XIV Desplegando las Alas


La promesa de Raffaele me inquietaba, tenía miedo de volver a repetir la patética experiencia de la noche anterior. Por más que quería confiar en él, no dejaba de pensar en que la naturaleza había dictado su ley sobre nuestros cuerpos, y dos hombres no podían hacerse otra cosa que daño al intentar emular lo que estaba determinado que únicamente experimentaran un hombre y una mujer. Temía que fuera imposible para mí sentir placer con otro hombre, aunque estuviera muriendo de deseo por él. Y que, por tanto, amar a Maurice en cuerpo y alma resultara una quimera.
Aun así, seguí sus instrucciones y anuncié que pasaría la noche en casa de mi padre. Fui bastante torpe; si me creyeron, fue porque querían hacerlo. Raffaele, en cambio, lució sus dotes para el disimulo cuando se ofreció a llevarme en el carruaje porque, según dijo, pensaba asistir a la opera con Madame Du Barry y mi casa le quedaba de camino.

—Todo resultó como lo hemos planeado —se regocijó Raffaele, cuando abordamos el carruaje—. Espero que sepas guardar el secreto hasta la tumba, Vassili. Si Maurice se entera que te he llevado a “La Casa de los Placeres”, seguramente quebrará cada uno de mis huesos.
—Semejante nombre me está persuadiendo de ir a visitar a mi padre en lugar de acompañarte. —No te voy a detener, pero te recuerdo que eres tú quien quiere saber cómo pueden dos hombres ser amantes. Yo ya tengo la lección aprendida.
Pensé en burlarme de su pésima puesta en práctica de la noche anterior, pero al recordarlo llorando desesperado, preferí no hacerlo. ¡Cómo habían cambiado las cosas entre nosotros! Meses atrás, casi podía decir que lo odiaba y, ahora, nos habíamos hecho confidentes. Alguien podría acusarlo de ser un demonio arrastrándome por el camino de la perdición; yo sabía bien que ya había comenzado a recorrer ese camino por mi cuenta y que Raffaele sólo me había hecho notarlo. Ambos compartíamos la desgracia de amar a quien no nos correspondía.
El cochero nos condujo a una mansión fuera de París, en un paraje lejos de la mirada de los curiosos. A pesar de esto, Raffaele utilizó un carruaje que no tenía el escudo de la familia. La mayor discreción era necesaria al visitar aquel lugar, donde lo caprichos más depravados del ser humano podían complacerse.
—La Mansión le pertenece a un supuesto Marqués, un hombre de la baja nobleza que ha ido escalando importancia a fuerza de atraer incautos a este lugar. Una vez que caes en su red, no puedes negarle el saludo. A mí me pescó en la ópera hace unos años, cuando también estuve de visita sin mi padre. Todavía me encontraba abrumado por la separación de Miguel y por lo mal que terminó mi aventura con Sophie; así que cuando me preguntó si existía algún placer prohibido que deseara probar, no le eché a patadas, sino que le pedí que continuara su extraño discurso.
—¡Espera! ¿Realmente tuviste una aventura con Sophie?
—¿No lo sabías? Cuando Théophane dio esa memorable fiesta en su Villa, hace años, yo estaba cortejándola sin ningún disimulo.
—Lo recuerdo, pero creí que había sido sólo eso, un cortejo. ¿Acaso fuiste más allá con tu prima casada y que para colmo es la hermana del hombre que amas?
—Debes saber, mi querido Vassili, que tengo un gran talento para tomar decisiones equivocadas —dijo sonriendo con amargura—. Precisamente me enredé con ella porque era la hermana de Miguel, creí que podía encontrar un rastro de él en su piel. Cada día, lamento haberlo hecho y tiemblo al pensar en el momento en que Miguel lo sepa.
—Es probable que ella ya se lo haya dicho.
—No. A Sophie no le conviene que se sepa. Por ese lado, no tengo que temer. De hecho, el día en que yo quiera destruirla puedo muy bien revelar lo que existió entre nosotros. Su madre me odia tanto que le dará la espalda enseguida. Y, por supuesto, su padre y su esposo no se lo van a perdonar.
—Espero que tengas razón. No quiero imaginar a Miguel más furioso de lo que ya está.
—Yo tampoco.
Raffaele permaneció en silencio, cabizbajo, antes de continuar el relato que yo había interrumpido. Narró como el Marqués Donatien de Maille le había hablado sobre los singulares antojos que tenían algunos nobles a la hora de fornicar. Le enumeró las más inimaginables extravagancias, una de ellas hizo aceptara la invitación a su mansión. Allí le presentó a un joven que le hizo olvidar todas sus penas en una noche de placer inagotable.
—Ni siquiera con Miguel llegué a sentirme de esa forma; claro que nosotros no éramos más que dos tontos enamorados, mientras que este hombre es un artista del placer. Desde entonces, pago por sus servicios cuando visito Francia y, últimamente le he visto un par de veces. Quisiera decirte que vas a olvidarte de Maurice en sus brazos, pero sería mentir, yo no hago más que soñar que estoy con Miguel mientras me hundo entre sus carnes.
Raffaele lucía muy triste al decir esto, por lo que puse mi mano sobre la suya para animarle; él sonrió por un instante. Cuando el carruaje se detuvo, no lo hizo en la entrada principal de la mansión, sino en una puerta lateral; era una medida para evitar que los clientes se encontraran unos con otros. Nadie quería ser visto en aquel lugar y, por esto, a cada visitante se le enviaba un antifaz negro con la confirmación de su cita, una vez que consignaba su petición con el dinero. Raffaele me entregó uno y se colocó el suyo.
—¿Es realmente necesario? —protesté.
—Es más cómodo, no tienes que temer que alguien te reconozca. Ya te dije que aquí se dan las cosas más extrañas, Vassili. He oído que hay quien viene a dormir con una prostituta con una sola pierna, otros quieren hacerlo con niños y hasta con animales.
—¡No es posible!
—Tranquilo, a ti te he reservado el lindo joven del que te hablé, encontrarás que es muy particular.
—No lo sé… Sería mejor dejar esto para otro día.
—¡Nada de eso! Ya me has hecho venir hasta aquí y ya pagué por esta noche, ¡ponte el antifaz y baja del maldito carruaje! Si no quieres hacer nada, entonces dedícate a mirarme hacerlo a mí.
Abrió la puerta y me empujó para que bajara, ya había colmado su paciencia con mis titubeos. Me hizo un favor al quitarme todas las excusas y obligarme a seguirlo. Pude fingir ante mí mismo y decirme que, al final, no sería mi responsabilidad cualquier cosa que resultara de aquella noche, una noche que yo había estado anhelando desesperadamente. Nos recibió una mujer enmascarada, quien nos guió por una estrecha escalera hasta una puerta blanca, decorada con signos que nunca había visto. Abrió y nos invitó a atravesarla.
—Bienvenidos a los misterios del placer de las tierras más lejanas —dijo, dándose cierto aire solemne. La observé cuando pasé a su lado, era joven, robusta, inexpresiva. Vestía un traje gris sin ninguna gracia.
Al entrar en la habitación, me encontré en otro mundo; estaba llena de tapices, muebles y objetos que nunca había visto. Si venían de tierras lejanas, no se trataba de la India, cuyo arte me resultaba familiar gracias a que madame Virginie solía coleccionar estatuas y pinturas de aquel lugar. En el centro de la habitación, había una enorme cama sin cabecera, pie o dosel. Por todo el cuarto, colgaban del techo vaporosas cortinas, que hacían que fuera imposible ver toda su extensión. Teníamos que movernos entre ellas, olía a un suave perfume que no reconocí.
Entonces, lo vi. De pie, ante una gran ventana que enmarcaba la noche clara, estaba un hermoso joven. Su rostro ovalado, sus oscuros ojos rasgados, la cascada negra que caía hasta su cintura. El cuerpo grácil vestido con una túnica de seda, abierta, de mangas amplias, atada por un ancho cinturón muy decorado. Aquel traje de seda, que luego sabría que se llamaba Kimono, era una obra de arte en sí mismo: rojo con flores doradas repartidas en un exuberante diseño. Rojo como la sangre, como la pasión que despertó en mí apenas se cruzaron nuestras miradas. En las delicadas manos, sostenía un abanico de papel y madera muy sencillo. Sus movimientos eran milimétricos y sus gestos tan sutiles que podían pasar desapercibidos. Nos hizo una reverencia y esperó a que nos acercáramos.
—Mi querido Sora —le dijo Raffaele, palmeándole los hombros con su acostumbrada energía—, ¡estas tan hermoso y solemne como siempre! —El joven no quiso ocultar que le desagradaba aquel saludo.
—Usted tampoco ha cambiado nada, Monsieur Raffaele —se quejó con un acento extraño.
—En las dos semanas que llevamos sin vernos, no he tenido tiempo de cambiar, aunque te aseguro que me portaré mejor que la última vez. Te presento a mi amigo Vassili; por supuesto, no te diré su apellido, como dictan las normas de esta casa. Sólo diré que es mi amigo y quiero que le trates bien…
—Monsieur, sabe bien que si habla tan rápido soy incapaz de entenderle.
—Lo siento Sora, siempre me pongo nervioso cuando estoy ante ti. Te decía que este caballero es mi amigo, Vassili.
Sora hizo otra reverencia ante mí. Yo casi me adelanto a besar la mano que no me estaba ofreciendo. Pues, no podía creer que semejante belleza y elegancia fueran reales; quería tocarlo y asegurarme de que no era una visión.
—¿Qué es lo que debo hacer por ustedes hoy? —añadió el joven, mientras me estudiaba sin disimulo—. La última vez que vino fue muy doloroso.
—Lo sé y me disculpé por eso —se lamentó Raffaele—. Incluso pagué para que te dieran unos días libres, ¿no es cierto?
—No quiero terminar herido otra vez —se quejó receloso.
—¿Qué dice, Raffaele? —pregunté alarmado—. ¿Qué hiciste?
—Perdí el control, como anoche —contestó avergonzado—. Casi lo ahorco.
—¡No es posible! —Me llené de inquietud por Raffaele.
—No te preocupes, Sora —repuso, sonriendo con tristeza—. No es a mí a quien tienes que atender hoy, sino a Vassili. Él es incapaz de hacerte daño, es un buen hombre.
—Usted también era un buen hombre hasta hace poco…
—No, nunca he sido un buen hombre y, últimamente, creo que soy un miserable sin remedio.
Por un momento, no supe qué decir. Sora pareció estar en la misma situación. Decidí romper con el incómodo silencio cambiando el tema.
—¿Monsieur Sora, cuál es su lugar de origen?
—No necesita llamarme “Monsieur” —me dijo amablemente—. Mi tierra es conocida como Nihon.
—¿Qué edad tiene?
La pregunta le molestó. Aunque apenas lo demostró en una ligera tensión en su boca, que cubrió elegantemente con su abanico.
—No creo que Monsieur Vassili haya venido aquí a hablar.
—Lo siento, no debí preguntar. Es la primera vez que vengo a un lugar así.
—¿Y por qué ha venido? —Cerró de nuevo el abanico y acercó su precioso rostro al mío con un gesto seductor. En aquel momento, demostraba que sabía hacer su trabajo; yo estaba perdido ante su magnetismo.
—Vassili quiere saber cómo puede un hombre dar placer a otro —intervino oportunamente Raffaele, las palabras se me habían atragantado—. ¿Podrías enseñárselo, Sora?
—Por supuesto… —respondió, rozando mi rostro con el dorso de su mano, mientras me atrapaba en la oscura profundidad de su mirada—. Déjese en mis manos y yo le enseñaré…
—Perfecto —dijo Raffaele dándose vuelta—. Vendré por Vassili al amanecer.
—¡No! —repliqué asustado, de inmediato me arrepentí. Por un momento, fui interrogado por la mirada de los dos. No supe qué decir. Tenía miedo de quedarme a solas con Sora, pero expresarlo era vergonzoso.
—Quédese si quiere, Monsieur Raffaele —sugirió el joven extranjero, sonriendo condescendiente primero, para luego adoptar una expresión maliciosa—. Quizá aprenda usted algo.
—Siempre tan temerario, Sora. Aceptaré tu oferta. Muéstrame lo que tengas que enseñar. —Raffaele le susurró esto último al oído. Vi el placer y la furia reflejarse en el rostro de ambos, se estaban desafiando el uno al otro.
—Sígame, Monsieur Vassili… —dijo Sora, llevándome de la mano hacia la cama.
—A mí tampoco tienes que llamarme “Monsieur”, vine aquí queriendo olvidar que lo soy…
—Entonces, Vassili, acérquese y olvide todo…
Le obedecí, fue el primer paso hacia algo completamente nuevo. Maurice me había recreado, pero Sora fue quien me guió a una dimensión de la vida que me había sido negada. Él abrió mis alas y me enseñó a usarlas. Mi existencia volvió a cambiar en los brazos de otro hombre. No importa cuántos años pasen, nunca olvidaré lo que experimenté esa noche.
Recuerdo mi aliento caliente, mi entrepierna demandante, mi mente cautiva por la imagen de Sora, quien me liberaba de mi casaca y chupa, moviéndose con exquisita sensualidad. Quise hablar, preguntarle cualquier cosa que hiciera menos raro aquel momento, el momento en que me disponía a compartir el hecho con un completo desconocido. Pero él puso su mano sobre mi boca para luego introducir uno de sus dedos entre mis labios, humedeciéndolo, acariciando mi lengua, haciéndome temblar de excitación.
Me despojó de mi camisa; no supe en qué momento se deshizo de la corbata, era un maestro en su arte. Cuando sus manos recorrieron mi pecho desnudo, yo ya había perdido la capacidad de pensar o hablar. Él se tomó su tiempo. Hizo que me recostara por completo. Se sentó sobre mi vientre y comenzó a quitarse el kimono, sonriendo ante mi expresión hambrienta, como si estuviera jugando a desesperarme con su calculada lentitud. Apenas descubrió su pecho, todavía no se había despojado del ancho cinturón, al que llamaba Obi, por lo que el traje de seda siguió cubriéndole la mitad del cuerpo, justamente la parte que yo deseaba ver.
Entonces, con parsimonia felina, se deslizó sobre mi cuerpo hasta quedar entre mis piernas. Y comenzó a acariciar mi abultado miembro, primero con sus manos, y luego con su boca, besándolo y lamiéndolo. Tuve que cubrir mi rostro con mis manos para evitar que se escucharan mis gemidos de placer y sorpresa.
—¡Rápido! —supliqué al ver que insistía en demorarse.
—Tenemos toda la noche, Monsieur —se rió con malicia.
—¡Te quiero ahora! Y llámame Vassili.
—¡Qué caprichoso, Vassili!... —susurró, mientras volvía acercar su rostro al mío para besarme, convirtiendo mi cuerpo en una hoguera.
Las voces en mi cabeza empezaron con sus letanías funestas. Toda mi vida pasó ante mis ojos, una vida en la que aquella noche no tenía cabida. Mas el placer que sentía, y el que anticipaba, me parecían mejores que el rigorismo lleno de vanidad al que me había entregado durante tantos años. Así que elegí a Sora por encima del antiguo Vassili. Rodeé sus hombros con mis manos y le empuje suavemente para alejarlo de mí y verle a la cara.
—¡Te quiero ahora, te quiero todo para mí! —le ordené.
Sonrió de nuevo, pero esta vez con lujuria. Se incorporó y buscó bajo su almohada un frasco de porcelana. Luego terminó de quitarme el calzón y volvió a besar mi virilidad desnuda, yo me obligué a contener los gemidos. Acompañó sus besos con las caricias de sus manos, que fueron cubriéndome con bálsamo. Volvió a ponerse de rodillas, se quitó el obi dejando que su kimono se deslizara hasta descubrir su cuerpo por completo. ¡Al fin podía verle! Entonces, tomó del frasco una buena porción de bálsamo y dirigió sus dedos hasta el final de su espalda. Comenzó a moverse sensualmente y a mostrarme las expresiones más obscenas. Entendí perfectamente lo que pretendía: volverme loco. Y lo consiguió.
—¡Rápido! —insistí.
Volvió a sonreír tentador. Se levantó para sentarse poco a poco sobre mí, haciendo que lo penetrara. ¡Ah, qué placer tan absoluto! Mis manos atenazaron sus muslos mientras arqueaba mi espalda en un espasmo de placer. Todo podía quedar atrás mientras él se movía, haciendo que las sensaciones creciesen en una intensidad gradual e inverosímil.
Ya no escuchaba a mi padre ni a mi tío, no me importaba quién era yo ni que debía haber sido. Lo único que existía era ese punto en el que mi cuerpo y el de Sora se habían hecho uno. Ese el lugar de donde emanaba la sensación más deliciosa que había experimentado. Todo lo demás se convirtió en un mal recuerdo.
Cuando finalmente me derramé, quedé jadeando en la cama. Sora se levantó lentamente, vi mi semilla deslizarse fuera de él, al mismo tiempo que mi miembro. Sonreí, aquello me satisfacía. Sora volvió a besarme mientras insistía en tocarme, esparciendo el líquido blanquecino por mi entrepierna, excitándome de nuevo. Quiso que me diera la vuelta, pero me asusté, un acto reflejo provocado por la experiencia de la noche anterior.
—Déjese en mis manos, Vassili —susurró, tentador, en mi oído—. Le aseguro que lo disfrutará.
Su voz, su expresión llena de deseo y la calidez que me transmitían sus caricias, hicieron que cediera. Sora comenzó a introducir sus dedos impregnados de bálsamo. Yo sentía que cada parte que tocaba se convertía en fuego. Cuando intentó meter su miembro, no pude evitar que todo mi cuerpo se tensara. Se contuvo, hizo que levantara mi cadera para atrapar mi entrepierna y comenzar a excitarme. Al mismo tiempo, con su otra mano, me exploraba por dentro. De pronto, ambas manos se transformaron en fuentes de placer y comencé a caer en un éxtasis que me privaba hasta de la capacidad de respirar, hasta que él se detuvo.
—¡Quiero más! —le ordené impaciente.
—Va a doler al principio.
—No me importa… —Y realmente no me importaba, como si la experiencia de la noche anterior nunca hubiera existido. El placer me hizo olvidar todos mis miedos.
Sora volvió a empujar, fue entrando en mí lenta y delicadamente. Lo que dolió no se podía comparar con la noche anterior, fue un instante, una molestia soportable que enseguida olvidé al sentirlo moviéndose dentro, a la vez que continuaba acariciando mi entrepierna. Mis jadeos se multiplicaron, mis manos aferraron las sábanas y el sudor que cubría mi cuerpo se hizo más copioso. Sora seguía moviéndose, entrando y saliendo cada vez con más velocidad, enloqueciéndome con la fricción hasta llevarme a gritar al tiempo que llegaba al orgasmo. Entonces, quiso salir de mí.
—No, no te separes, quiero saber qué se siente.
Lo escuché aspirar y volvió a embestirme con más fuerza repetidas veces, provocándome una mezcla armoniosa de dolor y placer, mientras su rostro mostraba una total pérdida de control. Cuando me llenó con su semilla caliente, tuve una sensación confusa, pero sin duda placentera. Él casi se tumbó sobre mí, pero logró controlarse; salió con cuidado y se sentó a mi lado. Con un gesto amable, retiró mechones de mi cabello que se habían pegado a mi rostro debido al sudor. Cuando vi que me sonreía satisfecho, correspondí también con una sonrisa y me incorporé para besarle agradecido.
—Ha sido más de lo que esperaba —le dije.
—La noche aún no termina, Vassili. ¿O acaso ya está cansado?
—Nada de eso. Quiero experimentarlo todo.
—Quizás Monsieur Raffaele quiera acompañarnos.
Me sorprendí. Había olvidado por completo que no estábamos solos. Cuando miré hacia donde señalaba, pude distinguir entre las telas a Raffaele, estaba sentado en un sillón sin su casaca. Su rostro era el de alguien presa del deseo.
—Temo que solo no pueda divertirse tanto como nosotros —señaló Sora, haciendo un gran esfuerzo por hacerse entender en su mal francés.
—¿Ha estado viéndonos todo el tiempo?
—Así es. —Un latigazo de excitación y vergüenza me recorrió—. Podemos invitarlo si quiere —sugirió Sora, sorprendiéndome todavía más.
—¿Podemos?
—Podemos hacer lo que quiera… —Y volvió a besarme, anulando por completo mi razón.
Ante mi asentimiento, Sora fue a buscar a Raffaele. Vi que le susurraba algo al oído y éste se levantó lentamente, dejándose guiar con docilidad. Cuando lo tuve frente a mí, ya Sora, de pie tras él, le había quitado la chupa y estaba desatando su corbata, mientras lamía su cuello y el lóbulo de su oreja. Pude ver la abultada entrepierna de Raffaele, que atestiguaba su estado. Comencé a desabrocharle el calzón. Por un momento, me pregunté si debía tomar entre mis manos o con mi boca aquel miembro que se esgrimía contra mí. Pero desistí en el acto, no estaba seguro de si podría imitar a Sora. Éste tenía sus manos ocupadas, acariciando el pecho y el vientre de Raffaele, al mismo tiempo que lamía su cuello.
Raffaele estaba completamente inmerso en el hechizo de las caricias de Sora, pero sus ojos los tenía fijos en mí. Decidí reclamar sus besos, esos deliciosos besos llenos de hambre y delirio que ya había experimentado la noche anterior. Y tal como esperaba, sus labios fueron como ambrosía a la que era difícil no aficionarse. Nuestros cuerpos se apretaron, sus manos me recorrieron la espalda, dominantes, incluso violentas. Hizo que me recostara en la cama, se colocó entre mis piernas, las sujetó por los tobillos y me atrajo hacia él, haciéndome deslizar sobre la cama hasta que mi entrepierna y la suya se tocaron. Se inclinó para besarme y, de nuevo, sus caricias dieron paso a una presión insoportable. Sus manos se volvieron tenazas que me oprimían los brazos con más fuerza de la necesaria.
Quise pedirle que se detuviera pero él no dejaba de besarme con furia. Cuando sentí su miembro intentando entrar en mí sin ninguna consideración, me asusté y traté de liberar mis brazos para rechazarlo. Todo esfuerzo empezaba a resultar inútil y quise gritar. Sora sujetó a Raffaele por las muñecas y lo obligó a soltarme, algo inaudito considerando la diferencia de tamaño entre ellos. El menudo joven logró llevar los brazos del gigante tras su espalda, mientras le susurraba algo al oído y le besaba. Luego, lo vi recoger su obi para atar las manos de Raffaele. Me sorprendió que este no pusiera resistencia, sino que se dejara guiar como si fuera un muñeco sin voluntad.
Era pasmoso ver como las caricias y palabras de Sora tenían completamente subyugado al feroz heredero de los Alençon, quien dejando al fin su agresividad me penetró lentamente haciéndome gemir complacido. Entendí que, en aquel lugar, Sora era amo y señor. Alguien capaz de dominarnos con su cuerpo y reducirnos a sus esclavos.
No me importó, podía hacer conmigo cuanto quisiera, si a la vez me hacía sentir como lo estaba haciendo. Sobre todo, si lograba hacer que Raffaele cayera en semejante éxtasis y me proporcionara placer, en lugar del dolor de la noche anterior.
Él, efectivamente, marcaba el ritmo de las embestidas de Raffaele, acomodándolas a las suyas, porque a su vez lo estaba penetrando. Podía ver sus manos sosteniendo con firmeza el cuerpo suspendido sobre mí, apresándolo por los brazos. Atado como estaba, Raffaele no podía tocarme más que con su miembro, que se movía dentro de mí con enloquecedora eficacia.
Estaba fascinado al ver a mi orgulloso y prepotente amigo completamente dominado, perdido ante las sensaciones que le estábamos provocando. Me erguí para besarle y pude ver tras él a Sora, su rostro era la imagen del poder. Entonces, surgió en mí el deseo de verle vulnerable algún día, de hacerle estremecer como ahora lo hacíamos nosotros. Y, cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió desafiante, como si adivinara mis pensamientos. No pude reprimir mi propia sonrisa de fiera lujuria.
Cuando Raffaele llegó al orgasmo y me inundó con su semilla, Sora salió de él, lo desató y le hizo recostarse a mi lado. Luego, se arrodilló entre mis piernas y comenzó a masajear mi miembro para ayudarme a alcanzar el anhelado placer. Pero yo quería otra cosa.
—Déjame entrar en ti —le dije con la voz entrecortada por el deseo.
Él sonrió, sujetó mis manos para empujarme y hacer que me levantará. Se tendió en la cama, clavó los talones en el colchón y se abrió de piernas levantando la cadera. Yo tuve el impulso de embestir inmediatamente, pero el recuerdo de la noche anterior, junto con todo lo que había experimentado con él, hizo que buscara aquel frasco de porcelana, donde estaba el bálsamo milagroso para impregnar su entrada, haciendo gala de una gran torpeza y nerviosismo.
—Adelante —dijo, sonriendo con cierta condescendencia.
Cuando lo penetré, con tanto cuidado como mi desbordante deseo me lo permitió, me sentí dichoso. Era yo quien llevaba la iniciativa ahora. Y, por la forma como Sora jadeaba, parecía hacerlo bien. Dar placer y buscarlo para mí mismo, recibir la entrega de Sora y, a la vez, entregarme; estaba aprendiendo algo más profundo, íntimo y hermoso de lo que esperaba.
Debí tener una expresión graciosa en mi cara porque descubrí a Raffaele mirándome con una gran sonrisa guasona. Se incorporó para besarme haciendo que me sintiera más excitado, si es que eso era posible. Luego, se tendió junto a Sora para obsequiarle sus labios y comenzar a masajear su entrepierna. Verlos a los dos devorarse el uno al otro resultaba enloquecedor.
Podía sentir el cuerpo de Sora estremecerse. Cuando engarzó sus piernas a mí alrededor para estrecharme aún más contra él, comprendí que podía olvidar mis temores y dejar de contenerme. Embestí con más fuerza hasta que volví a sentir como mi cuerpo era presa del más delicioso placer. Él sufrió la misma dicha un instante después, dejando escapar un fuerte gemido hasta quedarse sin aliento.
Agotado, me tendí entre ellos cuando Raffaele me hizo un lugar. Había sido una noche inolvidable. Ninguno de los tres tuvo fuerzas para otra cosa que no fuera dormir. No sé cuánto tiempo pasó cuando desperté al sentir que alguien abandonaba la cama. Raffaele seguía profundamente dormido a mi lado, me liberé de su abrazo y fui tras Sora. Estaba colocándose su kimono.
—Aún es de noche —le dije—, descansa con nosotros un poco más.
—La cama es más cómoda sin mí.
Me extrañó su manera de hablar. Sora necesitaba concentrarse mucho para tener una conversación, todas las frases dichas hasta aquel momento eran las que solía usar con todos los hombres que pagaban por él. Cuando descubrí esto poco después, empecé a obligarlo a decir cosas nuevas cada vez que compartíamos la cama.
—Quiero tenerte en mis brazos mientras dormimos —insistí.
—¿Desea más…? —No pudo ocultar su temor, estaba tan agotado como yo.
—Ahora sólo quiero sentirte durmiendo a mi lado, descansando, eso es todo. ¿Acaso no estás cansado? —Asintió con cierta reserva—. Entonces ven a dormir.
Le tomé de la mano y le empujé hacia mí, volví a desnudarlo dejando caer su kimono, él no se resistió. Lo conduje a la cama, donde Raffaele aún dormía, me acosté y le tendí la mano
—Ven, Sora. Hasta que termine la noche, eres mío. —Quiso decir algo, pero atrapé su mano y lo atraje hacia mí—. Voy a asegurarme de que duermas tranquilo.
—¡Qué caprichoso! —murmuró sin poder disimular que estaba complacido.
Se recostó sobre mi pecho y sentí su cuerpo rendirse al cansancio. Raffaele despertó por un instante y giró para también abrazarse a mí. Aquella noche disfruté del calor de los dos y me olvidé de todo, de mí mismo e incluso de Maurice.
A la mañana siguiente, al despertar con Sora y Raffaele a mi lado, yo era otro hombre. Me sentía más joven e impetuoso, y mi cuerpo parecía ligero, aliviado y lleno de vida, a pesar de estar agotado después de semejante noche.
En el carruaje, sentado frente Raffaele, comencé a rememorar todo lo que había experimentado hasta que él quiso saber cómo me sentía.
—Creo que nunca te agradeceré lo suficiente por esta noche —le dije.
—Es bueno escuchar eso —respondió, sonriente—. Espero haber reparado un poco lo que te hice.
—Aquello está olvidado. —Me senté a su lado y lo besé. Él me miró, algo asombrado, y luego sonrió, divertido. 
—Parece que te ha sentado muy bien conocer a Sora.
—Y conocerle a usted, Monsieur de Alençon. —Volví a besarlo.
—Mi vida acaba de tornarse muy divertida —afirmó alegremente, estrechando mi mano. —Sólo si te portas bien en la cama —le susurré, para luego recostar mi cabeza en su hombro y cerrar los ojos que reclamaban algo más de sueño.
—¿Quieres que volvamos a ver a Sora otro día?
—Por supuesto. Esta noche estaría bien.

—¿Esta noche? Parece que Monsieur Du Croisés ha resultado ser un goloso.

—Llevo años muriendo de inanición.
—Entonces, volveremos esta noche. Empieza inventar una buena excusa para Maurice y Miguel. Lo último que quiero es que nos descubran. Maurice no me dejará la cabeza en su sitio si sabe que traje a su amigo, el cura, a un prostíbulo.
Reí por lo bajo pero el asunto no era para reírse. ¡Ingenuo de mí que no adiviné el peligro que se cernía sobre mi cabeza! No recuerdo la excusa que inventamos, sólo recuerdo el rostro confiado de Maurice y la mirada llena de sospecha de Miguel. 
La segunda noche con Sora fue tan memorable como la primera. Raffaele no volvió a mostrarse violento en ninguna ocasión. Estuvimos experimentando los tres con nuestros cuerpos, buscando descubrir cuánto placer podíamos darnos unos a otros, y noté cómo Sora dejaba siempre su propio disfrute postergado, porque mientras nosotros habíamos alcanzado el liberador orgasmo, él seguía erecto. ¿Acaso no éramos suficientes para él?
Además de sentirme un poco humillado, me apenó ver que no había conseguido lo mismo que nos había dado. Me incorporé y lo abracé. Me adueñé de su boca y saboreé su lengua hasta que me rechazó para lograr respirar. 
—Vassili… —susurró.
—Sora, déjame amarte una vez más. —Volví a besarlo.
Él fue relajando su cuerpo hasta abandonarse a mi abrazo. Los dos estábamos de rodillas sobre la cama, hice que recostara su cabeza en mi hombro y comencé a acariciar su cuello y espalda con ternura. Yo no quería únicamente placer, quería su cercanía, quería tocar algo más que su piel. Me convencí a mí mismo de que quería hacerle feliz como él me había hecho a mí. Sin embargo, temo que lo que realmente quería era quebrar esa fortaleza impenetrable en la que se refugiaba y dejarle vulnerable ante mí. 
—Vassili… —repitió. Me gustaba la manera en que decía mi nombre.
Hice que se recostara, me arrodillé a su lado e impregné su miembro con el bálsamo para luego comenzar a masajearlo con mis manos. Él se estremecía y gemía de tal forma que yo empecé a sentir cómo mi entrepierna comenzaba a endurecerse de nuevo. 
En un impulso me atreví a lamerlo. Poco a poco, perdí todos mis reparos y engullí esa parte de Sora que se ofrecía a mí, dura y vibrante. Traté de poner en práctica lo que le había visto y sentido hacer, fui torpe, sin duda, pero no poco entusiasta. Me enloqueció escucharle emitir los sonidos que no le habíamos arrancado la noche anterior, saberlo a mi merced, completamente entregado... Simplemente delicioso. 
—Detente… Vassili… —suplicó. 
Comprendí lo que podía estar por venir. No quería que terminara tan pronto. Así que lo liberé. Me limpié la boca con el dorso de la mano y lo besé. Luego, me aseguré de que su entrada estaba suficientemente impregnada del bálsamo, le pedí que volviera a incorporarse, me senté y le hice encaramarse sobre mí, penetrándolo poco a poco. Él gimió, se apoyó en mis hombros y comenzó a cimbrearse con tal fuerza que tuve que apoyarme en uno de mis brazos para no caer de espalda.
—Te has vuelto muy hábil en poco tiempo, Vassili —se burló Raffaele, quien nos observaba acodado en el otro extremo de la cama. 
—¿Por qué no te unes? —le dije, jadeante y sugerente—. Quiero hacer que Sora grite de placer. 
—Ese es un gran reto —contestó mi amigo con su sonrisa acostumbrada, levantándose para acercarse—. Por cierto, alguna vez me gustaría que me lamieras como a él… 
No pude contestarle, Sora se impacientó, tomó mi rostro entre sus manos y me besó, haciéndome olvidar la frase ingeniosa que pensaba decir. Raffaele lo abrazó por la espalda y comenzó a besar su cuello. Luego, se movió hacia su costado para acariciarle el miembro al mismo tiempo. Sora se estremeció y ganó intensidad en sus movimientos, yo le seguí. 
Progresivamente, fui perdiéndome en la oleada de sensaciones que me provocaba y que veía que le acometían también. Él dirigió su mano a la entrepierna de Raffaele, y con su destreza acostumbrada, empezó a excitarle.
—¡Que amable! —gimió Raffaele, queriendo aparentar que tenía el control. 
De nuevo, era Sora quien marcaba el ritmo y los tres terminamos derramándonos casi al mismo tiempo. Él se dejó caer en mis brazos y Raffaele nos abrazó a los dos. Ambos tenían una sonrisa satisfecha en sus rostros, me sentí feliz.
Continuamos visitando La Casa de los Placeres las siguientes semanas. Solíamos regresar poco después del amanecer y yo dormía hasta después del mediodía. Raffaele algunos días se marchaba para cumplir con sus deberes de lisonjero en Versalles. 
Durante ese tiempo, ocurrió algo fuera de lo común: un día, después de almorzar, fui a buscar a Maurice y lo descubrí discutiendo en su habitación con Miguel. Sus gritos se escuchaban por todo el corredor. Me alarmé y entré, temiendo que fuera una pelea en toda regla. 
La discusión se originó porque mi amigo había tomado la costumbre de desaparecer un día a la semana. Su primo estaba alarmado e insistía en saber a dónde iba.
—¿Por qué no eres capaz de decírmelo, Maurice?
—Porque vas a quejarte mucho más de lo que ya lo estás haciendo ahora. 
—¿Te estás reuniendo con los Jesuitas?
—Bien sabes que no quedan jesuitas en Francia.
—¿Entonces por qué no me dices a dónde vas?
—Porque no es importante Miguel. ¡Déjame en paz!
—¡Bien! Sigue metiéndote en problemas, pero luego no vengas a quejarte. 
Miguel salió, furioso. Quise sacarle a Maurice a dónde se marchaba, pero él desestimó el asunto. Preferí gozar en paz de nuestro tiempo juntos, el cual atesoraba grandemente, aunque nos limitábamos a hablar, leer, pasear por el jardín, burlarnos de los habitantes de Versalles y disfrutar de la música que él hábilmente interpretaba. Por supuesto que me hubiera gustado hacer otras cosas… Mas, en aquel momento, era mejor conformarse y evitar que ciertas imágenes se formaran en mi cabeza, o no podría ocultar el efecto de tales pensamientos poco ortodoxos. 
Por otro lado, debo confesar que me agradaba que Maurice y Miguel discutieran… ¡Tan celoso estaba de la relación que tenían! No podía evitar quemarme por dentro pensando en todo el tiempo que compartían. Su primo prácticamente lo acaparaba cada noche; se le había hecho costumbre dormir en su habitación, y aunque fuera fácil suponer que se pasaba las horas llorando o despotricando contra Raffaele, lo hacía en brazos de Maurice, cosa que me enloquecía, literalmente. 
Unos días después, un solemne Monsieur Miguel de Meriño quiso hablar conmigo a solas. Nos retiramos al salón oval y allí expuso algo que no esperaba.
—Temo que Maurice está metiéndose en problemas. Me voy a marchar unos días con mi madre y mi hermana, quieren que las acompañe a Alençon, así que le ruego Monsieur que no se separe de él. No sé en qué andan metidos usted y Raffaele, pero ocúpese algo de Maurice. Ahora usted es su mejor amigo y parece ser que le hace más caso que a mí. 
—Yo… —Me sentí obligado a decir algo porque sus palabras sonaban como una acusación. —No diga nada, no me interesa en qué pantanal le esté hundiendo Raffaele. Lo que quiero es irme tranquilo, sabiendo que alguien vigila a Maurice. Supongo que debe conocerlo lo suficiente como para saber que es imprudente. No quiero que se meta en más problemas, ya es bastante con que su majestad, Luis XV, tenga una mala idea de él. 
Miguel era en esos días una persona que difícilmente despertaba mi simpatía. Daba la impresión de que no podía hablar una sola palabra sin destilar prepotencia. Para colmo, su francés tenía una mediocre entonación, y con sólo escucharlo, me irritaba en un instante. Las cosas cambiaron poco después, pero si bien fue más llevadero cuando nos hicimos amigos, esa sangre caliente y pendenciera suya no la perdió jamás. 
Sin embargo, dejando a un lado sus maneras, tenía razón. Maurice era temerario y podía fácilmente causar su propia ruina. Aunque lo que realmente me alarmó fue el recuerdo de su partida años atrás. ¿Qué haría si él decidía marcharse en secreto para reunirse con los Jesuitas? Tenía que evitarlo a toda costa.
No dije nada a Raffaele porque consideré que sólo complicaría las cosas. Lamentablemente, no noté nada extraño en la conducta de Maurice durante los siguientes días, ya que ni siquiera salió del palacio, y bajé la guardia. Hasta que al regreso de una de nuestras visitas a Sora, descubrimos que Maurice se había ausentado desde muy temprano. Raffaele no se preocupó y se marchó a Versalles. Yo casi trazo un canal en el hermoso piso del salón oval por tanto ir y venir mientras le esperaba preocupado. Cuando regresó, ya comenzaba a caer la tarde. 
—¡Quiero saber dónde estuviste! —le exigí, encerrándome con él en su habitación—. Si no quieres que se lo diga a tus primos, no lo haré, pero debo saber qué haces cada vez que desapareces. Él me miró, extrañado, y luego sonrió, divertido. 
—Por lo visto Miguel te ha contagiado su aprensión. 
—Es algo más que eso, Maurice. Tengo miedo que cualquier día te marches como lo hiciste hace seis años. Un incómodo silencio se formó entre los dos. Me miró, sorprendido. Yo me mantuve firme aunque el temor me atenazaba y casi prefería no saber. 
—¿Crees que me iría a algún lugar sin decírtelo? —dijo, recriminándome con cierta tristeza.
—Espero que no. Pero todo tu secretismo me hace temer lo peor. —Contigo no tengo ningún secreto. Simplemente creí que si te lo decía, no iba a interesarte, como últimamente te declaras ateo… 
—¡Lo sabía! Has ido a ver a los jesuitas…
—No, mi querido Monsieur, nada de eso. Aunque ha sido por un jesuita que he conocido al Rabino Dreyfus. 
Tardé un poco en asimilar aquel nombre. ¡Era imposible! Pero él pronto me sacó de la duda, narrando cómo en su última carta, el padre Petisco le había recomendado a un amigo suyo como profesor de hebreo. El anciano jesuita debió pensar que el aburrimiento era para Maurice más perjudicial que el escándalo que podría provocar su amistad con un judío. Yo no salía de mi asombro. De nuevo, el Padre Petisco me escandalizaba. Si había alguien a quien culpar de las excentricidades de Maurice, era a ese hombre. Por supuesto, ya podía cuidarme de decir algo en su contra, mi amigo le amaba como si fuera su propio padre. El hecho es que Maurice estaba muy entusiasmado porque su nuevo profesor de hebreo había resultado ser un venerable anciano lleno de sabiduría y buen carácter. Según me dijo, el Rabino Barnabé Dreyfus lo había recibido con los brazos abiertos. Yo temblaba en mi silla mientras escuchaba; los judíos siempre habían sido para mí los asesinos de Cristo, unos usureros despiadados, los últimos responsables de la peste negra y de cuanto mal había padecido la humanidad a lo largo de los siglos. 
—El Rabino Dreyfus y yo hemos llegado a un mutuo acuerdo —me explicó Maurice—, nos enfocamos en lo que tenemos en común y dejamos a un lado nuestras diferencias. 
—No hay nada en común entre esa gente y tú —le dije, mostrando todo mi animadversión hacia aquella raza. 
—No tomes esa actitud, Vassili. Puedo comprender que Miguel se ensañe contra los judíos porque, como buen español, los detesta. Por eso, no he querido decirle nada, pero esperaba que tú lo entendieras. 
—Los franceses también sentimos poca simpatía por esa gente. No deberías frecuentar el barrio judío por ningún motivo. —¡Bobadas! Si quiero aprender hebreo, debo buscar un buen maestro. Además, el Rabino es una persona muy interesante. 
—El diablo también lo es. 
—¿Estás empezando a recuperar la fe acaso? —se burló—. Aunque es una pena que te dé por creer de nuevo en la existencia del diablo. Ya podrías comenzar por recuperar la fe en Nuestro Señor. 
—No es cosa de risa. Relacionarte con esa gente sólo va a traerte problemas. Busca otra cosa en qué entretenerte. 
—Lo haría si mi mejor amigo no desapareciera con tanta frecuencia últimamente —declaró un poco molesto, acercándose a mí—. ¿Qué haces cada vez que sales con Raffaele? ¿Por qué necesitas dormir tanto cuando regresas? ¿Acaso pasas despierto toda la noche? 
Sus preguntas eran sinceras, sin segundas intenciones ni sarcasmo incluido. Él parecía dispuesto a creer mis excusas, incluso las más inverosímiles. Pero igual hizo que me quedara sin aliento. 
—Salimos a jugar a las cartas con algunos conocidos suyos. —Las palabras escaparon de mi boca como acto reflejo de una mentira bien ensayada.
—¿Beben mucho?
—Muy poco.
—Mejor así. 
Y eso fue todo lo que dijo por un rato. Cuando noté que quería preguntar algo más, desvié rápidamente la conversación. 
—¿Qué has aprendido del rabino?
Maurice entonces se entusiasmó contándome que estaba aprendiendo algo más que hebreo porque el anciano le explicaba la historia y costumbres de su pueblo. Gracias a eso, había logrado entender mejor algunos pasajes de los Evangelios.
—Por ejemplo, la razón por la que N.S. Jesucristo permaneció soltero pudo ser muy distinta a la que siempre nos han dicho —me explicó, entusiasmado—. Para los judíos, la virginidad no es una bendición. Hay que aceptar el hecho de que difícilmente Jesús pensaba como lo hacemos nosotros. Era un hombre judío, pensaba como judío. Si permaneció soltero, no se debió a que apreciaba la virginidad o consideraba el sexo impuro. 
—¡¿Te volviste loco?! —De repente, lo imaginé en una hoguera, rodeado de inquisidores.
—Locura es creer que todas las gentes, de todas las épocas y lugares, tienen que pensar como lo hacemos los católicos franceses.
—¡Por favor, no repitas eso jamás! 
—Como quieras. Pero lo que trato de decir es que N.S. Jesucristo debió pensar como un judío de su tiempo. 
A partir de ese momento, recibí una cátedra sobre la cultura judía de la época en la que se supone que Dios se hizo hombre y se dedicó a la carpintería. No puedo describir lo hermoso que se tornaba Maurice cuando desplegaba toda su genialidad y demostraba que no había memoria mayor que la suya. Había absorbido como una esponja hasta el más mínimo detalle de lo que el rabino le había dicho, y con esto compuso su propia síntesis, uniéndolo a todo lo que había aprendido antes con los Jesuitas. 
Me veo obligado a hacer un resumen muy pálido, pues mi elocuencia no se compara a la de mi amado Maurice. Suerte que todo lo que dijo, además de bordear lo herético, resultó bastante atractivo y me impresionó lo suficiente como para que se grabara en mi memoria. Por otro lado, no fue la única vez que hablamos sobre este asunto. 
Según me explicó, en la sociedad judía, el hombre era dueño de su mujer y sus hijos de una manera más marcada que en la nuestra. Se trataba de un patriarcado en el que ser hombre significaba contar con una cuota de poder; sin importar si era el rey Herodes o un simple pescador, todos eran dueños de su familia. Maurice había llegado a la conclusión de que Jesucristo no había tomado esposa para marcar la diferencia con semejante orden social. Convertía así en un revolucionario muy inspirador al asceta severo que siempre me habían descrito. 
—¿Recuerdas lo que dice Nuestro Señor en los Evangelios? —continuó diciendo— ¿Aquello de que “A nadie llamen padre”? Pues bien, pudo ser una manera de decir que nadie sería más que otro entre sus seguidores. Estoy convencido que Él quiso enseñarnos una forma completamente nueva de relacionarnos entre nosotros, sin jefes, ni reyes, ni esclavos ni primeros ni últimos. Y que lo que buscaba era cambiar el mundo, lograr que todos, sin excepción, viviéramos como hermanos por ser hijos de Dios. 
—En otras palabras: Nuestro Señor Jesucristo no tenía nada en contra de la fornicación —le dije con cierto sarcasmo—. Empieza a agradarme la idea. 
—Fornicación es una fea manera de llamar al amor entre un hombre y una mujer. Pero, efectivamente, creo que Nuestro Señor no se hizo tantos problemas con el amor carnal como nos lo hacemos hoy en día. Basta ver las pocas palabras que le dedica a ese asunto en los Evangelios. 
—Muy cierto. Entonces déjame que te plantee lo siguiente: si Nuestro Señor no tenía nada en contra del amor carnal, ¿para qué demonios continuar con tu celibato, Maurice? ¿Por qué no buscar a alguien a quien amar y dejar el rigorismo?
—Mi querido Vassili, olvidas que como jesuita no guardo el celibato por una obligación. He hecho voluntariamente tres votos para consagrarme a Dios y uno de ellos es el de castidad. Es un voto con el que imito a Nuestro Señor. Lo mismo que la pobreza y la obediencia. Mi situación es distinta a la tuya, los sacerdotes no hacen estos votos, sólo prometen guardar el celibato. Y eso, según me enseñó el padre Petisco, no era parte del sacerdocio en los primeros tiempos de la Iglesia. 
—Pero tú mismo has dicho que Jesucristo no tenía nada contra el amor carnal…
—Mis votos me identifican con Nuestro Señor, quien no tomó esposa, aunque fuera perfectamente lícito hacerlo, porque quería estar completamente disponible para construir el Reino de Dios. 
Me llené de ira, dolor y celos. La expresión de su rostro, sus palabras, y sobre todo, la manera en que las pronunció, no me dejaban lugar a dudas: Maurice no era un fanático, sino algo peor. ¡Estaba enamorado de su maldita idea de Dios!
—¿Para qué demonios quieres identificarte con Él? —le reclamé—. ¿Quieres terminar crucificado? ¡Pues casi lo has logrado! Arriesgaste tu vida al ir al Paraguay. Terminaste en prisión, enfermo, medio muerto. Aún no te recuperas, mírate. —Lo sujeté por los brazos y lo sacudí—. ¡Aún estás en los huesos!
—¡Basta, Vassili! —gritó, confundido y enojado, liberándose y alejándose de mí con rudeza. 
—¡No! Me vas a escuchar. Ahora mismo, corres riesgo de ganarte la antipatía del Rey por tu lealtad con los jesuitas. Y si te vas con ellos a las tierras del Vaticano, terminarás en la miseria. ¡Entiende de una vez que vas a arruinar tu vida! ¡Y todo por seguir a una ilusión que lleva cientos de años engañando a incautos! ¿Qué ha hecho por ti ese carpintero judío aparte de condenarte a perseguir quimeras?
—¡¿Cómo te atreves?! —Vi la ira brillar en su mirada, pero se contuvo. 
—Deja ya de una vez esa locura de seguir siendo jesuita… —le supliqué—, hay tanto en esta vida que te estás perdiendo.
—No voy a desperdiciar mi vida quemándome en pasiones vanas —me dijo, convirtiéndose en un gigante lleno de convicción—. Una vida sin propósito es un desperdicio intolerable.
Sentí que sus palabras se clavaban en mi cuerpo, que me las dirigía lleno de saña, aunque no era cierto. Simplemente me sentí perfectamente retratado por ellas. Cubrí mi vergüenza con ira, y le grité con todas mis fuerzas:
—¡Sigue con tu estúpida locura y veamos a dónde te lleva! ¡Al final no te quedará más que cenizas y desengaño! 
Salí dando un portazo, uno muy sonoro, que no sirvió para apagar la respuesta airada de Maurice, mandándome al diablo y otras cosas peores. A partir de ese momento, estuvimos disgustados, esquivándonos en uno a otro y apenas saludándonos por cortesía cuando nos encontrábamos por obligación en las comidas. Raffaele notó el cambio y quiso averiguar si pasaba algo malo entre nosotros, los dos le aseguramos que estábamos mejor que nunca. El muy idiota se lo creyó. 
Me empeñé con terquedad en continuar visitando a Sora con Raffaele, al que seguí ocultándole los temores de Miguel. Debí haberle prestado yo mismo atención a ese delicado asunto. La amistad de Maurice con aquel Rabino iba a traer terribles consecuencias a nuestras vidas.
Pero yo estaba ciego y amargado. Ciego por el placer que Sora podía darme y amargado por el amor que Maurice me negaba. O que yo me empeñaba en creer que me negaba. Sin querer, comencé a crear una distancia entre nosotros. Llegué a temer que el cambio que Sora había obrado en mí iba a terminar destrozando mi relación con Maurice. Por desgracia, ya no podía volver a ser el mismo de antes, ya no podía contentarme con una vida de deseos reprimidos. 
Aunque no sabía qué rumbo seguir, iba a continuar avanzando como un águila que se atreve a volar en medio de la noche, deleitándose con la caricia del viento, aunque sepa que terminará perdida para siempre.

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