XXI Madres Sin Entrañas


Después que Maurice se recuperó por completo, acudimos con sus primos a la calle San Gabriel. Miguel no la recordaba porque Antonio lo había llevado inconsciente a casa del doctor Charles. Para Raffaele era su primera visita. Los dos no hacían más que escandalizarse por la suciedad del lugar.
El doctor Charles arrojó una cubeta de agua frente a su casa cuando nos vio llegar. Raffaele tuvo que saltar para no terminar con los pies empapados.
—Disculpe, Monsieur. No lo vi —dijo el doctor con indiferencia cuando escuchó las protestas del afectado.


Después cerró su puerta dejando claro que realmente no deseaba ver al heredero del Duque de Alençon. Maurice no entendió la indirecta y nos hizo pasar a saludar. Los rostros de los dos antagonistas lucían color granate cuando los obligó a darse la mano.
Miguel quedó encantado con la esposa del doctor, madame Regine y con su hija Suzette, quien estaba de visita con el primer nieto de la pareja,  un bebé rollizo que no hacía más que dormir y al que habían llamado igual que a su abuelo.
Cuando vieron aparecer ante ellos al joven español con el niño en brazos, Raffaele y el doctor se pacificaron. Era una imagen adorable. Por la ternura y alegría con que trataba al infante, supuse que extrañaba al hijo que había dejado en Madrid.  Raffaele debió pensar lo mismo porque se excusó incómodo unos minutos después y salió a la calle.
Aquel día el doctor Charles no recibía pacientes. Había reservado su tiempo para su familia ya que su hija regresaría a Lyon con su esposo muy pronto. Era interesante ver que detrás de su mal carácter y de la horrible cicatriz, había un padre y un abuelo cariñoso.
Cuando salimos hacia la Iglesia escuchamos una conmoción junto a la fuente. Había gente agolpada mirando y riendo. Pero también se escuchaba llorar a un niño y chillar asustados a otros.
Nos acercamos y descubrimos con estupor que Raffaele  tenía a una docena de pilluelos desnudos y empapados lavando sus propias ropas, mientras Asmun y los otros Tuareg les echaban sendas cubetas de agua encima.
Todos chillaban al recibir el inmisericorde baño, pero parecían tomarse el asunto a juego. El único que lloraba era el pequeño de la melena horrible mientras se cubría su entrepierna y recibía serias amonestaciones del gigante de Raffaele.
—¿Qué estás haciendo grandísimo bruto? —preguntó Maurice furioso.
—Quitándoles el mal olor. ¿Dónde está Miguel?
—Se quedó con madame Suzette y el bebé.
—Mejor. Seguramente me golpearía por esto.
—¡Yo voy a golpearte!
—Pero si lo hago por su bien. Y ellos están disfrutando. ¿Verdad caballeros?
—Sí, mi capitán —respondieron varios restregando su ropa contra su cuerpo para quitarse las capas de suciedad.
—Este llora porque le he dicho que no podrá vivir en el hospicio -agregó señalando al pilluelo que lloraba.
—¿Por qué le has dicho eso?
—Porque es una niña —respondió encogiéndose de hombros.
—¡No es posible!— la expresión de Maurice indicaba que la existencia de niñas era algo que no había previsto.
—Sí, mira —haciendo gala de su estupidez, Raffaele sujetó  los brazos de la criatura y la obligó a levantarlos dejándola en evidencia ante todos.
Por alguna razón el rostro aterrado de la pequeña piojosa me recordó a mi madre: un día en que mi hermano y yo habíamos hecho llorar a una de nuestras hermanas, ella la tomó en sus brazos y nos dijo que las niñas eran como flores a las que había que tratar con delicadeza para que  no se deshojaran.
En ese instante entendimos que las mujeres y los hombres no éramos iguales. A nosotros los maestros nos daban coscorrones si no aprendíamos deprisa y nuestros padres nos tiraban de las orejas cada vez que nos portábamos mal. A nadie le importaba si nos deshojábamos de tanto zarandeo. El privilegio de ser hombre tenía sus desventajas.
Conmovido por el recuerdo de mi madre, uno que había estado enterrado en mi conciencia, empujé a Raffaele y a Maurice para alejarlos de la piojosa.
—Los dos son unos brutos —les acusé.
Me quité la casaca y cubrí a la niña. La levanté y la llevé lejos de todos los mirones. Maurice y Raffaele se quedaron asombrados por mi reacción, como si no entendieran la terrible humillación que acababan de causarle a alguien. Siguieron en la fuente hasta terminar de bañar a los pilluelos.
Intenté calmar a la piojosa en casa del doctor, con ayuda de Miguel y las otras mujeres. Seguramente la atormentaba haber descubierto que por ser diferente a los demás pilluelos no podría vivir en la casa que Maurice estaba construyendo. Le explicamos que, por su bien, encontraríamos un hospicio para niñas y eso la hizo llorar con más intensidad.
Yo estaba aterrado de dejar que siguiera viviendo en la calle, donde cualquiera podía deshonrarla. De hecho, ese había sido el destino de todas las niñas de la calle San Gabriel, una vez que crecían y sus formas femeninas se definían, alguien se aprovechaba de ellas.
La piojosa era ahora un problema y, por alguna razón, lo sentía propio. Maurice se reunió con nosotros después y dijo que debíamos llevarla a un hospicio de las Hijas de la Caridad. Madame Regine le puso un  vestido que había pertenecido a su hija, luego de asearla apropiadamente.
Cuando la vi peinada y arreglada se me ocurrió decirle que estaba bonita. Me abrazó feliz dejándome perplejo. ¡Con que poco bastaba para contentarla!
En la calle algunos pilluelos corrían desnudos alrededor de la fuente, mientras esperaban a que se secara su ropa. Cuando los tres nos reunimos con Raffaele, él tenía al resto de los niños y a un buen grupo de adultos entretenidos contándoles sobre las costumbres de los Tuareg y las características del desierto en que vivían. El relato se hacía más vivo con tres miembros de aquella raza erguidos con orgullo en medio de todos.
Asmun era el único con el rostro cubierto, los niños le miraban desde todos los ángulos para conseguir verle el resto de la cara. Él los ignoraba con majestuoso desdén. Sébastien y algunos obreros también estaban entre los espectadores.
Cuando terminó de hablar Raffaele, mucha gente quiso estrechar la mano a los Tuareg antes de irse a sus labores. Los dos adultos se mostraron cordiales. Asmun estaba abochornado porque todas las jóvenes se acercaban con descaro a pedir que les dejara ver su rostro, decían que sus ojos las habían cautivado. Su amo se burlaba cuanto quería de él.
Una mujer no se marchó como los demás. Era una anciana que nos veía escondida detrás de una carreta. Varias veces dio unos pasos hacia nosotros para luego regresar temerosa a su refugio. Sébastien se dio cuenta y fue a saludarla. Luego la trajo ante nosotros.
—Caballeros, les presento a mi benefactora, la esposa del panadero, Madame Rose.
Todos la saludamos con respeto. Ella se mantenía cabizbaja y sonrojada. Era una anciana con un rostro simpático, gruesa y que exhalaba cierto olor dulce.
Cuando Raffaele le besó la mano galante, ella le sujetó el rostro en un arrebato y exclamó embelesada.
—Philippe, cuánto has crecido, mi niño.
Él, sorprendido, preguntó si conocía a su padre. La mujer empezó a hablar con tanta emoción que las palabras se le agolparon y era difícil entenderla.  Estuvo a punto de desmayarse. Nos tenía  desconcertados.
La llevamos hasta su casa. El panadero, Monsieur Octave, nos invitó a pasar a su humilde morada, la cual era una de las mejores casas de la calle. Dejamos recostada a Madame Rose en su habitación y pasamos a una pequeña estancia donde la familia nos sirvió una copa de vino barato en agradecimiento.  Sébastien se despidió al terminar la suya para volver al trabajo.
Uno de los hijos del panadero, un hombre de unos cuarenta años, nos contó que desde que su madre vio aparecer a Maurice estaba deseando hablarle  porque trabajó en el Palacio de las Ninfas durante su juventud.
Al recuperarse la mujer quiso reunirse con nosotros. Se sentó en uno de los gastados sofás y, con aire solemne, contó que había cuidado del Duque Philippe de Alençon cuando este era niño.
—También conocí a vuestras madres. Usted debe ser hijo de Madame Pauline —afirmó señalando acertadamente a Miguel—. ¡Se le parece tanto! Y usted ha de ser hijo de Madame Thérese —dijo señalándome, cosa que nos hizo reír a todos—. Y el ángel debe ser, sin duda, hijo de la pequeña princesa, de Sophie. Es su viva imagen. Igual que Monsieur Raffaele es igual al pequeño Philippe.
—Acertó en casi todo —respondió Raffaele conteniendo su risa—. Excepto en que Vassili no es un Alençon y Maurice es hijo de tía Thérese. Lamentablemente tía Sophie murió antes de casarse.
—No es posible. El Ángel es sin duda hijo de Petite. Son iguales.
—Temo que no —intervino Maurice—. De todas formas no es raro que me parezca a mi tía.
—Sí lo es, porque la pequeña princesa no era hija del Duque y la Duquesa de Alençon. Ellos la criaron como tal pero su padre era el Duque de Orleans.
—¿De qué habla? Tía Petite era una Alençon —se quejó Raffaele.
—No señorito. Ella era una Borbón. Yo estuve ahí el día en que su abuelo trajo a la bebita en brazos. Dijo que era la hija ilegítima de su amigo Felipe II de Orleans, el antiguo Regente.  
Entonces narró la increíble historia de cómo el Duque de Orleans no quiso reconocer a su última hija ilegítima. Y como tampoco deseaba dejarla desamparada, pidió en su lecho de muerte a su amigo, el Duque de Alençon, que la recibiera en su casa. Este aceptó adoptarla con gusto porque su esposa acababa de perder otro  bebé.
—La vieja duquesa ya estaba  loca. Monsieur de Alençon le dio la niña para que se consolara. Ella jugaba con la bebita como si fuera una de sus muñecas. Todos estaban encantados con una criatura tan mona. Las señoritas no dudaron en aceptarla en la familia y Philippe no paraba de hacerme preguntas sobre la niña. Era la primera vez que veía a alguien más pequeño que él.
Aquello nos dejó sin palabras. Raffaele lucía conmocionado: su rostro perdió color y las manos le temblaban.
—¡Esto es inaudito! —murmuró al fin.
—Créame Monsieur —insistió la anciana—.  El señorito Maurice es sin duda hijo de la bella Petite.
—Pero mi tía murió antes de casarse —repuso con naturalidad Maurice, a quien el asunto no parecía afectarle.
Todos entendimos que si la historia era cierta, él era el hijo ilegítimo de Madame Sophie, la encantadora tía cuyo recuerdo era sagrado para Raffaele.
—¡Es imposible! —gritó Raffaele poniéndose de pie—. Maurice nació dos años antes de que tía Petite muriera, yo estaba con ella durante ese tiempo. Aunque era un niño, recordaría perfectamente un embarazo.
—Además, mi hermana también se parece a tía Petite —agregó Miguel—. Su historia acerca de que no era una Alençon definitivamente no es cierta.
—Su edad le debe hacer confundir las cosas, Madame —dije tratando de calmar los ánimos.
—Mi mente está muy clara. Tu madre es Petite —afirmó señalando a Maurice con seguridad—, y tu abuelo era Duque de Orleans. Tú eres un Borbón. Podrías ser un día rey de Francia.
—¡Ahora sí que dice locuras! —chilló Raffaele
—Perdonen a mi madre —suplicó el hijo de Madame Rose—. Como ha dicho este caballero, ya es una anciana. Es la primera vez que le escuchamos hablar de esto y no sabemos de dónde lo ha sacado.
—¡Es la verdad! ¿Dudas de tu madre?
—Ella siempre ha contado cosas horrendas sobre el viejo duque de Alençon, pero esto de hoy es nuevo.
—¡Pues se ha extralimitado!—soltó Raffaele —. No perdamos más el tiempo, vámonos.
—Espere, Monsieur, escuche todo lo que tengo que decirle.
Miguel convenció a Raffaele de que volviera a sentarse y la mujer retomó la palabra.
—Me acusa de mentirosa, pero todo lo que le he dicho es cierto. Comencé a trabajar en el Palacio de las Ninfas cuando cumplí los quince años. Era la primera vez que me veía entre gentes tan importantes y tenía miedo de todo. Mi trabajo consistía en cuidar del heredero de la familia junto con una mujer más experimentada, Madame Agnes. Ella quería que yo me encargara de entretener al pequeño, que estaba lleno de energía y debía pasar horas muy solitarias hasta que su hermana Severine le dedicaba algo de tiempo. La Duquesa lo veía una vez al día, por unos minutos. Como le dije, ya estaba loca y lo trataba como a un juguete. El Duque algunos días lo llevaba de paseo. Pero en esos momentos siempre le acompañaba Madame Agnes. Ella trató de evitar desde el principio que ese hombre me viera.
Entonces, aquella mujer nos mostró más de la oscuridad del Palacio de las Ninfas al contarnos que, una noche, después de dejar acostado al pequeño Philippe, escuchó a una mujer llorar. Como no creía en fantasmas siguió el sonido por el corredor hasta la otra ala del Palacio. Vio a Agnes y a una de las sirvientas ante la puerta de la habitación del Duque. Este inspeccionaba a la joven que lloraba desconsolada. El miserable  lascivo se mostró complacido con lo que veía y, sujetándola del brazo, la obligó a entrar.
—Madame Agnes le suplicó que tuviera piedad de la muchacha y él la pateó en el vientre haciéndola caer al suelo. Corrí a ayudarla. Cuando me vio, me gritó de manera aterradora que me fuera. Yo corrí y no me detuve hasta salir al jardín. Ella me alcanzó poco después. Me abofeteó, dijo que nunca me dejara ver por el duque y que guardará en secreto todo lo que había pasado esa noche.  Me quedé llorando hasta que el jardinero me encontró y me llevó a la cocina. Él me contó que su hermana también había sido juguete del duque. Que este incluso la había embarazado años atrás y le había hecho perder el niño a patadas. Yo estaba aterrada de que Madame Agnes hubiera pasado por eso.
—¡¿Pierre y Agnes son hermanos?! —exclamé sin querer.
—Oh, sí. Dígame, ¿aún siguen en el Palacio de las Ninfas?
Asentí impresionado. En mi mente no podían existir dos personas más diferentes que Pierre y Agnes. Que fueran hermanos me parecía increíble. Ninguno de los otros se sorprendió por esto, incluso Miguel lo sabía.
—Pierre me había coqueteado desde el primer día que llegué al Palacio. Era un hombre encantador. Yo era tímida y fingía no hacerle caso, pero me gustaba mucho. Todavía lo recuerdo con gratitud porque me salvó.
El viejo Pierre, en sus años de juventud, había entrado por la noche en la habitación de la chica para advertirle que el depravado Duque la había elegido, y que su hermana ya iba en camino para buscarla.
—Yo no tenía adonde ir. Mis padres habían muerto y mis tíos ya no me querían con ellos. Pierre me dio dinero y dijo que cualquier lugar era mejor que ese palacio. Me ayudó a escapar llevándome a caballo hasta París. Le dije que huyera conmigo pero él no podía abandonar a su hermana, y Madame Agnes no quería marcharse del palacio.
Ya ninguno pudo decir nada. Estábamos abrumados, no podíamos refutar sus palabras porque sabíamos que la mala fama del Duque no era infundada. Entendí que el odio que el doctor Charles sentía por los Alençon se debía a la historia de Madame Rose.
—No le presten atención a mi esposa —intervino el panadero, que había estado nervioso todo el tiempo—. No sabe lo que dice.
—Sí que  lo sé.
—Vamos mamá, deja los señores en paz.
Maurice pagó a Monsieur Octave la ración que  debía darle a todos los niños cada día, tal y como tenían acordado desde hacía varias semanas y nos despedimos con pocas palabras.  Caminamos por la calle en silencio, como si lleváramos encima un enorme peso.  De repente Miguel soltó una exclamación en español y se echó a reír.
—¿Qué te parece gracioso? —le reclamó Raffaele.
—¡Maurice, Rey de Francia y de todo lo que toque el sol! —exclamó haciendo una reverencia ante su primo con exagerada teatralidad.
No pudimos evitar echarnos a reír. Todos menos Maurice, quien no encontraba gracia al asunto.
—Imaginen su primer decreto: “Todos los Jesuitas pueden volver a Francia y poblarla de padrenuestros” —exclamó Raffaele.
—“Guerra a Portugal y España para quitarles el Paraguay” —agregó Miguel.
—“Ningún noble puede estar ocioso” —declaré haciendo mi aporte.
—Quizá me limite a cerrar prostíbulos —sentenció Maurice de mal humor, adelantándose hacia la casa del doctor.
Nos quedamos cortados por unos segundos, hasta que Raffaele me dio una dolorosa y sonora palmada en la espalda.
—Se ve que ese asunto le importa más que la Compañía y los Guaraníes. ¡Qué gran logro Vassili!
—Lástima que significa que no te perdonará si vuelves a poner un pie en ese lugar —se burló Miguel
Yo los mandé al diablo y alcancé a Maurice. El asunto quedó pospuesto porque teníamos otra cosa que hacer.
Ese mismo día la piojosa terminó en casa de las Hijas de la Caridad. Me quedé con la incómoda sensación de estar abandonándola al verla decirme adiós entre lágrimas. ¿Aquellas mujeres que habían renunciado a su maternidad, sabrían hacerla feliz?  Y lo que era más importante, ¿podríamos encontrar a alguien apropiado para cuidar a los niños de San Gabriel?
Era menester responder a esa pregunta cuanto antes. Maurice ya se había adelantado y llevaba tiempo buscando. Conocía a las Hijas de la Caridad porque había acudido a ellas cuando quiso conseguir un hogar para los pilluelos. Pero ellas sólo admitían niñas y a él no se le había ocurrido que algunos de los huérfanos de la calle San Gabriel lo eran. Los otros hospicios para varones que existían en París le parecieron tan espantosos, que decidió crear uno.  
Después de ese incidente hicimos que Renard y Aigle revisaran si había más niñas entre los otros pilluelos que se habían salvado del baño. Encontraron tres, todas muy pequeñas.
Tal y como dije antes, las niñas no duraban mucho sin que alguien las atrapara. Terminaban antes de la adolescencia trabajando en alguna casa como sirvientas o  vendiéndose en la calle. Los hijos que nacían de su desdicha iban a parar a la misma calle en la que ellas se criaron. Los varones se marchaban a trabajar como marinos u obreros al crecer. Aunque no pocos terminaban en la cárcel.
Eso si sobrevivían a los temibles inviernos, que no tenían misericordia con su escasez de techo, ropa y alimento. Era menester darles un hogar, ya no por complacer a Maurice, sino porque no podía dejar de preocuparme por ellos.
Maurice estaba tratando de convencer a las Hijas de la Caridad para que se encargaran del hospicio. A mí no me agradaban esas mujeres que, aunque no eran monjas, hacían votos renunciando a todo lo que podría hacerlas fecundas. Mi amigo no opinaba igual, para él se convertían en madres espirituales y desarrollaban una vida plena al entregarse al servicio de los demás en nombre de Dios.
Discutimos sobre su idoneidad muchas veces, ninguno cedió en su punto de vista. Sin embargo, los dos coincidíamos en que lo mejor para cualquier niño, incluyendo a los pilluelos de la calle San Gabriel, era tener un padre y una madre, pero ¿dónde conseguirlos? Había que conformarse con lo primero que surgiera.
En los siguientes días Miguel volvió a acompañarnos a San Gabriel para visitar al nieto del doctor. Incluso compró un bello camisón para regalarle. Disfrutaba de poder cargar al infante y hablar sobre su hijo. Entre las muchas cosas que contó, recuerdo que dijo haber insistido en estar presente durante el nacimiento y que el bebé pasó directamente de los brazos de la partera a los suyos. Su esposa, al ser muy joven, estuvo débil después de aquel trance. Él se entregó con devoción a cuidar de ella y de su hijo durante semanas.
Entendí que Miguel se reprimía de mencionar  estas cosas delante de su amante para no herirlo, por eso aquellas mujeres se habían vuelto una excusa para ventilar los recuerdos que él consideraba más hermosos. El amor que destilaba en cada palabra, el destello de felicidad en sus ojos y la ternura que irradiaba toda su figura, indicaba que aquel niño lo había salvado de convertirse en un ser en el que sólo existiera resentimiento. Me alegré de que hubiera encontrado alivio a su tremendo dolor por todo lo que Raffaele, su madre y su tío le habían hecho.
En cuanto a su esposa, al hablar de ella no lo hacía como un enamorado, sino como alguien agradecido.  Ciertamente que a Raffaele no le hacía ninguna gracia escucharle hablar de la joven María Luisa y del pequeño Rodrigo. Ellos eran una incongruencia en la historia de amor que él deseaba reescribir con Miguel. Aunque, siendo sincero, yo mismo no entendía todo lo que había detrás de su incomodidad cuando salía a relucir  aquella situación.  
Lo que sí entendía era que estaba presenciando una conversación entre mujeres que tenían en común el hecho de ser madres. Yo las observaba fascinado desde el dintel de la puerta de la habitación en la que se refugiaron porque la casa estaba llena de pacientes otra vez. El doctor no podía tomarse muchos días de licencia sin que el frente a su casa se llenara de menesterosos suplicantes.
Al salir para reunirnos con Maurice y Sébastien en la Iglesia, me atreví a preguntarle a Miguel si le hubiera gustado dar a luz a su hijo.
—¿Por qué demonios me haces semejante pregunta? —respondió alterado, pero manteniendo la voz baja ya que estábamos en medio de la calle.
—Porque me he convencido de que el cielo se equivocó al hacerte hombre, cuando estarías tan a gusto siendo mujer.
—Vassili, sé que te parece gracioso pero…
—Lo digo en serio. No me estoy burlando —susurré—. Me gustaría que fueras mujer como deseas.  
—Raffaele se burlaría —se lamentó luego de estar unos segundos en silencio.
—No lo creo. Algún día deberías hablarle de cómo te sientes, así no tendrías tanto miedo de estar a solas con él en la cama. Empiezo a pensar que no es sólo por los malos recuerdos que tiemblas.
—Vassili… ¿Me ves como una mujer en la cama?
—Te veo como quien eres. Siempre te veo como quien eres.
—Esa es la respuesta más evasiva que me han dado. Pero, también, la que me hace más feliz.
—Si estuviéramos en la Habitación de Cristal te lo diría de otra forma.
—Si Maurice y Raffaele te escuchan…
—Espero que no lo hagan. Permíteme dejar claro algo, la forma como te veo no es igual a la manera en que los veo a ellos. Tú eres definitivamente distinto y para mi está bien que lo seas.
—Gracias… por verme y no cerrar los ojos como hacen ellos.
—Ellos simplemente no saben lo que están viendo porque tú no se lo has mostrado con claridad. Dile a Raffaele cómo te sientes. Estoy seguro que su respuesta será que está bien para él. Y si no es así, puedes molerlo a golpes. Yo te ayudaré con gusto —enlacé mi brazo con el suyo y le invité a continuar caminando.
—Eres un tonto —se rió—. Raffaele es tan fuerte que puede con nosotros dos.
—Maurice seguramente nos ayudará. Le encanta patear a Raffaele.
Su risa inundó la calle y yo respiré aliviado. Me había metido en un buen lío al decirle aquello. De nuevo me dejaba llevar y terminaba enredándome en la telaraña. Lo cierto es que no tenía idea de cómo reaccionaría Raffaele si se enterada de que Miguel se consideraba a sí mismo una mujer en el cuerpo equivocado. Temía que el muy bruto no mostrara la más mínima sensibilidad y se burlara destrozando a su ya muy herido amante.
¿Para qué demonios alentaba a Miguel a mostrarse tal cual era ante el hombre que amaba? Supongo que por ser lo suficientemente sabio e intuitivo como para darme cuenta de que era la única forma en que sería feliz. Necesitamos que el amor toque todos los rincones oscuros y las formas más grotescas que poseemos. Vivir con una máscara ante la persona que amamos es asfixiante.
Yo lo sabía bien porque vivía atormentado al tener que ocultarle a Maurice mis infidelidades. Deseaba que fuera capaz de entender por qué no podía dejar de ver a Sora y por qué me acostaba con sus primos a pesar de amarlo a él y solo él.  Claro que primero debía entenderlo yo, y perdonarme a mí mismo  por ser el hombre débil y libidinoso que con mi comportamiento demostraba ser.
Miguel había aprovechado la visita para dibujar al nieto del doctor en los brazos de su madre. Quería usarlos como modelos para el cuadro del nacimiento del Niño Jesús. Yo le había pedido que realizara las pinturas que debían ir en el retablo, él aceptó encantado. Maurice prefería relieves de madera policromadas, pero su costo resultaba excesivo. Lo convencí a duras penas de resignarse a algo más modesto pero no menos hermoso.
Al regresar al palacio los dos primos se dirigieron a Nuestro Paraguay para continuar su tarea. Miguel tuvo la excelente idea de usar a Maurice como modelo para el Ángel Gabriel, este no tuvo más remedio que posar por horas, sobre una silla y en distintas posiciones, hasta que el quisquilloso artista estuviera satisfecho. Raffaele y yo actuamos como simples mirones.  
Husmeando entre los materiales de Miguel, encontré un cuaderno lleno de dibujos de un precioso niño que debía rondar los seis años. Pregunté si era otro modelo para el retablo y respondió que se trataba de su hijo Rodrigo. Raffaele se acercó con sigilo para observar, aquellas imágenes al parecer lo hacían sufrir. Disimuló lo mejor que pudo.  
Había alrededor de cien dibujos. Todos fueron hechos durante el breve tiempo que Miguel llevaba en Francia. Lo muy detallados y hermosos que eran, indicaba en cierta forma lo mucho que era añorado aquel niño.   
—Rodrigo crece muy rápido —comentó Miguel sin querer—. Temo que cuando yo vuelva a España luzca diferente.  
—Siempre se parecerá a ti. Eso no lo dudes —le consoló Raffaele besándolo en la mejilla con ternura—. Por cierto, Théophane ha escrito preguntando por la jornada de cacería…
Lo miré maravillado. Aquello obviamente se lo sacaba de la manga para distraer a su amado.
—Es cierto, teníamos todo a punto antes de que me enfermara —exclamó Maurice saltando de la silla—. Podemos invitar a todos para esta semana.
El entusiasmo empezó a circular entre los tres primos y la melancolía del español quedó hábilmente cubierta gracias al ingenio de Raffaele. Lamentablemente, su irreflexiva manera de resolver las cosas volvió a ponerme en un aprieto: le había sugerido a Théophane que acudiera acompañado de toda su familia y esto incluía a Virginie, la mujer a quien yo más temía en el mundo.
Cuando me enteré, un día antes de que arribaran los invitados, le reclamé a Raffaele su imprudencia contándole sobre el incidente entre su primo y Virginie. Se limitó a reírse a carcajadas de Maurice.  
—No es cosa de risa —le reclamé—. No quiero a esa mujer aquí.
—Perdona, Vassili. No fue mi intención.
—Claro que no lo fue — recalqué con ironía—. Tú solamente quieres distraer a Miguel para que no piense en lo mucho que extraña a su hijo y decida volver a España.
—¡Exacto! ¿Fui tan evidente?
—Lo que siempre dejas en evidencia es que eres un idiota, con razón Miguel no te dice nada de… —me detuve al darme cuenta de que no debía revelar secretos de otros.
—¿Qué dices?
—¡Que eres un solemne idiota!
Raffaele estuvo insistiendo en saber qué le ocultaba Miguel y yo me deleité en torturarlo con mi silencio. Al final los dos dejamos de hablarnos por varias horas. Cuando Maurice se enteró de que Virginie asistiría a la jornada de cacería, fue necesario sujetarlo para que no terminara golpeando a su primo.
—Entiendan que lo he hecho porque quiero reconciliar a Théophane con mi padre —se justificó Raffaele—. Tía Severine hizo que toda la Alta Nobleza repudiara la relación entre el tío y Virginie, y él cree que mi padre también tuvo que ver en eso. Mi padre aprecia mucho al tuyo, Maurice. No es justo que estén enemistados por las intrigas de una abadesa ociosa.
—Bueno…  visto de esa forma…
—Además, ¿cómo esperabas que yo adivinara que te atreviste a besar a tu madrastra? Eso realmente no lo hubiera imaginado jamás.
Las palabras y la risa burlona de Raffaele  renovaron la furia de Maurice. Aquella fue una larga batalla en la que  Miguel y yo nos sentimos como espectadores en el coliseo romano.
El día en que nuestros invitados llegaron, Maurice estaba nervioso y yo agonizaba. Mi amigo saludó a la joven amante de su padre con la naturalidad que fue capaz de simular, la cual resultó ser muy poca. A partir de ese momento los dos desarrollaron un juego privado de cazador y presa, ella buscaba hablarle a solas a cada momento y él la evadía todo el tiempo.
Yo me empeñé en permanecer al lado de Maurice y evitar los avances de la joven. Se veía a leguas que estaba perdidamente enamorada y esto la hacía imprudente. Suerte que todos estaban haciéndose los ciegos ante su drama.
Bernard y Clément también se presentaron. Etienne y François declinaron la invitación, dando como excusa el escaso tiempo que disponían debido a sus estudios. Además de la compañía de estos amigos, pude reencontrarme con mi querida Adeline. Mi admiración por ella creció, se había convertido en una mujer aún más hermosa y plena de lo que ya era.
Verla con cinco meses de embarazo y rodeada de sus tres hijos, Léopold de diez años, Oscar de 0cho y Théophane de tres, me impresionó gratamente. Ahora no sólo era mi ideal de mujer sino la encarnación de una maternidad amable. Miguel se convirtió en su amigo de inmediato y no perdió ocasión para jugar con sus hijos.  Raffaele sufría, su estrategia de distracción terminó teniendo el efecto contrario.
La primera noche todos nos retiramos a nuestras habitaciones temprano para poder levantarnos antes del alba. Yo me encontraba haciendo un sumario del día en mi cuaderno de apuntes, como era mi costumbre, cuando Miguel entró intempestivamente.
—¿Qué haces aquí, Vassili?
—Eso te pregunto yo.
—¿Cómo puedes dejar a Maurice solo teniendo a esa víbora en casa?
—Si te refieres a Virginie, no creo que intente nada durante la noche. Y si lo hace, será peor para ella. Ya sabes cómo es Maurice.
—¡Que idiota eres! No tienes idea de lo que una mujer enamorada es capaz de hacer. Además, nada es más persuasivo que las lágrimas de una linda jovencita, Maurice no sabrá cómo defenderse de sus gimoteos.  
Empecé a inquietarme. Dejé lo que estaba haciendo y lo acompañé a la habitación de Maurice. Raffaele esperaba en el corredor, amparado en las sombras, mientras  vigilaba el territorio.
—Aún no ha lanzado su ataque —dijo respondiendo a una seña de Miguel—. Puede que lo deje para mañana.
—Lo dudo. En la cena estaba devorando a Maurice con los ojos y seguramente ha quedado con hambre.
—¿Y qué se supone que vamos a hacer? —pregunté molesto—. ¿Esperar aquí toda la noche?
—Silencio… —susurró Raffaele señalando una luz que se aproximaba desde el otro extremo del corredor.
Era Virginie. Realmente era ella. Traía un quinqué en una mano y con la otra levantaba un poco su holgado camisón para poder caminar. Tenía el cabello suelto, los pies descalzos y el rostro sonrojado. Era una virgen que venía a ofrendarse sin reservas. Estaba tan hermosa que me llené de temor y odio.
Antes que tocara a la puerta de Maurice, avancé hacia ella. Dio un salto al verme entrar en el halo de luz que irradiaba su lámpara.
—¿Madame Virginie, acaso se ha perdido?
—¡Monsieur Du Croisés! Yo estaba... yo quería…
—Temo que se ha confundido. Esta no es la habitación de Monsieur Théophane. Debe dar vuelta y caminar unos metros hacia allá.
—Yo…
—¿O acaso busca a otra persona? Esta es mi habitación, ¿necesitaba algo de mí?
—No Monsieur, perdóneme. Me he confundido. Buenas noches.
Se marchó corriendo con el rostro encendido por la vergüenza. Sonreí triunfante.
—¡Qué cruel Vassili! —se burló Raffaele
—¡Eres temible cuando estás celoso! —celebró Miguel.
—Después de todo lo que he pasado con Maurice no voy a dejar que nadie más se interponga. ¡Ya tengo bastante con tener a Dios y a la Compañía de Jesús como rivales!
—Me pregunto si Virginie lo intentará de nuevo. Deberíamos hacer guardia —propuso Raffaele divertido.
—Yo me encargo de este asunto. Ustedes pueden ir a dormir.
Toqué a la puerta. Maurice no respondió. Intenté abrir y descubrí que mi amigo no había cerrado. Temblé pensando en que aquella mujer pudo haber entrado sin problemas para mostrarle su delicioso y tentador cuerpo.
—Buena suerte... —escuché susurrar a Miguel antes de cerrar la puerta tras de mí.
Maurice se encontraba en su habitación secreta leyendo. Se sorprendió al verme. Me quité la casaca y la chupa y las fui dejando en el respaldo de un sofá mientras le ponía al corriente de mis intenciones.  
—Virginie estuvo a punto de entrar a tu habitación para seducirte, así que voy a dormir aquí esta noche. Tú puedes seguir trabajando, dormir en el diván o acompañarme en la cama.
—¿Qué dices?
—Que esta noche soy el guardián de tu voto de castidad. No pienso dejar que esa arpía con cara de ángel se lleve lo que yo tanto he buscado.
—No entiendo nada.
—Lo único que debes entender es que voy a dormir contigo esta noche por tu propio bien.
—¡Estás loco! —se levantó y me empujó para obligarme a marchar—. ¡Tú y yo no podemos dormir juntos!
—¡No intentaré nada, sólo dormiremos! Puedes creerme, por favor, confía en mí.
—Vassili, no entiendes. Yo no puedo estar contigo a solas sin pensar en lo que hicimos en el carruaje. Hasta cuando estamos  acompañados, basta con mirarte para sentir de nuevo el deseo de besarte y…
—¿De verdad? —lo sujeté y lo atraje lleno de felicidad—. ¡Yo me siento de la misma forma!
—¡Exacto! —me empujó para liberarse—. Por eso no puedes dormir aquí. ¡Vamos, vete a tu habitación y deja de inventar excusas tontas!
Me sujetó del brazo y, demostrando una fuerza que no aparentaba tener, me llevó a rastras hasta la puerta de su habitación. Yo insistí en que lo hacía para protegerlo, pero él llegó al extremo de llamarme mentiroso.
Cuando nos encontrábamos a unos pasos de la puerta, escuchamos que llamaban suavemente. Maurice me miró perplejo. Lo hice a un lado y abrí para encontrarme con los ojos de Virginie a punto de salir de sus órbitas. La joven trató de hablar sin lograr articular ninguna palabra coherente. Yo mantuve la puerta entornada para que no viera a Maurice y le sonreí con malicia.
—Madame Virginie es la segunda vez que viene a mi habitación esta noche. Parece que realmente desea algo de mí.
—Perdóneme, Monsieur. Yo…
Se mordió los labios y las lágrimas comenzaron a escapársele. A la luz del quinqué pude ver que su rostro estaba tomando un color escarlata intenso.
—Vuelva con Monsieur Théophane y deje de ponerse en ridículo —le dije con severidad—. Maurice tiene una buena impresión de usted, no se arriesgue a perder eso. Él considera aquel beso un error que no piensa repetir.
Se tornó lívida. Estuvo a punto de refutar mis palabras pero cerré la puerta y la dejé sola con su idilio maltrecho en medio del corredor oscuro. En mi corazón no había una pizca de piedad hacia ella. Le temía, la odiaba, deseaba que desapareciera para siempre de nuestras vidas. Así eran mis celos… y así también era mi amor por Maurice.  


***

Parte II
Esperé ante la puerta. Maurice se acercó para escuchar. Pudimos percibir algunos sollozos y luego los pasos de Virginie alejándose.
—¿Te has convencido ahora, Maurice? —le regañé—. Ella venía para seducirte.
—¡Es mi culpa! —se lamentó recostando su frente en la puerta—. Si no la hubiera besado… Debo hablar con ella y hacerle entender que… ¡No sé qué voy a decirle!
—No le digas nada. Yo ya le he dicho lo que tenía que saber.
—Pero, Vassili, es muy cruel dejarla así… —se dio vuelta para verme—. Estaba llorando y…
—¡No importa que llore! ¡No te acerques a ella, por favor! —apoye mis manos en la puerta, colocándolas a ambos lados de sus rostro—. ¡No soporto que le hables, que la veas o que siquiera pienses en ella! ¿No te das cuenta? Virginie es tan hermosa… si llega a seducirte de nuevo… yo…
Mi voz se quebró. Cerré los ojos queriendo evitar que escaparan mis lágrimas. Estaba temblando y eso me humillaba terriblemente. ¿Por qué demonios tenía que sentirme amenazado por la belleza de esa mujer?
—Vassili, siempre sufres sin necesidad —dijo sonriendo—. Lo que sentí por Virginie fue producto de la soledad y la confusión en la que estaba. No creo que vuelva a repetirse.
—¿Y yo qué soy para ti? —me asustó verle relativizar aquello—. ¿También a mí me vas a olvidar cuando tus jesuitas te llamen?
—Tú eres un gran problema para mí —susurró acariciando mi rostro con el dorso de su mano—. Eres el único que despierta mi deseo y me hace olvidar todo con un simple beso. Virginie no me hizo sentir como tú lo haces —Acercó sus labios a los míos y los dejó a escasos milímetros. Su aliento me acarició.
—¡Maurice! —lo besé y los dos nos dejamos llevar.  
Quise guiarlo a la cama, él aprovechó para empujarme y alejarse de mí.
—Como te dije, no puedo estar cerca de ti.
Entró en su habitación secreta e hizo que la puerta se cerrara dejándome confundido y furioso al principio. Luego, al recapacitar en todo lo que había dicho, me sentí aliviado y feliz. Maurice era mío ya en cierta forma. Dormí en su cama con una plácida sonrisa en mi rostro, ni los arañazos espectrales que volvieron a acunarme esa noche, lograron borrarla.
Maurice me despertó abruptamente en la mañana. Estaba entusiasmado por la jornada de cacería y lo primero que hizo fue desplegar sobre la cama la enorme caja en la que guardaba sus armas. Yo me levanté a regañadientes, como un gato perezoso, lamentando por anticipado todo el trajinar que me esperaba ese día.
—Date prisa Vassili. Ve a vestirte o partiremos sin ti.
—Me harían un favor —respondí rodeando la cama para colocarme a su lado—. No le encuentro sentido a perseguir un animal por el bosque.
—Cuando lo tienes servido en la mesa, siempre lo comes sin protestar.
—Me basta con que lo compren en el mercado. No veo para qué hacer el esfuerzo de darle caza uno mismo.
—¡Vassili, no puedo creer que no te gust…!
Sellé sus labios con un beso que él no esperaba. La pistola casi se le cayó de las manos.
—Eso fue por dejarme solo anoche —le dije antes de que protestara—. Y esto es por levantarme con tan poca delicadeza —volví a besarlo.
—La próxima vez enjuaga tu boca antes —rezongó apartándome—. Apestas.  
—Hacerte el amor va a ser un problema si te pones tan remilgado. Hay ciertas cosas apestosas que quiero meterte en la boca y en otras partes...
—¡Qué demonios!—chilló furioso apuntándome con la pistola descargada—. ¡Lárgate de una vez!
Salí de su habitación soltando una carcajada. Me divirtió ver cómo su rostro mostraba todas las tonalidades de la vergüenza a medida que imaginaba lo que le había dicho. Maurice era todo lo contrario a Sora, Raffaele o Miguel. No tenía malicia ni experiencia real en la cama, por eso mismo pensar en sumergirlo en los parajes del placer era ya una obsesión para mí. ¿Qué clase de amante sería? Anhelaba descubrirlo cuanto antes.
Con los primeros rayos del sol todos en el palacio estaban en plena actividad. Los sirvientes ya tenían los perros y los caballos preparados en el jardín y un enjambre de voces animadas llenaba el lugar. Joseph y Adeline se encontraban ante la puerta. Al acercarme escuché cómo él la tranquilizaba amablemente y se despedía. Ella estrujó su pañuelo, se dio media vuelta enojada y quedó frente a mí.
—Monsieur Vassili, gracias a Dios que está aquí —dijo mostrando alivio—. ¿Puedo pedirle que cuide de mi Léopold durante la cacería?
Me bastó una mirada para entender su preocupación. Raffaele le estaba ofreciendo un caballo al niño, mientras Maurice y Miguel le enseñaban cómo cargar un mosquete y Joseph se concentraba en inspeccionar su propia montura. Era lógico que Adeline pensara que sólo podía contar conmigo para mantener a su primogénito a salvo. Este había insistido en participar en la cacería y su padre lo había permitido desesperando a la aprensiva madre.
—No se preocupe Madame. Velaré por el pequeño durante toda la jornada.
Ella me regaló una preciosa sonrisa y empezó a darme recomendaciones sobre qué debía y qué no debía dejarle hacer al niño. Me di cuenta de que le costaba mucho adaptarse al carácter independiente y arrojado de su hijo mayor. ¡Pobre Adeline! Todos sus hijos nacieron aventureros y con deseos de volar pronto del nido. Para colmo Joseph prefería alentarlos que verlos como nobles cebados por el ocio y las comodidades.
Durante la cacería, Léopold iba a caballo con su padre y este se abstenía de participar activamente en la cacería. A los dos se les veía aburridos y me ofrecí a llevar al niño. Este no me tenía confianza y se negó. Lo convencí al decirle que así su padre podría lucir sus dotes para la caza. Raffaele, Maurice y Miguel estaban llevándose todas las presas.
A partir de ese momento, Joseph fue un duro competidor y su hijo lo contempló lleno de orgullo mientras galopaba dando caza a un zorro escurridizo. Nada nos embellece tanto como la mirada de nuestros hijos. Para Léopold su padre era más grande que Belerofonte  montando a Pegaso.
Cuando  la cacería estaba por terminar, me desvié hacia el lago para que mi invitado gozara de la vista. Maurice se nos unió. Recorrimos la orilla hasta que los demás nos buscaron para emprender el regreso. El niño durmió recostado a mí todo el trayecto hacía el palacio. Desde ese día fuimos grandes amigos.
Al llegar, lo llevé con su madre que esperaba sentada en el jardín bajo un elegante parasol. Él se echó feliz a sus brazos y le contó en pocos minutos todo lo que había visto y hecho. Adeline escuchó tratando de disimular su inquietud cada vez que le decía algo que le sonaba peligroso.  Luego lo envió con una sirvienta a cambiarse.
—Gracias por todo Monsieur. Léopold parece haber disfrutado mucho.
—Ha sido un placer.
—Y también le agradezco la ayuda que le prestó anoche a Virginie. Ella me ha contado todo, dijo que la hizo entrar en razón. La verdad es que yo ya no sabía cómo disuadirla. Estaba completamente ciega.
—¿Y cómo se encuentra ahora?
—Decidió regresar a la Villa después de que ustedes se marcharon esta mañana. Creo que es lo mejor que podía hacer.
—Me alegro.
Luego volvimos a hablar de su hijo y en algún momento los dos nos reímos a carcajadas. Sentí entonces una extraña sensación, como si una corriente helada me recorriera la espalda. Miré a mi alrededor y descubrí a Maurice observándonos con sus bellos ojos amarillos destilando furia. Por un momento me asusté. Luego me sentí triunfante, sus celos eran una buena señal.
Me despedí de Adeline y fui hacia él. Antes de que dijera cualquier cosa, susurré en su oído que era el único a quien amaba. Se sonrojó. Dio media vuelta y subió las escaleras a la carrera. Yo quise tener a la mano una copa de vino para brindar por aquel momento.
Durante la cena y el resto de la velada, la conversación entre todos fue, como era de esperarse, muy animada. Théophane disculpó a Virginie diciendo que la joven se había ausentado por no sentirse bien. Miguel me felicitó por lo bajo, Raffaele soltó una risilla diabólica y Maurice enrojeció hasta la raíz del cabello.
En algún momento la conversación comenzó a girar sobre la restauración de la Iglesia de San Gabriel. Miguel hizo referencia  a nuestra última visita y al encuentro con Madame Rose.  
—¿Pueden creer que dijo que tía Petite era la madre de Maurice?—soltó Miguel riendo.
—¿Quién se lo dijo? —exclamó el viejo Théophane palideciendo y dejando caer su copa.
Todos lo miramos asombrados. Por un momento reinó el silencio. Finalmente Raffaele se atrevió a hablar.
—¿Acaso es cierto?
—Por supuesto que no —declaró Joseph tomando la palabra ante los titubeos de su padre—. Maurice es mi hermano, de eso no hay duda. Esa mujer debe ser una loca.
—Pero… —trató de insistir Raffaele.
—Es una tontería prestar atención a este asunto —concluyó Joseph sin dar oportunidad a réplica—. Por cierto, Maurice, hablé con el doctor Daladier y me dijo que la causa de muchas de las enfermedades que afectan a las gentes de San Gabriel es la insalubridad. Antes de levantar un hospicio sería conveniente construir una cloaca. Conozco algunos Parlamentarios y Ministros del Rey, podemos tratar de interesarlos en el asunto.
La manera como Joseph desvió la atención de Maurice, hizo que dudara aún más de sus palabras. Lo que hasta ese momento había sido una anécdota se convirtió en un enigma problemático. Raffaele estaba tan conmocionado como yo. Maurice y Miguel no le dieron importancia al asunto. Théophane no volvió a ser el mismo en toda la velada y se retiró temprano.  
Raffaele y yo nos quedamos los últimos esa noche. No hizo falta que nos diéramos alguna señal para ponernos de acuerdo. Los dos nos adivinamos a la perfección.
—¿Ahora piensas que Madame Rose dijo la verdad?—pregunté sirviéndole otra copa. Se veía consternado en extremo.
—¿Tú no? El tío casi lo confirmó, y el comportamiento de Joseph también terminó de convencerme. Pero... no es posible que mi tía tuviera un amante.
—¡No es posible que Maurice sea un bastardo! Me niego a aceptar semejante cosa. Olvidemos esta historia.
—¡Cómo si pudiera! Voy a preguntarle a mi padre.
—Yo prefiero dejar todo como está —insistí.
—En cierta forma me gustaría que fuera verdad. Cuando conocí a Maurice, su cabello rojo y linda cara, me recordaron enseguida a mi tia. Fue como si parte de ella se hubiera quedado conmigo. Eso me consoló mucho de su muerte.
—¡Pero si es cierto entonces él es un bastardo y ha estado viviendo en una mentira! — exclamé molesto. Aquello era para mí impensable —. ¿Cómo crees que se sentirá? Es mejor no volver a hablar o pensar en eso
—Tienes razón. Le diré a Miguel que no vuelva a mencionarlo. Puedes estar tranquilo.
Contemplé por un momento a Raffaele. No tuve duda de que seguiría investigando el asunto hasta conseguir la verdad. Lancé un suspiro resignado.
—Esta familia está llena de sorpresas —me quejé.
—Ya lo creo —contestó riendo como si semejante cosa tuviera gracia—. Da miedo hurgar en el pasado. Ya tengo bastante con las hazañas del abuelo.
La jornada de cacería terminó al día siguiente. Cuando Théophane se despidió, ya no había rastro de preocupación en él. La conversación anterior había quedado como algo irrelevante para la mayoría.
Por la noche visité a Pierre en el invernadero, acompañado de dos botellas de buen vino. El anciano aplaudió mi iniciativa.
—¡Ah, Monsieur, que bueno que aún se acuerda de sus amigos!
—No exageres. No te he dejado abandonado mucho tiempo.
—Oh, sí lo ha hecho. Y seguramente ha venido porque quiere preguntar algo.
—Nada de eso. Vengo porque es divertido oírte hablar de tus amores de juventud.
El jardinero, sintiéndose halagado, volvió a relatarme sus aventuras. Yo me dediqué a llenarle el vaso. Cuando le vi suficientemente animado, pregunté por Madame Rose y confirmó su historia. Él realmente la había ayudado a escapar.
—¿También es cierto que usted y Agnes son hermanos?
—¿No lo sabía? Ella es mi hermana mayor.
—¿Ella... el duque...? —No me atreví a preguntar.
—Ese hombre la destruyó. Nunca volvió a ser la misma.
—¿Por qué no se fue del palacio?
—Por Madame Severine. Agnes se sienten en deuda porque ella la salvo cuando el Duque la dejó medio muerta. Hará cualquier cosa por esa mujer.  
—Lo lamento mucho.
—Yo lo lamento mucho más. ¿Era eso lo que quería saber o hay algo más?
—Hay otra cosa... —reconocí avergonzado—. Es sobre madame Petite... ¿Tuvo ella algún amorío...?
—¿Ah, pero cómo se ha enterado de eso? Hubo un joven pintor que la rondó. Pero Philippe lo echó y juró matarlo porque no era noble. Luego la bella muchacha se marchó al convento,  enfermó y murió.
—¿Al convento? ¡De eso nadie me ha hablado!
—Pues es algo de lo que estoy seguro. La bella Petite siguió los pasos de su hermana Severine y se fue a encerrar, con su corazón roto, tras los muros de las horrendas Agustinas. No duró mucho, lamentablemente. Enfermó enseguida.
—¿De qué?
—No tengo idea.
—Pudo ser que fuera a ocultar su embarazo…
— ¿Usted cree?
—No se haga el tonto, Pierre. Seguramente lo sabe.
—¿Cómo demonios voy a saberlo?
—Madame Rose insistió mucho en que Maurice era hijo de Madame Petite.
—Yo lo único que sé es que Philippe regresó solo para ver morir a Petite y ya no volvió a sonreír. Era su hermana favorita, la única persona que lo entendía en el mundo. ¿Cree usted que es la madre de Maurice? Eso explicaría por qué Philippe adora a su sobrino.
—Entonces podría ser cierto.
—No lo sé, pero lo cierto es que  algunas veces Madame Thérese no lo trataba como a un hijo. Quizá el pintor logró lo que quería con la niña Petite.
—Y por eso el viejo Duque quería matar a Maurice...
—El viejo duque estaba loco. Vaya usted a saber por qué hacía las cosas...
—¿Y toda esa historia del Duque de Orleans?
—Esa leyenda ha pasado de generación en generación entre los sirvientes. Hasta yo llegué a creerla, por eso a la niña Sophie le decían pequeña princesa.
Seguimos conversando, dando vueltas a la amistad del Duque de Orleans con el de Alençon, los cuales estaban emparentados por algún lado. Al final la conclusión a la que llegamos fue que la verdad se la habían llevado esos dos hombres a sus tumbas.
—Pierre, por nada del mundo le cuenten esto a Raffaele —dije luego de sopesar todo—. Sufrirá si sabe que su tía fue deshonrada, él la adora.
—¡Oh jamás se lo diré! Si se llega a enterar Philippe, me castigará. A usted se lo digo porque es discreto y trae buen vino.
Aquella noche estuve dando vueltas en la cama hasta la madrugada. Que Maurice fuera el fruto de la desdichada historia de amor entre la más joven de las ninfas y un pintor sin nombre, no me hacía ninguna gracia. Ni siquiera la posibilidad de que fuera un Borbón me animaba a aceptar que el hombre que amaba tuviera semejante origen.
Siempre había dado mucha importancia al linaje. Consideraba que la grandeza de un hombre dependía de este. Incluso me resignaba mal a ser el segundo hijo de mi noble padre y deseaba ser el futuro Marqués Du Croisés. Como aquello dependía de que mi querido hermano Didier dejara de existir, me empeñé desde niño en ser el futuro Obispo, Cardenal o incluso Papa. Cualquier cosa antes que ser insignificante.
En mi mente, el que Maurice fuera un bastardo hacía el mismo efecto que un barril de pólvora explotando en medio de  un salón de baile. Todo quedaba devastado, destruido hasta ser irreconocible, sin forma para contemplarlo y asimilarlo. Definitivamente, el hombre que yo amaba no podía ser otra cosa que el legítimo hijo del Marqués de Gaucourt.
Pero, por más que quisiera negarlo, existía la posibilidad de que Madame Sophie de Alençon fuera su verdadera madre. La única manera de comprobarlo era preguntando al duque Philippe, a Madame Severine o al mismo Théophane. Yo deseaba permanecer en la ignorancia y, mientras Raffaele no hiciera algo al respecto, atesoraría la duda y fingiría que todo seguía igual.
Por fortuna, esa semana tuve otras cosas en qué pensar. Por un lado, debí acompañar a Maurice y a Joseph a un sin número de diligencias para  lograr que se construyera la cloaca en la calle San Gabriel. Cosa nada fácil ya que, desde los tiempos de Luis XIV, nadie se había ocupado de ese tipo de asuntos.
En algunos de estos viajes nos acompañó el pequeño Léopold. Su encuentro con Sébastien se podría comparar al de Francisco Javier con Ignacio de Loyola. Para despecho de Adeline, el niño iba a desarrollar un interés exagerado por la ingeniería, y su padre lo alentaría a pesar de estar destinado a heredar su título.
Otra cosa que ocupó mi mente y agitó mi corazón por esos días, fue la llegada de una caja del Palacio de los Placeres sin que yo hubiera hecho una cita. Cuando vi entrar a Raffaele muy temprano a mi habitación, trayendo el ignominioso objeto, quedé desconcertado.  Aún más al leer la carta de Madame Odette que venía junto al antifaz.
—¡Me dicen que puedo ir a ver a Sora sin pagar! —dije a Raffaele buscando que me ayudara a entender.
—Eso sí que es raro, una casa de putas que no cobra… —se mofó—. ¿Será por lo bueno que eres en la cama?
—Algo debe haberle ocurrido a Sora —comencé a decir mientras daba vueltas por la habitación—. Hace semanas que no voy a verlo. Como Maurice enfermó y luego he estado ocupado… Y, claro, tampoco tengo suficiente dinero porque mi padre se ha negado a darme…
—No tienes obligación de ir. Ya te lo he dicho, olvida a ese puto o vas a perder a Maurice.
—Ya te he dicho que no quiero que Sora sufra.
—Hipócrita, igual lo haces sufrir ilusionándolo en vano. Reconoce que es porque te gusta follarlo.
—¡Raffaele, a veces haces que quiera golpearte!
—Suele pasarle a todos los que se ven enfrentados con la verdad. Haz lo que quieras pero cuando Maurice te mande al diablo, no vengas llorando. Lo único que voy a decirte es que te lo advertí.
—Maurice no lo sabrá. Iré a ver a Sora el jueves, mientras está visitando al Rabino.
—¡Ah! Yo tenía planes. Esperaba que me acompañaras a la Habitación de Cristal con Miguel…
—¿Ahora quién es el que debe reconocer que le gusta follarme? Parece que tu antipatía hacia  Sora es un simple caso de celos.
—En realidad, es avaricia —reconoció con un guiño.
—Eres un idiota. Me das un sermón sobre arriesgar mi relación con Maurice y luego me invitas a engañarlo contigo.
—Lo mío es verdadera necesidad. Miguel se desinhibe mejor cuando estas presente. Las veces que lo hemos intentado por nuestra cuenta no nos ha ido muy bien.
—En ese caso, iré a ver hoy a Sora y tú me ayudaras a tener una buena excusa. Dile a Maurice que mi padre ha escrito y que pide que vaya a verlo, así  seré tuyo y de Miguel el jueves.
—Me inclino agradecido a vuestros pies—acompañó sus palabras con una reverencia.
—Yo espero que luego te inclines de otra manera, mi querido Raffaele.
—¡Ah, mi Vassili, eres encantador cuando me provocas!
Se acercó y me besó haciendo que la sangre me hirviera, para luego despedirse  y dejarme solo, lleno de un salvaje deseo de que ya fuera jueves.
Envié una nota al Palacio de los Placeres y me presenté ahí una hora después. Tenía poco tiempo porque Maurice me esperaba con su hermano en San Gabriel, sin embargo, necesitaba saber qué ocurría para que llegaran al extremo de ofrecerme a Sora sin costo alguno.
—Vaya, Monsieur, entonces la causa de su larga ausencia sí era la estrechez de su bolsillo —soltó al verme Xiao Meng con su sonrisa maliciosa—. Yo había apostado que ya se estaba aburriendo de Sorata.
—He estado ocupado. ¿Le ocurre algo a Sora? No me habrían enviado esa invitación de no ser así.
—Ha estado de muy mal humor y eso es perjudicial para el negocio. Algunos clientes se han quejado de su poca dedicación. Si esto llega a oídos del Marqués, lo castigará.  Sorata se ha vuelto obstinado, antes la idea de ser castigado le aterraba, ahora no le importa. Por eso hice un trato con él, si hace felices a los clientes, yo dejaré que usted lo haga feliz a él. Eso es todo.
—Es lo que imaginé.
—¡Oh, que sabio es usted entonces! —se burló.
—Suficientemente sabio como para saber que, cuando alguien pide un favor, debe hacerlo con humildad. Puedo marcharme por donde vine.
—Pero no lo hará porque Sorata le importa. Y yo voy a pedirle disculpas porque también me importa ese pobre joven, que no hace más que suspirar por usted.
Se inclinó ante mí a modo de disculpa.
—Basta, lléveme con él. No me quedaré mucho tiempo, pero quiero que sepa que vendré a verle pronto.
—Con tal de que no sea de noche, puede verle las horas que quiera.
Xiao Meng me guió hacia la habitación de Sora. No la que usaba para atender a sus clientes, sino la que se encontraba oculta, más pequeña y sin lujos.
Sora estaba acurrucado en un rincón en lugar de ocupar su futón, como le llamaba a su supuesta cama.
—Ah, lo ha vuelto a hacer —se lamentó Xiao Meng—. Solía dormir así cuando estábamos atrapados en el barco del holandés.
—Déjeme a solas con él, por favor.
Cuando el eunuco salió, me tomé unos minutos para contemplar a mi querido Sora. Sentí un profundo dolor al comprobar que el bello joven seguía siendo un niño atrapado en las sombras. Realmente no podía abandonarlo.
Me arrodillé junto a él y le llamé. Al abrir los ojos se sorprendió y preguntó si soñaba. Lo besé para que entendiera que realmente era yo, entonces se aferró a mí y pude levantarlo en mis brazos.
Lo llevé hasta su futón. Le recosté y volví a besarlo.
—Vassili, sabía que vendrías —susurró sonriendo como un niño inocente. Te llamaba todos los días con mi la voz de mi corazón.
—Perdona, Sora. Me he quedado sin dinero y sin tiempo. Pero he aceptado el trato con Xiao Meng y vendré a verte más seguido. Tú debes… hacer tu trabajo correctamente
Sentí náuseas de mí mismo al pedirle aquello. El sonrió y asintió dócilmente, prometiendo portarse bien y hacer cualquier cosa por mí. Le abracé con todas mis fuerzas. ¿Qué destino le esperaba si yo lo abandonaba? ¿Cómo podía seguir manteniéndolo en semejante situación?  La realidad era que no podía hacer nada, porque no estaba dispuesto a arriesgar nada. Sobre todo temía afectar mi relación con Maurice. Sora era alguien que debía desaparecer de mi vida tarde o temprano.
Atormentado por esto, quise consolarlo de la única manera en que los dos nos entendíamos. Le hice recostar de nuevo, me coloqué entre sus piernas y abrí su kimono para descubrir su miembro, que ya empezaba a despertar. Lo excité con mis manos, luego con mi boca. Él se estremecía y gemía mi nombre con la voz destilando deseo. Alargué tanto como pude su placer hasta que se derramó en mi boca. Entonces bebí toda su semilla en reparación por mi hipócrita bondad.
—Descansa, Sora —supliqué—. Yo vendré pronto.
—¿Quieres que yo…? —dijo dirigiendo su mano hacia mi entrepierna.
—No te preocupes. Ahora debo irme. Duerme bien, mi querido Sorata.
Me despedí con un beso y salí de la habitación sintiéndome un cómplice más del holandés. En el carruaje pasé por la vergüenza de necesitar aliviarme a mí mismo. El resto del día estuve distraído y molesto. Maurice lo notó. Cuando preguntó, tuve que mentirle. Dije que se debía a la mala relación con mi padre y, por supuesto, me sentí como escoria.
Raffaele se dio el gusto de decirme “te lo advertí” cuando nos reunimos en la Habitación de Cristal ese jueves, y desahogué mis preocupaciones ante él y Miguel después del sexo.
—Eres un idiota por tener tantas consideraciones hacia un puto—me regañó Miguel.
—También soy un idiota por arriesgarme a dormir con ustedes. Pero de eso no te quejas, ¿verdad?
—¡Ah, no seas así, Vassili! A mí también me remuerde la conciencia por tomar algo que Maurice desea con locura —respondió juguetón recostándose de nuevo sobre mí. El roce de nuestros cuerpos desnudos me erizó la piel.
—Eres un hipócrita como yo, mi querido Miguel—le acusé lamiendo sus labios.
—Nada de eso —intervino Raffaele sentándose en la cabecera de la cama, para juguetear con mi cabello—. Miguel es un hipócrita más encantador que tú.
—Pero hipócrita al fin —sentencié.
—La hipocresía y la mentira es un mal necesario en nuestro caso —continuó con su desparpajo acostumbrado—. Lo hacemos por el bien de Maurice, lo que no sabe no puede herirlo. Y dejar de disfrutar de ti, mi querido Vassili, es algo que aún Miguel y yo no nos resignamos a hacer.
Se inclinó y me besó repetidas veces. Sentí que Miguel se deslizaba por mi cuerpo, besándome a cada palmo, hasta que su boca llegó a mi entrepierna y se quedó allí, deleitándome. Entre los dos volvieron a hacerme sentir en llamas. Lo único en que pude pensar fue en lo mucho que deseaba quemarme.
Nos aseguramos de regresar al Palacio de las Ninfas antes de que Maurice lo hiciera. Encontramos la sorpresa de que había llegado una carta de Pauline para su hijo. Este no se molestó en abrirla, la rompió en trozos que arrojó por la ventana.
—Ha escrito otras veces—explicó—. Quiere que vaya a verla a casa de Sophie.  Dice que desea disculparse por todo lo que me hizo. No le creo una palabra.
—Y haces bien —le aseguró Raffaele—. No se te ocurra acercarte a ella solo.
Cuando llegó Maurice, olvidamos aquello y cenamos juntos. La armonía que reinaba entre los cuatro realmente dependía de lo que él no sabía, y por más que estaba obligado a sentirme mal por eso, no quería cambiar la situación porque mi lujuria seguía siendo insaciable.
Cuando conseguimos asegurar la construcción de la cloaca en la calle San Gabriel, gracias a la mediación y dinero de Joseph, empezamos a pasar más tiempo en el palacio. Maurice  y Miguel se dedicaron a los cuadros porque el techo de la Iglesia ya estaba terminado y pronto construirían el retablo.
Una tarde Raffaele fue tan impertinente que su amante lo echó para poder pintar tranquilo. Como no quería ir a cabalgar solo, me obligó a acompañarlo. Recorrimos a galope todo el camino hasta el lago. Ahí nos detuvimos para que los caballos bebieran.  La vista de aquel lugar siempre me ha gustado. Estaba contemplándolo abstraído cuando sentí que Raffaele me abrazaba desde atrás y me besaba en el cuello. Sonreí al intuir que quería algo más que pasear.
—Necesito que me hagas un favor —susurró meloso.
—Creo que ya te he hecho muchos.
—Esto no lo vas a disfrutar tanto.
—¡Oh! Empiezas a despertar mi interés.
—Necesito que me acompañes a ver a Sophie…
Aparté sus brazos furioso, me di vuelta para enfrentarlo.
—¿Estas demente o eres imbécil? —dije mientras lo empujaba golpeándolo en el pecho con las palmas de mis manos—. ¿Para qué demonios quieres verla?
— Debo ir a su casa hoy. Me amenazó con decirle a Miguel lo de nuestro hijo—respondió mortificado.
—¿Hijo? ¿Tuviste un hijo con ella? —balbuceé después de quedarme unos instantes pasmado.
—Es lo más natural —respondió encogiéndose de hombros como si el asunto no fuera grave—. Si tienes sexo con una mujer, lo más probable es que la embaraces. Ya me gustaría tener un hijo con  Miguel pero...
—¡No te lo tomes a broma! —le regañé.
—No lo hago —admitió sonriendo nervioso—. Estoy asustado. Miguel cree que lo que tuve con  Sophie no pasó de un coqueteo.
—¡Te va a matar!
—O peor, llorará de nuevo por mi culpa. Tengo que ir a verla hoy o vendrá a decírselo.
—¿Qué te pide a cambio de su silencio?
—No lo ha dicho y no me interesa. Voy a amenazarla para que nos deje en paz. Por eso necesito que me acompañes, temo que si voy solo terminaré ahorcándola con  mis propias manos. La odio por ayudar a torturar a Miguel.
—Entiendo. Iré contigo.
—Gracias Vassili. Eres el único con quien puedo contar.
—Es lo menos que puedo hacer. ¿Pero qué ha sido del niño o de la niña?
—Era un niño precioso, de cabello rojo. Se parecía a Maurice. Murió a los pocos días de nacer. No llegué  a verle vivo —la voz se le quebró  y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo lamento.
Deseé poder decirle algo más, pero lo único que pude hacer fue abrazarlo. Semejante dolor es inconsolable. Se quedó en mis brazos desahogándose por un rato.
—Sophie sólo me ha traído desgracias —reconoció cuando se tranquilizó—. Debí hacerle caso a Maurice cuando me advirtió que no me involucrara con ella.
Se separó de mí y fue a sentarse a la orilla del lago. Lo seguí.
—Eso fue cuando nos conocimos, ¿verdad? —Me senté a su lado.
—Así es. Después de que Maurice me abandonó para irse al Paraguay, y como me sentía incapaz de pedirle perdón a Miguel, me involucré con  Sora y con algunas mujeres, entre ellas Sophie. Cuando dijo que la había embarazado me asusté y a la vez me llené de felicidad. Ella quería que hiciera anular su matrimonio.  ¡Como si yo fuera Enrique VIII! Le dije que eso era imposible y que tuviera el niño en secreto. Mi plan era llevármelo cuando naciera y criarlo como mi heredero sin revelar la identidad de su madre. Ella fingió aceptar pero, en lugar de ir al sitio que yo había preparado en Alençon para que se escondiera, se fue a otro lugar y no me dejó saber de ella hasta que la criatura nació. Me chantajeó con que no me dejaría verlo si no aceptaba hacerla mi esposa.
—Pero si ya estaba casada…
—¡Esa loca pretendía que yo matara al pobre Conde de La Vergne en un duelo!
—¡Eso es absurdo!
—¡Estoy seguro de que ella dejó morir al niño porque me negué a aceptar! Esa maldita… a su propio hijo. Cuando logré averiguar dónde estaba, ya era demasiado tarde. El niño yacía en una tumba fría. Mi primer y único hijo… Tuve que desenterrarlo para conocerlo…
Volvió a llorar lleno de rabia. De nuevo le abracé. Estaba horrorizado de Sophie, era peor que su madre.
Emprendimos el camino hacia la mansión que el Conde le había dejado a Sophie en París; él prefería vivir con sus hijos en el campo. Ya estaba desencantado de su esposa, aunque no había llegado a averiguar lo maliciosa que era y seguía complaciendo todos sus caprichos.
La bella mujer hizo gala de sus ademanes afectados al recibir a su primo como si aquella fuera una visita inesperada. No le hizo ninguna gracia verme aparecer junto a él, la sonrisa coqueta casi se convirtió en una mueca.
—Monsieur du Croisés, no lo esperaba. Tiene usted la habilidad de meterse dónde no lo llaman —dijo con la más encantadora de las sonrisas—. Imagino que piensa dejarnos solos, ¿verdad? —enlazó su brazo con el de Raffaele apartándolo de mi lado—. Mi querido primo y yo tenemos tanto de que hablar.
—No vine como un amante ni como un pariente Sophie— respondió Raffaele cortante—. Vine como alguien que no está dispuesto a soportar tus chantajes.
—Querido, no sé de qué hablas. Yo deseaba hablarte de lo que tenemos en común…
—Ya le dije a Miguel sobre nuestro hijo.
Raffaele mintió mostrando tanta convicción que Sophie se vio obligada a creerle. Primero se mostró sorprendida y contrariada, luego, como un ejército que se niega a perder una batalla, se irguió con altivez y sonrió llena de malicia.
—¿Y ha llorado mucho o se ha puesto furioso y te ocultó sus lágrimas? Porque estoy segura de que se sintió humillado y debió decirse una y otra vez: “¿por qué no nací mujer? ¿por qué Dios no me hizo mujer?” Solía hacerlo cuando éramos niños, después que lo obligaron a vestirse como hombre.
Me quedé atónito de que ella sacara a la luz con tanta crueldad el secreto de su hermano. Raffaele no dijo nada. Estaba confundido. Sophie soltó una risilla ante su silencio y continuó hablando mientras rodeaba a Raffaele como una víbora.
—Miguel es así. Completamente ridículo, ¿no es cierto? Ha deseado ser mujer toda su vida. Lo sorprendí muchas veces probándose mis vestidos. Estoy segura de que ahora se prueba los de su esposa. No sé cómo logró embarazarla, siempre se le iban los ojos ante los caballeros  que le sonreían.
—¡Cállate!— rugió Raffaele temblando de rabia.
—¡Mi pobre Miguel, cuán humillado debió sentirse al saber que yo te di el hijo que él nunca podrá! Pobre, patético e infeliz hermano que nunca será ni el hombre que es ni la mujer que anhela ser. Dime Raffaele, ¿realmente puedes amar a alguien así? Yo no puedo ni mirarle con respeto. Es que se veía tan ridículo con mis vestidos...
—¡Es usted monstruosa! —grité furioso apartándola de su primo, al que tenía completamente perturbado—. ¡Miguel es mucho mejor que usted! La supera como mujer y como madre. Usted jamás se acercara a su nobleza ni a su belleza. Raffaele hizo bien en rechazarla y elegirlo a él.
—¡¿Cómo se atreve?!—chilló lanzándose contra mí esgrimiendo sus uñas.
Raffaele reaccionó a tiempo y me cubrió con su cuerpo, ella terminó golpeándolo en la espalda repetidas veces mientras me maldecía.
—Si sigues golpeándome te derribaré, Sophie —le advirtió severo—. Y si vuelves a chantajearme de la forma que sea, le diré a tu esposo sobre tu amorío con Alaña.
—No… no sé de qué hablas —respondió nerviosa, arreglando su vestido.
—¡Ah! Seguramente es debido a que han echado a tu amante de Versalles, y regresó con la cola entre las patas a España, que volviste a encapricharte conmigo. Como ya no tienes nada que meterte entre las piernas...
Sophie lo abofeteó indignada. Él le devolvió el golpe. Terminó en el  suelo de un manotazo.
—¡Eres una bestia! —protestó la mujer.
—Te lo advertí. Siempre cumplo mi palabra. Vuelve a chantajearme y le diré a tu padre la clase de mujer que eres.
Ella por primera vez mostró miedo y debilidad. El Duque de Meriño era a quien más le temía y de quien más anhelaba aceptación. Raffaele le dio la espalda y me invitó a salir. Lo seguí de inmediato.
—¡Tenemos un hijo! —gritó Sophie desesperada.
Raffaele se dio vuelta mostrando una inexorable expresión de odio. Se acercó a su prima a zancadas  para gritarle en la cara.
—¡Lo dejaste morir!
—¡No! Uno murió, pero el otro todavía vive —Raffaele retrocedió sorprendido. Sophie se puso de pie y lo encaró—. Tuve gemelos de nuevo. El que sacaron primero sobrevivió. ¡Créeme!
—¿Cómo te atreves a inventar semejante cosa?
—Es la verdad. Ven, siéntate conmigo y hablemos —se dirigió a uno de los sofás.
—No tengo ningún deseo de acercarme a ti.
—Tienes razón de odiarme, Raffaele. He sido mala. Pero quiero cambiar. Por eso voy a buscar a nuestro hijo, lo dejé con una nodriza hace tanto... No puedo perdonarme por haberle abandonado.
Sophie se sentó y empezó a llorar cubriendo su rostro con sus delicadas manos. Raffaele y yo nos miramos desconcertados. Por supuesto que no le creíamos que estuviera arrepentida. Sin embargo, si había alguna posibilidad de que existiera aquel niño, no podíamos marcharnos.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? –preguntó receloso.
—Tú querías llevarte al niño y dejarme. Fue mi manera de castigarte. Quédate conmigo y te diré dónde encontrarlo. Verás que te amo tanto que ahora quiero ser buena.
—Ya es tarde. Y la verdad es que nunca te he amado.
—¡Oh, Raffaele, me partes el corazón! —las lágrimas brotaron abundantes de sus bellos ojos azules—. Al menos dime que le perdonas.
—Cuando tenga al niño en mis brazos, quizá lo haga. Aunque jamás olvidaré que ayudaste a torturar a Miguel.
—Fui tan mala con mi pobre hermano, pero es porque te amo tanto… mis celos me han cegado. Perdóname.
Se levantó y fue hasta Raffaele para abrazarlo. Él quiso apartarse pero ella lo siguió y se pegó a su cuerpo mientras lloraba. Aunque yo luchaba por no creerle, estaba empezando a aceptar que el dolor que mostraba era sincero.  
En ese momento escuché a alguien llamando a gritos a Raffaele. Corrí hacia la ventana porque reconocí la voz. Al abrirla comprobé que se trataba de Antonio. Estaba rodeando la mansión a caballo. Al verme,  se acercó angustiado.
—¿Monsieur Vassili, se encuentra con usted el señor Raffaele? Deben volver al Palacio de las Ninfas, Madame Pauline ha ido a castigar al señorito Miguel.
Todo tuvo sentido para mí en aquel momento. Me di vuelta y enfrenté a la malvada mujer.
—¡Atrajo a Raffaele hasta aquí para que su madre atacara a Miguel! Es usted peor de lo que pensé.
—¿Qué has hecho Sophie?—preguntó Raffaele atenazando sus brazos.
—Nada. No le creas a ese sirviente.
—¡Si Miguel es herido de nuevo, juro que te haré pagar!
Raffaele corrió hacia la puerta del salón y la encontró cerrada. Miró a su prima con expresión amenazadora. Ella volvió a sentarse en el sofá y se arregló el peinado.   
—No tengo la llave —dijo con cínica tranquilidad—. No haré que abran hasta que escuches todo lo que tengo que decir.
—Salgamos por aquí —sugerí señalando la ventana. Raffaele se acercó rápidamente. Sophie se interpuso en su camino.
—Si te quedas te devolveré a tu hijo —afirmó.
—¿Y dejar que tu madre torture a Miguel? ¡No, ni por cien hijos! —la hizo a un lado.
—Espera —gritó abrazándose a él—. ¿No te das cuenta de lo mucho que te amo?
—Lo que hubo entre tú y yo quedó en una tumba —su voz ya no reflejaba odio, sino dolor—. Sophie, tú no tienes corazón. Jamás vuelvas a acercarte a mí.
Raffaele empujó a su prima y saltó por la ventana.  Yo dediqué una última mirada de desprecio a la infame mujer, que golpeaba el piso furiosa, y le seguí.
Antonio continuó urgiéndonos. Corrimos hacia donde habíamos dejado los caballos. Nunca deseé tanto poder volar como aquel día. Mi corazón era una amalgama de angustia, rabia y confusión. No podía creer hasta dónde habían sido capaces de llegar Madame Pauline  y Sophie, para hacerle pagar a Miguel el atreverse a existir y amar como su corazón le dictaba hacerlo.

***


Parte III
Tres sirvientes de Sophie salieron a nuestro encuentro para evitar que llegáramos a los caballos. Raffaele derribó a uno de un puñetazo y tuvo que luchar con otro bastante fuerte. Yo forcejeé con el tercero. Antonio disparó al aire haciendo que nos detuviéramos y volteáramos a verlo.
—Dejen que los señores se vayan —exigió a sus compañeros—. ¿Acaso quieren ser cómplices de un crimen? Madame Pauline va a destrozarle las manos al señorito Miguel.
Al escuchar aquello, los sirvientes se atemorizaron y nos dejaron. Montamos sintiendo una mayor urgencia de llegar al Palacio de las Ninfas. Los tres cabalgamos azotando los caballos con todas nuestras fuerzas. El camino se hizo interminable. La angustia me asfixiaba, mi corazón estaba desbocado.  No sentía las manos que aseguraban las riendas y la fusta como si mi vida dependiera de ello.  Deseaba llegar a tiempo para salvar a Miguel.
Tenía  esperanzas en que Maurice y Asmun se encontraban con él y podrían defenderlo, pero era lógico que Madame Pauline había buscado quién le ayudara.  Quizá algunos sirvientes... ¿cuántos podrían ser y qué tan dispuestos a obedecerla estaban? Interrogué a Antonio y  respondió que la mujer había contratado algunos hombres desconocidos con muy mala facha.
Estando a unos metros de la entrada a los jardines de los Alençon, vimos salir a Asmun a galope. Se dirigió hacia nosotros de inmediato.
—¡Su tía…! —gritó a Raffaele.
—¡Lo sé! —respondió este —. ¿Miguel está bien?
—Lo atraparon. Nos tomaron por sorpresa, pero los demás ya están preparando las armas.
Continuamos a toda prisa, atravesando los jardines hasta llegar al palacio. Agnes nos recibió un grupo de sirvientas, contaron entre lágrimas cómo Madame Pauline había llegado y atacado a Maurice y a Miguel en el salón de Nuestro Paraguay.
Los Tuareg y algunos sirvientes ya tenían mosquetes y pistolas cargadas. Otros  habían tomado palos, cuchillos y herramientas. Se les veía furiosos. Los movía algo más que el cumplimiento de un deber o la lealtad a un patrón. Maurice había pasado horas enseñándoles a leer y a más de uno le había llevado al doctor. Su manera de  tratarlos los había conquistado. Así que Pauline y sus secuaces estaban amenazando a alguien a quien querían. Algunos incluso se habían arriesgado a recibir un disparo por él. Cuando entendí esto después, empecé a poner atención a sus rostros y nombres y a tenerles aprecio.
Le entregaron dos pistolas a Raffaele, una a Asmun y me ofrecieron una a mí. En ese momento mi mente estaba en blanco y la acepté. Subimos las escaleras, llegamos al salón antes de que pudiera darme cuenta, todo lo percibía como si fuera de algo ajeno y distante. Encontramos la puerta cerrada y a dos sirvientes tratando de abrirla.
Escuchamos pedir auxilio. Agnes había buscado las copias de las llaves y abrió de inmediato. Dentro encontramos a Maurice atado a una silla y amordazado.  Aigle y Renard estaban en el suelo con las manos atadas a la espalda. Los tres habían sido golpeados y tenían la ropa ensangrentada.
Cuando desaté a Maurice me horroricé al ver que tenía roto el labio e hinchado el parpado derecho. Aigle parecía estar sufriendo mucho y Renard apenas podía levantarse. Este último fue quien pidió ayuda.  Nos dijeron que se trataba de cinco hombres y que se habían llevado a Miguel a otro lugar.
Los Tuareg y los demás sirvientes estaban seguros de que no habían abandonado el palacio. Evangeline y Marie—Angélique llegaron en ese momento, se habían atrevido a buscar en cada habitación y los habían escuchado en la de Miguel.  
Raffaele nos organizó a todos. Como Aigle no podía moverse, ordenó que lo bajaran entre dos sirvientes y que llamaran al doctor Daladier. Guió un grupo de sirvientes por el corredor y a nosotros nos hizo volver a la planta baja, acompañados de los Tuareg, para subir por las otras escaleras, así dejó acorralados a nuestros atacantes.
La sangre fría con que hablaba me hizo imaginarlo durante la guerra, cuando combatió contra los ingleses en un navío con su padre. O atravesando el desierto, enfrentando toda clase de peligros y luchando contra las tribus rivales de los Tuareg. Ahora lo veía luchar su mayor batalla por el hombre que amaba.
Cuando llegamos a la habitación de Miguel, también estaba cerrada. Agnes no pudo abrirla.
—¡Abre la puerta tía!—gritó Maurice
—¿Quién te ha soltado, demonio? ¡Vete de aquí! —respondió la mujer.
—Si te atreves a hacerle daño a Miguel, te lo haré pagar —amenazó Raffaele.
—¡No te metas en esto, Raffaele! Tu padre está de acuerdo con lo que hago.
—¡Mentirosa!
Raffaele disparó a la cerradura apuntando hacia abajo, para evitar un accidente. Luego pateó la puerta,  esta se abrió de inmediato golpeando en un brazo a Madame Pauline, quien no pudo alejarse lo suficiente, y cayó al suelo. Los Tuareg, Raffaele y Maurice se lanzaron dentro y dominaron la situación.
Lo que contemplamos fue escandaloso: habían obligado a Miguel a sentarse junto a una mesa, amordazándolo y sujetando la mano izquierda al brazo de la silla. Tensando una cuerda atada a su muñeca derecha, un hombre le obligaba a extender su brazo sobre la mesa mientras otro hombre se preparaba para descargar el golpe de un mazo y destrozarle la mano. Un tercero lo sujetaba de los hombros para que se quedara quieto.
Los dos hombres que quedaban tenían mosquetes. Intentaron apuntarnos pero los Tuareg les colocaron los cañones de sus armas ante el rostro con tal velocidad, que terminaron rindiéndose. El del mazo intentó levantarlo y cumplir su tarea, Raffaele lo derribó de un disparo en el pecho y apuntó con la otra pistola al que sujetaba la cuerda. Maurice hizo retroceder al que sujetaba a Miguel poniéndole  su pistola en la frente. Los demás apoyamos mostrando nuestras armas. No quedaba mucho qué hacer con semejante vanguardia.
Asmun cortó las ataduras de Miguel. Este tenía el rostro desfigurado por la rabia y  el terror. Raffaele quiso ayudarle a levantarse, él le arrebató la pistola cargada, lo empujó a un lado, se irguió y disparó entre los ojos al hombre que le había mantenido el brazo extendido, al tiempo que gritaba con tanta ira que nos hizo estremecer a todos. Luego apuntó a su madre, quien apenas se estaba incorporando del suelo, y accionó inútilmente el gatillo sin parar.
—Tranquilo, ya pasó todo—dijo Raffaele abrazándolo.
—¡Mátala! ¡Mátala!
Su primo tomó su rostro entre las manos para obligarlo a mirarle, y le dijo con tristeza:
—Miguel, es tu madre…
Aquellos ojos azules, enloquecidos por el sufrimiento, se enfocaron en su amante y   la cordura volvió a iluminarlos, dando paso a las lágrimas.
—Ella… iba a… —gimió Miguel.
—Ya nunca más te hará daño. Perdóname haber tardado en llegar.
—Sabía que vendrías… —declaró abrazándolo con todas sus fuerzas.
—¿Cómo te atreves Raffaele? —chilló Madame Pauline una vez que se recuperó del estupor que debió causarle nuestra entrada y el ver a su hijo amenazándola con una pistola—. Tu padre sabrá de esto.
—Por supuesto que lo sabrá. Cuando venga en unas semanas veremos qué dice al respecto.
—¿Philippe… vendrá?—Madame Pauline se mostró intimidada.
—Querida tía, mi padre está ansioso por hablar contigo sobre todo lo que has dicho y hecho.
La mujer palideció. Raffaele ordenó que la encerraran. Ella gritó maldiciendo y reprendió con altivez al Tuareg que intentó sujetarla.  
—¡No me toques, salvaje! Soy la Duquesa de Meriño, merezco respeto.
Su actitud y sus palabras terminaron de desbordar mi indignación y me empujaron a actuar. Hasta ese momento había sido mero espectador aterrorizado de todo cuanto ocurría. Me dirigí hacia ella y la abofeteé. Se quedó pasmada observándome mientras cubría su mejilla enrojecida. Antes de que dijera algo más, la tomé del brazo y la saqué de la habitación.
—Agnes abra la puerta para meter a esta demente —dije a la sirvienta señalando la entrada de una de las recamaras sin ocupar.
La anciana se había quedado afuera durante el enfrentamiento. Al escuchar los disparos acurrucó y cubrió su cabeza con las manos mientras repetía jaculatorias. Todavía se encontraba así cuando la llamé. Se levantó en el acto y obedeció. Seguramente le aliviaba ver a Madame Pauline bajo control.   
Arrojé  a la infame Duquesa dentro. Ella logró mantenerse en pie,  se dio vuelta y quiso escapar. Cerré la puerta en el acto y eché el cerrojo.  Comenzó a golpear y  maldecir desquiciada. Yo regresé con los demás sintiéndome un poco mejor.
Raffaele, llevando a Miguel casi inconsciente en sus brazos, estaba dando órdenes a los sirvientes. Dispuso que ataran a los tres sobrevivientes y los llevaran abajo. También que recogieran los cadáveres y limpiaran la sangre.
—Debemos llamar a la guardia —indicó Maurice.
Su primo le dio la razón y envió a buscar a los soldados. Después salió llevándose a Miguel, desde ese día compartieron la misma habitación. Maurice y yo le seguimos después de asegurarnos de que los secuaces de Pauline estuvieran bien atados. Ellos insistían en que estaban obedeciendo órdenes y que la duquesa les había ofrecido dinero. Ni siquiera nos molestamos en contestarles.
Al llegar Daladier atendió primero al pobre Aigle. Lo acompañamos a la habitación de los sirvientes. Renard no soltaba la mano de su hermano, que se retorcía de dolor.
—Temo que le han roto unas costillas—dijo el doctor preocupado después de palparlo—. No tengo mucha experiencia con algo así y puede complicarse si le atraviesa el pulmón...  
— ¿Quiere que hagamos venir al Doctor Charles? —intervine al verlo titubear—. No es ninguna falta consultar a alguien más.
—Sí, por favor, hágalo— respondió tragándose su orgullo.
Salí de la habitación y me dirigí las caballerizas. En lugar de enviar un sirviente, preferí ir yo mismo a la Calle San Gabriel.  Después de tan extravagantes acontecimientos, todos tenían algo qué hacer. Cuando iba a mitad de camino, me alcanzó Asmun. Dijo que Maurice lo había enviado para servirme de compañía, era peligroso ir solo a París a caballo. Azotamos nuestros caballos para que apresuraran el paso, la imagen de Aigle sufriendo nos apremiaba.
El Doctor Charles aceptó seguirnos apenas comprendió la situación.  Por supuesto que tenía experiencia en reparar toda clase de huesos rotos. Durante la guerra había visto y hecho de todo. El tratamiento que aplicó fue terrible: Entablillo los costados y el pecho del muchacho,  y ordenó que no se moviera durante días. Aigle pasó un verdadero infierno hasta que se recuperó.
Puede que otro médico hubiera buscado una solución menos dolorosa, pero nosotros sólo contábamos con un médico de guerra y uno de escritorio. Fue una suerte que lograran curarnos la mayoría de las veces que nos atendieron y no nos llevaran a la tumba antes de tiempo.
La guardia se presentó y Raffaele  entregó a los rufianes contratados por Pauline. Se aseguró de contar una historia que alejara el escándalo de los Alençon y los Meriño. De nada valieron que los hombres juraran que una mujer les había pagado por aquel vandalismo, los soldados sólo escucharon al noble.
Esa noche los tres acompañamos a Miguel, que no hacía más que temblar, llorar y gritar de rabia. Daladier dejó un tónico para ayudarle a dormir, mas este tardó horas en hacer efecto. Raffaele juraba una y otra vez que jamás volvería a dejar que le hicieran daño pero él seguía atrapado en una pesadilla. Verlo así nos provocaba un gran sufrimiento.
Una vez que se durmió, nos retiramos para dejarle al cuidado de su dedicado amante. Maurice me pidió que lo acompañara a su habitación porque no quería dormir solo. No me negué, por supuesto, pero me abstuve de hacer el menor intento por seducirlo. No era la ocasión.
Al contemplarle dormido junto a mí, empecé a recordar y meditar en todo lo que había ocurrido. La imagen de Raffaele y Miguel acabando con la vida de otros hombres inundaba mi mente y agobiaba mi corazón. ¿Era la muerte algo tan simple?
Aquellos infames habían caído al suelo con una expresión estúpida en sus rostros, como si se estuvieran preguntando el porqué de su abrupto final. No tenía dudas de que ellos mismos habían buscado semejante muerte, en especial el que intentó descargar el golpe de su mazo sobre la mano del cautivo, demostrando una deplorable comunión con la oscuridad de madame Pauline.
Pero me atormentaba el otro porque ya se había rendido. La manera en que Miguel se transfiguró me asustaba. ¿Acaso no volvería a ser la dulce y hermosa persona que, apenas unos días atrás, hablaba enternecido de su hijo?
—Que Dios no lo permita —susurré a mi pesar.
Aquella noche soñé con mi madre. No sé la razón. Lo recuerdo porque me impresionó de tal manera que anoté el sueño en una hoja al despertar.
Maurice se levantó y se acercó a su escritorio, que yo había tomado prestado, para saber qué hacía tan temprano. Le conté que había recordado mientras dormía el día en que recibí la tonsura siendo niño. Mi madre terminó de engalanarme para la ceremonia y me dio muchos consejos sobre cómo debía comportarme durante esta. Luego depositó orgullosa un beso en mi frente.  
—No sé por qué había olvidado este tipo de cosas.  No fue una mujer fría como pensaba, en realidad fui yo el que se mantuvo distante, concentrado en mis estudios porque quería destacar más que Didier.  Que tonto he sido.
—Me alegro de que tengas buenos recuerdos de tu madre.  Miguel, Raffaele y yo no podemos decir lo mismo.
—Maurice, lo lamento. No era mi intención hacerte sentir mal...  
—Nada de eso. De verdad me alegro de que tu madre te amara.
—La tuya también te amó. Sé que Madame Thérese era estricta, pero seguramente te amó.
Me maldigo ahora por decir semejantes palabras cuando había tenido tantas señales de lo contrario. Su rostro reflejó una inmensa angustia y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Ella… Ella…
No pudo continuar. Llevó la mano a su garganta sorprendido de que las palabras se negaran a salir.
—Vassili abrázame por favor —dijo haciendo un gran esfuerzo—. No dejes que recuerde.
Obedecí en el acto y le cobijé contra mi pecho mientras lloraba. Me asusté al pensar en lo que había tenido que sufrir para reaccionar así ante el recuerdo de su madre.
Una vez que se calmó, pidió perdón por su extraño comportamiento. Pregunté qué había pasado y se negó a hablar. Asmun se presentó en ese momento trayendo un  mensaje de Raffaele. Pedía que Maurice cuidara de Miguel y que yo bajara al despacho para atender algunos asuntos.
Nos sorprendimos. Sugerí que siguiéramos sus instrucciones ya que debía tener una buena razón para dejar a su amado al cuidado de otro. Mientras me cambiaba empecé a cavilar lo que podía estar sucediendo. Al bajar comprobé que mis sospechas eran ciertas: Madame Sophie se había presentado en el Palacio y exigía ver a su madre.
Raffaele dio órdenes de que no la dejaran entrar. Ella se entretuvo caminando de un lado a otro e insultando a los sirvientes sobre los que cayó el penoso trabajo de cerrarle el paso. Una vez que me reuní con él, fue a buscarla y la introdujo a empujones en el despacho del Duque.
—¿Qué quiere Sophie? —preguntó Raffaele sin contemplaciones.
—Lo sabes muy bien —replicó desafiante la condesa—. Quiero ver a mi madre y a mi hermano.
—A tu madre la encerré por loca. Y a Miguel no te vas a acercar jamás. Por cierto, se encuentra muy bien y piensa contarle todo a tu padre.
—Raffaele, sabes que yo no quería, mi madre me obligó —La rapidez con que se convirtió en una mujer sufrida e indefensa fue increíble.
—Eres igual que ella —soltó su primo con desprecio.
—Por favor, ten compasión.
—Puedo interceder por ti si me dices la verdad, ¿diste a luz dos niños? ¿Tengo un hijo vivo?
Ella bajó la cabeza y le dio la espalda. Comenzó a retorcerse las manos nerviosa.
—Responde ahora mismo —insistió Raffaele.
—No —susurró—. Lo dije para que no te marcharas.
—¿Cómo puedes ser tan pérfida?
—Porque te amo y haría cualquier cosa por ti —intentó abrazarlo, él la sujetó por las muñecas.
—Tú no sabes amar —sentenció mirándola con lástima.
—¡Miguel nunca te dará un hijo!—escupió llena de odio.
—No importa, lo amo y nada va a cambiar eso. Ahora vete, vuelve con tu esposo. Cuando tu padre y el mío sepan lo que han hecho tú y tu madre, van a repudiarlas. Intenta ser la esposa y la madre que el buen Conde y tus hijos necesitan. Ya no tendrás a nadie más.
—¡Te maldigo!
—Yo siento lástima de tu alma.
—¡Vas a arrepentirte! Nunca van a ser felices juntos.
—¡Ya basta! —grité—. ¡Salga de aquí de una vez!
La sujeté del brazo y la saqué del palacio a rastras para llevarla a  su carruaje. Estuvo a punto de tropezar mientras bajábamos las escaleras y gritó asustada. Muy probablemente esa fue la única emoción que no fingía en esos días. Tuve el deseo de empujarla y verla rodar de escalón en escalón, pero existía la posibilidad de que esa criatura del infierno fuera también hija de Madame Sophie y hermana de Maurice. Pensarlo me hacía sentir enfermo, tanto como saber que Miguel la amaba fraternalmente.
Ver partir el carruaje me produjo un gran alivio. No duró mucho. Escuché un crepitar de madera ardiendo y gritos grotescos de Madame Pauline. Rodeé el palacio y descubrí que Maurice había prendido fuego a la casa de muñecas de su abuela, esa que su tía tanto amaba, y lo habían hecho ante la ventana de la habitación en la que ella se encontraba encerrada.
La mujer lo maldecía enloquecida.  Miguel observaba desde otra ventana con expresión severa. Raffaele se acercó también y contempló a mi lado cómo su primo fue arrojando una por una las muñecas a la hoguera, mientras su tía parecía agonizar.
—La ira de Dios ya comenzó a caer sobre ella —dijo con amarga satisfacción y volvió a entrar en el Palacio, seguramente para acompañar a Miguel.
No pude evitar estremecerme ante el aspecto de Maurice. Sus ojos brillaban completamente dorados, las llamas arrojaban sombras y destellos sobre su hermoso rostro, transfigurándolo en un ángel del Juicio Final. No obstante, la sonrisa cargada de odio le convertía también en un demonio. Temí que llegara el día en que fuera yo el ajusticiado, ¿sería igual de implacable conmigo?
Después de eso, el comportamiento de Madame Pauline fue más desequilibrado y violento. Pierre llegó decir que le recordaba a la Vieja Duquesa, cuando tenía ataques de ira contra sus hijas. Viendo que a Miguel le aterrorizaban sus gritos, Raffaele pidió a Madame Severine que la recluyera en su convento hasta la llegada del Duque. La abadesa aceptó sin protestar. Parecía lamentar verdaderamente la situación. Incluso visitó a Miguel para asegurarle que el Duque no podía haber participado en semejantes actos.
—Philippe es incapaz de hacerte daño, Miguel. Espero que le creas cuando él mismo te lo diga.
Miguel no quiso contestarle. Aquella mujer no le inspiraba confianza y debo reconocer que a mí tampoco. Sin embargo, cuando se enfrentó a su hermana, fue muy convincente. Madame Pauline, con la ropa y el cabello desarreglado luego de un día de confinamiento, nos acusó de haberla torturado. Madame Severine la escuchó en silencio, inexpresiva y digna como siempre. Después dio unos pasos para acercarse y dar en voz baja su veredicto:
—Eres una vergüenza para la familia.
La Duquesa de Meriño quedó petrificada, igual que la hubieran golpeado hasta dejarla sin aliento. Raffaele la sujetó de un brazo y la guió hasta el carruaje. Los tres se marcharon, escoltados por los Tuareg, para llevar a la monstruosa mujer al convento de las Agustinas. El Palacio de las Ninfas ganó claridad y el aire se hizo respirable de nuevo.
Toda aquella tragedia hizo que experimentara vivamente mi propia inutilidad. Me sentí impelido a hacer algo al respecto: decidí aprender esgrima y tiro. Maurice saltó de alegría cuando se lo dije. Ese mismo día empezó a entrenarme. No fue nada fácil tenerle como maestro, la manera como se refirió a mi “carencia de músculos por andar demasiado tiempo haciendo nada” fue, por lo menos, ofensiva.
Su manera de corregirme tampoco era amable. Perdía la paciencia fácilmente cuando no hacía las cosas como me había indicado, y se reía abiertamente de mi torpeza para repetir cada posición del arte de la espada. ¡Y mejor no hablar de sus recriminaciones por mi mala de puntería!  
—Tendremos que entrenar todos los días. Y definitivamente necesitas más de un maestro.
Dicho esto, me dejó con la espada en la mano y volvió al palacio. Le entregué el arma y los guantes a Renard y le seguí. Fue directo a la habitación de Raffaele y Miguel. Este último no se levantaba de la cama desde el ataque, inmerso en la melancolía. Su amante le acompañaba todo el tiempo, tratando de animarlo.  
—¡Levántate! —le gritó en español Maurice quitándole las sábanas en las que estaba envuelto—. Vassili quiere aprender esgrima pero es muy torpe y estoy a punto de atravesarlo con mi espada.
Creo que fue la primera vez que lamenté haber aprendido español. Miguel preguntó qué tan malo era yo,  Maurice hizo un gesto con las manos indicando que estaba ante un caso perdido. Sus primos se echaron a reír. Yo deseé poder refutar sus palabras, pero eran del todo ciertas.
—Tiene dos manos y dos pies izquierdos. Parece ciego y sordo. Hasta el viejo Pierre lo haría con más elegancia —declaró Maurice dando su veredicto final.
—No tienes que exagerar —respondí en español. Mi amigo me miró sorprendido y se sonrojó.
—Quizá lo que le hace falta a Vassili es un buen maestro —dijo Raffaele en perfecto y glorioso francés—. Hasta el día de hoy, Maurice, no me has vencido en esgrima.  Yo le enseñaré.
—Estoy seguro de que puedo vencerte ahora.
Los dos decidieron ir a probarlo y salieron rápidamente. Miguel saltó de la cama y comenzó a vestirse aprisa. Le preocupaba que se hicieran daño. Lo ayudé y bajé con él. Encontramos a los dos, espada en mano, dispuestos a comenzar.
—Que Miguel sea el juez —sugirió Raffaele.
—Por supuesto, Vassili no sabe nada de esgrima aún —contestó mi querido pelirrojo mostrando una gran alegría de poder batirse con alguien que no dejaría caer la espada a la primera estocada.  
Comenzaron a luchar. Maurice era el más rápido pero cada golpe de Raffaele resultaba temible. Existía una innegable diferencia de fuerza entre los dos.
—Espero que no pierdan el control…—murmuró Miguel con miedo.
Los dos gritamos cuando su pequeño primo logró colocar la punta de su espada a escasos milímetros de la garganta de Raffaele.
—¿Lo ves? He mejorado —dijo el triunfador.
—Ha sido suerte —se mofó el mal perdedor—. Sigamos a ver qué tan pronto te cansas.
Lo cierto es que Maurice no se cansó. Resistió los golpes descomunales de su gigantesco primo sin amilanarse. No logró volver a tocarlo pero tampoco dejó que lo tocaran. Miguel declaró empate y pidió enfrentarse a Raffaele.
Pocas cosas he visto más hermosas que aquella figura rubia danzando con su espada. Los otros dos carecían de su completo dominio del arte de la esgrima. Se mostraban bruscos al dejarse llevar por el deseo de ganar. Miguel, en cambio, buscaba la perfección y se convertía en la representación de una epopeya viviente, tan estética como las pinturas que adornaban Versalles.
—Por eso creo que Miguel debe ser tu maestro —dijo Maurice al verme sorprendido ante la destreza de su primo—. Es el mejor de los tres. Pero yo lo supero en puntería, por lo que seré tu profesor de tiro.
—¿Hay algo que pueda enseñarme Raffaele?—bromeé.
—Él ya te ha enseñado muchas cosas… lamentablemente —su tono y expresión cambiaron.
Sonreí incomodo deseando no ahondar en el tema. A partir de ese momento me limité a comentar sobre esgrima. Raffaele terminó rindiéndose y besó a Miguel feliz de volver a verle animado.
Ciertamente, su amante dejó la melancolía pero eso no significó una mejora. Pronto empezó a amenazar con marcharse a España antes que llegara el Duque. Estaba seguro de que su tío era cómplice de su madre.
—No sé qué hacer para convencerlo de la inocencia de mi padre—se quejó Raffaele días después, cuando conversamos a solas en el despacho.  
—No insistas. Deja que tu padre se defienda a sí mismo cuando llegue. Además, creo que debes preocuparte de otra cosa. Me he quedado muy intranquilo por las palabras de Sophie, ella todavía puede hacerles daño. Debes decirle a Miguel sobre el hijo que tuvieron juntos.
—Lo sé, lo sé. Pero tengo miedo de herirlo otra vez.
—Y hay un cosa más —dije reuniendo todo mi valor—. ¿Recuerdas lo que dijo Sophie acerca de que Miguel quería ser mujer?
—¡Esas son pamplinas!
—No lo son. Él realmente se siente una mujer en el cuerpo de un hombre. Tiene mucho miedo de que lo rechaces si lo sabes.
Raffaele abrió los ojos desmesuradamente y tuvo que sentarse para superar la impresión.  
—Dime, Raffaele, ¿puedes seguir amándolo?
—Mientras Miguel sea Miguel, no me importa nada más —respondió luego de meditarlo un momento—. En el fondo lo sospechaba, no soy tan tonto, pero nunca le di importancia. Si quiere ser mujer y vestirse como una, que lo haga. Aunque confieso que me gusta más desnudo y jadeando.
—Entonces díselo. Habla con él y cuéntale todos tus secretos.
—Cuando sepa lo del niño…
—Tendrás que afrontar las consecuencias de tus actos. De todos tus actos.
—Es muy difícil, Vassili.
—Lo sé. Tiemblo al pensar en el día en que yo deba hacer lo mismo.
Fuimos en busca de Miguel. Se encontraba con Maurice en Nuestro Paraguay. Los dos contemplaban consternados el cuadro preparado para el retablo de la Iglesia de San Gabriel. Madame Pauline había destrozado el rostro del ángel con un objeto cortante. Me estremecí, era idéntico al de Maurice y con esto la mujer demostraba cuánto lo odiaba. Ni siquiera el que se pareciera a su hija le había detenido aquel impulso destructor.
—Haré otro y será mucho mejor que este —aseguró Miguel.
—Eso significa muchas horas posando… —se lamentó Maurice.
—Así es, y no pienso exonerarte. Tú eres mi mejor modelo.
Raffaele pidió hablar a solas con Miguel. La expresión de su rostro no dejó duda de que se trataba de algo grave. Tuve que intervenir y llevarme a Maurice porque insistía en saber qué pasaba.  
Nos sentamos en el corredor, frente a la puerta cerrada. Le conté sobre el hijo de Raffaele y Sophie. Por supuesto que repudió aún más a su prima y compadeció a su primo. Al hablarle de la manera en que se sentía Miguel, quedó muy sorprendido. Preguntó mucho porque le costaba entender lo que ocurría.
—¿Cómo es posible que Miguel y Raffaele de nuevo estuvieran sufriendo tanto y yo no me di cuenta de nada? —se recriminó después.
—Es difícil saber lo que pasa en los corazones de los demás si no te lo dicen.
—Pero tú siempre lo descubres, Vassili. Sabes leer el alma…
—O soy un entrometido —bromeé—. No te sientas mal por no saber nada antes. Ahora que lo sabes, debes empeñarte por ayudar a tus primos. Recuerda lo que te dije, tienes el poder de dar luz y calor a la gente, fuiste capaz de reanimar a Miguel.
—Tu torpeza ayudó un poco…
—Cierto…
Reímos un poco y no pude evitar quedarme contemplándolo. ¡Estaba completamente loco por él! Me acerqué y le besé con suavidad. Cerró los ojos y dejó que volviera a besarlo.
—Te amo — dije alejándome para verle a los ojos—. Eres todo para mí.
Se contuvo de responder y recostó su cabeza en mi hombro, enlazó su mano con la mía y volvió a cerrar los ojos. Esperamos así a que Miguel y Raffaele terminaran de librar su batalla, porque eso era lo que había tras la puerta.
Durante más de una hora, escuchamos gritos, llanto, silencio… luego otra vez discusiones y, finalmente, Raffaele salió dispuesto a marcharse aprisa.
—No te atrevas —dijo Maurice levantándose para sujetarlo del brazo—. Ninguno de ustedes dos saldrá hasta que se reconcilien.
—Estamos reconciliados… —respondió mirándonos como si fuéramos idiotas—. Voy a buscar a Antonio.
—Gracias a él me salvaron —aclaró Miguel—. Tenemos que encontrarlo antes de que Sophie lo haga.
Los cuatro bajamos para  preguntar a los sirvientes sobre el paradero de Antonio. Todos insistieron en Pierre era el indicado para responder. Acudimos al jardinero y soltó una carcajada.
—¡Antonio está sano y salvo en casa de mi hija!
—¿Tienes una hija?—pregunté sorprendido.
Los demás me miraron como si mi comentario estuviera fuera de lugar. Incluso Miguel sabía que el viejo había embarazado a una de sus amantes y que nunca quiso casarse.
—Mi hija Marie está ahora casada con un carpintero. Casi como en la Biblia, pero en lugar de tener un niño, han tenido cinco niñas preciosas. Le pedí que le dejara una habitación a Antonio mientras él reúne el dinero para volver a España
—¡Ese idiota se cree que puede largarse así!—chillo Miguel—. ¡Lo traeré aquí y le enseñaré modales!
—Se supone, mi amor, que vas a darle las gracias.
—¿Las gracias? ¿Por qué? Lo único que hizo fue pagar la deuda que tenía conmigo. Ahora no nos debemos nada el uno al otro. Puede seguir siendo mi sirviente.
—Pobre hombre —suspiró Raffaele—. Casi lamento su destino. Servir a mujeres caprichosas y gruñonas no debe ser nada agradable. Pierre, iré a visitar a Marie, ¿quieres venir?
—Por supuesto, señorito.
—Esperen aquí. Yo traeré al hijo pródigo.
Raffaele dijo aquello con gracia y se dio vuelta dejando a Miguel petrificado junto a nosotros.
—Te llamó mujer caprichosa — dijo Maurice analizando la situación—. Significa que lo ha aceptado.
—Eso parece —susurró Miguel.
—Eso es bueno—indiqué.
Miguel inclinó la cabeza y sonrió con dulzura.
—Es que Raffaele siempre sabe hacerme feliz.
No quise señalar que también sabía cómo destrozarlo en pedazos, no venía al caso recordárselo.
—¡Ah! ¡Qué fastidio! —exclamó Maurice llevándose las manos a la cabeza—. De niño tuve que hacerme la idea de que eras hombre. Ahora debo asumir que eres mujer aunque no lo seas. ¡Me voy a volver loco!
—Puedes seguir tratándome como siempre lo has hecho —respondió Miguel con suavidad, colocando su dedo en la barbilla de su primo para hacer que le mirara.
—Te lo agradezco, las mujeres son una molestia. Siempre hay que hablarles moderadamente y tratarlas con cuidado. Prefieren lucir sus vestidos a ir de cacería y, hasta el día de hoy, no he conocido a ninguna que no sea complicada.
—Pero, Maurice, te llevas muy bien con las sirvientas y las mujeres en San Gabriel.
—Ellas no son nobles, no son complicadas. Son inteligentes, amables, alegres e interesantes.
—Entonces te molestan las mujeres de la aristocracia y no las mujeres en general.
—Por supuesto. Las mujeres guaraníes también eran muy agradables.
Miguel soltó una carcajada y yo no pude evitar acompañarlo, Maurice podía ser tan extraño algunas veces. A él, por cierto, no le hizo gracia que nos riéramos.
—No te preocupes —concluyó el español—. Yo seguiré siendo el mismo de siempre, pero ya no temeré que te des cuenta de cómo me siento.
—Conmigo nunca finjas, no lo soporto. Me gusta que la gente no tenga doblez ante mí.
—De acuerdo, mi querido primo.
Miguel le ofreció su brazo con galantería y Maurice enlazó el suyo aceptando la invitación con una sonrisa. Los dos salieron hablando animadamente. Yo tardé en seguirlos porque me quedé paladeando el amargo sabor de sus últimas palabras.
Imaginé la gran hoguera que Maurice me dedicaría el día que supiera acerca de mi relación con sus primos y con Sorata. Estaba atrapado porque no me sentía capaz de dejar de engañarlo. No hay peor enemigo que nosotros mismos, me había convertido en el mayor obstáculo para alcanzar lo que más deseaba.

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