que quieres vaciar porque simplemente se te antoja. Tengo miedo de que, una vez que estés satisfecho, me dejes a un lado, completamente vacío.
—Eso nunca...
—¡Tú eres con el sexo igual que con el alcohol! No tienes límites, para ti nada es suficiente...
—Por favor, Maurice, deja de decir eso.
—Tengo miedo de que no sepas lo que quieres y que, cuando lo descubras, me deseches y me destruyas.
—Nunca haré algo así...
—Vassili, lo que siento por ti no lo he sentido por nadie —sus ojos se llenaron de lágrimas, pero se esforzó por mantener la compostura—. Para mí lo único más grande que tú es Dios, ¿entiendes?
—Yo también te amo Maurice, no tienes nada que temer.
—¡Sí lo tengo! Temo cada vez que el maldito carruaje sin el emblema de la familia desaparece del palacio. ¿Crees que no lo he notado? Temo cuando te dejo solo… temo a cualquiera que te mira… ¡Temo todo el tiempo y odio vivir de esa manera! Así que por favor no me digas tan a la ligera que me amas. Haces que mi corazón  salte y quiera correr hacia ti, ciego, sordo y completamente dispuesto a entregarse. Pero sé que si lo hago estaré cometiendo el mayor error de mi vida.
Salió de su habitación dejándome conmocionado. Me senté en la cama.
—¿Lo sabe? —dije—. ¿Cómo es posible?
En aquel momento esa duda fue como la espada de Damocles, pendiendo sobre mi cabeza amenazando con caer y partirme en dos. Podía correr tras él y preguntarle, pero de ser afirmativa su respuesta todo quedaría destruido.
Por otro lado, después que interrumpí aquella discusión con sus primos, no había vuelto enfrentarse a ellos. A mí ni siquiera me había preguntado o insinuado nada. El Maurice que yo conocía siempre confrontaba, no sabía ser sutil. No se tomaba las cosas de la manera en que lo veía hacerlo ahora.  Podía ser que no nos hubiera descubierto.
Sin embargo, algo era diferente en él. Su voz, su mirada, su actitud reflejaban un claro reproche. Al preguntarme "¿A qué viene esto?” parecía distinto, como alguien mayor, con una gravedad que dan los años o el sufrimiento. ¿Lo había descubierto todo y ahora estaba decepcionado? Eso explicaría por qué ponía en tela de juicio mis sentimientos.
Necesitaba una respuesta y fui por ella. Sólo que, como el hipócrita y cobarde que era, en lugar de ir tras Maurice, fui a ver a sus primos. Les pregunté de nuevo y ellos volvieron a repetir letra por letra su versión de aquella pelea. Que Miguel había hecho una propuesta escandalosa a Maurice y él le había golpeado como respuesta.
Decidí aceptar otra vez esa verdad. La verdad que salía de los labios de un excelente manipulador como Raffaele y de alguien acostumbrado a guardar secretos como Miguel. Hasta que Maurice no hiciera estallar la pólvora en mi cara no iba a indagar más,  no fuera a terminar encendiendo la mecha yo mismo sin querer. Nunca había tenido tanto miedo de él.
El resto del día Maurice aparentó estar de buen humor. Pasó la mayor parte del tiempo con su tío, hablando acerca de los barcos o del hospital que pensaban construir. Sabía que me estaba evitando y me resigné a soportar su frialdad por un tiempo.
Madame Severine se presentó en el palacio días después. El Duque ya había ido a verla en su convento varias veces y era la primera vez que yo los veía juntos. Por primera vez su rostro mostró alguna emoción; sonreía llena de orgullo y ternura cada vez que veía a su hermano. Ambos se demostraban verdadero cariño.
Hacia mí seguía teniendo una mirada fría y bastante despectiva. Era fácil intuir que me consideraba una molestia. Gracias a la presencia de su hermano, no dijo nada que fuera descortés. Su visita obedecía a la necesidad de decidir el destino de Madame Pauline. No había tiempo para esperar la respuesta de su esposo, el Duque de Meriño.
Cuando su padre y su tía se encerraron a hablar en el despacho, Raffaele me invitó a una bodega bajo el palacio. Había ahí unas escaleras rudimentarias que conducían a una plataforma de madera. Al subir nos encontramos ante un panel tras el que se podía escuchar a Philippe y a Madame Severine.  
—La enviaremos a España, obviamente —decía el Duque—. Su venida fue un capricho que Don Miguel concedió a regañadientes. Pero antes quiero hablar con ella.
—Volverá a gritar como loca —protestó Madame Severine—. Las Hermanas están escandalizadas por su comportamiento la última vez que intentaste verla.
—Por eso quiero que la traigas aquí. Puedes gritar cuando quiera, no me voy a dejar amedrentar. Haré que diga la verdad y que le pida perdón a Miguel .
—Estas pidiendo demasiado. Nuestra hermana no está bien de la cabeza.
—¿Cuándo lo ha estado? Siempre ha sido caprichosa, violenta y maliciosa. Aún así, va a hacerse responsable de sus actos y va a escuchar lo que tengo que decir. Soy el Duque de Alençon, no toleraré más comportamientos como los suyos en nuestra familia.
—Entiendo Philippe. Pero será tan incómodo —se lamentó afectada—. ¡Qué cosas tan terribles se ven en nuestra familia hoy en día!
—¡Oh, vamos, Severine! En este Palacio han ocurrido todo tipo de desgracias, la locura es parte de nuestra familia. Mi intención es desterrarla, quiero que toda la tragedia desaparezca y que los niños no sufran más. Por eso, después de que la enviemos a España, Pauline no debe volver jamás.
—¿Y qué haremos con Sophie?
—Creí que ella sólo seguía órdenes de Pauline, pero Raffaele dice que mostró mucha saña contra Miguel. Temo que el Duque de Meriño no quiera saber más de ella cuando sepa lo que ha hecho.  
—Entonces, nos corresponde a nosotros castigarla —dijo con solemne frialdad.
—La dejo en tus manos —respondió su hermano con remordimiento—. Ya sabes que yo no soporto verla.
—No te preocupes. Me haré cargo de ella.
—Hay otro problema: Raffaele y Miguel saben que Maurice es hijo de Petite.
—¡Santo Dios! ¿Cómo se han enterado? ¿Acaso el infame de Théophane se los ha dicho?
—No, Théophane es incapaz de hacer algo así. Lo descubrieron por una casualidad. Ya les advertí que no se lo dijeran a Maurice. Vassili  también lo sabe.
—¿Du Croisés? ¿Ese entrometido? ¡Dios santo, nuestra pobre hermana va a terminar difamada!
—No creo que Vassili se lo diga a alguien. Es un buen muchacho.
—¿También te ha hechizado ese hombre? No entiendo por qué todos le tienen tanta estima, no es más que un sacerdote libertino y borracho. ¡La ruina de su familia!
—El que un hombre pierda su camino una vez, no debería condenarlo para siempre —señaló Philippe con calidez.
—¡Es una mala influencia!
—Él puede decir lo mismo de nuestra familia. ¿Sabías que ayudó a detener un duelo que Sophie provocó entre Miguel y Raffaele? Maurice me lo contó.
—¡Dios santo! ¡Un duelo! Te advertí que no debías dejar que los tres vivieran aquí sin vigilancia.
—Déjales en paz. Pronto tendrán que cumplir con sus deberes.  Raffaele se casará y Miguel volverá con su esposa dentro de un año.
—¿Y qué hará Maurice? Ya sabes que la Orden de los Agustinos lo recibirá con gusto.
—Maurice hará lo que le plazca. Por lo pronto, va a construir un hospital —escuchamos reír al Duque mientras que Madame Severine emitía un sonido semejante a un gruñido.
—¡Philippe, deja de alentar esa locura!
—Maurice tiene un corazón noble. Un corazón que entre nosotros terminará marchitándose. Por eso dejé que se hiciera jesuita a pesar de que significaba que se iría lejos. Ahora que Dios me lo ha devuelto, voy a protegerlo y a procurar que sea feliz.
—Haz que ingrese a otra orden, o que se case.  No puedes dejarlo a sus anchas. Es impredecible y...
—Le prometí que sería libre y voy a cumplir esa promesa.
—Pero Philippe... Maurice no es racional. Mira cómo le gusta juntarse con la plebe...  
—No veo por qué te molesta. A mí su caridad hacia los necesitados me conmueve y llena de esperanza. Pienso que Dios tendrá compasión de nosotros gracias a él. Cuando vaya a juzgar a nuestra infame familia, se fijará en mi querido niño, verá que es un retoño completamente diferente y decidirá alejar el hacha de nuestro tronco.   
—No hay nada infame en nuestra familia, Philippe —contestó la mujer con un tono impaciente.
—Siempre me ha sorprendido tu empeño por engañarte a ti misma, Severine —respondió con sarcasmo.
—Dejemos esta inútil discusión. No puedes dejar que Maurice siga mezclándose con la plebe de esa calle.
—¡No voy a atarle las alas otra vez! —rugió—. Y ya no pienso hablar más del asunto.
La  Abadesa siguió tratando de convencer a su hermano, este la ignoró y salió del despacho. Ella lo siguió. Esperamos a que el sonido de sus pasos se alejara.
—¡Tu tía es una mujer terrible! —dije después que  bajamos de la plataforma.
—Sin duda, pero mi padre sabe manejarla.
—¿Qué crees que haga Maurice a partir de ahora?
—Eso pregúntaselo a él —respondió con una sonrisa maliciosa—. Pero ten cuidado con mi padre, ya has oído lo que piensa de Maurice. Si sabe que te lo quieres llevar  la cama, te va a partir en pedazos con su espada, mi querido Vassili.
Suspiré recordando mi última conversación con Maurice. El Duque era lo que menos me preocupaba.
—¿Raffaele, de verdad Maurice no sabe lo nuestro?
—¡Vuelve a preguntarme eso y te golpearé! —replicó mostrándome su puño—. El día que Maurice sepa lo nuestro, será la última vez que veamos la luz del día.
—Hay que ver cómo les gusta exagerar en tu familia—me burlé.
—Mi amigo, no has visto a Maurice verdaderamente enojado.
—Claro que lo he visto.
—Pero nunca contigo. Es más temible que el mismo diablo —salió de la bodega.
Me quedé ahí, solo entre las sombras, pensando en lo incierto que seguía siendo mi futuro. El rostro cargado de decepción de Maurice me atormentaba. La telaraña, que yo mismo había tejido con insano esmero, era ahora densa e infinita.
Raffaele me llamó y lo seguí rápidamente. Una vez más opté por dejar atrás aquellos pensamientos nefastos. Me dije a mí mismo que debía mantener la calma porque había llegado muy lejos: Maurice ya no tenía votos. El horizonte se ampliaba, podía ver ya los rayos del sol disipando las tinieblas. Todo había cambiado para mejor. Al menos eso era lo que yo deseaba con todas mis fuerzas.

2 comentarios:

  1. Hola, Eme San.
    Llevo mucho tiempo ausente, pero ya ves que he vuelto y sigo tu novela con el mismo interés.
    Un cordial saludo!
    Ari

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    1. Ari!!!!! Te extrañaba mucho! Te vas a llevar muchas sorpresas en la novela, espero que te siga gustando

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