XVII Equivocándome con Alevosía

Parte I

La vida en el palacio cambió de muchas maneras. Ahora, los cuatro podíamos estar juntos sin temer que, en cualquier momento, Miguel y Raffaele comenzaran otra batalla. Su guerra había terminado, aunque aún sufrían sus consecuencias. Miguel se mostraba como una persona muy diferente al soberbio joven que llegó de España. Si tuviera que definirlo en esos días, diría que era tímido.
Esta también era una falsa imagen, él estaba tratando de acostumbrarse a vivir sin vestir el atuendo de odio y amargura que había llevado encima durante años. Su verdadera personalidad saldría poco a poco a la luz, cuando se resolviera la extraña situación en la que se encontraba: no había perdonado a Raffaele, y aun así, se había reconciliado con él; una contradicción difícil de mantener a flote.
Los dos querían volver a ser amantes, pero el asunto no era fácil para ninguno de ellos. Raffaele extremaba su amabilidad con Miguel, y éste recibía cada gesto con una sensibilidad exacerbada. Se sonrojaba a cada rato. Los ojos se le llenaban de lágrimas por cualquier palabra o gesto de su antiguo amante, y si éste le tocaba, se estremecía como un animal asustado.



Sus primos y yo tratábamos de disimular, restando importancia a sus reacciones involuntarias para no hacerle sentir peor. Raffaele era quien llevaba la carga más pesada, teniendo que sonreír cuando seguramente deseaba maldecir o llorar ante cada fracaso.
Yo no me encontraba en mejor situación que él. Maurice evitaba verme a la cara o quedarse a solas conmigo. Prefería que Raffaele le ayudara cuando debía moverse de un sitio a otro, y por más que lo intentaba, no podía disimular su incomodidad ante mi cercanía.
Me sentía triste y herido. Sin embargo, procuraba mostrarme afable y hacerme el desentendido ante su rechazo, manteniéndome lo más posible a su lado, ignorando su desazón, fingiendo con una sonrisa que nos encontrábamos en buenos términos. Por supuesto, mis visitas a Sora se hicieron más frecuentes.
Una tarde Raffaele me invitó a cabalgar. Accedí agradecido de tener algo más para distraerme de mi infortunio. Llegamos al lago y dejamos a los caballos beber. Allí, terminó siendo él quien se desahogó.

—No me deja tocarlo —comentó con una sonrisa triste.
—¿Qué?
 —Miguel no deja que le toque. Apenas nos hemos besado… No me quejo, cada beso suyo es mejor que el mismísimo cielo. Pero si quiero algo más, se asusta de tal modo que lo dejo inmediatamente. Incluso usa la herida de Maurice como excusa y duerme en su habitación, pretendiendo cuidarle.
 Yo no sabía acerca de eso por no haber pasado las noches en el palacio. De más está decir que no me hizo ninguna gracia, pero no era momento para pensar en mis celos.
—Debes ser paciente, Raffaele, no es fácil olvidar lo que hiciste.
—Lo sé. Pero me duele como no puedes imaginar y tengo miedo.
—¿Miedo a que nunca te perdone?
—No... Miedo de volverme loco y forzarlo de nuevo.
—¡No puedes! —Lo sujeté del brazo y lo sacudí mientras subía el tono con cada frase— ¡De ninguna manera te atrevas hacerlo! ¡Perderás todo si lo haces!
—Lo sé —confesó, derrotado, sin apartar la vista del lago—. Por eso estoy asustado.
—Acompáñame esta noche a ver a Sora —dije como si hubiera encontrado la solución a su dilema—. Estoy seguro de que te hará sentir mejor.
—Quizá tengas razón... En verdad lo necesito.
Enviamos una nota al Palacio de los Placeres para informar sobre el cambio de planes. Cuando llegamos, Sora no se mostró nada contento con la presencia de Raffaele, y con sus maneras elegantes y su parca mordacidad, se lo hizo saber. Al principio, creímos que bromeaba, pero cuando siguió insistiendo en tratarlo como un invitado indeseado, el futuro duque de Alençon se indignó.
—¡No vine aquí para que un puto se crea con derechos a insultarme! ¡Me marcho!
Salió de la habitación dando un portazo. Sora ni siquiera se inmutó, yo fui tras Raffaele e intenté en vano convencerlo de regresar. Xiao Meng y madame Odette también intervinieron.
—Seguramente ha interpretado mal sus palabras, Monsieur —sugirió servil el eunuco, tratando de quitarle importancia al asunto—. Ya sabe que Sorata no domina bien su idioma.
—Basta con ver sus gestos de desdén para entender que el puto se cree el rey. Enséñenle su lugar antes de que se meta en problemas. Por mi parte, no le diré nada al Marqués, pero no pienso volver a poner un pie en este lugar.
—Raffaele, no exageres —intervine, alarmado—. Seguramente Sora se siente muy cansado para atendernos a los dos.
—Mi querido amigo, no te hagas el tonto. Lo que le pasa a Sora es simple: se ha enamorado de ti. Y eso es lo más idiota que puede hacer alguien de su condición. Si lo aprecias un poco, deberías hacerlo entrar en razón.
Ninguno replicó. Los tres quedamos sorprendidos de que se hubiera dado cuenta en tan poco tiempo. ¿Tan evidente resultaba?
—Ahora, madame —dijo, haciendo saltar a la mujer que se había quedado ensimismada—, consiga un carruaje que me lleve a París. Buscaré un mejor prostíbulo, uno en el que sepan cómo tratarme.
Aquellas palabras cargadas de veneno mortificaron terriblemente a Xiao Meng y a madame Odette. Ella salió con Raffaele rumbo a las caballerizas, mientras el eunuco entró intempestivamente en la habitación de Sora. Lo seguí, quería evitar que las cosas empeoraran.
—¿Te has vuelto loco, Sorata? —gritó, furioso, haciendo que el joven japonés se levantara de inmediato del sofá en el que se había tumbado displicente—. ¿Quieres volver a ser torturado? Entiende que no eres nadie. Incluso para este hombre lo único que representas es un cuerpo que usa cada vez que quiere.
Sora bajó la cabeza y se quedó en silencio, temblando de rabia. Su compañero de desgracias, quien le conocía mejor que nadie, continuó reprendiéndolo en su idioma. Al no obtener ninguna respuesta, levantó las manos al aire en gesto de impotencia, lanzó una exclamación ininteligible y salió de la habitación, no sin antes dedicarme una sentencia.
—Si le importa algo este muchacho, haga que entre en razón.
Las mismas palabras de Raffaele. Y dejaron la misma amargura. ¿Era una locura que Sora quisiera elegir con quién compartir la cama? Sí, porque él era mercancía que se vendía al mejor postor. Olvidar esto era arriesgarse a que el Marqués, su dueño, tomara represalias.
—Xiao Meng tiene razón y lo sabes —regañé a Sora con severidad, mientras ocupaba un sofá ante él—. Te has portado como un tonto con Raffaele. Trataré de convencerlo para que vuelva a venir, así podrás disculparte y complacerlo.
—No quería ver como otro hombre te toca... —murmuró—. No quiero verlo tocarte... nunca más.
—Fui yo quien lo invitó para animarle y porque he disfrutado mucho compartir la cama con los dos a la vez. Así que enójate conmigo si quieres, pero a él debes tratarlo bien, así como a todos tus clientes, porque ese es tu trabajo, Sora...
Pronunciar aquellas palabras me resultó tóxico, mas era la única forma de “hacerle entrar en razón”. Pensar en otra solución era intimidante. No quería darle más vueltas a la desgraciada situación del hermoso joven que me miraba con una tristeza infinita. Temía terminar dándome cuenta de que compartíamos el mismo deseo irrenunciable de amor y libertad que todo ser humano guarda en lo más íntimo de sí mismo, y enloquecer por la culpa.
Me dio la espalda y se cubrió el rostro con sus manos. Supuse que lloraba y me sentí tentado a levantarme para abrazarlo. No debía, tenía que hacerlo razonar y aceptar que no era diferente de las demás prostitutas que habitaban en el Palacio de los Placeres. No pude. Odiaba tratarlo de esa manera, así que simplemente me dispuse a huir.
—Te dejaré descansar. Vendré mañana con Raffaele, si es que logro convencerlo.
Antes de llegar a la puerta, los brazos de Sora me rodearon desde atrás.
—Por favor, Vassili, quédate —suplicó.
—No quiero seguir haciéndote llorar.
—No volveré a rechazar a Monsieur Raffaele, lo prometo. Pero, por favor, no me obligues a ver cómo otro hombre te toca. Eso no.
—Esos celos son una estupidez, un lujo que no puedes darte —me di la vuelta para encararlo—. ¿Te has puesto a pensar en que yo puedo tener una esposa e hijos, o incluso un amante?
—No los tienes —sonrió como un niño—. Me dijiste que tu padre te obligó a convertirte en un hombre que sirve a los dioses y no toma mujer.
—Pude haberte mentido o haber omitido detalles. De hecho, lo hice. No debes enamorarte de mí. —Ocultó su rostro en mi pecho y se aferró a mi casaca con más fuerza—. Es mejor que me vaya.
—No, por favor.
—Voy a terminar haciéndote daño...
—Prometo portarme bien... con todos. Por favor, no te vayas.
—Basta. Trataré de hacer que Raffaele vuelva y tú te encargarás de que olvide todo, haciéndolo pasar la mejor noche de su vida. Ahora, deja de lloriquear, Sora. Me gustas más cuando te muestras arrogante...
Sonrió con malicia y me besó de tal manera que terminé olvidando todo lo demás que pensaba decirle. Lo aferré con todas mis fuerzas cuando quiso terminar aquel subyugante contacto para alargar el deleite. Al separar nuestros labios, se colgó de mi cuello, mostrando una sonrisa triunfal.
—¿No pensabas marcharte?
—Es lo mejor, pero… ¡Al Diablo! ¿Vamos a olvidar todo esta noche! —rodeé su cintura con mis brazos y le guié hasta la cama.
—Sí, olvidemos todo —afirmó mientras me desnudaba.
—Todo…— repetí, ebrio de deseo.
Hacerle entrar en razón no se me daba bien. Prefería volverlo loco mientras le recorría el cuerpo con mis manos, midiendo cada palmo de su delicada piel, saboreando su cuello, su pecho, su vientre… hasta apoderarme, finalmente, de su sexo delicioso y siempre dispuesto a responder.
Por su parte, él era un maestro en el arte de nublar mis sentidos y convertirme en un ser poseído por la lujuria. La manera cómo me atrapaba entre sus piernas, su incondicional entrega en equilibrio con su fiero reclamo sobre mi cuerpo, y sobre todo, su inigualable manera de entrar en mí… no podía renunciar a eso
Aquella fue otra noche en la que lograba olvidar a Maurice mientras la lujuria me dominaba. Y en la que, de nuevo, sentía el vacío una vez que me saciaba. Pero Sora no sabía nada al respecto. Él terminaba feliz y satisfecho en mis brazos. Al menos, eso creía ver en su rostro.
No imaginaba el infierno que se desataba en su interior una vez que yo me marchaba. El daño que le producían las horas que separaban nuestros encuentros. El asco y la desesperación que reprimía mientras complacía a otros.
No lo imaginaba porque no quería hacerlo. Yo era peor que Raffaele, quien le gritaba en su cara que era un puto. O Xiao Meng, que le advertía que no podía aspirar a una vida diferente. Yo le enamoraba para luego dejarle atrás y volver a comprarle cuando se me antojaba. ¡Pobre muchacho, enamorado de un hipócrita tan vano como yo!
Volví al Palacio de las Ninfas al amanecer, como era mi costumbre. Pero, en lugar de dormir toda la mañana, tomé un baño y me vestí dispuesto a encarar el malhumor de Raffaele antes de que se le ocurriera hablar con el Marqués.
Lo encontré en el primer piso, en el despacho del duque, revisando distintos documentos. Pensé que la mejor manera de persuadirlo era contarle la historia de Sora y procurar despertar su simpatía.
—No te preocupes —respondió Raffaele cuando terminé de hablar—. Ya dije que no iba a tomar represalias contra tu puto.
—Podrías dejar de llamarlo así...
—Es lo que es. No quieras tapar el sol con un dedo. Y por cierto, vas a arruinar a tu padre si sigues visitándolo cada noche.
—¡Lo sé! —exclamé, echándome de mala manera en un sillón—. Me queda poco dinero. Si le pido más, va a querer saber en qué lo gasto tan rápido.
—No pienso prestarte.
—No te lo estoy pidiendo...
—Pero lo vas a hacer tarde o temprano porque, como insistes en demostrar, no tienes mesura cuando te aficionas a algo.
—Muchas gracias, me alegra saber el buen concepto que tienes de mí.
—Te propongo algo. Esta noche no vayas con Sora y quédate conmigo… jugando a las cartas.
—Ya he hecho una cita para esta noche. Podemos jugar antes de irme, así no te sentirás tan solo. Imagino que Miguel sigue sin dejar que lo toques.
—Somos un par de monjitas que caminan tomadas de la mano por el jardín —dijo, lanzando un suspiro resignado.
—Y para colmo, él usa guantes —me burlé.
—Así es, no he logrado que se los quite. Ha desarrollado manías muy extrañas en mi ausencia.
—Estoy seguro de que no ha sido por tu culpa...
—Por supuesto que sí, no trates de consolarme. Sé bien que he arruinado a Miguel. No me mires con esos lindos ojos compasivos, merezco que me desprecies.
—Yo no puedo ni quiero despreciarte.
—Gracias, Vassili. —Ladeó el rostro para que no viera que lo había conmovido—. No olvides que tienes una cita conmigo antes de ir a visitar a tu puto.
Sonreí ante su persistencia y fui en busca de Maurice. Se mostró incómodo y obligó a Miguel a quedarse con nosotros. Durante la comida, que fue en el jardín, los cuatro dimos un bonito espectáculo de palabras medidas y gestos muy cuidados, buscando evitar a toda costa mencionar cualquier cosa que sacara a colación temas inevitables.
Mi amigo seguía procurando no mirarme mientras hablábamos de cualquier tema sin importancia, aparentando con escaso éxito cierta normalidad entre nosotros. Mantener mi fachada de buen humor resultaba agotador.
El momento más desagradable de la tarde fue ver a Raffaele tomar a Maurice en sus brazos, para llevarlo al segundo piso. La serpiente de mis celos se agitó. Me espoleó, tentándome a robar aquel botín y reclamar aquel cuerpo que tanto deseaba. Cada día estaba más cerca de perder el control.
—Deja de mirarme como si yo fuera un criminal —reclamó Raffaele mientras jugábamos a las cartas, horas después—. El que ahora sea yo el favorito de Maurice es tú culpa por ponerle las manos encima.
—Cállate y reparte las cartas, o puedo buscar convertirme en el favorito de Miguel, con quien apuesto que hoy no hiciste ningún progreso.
Raffaele gruño y me lanzó las cartas. Nos encontrábamos en su habitación y ya atardecía. Miguel nos había acompañado por unas horas, hasta que fue a hacerle compañía a Maurice después de que el doctor Daladier se marchase.
—Está visto que nuestro juego consiste en ver quién se vuelve loco primero, si tú o yo. Supongo que depende de Miguel y Maurice, y de cuál de los dos sabe torturar mejor.
—Maurice, sin duda.
—Oh, Miguel tiene mucho arte, créeme. Te mira lleno de dulzura, y en cuanto das un paso hacia él, se aterroriza...
—Al menos te mira —me lamenté.
—Cierto. —Se rió—. ¡Pobre Vassili!
—Es mejor que me prepare para ver a Sora —declaré, molesto, lanzando las cartas a la mesa—. Este juego no me está ayudando.
—Aún es pronto. —Se levantó para acercarse a mí con gesto seductor—. Y además de vencerte en las cartas, quiero desquitarme por lo de anoche.
Me besó. ¡Ah, Los besos de Raffaele! Poseían un sabor, una textura, una unción, que los hacía irresistibles. Por supuesto, correspondí y nuestras bocas se deleitaron una en la otra por un buen rato, logrando que todo mi cuerpo empezara a quemarse.
—¿Para qué buscar en el Palacio de los Placeres lo que podemos tener aquí sin ningún costo? —susurró, derramando su aliento caliente sobre mis labios.
—¿Acaso quieres ser mi puto? —puse toda mi malicia en la pregunta.
—Pienso convertirte en el mío. —La fiera expresión que mostró aguijoneó aún más mi deseo.
Me levanté y le obligué a retroceder unos pasos para contemplar su rostro. Me gustaba, sin duda. Pero sabía que era un riesgo acostarme con él. No sólo por el mal recuerdo de nuestro primer encuentro, sino porque era el primo de Maurice, el amante de Miguel y los cuatro vivíamos bajo el mismo techo.
Pero… ¿Acaso ya no habíamos hecho más de lo confesable en compañía de Sora? ¿Qué importaba enredarme un poco más en la telaraña? ¿Qué importaba todo en comparación al deseo que me embriagaba?
—¡Al diablo con todo! —me dije mientras me abalanzaba sobre Raffaele, queriendo devorarle.
Los dos nos dejamos llevar por nuestro apetito. Nos redujimos a dos bocas tratando de mantenerse juntas, mientras nuestras manos luchaban por retirar la ropa que nos estorbaba.
Llegados al punto en que los dos nos encontramos desnudos en la cama, me di cuenta de que lo que seguía podía ser una pesadilla si no tomaba las riendas, así que puse en práctica todo lo que Sora me enseñó durante tantas noches.
Logré que Raffaele se quedara recostado de espaldas para sentarme sobre su vientre. Humedecí mis dedos con mi saliva y me preparé con cuidado, haciendo que se excitara con la espera.
Al darle la bienvenida a su miembro dentro de mí, le vi rendirse completamente bajo mi dominio y celebré mi victoria. Enlazamos nuestras manos para que yo pudiera apoyarme, y con cada movimiento, los dos fuimos alcanzando el placer deseado.
Él llegó primero, dejándome lleno de su esencia caliente. No lo dejé relajarse, me levanté, le hice darse vuelta, y luego de embadurnar mi entrepierna con su blanquecina semilla, entré en él desesperado por continuar disfrutando.
No se resistió, le gustaba tanto como a mí cuando Sora nos penetraba, sólo había que imitar su destreza. Debo decir que he sido un buen alumno y Raffaele pudo dar fe de eso. Aunque me hubiera gustado lograr alargar nuestro disfrute, aún no alcanzaba el nivel de mi maestro, terminé antes de lo deseado.
Nos quedamos abrazados por un rato, mientras recuperábamos el aliento. Después nos burlamos de nuestros desempeños, hasta que me di cuenta de que se hacía tarde y me levanté para marcharme.
—¿A dónde vas con tantas prisas? —inquirió.
—Hice una cita con Sora, ¿recuerdas?
—Te atreves a buscarlo después de estar conmigo… —señaló en tono jocoso— ¡Me siento ofendido! ¿Acaso no te he satisfecho?
—Ya te lo dije, no quiero herirlo.
—Lo vas a destrozar si dejas que se ilusione contigo, cuando estás enamorado de otro hombre.
—No tienes que decírmelo, lo sé muy bien. Pero dejarle plantado es cruel.
—Como quieras. Espero haberte dejado tan agotado que no puedas ponerte duro. Esa será mi venganza contra ese puto.
Solté una carcajada como única respuesta y me cuidé de decirle que hacía falta mucho más para agotarme. Después de vestirme, me acerqué para darle el adiós con un beso.
—No haré una cita para mañana. Podemos jugar a las cartas toda la noche, si quieres.
—Me encantaría. También quiero llevarte a un lugar por la tarde. Si es que puedes cabalgar mañana —agregó con un guiño.
—Me esforzaré —volví a besarlo y le mordí el labio para desquitarme de su broma.
—Entonces, mañana eres mío, Vassili. No lo olvides.
Estuve saboreando el último beso que me dio mientras pronunciaba esas palabras por mucho tiempo. Hasta que tuve frente a mí los ojos inquisitivos de Sora y me asusté ante su perspicacia.
—¿Te ha pasado algo bueno? —dijo, al poco de darme la bienvenida, con una sonrisa extraña.
—He ganado a Raffaele jugando a las cartas —me apresuré a decir, rogando por ser convincente.
—Bien hecho —celebró mientras me desvestía
Hice un gran esfuerzo por dejar atrás lo vivido esa tarde, mientras los labios de Sora se confundían con el sabor de los de Raffaele. El orgulloso heredero de los Alençon sí se tomó su venganza, pues no lograba concentrarme en el bello y delicado joven que me rodeaba con sus brazos, por estar rememorando la fuerza de los suyos.
Podría asegurar que Sora se dio cuenta de lo que había pasado, a pesar de que me cercioré de borrar todo rastro de Raffaele en mi cuerpo, porque se mostró más demandante que de costumbre. Incluso volvió a atarme a la cama para someterme a su capricho. Yo lo dejé hacer. Era fascinante verle luchar de esa forma por poseerme.
Yo había dominado a Raffaele en la cama, y ahora estaba a merced de Sora. El asunto tenía mucha gracia. Fue inevitable empezar a preguntarme cómo le gustaría aMaurice que le hiciera el amor. ¿Qué clase de expresiones mostraría ante mis caricias? ¿Qué actitud adoptaría cuando nuestros cuerpos desnudos buscaran poseerse el uno al otro?¿Qué podría pasar si lo lograba meterlo en la misma cama con Sora y éste nos hacía experimentar todos los colores del placer? Mi pasión creció más que nunca con este pensamiento. Al final, Sora quedó muy complacido y yo también, aunque con él posterior amargo vacío acentuado.
Cuando regresé al Palacio de las Ninfas, más tarde de lo acostumbrado por haberme quedado dormido, encontré al doctor Daladier en el corredor. Venía a examinar a Maurice. Me saludó con su educación acostumbrada, pero noté cierto retintín en sus palabras.
Se quedó a comer y me convencí de que sabía algo, porque no dejaba de reír por lo bajo cada vez que Maurice y yo intercambiábamos algunas frases. Molesto ante semejante posibilidad, encaré a mi amigo en su habitación en cuanto tuve oportunidad de estar a solas con él.
—¿Le contaste a Daladier que estoy enamorado de ti?
—No… —respondió, pasando del asombro a la vergüenza—. Le conté otras cosas.
—¿Qué cosas?
—Nada que quiera que sepas —murmuró, evasivo.
—¡¿Qué?! —Puede que mi rostro se tornara rojo incandescente y adquiriera una fiereza temible, porque Maurice se asustó y esto era raro en él. La mayoría de las veces no se fijaba en las reacciones que provocaban sus palabras o en las emociones que se reflejaban en el rostro de los demás. Solíamos bromear con que sufría una ceguera selectiva al respecto.
—Claudie es mi amigo —explicó, titubeando—, le conté cosas que prefiero guardarme...
—¿Ahora resulta que ni siquiera califico como tu amigo?
—¡Vassili, basta! —me reprendió, molesto—. Odio discutir contigo.
—Sé que es mi culpa que estemos así, pero te agradecería que ni siquiera mencionases mi nombre cuando hables con ese ególatra solapado de Daladier
Salí furioso y me dirigí a mi habitación. Después de recorrerla varias veces, tratando de calmarme, me cambié de ropa y busqué a Raffaele en las caballerizas, donde sabía que estaba esperando.
Cabalgar por los bosques de los Alençon me tranquilizó, aunque no tenía idea de hacia dónde nos dirigíamos. Me llevé una sorpresa cuando noté que habíamos rodeado el palacio y el inmenso jardín para ir a parar junto a la entrada principal de la propiedad. Raffaele se detuvo a unos metros de la elaborada reja, junto a una pequeña puerta en el muro.
Bajó del caballo y usó una vieja llave para abrirla. Luego, me invitó a seguirlo. Al traspasar me encontré con una calzada estrecha en medio de altos y hermosos álamos. Volvimos a montar y la recorrimos un buen rato, hasta que encontramos una curiosa edificación. Se trataba de una pequeña casa de planta hexagonal y muros elevados con grandes ventanales.
La rodeamos hasta llegar a su entrada, una puerta de madera a dos alas con relieves de filigranas muy delicadas. Frente a esta comenzaba otra calzada que llevaba a una elegante verja cubierta de enredaderas. Gracias a que tenía tupidos arbustos apostados a todo lo largo de su extensión no podía verse al otro lado excepto en el espacio que ocupaba una puerta de barrotes muy decorados que permitía el acceso al jardín principal. A través de ésta distinguí a varios metros la fuente con la estatua de las ninfas y al fin entendí  dónde me encontraba exactamente.
Al desmontar y atar el caballo a un arbusto, me acerqué para lograr ver mejor. Recordé que la fuente de las ninfas se ubicaba en medio de una encrucijada. Uno de sus caminos se dirigía hacia el lugar la casa a la que estaba a punto de entrar. El otro llevaba a la Iglesia, cuya alta torre siempre veía desde el palacio.
—¿Qué es este lugar? —pregunté a mi anfitrión cuando le vi abrir la puerta del pequeño edificio.
—Mi habitación de cristal —respondió con una sonrisa tan cándida que creí estar ante otra persona.


Parte II

—Un nombre muy pintoresco, tanto como “El Palacio de las Ninfas”. Supongo que le llamaste así por el exceso de ventanas.
—No fue por las ventanas, sino por el techo. Vamos, seguramente te gustará.
Se hizo a un lado para que yo entrara primero. Al atravesar la puerta, encontré una sola estancia, más grande que cualquier habitación del palacio. Lo primero que llamó mi atención de esta fue el exceso de luz; como si no fuera suficiente con las ventanas, en el centro del techo se encontraba una cristalera hexagonal. Un detalle que no había visto nunca en otro lugar.
También reparé en la escasez de muebles, apenas una cama grande, una cómoda, una mesa y algunas sillas. En la única pared sin ventanas, frente a la puerta, se enseñoreaba un enorme cuadro cubierto por un manto blanco.
—Hace años que no vengo aquí —comentó Raffaele mientras recorría el lugar con una gran sonrisa en su rostro—. Hice que Asmun y mis hombres la limpiaran. No quiero que la vieja Agnes se entere, para que este sea nuestro refugio.
—¿Por eso el largo rodeo?
—Toda precaución es poca. Agnes es difícil de engañar y se lo cuenta todo a la bruja de Severine.
Retiró el manto del cuadro revelando la imagen de una mujer pelirroja, tan hermosa que me  dejó sin aliento.
—Se parece mucho a Maurice —exclamé embelesado—. Pero no es madame Sophie.
—¡Qué bueno que las distingues! Es mi tía Sophie, a quien todos llamaban Petite. Es la única ninfa que no tenía el corazón enfermo, o al menos eso espero.
—¿Este lugar le pertenecía?
—No, esta es mi habitación. Mi padre la hizo construir porque, después de la muerte de mi madre, no quise volver a dormir en el palacio. El arquitecto tuvo que esforzarse para hacer realidad todos mis caprichos infantiles.
Imaginé a Raffaele de niño, destrozado después del suicidio de su madre, y al duque tratando de brindarle algo de consuelo. Sentí la tentación de preguntar si había presenciado aquel acto de locura, descarté la idea temiendo abrir heridas que seguramente no estaban cicatrizadas. Además, él se veía tan feliz en ese momento que no quería empañar su sonrisa.
—Mi tía Petite me cuidó —continuó diciendo con una expresión de nostalgia y cariño, mientras acariciaba con su mano la superficie del cuadro—. Pasaba todo el día conmigo, era un ángel de dulzura.  De no ser por ella, seguramente yo no habría sobrevivido a la pena y mi padre tampoco. Cuando murió, dos años después, sentí que estaba maldito, que toda la gente que amaba iba a morir y un día me quedaría solo. Creo que por eso estoy tan apegado a mi padre y a mis primos. Todo el tiempo tengo miedo de que les pase algo, en especial Maurice, quien tiene un gran talento para enfermar o sufrir accidentes.
—Me contó que tu abuelo quiso matarlo.
—¡No me recuerdes eso! El viejo degenerado aparentaba ser una persona decente la mayor parte del tiempo. Solía portarse muy bien conmigo, diciéndome que estaba orgulloso de mí y que yo sería un gran duque. Pero a Maurice no lo toleraba, cada vez que lo veía comenzaba a  gritarle que era un demonio. No me preguntes por qué, creo que odiaba a Théophane.
—También oí decir que tu abuelo abusaba de las jóvenes que servían en el palacio.
—Puedes creer todo lo que digan de él. Era un usurero, libertino, déspota y al final terminó completamente loco. Pero dejémoslo en el olvido.
Volvió a hablarme de su hermosa tía. La describió como la compañera de juegos que todo niño anhela; era fácil suponer que  la joven alcahueteó a su pequeño sobrino. Raffaele parecía transformarse en alguien más joven y libre de preocupaciones mientras compartía sus recuerdos y disfrutábamos los bocadillos que nos habían dejado en la mesa. Por desgracia, todas las anécdotas conducían al triste momento en que se extinguió la vida de aquella mujer maravillosa.
—Cuando ella enfermó, me enviaron a Nápoles con mis abuelos maternos. No volví a verla nunca más y creí que moriría de dolor. Tardé un tiempo en volver al Palacio de las Ninfas, para mí era un lugar maldito. Cuando al fin regresé, conocí a Maurice y fue como si algo de mi tía hubiera regresado de la tumba. Se le parecía tanto, con su cabello rojo y esa carita de ángel. Incluso con lo arisco que llegaba a ser algunas veces, me parecía un niño muy dulce.
—¿Qué edad tenía Maurice?
—Debía tener tres o cuatro años, aunque era muy pequeño y torpe. De hecho no hablaba cuando le conocí. Después no hubo manera de que se callara y no imaginas las palabras rebuscadas que usaba. Siempre ha sido un pequeño letrado y un salvaje indomable.  Mi tía Thérese no sabía cómo manejarlo y Théophane le alcahueteaba todo.  Mi padre era el único que lograba hacerlo comer apropiadamente o que se vistiera, porque había días en que no soportaba la ropa.
—Cuesta imaginar a Maurice así…
—Tía Thérese pensaba que estaba enfermo o endemoniado. Ella era algo obsesiva con la religión y esas cosas, veía el diablo en todas partes. Mi padre, en cambio, tenía la teoría de que Maurice padecía de un problema de sensibilidad,  que lo que para nosotros era un simple roce, mi pequeño primo lo sentía como un arañazo, un ligero ruido como un grito y la luz del día como un incendio. Por eso le permitía todas sus rarezas.
Escucharle hablar así del Duque de Alençon aumentaba mi deseo de conocerlo. Quería agradecerle por ser tan comprensivo con mi amado Maurice, en especial porque todo indicaba que Madame Thérese nunca lo entendió y me amargaba pensar en los maltratos que mi amigo tuvo que soportar de su propia madre.
—Al principio Maurice me tenía algo de miedo —acotó Raffaele riendo de sus propios recuerdos—, supongo que fui demasiado entusiasta. Estaba fascinado de su enorme parecido con mi tía. Cuando al fin gané su confianza, fuimos inseparables.
—Imagino que al conocer a Madame Sophie te llevaste la misma sorpresa.
—Sophie ha sido una caprichosa desde pequeña. No se parece en nada a mi tía. Maurice, en cambio, posee la misma candidez y no la ha perdido con los años.
Se quedó saboreando sus memorias al mismo tiempo que el vino que compartíamos. Mis celos se manifestaron buscando en sus palabras razones para continuar temiendo su relación con Maurice.
—Ya te lo he dicho, Vassili, amo a Maurice pero no en la misma forma en que amo Miguel. Yo soy la última persona de quien debes estar celoso —dijo como si adivinara mis pensamientos. Sus palabras no me convencieron. La manía que tenía de besarlo ante mis narices le quitaba toda veracidad—. Mi primo es como un ángel para mí. Cuando nos quedamos a solas, me habló de tal manera que me ayudó a perdonarme un poco a mí mismo. Sentí que me estaba dando permiso de respirar de nuevo.
—Me alegro por ti. Para mi desgracia, ese ángel ya no quiere verme cerca.
—No puedes culparlo. Le has dado un buen susto. Considérate afortunado de que no te ha echado del palacio. Significa que aún te considera su amigo.
—Comienzo a odiar esa palabra.
—Es mejor que nada. Ahora soy yo quien te recomienda paciencia.
—Gracias. Venir aquí me ha hecho sentir mejor.
—Pero yo no te traje aquí sólo para hablar. Y, como no eres tonto, supongo que lo has adivinado.
—Esa cama me lo ha sugerido muy sutilmente.
—Mi intención es disfrutar de tu compañía hasta mañana. Le dije a Maurice y a Miguel que pasaríamos la noche en casa de Bernard. Él mentirá por nosotros si se lo pido.
—Me halaga tanta preparación solo para que yo te haga morder las sábanas.
—Vassili, cuando te vuelves impertinente me dan más ganas de follarte.
Se levantó de la silla para acercarse a mí. Yo me levanté y lo evadí.
—No creas que va a ser tan simple. Además, esta habitación es tan extraña que no me siento nada cómodo.
—¿Qué?
—Es como si estuviéramos a la vista de todos.
—No digas tonterías, el lugar está rodeado de arbustos y enredaderas. Para que alguien nos viera, tendría que atravesar la verja que nos separa del jardín y está bajo llave. Si tanto te molesta puedo correr las cortinas, aunque sería una lástima por que...
Le besé para callarlo. Lo cierto era que yo quería tanto como él dejar de perder el tiempo y ocupar la cama. Empecé a desnudarlo poco a poco. Me arrodillé ante él y comencé a besar y lamer su miembro, aumentando su excitación hasta dejarlo completamente erecto. Entonces lo abarqué por completo dentro de mi boca, haciéndolo entrar y salir. Él luchaba por mantenerse de pie y aferraba mis cabellos sin control. 
Sus gemidos iban intensificándose. Le dejé y me levanté para desnudarme tentándolo con mi parsimonia. Si intentaba acercarse a mí, le regañaba. Indefenso, se cubrió la entrepierna con las manos, tratando de contenerse.
—Vassili, me estás matando —gimió.
Me limité a sonreír maliciosamente. Al terminar de desvestirme, me senté en la cama, abrí las piernas y le ofrecí mi miembro.
—Ahora, me gustaría que me devolvieras el favor.
Raffaele me miró perplejo y luego se burló.
—Si Maurice supiera cómo eres en realidad...
—Nada me gustaría más que hacérselo saber, pero no es tiempo de hablar sino de demostrar que esa boca tuya puede servir para algo más.
—Cuidado, puedo morderte...
—Oh,  te perderías todo lo que tengo pensado hacerte.
Me hizo una reverencia celebrando mis palabras y se inclinó ante mí. Debo decir que pensé que sería torpe cuando comenzó, grave error, en unos minutos me tenía jadeando y luchando por no derramarme en su boca.
—Basta Raffaele, me vas a...
—¿A dónde se fue toda tu impertinencia?—se mofó levantándose para encararme, mientras limpiaba su boca con el dorso de la mano.
—Sube a la cama y te mostraré dónde la guardo.
Obedeciendo en el acto, se acostó a lo largo. Yo fui en busca de mi casaca para sacar lo que guardaba en uno de los bolsillos.
—Lo he robado pensando en ti —anuncié mostrando un frasco de porcelana—. Espero que me lo agradezcas.
—No te preocupes, seguramente ya has pagado diez veces su valor con lo costoso que el Marqués vende a Sora.
—No quise pedírselo a Sora para evitar que preguntara con quién pensaba usarlo —murmuré con remordimiento.
—Debes decírselo. Me encantaría ver su cara cuando sepa que me he metido en tu culo sin su beneplácito.
—No seas cruel…
—Miren quién lo dice, el hombre que le va a destrozar el corazón al pobre chico...—lo silencié de nuevo con un beso. No necesitaba que me recordara mi hipocresía.
Mientras nos besábamos, llené mis dedos con el bálsamo y comencé a introducirlos en su entrada. El trataba inútilmente de no gemir. Yo sabía que había disfrutado la manera como Sora le había tomado cada noche que compartimos. También sabía que no debía dejarle pensar en Miguel o las cosas podían tornarse desagradables.
Ya había comprobado que existía una gran diferencia entre hacer el amor con Sora y hacerlo con él. En primer lugar, estaban las diferencias físicas. Raffaele era más alto y fuerte que yo. En segundo lugar, él era propenso a apresurarse más de lo deseado y perder el control. Sora me había hecho ver el sexo como un arte, un rápido desahogo nunca me dejaría satisfecho, así que, de nuevo, tendría que controlar por completo a mi compañero si quería sacar algún provecho.
Cuando creí que era suficiente la preparación comencé a lamerle el cuello y el pecho, acariciándole para que se relajara lo más posible. Le hice levantar las caderas colocando su pie derecho en mi hombro, buscando una posición cómoda para los dos. Jugué con su miembro entre mis manos hasta que logré que se estremeciera. Finalmente, volví a entretenerme con su entrada al mismo tiempo.
Cuando le vi totalmente mi merced, entré en él empujándome poco a poco. Me miró encendido de deseo mientras entraba y salía con una cadencia parsimoniosa, buscando hacerle sentir tanto placer como me daba. Se apretó contra mí, pidiendo más, y dejé atrás el autocontrol para empujar con frenesí, arrancándole gritos de placer.
Quiso tocarse y no lo dejé. Capturé su miembro y lo excité al mismo ritmo que lo tomaba. Cuando sentí en mi mano su semilla caliente y lo vi estremecerse vulnerable, me sentí triunfante. Entonces, arremetí con más ímpetu hasta que el latigazo de placer me dejó jadeando sobre él.
Salí de su cuerpo lentamente, en cuanto pude recuperarme. Estuvimos un rato en silencio, esperando recuperar el aliento. Luego, Raffaele se levantó para buscar una copa de vino para cada uno.
—Nada mal Monsieur —dijo ofreciéndome la bebida.
—Aún no hemos terminado.
—Eso espero, tengo grandes expectativas.
—Las complaceré todas, no te preocupes —Vacié mi copa de un trago y tomé la suya para colocar ambas en el suelo, junto a la cama.
—¡Que excelente puta eres!
—Mi querido Raffaele no te queda bien decir eso después de haber gritado como mujerzuela mientras te tomaba.
—No recuerdo haber hecho semejante cosa.
—Deja que te ayude hacer memoria.
Lo besé invitándolo a recostarse de nuevo. Poco a poco nuestros cuerpos fueron encendiéndose hasta que nos transformamos en dos  llamas queriendo fundirse.
—Déjame entrar en ti —me susurró cuando me vio con otras intenciones. Sonreí. Le entregué el frasco de bálsamo y me acosté boca abajo. El jugueteó con mi entrada metiendo sus dedos húmedos, guiándose por los sonidos que yo emitía.
—Adelante —dije cuando no pude más con la espera.
Me levantó las caderas, afinqué las rodillas y las manos, ofreciéndome. Él se contuvo y logró entrar con toda la delicadeza que era capaz, a pesar de su impetuosa personalidad.
Tenerle dentro, sin Sora que le controlara, me asustaba. Gradualmente, el placer que me propiciaba hizo que olvidara todo. Sus fieras arremetidas me arrancaban los gemidos más obscenos que había pronunciado. Si disminuía el ritmo, preocupado, lo regañaba, dándole más ímpetu. Raffaele era más torpe en comparación con Sora, pero eso tenía su encanto.
Cuando le sentí buscando mi miembro, le dejé hacer, agradecido de que aprendiera tan rápido. Me concentré en sentir y jadear, disfrutando cada minuto. Llegado el momento, me llenó de su semilla mientras lanzaba un grito. Descargó sobre mí su cuerpo por unos instantes; sentí su respiración entrecortada en mi oído. Retiró mi cabello y me besó en el cuello.
—Yo no he terminado —le advertí exigente.
—Lo sé —respondió con una risa colmada de malas intenciones—. Estoy esperando que me digas que eres mi puto.
—Mi querido amigo, temo que no has entendido tu situación —repliqué lleno de confianza.
—¿Qué dices? —Liberó mi cuerpo y me senté en la cama para encararlo.
—Eres tú el que me necesita.
—¿En serio? ¿Acaso no estás muriendo por follar?
—Yo tengo a Sora.
—Yo soy mejor que Sora.
—En la cama no…
—¡Qué descaro! Entonces me marcharé para que te folles a ti mismo con toda libertad.
—Ni siquiera lo intentes —le amenacé poniendo mis manos en sus hombros, al tiempo que acercaba mi boca a la suya y le empujaba para que se recostara—. No he terminado contigo.
—Pues a menos de que me hagas ver el cielo, no te perdonaré tu ofensa —bromeó correspondiéndome.
—Puedo garantizar que terminarás satisfecho.
Por un buen rato, nuestras bocas se fundieron mientras nos rozábamos por todos lados. Después le hice darse vuelta y empecé a lamer su entrada.
—¡Eso es lo que hacen las putas! —exclamó impertinente—. Sigue así.
—Y así es como se trata a las putas que olvidan su  lugar —Lo penetré sin consideración alguna, arrancándole un juramento.
—Es mejor dejar este juego —gruñó adolorido.
—¿Quién lo comenzó?
—Si mi memoria no falla, tú.
Solté una carcajada al darme cuenta de que tenía razón.
—Entonces deja que me disculpe llevándote al cielo prometido.
Me concentré en lograr la fricción que nos diera a los dos el placer deseado. Pero tenía serios problemas para no perder el control y disfrutar todo lo posible del fuerte y vigoroso cuerpo que se rendía ante mí. Ninguno de los dos dijo otra cosa, sólo jadeos entrecortados hasta que alcancé el orgasmo y lancé una exclamación. Él quedó rendido, inmóvil, bañado en sudor tanto como yo, tratando de recuperar el aire.
Un poco después, yacíamos de espaldas mientras contemplábamos la cristalera, completamente agotados.
—Vassili,  no eres malo en la cama —celebró agradecido.
—Eso ya lo sé. Tú has mejorado un poco.
—¡Cretino!
—¿Acaso quieres que te mienta?
—Podrías ser más amable y humilde…
—La humildad es la verdad, según Santa Teresa de Jesús.
—¡Oh, calla! No metas al abate en la cama —Nos reímos un buen rato como dos tontos—. Lo cierto es que quiero que volvamos a hacerlo otro día.
—Eso me gustaría también —afirmé acariciando su pecho con el dorso de mi mano.
—Así puedes olvidarte de Sora.
—Eso sería cruel.
—En realidad, sería lo mejor para él.
—Y para ti… —le acusé golpeándole en el brazo.
—No voy a negar que tengo un interés muy egoísta en el asunto.
—No te preocupes, puedo complacerlos a los dos.
—Vaya, ya hablas como un puto…
—No empieces de nuevo con ese juego…
—Ya no es un juego, es una propuesta. Vassili, quiero ser tu puto y quiero que tú seas el mío.  
Me besó y, como única respuesta, dejé que sus labios y su lengua hicieran lo que quisieran. No era mala idea tener a Raffaele para mi disfrute, pero no podía dejar a Sora sabiendo lo que sentía por mí.
Aunque confieso que estaba tentado a hacerlo. Con Raffaele las cosas resultaban más fáciles, no existía una carga de sentimientos inoportunos de por medio, cada uno había dejado claro que estaba usando al otro.
Esto debía pasar con Sora también, pero él se había enamorado de mí y yo me sentía responsable. En aquella habitación de cristal, en cambio, era libre de entregarme al placer sin pensar en ninguna consecuencia. Aquella tarde, continuamos complaciéndonos el uno al otro hasta que nos rendimos al cansancio y el sueño nos envolvió. Mientras esperaba dormirme, sentí de nuevo el vacío. ¡Qué gran decepción! No había logrado escapar de esa sensación amarga.
Maldije por lo bajo y me concentré en los colores cambiantes del cielo del atardecer que dejaba ver la cristalera del techo. Al rato, vi a Raffaele sentarse y suspirar molesto.
—¿Qué pasa?— pregunté preocupado.
—No puedo dejar de pensar en Miguel —contestó con un tono que revelaba frustración.
—Es inevitable, yo también termino siempre pensando en Maurice. Deseando estar con él en lugar de…
—¡Nos vamos a volver locos!
—Eso temo —respondí sintiendo que mis propias palabras me herían.
Volvió a recostarse. Se cubrió el rostro con la almohada pero no consiguió ocultar del todo sus sollozos. Yo no tenía ganas de llorar, no estaba triste sino enojado e inmensamente frustrado por la repugnancia que provocaba en Maurice. Lo que siguió fue una larga y oscura noche.
Nuestro regreso al palacio no despertó sospechas gracias a las preparaciones previas de Raffaele. Maurice incluso preguntó por Bernard, mi compañero de fechoría le mintió derrochando tanto descaro como destreza. Aunque, mi querido amigo era por naturaleza muy confiado y cualquiera con la mitad del talento de su primo podía engañarlo. Excepto yo. Siempre sentía que él podía saber cuándo le mentía y por eso me mortificaba mucho hacerlo.
Miguel era todo lo contrario, se mostraba suspicaz siempre.  Y en aquella ocasión, sus bellos ojos azules parecían estar leyendo el engaño en nuestros rostros. Sin embargo, no dijo nada.
Los días continuaron con la misma asfixiante rutina, en la que yo trataba de hallar el valor para encarar a Maurice y preguntar si ya nunca volvería confiar en mí, tal y como su actitud distante parecía decir.
Ni los encuentros con Raffaele y Sora lograban calmar el dolor. Apenas me aliviaban por unas horas para luego sumirme más profundamente en la frustración. A pesar de esto, seguí buscando la ocasión para escapar con uno, y contando las monedas para estar con el otro, a quien por cierto empecé a visitar con menos frecuencia.
La frustración es mala compañía de los celos. Los alimenta hasta darles una fuerza incontenible. Yo era un barril de pólvora expuesto a que cualquier chispa me hiciera explotar. Curiosamente esa chispa fue, sin querer, Raffaele.
Resultó que el pie de Maurice no mejoró rápidamente, quizá porque mi amigo era mal paciente y a cada rato olvidaba que no debía caminar. Daladier había hecho fabricar unas muletas a su medida para que fuera de un sitio a otro, puesto que quedarse quieto era un suplicio para él. Pero subir las escaleras resultaba una gran molestia, por lo que Raffaele seguía llevándolo en sus brazos cuando quería ir de un piso a otro.
Empecé a notar en Maurice reacciones que despertaron mis peores sospechas: se sonrojaba, sonreía nervioso y parecía claramente abochornado cuando su primo lo tomaba en sus brazos. Al principio pensé que se debía a su complejo por la diferencia de altura entre ellos, molestia que siempre se traslucía cuando se comparaba con aquel gigante. Pero, lentamente, la serpiente de los celos fue susurrándome al oído otra historia.
¿Podría ser que Maurice sintiera algo inconfesable por Raffaele? Éste siempre se mostraba empalagoso y seductor con él, incluso delante de Miguel. Y la historia que tenían juntos no era un detalle sin importancia. La sangre empezó a hervir dentro de mí y las sonrisas que intercambiaban durante el día los dos primos, empezaban a parecerme emponzoñadas con una secreta pasión.
Incluso llegué rechazar una invitación a “cabalgar” de Raffaele y comencé a mostrarme de mal humor con todos. Cuando encontré la ocasión para estar a solas con Maurice, estallé en acusaciones contra él.
—¿Qué sientes cuando Raffaele te toca? —le solté mientras cerraba la puerta de su habitación.
—¿A qué viene eso? —su rostro mostró todos los matices de la confusión y nada de culpa. Aun así, seguí con mi absurdo interrogatorio.
—¿Estás enamorado de Raffaele? —pregunté sin rodeos. Él se quedó un momento en silencio luego abrió los ojos y la boca sorprendido.
—¿Qué dices?
—He visto cómo te sonrojas cuando te abraza. ¿Acaso Raffaele te hace sentir algo? ¿Recuerdas lo que hicieron cuando eran niños?
Maurice cambió de expresión. Bajó la cabeza y en su voz adoptó un tinte de vergüenza.
—Eso es inevitable, a veces lo recuerdo… pero no veo para qué quieres saber…
—¿Y cuándo yo te toco? ¿Qué sientes cuándo yo te toco?
—¿Qué? ¿A dónde quieres llegar, Vassili?
—Él te gusta. No lo niegues. ¡Estás enamorado de Raffaele! ¡Lo has estado siempre!
—¡Estás loco! —chilló molesto— Esta conversación no tiene sentido.
Me dio la espalda y se dirigió a su habitación secreta. Yo me abalancé sobre él y lo arrojé a su cama. Una de sus muletas cayó al suelo, la otra se la arrebaté y la lancé a un lado. Luego lo obligué a quedarse acostado sujetándolo con fuerza por los hombros.
—Yo no puedo tocarte pero él sí. Vi cómo se besaron, cómo corriste hacia la muerte para salvarlo cuando Miguel le apuntaba. ¡Reconócelo, estás enamorado de Raffaele…!
—¡No, él es como un hermano!
—¡Los hermanos no se revuelcan en la cama como ustedes lo hicieron!
—¡Lo has interpretado todo mal! Éramos niños…
—¡Estoy harto!
Abrí su blusa y le besé. Él se resistió y lo aprisioné con más fuerza, llegué incluso a morderle el labio. Cuando lo dejé respirar, me miró horrorizado.
—Por favor, Vassili, detente… —suplicó.
—¡No puedo más! A mí me rechazas mientras a Raffaele le dejas hacer lo que quiera.
—Eso no es cierto…
—¡Fuiste suyo, maldita sea! Voy a borrar su rastro de tu cuerpo, voy a hacerte mío aunque no quieras. ¡Ah, pero si en realidad lo estas deseando!
Puse mi mano en su entrepierna dura. Él se estremeció y arqueó su espalda en un espasmo involuntario. Abrí su calzón con tanta fuerza que los botones saltaron. Finalmente iba a poseerlo.
—Te lo ruego, detente…  —le escuché gemir en medio del llanto que le embargó.
Ahí estaba el hombre que yo amaba, sometido a mi voluntad por la fuerza, llorando incapaz de liberarse. Sus dos esmeraldas anegadas empezaban a cambiar de color, su cuerpo temblaba impotente y sus labios adoptaron el sabor salado de las lágrimas. Sus primos estaban camino a los bosques, los sirvientes en la planta baja entretenidos en sus labores, nadie lo iba a auxiliar si gritaba. Ni siquiera pedía ayuda, se limitaba a suplicar. Podía hacerlo mío, nada me lo impedía.
No. Ese no era el Maurice que yo amaba. Lo recordé aquel primer día en la habitación soleada de la Villa Gaucourt, como un muchacho que con cortés indiferencia me daba la bienvenida. Luego aquella sonrisa con la que me deslumbró agradecido por mi compañía en la agobiante fiesta que su padre organizó. Le vi luego radiante ante la ventana inundada con el amanecer, en mi Villa, cuando yo no era más que un borracho arruinado.
Todas esas sonrisas, todas esas palabras, todos esos gestos.  Su  brillantez, su convicción, su valentía, su exquisita amabilidad, su diáfana sinceridad, su amistad capaz de dar la vida… Definitivamente, el hombre que yo amaba no era el infeliz que estaba a punto de crear, sino alguien  lleno de grandeza que yo quería ver crecer aún más. 
Entonces, vino a mí la imagen de Miguel llorando desesperado, la de Raffaele cargado de culpa y odio hacia sí mismo y mi propia voz declarando la frase lapidaria: “Perderás todo si lo haces”. Fue como si aquello se transformara en una ola que me arrasó llevándose lejos mis celos irracionales y mi oscura lujuria para dejarme desnudo y paralizado.
No podía empujar a Maurice hacia el abismo. Entendí que lo que más deseaba era verle sonreír ante mi presencia, saber que yo le hacía feliz. Poseerle de forma violenta y vil era todo lo contrario al amor.
Clavé mis uñas en la cama aferrándome a ella mientras lograba recuperar el control. La erección de Maurice rozando la mía no me ayudaba. Me esforcé por alejarme un poco. Él se había cubierto el rostro y seguía llorando y suplicando. Cuando iba a tomar impulso para levantarme, pronunció una palabra, un susurro pidiendo auxilio que se sintió como un sablazo en mi pecho.
—Raffaele…
Salté de la cama asustado. ¡No era posible! ¿Acaso Maurice amaba realmente a su primo? ¿Eran esos sus verdaderos sentimientos? ¿Por qué Raffaele de entre todas las personas?
—Realmente le amas —le acusé.
—No, Vassili. Le he llamado sin querer. Entiende que es como mi hermano y siempre me ha ayudado. Estoy tan asustado que… —volvió a cubrir su rostro y lloró desesperado— ¿Por qué todo se ha complicado tanto entre nosotros, Vassili?
Yo lo asustaba. Había defraudado su confianza. Ya nunca vería su sonrisa. No había esperanza de que me amara algún día. Con esto envenenándome, salí de la habitación y le dejé allí, con su corazón  hecho pedazos.



Parte III

En el corredor me di cuenta de que no sabía qué hacer. Estuve estancado por un momento, sin ser capaz de decidir hacia dónde ir. Y, como si las cosas no estuvieran ya bastante difíciles, Raffaele apareció de repente por las escaleras.

 —¿Qué ha pasado? —me preguntó angustiado— ¿Le ha ocurrido algo a Maurice?

—Pregúntaselo a él mismo… —respondí con mi voz cargada de toda la oscuridad que llevaba dentro, y una tormenta de preguntas levantándose en mi cabeza.

Él entró corriendo a la habitación. Enseguida vi aparecer a Miguel, quien se había quedado rezagado.  Estaba tan preocupado como Raffaele.

—¿Por qué han vuelto? —lo interrogué—. ¿Acaso han escuchado a Maurice…?

—Yo no escuché nada. Nos encontrábamos en las caballerizas dispuestos a salir, de repente Raffaele echó a correr diciendo que algo malo le ocurría a Maurice.

—¿Hablas en serio…?

—No es la primera vez que tiene ese tipo de presentimientos, y siempre acierta. Dime, ¿qué ha pasado? ¿Es grave? ¡Vassili, responde…!

—Ve a verlo tú mismo.

Miguel no esperó un segundo más para ir en busca de sus primos. Yo me marché a mi habitación. Me tendí en la cama con la certeza de que Raffaele se presentaría en cualquier momento para romperme la cara. 

Mis predicciones fueron confirmadas. Poco después le tenía frente a mí, pero no estaba furioso, sino preocupado.

—¿Qué has hecho?

—No iba a forzarlo —respondí desafiante—. No soy como tú.

En lugar de golpearme, como yo esperaba, dio un paso atrás sorprendido. Luego su expresión se tornó muy triste y se acercó a mí.

—Maurice sólo ha dicho que estuvo a punto de faltar a sus votos. Se echó la culpa de todo. Pero has sido tú, ¿verdad? ¿Perdiste el control?

Me senté y me quedé mirándolo perplejo. ¿Maurice no me había acusado? ¿Se hacía responsable de todo? ¡No! Aquello me hizo sentir aún más miserable porque vi que en el fondo me alegraba y que en mi mente ya empezaba a cavilar el siguiente paso para conquistarlo. Mi propia mezquindad me espantó.

Miguel entró antes de que yo lograra aclarar mis pensamientos. Lucía furioso y no se midió en el tono con que me increpó.

—Vassili, ¿tienes idea de lo que estás haciendo? Maurice hizo votos y no quiere romperlos. Si sigues insistiendo, un día cederá y entonces no va a poder con la culpa. Ahora mismo está desesperado.

—Miguel, déjalo —intervino Raffaele tratando de calmarlo—. Ahora mismo no te va a escuchar. ¿No ves cómo está?
—Pero es que tiene que entender. Vassili, tú no conoces a Maurice tanto como nosotros. Él es diferente a todo el mundo. No puede ser desleal, nunca lo ha sido. No quiere faltar a sus votos y lo que siente por ti lo atormenta.

—¿Lo que siente por mí lo atormenta? ¡Ya lo sé! ¡Yo le repugno! ¡Y ahora mismo debe odiarme!

—¿De dónde has sacado eso? —Miguel lucía legítimamente consternado—. Él no pudo decirte algo así. De hecho, es todo lo contrario. Por eso tiene miedo a faltar a sus votos, debes que dejar de provocarlo.

En ese momento no entendí nada. Yo sabía lo que había hecho, pero Raffaele y Miguel al parecer no tenían idea. Su actitud iba a cambiar en el momento que descubrieran que había estado a punto de forzar a su primo, eso lo sabía bien. Todo se iba a caer a pedazos.

—Está visto que no puedo vivir bajo el mismo techo que Maurice —declaré poniéndome de pie dispuesto a salir.

—¿A dónde vas? —preguntó Raffaele tratando de detenerme.

—¡Al mismo infierno! —grité apartándolo y apresurándome para dejarle atrás.

Unos minutos después estaba en los establos, exigiendo que me ensillaran un caballo. Salí del palacio sin rumbo fijo, pero con una sola idea en la cabeza: sumergirme en el alcohol hasta que ya no pudiera sentir ni pensar más.

Conocía pocos sitios en París en los que se pudiera beber hasta morir en paz. En mi vida pasada,  como abate, no solía visitar semejantes lugares. Terminé en la taberna Corinto, dónde compré una botella y me marché para no encontrarme con François y Etienne. Después me encaminé al único lugar donde solía encontrar algo de alivio.

Ya caía la noche cuando llegué al Palacio de los Placeres. Los porteros me dejaron atravesar la verja gracias a que les llené las manos de monedas. A Xiao Meng no le hizo ninguna gracia verme llegar sin previa cita y con la insolencia que caracteriza a quien ya ha vaciado una botella entera de buen vino.

Sora estaba con otro cliente, así que me ocultaron en la habitación de Madame Odette para evitar que alguien me viera y lo informara al Marqués en su próxima visita. Presentarse sin avisar estaba completamente contra las reglas de aquel lugar. 

Yo no estaba en mis cabales y me quejé hasta que Xiao Meng amenazó con echarme. Entonces exigí que me sirvieran el mejor vino y me dejaran solo. No sé cuántas botellas vacié, recuerdo que Madame Odette no dejaba de suplicarme y que el eunuco sentenció que si moría por exceso de alcohol iba a arrojar mi cuerpo en las cloacas de París.

No me importó, no me importaba nada más que olvidar que era un ser humano y que había destruido todo lo que me daba sentido a mi vida, mi relación con Maurice.

Cuando Sora apareció, después de dejar agotado y dichoso a algún maldito, lo que encontró fue un borracho que ya no podía mantenerse sentado en la silla. Quiso que me recostara en la cama y durmiera, pero yo insistí en seguir bebiendo. Intenté hacerle sentarse en mi regazo para besarlo, me rechazó diciendo que apestaba a alcohol.

—Tú apestas a otro hombre y no me molesta —le dije burlándome—. Ya sé que estás disponible a todo el mundo.

—El vino te hace desagradable —murmuró dolido.

—El vino me ayuda a olvidar que estoy enamorado de un hombre inalcanzable.

A partir de ese momento comencé a narrarle mis congojas en el amor a un joven que estaba enamorado de mí. Le conté al detalle cómo me encontraba deslumbrado por la hermosura, inteligencia y nobleza de Maurice, lo mucho que le deseaba y lo imposible que me parecía dejar de amarle.

Sora me escuchó de pie. En silencio. Rígido.  Mirándome al principio con asombro, luego con tristeza y, finalmente, con una expresión indescifrable. Yo le estaba clavando dagas envenenadas sin ninguna consideración y él recibió cada una sin dar un paso atrás.

Cuando me eché a llorar como un tonto, suplicándole a Maurice que me perdonara, que me amara, que se entregara a mí, Sora dio media vuelta y salió de la habitación sin decir nada, dejándome bajo la supervisión de Madame Odette, quien no hacía más que suspirar resignada cada vez que le exigía otra botella.

No puedo decir si fue una hora después o menos, cuando vi a Sora regresar trayendo consigo a Raffaele. Me revelé ante semejante traición. Grité que no volvería al Palacio de las Ninfas a menos que Maurice viniera a buscarme y me declarara su amor.

—¡Te has vuelto loco! —me regañó severo Raffaele—. Vamos, levántate y deja de hacer el ridículo. Piensa un poco en Sora. ¿No te da pena que te vea así y que te escuche decir esas cosas?
—Sora me entiende. ¿Verdad mi precioso Sorata? Tú siempre me haces olvidar a Maurice por unas horas… Vamos a la cama, quiero olvidar todo.

Sora ladeó su rostro ofendido. Quise ir hacia él para abrazarlo y perdí el equilibrio. Raffaele tuvo que sujetarme para que no terminara en el suelo.

—Lo siento, Sora —le dijo con un tono que reflejaba compasión—. Ya ves la realidad.  Es mejor que no sigas haciéndote ilusiones con Vassili. Está enamorado de otro hombre y tú lo único que eres para él es un sustituto.

—¡Nadie puede sustituir a Maurice! —grité como el más asqueroso de los borrachos.

—¡Cállate idiota! ¡Piensa un poco en cómo se siente el muchacho!

—Entonces, se llama Maurice… —Fue todo lo que dijo Sora. En su voz mostró tanto odio que me quedé mirándolo asustado.

No pude decirle nada, él me dio la espalda y al intentar acercarme,  me encontré incapaz de dar un paso sin caerme. Raffaele me sacó a rastras  hasta el carruaje y no dejó de regañarme por el camino. Yo sentía que el mundo daba vueltas cada vez más rápido, y terminé llenando el piso del carruaje con todo el contenido de mi estómago. Las maldiciones de Raffaele se multiplicaron. 

Para mi desgracia no bebí lo suficiente como para olvidar todo lo que dije e hice bajo el amparo del alcohol. Ni tampoco para permanecer todo el tiempo en un cómodo estado de inconsciencia. Después de desmayarme  sobre mi propio vómito, poco a poco fui percibiendo que hablaban a mí alrededor. Distinguía a duras penas las voces.

La del doctor Daladier me irritó porque sonaba muy satisfecho, seguramente yo confirmaba alguna de sus teorías. Raffaele parecía querer calmar a todo el mundo, que buen amigo resultaba a veces o, mejor dicho, todo el tiempo.

Miguel insistía en saber dónde había estado yo bebiendo, imagino que sospechaba que su amante también frecuentaba el lugar. De tonto nunca tuvo un lindo cabello. Finalmente la voz de Maurice. ¿Preocupado? ¿Enojado? ¿Decepcionado? No quería saberlo, preferí volver al pozo oscuro.

Me llamaron muchas veces y no respondí. Cuando mi mente estuvo más clara, seguí fingiendo que dormía. No quería abrir los ojos y enfrentar tantos rostros disgustados, tantos jueces y tantas víctimas también. ¿Cómo pude tratar a Sora de esa manera? ¡Qué miserable había llegado a ser!

Finalmente reinó el silencio. Pensé que estaba solo en la habitación y me atreví a abrir los ojos. La luz se colaba por las rendijas de las cortinas, era de día. Me incorporé lentamente, no lo suficiente y mi cabeza se resintió con cada movimiento.

Llevaba puesto un camisón y estaba limpio. No recordaba cuándo o quién me había aseado. Sentí que le debía una disculpa a quien había tenido que asumir aquella desagradable tarea.

Miré a mi alrededor y me llevé la peor de las sorpresas: encontré los hermosos ojos de Maurice observándome implacables.  Cerré los míos, no quería leer lo que había en esa mirada esmeralda. Volví a echarme en la cama esperando escapar. Ya era tarde.

—¿Aún te sientes mal? Has dormido veinte horas —le escuché decir en un tono sin emoción alguna. No respondí— Si bebes esto te sentirás mejor.

Le escuché levantarse y recordé su pierna, me senté de nuevo para tomar yo mismo lo que me estaba indicando. Él ya había dado unos pasos, ayudado por sus muletas, hacia la mesa de noche y ahora me alargaba un vaso lleno de un aceite oscuro. Lo bebí y estuve seguro de que espiaba mis pecados… ¡Jamás probé algo tan amargo!

—Claudie lo preparó. Dijo que es más efectivo que el brebaje que usa mi padre.

El maldito doctor no escatimó en darle mal sabor a su remedio. Casi pude imaginarlo sonreír ante el trauma que le había provocado a mi lengua.

—Recuéstate hasta que te sientas mejor para que hablemos.

El tono de Maurice seguía sin mostrar emoción. Pero eso no era raro en él. Albergué la esperanza de que, tal y como lo hizo en mi villa meses atrás, me abrazara y excusara.

—Podemos hablar, ya me siento mejor —aseguré devolviéndole el vaso para que lo colocara sobre la mesa.

Maurice se sentó en la orilla de la cama dándome otra sorpresa. Después de huir tanto, se ponía a mi alcance. Mis esperanzas alzaron vuelo.

—Vassili —comenzó a decir—, lamento mucho que hayas terminado así por mi causa.

Aquello era perfecto, se sentía culpable. En parte tenía razón, si no me hubiera rechazado, yo no habría bebido. Vi la oportunidad de obligarle a aceptarme.

—Soy yo quien debe disculparse…

—Verte bañado en tu propio vómito fue muy lamentable —Sus palabras me atravesaron como cuchillos ardientes. Su tono demostraba claramente que estaba disgustado—. Te rebajaste a ti mismo a algo que no eres, un ser vulgar y sin dignidad. Sentí vergüenza, la vergüenza que deberías estar sintiendo tú. Para colmo, no parabas de gritar mi nombre y suplicarme que fuera tuyo. Suerte que Agnes y los demás sirvientes ya se habían marchado a dormir. Tuvimos que encargarnos de limpiarte nosotros.

—¿Tú, Miguel y Raffaele?

—Sí. Como no dejabas de decir idioteces, preferimos evitar que Asmun escuchara. Raffaele piensa que no dudará en contarle a mi tío si se entera de lo que sientes por mí.

Otro duro golpe. Imaginar a los tres encargándose de un borracho con las ropas llenas de vómito y que ese borracho fuera yo. Me llevé las manos a la cara.

—Lo lamento… —empecé a decir.

—¿Qué clase de amor es el que sientes por mí que terminas de esa forma?

—No te atrevas a dudar de nuevo de lo que siento —aunque me doliera la cabeza y estuviera muerto de vergüenza, no iba a dejar que negara mis sentimientos.

—El amor no envilece, Vassili. El amor eleva y saca lo mejor de nosotros mismos. Esto que se ha formado entre tú y yo está dejando de ser hermoso para convertirse en algo oscuro.

—No...

—Vassili, cuando pienso en ti siempre pienso en la luz. Tú has sido quien ha iluminado mis tinieblas, quien me ha sostenido en los peores momentos desde que volví a Francia sin futuro. Para mí, tú eres una bendición. Si ahora estás cambiando por mi culpa, es mejor poner remedio cuanto antes. Mi intención siempre ha sido ayudarte, ahora veo que estoy haciendo lo contrario.

—No quiero separarme de ti —supliqué desesperado.

—Yo tampoco.

—Prometo no volver...

—No más promesas, tenemos que solucionar el problema de una vez.

—Maurice, no puedo vivir sin ti.

—Claro que puedes. Si te cortan la cabeza o te atraviesan el corazón, no podrás vivir. Pero has pasado sin problemas la mayor parte de tu vida sin mí.

—¡Ah, si entendieras lo que trato de decirte! ¡Si entendieras lo que siento!

—En eso tienes razón. Empecemos por aclarar los malos entendidos respecto a lo que sentimos.
Colocó su mano sobre la mía. Me enderecé y lo miré a los ojos, conteniendo el aliento. 

—Miguel me ha dicho que crees que me repugnas —continuó diciendo—. Te equivocas. No sentí repugnancia cuando me besaste o me tocaste. Es lo contrario, como bien pudiste notar. Si no fueras tan propenso al fatalismo, te habrías dado cuenta que lo que me asustaba era que me faltaban fuerzas para rechazarte.

—¡Estás diciendo que...!

—Que no me causas repugnancia, sino que me atraes más de lo que lo ha hecho cualquier otra persona en toda mi vida —se mantuvo mirándome sin mostrar ningún bochorno, yo sentí mi rostro arder—. Marcharte a beber, en lugar de volver conmigo y aclarar las cosas, fue una estupidez indigna de ti. O quizás la imagen que tengo de ti es falsa y te he idealizado más de lo conveniente. De cualquier forma, me niego a creer que seas tan idiota como insistes en demostrar últimamente.

—¡Espera un momento! No hables tan rápido y repite la primera parte. ¿No te repugna que intente hacerte el amor?

Cerró los ojos, lanzó un suspiro que bien podría significar cansancio o fastidio, y se tomó unos minutos antes de volver a mirarme. Un escalofrío de placer y temor me recorrió la espalda al verme reflejado en aquellas pupilas doradas.

—Vassili, cuando me besaste la primera vez, yo estaba tan sorprendido y furioso contra Raffaele que no me di cuenta de lo que sentí. Pero, después, además de besarme, me tocaste e hiciste que me diera cuenta de lo que podías hacerme sentir. Entonces, me espanté.

—Imagino que ayer te aterroricé por completo— repliqué con una amarga sonrisa—. Perdóname por haber intentado forzarte. Jamás volveré a hacer tal cosa, lo juro.

—Yo estaba seguro de que no ibas a hacerme daño —sonrió lleno de convicción—. A nadie más le toleraría que me tocara como tú lo has hecho. Ni siquiera a Raffaele.

—Lamento decir que realmente iba a hacerte algo irreparable.

—No lo creo y la prueba es que no lo hiciste —estrechó aún más mi mano, queriendo darme ánimo. Luego, adoptó una expresión grave y volvió a hablar, muy despacio—. Yo no tenía miedo de ti sino de mí mismo. Tengo miedo de las sensaciones que despiertas en mi cuerpo, de las emociones que me embargan cuando me tocas, porque no puedo controlarlas y por todo lo que implican. Ya no sé qué hacer, tú eres toda una novedad en mi vida, lo que me pasa contigo es inédito.

—¿Debo sentirme halagado o amenazado por eso?

—¡Deberías escuchar en silencio! Estoy tratando de entenderme a mí mismo a la vez que intento explicarme ante ti.

—Lo siento… —no pude evitar sonreír ante su rostro lleno de consternación e ingenuidad.

—No es la primera vez que el último que se entera de lo que me pasa soy yo mismo. No me había dado cuenta de que la euforia que me embarga cada vez que te veo, la necesidad de tenerte a mi lado y hacerte saber todo lo que pienso, el no soportar que estés lejos un solo minuto o el que me guste tanto contemplarte, como si fueras una  obra de arte, podrían significar que para mí eres más que un amigo.

—¡Oh, gracias al cielo! —tuve que llevarme las manos a la boca ante la mirada de reproche que me dirigió por interrumpirlo.

—No sé cómo sean estas cosas para todo el mundo, pero yo no comprendo a la primera mis emociones. A veces es como si no me pertenecieran, veo sus estragos de lejos, sin poder controlarlas. Otras veces, en cambio, es como cuando tienes algo tan cerca que no lo distingues  —Puso su mano abierta ante sus ojos y luego la alejó—. Debo tomar distancia para saber lo que siento. Como ves, no me manejo bien dentro de mi propio cuerpo o traduciendo mi propio corazón. Las sensaciones que tú despertaste el otro día y, sobre todo ayer, son avasalladoras e incontrolables. Por eso tengo miedo. Ni cien años en el noviciado podrían haberme preparado para lo que siento por ti.

Su rostro parecía reflejar confusión y resignación. Yo estaba más que sorprendido ante sus palabras, no sabía si alegrarme o temer lo peor. Esperé que continuara pero no lo hizo. Se limitó a bajar la cabeza.

—¿Eso es todo lo que quieres decirme? —me atreví a preguntar.

—No sé cómo seguir...

—¿Puedo preguntarte algo?

—Por favor, quizá así pueda sacar todo lo que tengo dentro.

—¿Qué es lo que te hago sentir cuando te toco?

Pensó un momento. Parecía buscar algo intangible.

—Anhelo.

—¿Anhelo? ¿Deseo?

—Sí, el anhelo hambriento del placer que puedes darme. No es nada de lo que debas alegrarte —me regañó con la mirada al verme dar un aplauso espontáneo e infantil —Cuando me besas, quiero que no te detengas hasta que no sean sólo nuestros labios los que se funden.

—¡Ah, Maurice, con gusto te complaceré en eso! —susurré tomándole por la barbilla y atrapando sus labios. Él se resistió al principio, luego correspondió y nuestras lenguas se encontraron. Entonces, de repente, me alejó con todas sus fuerzas y mostró una expresión de horror.

—¡No es posible! —dijo sacando una botella pequeña del bolsillo de su casaca. Metió el dedo en ella y lo probó—. Esto sabe espantoso.

—¡Ah! Lo siento —me cubrí la boca dándome cuenta de lo que había ocurrido.

—¿Cómo pudo Claudie darte a beber algo así?

—Creo que lo ha hecho por molestarme, mi cabeza sigue doliendo igual. Ese doctor, amigo de jesuitas, es un matasanos.

—No creo que desperdiciara la oportunidad de poner a prueba uno de sus brebajes. Estoy seguro de que cree que funciona. Pero debería hacer algo respecto al sabor.

Me levanté y fui a enjuagar mi boca en la jofaina. Luego volví a la cama con una gran sonrisa en el rostro.

—Ahora podemos continuar.

—Por favor, Vassili, estoy tratando de arreglar nuestra amistad. No me tientes más.

—Nuestra amistad está condenada a convertirse en un amorío —le aseguré mientras me acercaba para besarle en el cuello —. Al menos eso es lo que he entendido por tus palabras, y lo que estoy decidido a procurar.

—Entonces tendremos que separarnos —declaró alejándome—.  No voy a faltar a mis votos, Vassili.

—Maurice, no entiendo a dónde quieres llegar diciéndome que me deseas tanto como yo a ti —Comenzaba a perder mi compostura. Me levanté de la cama para caminar de un lado a otro.

—Escucha todo lo que tengo que decir, por favor —Extendió su mano hacia mí, pidiéndome que volviera asentarme a su lado. Obedecí a regañadientes—. No creo estar enamorado de ti. En mi opinión, lo que siento es un desorden de mis afectos, tal y como ocurrió con Virginie.

—Eso no me hace sentir nada halagado —protesté.

—También  creo que eso mismo te pasa a ti. Confieso que prefiero que esa sea nuestra situación, ya que enamorarnos el uno del otro no nos va traer más que problemas.

—Animas a tus primos a que sean amantes, a pesar de que los dos son hombres y Miguel está casado, y a mí me dices esto. ¡No te entiendo y comienzo a sentirme ofendido!

—¡Otra vez con eso! A Miguel lo obligaron a casarse, yo hice votos porque quise. Además...

—¡¿Qué?! —Mi tono ya mostraba una total ausencia de calma— ¿Nuestra relación sería un pecado porque yo soy  abate y tu jesuita?

—Sí, y algo más... —La firmeza que mostraba me preparó para lo peor.

—Adelante, di todo lo que piensas de una maldita vez.

—La época más feliz de mi vida coincide con el tiempo en que he sido jesuita, sobre todo en la Reducción del Paraguay.

Su rostro mostró tal nostalgia que mi corazón se estremeció. Yo podía desafiar su fe en la existencia de Dios y la validez de sus votos, pero nunca podría vencer lo que él había experimentado. Todas esas convicciones, avaladas por experiencias vividas, resultaban irrefutables.

La dicha que rememoraba en ese momento era un obstáculo insuperable, porque si algo se aprende entre los jesuitas es a elegir lo más y lo mejor. Recordé inmediatamente la historia de Iñigo López de Loyola, el caballero vasco en busca de gloria, que quedó herido en una pierna cuando participó en el asalto a la ciudad de Pamplona. Aquel hombre tuvo que soportar después una temporada en casa de su hermano y, a fuerza de aburrirse, terminó leyendo vidas de santos y otros libros piadosos.

Entonces, el futuro San Ignacio de Loyola, sintió deseos de ser mejor y más grande que San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán. Se vio a sí mismo como predicador conquistando almas para un nuevo Señor, uno más grande que cualquier rey. Pero al poco rato volvía a soñar con ganar el corazón de la dama que le tenía encaprichado y obtener gloria y honor en otras batallas.

En medio de aquellos desvaríos de hombre desocupado, notó como su ánimo se tornaba alegre cuando aspiraba a ser santo y el desasosiego que le dejaba soñar con volver a su vida mundana. Así descubrió el arma más letal del jesuita: el discernimiento de sus estados de ánimo o el discernimiento de espíritu.

Comenzó a descifrar su propio corazón. Llegó a la conclusión de que toda gloria le quedaba pequeña y que lo que deseaba era dedicar su vida a la gloria de Dios, por ser la más grande. Unos años después, se encontraba ya en la Sorbona conquistando incautos que le siguieron como ciegos hasta que juntos fundaron la Compañía de Jesús.

A estos hombres se les distinguió por la brillantez, la gallardía de tomar las tareas más difíciles, la obediencia de un cadáver y, en especial, por elegir siempre lo más y lo mejor.

En resumen, un jesuita siempre se mide por dentro y por fuera para saber qué es lo que le va a llevar a lo más y a lo mejor. Su punto de referencia es la gloria de Dios y creen que tienen dentro una brújula que les indica si van por buen camino cuando sienten paz y alegría. La desolación y la tristeza son muestras de que han equivocado la ruta.

Alguna vez mi tío les acusó de buscar su propia complacencia bajo la apariencia de seguir la pista de la voluntad divina. Pero esto no es cierto, un jesuita legítimo puede ir a la hoguera o a la corte del rey como consejero con la misma sonrisa, si ve en esto la voluntad divina.

Cuando quieren distinguirse, los miembros de la Compañía de Jesús piden al Dios humillaciones y trabajos porque confunden abnegación con fortuna. Maurice era la prueba viviente de aquella locura. Prefería volver a Paraguay y sufrir miles de incomodidades, o marcharse a Roma y padecer hambre y humillaciones, en lugar de quedarse a mi lado en el palacio de su tío.

Maldito Ignacio y su cacareado libro de Ejercicios Espirituales. Habían convertido Maurice en alguien inalcanzable. A menos, claro, que le demostrara que yo era  lo más y lo mejor para él. Me eché en la cama derrotado.

—Como quisiera arrancarte ese corazón jesuita que tienes.

Me miró dolido por unos instantes, luego sonrió cándidamente.

—Este corazón jesuita es el que te ha amado, como el más devoto de los amigos, desde aquellos días en tu Villa hasta hoy.

—Porque vienes y me das esperanzas para luego quitármelas, Maurice. ¿Me quieres castigar por amarte?

Me sentía al borde de las lágrimas. Me acosté y oculté mi rostro con mi brazo.  Él puso su mano sobre mi pecho y me habló con ternura, una ternura muy cruel, si me permiten opinar.

—Ya te lo he dicho, yo daría mi vida por ti pero no quiero ser tu amante. En primer lugar, no voy a traicionar mis votos. En segundo lugar, no creo que estemos enamorados.

—¡Maldigo tus votos! —Juré levantando mi puño contra el cielo—. ¡Maldigo todo lo que nos separa!

—¡No digas estupideces! ¡Ya no estás borracho!

—¡Quisiera estarlo!

—Vassili, por favor…

—Si no me correspondes, seguiré bebiendo hasta que me muera ahogado en vino. Y será la culpa de tu maldito Ignacio de Loyola y toda su compañía de hechiceros.

—No puedes hablar en serio —Empezaba a enojarse—. No debes beber de nuevo en la forma en que lo has hecho.

—Lo haré, puedes estar seguro de eso. Si no quieres verme morir en la ignominia, tienes que aceptarme como amante —mi tono podía ser jocoso, pero estaba hablando en serio

—Prefiero encerrarte en esta habitación y mantenerte lejos del alcohol —No había nada de jocoso en su tono.

—¡Saltaré por la ventana…!

—Te ataré a la cama —de nuevo parecía hablar en serio.

—Eso sería excitante —murmuré acercándome rápidamente a él, dejando mi boca muy cerca de la suya—. Quiero verte intentarlo.

—Seguramente Miguel y Raffaele estarán dispuestos a ayudarme, con tal de no tener que volver a limpiar tu vómito.

—¡No me recuerdes eso! —Imaginar la escena que di la noche anterior, me provocó tal vergüenza que volví a cubrirme la cara.

—Vassili, por favor, no vuelvas a beber nunca, sin importar si estamos juntos o no —Apartó mis manos para obligarme a verle a la cara, me mostró una expresión tan triste que no pude dejar de conmoverme—. Sobre todo porque pienso que es imposible para nosotros vivir bajo el mismo techo.

—No, por favor. Te prometo que me controlaré.

—No creo que puedas. Yo mismo no me siento capaz de resistir el deseo de... —Acercó su mano a mi rostro y atrapó un mechón de mi cabello—. Eres una tentación muy peligrosa para mí.

—No podría sobrevivir lejos de ti—supliqué.

—Tu padre no es muy paciente, en cualquier momento te reclamará para que vuelvas a su lado. Yo estoy esperando que el Padre General me permita volver a la Compañía. No importa quién se oponga Vassili, me iré en cuanto él me llame. Aunque prefiero hacerlo cuando Raffaele y Miguel estén mejor, y cuando tú... cuando tú no me necesites.

—Eso nunca va pasar. Yo te necesito más que al aire Maurice —Quise abrazarlo pero me forcé a quedarme quieto. Tenía que probarle que podía confiar en mí.

—Y yo a ti —Se acercó a mí asombrándome—. No te imaginas el daño que me haces cuando desapareces por las noches. Los celos que siento cuando sales con Raffaele y pienso que ustedes dos pueden ser amantes. El miedo que me produce pensar que no voy a ser capaz de seguir rechazándote.

—Maurice… —Iba a mentirle jurando que no había nada entre su primo y yo, pero él no me dejo hablar. Tomó mi rostro entre sus manos y me besó.

Si el fin del mundo hubiera llegado en ese momento, yo le hubiera recibido con una sonrisa plena de felicidad. Esos labios eran tan deliciosos como yo esperaba. Lo abracé para que no los apartara de mí, no sin dejarme saborearlos a placer y deleitarme en la textura de esa delicada piel. Aquel fue un beso largo, infinito, que aún puedo rememorar con claridad. Cuando terminó, nos miramos jadeantes sin dejar de abrazarnos.

—¿Ves que no podemos seguir juntos? —susurró con tristeza—. Yo no puedo controlarme.

—¡No! ¡Lo único que veo es que te amo y que nada más importa!

—No hay futuro para nosotros —afirmó mientras besaba mi frente, mis párpados y rozaba mis labios volviéndome loco.

—¡Desafiaremos al cielo si es necesario!

—Vassili, nunca voy a dejar de ser jesuita.

—Igual podemos ser amantes —insistí seductor mientras atraía su cuerpo hasta lograr que quedara sobre el mío—. No seríamos los primeros ensotanados que lo hacen.

—Yo no quiero...

No lo dejé hablar, sellé su boca con la mía tratando de desabrocharle la chupa a la vez.

—Maurice, los dos estamos muriendo por hacernos el amor —dije sin separar nuestros labios—. Deja todo atrás.

—Nuestra relación no tiene futuro.

—Tú eres el único que piensa así.

Me empujó colocando sus manos en mi pecho, hundiéndome en la cama. Se irguió y me miró con los ojos llenos de un fuego que yo conocía bien, porque era el mismo que me estaba consumiendo.
—Si nos dejamos llevar, terminaremos sufriendo. No quiero eso. Es mejor separarnos ahora. Júrame que no volverás a beber.

—Te juro que si no me besas ahora mismo acabaré con todo el vino de Francia

—¡Que testarudo eres! —gruñó mientras se abalanzaba sobre mí y me besaba con tal ímpetu que me dejó sin aliento.

—Hagamos el amor Maurice —le sugerí tentador cuando se quedó sin fuerzas y apoyó su frente en la mía cerrando los ojos.

—Nunca… —susurró a duras penas.

—Sólo una vez —comencé a lamer su cuello.

—Bien sabes que no será así —insistió entre jadeos de placer.

—¡Me estás matando! —Lo sacudí sujetándolo por los hombros.

—Prométeme que lo soportarás —suplicó angustiado—. Dime que podemos estar bajo el mismo techo como amigos, por favor.

—Si miras debajo de las sábanas, veras lo imposible que es para mí. Además, ¿puedes comprometerte tú mismo a semejante cosa? —Le toqué la entrepierna que, tal y como suponía, estaba tan rígida como la mía. Se alejó bruscamente y casi se cae de la cama. Tuve que sujetarlo de los brazos.

—Tenemos que lograrlo, para poder estar juntos. Al menos mientras tu padre y la Compañía no nos llaman a cumplir nuestros deberes

—¿Juntos como amantes? —insinué mientras buscaba sus labios.

—Sabes que no puedo —ladeó su rostro.

—Pero lo deseas —le hice sentir mi aliento caliente en su cuello.

—¡Basta! ¿No ves que no quiero separarme de ti tan pronto? Aunque es lo que debería hacer.

Entendí que, si seguía tentándolo, sólo iba a conseguir adelantar la nefasta separación. Lo solté, me crucé de brazos y dije resuelto:

—De acuerdo. Será como quieres. Viviremos juntos como dos amigos muy queridos que se desean en secreto

—Vassili…

—Hay que llamar las cosas por su nombre.

—Estoy pidiéndote mucho, ¿verdad? —Bajó la cabeza ocultando una expresión cargada de remordimiento—. Soy un egoísta por no querer renunciar a ti.

—No, lo eres por no corresponderme —Hice que levantara su rostro empujándole de la barbilla con mi mano, quería animarle con mi sonrisa—. O, más bien, eres un idiota encandilado por una Compañía de Jesús moribunda.

—¡Te equivocas! No es la Compañía lo que amo, sino el Señor que sigo —Su rostro se transfiguró. Ni los ángeles deben verse con tanta beatitud—. Él me ha hecho más feliz de lo que tú puedes hacerme. Le dio sentido a mi vida llamándome su servicio, cuando hasta mi madre parecía desear que yo no hubiera nacido.

—No digas tal cosa…

No pude evitar estremecerme ante esas palabras. Primero, porque me descalificaban. Y luego, porque revelaban algo más del triste pasado de Maurice.

—Espero que, algún día, tú y yo podamos estar juntos sin sentirnos de esta forma.

Me besó de nuevo, un beso lleno de pasión contenida, con el que hizo que no pudiera pensar en nada más que en el sabor de sus labios.

—¿Dices eso y me besas? —susurré cuando terminó—Definitivamente quieres volverme loco —volví a atraerlo hacia mí para besarlo de nuevo, él se resistió. 

—Ese fue el último beso, Vassili…

—Debió ser eterno entonces... —gemí echándome sobre la almohada.

Sonrió y se levantó. Tomó sus muletas para dirigirse a la puerta. En ese instante notamos que estaba abierta y escuchamos un ruido. Me levanté rápidamente para abrirla por completo y descubrimos a Raffaele arrodillado con Miguel inclinado sobre su espalda. Ambos pusieron cara de estúpidos cuando les reclamamos su falta educación.

—No alcanzamos a ver ni oír nada —se apresuró a decir Raffaele, fingiendo estar ofendido por nuestros reproches—. Apenas llevábamos un minuto ahí.

—No te creo —le acusó Maurice.

—Deberías agradecer nuestra preocupación por ustedes.

—Muchas gracias por interrumpir nuestra conversación, ha sido un gesto muy cordial de su parte —me quejé con mi tono más mordaz.

—Ya habían terminado —repuso Raffaele restando importancia al asunto—. Por cierto, Maurice, te felicito. ¡Vaya manera de convertir a un hombre en tu perrito faldero sin necesidad de abrirte de piernas! ¡Ni las cortesanas de Versalles son tan sagaces!

—¡¿Qué?!

—Eso de rechazar a Vassili mientras le besas y le pones duro, ha sido magistral.

Maurice abrió los ojos desmesuradamente, entendiendo que sus primos habían visto todo, y se cubrió el rostro con las manos.

—Mira nada más cómo dejaste al pobre Vassili —continuó burlándose, señalando mi entrepierna rígida, que se mostraba perfectamente a través del camisón.

—Nadie te gana en vulgaridad Raffaele —le acusé golpeándolo en el pecho con el dorso de mi mano.

—Ni a ti en hipocresía. Sé bien que vas a lanzarse sobre Maurice en cuanto se descuide —me susurró por lo bajo.

—Puedes contar con eso —afirmé con malicia, cuidando que Maurice no me oyera.

Raffaele sonrió complacido y me dedicó un guiño cómplice.

—Buena suerte, mi querido Abate.

Miguel nos observaba con suspicacia pero, de nuevo, no dijo nada. En cambio, se apresuró a detener a Maurice cuando quiso marcharse avergonzado y furioso.

—Espera, Maurice. Raffaele y yo tenemos algo que proponerte. Algo que servirá para que pases estos días menos aburrido y menos complicado.

Me vestí mientras escuchaba a los primos proponer la cosa más inverosímil que se podía imaginar.

—Ya que tú no puedes ir al Paraguay, vamos a traer el Paraguay para ti —anunció triunfante Raffaele.

El asunto al principio me desagradó. La palabra Paraguay era ya una de las que más temía. Pero, al escuchar lo que planeaban, pensé que era una manera efectiva de distraer a mi amigo.  Y me convenía que él no pensará mucho en nuestra relación. De hacerlo, se daría cuenta de que indudablemente los dos no podíamos vivir bajo el mismo techo sin terminar un día en la misma cama.

Yo pensaba propiciar la ocasión haciendo uso de toda mi paciencia y astucia. Aunque también comencé a pensar en que Maurice no era alguien para ser atrapado con trucos sucios, que deseaba merecer legítimamente su amor. Quería ser una mejor persona para él. Alguien de quien pudiera sentirse orgulloso de amar. Mi comportamiento del día y la noche anterior, no podía repetirse.

Pensando en mi situación, decidí que la amenaza que representaban mi padre y la Compañía de Jesús era algo de lo que me ocuparía después. Lo primero en lo que debía concentrarme era lograr que Maurice reconociera que lo que sentía por mí no era un desorden en sus afectos, sino verdadero amor.

No imaginé las sorpresas que me esperaban en ese camino, ni que había otras amenazas más temibles a nuestro alrededor. Me sentía más feliz que nunca y con el corazón inundado de esperanza. Ya podía levantarse el mismo infierno en mi contra, el recuerdo de los labios de Maurice en los míos me llenaba de toda la fortaleza que necesitaba. 





6 comentarios:

  1. ¡Por fin te he encontrado! :-) Me ha sorprendido el cierre del blog donde te leía.
    Con tu permiso pasaré por aquí y seguiré comentando esta maravillosa novela.
    Excelente capítulo como siempre.
    Saludos cordiales
    Ari

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    1. ¡¡¡Ari de mi corazón!!! Qué bueno que me has encontrado. Sí, el cierre del blog de APH fue algo que nos sorprendió a todos. Creé este pensando en los lectores que prefieren leer en blogs. También puedes descargar los capítulos en la sección de descarga. A este capítulo le falta la última parte. Espero tenerla para el miércoles. Si te suscribes la recibirás en tu email... Me encanta que el primer comentario sea tuyo, siempre me llenas de ánimo.

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  2. Me encanta tu trabajo, que bueno que te encontré de nuevo, eres increíble gracias.

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    1. Gracias Alondra!
      Sí, que bueno que volvemos a encontrarnos. Espero que te guste este capítulo.

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  3. Muchas gracias por tu enorme amabilidad, Eme San :-)
    Te deseo mucho éxito en esta nueva andadura.
    Y bueno, que espero impaciente la próxima entrega ;-)
    Es un placer seguir en contacto. Recibe un cordial saludo.
    Ari

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  4. Me encanta tu trabajo, que bueno que te encontré de nuevo, eres increíble gracias.

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