XX La Calle San Gabriel

Puedo resumir mi comportamiento en los días que siguieron con una palabra: desenfreno. Dejé que la lujuria se adueñara de mí. Tranquilicé mi conciencia con sofismos que justificaban el continuar visitando a Sora para no hacerlo sufrir, y acompañar a Raffaele y a Miguel en sus encuentros de cama porque ellos me lo pedían.
Debí al menos ser sincero y aceptar que mendigaba el placer exquisito que me ofrecían y que mi apetito no conocía límites. También debí reconocer que mi amor por Maurice en ese tiempo era vano y superficial.
Mientras él estaba dispuesto a dar la vida por mí, yo no era capaz de renunciar al sabor de otros hombres. Incluso si mi sentido común me advertía lo cerca que estaba de poseer a Maurice, y que iba a perderlo si llegaba a enterarse de mis aventuras bajo las sábanas.



Para agravar la situación desarrollé una cierta obsesión por Miguel. Sora, Raffaele y Maurice no habían mostrado la pasiva entrega y la sensibilidad exacerbada que él manifestaba en la cama. Yo quería experimentar con su cuerpo, llevarlo al éxtasis de las formas más transgresoras posibles y, como no se me permitía, aumentaba mi deseo.
Raffaele imponía un límite tácito a lo que yo podía hacer con Miguel. Este, por su parte, evitaba estar a solas conmigo. Entendimos muy pronto que no debíamos romper la delicada armonía que manteníamos entre los tres porque restaurarla sería imposible.
Por supuesto que estos encuentros consumían mucho de mi tiempo y energía. Mis escapadas con los dos primos varias noches a la semana, y la visita al Palacio de los Placeres cada sábado no iban a pasar desapercibidas. Inventé la excusa de necesitar pasar la noche fuera del Palacio porque los ruidos espectrales no me dejaban dormir. Procuraba regresar al mediodía y dedicar mi tiempo a Maurice.
Recuerdo que Miguel hizo la mejor descripción de mi actitud uno de esos días.
—¡Ah Vassili, quién hubiera pensado que eras tan goloso!
Los tres estábamos desnudos, recostados en la cama de la Habitación de Cristal, reposando después de haber tenido sexo. Él se había tendido sobre mí, como ya era su costumbre. Solía portarse como un gato buscando mimos en esas ocasiones.
—Sólo soy un hombre que sabe disfrutar de lo que se le ofrece —respondí estrechando sus nalgas con mis manos.
—Eres un goloso, me acabas de follar y ya quieres más.
—¿Acaso tú no? —hice más presión, se sonrojó y contuvo un jadeo.
—¡No más por hoy! —exclamó Raffaele incorporándose para atrapar a Miguel entre sus brazos y alejarlo de mí.
—Realmente no quieres más, Raffaele —me acerqué y lo provoqué con un beso.
—Claro que quiero pero debo ir a Versalles. Tengo asuntos que tratar con Su Majestad. Y Miguel viene conmigo.
—¡Ah qué desconfiado! —me quejé.
—Es porque te conozco bien... Eres igual que un animal en celo, Vassili.
—¿Quién me enseñó a ser así?
—No me eches la culpa. No quiero que Maurice me dé una paliza cuando averigüe lo libidinoso que eres.
Después de vestirnos, partimos hacia el Palacio de las Ninfas. Usualmente ellos se marchaban primero, ese día nos sentíamos muy confiados y regresamos juntos.
Al llegar vimos a Asmun en el jardín, a las puertas del Salón Oval. Nos reunimos con él para saber qué hacía.
—Vigilo a Monsieur Maurice —dijo con un tono que expresaba resignación y aburrimiento—. Está reunido con inusuales visitantes.
Por supuesto que aquello despertó nuestra curiosidad. Nos dirigimos de inmediato hacia el punto que señaló. En un extremo del enorme jardín, a un lado del palacio, había un agujero entre los cepos que conducía al bosque. Tras este encontramos a Maurice de pie entre los árboles.
No llevaba puesta la casaca y la chupa. La luz del sol hacía resplandecer su blusa blanca y su roja cabellera. La alegría que expresaba su rostro era tan beatífica que de inmediato pensé en la imagen de un ángel.
A unos pasos se encontraban Renard y Aigle sentados en la hierba, escuchándolo atentos. Pero él no se dirigía a ellos, le hablaba a los árboles. Al mirar con atención descubrí que había niños encaramados en las ramas. También acostados entre los arbustos. Se trataba de una veintena de mugrosos pilluelos. Le di la razón a Asmun, realmente eran inusuales visitantes.
Maurice les narraba una de las historias de los Evangelios: Jesucristo se encontraba predicando a la gente, unas mujeres quisieron acercarse a él para presentarle a sus niños y los discípulos se lo impidieron.
—Nuestro Señor reprendió a sus discípulos diciendo que de los que son como niños es el Reino de Dios. ¿Qué creen que quiso decir con eso?
Los mocosos contestaron toda clase de tonterías. Yo recordaba haber explicado aquel texto diciendo que se nos exige la inocencia y pureza de un niño para entrar al cielo. Maurice, desestimó esa interpretación tradicional por completo.
Explicó que la niñez no era un estado ideal en la vida. Según él, los niños normalmente se muestran muy egoístas y necesitan aprender a compartir y considerar a los demás. Además, no pueden valerse por sí mismos e ignoran muchas cosas. Así que era poco probable que Jesucristo halagara o recomendara ser eternamente un niño.
Por tanto, para comprender lo que quería decir aquel texto debíamos tener en cuenta que, entre los judíos del tiempo de Jesucristo, los niños no tenían relevancia. Ni siquiera los varones eran tomados en cuenta antes de cumplir doce años. Se podía afirmar que infantes y mujeres ocupaban los últimos lugares en aquella sociedad.
—Lo que quiso decir es que el Reino de Dios es de los últimos y de aquellos que toman el último lugar con ellos y no gastan su vida luchando por ocupar los primeros puestos, pasando por encima de los demás —concluyó Maurice dejándome perplejo.
Continuó profundizando su inusual planteamiento, exponiendo que Jesucristo constantemente insiste en los Evangelios en que un discípulo suyo debe buscar ser el último en lugar del primero y servir en lugar de ser servido. Ese fue el camino que Él marcó al hacerse hombre pobre y vivir sirviendo a los más pobres.
—Así que ninguno de ustedes debe sentir que ya no puede seguir a Nuestro Señor porque ha robado y hecho cosas reprochables. Él vino a buscar a los que estaban perdidos para devolverlos al rebaño de su Padre. Y si se han preguntado en las noches frías, cuando el hambre les golpea, dónde está Nuestro Señor, sepan que siempre ha estado con ustedes, tiritando hambriento, esperando que algunos de los que se dicen sus discípulos dejen de cantar el miserere en las Iglesias y les tiendan una mano.
Justificó aquellas escandalosas palabras basándose en el "Juicio Final" del Evangelio de Mateo. Apenas escuché aquella lapidaria frase: "Tuve hambre y no me dieron de comer..." me alejé caminando en dirección al palacio. Raffaele y Miguel se quedaron sentados en la hierba escuchando fascinados. Yo no pude soportarlo.
De nuevo el carpintero judío quedaba como el compendio de todo lo excelso, y yo no era más que un inútil libertino que, para colmo, llevaba encima el olor de sus primos. ¿Qué valor podían tener mis palabras de amor?
Me distraje de mis pensamientos al ver acercarse a las dos jóvenes sirvientas. Llevaban una cesta enorme, se las notaba preocupadas y discutían entre ellas. Por cada paso que daban, retrocedían dos.
Me acerqué y les pregunté qué ocurría. La más arrojada de las dos, Evangeline, una muchacha de ojos y cabello castaño, me explicó indignada que Maurice había ordenado preparar una merienda para los pilluelos y Agnes las había enviado con la cesta llena de pan duro y mohoso.
Comprobé el contenido de la cesta. Sentí que me hervía la sangre, aunque me desagradaban esos niños no podía evitar escandalizarme por el corazón duro de aquella mujer. Busqué a Raffaele y a Miguel para explicarles la situación, quería solucionar el asunto y evitar que Maurice se enterara.
Raffaele tomó la cesta y se dirigió a la cocina disgustado. Le seguimos esperando que luciera toda su furia, pero nos sorprendió al presentarse ante Agnes con una sonrisa, colocar la cesta en la mesa de la cocina y llevarse a la boca uno de los panes ennegrecidos. La mujer corrió a detenerlo en el acto.
—¡Señorito, no coma eso!
—¿Por qué Agnes? ¿Acaso no se lo has ofrecido a nuestros invitados? —replicó con saña. La mujer miró furiosa a las jóvenes sirvientas, quienes bajaron la cabeza asustadas—. ¿Cómo te has atrevido? Sabes que Maurice se enojara y cambiará la linda cara de ángel que tiene ahora por la de un demonio. ¡Me niego a verlo molesto! Dale a esos niños un banquete digno de un rey. Y busca unos buenos músicos. Haremos una fiesta en el salón oval.
—Creo que buen pan y queso serán suficientes —intervine queriendo evitar un desastre—. Preparar un banquete tardará mucho y estos niños deben volver a sus casas, con sus padres, lo más pronto posible. También pienso que es mejor servir todo en el jardín para no perder tiempo.
—Yo me encargo de la música —dijo Miguel muy animado antes de marcharse a buscar su violín.
Raffaele estuvo de acuerdo. Agnes me miró agradecida y comenzó a dar órdenes a las dos jóvenes. Era evidente que estaba molesta con ellas y pensaba desquitarse.
Volvimos con Maurice y sus amigos. Él se había sentado en la hierba y los niños le rodeaban. Preguntaban sobre su viaje al Paraguay. Lucían asombrados y llenos de curiosidad por aquel mundo completamente distinto a todo lo que conocían.
Como era de esperarse, los mugrosos pilluelos no tenían modales y se recostaban sobre Maurice sin ningún recato. Me desesperaba sobre todo un pequeño con una horrenda y abundante melena negra, quien insistía en pararse a la espalda de mi amigo y posar la barbilla en su hombro. Yo podía imaginar a toda la fauna que habitaba su cabellera invadiendo el hermoso cabello rojo.
No pude resistirlo. Tomé al minúsculo entrometido en mis brazos, me senté en la hierba y lo coloqué sobre mis piernas. Me moví tan rápido que el arisco niño no pudo reaccionar a tiempo. Todos me miraron como una extraña aparición.
—También quiero escuchar —dije justificándome —. Espero que no te moleste mi compañía —agregué dirigiéndome al niño que ya intentaba escapar de mi fuerte agarre.
—Es mi amigo —explicó Maurice al ejército de pilluelos deteniendo el rescate que algunos ya iniciaban.
Todos volvieron a relajarse. El del cabello espantoso se acomodó en mis piernas y me dedicó una sonrisa. Debo reconocer que casi me pareció un niño y no una armada de piojos y pulgas. Aunque su mal olor evitó que despertara en mí cualquier simpatía. Lo soporté por salvar a mi querido Maurice.
Cuando los sirvientes trajeron la comida, los niños se replegaron tras Renard y Aigle. Estos los organizaron para que recibieran los alimentos sin alborotar. Me impresionó su disciplina pero su indecente manera de comer reforzó mi repugnancia. Todos esos niños me resultaban molestos, sucios, vulgares y feos.
Maurice se acercó a Raffaele para agradecerle. Éste dio todo el crédito a la vieja Agnes. Ella clavó la mirada en el piso y se retorció las manos cuando fue premiada con una sonrisa cargada de gratitud. Compartí en parte su vergüenza, pues vi a mi amigo tan feliz que me sentí mal por despreciar a los pilluelos.
Después de comer, Miguel tocó el violín y todos bailaron y aplaudieron como salvajes. Cuando sus jefes decretaron que era hora de regresar a París, escuché a Evangeline, quien tenía un gran talento para lidiar con esos niños, preguntarles dónde vivían. Todos respondieron que en la calle San Gabriel.
Maurice comentó que no tenían padres y efectivamente vivían en la calle, resguardandose por la noche en cualquier lugar. Miguel estuvo a punto de sugerir que se quedaran en el palacio, Raffaele y yo nos encargamos de cambiar el tema antes de que la idea se deslizara fuera de sus labios.
Después de despedir a los pilluelos, Raffaele y Miguel marcharon a Versalles. Yo disfruté de la compañía de Maurice el resto del día. Estaba de tan buen humor que solo verle me llenaba de alegría.
Cabalgamos por unas horas. Volvimos al palacio y discutimos sobre su nada tradicional interpretación del Evangelio, mientras él me dibujaba. Una nueva ocurrencia suya, quería hacerme un retrato.
Sus bocetos eran asombrosos pero él insistía en que no lograba plasmar lo que quería. Yo estaba feliz de que llenara todo su cuaderno con mi rostro. Además, aunque él no estaba satisfecho con el resultado, la verdad es que cada dibujo parecía reflejar sus sentimientos por mí y siempre mi imagen era embellecida.
Por último, jugamos a las cartas hasta que sus primos regresaron ya entrada la noche. Lucían desanimados. Al preguntarles, insistieron en que se encontraban bien.
Después de retirarnos a dormir, pensaba marcharme a la habitación de Cristal, pero Raffaele pidió que me reuniera con él y con Miguel en el despacho del Duque.
—Su Majestad insiste en expulsar a Maurice de Francia por ser Jesuita —anunció con tono lúgubre.
—Creí que ya había olvidado ese asunto.
—Ciertos nobles y un grupo de parlamentarios galicanos continúan con su campaña contra los jesuitas y dicen que permitir que Maurice siga en Francia es una muestra de debilidad —explicó Miguel—. ¡La política francesa parece una comedia!
—¿Hay alguna manera de persuadirlo?—el asunto empezaba a angustiarme.
—Llevo semanas haciéndolo y mi padre le ha escrito varias veces, pero hay días en que los intrigantes del palacio hacen mejor su trabajo y lo ponen de mal humor.
Los tres barajamos todas las posibilidades buscando maneras de persuadir al Rey. Raffaele estaba decidido incluso a sobornar a los parlamentarios. Miguel propuso que Maurice se marchara un tiempo a Nápoles, idea a la que me opuse en un primer momento.
También pensamos en que el Duque en persona podría convencer al Rey, pero Miguel temblaba solo al pensar en que su tío se presentara en Francia.
En lo que estábamos de acuerdo los tres era en la necesidad de despertar la simpatía de Su Majestad hacia Maurice. Pero si existía alguien menos capaz y nada dispuesto a congraciarse con nuestro monarca, o con cualquiera, ése era mi pelirrojo amigo.
Decidimos buscar la ayuda de Théophane y Joseph y preguntar a Bernard y Clemens sobre los rumores que circulaban en Versalles. Si Maurice tenía un grupo que confabulaba en su contra, crearíamos otro que lo defendiera.
La afición por hacer caridad, una de sus rarezas más acentuadas, sería buena propaganda entre los habitantes de Versalles, pues les atraían por igual los ejemplos de virtud y los escándalos más depravados. En especial nos interesaba ganar el favor de las hijas del Rey. Contábamos con que los encantos de Raffaele fueran suficientes para garantizar eso.
Al día siguiente comenzamos a poner en práctica nuestro plan. Raffaele volvió a Versalles, Miguel fue a la Villa de los Gaucourt y yo visité a Bernard y a Clements en sus residencias.
Nuestros amigos se mostraron partidarios de Maurice, como siempre. Bernard comentó que creía que detrás de los rumores se encontraba Sophie. Clements me dio noticias más perturbadoras cuando lo visité.
—Deberías preocuparte de lo se dice sobre ti también, Vassili.
—¿Sobre mí?
—Bernard seguramente no te lo ha dicho para ahorrarte el mal rato, yo pienso que es mejor que te enteres por un amigo. Lo que se comenta sobre ti no es nada halagador.
—¿Qué es lo que dicen? —pregunté sintiendo que se me helaba la sangre.
—Que no has dejado la vida de libertino y trataste de seducir a Madame Christine mientras estuviste en Versalles. Que igual has buscado seducir a su hermana y a otras mujeres a las que antes dirigiste espiritualmente, cuando eras Abate.
Solté una estentórea carcajada. Aquello era una mentira de lo más vulgar y definitivamente muy propia de la odiosa prima de Maurice.
—No te rías. También he escuchado que gastas dinero en prostitutas y mantienes a una amante que ni siquiera pertenece a la nobleza.
—Esos son demasiados rumores para adjudicarlos un solo hombre —repliqué empezando a ver el asunto con menos gracia.
—Alguien te quiere perjudicar y no se trata de cualquier persona.
—¿Crees que sea la condesa Sophie?
—Creo que algunos rumores han surgido de su círculo de amigos, pero otros comenzaron después de que cierto personaje visitó Versalles.
—¿Cierto personaje?
—Sí. La abadesa Severine de Alençon. Mejor conocida como la Santa Teresa de Jesús francesa.
—¿Qué dices?
—Al menos así la llaman las hijas del Rey. Son sus admiradoras y la consideran su consejera espiritual. No sé por qué se ha ensañado contra ti, pero debes cuidarte de ella.
Regresé abrumado al Palacio de las Ninfas. No esperaba que Madame Severine fuera mi enemiga. Empecé a sospechar que la reticencia que mi padre mostraba para darme dinero en las últimas semanas se debía a los rumores que esa mujer esparcía. Ella era muy respetada en los círculos jansenistas que él frecuentaba.
Raffaele confirmó mis temores al contarme que su tía solía actuar de esa manera. Ya había destrozado la reputación de Théophane usando su influencia en La Corte.
—Ella quiere sacarte de este palacio porque no le agradas —me dijo—. Como yo me negué a echarte, ahora ella se está desquitando. No te preocupes, mientras cuentes con mi apoyo es lo mismo que contar con el de mi padre. Sólo ten mucho cuidado con Agnes, si llega a enterarse de tus visitas a la Casa de los Placeres se lo dirá a tía Severine y ya puedes imaginar lo que pasará.
Por supuesto que redoblé las precauciones. Por fortuna Asmun y el cochero que solía llevarme eran de la total confianza de Raffaele. Cada vez que llegaba una caja con el antifaz, esta era entregada directamente al joven Tuareg. Y Agnes tenía prohibido entrar en nuestras habitaciones, así podía sentirme tranquilo.
Al recibir, el siguiente sábado, la confirmación de mi cita de las manos de Asmun, guardé aprisa el antifaz en mi casaca y quemé la caja en la chimenea. Mientras me disponía a salir, Maurice se presentó con sus dos pupilos ante mi puerta.
—Estoy haciendo que coloquen trampas para atrapar roedores en todas las habitaciones —dijo con una cándida sonrisa—. Así dejarás de escuchar ruidos en la noche.
—Te lo agradezco, pero ya te dije que dudo que se trate de roedores.
—¿Qué otra cosa puede ser? ¿De verdad crees en fantasmas?
—Puedes burlarte cuanto quieras. Yo me burlaré de ti cuando tu abuelo vuelva a hacer de las suyas.
—¿Vas a salir esta noche?—dijo al verme tomar mi bastón y sombrero.
—Sí. Y debo marcharme ahora mismo, así que si me disculpas...
—¿A dónde vas?
—No te gustará saberlo... —confesé. No quería mentirle.
Me marché de inmediato. El recuerdo de su rostro sorprendido y triste hizo que los besos de Sora tuvieran sabor amargo esa noche. No logré disimular mi desasosiego y mi exigente amante se quejó. Ni siquiera le di una excusa, le pedí que hiciera su trabajo y dejara de molestarme exigiendo algo que yo no podía darle.
Por supuesto que esto le hirió. Intentó disimular con una torpe sonrisa. Yo agradecí el gesto porque ya tenía suficiente con el conflicto que llevaba encima. Pero ni él pudo lucir su talento ni yo deseaba que lo hiciera.
Aquella noche solamente fingimos dormir. Mientras él ahogaba sus sollozos, yo me odiaba a mí mismo pensando en que los bellos ojos de Maurice y de Sora habían mostrado la misma decepción al mirarme.
Al volver al palacio, apenas amaneció, ordené que prepararan la tina. Estuve largo rato recostado, dejando que el agua me cubriera todo el cuerpo, mientras los sirvientes esperaban extrañados.
Tenía mucho en qué pensar, sentía que había algo mal. Sabía que la lista de cosas incorrectas en las que estaba incurriendo era cada día más larga, pero se trataba de algo más, un detalle no considerado, un posible peligro acechando... Una sensación de incomodidad.
—¿Y cómo esperas sentirte si por un lado pretendes el amor de Maurice y por el otro te acuestas con sus primos y compras a Sora cada vez que puedes? —me dije a mí mismo desde lo que quedaba de mi sentido común.
Lancé un suspiro molesto y terminé de bañarme. Después de vestirme fui en busca de Maurice. No lo encontré en su habitación ni en el salón de música. Tuve la ocurrencia de buscarlo en "Nuestro Paraguay", en la otra ala del palacio.
A medida que me acercaba pude escuchar el sonido de un violín. La melodía me causó mala impresión, se asemejaba a un lamento que se transformaba progresivamente en una tormenta para volver a ser el triste llanto de un desgraciado. El ciclo se repetía una y otra vez. Aceleré el paso.
Encontré a Miguel de pie, recostado a la pared, junto a la puerta abierta de la habitación. Tenía los brazos cruzados y el rostro marcado por la preocupación. Al verme, hizo señas para que guardara silencio y lo siguiera. Nos alejamos de la entrada unos metros para hablar.
—Maurice está molesto —expresó angustiado—. Ayer me preguntó a dónde ibas por las noches y...
—¿Y...? ¿Qué le has dicho?
—La verdad, que vas a un prostíbulo...
—¡Maldición! ¿Por qué se lo has dicho?
—¡Tú sabes cómo es cuando se empeña en saber algo!
—Estuviste guardando tus secretos durante años, ¿no pudiste guardar los míos?
—Tuve miedo de que descubriera lo que tú, Raffaele y yo hacemos si seguía preguntando. ¡Perdóname Vassili!
—¡Esto es un desastre!
—Maurice estaba furioso con Raffaele. Enseguida supuso que él te había llevado a ese lugar, lo enfrentó y...
—¿Qué pasó?—le apremié al verle titubear.
—Raffaele le dijo que no tenía derecho a reclamar nada porque él no ha accedido a ser tu amante. Entonces Maurice se quedó en silencio y se encerró en su habitación. Esta mañana al levantarnos lo encontramos así, descargando sus sentimientos con su violín. No nos atrevimos a molestarlo.
—¿Dónde está Raffaele?
—En su habitación. Dice que no va a seguir discutiendo.
—No sé qué hacer...
—Es mejor que esperes a que se calme para hablar con él.
El sonido del violín me persuadió de entrar. Entendí que Maurice estaba sufriendo. Si me amaba, como yo creía, debía sentirse traicionado. No podía dejarlo solo. Tenía que disipar las nubes de tormenta que yo había creado.
—No te preocupes Miguel. Arreglaré esto como pueda.
—Lo lamento, Vassili.
Le tranquilicé palmeando su espalda y me dirigí hacía la habitación. Maurice estaba ante una de las ventanas. Llevaba puesta una chupa verde con detalles plateados, que combinaba perfectamente con los frescos de las paredes. Una blusa blanca y un calzón negro completaban su atuendo. Como siempre me pareció exquisito.
Le vi moverse mientras interpretaba aquella música completamente nueva para mí. Su cuerpo se balanceaba a distintos ritmos, alternando pasión, desesperanza y furia. Cuando dio vuelta y me vio, dejó de tocar sorprendido.
Quise decirle algo, pero volvió a girar y continuó con su música. Lo rodeé y me senté en el marco de la ventana. Giró otra vez.
—Maurice, hablemos de lo que te molesta, por favor.
—¡No estoy molesto! —aseguró enfrentándome sin dejar de tocar.
—Tu violín dice lo contrario.
—Mi violín no habla.
—Sabes a qué me refiero.
—¡No lo sé!—gritó interrumpiendo la música—. ¡No sé nada! Ni siquiera sé por qué quiero gritar, llorar y golpearte, si Raffaele tiene razón y no tengo derecho a exigirte nada.
—Estás así porque me amas —respondí sonriendo.
—¡Estoy así porque eres un idiota! —afirmó furioso esgrimiendo el arco del violín contra mí—. ¡Porque no entiendo cómo un hombre de tu valor va a un prostíbulo! No sé si te conozco o si la imagen que tengo de ti es un espejismo.
—Soy el mismo hombre que rescataste en mi villa hace unos meses. El mismo borracho que se acostaba con una sirvienta a la que ni siquiera sabía el nombre. El mismo que no tiene intención de vivir como Abate de nuevo, y que te ha dicho que te ama y te desea aún sabiendo que eso es inaudito. Y también soy un hombre capaz de ir a un prostíbulo en busca de placer. No estoy orgulloso de eso, pero es lo que soy.
—¡Tú eres mejor que eso!
—No, tu quieres que sea mejor pero no lo soy. Incluso he hecho cosas que te parecerán aún más inaceptables. Cosas que espero que nunca sepas. Así que por favor no indagues más sobre mis correrías nocturnas.
Me quedé esperando su reacción. Acababa de jugarme todo en aquella declaración. Confiaba en que la imagen que yo tenía de Maurice tampoco fuera un espejismo. Quería creer que era capaz de amarme a pesar de ser un miserable.
—Tú eres mejor que eso —susurró después de estar unos minutos en silencio. Tiempo que me pareció una tortura .
—Temo que no, Maurice.
—Tú no sabes de lo que eres capaz —afirmó con amabilidad sentándose junto a mí en el marco de la ventana—. Estoy convencido de que eres un niño recién nacido que está estrenando la vida. Por desgracia, Raffaele te ha influido de la peor manera...
—No seas injusto con él. Hubiera terminado en un lugar peor sin su ayuda.
—No lo creo. Pienso que fuiste a ese lugar porque estas muy ocioso.
—Voy a ese lugar porque no puedo controlar mi deseo por ti —le susurré al oído tentándolo—. Tú ya sabes lo que es perder el control, ¿verdad Maurice?
—Sí —respondió poniéndose de pie al sentir el roce de mis labios en su cuello—. Por eso digo que has estado muy ocioso. La lujuria nos ataca cuando no hacemos nada útil.
—¿Por eso te mantienes tan ocupado saliendo del palacio todos los días? —me acerqué a él y le atrapé colocando mis manos en sus caderas—. Yo también trato de alejarme de ti escapando por las noches, porque lo que más deseo es meterme en tu cama.
—Te conviene callarte y dejarme hablar a mí —amenazó mostrando en sus ojos que su furia estaba contenida pero muy lejos de apaciguarse—. Siéntate y escucha con atención.
Obedecí en el acto. Me sentía confiado intuía que había más celos que decepción en su manera de actuar.
—Sé que no tengo derecho a exigirte nada, pero veo que vas por un camino que puede causarte muchos problemas. Imagina lo que ocurrirá si tu padre llega a enterarse de que vas a un prostíbulo. Se pondrá furioso y no podrás convencerlo de que te deje elegir tu camino en la vida. Por eso quiero proponerte algo...
—¿Que seamos amantes? Eso no necesitas preguntarlo...—bromeé.
Él me amenazó dirigiendo la punta del arco hacia mi cuello persuadiéndome de guardar silencio.
—Quiero que me acompañes a cierto lugar y me ayudes en cierta tarea que he emprendido.
— Si tiene algo que ver con volver al sacerdocio, ya sabes que no quiero...
—No tiene que ver. No es algo que hagan los abates. Pero sí es algo que ayudará a muchas personas y te mantendrá ocupado durante el día.
—No sé... suena a una trampa de jesuita.
—No te puedes negar. Si quieres que crea que me amas, después de pasar ir a pasar la noche con prostitutas, deberías esforzarte en ganar mi confianza.
—Lo dicho, toda una trampa de jesuita. Me has acorralado. Pero es un esfuerzo innecesario, si lo que quieres es que pase la noche contigo, solo tienes que decirlo.
—Durante la noche puedes ir a donde quieras, pero de día eres mío—el tono seductor que adoptó al decir esto bastó para excitarme
—Puedo hacerte el amor a cualquier hora, Maurice —respondí extendiendo mis manos hacia él.
—No te daré ocasión de tentarme—dijo haciendo un guiño pícaro y alejándose unos pasos.
Volvió a tocar su violín, pero esta vez la melodía era distinta. Alegre y voluptuosa. Cargada de la misma pasión que reflejaba la mirada de Maurice.
Tuve la impresión de que él ya me consideraba suyo, que acababa de reclamar mi absoluta sumisión y el sonido de su violín, junto con la expresión de su rostro y el movimiento de su cuerpo, eran ardiles para seducirme.
No pude resistir la tentación. Me incorporé y le abracé cuando me dio la espalda.
—¡Te amo, Maurice! ¡Muero por hacerte el amor!
—Tienes mucho valor queriendo besarme con los mismos labios con que besas prostitutas—se quejó librándose de mi abrazo.
—¿Acaso voy a tener que purificarlos con fuego como el profeta Isaías?
—Ya me gustaría —dijo sonriendo con cierta malicia—, pero por ahora basta con que me esperes en el establo y mandes a preparar un carruaje, saldremos hacia París de inmediato.
Obedecí enseguida lleno de curiosidad y resignado a sufrir una larga espera antes de que Maurice me dejara volver a besarlo.
La sorpresa que me lleve cuando llegamos a nuestro destino y descubrí que este no era otro que la calle San Gabriel, fue inmensa. Él me explicó que había regresado a aquel lugar para agradecerle al doctor Charles por su ayuda y que el sitio había despertado su interés.
Era fácil entender por qué Maurice se sintió atraído por aquella calle en los márgenes de Paris. Era un lugar en el que reinaba la miseria y sus habitantes podían ser considerados los últimos o los ignorados.
Después de saludar al huraño Doctor Charles, me guió hacia la Iglesia ubicada a un extremo de la calle. Por su arquitectura deduje que se trataba de una pequeña capilla rural que había sido abandonada cuando la ciudad se tragó alguna aldea, al ir extendiéndose como toda gran urbe.
El lugar estaba casi en ruinas y a Maurice se le había metido en la cabeza la idea de reconstruirlo. Ese día precisamente debía reunirse con los obreros que había contratado y revisar su trabajo. Lo que encontró no le satisfizo. Se quejó de la manera como habían reparado el techo.
Bastaba con no ser ciego para darle la razón, una viga de madera muy gruesa estaba apoyada sobre otra más delgada. Si ésta cedía, la mitad del techo podía venirse abajo. La decena de hombres responsables de semejante chapuza insistían en que todo estaba bien.
Maurice perdió la paciencia y ordenó que rehicieran todo. Los tres líderes del grupo trataban de convencerlo de que habían hecho un buen trabajo. Yo permanecí como mudo testigo hasta empaparme lo suficiente de la situación y poder opinar.
Aquellos hombres me odiaron desde el primer momento en que les acusé de no saber nada sobre construcción. Alguno se atrevió a responder por lo bajo que yo tampoco tenía idea y nos enfrascamos en una discusión muy elegante, de las que uno no espera llevar a cabo en semejante escenario y con tales contrincantes.
Resultó que sólo eran idiotas cuando tenían que trabajar, a la hora de lanzar argumentos envenenados con un amable tono de voz, resultaban verdaderos maestros. Yo debía conservar la calma y demostrar mi destreza pues si dejaba ver mi irritación y no respondía con agudeza, perdía el duelo.
Los demás obreros nos rodearon y asentían riendo o negaban entre maldiciones a medida que nuestros argumentos iban y venían. Me entretuve tanto que no noté cuando Maurice se dirigió al presbiterio con los otros dos líderes.
De pronto escuchamos madera crujir, seguido de un gran estruendo y vimos que la enorme viga de madera se venía abajo sobre Maurice y los dos hombres. De inmediato gran parte del techo se desplomó y una espesa nube de polvo llenó la Iglesia.
***

Parte II


Todo había ocurrido en segundos. En un primer instante me quedé paralizado, luego grité y traté de correr hacia Maurice, pero una docena de brazos me empujaron hacia la puerta. Seguí forcejeando hasta que el polvo me asfixió y tuve que salir para respirar.

Volví a entrar cubriendo mi boca y nariz con mi pañuelo. Los demás me siguieron. Soltaban lamentaciones desesperadas, tan seguros como yo de que si encontrábamos a alguien con vida sería un milagro. 


Aquello era asombroso y completamente providencial. Pero lo que nos sobrecogió a todos fue que Maurice se encontraba de pie, con su mano derecha extendida hacia la viga de madera y la otra sobre las cabezas de los dos hombres, quienes se habían arrodillado y abrazado a sus piernas.  Mi amigo, en lugar de protegerse a sí mismo o ser presa del pánico, trató de proteger a aquellos infelices. 


Como si aquel gesto no fuera ya suficiente, el halo de luz que penetraba por el enorme agujero en el techo, junto con el polvo flotando, daba a la escena una atmósfera sobrenatural. Maurice parecía estar suspendido entre blancas nubes, iluminado como un ángel protector. Me quedé contemplando embelesado queriendo que aquella visión no desapareciera. Él tenía otros planes y apremió a todos a salir antes de que el techo terminara de derrumbarse.


Los dos hombres que habían pasado aquel trance con mi amigo abrazaron llorando a sus compañeros. Repetían sin cesar una sola palabra: "Milagro". Yo abracé a Maurice, él se mostró extrañado ante mis lágrimas y me guió hacia la salida.


Cuando todos estuvimos fuera, comenzó a fustigar a los obreros diciendo que ahora no podían negar  su mal trabajo. Los hombres seguían impactados, incluso los que habían sido meros espectadores como yo, temblaban. 


La gente de San Gabriel nos rodeó. Pude reconocer algunos pilluelos, al doctor Charles y a nuestro cochero. Todos preguntaban qué había pasado, los obreros no hacían más que repetir que había ocurrido un milagro. 


Mientras todo era un  caos de voces que nos abrumaba, volvimos a escuchar un estruendo en el interior de la Iglesia. Una nueva nube de polvo hizo que nos alejáramos corriendo de la entrada.  La viga de madera había terminado de desprenderse y con ella otra parte del techo.


Uno de los dos líderes se echó de rodillas ante Maurice. 


—Gracias, Monsieur. Nos ha salvado.


El otro hombre también se arrodilló ante él. Los dos contaron cómo les había protegido, dispuesto a aguantar el mortal golpe por ellos. Mi amigo desestimó el asunto y yo perdí por completo los estribos. 


Lo sujeté del brazo y di orden al cochero para que nos condujera de regreso al palacio, este enseguida corrió a tomar su lugar en el carruaje. Llevé a rastras a Maurice, que no paraba de preguntar por qué me había disgustado. Me deslicé y estuve a punto de caer al pisar alguna porquería, eso terminó con lo que quedaba de mi paciencia, me volví para gritarle con todas mis fuerzas. 


—¡Esta gente no necesita una Iglesia sino una maldita cloaca!


—Actúas igual que aquel día en el lago. Ya te dije que...


—¿Vassili no te parece tonto que estemos discutiendo en lugar de alegrarnos de que nadie salió herido?


Fue un beso tímido, buscando tantear si me dejaría seguir o me rechazaría. Él correspondió acercándose más, reclamando más. De nuevo manifestaba que anhelaba mis labios tanto como yo los suyos.


Nos besamos una y otra vez. Maurice mostró su pasión y yo di rienda suelta a mi deseo. Grave error. Cuando intenté quitarle la casaca se alejó.


—Te lo agradezco, Xiao Meng. Veo que se puede contar contigo para cosas tan simples como esta.


Todo había ocurrido en segundos. En un primer instante me quedé paralizado, luego grité y traté de correr hacia Maurice, pero una docena de brazos me empujaron hacia la puerta. Seguí forcejeando hasta que el polvo me asfixió y tuve que salir para respirar.


Al acercarnos, contemplamos estupefactos que la enorme viga se había desprendido de un solo lado, quedando fija al golpear el suelo, justo antes de tocar a Maurice y a los otros. Incluso los protegió de los escombros sirviéndoles de improvisado techo.


Todos menos Maurice habíamos visto a la muerte.  Estábamos cubiertos de una gruesa capa de polvo  de los pies a la cabeza pero él no daba señales de notarlo. Hablaba con una naturalidad que me hizo pensar que estaba ante alguien excepcional.


 Ese fue el inicio del mito del Ángel de San Gabriel. Aquel evento fue narrado una y otra vez, de generación en generación, por la gente de aquella calle. Cada quien agregando y exagerando hasta casi elevar a Maurice a los altares. Al menos en aquel momento sirvió para que dejaran de verlo como un extraño y empezaran a respetarlo.


—Yo no hice nada—respondió extrañado.


—¡No te rías! ¡Pudiste haber muerto! ¿Y para qué? Para construir una Iglesia que nadie necesita. ¡Nos vamos de inmediato!


Maurice iba a responderme molesto,  lo empujé dentro del carruaje y di la orden al cochero para que avanzara.  Nos gritamos el uno al otro sin parar durante el trayecto.


—¡No entiendo por qué te angustias si estoy bien!


—¡Y yo no entiendo cómo puedes estar tan tranquilo!


—Sabía que no me iba a pasar nada —afirmó mientras encogía los hombros y exhibía una sonrisa confiada—. Dios siempre me cuida. No tienes idea de cuántas veces me ha salvado. Una vez me perdí en la selva en el Paraguay y...


—¡Basta! ¡No quiero escuchar una palabra más! ¡Mientras más te escucho, más me convenzo de que no te importa cómo me sentí!


—No entiendo...


—¡Creí  que habías muerto aplastado!


—¡Ah! ¿Por qué  te gusta sufrir por cosas que no han ocurrido?


—Cállate por favor —exigí mientras contenía mis lágrimas y mi deseo de abofetearlo.


Lo miré furioso y entendió que no debía seguir hablando. Estuvimos en silencio por largo rato, hasta que pateó el suelo del carruaje en un gesto de disgusto y se sentó  a mi lado.


—Mi corazón casi se detiene —dije intentando no llorar —. Si hubieras muerto... yo no sé...


—Lo siento. Temo que elegí los peores constructores de todo París —agregó sonriendo avergonzado. 


—¡De eso no tengo duda! ¿De dónde los sacaste?


—Viven en esa calle. Se ofrecieron ellos mismos para el trabajo.


—¡Eres tan idiota algunas veces!


—No soy idiota —dijo muy serio—. Pero reconozco mi falta de experiencia.


—Eres un grandísimo idiota al que parece divertirle volverme loco —le acusé abrazándolo con todas mis fuerzas.


—Tú eres igual. Pasé una horrible noche imaginándote en ese prostíbulo —replicó cuando le liberé.


—¿Ya puedo besarte o debo esperar a que un querubín purifique mis labios con fuego? —susurré acercándome a su rostro.


—Oh, no te será tan fácil —dijo  con picardía al apartarme—. Tendrás que esperar a que yo olvide que te gusta besar prostitutas.


—No digas eso —lamenté con tono jocoso—. Tu memoria es muy buena.


—Puedo empezar a olvidarlo si me ayudas a reconstruir esa Iglesia.


—¡Ni hablar! —volví a irritarme al ver la trampa que me tendía—. No dejaré que vuelvas a ese horrible lugar...


—Voy a volver aunque no quieras —afirmó decidido—. Si me ayudas puedes asegurarte de que no contrate gente tan inepta.


—Nadie necesita esa Iglesia.


—Quiero hacer un hospicio junto a ella —confesó con expresión grave—. Quiero darles un lugar dónde vivir a los niños que me visitaron en el palacio. No puedo estar tranquilo sabiendo que están solos y duermen en la calle.


Me sentí conmovido por su generosidad y no pude evitar sonreír.


—Te ayudaré. Aunque no sé cómo.


—Por lo pronto, necesitamos un arquitecto y convencer a Joseph de darme más dinero...


—¡Vaya una tarea difícil! Joseph es muy tacaño.


—Ese dinero también es mío.


—Puedo anticipar una buena discusión.


—Espero que me ayudes a convencerlo


—Y yo espero tu piedad —declaré colocando mis manos en sus hombros para atraerlo y besarlo.


—No debo... no puedo...


—Está bien—respondí tratando de mantener el control—. Sólo hasta que lleguemos al palacio.


—No debo —susurró alejándose.


—Asumo toda la culpa —declaré y le sujeté para besarlo de nuevo.


Me rechazó débilmente en un primer momento, después se aferró a mí y seguimos besándonos y acariciándonos sin control.


El tiempo nos jugó la mala pasada de consumirse muy rápido y darnos el viaje más corto de nuestras vidas. Debimos esforzarnos para separarnos después de cruzar la verja de entrada y recorrer los jardines.


—La próxima vez iremos a París a caballo —sentenció Maurice antes de bajar del carruaje.


Lamenté verle otra vez sentirse culpable y aún más el tener que soportar una incómoda y larga cabalgata en un futuro, pero me felicité por el néctar de los dioses que había  robado hábilmente de los labios de Maurice.

Raffaele y Miguel se alarmaron al vernos llegar cubiertos de polvo. Los tranquilicé diciendo que se debía a una visita a las ruinas de una Iglesia en París. Luego fuimos a asearnos y cambiarnos de ropa.

Al volver a  reunirnos para comer, Raffaele exigió saber la verdad sobre nuestra aventura. El discreto cochero había contado a Asmun sobre el accidente y este no dudó en compartir la historia con su señor.


De nuevo salieron a relucir sus temperamentos. Yo ya tenía bien aprendido que los Alençon eran propensos a llevar todo a los extremos. Miguel amenazó a Maurice con encerrarlo si trataba de volver a un lugar tan peligroso. Raffaele me acusó de traidor por acompañar y apoyar a su primo. Maurice juro que se iría a vivir en esa calle si ellos continuaban pretendiendo controlar su vida.


Yo traté de probar mi cena en silencio. Degusté una copa de delicioso vino y pedí que la llenaran de nuevo. El sirviente dudó; le exigí con un gesto que obedeciera. Miró a Maurice, quien estaba concentrado en su guerra dialéctica con sus primos, y llenó mi copa de nuevo. La vacié de un trago.

Pedí que la llenara por tercera vez y, antes de que pudiera inclinar la botella, Maurice se la arrebató de las manos.
—Di instrucciones muy claras al respecto —sentenció fulminando con la mirada al pobre hombre, quien se disculpó repetidas veces.

—Cuando escucho gritar a un trío de necios me da sed —murmuré haciéndome el ofendido—. No sé qué ganan con estas discusiones, además de arruinar la cena.


Al fin se quedaron los tres en silencio. Volvieron a sentarse, pues en medio de su acalorado intercambio se habían puesto de pie, dispuestos a pasar de las palabras a los puñetazos.


—Si Maurice no fuera tan irracional no discutiríamos tanto —rezongó Miguel murmurando entre dientes.


—Como si amenazar con encerrarlo fuera algo racional —repliqué haciendo que Miguel frunciera los labios molesto y Maurice sonriera.


—Tú te pones de parte de Maurice para que te perdone ciertas travesuras nocturnas —siseó Raffaele vengando el honor de su amado.


Le dediqué una mirada asesina y una sonrisa cariñosa.


—Lo único que él quiere es construir un hospicio para los numerosos huérfanos que viven en la periferia de la ciudad —dije con mi tono más sereno—. Todos los niños que vimos el otro día carecen de padres y techo, creo que es muy loable intentar ayudarlos.


Pude ver que los ojos de Miguel se tornaban vidriosos. Sabía que sería fácil ganar su apoyo porque ya era padre. Pero Raffaele también se conmovió muy rápido. El resto de la conversación fue un tranquilo ir y venir opiniones  sobre lo que podía hacerse a favor de aquellos pequeños.


Descubrí que la generosidad también era una característica propia de los Alençon. La cena terminó siendo un feliz momento para todos. Esa noche dormí en el palacio, demasiado agotado como para buscar compañía y muy satisfecho porque Maurice estaba contento.


Después que amaneció, se presentó en mi habitación dispuesto a arrancarme de la cama para que le acompañara a París. Lo abracé y lo atraje para meterlo a la fuerza en mi lecho.


—Podemos ir a París después y pasar ahora un tiempo juntos —le propuse seductor.


—Renard y Aigle están esperando en la puerta para entrar a retirar las trampas. Y tu boca apesta. Date prisa, te espero abajo.


Odié su sinceridad y a sus inoportunos pupilos. También odié cabalgar hasta París y soportar las burlas del doctor Charles por mi poca compostura del día anterior.


Los obreros estaban dispuestos a terminar el techo sin cobrar más dinero. No confiábamos en sus habilidades, por lo que les sugerimos que se concentraran en retirar los escombros.


Después visitamos a un famoso arquitecto, quien seguramente pensó que queríamos otra Notredame por la escandalosa suma que intentó cobrar por sus servicios. Lo descartamos de inmediato.


Al sentir hambre nos dirigimos a la Taberna Corinto para almorzar. Etienne llegó al poco rato y se nos unió. Cuando le contamos lo que hacíamos nos presentó a un amigo suyo, un joven albañil llamado Simon.


Visitamos con Etienne y Simon la Iglesia de San Gabriel. Tratamos de hacer cálculos sobre la cantidad de material que sería necesario para estar al tanto de lo que costaría. También discutimos sobre  a quién convendría contratar. Nos advirtieron que pocos arquitectos aceptarían trabajar en aquel lugar.


Regresamos al palacio agotados. Aquella noche también lo único que deseé fue dormir. Pensé levantarme tarde porque Maurice iba a visitar al Rabino al día siguiente, y yo me había negado  rotundamente a acompañarlo. Sin embargo, apenas la claridad de la mañana me despertó, salté de la cama, tomé papel y pluma, y comencé a hacer notas sobre todo lo que Simon nos había informado.


Raffaele fue a visitarme y se sorprendió al verme trabajando. Quería que le acompañara a la Habitación de Cristal con Miguel. Por más tentadora que sonaba la  invitación, la rechacé. Acababa de enviar a Asmun a pedir una cita para pasar la tarde con Sora y no me convenía agotar mis energías.


—¡Ah, que ofensa!—exclamó fingiendo dolor—. Prefieres un puto que mi compañía y la de Miguel.


—Le debo a Sora una disculpa, no me porté bien con él en mi última visita, y quiero hablar con Xiao Meng.


—¡No me digas que ahora te interesa experimentar con el eunuco!


—¡Idiota!


—Haz lo que quieras, pero yo en tu lugar no volvería al Palacio de los Placeres nunca más. Maurice está enamorado de ti sin duda y sus celos pueden hacer que no te perdone una segunda vez.


—Es curioso que me aconsejes eso después de venir a invitarme a dormir contigo y con tu amante.


—En mi caso es un mal necesario. Si quiero que Miguel se sienta más seguro, tengo que suplicar tu ayuda. Y no voy a negar que disfruto de tu talento en la cama. Creo que casi superas a Sora


—Prometo acompañarte otro día —dije sintiéndome muy halagado—. Hoy ya he hecho la cita.


—Miguel y yo esperaremos ansiosos —contestó acariciando mis labios con un beso lascivo que estuvo cerca de hacer que olvidara todos mis planes.


Eché a Raffaele de mi habitación para terminar mi trabajo. Él se marchó  asegurando que pasaría un día memorable con Miguel.


Asmun me entregó la caja con la  confirmación esperada después del almuerzo y partí de inmediato al Palacio de los Placeres.


—Es extraño que pidas una cita para esta hora —dijo Sora tratando de esconder su inquietud—. Además, habías reservado los sábados...


—Ya no puedo quedarme por la noche o fijar un día.


—¿Es por ese hombre? ¿Acaso ya te corresponde?


—Mi precioso Sora, no quiero hacerte llorar así que no hablemos de él.  Hoy solo quiero hacerte el amor.

Le besé en la frente y lo levanté en mis brazos. Lo llevé hasta la cama para recostarlo. Le abrí el kimono, besé su vientre, su pecho y finalmente su boca. Me abrazó y se entregó por completo  a través de besos encadenados con jadeos, que fueron ganando intensidad a cada instante.

Terminamos de desnudarnos sin poder hablar, ansiosos por el placer que sabíamos darnos el uno al otro. Sora estaba retraído, yo quería ser delicado. Fue un encuentro diferente a tantos otros en los que dominaba la lujuria. Los dos necesitábamos decir palabras que nos daba miedo pronunciar, por lo que dejamos que nuestros cuerpos hablaran primero.


Cuando llegó al orgasmo, se abrazó a mí y lloró. Sentí su tristeza, intenté salir de él aunque todavía no estaba satisfecho. Me aferró con más fuerza.


—Te lo ruego Vassili, no me dejes —suplicó entre lágrimas.


—Es inevitable, lo sabes…


Me besó para callarme. Rodeó mi cadera con sus piernas instándome a continuar haciéndole el amor. Me dejé llevar y  arremetí con todas mis fuerzas contra su cuerpo, moviéndome para provocar la gloriosa fricción. Logré el orgasmo muy pronto y me recosté a su lado.


—Vassili, por favor, llévam...


No lo dejé continuar aquella frase nefasta. Lo besé una y otra vez hasta que él correspondió. Los dos simulamos estar bajo el imperio del deseo para no seguir una conversación que terminaría nuestra extraña relación.


Era la primera vez que Sora se atrevía a pedirme que lo sacara del Palacio de los Placeres. Pero yo ya había adivinado en sus ojos que ese era su mayor anhelo y siempre había temido escucharle suplicarlo. Prefería ser hipócrita y decirme a mí mismo que nunca se me había ocurrido que aquel hermoso joven merecía ser liberado de su prisión.


Estoy seguro de que él comprendió que mi respuesta iba a ser un no. Que yo no tenía la menor intención de hacer de él un ser humano. Que me gustaba poseerlo a cambio de dinero, sin compromisos ni remordimientos. Por eso nunca más intentó suplicar que le liberara.


Debió aprender la lección, debió darse cuenta del hombre miserable que yo era y dejar de amarme decepcionado.  Pero no, el amor que Sora sentía por mí nunca menguó. Todo lo contrario, siguió creciendo hasta volverse algo temible.


Yo lo intuí y decidí hacerme el ciego, además de sordo. Le di la espalda, tal como hice esa tarde, y lo dejé yaciendo en la cama, aferrado al recuerdo y a la esperanza de otro encuentro.


Salí de la habitación y busqué a Xiao Meng. Lo encontré en la glorieta del jardín, tomando el té.


—¿Va a ser una costumbre venir por las tardes?—preguntó ofreciéndome una taza de su horrible bebida.


—Temo que mis visitas van a ser cada vez más escasas  e intempestivas —respondí sentándome frente a él.


—Sora va a sufrir —pronunció esas palabras mirándome a los ojos, como quien hace una acusación.


—¡Estoy tratando de que no sufra! Debería dejar de venir pero…


—Él sueña con que usted llegará a amarlo algún día y le llevará lejos de aquí. Es un idiota. Le he dicho que alguien como usted nunca verá en él otra cosa que un juguete costoso.


No pude rebatir sus palabras cargadas de veneno. Cualquier cosa que dijera iba a confirmarlas. Bebí el té saboreando hiel y me tomé unos segundos para serenarme. Xiao Meng no dejó de mirarme con desprecio.


—Hoy he venido también porque me interesaba hablar contigo.


—No estoy disponible —soltó con tono displicente.


—¡Lo último que quiero es follar a un eunuco! —grité indignado, poniéndome de pie y dando un golpe a la mesa— ¡Te aseguro que jamás llegará el día en que una atrocidad como tú me atraiga!  


Nos quedamos mirando por unos minutos. Los dos habíamos atacado el punto más vulnerable del otro. Era momento de pasar a los golpes o disculparnos mutuamente. Y le correspondía a Xiao Meng lanzar la siguiente carta. Sonrió con malicia, casi felicitándome por haberle puesto en su lugar.


—¿Qué quiere?


—Necesito contratar a un arquitecto confiable y quería preguntar por el que hizo la reconstrucción de este palacio.


—Contraté a un arquitecto joven, deseoso de abrirse camino. También era muy receptivo y discreto. Aunque debo decir que fue mi habilidad para administrar el dinero, y no dejar que nada se desperdiciara,  lo que consiguió llevar a cabo el proyecto.  Con gusto le daré su nombre y dirección. Le recomiendo que no le diga que me conoce, no querrá que se corra la voz de que alguien tan respetable como usted viene a este lugar.


—Su insistencia en tutearme es ofensiva.


—Yo, en cambio, apruebo que me trates con la deferencia que merezco.


De nuevo nos miramos desafiantes. Al cabo de unos segundos los dos sonreímos. Xiao Meng volvió a llenar nuestras tazas con el desabrido té.


—¿Que ha sido del niño? —dije buscando otro tema de conversación.


—Odette lo mantiene aquí a escondidas. Ahora la ayuda en sus quehaceres y también cuida de los caballos.


—¿Su herida ha sanado bien?


—Sí. El Dr. Charles ha hecho un buen trabajo. Pero era tan profunda que no se ha salvado de una cicatriz. El niño está contento porque no tendrá que dormir con los clientes. Es muy listo.


—Es un alivio que, en medio de su desgracia, este chico tenga algo de qué alegrarse.


—Así es. Al menos hasta que el marqués se entere y vuelva a echarlo a la cloaca.


—Espero que eso no llegue a pasar.


Madame Odette se presentó en ese momento acompañada del pequeño Gastón. Quería que me agradeciera por haberle ayudado. Él murmuró con timidez unas palabras amables y yo respondí con una sonrisa.


—Vengo de llevarlo al Doctor —comentó la mujer algo quejumbrosa—. El malo de Xiao ya no quiere encargarse de eso.


—Ya te lo compensaré de alguna forma, mi querida Odette. No tienes que mencionar el asunto ante Monsieur Vassili.


—Espero que Monsieur Vassili te regañe y la próxima vez hagas tú ese incómodo viaje. Vamos, Gastón, tenemos que esconderte antes de que alguien más te vea.


La vimos alejarse seguida del niño, quien brincaba de piedra en piedra como lo haría cualquier infante de su edad. Me fijé en que de nuevo el rostro de Xiao Meng ganaba algo de humanidad cuando ella estaba presente.


—Es extraño verte negarle algo a Madame Odette.


—Ella debe vencer su miedo a salir de este palacio. Además, es una molestia visitar al doctor Charles porque su hijo parece tener una fascinación por los extranjeros. Carece de buenos modales y no deja de incordiarme con preguntas sobre mi tierra.


—No sabía que el doctor tenía un hijo...


—Es un joven pelirrojo de ojos extraños. El doctor le riñe todo el tiempo.


El mundo se puso de cabeza. Mi sangre se sintió como agua helada que corría veloz destrozándome por dentro. Era eso lo que me había estado incomodando desde hacía días, aquel mal presentimiento, aquella incomodidad sin aparente razón: ¡La calle San Gabriel! ¡Yo mismo había propiciado un desafortunado encuentro!


—¡¿Monsieur que le ocurre?! —preguntó alarmado al verme a punto de desmayarme.


—¡Xiao Meng ese hombre es Maurice!


—Sí, así se llama.


—¡No es hijo del doctor, es el primo de Raffaele!


—¿El primo de Monsieur Raffaele…? ¿El hombre que usted ama y Sora odia?


—Así es… ¡No le hables de él a Sora! ¡Bajo ninguna circunstancia ellos deben conocerse!


—¡Vaya, parece que los dioses están por castigarlo, Monsieur! —exclamó sonriendo con malicia el muy cretino—. Seguramente ese joven tan extraño y que, si me permite decir, parece bastante ingenuo, no va a ver con buenos ojos su promiscua intimidad con Sora. Dígame, ¿ya le corresponde? Sora me comentó que no le hacía caso. Al menos en eso demuestra inteligencia.


Tuve que soportar sus burlas malsanas mientras sentía las entrañas revueltas. Cuando me recuperé lo amenacé con lanzarlo de cabeza al Sena si le mencionaba algo a Sora al respecto, o si se atrevía a insinuar algo a Maurice de encontrárselo de nuevo. Él prometió ser discreto, como siempre.


Nos despedimos después que me entregó un papel con el nombre y la dirección del arquitecto que le pedí. Mientras iba en el carruaje tuve que reprimirme para no terminar suplicando al cielo que Maurice y Sora jamás se encontraran, por el bien de los dos. No quería causarles más sufrimientos.


Por supuesto que también me interesaba por mi propio bien. No tenía idea de cómo reaccionaría cada uno. Temía sobre todo a la mirada asesina que aparecía en los hermosos ojos de Sora cada vez que la existencia del hombre que yo amaba salía a la luz.  


***


Parte III

Regresé al palacio cuando atardecía. Maurice también había vuelto de su visita al Rabino. Lo encontré reunido con sus primos y su hermano en el despacho del Duque.

La presencia de Joseph en el Palacio de las Ninfas era algo excepcional. Solía ser un hombre metódico y rutinario, que invertía poco tiempo en socializar, pero existía algo que siempre lo ponía en movimiento: el dinero. Maurice se había convertido en un problema financiero.

Al entrar pude ponerme al corriente de lo que discutían porque Joseph estaba haciendo un recuento de cada pagaré que le había llegado a nombre de su hermano. Maurice se defendió exponiendo que al menos trataba de hacer algo por los niños de San Gabriel, mientras que Joseph se conformaba con quejarse todo el día de lo mal que iban las cosas en Francia.

—Tienes el talento y la inteligencia para ser un buen parlamentario o un Ministro del Rey, pero te has dedicado a hacer dinero dejando de lado a tu propia familia. ¿Alguna vez has jugado con tus hijos? ¿Le prestas atención a Adeline? No, porque siempre estás sumando ganancias. Al menos usa algo de tu riqueza para ayudar a otros. Yo pienso usar la mía aunque no te guste.

Lo que siguió fue la respuesta colérica de  Joseph. Acusó a Maurice de no tener idea de la realidad por haber vivido como misionero en el Paraguay, de ignorar hasta lo que costaba la ropa que llevaba encima,  y de que lo que pretendía hacer en San Gabriel era arrojar el dinero a la calle como si se tratara de hojas secas en otoño.

En resumen, estaba llamándolo estúpido. Aunque yo  mismo lo había hecho antes, me indigné y debatí contra Joseph haciéndole ver que él tampoco tenía idea de lo que costaba reconstruir aquella iglesia, y que la cantidad gastada hasta ese momento no era tan elevada. Aseguré que ya teníamos contratado un buen arquitecto y que el templo de San Gabriel sería levantado antes de que llegara el invierno.

Incluso me atreví a asegurar que, aunque Maurice tenía todo el derecho de usar su renta en lo que quisiera, encontraríamos a alguien más para financiar los trabajos. Esto lo irritó aún más y estuvo a punto de gritarme. Raffaele intervino y logró que nos tranquilizáramos.

Joseph se despidió desafiándonos a demostrar que podíamos llevar adelante lo que pretendíamos. Acepté confiado su reto asegurando que le haría retractarse de sus palabras.

—Esperaré al próximo sábado con gran expectativa —respondió con suficiencia.

—¿Sábado?

—Así es. Raffaele nos ha invitado a una jornada de cacería.

Aquello no lo esperaba. Cuando se fue, los otros me explicaron que Raffaele quería celebrar su cumpleaños de nuevo, llevando a la práctica los planes que el Rey había frustrado.

—Ahora sí que estás en problemas Vassili, tienes menos de una semana para encontrar una manera de cerrarle la boca a Joseph —se burló Miguel.

—¿De verdad encontraste un arquitecto? —preguntó Maurice.

—Por supuesto. He invertido toda la tarde en eso—pude escuchar a Raffaele reír por lo bajo y le amonesté con la mirada—. Mañana temprano iremos a verlo.

El rostro lleno de alegría que mostró Maurice me hizo sentir hinchado de orgullo. Por ese mismo orgullo estaba dispuesto a todo para borrar el gesto arrogante de Joseph.

Debo confesar que siempre he sido un hombre orgulloso. Si algo podía hacer que me levantara antes del alba y cabalgara hasta París sin quejarme, eso era mi orgullo. Además, en este caso, también se trataba de vengar el honor de Maurice. Ni él ni yo éramos estúpidos y se lo pensaba demostrar al futuro Marqués de Gaucourt.

Encontrar la residencia del arquitecto Sébastien Mansart no fue fácil. Vivía en una zona modesta de la parte más antigua de la ciudad. Tardamos tanto en dar con el lugar que ya era media mañana cuando tocamos a su puerta. Se mostró sorprendido, no estaba acostumbrado a recibir visitas tan distinguidas. 

En ese tiempo tenía unos treinta años, llevaba el cabello castaño muy corto porque solía usar la peluca blanca y mantenía visibles ojeras bordeándole los ojos negros. Sus facciones eran las de un hombre fuerte y elegante, acostumbrado lo mismo a codearse con la nobleza que con obreros malhablados. Cuando se arreglaba lo suficiente, llegaba a ser atractivo. Siempre mostró un carácter optimista y entusiasta, y una locuacidad envolvente que le abría casi todas las puertas. Me agradó de inmediato.

Su morada se limitaba a un par de habitaciones alquiladas en un edificio viejo. En una de ellas dormía, mientras que la otra estaba tapizada de planos, dibujos de edificios, modelos de madera de maquinarias extrañas y gruesos volúmenes de tratados de ingeniería y arquitectura.

Maurice se interesó de inmediato en una complicada máquina que ocupaba una de las mesas. Por la cantidad de virutas y pedazos de madera a su alrededor, debía estar aún en construcción. Sébastien  explicó que era una réplica en miniatura de la famosa Máquina de Marly, la cual era usada para bombear agua desde el Sena hasta las fuentes de Versalles. Bastaron unos minutos para que los dos se enfrascaran en una animada conversación. Tuve que interrumpirles a fin de plantear el motivo de nuestra visita.

No tardé en darme cuenta de que habíamos encontrado al hombre que necesitábamos porque se le veía desesperado por trabajar. Con el tiempo descubrimos sus circunstancias: Era el hijo ilegítimo de un famoso arquitecto que le había mantenido como su aprendiz desde pequeño.  Al crecer había ingresado a la Escuela Nacional de Puentes y Calzadas  para convertirse en ingeniero. Deseaba trabajar con su progenitor en obras que fusionaran el arte, la ingeniería y la arquitectura.

Al morir su padre, sus hermanos lo habían echado de la casa por ser un bastardo. Se vio obligado a dejar sus estudios y terminó en una terrible situación, no era ingeniero ni arquitecto pero poseía todo el conocimiento necesario para ejercer ambos oficios. Tenía grandes ideas pero no llegaría a ponerlas en práctica sin un patrón con dinero. Y nadie lo contrataría si no se labraba una reputación que supliera el haber dejado a medias la escuela.

Su día a día consistía desde hacía varios años en conseguir un trabajo que le diera para comer. Él no había perdido la esperanza de crear otro Versalles a pesar de que  la mayoría de sus encargos consistían en reparar edificios vulgares para gente común, y el único trabajo importante que había realizado era nada menos que en el prostíbulo más depravado de todo París, algo de lo que no podía ufanarse ante todo el mundo.

Cuando escuchó que queríamos reconstruir una iglesia, aplaudió de alegría porque se trataba de algo completamente nuevo para él.  Tuvo que tomar prestado el caballo de un vecino para acompañarnos a San Gabriel. Maurice lamentó no haber usado el carruaje ese día. Al ver de lejos las ruinas de la iglesia empezó a deducir la fecha en la que había sido construida. No paraba de hablar. Yo temía el momento en que pasara poner precio a su erudición.

Después de una minuciosa inspección, pasó a preguntar sobre lo que deseábamos hacer, si pensábamos reconstruirla tal cual o modificarla. Yo me incliné hacia lo que  resultara más económico, Maurice quería que fuera acogedora y tuviera más luz.

—Ya veo, usted tampoco es muy amigo del Románico —dijo, y comenzó a explicarnos todo sobre los diferentes estilos arquitectónicos y lo que expresaban sobre la manera de ver a Dios en las épocas en que imperaron. Empezaba a agotarme escucharlo hablar sin parar.

Me apresuré a preguntar su precio. Hizo un cálculo rápido y resultó una cifra algo risible comparada con lo que exigió el otro arquitecto. Vimos los cielos abiertos.

Maurice explicó que deseaba convertir la residencia del párroco en un hospicio, ampliándola usando los terrenos del jardín que rodeaba la Iglesia.

— Tendremos que hacer un muro alto entonces —acotó el joven—, para evitar que escapen los chicos.

— Nada de eso —respondió Maurice con firmeza—. Quiero que los niños vayan y vengan libremente. Vamos a hacerles un hogar, no una prisión.

Sébastien lo miró asombrado y luego observó a su alrededor. Fue entonces que se percató de la presencia de los niños de San Gabriel. Desde que llegamos habían empezado a mostrar sus piojosas cabezas por todos lados. Para ese momento Maurice tenía dos atenazados a sus piernas y yo trataba de liberarme del niño de la horrenda cabellera, que insistía en darme conversación.

Mi amigo explicó que deseaba darles algo más que un techo a aquellos pilluelos. Quería educarlos. Estaba seguro de poder lograr que se convirtieran en hombres de bien.

Como si alguien los hubiera llamado, aparecieron varios de los ineptos obreros sonriendo como tontos, señal de que llevaban una ligera borrachera encima. Se encargaron de poner al tanto a nuestro arquitecto sobre el primer milagro del ángel de San Gabriel, como ya lo habían apodado.

El joven se mostró conmovido hasta las lágrimas. En un arrebato tomó la mano de Maurice y se la besó, jurando comprometerse a construir la Iglesia y el hospicio incluso si no le pagábamos. Era otro más que caía bajo su magia. Sonreí triunfante porque eso nos convenía.

Como los obreros se ofrecieron a colaborar, advertí a Sébastien que buscara otros hombres de su entera confianza, y que a ellos le  asignara tareas menores si no quería que el techo le cayera en la cabeza.

La mañana no podía haber sido más productiva. Encontrar un arquitecto barato representaba un verdadero triunfo. Haciendo mis cálculos, lo que nos costaría su trabajo equivalía a dos noches en el Palacio de los Placeres. No dejaba de intrigarme si el hombre cobraba muy poco o si en aquel lugar me cargaban una fortuna cada vez que dormía con Sora.

Esto me avergonzaba porque probaba que yo tampoco tenía idea de nada respecto al dinero, y no por haber estado de misionero entre salvajes, sino por cumplir muy bien mi papel de noble y eclesiástico siendo un completo inútil.

El siguiente paso fue buscar colaboradores. Necesitábamos que alguien más hiciera un caritativo donativo para demostrarle a Joseph que no lo necesitábamos. Por la tarde nos encontramos con Bernard y Clement, quienes no tardaron un minuto en sumarse a la tarea. Cada uno ofreció gustoso una suma generosa para dar un techo a aquellos niños que, erróneamente, suponían encantadores.

En la noche, después de pasar el tiempo con Miguel y Raffaele, Maurice y yo nos encerramos en su habitación secreta para hacer un detallado balance de todo lo que habíamos hecho y lo que necesitábamos hacer. Le mostré mis cuentas y él me sorprendió con varios folios llenos de la información que Simon nos había proporcionado. Era casi una transcripción de sus palabras.

Al sumar el precio de cada material y lo que pedía Sébastien, resultó un monto menor a lo que costaban cuatro noches en el Palacio de los Placeres. Terminé alarmado del dinero que estaba gastando en Sora y entendí por qué mi padre se negaba a darme más.

Maurice odiaba las matemáticas, así que me dejó a mí  ese engorroso trabajo y se dedicó a diseñar el retablo que quería colocar en el presbiterio de la Iglesia. Al estar dedicada a San Gabriel Arcángel, pensaba que una gran imagen de este debía estar en el centro. A su alrededor quería poner cuadros o relieves de sus apariciones al anciano Zacarías informando del futuro nacimiento de San Juan Bautista y a Santa María Virgen anunciando la encarnación del hijo de Dios. También quería mostrar la manifestación en sueños a San José  y la proclama a los pastores en Belén.

Las dos últimas escenas eran atribuidas a ángeles anónimos en los evangelios, pero Maurice iba a incluirlos para acentuar lo que simbolizaba la figura del Ángel Gabriel en la Sagrada Escritura: el que anuncia la buena nueva.  Maurice estaba convencido de que la gente siempre necesita esperanza para seguir viviendo, en especial aquellos que padecen la pobreza. La “Buena Noticia” de que Dios se hizo hombre y, además, hombre pobre, podía llenarlos de alegría e impulsarlos a no resignarse y luchar por una vida digna y dichosa.
Esas eran las ingenuas ideas que pululaban en su cabeza, y yo lo amaba por ser capaz de sentir, pensar y actuar en la forma en que lo hacía. Me fascinaba su idealismo iluminado y no quería desalentarlo aunque estaba seguro de que a la gente de la calle San Gabriel le daba igual lo que hiciéramos.

Ellos vivían al margen de París, excluidos de todos los beneficios, ignorados o repudiados como estorbos. Si algo podían sentir hacia nobles como nosotros, además de resignación, era resentimiento.

No pocas de las historias de crímenes que se escuchaban cada día eran protagonizadas por personas como ellos. Ayudarlos era una pérdida de tiempo según toda lógica. Pero a mí me gustaba perder el tiempo con Maurice y verlo feliz, desplegando su ingenio y su candidez, era mi privilegio.

Solo yo disfrutaba aquella noche del brillo que despedían sus ojos cuando exponía sus planes, del timbre de su voz al pronunciar palabras que dibujaban utopías, y de su pasión que nada tenía que ver con remilgos religiosos. Quería componer el mundo porque el mundo lucía para él muy descompuesto. Eso era todo.
Ahora bien, debo reconocer que este empeño era  motivado por su fe pero no  como una obligación o una manera de ganar indulgencias. Para Maurice la gloria de Dios consistía en que cada hombre viviera de la mejor manera que le fuera posible, siendo libre, útil, auténtico y dichoso.

Aquello era un parafraseo de la sentencia de San Ireneo, pero a la vez implicaba una gran diferencia con quien pensaba que al altísimo se le glorificaba con grandes catedrales y ceremonias interminables infestadas de incienso.

—La gloria de Dios es que el hombre viva, por eso Nuestro Señor Jesucristo dijo que vino a traer vida y vida en abundancia -oí decir miles de veces a Maurice explicando por qué había que tender la mano a los que estaban en la miseria.

El amanecer me sorprendió embobado contemplando a mi querido amigo como quien admira una obra de arte.

—Hemos logrado pasar toda la noche juntos sin problema —dijo sorprendido al ver la claridad inundar la habitación —. ¿Lo ves? Tal y como dije, nuestro problema es el ocio.

—Maurice yo sigo deseando hacerte el amor lo mismo estando ocupado que ocioso.  Pero también quiero poner en su lugar a Joseph y darle un techo a esos piojosos, para que dejen de robar tu atención apareciendo en el jardín. Así que no creas que vas a librarte de otro intento de seducción por mi parte  —le sujeté de la cintura y me pegué a su cuerpo para provocarlo.

—Acepta al menos que te sientes satisfecho después de emplear tu tiempo y tus energías en ayudar a otros— respondió mirándome como lo haría una madre orgullosa.

—Estoy satisfecho porque tú lo estás. Verte contento es mi gran deleite. Junto con el sabor de tus labios, por supuesto —lo besé tomando mi tiempo para disfrutar de la húmeda caricia. No se resistió—. ¿Quieres ir a la cama? No hemos dormido en toda la noche. Prometo portarme bien.

—Dudo que seas capaz. Y no voy a dormir, debo ir a casa de Claudie. Dijo que sólo me daría audiencia hoy muy temprano. Está entusiasmado abriéndole la cabeza a un chimpancé que compró hace poco.

Mi expresión al imaginar aquella monstruosidad lo hizo reír.

—Al menos dame alguna recompensa por haberme portado bien —me quejé cuando escapó de mis manos.

—Ese beso fue tu recompensa — contestó con una sonrisa endemoniada.

— ¡Te acompañaré! —me apresuré a decir casi inconscientemente. No quería perderle de vista.

— ¿Quieres saber cómo es el cerebro de un chimpancé?

—Por supuesto, me parece muy interesante — mentí.

Antes de ir a asearme y cambiarme de ropa, bajé para ordenar que prepararan el carruaje. Maurice tardó más que yo en arreglarse, tenía una manía por la limpieza y tomaba un baño todos los días. Yo comencé a hacerlo también a menudo por miedo a su despiadado olfato. Para colmo, él odiaba los perfumes y no se guardaba de comentar cuando un olor le molestaba. Estaba en ese sentido a contracorriente con nuestra época en la que se consideraba el bañarse como perjudicial para la salud y los perfumes una cuestión de prestigio social.

Lo cierto es que mi estrategia funcionó y a él no le quedó más remedio que aceptar que usáramos el carruaje porque ya estaba esperándonos cuando salimos. Al final lo agradeció ya que logramos dormir durante el trayecto. Yo deseaba hacer algo más, pero lo reservé para el viaje de regreso.

El doctor Daladier nos recibió de mala gana. Su sirviente había dejado escapar al animal de la jaula y este había huido sabiamente hacia el campo.

—Voy a despedir a este viejo imbécil — se quejó —, por su culpa me he quedado sin nada qué hacer hoy. Lamento haberte hecho venir tan temprano para nada, Maurice. Como a usted no lo invité, Monsieur Du Croisés, no me disculpo. Ha perdido el tiempo por entrometido.

—Gracias, es usted muy amable doctor — respondí queriendo patearlo.

—Al menos compartamos el desayuno como acordamos — intervino Maurice.

—Que remedio, supongo que hay que resignarse — accedió el doctor —.  Habrá que esperar a que el idiota de mi sirviente prepare el desayuno. ¿Quieres ver el cerebro del gato que trajiste hace poco? Logré conservarlo maravillosamente.

—¡Claudie, traje el gato para que lo curaras!

— Tenía fracturadas dos patas. No valía la pena perder el tiempo.

Los dos siguieron discutiendo, ignorándome por completo. Maté el tiempo paseando por el jardín. En un momento observé algo oscuro en un árbol, por encima del muro, al extremo de la propiedad. Fui hacia el lugar y me maravillé al ver al animal buscado. Recordaba haber visto otro chimpancé en casa de un noble excéntrico al que confesaba cuando era abate. Me parecían animales sin mucha gracia, pero no me apetecía ver que le abrieran la cabeza a uno de ellos. Tomé una piedra y se la arrojé. Saltó de árbol en árbol hasta desaparecer en el bosque que rodeaban la casa.

—¡Perfecto! —exclamé celebrando mi venganza contra Daladier.

Poco después  llamaron para desayunar. Entré a la casa luciendo una gran sonrisa, la cual se ampliaba cada vez que el doctor me soltaba otra descortesía o se quejaba de haber gastado mucho dinero en el chimpancé.
Durante la comida, Maurice intentó convencerlo de visitar San Gabriel. Él no parecía interesado, de hecho lo irritaba oír hablar de la habilidad del doctor Charles.

—Aprenderías mucho de él, Claudie. Ha hecho todo tipo de cosas porque ha sido médico en un barco durante la guerra.

—Imagino que será muy bueno cortando brazos y piernas.

—Y en muchas cosas más, te sorprenderías.

—No me gustan las sorpresas y no me fío de doctores de poca monta.

—Podrías ayudar a mucha gente si vas a San Gabriel —dijo al fin Maurice revelando las verdaderas intenciones detrás de su visita.

—Prefiero el estudio metódico de la anatomía a tener que curar gente. Te acepté como paciente porque mi hermano me lo pidió en nombre de la Compañía de Jesús. Como pariente de un jesuita y exalumno de muchos de ellos, no pude negarme.

—Piensa en que lo que haces por los pobres, lo haces por Nuestro Señor Jesucristo.

A partir de ese momento Maurice expuso en todas las formas posibles el capítulo veinticinco del Evangelio de San Mateo. Daladier intentó mantenerse en una postura displicente hasta que se vio acorralado.

—De acuerdo, mi amigo, trataré de sacar tiempo para hacer algo de caridad. Ahora terminemos el desayuno en paz.

Maurice celebró su victoria con otra taza de chocolate. Yo aplaudí al ver cómo fruncía el ceño el antipático doctor.

Como nos quedaba tiempo de sobra tuve la infeliz idea de visitar a mi padre. Estaba seguro de que un hombre piadoso como él desplegaría su generosidad al tratarse de reconstruir una iglesia. No tenía idea de lo muy envenenado que se encontraba por los rumores que Madame Severine se había encargado de esparcir.

Nos recibió con frialdad. Una vez que escuchó lo que queríamos hacer, me acusó de pretender engañarlo para sacarle dinero. Fue un momento bochornoso que me hirió en extremo. No importaba lo que dijera, él creía ciegamente en todo lo que se decía de mí. Maurice le juró que estábamos reconstruyendo una iglesia y mi padre lo acusó de ser mi cómplice. Nos marchamos espantados de su obcecación.

Después que el carruaje se puso en movimiento, me disculpé por el incómodo espectáculo que le había hecho presenciar.

—No te preocupes —dijo—, pero debes dejar de ir a ese prostíbulo. Si tu padre lo descubre no podrás negar que es verdad y creerá que todo lo demás que se dice de ti también lo es.

El rostro anegado en lágrimas de Sora apareció ante mí, provocando que sintiera oprimido el corazón.

—No es algo simple, Maurice.

—¿Por qué? Ese lugar no te trae nada bueno.

—No quiero hablar de eso…

—Pero…

—Por favor, no hablemos más.

Se disgustó y durante todo el camino no nos dirigimos la palabra ni volvimos a mirarnos. A partir de ese momento imperó un vacío entre los dos. Maurice descargó sus sentimientos con Miguel, a quien abrumó con quejas durante un buen rato. Luego el español pasó  por mi habitación, junto con Raffaele, para decirme lo que yo ya sabía.

—Maurice tiene razón. Te ha dicho eso no solo porque se muere de celos sino porque esas visitas al Palacio de los Placeres pueden perjudicarte.

—No quiero hablar de eso.

—Así no solucionas el problema sino que le das largas — señaló Raffaele —. Debes dejar de ir a ese lugar.

—¡Con gusto lo haría si no tuviera corazón y pudiera abandonar a Sora!

—Ese puto te muestra sus falsas lágrimas para retenerte —sentenció Miguel—. No caigas en su juego. Lo único que quiere es tu dinero.

Pasé toda esa noche preguntándome si tenían razón, si Sora me mostraba un montaje digno de un actor consumado o si en verdad me amaba. Me obligué a dejar de pensar y cerré los ojos deseando que mis problemas se resolvieran solos. Pero no lo hicieron. Maurice siguió disgustado al día siguiente y se marchó por su cuenta a San Gabriel. Me quedé en mi habitación sintiéndome abandonado.

Miguel se presentó después del mediodía, cuando me rehusé a bajar para el almuerzo.

—¿Vas a quedarte aquí llorando todo el día como un cachorro bajo la lluvia? — Se burló sin piedad
—No estoy de humor para nada.

—¿Por qué no vienes con nosotros a la Habitación de Cristal?

Le miré y descubrí que, pese a su tono descarado, estaba sonrojado de vergüenza. Fue inevitable que se despertara mi apetito. Acerqué mi rostro al suyo abochornándolo aún más

—¿Raffaele no ha logrado hacerte gritar de placer como yo?

—¡Oh, Vassili, no te ilusiones! Te estoy invitando por qué estás desanimado. Raffaele y yo nos hacemos gritar de placer  el uno al otro cada vez que queremos.

—Entonces por qué tu cuerpo reacciona así con apenas acercarme? —dije presionando su miembro endurecido con mi pierna.

—¡Eres un idiota! —se quejó antes de sujetar mi rostro para besarme con furia.

Lo abracé. Él  me hizo retroceder unos pasos con el ímpetu que puso en sus besos. Al chocar con una silla separamos nuestras bocas.

—Vamos…—susurró sin aliento—. Raffaele nos espera en la habitación de cristal.

—¿Tan seguros estaban de que aceptaría? —bromeé mientras manoseaba su trasero.

—Yo estaba dispuesto llevarte arrastrando de ser necesario —confesó con timidez—. Me gusta lo que hacemos los tres en la cama.

—A veces siento deseos de dejar fuera a Raffaele—insinué besando su cuello.

—Eso no va a pasar nunca, mi querido Vassili.

—¿Estás seguro?

—Por nuestro bien, no va a pasar nunca.

—Entonces permíteme robarle otro beso.

Tomé posesión de sus labios comprobando su escasa fuerza de voluntad. Seguramente él también había imaginado lo que podíamos hacer los dos en un encuentro privado.  Nos costó separarnos y ponernos en camino hacia el minúsculo palacete. Raffaele nos miró con suspicacia cuando llegamos.

— ¿Qué les hizo tardar tanto?

—Vassili aún estaba en camisón — mintió Miguel con gracia.

—Imagino que cabalgar con una erección no es fácil —repuso Raffaele observándonos con descaro —. Vassili, ten cuidado con lo que tocas en mi ausencia.

—Entonces no dejes a Miguel a mi alcance con tanta facilidad—respondí mostrando una sonrisa desafiante.
Se me echó encima tan rápido que no pude reaccionar. Me sujetó de la nuca y me besó de tal manera que quedé desarmado. Miguel se dirigió a la cama. Fue desvistiéndose con parsimonia mientras nosotros nos devorábamos el uno al otro.  Luego se sentó en el borde y exclamó indolente:

—Caballeros, requiero su atención.

Dejamos de besarnos y giramos para verlo. Sonreímos y le obedecimos caminando lentamente hacia él,  desprendiéndonos de la ropa a cada paso. Él abrió sus piernas cuando nos tuvo cerca y mostró una sonrisa lasciva. Sabía que lo deseábamos con locura y disfrutaba tener ese poder sobre nosotros.

Me arrodillé. Empecé a lamer su miembro hasta que perdió el control de su cuerpo y se echó de espaldas en la cama. Al mismo tiempo Raffaele estaba robándole el aliento con sus besos. Poco después, le metí los dedos llenos de saliva para humedecer su entrada.  Deseaba ser el primero en penetrarlo ese día y nadie mostraba intención de interponerse.

Al levantarme y tantearlo  rozando su entrepierna con la mía, hizo a un lado a Raffaele para apoyar sus pies en la cama y levantar la cadera. La mirada que me dedicó era más que una invitación, era una súplica desesperada. No pude mantener mi dominio y entré en él a toda prisa. Era imposible no rendirme al placer que encontraba en su carne.

Raffaele se levantó de la cama, tomó el frasco de bálsamo y llenó su mano con este. Luego se colocó a mi espalda, lamió mi cuello con lentitud embrujadora y me hizo ladear la cabeza para besarme terminando de enredarme en su hechizo. Yo jadeé cuando me privó de sus labios, ansioso por recibir más.

Me oprimió con fuerza la nuca para que me inclinara y lo hice de inmediato levantando a la vez mi cadera. Metió sus dedos húmedos en mi entrada provocando una oleada de calor en todo mi cuerpo. Cuando lo sentí penetrándome al fin con su miembro endurecido. No  pude moverme y Miguel gimió a modo de reclamo.

Tuve que esperar a que Raffaele marcara el ritmo para poder continuar yo con el mío. Los tres nos convertimos en uno solo y balanceamos nuestros cuerpos con frenético acompasamiento, concentrados en buscar el mayor placer.

Ninguno decía nada. Nos limitábamos a soltar jadeos entrecortados. Sobran palabras cuando lo único que está buscando es satisfacer la propia lujuria. Gracias a la intensidad de las sensaciones que me provocaban logré dejar de pensar en otra cosa que no fuera su piel rozando la mía.

El regreso al palacio se dio entre bromas acerca de la costumbre que había adoptado Miguel de mordernos en el hombro al llegar al orgasmo. Mi mal humor se había disipado por completo. Todo se veía mejor después de aquella deliciosa experiencia.

Asmun nos interceptó al llegar para informar que Maurice había vuelto muy cansado y se había retirado a su habitación. Supuse que era una excusa para no encontrarse conmigo. Miguel fue a verle. Raffaele y yo pasamos al despacho del Duque para conversar mientras llegaba la hora de la cena.

Minutos después,  Miguel nos buscó alarmado porque Maurice tenía fiebre. Acudimos a verle preocupados. Quisimos llamar al doctor pero él insistía en que lo único que necesitaba era descansar. Como verdaderos  idiotas le hicimos caso y en la mañana su temperatura estaba más alta y le dolía todo el cuerpo, sobre todo la garganta.

Ordenamos que buscaran a Daladier. Este, al examinarlo, determinó que se trataba de un resfriado cualquiera y dejó un tónico como único tratamiento. Maurice no mejoró y con terror  vimos en la mañana siguiente que habían aparecido unas horribles pústulas en las comisuras de sus labios. 

Enviamos a Asmun en  busca de Daladier de inmediato. Los nervios nos dominaron. Maurice no podía hablar y apenas abría los ojos. Yo estaba al borde de las lágrimas, incapaz de decir o hacer nada. Miguel no le soltaba la mano y Raffaele caminaba de un lado a otro maldiciendo todo.

Agnes se mantenía intentando bajar la fiebre colocando paños húmedos en su frente  mientras murmuraba oraciones. Los dos pilluelos se instalaron en la puerta a la espera de cualquier orden.

Al poco de marcharse Asmun, un sirviente anunció la llegada del doctor. Nos sorprendimos y alegramos, hasta que vimos que se trataba de Charles de Armagnac. El hombre se mostró  sobrecogido al ver a nuestro enfermo.

Explicó que uno de sus pacientes había muerto la noche anterior cubierto de pústulas y que temía que se tratara de viruela. Como Maurice lo  había  cuidado  en varias ocasiones, incluyendo el día en que regresó con fiebre, temía que se hubiera contagiado.

Raffaele no esperó a que terminara de hablar para sujetarlo de las solapas y ofrecerle una muerte lenta y cruel. El doctor se disculpó cuanto pudo. Estaba tan mortificado como nosotros. No sospechó que se trataba de viruela hasta que fue muy tarde.

Raffaele le echó jurando que si Maurice moría le cortaría la cabeza. Miguel lo maldijo y yo… yo caí de rodillas junto a la cama y aferré la mano de mi amado  llorando impotente.

Todo fue oscuridad y dolor. Lo único que sabía de la viruela era que si no lo mataba podía desfigurarlo. La culpa y el dolor me consumían. No hacía más que pensar en que lo había dejado solo para evadir discutir con él sobre mis visitas a Sora, y en que había estado revolcándome con sus primos mientras él condenaba su vida cuidando a un desconocido. Si Dios existía, era cruel por castigarme de aquella forma espantosa. Era yo quien merecía estar enfermo y no mi noble amigo.



***

Parte IV

Antes de que Daladier llegara, se presentó Madame Severine. Lucía elegante e inaccesible, como siempre,  ataviada de negro y con la oscura melena recogida recatadamente. Agnes había enviado un mensajero a su convento informando del estado de Maurice.
Al ver a su sobrino enfermo no mostró ninguna expresión en su rostro de esfinge. Con Miguel fue casi despectiva al saludarlo; a mí ni siquiera me dedicó una mirada. Hizo algunas preguntas a Raffaele, quien la puso al tanto de todo. Se limitó a fruncir los labios cuando oyó mencionar la viruela, después fue a pararse junto a la cabecera de la cama, sacó su rosario, uno de perlas y con un crucifijo de plata, y comenzó a desgranar las cuentas en silencio. La habitación se sintió fría y a la vez sofocante.
La llegada de Daladier fue anunciada por Aigle  y Renard casi media hora después.  Éste entró cargando su maleta de madera que dejó sobre una mesa. Cuando le dijimos acerca de la viruela, se rió y volvió asegurar que se trataba de una fiebre. Una que había superado sus expectativas.
Nosotros no le creímos. Las pústulas estaban ahí como pruebas nefastas de la veracidad del diagnóstico del Dr  Charles. Daladier, algo ofendido, revisó  los ojos y la boca de Maurice. Lo desnudó y registró cada centímetro su cuerpo buscando en vano alguna otra pústula.
—No es viruela. No puede serlo.
—¿Está seguro?   —insistí.
—Lo estaré. Debo ver al otro enfermo.
—Ya murió.
—No importa. Llévenme con ese doctor, el que es mejor cirujano que yo pero dudo que sepa más sobre la viruela de lo que yo sé.
Los dos pilluelos se ofrecieron a llevarlo.  Nos dio instrucciones de sumergir a Maurice en una tina con agua fresca si la fiebre subía más, y darle el tónico cada hora.
—¿Nada más?
—Recen —ordenó—. Recen para que no me equivoque y realmente no sea viruela.
Pocas veces vi a Daladier tan furioso. Tiempo después comentó que  detestaba dudar de sí mismo como lo estaba haciendo ese día. Había estudiado sobre la viruela hasta el punto de conocer todo tratado escrito sobre ella, incluso se había carteado con el doctor Jan Ingenhousz, quien inoculó contra la enfermedad a la familia real austriaca, pero era la primera vez que encontraba un posible brote. Sentía todo el peso de su inexperiencia y eso le podía costar la vida a Maurice.

Avisamos a Joseph. Se presentó tan pronto como pudo. No había dicho nada a su padre porque temía que enfermara de angustia. Maurice siguió empeorando. Mandamos a preparar la tina. Rafaele y yo lo sumergimos para intentar bajarle la fiebre. Los sirvientes aprovecharon para cambiar las sábanas y el camisón que estaban impregnados de sudor.  
Al devolverlo a la cama apenas mostró algo de alivio. Agnes se echó a llorar desesperada.
—¡Basta Agnes! No es momento de llorar. Aún no está muerto — reclamó madame Severine. Después se inclinó sobre Maurice y susurró unas palabras que estuvieron cerca de sonar maternales —. Vamos niño, no naciste para morir así. Muestra la fuerza que siempre has tenido.
Volvió a erguirse como una estatua y a pasar las cuentas de su rosario. No se había sentado desde que llegó por más que le ofrecíamos una silla.
La desesperación fue apoderándose de todos a medida que pasaba el tiempo. Maurice respiraba con dificultad y llegó a gemir de dolor. Raffaele cayó de rodillas y juntó las manos.
—He olvidado cómo rezar. Vassili, por favor , dime cómo hacerlo.
—Rezar no sirve de nada —respondí indignado.
—Rezar es lo único que nos queda —se lamentó Miguel poniéndose también de rodillas.
—¿De qué vale el orgullo en este momento? —me reclamó Raffaele—. No podemos curarlo. No somos nada. Lo único que me queda es la esperanza de que Dios sea como Maurice cree que es.
—Dios le ha fallado Maurice otra vez —escupí lleno de rabia.
—¡Reza, maldita sea!—me ordenó furioso—. ¡Hazlo por Maurice!
Odié a Dios por ponerme en aquella situación. Pero era verdad. No quedaba otra cosa que confiar en que existía alguien a quien acudir cuando todos los recursos se agotaban. Me arrodillé sintiendo que paladeaba hiel, incliné la cabeza y apenas pude susurrar una frase
—¡Por favor…!
Después me eché a llorar como un niño derrotado, seguro de que todo estaba perdido.
Unos gritos se sobrepusieron a mi propio llanto. Eran los niños de San Gabriel. Un pequeño grupo estaba en el jardín. Miguel se levantó rápidamente y abrió la ventana, entonces escuchamos claramente lo que decían.
—¡No es viruela! ¡El doctor ha dicho que no es viruela! ¡El ángel no tiene viruela!
Tuve plena certeza de que decían la verdad y puedo jurar que sentí alguien más en la habitación. Pero era una presencia con la que yo estaba reñido, y me negué a aceptar que existía la posibilidad de que mi súplica hubiera sido escuchada porque no quería agradecerle nada. Me limité a tomar la mano de Maurice y depositar en ella un beso lleno de adoración.
Media hora después llegó Aigle a galope trayendo la misma noticia. Efectivamente, no era viruela. Media hora después aparecieron Daladier y Renard. Los tres necesitaron tomar un baño y cambiarse de ropa, habían entrado en la fosa común buscando el cuerpo del desgraciado.
—¡Salgan todos y déjenme con mi paciente!—gritó imponente el doctor en cuanto entró a la habitación—. Esto no es más que una mala fiebre.
Madame Severine estuvo punto de desmayarse agotada. Miguel y Raffaele la llevaron a recostarse en otra estancia. Joseph y yo nos quedamos ante la puerta que el doctor cerró de un golpe en nuestras narices. Me sorprendí al verle sollozar. Desde que llegó no se había mostrado débil en ningún momento, permaneciendo en silencio sentado a unos metros de la cama con las manos juntas y los ojos fijos en el rostro de su hermano.
—¡Gracias a Dios! —exclamó—. Creí que Maurice no iba a salvarse.
Entonces se echó a llorar copiosamente. Extendió sus brazos buscando mi apoyo y lo abracé desconcertado. Era asombroso ver al orgulloso futuro Marqués de Gaucourt en ese estado. Dejé que se desahogara, entendí que amaba a Maurice y había pasado horas de angustia igual que yo. A mí no me quedaban ya lágrimas, lo único que deseaba era ver a mi amado levantarse de esa cama y burlarse de todos por haber sido tan fatalistas, como ya era su costumbre.   
Pero esto no ocurrió. Maurice fue mejorando con el paso de los días y, en contraste con nuestra alegría, se mostraba cada vez más preocupado y triste. Su tía volvió a visitarlo para exigir que no regresará a la calle San Gabriel. Todos nos sorprendimos al ver que, en lugar de contestar con su aplomo y rebeldía de siempre, se limitó a llorar en silencio, cabizbajo. Madame Severine no pudo continuar hablando al verle así.
No se trataba de debilidad a causa de la fiebre pasada, era algo más; estaba completamente desanimado. Me atreví a preguntarle y lo único que dijo fue que se sentía inútil. Me pareció que se hundía en un pantano de melancolía.
Esa semana lo visitaron Bernard, Clement, Etienne y François juntos. Ni siquiera mostró una sonrisa. Coincidieron con Joseph, quien había ido a buscar a Daladier en su carruaje. Todos nos reunimos en el salón de Nuestro Paraguay junto con Miguel y Raffaele. Estábamos de acuerdo en que el cambio de carácter de Maurice era algo alarmante.
—Daladier ha dicho que Maurice no volverá a ser el mismo -comentó Joseph-.  Que desde que estuvo en prisión su salud se ha arruinado y mi hermano se ha convencido de eso después de esta recaída.
Con aquellas palabras todos entendimos el estado de Maurice.
—La semana pasada nos vimos en la Taberna Corinto, estaba lleno de entusiasmo por el hospicio que quiere levantar —dijo Francois—. Nos pidió que le enseñaramos a leer a sus niños.
—Lucía tan feliz —acotó Etienne con tristeza—. No se rindió por más que le dijimos que estábamos muy ocupados por nuestros estudios.
—Seguramente volverá a ser el mismo pronto —afirmó Bernard—. Maurice no puede dejar de ser Maurice
—Ya no sé qué hacer —gimió Raffaele con desesperación —. Todo lo que le decimos parece caer en el vacío. Ni siquiera Vassili ha logrado sacarle una sonrisa.
Recordé a Maurice días atrás y me dolió el corazón. Quería volver a verlo lleno de vida, desafiándome con su absurda manera de pensar, dibujando con sus palabras quimeras hasta hacerlas  posibles, haciéndome creer que el mundo no estaba tan lleno de oscuridad y los seres humanos no éramos tan mezquinos sólo con su luminosa presencia...
—Hay que reconstruir la Iglesia de San Gabriel —declaré—. Debemos levantar ese hospicio. Cuando vea que seguimos adelante con lo que quería, recuperará el ánimo.
Para mi sorpresa, todos estuvieron de acuerdo. Incluso Joseph.
—Hay que darle a Maurice una razón para vivir —dijo justificando su cambio de actitud.
Nadie lo hubiera definido mejor. Sí, Maurice necesitaba ver que su existencia era significativa. Él tenía que cambiar el mundo para encontrar calma a su inmensa inquietud. Yo iba a emprender la misma campaña en su nombre porque mi amor por él era lo que le daba significado a mi propio respirar.
Ese mismo día fui a casa del arquitecto con Etienne y François. No se encontraba, su casero no lo había visto en varios días. Apesadumbrados nos dirigimos a la calle San Gabriel para hablar con el doctor Charles. Yo deseaba  ofrecerle una especie de disculpa y a la vez mi perdón.  Nos llevamos la sorpresa de que Sébastien estaba trabajando ya en la reconstrucción sin que nosotros le hubiéramos dado un centavo.
—Como le dije, quiero ayudar aunque no me paguen.  Pero en cierta forma ya me están pagando: la mujer del panadero me da de comer, el zapatero me deja dormir en su casa y el buen doctor siempre está pendiente de que no nos falte nada.
Abracé conmovido a Sébastien. Al ver esto, los obreros quisieron también su recompensa y no tuve más remedio que soportar que se me echarán encima con su olor a licor barato. Presenté a Etienne y a François, estos hicieron buenas migas con todos. Era la primera vez en varios días que yo encontraba motivos para sonreír.
A mi regreso corrí a la habitación de Maurice para contarle todo. Él se encontraba dormido aunque aún no atardecía. Miguel me contó que de nuevo había costado mucho que comiera y que intentó alegrarlo tocando el violín pero él le suplicó que lo dejara solo. Sequé las lágrimas que se escapaban de sus bellos ojos azules y le aseguré que traía buenas noticias.
Nos reunimos con Raffaele en Nuestro Paraguay y les conté sobre Sébastien y la gente de San Gabriel. La esperanza volvió a ellos.
—Te daré el dinero que necesites, Vassili —dijo Raffaele —. Hay que levantar esa Iglesia lo más pronto posible. Quiero ver una sonrisa en mi querido Maurice.
Nos levantamos al amanecer para ir los tres a encontrarnos con Sébastien. Se acordó la suma para comprar los materiales y contratar más obreros. Luego Raffaele fue con Miguel a informar de todo a Joseph. Yo regresé al Palacio de las Ninfas deseando hablar al fin con Maurice.
Al acercarme a su habitación le escuché gritar furioso. Llamó a Daladier traidor y le recriminó haber sido un falso amigo todo el tiempo que llevaban conociéndose. Me quedé sorprendido ante la puerta hasta que salió el doctor. Al verme mostró una sonrisa triste y se encogió de hombros resignado
—Temo que le he traído malas noticias... Y que he perdido su estima.
—Tonterías. Seguramente se le pasará y...
—Informé al Padre Ricci sobre esta   recaída —empezó a decir con tono cansado—. Obviamente no lo dejará reintegrarse a la Compañía todavía. Maurice contaba con marcharse a mediados de de otoño...
—¿Mediados de otoño? —dije haciendo cálculos. Estábamos cerca de finalizar el verano. Sentí vértigo.
—Sí. Pero he arruinado sus planes y me ha llamado traidor. Me ha dolido.  Soy alguien tan poco sociable que escandalizo hasta a mis padres y,  aparte de mi hermano, sólo Maurice me entiende... ahora lo he perdido...
—Dele un tiempo para que se calme —intenté animarlo al verle acongojado.
—Dígale, por favor, que lo he hecho por su bien.
Le di unas palmadas en la espalda asegurándole que lo haría. Me agradeció y se marchó. Era la imagen del desamparo. Todo lo contrario al Daladier que conocía.
Toqué a la puerta y esperé. No hubo respuesta. Entré y, antes de poder abrir la boca, Maurice me despidió con un rotundo "No quiero ver a nadie". Estaba sentado en un sofá ante la ventana,  de espaldas a la puerta. En el suelo pude ver una hoja de papel arrugada, seguramente una carta. Me acerqué.
—¿Ni siquiera quieres verme a mí? —dije con cariño colocándome ante él. Se ruborizó y escondió el rostro hundiéndose en la manta con la que se abrigaba.
—Perdona Vassili. No me di cuenta de que eras tú.
—Daladier acaba de marcharse muy afligido. ¿Se han peleado?
—No quiero hablar de eso. Estoy cansado. Déjame, por favor.
Fingí hacerle caso. Tomé la carta y la leí tras él. Era del padre Petisco. Le decía que había quedado en evidencia que su salud era precaria y que no soportaría las condiciones en las que tendría que vivir como jesuita. Esto significaba que Dios le estaba exigiendo otra cosa. Que si bien Maurice quería dar la vida por Jesucristo, este no se la estaba pidiendo de la misma forma en que Maurice quería ofrecersela.
Un párrafo me impresionó sobre todo: "Ha de buscar la voluntad de Dios y no la suya.  Olvide sus planes y renuncie a vivir en el pasado. El Paraguay ya no es posible para usted y puede que la Compañía de Jesús tampoco".
Me sentí tan dichoso que de un salto volví a colocarme ante Maurice. Estuve a punto de celebrar las palabras del temido padre Petisco, cuando me di cuenta de que sus bellos ojos amarillos estaban anegados en lágrimas. Cubrí mi sonrisa con una mano cuando me miró.
—¿Has leído? —preguntó señalando la carta en mi otra mano.
—Sí —respondí tratando de darle a mi voz un tono sereno—. Imagino que debes sentirte muy preocupado.
—Me he quedado a oscuras de nuevo. ¿Cómo puede el padre Petisco decirme algo así?
—Lo dice por tu bien...
—Lo dice porque soy un incapaz. No sirvo para nada. ¡Mírame! No soy más que un enfermo que sólo estorba y...
—Maurice no hay nada de eso en esta carta. Este hombre sólo te dice que Dios no te pide que hagas algo que no puedes. Y lo dice para que te quedes tranquilo. ¿No leíste el final?
Le tendí la hoja para que la tomara y leyera él mismo la despedida del padre. Maurice apartó mi mano con rabia.
—¡Que idiota eres! —le grité—. Escucha bien lo que te escribió: "Usted es una persona excepcional en quien el creador ha querido derramar muchos talentos. Estoy seguro de que tiene grandes planes  para usted. No se canse de buscar. Y sepa que, pase lo que pase,  el Señor nunca le dejará a la deriva y sus Amigos en el Señor tampoco".
Al  terminar de leer me pregunté a mí mismo por qué demonios estaba defendiendo a mis enemigos. Todo lo que quería era que Maurice dejara de sentir desesperación y no se me ocurría otra forma. Los Jesuitas no lo estaban abandonando, sino que le protegían de sí mismo.
—¿Excepcional? Me ha dicho eso desde que era niño. Yo le creí... ¡Era todo mentira! Pensé que podía ser como Francisco Xavier, emulando sus hazañas en tierras lejanas, y terminé deportado. Me enviaron a casa de mi padre para vivir la inutil vida de un noble sin oficio. ¡Odio todo esto!
—Cálmate Maurice...
—No puedo hacer nada: ni ser misionero, ni  reparar el techo de una Iglesia o ayudar a un enfermo... ¡Y  mucho menos lograr que tú dejes de ir a ese maldito prostíbulo!
—Maurice...
—¿Para qué he nacido? Hasta mi propia madre lamentó mi existencia. Y ahora Dios y mis hermanos jesuitas me desechan...
—¡Es suficiente! No escucharé más necedades. No eres un inútil y voy a demostrarlo.
Lo levanté en mis brazos. Aunque opuso resistencia furioso, tenía tan pocas fuerzas que me fue fácil someterlo.
—¡Odio que carguen como un bulto! —se quejó derrotado
—A mí en cambio me encanta sentir el calor de tu cuerpo cuando te llevo en mis brazos —respondí con picardía .
—¡No estoy de humor para tus estupideces!
—¡Ah que gruñón te has vuelto! Un paseo te sentará bien.
Lo llevé escaleras abajo y ordené al primer sirviente que apareció que preparara un carruaje. En cuanto estuvo listo frente a la entrada, dejé a Maurice sentado dentro y regresé a su habitación secreta para tomar los dibujos que había hecho para el retablo de la Iglesia. Encontré todo revuelto. Mi amigo debió haber descargado su desesperación en algún momento arrojando al suelo todas las hojas que tenían que ver con sus planes en la calle San Gabriel.
Me sentí abrumado. Aquello era otra prueba de lo mucho que sufría. También indicaba que no estaba tan débil como pensaba. Recogí las hojas con los diseños y volví rápidamente a la entrada. Él ya se había bajado del carruaje y subía lentamente las escaleras para volver al palacio. El cochero le estaba ayudando.
—¡Nada de eso! —ordené levantándolo y echando su cuerpo sobre mi hombro. Luego  bajé las escaleras a la carrera como si fuera un ladrón con su botín—. Nos vamos a la calle San Gabriel.
El cochero volvió a su puesto. Yo acomodé a Maurice dentro del carruaje. Él no paró de protestar hasta que se echó a llorar preguntándome por qué me divertía mortificarlo de esa forma. Dejé que se calmara mientras avanzabamos. Luego me puse de rodillas ante él y le hablé tratando de reflejar mis sentimientos en el timbre de mi voz.
—Te amo, Maurice. No quiero verte sufrir.
—¡Entonces déjame en paz! —suplicó entre lágrimas, mientras se acurrucaba en el asiento y ocultaba su rostro tras sus brazos.
—Quiero mostrarte algo. Quiero que veas lo que tú realmente eres.
Se echó a llorar de nuevo. Me senté a su lado y lo abracé. Intentó rechazarme pero lo sujeté con más fuerza. A pesar de estar improvisando todo, tenía plena confianza de lograr hacerle ver lo que significaba para mí y para otros.
Llegamos hasta la Iglesia. Bajé del carruaje. Sébastien se acercó para saludar y le entregué los diseños de Maurice. Los observó con cuidado.
—Todo está muy bien —dijo fascinado—. Conozco a un excelente ebanista que puede hacer el trabajo mayor, pero no tengo idea de a quién buscar para las imágenes.
—Tengo en mente dos excelentes pintores. Uno de la escuela francesa y otro de la española—respondí ufano.
—Entonces dígale a Monsieur Maurice que tendrá el retablo tal y como lo quiere.
—Dígaselo usted mismo. Está en el carruaje.
Sébastien se alegró mucho y enseguida abordó el tranporte. Lo escuché hablar sin parar de lo emocionado que estaba con la construcción y como la gente de San Gabriel le estaba ayudando. Maurice apenas podía contestar con monosílabos ante semejante oleada de palabras.
Vi a uno de los pilluelos y le dije que corriera la voz de que “El Ángel” estaba de visita. En menos de diez minutos empezó a agolparse la gente a nuestro alrededor. Personas que yo nunca había visto pero a los que Maurice había ayudado en casa del doctor, o con los que se había cruzado en su camino dejándolos impresionados por el respeto con el que los trató.
Incluso se acercaron algunos curiosos que no lo conocían y deseaban saber cómo era el benefactor de la calle San Gabriel.  Escuché a varios soltar un “en verdad parece un ángel” después de verlo. El doctor Charles llegó con su vozarrón y echó a todos alegando que  Maurice aún debía estar débil por la fiebre.
La gente se fue despidiendo uno a uno hasta que sólo quedó el doctor. Este iba a marcharse también pero Maurice salió del carruaje tras él.
—Por favor, perdóneme —le dijo avergonzado—. Sólo le causé molestias y por mi culpa mi primo le dijo cosas terribles.
—Fue mi culpa —respondió el hombretón poniendo su mano en el hombro de Maurice—. No debí dejarte estar entre los enfermos. Siempre serás bienvenido en mi casa pero no como enfermero. Para eso me viene mejor ese orgulloso doctorcito que ha estado viniendo a darme lecciones. Lo soporto porque los tónicos que trae son efectivos y nos los regala, pero me muero de ganas por ponerlo en su lugar.
—¿Claudie?
—Volvió a decir que encontró la cura para tu fiebre y se la dio a varios pacientes que tenían los mismo sintomas. Luego nos peleamos durante horas pero al final acordamos un empate. Los dos estábamos inseguros sobre la viruela.
—Me alegra que se hayan hecho amigos. Usted puede enseñarle mucho sobre cirugías y él sabe sobre otras cosas.
—No somos amigos. Nos odiamos. Pero los pacientes son primero. Ahora vete a casa, muchacho —dijo revolviéndole los rojos mechones—. No vuelvas a enfermar.
Nos despedimos y abordamos el carruaje. Maurice estuvo pensativo al principio del recorrido y yo no dejaba de mirarlo esperando su reacción. Cuando al fin me encaró, tenía los ojos vidriosos.
—¿Has comprendido lo que quería decirte? —pregunté con mi mejor sonrisa—. Tú no eres arquitecto o doctor, no estás hecho para eso. Tú eres fuego y naciste para iluminar y encender a otros la pasión por algo más que sí mismos.
—Yo no he hecho nada...  —murmuró confundido.
—Basta con que seas como eres. Desde los pilluelos de San Gabriel hasta un miserable borracho como yo, hemos recibido de tu luz y de tu calor. Nos has ayudado a todos.
Se quedó en silencio. Bajó la cabeza y enlazó sus manos con fuerza. Permaneció así por unos minutos. Luego se incorporó y me mostró al fin su hermosa sonrisa.
—¡De nuevo has convertido mis tinieblas en luz, Vassili! —exclamó feliz, lanzándose a mis brazos.
—Ya te lo he dicho —respondí sujetándolo con ternura—, es porque te reflejo a ti, mi sol.
Lo besé y él me correspondió. Al separarnos nos contemplamos el uno al otro un momento. Quise hacer que se sentara a mi lado para que descansara, pero él se arrodilló en el asiento, dejándome sentado en medio de sus piernas, y me besó con frenesí. Ya no pude controlarme.
—Es solo mientras el carruaje llega al palacio —dijo con la voz cargada de deseo—, después no volveremos a tocarnos.
A los besos, siguieron las caricias, los tirones de cabello y el forcejear con la ropa. Maurice me abrió la chupa e intentó deshacer mi corbata. Yo me arriesgué y empecé a desabrochar su calzón, nuestros miembros rígidos se rozaban bajo la tela y ya no podía soportarlo.
Para mi sorpresa, en lugar de detenerme como antes, me imitó ydesabrochó violentamente el mío haciendo saltar un botón. Los dos quedamos expuestos y por un momento nos detuvimos.
Nos miramos. Yo buscaba saber si me iba a dejar continuar.  Su aliento caliente, sus ojos irradiando deseo, sus manos aferrándome posesivas, me indicaron que en ese instante él sólo era hambre.
Lo besé y se acercó más a mí, moviéndose sugerente, buscando más. Le sujeté las manos e hice que las colocara sobre mis hombros, luego usé las mías para masajear nuestros miembros juntos. Él soltaba jadeos entre cada beso.
La sensación empezó a ser tan embriagante que el movimiento de mi manos se volvió frenético. Maurice  se estremecía erguido sobre mí. Una vez que llegó el éxtasis para los dos, sentí su cuerpo desplomarse sobre el mío. Lo abracé y me quedé embelesado escuchando su respiración cerca de mi oído.  
—¡Oh no...! —se lamentó unos minutos después.
—No te sientas culpable, por favor —le supliqué—. Ha sido mi culpa.
—No, he sido yo —respondió mirándome a la cara. Estaba más tranquilo de lo que esperaba—. No voy a mentirme a mí mismo.
—Puedo darte la absolución —bromeé—. Para algo tiene que servir ser sacerdote.
—No juegues con eso —me regañó tirándome de una oreja—. Ya le rendiré cuentas a Dios. La verdad es que cada vez me cuesta más sentirme culpable. Me estás cambiando, Vassili,  y no sé si eso es malo o bueno.
—Es bueno. Ser jesuita sólo te causa problemas.
—¿Crees que tú no? Me vuelves loco con cada cosa que dices y haces. Nunca había sentido tantas emociones al mismo tiempo.
—También tú me haces sentir vivo.
Volvimos a besarnos hasta que Maurice se apartó y mirándome lleno de pasión susurró:
—¡Si pudiera decirte lo que siento por ti!
—Lo he adivinado —respondí dichoso—. Y yo también te amo, Maurice.
Me abrazó y se quedó sobre mí hasta que cruzamos la verja del Palacio de las Ninfas. Entonces debimos usar nuestros pañuelos para limpiarnos, arreglar nuestras ropas y prepararnos para bajar en cuanto atravesaramos el extenso jardín.  Maurices estaba sonriente y eso me hizo muy feliz.
Por desgracia, en la noche volvió a tener fiebre. Daladier se puso furioso por haberle sacado de paseo. Raffaele, adivinando que lo que realmente había ocurrido, amenazó con castrarme si volvía a intentar ponerle las manos encima a su primo antes que se recuperara por completo.
No me dejaron cuidarle esa noche, Miguel fue el afortunado. Pero al día siguiente estuve junto a él con la excusa de tener que discutir sobre el proyecto de San Gabriel. En los escasos momentos en que nos dejaron solos, intenté volver a besarlo pero él me recordó que se había permitido aquello sólo durante ese viaje en el carruaje.
—Entonces recupérate pronto para poder volver a salir de paseo.
—Vassili, eres la única persona que me ha hecho desear no ser Jesuita —declaró mordiéndose el labio.
Recordé la carta el Padre Petisco y me reservé el mencionarlas para no atormentarlo. En el fondo sentía que aquellas palabras eran el anticipo de algo y que el día en que Maurice fuera totalmente mío ya no era un sueño. Pero no podía decir de dónde nacía esa certeza.
Por lo pronto pensaba dedicarme a reconstruir la Iglesia y el hospicio. Estaba sorprendido de mí mismo. Si yo estaba cambiando a Maurice, él también me estaba transformando y dejando a la luz cualidades que desconocía poseer. Joseph llegó a halagar mi capacidad para organizar, dirigir y encontrar soluciones. Así como otros talentos nunca soñé tener. Mi ángel pelirrojo tenía razón, no me conocía a mí mismo, no sabía lo que podía llegar a hacer si me lo proponía de verdad.
Tampoco sabía en ese momento que Maurice, consciente o inconscientemente, estaba transformando la calle San Gabriel en una copia de una Reducción. Lo hacía no sólo para rememorar lo feliz que fue en el Paraguay, o por su necesidad de sentirse útil, sino  porque creía firmemente que ningún hombre puede vivir a espaldas de los más pobres y desdichados. A medida que ayudaba a otros se sentía feliz, incluso si en lugar de gratitud encontraba otra cosa.
Yo era egoísta, vano y apático. Él hizo que descubriera que ser generoso con la gente de San Gabriel no me llevaría al cielo, sino que me haría mejor persona. Ayudándoles me ayudaba a mí mismo, porque nadie puede ser plenamente humano si se cierra a sus semejantes. Aprendí esto con torpeza pero al final asimilé la lección.





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