XVI Destruir Lo Que Se Ama


Aquel día fue uno de los más raros de mi vida. Si lo pienso bien, he tenido el incómodo privilegio de vivir más días extraños de los que hubiera deseado. Días en los que he pasado de una emoción a otra completamente contraria en un instante. Mientras aún estaba paladeando la tragedia de Sora, pasé a experimentar la dicha de creer que Maurice me amaba, para después tener que beber el cáliz de la angustia más letal. Sufrí más que nunca lo fatigoso que puede ser vivir.

Desperté poco después de quedarme dormido creyéndome el hombre más feliz del mundo. Salí de mi habitación para buscar algo para desayunar y escuché gritos que venían del salón de música. Se trataba de Maurice y Raffaele discutiendo.

Por lo que escuché desde la puerta, Maurice insistía en que yo era una víctima de su primo. Raffaele soportaba con estoico silencio las oleadas de gritos cada vez más violentos y venenosos. No pude tolerarlo más y entré.

—¡Maurice, déjalo en paz! Todo es culpa mía.



—No, es su culpa. Él te metió esas ideas en la cabeza.

—El beso que te he dado no responde a una idea Maurice, sino a lo que siento. Y mis sentimientos han surgido al conocerte. Te amo y...

—¡No digas eso otra vez! Tú no me amas, más vale que no me ames como un hombre a una mujer, porque te juro que no te lo perdonaré.

—No, Maurice, yo...

—Lo tuyo es una ilusión, un desvarío.

—No, lo que siento por ti es lo más cierto que tengo en este momento.

—Eras un jansenista observante, que pasó a ser un borracho libertino, para luego llevar una vida en la que ni avanzas ni retrocedes. Eso es lo que te pasa.

—Maurice, no seas cruel —le regañó Raffaele.

—Tú no te metas.

—Ten cuidado con lo que le dices o vas a terminar hiriendo a Vassili.

—¿Y qué debo hacer? ¿Debo quedarme callado cuando veo a mi amigo en tal estado de confusión?

—Escúchalo...

—No dice más que falacias que se cree porque está ofuscado. Vassili, tú no puedes estar enamorado de mí.
—¡Pues lo estoy! —declaré— ¿Cuántas veces debo decírtelo para que me creas? Te haría el amor ahora mismo si te dejas.

—No vuelvas a decir eso —protestó, mostrándome amenazador su puño cerrado.

—Es la verdad. Échame de tu lado o acéptame, pero deja de llamar falacia a lo que siento.

—Es que no puedo llamarlo de otra manera. El amor entre dos hombres no es más que una ilusión vana, una atracción estéril y sin futuro, una perversión de la lujuria desbocada. ¿Acaso no has aprendido nada viendo a Raffaele y Miguel? ¿No te ha dicho Raffaele que fueron amantes? Lo único que les ha dejado su relación es dolor y odio.

Apenas pronunció estas palabras, se arrepintió. Lo vi en su rostro. Cuando contempló a su primo bajar la cabeza como quien va a recibir el espadazo fatal el día de su ejecución, se dio cuenta de que lo había herido. Maurice solía esgrimir su punto de vista sin prestar atención a cómo hacía sentir a su interlocutor, pero al menos ese día, comprendió que era capaz de causar dolor con sus afilados razonamientos.

—Raffaele, yo... —dijo, intentando disculparse.

—No digas nada más. Tienes razón. Se lo advertí a Vassili, amar a otro hombre es doloroso. También debí advertirle otra cosa, que eres cruel, Maurice, y amarte siempre va a sentirse igual que tener un puñal desgarrándonos las entrañas.

—Lamento lo que dije... —insistió Maurice.

—No te mereces lo que siente Vassili por ti —continuó cada vez más furioso—. Ni lo que yo siento por ti. Eres un idiota que nunca ve más allá, que nunca piensa en que los demás sangramos si nos cortas con esa lengua viperina que debes haber sacado del mismo infierno.

—Raffaele, no sigas —intervine, temiendo que la discusión degenerara en algo más grave.

—Eso te digo yo a ti, Vassili —declaró con un tono mordaz—. Deja de sentir amor por esta estatua de mármol. Deja que se vaya a Roma y muera de hambre con sus amados jesuitas. Y ya que hablamos de amores estériles y sin futuro, viene bien recordarte, mi querido primo, lo inútil que es tu aspiración de seguir en la Compañía de Jesús. Carlos III está decidido a extinguirla, y yo seré el primero en aplaudirlo cuando lo consiga.

—¡Maldito! —rugió Maurice lleno de furia.

Los dos estaban dispuestos a pasar de las palabras a los puños, así que me coloqué entre ellos luchando por separarlos. Siguieron diciéndose lo peor que se les ocurría, hasta que escuchamos a Miguel llamando a Raffaele a gritos. Se oía tan furioso que casi me convencí de que estaba al tanto de nuestra conversación.

Salimos al corredor para saber que quería. Apenas vio a Raffaele se abalanzó sobre él y lo arrojó al suelo de un puñetazo.

—¡Forzaste a Sophie! —le acusó encolerizado—. ¡Eres un malnacido!

Intentamos sujetar a Miguel mientras el otro se levantaba y se quedaba mirándole conteniendo su ira.
—¿Qué haces Miguel? —intervino Maurice, intentando calmarlo.

—No te metas, Maurice. Este miserable tomó por la fuerza a Sophie.

—¿Eso te ha dicho ella? —preguntó ofendido Raffaele.

—¡Así es! ¡Te haré pagar por todas tus afrentas! —Nos hizo a un lado y abofeteó a Raffaele—. ¡Quiero un duelo!

Aquello fue asombroso. Devastador. Aterrador. Miguel venía a barrer todo los sentimientos desatados esa mañana con su augurio de muerte. La dama de negro volvía a presentarse en el palacio y esta vez para reclamar a los primos de Maurice.

—¿Te has vuelto loco? —exclamó mi amigo—. ¿Cómo puedes querer un duelo por Sophie? ¿Cómo puedes creerle a esa arpía?

—No tiene por qué mentirme.

—¿Qué no? Tú mismo me has dicho que ella está enamorada de Raffaele. Como él no le hace caso, debe estar desquitándose de esta manera. ¿Cómo es que caes en su juego?

—¡Porque sé de lo que él es capaz!

—¿De qué hablas? Raffaele nunca...

—Maurice, deja que las cosas sean como son —declaró Raffaele, recuperándose de la sorpresa—. Si Miguel quiere que todo termine en un duelo, está bien.

—¡No! —Gritó Maurice y siguió insistiendo, pero ninguno cedió.

Eligieron usar pistolas en el duelo. Miguel fue a preparar la suya. Maurice lo siguió con la esperanza de convencerlo de volverse atrás. Yo seguí a Raffaele hasta su habitación con la misma intención.

—¡Tienes que detener esta locura!

—Es lo mejor, Vassili. Ya no soporto más.

—Es un malentendido provocado por Sophie.

—Miguel le creyó y no puedo culparlo, después de lo que le hice.

—Raffaele pide perdón, reconcíliate con él.

—No hay perdón para mi pecado, le destrocé el corazón el día en que lo tomé por la fuerza.
—¿Y vas a matarlo por eso?

—No creas que la puntería de Miguel es tan mala —aseguró sonriendo—. Seguramente nos mataremos el uno al otro y todo terminará.

—¡Estás loco, ya no hay duda!

—Por supuesto y ya quiero dejar de estarlo. Una bala me hará el favor de curarme.

Comenzó a preparar su pistola. Yo usé inútilmente todos los argumentos que pude elaborar en medio de la angustia que sentía. Él sólo interrumpió su sombría labor para salir al corredor, llamar a Asmun y ordenarle que buscara al doctor Daladier, seguramente con la intención de alejar al muchacho y evitar que interviniera en el duelo. Poco después, Maurice entró a la habitación a suplicarle que detuviera el enfrentamiento. Tampoco había conseguido convencer a Miguel.

—Deja que todo termine, Maurice —insistió Raffaele—. Ya estoy cansado. Además, tenías razón, destruyo y ensucio todo lo que tocó.

—No, por favor no repitas eso. Yo no debí decir esas cosas. Estaba furioso y no pensé...

—Es la verdad. Hay cosas que hice, y que no sabes, que lo confirman.

—¿Y vas a hacer que Miguel te asesine para castigarte? —preguntó desesperado, acercándose a él, aferrándose a su casaca y mirándole a la cara.

—Ya no puedo más... —Raffaele pronunció aquellas palabras en un lamento.

—¡No te lo permitiré! —le gritó—. ¡No voy a dejarte morir y menos a manos de Miguel!

Raffaele sujetó a Maurice por los brazos y le besó. Este no se resistió y, cuando se separaron, rompió a llorar. Fue un beso intenso y terrible porque encerraba una despedida, una disculpa y un perdón entre ellos. Mientras que para mí fue la confirmación de que nunca iba a entender, ni a dejar de temer, su extraña relación.

Me llené de celos y amargura, pero tuve que dejarlos a un lado al ver a Raffaele tomar de la mano a Maurice y obligarlo a salir de la habitación. Lo llevó a rastras por el pasillo, haciendo caso omiso de sus protestas y de las mías, hasta el salón de música. Allí lo arrojó al suelo y salió rápidamente cerrando la puerta con la llave, que como de costumbre, estaba en la cerradura.

—De ahí no podrá escapar —declaró al terminar.

—¿Qué has hecho? —le regañé dispuesto a abrirle a Maurice, quien ya estaba golpeando la puerta y exigiendo su libertad. Raffaele me empujó y rompió la llave de un manotazo dejando la mitad dentro de la cerradura.

—Maurice es capaz de meterse entre nosotros durante el duelo — explicó muy serio—. Es mejor dejarlo aquí.

Volvió a su habitación para recoger la pistola. Luego, bajó la escalera. Intenté forzar la puerta con todas mis fuerzas, pero fue inútil. Maurice, al darse cuenta de que Raffaele se había marchado, dejó de golpear y gritar.

—Por favor, Vassili, detenlos —suplicó—. No dejes que se maten.

Se escuchaba desesperado. Una terrible opresión se apoderó de mi corazón, podía imaginar lo impotente y asustado que se sentía.

—Haré todo lo que pueda, Maurice —prometí, dispuesto a todo.

Corrí tras Raffaele. Al atravesar las puertas del palacio, vi a Miguel pasar a caballo, seguido por su sirviente. Tenía una expresión terrible, sin sombra de vacilación o pesar. Por lo visto, estaba decidido a llevar el duelo hasta el final. Apresuré el paso para llegar cuanto antes a las caballerizas. Encontré a Raffaele esperando a que dos sirvientes y Pierre terminaran de preparar un carruaje.

—¡No puedes seguir con esto! —le grité, furioso.

—Ahorra tus fuerzas, Vassili —replicó, molesto—. No voy a detenerme. Es tiempo de que todo termine.

Abordó el carruaje antes de que yo pudiera acercarme y ordenó al cochero avanzar de inmediato. Tuve que hacerme a un lado y dejarle pasar, pero no pensaba rendirme, no podía, estaba en juego su vida y la de Miguel. Ordené que prepararan el caballo más veloz de inmediato.

—¿Qué ocurre, Monsieur? —preguntó Pierre con discreción.

—Una desgracia si no alcanzo a Raffaele y a Miguel. ¿Dijeron a dónde se dirigían?

—A la vieja capilla. Está en un claro del bosque, junto al camino. Si sale de la propiedad y se va a la derecha, encontrará sus ruinas. La derribaron cuando construyeron este palacio.

—¿Está muy lejos?

—No mucho. Hay un sendero en el bosque que va directo hacia ella, pero es muy estrecho para ir a caballo y se perderá si no sabe el camino.

—Entonces debo darme prisa...

No podía disimular mi desesperación. Grité a los sirvientes varias veces, amenazándolos con azotarlos si seguían demorándome. Cuando recordé que Maurice estaba atrapado, me volví hacia Pierre otra vez.

—Ve al salón de música y saca Maurice de ahí. La llave se ha roto y está atrapado.

—Pero Agnes no me permite entrar...

—¡Al diablo con Agnes!... ¡Haz lo que te digo!

El anciano se marchó murmurando contra mi mal humor. Los sirvientes al fin terminaron. Monté al animal de inmediato, un corcel brioso que sólo utilizaba el Duque, y lo azoté con fuerza. Necesitaba que volara como el mismísimo Pegaso.

Pensé que era una suerte que Raffaele escogiera usar un carruaje, porque resultaba más lento y levantaba una nube de polvo fácil de seguir. Caí en la cuenta de que esta elección podía deberse a que el precavido heredero de los Alençon quiso facilitar el transporte de los cadáveres. La amargura me invadió, deseé alcanzarlo y abofetearlo por lanzarse a la muerte con tal empeño.

Nunca en mi vida cabalgué tan rápido, y sin embargo sentía que no avanzaba. Sentía que me asfixiaba, me atormentaba la imagen de Raffaele y de Miguel tendidos sobre su propia sangre, y de Maurice destrozado por la pérdida.

También pensaba en mi propio dolor. Raffaele era más que un simple amigo, habíamos compartido la cama. Nuestra relación era extraña, sin duda, pero era una relación. Un hilo más en la telaraña en la que me había enredado desde que empecé a vivir con Maurice y que no deseaba ver cortado. No, Raffaele no podía morir y menos podía matar al hombre que amaba. Por más antipatía que tuviera hacia Miguel, no quería verlo muerto.

Mientras cabalgaba, aturdido por el ruido de los cascos estrellándose contra el camino, cegado por el sol y el polvo que se levantaba a mi paso, estuve a punto de rendirme y resignarme a que no llegaría a tiempo. Entonces, la voz suplicante de Maurice en mi cabeza me hizo azotar al animal con demencia. ¡Tenía que detenerlos a cualquier costo!

Llegué junto al carruaje, que se había parado a menos de un kilómetro de los límites de las propiedades de los Alençon, y salté del caballo. Miguel y su sirviente habían dejado sus bestias atadas a un árbol, cercano a las ruinas de la Iglesia. El claro en el bosque estaba por encima del nivel del camino, había que subir una cuesta de unos dos metros para llegar al lugar en el que estaban realizando el duelo.

Raffaele y Miguel se encontraban ya dándose la espalda el uno al otro, muy cerca, a punto de comenzar a caminar. El sirviente español se encontraba a unos pasos del borde contemplando todo aterrorizado. Cuando lo vi pensé que era la perfecta imagen de un inútil.

—¡Basta! —grité—. ¡Esto es una locura!

—¡Vassili, no te metas! —contestó, impaciente, Raffaele—. Debí encerrarte junto con Maurice.

—No puedo creer que quieras seguir con esto, Raffaele. —Corrí hacía él para sujetarlo del brazo y alejarlo de Miguel.

—Ya lo he dicho, quiero que todo termine y Miguel también. No es asunto tuyo. —Sacudió su brazo y me llevó a empujones hasta el borde.

—Vete, no tienes que ver esto.

—¡No voy a permitir este duelo!

—¡Necio, esto no tiene nada que ver contigo!

Me empujó de nuevo y perdí el equilibrio, caí rodando por la cuesta y fui a dar contra una de las ruedas del carruaje. El golpe no fue gran cosa, apenas me aturdió y mi traje se llenó de polvo. Raffaele bajó rápidamente para auxiliarme.

—¡Demonios, no quería hacerte daño! Aunque es mejor así. —Colocó su rodilla sobre mi pecho inmovilizándome. Me quitó la cinta del cabello y ató mis manos a la rueda del carruaje con ella—. Así no interferirás más.

—No, Raffaele... no te atrevas...

—Cuida de que el carruaje no se mueva —ordenó al cochero, quien miraba asustado sujetando las riendas de los caballos. Otro inútil—. Desata a Monsieur Du Croisés cuando todo haya terminado. No se te ocurra hacerlo antes.

—¡Detente, Raffaele, vas a lamentar esto el resto de tu vida!— insistí desesperado. Sonrió con tristeza y subió la cuesta— ¿Realmente vas a hacerte matar por Miguel? —dije recordando las palabras de Maurice.

Intenté liberarme. Él había hecho los nudos con tanta fuerza que me hacía daño. Ordené al cochero que me desatara.

—Pero Monsieur Alençon me ha dicho...

—¡Te sacaré las entrañas si no me sueltas ahora mismo!

Fui tan convincente que el hombre se apresuró a liberarme, cortando la cinta con un pequeño cuchillo que llevaba en su casaca. Mientras subía la cuesta, tan rápido como me era posible, tuve la sensación de estar luchando contra la fatalidad. Ya estaba seguro de que no convencería a Raffaele y mucho menos a Miguel. Todo estaba perdido y sólo los vería morir.

No sé cómo, en un rincón oscuro de mi propia conciencia, se formó una oración y ésta fue todo lo que llevaba en mi cabeza mientras me resbalaba tratando de alcanzar la cima.

—Dios, no lo permitas...

Me traicioné a mí mismo con aquella súplica. Para colmo, la respuesta del cielo fue inmediata. Escuché el creciente galopar de un caballo y la voz de Maurice llamando a sus primos. Éstos seguían dándose la espalda, pero a una distancia que indicaba que el duelo había comenzado. Se detuvieron al escucharlo.

Todos permanecimos a la expectativa pues el sonido no venía del camino sino del bosque. Maurice apareció entre los arbustos con el cabello suelto y una mirada fiera. Venía montando un caballo negro que relinchaba como un demonio. Traía la camisa a jirones porque había atravesado a galope un estrecho sendero, haciéndose daño con las ramas. Incluso podían verse varias manchas de sangre en la blanca tela.

Si su oportuna entrada no era un milagro, no sé de qué otra forma llamarla. Además, su imagen me recordó al arcángel Miguel enfrentando al demonio. Maurice venía a batirse a duelo con la misma muerte.
—¡Detengan esta estupidez de una vez por todas! —gritó, furioso.
Llevó su animal hasta ponerlo entre Raffaele y Miguel. El caballo estaba nervioso y se encabritaba a cada momento. Miguel lo sujetó por las riendas para qué Maurice pudiera bajar. Luego, le soltó y la bestia se alejó de todos, relinchando como si maldijera el viaje infernal que le habían obligado a hacer.

—¿Cómo has escapado? ¡Y mira cómo te has puesto! —Raffaele no podía dar crédito a lo que veía.

—Eso no importa. No puedes seguir con esto Raffaele, tú amas a Miguel y él a ti...

—Ese es el problema, Maurice. Nos amamos y odiamos más de lo que se puede soportar. —Le tomó por el brazo y lo obligó a acercarse hasta mí—. Vassili sujeta bien a Maurice, no dejes que se meta.

—Ya basta, Raffaele —le regañé—. Maurice tiene razón.

—Sujétalo bien o será su muerte la que vas a llorar.

Como un acto reflejo apresé a Maurice, quien parecía no haberse recuperado de la cabalgata, incluso cojeaba. Odié a Raffaele por hacerme elegir en cierta manera entre su vida y la de quien más amaba. Me estaba obligando a dejarlo seguir con el duelo.

—Suéltame Vassili, no podemos dejar que sigan...

—Es inútil, los dos quieren matarse...

Al mismo tiempo Raffaele indicó a Miguel que podían continuar. Los dos caminaron, para distanciarse el uno del otro, y levantaron sus armas apuntándose. Pude ver por primera vez un destello de tristeza e sus ojos, cuando se miraron entre ellos. Creí que estaban despidiéndose y tuve que esforzarme para no dejar escapar mis lágrimas. Era como si toda su historia juntos estuviera condensada en ese instante, y lo único que sobresalía era una gran desolación.

—Vamos, Miguel, terminemos de una vez... —susurró Raffaele, sonriendo.

Miguel volvió a su expresión adusta y ordenó a su sirviente que contará hasta diez. Este se echó a llorar, pero pronunció los fatales números.

Poco antes de llegar al final, Maurice se liberó de mi abrazo y, con una fuerza y una agilidad que debo llamar asombrosa, me empujó y corrió hacía Raffaele. Perdí el equilibrio y fallé al intentar atraparlo de nuevo.

Me quedé paralizado al verle abrazar a su primo al mismo tiempo que el sonido del disparo de Miguel llenaba el mundo de oscuridad. Mi grito se confundió con el de todos y el nombre de Maurice resonó en el bosque como un estallido...

Los vi caer al suelo. Raffaele había tratado de girar y proteger a su vez a Maurice, no tenía idea de si lo había hecho a tiempo o de si la bala los había atravesado a los dos. Simplemente los vi caer y sentí que el mundo se desdibujaba, que todo lo que existía perdía forma y color. Me vi a mí mismo en una página en blanco, en una soledad absoluta. Caí de rodillas en agonía.

Escuché a Miguel clamando al cielo. Mis ojos dejaron de ver los cuerpos tendidos en el suelo, para dirigirse cargados de odio hacia él. Estaba petrificado, aún con el arma humeante en la mano apuntando al vacío que dejaron sus primos. Su rostro reflejaba desesperación. Sentí que el rugir de la tormenta que agobiaba mi corazón subía hasta mi garganta, y abrí la boca para dejarle escapar.

—¡Maldito seas Miguel! ¡Juro que te lo haré pagar!

Pensé en tomar el arma de Raffaele y consumar mi venganza, pero éste se incorporó de pronto y comenzó a revisar a Maurice.

—¿Estás bien, Maurice?

—Sí... ¿Y tú?

—Perfectamente...

Era maravilloso, los dos estaban vivos. No pude decir nada, me limité a mirar asombrado y volver a respirar. Aquellos fueron segundos eternos y terribles. Sólo habían perdido el equilibrio y se habían asustado por el disparo, la bala no los había tocado. Aunque Maurice tuvo dificultades para levantarse, daba la impresión de que le dolía el pie izquierdo.

—¿Miguel ha fallado? Pero él nunca falla... ¡Lo sabía! —exclamó, feliz—. ¡No ha querido matarte!

—¿Te has vuelto loco, Maurice? —gritó el español, furioso, cuando se repuso de la sorpresa—. ¡Pude haberte matado!

—Entonces, ¿te has arrepentido a última hora? —se burló Raffaele, mostrando su fiera sonrisa. Miguel no le contestó—. La sangre española siempre tan poco espesa... Pero a mí aún me queda un tiro, Monsieur, y yo soy francés, acostumbro a terminar mis duelos—. Apuntó hacia él su arma, este no se movió y no mostró ninguna emoción en su rostro.

—¡¿Estás loco?! —rugió Maurice, arrebatándole la pistola. Apuntó al cielo y cerró los ojos mientras apretaba el gatillo.

No hubo disparo. El arma nunca estuvo cargada. Maurice miró a su primo, estupefacto, y yo me levanté para acercarme a revisarla.

—Ibas a hacer que te matara... —exclamó Miguel, perdiendo todo su aplomo y cayendo de rodillas—. ¡Esto nunca fue un duelo sino tu ejecución! —Comenzó a llorar—. ¿Cómo has podido...?

Raffaele se acercó y se arrodilló ante él.

—Miguel, si tú me quieres muerto, no puedo hacer otra cosa que bajar al sepulcro. No sabes la agonía en la que he vivido todos estos años sin ti... La muerte es un castigo piadoso para lo que hice.

—¡Te odio! —le gritó mientras se arrojaba a sus brazos—. ¡Yo quería que me mataras de una vez y no lentamente como lo has hecho desde ese día! ¡Sabía que Sophie mentía, pero ya no aguantaba más! ¡No soporto odiarte y amarte tanto!

Raffaele se limitó a corresponder a su abrazo, y por unos momentos, sólo se escucharon los sollozos de Miguel.

—Los dos son un par de imbéciles... —les acusó Maurice, agotado.

Quiso ir hacia ellos, pero al dar un paso, mostró un gesto de dolor y se quedó sin fuerzas. Apenas llegué a tiempo de evitar que cayera al suelo. Me angustié al ver que su rostro había perdido el color. También respiraba con dificultad, su cuerpo estaba helado y sudaba copiosamente.

Raffaele y Miguel corrieron hacia nosotros, alarmados. Al ver que no reaccionaba, lo llevamos en brazos hasta el carruaje. Yo abordé con él. Raffaele ordenó al cochero dirigirse al palacio. Luego, nos siguió a caballo junto con Miguel y su sirviente.

Al llegar, descubrimos que Asmun aún no había regresado con el doctor Daladier. Me preocupaba tanto el estado de Maurice, que insistí en llevarlo hasta su casa. Los otros dos estuvieron de acuerdo. Quisieron acompañarnos, pero les ordené que dejaran a Maurice en mis manos y terminaran de resolver sus diferencias. En el fondo, les echaba la culpa del estado de mi amigo y no los quería cerca.

Miguel ordenó a su sirviente que nos siguiera y ayudara en lo que hiciera falta. Cerca de París, encontramos a Asmun, que regresaba con las manos vacías porque no había hallado a Daladier en su casa. Cometí el desliz de contarle que Maurice se hallaba en tal estado a causa del duelo. Se enfureció y espoleó su caballo para llegar al palacio. Imaginé que le haría toda una escena a Raffaele y me alegré. Se tenía merecido cualquier cosa que el joven le dijera. Él y Miguel nos habían hecho pasar por una terrible experiencia.

Maurice seguía inconsciente, agotado y con un gesto de sufrimiento deformando su precioso rostro. Yo descendía por una espiral de desesperación mientras continuábamos nuestro viaje a París. Sopesaba si debía ir a casa de mi padre o a la de Théophane para pedirles ayuda, cuando el sirviente de Miguel, que ese día aprendí que se llamaba Antonio, sugirió otro doctor que no vivía lejos. Ordené al cochero seguirlo y nos guió hacia la periferia de la ciudad, hasta la calle San Gabriel.

¿Fue Antonio un instrumento del destino para guiarnos hacia un lugar que llegaría a ser transcendental para nosotros? ¿O fue simplemente un sirviente corto de mente que no se dio cuenta de que ningún noble, en su sano juicio, pondría un pie en aquella calle? Me inclino por lo segundo.

La calle San Gabriel era un lugar horrendo. La miseria se percibía en las casas, en las gentes y sobre todo en la pestilencia que se respiraba. Me arrepentí en el acto de haber seguido al muchacho español, pero no podía perder más tiempo, necesitaba que atendieran a Maurice.

Cuando bajé del carruaje, frente a la casa del doctor, agradecí que existiera un sendero entre las heces para transitar. Llevé a mi amigo, aún inconsciente, fuertemente sujeto hasta el interior. En cuanto traspasé el umbral, me llevé la sorpresa de que adentro olía tan mal como afuera.

La casa tenía dos plantas, la inferior se encontraba repleta de enfermos harapientos distribuidos por todos lados, yaciendo en catres destartalados, mesas y el mismísimo suelo. ¡Era una pesadilla! Nadie en el mundo querría entrar en semejante lugar.

El doctor Charles de Armagnac no me causó mejor impresión. De hecho, me horrorizó. Era un hombre corpulento, unos centímetros más bajo que yo. Supuse que rondaba los cuarenta. Estaba en mangas de camisa, con un delantal lleno de sangre y porquería. Se asemejaba más a un soldado que un médico por sus maneras bruscas. Tenía una espantosa y enorme cicatriz que iba desde su inexistente ceja derecha hasta la mitad de su cabeza. El cabello no le había crecido sobre esta, por lo que la piel arrugada y oscura estaba completamente expuesta.

Me quedé pasmado al verlo. A él no le importó. Estaba concentrado en discutir con Antonio, quien en su mal francés suplicaba que nos recibiera.

—¡Dejé muy claro que no quería volver a saber nada de usted y de los Alençon! —bramó el doctor.

—Esta vez es diferente. Es otro señorito...

—¿Qué hacen en ese maldito palacio que a cada rato me traen un muchacho herido? —dijo revisando a Maurice—. Y éste es más bonito que el anterior. El viejo duque definitivamente ha cambiado sus preferencias, antes violaba doncellas, ahora le van los niños.

—¿De qué habla? —repliqué, escandalizado.

—¿Quién es usted? —me miró de arriba abajo, como si hasta ese momento no se hubiera percatado de mi existencia. Debió creer que yo era un sirviente.

—Es Monsieur Du Croisés, un invitado del señorito —se apresuró a decir Antonio—. Doctor Charles, por favor, esta vez es otro problema, se ha desmayado y tiene heridas...

—No tengo lugar...

—¡Atiéndalo de una vez o juro que echaré abajo esta pocilga! —grité más que dispuesto a cumplir mi amenaza.

—¡No venga aquí con esos aires, yo no soy su sirviente!

—Pueden llevarlo arriba —intervino una mujer tras nosotros, deteniendo el debate—, a la habitación de la derecha.

—¿Nuestra habitación? No voy a meter a nadie ahí...

—Suban señores —insistió Madame de Armagnac, dirigiendo al doctor una mirada que lo apaciguó de inmediato—. Mi marido los atenderá enseguida. Esperamos que la paga sea tan buena como la última vez.

—Por supuesto —respondió Antonio, agradecido.

La habitación estaba llena de baúles, medicamentos, cajas y muebles apilados. Como si toda la casa debiera contenerse ahí, porque las demás estancias estaban bajo el dominio de los menesterosos. Al menos las sábanas estaban limpias.

Cuando el hombretón tocó su pie, Maurice despertó y gritó de tal forma que me asusté. Hubo que cortar la bota que llevaba para examinarlo, lo tenía hinchado y con una mancha oscura alrededor del el tobillo.

—Creo que no está roto —afirmó el doctor, mostrando al fin algo de preocupación—. Lo inmovilizaré. Tendrás que reposar un tiempo, muchacho. Limpiaré y vendaré las demás heridas. No parecen gran cosa, me trajeron a otro en peor estado. ¿Qué pasó, cómo terminaste así? ¿O tampoco esta vez puedo preguntar? —agregó, mirando a Antonio, este se puso muy nervioso. Como yo también quería saber, agradecí que Maurice respondiera.

—Calculé mal al saltar... y atravesé un sendero muy estrecho... —fue su escueta respuesta. Estaba agotado y seguramente sus nervios habían llegado al límite ese día.

El doctor le dio un tónico para calmar el dolor, y según dijo, para devolverle algo de color a su rostro. Ya nos disponíamos a volver al carruaje cuando Maurice, en mis brazos, quiso hablar con él.

—¿Por qué ha dicho eso sobre mi abuelo y a quién trajeron antes?

Al parecer, no había estado del todo inconsciente, y aún muriendo de dolor, su curiosidad era implacable. Yo también estaba intrigado y no era menos curioso, pero con tal de salir de aquel lugar, había decidido dejar el asunto sin investigar.

—¿Tu abuelo? ¿Eres un Alençon? ¡Pobre muchacho! —exclamó el doctor, escandalizado—. Pregúntale a la mujer del panadero sobre las atrocidades que tu abuelo cometía en el Palacio de las Ninfas. Ella huyó de ahí cuando descubrió que el depravado viejo gustaba de tomar a las sirvientas a la fuerza.

—No me sorprende —contestó Maurice con tranquilidad—. Mi abuelo no era un modelo de virtud. Pero ya ha muert. Mi tío es ahora el Duque de Alençon, así que tenga cuidado. Si va atribuyéndole los pecados de mi abuelo, no se lo perdonaré. Mi tío es un hombre honorable.

—¿Honorable? ¿Es honorable torturar jovencitos? Este maldito —dijo señalando a Antonio—, trajo hace poco a un muchacho sangrando...

—¡Doctor de Armagnac, le pagamos por su discreción en el asunto! —chilló el sirviente mezclando el francés con el español.

—Sí, lo recuerdo —gruñó el hombre, dedicándole una mirada de odio—. Por eso no diré más.

—Mi tío vive en Nápoles —afirmó Maurice, haciendo acopio de sus fuerzas—. No ha visitado en meses el Palacio de las Ninfas. Así que no ha sido él.

—Fue un encargo de Madame Pauline —se apresuró a decir Antonio—. El muchacho que traje era un sirviente que sufrió un accidente en casa de Madame Sophie.

—Lo trajiste diciendo que venías de parte del Duque de Alençon... —le acusó Armagnac con cara de querer patearlo.

—Supongo que mi tía Paulina se lo ordenó —le indicó Maurice, desestimando el asunto—. No me extrañaría que las heridas fueran el resultado de algún castigo que ella le impuso. Solía ser muy cruel. Antonio no es más que un sirviente, no se ensañe con él.

—Tú tía debe haber heredado la maldad de tú abuelo. De cualquier forma, muchacho, nunca he escuchado nada bueno de tu familia.

—Eso es porque no ha escuchado hablar de mi tío, es un hombre magnífico.

—Ven a contarme sobre él cuando quieras, tus heridas van a necesitar un tratamiento largo, no quiero que te queden cicatrices... —le sonrió afablemente, al final había terminado apreciándolo.

—No se preocupe —repliqué, molesto—, tenemos un buen médico que se encargará de todo lo demás.

Me apresuré a salir de allí jurando que jamás dejaría que aquél horrendo hombre tocara a Maurice de nuevo. Mi amigo me reprendió por mi falta de modales, yo fingí no escucharlo. Abordamos el carruaje y nos marchamos sin esperar a que Antonio terminara de arreglar el pago.

Al llegar al palacio nos alcanzó. Suplicó que no dijéramos a Miguel que nos había llevado con el doctor Charles de Armagnac. Aseguró que lo castigaría severamente si llegaba a enterarse. Pensé que se tenía bien merecido cualquier castigo y estaba más que dispuesto a acusarlo, pero Maurice prometió que no diríamos nada. Estaba agradecido por haber conocido a un hombre tan interesante como aquel doctor. Deduje que en el vocabulario de Maurice interesante y grotesco eran sinónimos.

No discutí con él al respecto, me preocupaba verlo tan cansado y adolorido, aunque su semblante había mejorado. Le llevé en brazos hasta su habitación. Sus primos se reunieron con nosotros.

Raffaele nos hizo saber que Asmun le había regañado con gran vehemencia, incluso llegando al extremo de abofetearlo. Después aseguró que se marchaba a Nápoles y salió del Palacio.

—Es la primera vez que hace semejante pataleta —bromeó Raffaele sin poder ocultar su preocupación.

Miguel insistió en que tal temeridad debía ser castigada, Raffaele se limitó a decir que el muchacho Tuareg tenía razón al disgustarse, y que le consideraba como un hermano.

Era evidente que las cosas entre Miguel y Raffaele aún no estaban del todo bien. Semejantes heridas no podían arreglarse fácilmente, y algunas veces, odiar a alguien se convierte en un hábito. Desde mi punto de vista, estaban ante el difícil trance de tener que desandar el largo camino que trazaron alejándose uno del otro.

No era lo único que debían afrontar, los bellos ojos de Maurice les miraban esperando una explicación que le ayudara a entender cómo sus primos–hermanos terminaron protagonizando un duelo. Yo no quería estar en los zapatos de Raffaele; de hecho, nunca he querido. No he conocido a nadie con peor suerte que él.

Sin embargo, el destinatario de las recriminaciones de Maurice fue Miguel. Mi amigo estaba furioso con él por haber propuesto el duelo. Le repetía una y otra vez que no entendía cómo había llegado tan lejos, cómo había creído las palabras de Sophie, y sobre todo, cómo se había atrevido a buscar que Raffaele le matara, pues estaba seguro que desde el principio su primo pensaba fallar aquel tiro.

El orgulloso señor de Meriño se limitaba a bajar la cabeza en silencio, lo que exasperaba más a su juez. Raffaele tomó la mano de Maurice y le pidió que lo mirara a la cara.

—Escúchame, por favor —dijo en un tono tan triste que temí lo peor—. No digas nada hasta que termine. Todo es mi culpa.

—No se lo digas... —suplicó Miguel.

—Quiero que lo sepa. No importa si me odia después.

—¡Claro que importa!

—Ya estoy cansado de llevar esta carga. Estoy dispuesto a recibir el castigo y no conozco mejor verdugo que Maurice.

—¿De qué demonios están hablando? —los increpó Maurice, molesto.

—Voy a contarte algo que va a hacer que me odies...

—Yo nunca podría odiarte... No por mucho tiempo al menos...

Raffaele sonrió y besó a su pequeño primo en la frente. Entonces, comenzó a narrar lo que ocurrió aquella nefasta noche en que destrozó su relación con Miguel. Este se levantó nervioso y se alejó hacia la puerta, pero no salió. Se quedó de pie con la mano en el pomo, inmóvil, llorando en silencio.

Yo tuve que soportar aquellos instantes malditos de pie, fingiendo una fortaleza que no tenía. Adivinando lo que sintió Miguel y lo que estaba sintiendo Maurice, a la vez que constataba cuánto se odiaba Raffaele a sí mismo.

Podía imaginar a los dos como unos muchachos enamorados, siete años atrás. Atrapados por sus deberes familiares, deseando ser libres de amarse el uno al otro. Inquietos porque el compromiso de Raffaele ya se había determinado para el siguiente año.

Su prometida era apenas una niña, hija de importantes nobles napolitanos, emparentados con Carlos III. Era la oportunidad para que los Alençon volvieran a estar cerca de poseer un día una corona, como lo estuvieron antes, cuando los Valois, con quienes compartían lazos de sangre, gobernaban Francia.

Raffaele iba a cumplir con aquel matrimonio los sueños de sus progenitores, y sobre todo, los de su tía Severine, quien era el artífice de aquel compromiso. No había manera de escapar, no sin hacerle daño a su padre y profanar la memoria de su madre. El disgusto que le provocara a su tía le daba igual, aunque la abadesa era como una madre para el Duque Philippe y este siempre la complacía en todo.

Miguel no soportaba la idea de ver a su amado casado con otra persona. Quería que estuvieran juntos sin tener que temer ser descubiertos o buscando excusas para verse durante algunos meses al año. Así que concibió la idea de escapar hacia el nuevo mundo, hacia cualquier lugar en el que pudieran perderse de la vista de sus familias.

Las cosas se torcieron aquella noche, cuando expuso su plan y recibió una negativa de Raffaele. Le juró que no volvería a verle si por complacer a su padre aceptaba el compromiso. Entonces, Raffaele, ciego de rabia, desesperación y orgullo, destruyó todo.

Algunas veces he pensado que su error fue creer que Miguel era suyo porque se le había entregado por completo desde el principio, y no podía reconocerlo al verle amenazándolo con dejarle. Poniéndole condiciones. Exigiendo una exclusividad que le haría sufrir, ya que Raffaele amaba a su padre y estaba atrapado por la sombra de su madre, cosa de la que ya llegará el momento de hablar.

La violencia fue su respuesta ante la presión que le asfixiaba. Ante la angustia de no encontrar una salida que contentara a todos. Ante la inflexibilidad de un amante que no quería seguir escondiéndose ni aceptaba compartirlo. Pero esa violencia estaba animada por la convicción de que Miguel le pertenecía y podía hacer con él lo que quisiera porque jamás le había negado nada.

Una percepción que se agravaba por haber crecido sin conocer restricciones. Su padre le educó para ser rey, jamás le negó un capricho y siempre se adelantó a complacerlo en todo. Hasta el momento en que le dijo que amaba a Miguel. Entonces, el Duque, adoptando una severidad que le desconocía, le prohibió continuar su relación.

Aquella noche, por primera vez en su vida, Raffaele no tenía el control y su voluntad no se cumplía. Ni su padre ni Miguel habían cedido. Decidió doblegar a quien consideraba más vulnerable y le demostró, de la peor manera que era su dueño. Al final, lo único que quedó en evidencia fue su propia vileza.

Nunca justificaré a Raffaele por lo que hizo. Pero le comprendo perfectamente. Sé lo que sintió, lo sé. Sé que no fue un acto calculado con detenimiento, sino un impulso surgido de lo peor de sí mismo. Sé que se odió desde que logró recuperar la razón, después de satisfacer su lujuria y afán de dominio, y vio a Miguel encogido en aquella cama, adolorido y humillado. Sé que cuando este le pidió una explicación para semejante acto, huyó como un cobarde. Sé todo eso porque él mismo lo confesó la noche en que estuvo a punto de forzarme y aquella tarde ante Maurice, quien le miraba incrédulo.

¡Ah, esos hermosos ojos verdes parecían estar contemplando aquella escena! Supliqué varias veces a Raffaele que detuviera su tortura, pero él quería decirlo todo, como si tuviera la esperanza de recibir una absolución a cambio. Cuando al fin guardó silencio, esperó.

Esperó la respuesta de Maurice, su condena o su perdón. Pero ante él no tenía a un juez ni a un sacerdote sino a su primo. El mismo que conocía y amaba desde niño y al que acababa de romperle el corazón.

—¿Cómo pudiste hacer algo así? —preguntó al fin Maurice—. Tú amas a Miguel...

—Porque soy un miserable...

—Le dije que iba a dejarle —intervino Miguel, angustiado, en su defensa—. Le presioné para qué se revelara contra el tío Philippe... Fue mi culpa...

—No, Miguel. El único culpable soy yo. Nunca te he pedido perdón porque no lo merezco. No hay excusa para lo que te hice. Me he odiado a mí mismo cada minuto desde ese día.

—¿Y por eso ibas a dejarte matar? —le acusó Maurice— ¡Idiota! Miguel nunca iba a ser feliz con tu muerte.

—Quería que todo terminara...

Maurice se le quedó mirando como si no le reconociera, de hecho creo que ya no reconocía nada. Sus ojos se tornaron dorados sin que me diera cuenta, las lagrimas los ahogaron. Sin embargo, él se mostraba más confundido que triste.

—¿Cómo fue que llegamos a esto? —susurró para luego soltar las palabras en tropel—. Los tres fuimos felices juntos cuando éramos niños... Los pocos recuerdos amables que conservo de mi infancia me los dieron ustedes. Sobre todo tú, Raffaele. Me cuidaste desde el primer día en que nos conocimos en este maldito palacio. No puedo creer que el mismo Raffaele de ese tiempo le hiciera daño a Miguel. ¡Me niego a creerlo!

—Maurice... —intentó hablar Raffaele.

—Déjame, por favor —suplicó—. Déjenme solo, por favor. Necesito estar solo.

Ninguno se atrevió a contrariarlo. Yo también me dispuse a salir con ellos, pero al volverme antes de cruzar la puerta, le vi abrazarse a sí mismo y balancearse hacia delante y atrás. No pude dar un paso más, cerré a la puerta y permanecí en silencio contemplándole con el corazón anegado de dolor, deseando abrazarle y temiendo que me pidiera que me marchara.

Traté de imaginar lo que estaba sintiendo. No pude. No logré abarcarlo por completo en ese tiempo. Hoy, después de llevar una vida conociéndolo, de haber sostenido su corazón en mis manos tantas veces y de haber compartido inolvidables noches de intimidad, puedo hacerme una idea de lo que sentía.

Tal y como dio a entender, Maurice no disfrutó de una infancia tranquila. Sus primeros años de vida tenían todos los elementos de una sombría tragedia. Gracias a Raffaele, Miguel, el Duque Philippe y el Padre Petisco, pudo ser feliz y crecer reconciliado con su propia existencia. Esto no era fácil si se consideraba la personalidad de su madre y de otros miembros de su familia.

Sus primos fueron durante muchos años sus únicos amigos. Los amaba con todo su corazón. El que se enamoraran destrozó por completo la armonía entre los tres. Verlos a punto de matarse el uno al otro resultó una verdadera pesadilla. Mas, saber que Raffaele había violado a Miguel, fue más de lo que pudo soportar. El absurdo se enseñoreó de su mundo.

Me contó que, en momentos de caos como ese, percibía la realidad como si se tratase de una pintura que ha sido cortada en pequeños trozos y esparcida al viento. No podía definir nada, todas las certezas desaparecían, la verdad se volvía una quimera y sus propios sentimientos perdían toda forma, ganando viscosidad y peso hasta aplastarlo por completo. Su primera reacción siempre era huir de semejante opresión.

Felizmente, Maurice ya no era un niño. Durante su vida, había saboreado la desesperación lo suficiente como para saber librarse de ella. Si todo perdía sentido, simplemente debía volver a dárselo. Así que ese día secó sus lágrimas, recobró la compostura y se dispuso a buscar la multitud de pequeños trozos para integrarlos de nuevo en la gran pintura, en la respuesta que integrara todo y erradicara el caos.
Lo vi intentar levantarse y me apresuré en ir en su ayuda. Debió olvidar que estaba herido, ya que se mostró muy sorprendido cuando colocó su pie entablillado en el suelo y el dolor lo tumbó en la cama de nuevo.

—¿A dónde vas? Si quieres hablar con tus primos, yo los llamaré.

—No, no los llames. Quiero ir a la otra habitación, necesito mis libros.

—¿Tus libros? ¿En un momento como este? Maurice, mírate. No puedes caminar y sé que el dolor de tu pie no se compara con el que te ha causado saber lo que hizo Raffaele... Lo mejor es que descanses.

—Necesito entender... ¡Si no me ayudas, iré arrastrándome!

Lo miré sorprendido y disgustado. Algunas veces era tan irracional. Lo ayudé a levantarse. Al ver que le suponía un gran esfuerzo desplazarse aún apoyándose en mí, lo levanté en brazos. Sé que maldijo por lo bajo ser tan menudo y fácil de cargar. Igual se aferró a mi cuello, seguía agotado.

—Eres un príncipe muy caprichoso algunas veces —bromeé.

—Hoy me siento como el chiste malo de un bufón sin dientes —respondió en un tono sombrío. No pude evitar sonreír ante la extraña imagen que evocó.

Cuando entramos en su habitación secreta, quise llevarlo hasta la silla de su escritorio, pero pidió que le dejara en el suelo, cerca de uno de los baúles con los libros prohibidos de los jesuitas.

—¿Qué es lo que buscas? —pregunté al verle sacar un libro tras otro.

—Entender...

—Vuelve a contestarme de esa forma y me largaré dejándote ahí tirado —mi tono dejaba ver que había agotado mi paciencia—. No hay nada qué entender. La situación está muy clara. Trágicamente diáfana, diría yo.

—¿Y qué quieres que te diga? El hecho es que no entiendo nada... Necesito saber por qué ha pasado esto con Miguel y Raffaele, antes de que me vuelva loco.

—Deja de buscar respuestas en tus libros de teología. Ahí sólo encontraras una condena para tus primos. Además, no importa qué diga la Biblia o San Agustín, ellos se aman y van a seguir haciéndolo aunque sea una tortura.

—Necesito hacerlo... —murmuró, angustiado.

—¡Hazlo entonces! —Odiaba tanto verle derrotado que me di por vencido—. Pero no te extralimites. Siéntate lo más cómodo que puedas y yo te pasaré los malditos libros, aunque te juro que lo que quiero es hacer una gran hoguera con ellos en el jardín.

Maurice no dijo nada más por un rato, seguro lo ofendí. Insistí de nuevo en ayudarlo y accedió. Me pidió algunos textos de la biblia en griego y sus carpetas de apuntes.

—Por cierto... —me susurró con una media sonrisa cuando me incliné para entregarle otro libro—, yo jamás buscaría respuestas en San Agustín como tu estimado Jansenio.

—Perdona, pero ya sabes que algunas cosas no se olvidan... —Sonreí con amargura, recordando mi antigua vida, esa en la que las obras de San Agustín, Jansenio y Pascal fueron mi alimento.

Maurice se concentró en su lectura. Yo me dormí en su silla, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Aburrido, molesto y cansado. Que día tan largo estaba resultando aquel y ni siquiera había desayunado.

Al abrir los ojos, varias horas después, descubrí a Maurice tumbado de espaldas, con los brazos desplegados a los lados. Era un crucificado delicioso, con sus ojos cerrados, el cabello esparcido en mechones desordenados y la ropa limpia que le había ayudado a ponerse Antonio, al regresar de la horrible calle San Gabriel. Se podían distinguir las vendas bajo la blusa. A pesar de que debía sentirme triste por recordar sus heridas, lo primero que salió a la superficie fue el deseo... ¡Ah, cuanto anhelaba hacerlo mío!

Avancé hacia él unos pasos, hasta que vi los libros a su alrededor. Recordé que estaba molesto por su extraña reacción ante la tragedia de sus primos y me contuve. Si hubiera llorado a gritos o maldecido a Raffaele, no me hubiera extrañado tanto como su capricho por sumergirse en aquellas páginas rancias.

¿Qué respuesta podía encontrar? Yo estaba seguro de que iba a ser una que no me agradaría. Que condenaría no sólo a sus primos, sino también a mí, pues sentía por él una pasión semejante a la que les había consumido a ellos. Sí, Maurice, tal como dijo Raffaele, amarte llegaba a veces a sentirse como un puñal destrozándome las entrañas.

—He equivocado la pregunta... —susurró Maurice, cansado, cuando abrió los ojos y me descubrió de pie, contemplándolo. Luego, sonrió y me invitó a acercarme.

—Ahora soy yo el que no entiende... —bromeé, dejando atrás mi mal humor para sentarme a su lado.

—La pregunta no debía ser si Miguel y Raffaele sufrían porque su amor es un pecado, sino qué es amor y qué es pecado.

—Ahora sí que me has confundido.

—Por supuesto. Tendrías que haber estado dentro de mi cabeza para entenderme. He pensado en tantas cosas a la vez que terminé mareado. Al final, me di cuenta de que lo único que importa es que ellos están sufriendo.

—En eso te doy la razón.

—Recuerdo sus rostros sonrientes años atrás. —Cerró los ojos por un momento, parecía estar paladeando sus memorias. Cuando volvió a abrirlos, vi una profunda convicción en ellos—. Quiero que vuelvan a ser felices. Los dos eran excelentes personas, y no lo digo porque los quiero, sino porque los vi ser generosos, buenos, honestos, amables y valientes. Pero han cambiado...

—¿Porque se enamoraron el uno del otro? —pregunté con recelo.

—No, cambiaron desde que se separaron.

Me explicó que sus primos comenzaron su amorío después de que él ingresó interno en un colegio de la Compañía de Jesús. Se enteró años después, cuando ya había decidido ser jesuita y acababa de entrar en el noviciado.

—Miguel me lo confesó en una de sus visitas. Se mostraba muy feliz, pero a mí no me hizo ninguna gracia. Le escribí una horrible carta a Raffaele. Él jamás contestó y no volvió a visitarme a partir de entonces. Esa carta nos separó. Perdí a Raffaele por mis celos y mi orgullo que me hizo creerme con derecho a ser su juez... —Se cubrió los ojos con el brazo. Por su voz, adiviné que contenía las ganas de llorar.

No volvieron a verse hasta que el viejo Théophane obligó Maurice a abandonar e Noviciado y lo trajo a Francia. Su primo actuó como si nada hubiera ocurrido.

—Yo sabía que ya no eran amantes. Miguel me contó una gran farsa durante otra de sus visitas al noviciado. Dijo que habían terminado porque todo había sido un juego y ya se habían aburrido... ¿Cómo es que no me di cuenta? Miguel se veía tan triste cuando me visitaba en el noviciado... Y Raffaele estaba tan extraño cuando volvimos a encontrarnos en casa de mi padre. Debí saber que toda su ruidosa alegría era fingida. Pero yo sólo pensaba en mí mismo, en mi deseo de marcharme al Paraguay... ¡Soy un miserable!

Lloró mientras se mordía el labio para no gemir. Puse mi mano sobre su pecho, queriendo transmitirle algo de consuelo. Tenía un doloroso nudo en la garganta que no me dejaba hablar.

—Ellos cambiaron por completo durante mi estancia en el Paraguay —siguió lamentándose—. Miguel se volvió cruel. Tiene fama de ser uno de los oficiales más sanguinarios del ejército español. Y Raffaele se convirtió en un libertino, violento y capaz de... ¡Oh, Dios, quisiera retroceder en el tiempo y volver a los días en que corríamos por el campo buscando tesoros!

—Maurice, no te mortifiques más.

—Me desentendí de ellos por completo. Ahora dudo de si mi partida al Paraguay fue algo más que un deseo de aventuras, de escapar de una vida sin sentido.

—¿Y qué si lo fue? No te atormentes por cosas que no puedes cambiar.

—Tienes razón. —Descubrió su rostro, lucía decidido—. El pasado es inalterable. Tengo que concentrarme en lo que puedo hacer ahora para que mis primos se reconcilien y sean felices.

—¿Estás aceptando la relación entre Miguel y Raffaele?

—¿Qué otra cosa puedo hacer? Tal y como tú has dicho, el hecho es que ellos se aman. Los dos se necesitan, sufren y se vuelven personas terribles cuando no están juntos.

—¿Hablas en serio? —Sus palabras me habían tomado completamente por sorpresa.

—Es obvio que lo suyo no ha sido un juego ni algo que puedan dejar atrás. También es evidente que su relación se ha desvirtuado. El amor no tiene nada que ver con lo que Raffaele le ha hecho a Miguel, o con todo el odio que han mostrado entre ellos. En algún momento, su amor se ha vuelto un pecado.

Comenzó una disertación acerca de lo paradójico que resultaba la fusión de contrarios en que se había convertido la relación entre sus primos. Yo lo veía tratar el asunto como quien baraja nociones pitagóricas. Le recordé que estaba hablando de los sentimientos de dos seres humanos que no podían ser diseccionados como él pretendía hacerlo. Sobre todo porque no tomaba en cuenta lo avasalladora que podía ser la atracción sexual.

—Esos sentimientos tienen manifestaciones tangibles que pueden ser sopesados fácilmente —me respondió como si mis reparos fueran tonterías.

En ocasiones como esas, era capaz de helarme las entrañas. ¿Cómo veía al mundo y a las personas Maurice? ¿Acaso no éramos más que incógnitas para él? ¿Jamás iba a tomar en cuenta aspectos tan poco controlables como el deseo y la pasión?

Empezó por hablarme de la descripción del amor que daba San Pablo en su primera carta a los corintios y la que aparecía en el Evangelio de Juan. Según estos textos, el amor se manifestaba en actitudes de benevolencia como la paciencia, el perdón y la confianza. Y adoptaba tal radicalidad que llevaba a la entrega total, dando la vida por los que se ama. Confrontándolo con esto, el amor entre sus primos no pasaba el examen.

—Se que al principio no fue así —afirmó—. Su relación se convirtió en un pecado en el momento en que empezaron a hacerse daño. Raffaele ha sido quien ha arruinado todo, pero te aseguro, Vassili, que no he conocido persona más atenta y generosa que él. Siempre ha sido orgulloso, impulsivo y caprichoso, pero a la vez, era bueno... era incapaz de hacer daño. Lo que ha hecho ha sido algo impropio de él. Estoy seguro que está arrepentido y puedo imaginar lo que ha sufrido y está sufriendo.

Estaba claro que Raffaele nunca caería del pedestal en el que Maurice le tenía. Puede que discutiera con él todo el tiempo, que le reprochara su atracción por los hombres, que se escandalizara de muchas de sus actitudes, que le enfureciera la manera en como siempre quería obligarlo a hacer su voluntad, y sobre todo, que le incomodaran sus manifestaciones poco ortodoxas de afecto. No obstante, era indudable que Maurice amaba con veneración a su primo, porque en lugar de condenarlo al descubrir lo profundo que había caído, estaba haciendo todo lo posible por salvarlo.

Comprobar esto me alivió en ese momento, sentía una gran simpatía y compasión por Raffaele, y no quería que Maurice se pusiera más en su contra. Sin embargo, también hizo que la implacable serpiente de los celos se revolviera en lo más profundo y oscuro de mi corazón. Aquella bestia seguía creciendo en silencio, esperando el momento en que yo no pudiera contenerla más.

—Debe haber una manera de que ellos puedan estar juntos sin que sea pecado —afirmó, preocupado al final.

—Si crees que Raffaele puede estar con Miguel sin llevárselo a la cama, estás muy equivocado.

—No me estoy refiriendo a eso. ¿Por qué parece que es lo único en lo que piensas? Además, ya te he dicho que de asuntos de cama Jesús habló muy poco. En cambio, la mayoría de las páginas de los Evangelios se refieren a seguirlo como Maestro, cumpliendo sus enseñanzas: buscar el Reino de Dios, amar hasta a los enemigos, no ser ambiciosos, tratar a todos como hermanos poniendo nuestra confianza en el Padre Celestial. Ah, y no olvidemos el servir en lugar de buscar ser servido, tratar a los necesitados como si fueran el mismo Cristo, ser misericordiosos como Dios lo es... Ya ves, Nuestro Señor estaba más interesado en que nos amáramos como Él nos amó, que en asuntos de cama.

— ¿"Ama y haz lo que quieras", como decía San Agustín?

—Exacto. Aunque la frase la haya dicho él, es del todo cierta. Sin embargo, amar no es algo simple. Quizá sea la mayor hazaña que pueda un ser humano realizar ya que implica dar la propia vida y actuar desinteresadamente. No sé si Dios admite la relación de Raffaele y Miguel. De lo que sí estoy seguro es que no le agrada que se odien y se hagan daño. Lo que Raffaele hizo y todo ese odio que han destilado el uno contra el otro, eso claramente es pecado. Así que mejor que estén juntos como amantes a que se odien separados.

Aquello era el argumento más extraño que yo había escuchado. Miguel y Raffaele debían volver a estar juntos porque esto era un "mal menor" comparado con la manera en que se desquiciaron cuando no pudieron estarlo. Y su relación no sería pecado si realmente se profesaban un amor sin sombra de egoísmo, violencia o resentimiento. Tengo que reconocer que Maurice me sorprendió. Ni en mis sueños podría haber imaginado que llegara a semejante conclusión. También hizo brillar la esperanza.

—¿Y nosotros, Maurice?

—Tú eres mi mejor amigo. —Acercó su mano a mi rostro, y dibujó el contorno con su dedo.

—No quiero ser tu amigo, lo que quiero es ser tu amante —susurré, suplicante.

—Yo daría mi vida por ti sin dudarlo, Vassili, pero no quiero ni puedo ser tu amante. He hecho votos, ¿recuerdas? Además, lo nuestro no se asemeja a la relación entre Raffaele y Miguel. Ellos se han querido desde hace mucho. Es probable que esto se deba a que Miguel se vistió como niña muchos años y nosotros lo asumimos como tal.

—Te aseguro que Raffaele no tiene ninguna confusión al respecto. De hecho, creo que su gusto está claramente definido, prefiere hombres bajo las sábanas.

—¿Y tú cómo sabes eso? —Su rostro se tensó y sus ojos adoptaron un fulgor fiero.

—¡No viene al caso! —me apresuré a decir, maldiciendo mi torpeza.

—¿Acaso tú y Raffaele...?

—¡No cambies el tema! —exageré mi enojo para evitar que insistiera en el asunto—. Lo que estás diciendo es una falacia. Aceptas que Raffaele y Miguel estén juntos, pero no quieres aceptar lo que siento por ti.

—No es que no lo acepte. Es que prefiero que no sea cierto porque no puedo corresponderte. Ya te lo he dicho, tengo votos...

—¡Miguel está casado y prefieres que esté con Raffaele que con su esposa! ¿Por qué no reconoces que no sientes nada por mí y te dejas de rodeos?

—Porque te quiero, Vassili, de eso no tengo dudas. Pero la manera en que tú deseas que lo haga, no es posible.

—¿Por tus votos...? —protesté.

—Sí.

—Te equivocas. Amar a alguien no tiene que ver con compromisos o lógicas. Tiene que ver con cosas que no se controlan. Con sentimientos y deseos. Si me amaras de verdad, sentirías el deseo de ser uno conmigo de tal manera que todos tus razonamientos se caerían a pedazos. Sentirías que tu corazón se desboca y aquí... —Puse mi mano en su entrepierna—, aquí no podrías controlarte.

Se quedó pasmado. Me incliné sobre él y lo besé. Mi gran sorpresa fue sentir un temblor bajo mi mano derecha. Era su miembro reaccionando de inmediato. ¿Acaso había sido así antes? ¡Qué gran idiota fui por no darme cuenta hasta ese momento! Una cosa era lo que Maurice decía, y otra lo que su cuerpo gritaba.

Trató de separarse. No se lo permití. Continué besándolo. El sabor de sus labios me enloquecía, estaba tan hambriento de ellos. Empecé a masajearle la entrepierna al mismo tiempo. Sus manos se crisparon, su cuerpo se estremeció y su resistencia perdió toda fuerza. Continué acariciándolo sin piedad, lamiendo su cuello, susurrando su nombre al oído.

Él estaba completamente indefenso. No podía coordinar sus movimientos bajo el poder de las sensaciones que yo le provocaba. Podía percibir su miembro abultándose progresivamente bajo la tela y al mío endurecido sufriendo por explayarse libremente. Cuando dejé de besarlo y lo contemplé, me di cuenta de que su rostro mostraba terror. Me paralicé.

—Basta por favor... basta —suplicó.

—Creí que eras incapaz de sentir deseo, Maurice —le acusé—. Me alegra equivocarme.

Él se ladeó, dándome la espalda.

—No vuelvas a hacer algo así...

—No puedo prometerte eso. Ahora mismo, no soy capaz de detenerme.

Le obligué a mirarme y quise volver a besarlo. El intento rechazarme, y por error, afincó su pie herido en el suelo. El dolor lo hizo gritar. Me sentí culpable y traté de ayudarle.

—Lo siento, Maurice.

—Déjame solo...

—Te llevaré a tu cama.

—No, déjame por favor.

—Lamento...

—¡No vuelvas hacerlo! ¡No vuelvas a tocarme de esa forma jamás!

—¿Te repugna? —pregunté, aterrado.

—¡Por favor, déjame solo! —Cubrió su rostro con sus manos.

Salí del recinto secreto, sintiéndome escoria. Sin embargo, no podía irme y dejarlo tirado cuando no podía caminar. Me quedé contemplando el cielo por la ventana de su habitación. Esperaría, soportando la humillación y el miedo que me invadían. ¿Acaso había destruido nuestros lazos irremediablemente?

El azul del firmamento evocó el recuerdo de Sora. Lo vi envuelto en su kimono, invitándome a la cama. No era la imagen más adecuada para calmar mi ansia. Pensé en cómo podía tenerlo todo con Sora y casi nada con Maurice. Aun así, no había manera de cambiar mi corazón.

Amar no es algo que se empiece o se termine cuando uno decide. Hay algo de fortuito e incontrolable en la cuestión. Pensé entonces, y aún lo considero igual, que si existe alguien capaz de imperar sobre el corazón humano, determinando a quién amamos y a quién no, debe gozar haciéndonos sufrir, dirigiendo nuestros anhelos hacia quien menos nos conviene. Deseé aquel maldito día no amar tanto a Maurice.

Para cuando le escuché moverse, intentando levantarse, mi mente ya me había atormentado con toda clase de malas previsiones para el futuro. Me acerqué a él y le tendí mi mano. La sujetó a regañadientes. Le ayudé a ponerse de pie, y luego lo levanté en mis brazos.

—No... —empezó a decir.

—Tranquilo, no voy a hacerte nada.

Podía sentir su cuerpo rígido. La expresión de incomodidad en su rostro no me dejó dudas. Las cosas ya no serían igual entre nosotros. Pidió que lo dejara en un sofá frente a la ventana y que llamara a Raffaele.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté, preocupado.

—No le dije nada después de que me contó aquello. Quiero hablar con él, debe estar sintiéndose muy mal.

Accedí, esperando que las cosas mejoraran. Raffaele entró en la habitación como un condenado a muerte. Miguel y yo esperamos afuera.

—Maurice es capaz de cualquier cosa... —murmuró Miguel, preocupado, mientras se sentaba en el suelo del corredor, dejando de lado toda su elegancia de alcurnia.

—No temas, lo vi muy dispuesto a perdonar a Raffaele.

—Eso espero. Todo lo que él dice afecta a Raffaele terriblemente. Lo quiere mucho.

—¿Por eso nunca le dijiste lo que pasó?

—Fue más porque no quería que Maurice también sufriera.

—¿Has perdonado a Raffaele?

Por la expresión de su rostro, supuse que la pregunta no tenía aún respuesta. Terminó cabizbajo, sumido en sus propios dilemas. Yo sabía que Maurice estaba en la mejor disposición hacia Raffaele, así que no me preocupaba. Por otro lado, tenía mis propios dilemas en los cuales enfrascarme.

Ahora sabía que no le resultaba indiferente. El problema era que su rostro aterrado me indicó que, si bien podía excitarle, le repugnaba que lo hiciera. Me recriminé mi falta de dominio, convencido de que si no había perdido a Maurice para siempre, estaba muy cerca de que eso pasara.

Ante semejante panorama, me excusé con Miguel y bajé al primer piso. Quería dejar de pensar, y la mejor manera era acordar una cita con Sora. Busqué a Asmun para que se encargase de hacer los arreglos, pero nadie sabía a dónde se había metido. Los otros dos sirvientes Tuareg que Raffaele trajo con él desde Nápoles, habían salido a buscarlo.

Descorazonado por no poder reservar a Sora para esa noche, y preocupado por el muchacho, me dirigí al invernadero. Quería agradecerle a Pierre por haber sacado a Maurice del Salón de música y distraerme con su parloteo. Me llevé la sorpresa de que no se encontraba solo, un Asmun muy borracho le estaba haciendo compañía.

El anciano tenía una expresión mortificada mientras intentaba arrebatarle la botella, la segunda que le vaciaba. Además de soportar la letanía de quejas contra Raffaele que le soltaba en italiano.

Yo pude entender perfectamente lo que decía. Imagino que esperaba que Pierre no lo hiciera, y por eso, maldecía abiertamente a Raffaele, acusándolo de ser un mal hijo, arriesgando su vida a pesar de saber que el Duque no sobreviviría si le perdía. Lo curioso era que Asmun llamaba a éste "padre".
Me conmovió la veneración que mostraba hacia su patrón. Recordé lo que nos había contado en Versalles y comprendí mejor su reacción ante la locura del duelo. Sentí la tentación de felicitarlo por abofetear a Raffaele.

—Monsieur, gracias a Dios que ha venido —exclamó Pierre cuando me acerqué a ellos—. Este muchacho va a desmayarse si sigue bebiendo así.

—Y te va a dejar sin vino...

—No quería mencionar ese detalle, pero efectivamente, parece una cubeta sin fondo y ya ha consumido todo lo que mi benefactor me dio.

—No te preocupes, te repondré lo que has perdido. Aunque tienes razón, no conviene que beba más...
Quise quitarle la botella al muchacho. Él se abrazó a ella y murmuró algunas maldiciones antes de quedarse dormido. Me sorprendió ver el rostro de Asmun. Se había descubierto un poco para poder beber. Comprobé que no me había equivocado en mis suposiciones, era muy atractivo. Tuve el impulso de quitarle todo aquel envoltorio azul para verle bien, pero temí que fuera algo muy ofensivo para su gente.

—Que se quede con esa botella —declaró Pierre con una sonrisa pícara mientras descorchaba otra.
Al primer trago, me sentí fatal. Recordé de la peor manera que no me había llevado nada al estómago en todo el día.

—¿Qué pasa, Monsieur? Le aseguro que es buen vino.

—No es eso, es que me muero de hambre...

—¿Ah, no le da vergüenza venir a pedir pan en la casa del pobre?

—Yo no estoy pidiendo nada.

—Pero yo se lo doy, Monsieur, porque soy un hombre generoso. —Soltó una carcajada mientras rebuscaba en una cesta bastante grande que tenía junto a sus herramientas. Sacó una hogaza de pan envuelta en un paño limpio y me la ofreció—. Es lo más decente que tengo, está reciente. Yo mismo lo robé de la cocina porque Agnes no me da más que sobras.

—Esa mujer no debería tratarte así. Hablaré con Raffaele... —dije mientras aceptaba un pedazo de pan.

—Oh, no le diga nada, por favor. Ella es capaz de envenenarme si el joven Raffaele la regaña por mi causa. La vieja Agnes sólo quiere obligarme a largarme de aquí, pero yo no pienso irme de este palacio.

—En cambio, yo me marcharía a cualquier lugar donde me trataran mejor.

—¿Quién contrataría a un viejo jardinero? Además, quiero ver el final de la historia, ya que he sufrido el principio. Quiero ver si los hijos resultan mejor que los padres. Si el joven Duque es capaz de romper todas las maldiciones del viejo degenerado...

Se echó a reír como loco mientras se servía otro vaso de vino. Supuse que toda su perorata no era más que el delirio de un borracho. Aunque sus palabras me resultaron igualmente turbadoras.

Devoré mi frugal desayuno, mientras comenzaba ya el atardecer, pensando en cómo el hambre podía transformar un simple pedazo de pan en un banquete. De cualquier forma, pensaba pedir algo mejor después. La vieja desagradable de Agnes no se atrevería a darme a mí las sobras.

Asmun despertó y volvió a beber. Noté cierto aire familiar en sus facciones, y me surgieron las ideas más descabelladas. En cuando se dio cuenta de que le estaba mirando, se incomodó, volvió a cubrirse e intentó levantarse para marcharse. Tuve que sostenerlo para que no terminara en el suelo.

Entre Pierre y yo logramos que caminara hacia el palacio, aunque pronto no fue capaz de coordinar sus pasos y se hizo necesario arrastrarlo. En el trajín, su turbante comenzó a desarmarse y yo esperaba que terminara de caérsele.

Cuando llegamos a los pies de las escaleras del palacio, los otros sirvientes Tuareg vinieron en nuestro auxilió, uno de ellos tomó a Asmun en sus brazos. Lamenté no haber visto el rostro del chico por completo. Me intrigaba la razón por la que insistía en usar su turbante todo el tiempo cuando sus compañeros no lo hacían.

—¡Qué gente más rara! —comentó Pierre como si se hiciera eco de mis pensamientos—. No sé cómo soportan llevar la cabeza envuelta y vestir siempre de azul. Incluso cuando visten a la francesa.

—Deben extrañar su tierra...

—¡Bah! Yo estaría agradecido de dejar de vivir en un desierto. Monsieur, ¿quiere ayudarme a terminar la única botella que me ha dejado el muchacho?

—Por supuesto. Y aquí tienes. —Le extendí una bolsita de tela con suficiente dinero para varias botellas del mejor vino—. Esto es por haber rescatado a Maurice de su encierro.

—Gracias, Monsieur, pero yo no hice nada. El joven Maurice se escapó por la ventana.

—¡¿Qué?!

—Cuando vine hacia el palacio, lo vi descendiendo por la pared como si fuera una ardilla. Tenía tanta prisa que saltó desde muy alto, seguro se hizo daño. Sigue siendo igual que antes. ¿Sabía que se escapó de la misma manera cuando era niño? Su madre lo encerró para que no viera a su padre, uno de esos días en que vino a visitarlo. Ya sabe que ellos se separaron por un desliz del Marqués, ¿verdad? En esa ocasión, el pequeño Maurice casi nos mató del susto a todos. El joven Duque trepó por la pared para atraparlo antes de que se hiciera daño... ¿Qué le ocurre, Monsieur? Se ha puesto muy pálido.

Me senté en el último escalón para recuperarme de la impresión. La altura de la ventana por la que Maurice escapó era mortal. Si hubiera resbalado mientras descendía... ¡No, no quería pensarlo!

Pierre insistió en que le acompañara a beber, pero yo quería ver a Maurice. Abrazarlo. Asegurarme de que estaba a salvo. Era algo irracional porque bien sabía que se había librado del peligro. Sin embargo, no podía evitar angustiarme al pensar en lo cerca que estuve de perderlo definitivamente. Ya no me importaba que no me correspondiera, lo único que importaba era que estuviera ahí, cerca de mí. Vivo. Los seres humanos somos tan frágiles y la muerte es tan despiadada.

Eché a correr. Mi corazón golpeaba desbocado mientras intentaba llegar a su habitación. Encontré a Miguel aún en el suelo, abrazado a sus piernas flexionadas, con una triste expresión en su bello rostro. Era como tener a otra persona ante mí. No había rastro de orgullo, prepotencia y odio. Se mostraba como un hombre vulnerable y tan asustado como yo.

—¿Aún siguen hablando? —pregunté.

—Sí, no me atrevo a interrumpirles. Al menos, no los he escuchado gritar, por lo que creo que va todo bien. —Sonrió con tristeza.

—Vamos. Veamos qué hacen.

—Pero...

—¿Sabías que Maurice escapó por la ventana del salón de música?

—¿Qué? ¡No! ¡Pudo haberse matado!

Ya no fue necesario dar explicaciones. El mismo Miguel abrió la puerta y entró sin tocar, muy dispuesto a regañar a su primo pequeño. Los dos nos detuvimos al ver a Raffaele sentado junto a su cama, con la cabeza recostada en el pecho de Maurice, y a éste abrazándole. ambos lloraban en silencio.

Acabábamos de interrumpir una escena conmovedora, sin duda, pero la serpiente de los celos borró toda empatía, envolviéndome, haciendo estremecer todo mi cuerpo al insinuarme la amenaza latente que representaba tanta intimidad entre ellos. Pude a duras penas convencerme de que no tenía nada que temer, de que lo que existía entre los dos era un lazo fraterno, nada más. Pero era difícil obviar lo que habían hecho en su infancia y desestimar mis temores.

Al saber lo del escape de Maurice, Raffaele también se alarmó. Todos lo regañamos por su imprudencia, él nos miró como si no entendiera por qué nos fijábamos en detalles sin importancia.
—No iba a dejarlos morir —respondió—. Además, es muy fácil trepar por las pareces de este palacio.

—¡No vuelvas a hacerlo jamás! —le conminó Raffaele—. ¡Estoy harto de pasar sobresaltos contigo! Reconozco que está vez ha sido por mi culpa, pero no vuelvas a hacer algo así.

—No lo haré, ya que supongo que se han terminado los duelos.

—Por supuesto —se apresuró a responder Miguel.

Maurice le tendió su mano y éste se acercó para tomarla.

—¿Has perdonado a Raffaele, Miguel? —preguntó con delicadeza.

—Él no quiere ser perdonado y... yo no sé cómo hacerlo —respondió, bajando la cabeza—. Pero he aceptado el hecho de que odiarlo me hace daño porque aún lo amo. —Se irguió y posó sus bellos ojos azules, llenos de lágrimas represadas, en Raffaele—. Quiero dejar atrás todo lo que me hizo. Quiero recuperar lo que una vez tuvimos juntos, aunque temo que sea imposible.

—Voy a pasar el resto de mi vida lamentando lo que hice —le contestó Raffaele, mirándolo con una expresión que encerraba tanto dolor como dicha, pero sin atreverse a acercarse a él—. Ya que no quisiste matarme, la vida que me has dejado voy a dedicarla a hacerte feliz, Miguel. Incluso si me pides que deje a mi padre lo haré.

—No hagas promesas que no vas a cumplir. Sé cómo amas a tu padre. Además, ya no pienso que huir sea la solución, las cosas han cambiado. Ahora tengo una esposa y un hijo, no puedo dejarlos...

—Entonces...

—Entonces, no tengo idea de qué haremos.

—Ser amantes en secreto —intervino Maurice, mirándolos como si fueran idiotas por no entender algo tan elemental—. No serían los primeros ni los últimos.

—El jesuita recomendando semejante cosa —exclamó con gracia Raffaele, fingiendo escándalo

—¿Qué remedio? Ante dos necios como ustedes, no queda otra que encomendarnos a la misericordia divina. Si está bien o mal lo que sienten el uno por el otro, ya lo veremos por sus frutos.

—¿Frutos? —preguntó Raffaele, extrañado.

—Si pueden hacerse felices el uno al otro o no... Miguel, rogaré para que consigas olvidar y perdonar algún día. Raffaele, sé bien que no volverás a herirlo y espero que puedas llegar a absolverte.

Estrechó las manos de sus primos con más fuerza y los atrajo hacia sí, obligándolos a quedar muy cerca el uno del otro. Luego, unió sus manos. Es probable que fuera la primera vez que ellos se tocaban en años, sin contar los golpes que Miguel le propinó a Raffaele en la mañana. No sé si el propio Maurice se dio cuenta de lo que estaba haciendo, o si su plan era precisamente obligarlos a sentirse el uno al otro. Lo cierto es que el gesto sobresaltó a sus primos.

Se quedaron viendo sus manos unidas entre las de Maurice como si fuera algo temible. Ninguno de los dos se atrevió a levantar la vista para ver al otro. Sentí verdadera pena por ellos, estaban tan cerca y a la vez tan infinitamente lejos.

—Confío en que puedan ser felices juntos —concluyó Maurice, sonriéndoles, mientras retiraba con cuidado sus manos.

Por un momento, pensé que presenciaba un ritual de matrimonio y que mi muy jesuita amigo lucía encantador como sacerdote. Sonreí ante la ironía del asunto. Maurice estaba dándole otra luz a una relación que se encontraba desde todos los ángulos condenada. Pero, a la vez, se negaba a aceptar la que yo anhelaba vivir con él. Quizá el que tenía peor suerte era definitivamente yo.

Durante unos segundos, los dos primos permanecieron con sus manos simplemente yuxtapuestas. Raffaele fue el primero en retirar la suya con lentitud. Miguel entonces la atrapó y estrechó con cierta timidez. No puedo describir el asombro en el rostro del heredero de los Alençon. Miró aquella mano enguantada que lo sujetaba como si fuera un milagro.

—Quizá podamos... —susurró Miguel con toda su incertidumbre contenida en un hilo de voz.

Raffaele volvió a mirarlo a la cara, y debo decir que me conmoví hasta las lágrimas ante la escena. Al fin se contemplaban el uno al otro, al fin se encontraban.

—¡Te amo! —gimió Raffaele, abrazando a Miguel. Éste se aferró a él y rompieron a llorar.

Me sentí como si fuera yo mismo el que alcanzara lo que había buscado en vano durante años. Y al contemplar a Maurice, descubrí que también estaba dichoso y conmovido.

Aquel podría haber sido un momento perfecto si nuestras miradas no se hubieran cruzado también. Mi amigo se mostró incomodo ante mí, su sonrisa se borró al instante, y enseguida dirigió su rostro hacia otro lado para no verme más.

¿Dónde estaba el joven que me había permitido compartir su cama o invitado a bañarme desnudo con él en el lago? Yo había traicionado su ingenua confianza, y ahora lo incomodaba. No pude ocultar el dolor que su reacción me produjo, y salí de la habitación tratando de no correr.

—Lo he echado todo a perder —me dije a mí mismo, mientras me apresuraba a bajar las escaleras sin rumbo fijo.

Terminé en el salón oval, donde pude llorar a gusto. Realmente había arruinado todo. Ahora existía una distancia entre nosotros, una que se haría más grande en la medida en que él comprendiera lo imposible que resultaba para mí dejar de desearlo y yo me convenciera de que él no iba a ceder. Era el fin para nosotros.

Temblé de rabia y frustración de pies a cabeza. Seguía siendo desesperante imaginar mi vida sin él alrededor. No me resignaría nunca. No lo aceptaría jamás. Iba a valerme de lo que fuera necesario para hacerlo mío. Incluso de la gratitud que me debía por haberle ayudado a evitar el duelo.

Sabía que era fácil manipular su ingenuo corazón y hacerlo sentirse en deuda conmigo, e incluso hacerle temer el daño que me haría si me rechazaba. Estaba dispuesto a todo. Y aunque en ese momento no me atreví a confesarlo, en ese todo podía estar contenido lo más vil.

Mi amor se contaminó con mi orgullo y mi lujuria, con mi inmadurez y mi egoísmo, hasta convertirse en algo destructivo e irracional. Tanto que, para vengarme de su rechazo, me marché al Palacio de los Placeres, dispuesto a buscar entre las piernas de Sora el placer que Maurice me negaba.

Cuando al fin terminó aquel día, me encontraba con Sora durmiendo entre mis brazos y una espantosa sensación de vacío incrustada en mi pecho. A duras penas pude conciliar el sueño, anhelando dejar todo atrás antes de que la frustración se convirtiera en la más espantosa furia y terminara haciéndole daño a quien más amaba.

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