XIX Sobrepasando los Límites



A partir de las terribles revelaciones sobre las torturas sufridas por Miguel, nuestra convivencia volvió a cambiar. Raffaele se encargó de curar sus heridas y de hacerle compañía a todas horas, incluso durante la noche. Dormía en un diván a los pies de la cama de su primo, este insistía inútilmente en que compartiera el lecho o se marchara a su habitación.

Resultaba una triste estampa la que ofrecía el imponente heredero de los Alençon en esos días, esforzándose por mostrar entereza cuando a leguas podía verse lo profundamente afectado que se encontraba. Constantemente lo sorprendía a punto de llorar o de sufrir un arrebato de cólera.

Maurice, por su parte, había perdido el apetito de nuevo, se mostraba más abstraído que de costumbre y una expresión afligida ensombrecía constantemente su rostro. Pasaba su tiempo enfocado por completo en su primo, tratando de hacerle sentir mejor cuando él mismo no encontraba consuelo. 

Yo sufría al verle así, al ver a los tres atrapados por la desgracia ocurrida a Miguel, y comprobar mi incapacidad para aliviarlos. Se podía decir, sin temor a exagerar, que el Palacio de las Ninfas se transformó en el recinto de la tristeza, el dolor y la rabia. 

La situación pudo haberse prolongado de no ser por Miguel, quien, además de hermoso, siempre fue muy gallardo y puso punto final a los días de duelo.





—Tenemos que terminar los frescos de "Nuestro Paraguay" —exigió bautizando de esa manera aquel salón para la posteridad—. Raffaele encárgate de convocar a todos para mañana temprano. 

—Deberíamos esperar a que estés mejor —recomendó Maurice. 

—Mis heridas ya casi no molestan y estoy aburrido. Quiero pintar, salir a cabalgar por el campo y  bailar hasta que me duelan los pies.

—¿Bailar? —pregunté asombrado porque aquello contrastaba completamente con el clima en el que estábamos inmersos. 

—Sí, quiero bailar. Hagamos una fiesta la próxima semana. Invitemos a Joseph y a Théophane...

—Te has acordado... —intervino Raffaele conmovido.

—Por supuesto. Siempre lo tengo presente. 

—¿Qué cosa?—insistí al ver que no dejaban de mirarse el uno al otro embelesados, olvidando todo lo demás. 

—El veinticinco de septiembre es mi cumpleaños —respondió Raffaele sonriente.

—¡Ah, es cierto!—exclamó Maurice como si aquello le sorprendiera. 

—Lo has olvidado otra vez —le acusó Raffaele. Él se limitó a sonreír dándole la razón.

—Este año al fin podremos celebrarlo juntos, por eso debemos tener un gran baile—insistió Miguel—. Los veintinueve años del futuro Duque de Alençon deben celebrarse como es debido. 

—En lugar de una fiesta, prefiero ir a un lugar tranquilo contigo. 

—Pero quiero bailar y...

—No me hará ninguna gracia verte bailar con alguna Madame, que seguramente sonreirá como tonta mientras yo saboreo la hiel de mis celos.

—¡Ah! Tienes razón —lamentó Miguel como si acabara de darse cuenta de la situación.

—Aunque me gusta la idea de invitar al tío Théophane y a Joseph. Podemos organizar una jornada de cacería.

—También podemos invitar a Bernard y a los demás...—apuntó Maurice sumándose a la idea.

Comenzamos a planificar la jornada de cacería. Ellos, como siempre, se mostraban entusiasmados y yo me resignaba a las incomodidades que siempre conlleva semejante actividad. Sin embargo, noté que Miguel no estaba muy conforme pese a ser tan aficionado a la caza como sus primos.

Al día siguiente volvimos a dedicarnos a los frescos junto con Bernard, Clemens, François y Etienne. El trabajo de nuevo fue agotador. En pocos días dimos las últimas pinceladas a Nuestro Paraguay. Maurice estaba feliz, lo que le hacía lucir más atractivo que nunca. Yo me deleitaba contemplándolo mientras cumplía las humildes tareas que me encomendaban. Varias veces Miguel me regañó por tardar más de la cuenta limpiando un pincel que necesitaba.

Cuando él y Maurice dieron las últimas pinceladas, a las que intentaron dar algún retoque que no permitimos, declaramos terminada nuestra obra de arte. Y digo nuestra con toda propiedad, pues mi nombre fue acuñado junto con el de los demás en una esquina. Todavía puede leerse; Madame Severine nunca se atrevió a cubrir los frescos, como amenazó muchas veces, y estos han quedado para la posteridad como testimonio de una de las mejores épocas de mi vida. 

Nuestro Paraguay se convirtió en el salón favorito de Raffaele. Lo destinó para nuestras partidas de cartas y estuvo a punto de trasladar ahí el piano. Maurice rechazó la idea diciendo que no podría concentrarse en la música por el exceso de detalles en las pinturas; tenía un serio problema en ver antes que nadie lo menudo y ahora esa habitación le aturdía. Se hizo su voluntad porque,desde un principio nuestro objetivo fue darle gusto evocando el lugar que tanto amaba.

Después de que Miguel trazó el último nombre en la pared, celebramos la consumación de nuestro trabajo con un banquete. Estábamos tan cansados y felices que olvidamos todos nuestros modales, nos sentamos en el suelo y allí pedimos a los sirvientes que dejaran los deliciosos manjares que Raffaele ordenó preparar. 

Reinó la algarabía. No importaba que Etienne y François no fueran de la nobleza, todos compartimos por igual. Nos unía la simpatía, la afinidad en algunos gustos y opiniones y, sobre todo, el respeto mutuo.  Sin proponérnoslo habíamos arrojado las murallas que separaban nuestras clases sociales. 

Hay que decir que en parte se debía a que Maurice  nunca se fijaba en la condición social de otra persona y a que Raffaele solía juzgar a los hombres por su propio valor y no por su linaje. De otra forma, Miguel y  yo, que nos manteníamos muy conscientes de pertenecer a un estamento superior, no hubiéramos trabado relaciones con alguien como Etienne, un hijo de campesinos. Y así hubiéramos perdido la oportunidad de conocer a una de las personas más “nobles” que Francia ha dado a luz. 

Etienne, por su parte, era un ingenuo que no se daba cuenta de dónde y con quién se encontraba. El lujo del Palacio de las Ninfas le causaba admiración pero no llegaba a deslumbrarlo. Consideraba la  buhardilla en la que vivía su propio palacio, uno que había logrado pagar con mucho sacrificio y estaba satisfecho de semejante logro. Su gran ambición era llegar a ser jurista y regresar a su pueblo para enorgullecer a su padre. 

François sabía perfectamente que nuestra amistad era algo inusual y la agradecía. Nunca mostró ningún complejo por su condición, al contrario, se enorgullecía de que su padre ejerciera el mismo oficio que el padre de Voltaire. Consideraba que todos los hombres eran iguales por naturaleza, y que las diferencias entre nobles y plebeyos provenían de erróneas nociones arcaicas en las que estábamos anclados. Soñaba con probar esa igualdad original creando una sociedad donde no importara el origen sino el talento, y en la que cada hombre fuera libre de labrarse su destino. Cada vez que le escuchaba exponer sus ideas, una parte de mí se entusiasmaba, pero concluía que sus palabras no eran más que quimeras. 

Bernard y Clemens pertenecían a la nobleza. Eran jóvenes inteligentes y de buen carácter, que no soportaban la vaciedad del ambiente de Versalles y nos encontraban a muy interesantes, especialmente a Maurice, quien se había convertido para ellos en una fuente inagotable de conocimiento y novedad. 

Creo que pocas veces se encontró un grupo tan diverso y divertido como el nuestro. Solíamos competir demostrando nuestro intelecto. Nos gustaba halagarnos y criticarnos por igual, haciendo gala de una sinceridad abrumadora. No había ofensa que no se arreglara en un pestañeo ni discusión que no terminara en una carcajada. Si es cierto que quien encuentra un amigo encuentra un tesoro, entonces soy uno de los hombres más afortunados de la tierra, porque en aquellos días disfruté de la compañía de muchos.

El banquete terminó convirtiéndose en una partida de cartas que consumió el resto del día. Al anochecer, el carruaje de la familia de Bernard recogió a todos nuestros amigos y Raffaele se marchó a Versalles porque Su Majestad quería que lo acompañara en una de sus cacerías al día siguiente.

Maurice se retiró a dormir. Siempre que bebía de más terminaba somnoliento y de mal humor. Debo confesar que al descubrir esto descarté el intentar embriagarlo para lograr hacerle el amor, pero la idea me había tentado durante mucho tiempo. 

Miguel me pidió que le ayudara a recoger los materiales, no quería que los sirvientes los echaran a perder. Hasta el final el único talento que me reconoció fue el de limpiar bien los pinceles. Al menos esto me dio la oportunidad de hablar a solas con él. 

—¿Raffaele y tú ya han hecho el amor? —le pregunté esperanzado. 

—Aún no...

Su triste respuesta hizo que lamentara haber abierto la boca. El silencio reinó por unos minutos.
—Dime Vassili... él... ¿él te ha buscado?

—No lo ha hecho. Recuerda que se ha mantenido a tu lado todo el tiempo, incluso durante la noche.
Volvió a formarse el incómodo silencio. Me dediqué a despedirme de los pinceles, esperaba que fuera la última vez que tuviera que limpiarlos. 

—Soy cruel con Raffaele ¿verdad?—habló al fin, mientras recogía las pinturas sin mirarme. 

—Él no espera que lo perdones fácilmente. 

—¡Ya le he perdonado!—afirmó dándose vuelta para mostrarme su rostro lleno de angustia—. ¡Pero no puedo dejar de temblar cuando me toca!

—Espero que algún día puedas.

—¡Temo que ese día no llegué y él se canse de mí!

—Eso no pasará. Raffaele te ama.

—¿Y si el amor no es suficiente?—la tristeza y el miedo que mostró me conmovió.

—Quiero creer que no hay nada más fuerte que el amor—le dije colocando mi mano sobre su pecho.
Sonrió con candidez y su rostro se volvió una obra de arte. Entonces tuve una revelación y quise comprobarla. 

—¿Sugeriste esa fiesta porque querías bailar con Raffaele?

—¡Ah, me has descubierto!—exclamó sonriendo avergonzado—. Ya ves lo tonto que soy. Olvidé que soy hombre. 

—¿De verdad te hubiera gustado nacer mujer sólo para bailar con él?—no pude evitar mostrarme un poco escandalizado.

—Vassili, seguramente no entiendas pero la verdad es que todo el tiempo me siento como si fuera una mujer. Hay algo mal en mí...

—Sin duda. No puedo creer que te sientas así. Lo digo porque ser mujer no es nada favorable. Las mujeres son poco privilegiadas en comparación a nosotros. Por ejemplo, mis hermanas recibieron una educación mediocre, a diferencia de la que recibimos mi hermano y yo, debido a que de ellas sólo se esperaba que fueran buenas esposas. Lo mismo ocurre con todas las mujeres, requieren de esposos o amantes para tener alguna importancia. Las pocas excepciones son mujeres como la reina Elizabeth de Inglaterra, cuya soltería fue la mejor arma política de su reino. Mas, en general, todas están en una condición inferior al hombre, sin importar la clase a la que pertenezcan. Por supuesto que las mujeres de la plebe son doblemente insignificantes.

—Eso es porque los hombres han hecho así a la sociedad. No creo que las mujeres sean inferiores por...  

—No sólo inferiores—me burlé —, sino de naturaleza más propensa al pecado, según mi tío. Solía decirme: “Aléjate de las mujeres, llevan al diablo bajo las faldas”.  

—Tu pobre tío se llevará una gran decepción cuando sepa que, en tu caso, el diablo se esconde en los calzones —me acusó sonriendo con malicia. 

—Eso es seguro.  Pero dejando a mí buen tío de lado, es un hecho probado que las mujeres son, además de débiles, poco inteligentes.

—No digas eso ante Maurice. Está deslumbrado por la inteligencia de las dos sirvientas nuevas, hasta empezó a enseñarles a leer. 

—¿Para qué pierde el tiempo de esa forma? ¿Acaso limpiaran la habitación con más acierto si saben leer?

—¡Vassili eres tan...! —extendió las manos hacia mí amenazando con ahorcarme.

—¿Tan sensato? Lo sé. El que no parece sensato hoy eres tú. Querer bailar con Raffaele o querer ser mujer. ¡Estás loco!

—No estoy loco. Soy patético. Un hombre que siempre se sentirá ajeno a su propio cuerpo. Ojala estuviera loco y no me diera cuenta del mal chiste que parezco.

—Perdona, he hablado de más —dije al ver su expresión afligida y avergonzada—. Olvida todo lo que he dicho, está bien que quieras ser mujer.

—¿Qué dices?

Me acerqué a él y toqué su mejilla como solía hacer con mi hermana, cuando ella me contaba sus preocupaciones de niña. Nunca la entendí pero siempre despertó mi ternura. Algo en Miguel alentaba este mismo sentimiento y me hacía querer protegerlo.

—Si se trata de ti, no es una locura. Tienes derecho a ser y sentirte de la manera que quieras.

—Gracias Vassili. Ya veo que sabes ser galante.

—Por supuesto —sujeté su mano y la besé—. Tú no eres patético sino hermoso, noble y gallardo. Creo que sólo Maurice está a tu altura. 

—Guarda tus cumplidos para él. Si Raffaele nos viera en este momento, imagina lo que haría.

—¡Ese bruto! Llegó al extremo de apuntarme con su arma. Aún no he ajustado cuentas con él por eso. 

Ambos reímos de los celos irracionales de Raffaele mientras terminábamos la tarea.  Una vez que todo estuvo recogido y me dispuse a salir de la habitación, dejando atrás mi relación con los pinceles, Miguel me detuvo para hablarme de nuevo con un tono confidente:

—Por favor Vassili, no le cuentes a Maurice y a Raffaele sobre mi extraña manera de pensar. 

—¿Hasta cuándo vas a guardar secretos?—le regañé.

—¡Si ellos llegan a saberlo se burlarán de mí!

—No lo harán. Te aman y...

—Igual no van a entenderme. No se lo digas...

— De acuerdo. Mientras no lo vea necesario, no diré nada. 

—Gracias. Eres la primera persona a quien se lo cuento. Aunque algunos de mis hombres en el Ejército lo descubrieron por ellos mismos —añadió riendo como si aquel recuerdo le hiciera mucha gracia.

—¿Y qué hiciste?

—Los molí a palos para que no se les ocurriera subestimarme. 

—Conmigo no tienes que llegar a ese extremo. Ya te temo desde el primer día en que te vi, eres un español con muy malas pulgas. 

—Y  tú un francés muy remilgado. 

—Me enorgullezco de eso. No quiero ser tan bruto y temperamental como los Alençon. 

—Maurice es tan Alençon como Raffaele y como yo, mejor te acostumbras…

—No hago más que imaginar lo apasionado que será en la cama. 

Miguel soltó una carcajada que dio por terminadas nuestras confidencias. Cada uno tomó una dirección diferente, él se dirigió a su habitación y yo al jardín. Tenía mucho en qué pensar. Lo que acababa de escuchar se sumaba a una larga lista de preocupaciones pero la mayor de todas, la que llevaba varias noches quitándome el sueño, era algo que no podía consultar con Maurice y sus primos. 

Busqué a Pierre en el invernadero. No se encontraba solo, Asmun y Antonio estaban ayudándole a mover algunas cosas. En cuanto terminaron, se despidieron y el joven español se marchó mientras que el Tuareg se quedó mirándonos indeciso. 

—¿Ocurre algo Asmun? —pregunté queriendo deshacerme de él lo más rápido posible. 

—¡Seguro quiere quedarse a beber con nosotros!— le acusó Pierre burlándose.

—¡No es eso! Quiero disculparme con Monsieur Vassili… por mi culpa casi le matan —Lo miré sorprendido sin entender a qué se refería. Él continuó abochornado—. Raffaele me pidió que vigilara a Monsieur Miguel; cuando le dije que le había visto a usted muy cortés con él, enloqueció y… ya sabe lo demás. 

—Así que has sido tú el causante de todo —contesté fingiendo disgusto. 

—Perdóneme por favor...

Asmun lucía muy arrepentido. Me divertía verle al fin expresar alguna emoción en su voz y la intensidad de su mirada. Lo demás seguía oculto tras el turbante azul.

—No te preocupes, el único culpable ha sido Raffaele y ya ajustaré cuentas con él. Puedes estar tranquilo. 

Quiso decir algo más, se contuvo. Después de agradecerme y despedirse respetuosamente, nos dejó solos. Entonces Pierre sacó la botella de vino y los vasos que tenía escondidos  y me invitó a sentarme.  Dejé que bebiera para que se le soltara la lengua y, cuando lo creí oportuno, lancé la pregunta que tenía días rumiando. 

—¿Qué clase de persona es el Duque?

—¡Phillipe es un hombre extraordinario! —el anciano empezó a hablar embelesado—. Es completamente opuesto a su padre. Puede ser terrible como un león y partir en dos a cualquiera con su espada, pero también sabe ser amable y siempre ha sido justo. También es inteligente, prudente, cortés y sencillamente bueno. Hasta me llama tío Pierre... es el mejor Duque que ha tenido esta maldita familia.

Pierre comenzó a contarme cómo el joven Phillipe se había encargado de levantar a los Alençon de la ruina en la que cayeron por los desmanes del Viejo Duque. Su valentía para recorrer las costas africanas y la India en busca de plata, diamantes y cuanto pudiera comerciar; sus hazañas durante la Guerra de los Siete Años; su amistad con Luis XV y su apasionada vida amorosa.

—Se dice que todas las damas de Francia lo codiciaban, a pesar de que tenía más deudas que fortuna. Él prefirió recorrer el mediterráneo en su barco antes de tomar esposa porque, según me dijo, le había robado el corazón una dama que no estaba a su alcance.  Al final terminó casándose con la madre del señorito Raffaele que era una mujer extraordinaria.

Volvió a contarme sobre la desgraciada muerte de la joven y bella duquesa Isabella Martelli. Como no era eso lo que yo necesitaba averiguar, fui directo al asunto.

—¿El Duque es capaz de lastimar a un miembro de su familia, por ejemplo, a sus sobrinos?

—¿A los señoritos? ¡Por supuesto que no! ¿De dónde ha sacado esa idea?

—Quiero decir, si alguno hiciera algo que le disgustara sobremanera…

—Phillipe adora a Maurice y siempre ha sido muy generoso enviando regalos a los hijos de la bruja de Pauline. Él es incapaz de hacerle daño a otra persona, y menos a su familia. Es un buen muchacho. Debió hacer encerrar a su padre en algún calabozo y no lo hizo. Siempre perdonó a Pauline cuando ella le golpeaba o destrozaba sus cosas. Era bueno hasta parecer idiota cuando era niño.

—¿Se lleva mal con Madame Pauline?

—Por supuesto. Ella lo odia desde que le vio nacer. Es fácil entender por qué: el Viejo Duque nunca la amó, la miraba como “otra niña más”, mientras que a Phillipe lo consideraba su heredero.

—Entonces, es imposible que sean cómplices… —murmuré aliviado.

—¿Cómplices en qué?

—En cualquier cosa… —dije para salir del paso.
—Phillipe siempre ha mantenido la distancia con ella. Incluso se negó a aceptar la propuesta del Duque de Meriño de comprometer a Raffaele con la niña Sophie. Supongo que Pauline no quedaría muy contenta porque así su hija no iba a ser la próxima duquesa. Me atrevo a jurar que ella quiere quedarse con este palacio.

—¡Pierre, me has aliviado mucho!

—No veo cómo. Todo lo que le he contado es parte de una historia triste. ¡Esta familia está maldita!
—Exagera —le regañé.

—Si usted hubiera visto la mitad de las cosas que yo vi, si supiera todo lo que yo sé, se le pondría el cabello tan blanco como el mío. Le digo la verdad, Monsieur, la única esperanza que me mantiene vivo es ver a mi pequeño Phillipe vencer al Viejo Duque. 

—El Viejo Duque ya está muerto, no veo en qué tenga que vencerlo…

—¡Todos en esta familia están condenados al infierno por los pecados que ese infame cometió!— declaró agitándose.

—¡Estás delirando, Pierre!

—¡Todos han sido y van a ser desgraciados! —Vació de un trago su vaso y lo depositó en la mesa dando un sonoro golpe. Un instante después habló con más serenidad—. Pero estoy seguro de que Phillipe logrará salir airoso y deshará todos los entuertos que dejó su padre, así él y los señoritos podrán tener vidas tranquilas y dichosas.  Respecto a las Ninfas, es una pena; las que quedan ya no tienen salvación. 

Cuando iba a responder algo que desestimará sus palabras, caí en la cuenta de que yo era testigo de los efectos de la maldición a la que se refería: Raffaele, Miguel y Maurice sufría cada uno su propia tragedia.  Al Duque no le conocía, pero era fácil imaginar la pesada carga que llevaba.

Por otro lado, la rigidez de Madame Severine, la crueldad de Madame Pauline y todo lo escuchado sobre la madre de Maurice, indicaba que aquellas mujeres habían paladeado muy bien la amargura. La Vieja Duquesa llegó a enloquecer por el sufrimiento y la más joven de las ninfas, la llamada Petite, de quien todos hablaban encantados, encontró la muerte muy joven. Cualquiera podía terminar creyendo en maldiciones al reparar en estos hechos. Otra vez imaginé que oscuros espinos se extendían alrededor del palacio.  

Al verme preocupado Pierre comenzó a hablar de sus correrías de juventud. Hizo un relato muy pintoresco de sus amoríos sin fruto. Agradecí su gesto, mas no pude dejar de pensar en qué clase de pecado pudo cometer el Viejo Duque para condenar a toda su familia a la desdicha. Insistí una y otra vez en preguntárselo, pero el anciano jardinero se negó a responder.

Convencido de que se necesitaba más que vino para sacarle ese secreto, me rendí. Como consuelo podía felicitarme por haber descubierto que Madame Pauline no tenía una buena relación con su hermano. Esto era algo alentador pues hacía menos creíble la participación del Duque en la tortura de Miguel. Decidí no comentar el asunto con los otros ya que los ánimos se caldeaban cada vez que se tocaba el tema. Me despedí del anciano jardinero regalándole monedas para su vino y volví a mi habitación buscando descanso.

Esa noche tampoco pude conciliar el sueño. En mi mente se entretejieron las más extravagantes teorías sobre el viejo Duque. ¿Qué había hecho para que Pierre lo acusara de haber condenado a toda su familia? ¿Se trataba de la larga retahíla de pecados que yo ya conocía o de algo más? ¿Qué tanta credibilidad debía darle a las palabras de un viejo tan amante del vino? Algo me decía que estaba ante otra puerta y que debía cruzarla si quería estar con Maurice. Su abuelo era parte de su historia, y muy probablemente la causa de que su madre y sus tías fueran frías y crueles.  

Por lo que ya sabía, el Viejo Duque era despreciable. Todos lo describían como un hombre violento y brutal, capaz de maltratar a su esposa por no darle pronto un hijo varón y humillarla introduciendo bajo el mismo techo a una de sus amantes. Sin el menor escrúpulo para forzar a jóvenes sirvientas, extorsionar con grandes intereses a quienes cometían el error de pedirle prestado y dilapidar la fortuna de su propia familia en sus vicios. Un hombre que despertaba en mí el odio por haber atentado contra la vida de Maurice, su propio nieto.

No dudaba que todo eso era suficiente para condenarlo al infierno pero… ¿Por qué debía su familia cargar también con sus culpas? No le encontraba sentido a toda aquella historia. Traté de olvidarla y me sumergí en la lectura de uno de los libros de Voltaire, esperando aburrirme lo suficiente como para quedarme dormido. Entonces, en medio del silencio que reinaba, volví a escuchar los rasguños en las paredes.

Aquello me aterró. ¿Acaso había convocado al maldito Duque de Alençon desde las profundidades del infierno? Traté de ignorar el sonido pero este venía de todos los rincones y parecía ir en aumento a cada minuto. Mi cuerpo se sentía pesado, me costaba respirar y el camisón se pegó a mi piel a causa del sudor frío que me acometió. Me obligué a mantener los ojos abiertos, temía que el espectro aparecería frente a mí al menor parpadeo. Prefería estar alerta y verle llegar.

Por un momento la luz del quinqué osciló y creí que iba a quedar en la más completa oscuridad. Lo tomé en mis manos, me aseguré de aumentar la llama y salí rápidamente de la habitación. No me importaba quedar como un cobarde ante los espectros del palacio, sentía mi corazón a punto de romperme el pecho y estaba seguro de que mi alma iba a ser arrastrada al averno si no escapaba. 

Terminé ante la puerta de Maurice, mis pies se habían movido solos. Era lo más lógico, ¿quién más me hacía sentir seguro y llenaba mis tinieblas de luz? El problema era cómo convencerlo de que no estaba ahí buscando otra cosa más que refugio. Toqué y no obtuve respuesta. Desesperado, intenté abrir y me llevé la maravillosa sorpresa de que mi amigo no había echado la llave.

Entré y cerré esperando que el Viejo Duque no se atreviera a seguirme. Ya no era capaz de pensar con cordura. Encontré a Maurice profundamente dormido boca abajo; todo indicaba que se había echado sobre la cama apenas se vio ante ella, sin cambiarse de ropa ni despojarse de los zapatos. 

Sus malos modales hicieron que olvidara mis temores por un momento. Dejé el quinqué sobre una mesa, le quité los zapatos, la chupa y la maltrecha corbata para acomodarlo en la cama. Hasta le cubrí con una sábana porque me parecía que hacía mucho frío. Él se dejó hacer y sólo cuando lo llamé varias veces, entreabrió los ojos y murmuró mi nombre. 

—¿Puedo dormir aquí, Maurice? —le supliqué—. Prometo no molestar. Me acomodaré en el sofá…

—Quiero dormir, Vassili —se quejó.

—Lo sé, perdona. Es que… tengo miedo. Escucho a tu abuelo arañando las paredes y…

—¡Qué estupidez! —gruñó haciéndose a un lado—. ¡Pareces un niño! 



—¿Entonces puedo…?


No contestó, se limitó a dejarme más espacio. En otro momento hubiera dicho alguna cosa para seducirlo, pero no podía pensar en nada gracias al sonido de los rasguños. Me metí en la cama adhiriéndome a él como un animal asustado. 

—Vassili de verdad estás temblando —dijo incorporándose preocupado. 

—Ya te lo dije, escucho a tu abuelo arañando las paredes. ¿Tú no lo oyes?

Maurice prestó atención un momento y luego sonrió. 

—Son ratones. 

—¡No lo creo! 

—Claro que lo son. Eres un tonto al creer en fantasmas.

Volvió a recostarse y me dio la espalda. Lo abracé, escondiendo mi rostro entre sus mechones rojos, tratando de no escuchar ni pensar en nada más que  el olor y la calidez de su cuerpo. Fue inútil, los malditos dedos espectrales seguían atormentándome. A pesar de que el sonido era más tenue que en mi habitación, me angustiaba porque evocaba mis mayores temores y no podía evitar pensar en el destino aciago que le esperaba a Maurice y a sus primos. 

A medida que en mi mente se iban formando las imágenes de calamidades, abrazaba con más fuerza a Maurice. Él se quejó varias veces, yo le soltaba para luego volver a aferrarlo. Finalmente se dio vuelta y me encaró. 

—¡Basta! ¡Quiero dormir!

—Perdona… Tengo tanto miedo que estoy enloqueciendo.  

—¡Escúchame bien, Vassili, si el mismo diablo viene por ti, lo echaré a patadas! No voy a dejar que nada ni nadie te haga daño. Duerme tranquilo. 

Acompañó sus palabras con un beso con el que humedeció mis labios, embriagó mi mente y me animó a acercarme aún más. Lamentablemente, cuando yo ya estaba levantándole la blusa, se quedó dormido. No pude evitar reírme de mi mala suerte. Le devolví el beso y cerré los ojos sintiéndome más tranquilo, incluso estoy seguro de que continué sonriendo mientras dormía y se prolongaba el ya inútil recital de arañazos a mi alrededor.

Desperté a media mañana al sentir que me tiraban de una oreja, a Maurice no le había hecho ninguna gracia encontrarme en su cama. No recordaba haberme dado permiso y mostraba todos los síntomas de sufrir una pequeña resaca.

—Ya veo que beber te hace olvidar las cosas. O quizá sea una excusa para no hacerte responsable de lo que hiciste anoche —le acusé con aire ofendido. Me gustaba verlo alejándose de mí sonrojado y nervioso, como si yo representara un gran peligro.

—¿Qué? ¿Yo no hice nada? Tú te metiste en mi cama mientras dormía. Y yo que confié en que no ibas a seguir provocándome… —comenzó a caminar por la habitación murmurando su despecho.

—Anoche vine muy asustado del fantasma de tu abuelo y pedí que me dejaras quedarme en el sofá. Tú me invitaste a tu cama y me besaste. Dime, ¿quién estaba provocando a quién?

—Yo no… —empezó a decir y se cortó en seco como si recordara.


—No imaginé que fueras el tipo de hombre que no se hace responsable de sus acciones, Maurice.

—Creí que lo había soñado —reconoció acercándose hasta el borde de la cama—. Perdona Vassili, tienes razón.

—Me alegra que se haya aclarado el malentendido. Ahora permíteme devolverte lo que me diste anoche.

Le sujeté de la nuca y lo acerqué a mí para besarlo. Se sorprendió y trató de librarse pero, al insistir un poco, no pudo resistirse y me correspondió. Lo abracé y atraje hasta que subió a la cama y quedó recostado junto a mí. Quise aflojarle los calzones, me sujetó la mano.

—No, Vassili… no puedo.

—Pero te mueres de ganas como yo —le acusé acostándome sobre él y acariciando su entrepierna con mi vientre.

—Te lo ruego… no puedo. Me dijiste que…

—Sólo un beso más…—supliqué tratando de contenerme y no desnudarlo como me sentía impulsado a hacer.

Él asintió, me dejó besarle, buscando acariciar su lengua con la mía. La intensidad de nuestros roces fue creciendo a medida que nos entregábamos a aquel beso. En un momento se aferró a mi cuello con más fuerza, rodeó mi cadera con sus piernas levantándome el camisón sin querer  y dejando al descubierto mi miembro completamente erecto. Busqué que se rozara con el suyo, aún atrapado bajo la tela, provocando una sensación tan intensa que perdimos el control. Comenzamos a movernos con más violencia, al unísono, excitándonos sin parar de besarnos y acariciarnos.

Maurice, tal y como sospechaba, era como un animal salvaje cuando el placer lo dominaba. La imagen de su rostro transfigurado por el deseo, con sus ojos destellando fuego mientras intercalaba besos con jadeos, me hechizó hasta el punto que no pude retrasar el orgasmo. Su grito ahogado por un beso me indicó que había llegado al clímax poco después.

Permanecimos abrazados por unos instantes. Él ocultó su rostro en mi hombro. Yo quería seguir e intenté quitarle la blusa pero él sollozó una frase fatal en mi oído.

—Vete por favor…

Le escuché llorar y pude imaginar cómo se sentía.  Acaricié su espalda esperando que se calmara antes de moverme.

—Ha sido mi culpa, perdona Maurice. No pienses que has cometido un pecado, por favor. No hemos hecho nada… nada de lo que realmente quiero y puedo hacer contigo. Esto es un juego de niños, sólo eso.

—Lo que siento por ti no es un juego de niños. ¡Quiero devorarte! ¡Quiero hacerte mío! Cada vez es más fuerte y un día lo voy a hacer. ¡No podemos vivir juntos pero no quiero separarme de ti todavía! ¡Vassili me duele el corazón cuando pienso que no volveré a verte!

—Es que te has enamorado de mí —dije sonriendo feliz.

—¡No! Es que estoy confundido. ¡Debo volver con la Compañía cuanto antes!

—¡No! No adelantes la separación. Recuerda que Raffaele y Miguel aún te necesitan. Yo no volveré a acercarme a ti de noche. No te preocupes, esto no volverá a pasar.

—¡El problema es que quiero que pase! ¡Estoy loco!

—Entonces renuncia a tus votos y escapa conmigo a cualquier lugar del mundo donde podamos estar juntos…

Le aparté de mí para que pudiera mirarme a la cara y contemplé la duda aparecer en su rostro. Aquello me llenó de esperanzas, porque al menos no volvía a darme una negativa instantánea.

—Pero tu padre… —dijo al fin titubeando.

—Olvida a mi padre y al tuyo, huyamos lejos de todo. A la selva del Paraguay, si quieres…

—¡No sobrevivirías un día ahí!— exclamó sin poder reprimir la risa.

—Tú me cuidaras, ¿no es cierto? Ayer dijiste que enfrentarías al mismo diablo por mí.

Sonrió y por un momento creí ver en sus ojos lo mismo que él veía, la imagen de un mundo en el que los dos podíamos estar juntos. Por un momento creí que todo era posible y que todo se ajustaría a mis deseos. Pero el tiempo no se detuvo y la realidad vino a recordarnos cómo eran las cosas para que saliéramos de nuestro ensueño.

—Monsieur Maurice —escuchamos llamar a Asmun al tiempo que daba unos toques a la puerta.

Solté a Maurice y me levanté de la cama para esconderme tras las cortinas del dosel. Él corrió hacia la puerta para evitar que el joven sirviente la abriera. No lo consiguió y Asmun lo encontró muy azorado a unos pasos de la entrada.

—Oh, lo siento, Monsieur. Pensé que no se encontraba, como últimamente se levanta antes del amanecer y va a orar en la Iglesia… Le traje su ropa limpia—dijo el Tuareg mostrando las blusas y ropillas que llevaba dobladas.

—Yo la guardaré —se apresuró a decir Maurice quitándosela de las manos—. Por favor baja y avisa que quiero darme un baño.

—Muy bien, Monsieur.

Maurice cerró la puerta de inmediato, y recostó su frente en esta. Yo salí de mi escondite, me acerqué y le besé en el cuello.

—Asmun nunca fue tan inoportuno —me quejé.

—Es mejor que vuelvas a tu habitación ahora mismo—replicó con un tono que me atemorizó —. Y también es mejor que mantengamos la distancia entre nosotros.

—Maurice, por favor, podemos ser felices juntos.

—Yo daría mi vida por ti, Vassili, pero no voy a darle la espalda a Dios y a la Compañía. Tú y yo no podemos ser amantes. Además… —Guardó silencio y desvió su mirada.

—¿Además qué…? —repliqué volviendo a sentirme furioso y defraudado—. ¿Maurice, por qué insistes en negarnos la oportunidad?

—Porque no tenemos ninguna —Abrió la puerta para obligarme a marchar.

—Podemos crearla si renuncias a tu fe sin sentido.

—No es sólo mi fe lo que nos separa, Vassili. Es todo lo que nos rodea. Es el hecho de que los dos somos hombres, con compromisos y votos religiosos, con obligaciones familiares. Y sobre todo, el hecho de que yo soy un Alençon.

—¡Eso no importa!

—Mi padre podría algún día perdonarme otra fuga, pero mi tío ha sido claro en que irá a buscarme a cualquier lugar si vuelvo a marcharme sin su permiso. Él siempre cumple sus promesas y aún más sus amenazas. Él puede destruirte en muchas formas. Ahora por favor, vete. Te lo ruego, si me amas, vete…

Salí sintiendo que había sido herido hasta más allá de lo soportable. Sentí que las palabras de Maurice, revelando nuevos peligros, y su rostro desfigurado por el dolor eran latigazos abriéndome la piel. Lloré, maldije y lancé contra la pared todo lo que encontré en mi habitación hasta que Raffaele acudió para calmarme. Su compañía me hizo volver a la razón y también confirmó que su padre era un obstáculo terrible.

—Mi padre no aceptará tu relación con mi primo como no ha aceptado la mía con Miguel. Recuerda que sólo nos ha dado un tiempo para estar juntos antes de casarme, y lo ha hecho porque amenacé con que me pegaría un tiro en la cabeza si no me lo permitía.  

—¿Qué voy a hacer?—exclamé desesperado.

—Tú única esperanza es que Maurice acepte ser tu amante en secreto —dijo animándome—.  No estás lejos de conseguirlo. No desesperes ahora.  

Agradecí sus palabras y decidí continuar con mi campaña de conquista  paciente. Cuando volví a ver a Maurice en la comida, él mostraba claras señales de haber llorado. Supuse que Miguel se había encargado de la tarea de consolarlo. Le hablé como si nada hubiera ocurrido entre nosotros esa mañana. Se mostró muy aliviado.

Una cierta “normalidad” volvió a reinar entre nosotros a pesar de que mis emociones estaban lejos de apaciguarse. Mi situación se asemejaba a una danza al borde de un precipicio. Cada paso hacia adelante implicaba tres hacia atrás, lo que hacía imposible avanzar. Debía obligarme a ser más prudente y paciente, cualquier movimiento precipitado podía acortar el tiempo que me quedaba para convivir con Maurice.

***
Parte II


Desgraciadamente, la mejor idea que tuve fue pedir una cita con Sora y pasar la noche en el Palacio de los Placeres. Él me recibió con su apetito de siempre. No quiso gastar tiempo en preámbulos, en cuestión de minutos se deshizo de mi ropa y se entronizó sobre mí en la cama.

A pesar de lo mucho que me gustaba, estuve a punto de pedirle que esa noche nos limitáramos a dormir. Sus artes de seducción no lograban borrar el sabor de los labios de Maurice ni el recuerdo de su cuerpo ardiendo junto al mío. 

—¿Qué te pasa Vassili? ¿Estás cansado?— preguntó al ver que no correspondía a sus caricias con el fervor acostumbrado. 

—Estoy cansado. No he dormido bien.

—Mientes. Estás pensando en ese hombre—me acusó y comenzó a morderme el cuello—. ¿Cómo te atreves a traerlo a mi cama? No quiero que pienses en él cuando estás conmigo. 

—¡Entonces haz que lo olvide!— repliqué enojado.

Me incorporé y di media vuelta empujándolo para que quedara de espaldas sobre el lecho. Abrí su kimono y me arrodillé  entre sus piernas. Levanté su cadera y lo penetré sin consideración alguna. La sensación fue gloriosa. Sora estaba húmedo porque siempre se preparaba para mí.

A pesar de que fui brusco, él se mantuvo sonriente ante cada embestida, alentándome a continuar con sus gemidos de placer. Dejé de pensar, todo lo que hacía era sentir como mi miembro era recibido con total sumisión. Cuando llegué al orgasmo me di cuenta de lo que había hecho y pedí disculpas.

—Está bien, me gusta que me poseas —dijo mientras se levantaba para quitarse por completo el kimono—. Ahora déjame hacer que sientas lo mismo. 

Desapareció por un momento entre las vaporosas telas que colgaban por toda la habitación. Al regresar traía dos largos y delgados cordones rojos. Sonreí imaginando que volvería a atarme a la cama como antes, pero Sora poseía una exuberante imaginación y pocas veces repetía sus “juegos”.

Se sentó sobre mi vientre y ordenó que extendiera ambos brazos hacia él. Comenzó a atar mis manos juntas por las muñecas. Empleó una serie de nudos muy elaborados, dando al cordón el ajuste exacto para no hacerme daño y a la vez impedir que me liberara.

Era completamente diferente a la última vez que me había atado, incluso podía separar las manos unos centímetros entre ellas. Estaba muy intrigado. Pregunté varias veces qué pensaba hacer, él se limitó a susurrar que debía ser paciente. Quedé fascinado al ver lo meticuloso que se mostraba mientras tejía aquella trampa, y la expectación y deleite que reflejaba su rostro.

Al terminar con mis manos, bajó de la cama y se acercó a mis pies para repetir el ritual. Me ató por los tobillos tejiendo los nudos de manera que podía colocar mis pies uno junto al otro y moverlos un poco. Así me permitía yacer cómodamente en la cama, pero no parecía nada práctico para hacer el amor.

Finalizados los complicados preparativos, estuvo contemplándome unos minutos esbozando una sonrisa cargada de malicia. Debió parecerle excitante tenerme allí desnudo, indefenso, tendido sobre la cama con todo el cuerpo recto, las manos ociosas sobre mi ombligo, incapaz de ir hacia él, de abrazarlo o hacer cualquier otra cosa que no fuera esperar su siguiente movimiento.

—¿Qué quieres hacer?— protesté.

—Calma. Ahora estás a mi merced y pienso disfrutarlo.

No pude evitar sentirme excitado. Mi entrepierna comenzó a despertar otra vez, él se dio cuenta y extendió su sonrisa y su malicia. Se inclinó para besarme. Luego recorrió con su lengua mi cuerpo desde el cuello hasta el pecho. Ahí se quedó dando chupetazos y mordiscos a mis pezones. Me quejé, me volvía loco. 

—Debo hacer algo para que te calles— declaró.

Se incorporó sobre la cama, colocando cada pie a un lado de mi rostro, dejándome ver claramente su desnudez.

—Abre la boca, Vassili — ordenó—. Hazlo o nunca te soltaré.

Obedecí completamente subyugado por su voz y el deseo que despertaba en mí su cuerpo. Se arrodilló e introdujo lentamente su miembro en mi garganta.

—Siénteme dentro de ti—susurró con lujuria.

Cuando lo sacó, dejó que tomara aire y esperó mi reacción. Levanté la cabeza, lamí la punta y lo besé dispuesto a recibirlo de nuevo. Se acercó y dejó que yo lo acogiera en mi boca. Tuve la estupenda idea de meter mis dedos en su entrada para excitarlo. Gimió complacido y me dejó hacer.

Lo acaricié por dentro al tiempo que lamía y metía su miembro en mi boca. Me gustaba sentirle temblar de placer, entregándose a mí lo mismo que yo estaba sometido a él.

—Hagamos algo más—dijo recuperando el control.

Se apartó y dio media vuelta para arrodillarse sobre mi entrepierna al tiempo que la suya aparecía ante mi rostro, como una invitación a continuar lo que había estado haciendo.

—Así los dos podemos darnos el mismo placer —explicó con un tono afable.

—Eres un maestro en tu arte, mi querido Sora— respondí gustoso.

Aquella noche cada uno trató de avasallar al otro a través del deleite. Imité a Sora en cada movimiento de su lengua, buscando reproducir su habilidad para hacerme enloquecer.  Puedo decir que lo hice muy bien porque se derramó en mi boca antes que yo en la suya.

Nos mantuvimos absortos en ese raro juego durante horas, actuando de manera más inusitada cada vez, hasta terminar agotados. Me desató y se echó a dormir en mis brazos con una sonrisa satisfecha en su exótico rostro. 

Sora había conseguido efectivamente que yo dejara de pensar en Maurice por unas horas, mas no pudo evitar que soñara con él. Soñé que le tenía atado, que el mismo cuerpo que contemplé en el lago estaba tendido en la cama completamente subyugado para que yo lo tomara. Vi la marejada de mechones rojos desparramada sobre las blancas sábanas y los amarillos ojos, ardiendo en deseo, fijos en mí, inflamando mi pasión.

Le vi mover sus carnosos labios formulando una palabra con deleite, mi nombre. Me llamaba, pedía que dejara de torturarlo dilatando el momento de hacerlo mío. Me vi a mí mismo de pie sobre la cama, contemplándolo triunfante e inclinándome para entablar una lucha tremendamente excitante.

Por supuesto semejante sueño no iba a dejar de tener efecto. Desperté  con una dolorosa erección que me obligó a visitar presuroso la bacinilla. Me sentí patético al darme cuenta de que nada había sido real. También temí haber pronunciado el nombre de Maurice mientras dormía.

Al volver a la cama, encontré con los oscuros ojos de Sora escrutándome inexpresivos. Esperé sus reclamos pero lo único que hizo fue sonreír.

—¿Has tenido una pesadilla, Vassili?

—No… yo necesitaba…

—Ven, recuéstate otra vez a mi lado.

—Quizá deba prepararme para partir. Le ordené al cochero que me recogiera antes el amanecer.

—Falta mucho para el alba. Duerme tranquilo. Xiao Meng vendrá a despertarnos.

Seguí su sugerencia sintiéndome culpable y estúpido a la vez. Me atormentaba engañar a Sora por soñar con Maurice y traicionar a Maurice por dormir con Sora. ¡Qué exquisita filigrana estaba creando en mi telaraña!

Lo más peligroso de mi situación era el inescrutable carácter de Sora. La sonrisa que me dedicó esa noche bien podía contener todo su despecho. Quizá intuyó lo que había ocurrido, o simplemente quiso acapararme por más tiempo, lo cierto es que no dejó que me despertaran y el cochero se quedó esperándome por varias horas a las puertas del palacio, probablemente maldiciendo mi nombre.

Cuando al fin abrí los ojos, Sora se justificó diciendo que le daba lástima levantarme temprano después de que yo mismo había dicho que estaba cansado. Insistió en que le acompañara a desayunar en el jardín y no quise desairarlo, lucía tan ilusionado como un niño pequeño. Como Maurice había sido claro en que quería mantener la distancia, supuse que ni siquiera sería necesario pensar en alguna excusa para justificar mi salida nocturna.

Además, quería lograr estar con Sora fuera de la cama, quería que llegáramos a ser amigos y así, cuando Maurice me correspondiera, continuar relacionándome con él sin que mediara el sexo entre nosotros. Reconozco que esta manera de pensar reflejaba algo más que mi estupidez; demostraba que ignoraba por completo cómo funciona el corazón humano.

Sora nunca debió enamorarse de mí, pero ahí le tenía, revoloteando como una mariposa a mí alrededor. Llevaba puesto el kimono azul que tanto me gustaba, había recogido su cabello en una cola alta y no paraba de sonreír. Elegí creer en aquel espejismo y obviar sus ojos enrojecidos, la delatora sombra bajo estos y el temblor en su voz cada vez que preguntaba cuándo volveríamos a vernos...

Al atravesar el jardín para llegar a la glorieta y tomar el desayuno, escuchamos a un hombre maldecir. Nos ocultamos en los arbustos para evitar que nos viera.

—¡Es el Marqués!— dijo Sora asustado—. No sabía que estaba aquí. Debes irte Vassili.

Como tenía curiosidad por conocer al infame Marqués Donatien de Maille, no le hice caso. Me acerqué un poco más y le vi de pie en la entrada de otro edificio. Vestía un pomposo traje rojo, llevaba una peluca blanca y sostenía una copa en la mano. Debía tener alrededor de cincuenta años en esa época. Discutía con Xiao Meng y un precioso niño de cabellos castaños que vestía un ligero camisón de dormir.

Por lo que pude escuchar, el Marqués se quejaba de que el infante no había dado la talla al atender a varios de sus clientes. El eunuco argumentaba que aún era muy pronto para hacerle trabajar. Bastaba ver al pequeño  temblando, con la mirada fija en el suelo, para darle la razón a Xiao Meng.

Sin embargo, su amo siguió  quejándose  y ordenó que esa misma noche le hicieran dormir con otro cliente, advirtiendo que le daría un terrible castigo si volvía a mostrar un mal desempeño. Al escuchar esto, el niño suplicó que le dejaran trabajar en la cocina o en el establo. Expresó, apenas conteniendo el llanto, el miedo y el dolor que le provocaban los hombres que lo tomaban.

El Marqués se exasperó y lo abofeteó arrojándolo al suelo. Vi entonces al pequeño gritar desesperado, cubriendo su mejilla con sus manos mientras hilos de sangre se colaban entre sus dedos.

—Se ha extralimitado, Monsieur —le acusó Xiao Meng al inclinarse a examinar la herida.

Observé al miserable hombre mirar su propia mano sorprendido. Al parecer olvidó que tenía la copa cuando lanzó el golpe. Probablemente perdió el control por haber bebido. No obstante, lejos de lamentar lo sucedido, hizo un gesto de desdén y se dio media vuelta.

—Manda que lo vendan en la cloaca, allí todavía será útil —sentenció disponiéndose a desaparecer dentro del edificio— Luego ven a mi habitación. Este gusano me ha puesto de mal humor, quiero entretenerme con tu culo un buen rato.

—Como ordene, Monsieur —fue la escueta respuesta de Xiao Meng.

Yo estaba indignado y desde el primer momento había sentido el impulso de enfrentar al Marqués, pero Sora aferró mi brazo  y me alejó a rastras.

—Vassili no puedes dejar que te vea. Si averigua quién eres, irá a tu casa para chantajearte. No sabe que vienes con frecuencia porque Odette no coloca tu nombre en el libro. Es mejor que te vayas ahora mismo.  

Por supuesto que me asusté. La sola idea de que aquel hombre se presentara en casa de mi padre, y pidiera dinero a cambio de no revelar mis visitas al Palacio de los Placeres, me pareció más aterrador que los arañazos espectrales. Decidí marcharme de inmediato.

Sora me acompañó hasta la puerta del Palacio, cosa que nunca hacía porque era tarea de Madame Odette y Xiao Meng. Antes de salir escuché a la mujer gritar de horror y volví sobre mis pasos, siguiendo el sonido de su voz. Sora continuó tras de mí, insistiendo angustiado en que me marchara.

Encontré a Madame Odette en el jardín, de rodillas con el niño herido en brazos. Lloraba como si el pequeño fuera su propio hijo. Era imposible no conmoverse.

—Odette debes tranquilizarte y llevarlo a un doctor —le instaba Xiao Meng inclinado sobre ellos—. Tú padre me ha ordenado que lo envíe al burdel que tiene en el puerto…

—¡No puedes hacerle eso! Los hombres que van a ese lugar son monstruosos.

—Lo sé, podemos esconderlo un tiempo hasta que al Marqués se le pase el mal humor. Pero primero hay que curarlo. Está sangrando mucho. Debes llevarlo al Doctor.

—Sabes que nunca salgo del Palacio… me da miedo…

—Yo no puedo llevarlo. Tu padre quiere… quiere que lo atienda…

Por la expresión en el rostro de Madame Odette, su corazón debió quebrarse.  Contuve la marejada de sentimientos que aquella escena despertó, y me acerqué a ellos.

—Puedo llevarlos a París si lo desea —dije—. Sólo indíquele la dirección de su doctor a mi cochero.

—Gracias, Monsieur, pero usted no debe involucrarse —respondió Xiao Meng dudando.

—Ya estoy involucrado. ¡Vamos, el niño se desangra! —tomé al pequeño en mis brazos. Me rechazó asustado con las pocas fuerzas que le quedaban—. Tranquilo, te voy a ayudar.

Me dirigí hacia la puerta dejando a todos atónitos. Al salir, el cochero se quedó paralizado un momento al verme con el niño, seguido de tan extraña comitiva. Madame Odette abordó el carruaje y coloqué el niño en su regazo. Xiao Men lo cubrió con su casaca y entregó una bolsa de dinero a la mujer. 

—¡Xiao, no sé a dónde llevarle! —exclamó desesperada—. El doctor de mi padre no querrá recibirlo y…

—Yo conozco un buen doctor —afirmé en el acto—. No se preocupe, la llevaré hasta su casa. Xiao Meng, haga que un sirviente nos siga para que sepa dónde recogerlos.

Sin esperar a que aceptaran mi oferta, ordené al cochero que se dirigiera a la calle San Gabriel. Xiao Meng y Sora nos despidieron agradecidos por mi ayuda. Mientras el carruaje avanzaba observé por la ventana sus figuras inmóviles hasta desaparecer en la distancia. Ambos eran la imagen de la desolación. Lo mismo se podía decir de la mujer y el niño que tenía frente a mí. Maldije al Marqués de Maille con todas mis fuerzas, y me maldije a mí mismo por ayudarle con mi dinero a mantener aquel horrendo lugar.

De camino a San Gabriel, dediqué toda mi atención a mis pasajeros.  El niño había dejado de llorar. Se presionaba la herida con varios pañuelos a los que la sangre ya había teñido de rojo. Mantenía los ojos cerrados y los labios fruncidos soportando el dolor. Era valiente, yo en su lugar hubiera estado completamente desesperado.

—Estoy seguro de que el doctor Charles curará muy bien esa herida —dije para darles esperanzas.

—Gracias por su ayuda, Monsieur —respondió Madame Odette.

El niño abrió los ojos y los fijó en mí. Pude ver que eran de color miel, grandes, adornados por largas y abundantes pestañas. Contemplé los lacios mechones de cabello castaño que rodeaban su rostro y la delicadeza de sus facciones. Sin duda, era hermoso. Eso lo había condenado.

—¿Cómo se llama? ¿Qué edad tiene?

—Su nombre es Gastón y tiene ocho años—respondió  la mujer.

—Pensé que tenía diez.

—Es muy alto para su edad —dijo esto llena de maternal orgullo. El niño recostó la cabeza en su hombro como respuesta. Era evidente que confiaba en ella.

—¿Cómo terminó en el Palacio de los Placeres?

—Lo trajeron hace más de un año…

—¡Uno de los vecinos me vendió cuando murió mamá y me quedé solo!—gruñó el pequeño con una voz cargada de odio y tristeza.

Su mirada y actitud me hicieron ver que estaba ante alguien y no una cosa o un animal al que se podía vender y comprar. Me estremecí al abarcar lo trágico de su situación y que esta era similar a la de Sora. Sentí un enorme peso aplastando mi corazón y quise escapar, no soportaba seguir pensando en que era cómplice del Marqués de Maille.

Para cambiar el tema pregunté a Madame Odette acerca de lo que Sora había revelado respecto a su padre. Ella no titubeó en advertirme que evitara a toda costa encontrarme con él porque este no tendría escrúpulo en chantajearme. Con su timidez característica, explicó que evitaba colocar mi nombre en el cuaderno en el que registraba las citas del Palacio de los Placeres. Solía sustituirlo por cualquiera que se le ocurría para que su padre no se diera cuenta de que tenía en mí a un cliente asiduo.

Agradecí a la buena mujer por protegerme y ella mostró toda su dulzura con una sonrisa.

—Sora es mi único amigo —respondió justificándose—. Él lo ama, Monsieur. Y es la primera persona que ama desde que lo conozco. A veces llora por usted, pero la mayor parte del tiempo sonríe y se le llenan los ojos de luz con tan solo escuchar su nombre. Xiao y yo creemos que usted ha hecho que vuelva a la vida. Por eso quiero protegerlo de mi padre.

—Gracias Madame. Pero dígame, ¿acaso Xiao Meng no es también su amigo?

—Sí... por supuesto —respondió al tiempo que enrojecía de manera encantadora y ocultaba su rostro tras la cabeza del pequeño Gastón. Me provocó una gran simpatía y casi lamenté que una mujer tan dulce estuviera enamorada de un hombre tan agrio como Xiao Meng.

Después de dejarlos en casa del doctor me dominó el cansancio. Al regresar al Palacio de las Ninfas evadí encontrarme con Maurice y los demás para encerrarme en mi habitación a dormir. A las pocas horas, Miguel se presentó para quejarse de las salidas secretas de Maurice.

Estaba nervioso y su voz adquiría ese tono chillón que lograba exasperarme en cuestión de segundos. De sólo imaginar su reacción al saber que su primo visitaba a un Rabino judío, sentí dolor de cabeza. Tuve el impulso de echarlo para seguir durmiendo pero era evidente que había llorado y no creía que fuera por Maurice.

—¿Raffaele aún duerme?—Le pregunté interrumpiendo su discurso.

—No. Salió a cabalgar apenas amaneció.

—¿Han discutido otra vez?

—No... fue algo peor. Anoche intentamos... y...

Se dio vuelta para que no lo viera llorar. Me levanté de la cama y lo abracé.

—No desesperes...

Empezó a estremecerse y lloró con más intensidad. De nuevo sentí mi corazón presionado y la necesidad urgente de aliviar su dolor, mas no tenía idea de cómo hacerlo así que dejé que llorara cuanto quisiera en mis brazos.

Él se mostró muy agradecido cuando se tranquilizó. Aproveché para poner ideas más alegres en su cabeza, le recordé el cumpleaños de Raffaele y se esforzó por mostrarse animado.

Después de la comida, cuando los cuatro nos reunimos para pasar el tiempo juntos, pedí a Maurice que tocara con su violín una pieza alegre. También le sugerí a Raffaele que me enseñara cómo bailaba con sus primos cuando eran niños. De esta manera conseguí que Miguel viera cumplido su deseo de bailar con el hombre que amaba.

Verlo sonreír dichoso y a Raffaele eufórico, me llenó de alegría. Maurice, por supuesto, también estaba contento. Fue una manera de redimir un día que había comenzado mal.

A la semana siguiente, nuestros planes para celebrar el cumpleaños de Raffaele se vieron frustrados. Su Majestad acaparó a su favorito ese día y lo agasajó con un baile en Versalles.  Solamente Miguel pudo acompañarlo. Maurice y yo no fuimos invitados.

Al regresar de los festejos ninguno tenía buena cara. Habían terminado discutiendo en el carruaje por los celos que ambos sintieron durante el baile. Las más bellas damas de Versalles insistieron en acaparar a Raffaele. Miguel, por despecho, había bailado con todas las mujeres que no habían sucumbido ante los encantos de su primo. Se desarrolló, sin ellos querer, una competencia en la que fue difícil determinar al ganador.

Raffaele me contó todo al día siguiente en el lago, después de cabalgar por un rato. Dijo que la fiesta les había hecho saborear la realidad de su relación. Traté de animarlo restándole importancia al asunto, pero él estaba ya al límite de su paciencia y decidió hacer algo para arreglar su situación con Miguel.

—De continuar así vamos a terminar odiándonos otra vez. Necesito que volvamos a ser amantes. Sé que nunca podré ir con él de la mano ante las miradas ajenas, pero renunciar a hacerle el amor es algo a lo que no quiero resignarme.

—Miguel no puede controlar el miedo que siente.

—Por eso he pensado que él podría sentirse más seguro si tú estuvieras con nosotros.

—¡¿Qué?! —Sentí vértigo al asimilar sus palabras.

—Te has ganado su confianza y...

—¡Estás loco! Miguel nunca aceptara algo así.

—Si lo sedujeras...

—¡No puedo creer lo que escucho! —Me alejé de él cubriendo mis oídos—. ¡No hay duda de que estás loco!

—El mayor problema que veo es cómo explicarle la relación que tenemos tú y yo... —continuó con tono sereno.

—¡Ya lo sabe y obviamente le molestó! —grité encarándolo.

—Qué curioso, no me ha dicho nada al respecto —contestó sonriendo—. Y por lo visto no te guarda rencor por eso.

—No te lo tomes a la ligera. Se sintió muy herido.

—¡Lo que quiero es arreglar nuestra relación, Vassili! —exclamó revelando su ansiedad—. Esta es la única forma que se me ocurre. Si él ya sabe lo nuestro, todo es más fácil. Ahora depende de que tú aceptes—agregó sugerente.

—No te atrevas a descargar en mí esa responsabilidad, sabes que no puedo aceptar. Maurice nunca me lo perdonará y Miguel puede ofenderse.

—Maurice nunca lo sabrá y Miguel seguramente entenderá que eres nuestra única esperanza —afirmó con desfachatez.

—¡No! ¡Es una locura y ya he cometido suficientes!

—¡Vassili, te lo estoy rogando!

—No puedo… —susurré titubeando.

—Claro que puedes. ¿O vas a decir que Miguel no te gusta? —insistió con absoluta desvergüenza—  No mientas, no hay nadie en su sano juicio que no quiera llevárselo a la cama. Además, hasta hace poco no dejabas de insistir en que te acompañara a ver a Sora, sé que te gusta tener mucha compañía en la cama.

—¡Eres imposible!

Volví a montar mi caballo para dirigirme al palacio. Estaba molesto y asustado porque la propuesta de Raffaele parecía a la vez una insensatez y una tentación. Él me alcanzó en pocos minutos; se mantuvo suplicando hasta que llegamos  al establo y tuvo que callar ante los sirvientes. Me adelanté para encerrarme en mi habitación y poner una puerta entre sus locuras y mi sentido común, cada vez más inclinado a ceder, cuando descubrí en el salón oval a un grupo muy particular. 

Se trataba de Miguel y Maurice discutiendo ante Pierre y dos muchachos mugrientos y con algunos moretones en sus rostros. Maurice también estaba lleno de polvo, con el cabello más desarreglado que de costumbre y una manga de su casaca descosida en el hombro.

Raffaele se quedó tan sorprendido como yo cuando llegó. Ninguno de los dos nos atrevimos a pasar de la puerta o abrir la boca, lo que teníamos ante nosotros era una batalla entre dos demonios, tan bellos como ángeles, pero demonios al fin. 

Para resumir el enfrentamiento, Miguel le exigía a Maurice que revelara a dónde iba cuando se marchaba del palacio y este insistía en que no era de su incumbencia. Su primo había perdido los estribos ese día al verle regresar en compañía de aquellos muchachos y los tres mostraban claras evidencias de haber tenido un accidente o una pelea.   

Lo que no estaba claro era qué hacía Pierre junto a ellos y, por la expresión de su rostro, él estaba preguntándose lo mismo. Los dos desconocidos no debían tener más de quince años, pero sus ojos reflejaban una siniestra longevidad. Eran “pilluelos”, se habían criado en la calle y para ese momento ya conocían más de lo oscuro de este mundo que cualquiera de nosotros.

Al percatarse de nuestra presencia, Maurice dio la espalda a Miguel y se dirigió a Raffaele.

—Quiero que estos dos trabajen aquí. Pierre ya está viejo y merece tener quien le ayude.

Raffaele lo miró perplejo, luego reparó en los dos muchachos, frunció el ceño  y se cruzó de brazos.

—¿De dónde los has sacado? —preguntó imperativo.

—De París.

—Esa no es respuesta, Maurice —chilló Miguel—. Confiesa de una vez en dónde has estado…

—¡Ah, que molesto eres! Deja de incordiar, necesito hablar con Raffaele.

—¿Llegas en esas fachas, con extrañas compañías y esperas que no pregunte?  Y eso sin mencionar que el otro día Bernard te vio entrando al Barrio Judío… ¡Exijo que me digas en qué extrañas actividades estás metido! Estoy seguro de que todo es una conspiración con los Jesuitas para volver a largarte a escondidas.

—Tranquilo Miguel —intervino Raffaele imponiendo calma—. Maurice sabe que si vuelve a irse de esa forma no se lo perdonaremos. Y en cuanto a sus salidas, él es libre de ir y venir. No lo vamos a encerrar después que ha estado convaleciente tanto tiempo.

Lo miramos sorprendidos, creíamos estar ante otra persona. Maurice le sonrió y él acarició su cabeza revolviéndole aún más la melena roja. No reprimí una mueca de desagrado al comprobar que Raffaele quería mejorar su imagen ante su primo, cosa que seguía despertando mis celos.

—Entonces, estás de acuerdo en que estos chicos se queden trabajando aquí, ¿verdad?—insistió Maurice haciendo que Raffaele se diera cuenta de la trampa en la que él mismo se había metido.

—No creo que sea necesario, Pierre tiene un ejército de compañeros que le ayudan a mantener el jardín.

—Pero nadie le ayuda en las tareas pequeñas de cada día. Y estos muchachos podrían aprender un oficio y dejar de robar…

—¿Robar…? —fue la exclamación que salió de todos. Incluyendo a Pierre, quien se alejó unos pasos de los pilluelos. Ellos se irguieron  orgullosos como si aquello fuera un oficio de mucha honra.

—De algo tenían que vivir —los excusó Maurice—. Pero no te preocupes, no volverán a hacerlo.

—¡Eso no lo sabes! —repliqué escandalizado de su falta de sentido común.

—Me lo han prometido.

—¡Ja! ¡Cómo si eso valiera algo! —soltó Miguel.

—¡Somos hombres de palabra! —protestaron los pilluelos dando un paso hacia nosotros y mostrándonos los dientes—. Si el jefe no quiere que robemos, no lo haremos más.

—¿El jefe?—exclamé asustado.

—Me he convertido en su jefe —declaró Maurice orgulloso.

A partir de ese momento Raffaele pidió una explicación detallada. Ordenó a Pierre que llevara a los pilluelos a la cocina para que les dieran algo de comer, y nos invitó a los demás al despacho del Duque. Ahí nos dispusimos a escuchar a Maurice narrarnos la extraña aventura que había vivido esa mañana. 



Parte III


Según dijo, cuando ya estaba a las afueras de la ciudad, uno de los chicos espantó a su caballo. Él dejó que el animal se encabritara y mantuvo el control. El otro muchacho atrapó su pie para hacerlo caer y se defendió golpeándolo con su fusta en la cabeza. 

Después bajó del caballo y los dos pilluelos cometieron el error de creer que podían dominarlo. ¡Me hubiera encantado ver esa pelea! Puedo imaginar la pericia con que Maurice debió manejar la fusta, haciendo gala de esa energía inagotable que le caracterizaba. Cuando uno de ellos logró arrebatársela, pasó a repartir puñetazos y patadas.

Lo cierto es que los ladronzuelos recibieron una merecida paliza. Desde niño, Maurice era bueno dando golpes gracias a Raffaele, con quien había peleado casi todos los días desde que se conocieron. Comparados con el gigante de su primo, aquellos muchachos no le intimidaban para nada.

Las cosas se complicaron cuando sacaron sus cuchillos. Maurice los engañó fingiendo temor y ofreció darles el dinero que llevaba en su alforja. Ellos lo dejaron acercarse a su caballo y se llevaron una desagradable sorpresa cuando, en lugar de una bolsa de monedas, extrajo sus pistolas. Solía llevarlas a todos lados desde que Raffaele se las regaló; sabía bien que París no era un lugar seguro. 

Los pilluelos se rindieron asustados. A partir de ese momento Maurice comenzó a amonestarlos como todo un jesuita. Luego los invitó a comer en la taberna Corinto, escuchó la historia de sus vidas, les contó la suya y les propuso que trabajaran para él, conquistándolos para siempre.

Raffaele después de escuchar la historia, contada con pocos detalles por parte de su primo y muchos sobresaltos por parte nuestra, se negó a contratar a aquellos delincuentes. Cosa en la que Miguel y yo le dimos toda la razón. Maurice continuó insistiendo. Desplegó un arsenal de argumentos basados en la caridad, las Sagradas Escrituras, la filosofía y todo lo que se le ocurrió. Al no ver resultado, amenazó con marcharse con los jesuitas si su primo no le dejaba ayudar a aquellos desgraciados.

Por supuesto que ante esto, Raffaele accedió a darles trabajo. Pero exigió que al principio se les mantuviera a prueba, bajo la vigilancia de Asmun, para comprobar si eran de fiar.  

Mandó a llamarlos y aparecieron acompañados por Agnes en lugar de Pierre. Como todo un Duque, desarrolló un intimidante discurso en el que los instó a agradecer a Maurice por darles aquella oportunidad, y advirtió que los haría ejecutar si intentaban robar de nuevo.

Agnes, en cuanto comprendió la situación, se opuso a que trabajaran y vivieran en el palacio. Con esto, consiguió que su señor dejara atrás cualquier duda y se empeñara en contratarlos. 

Antes de que la vieja sirvienta los llevara a sus nuevas habitaciones, quise saber sus nombres, detalle que todo el mundo había pasado por alto. Se presentaron muy orgullosos como Renard y Aigle, (el zorro y el águila). Por supuesto que aquellos eran apodos, ellos no consideraban necesario seguir usando nombres dados por padres con los que nunca habían contado.

Por su aspecto era poco probable que fueran hermanos, mas ellos se consideraban como tales. Se conocían desde que tenían memoria y habían luchado juntos durante años por no morir de frío y hambre bajo el amparo del cielo nocturno. Renard tenía el cabello castaño oscuro y los ojos azules. Era alto, delgado y con una constante expresión sagaz adornándole el rostro. Aigle tenía el cabello y los ojos negros. Parecía ser el más fuerte de los dos por su espalda ancha y brazos gruesos. Mantenía una actitud grave la mayor parte del tiempo.

Se apreciaban algunas cicatrices en sus rostros, seguramente reminiscencias de otras peleas, y mejor no hablar de sus ropas sucias y llenas de agujeros. En aquel momento me parecieron horribles. Con el tiempo llegué a tomarle un gran cariño a sus facciones, y nació en mí un sincero respeto hacia ellos porque poseían la determinación y la inteligencia del que no cesa de luchar por sobrevivir.

Aunque lo que más caracterizó a esos dos fue la gratitud fiel que sentían por Maurice. Se convirtieron en sus primeros pupilos, su mano derecha e izquierda y los capitanes de su ejército de pilluelos en las calles de París.

Algo inédito debió acontecer aquel día. Es imposible que alguien cambie de vida en tan poco tiempo. Les pregunté en una ocasión por qué habían seguido a Maurice, confesaron que aquella fue la primera vez que amenazaron a alguien con sus cuchillos, y la primera vez que alguien les tenía en la mira con una pistola. Experimentaron en un instante todos los misterios de la vida y de la muerte.

Ese día sintieron que habían muerto y resucitado por obra y gracia de Maurice, en el momento en que él decidió que valía la pena no tirar del gatillo, y confiar en que ellos aprovecharían la oportunidad de ser algo más que escoria. Yo nunca hubiera apostado por unos mugrosos delincuentes. Tampoco Raffaele, Miguel y cualquier persona sensata. Maurice ni siquiera lo dudó. Es probable que allí residiera el milagro.

Incluso los trató como si fueran sus iguales. Eso no resultó muy beneficioso para ellos. Significaba que él no tomaba en cuenta que tenía niños delante, que no sabían hacer muchas cosas y a los que algunos trabajos resultaban difíciles. Desde el primer momento la oportunidad que les dio vino acompañada de responsabilidades, esfuerzo y tirones de orejas.

Maurice no fue precisamente dulce con ellos, se hizo entender con firmeza y brutal sinceridad. Ellos soportaron todo porque estaban convencidos de que habían encontrado a alguien que no iba a defraudarlos. Y esa certeza fue completamente confirmada por las acciones de su mentor durante los años que siguieron a este fortuito encuentro. 


***

Las escapadas de Maurice continuaron esa semana. De algunas yo también ignoraba su destino. Empecé a temer que estuviera huyendo de mí, pero siempre buscaba mi compañía al volver. Cuando le preguntaba dónde había estado, respondía que en un lugar interesante que seguramente no me gustaría, por lo que prefería no decirme nada. Por supuesto que las protestas de Miguel fueron en aumento.

Raffaele me invitó a la Habitación de Cristal para hablar sobre el asunto. Se atrevió a acusarme de complicidad con los jesuitas por no decir lo que sabía respecto a las salidas de su primo. Le seguí el juego seguro de que quería algo más al conducirme a aquel lugar. Al encontrar a Miguel esperándonos en la entrada, entendí lo que pretendía y me aferré a mi sentido común. 

Miguel recorrió el lugar sorprendido y fascinado. Aún puedo verlo girando sobre sí mismo mientras contemplaba la cristalera en el techo, pasando con veneración su mano sobre el cuadro de Madame Petite y sentándose en la cama para probar el colchón.

—Mi madre me habló de este lugar, dijo que el tío Philippe lo construyó para encontrarse con sus amantes en secreto.
Al ver que a su primo no le hacían ninguna gracia sus palabras, se llevó la mano a la boca.

—Tía Pauline no sabe lo que dice —respondió con acritud Raffaele, al tiempo que revisaba las botellas de vino que había dejado Asmun sobre la mesa, según sus órdenes—. Este lugar se construyó después que murió mi madre. Sólo tía Sophie, mi padre y yo lo utilizamos.

—Lo siento —se disculpó Miguel—. No debí decir eso.

—Ya ves que tu madre te ha mentido sobre esto. No dudes que también lo ha hecho respecto a otras cosas.

A partir de ese momento los dos permanecieron en silencio. No se atrevían a decir una palabra más. Habían llegado al tema del que no podían hablar porque Raffaele continuaría insistiendo en la inocencia del Duque, y Miguel volvería a acusarlo de preferir a su padre antes que a él, abriendo de esta forma viejas heridas… las mismas que intentaban sanar.

Estar en medio de ellos era doloroso. Traté de decir algo que aliviara la tensión; no se me ocurrió nada inteligente. Caminé hasta la mesa, hice a un lado a Raffaele, descorché una botella, serví tres copas y vacié una de un solo trago. Después, les ofrecí las otras dos.

—¿Vas a volver a tus viejos vicios? —comentó con tono socarrón Raffaele cuando recibió su copa.

—Los embrollos en los que me metes requieren algo de alcohol —susurré procurando que Miguel no me oyera.

—Yo no te obligué a venir. Tú me seguiste a toda prisa porque esperabas terminar conmigo en la cama.

—¡Idiota!

—Todavía podemos...

—Déjame fuera de tu juego.

Miguel permanecía a distancia, observándonos con suspicacia. Fui a su encuentro. Tomó la copa sin agradecerla ni devolverme la sonrisa zalamera que le regalé. Saboreó el vino y se quedó contemplándome con una expresión severa que me erizó la piel.

—¿Has decidido ayudarnos al fin?

—¡¿Qué?! —no puedo describir lo sorprendido que me dejó.

—Tú sabes a dónde va Maurice…—me acusó.

Respiré aliviado al comprender a qué se refería. Sonreí y encogí los hombros.

—No sé por qué insistes tanto en saberlo. Maurice no te lo dice para llevarte la contraria.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo?

Comenzó con la misma retahíla que ya le había escuchado varias veces. Volví hasta la mesa para servirme otra copa. Raffaele me quitó la botella de las manos.

—Nada de eso, Vassili. Maurice nos ha advertido que no te dejemos beber más de una copa. No queremos que termines vomitando como el otro día.

—No es necesario hablar de eso.

—Hablemos de Maurice —insistió Miguel acercándose.

—Maurice no hace nada malo —respondí tratando de calmarlo—. Visita algunos amigos...

—¿En la judería?

—Sólo ahí puede aprender hebreo.

Miguel soltó una parrafada de quejas en español. Tomé su copa antes de que terminara estrellándola contra el piso.

—Maurice siempre sabe cómo sorprenderme —celebró Raffaele entre risas—. Me alegro de que al menos no está planeando un escape con los jesuitas.

—No te fíes —replicó Miguel—. Tiene una alforja bajo la cama, con suficiente ropa para un viaje de dos días.

—No creo que Maurice piense irse sin decírnoslo —dije más para convencerme a mí mismo que a ellos.

—Después de su escape al Paraguay lo creo capaz de todo—se quejó Raffaele.

—De cualquier forma, no deberían registrar su habitación. Se pondrá furioso —advertí preocupado.

—¡No me importa! —rugió Miguel—. No voy a dejar que terminé medio muerto por marcharse con la Compañía. Todos dicen que los jesuitas viven como pordioseros hacinados en Roma. No quiero imaginar a Maurice en semejante situación. Tú no lo viste cuando lo rescatamos de la prisión, Vassili. Estaba en los huesos y deliraba.

—No te angusties. Él no podrá escapar a ningún lado —declaró Raffaele confiado—. Le diré a Asmun y a mis hombres que lo vigilen todo el tiempo.

—Mejor así.

—Lo único que van a conseguir es que se enfurezca y se marche más pronto—insistí.

—¡Le ataremos de ser necesario! —amenazó Raffaele decidido.

Miguel lo secundó afirmando con la cabeza. Los dos se mostraban dispuestos a encender la mecha que haría estallar el ya muy explosivo carácter de Maurice. Los imaginé de niños a los tres, discutiendo por cualquier cosa hasta llegar a los puños. Compadecí al Padre Petisco por haber tenido que lidiar con pupilos tan revoltosos, y lamenté tener que asumir yo la tarea de mantener la paz entre ellos.

—Es mejor evitar irse a los extremos. Maurice está esperando que el General de los jesuitas le ordene volver con ellos. No creo que haya recibido una carta de este últimamente, me lo habría dicho. Y, en cuanto a su amistad con el Rabino...

—¡¿Es amigo de un Rabino?!—gritó Miguel hiriendo mis oídos.

—¡Qué necio es Maurice! —gruñó Raffaele—. Como si no le bastara con sus curas, ahora busca nada menos que un Rabino.

—Está aprendiendo hebreo para comprender mejor las Sagradas Escrituras. Ya le he dicho que es una tontería, pero a él le divierte. Y si alguno de ustedes dice algo al respecto sabrá que lo he delatado, así que espero que dejen ese asunto en paz.

—Pero los judíos...

—Ya he tratado de razonar con él y es inútil. Dice que Jesucristo también era judío.

Miguel se deshizo en lamentaciones. Yo empecé a cavilar qué significaban aquellas alforjas preparadas. Raffaele sirvió otra copa que bebió lentamente, como si le costara tragar. Al terminar mostró una sonrisa nerviosa que despertó mis sospechas.

—Es mejor hacer lo que dice Vassili. Evitemos provocar a Maurice. Asmun lo vigilará con discreción. Por otro lado… hay algo más de lo que queremos hablarte, Miguel. Es una propuesta que Vassili y yo hemos pensado hacerte...

 —¡No me metas en eso! —repliqué en el acto—. Esa locura es idea tuya y de nadie más. Me voy antes de que esto se complique más de lo necesario.

Apenas había dado unos pasos hacia la puerta, cuando sentí a Raffaele sujetándome del brazo.

—¡Por favor, Vassili! —suplicó.

—Es una locura. No hay forma de que Miguel acepte y yo no debo...

—¿Aceptar qué?

—¡Quiero que hagamos el amor!—exclamó Raffaele con tal ímpetu que hizo dar un salto atrás a Miguel—. Sé que te doy miedo pero Vassili estará con nosotros y así quizá... como confías en él... podamos…

—¿Quieres que Vassili nos vea...? —preguntó Miguel con la voz cargada de asombro y duda.

—¡Quiero que los tres hagamos el amor!

Cerré los ojos. Raffaele se había atrevido a hacer la propuesta y yo esperaba que estallara una tormenta. Intenté liberarme pero me sujetó con más fuerza. Sentí sus manos temblar. Al verle, descubrí que había vuelto a ser el hombre frágil que lloró desesperado la noche en que me confesó su crimen.

Miguel no dijo nada, ni un insulto, ni una burla. Tampoco lloró. Me volví hacia él, su rostro era la imagen del miedo. Todo estaba perdido. Antes de que alguno pudiera decir algo más, salió corriendo de la habitación dejándonos sumidos en la confusión.

Cuando Raffaele al fin me soltó, intenté a decir algo que sirviera de consuelo. Mis palabras sonaron huecas. Decidí marcharme también. Encontré a Miguel sentado afuera, en uno de los escalones. Pasé a su lado sin decir nada para dirigirme hasta dónde estaban atados los caballos, a unos cuantos metros.

—Soy cruel con Raffaele, ¿verdad? —murmuró conteniendo el llanto.

—Él es un idiota al proponer algo así.

Escuchamos un estruendo. Miguel se levantó preocupado pero no se atrevió a moverse. Aferré con más fuerza las riendas de mi nervioso caballo para que no escapara. Volví a atarlo y me acerqué a una de las ventanas. Tal y como supuse, Raffaele había arrojado una botella de vino contra el suelo.

—Como dije, es un idiota —me quejé—. Como si ventilar de esa forma su temperamento sirviera para algo.

—Ya no sé qué hacer, Vassili —gimió Miguel volviendo a sentarse.

—¿Quieres hacer el amor con Raffaele o quieres separarte de él? —pregunté sentándome a su lado.

—¡Quiero que volvamos a ser como antes! Antes de esa maldita noche…

—Eso no es posible —contesté tratando de suavizar con el tono de mi voz el amargo significado de esas palabras—. Si quieres volver a ser amante de Raffaele tienes que hacerlo cargando todo lo que pasó entre ustedes.

—Maurice dice que sólo podré hacerlo si dejo todo eso atrás…

—Bien, Maurice probablemente tenga razón pero, ¿podrás hacerlo?

—¡Quiero hacerlo! ¡Lo amo! ¡Muero por hacerle el amor! Pero no puedo… Cada vez que me toca, tengo miedo de que sus caricias se conviertan en golpes…

—Él te ama Miguel—aseguré colocando mi mano sobre las suyas temblorosas, que mantenía enlazadas sobre su regazo—. Sé que preferiría morir antes que hacerte daño. Dale la oportunidad de probarlo.

—¡Lo he intentado!

—Entra ahí y vuelve a intentarlo. No veo otra solución. A menos que quieras aceptar su propuesta y terminar conmigo también en la cama —agregué en tono jocoso—. Te confieso que me tienta mucho la idea, pero no lo considero correcto.

—Raffaele debe estar verdaderamente desesperado para proponer algo así—dijo riéndose entre lágrimas.

—Es un idiota.

—Sí. Es un idiota. Aunque… —me dedicó una mirada suplicante que hizo desaparecer en el acto desviando su rostro a otro lado—. No, olvídalo. Maurice nunca nos lo perdonaría. Él te ama, Vassili.

—Por eso debo irme y tú debes entrar ahí. Claro, si es eso lo que realmente quieres. Raffaele no va a dejar de amarte nunca, no importa cuántas veces lo rechaces, así que si deseas volver al palacio, adelante.

—No. ¡Quiero que los dos dejemos de sufrir! Hoy… hoy voy a dejar todo atrás.

Se levantó y subió los pocos escalones que le restaban para estar frente a la puerta. Yo me dirigí hacia mi caballo, feliz de haber hecho lo correcto.

Antes de montar volví la vista y descubrí a Miguel todavía frente a la puerta. Tenía la mano en el pomo. Temblaba. Imaginé lo que estaba sufriendo. En un instante ladeó su cabeza para verme. De nuevo apareció en sus ojos un ruego, una llamada, una frase desesperada que no se atrevía a pronunciar.

Suspiré resignado. En el Palacio de las Ninfas me esperaba Maurice, el hombre que yo amaba. Aun así, caminé con paso firme en sentido contrario y subí cada escalón pensando en cómo lograr que sus primos despertaran de la pesadilla en la que estaban atrapados. No podía tolerar verlos sufrir un minuto más.

Alcancé a Miguel y cubrí su mano con la mía. Su rostro mostró a la vez alivio e inquietud al mirarme.

—Si entro contigo tienes que hacer todo lo que yo diga, Miguel —dije con firmeza. 

—Yo... —titubeó.

—Confía en mí. Quizá para otras cosas no sirva de mucho, pero tengo plena confianza en mis habilidades en la cama —dije queriendo aliviar la tensión. Lo cierto es que en ese momento me encontraba lejos de sentir la confianza de la que me ufanaba.

—Pero Maurice…

—¿Puedes entrar tú solo?

—No... no puedo.

—Entonces, vamos, cometamos juntos este terrible error o este gran acierto y procuremos que Maurice jamás lo sepa.

—Gracias, Vassili.

Presionamos al mismo tiempo el pomo de la puerta y la abrimos. Encontramos a Raffaele echado sobre la cama boca arriba. Se levantó de inmediato y su rostro pasó de la angustia a la autosuficiencia.

—Sabía que iban a aceptar…

—Cierra la boca —le ordené—. A partir de ahora no vas a decir una sola palabra y me obedecerás en todo.

Estuvo a punto de contestar una insolencia. Al ver como su primo aferraba mi mano y no se atrevía a mirarlo, asintió. Entonces me encontré con el terrible predicamento de no tener idea de cómo continuar.

Estaba seguro de que Raffaele me arrancaría los brazos en cuanto tocara a Miguel. Y que el explosivo español me sacaría el corazón con sus propias manos al verme besar a su amado. ¡Me iba a meter a la cama con un león y una serpiente!

Suerte que mi creatividad suele aumentar ante las dificultades, di con la solución sin pensarlo mucho. Saqué mi pañuelo y vendé con él los ojos de Miguel. Luego tomé su pañuelo y se lo ofrecí a Raffaele indicándole que cubriera los suyos. Los dos obedecieron sin hablar, pienso que estaban más asustados que yo. Intuían que si fracasábamos ya no tendrían fuerzas para intentar nada más.

Pedí que se quitaran la ropa. Miguel titubeó. Le ayudé a deshacerse de la casaca y la chupa. Cuando desataba el nudo de su corbata, sujetó mis manos.

—Mis cicatrices… —susurró preocupado.

—Ya las hemos visto. No tienes nada que temer.

Soltó mis manos y dejó que siguiera desvistiéndolo. Mi entrepierna se iba tensando cada vez más, resultaba en extremo erótico ir liberándolo de la ropa. Al verlo desnudo me recorrió una oleada de calor. Miguel podía sentirse mujer y actuar como una muchas veces, pero el cuerpo que tenía ante mí era el de un hombre acostumbrado a la vida militar, con músculos definidos y firmes, aunque muy delgado y sospechosamente lampiño.

Agradecí su varonil atractivo a la vez que temí perder el control más adelante. Lo último que le quité fueron los guantes, él protestó tímidamente. Besé sus manos llenas de cicatrices para que entendiera que seguían siendo hermosas para mí. Aunque contemplarlas me provocaba amargura, lo mismo que su espalda. Me felicité por vendarle los ojos a Raffaele, para él aquello debía ser aún más doloroso.

Guíe a Miguel hacia la cama, junto a la que Raffaele nos esperaba ya completamente desnudo, impaciente y vulnerable. Hice que se colocaran frente a frente, sin tocarse. Entonces me desvestí lo más rápido que pude.

Al estar los tres desnudos, de pie, en silencio y, en su caso, sin poder ver, sentí vértigo. ¿Qué debíamos hacer? ¿Qué debía hacer yo? La inquietud me dominó al no ser capaz de idear nada. Entonces pensé en qué haría Sora en mi lugar, y me golpeó una oleada de imágenes y sensaciones, reminiscencias de todo el placer compartido en tantas noches. Sonreí, realmente tenía en mi exótico amante a un gran maestro.

Busqué el frasco de bálsamo que había dejado bajo la almohada durante mi anterior encuentro con Raffaele. Lo coloqué a mi alcance sobre la cama. Después me arrodillé entre Raffaele y Miguel, comencé a masajear sus miembros, uno en cada mano, alternando besos y lametazos.

Empezaron a estremecerse. Trataron de decir algo y les recordé que no debían hablar. Miguel cubrió su boca, Raffaele se limitó a sonreír con malicia y sujetar mi cabeza. Retiré su mano con brusquedad. El control era mío ese día y era hora de que lo asumiera.

De hecho, el que estaba en peor situación era yo. No podía buscar mi propio placer, sino lograr que a ellos se les nublara el entendimiento lo suficiente como para que olvidaran los malos recuerdos, y se dejaran llevar por el amor y deseo que sentían el uno por el otro.

Quisiera decir que únicamente me movía el más generoso y desinteresado deseo de ayudar, mas dudo que alguien me crea. He sido sincero en cada página en las que he vaciado estas memorias y no he ocultado lo mucho que me dominaba la lujuria en esa época. La idea de compartir la cama con ellos me excitaba enormemente. Además, mi orgullo estaba atenazado por la idea de superar a Sora en las artes del placer.

Continué excitándolos, usando mis manos y mi boca. Noté entonces que Miguel era en extremo sensible. Apenas podía mantenerse de pie. Extendió las manos buscando en qué apoyarse y dio con el pecho de Raffaele. Los dos se palparon el uno al otro como si estuvieran tocándose por primera vez, con asombro, ternura y, finalmente, pasión. Se besaron desesperados.

No era conveniente ir más allá. Sus miembros estaban completamente erectos y quería prolongar tanto como fuera posible su éxtasis. Me detuve. Ellos también lo hicieron. Los tomé de la mano y los acerqué más a la cama. Pedí a Miguel que se sentara. Retiré la venda de Raffaele y susurré en su oído mis instrucciones. Ni siquiera sonrió, estaba luchando por contenerse y no arrojarse sobre su amante.

Derramé una buena cantidad de bálsamo en mi mano y me arrodillé entre las piernas de Miguel. Le invité a recostarse, comencé a meter mis dedos en su entrada a la vez que abarcaba su miembro en mi boca. Raffaele se recostó a su lado para devorarlo a besos. Él correspondió con urgencia y susurraba su nombre cada vez que podía. 
Cuando me pareció oportuno, me levanté. Tomé de la mano a Raffaele para invitarlo a levantarse. Él lo hizo de inmediato y estaba más que dispuesto a lanzarse sobre su primo. No lo dejé. Le rodeé con mis brazos, le acaricié el pecho y el vientre al tiempo que lamía su cuello. Miguel nos llamaba suplicante.

Raffaele quiso liberarse pero froté mi entrepierna entre sus nalgas y perdió todo el aplomo. Le invité a inclinarse sobre Miguel, comprendió en el acto lo que quería. Dobló su cuerpo levantando la cadera para ofrecerse a mí, luego engulló el miembro de Miguel y comenzó a excitarlo diestramente.

Llené de bálsamo su entrada, lo acaricié metiendo mis dedos disfrutando al verlo perder el ritmo, teniendo que detenerse y volver a empezar una y otra vez enloqueciendo a Miguel. Cuando lo penetré, afincó las manos en la cama y continuó su tarea con frenesí.

Los gemidos de Miguel aumentaron. Yo mismo olvidé todo y me concentré en la deliciosa fricción. Hasta que un grito me indicó que el heredero de los Meriño se había derramado en la boca del futuro Duque de Alençon.

Salí de Raffaele, quien gruñó poco complacido. Subí a la cama. Arrastré el cuerpo inerte y jadeante de Miguel hacia el centro de la cama. Hice que se sentara, le sujeté por debajo de los muslos y lo levanté haciendo que abriera y encogiera sus piernas. Luego incliné mi cuerpo hacia atrás para servirle de apoyo y dejarle expuesto.

Raffaele no necesitó una explicación. Se arrodilló en la cama, besó a Miguel con adoración, se tendió sobre su cuerpo y le penetró lentamente, haciéndolo gemir de placer y dolor. Después comenzó a moverse poseído por la lujuria, intercalando besos con frases de amor, mientras yo soportaba el peso de ambos cuerpos contagiado por la avidez que demostraban.

Miguel estaba completamente entregado. No se resistía a nada ni siquiera intentaba quitarse el pañuelo. La lujuria había dominado al miedo. En un momento echó su cabeza hacia atrás, aproveché para besarlo en el cuello y pronto me ofreció su boca.

Mi entrepierna, rígida contra su cadera, reclamaba tomar posesión de él cada vez con más urgencia. Pero no era mi momento y eso lo entendía bien. De repente Raffaele quiso besarnos y las bocas y lenguas de los tres se involucraron en una danza salvaje y torpe en la que ya no teníamos ningún control. 

Cuando Raffaele llegó al orgasmo, abrazó a Miguel apartándolo de mí. Se mantuvo unos instantes susurrándole cuanto lo amaba. Retiré por completo el pañuelo que cubría los bellos ojos azul cobalto y estos mostraron un deseo febril.

Raffaele me dedicó una sonrisa y un beso agradecido. Después levantó a Miguel tal y como yo lo había hecho. Me senté esgrimiendo mi entrepierna dura. Poco a poco fue sentándolo sobre mí, permitiéndome entrar en él.

Raffaele se mantuvo arrodillado frente a mí y colocó a Miguel de perfil. Este puso sus brazos en cruz, apoyándolos en nuestros hombrose y se entregó sin hacer otra cosa que gemir complacido. Su primo lo hizo ascender y descender provocando una fricción que fue conduciéndome al mismísimo delirio.  

Al ver su erección, comencé a acariciar la entrepierna de Miguel con mi derecha. Él alternaba besos entre nosotros, jadeaba y pedía que no nos detuviéramos. Poco después volvió a gritar y se derramó en un éxtasis de placer. Pero yo aún necesitaba más y pedí a Raffaele que continuara hasta que conseguí el orgasmo.

Entonces nos separamos. Los tres quedamos tendidos en la cama, bañados de sudor y sin fuerzas. Sorprendidos de lo que habíamos hecho, esforzándonos por respirar entre jadeos agitados. Todo había resultado más intenso de lo que esperaba, tenía la impresión de haber cruzado una línea, de haber traspasado una frontera prohibida otra vez. Quizá porque había encontrado placer con dos hombres que se amaban. 

Raffaele se incorporó y fijó sus ojos en Miguel. Era fácil entender la pregunta que estaba implícita en su rostro. Su primo le respondió rodeando su cuello con sus brazos para atraerlo y regalarle un beso.

—Te amo —declaró Raffaele conteniendo el llanto.

—Yo nunca he dejado de amarte—respondió Miguel. 

Ambos estrecharon aún más el abrazo y mezclaron las risas con las lágrimas. Pensé dejarles solos. Raffaele me detuvo cuando intenté levantarme de la cama, atrapando mi mano. Miguel tendió hacia mí sus brazos, volví a sentarme y me incliné para dejar que me estrechara entre ellos.

—Gracias Vassili —susurró sonriente.

—Ha sido un verdadero placer —respondí besándolo con lascivia.

Raffaele se colocó tras de mí y metió inesperadamente dos dedos en mi trasero, logrando que me separara de Miguel por el sobresalto.

—Debemos repetir la experiencia —insinuó—. Hay cosas tantas cosas que no hicimos.

—Creo que es una gran idea —acotó Miguel incorporándose para colocarse sobre mí—. He descubierto que Vassili posee el gran talento de convertir leones en corderos.

—Y yo he descubierto que eres delicioso, Miguel —susurré al tiempo que lamía sus labios.

Él rió y presentó su cuello para que le acariciara con mi lengua. A la vez atrajo a Raffaele para que lo besara. Excitados, los dos le empujamos y lo hicimos tenderse sobre la cama para poder recorrer su cuerpo con nuestras bocas y manos febriles. Como estábamos agotados nos rendimos muy pronto recostándonos cada uno a un lado, prometiendo continuar al día siguiente.

Descansamos media hora antes de vestirnos. Debíamos volver al Palacio de las Ninfas antes de que Maurice nos extrañara. De camino pude notar que algo definitivamente había cambiado en Miguel y Raffaele. El primero parecía haberse desinhibido por completo y el segundo lucía en paz.

Sí, finalmente veía a Raffaele sin esa pesada carga de locura contenida, de remordimiento desesperado e infelicidad resignada que siempre había ocultado tras su sonrisa pedante. Me sentí feliz.

Al llegar al Palacio encontramos una gran conmoción. Varios miembros de la servidumbre salieron a recibirnos angustiados, pidiendo que Raffaele se hiciera presente en la cocina de inmediato. Por lo que entendimos, Maurice estaba a punto de hacer algo terrible.

Corrimos con todas nuestras fuerzas. En la cocina descubrimos a Maurice furioso, amenazando a Antonio mientras los dos pilluelos y otros sirvientes luchaban por contenerlo. Asmun y Pierre ayudaban a mantenerse de pie al aterrado sirviente, quien lucía varios hilos de sangre saliendo de su nariz y boca.

Raffaele impuso el orden y exigió que le explicaran lo que había ocurrido. Antonio quiso escapar, Asmun se lo impidió.

—¡Ese maldito torturó a Miguel! —gritó Maurice lleno de odio. 

Raffaele y yo dirigimos nuestras mirada hacia Miguel, quien bajó la cabeza y susurró una nefasta afirmación. Entonces Raffaele se transformó en un demonio. Saltó sobre Antonio, lo arrancó de las manos de Asmun y Pierre agarrándolo por el cuello y levantandolo al menos un metro del suelo.

—¡Te mataré!—aseguró aterrorizando a todos. 

Miguel se colocó frente a él y le ordenó que lo soltara. Maurice, Asmun, media docena sirvientes y yo lo sujetamos sin lograr moverlo un centímetro. Reinó el caos. Agnes clamaba al cielo y las sirvientas gritaban a punto de desmayarse. 

Raffaele soltó a su presa porque Miguel lo abofeteó y golpeó repetidamente exigiendo que se calmara. El desgraciado Antonio cayó al suelo y comenzó a toser desesperado. Su rostro estaba rojo y desencajado. 

Agnes ordenó a los demás sirvientes que se marcharan y se quedó en la entrada custodiando. Los dos pilluelos esperaron la aprobación de su jefe antes de salir.

Quise saber de dónde había sacado Maurice semejante información. Nos contó que el mismo Antonio lo había confesado a Asmun, la noche anterior, cuando el Tuareg lo encontró borracho en los establos.

—¿Por qué demonios no me dijiste nada, Asmun? —reclamó Raffaele furioso.

—Temí que hicieras una locura. Creí que Monsieur Maurice manejaría el asunto con más calma —respondió recriminando con la mirada a Maurice.

—¿Y tú por qué has dejado que ese miserable permanezca a tu lado?—preguntó Raffaele a Miguel.

—Porque mi madre me obligó. Antonio y otros sirvientes le ayudaron a mantenerme vigilado en Madrid, para que no dijera a nadie lo que me había hecho —el odio frío y letal que mostró Miguel hizo que Antonio comenzara a temblar — . Traer conmigo a este maldito fue una de las condiciones que ella impuso para dejarme venir a Francia. Él no ha sido más que su peón, no sería justo castigarlo por eso.

— ¡Pero te hirió!

— Yo no quería… —gimió el joven aterrado. Se echó rostro en tierra y empezó a suplicar piedad, alegando haber actuado bajo las órdenes de Madame Pauline.

—¡Pero lo hiciste, maldito seas! —gritó Maurice levantándolo del suelo y empujándolo hacia la puerta— . Lárgate con tía Pauline y no vuelvas a acercarte a Miguel.

—Lo siento—dijo el joven español antes de salir—. Señorito Miguel perdóneme... 


—No vuelvas a aparecer ante mí, por tu propio bien—respondió Miguel sin mostrar ninguna piedad. 

—Si te vuelvo a ver, te mataré — declaró Raffaele.

Antonio contuvo el llanto y se marchó. pasando junto a Agnes. Durante unos minutos nadie dijo nada. Raffaele y Maurice seguían furiosos. Miguel estaba molesto. Yo me sentía aterrado.

La furia y violencia de Maurice, su carencia de misericordia hacia Antonio, me hizo pensar en lo que haría si llegaba a enterarse de mi inusual encuentro con sus primos. Definitivamente jamás debía saberlo.

Yo mismo estaba sembrado de obstáculos el camino para que mis palabras de amor convencieran a Maurice. En mi inconsciencia no me detuve y ese no fue el único encuentro con Raffaele y Miguel. El hombre que yo era en ese tiempo no entendía que mi afición desenfrenada por el placer me podía privar de la experiencia más hermosa que se puede vivir.

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