XV El Cielo de un País Lejano


Desde que nos conocimos, he estado enojado con Maurice pocas veces... ¿Qué digo? ¡Es todo lo contrario! ¡Él me ha vuelto loco tanto como ha querido! Me sacó de quicio miles de veces, llevándome al límite, agotando mi cordura, destrozando mi fachada de hombre sensato y bien educado, para hacerme mostrar mi ira, mi desesperación, mis celos, mi irracional afán de ser su centro, su todo, y poseerlo en cuerpo y alma, domando al fin su espíritu impredecible, exuberante e inabarcable.

La mayoría de las veces lo hizo sin querer. Pero hubo ocasiones en las que puedo acusarlo sin reservas de hacerlo con plena intención, por el placer de verme derramarme en palabras, entonando todas las notas de las emociones más salvajes, reclamándole alguna de sus irracionales ocurrencias. Él se limitaba a mirarme con una sonrisa ladina, para luego decirme dos palabras, sólo dos palabras, capaces de hacerme perder el aplomo y la memoria de lo que fuera que me había disgustado.


Sin embargo, para la época que estoy narrando, Maurice aún no me decía esas dos palabras, al menos no cómo yo quería escucharlas. Y por tanto, mi animosidad, infantil del todo, prevaleció por semanas. Él, por su parte, se mostraba ofendido y hermético. Obviamente, cada uno asumía que era el otro el que estaba equivocado.

Gracias a que no teníamos mucha práctica en estar en semejante situación, y a que los dos éramos gente educada, manteníamos una conversación bastante normal cuando nos veíamos en la obligación de estar en la misma habitación. En el fondo, estábamos evadiendo continuar la discusión que dejamos a medias, porque yo no pensaba retractarme ni él iba a aceptar mis argumentos nunca, y nada bueno iba a salir de semejante choque.
Raffaele, por su parte, terminó por darse cuenta de lo que pasaba, e intentó mediar inútilmente. Como no consiguió que le dijéramos cuál había sido el problema, decidió por sí mismo que Maurice estaba molesto por nuestras salidas, y consideró imprudente continuar visitando a Sora.

Aquello agravó la tensión. Yo deseaba estar con Sora de nuevo, y no me hacía ninguna gracia ver a Maurice salir a encontrarse con el Rabino cada vez que Raffaele se marchaba a Versalles. También empezó a pasar tiempo con François y Etienne en París, todo para evitar quedarse a solas conmigo. Yo llegué al extremo de visitar a mi familia en varias ocasiones, por la misma razón.

Los días se acumularon, y pronto, se convirtieron en dos semanas. Mi impaciencia por ver a Sora y olvidar mi mala situación con Maurice no me dejaba dormir. Cuando sentí que la frustración ya era abrumadora, encaré a Raffaele en su habitación.

—Quiero volver a ver a Sora.

—Espera unos días más, por favor —me pidió, mientras revisaba ante el espejo que su traje estuviera del todo correcto—. Hoy debo ir al Palacio.

—¿Por qué demonios quieres ir a Versalles otra vez?

—Para mantener la simpatía de su majestad y la corte sobre mí, por supuesto. No hay nada más voluble que el afecto de un Rey. Además, debo asegurarme de disipar todo lo que las malas lenguas de Alaña y los amigos de Sophie hayan sembrado en contra de Maurice. No olvides que mi pequeño primo está a un paso de ser desterrado.

Esto me preocupó tanto que me sentí bastante estúpido por andar lloriqueando por Sora, como un niño. La cordura no me duró mucho. Cuando Rafael anunció al día siguiente que se marcharía a una larga jornada de cacería con el rey, llegué a mi límite.

—Iré con Sora yo solo. Pagaré por mí mismo.

—De acuerdo —contestó Raffaele, mirándome con picardía—. Pareces un gato en celo. Dile a Asmun que se encargue de todo. Él hará la cita, preparará el carruaje y el cochero que mejor convenga.
—Perfecto —exclamé, satisfecho y dispuesto a salir en busca de Asmun.

—Espera, Vassili. —Su tono serio me asustó—. Ten cuidado de no aficionarte demasiado a Sora. Recuerda quién es, lo que hace contigo lo hace con cualquiera que pague suficiente.

—¿Insinúas que me he enamorado de ese joven?

—No, te advierto para que no lo hagas.

—¿Por quién me tomas? No soy un tonto.

—Quizá no, pero si eres un cura ingenuo, de veintiocho años, que acaba de perder su virginidad y quiere andar follando cada noche.

—¡Eres un maldito insoportable! —rugí, antes de salir dando un portazo.

Sus palabras me preocuparon. Llegué a sopesar si no debía refrenarme un poco. Esto duró apenas unos minutos; la emoción de ver de nuevo a Sora y “follármelo” esa noche, disipó lo que quedaba de sentido común en mí.

Por la tarde, Asmun trajo una caja con el emblemático antifaz de La Casa de los Placeres. Yo estaba tan ansioso que ni siquiera elaboré una excusa. Por otro lado, no hacía falta, gracias a que Maurice y yo seguíamos disgustados. Simplemente, me marché sin despedirme.

Cuando abordé al fin el carruaje, mi corazón me golpeaba violentamente. Es gracioso lo patético que fui, estaba confirmando las palabras de Raffaele, sin lugar a dudas. En mi defensa, debo decir que estaba viviendo una experiencia completamente nueva.

Sora me ayudó a descubrir un mundo diferente, un mundo lleno de sensaciones, esperando a que me atreviera a experimentarlas. Yo, quien había estado viviendo encerrado entre tabúes y escrúpulos desde niño, descubrí mi propio cuerpo y la intimidad a la que podía llegar con otra persona. Pero, por encima de todo eso, la gran revelación fue el placer. El placer sin reservas, sin remordimientos ni castigos… Y me aferré a éste con todas mis fuerzas.

Hacer el amor con Sora y Raffaele me marcó para el resto de mis días. Había cruzado los límites, y ahora, quería seguir avanzando. Introducirme más en esa maraña de placeres prohibidos que se me ofrecía, sin importar las consecuencias.

Luego, pagaría caro el no haber considerado mejor las cosas. Claro que no podía imaginar el riesgo que corría; hasta ese momento, no había conocido el aspecto más oscuro de la personalidad de Maurice: sus incendiarios celos que, combinados con su titánico orgullo y su excepcional memoria, le convertían en un juez y verdugo temible.

Llegado el momento, compartiré todo lo que me hizo sufrir mi querido Maurice, quien podía pasar de la bondad de un ángel a la malignidad de un demonio cuando los celos le hacían perder la razón. Esto, permítanme confesarlo, me hacía sentir halagado y excitado, al mismo tiempo que me mortificaba terriblemente.

Mas, dejemos mis penas para más adelante; ahora quiero hablar del hombre que me liberó de mi prisión y desplegó mis alas hacia el reino del placer. Porque lo cierto es que Maurice me había devuelto la vida, pero fue Sora quien empezó a enseñarme lo que era sentirse vivo.
Cuando entré en la habitación, mi exquisito amante no se encontraba frente a la ventana, como siempre, sino a unos pasos de la puerta.

—Estaba esperándolo —dijo con cierta ansiedad—. He estado esperándolo por días. —Se acercó para poner sus manos sobre mi pecho y recorrerlo con nerviosismo—. ¡Qué malo ha sido al hacerme esperar!
—Es culpa de Raffaele y sus múltiples obligaciones —le dije, sonriendo ante su avance inusual—. Al final, terminé viniendo solo.

—Mejor así, no necesitamos a Monsieur Raffaele.

Me besó, un beso húmedo, ansioso, abundante, como siempre fueron sus besos. Luego, me quitó la casaca dejándola caer al suelo. Se arrodilló para abrir mi calzón y liberar mi miembro, que ya mostraba una incipiente erección.

—Espera, Sora…

—He esperado mucho… —protestó.

Me condujo hasta uno de los sillones, para que me sentara. Acarició mi entrepierna hasta lograr la firmeza que deseaba, abrió la parte inferior de su kimono, y se sentó sobre mí. ¡Qué delicioso fue ver su rostro transfigurado por la lujuria, mientras me hacía entrar lentamente! ¡Y cuán halagado me sentí al comprobar que su entrada estaba húmeda porque se había preparado con anticipación!

—¿Me extrañaste mucho, Sora? —susurré, mientras le descubría el pecho para acariciarlo.

—¡Me estaba volviendo loco! —Sonreí, triunfante, al ver cómo al fin caía la máscara que siempre mantenía ocultando sus emociones.

La conversación quedó para después. Sora se apoyó en mis hombros y comenzó a moverse, procurándome un placer exquisito con la fricción. Por más que quise aguantar, no pude evitar derramarme con más rapidez de la que me hubiera gustado. Lo gracioso fue que él también lo había hecho y nuestras ropas estaban bañadas por su semilla.

—Parece que ambos nos echábamos mucho de menos —señalé, antes de besarlo otra vez.

—Vassili… —susurró, sin apartar sus labios de los míos—, llévame a la cama.

Obedecí en el acto. Lo elevé con cuidado para salir de él y me levanté. Él rodeó mi cintura con sus piernas y pasó sus brazos alrededor de mi cuello. Yo me perdí en la mirada hambrienta de sus ojos exóticos.

Cuando lo dejé en la cama, me quedé contemplándolo. Me gustaba tanto su cabello largo y oscuro, sus ojos rasgados y el rostro sin tiempo ni género. El hermoso kimono que llevaba en esa ocasión era de un vibrante azul, con nubes blancas de extrañas formas repartidas por todos lados.

—Un cielo —murmuré, reflexionando—. ¿Tu nombre significa “cielo”, no es cierto?

—¿Cielo? —Pensó un momento. Señalé a la ventana, hacia el firmamento estrellado, para qué me entendiera. Siempre fue un problema su poco dominio del francés y mi nulidad total en su idioma.

—Tú nombre, Sora, significa cielo.

— Eso dice Xiao Meng.

— ¿Xiao qué?

—El hombre que me cuida. Un hombre del gran continente que domina mi lengua y la tuya.

—Me gustaría conocerlo.

—No. Está noche no. Esta noche eres mío —declaró, mientras me atraía hacia él.

—Te equivocas —le dije, mientras le quitaba el obi para al fin liberarlo del kimono—, está noche tú eres mío.

Le besé en el cuello y fui trazando un camino hasta alcanzar el lóbulo de su oreja y comenzar a lamerlo. Me gustaba escucharlo gemir cada vez que mi lengua jugaba en ese lugar. Al mismo tiempo, mis manos terminaban de quitarle la fina vestidura de seda, y las suyas luchaban por liberarme de mi ropa, que no era tan práctica como su kimono. Tuve que terminar de desnudarme yo mismo.

Mientras me desvestía, contemplé a Sora solícito en la cama, gimiendo de expectación. Si aquello era un acto teatral, típico de un prostituto, Sora debía ser un gran actor porque me convenció por completo de que me deseaba tanto como yo a él. Pero no estaba actuando, y eso lo comprobé con el tiempo. A él le gustaba que yo lo amara. Que lo mirara a la cara, que dijera su nombre.

Para mí, nunca fue el sustituto de Maurice, no sólo porque nadie podía sustituirlo, sino porque Sora me fascinó por sí mismo. Fue algo más que un juguete caro. Él intuyó esto y se entregó sin reservas. Un gran error, uno que pagó muy caro, porque yo no era más que un imbécil superficial que no medía las consecuencias de sus actos.

Mientras mis ojos recorrían aquel cuerpo que se me ofrecía, aquel joven en la flor de la vida, hermoso en muchos aspectos, y lleno de misterio, pensaba en lo que podía hacerle. Deseaba volverlo loco de placer, igual que él me había vuelto a mi tantas veces ya. Como bien dijo Raffaele, esto era todo un reto. Sonreí, lleno de confianza, sabía que podía hacerlo. De hecho, ya lo había logrado antes, usando contra sora las armas que él empleaba para seducirme.

Me acosté sobre él, volví a lamerle el cuello, y esta vez, me encaminé hasta su boca. Lo besé, introduciendo mi lengua, demandando jugar con la suya. Mis manos recorrieron su pecho, su vientre y sus muslos, hasta atrapar su entrepierna con mi derecha.

Separé nuestros labios para introducir mi mano libre en su boca y humedecer mis dedos. En los succionó con tal sensualidad que mi erección empezó a doler. Pero yo quería tomarme mi tiempo. Penetré su entrada con mis dedos húmedos, tratando de masajearlo. Él estiró todo su cuerpo para alcanzar el frasco de bálsamo que escondía bajo la almohada. Entendí su sugerencia y lo utilicé.

Metí mis dedos llenos de aquella sustancia dentro de él, buscando cada vez ir más profundo, guiándome por sus estertores de placer para saber si iba por el camino correcto. Cuando estuve seguro, comencé a masajear su miembro con mi otra mano al mismo tiempo. Un poco después, me incliné sobre este y lo introduje en mi boca. Sora empezó a emitir gemidos entrecortados y sentí sus manos sobre mi cabeza, acariciándome unas veces y otras tirando de mis cabellos como si no pudiera controlarlas.

De nuevo, la sensación de dominio que me invadía era tan satisfactoria como el placer que yo sabía que le estaba provocando. Ya que mi intención era enloquecerlo completamente, abandoné su entrada y me empeñé en lo que hacía con mi boca, engullendo aquel miembro para liberarlo a medias; lentamente unas veces, rápido y violentamente otras; buscando el ritmo adecuado, jugando con mis manos a la vez, hasta finalmente obtener ese estremecimiento y ese grito que indicaba que ya era hora de emprender la rápida retirada, porque aún no me hacía la idea de beber la semilla de otro hombre.

No lo hice a tiempo, y Sora se derramó en mi boca. Afortunadamente, el sabor fue mejor de lo esperado y verlo convulsionar de placer me compensó mucho. Se quedó desvalido sobre la cama, con la mirada perdida, respirando pesadamente. Parecía una invitación, y como tal la tomé.

Lo hice darse vuelta y pasé mi brazo por debajo de su vientre para levantarle la cadera. Él accedió y afincó las rodillas. Entonces pensé en volver a humedecer su entrada con aquel bálsamo, pero algo me detuvo. ¿Por qué no ir más lejos y romper todas mis reservas?

Lo lamí con cuidado entre las nalgas, tratando de meter mi lengua dentro de él tanto como podía. Sorprendiéndome a mí mismo al no encontrar aquello repugnante, sino terriblemente excitante. Cuando sus jadeos y mis ganas me hicieron la espera insoportable, me erguí y lo embestí con cuidado. No se me olvidaba lo que podía dolerle.

Se volvió hacia mí para mirarme, suplicante, mientras se movía, sugerente, indicándome que podía tomarme libertades. Entré por completo y comencé a moverme cada vez con más fuerza. Lo que siguió fue el éxtasis, oleadas de delicia, jadeos, mis manos sujetando con fuerza sus caderas y las suyas atenazando las sábanas. Los dos moviéndonos a unísono, alargando el disfrute, paladeando la fricción hasta que finalmente sentí que se desencadenaba aquella explosión de placer mientras yo pronunciaba su nombre.

Me tumbé a su lado sin fuerzas. Los dos nos miramos, sonrientes. ¡Qué linda sonrisa tenía Sora!, solía sujetar su mano para que no la ocultara. Sus ojos llenos de vida me miraban agradecidos y yo... ¿cómo le miraba yo? De igual manera. Él me hacía feliz.

Le abracé y estaba dispuesto a descansar al menos por unos momentos, pero Sora deseaba seguir. Volvió a besarme jugando con su lengua de una manera más agresiva que otras veces.

—¿No te he dejado satisfecho? —bromeé.

— He esperado muchos días, me debes más...

—Ya soy algo viejo, no puedo llevar el ritmo de un jovenzuelo como tú.

—No tienes que hacer nada.

Me empujó para que me tendiera de espaldas y se sentó sobre mí. Me besó sucesivamente, buscando encender mi cuerpo. Cuando quise acariciar su rostro, sujetó mis manos.

—No hagas nada.

—Si me besas así, no puedo controlarme.

Sonrió. Buscó sobre la cama el cordón con que ataba su elegante obi y me lo mostró.

— Voy a tener que enseñarte algo de obediencia.

—Te dejaré intentarlo —lo desafíe, fascinado por su expresión maliciosa.

Bajó de la cama para ponerse tras de mí y atar cada una de mis manos a los extremos del cordón. Cuando traté de moverlas, me di cuenta de que había pasado el cordón por una de las patas de la cama, para obligarme a mantenerlas por encima de mi cabeza. No me molestó porque sabía lo que Sora era capaz de hacer cuando tenía absoluto control sobre mí. El deseo me quemaba, anticipando lo que vendría a continuación. Volvió a subir a la cama y se acostó a mi lado.

—Ahora no harás nada —se glorió, dándome un beso.

—¿Y qué harás tú? —pregunté, seductor, mientras saboreaba sus labios.

Él sonrió con endiablada picardía. Con movimientos felinos, fue deslizándose sobre mi cuerpo, llenándolo de besos y lametazos hasta llegar a mi miembro que ya lo esperaba erecto. Lo ignoró por completo. Separó mis piernas para colocarse de rodillas entre ellas, hundir su rostro y besarme continuamente por debajo de mi virilidad, trazando un camino hasta mi entrada.

Me sorprendió tanto que di un respingo, y él me sujetó con fuerza por los muslos. Su lengua estaba acariciándome en un lugar en el que nadie me había tocado, ni yo mismo. Comencé a suplicar que se detuviera, era un placer insoportable. Me descontrolaba por completo, y atado como estaba, todo se hacía más intenso.

Quería tocarlo, acariciarlo, dirigirlo. Pero sujeto por aquel cordón y por sus firmes manos, lo único que podía hacer era estremecerme, vulnerable, completamente a su merced. El extraño placer de ser subyugado por completo fue fascinante. No sentí miedo porque confiaba en Sora, y lo único que éste me estaba provocando era goce. Sin embargo, a la vez, me sentía impotente y desvalido, no poder tocarle era toda una mortificación.

Al fin, me abrió más las piernas y se dispuso a entrar en mí… ¡Ah! ¡Lo que Sora podía hacerme sentir cuando me penetraba! ¡Qué inolvidable éxtasis! Nadie pudo borrar su recuerdo, ni siquiera Maurice. Aunque no me quejo, porque Maurice tuvo sus propias particularidades inigualables en la cama.
Sora parecía saber bien lo que iba a provocarme con cada cosa que hacía. Me había inmovilizado de tal manera que sólo podía recibir sus diestras embestidas. Mientras, mi mente se nublaba de tal manera que lo único que yo podía hacer era sentir, incapaz de un simple razonamiento que me permitiera articular una palabra. De mi boca sólo salieron gemidos y gritos de placer.

Así, logró Sora, sin ni siquiera tocar mi miembro, llevarme hasta el orgasmo. Él continuó arremetiendo hasta que se dio por satisfecho y se derramó dentro. Luego, se derrumbó sobre mí, acercó su rostro al mío y nos quedamos los dos absortos, mirándonos el uno al otro, deseando que el tiempo se detuviera y aquel deleite jamás pasara.

Un poco después, desató mis manos, pude abrazarlo y ambos nos dejamos llevar por el agotamiento. Dormí por unas horas, y al despertar, volví a encontrar sus profundos ojos contemplándome con cariño. Sonreí, deposité un beso lleno de afecto en su frente y abrí la boca para hacer la fatal pregunta:

 —Háblame de ti Sora, quiero saber quién eres…

¿Quién era Sora? ¿Qué hacía en Francia trabajando en la casa de los placeres? ¿Cómo era su lugar de origen? Todas esas preguntas se formularon en mi cabeza desde que puse mis ojos en él. Y todas quedaron ocultas bajo el enorme deseo que despertó en mí.

Me he llamado superficial antes y lo vuelvo a afirmar. Soy un hombre vano que pierde de vista lo importante cuando su entrepierna despierta. Vi en Sora algo más que un juguete que compré por unas noches, pero no vi del todo a una persona como yo.

Él era extranjero, yo un noble francés. Vivía en un prostíbulo, yo en un palacio. No era igual a mí en ningún sentido. Las cosas eran más fáciles si las consideraba así.

Cuando hice aquella pregunta, cuando quise saber quién era, fue el primer paso para considerarle verdaderamente alguien y no algo. Sora fue un iluso al confundir mi curiosidad con bondad. Debió haberme visto como uno más de sus clientes y no hacerse la ilusión de que yo era diferente. Debió evadir la pregunta, contestar una tontería, y seducirme para concretar otra cita.

Simplemente, debió hacer su trabajo y no mirarme sorprendido y feliz, como lo hizo. Es más, debió mandarme al diablo en lugar de abrirme su corazón… Un corazón que yo destrocé por inconsciente, por desconsiderado, por ser un lobo con piel de oveja, un hipócrita que le usaba para obtener placer y no estaba dispuesto a asumir las consecuencias de aquella pregunta. Jamás debió enamorarse de mí…

Mi hermoso Sora, ¿dónde estás ahora? ¿Todavía vives? ¿Encontraste a tu familia? ¿Eres feliz? Todos los días miro al cielo y pienso en ti. No te engaño. Pienso en ti con culpa, angustia y remordimiento. Después, recuerdo tu promesa y vuelve la calma. Entonces, puedo pensar en ti con gratitud y ternura. Tú me abriste tu corazón con la inocencia del niño que todavía vivía en ti, escondido y asustado, esperando que alguien le llamara y liberara.

Te equivocaste, yo no era esa persona, pero, al menos, pude guiarte hacia quien verdaderamente te salvó. Yo hice aquella pregunta movido por la curiosidad y el ocio; él, en cambio, quiso saber todo sobre ti y tu tierra, el lejano país que perdiste. Yo jugué con tus sentimientos, él los atesoró y respetó. Yo te compré por unas cuantas noches para deleitarme contigo, él te compró para hacerte libre.

Así que te equivocaste de persona al enamorarte de mí. Pero agradezco que nunca lo hicieras de él. Porque, Sora, además de ser un hombre vano, también soy terriblemente inseguro y celoso. No hubiera soportado que tus misteriosos ojos se posaran sobre Maurice como lo hicieron sobre mí.


***

¿Quién era Sora? Aquella pregunta inició esa noche su despertar. El problema es que para algunas personas, es mejor no abrir los ojos nunca.

He de confesar que, para poder plasmar aquí la respuesta, me he valido de las notas que tomó Maurice tiempo después, cuando lo conoció. Sora venía de un lugar que yo desconocía completamente, su cultura me resultaba tan ininteligible como su idioma, así que al escucharle entendía siempre una parte y otra caía en el vacío.

Maurice conocía el mundo del que venía porque los Jesuitas habían llegado a esas tierras más de cien años atrás. Aquel lugar no era un reino como Francia, sino un conjunto de islas en medio del mar, a kilómetros del Gran Continente, como llamaban a la vasta China de Marco Polo.

Francisco Javier, el santo misionero navarro, fue el primer jesuita en llegar a Nihon, en los barcos portugueses como Nuncio del Papa, movido por el deseo de evangelizar. Por cierto que en sus cartas él llamó a aquel país Japón unas veces y Japán otras.

Cuando mi amigo conoció a Sora, se empeñó en entenderlo. Preguntaba y volvía a preguntar hasta que creía abarcar la respuesta. Escribía los nombres y lugares, buscaba en sus libros más información, incluso hacía bosquejos, hasta que pudo decirle: “Creo que puedo entenderte, creo que puedo ver lo que quieres mostrarme”.
Así que me permitiré escribir estas páginas con ayuda de Maurice y, si alguna vez alguien llega a leerlas, espero que logre comprender y abrazar a Sora como yo anhelo hacerlo en este momento.

—Me llamo Yamamoto Sorata… —respondió como si acabara de aprender su propio nombre.

Un nombre que encerraba una historia: Sora nació en una familia que podríamos considerar noble. Una casta de guerreros que servían a un señor feudal, a quien llamaban Daimio. Existían numerosos de estos Daimios gobernando esas tierras, y durante siglos, se habían peleado entre ellos con afán de ganar más dominios. Francisco Javier clasificaba a los de su clase como “Duques”.

En cierto momento, uno de esos señores ganó hegemonía sobre todos y se otorgó el título de Shogun. No tengo idea de por qué o qué significaba aquel nombre. A duras penas entendí que era un jefe militar, un general que, a fuerza de ganar batallas, terminó fundando una dinastía y gobernando sobre todas aquellas islas. Sus sucesores detentaban el poder desde hacía más de ciento cincuenta años, manteniendo a raya a los demás señores feudales.

También existía un Emperador. Este no tenía realmente poder y el Shogun se estableció como su “protector”. Curiosamente, la gente de Sora creía que su emperador era un dios en la tierra. «Un dios tan inútil como el nuestro», pensé cuando me lo dijo.

La familia de Sora estaba muy involucrada en las tensas relaciones entre el Daimio al que servían y el Shogun que gobernaba en aquella época, llamado Tokugawa Ieshige[1]. Los Yamamoto habían servido al clan Nabeshima por siglos, y su actual señor les hacía sentirse orgullosos de ello.

Nabeshima Aoki, quien gobernaba el territorio conocido como Saga, en la isla de Kyushu, era un líder digno y bueno. Descrito por Sora como pocos años mayor que yo. Gallardo, inteligente, hábil en el arte de la espada, el arco y la equitación. También era un gran maestro en un juego de mesa al que llamaba Igo, cosa que hablaba muy bien de su habilidad como estratega…

Es agotador tratar de contar con precisión todo esto. Maurice tiene notas interminables sobre cada cosa. Sora le contó la historia del clan Nabeshima, acerca del Shogun, sobre aquel juego, el cual por cierto, mi amigo se empeñó en aprender, y cientos de costumbres más.

Las anotaciones de Maurice reflejan muy bien la manera en que funcionaba su mente. Son abundantes, detalladas hasta lo infinito, llenas de preguntas que son contestadas varias páginas después, repletas de dibujos muy bien logrados. No puedo describir lo que siento cuando me topo con un retrato de Sora...

Esto se va a hacer interminable y ya resulta muy doloroso. Recordar a Maurice y a Sora juntos, uno armado de papel y pluma, recogiendo lo que el otro derramaba en palabras, es entrañable, triste y hermoso a la vez. He sido un hombre afortunado por conocerles y un miserable por haberles hecho llorar tantas veces. Pero, he de seguir esta historia como quien bebe un cáliz que se ha ganado.

El padre de Sora era parte de la casta guerrera, cuyos miembros recibían el nombre de samuráis. El señor Nabeshima Aoki le tenía en gran estima, y recibió al pequeño Sorata como paje cuando este cumplió los nueve años.

Desde entonces vivió junto a su señor, quien pasó a ser su maestro en las artes guerreras, en el juego de Igo. Y cuando Sorata empezó a convertirse en un apuesto muchacho, lo introdujo también en su cama. Sí, aquel hombre había sido todo para él: su señor, su maestro, su ideal… su amante.

Sora siempre hablaba de él con palabras de admiración. Cada vez que pronunciaba aquel “Nabeshima-dono”, como le llamaba, lo hacía en un arrebato de adoración. Yo no podía evitar sentir recelo por un hombre que lo había tomado cuando aún se le podía considerar un niño. Él le defendía y declaraba que aquello había sido un honor, que la manera como su señor le amó no se comparaba a la forma como otros le tomaron después.

—Excepto tú, Vassili… tú también me haces sentir digno cuando me tomas —susurró con timidez, haciendo que se despertara en mí el deseo ardiente de llevarlo a la cama, y hacerle olvidar el nombre de su señor entre jadeos de placer. Me controlé para que continuara su historia.

Sora me había llevado a su habitación, la que usaba para dormir, pasar el día y resguardar sus pocas pertenencias. Se accedía a ella por una puerta escondida tras un tapiz en la habitación que siempre usábamos en nuestros encuentros. Era pequeña y sencilla. No había cama porque la gente de Nihon solían dormir en el suelo, cosa insólita.

Me prestó uno de sus kimonos, uno dorado y blanco. La seda era deliciosa al tacto. Él se vistió con un kimono negro de algodón y con un obi más angosto y sencillo que ató a su espalda. Me explicó que los kimono de seda que le había visto lucir pertenecían en realidad a mujeres, y que usar el lazo del obi al frente, como él lo hacía, era propio de las prostitutas de su país. El Marqués le obligaba a usar esos trajes porque eran más vistosos, y se había gastado una fortuna para conseguirlos de mercaderes holandeses. No me hizo gracia que me hiciera vestir un traje de mujer.

—Ese te queda bien… —me dijo, seductor—. Luce del mismo color de tu cabello… Me gusta mucho tu cabello Vassili, y tus ojos…

Yo no pude menos que sonrojarme y tratar de lucir lo mejor posible, mientras él me ataba a la cintura el mismo cordón con el que me había sujetado antes por las muñecas, para que el traje no se abriera. Un gesto simple que hizo que sintiera oleadas de calor por todo mi cuerpo.

Me mostró luego una pequeña mesa que tenía dibujada una rejilla en su superficie, su altura no llegaba a mi rodilla. La llamó Goban. Se sentó sobre sus talones ante ella y me invitó a ocupar el lugar frente a él. Sacó una pequeña bolsa de tela oscura que estaba oculta debajo. Vertió el contenido en la palma de su mano izquierda, y me lo mostró: eran cinco piedras del tamaño de un botón grande. Dos blancas que parecían hechas de concha marina. Las otras tres, de roca negra.

Tanto aquel Goban como las piedras pertenecían al Juego de Igo. Él solía tener una partida cada noche con su señor, a quien pocos igualaban en aquel tablero, y que gastaba buena parte de su dinero en contratar a los jugadores más fuertes de Nihon como maestros.

Sora tomó una piedra negra, la sujetó entre sus dedos anular e índice, y la colocó sobre la mesa en una de las intersecciones, justo donde se encontraban la tercera línea horizontal con la tercera vertical de la esquina que estaba a mi izquierda. El gesto fue elegante y solemne.

—Había olvidado muchas cosas —me dijo con melancolía—, hace mucho que no pienso en mi familia y en mi señor…
Debí darme cuenta de que recordar no le provocaba ninguna alegría. Sin embargo, me dejé llevar por las muchas interrogantes que bullían en mi cabeza, y lancé sin pensar más preguntas:

—¿Cómo es que terminaste aquí? ¿Acaso tu querido señor te envió a este lugar?

Me observó, confundido. Luego, se quedó viendo la pequeña mesa, como si algo de esta le horrorizara. Volvió a recoger todas las piedras en su mano, las contempló como si le quemaran, y las estrelló en el Goban. Se echó a llorar, mientras su cuerpo se estremecía al punto que me asuste. Quise abrazarlo y empezó a gritar. Lo solté, sorprendido, pero, cuando lo vi tratando de arrancarse la ropa y tirándose del cabello, lo apresé con toda mi fuerza, suplicando que se calmara.

Él no dejó de forcejear, de gritar. Su rostro era irreconocible… ¡Tanta desesperación y amargura! ¡Tanta confusión y tristeza en aquellos gestos! No sabía qué hacer, así que pedí ayuda a gritos. Pronto, se abrió otra puerta, una que estaba al otro lado de la habitación. Por ella, apareció la mujer que siempre me había recibido enmascarada, llevando el rostro descubierto. Y un hombre, o al menos eso creí, de rasgos semejantes a los de Sora, aunque con el cabello más corto, atado en la nuca y luciendo ropas francesas.
El hombre habló a Sora en su idioma y, cuando logró su atención, éste extendió sus brazos hacia él, desesperado. Lo liberé y de inmediato se refugió en su pecho. El recién llegado lo rodeó con sus brazos. Yo me quedé en el suelo, confundido.

—Le rogamos que perdone al muchacho, por favor —suplicó la mujer—. Le devolveremos su dinero.

—Eso no me importa —protesté—. Lo único que quiero es que Sora se encuentre bien.

—Estará bien en poco tiempo —dijo el hombre—. Cuando vuelva, verá qué será de nuevo de su agrado.
—No me voy hasta que él mismo me diga que está bien.

El hombre y la mujer se miraron, sin saber qué hacer. Entonces, Sora estiró tímidamente su mano hacia mí.
—Vassili, ¿eres tú? ¿Has vuelto?

—Sora, por supuesto que soy yo...

—Te extrañé —susurró sonriendo, se acercó para abrazarme—, quería verte.

—Sora… —exclamé, asustado, sujetándole. Pero ya no respondió, se desmayó en mis brazos.

El hombre, que se presentó como Xiao Meng, quiso tomarlo, pero insistí en mantenerlo conmigo. Le alcé en mis brazos para llevarlo a la otra habitación y recostarlo en la cama. Entonces, exigí explicaciones. La mujer siguió insistiendo en que me marchara y, ante mi negativa, casi se echó a llorar.

—Madame Odette se lo pide por el bien de Sorata —señaló Xiao Meng—. Si el señor Marqués se entera, lo castigará.

—No tengo intención de decírselo. No me iré hasta saber qué pasa.

La mujer se tranquilizó y salió para buscarnos algo caliente de beber porque, según ella, eso nos haría sentir mejor. En mi opinión, estaba tan nerviosa que ya no sabía lo que hacía o decía. Volví a vestir mis ropas. Me senté junto a Sora. Acaricié sus cabellos, toqué su frente para comprobar que no estaba enfermo, le llamé repetidas veces y, finalmente, abrió los ojos, sonrió y se abrazó a mi cintura.

—Al fin viniste, Vassili… —susurró feliz, llenándome de angustia, ¿acaso había perdido la razón?

—Parece que sea aficionados a usted —dijo Xiao Meng, demostrándome que dominaba perfectamente el francés—. Eso no es bueno para él. Usted le hará daño.

—Nunca haría tal cosa.

—Ya lo ha hecho. Este chico cree que usted es diferente a los demás hombres que lo han tomado. Dice que es gentil y que le mira como su señor lo hacía, lo cual no es más que una estúpida ilusión en su cabeza. Aunque debo admitir que casi me alegro de que aún pueda ilusionarse con algo.

—¿Por qué Sora terminó en este lugar? ¿Dónde está ese señor del que habla?

—Muerto. —Aquella palabra me golpeó y también a Sora, que se aferró a mí con más fuerza—. Muerto junto con toda su familia y sus seguidores —continuó Xiao Meng sin piedad—. Sorata lo había enterrado en su memoria hasta que usted apareció.

—No... No tenía idea…

—Ninguno de los visitantes de esta casa tiene idea de nada. Sorata y yo fuimos comprados por el Marqués. Somos simples objetos de lujo para su entretenimiento. Yo, por suerte, no le agradé a los franceses. Pero él es una gran atracción. Usted es igual a todos esos hombres que se beben la vida de este chico, para luego hacerlo a un lado y continuar con sus aburridas existencias. No sé por qué él cree que es especial. Sorata, si sigues pensando así, te harás más daño.

Sora negó con la cabeza. El hombre le regañó en su idioma, logrando que el joven casi se echara a llorar. En medio de aquella confusa situación, me dejé llevar por lo que sentía: abracé a Sora, cubriéndolo con mi cuerpo.

—Estoy aquí… —le susurré—. No voy a irme hasta que te sientas bien. —Él se echó a llorar, esta vez con un llanto menos desesperado.

—Usted se va en cuanto amanezca y venga su carruaje a buscarlo —apuntó Xiao Meng con desprecio.
—Pagaré por pasar el día aquí si hace falta. Dígale al cochero que le mandaré a llamar. No me iré hasta que Sora me diga que está mejor.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que sufra…

—¿Por lástima? ¿Tiene idea de cuán ofensivo es eso? Este muchacho era de una casta de señores y guerreros. No nació para ser compadecido, sino para ser respetado y temido.

—¡No le tengo lástima! ¡Demonios! He dormido con él, me ha hecho sentir cosas completamente nuevas, me ha cambiado por completo. No voy a dejarlo cuando lo veo deshecho. ¿Qué clase de hombre cree que soy? Nadie dejaría a Sora en semejante estado.

—Muchos lo hicieron.

—Yo no soy como ellos.

—Eso espero. Por el bien de Sorata, eso espero…

Se mantuvo mirándome como si yo fuera la criatura más detestable que había encontrado en su vida, hasta que lanzó un suspiro y desvió la vista hacia otro lado, cosa que le agradecí porque ya estaba sintiendo deseos de sacarlo a patadas de la habitación. En ese momento, consideraba que estaba injuriándome al dudar de mis buenas intenciones.

¡Cuánta razón tenía Xiao Meng! ¿Acaso yo había visitado el palacio de los placeres con otra intención que usar a Sora para mi propio deleite? Yo era igual a todos los cretinos que ocuparon antes aquella cama. Incluso peor, porque me creía distinto y hasta mejor que ellos.

La tensión en la habitación se alivió cuando Madame Odette trajo unas elegantes tazas rebosantes de té. Sora no quiso beber nada, yo agradecí echar algo a mi estómago, y Xiao Meng se dispuso a disfrutar de su bebida sentándose al borde de la cama. La mujer ocupó el sillón más cercano.

Sora fue quedándose dormido poco a poco. No quiso soltarme, por lo que seguí sentado a su lado. Los otros dos fueron narrando su historia. Lo que dijeron esa noche sirvió para hacerme una idea general de su situación. Otras cosas las contaría el propio Sora y quedarían plasmados  en los apuntes de Maurice tiempo después.

La historia es quizá más común de lo que se podría esperar, porque los factores que la desencadenan y determinan se encuentran en todas partes: ambición, mentira, envidia, traición, temor, crueldad, lujuria… Sin duda, la historia de Sora se repite en nuestro mundo cada día. Muchas veces sin testigos; otras, ante un gran auditorio al que no le interesa hacer nada al respecto.

Xiao Meng no podía ocultar su rencor hacia esos espectadores, entre los que me incluía. Él era una víctima también y entendía la situación de Sora mejor que el mismo joven.

—Yo era un pobre diablo en mi tierra —dijo con amargura—, pero él no, él nació con privilegios. Su destino era ser uno de los guerreros de su señor, vivir con dignidad y riqueza, formar una familia respetable, y morir luego de una vejez apacible o en el furor de una batalla, rodeado de gloria y honor.

Ese destino quedó frustrado por un hombre, Tadamitsu Ooka, el chambelán del shogun Tokugawa Ieshige.
Los Tokugawa desarrollaron un sistema para controlar a los Daimios[2], obligándolos a vivir un año en la capital conocida como Edo y un año en su propio territorio. Durante el año que el Daimio volvía a su feudo, parte de su familia debía permanecer en Edo. De esta forma, el shogun mantenía a su alcance rehenes que le servían para prevenir cualquier rebelión por parte de señor feudal. También mermaba su capacidad económica, obligándolo a financiar costosos viajes, en los que se desplazaba con cientos de sirvientes y guerreros, y mantener dos residencias.

Cuando la esposa y el hijo adolescente del señor Nabeshima Aoki permanecían en la capital, ocurrió un incidente que desencadenó una serie de desgracias. Al parecer, el muchacho se enemistó con el sobrino del chambelán, por una rivalidad infantil respecto a sus habilidades con la espada, y terminó muerto en extrañas circunstancias.

Tadamitsu Ooka trató de ocultar el incidente tanto como pudo, pero la noticia llegó al fin a oídos del señor Nabeshima, y este decidió presentarse en Edo a exigir una explicación, que no necesitaba, y la cabeza del asesino.

El asunto pudo haberse arreglado, según mi parecer, sin necesidad de más muertes, pero el carácter de las gentes de aquel lugar no se diferencia mucho del nuestro. Cuando se pierde a alguien de manera irreparable y la venganza y el honor se mezclan, solamente derramar la sangre del culpable parece traer alivio.

De cualquier forma, Nabeshima-dono estaba en una difícil situación. El shogun no lo consideraba como uno de sus más leales súbditos y había rumores bien infundados de que era un títere del Chambelán. Su reclamo de justicia bien podía entenderse como un levantamiento que traería la desgracia a toda la región de Saga.

Aunque Sora alguna vez dejó caer que a su señor no le faltaban deseos de revelarse contra un Shogun muy débil, impopular y e influenciable, como era Ieshige, lo cierto es que Nabeshima Aoki dio muestras de fidelidad al emprender el viaje a Edo con una escasa comitiva. Desgraciadamente, nunca llegó a su destino, fue emboscado por bandidos que bien podían ser mercenarios o soldados fieles a Tadamitsu Ooka.

El padre de Sora había quedado a cargo del territorio de Saga. En medio del caos que siguió a la muerte de su señor, mientras decidía qué paso seguir, si la venganza, el suicidio o ambas cosas, envió a su hijo al sur de la región, con sus abuelos maternos, quienes podían mantenerlo a salvo en caso de que despertaran la ira del Shogun.

Encargó de escoltar a su hijo a un anciano samurái, alguien en quien tenía gran confianza. Este cometió el error de llevar como parte de su comitiva tres lacayos poco conocidos, porque todos los sirvientes de confianza y los demás guerreros, eran necesarios en el castillo de Saga.

Aquellos hombres no eran leales a nadie, simples perros que se vendían al mejor postor. Vieron en aquel momento el declive de todo el clan Nabeshima, y decidieron sacar ventaja. Durante el viaje, asesinaron al samurái y secuestraron al muchacho. Sabían que era el favorito de su señor y habían oído hablar de cierto holandés con gustos muy particulares en el puerto de Dejima[3], el único lugar en el que los extranjeros podían desembarcar.

Llevaron a Sora hasta aquel lugar, maniatado y amordazado, escondido en una cesta de arroz. Cuando al fin salió de semejante prisión, ya estaba en un barco rumbo a lo desconocido y en manos de uno de los hombres más despreciables que ha respirado en la tierra.

Xiao Meng y Sora siempre le llamaban “el capitán” o “el holandés”, evitaban decir su nombre a toda costa. Lo odiaban, pero sobre todo lo temían, su recuerdo les hacía daño como si todavía pudieran percibir sus manos estrujando sus cuerpos, robándoles el aire, oscureciendo todo a su alrededor y haciéndoles sentirse asqueados de sí mismos, parecían sentirse culpables de los crímenes que él cometió contra ellos. Aprendí muy pronto a no preguntar sobre él.

Aquella criatura, aquel cerdo, engendro del mismo infierno, compró a Sora. Tomó a un hermoso muchacho, un pequeño guerrero, la promesa de un hombre formidable y lo destruyó. ¡Maldito sea por siempre! ¡El infierno debe existir para él! Sí, para él y para otros malditos de los que ya llegará la hora de hablar. Si pudiera tener un día a ese hombre a mi alcance, lo mataría sin dudarlo un momento.

Aquel ser infame tenía a su cargo un barco mercante en el que hacía y deshacía a gusto, ante la ceguera cómplice de toda su tripulación. Además era hermano del administrador del puerto de Dejima, lo que le daba toda la impunidad que deseaba. En ese navío, Sora encontró el infierno. Pasó años encerrado en un camarote, nunca supo cuántos, la verdad es que ni siquiera sabía ya qué edad tenía. El tiempo se había detenido para él.

Dentro de aquella prisión, perdió el habla y la razón hasta que Xiao Meng se convirtió en su compañero de desgracia.

—Como dije, yo era un pobre diablo. Sin embargo, también era muy inteligente y mis padres esperaban que eso me ayudara a llegar a ser un funcionario real. El problema es que sólo los eunucos podían conseguir tal honor en mi tierra.

Lo miré desconcertado.

—Sí, fui castrado siendo un niño—respondió, sonriendo ante la expresión de mi rostro—. Mis padres esperaban asegurar sus propias vidas a través de mí. Pero quedé muy débil después de aquello… Y el cargo esperado jamás llegó. En cambio, apareció en el puerto cierto bungaló pirata que ofreció una buena suma por mí. Mis padres habían gastado todo lo que tenían en educarme esmeradamente para que fuera apto de servir en palacio. Y yo había, según ellos, traicionado sus expectativas. Venderme les pareció algo justo. No hay día en que no los maldiga por eso.

A los pocos días, aquel pirata vendió al joven chino al holandés. Así terminó Xiao Meng en el mismo camarote que Sora. Cuando entró, encontró a un muchacho desnudo, con los cabellos enmarañados, encogido en un rincón, como si fuera un animal asustado.

—Yo tenía dieciséis años cuando me llevaron, era débil, un eunuco inútil y consideraba mi vida miserable. Al ver a Sorata, me convencí de que había sido más afortunado que él. Lograr que recordara cómo hablar me llevó semanas. Por suerte, conocía su idioma gracias a mi excelente educación. También sabía hablar holandés y portugués.

El holandés trataba a Sora como a un animal. Le había entrenado como si de un perro faldero se tratara. Se sentaba, aplaudía y Sora ya sabía que lo quería entre sus piernas. Se acostaba y silbaba y su esclavo se encaramaba sobre él como un poseso. Pero lo peor venía cuando, sin dar ninguna señal, le sujetaba del cabello, lo obligaba a ponerse a cuatro patas y lo violaba sin piedad.

Solía castigarle cuando el chico no le satisfacía adecuadamente, negándole una cubeta de agua con la que se aseaba, cosa que le aterraba porque no soportaba estar sucio. Incluso años después, seguía teniendo una manía exagerada por la limpieza de su propio cuerpo. Cosa comprensible, trataba de borrar el olor del holandés de su piel.

—Odiaba a ese hombre —escupió Xiao Meng mientras en sus ojos parecían contemplar aquellas escenas—. Quiso tratarme a mí de la misma manera y me resistí. Me dio una paliza tal que terminé inconsciente. Cuando desperté, ya lo tenía dentro, babeando sobre mí como un cerdo. Deseé morir y casi lo hago, porque me dejó muy mal herido. Sora me cuidó, limpio mis heridas y lloró conmigo. Entonces, decidí que los dos sobreviviríamos a ese infierno.

—¿Cómo? ¿Escaparon?

—Era inútil intentarlo en ese momento. Lo más inteligente era evitar las palizas, así que le di a ese hombre lo que deseaba y le enseñé a Sora a hacer lo mismo. Incluso le insté a que lo disfrutara, a que dominara a ese maldito a través de su cuerpo. Usted debe agradecerme a mí lo bueno que es Sora en la cama.
No puedo decir las sensaciones que se arremolinaron dentro de mí cuando escuché semejante cosa. Aquella historia estaba haciéndome sufrir en más de una manera, quise pedirle que se detuviera, pero me contuve. Era mi castigo merecido escuchar hasta el final.

—El holandés comenzó a tratarnos mejor —continuó Xiao Meng—. Nos vistió, nos dio de comer más seguido, y sobre todo, dejó de golpearnos. Yo ya estaba orquestando nuestro escape cuando fuimos vendidos a otro holandés en un puerto europeo. Al parecer, nuestro maldito capitán había perdido su puesto y debía deshacerse de nosotros para no tener problemas con el nuevo oficial del navío. No le niego que nos llenó de felicidad ver que su vida había dado un revés y poder librarnos de su yugo. Nuestro nuevo dueño fue más civilizado, y apenas nos usó por unos meses. Luego, nos vendió al Marqués. Así terminamos en este lugar, donde llevamos gozando algunos años de tranquilidad, sin palizas, ni hambre y con un clima agradable.
Cuando Xiao Meng terminó su relato, dio un sorbo a su té y yo volví a respirar. Había estado conteniendo el aliento, apretando la mano de Sora, escuchando horrorizado. Sentí que tiraban de la manga de mi camisa, era Sora, quien me miraba preocupado. 

—¿Vassili, por qué lloras? —preguntó, sorprendiéndome, ni siquiera me había percatado de cuándo las lágrimas comenzaron a brotar. Lo cierto es que quería gritar de dolor y rabia. 

—Perdóname, Sora… —supliqué, atrayéndolo hacia mí para rodearlo con mis brazos—, no tenía idea. 

Él se quedó mirándome, perplejo, por un instante. Luego, correspondió a mi abrazo y recostó su cabeza en mi hombro

—Lo sé, Vassili, lo sé. 

Fue todo lo que escuché y agradecí aquellas palabras, y sobre, todo el tono de su voz. Al fin, hablaba el mismo Sora que conocí, quien había despertado de su pesadilla y volvía a ser el orgulloso joven con el que había hecho el amor tantas veces. Xiao Meng nos dejó solos. Los dos nos quedamos en silencio, mezclando nuestros llantos hasta que nos venció el sueño. Aquella había sido una de las noches más largas de mi vida. 
Cuando el carruaje vino a buscarme al amanecer, mandé despedirlo. Me quedé en la cama con Sora hasta que él quiso levantarse, asearse y pasear por el jardín, donde solía tomar su desayuno. Yo lo secundé, fascinado de conocer a Sora durante el día. 

El hermoso jardín tenía una glorieta en el centro, estaba lleno de árboles enanos y flores de todo tipo. El lugar estaba encerrado entre cuatro edificios independientes. Todos con la misma arquitectura, de dos pisos y numerosas ventanas con cornisas muy rimbombantes. Mientras recorría con Sora el extenso Jardín, nos encontramos con tres niños, tan pequeños que no llegaban a mi cintura. Saludaron a Sora con entusiasmo, a mí parecían temerme por lo que me alejé un poco para que pudieran conversar. Se veía a leguas que se llevaban bien. 

—Le he dicho que no se encariñe con ellos, pero no hace caso —dijo Xiao Meng a mis espaldas, dándome un buen susto—. Igual que no lo hizo cuando le advertí que no se enamorara de usted. 

—¿Quiénes son esos niños? ¿Hijos de las prostitutas?

—No. Ellos son atracciones como Sora. Alguien paga por mancillarlos cada noche, como usted lo hace con él. 

—¡No es posible! —El mundo se estremeció bajo mis pies.

—Claro que lo es. Todos en esta casa, excepto Madame, somos productos para la venta. Suerte que yo no le guste a los franceses. Aunque, de vez en cuando, el Marqués me incomoda requiriendo mis servicios. —Lanzó un suspiro—. Al menos, no me golpea y basta darle de beber dos copas de buen vino para que se duerma pronto. 

Me quedé en silencio. Comencé a sentirme amargado al ver a aquellos niños. Cuando Sora les dejó y regresó a mi lado, agradecí que Xiao Meng les ordenara volver a sus habitaciones. Ellos evidentemente le temían y corrieron alejándose. Yo no podía seguir viéndolos, su existencia era como un hierro candente que horadaba mi piel. ¡Mi dinero mantenía el lugar donde esos infelices niños eran ultrajados! No podía vivir con algo así; por tanto, procuré olvidarlos en el acto. 

Nos dirigimos a la glorieta donde Madame Odette nos esperaba con el desayuno. Este encantador espacio era el centro del Palacio de los Placeres, sólo quien aportaba las mayores ganancias podía poner un pie en él. Sora llevaba años disfrutando de su uso exclusivo, solía comer ahí junto a Xiao Meng y Madame. Los tres eran los tristes beneficiarios del mayor privilegio del maldito prostíbulo. 

Madame Odette era hija ilegítima del Marqués, había nacido en el Palacio de los Placeres porque su madre fue la prostituta más célebre de aquel lugar. El Marqués estaba seguro de ser su padre gracias a que nació con los ojos del mismo color que la madre de este. Además, día a día, el parecido de la joven con él se fue haciendo más que evidente. 

Creció feliz, mimada por su madre, hasta que tuvo edad para entender su situación. Se descubrió a sí misma atrapada y sin posibilidades, su padre no tenía intención de darle una vida tras los muros que la cobijaron desde que vino al mundo. Ella simplemente no existía fuera del Palacio. Cuando cumplió los trece años, su madre enfermó, contagiada por un cliente de una horrible enfermedad. El Marqués la envió a un sanatorio y no dejó que la visitara jamás. Desde entonces, se comunicó con ella por cartas hasta que murió pocos años después. Su padre le encargó a una criada continuar su educación. 

Cuando la conocí, debía tener más de veinte años. Vivía en una habitación aislada, en lo más alto del Palacio, donde nadie podía molestarla, ni las prostitutas ni sus clientes, y se encargaba de administrar el lugar. Era bonita, pero desde niña, procuró ocultarlo de todas las formas posibles, en caso de que a su padre se le ocurriera ofrecerla en venta un día. No podía confiar en él. 

Odiaba su propia vida tanto como Sora y Xiao Meng odiaban las suyas. Ellos se convirtieron en su familia al poco tiempo de llegar al Palacio. Las demás prostitutas le tenían envidia o reflejaban contra ella toda la amargura que sentían contra su padre. Sora, en cambio, la quería con ternura. 

En cuanto a Xiao Meng, él sentía por ella otra cosa. No tardé ni dos minutos en darme cuenta de que la amaba; pues, sólo cuando posaba sus ojos sobre Madame Odette, su mirada dejaba de ser fría. ¡Qué desgraciado romance entre un eunuco extranjero y la hija de una prostituta, atrapados en El Palacio de los Placeres! 

Por ella, Xiao Meng había renunciado a todo intento de escape, procurando mantenerse útil ayudando en la administración del lugar, cuando ningún cliente quiso usarlo. Gracias a él, los gastos se habían reducido, las ganancias estaban bien empleadas y se habían mejorado las edificaciones. Por amor a la hija de su nuevo amo, se había convertido en parte de la cadena que lo esclavizaba a él y a Sora. 

Cuando fui consiente de todo esto, tiempo después, casi sentí compasión por Xiao Meng. Casi. Siempre hemos tenido una relación muy tirante, él es experto en hacerme ver mis miserias y yo suelo recordarle lo absurda que es su existencia. 

No obstante, en aquel momento, mientras desayunaba en medio de un bonito paisaje, casi olvidé dónde y con quién estaba. Disfruté de la compañía de tres personajes singulares, Sora con sus elegantes y seductoras maneras, Xiao Meng con su antipática cortesía y Madame Odette, tímida y sencilla, mostrándose feliz cada vez que halagaba su arte para la cocina. No pude evitar pensar en cómo serían sus vidas en otras circunstancias. 

Cuando volví con Sora a la habitación, él estaba de muy buen humor. Decidí contarle mi historia. Quería que me conociera tanto como me había permitido conocerlo a él. No pude obviar del todo la existencia de Maurice, lo presenté como un amigo, uno muy importante, nada más. Sentía que era mejor que no supiera la verdad. Traté de hacerle ver lo ridícula que era mi existencia, para que no siguiera haciéndose ilusiones. Fue un caso perdido. En sus ojos, vi que el destello de su amor se hacía más fuerte. Cuando terminé mi narración, me abrazó y me besó llenó de deseo. 

—Déjame aliviarte, Vassili. Deja que te haga olvidar todo lo que te agobia.

—No, Sora; comparada con la tuya, mi vida es ridícula y mis problemas no son nada…

—Calla… No quiero hablar de mi vida nunca más. Vamos a olvidar todo en la cama. 

—Sora no quiero volver a tratarte como lo han hecho todos…

—Nunca lo has hecho. Vassili, tú eres el único que quiero que me posea. No me hagas esperar…

Mi fuerza de voluntad nunca ha sido muy grande, y ante semejante insistencia, simplemente me dejé llevar. Esa noche disfrutamos el uno del otro con la misma pasión que antes, pero, a la vez, con una intimidad completamente nueva. Hice más fuertes las cadenas con las que el corazón de Sora se había aferrado al mío. Un día él iba a darse cuenta de que era un corazón que ya estaba prendado de otra persona, entonces iba a conocer una nueva dimensión del dolor. Yo que era su verdugo sin saberlo, conocería todos los matices de la culpa y el remordimiento.

A la mañana siguiente, Xiao Meng vino a despertarme. Raffaele en persona se había presentado para buscarme y amenazaba con sacarme a rastras si no salía pronto. No hubo más remedio que despedirme de Sora, quien me aseguró que esperaría ansioso mi regreso. Me alegró verlo contento y me marché tranquilo. En el carruaje, me enfrenté a un furioso Raffaele, quien no dudó en mostrar su desaprobación ante mi conducta. 

—¡Eres un idiota!

—¡Ah! No me amonestes cuando estoy medio dormido —protesté, mientras luchaba por terminar de arreglar mi traje—. No tenías que venir a buscarme. 

—Maurice está preocupado por ti —empezó a decir, mientras se cruzaba de brazos y fingía mirar por la ventana—. Creé que te has marchado a casa de tu padre disgustado por la pelea que tuvieron. No te imaginas lo ingenioso que he tenido que ser para evitar que fuera a buscarte. Piensa en el desastre que pudo ocurrir: Maurice llega a tu casa, pregunta por ti y descubre que nadie te ha visto… 

—Entonces, ¿debo estar agradecido contigo por ser tan buen amigo y olvidar la manera, nada amable por cierto, en que me has hecho salir de la cama? —respondí, luciendo mi mal humor. 

—No entiendes, Vassili —dijo con tristeza—. No lo he hecho por ayudarte a ti, sino a Maurice. Él te quiere, y definitivamente, prefiere estar contigo que con Miguel o conmigo. El tiempo en que has estado ausente lo ha pasado como un cachorro abandonado. 

Sus palabras lograron hacerme sentir avergonzado. Cuando llegamos al Palacio de las Ninfas, me dirigí directamente a la habitación de Maurice. Raffaele me alcanzó. 

—Te aconsejo que vayas a tu habitación primero. 

No hice caso y entré. El lugar estaba vacío. Revisé la habitación secreta y tampoco lo encontré ahí. Desconcertado, volví con Raffaele, quien me esperaba en la puerta exhibiendo una mueca de fastidio. 

—¡Qué necio eres! Cuando te digo algo es por una buena razón. Me largo a dormir. Anoche estuve escuchando las cuitas de Maurice hasta tarde. 

Desapareció tras la puerta de su habitación, yo me dirigí a la mía, confundido. ¡Qué gran sorpresa! ¡Maurice estaba durmiendo en mi cama! Me acerqué y comprobé que no me engañaba, él realmente estaba ahí. No llevaba puesta la casaca ni la chupa. Su grácil figura siempre me gustó, aunque también me preocupaba que nunca ganase peso, y la blanca blusa parecía tener espacio de sobra. Sonreí. Me incliné para hablarle al oído mientras acariciaba su mejilla. 

—Maurice… despierta. 

Tuve que insistir. Incluso, llegué a moverlo para que abriera los ojos al fin. Una vez que caía dormido, podía librarse una batalla a su alrededor y él no se daría cuenta. Y cada vez que le obligaba a despertar, ocurría lo mismo: abría los ojos de golpe y se sentaba sobresaltado. 

—¡Vassili! ¿Cuándo regresaste?

—Hace un momento…

—¿Dónde estabas?

—Con mi familia. —No dudo que me sonrojé al mentirle. 

—¿Vas a marcharte a vivir con ellos? —la pregunta salió de sus labios como si la hubiera estado conteniendo durante toda la noche. 

—Aún no…

—¿Sigues disgustado conmigo?

—No.

—¡Yo sigo disgustado contigo! —replicó con energía—. No tenías que decir todo eso. Pero, aunque esté molesto, no quiero que te vayas. 

—Lamento lo que dije…

—¿Qué demonios te pasa últimamente? Te confieso que tengo miedo de que hayas vuelto a beber.

—La bebida es el menor de mis problemas ahora. 

—¿Y cuál es tu problema entonces? Perdona por insistir, sé que no tengo derecho a meterme de esta forma en tu vida, pero eres mi amigo y quiero ayudarte... 

Aquellas palabras actuaron como el gatillo de un mosquete. Yo no quería ser su amigo. No podía tenerle frente a mí, en mi cama, y no pensar en arroparlo con mi cuerpo y hacerlo estremecer a fuerza de besos y caricias. No podía evitar imaginar el placer de entrar en él, anticipar la fricción exquisita, el sabor de sus labios y los gemidos que podría robarle. 

Enloquecí. Subí a la cama, atenacé sus brazos y lo besé, condenándome de manera irreversible. Vi sus ojos abrirse desmesuradamente, lo escuché jadear sorprendido y percibí la tensión en todo su cuerpo. Pero, por encima de todo, sentí sus labios. Los devoré, disfruté el hacerlos míos como si fuera el mayor de los deleites. Metí mi lengua en su boca y saboreé la suya. Lo hundí en la cama, descargando sobre él todo mi peso, haciéndolo completamente prisionero, rozando su cuerpo con el mío buscando excitarle como él ya me había excitado a mí con el simple hecho de estar ahí. Fue un beso largo, ansioso, inmisericorde. Cuando lo liberé, tomó bocanadas de aire y jadeó hasta que se recuperó de la sorpresa. 

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué has hecho? —balbuceó. 

—Esta es la razón por la que te dije todas esas cosas y por la que he evitado estar cerca de ti. ¡Te amo! ¡Te deseo! ¡Muero por hacerte mío!

—¡Basta! ¡Suéltame! Esto debe ser una pesadilla… —Trató de escapar, le inmovilicé sujetándolo de las muñecas. 

—Para mí ha sido una pesadilla cada momento que he pasado junto a ti, ocultando lo que siento.

—¡No digas eso! ¿Esto es por lo que Raffaele te contó, por lo que hicimos cuando éramos niños?

—¡No! Deja a Raffaele fuera de esto. Él no tiene nada que ver. Maurice te amo y…

—¡No digas tonterías! ¡Imposible! ¡Cállate! ¡Suéltame! —Se sacudió de tal forma que no me quedó más remedio que dejarlo escapar. 

Él se incorporó y saltó de la cama. Comenzó a caminar de un lado a otro, nervioso, expresando lo sorprendido que lo había dejado, pasando de la incredulidad a la furia. Maldiciendo a Raffaele, a quien culpaba de todo. Mientras, yo me senté en la cama para esperar mi condena. De repente, se detuvo, me encaró y preguntó decidido:

—¿Lo que sientes por mí se parece a lo que sentías por Adeline o por tu repugnante sirvienta?

Terminé siendo yo el sorprendido. Lo menos que esperaba era que preguntara algo así. Obviamente, estaba tratando de encontrarle sentido a mi comportamiento, una fría y lógica explicación que le devolviera el orden a su mundo. Afrontaba la situación de la peor manera: como un jesuita dispuesto a diseccionar mi alma para desarmar y corregir sus mecanismos. Por lo visto, decirle que lo amaba no le resultaba suficiente motivo para besarlo. 

Para mí, aquella pregunta era una espada de doble filo. De responder afirmativamente, él señalaría mi comportamiento como un arrebato, un desorden, una compulsión causada por la pérdida de mi antigua vida, por el ocio o por el mismo diablo. Si me atrevía declarar que se trataba de algo completamente distinto, afirmando mi amor de nuevo, él sin duda me rechazaría y calificaría de aberración mis sentimientos. Cualquiera de las dos respuestas iba a conducir al mismo desenlace, la separación sanadora. Bajé mi cabeza y supliqué casi en un sollozo:

—No quiero separarme de ti… 

—Yo tampoco, y estoy seguro de que no te conviene —afirmó con aplomo, dejándome perplejo—. Es muy probable que si nos separamos en tan malos términos, volverás a beber y quién sabe con quién te enredarías. Víboras como tu antigua sirvienta abundan alrededor de incautos como tú… 

Maurice siguió hablando de lo poco confiable que yo era, del riesgo que implicaba dejarme a la deriva. No me importó comprobar la mala imagen que tenía de mí. Estaba asombrado de que no quisiera que me marchara y de la actitud con la que se estaba tomando aquel beso. 

—¿Realmente puedo seguir viviendo contigo? —pregunté, incrédulo.

—Por supuesto.

Me levanté, lo sujeté por los hombros queriendo volver a besarle. Estaba feliz, y malinterpreté completamente su respuesta. 

—¡No te atrevas a volver a besarme! —me regañó. 

—Si me quedo a tu lado, no podré contenerme.

—Vas a tener que hacerlo. ¿Desde cuándo compartes las costumbres extrañas de Raffaele?

—Maurice, ya te dije que él no tiene nada que ver…

—Si no te hubiera contado…

—Sentía esto por ti antes de que me lo contara, por eso lo golpeé, por eso tantas cosas… 

—Entonces, esto es fruto del ocio en el que te has sumergido. Tienes que poner orden en tu vida. Definitivamente, debes dejar esa actitud hacia Dios y…

Volvió a hablar el jesuita. Cada palabra que decía me descorazonaba. Definitivamente, para él mis sentimientos, esos que para mí representaban lo único de lo que estaba seguro, eran un desorden, un espejismo causado por la concupiscencia y desaparecerían en el momento en que volviera al buen camino. 
—Entiendo que ya no deseas ser sacerdote —terminó diciendo—. Lamentablemente, tu padre no está dispuesto a permitir que abandones el ministerio. He intentado inútilmente convencerlo varias veces de que lo que más te conviene es formar una familia con una buena mujer y…

—¡Por favor, cállate Maurice! —le ordené cuando ya no pude soportar más—. No entiendes nada y hasta creo que es mejor así. Por favor, déjame solo… 

—Pero… Quiero ayudarte.

—Lo sé. Mas, en este momento no quiero seguir escuchándote… Déjame solo, por favor. 

Titubeó, pero al final, salió preocupado. Me quedé de pie, ante la puerta cerrada, por unos momentos, incapaz de decidir qué hacer. Finalmente, fui a sentarme en el sofá que se encontraba junto a la ventana, a esperar. Esperar que la tormenta que rugía en mi cabeza y ahogaba mi corazón, se calmara y me dejara pensar. Pero la calma no llegó. En su lugar, sobrevino el miedo, la frustración y la más certera desesperanza. 

Si existió un día en que estuve cerca de odiar a Maurice, fue ese. Me deshacía en reproches contra él. ¿Por qué no me escuchó cuando le dije que le amaba? ¿Por qué reducía el más noble de mis sentimientos a una compulsión desordenada? ¿Por qué demonios tenía que reaccionar como un jesuita y desmembrar mi alma con su lógica ignaciana? ¿Por qué parecía que no le corría sangre por las venas?¿Por qué mi beso, ese beso que a mí me elevó al más alto de los cielos, a él le había dejado indiferente? ¿Acaso yo nunca despertaría su apetito mientras él a mí me volvía loco de deseo? ¿Qué tenía que hacer para encender la pasión en ese hombre? ¡Cuán desgraciado me sentía! La puerta se abrió, creo que había transcurrido más de una hora. Vi entrar a Raffaele, quien tomó una silla para sentarse frente a mí. 

—No sé si eres el más imbécil de los hombres o el más valiente —señaló con un tono cansado—. Lo cierto es que indudablemente eres el más problemático. 

Me contó, molesto, que Maurice le había buscado para reclamarle a él mi comportamiento. Cosa que no le hizo ninguna gracia. 

—Me culpó de haberte metido malas ideas en la cabeza. Me insultó, me amenazó con darme una paliza. Ahora, tendré que hacer un milagro para que Maurice me perdone el haber corrompido a su mejor amigo. Claro que podría decirle la verdad, que este amigo es un lujurioso empedernido, que gusta de desnudarlo con la mirada cada vez que lo ve. ¡Ah! ¡Pero eso ya tú se lo demostraste!

—Lo siento, Raffaele…

—Mi buen amigo, lo vas a sentir aún más. Maurice se ha hecho el firme propósito de devolverte a los hábitos o casarte con una buena mujer.

—¡¿Qué voy a hacer?!

—Piensa en algo rápido. En este momento, mi querido primo se encuentra como si le hubieran puesto de cabeza el mundo, y todo gracias a ti. Suerte que Miguel está de viaje, estoy seguro de que te hubiera dado una paliza por atormentar a Maurice. 

—¿Dónde está Maurice?

—Se encerró en su habitación y prefiero dejarlo solo; sobre todo, después de que me dijo tres veces que me odiaba y dos veces que todo lo que yo toco lo contamino. 

—Raffaele, lo siento…

—Está bien. Me dijo cosas peores cuando descubrió que me había llevado a la cama a Miguel. Por favor, no le digas lo que hemos hecho juntos, creo que me matará si se entera.

—¡Esto es un desastre!

—Te lo había advertido, Vassili. Tienes suerte de que Maurice se haya vuelto contra mí. Te considera una víctima de mi malicia. Sin embargo, es algo extraño que no te pidiera que te marcharas. 

—Cree que volveré a beber…

—Yo creo que te quiere. 

—Por supuesto. Soy su más querido amigo —me lamenté.

—No. Pienso que te quiere como algo más. Cada vez que habla de ti, se muestra más vehemente y preocupado que de costumbre. No hay duda de que está fascinado por ti. 

Sentí que Raffaele habría una puerta y llenaba de luz la fosa oscura en la que me encontraba. 

—Entonces… ¿Me ama?

—Creo que existe la posibilidad de que así sea. Puede que él mismo no se haya dado cuenta o no quiera aceptarlo. Como te ocurría a ti.

—¡Gracias! —Me levanté feliz y abracé a Raffaele, deseando danzar con él.

—No cantes victoria, aunque sea cierto nunca vas a conseguir nada. Es un jesuita fiel a sus votos.

—Bastará con convencerlo de que renuncie a esa vida inútil…

—¡Cómo si eso fuera posible!

—Mi amigo, si existe la más pequeña posibilidad de que Maurice me ame como yo a él, voy a aferrarme a esa esperanza sin importar las consecuencias.

—¿Sin importar las consecuencias? Sucede que he sido yo quien ha pagado las consecuencias.

—Lo siento, Rafael…

—No digas que lo sientes mientras sonríes como un tonto.

—Es que me has dado esperanzas. Creí que lo había echado todo a perder.

—Efectivamente, lo echaste todo a perder. Suerte que Maurice te ama tanto que no quiere dejarte. No estoy seguro de si te ama como su amigo o como algo más, pero lo cierto es que te ama.

Raffaele me dejó solo al poco rato; estaba cansado de mí, según dijo. Me eché en la cama de espaldas, feliz ante la nueva perspectiva que se me ofrecía. Si lograba derribar la muralla de Maurice, si le hacía renegar de sus votos, si conquistaba definitivamente su corazón, mi felicidad estaría completa. 

Enseguida, tracé un plan. Permanecería a su lado como una sombra solícita, aprovechando cada instante para hacer más estrecha nuestra relación. Entonces, la imagen de alguien se dibujó en mi mente. ¿Qué iba a hacer con Sora? ¡No podía abandonarlo! Sin embargo, si Maurice se enteraba de mi relación con él… ¿Qué pensaría al respecto? 

Me sentí atrapado en una telaraña que yo mismo había tejido. Lo que no sabía era que mi situación era más grave de lo que pensaba. Que existían otros hilos en los que me había enredado y que las circunstancias iban a tensarlos hasta asfixiarme. Pero, en aquel momento, me creía el hombre más feliz del mundo. 


...........

[1]Tokugawa Ieshige: noveno Shogun de Japón. Gobernó desde 1745 hasta 1760.
[2]Este sistema era conocido como Sankin Kótai, que significa “servicio alterno”.
[3] Dejima es una isla artificial ubicada en la Bahía de Nagasaki. Fue creada en 1641 para que los extranjeros con quienes se mantenían relaciones comerciales no pisaran territorio japonés. En el siglo XVIII el Shogun solamente permitía el comercio con los holandeses. La isla era administrada por la Compañía Neerlandesa de las Islas Orientales (Vereenigde Oostindische Compagne VOC)

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