XVIII Las Huellas De La Crueldad

La brillante idea de Raffaele era en realidad infantil y ridícula. Pensaba traer el Paraguay hasta el palacio de las Ninfas  pintando frescos en las paredes de una habitación. Aunque me burlaba de su puerilidad, a la vez agradecía que le brindara a Maurice otra cosa en qué pensar. Sabía que si mi amigo reflexionaba mejor en nuestra situación, se convencería de que lo más razonable era separarnos. 
Al mismo tiempo, el proyecto  de pintura me daba la excusa perfecta para hacerme el indispensable. Maurice todavía no se recuperaba por completo, necesitaba asistencia para semejante trabajo y yo estaba feliz de tomar el puesto.
Por su parte, Raffaele, le había proporcionado una gran alegría a Miguel, quien amaba la pintura incluso más que a las armas. Se mostraba así como el amante más detallista y el mejor de los sirvientes. Los frescos sobre el Paraguay no eran otra cosa que una estrategia de conquista y seducción.
La habitación elegida fue la que décadas atrás había utilizado la vieja duquesa. Raffaele ordenó vaciar el lugar, limpiarlo y blanquear sus paredes. Durante varios días un ejército de sirvientes se dedicó a esta tarea mientras Agnes iba y venía santiguándose, anunciando que a la vieja duquesa no le iba a gustar semejante desalojo.
—Mi abuela ya no necesita esta habitación —objetó con gracia Raffaele—, tiene una a su medida en el mausoleo familiar, así que no te preocupes.
—Pero, señorito, ¿qué va a hacer con todas sus cosas?
—Todo lo que no sirva, como esos vestidos apolillados, pueden incinerarlo. Esa manía de conservar las habitaciones tal y como las dejó el difunto, es algo estúpido.
—Pero...
—Sin peros. Mi padre aprueba todo lo que estoy haciendo y él es el duque.
La mujer se tragó todas sus quejas y pasó a la súplica.
—¿Puedo o preguntar qué hará con la casa de muñecas? Usted sabe que su abuela estaba muy apegada a ella.
En ese momento, Maurice, Miguel y yo nos encontrábamos admirando la pequeña edificación y la belleza de sus inquilinos con rostro de porcelana.
—Está en perfectas condiciones— señaló Maurice dando unos golpecitos al techo.
—Las muñecas son adorables —agregó Miguel mostrando la réplica de su madre.
—Seguramente la pequeña Josefina gozará si se le regalas todo esto —sugirió el primero, refiriéndose a su sobrina, la hija de Joseph.
—Cierto, ella aún está en edad de muñecas —respondió Raffaele muy complacido.
—Señorito, no puede regalar lo que no es suyo —se empeñó la mujer—. Esas muñecas y esa casa pertenecen a la duquesa.
—Agnes mi abuela está muerta, ya no juega con muñecas.
—¡Señorito, no moleste a los muertos!
La sombría advertencia de la encanecida sirvienta fue seguida por un silencio incómodo. Seguramente Raffaele y Maurice recordaron, como yo, a la mujer de negro.
—¡Bien, muevan la casa y las muñecas a otra habitación y asunto arreglado! —rezongó derrotado Raffaele—. Pero yo me quedo con esta —agregó tomando la muñeca pelirroja que representaba a su tía Petite.
Los sirvientes obedecieron y, guiados por Agnes, dejaron aquellos juguetes en la habitación más cercana, una que había pertenecido a madame Thérese.
Nos olvidamos pronto del asunto fantasmal y continuamos con los preparativos. Aproveché un momento en que nos separamos de los otros, para molestar a Raffaele sobre la muñeca de su tía.
—¿Piensas dormir abrazado a ella?
—Prefiero dormir abrazado a Miguel o a ti, en su defecto —contestó con su acostumbrada astucia—. Pero quizá deba ir a la habitación de Maurice esta noche, seguramente me dará la bienvenida en su cama si le digo que tengo miedo de la abuela.
—¡Imbécil! —refunfuñé celoso. Él sonrió satisfecho, sabía bien cómo molestarme.
Mi situación con Maurice era muy rara. Él lucía más cómodo a mi lado y yo procuraba contenerme a fin de no darle motivos para dudar de que era una buena idea vivir juntos. Cualquiera podía pensar que habíamos vuelto al tiempo en que éramos simples amigos. Nada más lejos de la realidad, tanto para él como para mí todo había cambiado. La prueba estaba en lo que yo sentía y en las miradas que él me dirigía cuando creía que nadie iba a percatarse.
Ya no me veía como un amigo, eso era indudable. Me deseaba tanto como yo a él. Restaba averiguar qué iba a ser más fuerte al final, si su fidelidad a sus votos o la pasión que yo le hacía sentir. Estaba dispuesto a esperar lo que fuera necesario por la respuesta. Obviamente pensaba presionarlo, pero no de inmediato. El tiempo de ser imprudente había quedado atrás, en ese momento estaba consciente de que necesitaba jugar mejor mis cartas.
Me convertí en su ayudante, a pesar de no tener ningún conocimiento sobre técnicas de pintura. Al principio creí que sería un asunto entretenido, y ciertamente lo fue. Pero también llegó a convertirse en uno de los trabajos más absorbentes y agotadores que he tenido que afrontar.
En cuanto los muros estuvieron blanqueados, Maurice y Miguel se dispusieron a comenzar con los dibujos. Ya habían preparado muchos bocetos sobre lo que deseaban pintar, pero igual discutían por horas respecto a cualquier detalle.  Si Raffaele o yo nos aventurábamos a dar nuestra opinión, recibíamos una muy mala acogida, en la que nos recordaban que de pintura o del Paraguay no teníamos idea.
Cuando lograron ponerse de acuerdo, los dos artistas trabajaron un día y una noche entera dibujando. A Raffaele y a mí nos encontró el amanecer dormidos en nuestras sillas, con un horrendo dolor de cuello y espalda. Vimos con terror que los dos tenían intención de seguir con la tarea. Raffaele atrapó a Miguel y lo cargó sobre su hombro, como si fuera un bulto, para llevarlo a su habitación y obligarlo a dormir sin prestar atención a sus protestas.
—Si no quieres que haga lo mismo, vete a descansar—advertí a Maurice dándole a entender que no aceptaría excusas—. Después de dormir, podrás dibujar mejor.
Aceptó a regañadientes y fue por sus propios pies, y muletas, a su habitación. Yo aproveché para irme a dormir también. Era el comienzo de días tan intensos que terminaba agotado, hasta el punto de que ni siquiera deseaba tener compañía en la cama. En cambio, los dos artistas mostraban más energía que nunca y, si no teníamos cuidado, volvían a levantarse durante la noche para retomar sus lápices y pinceles.
Pronto los dos ayudantes nos dimos cuenta de que necesitábamos otras manos. Como no queríamos involucrar a los sirvientes, invitamos a quienes ya sabíamos que amarían contribuir en semejante empresa: Bernard, Clément, François y Etienne.
Aquella habitación se convirtió en un lugar lleno de jovialidad y vida, donde compartimos el trabajo y las comidas. Hablamos de todo, desde el Paraguay hasta los últimos rumores de Versalles, cambiamos el mundo y lo volvimos a dejar igual. Fueron días cargados de una camaradería que siempre atesoraré.
Pasada la primera semana, llevábamos la mitad de las paredes cubiertas con los colores que Maurice y Miguel nos indicaban. Ellos iban agregando luego los detalles y dando forma a la selva del Paraguay, a la fachada de una Iglesia y algunas casas de una Reducción y, lo más ambicioso, a un grupo de Guaraníes. A leguas se veía que ambos eran unos perfeccionistas consumados y no tenían intención de dejar a nadie más dar los trazos más importantes. Sobre todo a un torpe como yo. 
Miguel llegó incluso a arrancarme los pinceles de las manos después de verme hacer una línea, acusándome de haber nacido negado para el arte. Estaba demostrando que algo de la prepotencia que exhibió antes formaba parte de su verdadera personalidad. Maurice, en cambio, dijo que algún día yo lograría pintar algo aceptable, si practicaba todo el tiempo por el resto de mi vida.
Raffaele tampoco era bueno con los pinceles, pero sus trazos tenían más decencia que los míos y Miguel nunca lo censuraba, incluso si debía reparar algún estropicio que él hiciera.
—Acepta que pinto mejor que tú, Vassili —se vanaglorió cuando me quejé del trato privilegiado que le daba su amante—. Es lo que pasa cuando eres alumno del padre Petisco. Ese demonio me obligó a aprender de todo.
No quedaba más que reírse de la manera en que Miguel cambiaba de actitud cuando lidiaba con Raffaele. Y resignarme a que mis tareas se limitaban a alcanzarle a Maurice cualquier cosa que necesitara y limpiar los pinceles. Etienne me acompañaba en este papel porque tampoco era capaz de hacer una línea recta. Los demás tenían un nivel bastante aceptable y los dos “Maestros” les dirigían encantados. 
Era una ilusión creer que no tendríamos más opositores, además de la vieja Agnes que no hacía más que lamentarse por el  corredor. Un mal día recibimos la visita de madame Pauline. Ninguno notó su presencia hasta que estuvo de pie en medio de la habitación, observando los frescos con el rostro transformado por la ira. Miguel se mostró muy asustado, como si su madre fuera el mismo diablo. Raffaele fue el primero en hablarle. 
—Mi querida tía, no sabía que vendrías —la saludó empalagoso.
—¡¿Qué has hecho con la habitación de mi madre?! —gritó ella con una expresión  que espantaría hasta al más valiente.
—Agradezco que no levantes la voz, te puedo escuchar perfectamente —respondió su sobrino con una desafiante tranquilidad—. Como puedes ver, estoy haciendo unos cambios.
—¿Cómo te atreves? ¡Esta es mi casa! ¡No tienes derecho!
—Esta es la casa de mi padre, puedo hacer lo que quiera.
—¡Infame! ¡Eres un infame! ¿Qué has hecho con la casa de muñecas? Es mía, madre quería que yo la tuviera.
—¿Por qué no te la llevaste antes? —Ella no fue capaz de responder. Raffaele borró su sonrisa y la encaró con tono severo—. Nada en esta casa es tuyo. Es mejor que te vayas, estás interrumpiéndonos.
—¡No me hables así! —Levantó su mano amenazando con abofetearlo. 
—Madre, por favor, cálmate —Se apresuró a decir Miguel, mientras trataba de interponerse entre ellos—. Hacemos esto para distraer a Maurice, ya sabes que se ha herido el pie y...
—¡Siempre lo mismo! ¡Maurice! ¡Maurice! ¡Maurice! Todas las desgracias vienen de ese maldito —Se acercó a su sobrino, quien estaba de rodillas sobre una silla con sus instrumentos en la mano. Lo sujetó por el cabello y tiró de él con todas sus fuerzas.
Maurice perdió el equilibrio, soltó el pincel y la paleta, y se puso de pie para no caer al suelo. Dio un respingo debido al dolor que le causó su lesión. Corrí a sostenerlo y sujeté a madame Pauline por la muñeca para obligarla a soltarlo, pues no dejaba de zarandearlo como una fiera.
—¡Suéltame!—gritó Maurice furioso apartándola de un manotazo—¡Ya no soy un niño y puedo devolverte tus maltratos! —Tuve que sostenerlo para que no se arrojara sobre ella.
—¡Atrévete demonio! Debieron ahogarte al nacer como quería nuestro padre. ¡Tú mataste a tu madre!
Maurice se quedó inmóvil y lleno de confusión ante semejantes palabras.
—¡¿Estás loca?! —replicó Raffaele sujetándola de los brazos, para alejarla de su primo—. Maurice no tuvo nada que ver con la muerte de tía Thérese.
—¡Suéltame Raffaele! Eres igual a Philippe, destruyes todo lo que tocas. Ensuciaste a mi hijo, me llenaste de vergüenza... ¡Ojalá nunca hubieras nacido y ojalá tampoco hubiera nacido tu padre!
Raffaele miró dolido a Miguel, quien negó con la cabeza con una expresión llena de compasión, como si le estuviera pidiendo que no escuchara a su madre. Pero madame Pauline continuó su arenga contra el duque Philippe, maldiciendo su existencia, protestando que él fuera el heredero a pesar de haber nacido después de ella, proclamando su propio valor como heredera y, finalmente, lanzando la peor acusación contra su hermano.
—¡Philippe hizo tan miserable a tu madre que ella terminó lanzándose por la ventana!
Como si algo hubiera sido invocado, enseguida se produjo un cambio en los tres primos. El mayor palideció, perdió toda su fuerza y se quedó de pie con el desamparo reflejado en el rostro. Maurice y Miguel se transformaron en dos fieras y conminaron a madame Pauline a callarse y salir. Su hijo incluso la sacó a empujones de la habitación.
Una vez que nos libramos de ella, todas las miradas y sentimientos se concentraron en Raffaele. Maurice se acercó a él, le acarició el rostro para quitarle unas lágrimas que habían escapado de sus ojos fijos en el vacío.
—Raffaele, no pienses en eso...
—Está bien, Maurice —respondió sonriendo para tranquilizarlo.
Los demás quisieron despedirse y dejarnos, pero Raffaele insistió en que continuarán trabajando. Pidió disculpas por la escena que había dado su tía y pretendió que todo estaba bien. Luego se excusó para bajar y asegurarse de que aquella peligrosa mujer se hubiera marchado. Lo seguí.
Encontramos a Miguel discutiendo con su madre ante el carruaje. Ella llegó al extremo de abofetearlo. Esto provocó que Raffaele perdiera por completo los estribos. Bajó las escaleras de la entrada del palacio de un salto, levantó a su tía en brazos y la arrojó dentro del carruaje.
—¡Vete de inmediato! —gritó al cochero—. ¡Si vuelves a  traerla te pondré una bala entre los ojos!
El sirviente no esperó a que volvieran a decírselo y se llevó a toda velocidad a la horrible mujer, que no paraba de maldecir.
—Lamento mucho haber tratado así a tu madre—se disculpó ante Miguel, que se había quedado asombrado. Como respuesta, le sujetó el rostro con las manos y lo besó.
—Nada de lo que ella dijo es cierto. No debes pensar en eso —le susurró después, uniendo su frente con la suya.
—Te amo —respondió Raffaele lleno de convicción.
—Y yo a ti. Así que no pienses en nada. Ni en tu madre ni en la mía.
Raffaele le abrazó y escondió su rostro en su  hombro. Lo escuché sollozar. Me marché deseando que su reconciliación fuera al fin completa.
Regresé a toda prisa a la habitación, estaba preocupado por Maurice. Las palabras que su tía le dedicó también fueron terribles, era imposible que no lo afectara. Lo encontré pintando y repintando un pequeño espacio. Los otros le miraban inquietos, sin saber qué hacer.
—¿Qué les parece si tomamos un descanso?—anuncié fingiendo una alegría que no sentía—. Mañana podemos continuar.
—Me parece perfecto, Vassili— respondió Etienne animando a los otros a salir.
Se despidieron de Maurice, quien trató de mostrarse afable. Miguel y Raffaele volvieron en ese momento y los acompañaron hasta las puertas del palacio, ofreciéndoles un carruaje.
Al quedarnos solos, Maurice se volvió hacia la pared y continuó manchándola con el pincel. Me acerqué para abrazarlo por detrás.
—Llora si quieres.
—No quiero llorar. Estoy furioso
—Grita entonces.
—¿Para qué? Ella no puede escucharme y tú no mereces presenciar los insultos que se me han quedado atragantados.
—Tienes que quitarte de encima toda la amargura que ella ha dejado.
Hizo que lo soltara. Se dio vuelta y se sentó en la silla. Su pie seguramente le dolía
—Sé que me odia. Sé que está medio loca y aun así no dejo de sorprenderme por lo que dice. Yo no tuve nada que ver con la muerte de mi madre, estaba en el noviciado y ella se fue a vivir en un convento de Carmelitas como penitente.
—¿Se fue un convento? Pero estaba casada…
—No ingresó en la orden. Sólo pidió vivir con las Carmelitas y someterse a todo tipo de disciplinas. Esas monjas aceptaron por las donaciones que ella les hizo a cambio.
Maurice me contó entonces que madame Thérese asumió una vida llena de rigorismo y penitencia diciendo que quería ser menos mundana. El padre Petisco se opuso a semejante iniciativa acusándola de ser víctima de escrúpulos, ella no lo escuchó. 
Duró pocos años. Acostumbrada como estaba a una vida llena de cuidados y remilgos, no soportó el invierno en aquel convento de piedra y desarrolló una tuberculosis que la mató poco a poco.
—¿Por qué demonios tía Pauline me culpa?
—Ya lo dijiste, está loca—volví a abrazarlo—. No pienses más en eso.
—¿Y por qué me odia tanto? —su voz reflejaba toda la frustración que le causaba enfrentar algo ambiguo—. Cuando mamá me llevó a España tuve que soportar muchas palizas injustas por culpa de tía Pauline. Es igual que el abuelo.
—Olvida todo, Maurice. Como bien has dicho, ya no eres un niño al que ella puede maltratar impunemente.
—Me hubieras dejado golpearla—se quejó dándome un ligero golpe en el pecho.
—Me disculpo por ser tan entrometido—Le arreglé el cabello y lo besé en la frente.
Él permaneció unos instantes mirándome en silencio. Después se levantó y nuestros rostros quedaron muy juntos. De repente rodeó con sus brazos mi cuello, sonrió con cierta picardía y me causó un vuelco al corazón con un beso fugaz.
—Gracias por no dejarme hacer algo malo. Golpear a una mujer es una canallada, según el padre Petisco.
 —Tentar con un beso a un hombre que está loco por ti, no es muy noble.
—Perdona, no pude resistirme —se mostró arrepentido
—Yo tampoco—le sujeté el rostro y lo besé. No fue capaz de resistirse. Los dos nos saboreamos el uno al otro sin pensar en nada más.
—Excelente, sigan siendo discretos—exclamó Raffaele desde  la puerta, provocando que diéramos un salto y giráramos para verle—. La vieja Agnes seguro se morirá al verlos y al fin me libraré de ella.
 —Maurice, luego no vengas llorando por faltar a tus votos. Se ve que lo estás disfrutando —le acusó Miguel en un tono tan socarrón como el de su primo.
Maurice no supo que decir, el color de su rostro estuvo cerca de igualar al de su cabello. Terminó escondiéndose tras de mí.
—No te preocupes, Vassili está feliz de ayudarte a olvidar el mal rato con Tía Pauline. ¿No es cierto señor abate?
—Raffaele, debes aprender el valor del silencio—sentencié deseando patearlo.
Terminamos dejando atrás nuestro desencuentro con madame Pauline en medio de las bromas de unos, y el intento de partirle una muleta en la cabeza a sus primos, por parte de otro. En la cena, Raffaele y Miguel se retiraron temprano. Imaginé que finalmente pasarían la noche juntos. Maurice se despidió después de jugar a las cartas y yo volví a mi habitación rememorando el beso de la tarde.
Antes de meterme a la cama, escuché que daban unos suaves golpes a mi puerta. Abrí temiendo que fuera la vieja duquesa preguntando por su casa de muñecas, me sorprendí al ver a un abatido Raffaele tratando de sonreír.
—¿Miguel te ha desterrado de su habitación? —le pregunté mientras cerraba con llave después que entró.
—No. Me he marchado por propia iniciativa —se echó en uno de los sillones suspirando cansado.
—¿Porqué? Todo indicaba que hoy tenías oportunidad de conseguirlo.
—Sí, Miguel seguramente quería consolarme por lo que me dijo su madre. Parecía muy dispuesto a entregarse, mas yo podía sentir que temblaba cada vez que lo tocaba. Cuando le dije que estaba cansado y que prefería irme a dormir, mostró una expresión de alivio que me partió el corazón. ¡Él no imagina cómo me ha hace sentir! ¡Quisiera morir en este mismo instante!
—Lo lamento—le conforté y le serví un vaso de agua.
—¿No tienes otra cosa? —Se quejó al ver el transparente líquido.
—No, el alcohol ya no es bienvenido aquí.
—¿Y un puto sin comprador como yo? —preguntó con una expresión que se balanceaba entre la picardía y la súplica.
—Tú siempre eres bienvenido. Además, a mí tampoco me han comprado.
—Que Maurice te besara esta tarde, fue toda una sorpresa—levantó su vaso como si quisiera hacer un brindis.
—¿Lo viste?
—Llegamos justo en ese momento. Luego tú te aprovechaste.
—Hubiera sido muy gentil de tu parte callarte y llevarte a Miguel para dejarnos solos —le reclamé molesto.
—¡Oh, no podía dejar pasar la oportunidad de importunarte!
—¡Idiota! —gruñí golpeando la mesa con la palma de mi mano— ¡Te debería echar!
—No tengo problema —afirmó sonriendo con malicia— me iré a llorar en la almohada de Maurice.
—Sí que sabes sacarme de quicio…
Lo sujeté del cabello y lo obligué a mirarme. Por un momento no supe si quería golpearlo o besarlo. Le besé. Los dos nos entregamos al placer sin consecuencia. El vacío iba llegar después, sin duda, pero mientras tanto podíamos disfrutar de nuestros cuerpos y consolarnos por la ausencia de otros, aquellos que anhelábamos y que insistían en negarse a nuestro abrazo.
Raffaele se marchó a medianoche para evitar que nos descubrieran. Mientras me embargaba el sueño, recordé que llevaba más de una semana sin ver a Sora. Decidí hacer una cita cuanto antes.
Era capaz de imaginar lo que mis palabras habían provocado en él. Lo humillado, dolido y decepcionado que podía haberle hecho sentir. Incluso temía haberle llevado a la desesperación. Tenía que asegurarme de que estaba bien y, sobre todo, debía disculparme.
—¿Quién es Maurice? —fue su frío e implacable saludo cuando me presenté en el palacio de los placeres, la noche siguiente.
Había mentido diciendo que cenaría con mi familia y volvería tarde. No creí que Sora me dejaría pasar otra noche con él, de hecho imaginé que no me recibiría. Pero él no tenía libertad para hacer tal cosa, así que terminamos como el primer día en que le conocí. Él, deslumbrante ante la ventana. Y yo, con un millón de dudas en mi cabeza, ¿cómo iba a lograr que me perdonara después de lo que había hecho?
Sus palabras de bienvenida me paralizaron. Un sudor frío comenzó a recorrer mi espalda. Su mirada llena de fuego queriendo reducirme a cenizas, me ayudó a hacerme una idea del infierno que se había desatado en su corazón.
—Escucha, Sora, lamento todo lo que te dije. Estaba borracho y…
—¿Quién es Maurice? —repitió obstinado.
Aquel nombre en labios de Sora era una blasfemia en muchos sentidos. Yo realmente había enredado las cosas por beber. Bajé la cabeza aceptando mi derrota y lancé un suspiro. Me acerqué a él y le miré a los ojos al tiempo que ponía mi mano sobre su pecho.
—Maurice es el hombre que amo.
—¡¿Por qué no me hablaste antes de él?! —estalló lleno de rabia—. ¿Me contaste sobre tu vida y olvidaste decir que amabas a otro hombre?
—Te hablé de él, es el amigo que me rescató cuando era un borracho. El primo de Raffaele.
—¡Eso significa que vives con él! —No puedo describir la terrible expresión que mostró.
—Así es —reconocí temiendo lo peor.
—¡Están juntos todo el tiempo!
Se alejó de mí lleno de furia. Caminó por la habitación golpeando todo lo que encontraba su paso, abriendo y cerrando las manos como si hubiera perdido el control de estas y murmurando cosas en su idioma.
—Cálmate Sora. Hablemos.
—¡¿Te has acostado con él?!
—Aún no. Maurice tiene votos. Digamos que está comprometido con Dios y tiene el deber de no dormir conmigo ni con nadie
—¡¿Qué?!—chilló con desprecio—. ¿Y aun así lo amas?
—Sí y él me ama a mí, de eso estoy seguro.
—¿Y de qué vale que te ame si no es tuyo y te hace sufrir tanto que te ahogas en alcohol? —me sujetó de las solapas y comenzó a sacudirme— ¿Qué clase de amor te da él, que terminas en mis brazos buscando consuelo?
—Sora, no sé cómo explicarlo. No puedo cambiar mi corazón. Tengo esperanza de que Maurice me corresponda pronto.
—¡No! —gritó desesperado golpeándome en el pecho con las palmas abiertas— Él nunca te va a hacer feliz. ¡Lo odio! ¡Tiene todo lo que yo anhelo y no lo toma! ¡Lo maldigo!
—¡Detente Sora! ¡Maurice es sagrado para mí y no te permito hablar así de él!
—¿Y yo que soy para ti? ¿Nada?
Mostró sus manos vacías con una expresión que me hizo estremecer. Sora no tenía nada y yo le estaba arrebatando la única ilusión que se había atrevido a dejar nacer en su corazón destrozado.
—¡Sora, te quiero! —le abracé—No lo dudes, te quiero. Pero él es mi vida.
—¡No!— Se echó a llorar mientras su cuerpo perdía toda fuerza.
—Tú eres alguien especial para mí —insistí deseando que mis palabras le reanimaran—. Tú me cambiaste, me liberaste... ¡Te quiero! Pero entiende, nadie puede compararse con Maurice.
Sora siguió llorando por un momento hasta que levantó la cabeza y me miró con ojos desafiantes.
—¡Él nunca va a hacerte sentir lo mismo que yo! —gritó aferrándose a mi ropa— ¡Tú nunca vas a estar satisfecho con nadie más que conmigo! ¡Vassili, tú ya eres mío!
Atrapó mi rostro y me besó a la fuerza. Me resistí porque había tanta agresividad en él, que me asustó. Pero poco a poco fue haciéndome ceder. Su cuerpo rozando el mío sugerente, su aliento, su belleza y sobre todo, ese sabor tan conocido en todo lo que hacía… Sora usó en mi contra todo lo que habíamos compartido durante semanas, para subyugarme y llevarme sin problemas a la cama.
Aquella noche me provocó tanto placer que casi resultaba inaudito. No intercambiamos más que gemidos y jadeos. El fue el señor y yo el esclavo. A la vez, yo fui un rey y él mi siervo. Confirmó con actos sus palabras y yo no pude negarlas ni en mi mente, ni en mi corazón y mucho menos con mi cuerpo. Cuando me dejó el fin rendido sobre la cama, susurró a mi oído una maldición cargada de veneno.
—Tu Maurice nunca va a hacerte sentir así. Estás condenado a buscarme entre las sábanas toda tu vida, porque te he hecho un hombre insaciable.
Abrí los ojos y me incorporé. Él estaba sentado a orillas de la cama, llevando puesto un bello kimono rojo. Me miró como un demonio que acaba de llevar a la perdición a un alma. Se levantó y salió de la habitación sin decir nada más. Yo me quedé aterrado.
Me abracé a mí mismo mientras sentía que estaba atrapado, que Sora no había hecho más que anunciar una realidad innegable. ¿Acaso no buscaba emular las noches compartidas con él cada vez que dormía con Raffaele? ¿Qué pasaría si al dormir con Maurice me descubría buscando a Sora? ¿Es que el vacío no iba a desaparecer nunca?
Casi lo maldije. Se estaba cobrando muy cara su venganza. Sin embargo, no podía culparlo. Él estaba desesperado, yo era lo único que tenía y le había roto el corazón sin consideración alguna. Me levanté, vestí el kimono dorado que siempre me dejaba sobre una silla y fui a su habitación. Lo encontré de rodillas ante el Goban, llorando.
—Sora —le llamé con ternura.
—¡Vete!—sollozó.
Me arrodillé tras él, coloqué mi boca muy cerca de su oído, sin atreverme a tocarlo.
—Te quiero —susurré.
—¡Pero no más que a él!
—Por favor no lo odies por eso —supliqué—. Maurice no tiene nada que ver.
—¡Te odio! —se cubrió el rostro y comenzó a llorar de nuevo.
—Lo merezco —lo abracé para confortarlo.
—¿Porqué eres todo lo que deseo y lo único que no puedo tener? Esos malditos cerdos que vienen a comprarme, estarían dispuestos a todo por mí. Tú en cambio deseas a otro que no te corresponde.
—Te dije que no te enamoraras de mí.
—No te amo… ¡te odio! —Me obligó a soltarlo y se alejó gateando.
—Mejor así —sonreí resignado —. Si quieres me marcharé y no volveré. 
—¡Maldito seas! —Se dio vuelta y me abrazó para echarse a llorar temblando.
—Ojalá las cosas pudieran ser de otra manera —lamenté con el corazón atenazado por el dolor.
—¡Calla, sólo abrázame!
—Escúchame. No quiero que lo que tenemos tu y yo se convierta en algo oscuro, que envenene tu corazón y te haga infeliz. Para mí eres hermoso, bueno y digno. No quiero que dejes de serlo por mi culpa.
—No puedo evitarlo. Siento odio por él, por mí, por todo…
—Esto no está bien. Quiero a mi Sora, el que parece un rey, el que me fascina. No este niño que está hecho un despojo en mis brazos.
—Eres cruel Vassili —dijo como si acabará de darse cuenta de un hecho irrefutable.
—Nunca he negado que lo soy —sonreí con tristeza, encogiéndome de hombros.
—¿Por qué tuve que enamorarme de ti?
—Tienes muy mala suerte o eres muy terco. Te advertí que no lo hicieras. Xiao Meng también lo hizo y no hiciste caso.
—No, es porque tú eres especial. Tus caricias siempre han estado cargadas de respeto y cariño. Por eso mi corazón corrió hacia ti como si hubiera encontrado un tesoro.
Me quedé contemplando toda su belleza y misterio. Cómo podía ser tan anciano y tan niño. Como podía ser pérfido e inocente a la vez. Sora se había quedado sin tiempo, sin familia, sin tierra, sin identidad. Se encontraba en un limbo del que yo casi le había sacado al avivar la llama de los sentimientos. Ahora no podía apagar ese fuego sin creer que le asesinaría. Incluso si cada vez tenía menos dudas de que él podía destruir mi relación con Maurice, no era capaz de dejarlo.
—Seamos amantes Sora —le propuse a la vez que limpiaba sus lágrimas y le apartaba el cabello del rostro—. Mientras pueda vendré a verte a escondidas de Maurice. Pero el día en que él me corresponda ya sólo podremos ser amigos. Es lo único que puedo prometerte, que no te abandonaré.
—Él nunca va a darte el mismo placer que yo —afirmó con malicia.
—Calla, déjame soñar que sí.
—Nadie podrá satisfacerte, te he hecho un hombre hambriento al que sólo yo sé llenar.
—Por favor, deja de atormentarme.
Se irguió y me empujó para que me recostara de espaldas en el suelo.
—Una parte de ti ya es mía. Vas darte cuenta tarde o temprano de eso.
—Sorata, no sigas. Duerme.
Se recostó sobre mí y, con una sonrisa muy dulce, cerró los ojos y fue quedándose dormido. Yo no pude hacer lo mismo y no sólo por la incomodidad del piso. Acababa de descubrir lo muy enredado que estaba con aquel joven tan frágil y temible. Lo abracé resignado.
Esa noche las imágenes de Maurice y de Sora comenzaron a danzar ante mí como cartas de una baraja. Palidecí cuando me di cuenta de que la imagen de Raffaele se les sumaba. ¡Qué telaraña tan temible había tejido! ¡No sabía qué hacer!
Dejar a Sora era cruel y ya un imposible. Le necesitaba. Hacer a un lado a Raffaele también era cruel. Él me necesitaba y yo no tenía fuerza de voluntad para rechazarlo. Conquistar a Maurice estaba cada día más cerca, pero si él se enteraba de mi relación con los otros dos... ¿Qué haría?
Me aferré a Sora con más fuerza buscando algún amparo ante mi futuro. Sentía que un hilo de la telaraña empezaba tensarse implacable alrededor de mi cuello.
—Si pudiera retroceder en el tiempo… —me dije en un lamento.
Al final me convencí de que si pudiera volver a comenzar, haría las mismas cosas porque resultaba innegable que yo era un hombre vano, lujurioso e imprudente. Y debo reconocer que lo he seguido siendo hasta el día de hoy.
El regreso al Palacio de las Ninfas fue más tarde de lo acostumbrado. Me quedé dormido y Sora no quiso despertarme.
—Así tu Maurice se sentirá celoso —dijo con una sonrisa encantadora e inocente que contrastaba con sus palabras.
—No me busques problemas—lo regañé, queriendo mostrarme disgustado, mientras mordía su labio como castigo al besarle en la despedida.
Después me di cuenta de que Sora me había hecho un favor, de haber llegado más temprano al palacio me hubiera encontrado con una desagradable sorpresa: Madame Severine, la mujer eterna, había “aparecido” en el palacio apenas el sol mostró sus primeras luces.
La mujer tenía intención de detener la realización de los frescos y algo más. La guerra que se desató entre ella, Raffaele y Maurice fue recordada durante años por los sirvientes, quienes estaban acostumbrados a que todo el mundo se plegara ante la abadesa.
Maurice convenció a su tía de dejarlos terminar los frescos con un argumento que ella fue incapaz de rebatir.
—Me marcharé a Roma, con la Compañía de Jesús, si tía Pauline y tú no nos dejan en paz.
Miguel se escabulló de todo el enfrentamiento y fue a esperarme en la entrada de los jardines del palacio. Cuando llegué, detuvo el carruaje, ordenó al cochero que regresará a París y abordó sin pedir mi permiso.
—Es mejor que demos un largo paseo, mi querido Vassili —dijo con picardía.
—¿Qué pasa? —Yo estaba perplejo
—Nuestra tía monja ha venido de visita y conviene que no te encuentres con ella. Tiene días incordiando a Raffaele, para que  te eche del palacio porque eres una mala influencia para nosotros. Al parecer escuchó de tu afición al alcohol y tus licencias con la servidumbre. Seguramente mi madre le narró todos los chismes que Sophie aprendió en Versalles.
—Vaya, Raffaele no me dijo nada —exclamé sin darme cuenta.
—Así es él. Tampoco le ha dicho Maurice que Luis XV está decidido a exiliarlo de Francia. Raffaele ya casi agotó el cofre de regalos que preparó para contentarlo.
—¿Porqué su Majestad sigue insistiendo?
—Porque Maurice es jesuita y algunos parlamentarios galicanos no pueden dormir sabiendo que hay un jesuita en Versalles
—¡Pero Maurice ya no frecuenta Versalles!
—Eso mismo dice Raffaele y de nada sirve. Lo único que apacigua al Rey son los susurros de madame Du Barry, ella es nuestra gran aliada para salvar a Maurice. Pero a la vez es la causa de que las hijas del rey estén cada día más encantadoras con Alaña, quien llena los pasillos de burlas contra la amante del rey. Y ya sabes que Alaña es el principal enemigo que tiene Maurice. El muy miserable pretende usar a las Mesdames para que insistan a su padre que se deshaga del jesuita rojo, como ahora lo llaman. Versalles es una comedia.
—Es un nido de serpientes para mí.
—Un lugar lleno de ociosos. La corte francesa parece haber perdido el sentido de la realidad. No hacen más que chismorrear, en lugar de prepararse para la próxima contienda contra Inglaterra y Austria.
—No te engañes —repliqué como todo buen francés, que aunque sepa que es cierto, no va a dejar a un español decir lo que quiera—. Entre fiesta y fiesta nuestro rey prepara un duro golpe contra sus enemigos.
—¿Por medio de un matrimonio? —se burló.
—Veo que has puesto atención a las historias que Bernard y Clément han traído.
—Por supuesto, vivimos tan aislados en el Palacio de las Ninfas, que fue refrescante tener noticias de otros mundos.
Miguel apoyó su pie en mi asiento y estiró sus piernas, sus largas y exquisitas piernas, que desde el primer día me encantaron. Se mantuvo entretenido con el paisaje por un rato, por lo que me dediqué a estudiarlo con disimulo.
Era tan hermoso, igual o más que Maurice si me atrevía a comparar. Sus ojos azules, su boca pequeña, el lunar insinuante, su cuerpo delgado y esbelto... Pero seguía sintiendo en él ese frío de la hoja de una espada. Miguel mantenía todo el tiempo las distancias conmigo. A veces, cuando hablaba con Maurice, mostraba una sensibilidad llena de dulzura. Y siempre que estaba con Raffaele expresaba un caleidoscopio de emociones mal administradas.
Tenía diversas imágenes de él y todas tan distintas que no podía decir que sabía algo sobre Miguel. Después del tiempo viviendo juntos, no le conocía.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo de pronto, interrumpiendo mis pensamientos.
—Por supuesto…
—¿Tú y Raffaele han dormido juntos?

Parte II

Tenía una expresión inexorable. Me sorprendí, por supuesto. Pensé en que si él llevaba una pistola en su casaca, aquellos serían los últimos minutos de mi vida. Me sentí perdido. Estaba agotado por dormir en el suelo en medio de pesadillas sobre el futuro, no tenía ánimo para intentar envolver la verdad en mentiras. Casi prefería que Miguel me diera un tiro a que Maurice supiera lo que tenía con Sora y Raffaele.
A la vez, lo que más lamentaba era que aún no había hecho el amor con Maurice. Caer en la cuenta de esto me hizo tomar la firme resolución de luchar por mi vida. Al observar a mi posible verdugo, noté que sus ojos reflejaban, además de odio, miedo. Decidí continuar aquella conversación, después de todo, los dos éramos personas racionales.
—¿Para qué preguntas semejante cosa? —respondí con sinceridad —. No vas a ganar nada.
—¡Igual quiero saberlo! —replicó desafiante.
Lo miré por un instante, buscando la mejor manera de decírselo. Me encogí de hombros, lancé un suspiro cansado y crucé los brazos sentándome un poco más cómodo.
—Efectivamente, hemos dormido juntos varias veces.
—¡Lo sabía!—gritó cerrando los puños y estrellándolos contra sus piernas.
—No puedes culpar a Raffaele. Te desea con locura. Está desesperado por contenerse y no volver a forzarte. Yo soy su desahogo.
—¿Y tú por qué demonios te acuestas con él si se supone que amas a Maurice? —me apuntó con su largo dedo enfundado en un guante negro.
—Porque estoy en la misma situación. Él se acuesta conmigo simplemente porque me tiene a su alcance, y yo hago igual. No te hagas ideas erróneas, no hay nada más que necesidad y conveniencia entre nosotros.
—¿No te basta con la mujerzuela que acabas de follar? —Miguel ya empezaba a colmar mi paciencia con el tono agudo de su voz—. No creas que engañas a alguien con tus excusas, sé bien que tienes una amante a espaldas de Maurice.
—No es una mujerzuela —corregí conteniendo mi enojo—. Es un bello joven, a quien aprecio mucho.
—¡¿Y te atreves a decir que amas a Maurice?!
—Lo amo, eso puedo jurarlo. Pero, mientras no consiga tenerlo, necesito de otros.
—¡Bonita excusa! —soltó con todo el desprecio que le cabía en su delgado cuerpo.
—Puede que esté excusando mi desvergüenza, pero es la verdad.
—¡No sé cómo ha podido Maurice enamorarse de ti! —concluyó pateando mi asiento.
—¡¿Te lo ha dicho?! —No pude evitar ilusionarme.
—No necesita decírmelo. Lo vi desde el primer momento en que nos encontramos, después de llegar a Francia, sólo hablaba de ti. Parece que lo has fascinado. ¡Deja de reírte de esa forma! Maurice no te va a perdonar que, después de declararle tu amor, te acuestes con otros y sobre todo con Raffaele.
—¿Vas a decírselo? —De repente me di cuenta del verdadero peligro que corría.
—¿Por quién me tomas? No quiero que Maurice y Raffaele vuelvan a pelear y menos por un libertino como tú.
—¡Gracias Miguel!
—¡No me agradezcas nada! No lo hago por ti. Sinceramente en este momento deseo arrojarte del carruaje para que tu linda cara quede deshecha.
Volvió el rostro hacia la ventana y por unos momentos reinó el silencio. Podía escoger entre continuar así y soportar un largo e incómodo paseo,  o seguir hablando y arriesgarme a cualquier tragedia. Elegí la opción más entretenida.
—La verdadera razón por la que no me arrojas del carruaje, es que eres un hombre inteligente. Sabes que has sido tú quien ha empujado a Raffaele a mis brazos cada vez que lo has rechazado.
—¡Eres un descarado!
—No puedo rebatir eso, como tú tampoco puedes negar lo que he dicho. ¿Por qué no perdonas a Raffaele de una vez por todas? Lo estás torturando constantemente.
—¡Tú no sabes nada!
—Sé lo que me dice mientras llora por ti entre mis brazos…
Lo siguiente que vi fue sus ojos brillando como un relámpago azul. Al mismo tiempo sentí su puño impactando en mi rostro y el sabor de mi propia sangre me inundó la boca. Quedé aturdido. Luego me dominó la ira y quise abofetearlo. Me contuve porque reconocí que me había buscado aquel golpe y cualquier otra cosa que él quisiera hacer.
—¿Es suficiente para ti con esto o de verdad vas a arrojarme fuera? —le dije mirándolo a los ojos.
Fue calmándose poco a poco. Se encogió en su asiento, con los puños apretados y la cabeza baja.
—Entiendo que me odies Miguel —me atreví a decir tratando de ser convincente—. Pero no soy tu enemigo, nada me complacería más que verte a ti y a Raffaele completamente reconciliados.
—No tiene sentido odiarte… —dijo sin mirarme—. Como bien has dicho, he sido yo quien ha empujado a Raffaele hacia tu cama.
Su rostro mostró tristeza y desesperación. Se mordió nervioso la uña del pulgar y se concentró en la vista por la ventana.
—¿Hay alguna esperanza de que tú y Raffaele puedan volver a… hacer el amor?
—¡No lo sé! ―gritó levantando los brazos—. Lo amo, lo deseo, pero cada vez que me toca, me paralizo de miedo.
—Él está arrepentido...
—Eso no tienes que decírmelo, lo he visto yo mismo.
—Con el tiempo quizás puedas...
—Aunque logre vencer el miedo, hay otras cosas que se interponen. ¡Estamos condenados!
—¿Qué cosas?
—No puedo decírtelo… —contestó con la desolación reflejada en su rostro.
—Entiendo. No soy quién para entrometerme, pero debes hablar de eso con Maurice o con el mismo Raffaele.
—No Vassili, ellos no deben saberlo. Debería regresar a España cuanto antes pero no tengo fuerzas para alejarme de Raffaele.
Se dobló sobre sí mismo y sujetó su cabeza con las manos al tiempo que se lamentaba en español. Pude entender que decía "estoy atrapado".
—Miguel, si hay algo en lo que pueda ayudar...
—Si te pido que no vuelvas a acostarte con Raffaele, ¿lo harías?
—Eso depende de él. Pídeselo, seguro que te hace caso.
—Si pudiera pedírselo a él, no estaría perdiendo el tiempo hablando contigo. Ni siquiera quiero que sepa que me he enterado de lo que hay entre ustedes, volvería a atormentarse. No quiero que siga sufriendo por mí.
—No voy a mentirte, no puedo rechazar a Raffaele. Así que tendrás que apresurarte y vencer tu miedo o él continuará terminando en mis brazos.
—¡Ya te he dicho que no es sólo por miedo! —gritó y golpeó las paredes del carruaje por lo que el cochero se detuvo creyendo que le llamábamos.
—¿Desean algo, señores? —preguntó el buen hombre.
—Llévenos a la taberna Corinto.
—¿Qué haces?—reclamó Miguel sorprendido.
—Todavía no he desayunado, ¿quieres acompañarme?
—Me parece bien. Tampoco pude comer, tía Severine apareció de repente y nos amargó a todos el desayuno.
—Seguro te gustará la comida de ese lugar.
—Lo dudo. La cocina francesa no suele complacerme.
—Eso es porque tienes el paladar tosco, como todos los españoles.
Soltó un bufido y una palabrota en su idioma, cruzó los brazos y volvió a acomodarse para ver el paisaje. Durante el resto del camino ninguno habló. El seguía ocupado en no mirarme y yo continuaba estudiándolo subrepticiamente. Lo consideraba un enigma.
El dueño de la taberna Corinto se alegró mucho al verme y quedó encantado de conocer a Miguel, quien podía ser amable cuando quería. François, Etienne y varios de sus compañeros de la Sorbona llegaron antes de que termináramos de comer. Nos acompañaron en la mesa y pronto todo fue algarabía y un ir y venir de platos, vasos y botellas.
La conversación giró en torno a nuestro invitado español. Éste lucía feliz. Llegó a interpretar magistralmente una alegre canción con la vieja guitarra del tabernero, dejando a todos embelesados por su habilidad y buena voz.
Ese día descubrí que Miguel amaba ser el centro de atención y que lucía aún más hermoso cuando el vino le daba color a sus mejillas. También descubrí que sabía usar su belleza y astucia para seducir, porque en cuestión de minutos toda la taberna estaba a sus pies. Era un hombre fascinante como, obviamente, debía ser la persona capaz de conquistar a Raffaele.
Lo que me preocupó fue que de nuevo tuve la impresión de estar ante una mujer. No puedo explicar por qué. Se trataba de algo más que sus ademanes rebuscados o lo delicado de su aspecto, había un no sé qué en él que me llevaba a pensar que estaba ante una mujer. Quizás fue simple intuición.
Lo cierto es que los demás reaccionaban ante él como lo hubieran hecho ante una mujer, una muy pícara y sensual que les hacía hervir la sangre mientras la devoraban con los ojos. Hasta el mismo Etienne aprovechó el final de una de sus canciones para felicitarlo con un abrazo y un beso en la mejilla. Puede que todo se debiera al vino.
Cuando salimos de la taberna, después de haber unido el desayuno con el almuerzo, Miguel estaba algo mareado y muy contento. Los demás le hicieron prometer que volvería y varios le besaron la mano como despedida.
—Parece que eres la reina de Corinto.
—¡La reina del mundo entero si me das más vino! ―contestó mostrando su rostro sonrojado.
—Has bebido más de la cuenta.
—Mira quién lo dice, al menos yo puedo caminar.
—Pero no muy bien. Volvamos al palacio para que no digan tus primos que te he influenciado.
—Llévame de paseo ―suplicó seductor, colocando sus manos en mi pecho y acercando su rostro al mío. Tuve que contener el aliento ante la sensación que recorrió mi cuerpo. No podía caer bajo el hechizo de Miguel.
—Pero…
—Si volvemos ahora quizá nos encontremos con tía Severine. No quiero verla, ella es capaz de hacerme sentir mal con una simple mirada.
—De acuerdo, tomaremos el camino más largo. Ahora suba al carruaje, su alteza.
—Gracias Vassili, eres un imbécil muy encantador.
—¿Lo de imbécil es por acostarme con el hombre que amas y rechazas cada noche? —susurré a su oído mientras lo ayudaba a subir.
—Sí y por ufanarte tanto de eso. Recuerda lo que dijiste, eres lo que tiene a su alcance. Cualquiera le viene bien, pero nadie puede borrarme de su corazón. ¡Raffaele es mío!
Me amargó un poco recordar a Sora por sus palabras. Sospeché que toda la euforia que mostraba escondía su dolor. Ordené al cochero que nos llevará al palacio después de recorrer algunos parajes que pudieran gustar a Miguel. Él se mostró animado e incluso pidió detenernos para disfrutar del paisaje. Al igual que Maurice, amaba la naturaleza.
Después de unas horas, los dos comenzamos a sentirnos adormilados. Decidimos que ya eran suficientes dilaciones y emprendimos el regreso al Palacio de las Ninfas. Miguel fue quedándose dormido poco a poco. Yo me dediqué a contemplarle con el corazón inquieto.
Le compadecía. Era otra de las víctimas de mi telaraña. Podía medir cuánto le humillaba y atormentaba saber que Raffaele y yo habíamos hecho lo que él no se atrevía.
Pensé en como Miguel se echaba toda la culpa y soportaba en silencio mientras que Sora maldecía y hechizaba. ¿Qué haría Maurice si llegaba a enterarse de mis correrías? Me recorrió un escalofrío y decidí olvidar el asunto.
Llegamos al palacio a media tarde. Madame Severine ya se había marchado. Miguel se encontraba más despejado y habló de nuestra visita a la taberna Corinto con alegría. No dejó traslucir lo que sabía y empecé a preguntarme si no estaba ante un maestro del disimulo.
Su bello rostro se me asemejó a una máscara. ¿Qué había detrás? ¿Cuál era el verdadero Miguel? Empezaba a obsesionarme con descubrirlo, aunque temía que, si mostraba mucho interés en él, Raffaele me daría una paliza.
En los días que siguieron, continuamos trabajando en las pinturas del Paraguay. La única novedad fue que Miguel se volvió muy cercano a François y Etienne. Especialmente a este último. Recuerdo que un día escuché que algo crujía a mis espaldas. Me di la vuelta y vi a Raffaele furioso, acababa de romper un pincel con sus manos al ver a Miguel y Etienne riendo juntos.
—Se han hecho amigos desde que fuimos a la taberna —le dije para tranquilizarlo.
—Tú no conoces a Miguel. Le está coqueteando. El muy maldito es peor que la mujer de Oseas.
—No exageres.
Me burlé de sus celos para que olvidara el asunto, aunque sospeché que Miguel se estaba cobrando la infidelidad de Raffaele de una manera infantil y efectiva. Suerte que Etienne no tenía idea de nada y sus ojos solían ir tras una de las sirvientas del palacio llamada Evangeline.
Más de una semana después, poco antes de que los frescos estuvieran terminados, Maurice pudo volver a caminar perfectamente. Para celebrarlo lo primero que hizo fue montar a caballo, a pesar de que el doctor le había advertido que no se esforzará demasiado.
Se dedicó a apostar carreras con Miguel en los jardines. Raffaele los contemplaba desde las escaleras del palacio, mordiendo angustiado su pañuelo. Cuando me reuní con él, me burlé de su aprehensión acusándolo de ser peor que una gallina clueca. Pronto me di cuenta de que había razones para temer.
Maurice había hecho colocar varias sillas como obstáculos para saltar. Al verle volar sobre aquel animal no pude reprimir un grito. Mi voz fue opacada por la de Raffaele quien se levantó de un salto y corrió a poner fin a aquel intento de tragedia.
—¡Detente Maurice, vas a terminar con todos los huesos rotos!
—Deja de gritar, casi espantas a mi caballo —contestó fastidiado.
—Es suficiente ejercicio por hoy. Aún no te has recuperado por completo. Tienes que ser cuidadoso.
—¡Ya no soy un niño!— declaró furioso y azuzó a su caballo para marcharse a galope rodeando el palacio.
—Ya lo has ofendido—se quejó Miguel acercándose sobre su animal.
—Sólo quiero evitar una tragedia —se defendió Raffaele tomando las riendas del caballo.
—No entiendes a Maurice. Lo mortificas cuando te preocupas tanto por él. Quiere que lo consideres alguien capaz. Desde niño te ha admirado y ha querido ser como tú.
—¿Te burlas de mí?
—Hablo en serio. Cuando conocí a Maurice en España, no paraba de hablar de lo grande, fuerte y hábil que le parecía su primo Raffaele. Tú eras su ideal.
—Bueno, es cierto que antes me admiraba mucho. De pequeños éramos inseparables y, después de marcharse a España, cada vez que lo visitaba no tenía ojos sino para mí. ¡Era tan lindo!
—Y tú un engreído —agregó el español con malicia.
—Pero igual te enamoraste de mí —susurró Raffaele con picardía.
—Lamentablemente —Miguel se inclinó y lo besó.
—Entonces, ¿Maurice ha hecho esta carrera para impresionar a Raffaele?—pregunté queriendo hacerles notar que no estaban solos, mientras miraba a todos lados temiendo que alguien los viera.
—Creo que lo ha hecho para impresionarte a ti, Vassili —dijo Miguel sonriendo—. Voy a alcanzarlo.
Se marchó a galope dejándonos a los dos ensimismados. Por mi parte, me causó cierto rubor pensar que Maurice quisiera impresionarme. Aunque lo más probable es que estuviera aburrido y deseando desquitarse por tantos días condenado a usar muletas.  
—Quiero volver a ser el ideal de Maurice —suspiró Raffaele—. Sé que lo he decepcionado de muchas formas.
—Bien sabes que no es así.
—Me ha perdonado por ser un miserable, pero eso no quita el hecho de que me considera como tal.
—¿Y qué vas a hacer?
—¡Voy a reconquistar a mi pelirrojo salvaje!
—Mejor termina de reconquistar a tu ninfa de acero.
—Bonita manera de llamar a Miguel. Se lo diré cuando vuelva.
—¡Oh, no por favor! No quiero que me corte la cabeza.
Nos reímos un rato y luego él se marchó a París por algo urgente que se le acababa de ocurrir. Yo maté el tiempo leyendo en mi habitación hasta que Maurice regresó. Su humor había mejorado. Se recostó junto a mí en el sillón en el que me encontraba.
—¡Estoy cansado! —exclamó contento mientras se quitaba las botas llenas de polvo.
—¿Te has divertido?—pregunté quitándole hojas del cabello y sacudiendo el polvo de su blusa y pantalón.
—¡Le he ganado a Miguel!
—Bien hecho. ¿Te recompensó? —Me miró como si no entendiera, así que aproveché para besarlo. Se quedó rígido—. ¿No te gusta mi recompensa?
—Es una recompensa peligrosa...
—Nada de eso. Es un simple gesto de cariño entre dos amigos que se desean en secreto —respondí guiñando un ojo con picardía.
—¡No tienes remedio! —Se levantó, tomó sus botas y salió. Podría jurar que sonreía de oreja a oreja.
Raffaele regresó en la noche trayendo una caja grande y alargada. La colocó en la mesa en la que solíamos jugar a las cartas, en uno de los salones de la primera planta.
—Maurice, recordé que no te he regalado nada por tu cumpleaños—dijo muy solemne— así que te he comprado algo que seguramente te gustará.
—¿Cumpleaños?— pregunté dándome cuenta de que no sabía el día en que Maurice había nacido.
—Fue hace meses —murmuró Miguel tranquilizándome.
—¿Qué te traes entre manos? —gruñó Maurice suspicaz—. Si has metido una serpiente ahí dentro, te la haré tragar.
—¡Abre la maldita caja de una vez! —ordenó Raffaele.
—¡No! ¡Ábrela tú si quieres!
—De acuerdo. Se ve que los jesuitas no te han enseñado a ser obediente y agradecido —refunfuñó mientras quitaban la tapa y dejaba a la vista un juego de armas bellamente decorado.
Maurice se quedó sin palabras. Luego aplaudió y tomó el mosquete para revisarlo con la habilidad de un experto. Hizo lo mismo con las dos pistolas que lo acompañaban. Lo que siguió fue una larga conversación entre los tres primos sobre las virtudes de aquellas armas. Yo no tenía idea de que el tema fuera tan extenso, así que me limitaba a contemplar sus rostros felices.
Raffaele propuso salir unos días de cacería para qué su primo pudiera darle buen uso a sus nuevos juguetes. Todos aceptamos, menos Miguel porque había recibido una carta de su madre pidiéndole encontrarse con él.
—¡En esta casa no vuelve a poner un pie! —sentenció Raffaele —Y tú no deberías verla después de que se atrevió a abofetearte.
—Dice que está muy arrepentida. Quiere que vaya a pasar unos días con ella en casa de Sophie.
Nos resignamos a no contar con él para la jornada de cacería y continuamos haciendo planes. Maurice estaba muy entusiasmado. Yo no le encontraba ninguna gracia a semejante actividad pero, con tal de complacerle, estaba dispuesto a pasar incomodidades.
Al día siguiente, Raffaele cambió mis planes.
—Por favor, Vassili, inventa una excusa para no ir con nosotros de cacería. Quiero pasar tiempo a solas con Maurice.
—De ninguna manera.
—Te pagaré una noche con Sora. Por favor, sólo quiero que vuelva a verme como un hermano mayor.
Aunque la idea de dejarlos solos despertaba mis celos, no podía dudar de la sinceridad de Raffaele.
—De acuerdo, pero pagarás por tres noches en el Palacio de los Placeres. Y nada de tocar, besar o dormir en la misma cama con Maurice. Sabré si lo has hecho porque él no miente. Y como te propases con él, voy a seducir a Miguel en venganza.
—Miguel nunca te hará caso —respondió encogiéndose de hombros.
—No lo creas. Se ve muy necesitado y ya sabes de qué son capaces los hombres necesitados
—¡Eres un...!
Me alegré de que por una vez perdiera los estribos. Al final aceptó todas mis condiciones. Maurice ni siquiera se inmutó al saber que ya no le acompañaría. Estaba tan entusiasmado con sus nuevas armas que no prestaba atención a nada más.
Acordaron pasar tres días en el refugio del bosque. Aproveché mi abandono para visitar a Sora y dormir a gusto durante todo el día. Quería evitar a la vieja Agnes, quien insistía en mirarme como un huésped indeseable cuando me encontraba solo. Mi mayor temor era que se presentara madame Severine y me echara. Por suerte la abadesa debió estar ocupada y no me importunó con su presencia.
El segundo día me levanté a la hora del almuerzo. Pedí que me lo trajeran a mi habitación para no soportar a la vieja Agnes recriminarme con la mirada cada bocado. Luego, escribí en mi cuaderno de apuntes las últimas novedades de la semana. Y continúe mi lectura. Todo indicaba que sería un día tranquilo hasta que escuché que tocaban el piano. Me alegré porque significaba que alguno de los primos había regresado. Supuse que se trataba de Miguel.
Al acercarme al salón noté que la pieza era interpretada con torpeza. Entonces creí que se trataba de un sirviente o de un fantasma. De pronto lo que se escuchó fue un estruendo disonante. Apure el paso y encontré a Miguel descargando sus puños contra las teclas. Estaba llorando y tenía la ropa mal arreglada.
—¿Qué haces Miguel? —No respondió, continuó como si hubiera perdido la razón.
Lo sujeté de los brazos y lo alejé del piano. Le hablé y no parecía escuchar. Entonces lo sacudí y le grité. Al fin me miró, volvió a ser consciente y se echó a llorar desesperado.
—¿Qué te pasa?
—¡Córtalas! —suplicó mostrándome sus manos —¡Corta las vendas, me hacen mucho daño!
No entendí a que se refería hasta que le quité uno de sus guantes y descubrí que toda su mano estaba vendada, incluso cada dedo. Las vendas estaban tan apretadas apenas podía mover las manos.
—¡¿Estás herido?!
—¡Córtalas por favor!
Me fue imposible deshacer los nudos. Me pidió que le ayudara a llegar a su habitación, donde tenía unas tijeras. Cuando puse mi mano sobre su espalda, se quejó de dolor. También caminaba con dificultad. Seguí insistiendo en preguntarle si se encontraba herido, pero él lo único que quería era deshacerse de los vendajes.
Al entrar en su habitación, está se encontraba en perfecto orden porque Miguel tenía varios días sin usarla. Le ayudé a sentarse en su cama y busqué las tijeras en el sitio que me indicó.
Yo no paraba de hacer preguntas que él no tenía fuerzas para responder. Cuando corté los nudos y las vendas cayeron de una de sus manos, descubrí algo terrible, algo que nunca olvidaré ni perdonaré.
La fina mano de Miguel estaba llena de cicatrices. No eran recientes y la mayoría parecían ser de quemaduras hechas con una delgada barra ardiente, también había señales de cortes.
—¿Qué te ha pasado?
—¡Por favor, corta estas también! —insistió mostrando su otra mano. Me apresuré en quitar las vendas y la encontré en el mismo estado.
—¿Qué te ha pasado?—repetí—. ¿Por qué tienes así las manos?
—¡Vassili, por favor, quítame todas las vendas! —suplicó mientras se deshacía de su casaca, chupa y camisa, para mostrarme su torso vendado.
Me asusté. Las vendas también estaban apretadas, supuse que Miguel había sufrido una verdadera agonía. No hice más preguntas y corté los malditos nudos que parecían estar hechos con saña. Noté además que había sangre en las partes que cubrían su espalda.
El horror me dominó cuando retiré todos los vendajes. Miguel tenía cubierta su espalda por marcas de latigazos recientes y cicatrices de quemaduras más antiguas. Alguien lo había torturado varias veces.
—¡¿Quién…?!— exclamé escandalizado y furioso. Él se limitó a llorar ocultando su rostro. Una imagen vino a mi mente y no tuve dudas—. ¡Ha sido tu madre!
Él no respondió. Se recostó en la cama y se encogió abrazándose a sí mismo. Yo estallé en maldiciones contra madame Pauline y decidí tomar acción.
—Enviaré a buscar a Raffaele y a Maurice, haremos pagar a esa mujer por lo que te ha hecho.
—¡No, por favor!—gritó levantándose de un salto y sujetando mi mano para detenerme—. Ellos no deben saber de esto. Sobre todo Raffaele no debe saberlo.
—No puedes ocultarle algo así. Tu madre se ha sobrepasado, lo que ha hecho es un crimen.
—¡Tío Philippe lo ordenó! ¡Él fue quien mandó a castigarme antes, cuando supo que era amante de su hijo! Raffaele no debe saberlo...
Mi mente fue una marejada de confusión. No pude articular nada coherente. Él continuó intentando convencerme de que guardara el secreto.
Se veía desesperado, destruido. Otra imagen nueva, quizá la más verdadera de aquel hombre que hasta ese momento apenas apreciaba. Tuve la impresión de estar ante una puerta y que si la abría no iba a conseguir volver a cerrarla. Al otro lado me esperaba Miguel con todos sus misterios desvelados. La cuestión estaba en si yo quería conocerlo, si soportaría otra historia triste, otra desgracia...
Verlo tan sólo, porque realmente lo estaba, me decidió a dar un paso hacia él y pedirle que me explicara todo. Miguel titubeó, entonces volví a amenazarlo con buscar a sus primos. Se colocó la camisa y se sentó en la cama. Yo llevé una silla ante él y me dispuse a escucharle.
Cada palabra fue como una rama llena de espinas que salía de él para envolverme y atravesarme a mí. Quedé completamente cubierto por oscuras y afiladas zarzas, tal y como Miguel llevaba años atrapado. Desde entonces he deseado hacerle libre y feliz, aun sabiendo que ese papel nunca me ha correspondido.
Una vez que compartí su dolor, no pude dejar de sentir la necesidad de salvarlo, de borrar sus cicatrices y limpiar sus lágrimas. Miguel, mi hermoso Miguel, espero haber sido al menos un buen amigo. Tú lo fuiste para mí, sin duda.
Maurice fue mi vida, Raffaele mi cómplice, Sora mi amante y tú fuiste mi mejor amigo. Te quiero y nada hará menguar ese sentimiento, como sé que en tú corazón siempre voy a tener un refugio. Nuestra historia está ligada desde aquellos días en los que te conocí tal cuál eres y esos lazos nunca se romperán.   







Parte III
Tal y como yo había intuido, Madame Pauline era la culpable de sus heridas. La mujer lo había hecho azotar por unos sirvientes en casa de Sophie, como castigo por ponerse de parte de Raffaele durante su último altercado.
Su hermana había presenciado y colaborado en su tortura. Era la primera vez que lo hacía. Ella y Miguel solían llevarse bien pero, en cuanto su madre le reveló la relación que este mantenía con Raffaele, Sophie se volvió en su contra y puso sus sirvientes a disposición de Madame Pauline.
—A los latigazos siguieron las vendas, mi madre las hizo apretar tanto que me dolía todo el cuerpo —confesó Miguel agotado—. Mientras me las iban colocando, ella no paraba de decir que me amaba y que me trataba así por mi bien. Creí que iba a volverme loco.
Las cicatrices antiguas eran el recuerdo de una tortura más terrible, una que ocurrió años atrás, poco después de aquella desgraciada noche en que Raffaele lo forzó. Miguel visitó a su madre en su Villa y la encontró colérica gracias a una carta de su tío Philippe, en la que le había revelado la relación que sostenían los dos primos.
El Duque lo acusaba de haber seducido y corrompido a Raffaele,  exigía que lo comprometieran en matrimonio de inmediato, y que se le castigara de tal manera que no se atreviera a buscar a de nuevo a su hijo.
Miguel se vio atrapado por cuatro desconocidos, bajo las órdenes de su madre, quienes lo llevaron a una casucha en medio del campo donde nadie podía escuchar sus gritos. También en esa ocasión lo azotaron hasta hacerlo sangrar. Después lo dejaron solo toda la noche, atado a una columna como otro Cristo sufriente.
Al día siguiente, el ensañamiento aumentó. Encendieron brasas y su misma madre le marcó la espalda colocándole varias veces una barra de acero al rojo vivo, mientras le advertía que le haría algo peor si  buscaba a Raffaele de nuevo.
Volvieron a dejarle solo durante horas. Cuando un sirviente le llevó algo de comer, lo encontró agonizando. Buscaron un médico que le atendiera y éste amenazó con informar al Duque de Meriño, quien estaba en Madrid ignorante de toda la situación.
Madame Pauline se moderó. Volvió a llevar a su hijo a su Villa, dejó que atendieran sus heridas y se comportó como una madre dulce y abnegada cuidándole todo el tiempo.
Una vez que recobró las fuerzas, Miguel la acusó de estar loca y quiso marcharse a Madrid. La mujer volvió a llamar a los cuatro desconocidos, hizo que lo sujetaran y le azotó las manos ella misma. Él continuó protestando y amenazándola con contarle todo a su padre. Ella respondió quemando sus manos tal y como había hecho con su espalda.
Miguel pasó días atrapado en aquella habitación, siendo torturado una y otra vez para que aceptara guardar silencio ante su padre. Nunca cedió. Terminó sufriendo una terrible fiebre a causa de sus heridas infectadas. Esta vez su madre llamó a un nuevo doctor, uno cuya conciencia podía ser silenciada por el dinero.
Al mejorar de la fiebre y recuperar el conocimiento, encontró a su padre junto a él. Había viajado desde Madrid al enterarse de que estaba en cama. Trató de decirle lo que había ocurrido, pero Don Miguel de Meriño creyó que deliraba. Su esposa y el doctor le habían contado que un grupo de gitanos eran los responsables de su estado.
Aquel hombre, que en la Corte siempre se mostraba astuto y diligente, recorrió con un grupo de soldados los alrededores de su Villa hasta encontrar a los supuestos criminales: una familia de gitanos que habían cometido el error de instalarse sin permiso en sus tierras. Todos los hombres fueron fusilados, ante sus mujeres y sus hijos, sin que mediara un juicio. Murieron jurando su inocencia y el Duque los consideró escoria por ser incapaces de reconocer sus fechorías.
Miguel no podía dar crédito a lo que escuchaba de labios de su padre, mientras su madre le acariciaba el rostro susurrándole que ahora todo estaba bien. Entendió hasta dónde podía llegar la mujer que le había traído al mundo y conoció el terror absoluto.
Pero ella no estaba sola, y eso se lo hizo saber cuando su padre se ausentó de la habitación. Su tío Philippe la apoyaba y estaba dispuesto a hacer cosas peores si Miguel no aceptaba su compromiso y se alejaba de Raffaele. Madame Pauline también lo manipuló llenándolo de temores acerca de lo que haría su propio padre si llegaba a enterarse de su amorío.
Miguel temió perder la razón al volver con sus padres a Madrid. Su madre se mostraba muy cariñosa con él y contaba a todo el mundo que había sufrido una agonía al verle herido, aparentando ser la mujer más frágil y bondadosa sobre la tierra. Su único desahogo consistió en escribir cartas interminables a Maurice y a Raffaele, cartas que terminaba arrojando al fuego porque no había manera de enviarlas sin que la terrible mujer se enterara.
Ni siquiera su medio hermano Martín, el hijo bastardo que su padre engendró mucho antes de casarse, podía ayudarle. Madame Pauline lo odiaba y él solía viajar a la Villa cuando ella se encontraba en Madrid. Miguel pidió a su padre que lo hiciera volver, pero este se negó para evitar enojar a su esposa.
Tuvo que soportar resignado que su matrimonio con la linda Condesa María Luisa de Torres y Guzmán fuera fijado para ese mismo año. Al enterarse de que Raffaele asistiría a la celebración, puso todas sus esperanzas en él, sabía que no iba a soportar verle casado y esperaba que lo rescatara. Soñó muchas veces viéndolo aparecer ante él, para pedirle perdón y llevarle lejos.
Su corazón se hizo pedazos cuando finalmente se encontraron, el mismo día de su boda, y las primeras palabras que le escuchó pronunciar fueron "Enhorabuena Miguel", mientras le regalaba una sonrisa semejante a la que mostraba el Duque Philippe junto a él.
Miguel comprendió entonces que Raffaele había elegido obedecer a su padre y abandonarlo definitivamente. Todo el dolor de la noche en que lo tomó a la fuerza volvió a él, como una corriente de aire frío y putrefacto, envenenándole hasta oscurecerle el alma. Aquel día su amor se tornó en odio y con una bofetada selló la amarga separación del hombre que amaba.
Su padre le pidió explicaciones por semejante agresión contra su primo, su madre fingió escándalo y todos los invitados murmuraron. Raffaele disimuló diciendo que se merecía aquel golpe por haberle dicho a Miguel una insolencia al oído.
Fue la última vez que hablaron y durante años no volvieron a verse. Hasta que Maurice fue arrestado en el Paraguay y llevado a España, entonces los dos se vieron obligados reunirse y trabajar juntos para encontrarlo y sacarlo de prisión.
—Si Raffaele me hubiera pedido perdón aquella misma noche, o si lo hubiera hecho el día de mi boda, le habría perdonado en el acto porque lo amaba más que mí mismo. Pero el maldito dijo “Enhorabuena”—Golpeó la cama lleno de rabia—. ¡Después del infierno que yo había pasado, dijo “Enhorabuena”!
—Él no sabía lo que te habían hecho tu tío y tu madre. Aún no lo sabe. Cree que cambiaste por lo que él te hizo.
—¡Por supuesto que cambié por eso! ¡Y aún más por lo que me hicieron mi madre y su padre! —gritó agitándose, luego perdió todo su aplomo y se abrazó a sí mismo—. Las personas que más debían amarme me han destrozado, ni siquiera sé cómo vivir con eso…
Miguel se convirtió en un desconocido para sí mismo desde el día de su boda. Pronunció sus votos nupciales como una venganza contra Raffaele, y con la misma intención fue al lecho con su joven y bella esposa. Tenía tanto odio dentro de sí, que decidió dejar su lugar en la Corte y pedir a Carlos III que le dejara cazar a todos los bandidos que pululaban en las noches madrileñas.
Se le conoció como un oficial cruel y eficaz. Por toda Madrid se hablaba con temor de él y de los hombres que comandaba. Llegaron a bautizarlos con el extraño apodo de “Las Espadas Sangrientas del Rey” porque no había noche en que su acero no terminara bañado por la sangre de un infeliz.
Su padre estaba orgulloso de él. Su madre empezó a temerle. Martín, medio-hermano, no dejaba de manifestar preocupación ante aquel cambio en su carácter. Decía que extrañaba la alegría, la amabilidad y la pasión por el arte que siempre le habían caracterizado.
En aquel tiempo, Miguel difícilmente podía considerarse a sí mismo un ser humano. Se sentía como la encarnación del resentimiento mientras deambulaba por las calles con una máscara de suficiencia.
Deseó muchas veces asesinar a su madre y a su tío por haberle deformado causándole aquellas horrendas cicatrices. También sintió deseos de sacarle el corazón a Raffaele por haber destrozado el suyo. Pero su verdadera intención era que, algún día, uno de los criminales a los que enfrentaba le hiciera el favor de terminar su agonía con una bala o una estocada certera.
Entonces nació su hijo. Un pequeño tan hermoso, indefenso y dulce que volvió a despertar su corazón. De nuevo fue capaz de experimentar amor y ternura, encontró algo de paz y recuperó su humanidad. Su padre quiso que llamara al niño Rodrigo, como el Cid campeador. Su vida le resultó soportable gracias a él.
Unos años después, dejaba a su amado hijo en Madrid para reunirse con sus primos. El mismo Miguel no podía creer las circunstancias que lo habían llevado hasta el Palacio de las Ninfas. Raffaele había puesto una única condición para aceptar casarse al fin con su prometida, que se le permitiera vivir un año con sus primos. El duque Philippe escribió al padre de Miguel para que lo enviara a Francia, usando como excusa que su compañía ayudaría a la completa recuperación de Maurice.
Miguel calificaba de incoherente el comportamiento de su tío. ¿Cómo podía aceptar que vivieran juntos después de haberlo hecho torturar para separarlos? ¿Acaso su madre le había mentido? El Duque nunca había mostrado animosidad contra él y la palabra de Madame Pauline no podía considerarse de valor.
Por otro lado, existía la posibilidad de los dos hermanos tuvieran caracteres similares, y su tío Philippe también fuera capaz de esconder su  malignidad tras dulces palabras. Mientras no encontrara pruebas de lo contrario, seguiría considerando como su peor enemigo al padre del hombre que amaba.
Temía lo que hicieran su tío y su madre si llegaban a enterarse de su reconciliación con Raffaele. También temía las caricias de este, porque le recordaban a esas otras que le hicieron tanto daño. Y no sabía cómo iba a reaccionar cuando descubriera sus cicatrices; si ya sabía de ellas o se ponía del lado de su padre, volvería a romperle el corazón.
Después de esforzarse durante horas contándome su historia, se quedó en silencio, cabizbajo, con el rostro oculto bajo su largo cabello. Lucía frágil y herido. Al fin tenía ante mí al Miguel sin máscaras y con todas sus cicatrices expuestas, tanto las de su cuerpo como las de su corazón.
No era más que escombros, cenizas, despojos del hombre que fue. El Miguel que conocieron Maurice y Raffaele desde su infancia ya no existía. Yo nunca podría conocerle. Y, como una cruel ironía, ellos tampoco sabían nada de este Miguel que se me había revelado.
—Quisiera hacer desaparecer las huellas que tanta crueldad ha dejado en ti y devolverte tu alegría —declaré sintiendo mis emociones desbordarse.
Abrí mis brazos y recogí los pedazos del pobre ser humano que yacía desamparado ante mí, deseando unirlos, recomponerlos y así sanarle. Miguel me rechazó al principio. Insistí. Se aferró a mí y lloró con amargura. No dije nada hasta que se calmó.
—Vamos a ver al doctor Daladier —le propuse.
—¡No, él le dirá a Maurice!
—No lo creo. Es un hombre que sabe guardar secretos. Y no tenemos opción, hay que curar tus heridas.
Tuve que insistir un poco más hasta que accedió. Lo ayudé a vestirse de nuevo y ordené que prepararan el carruaje. Partimos a París sin dar explicaciones a Agnes, quien pretendía merecerlas. La mujer me estaba llevando al límite mi paciencia.
El cochero nos condujo hasta la casa el doctor, una residencia modesta si se la comparaba con el Palacio de las Ninfas y la mansión de mi familia. El Conde Daladier solía usarla en las pocas ocasiones que visitaba París, prefería vivir con su esposa en una propiedad que poseían en Lyon. Los Daladier no eran muy ricos e importantes, pero vivían cómodamente.
—El señorito Claudie ya no vive aquí —nos informó uno de los sirvientes—. Los vecinos se quejaron de sus prácticas y su padre le ordenó mudarse al campo.   
El sirviente se ofreció a guiarnos hasta la nueva residencia de Daladier. Durante el camino no dejé de pensar en qué clase de cosas podría estar haciendo el doctor para ganarse semejante destierro.
Nos tomó otra hora llegar al lugar porque tuvimos que regresar sobre nuestros pasos, la nueva casa del doctor quedaba más cerca del Palacio de las Ninfas. Lamenté que el cochero no estuviera informado del cambio, habíamos perdido un tiempo valioso y Miguel se veía agotado. 
Al llegar, el sirviente nos hizo entrar y fue por toda la casa llamando a su amo. El lugar no era muy grande y apenas tenía los muebles necesarios. Miguel se derrumbó en uno de los sillones con la mirada ausente, haciendo que aumentara mi urgencia por encontrar a Daladier. Seguí al sirviente hasta el jardín y lo vi dirigirse a un desconocido que se encontraba trabajando en el jardín.
—¡Señorito! —exclamó el sirviente—. ¿Por qué no le dice al viejo Louis que se encargue de eso?
—Porque está viejo y no hace más que quejarse de su espalda —la voz era de Daladier.
—Debió traer más sirvientes con usted.
—¿Para que escriban a mis padres contándole todo lo que hago? ¡Ni hablar! —respondió insolente— El viejo Louis no sabe escribir así que con él no tendré problemas.
—Señorito, si usted se comportara de otra manera, no haría falta importunar a su padre.
—Suficiente Jean, dime a qué has venido o déjame trabajar.
—Dos caballeros lo están buscando. Vienen del Palacio de los Alençon.
—¡¿Maurice ha vuelto a enfermar?! —su tono dejaba ver una sincera preocupación.
Se dirigió hacia la casa y se encontró conmigo ante la puerta. Enseguida preguntó por Maurice. Yo titubeé un poco al responder porque no salía de mi sorpresa ante su aspecto. No llevaba la peluca blanca y lucía su cabello negro muy corto. Estaba en mangas de camisa, con las manos y los zapatos llenos de tierra. Nada que ver con el elegante Claudie Daladier al que estaba acostumbrado. Aunque había que reconocer también lucía más joven y atractivo.
Pronto me hizo espabilar urgiéndome a que le explicara el motivo de mi visita. Lo llevé ante Miguel. Daladier despidió a su sirviente y nos hizo pasar a otro salón que tenía bajo llave. Ahí pude ponerlo al tanto de todo.
—¡Imperdonable! —exclamó cuando vio la espalda y las manos de su paciente —. ¡Madame Pauline se ha extralimitado!
—¿Cómo ha sabido…? —exclamó Miguel sorprendido ya que no le habíamos dicho nada al respecto.
—Simple lógica —respondió al tiempo que comenzaba a limpiar sus heridas—. Bastó con mirar la expresión con la que ha dicho que alguien le ha herido, constatar que no ha sido la primera vez, recordar lo que Maurice me ha contado sobre la crueldad de tu madre y que el Padre Petisco me escribió advirtiéndome que tuviera cuidado con ella, cuando se enteró de que había venido a Francia.
—¡¿Conoce al Padre Petisco?! —Miguel no salía de su sombro.
—Desde niño. Su sobrina está casada con uno de mis primos más cercanos. Toda la familia lo aprecia mucho. Pasó una buena temporada en nuestra casa cuando volvió enfermo de las misiones hace muchos años. Fue entonces que se hizo amigo de tu tío y aceptó ser el tutor de Maurice.
En ese momento pensé que el Padre Petisco era un gran manipulador. Fue fácil concluir enseguida que él mismo había enviado a Daladier a cuidar de Maurice, después que lo sacaron de la prisión española. Y que seguía vigilando a su pupilo a través del doctor. Me sentí abrumado al pensar que ya podía haberse enterado de mi existencia y de mis aspiraciones.
—¿Dónde está el Padre Petisco? Me gustaría escribirle, también fue mi tutor —continuó preguntando Miguel.
—En Roma, por supuesto. Todos los Jesuitas se encuentran en los territorios del Papa, como una plaga de langostas, moviéndose por todas las parroquias y hospitales buscando qué hacer. Puede entregarme a mí su carta. Es muy importante que nadie sepa que ustedes mantienen contacto con él, por el bien de Maurice, ya sabe que nuestro rey no le agrada su olor ignaciano.
Daladier no era bueno mintiendo. Vaciló lo suficiente como para hacerme  sospechar que nos ocultaba el verdadero paradero del Padre Petisco. Surgió entonces mi mayor temor, que aquel hombre estuviera en Francia y que el día menos pensado iba a aparecer ante nosotros para llevarse a Maurice.  
Intenté sacarle la verdad al doctor sin que se diera cuenta, pero este evadió muy bien todas mis preguntas mañosas. Molesto me dediqué a pasear por la habitación poniendo atención en los frascos, libros y plantas que llenaban sus armarios.
El doctor siguió concentrado en tratar las heridas  de Miguel y no me prestó atención. Encontré abierta la puerta de otra estancia  y decidí aventurarme adentro. La curiosidad puede arrastrarnos hacia las peores experiencias y ese día lo comprobé plenamente.
Tras aquella puerta encontré una escena digna de un mal sueño. Los armarios estaban llenos de frascos enormes llenos de un liquido trasparente y de fuerte olor. Al abrir la cortina pude ver con claridad lo que flotaba dentro de los recipientes y tuve que cubrirme la boca para no gritar. Ahí estaban ojos, manos, cabezas, fetos de todos los tamaños, cerebros y entrañas de todo tipo, flotando silenciosos a mí alrededor.  
En la amplia mesa que se encontraba en el centro descubrí rastros de sangre. Comencé a marearme. Me di vuelta para salir y encontré a Daladier sonriéndome desde la puerta.
—¿Le interesa algo, Monsieur?
—¡¿Qué clase de carnicero es usted?!
—¿Carnicero? ¿Por qué me llama así? Aspiro a ser un buen médico y para eso debo conocer mejor que nadie cada parte de nuestro cuerpo. Y no me basta lo que hay en los libros porque sus autores pudieron olvidar algún detalle.
—¿Cómo consiguió todo lo que hay aquí? —pregunté alarmado.
—¿Por qué todo el mundo pregunta lo mismo? —dijo como si le hiciera gracia mi aprehensión— El asunto es simple, tengo un acuerdo con ciertos caballeros que me traen todos los cuerpos que están destinados a la fosa común. La mayoría eran pobres diablos que murieron en la calle.
—¿No me diga que lo que estaba enterrando en el jardín era un cuerpo?
—¿Cómo lo adivinó? —sonrió satisfecho— Maurice tiene razón, usted es muy inteligente e intuitivo.
—¡Oh Dios! —sentí que mis rodillas se doblaban. 
—¿Qué le pasa? No me diga que cree que enterré un cuerpo humano ¡Qué tontería! —soltó una carcajada—. Una vez que he tomado todo lo que necesito, los encargados se llevan los cadáveres a la fosa común.
—Entonces por qué dijo…
—Lo que entierro en mi jardín son restos de animales —tomó un frasco y me lo mostró, contenía un pequeño cerebro—. Para avanzar en mis estudios, tengo que comparar el cerebro humano con el cerebro de animales. Aunque también he tenido que enterrar algunos animales en los que he puesto a prueba mis medicinas. Todo lo que mate a un perro callejero puede matar a un ser humano.
—Ya veo por qué sus vecinos lo obligaron a dejar París —lo acusé molesto.
—¡Eso fue una total injusticia! —se quejó—. Lo único que hago es avanzar en el camino de la ciencia.  Sucede que soy un seguidor de los trabajos de  Thomas Willis, busco comprobar sus planteamientos y, con suerte, descubrir algo que él no pudo.
—Espero que sus macabros estudios le permitan ayudar a Miguel. Ya me estoy arrepintiendo de haberlo traído.
—Curar sus heridas es fácil —declaró confiado—. Hacer desaparecer sus cicatrices será más difícil. Tengo esperanzas de que cierto bálsamo que he desarrollado a base de plantas, y otras cosas que es mejor que usted ignore, tenga buen efecto.
—Eso espero. Y por favor, Maurice y Raffaele no puede saberlo.
—¿No? ¿Cómo piensan ocultárselo? Sobre todo a Raffaele, ya que él y Miguel son amantes.
—¿Cómo lo sabe? —el doctor no dejaba de sorprenderme y abrumarme.
—Maurice me lo contó.
—¡¿Cómo pudo contárselo?!
—Porque además de ser su médico, soy su amigo. Además él no sabe guardar secretos. También me contó del problemita que tiene con usted.
—No puedo creerlo… —me apoyé en la mesa, el mundo estaba daño muchas vueltas en ese momento.
—Me preguntó si había alguna manera de evitar sentirse muy estimulado cada vez que usted lo tocaba. Yo le dije que las erecciones son señal de buena salud y que lo viera como algo natural.  
Para ese momento yo no necesitaba un espejo para saber que mi rostro estaba carmesí, me bastaba con sentirlo quemándose. Daladier hablaba del asunto como si fuera algo simple. Creí que lo hacía para abochornarme, pero después, al conocerlo mejor, me di cuenta de que era igual a Maurice: incapaz de ver las reacciones que despertaban sus palabras en la gente y obsesionado con aquello que despertaba su interés. Por algo se habían hecho tan amigos en poco tiempo.
Como yo no soportaba continuar con aquella conversación, sugerí que volviéramos con Miguel. Él seguía recostado boca abajo sobre la mesa como le había dejado el doctor. El bálsamo que le había aplicado tenía un olor particular, agradecí que no apestara.
Acordamos con Daladier que volveríamos al día siguiente. Nos dio un frasco de bálsamo y recomendó que se lo aplicara varias veces al día sobre las cicatrices de sus manos. Insistió en que era necesario cambiar los vendajes todos los días, lo que iba a representar un problema cuando regresaran Maurice y Raffaele.
Yo estaba convencido de que debíamos contarles todo cuanto antes. Miguel insistía en no decirles nada y pensaba encargar a su sirviente Antonio de la tarea de curarlo, aunque la idea parecía causarle repugnancia.
Volvimos al palacio por la noche. Después de cenar, acompañé a Miguel a su habitación y lo ayudé  a cambiarse de ropa. No tardó mucho en dormirse. Me marché a mi habitación deseando imitarlo y descansar toda la noche pero, en el momento en que iba a echarme en la cama, recordé que había hecho una cita con Sora.
Estuve a punto de llorar. Pensé en cancelar el compromiso, pero  al imaginar lo herido que podría sentirse mi joven amante, me resigné  a visitarlo. Puse todo mi empeño en mostrarme animado ante él, lamentablemente me quedé dormido en sus brazos apenas ocupamos la cama.
Sora se sintió defraudado y a la mañana siguiente me lo hizo saber. Me limité a sonreír y suplicar su comprensión, juró cobrarse con creces la próxima vez por el ayuno que le había obligado a soportar.
Tendría que esperar varios días para eso, porque decidí no hacer cita para esa noche. Quería tomarme tiempo para convencer a Miguel de hablar con sus primos. Al llegar al palacio, fui directamente a su habitación. Estaba despierto pero continuaba en la cama. Se mostró muy agradecido por mi ayuda. Su sirviente llegó poco después para ayudarlo a vestirse. Acordamos encontrarnos en el jardín para desayunar.
Durante la comida, cuando no teníamos a nadie alrededor,  discutimos sobre toda la situación. Miguel insistía en guardar silencio, yo preveía que ocultarlo iba a ser imposible. Él volvió a mencionar la conveniencia de su regreso a España, cosa que a mi juicio no solucionaría nada.
Dimos un paseo por el jardín al terminar. Nos encontramos con Asmun, quien había regresado al palacio para traer las presas que cazaron Maurice y Raffaele. Al parecer los dos se encontraban muy entretenidos, incluso habían conseguido cazar un enorme ciervo. Todo indicaba que pensaban tomarse unos días más. Dadas las circunstancias, me alegré por eso.
Visitamos a Daladier y este recomendó que cambiáramos los vendajes también por la noche. Como la tarea tendría que realizarla yo, me ordenó poner atención a todo lo que hacía para repetirlo al pie de la letra.
El resto del día traté de animar a Miguel, quien parecía estar poseído por la tristeza. Apenas conseguí que en su lindo rostro se trazara una tenue sonrisa. Al llegar la noche, me dispuse a cambiar sus vendajes.
Dejamos que Antonio estuviera presente para que aprendiera a hacerlo,  pues iba a ser muy difícil que yo pudiera encargarme de eso cuando Raffaele y Maurice regresaran. Como siempre Miguel trató a su sirviente con desprecio.
El muchacho aguantó todo en silencio y con una mirada llena de resignación. Cuando nos quedamos solos, me atreví a pedirle a Miguel que tratara con menos severidad al pobre Antonio. Su respuesta no dejó lugar a replica.
—No le compadezcas. Te aseguro que tengo mis razones para tratarle así.
Por supuesto que pregunté cuáles eran esas razones y él se negó a responder.  Le vi tan obstinado en mantener silencio sobre tantas cosas, que lo reprendí.
—¿Qué ganas con llevar tú solo la carga? Si Antonio hizo algo reprochable, dímelo. Lo mismo con respecto a tu madre, si le cuentas a Raffaele y Maurice lo que te ha hecho, te ayudaran. ¿Acaso no te he servido de ayuda después de contármelo? Puedes estar seguro que ellos también van a querer protegerte.
—¿Y qué pasará si Raffaele vuelve a elegir a su padre antes que a mí? —dijo furioso mientras caminaba por su habitación para evitar verme a la cara— ¿Qué haré si lo defiende o excusa por lo que me hizo?
—Él nunca haría eso —asegure acercándome a Miguel—. Incluso temo que se vuelva contra su padre de una manera extrema. Cuando se trata de ti, Raffaele pierde completamente la cordura.
—Con más razón debo callarme. Tú no tienes idea de lo mucho que Raffaele ama a su padre, sufrirá si llega a saber lo que tío Philippe y mi madre me hicieron.
—¿Y crees que no va a sufrir si te marchas a España? —le sujeté y obligué a encararme—. Va a pensar que lo haces porque no le perdonas lo que te hizo.
—¿Y qué otra cosa puedo hacer?
—¡Confiar en el hombre que amas!
—¡No puedo! —se echó a llorar—. Después de lo que hizo, no puedo. No tengo el valor... 
—¿Entonces vas a dejar que tu madre y tu tío destruyan todo lo que tenías con Raffaele? Sólo de pensarlo me siento colérico.
—¡Raffaele lo destruyó todo la maldita noche en la que, en lugar de escapar conmigo, me violó y abandonó!
Su rostro lleno de dolor y rabia, su gritó cargado de una convicción absoluta, la verdad innegable de sus palabras, todo me golpeó y dejó sin  fuerzas para decir algo más. Miguel tenía razón, las personas que más debían amarlo, le habían destruido. Lo solté y dejé que se alejara.
Sentí que todo estaba perdido. Volví a ocupar mi silla junto a su cama y me quedé en silencio cabizbajo. Él se quedó de pie por unos minutos y luego se sentó en la cama y extendió sus manos frente a mí.
—Termina lo que empezaste—me ordenó.
Sonreí ante su manera infantil de terminar una discusión incomoda. Tomé el frasco de bálsamo y comencé a cubrir su piel. Los dos permanecimos en silencio hasta que él comenzó a llorar de nuevo.   Sostuve sus manos en silencio, sabía que mis palabras eran inútiles.
—Mi madre alguna vez me amo, Vassili —dijo al fin—. Cuando yo era niño, ella solía ser muy cariñosa con Sophie y conmigo por igual.
—Bueno, así deben ser todas las madres.
—No lo sé. Tía Thérese no lo fue con Maurice y la madre de Raffaele… Bueno, ella hizo algo terrible al final.
—He oído sobre eso.
—Mi madre empezó a odiarme desde que comencé a vestirme como hombre, cuando mi tío y mi padre la presionaron para que dejara de tratarme como si fuera niña.
—No veo por qué tenía que odiarte por eso. Eres un hombre después de todo. Ella no tenía derecho tratarte como mujer.
—No… en realidad era yo el que quería usar vestidos. Ella sólo me consentía. Pero después comenzó a tratarme con severidad porque ya no era su muñeca. Si yo hubiera nacido mujer, quizá ella nunca me hubiera hecho daño. Y nadie se hubiera opuesto  a que estuviera junto a Raffaele. 
—¿Qué ganas pensando de esa forma? —le reclamé queriendo hacerlo reaccionar, temí que estuviera hundiéndose en la desesperación otra vez.
—Cada vez que me pregunto por qué tenía que pasarme todo esto, me doy cuenta de que ha sido mi culpa. No debí enamorarme de Raffaele, no debía pedirle que escapara conmigo, no debí…
—Que tonto eres Miguel. Tú no tienes culpa de nada. Tú madre está loca y por eso te ha tratado así. Raffaele es un imbécil que perdió el control esa noche y ahora pasará toda la vida pagando las consecuencias. Tú eres la victima aquí, no el culpable.
—¿Y acaso no es peor sentirse víctima de ellos? A veces no puedo reprimir tanto dolor, miedo y odio. Por más que lo intento, no puedo dejar de temblar cuando Raffaele me toca. Y ante mi madre me paralizo sólo con escucharla pronunciar mi nombre.
—Ojalá pudiera ayudarte... —Me levanté y lo abracé, realmente quería protegerlo. Él no se resistió.
—Gracias Vassili —dijo con dulzura—. Maurice tiene razón, eres muy cálido, algo que en nuestra familia echamos de menos.
—¿Eso ha dicho?—me alejé para verle a la cara. 
—¡Ah, no te sonrojes como un tonto enamorado!—se burló.
—Es inevitable, estoy enamorado como un tonto —volví a sentarme para continuar cubriendo sus manos con el bálsamo.
—Espero que un día te corresponda y los dos tengan mejor suerte que Raffaele y yo. Pero lo tienen difícil mientras Maurice quiera seguir siendo jesuita.
—Yo esperare lo que sea necesario. Ahora que sé que me ama, aunque él no lo reconozca, nada me va a alejar de su lado.  
—Tienes que ser paciente, es la primera vez que Maurice se enamora y él no sabe nada de…
En ese preciso instante escuchamos una detonación. La cerradura de la puerta fue destrozada por un disparo. Me levanté en el acto y  me coloqué ante Miguel, protegiéndolo. Cuando vi a Raffaele abrir la puerta de una patada y entrar con una pistola en cada  mano, entendí que el que necesitaba protección era yo.
—¡Maldita serpiente! ¡Realmente te has atrevido a ponerle las manos encima a Miguel! —con dos zancadas estuvo frente a mí y apuntó una de sus armas a mi frente. Para ese momento yo ya había pasado de la sorpresa a la indignación.
—¡¿Me crees idiota?!—grité molesto.
—¡Te creo un maldito libertino capaz de follarte a cualquiera!
—¡Raffaele baja tu arma de inmediato!— gritó Maurice entrando a la carrera y colocándose entre nosotros. Me angustié.
—¡Quítate Maurice, este miserable se ha acostado con Miguel!
—¡¿Cómo te atreves a decir semejante cosa?! ¡¿Crees que me acostaría con otro como tú lo haces?!—exclamó furioso Miguel colocándose delante de Maurice, hasta ese momento se había mantenido escondido tras de mí.
Sus primos se quedaron mirándolo llenos de asombro.
—¿Miguel qué te ha pasado? ¿Porque tienes esos vendajes?—dijo al fin Maurice.
—¿Y qué te ha pasado en las manos? —agregó Raffaele mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
Miguel se dio cuenta de que sin querer había expuesto todo lo que quería ocultar. Intentó salir corriendo pero Raffaele arrojó la pistola descargada al suelo y le sujetó por un brazo. Maurice también ayudó a detener a su primo, quien forcejeó para escapar. Le quité la otra pistola de la mano a Raffaele con mucho cuidado y la coloqué sobre una de las sillas.
—Miguel es mejor que les cuentes todo —dije tratando de serenarlo—. Ya no tiene sentido ocultar la verdad.
—¡¿Qué verdad?! —gritó Raffaele angustiado— ¡¿Quién te ha herido de esa forma?!
—¡No…! —suplicó Miguel llorando mientras seguía intentando liberarse.
Raffaele lo abrazó y no le dejó moverse más. Miguel lloró, gritó, se sacudió como un animal, hasta que se quedó sin fuerzas.
La vieja Agnes entró y armó un escándalo por la  cerradura dañada y la extraña escena que estábamos dando. Raffaele amenazó con despedirla si no se marchaba y le encargó que nadie los interrumpiera. Ella desapareció de inmediato.
Yo sentía mi propio corazón herido al ver  a los tres  sufriendo. Les recomendé que recostaran a Miguel en la cama y me ofrecí a contarles todo lo que sabía.
—¡No te atrevas! —gritó Miguel recuperando el aplomo—. ¡No te lo perdonaré jamás!
—Entonces dínoslo tú —le pidió Maurice de esa manera tan dulce con que solía hablarle.
—Lo haré… si prometen no hacer nada.
—Eso depende de lo que digas… —respondió Raffaele que ya lucía dispuesto a cobrarse con sangre sus heridas.
—¡Júrame que no harás nada!
—Lo único que te juro es que, si no me lo dices ahora mismo, le sacaré la verdad a Vassili y luego le arrancaré el corazón a quien quiera que te haya hecho esto.
Los dos se miraron desafiándose el uno al otro. Temí que Miguel se empeñara todavía más en callar.
—Es mejor que lo cuentes todo o yo mismo lo haré —le advertí—. No importa si me odias por eso, lo haré porque es lo mejor para ti.
Miguel me miró furioso. Seguramente pensaba que yo había empeorado las cosas. Pidió a su primo que lo soltara, se acercó a la ventana y comenzó a hablar dándonos la espalda. A medida que iba relatando los hechos, Raffaele y Maurice demostraban estar sufriendo una verdadera tortura.
Me acerqué a Maurice para consolarlo, él recostó su frente en mi pecho. Lo abracé y sentí cómo temblaba mientras escuchaba. Yo mismo deseaba salir de ahí y no tener que pasar por aquel horror otra vez.
Miguel recreó el mismo relato que me había contado, omitiendo un único detalle: la intervención de su tío. Llegó a mentir señalando que él mismo había informado a su madre sobre su relación con Raffaele. Cuando terminó, sólo se escuchaba el llanto de sus primos.
—¡Es mi culpa! —declaró Raffaele cayendo de rodillas y golpeando el suelo con sus puños —. ¡Todo esto es mi culpa!
Siguió  maldiciéndose y maldiciendo a su tía sin atender los ruegos de Miguel, quien se arrodilló ante él y trató de sujetarle las manos. Maurice estaba tan destrozado como Raffaele, se cubrió los oídos y permaneció aferrado a mí, incapaz de dejar de llorar.
Mas los Alençon no suelen permanecer en tal estado por mucho tiempo. Todos en esa familia pasan del dolor al odio con gran facilidad. Quizá es algo común en todos los seres humanos, pero a nadie he visto secarse las lágrimas y tomar una pistola con tanta rapidez como a ellos.
Raffaele y Maurice reaccionaron igual, los dos estaban dispuestos a cobrarle a Madame Pauline todo el daño que le había hecho a su propio hijo. Fue muy difícil hacerlos entrar en razón y evitar que salieran armados hacia la casa de Sophie. La amenaza de Miguel de marcharse a España ese mismo día fue lo único que los contuvo.
—No voy a dejar las cosas así —aseguró Raffaele—. Le escribiré a mi padre y con su ayuda haré que tu madre terminé encerrada…
—¡No! ¡Deja fuera de esto a tu padre! —fue la respuesta desesperada de Miguel.
Viendo la manera en que estaban encaminándose las cosas, insistí en que lo más adecuado era aceptar la voluntad de Miguel.  
—Al fin y al cabo, él es quien debe decidir. Llevándole la contraria lo estás haciendo sufrir más —dije para convencer  a Raffaele.
Por fin me escuchó y se tranquilizó. Luego quiso hablar con el doctor Daladier. Miguel aceptó que lo acompañara a su casa. Maurice prefirió quedarse para dejarles tiempo a solas. Lo invité a caminar por los jardines para tranquilizarlo, estaba muy alterado por la tragedia de su primo.
Nos alejamos del palacio buscando un lugar en el que pudiera vernos ni oírnos. Terminamos sentados en la hierba tras unos arbustos. Ahí dejé que Maurice hablara cuanto quisiera, ventilando su indignación contra su tía y su angustia por Miguel. Yo temía que esos sentimientos acabaran por envenenarlo si no se liberaba de ellos de alguna manera.
También me preocupaba que todo el asunto terminara en un enfrentamiento con el Duque de Alençon. Maurice iba a llevarse una terrible decepción si resultaba ser cierto que el tío que tanto admiraba era cómplice de Madame Pauline.  Para ese momento verle sufrir me resultaba insoportable, prefería padecer yo en su lugar. Saber que lo único que podía hacer era escucharle y acompañarle me hacía maldecir mi propia incompetencia.
—Vassili, gracias por todo lo que has hecho por Miguel —dijo sorprendiéndome, como si rebatiera mis pensamientos apropósito.
—No he hecho nada —respondí confundido.
—Lo has salvado igual que antes me has salvado a mí de mis tinieblas —afirmó con una sonrisa capaz de hacerme creer en los ángeles.
—Exageras Maurice. No he hecho más que lo que dictaba el sentido común.
—Tú no reconoces tu propio valor. Eres como una bendición que Dios nos ha enviado.
—Soy lo más lejano a un enviado de Dios que puedas encontrar. De hecho, lo único a lo que me siento irremediablemente llamado es a hacerte el amor. ¿Crees que Dios me haya dado esa misión?
—No bromees de esa forma Vassili —me regañó.  
—No estoy bromeando. Deberías dar absoluta fe a mis palabras. Cada cosa que hago es buscando llevarte la cama.
—¿Incluso ayudar a Miguel?
—Por supuesto —quise quitarme de encima toda la angustia vivida  haciendo reír a Maurice—. Si Miguel sufre, tú también lo haces.  Además de hacerte el amor, también quiero hacerte feliz.
—Ya no sé si hablas en serio o si estás jugando como un tonto. Igual quiero agradecerte por todo lo que has hecho por nosotros.
—Me gustaría que además de expresar tu gratitud, me recompensaras —comencé a acercarme buscando besarle.
—Supongo que no puedo negarte una pequeña recompensa —sonrió con picardía y me besó.
Lo abracé y me recosté en la hierba atrayéndolo. Su cuerpo quedó sobre el mío. Al beso se sumaron las caricias y el roce de nuestros cuerpos. Maurice mostró de nuevo mucho ímpetu, convenciéndome de que el día en que diera rienda suelta a su pasión, iba a dejarme  muy satisfecho.
Desgraciadamente mi amigo tenía una gran capacidad para detenerse a tiempo, y así lo hizo en esa ocasión. Separó sus labios de los míos y me pidió que lo soltara. Obedecí resignado.
—Está comprobado que las recompensas son peligrosas —se lamentó cubriéndose el rostro avergonzado—. Temo que un día voy a perder el control. No debería volver a besarte.
—No te preocupes, yo nunca voy a dejar que faltes a tus votos —le aseguré con sinceridad—. A menos que quieras hacerlo, por supuesto. Te amo Maurice y prefiero esperar toda la vida a verte mortificado por la culpa.
Me miró impresionado. Luego me dio otro beso, más corto pero igual de intenso, que terminó con unas palabras inesperadas susurradas en mi oído con pasión.
—Vassili, si yo no fuera jesuita, con gusto pasaría el resto de mi vida a tu lado.
Se puso de pie y arregló su traje. Yo no pude decir nada y mucho menos moverme, estaba pasmado. Me dedicó una cándida sonrisa antes de dar media vuelta y marcharse.
Logré sentarme. Le vi alejarse caminando rápidamente hacia el palacio. A medida que se acercaba al edificio, tuve la impresión de estar ante una imagen ignominiosa. Imaginé el Palacio de las Ninfas rodeados de espinos oscuros que crecían hasta cubrirlo por completo. Sentí que aquel lugar, lleno de secretos, malos recuerdos y espectros, iba a tragarse a Maurice y ahogarlo en sus tinieblas.
Me levanté, corrí hasta alcanzarlo y le tomé de la mano deteniéndolo.
—¿Qué pasa? —preguntó preocupado—. ¿Te sientes bien?
—¡No importa cuánta oscuridad y dolor haya en tu familia, no voy a abandonarte nunca! —dije sin pensar, siguiendo el impulso más genuino de mi corazón.
—Lo sé —respondió sonriente—. Me lo has demostrado muchas veces.
Estrechó mi mano. Sonreí aliviado y le besé en la frente. Caminamos juntos hacia el palacio sin decirnos otra cosa. No hacía falta, nuestros corazones ya latían acompasados. Cualquier amenaza futura no me  atemorizaba, estaba convencido de que juntos éramos más fuertes que el destino y la fatalidad.


4 comentarios:

  1. Wow me fascina, ya espero el próximo capítulo, gracias! :D

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    1. Ya tienes la tercera parte de este capítulo. Espero que te guste

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  2. Bueno, pues después de mucho esperar por falta de tiempo me he leído el capítulo de una sentada. Muy emocionante, por cierto, y hace avanzar mucho el relato.
    Vassili está jugando un juego muy peligroso y era de esperar que le estallase en la cara. Su relación secreta con Raffaele y Sora sin duda va a traerle las peores consecuencias. Miguel al menos no parece muy dispuesto a tolerar sus trajines, pero a la vez parece que llegan a un entendimiento que, por lo que dejas caer, al final fraguará en verdadera amistad.
    Y luego está el daño que está haciéndole a Sora por su imprudencia. No es extraño que el pobre Sora acabe echándole en cara su proceder con semejante saña. Sora me inspira gran compasión y a la vez me da mucho miedo la tormenta que lleva dentro del corazón.
    Me intriga sobremanera la historia de Miguel, pero tendré que esperar...ainsss!!
    Muchas gracias por seguir publicando.
    Un cordial saludo.
    Ari

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    1. Muchas gracias por tu comentario. He publicado el final de este capítulo, ya puedes leer la historia de Miguel. http://engendrandoelamanecer.blogspot.com/2015/06/xvii-las-huellas-de-la-crueldad.html#parte3

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