XIII Amar es una Agonía


El amor es el sentimiento más atroz que puede generar el corazón humano. Miente quien diga que amar es hermoso. Amar es morir, odiarse a sí mismo y odiar a otros.
Es morir de mil maneras en un solo minuto. Es ser asesinado y suicidarse a la vez. Es aferrarte a tu verdugo para que clave su puñal en tu corazón tantas veces como quiera. Es caer en un completo olvido de sí mismo porque otro llena tus pensamientos. Es dejar la propia existencia a un lado del camino, y seguir como un poseso los pasos de quien significa más que tu vida.
Es odiarse a sí mismo por no ser capaz de hacer tuyo al otro. Por no merecerlo, por no ser más digno de él. Y es odiar, sin duda. Es desear destrozar a cualquiera que parezca cercano a quien amas e intente ocupar un lugar en su corazón. Es quemarse al fragor de los celos, hasta por verle respirando junto a alguien más.

Amar tiene ese aspecto de oscuridad porque se necesita poseer y ser poseído. Cuando no es correspondido, se convierte en angustia, en dolor, en un renegar de la vida porque cada palpitar duele.
Amar también implica un riesgo. El riesgo de ser juzgado por quienes te rodean, si consideran que, por tu amor, no encajas con su manera de entender el mundo. El riesgo a padecer la intolerancia, la maledicencia e incluso la violencia de los que no están dispuestos a aceptar algo que no encaja en sus estrechos e hipócritas esquemas morales. El riesgo de ser un paria y quedarte aislado, viendo como se alejan los que considerabas familia.
En resumen, amar es dejar todo por una persona y dejar tu vida en sus manos. Es entregarte a ti mismo para ganar, a cambio, un cúmulo mayor de preocupaciones, temores y sufrimientos. Porque hasta lo más insignificante que le ocurre a quien amas es trascendental para ti.
Vives constantemente preocupado por esa persona. Sus palabras y gestos se vuelven tan importantes, que hasta lo más pequeño que hace y lo más superfluo que dice se convierte en una ola que arrasa tu cordura. Su enfermedad, sus problemas, sus lágrimas, todo lo que le ocurre, lo que piensa, siente y dice te afecta, te conmociona, te impacta. Estás atrapado por férreas cadenas y no tienes intención de liberarte.
Eso es amar... a cualquier persona. Sin embargo, amar a Maurice es todo eso multiplicado hasta lo intolerable. Si amar es sujetar una rosa, clavándose sus espinas en la palma, amar a Maurice es abrazar un sarmiento.
¿Cómo mover una montaña? ¿Cómo ablandar el granito? ¿Cómo hacer que te ame alguien que es la encarnación de un ideal, que parece un ángel incapaz de sentir pasión humana, que según toda evidencia, no se siente atraído por ti, y ve tu cuerpo con una indiferencia que aterra?
Amar a Maurice significó dejar que él fuera mi centro, mi sol, mi razón de vivir. El problema es que él resultó inabarcable, como agua de mar que se cuela entre los dedos cuando tratas de atraparla.
También implicó correr el riesgo de ser condenado por otros, para quienes dos hombres siendo amantes era como mínimo un pecado. Soportar que nuestros propios parientes se convirtieran en nuestros jueces y ejecutores, que nos quedáramos sin un lugar en este mundo.
Dicho esto, se puede concluir que amar es una locura y amar a Maurice un disparate. No obstante, aún falta algo por considerar.
Amar a otro es exponerse a ser engañado. Es temer que, en el fondo, sus palabras y promesas sean vanas; es dormir con la sospecha bajo la almohada. En cambio, amar a Maurice es saber a ciencia cierta que nunca seré engañado, que me dirá la verdad aunque nos duela. Que hará todo lo posible y luchará contra todo para hacerme feliz. Que dará su vida por mí sin dudarlo. Amar es una agonía ciertamente, mas ser amado por Maurice es una redención.
Así que, poniendo todo en la balanza, amar a Maurice ha sido y será siempre una agonía que ha valido cada gota de sangre que ha derramado mi atormentado corazón. Y este amor me ha hecho pleno. Me impulsó a ser lo mejor que podía ser; a cultivar todas mis potencialidades hasta llegar a ser alguien completo, un ser humano capaz de pararse erguido ante cualquier dificultad y dar un paso adelante. Este amor no me ha regalado la felicidad, me ayudó a engendrarla.
***
Volviendo a aquellos días, poner nombre y apellido a mis sentimientos complicó mi existencia. ¿Qué iba a hacer ahora que sabía que amaba otro hombre? Esto desafiaba todo, absolutamente todo, lo que me habían inculcado desde que tenía uso de razón. La sodomía nunca fue algo que se alabara en mi entorno, quien se atreviera a tener “favoritos” siempre terminaba siendo condenado por la sociedad. No importaba si se trataba del mismísimo hermano de Luis XIV, todos acabarían señalándolo con repugnancia y burla en sus rostros.
Sin embargo, más que todas las implicaciones morales y religiosas que mi amor podía tener, lo que me atormentaba principalmente era la certeza de que para Maurice yo era un amigo, uno muy querido, sí, pero sólo un amigo. Y, sobre todo, que él también consideraba, según palabras de Raffaele, una aberración el que dos hombres fueran amantes.
Me había enamorado de un hombre. Un hombre tan inflexible en sus convicciones e inamovible en sus decisiones, que no me quedaban muchas esperanzas de ser correspondido. Mi amor me llevaba por el camino del sufrimiento, pero no podía volver sobre mis pasos. Maurice ya era la persona más importante en mi vida, por quien estaba dispuesto a darlo todo y a quien deseaba con la intensidad de las llamas del infierno.
Mis sentimientos me causaban tal angustia que intenté quedarme encerrado en mi habitación. Inventé la mala excusa de estar enfermo y el resultado fue todo lo contrario a lo que quería. Maurice se preocupó, insistió en llamar al doctor y quiso quedarse a mi lado todo el día y toda la noche. Yo no podía creer mi suerte, por supuesto que me alegraba que se interesara tanto por mí. Pero tenerle a mi lado, tocando mí frente a cada momento, instándome a meterme en la cama, era más de lo que podía soportar.
Él me atraía hasta la locura. Cada gesto suyo era para mí adorable. La forma en que se movía, el sonido de su voz, la hermosura de su rostro, la calidez de su corazón. Su cuerpo, su olor, su piel..., todo, amaba todo con un amor ardiente, anhelante, posesivo. Y, a cada instante, más irracional.
No podía tenerle cerca, a solas en la misma habitación, enfocado en mí, girando a mí alrededor. Necesitaba alejarlo antes de hacer algo que delatara mis sentimientos y arruinara nuestra relación. Me negué a ver al doctor, aseguré no necesitar sus cuidados y, como seguía insistiendo, perdí la paciencia.
—¡Maurice, lo único que necesito es estar solo! —exclamé sin pensar.
Él se quedó callado y quieto al fin. Por su expresión, se podría decir que le había golpeado
—Entiendo —dijo sin poder disimular el efecto de mis palabras—. Me iré, entonces.
—Gracias, no te preocupes por mí. Estoy bien, sólo un poco cansado.
Salió de la habitación, cabizbajo. Temí haberle herido, mas no fui tras él para aclarar el malentendido; necesitaba realmente alejarme de él para calmarme. No se trataba sólo del enloquecido palpitar de mi corazón o del sudor nervioso que empezaba a destilar por todo mi cuerpo; el verdadero problema era esa dureza dolorosa, ese impulso salvaje, ese fuego interno queriendo salir para apoderarme de él y hacerlo mío. Pasaron varios días en los que continué con mi rutina de ermitaño. Apenas salía para las comidas. Luego, decidí comer en mi habitación para evitar esos interminables diálogos, en los que todos insistían en preguntar qué me ocurría y yo no hacía más que contestar evasivas.
Pedí a Asmun que trajera mi comida a mi habitación y fui tajante al indicar que no quería ver a nadie y menos al doctor. Maurice apenas se atrevía a preguntar tras mi puerta si ya estaba mejor. La mayor parte del tiempo me mantenía bajo llave porque temía que él entrara, y que al verlo, se desatara una tormenta dentro de mí.
Finalmente, estando yo encogido en un sillón, contemplando el cielo tras una de las ventanas, mi puerta se abrió de repente. Era Raffaele que había puesto en práctica sus habilidades de ladrón, esta vez de manera efectiva. Me levanté indignado, él no se inmutó, se me echó encima y, a empujones, me obligó a sentarme de nuevo.
—¡Maldito desgraciado! —rugió—. ¿Qué pretendes preocupando a Maurice de esta forma? ¿Quieres que vuelva a enfermarse? Llevo dos días escuchándolo hablar de ti, preguntándose si estás enfermo por tu zambullida en el lago o si estás disgustado por algo que te dijo. Ya hasta ha perdido el apetito. ¡Si vuelve enfermar, voy a hacer que desees no haber nacido!
Quise gritarle que era su culpa por haber quitado la confortable venda que había tenido ante mis ojos; por haberme hecho consciente de mis propios sentimientos. Pero eso hubiera sido muy inmaduro de mi parte y él sin duda se hubiera burlado.
—No puedo estar cerca de Maurice —reconocí—. Cada vez que lo veo, pierdo el control. —¡Deja de ser tan llorón! Tienes que ser más fuerte. Sigue mi ejemplo, soporto estoicamente que Miguel me destroce cada día.
—Seguir tu ejemplo es lo último que quiero hacer. Lo que más temo es que él y yo terminemos odiándonos el uno al otro como ustedes.
—¡No seas imbécil! —exclamó indignado—. Miguel y yo podemos estar mal ahora, pero fuimos muy felices juntos por varios años.
—Y ahora, van a ser el resto de sus vidas unos desgraciados. No creo que exista algo más patético.
—¡Al menos, nosotros estuvimos juntos! —Rafael estaba evidentemente molesto y las palabras le salían a tropel—. Nos hicimos el amor cuántas veces quisimos, vivimos momentos entrañables. Tú, en cambio, nunca vas a poder poner una mano encima de mi cándido primo.
—¡Ya lo sé! Lárgate de una vez.
—Déjame decirte algo más: Maurice fue mío… —siseó aquellas palabras con tanta saña que sentí que las estaba clavando en mi vientre—. Sí, como lo oyes, las únicas noches en las que se ha estremecido de placer las ha pasado entre mis brazos. Esos hermosos labios fueron míos y dejé mi huella en su inmaculada piel. Cosa que tú, mi buen amigo, nunca vas a poder hacer. ¿Dime quién es el patético ahora?
—¡Mientes! —grité, mientras lo agarraba por los hombros—. ¡Lo que dices es imposible!
—Pregúntale si quieres —declaró con una sonrisa triunfante que me exasperó por completo.
Obedecí en el acto. Solté al muy cretino para salir de la habitación. Estaba decidido a preguntarle a Maurice si todo aquello era cierto. Raffaele trató de detenerme, lo empujé y me dirigí al salón de música, donde podía escuchar que alguien practicaba una pieza en el piano. Allí se encontraba mi amigo solo, Miguel había salido a visitar a su madre otra vez.
Entré como una tormenta, llevando a Raffaele prácticamente colgado de mi brazo, tratando de impedir que siguiera avanzando. Maurice se sobresaltó al vernos.
—Vassili, detente —insistió Raffaele—, es mejor que dejes las cosas así.
Volví a hacerlo a un lado y encaré a Maurice. Estaba ciego, furioso y aterrado. Los celos suelen sacar lo peor de mí y, en aquel momento, ni siquiera me sentía humano.
—Maurice, respóndeme con sinceridad, ¿tú y Raffaele hicieron el amor?
Así de simple lo dije. Quisiera retroceder el tiempo y advertirme de que hay cosas que es mejor no saber, que iba a complicarlo todo… Aunque estoy seguro que no había poder en la tierra que pudiese detenerme de hacer aquella pregunta.
Y no era sólo eso lo que quería saber, tenía el corazón lleno de incógnitas: ¿Es verdad que te estremeciste en sus brazos? ¿Te gustaron sus besos? ¿Por qué demonios te acostaste con él? ¿Aún sientes algo cuando él te abraza? ¿Por qué parece que no sientes nada cuando yo te abrazo? ¿Puedo hacerte el amor también? Pero tenía miedo de las respuestas.
Maurice no pareció entender la pregunta hasta un minuto después. Entonces, miró a su primo, furioso.
—¿Por qué le has contado semejante cosa? —le recriminó.
Sentí que me partían en dos, ¡era verdad! Maurice podía haberlo negado, pero no lo hizo, quizá ni se le ocurrió mentir. Él nunca entendió lo que sus palabras eran capaces de causar.
—Bebí un poco y se me fue la lengua —se excusó Raffaele—, perdona.
—¡Idiota! ¡Estúpido! ¡Necio! —exclamó cada vez más enojado, mientras golpeaba a su primo repetidas veces—. ¿Qué va a pensar Vassili ahora? Esas cosas no se cuentan.
—No te preocupes, Vassili no se va a escandalizar por eso. Además, fue un juego de…
No dejé que Raffaele terminará de hablar. Mi furia estalló. Lo aferré con ambas manos del cuello y lo empujé hasta la pared. Entonces, descargué contra su rostro una oleada continua de puñetazos.
Maurice quiso detenerme, lo empujé sin pensar. Asmun entró al escuchar el escándalo y también trató inútilmente de intervenir. Yo no escuchaba razones, no sentía el dolor en mi mano, no veía el rostro de Raffaele ensangrentado ni me daba cuenta de que mis golpes habían alcanzado a alguien más.
Fue el mismo Raffaele quien puso fin a aquella escena. Él me había dejado hacer sin oponer resistencia hasta que me empujó, haciéndome retroceder. Luego, me lanzó al suelo con un único puñetazo, que se sintió como una roca impactando en mi rostro.
—¡Mira lo que has hecho! —gritó, imponente—. ¡Maurice está sangrando!
Efectivamente, yo lo había golpeado en la cara cuando intentaba detenerme. Un hilo de sangre que le salía de la boca testimoniaba mi fechoría. También le había hecho daño a Asmun, quien no dejaba de frotarse un brazo. Me sentí morir y toda mi furia se fue convirtiendo en remordimiento.
Lo que siguió fue una gran confusión y mi silencio. Maurice preguntaba qué había ocurrido para que yo, su intachable amigo, me hubiera convertido en un salvaje. Raffaele se echó toda la culpa, dijo que sus bromas pesadas me habían llevado a perder los estribos. No lo convenció por lo que siguió demandando saber la razón.
—Escucha, Maurice, deja que Vassili y yo arreglemos nuestras diferencias conversando a solas —le pidió Raffaele.
—¡De ninguna manera! Además, tenemos que ver tus heridas. Mira cómo tienes el rostro y le has reventado la nariz a Vassili... ¡Asmun, ve por el doctor de inmediato! —El muchacho salió en el acto.
—¡No, no quiero ver al doctor! —grité, perdiendo la compostura, si es que me quedaba alguna—. No quiero ver a nadie.
Salí del salón para encerrarme en mi habitación. No logré cerrar mi puerta antes de que Maurice llegara para impedírmelo. Tuve que soportar su interrogatorio, aferrándome a los brazos del sillón en el que me refugié, para contenerme y no dejar salir los sentimientos que me abrumaban.
—¿Esta pelea ha sido por lo que te dijo? —preguntó, al final, arrodillándose ante mí para mirarme a la cara. Cuando vi la sangre aun ensuciando su rostro, me odié más a mí mismo—. No juzgues mal a Raffaele. Éramos niños que no sabíamos lo que hacíamos, él no me hizo ningún daño.
—¿De verdad te… te hizo eso?
—Para los dos era un juego. Lamento si te parece algo horrible. El padre Petisco dijo que no pensara en eso como un pecado, porque no lo habíamos hecho con pleno conocimiento ni malicia. Obviamente, lo dijo para tranquilizarme, pero cuando crecí y entendí la situación, pasé por muchos remordimientos y escrúpulos. Entiendo que muestres tal repugnancia.
—No, no es eso… —¿Cómo explicarle que lo que sentía era envidia y celos?
—No quiero que tú y Raffaele se lleven mal de nuevo, ya tengo bastante con su guerra con Miguel.
—No te preocupes, no volveré a pelear con él. Ni pienso volver a preguntarte sobre ese asunto. Perdóname por todo lo que acabo de hacer.
—Vassili, no hay nada que perdonar, pero en verdad, me has sorprendido. Raffaele también. Recibió tantos de tus golpes sin responder…
—Porque, en parte, me los merecía… —Escuchamos a Raffaele decir desde la puerta, el maldito nos había estado espiando—. Claro que cuando le vi golpearte no se lo perdoné. Déjame ver tu herida, Maurice.
Entró con paso firme, como el dueño del palacio que era y levantó a su primo, sujetándolo del antebrazo. Le examinó el rostro con expresión severa.
—Hay que curarte el labio —dijo sin ocultar su enojo. Luego, le sujetó el rostro con sus dos manos y depositó un rápido beso sobre la herida en su boca. Maurice no se alejó a tiempo, y yo estuve cerca de gritar—. Con eso sanarás más rápido.
—¡No es el mejor momento para estos juegos! —reclamó Maurice.
—Vassili ya sabe a qué atenerse conmigo. Soy un juguetón empedernido —contestó en un tono desafiante—. Y si quiere, también puedo besarle en la nariz para que se cure más pronto. En mi caso, mi precioso primo, bastarán unos cuantos besos tuyos para dejar mi rostro como nuevo.
—¡Impertinente! —gruñí, deseando alejarlo de Maurice. Pero estaba seguro de que, si me levantaba de la silla, él iba a hacerme sentar con otro terrible puñetazo. Lo veía en su postura y en el fuego asesino que tenía en los ojos.
—Vamos, Vassili, demuestra que puedes dejar atrás la razón de nuestra pelea, la cual no tiene nada que ver con Maurice, ¿verdad?
—Cierto… —murmuré siguiéndole la corriente—. Ha sido por una estupidez que es mejor olvidar.
—¿Qué estupidez? —inquirió Maurice, nada convencido con nuestra mala actuación.
—Te lo contaremos luego —le aseguró Raffaele, mientras lo empujaba hacia la puerta—. Por lo pronto, ve a asegurarte de que Asmun ha ido por el doctor y encarga a un sirviente que nos traiga algo con qué asearnos. ¡Ah, y limpia tu linda cara por favor!, me dan ganas de aplastar a alguien cuando te veo así.
—No voy a dejarte solo con Vassili.
—Necesito que lo hagas, él y yo tenemos que hacer las paces. Confía en mí, no volveremos a pelear jamás. ¿Verdad, Vassili?
Asentí, Maurice todavía dudó. Raffaele siguió jurando que no me haría nada. Como no logró convencerlo, lo arrastró fuera de la habitación y cerró la puerta en su cara para luego pasar la llave. No se hicieron esperar las protestas de mi amigo y sus golpes a la puerta.
—¡Qué terco es! —se quejó Raffaele—. Aclaremos nuestro asunto rápido para que él no se haga daño en sus lindas manos.
—¡No hay nada que aclarar! —le grité—. Ya sé que Maurice ha sido tuyo y…
Con la misma velocidad y fuerza con que me había vapuleado antes, cubrió con su enorme mano mi boca, empujando hasta hacer que me golpeara la cabeza contra el respaldo. Colocó su rodilla entre mis piernas para apoyarse en el sillón y ponerse sobre mí, y me obligó a echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara. Me aterré ante su expresión de furia.
—¡Si lo que quieres es que Maurice descubra lo que sientes por él, estás haciéndolo muy bien!
Sus palabras me mordieron y enseguida dejé de forcejear. Entonces, liberó mi rostro y se alejó.
—Si él llega a saber lo que sientes, no se lo va a tomar muy bien. Créeme, él nunca aprobó mi relación con Miguel. Te recomiendo que disimules mejor. Ahora, hagamos las paces. Recuerda que, en este momento, soy el único apoyo que tienes.

—Prefiero estar solo.
—Por mí, encantado de dejarte morir de melancolía en esta habitación. Pero Maurice se preocupa por ti, así que compórtate como un hombre y muestra tu mejor sonrisa ante él.
Dicho esto, fue a abrir la puerta. Maurice entró furioso y me preguntó si su primo me había seguido importunando, yo juré que habíamos hecho las paces. Raffaele se echó en mi cama, declarando que esperaría ahí al doctor. Maurice se acercó a él y, con insólita calma, presionó con su dedo el abultado párpado de su primo. Éste aulló de dolor y atrapó su mano para que le dejara en paz.
—¡No seas cruel, Maurice! —chilló Raffaele—. ¿Por qué no vas a retorcerle la nariz a Vassili también?
—¿Te duele mucho? —El tono dejaba ver su preocupación.
—Por supuesto. Y no sólo ahí. Vassili fue muy generoso, repartiendo golpes en toda mi cara.
Me hundí en el sillón aun más, al pensar en que él me había derribado con un solo golpe. Un puñetazo que todavía podía sentir aplastándome en el centro de mi rostro.
—Te pido perdón en nombre de Vassili —suplicó Maurice—, por favor no tomes más represalias.
—Si me curas a besos, lo perdonaré.
—Eres imposible… —dijo, lanzando un suspiro cansado, y salió de la habitación. Raffaele soltó una carcajada llena de malicia.
Al poco rato, mi amigo volvió a entrar con un sirviente que traía agua fresca y paños para limpiar nuestras heridas.
Cuando llegó Claudie, se burló de nuestras caras. Nos recetó, en primer lugar, “buena suerte” para que los morados e hinchazones desaparecieran pronto. Casi llegué a odiarlo por eso. También nos preparó unos aceites que aliviaron el dolor.
Quiso saber la razón de nuestra pelea y Maurice volvió al ataque; al parecer, no lo habíamos convencido con nuestras explicaciones. Raffaele era un excelente mentiroso, pero yo no podía decir nada coherente para seguirle la corriente. Afortunadamente, Miguel regresó al Palacio y, lógicamente, quiso enterarse de todo. Entonces, Raffaele le contestó con un “no es asunto tuyo” que hizo estallar una fiera batalla. Maurice debió olvidarse de mi pelea para evitar que, ahora, fuera Miguel quien terminara dándose de puñetazos contra su impertinente primo. Aunque suene irónico, pude tener algo de tranquilidad gracias al caos que crearon esos dos. 
En los días siguientes, Raffaele continuó provocando a Miguel, y éste parecía bastante dispuesto a arrojarle cualquier cosa que pudiera hacerle suficiente daño. La situación llegó a ser tan alarmante que mis problemas se fueron quedando al margen y me pasaba el día ayudando a Maurice a separar a sus primos. Él siempre se encargaba de Miguel, porque era al único a quien éste escuchaba. Yo intentaba contener a Raffaele con ayuda de Asmun. Era una tarea agotadora.
El primer momento de paz que gocé, lo invertí en tratar de sacarle al jardinero información sobre la mujer de negro. El viejo Pierre se asustó un poco cuando le conté de la visión de Maurice. Dijo que esperaba que no fuera la Parca. Pero como esa noche se fue a dormir temprano, obviamente borracho, no pudo ver si el carruaje había aparecido como en otras ocasiones.
—También pudo ser la joven Duquesa —reflexionó, mientras llenaba mi vaso con un vino decente que yo había aportado a nuestra reunión—, porque a la vieja duquesa nadie la ha visto, sólo se la escucha gritar.
—En esta casa, sobran los fantasmas…
—Mejor que fuera un fantasma a que fuera la Parca, ¿no cree?
—Por supuesto. Me siento ridículo hablando de estas cosas. Pero después de escuchar los rasguños en la noche y de haber visto la puerta de la habitación de Maurice abierta, no puedo dudar de que él realmente viera algo.
—Seguramente fue la joven duquesa buscando al señorito Raffaele —soltó como si nada Pierre. Yo lo miré espantado, sintiendo que mi espalda se helaba de repente.
—¿Qué ha dicho?
—Bueno, ella es su madre y la noche en que se mató lo hizo saltando de la ventana de la habitación del señorito. Él era un niño apenas. Recuerdo esa noche claramente… Fue una pesadilla.
Le pedí que contara lo que sabía y escuché con estupor que la esposa del Duque Philippe había discutido con él a gritos esa noche. Al parecer, el padre de Raffaele tenía una amante. Y su mujer, al descubrirlo, se sintió terriblemente herida. Era una mujer napolitana nada acostumbrada a los desaires. Parecía que se repetía la historia del viejo duque y su esposa.
Lamentablemente, la hermosa Isabella Martelli tomó la peor opción: arrojarse por la ventana del segundo piso, maldiciendo a su esposo. Éste nunca se recuperó de aquello y adoptó la vida de un ermitaño, pasando la mayor parte del tiempo en alta mar.
Pero lo que me resultó más perturbador, fue descubrir que la mujer se había lanzado a los brazos de la muerte desde la habitación de su pequeño hijo. ¿Y si Raffaele se encontraba presente? ¿Acaso vio morir a su madre? Para esa época, aún no cumplía los cuatro años. Imaginar a un niño tan pequeño presenciando un evento tan espantoso me provocó un nudo en la garganta. No, no era posible que Raffaele cargara con semejante recuerdo. Él parecía tan fuerte, aunque… Si yo hubiera visto morir así a mi madre, ¿qué clase de persona sería? Quizá tendría ese brillo de furia y locura que había visto aparecer algunas veces en sus ojos.
Estaba abrumado. Mis sentimientos por Raffaele oscilaban del afecto al odio por su manera de tratar a Maurice. Estaba celoso de él y no quería que estuviera cerca de quien yo tanto amaba y deseaba porque él ya le había poseído. Pero, a la vez, no soportaba ver a Miguel insultarlo porque sabía que le debía doler cada palabra, como si fuera un puñal envenenado retorciéndole las entrañas.
Ahora, al saber las circunstancias de la muerte de su madre, desistí de odiarlo. Imaginé que Maurice también conocía la triste historia y, por eso, era tan condescendiente con él, dejando que siguiera acosándolo cada vez que al muy imbécil se le antojaba. ¡Ah, Raffaele!, cuántos sobresaltos me causaste en esa época, abalanzándote sobre Maurice para robarle besos. Y cuántos sobresaltos me seguiste causando poco después, ¡demonio ladino que llegó a hacerse una parte de mí!
Asmun vino a buscarme otra vez por petición de Maurice. Éste estaba preocupado por mí, temía que volviera a beber como antes. Sonreí al pensar en que mi amigo parecía tenerme presente en cada momento, y fui a su encuentro en el salón de música. Al acercarme, en lugar de acordes armoniosos, lo que escuché fueron los gritos de Miguel, lanzando maldiciones en español. Apresuré el paso y llegué a tiempo para verle abofetear a Raffaele. Éste levantó su mano para responder, pero Maurice se interpuso suplicante.
—¡Por favor, Raffaele, no lo hagas!
—No te preocupes, Maurice. No lo haré. Pero dile a este imbécil que no me provoque porque un día no voy a poder controlarme.
Dicho esto, salió de la habitación, pasando a mi lado sin mirarme. Miguel intentó ir tras él para terminar lo que había comenzado y Maurice se lo impidió. Su rostro reflejaba tal odio que me impactó. ¿Alguna vez había amado a Raffaele? ¿Cómo podía el amor haberse transformado en un odio tan encarnizado? No pude con semejante visión, cerré la puerta, dejando a esos dos discutiendo acerca del por qué había que dejar que su primo siguiera respirando sobre la tierra.
Fui tras Raffaele, quien estaba redecorando su habitación a fuerza de patadas. Cuando me vio entrar, se quedó quieto y se sentó en su cama. Me acerqué con cautela.
—Ni te atrevas a amonestarme, tengo bastante con Maurice —dijo sin mirarme.
—¿Por qué no evitas estas peleas? Si lo estás haciendo para cubrirme y distraer a Maurice, no sigas. No soporto ver cómo te haces daño.
—No es eso… Bueno, al principio, lo fue. Luego, simplemente no pude parar. Cuando me grita y golpea, al menos no me está ignorando. Me estoy volviendo loco, Vassili. Tenías razón, no somos más que unos desgraciados, Sé que Miguel sufre tanto como yo. ¡Ojalá nunca nos hubiéramos conocido!
—No, no digas eso. Lo que debes es buscar reconciliarte con él.

—Ya te dije que le hice daño.
—Ruega por su perdón en lugar de seguir haciendo más grande el abismo entre ustedes. Parece que te has rendido, que lo que quieres es que te haga pagar lo que le hiciste. Basta de eso, por favor. Me duele verlos así y estoy seguro que Maurice está sintiéndose igual.
—Lo que hice no puede perdonarse, Vassili. Por eso, no me atrevo a pedirle perdón. Lo que debo hacer es salir a tomar aire. Me iré unos días de cacería. ¿Quieres venir conmigo? A ti también te viene bien alejarte de este lugar.
—No me siento con ánimos de soportar al Rey y sus lisonjeros.
—No pienso ir con el Rey, voy a cazar en mis tierras. A pocos kilómetros de aquí, tenemos una pequeña casa. Allá puedes pasar el día pensando en Maurice, mientras yo le disparo a algo para aliviar mis penas. No pude evitar reírme. Lo pensé un poco y acepté. Era cierto que también necesitaba alejarme de Maurice, pero también quería hablar con Raffaele de ciertas cosas que sólo él podía contarme, era una oportunidad única.
Esta vez logramos que Maurice no pusiera ningún reparo en dejarnos a solas. Le dije la verdad a medias, que quería aliviar la tensión entre Miguel y Raffaele, y que la mejor manera era este viaje de cacería. Mi amigo lo agradeció, cada día le costaba más mantener a sus primos a raya.
Con menos equipaje del que estaba acostumbrado a llevar, salí a caballo junto a Raffaele, Asmun y tres perros de caza. Tras más de una hora de recorrido por los bosques de los Alençon, llegamos a una casa pequeña, de una sola planta, con apenas dos estancias en su interior. Una verdadera vergüenza comparada con cualquier coto de caza de otras familias nobles. Pero los Alençon nunca gastaban de más y, para el Duque y Raffaele, ese lugar era suficientemente cómodo.
Empecé a arrepentirme de aquel viaje en cuanto puse un pie en su interior. El lugar estaba bastante limpio, porque varios sirvientes habían ido a arreglarlo para nosotros a primera hora de la mañana, aunque eso no lo hacía más confortable ni más amplio. Cuando vi que Asmun se despedía, después de ayudarnos a desempacar, me convencí de que aquellos serían los días más incómodos de mi vida.
Cuando se me ocurrió quejarme, Raffaele me acusó de mimado y narró cómo había pasado muchas noches a la intemperie con sus primos y el Padre Petisco, quien buscaba templarles el carácter y librarlos unos días de la madre de Maurice y Madame Pauline.
—Aprendimos a valernos por nosotros mismos gracias a eso. Hasta a Miguel le encantaba y él era más remilgado de lo que tú eres. Así que no te quejes, ponte tan cómodo como puedas y dedícate a pensar en Maurice, mientras yo voy a conseguir nuestro almuerzo.
—Espera, antes quiero que hablemos. La principal razón por la que vine fue para que me contaras cómo te llevaste a Maurice a la cama.
—¿Para qué quieres saberlo? Vas a sufrir. —La sonrisa guasona que mostraba indicaba que no me compadecía en absoluto.
—Quiero saberlo y ahora mismo. Llevó días conteniéndome para no preguntártelo o preguntárselo a él.
—¡Qué empeño en buscarte mortificaciones! Pero te lo debo por haber abierto mi gran boca.
Me invitó a sentarme en una de las sillas que acompañaban la única mesa del lugar. Le obedecí en el acto. Él caminó por la estancia, simulando muy teatralmente que se esforzaba por recordar.
—Veamos, para ser exactos, hay que decir que lo que ocurrió se debió a una mujer. No pongas esa cara, hablo en serio. En uno de los barcos de mi padre, hay una mujer: la hija de un amigo suyo que, al morir, la dejó sin un lugar dónde vivir. Mi padre se hizo cargo de ella y dejó que se quedará como un marino más. Él creyó que era buena idea, ¡mi pobre iluso padre! Lo cierto es que la mujerzuela se metió en mi camarote un día, cuando yo era un inocente muchacho al que apenas le había crecido el vello, y me enseñó los excelentes usos que podemos darle a esta cosa que pende grácilmente entre nuestras piernas. Cuando visité a mis primos en España, simplemente compartí mis conocimientos.
—¿Hablas en serio?
—Claro, verás. De niño, yo no conseguía conciliar el sueño cuando dormía solo; así que el dulce Maurice, a pesar de que no le agradaba nada, compartía su cama conmigo. De ahí a terminar recreando con él lo que había aprendido con aquella mujer, fue un paso muy corto, bastó con oler su cabello, sentir el roce de su piel y comprobar el cariño que nos teníamos. Si me permites decírtelo, fue algo muy dulce.
Creí que mi cabeza iba a explotar, no sentía latir mi corazón y olvidé respirar. Quería saber todos los detalles, ver aquel momento con mis propios ojos, escuchar a Maurice gemir de placer… hasta que me percaté de un detalle.
—¿Qué edad tenía? —pregunté
—Es dos años menor que yo, debió haber cumplido once…
Escuchar aquello y sujetar a Raffaele de las solapas fue una misma cosa. No pude controlarme. —¡Era un niño!
—¡Yo también! No comiences una pelea ahora por algo que pasó hace tanto. Tú te buscaste este disgusto por preguntar.
—¿Fue una sola vez o acaso...?
—Lo hicimos durante varias noches, hasta que Maurice se lo contó al Padre Petisco como quien le cuenta que ayer llovió. Ya te imaginarás lo que siguió. Como el buen cura no quería hacernos sentir mal, se ahorró el sermón sobre lo pecaminoso del asunto y se limitó a ordenarnos que no volviéramos a hacerlo. También insistió en que jamás se lo contáramos a mis tías. Cuando nos explicó que esas cosas sólo la hacían los esposos con sus esposas, Maurice se puso furioso conmigo por haberlo tratado como a una mujer. Nunca se te ocurra compararlo con una. Especialmente, con Sophie. Se pone tan furioso que te puede romper los huesos a patadas. Permíteme agregar que mi asunto con Miguel fue muy distinto. Cuando hicimos el amor, los dos ya no éramos niños y estábamos realmente enamorados. A Maurice le amo, pero no como a Miguel, así que deja los celos estúpidos de una vez. Además, no es de mí de quien debes estar celoso sino de Miguel. Él fue el primer amor de Maurice.
—¡¿Qué?!
—De eso hablamos en el almuerzo, me voy de cacería.
—¡No te atrevas! ¡Explícate!
—Cuando regrese. Deja de incordiar, eres bastante molesto cuando estás celoso.
Antes de que pudiera decir algo más, salió dando un portazo. Desistí de seguirlo porque sus palabras me habían herido. Principalmente, por no poder rebatirlas. Mis celos indudablemente me convertían en un idiota. Entré en la habitación y me quedé echado en una de las tres camas que estaban repartidas por el lugar.
Mi corazón era un amasijo de sentimientos encontrados. ¿Cómo pude olvidar el peligro que representaba Miguel? Raffaele me lo había advertido claramente tiempo atrás, en Versalles. Y, durante nuestra estancia en el Palacio de las Ninfas, fue evidente la intimidad que existía entre Maurice y su primo español. ¡Y yo los había dejado solos! Mi propio descuido me exasperaba, pero pronto dirigí toda mi animosidad contra Raffaele. Si él no llamara tanto la atención, no me habría olvidado de que mi verdadero rival era Miguel.
Mi angustia se disipó de repente, al caer en la cuenta de que la situación podía tener un ángulo que no había considerado. Si el primer amor de Maurice había sido Miguel y su primera experiencia en el lecho la vivió con Raffaele, era posible que fuera capaz de amar a otro hombre y su rechazo a esta situación se debía a sus creencias religiosas. De ser así, bastaría con destrozar estas para que aceptara mi amor. Finalmente, aparecía una rendija por la que podía colarse la felicidad para mí.
Cuando Raffaele regresó, yo llevaba ya varias horas dormido a fuerza de aburrimiento. Le escuché trasteando en la otra sala. Al acercarme, le vi afilando dos cuchillos, deslizando uno en la hoja del otro. Sus perros, que estaban echados a su alrededor, atentos a todos sus movimientos, me dedicaron una mirada displicente al verme llegar a su lado.
—¿Qué prefieres, liebre o perdiz? —dijo, señalando el fruto de su cacería sobre la mesa: una liebre y tres perdices
—¿Piensas cocinar…?
—¿Por qué? ¿Quieres hacerlo tú?
—Por supuesto que no…
—Soy un excelente cocinero. Ponte cómodo y espera un poco, verás la delicia que preparo. O si quieres ayudar y pelar algunas patatas…
Desaparecí en el acto y regresé a la habitación. Pasadas dos largas y tediosas horas, el hambre me obligó a acercarme a la cocina. Raffaele ahora estaba revolviendo algo en una cazuela al fuego. Tomé algo de pan y queso, del que Asmun nos había empacado, para amortiguar la espera. Me quejé de la ineficacia del cocinero, él se limitó a reírse, disfrutaba su aventura culinaria. Le pedí que termináramos nuestra conversación de la mañana, insistió en que lo haríamos durante la comida.
Cuando al fin sirvió su guiso, yo no pude evitar un gesto de desconfianza, el aspecto de aquella comida no era nada agradable. Las verduras y la carne estaban revueltas y un tanto desechas. Pero el hambre, combinada con el buen olor que despedían, hizo que olvidara las apariencias. Una vez dado el primer bocado, miré a Raffaele, sorprendido; él se rio, había estado esperando mi reacción.
—¿Delicioso, verdad? —preguntó, triunfante.
—No lo puedo negar. Pero el aspecto deja bastante que desear.
—¡Malagradecido!, sal a cazar tu comida mañana.
Bromeamos un poco más hasta que terminamos de comer. Entonces, llegó el momento de las revelaciones. Yo demandé saber más acerca de la relación de Maurice con Miguel. Raffaele, muy risueño, se tomó todo el tiempo que quiso para hablar.
—No te he mentido, Vassili. Y no sólo Maurice estaba enamorado de Miguel cuando éramos niños, yo también. Hasta peleamos por el derecho de casarnos con él, pero eso fue porque creíamos que Miguel era una niña.
Todas mis esperanzas se fueron al suelo. Miguel había sido educado por Madame Pauline de una forma un tanto inusual. No era extraño que algunos nobles ataviaran a sus hijos varones con vestidos muy engalanados cuando estos eran pequeños; yo mismo debo haber lucido alguno cuando ni sabía hablar. Pero, en el caso de Miguel, su madre además de vestirlo como una niña, lo educó como tal hasta los ocho años.
Cuando Maurice comenzó a vivir con él en España, asumió que tenía dos primas. Una muy dulce y amable niña de su edad, con rubios cabellos y ojos más azules que el cielo. Y otra más pequeña, pelirroja y caprichosa hasta el cansancio. Cuando Raffaele fue a visitarle con su padre, también cayó en el engaño. Un día, en medio de sus juegos, Maurice declaró que se casaría con Miguel; Raffaele también quiso hacerlo y terminaron zanjando el asunto golpes.
El padre de Raffaele vio esto como una señal de que las cosas habían llegado al límite, y escribió al Duque de Meriño sobre la forma en que Madame Pauline estaba educando a su hijo. Don Miguel de Meriño no se tomó el asunto a juego y abandonó la corte para visitar a su familia. A partir de entonces, la linda niña que había robado el corazón del pequeño Maurice, desapareció para dar paso a un nuevo primo, que se convirtió en su compañero de juegos.
—En parte, nos gustó el cambio. Ahora Miguel nos acompañaba a todas partes, en lugar de tener que quedarse encerrado junto a su madre y hermana como “una señorita”. Sin embargo, para el propio Miguel fue muy difícil entender su situación. Al menos, su padre comenzó a prestarle más atención y lo llevó a vivir con él, en Madrid, durante varios meses cada año. Tía Pauline estaba furiosa y, desde entonces, nos detesta a Maurice y a mí, aunque fue mi padre quien le arruinó su juego. Si me preguntas, yo creo que ella está completamente loca.
Raffaele me refirió otras anécdotas que probaban la poca cordura de su tía. Yo las escuché a medias porque mi mente estaba en otra parte: meses atrás, en la Villa de los de Gaucourt, contemplando a Maurice besar a Virginie, una mujer rubia y menuda que quizá le recordaba a la niña que fue Miguel. Yo no tenía ninguna posibilidad.
Esa noche me costó conciliar el sueño. Raffaele dio un largo paseo por el bosque antes de acostarse en la cama más lejana a la mía. Yo fingí estar dormido cuando entró a la habitación, para evitar una conversación que interrumpiera mis pensamientos. Mi cerebro no dejaba de trabajar, recordando, analizando, imaginando. Cuando llegó el amanecer, no tenía deseos de levantarme. Raffaele se despidió para marcharse otra vez a cazar. Asmun se había llevado las piezas que cazó el día anterior, así que de nuevo había que conseguir el almuerzo.
Me quedé en la cama hasta que Raffaele regresó. Armó todo un alboroto porque yo no había sido capaz ni de vaciar la bacinilla y la habitación apestaba. Me acusó de vago y ordenó que me bañara en el río para que se me pasara la apatía. Le dije que esperaría a Asmun para que me preparara el baño y se burló de mí por no haber notado la ausencia de una tina.
Como yo no veía nada apetecible meterme en el río, que estaba a unos metros de la casa, me sacó a empujones de la casa sin llevar otra cosa encima que mi camisón de dormir. De nada valía enojarse, me resigné y obedecí. Por supuesto que había acertado con que el agua estaría fría, pero era soportable. Incluso llegó a ser agradable sumergirme y dejar que el agua renovara mi cuerpo.
Debo haber durado mucho en esto, porque Raffaele dejó de despellejar una liebre para buscarme. Se quedó un rato mirándome con expresión extraña, mientras yo salía del agua. Su intensa mirada hizo que me sonrojara y sintiera una ola de calor recorrer mi cuerpo.
—¿Para qué diablos te has metido con el camisón puesto?
—Costumbre… —respondí torpemente.
—Extiéndelo al sol, no se te ocurra esperar a que venga Asmun para que lo haga. Y, por cierto —sonrió con malicia—, esa ligera tela no es capaz de ocultar tus encantos, Vassili.
Estalló en risas. Me marché, molesto, a la habitación. Mientras me vestía, empecé a preguntarme si me iba a sentir excitado con otros hombres además de Maurice. Gracias a que me había saltado el desayuno, estaba demasiado hambriento para seguir reflexionando, así que dejé las lamentaciones para después. Busqué algo que comer mientras observaba a Raffaele lucir sus dotes de cocinero. Igual que el día anterior, el almuerzo iba a terminar convirtiéndose en la cena por su lentitud.
—¿Por qué no puede quedarse Asmun o cualquier otro sirviente con nosotros? —pregunté, mientras me llenaba de pan.
—No te quejes; al fin y al cabo, yo soy el que está trabajando mientras que tú no mueves ni un dedo.
—Yo le hago honor a la condición en la que he nacido. Soy un noble y tengo derecho a que otros me sirvan. No entiendo tu afán por trabajar de más.
—Creí que querías estar solo, que nadie te molestara. Y no creo que nos convenga por aquí un par de orejas de más.
—Asmun es discreto y tiene tu total confianza…
—Le encargué vigilar a Maurice y a Miguel, ¿o creías que los iba a dejar solos? Me hierve la sangre cada vez que sé que están juntos. Además, por la noche Asmun debe seguir cuidando a Maurice por si vuelve a pasar algo raro.
Pensar en la mujer de negro, quien podría ser el espectro de la madre de Raffaele, me entristeció. Viéndole lleno de energía ante mí, me resultaba difícil pensar que cargara con semejante tragedia sobre sus espaldas. No podía dejar de sentir simpatía por él. Me ofrecí a ayudarle, pidió que buscara agua del río y fregara los trastes sucios. No me quedó más remedio que hacerlo.
Cuando la comida estuvo lista, de nuevo tenía una apariencia mediocre y un excelente sabor. Después de devorarla, salimos a caminar por la orilla del río; hablamos de muchas cosas, lo más interesante fueron los relatos de los numerosos viajes que Raffaele y su padre habían realizado por todo el mediterráneo. Terminamos el día jugando a las cartas, algo que le apasionaba. No voy a negar que fue una manera muy amena de pasar el tiempo.
Creí que nos quedaríamos toda la semana. Pero él anunció, antes de que fuéramos a dormir, que regresaríamos al Palacio al día siguiente. No dio muchas explicaciones, pensé que Asmun había traído alguna novedad cuando nos visitó a media tarde. De cualquier forma, aquel cambio de rutina me había sentado muy bien; estaba más tranquilo y muy agradecido.
La tormenta volvió a desatarse apenas llegué al Palacio, a la mañana siguiente. Quise saludar a Maurice, a quien supuse trabajando en su habitación secreta. Entré sin tocar y contemplé estupefacto que mi amigo aún dormía y que lo hacía en compañía de Miguel.
Me acerqué a ellos, en silencio, conteniendo mi corazón que se estremecía de rabia, miedo y tristeza. Todo indicaba que se habían quedado dormidos mientras hablaban, Miguel incluso conservaba la casaca. No había nada más en aquella escena que la entrañable amistad entre dos primos-hermanos. Sin embargo, no pude evitar mortificarme por la manera como Maurice abrazaba a Miguel.
Volví sobre mis pasos, cerré la puerta y toqué con fuerza. Insistí hasta que un soñoliento Maurice abrió. Se alegró mucho al verme y esto me alivió. Hablaba en voz baja para evitar despertar a Miguel. Me explicó que éste había estado llorando toda la noche. No pude disimular mi malestar.
—Vassili, hay algo que he querido preguntarte —dijo con cierto temor—. ¿Aún estas molesto por lo que Raffaele te dijo?
—Por supuesto que no.
—Entonces por qué… Bien, cómo decirlo, parece que...
—Tengo celos —le dije sin más—. Tengo celos de Raffaele y sobre todo de Miguel. Antes, tú y yo pasábamos todo el tiempo juntos; ahora, tenemos que soportar a estos dos necios, que no hacen más que discutir y agotar nuestra paciencia. Así que me siento solo.
Esta era la verdad, aunque estaba omitiendo el detalle de estar enamorado de él, de desearlo con tal intensidad que todo lo que me habían enseñado desde niño, y que resonaba como gritos de advertencia en mi cabeza, ante la anormal y peligrosa situación en que me encontraba, careciera de importancia. Cuando lo tenía frente a mí, perdía toda mi sensatez y me sentía dispuesto a lanzarme de cabeza al mismo averno, si con eso conseguía que fuera mío.
—Entiendo —dijo sin disimular su alivio—. Lamento que tengas que sufrir esta incómoda situación, y me alegra que no sea por lo que Raffaele y yo hicimos cuando niños. Mis primos son buenas personas, pero han pasado por muchas cosas. No pierdo la esperanza de que se reconcilien pronto y...
Levante mi mano hasta su mejilla y, con toda la suavidad que fui capaz, dibujé el contorno de su rostro con mi dedo hasta posarlo en sus labios. Él guardó silencio al fin.
—No sigamos hablando para que Miguel pueda descansar —sugerí, él asintió—. Tú también necesitas dormir un poco más. Ya hablaremos después.
Me despedí con una sonrisa aunque estaba molesto. ¿Cómo es que Maurice no entendía lo que en realidad estaba tratando de decirle? Claro que, de entenderlo, yo estaría en problemas. Tenía que controlarme o perdería el privilegio de permanecer a su lado por el corto tiempo que mi familia me permitiera escabullirme de mis deberes. Hice el firme propósito de ocultar mis sentimientos y moderar mi deseo.
Resultaba fácil hacer cualquier resolución cuando no le tenía ante mí. Mas, una vez que veía a Maurice, mi mente perdía lucidez y mi entrepierna ganaba dureza. No podía controlar mis reacciones y ya empezaba a no querer hacerlo. Hubiera cometido alguna imprudencia si Raffaele y Miguel no se hubieran mantenido a nuestro alrededor la mayor parte del día, privándonos de momentos a solas.
Llegada la noche, las cosas no mejoraban. Yo quedaba a merced de mi imaginación, que gustaba de desvariar por su cuenta. Me hacia volver a ver a Maurice desnudo a orillas del lago, o le representaba en mis brazos, completamente a mi merced. Entonces, tenía que pasar por el humillante trance de aliviar con mis manos la dolorosa rigidez que me asaltaba, para terminar odiándome a mí mismo. Me iba a volver loco.
Recordé que Raffaele había dicho que solía buscar alivio a través de alguien más y le pedí ayuda.
—¿Quieres irte de putas? —dijo con esa manera tan poco discreta que tenía de hablar.
Nos encontrábamos en su habitación los dos solos, intentando jugar a las cartas. Maurice y Miguel habían pasado el día enfrascados en recrear alguna complicada partitura, podían seguir con eso hasta bien entrada la noche.
—No tienes que decirlo de esa manera —respondí, enrojeciendo hasta la raíz del cabello. —No hay mejor forma de llamarlo. ¿Qué clase de puta quieres? Las hay de todos los tipos en el lugar al que suelo ir. Incluso hay un precioso jovencito con el que puedes desahogarte mientras sueñas que te estás follando a Maurice.
—¡Por Dios, qué obsceno eres! Lo que quiero es… —No supe qué decir. Lo que yo quería era exactamente lo que Raffaele había descrito—. Mejor olvidemos el asunto.
Las voces de mi tío y mi padre volvían a resonar en mi cabeza. Toda una vida de condenar mi propio cuerpo al silencio se cernía sobre mí, asfixiándome hasta impedirme tomar acción.
—¿Por qué? ¿Se te quitaron las ganas o no sabes qué hacer? No te preocupes, hasta la puta más barata te puede enseñar.
—Es que me repugna la idea de acostarme con gente de tan baja calaña.
—¿Quieres ir a Versalles a seducir a las hijas del Rey? Te advierto que ya están algo viejas y son insoportables.
—¡Lo que quiero es dejar de sentir que voy a explotar en cualquier momento! Y sobre todo, quiero que dejes de mirarme como si yo fuera un arlequín, no vine aquí a divertirte sino a pedirte ayuda.
—Lo siento, Vassili —contestó, conteniendo apenas la risa—, es que te complicas tanto y tu rostro está tan rojo… Lo que tienes que hacer es dejar de ser tan melindroso y follarte lo primero que encuentres. Por el precio no te preocupes, serás mi invitado.
Raffaele comenzó a ponderar las bondades del lugar al que pensaba llevarme, no le presté atención. Me dediqué a contemplarlo mientras sopesaba una nueva alternativa.
—¿Y qué hay de ti? —susurré, reuniendo todo mi valor—. ¿No podríamos tú y yo…? Se quedó paralizado por la sorpresa durante un instante.
—¿Estás sugiriendo que quieres que tú y yo…?
—Prefiero hacerlo contigo que con un desconocido.
—¿Estás seguro? —dijo nervioso y preocupado, levantándose para caminar de un lado a otro. Yo hubiera preferido que se riera y me aceptara o rechazara de plano.
—Está bien si no quieres…
—No es eso, es que…
—Comprendo que no quieras, sé que no puedo resultar atractivo, olvida que lo mencioné…
—¡Mira que eres idiota! —exclamó, mientras se abalanzaba sobre mí para sujetar mi rostro entre sus manos—. ¿Tienes idea de lo mucho que me he estado conteniendo…?
No me dejó responder, selló mis labios con los suyos, un beso ardiente y subyugador, que hizo que todo mi cuerpo se estremeciera ante la violencia de las sensaciones que despertó.
—Parece que nunca te has visto en un espejo, Vassili. Eres delicioso —susurró en mi oído, haciendo que su aliento me acariciara antes de besar mi cuello—. Debo advertirte que no soy una buena persona, puedo hacerte daño…
—No me importa…
—¿Estás seguro?
—Basta de preguntas…
Me levanté para abrazarlo y lo besé. Mi mente estaba nublándose. Sabía que aquello estaba mal, que iba a complicarme la vida en muchas maneras. Tendría que ocultarlo de todo el mundo, sobre todo de Maurice, pues no le iba a hacer ninguna gracia… pero a pesar de todo, no dejé de demandar sus labios y de aferrarme a él desesperado.
No podía contener lo que estaba sintiendo, sus besos venían a saciar un hambre represada por mucho tiempo. Un hambre que, en ese momento, era lo único que importaba y que, lejos de disminuir, crecía desmedidamente con cada roce. Parecía que mientras más recibía, más deseaba… ¿Detenerme? Era impensable.
Raffaele comenzó a desatar mi corbata, ¡maldita filigrana que se enredaba en los momentos más inoportunos! Terminamos desasiéndonos de ella entre los dos. Luego, mi casaca, chupa y camisa terminaron decorando el suelo. Cuando llegamos a la cama, me empujó para que me echara de espaldas e intentó quitarme el calzón. Entonces, tuve un momento de lucidez y lo detuve.
—Aún no… —le dije, jadeando—. Tú primero.
Él sonrió y prácticamente se arrancó la ropa sin importar que los botones de su chupa saltaran o que su fina camisa quedara inservible. Mi intento de ganar tiempo quedó frustrado. Tenía miedo y ese miedo estaba empezando a entronizarse sobre la lujuria.
Cuando Raffaele gateó sobre la cama para quedar sobre mí, pude ver en su rostro que él ya se encontraba en algún lugar muy lejano a la cordura. Aquellos ojos, aquella boca, lo único que expresaban era un fiero deseo por devorarme. El miedo se acrecentó y quise pedir que se detuviera. Mis palabras no pudieron formularse porque él volvió a besarme.
Sus labios se hicieron dueños de los míos, una y otra vez, mientras desabrochaba la última pieza de ropa que me quedaba y que yo mismo terminé de quitarme, contagiado de un deseo demente. Cuando estuvimos al fin los dos completamente desnudos, me sentí inseguro, desvalido, sucio. Pero la ardiente sensación que producían sus manos al recorrer mi cuerpo iba borrando todo lo demás y dejándome como un ser sin voluntad.
Entonces, vino el placer más extraño cuando Raffaele rodeó con sus manos mi virilidad terriblemente erecta. Me estremecí con cada movimiento que hacía. Cuando unió su miembro al mío y comenzó a masajear los dos, creí que perdería la razón.
Tristemente, a pesar de este preámbulo, lo que siguió fue una pesadilla. Aquella flama de locura que yo había vislumbrado en la mirada de Raffaele muchas veces, se explayó tomando completo control de él. Dejó de acariciarme, se puso de rodillas y me sujetó del tobillo para levantarlo por encima de su hombro. El gesto fue muy brusco y casi me sacó por completo del éxtasis al que me había llevado.
Sentí que introducía sus dedos húmedos en dónde menos esperaba y, de repente, tuve claro mucho de lo que me había preguntado mientras trataba de imaginar cómo dos hombres podían hacerse el amor. Miedo, curiosidad, fascinación, todo eso sentí en un mismo instante. Luego, sólo pude sentir dolor.
Cuando Raffaele intentó penetrarme, fue una agonía. La intensidad de aquel dolor me pareció inverosímil y muy triste. No era posible que pasáramos del placer a la tortura; yo no quería sentir aquello y mucho menos que Maurice sintiera algo así jamás. Me desesperé al constatar tan trágicamente que no era posible para dos hombres hacerse el amor.
Intenté resistirme, empujé a Raffaele tan fuerte como pude, pero él aprisionó mi cuello con una sola mano y me hundió en la cama. Ahora, apenas lograba respirar. Mis manos asieron su brazo sin lograr moverlo, no sólo porque Raffaele era más fuerte sino porque yo estaba aterrado y él parecía poseído por el mismo demonio.
Ante su despiadada insistencia por abrirse camino dentro de mí, intenté en vano gritar y terminé derramando el más amargo llanto. Él volvió en sí al ver mi rostro desfigurado por el miedo y el dolor. Me liberó enseguida y se alejó suplicando mi perdón.
Dijo muchas cosas, lloró, revisó mi cuerpo para asegurarse de que no me había hecho sangrar y, finalmente, me dejó pasar aquel humillante momento a solas. Yo me quedé encogido en la cama, abrazado a mí mismo, maldiciendo mi suerte hasta que me venció el cansancio.
Desperté poco después, sintiendo todo mi cuerpo helado. Al sentarme, pude ver a Raffaele, todavía desnudo, acurrucado en uno de los sillones, junto a una de las ventanas que estaba abierta. Me recorrió un escalofrío al recordar la muerte de su madre. Me levanté rápidamente para cerrar la ventana.
Volví a la cama y tomé las sábanas para abrigar con ellas a Raffaele. No necesité tocar su cuerpo para saber que el calor se había evaporado de él, parecía un muerto en vida. Su rostro expresaba tal tristeza que dejé a un lado las recriminaciones. Además, yo lo había pedido y él fue claro al advertirme que podía hacerme daño. La pregunta a la que no podía renunciar era: “¿por qué?”
¿Por qué Raffaele se había tornado tan violento en un instante? ¿Por qué el placer fue sustituido por el dolor? Temía que la respuesta fuera que así eran las cosas cuando dos hombres intentaban ser amantes. Los minutos que estuve parado ante él, titubeando si abría la boca o no, me parecieron eternos. Él despertó de su ensimismamiento y habló primero.
—Perdóname, Vassili… no quería hacerte daño…
—Entonces, ¿por qué…?
—Recordé a Miguel…, perdí el control. No es la primera vez que me pasa. Por eso, no quería estar contigo, pero no pude resistirme… Perdóname, por favor…
Se echó a llorar. Yo sabía por experiencia que esto le calmaría, así que lo dejé que derramara toda su pena. Busqué mi camisa para abrigarme con ella cuando caí en la cuenta de que estaba desnudo. Me sentía frustrado y triste, pero Raffaele lucía peor, estaba desesperado.
Me agaché frente a él para que pudiéramos vernos a la cara. Le dije todo lo que se me ocurrió para calmarlo; un vano esfuerzo pues cada palabra parecía hundirlo más. Finalmente, habló.
—Le hice mucho daño a Miguel, aquella noche… Él quería que huyéramos, no soportaba la idea de casarse con su prometida, o verme a mí casado con la mía. Pero yo no quería desafiar a mi padre…, mi pobre padre ha sufrido tanto… Miguel se enfureció, me acusó de cobarde, de no amarlo más de lo que amaba a mi padre y juró que no volvería a verme. Yo me sentía atormentado. Tampoco me gustaba que estuviéramos obligados a casarnos con mujeres que no nos importaban en absoluto, yo deseaba pasar el resto de mi vida con Miguel. Él no hacía más que recriminarme y, cuando vi que pretendía abandonarme, perdí la razón…
Raffaele cubrió su rostro con sus manos mientras gemía lastimosamente. Yo sentía una garra atenazando mis entrañas, empezaba a temer el final de aquella historia.
—¡Vassili, yo lo forcé! —exclamó en un lamento—. ¡Lo forcé mientras me suplicaba que me detuviera! ¡Le quité todo lo que siempre me había dado para demostrarle que era mío! ¡Él luchó y lo herí hasta hacerlo sangrar! ¡Vassili, merezco la muerte! ¡Destruí a la persona que más amo!
Yo le había escuchado sin aliento, experimentando como el tiempo se detenía y nos quedábamos los dos solos en el mundo, rodeados de una obscuridad fría y cruel. Miguel y Raffaele, el odio entre ellos… El amor herido, asesinado por Raffaele en una noche tan horrenda como la que casi terminé viviendo yo.
Y Maurice… ¿Sabía Maurice sobre esto? No lo creí posible porque, por la manera como protegía a Miguel, jamás perdonaría a Raffaele por hacerle daño. O quizá sí.
¿Se podía perdonar algo así? Raffaele había sido claro al decir que no se atrevía a pedir perdón. ¿Y yo? ¿Podía perdonar lo que Raffaele me había hecho? Cuando le vi muriendo ahogado en la culpa y el remordimiento, odiándose a sí mismo más de lo que podría odiarlo yo, me di cuenta de que si no le perdonaba, él iba a desaparecer.
Recordé un día, meses atrás, en mi Villa. Me vi a mí mismo desnudo, desesperado, asqueado de mi propia existencia. Y vi a Maurice abrazarme, recreándome, dándome permiso de existir a pesar de ser un miserable. Raffaele necesitaba lo mismo en aquel momento, pero Maurice no estaba ahí para salvarlo.
Tomé una resolución en ese instante, abracé a aquel pobre hombre, el heredero de los Alençon, mi rival, mi amigo a la fuerza, mi cómplice… Lo abracé y lo perdoné, dándole permiso de existir a pesar de todo lo que había hecho.
—Raffaele, tranquilízate. Encontraremos la manera de que Miguel te perdone. Deja de llorar…
—¡Nunca me perdonará…! ¡No lo merezco!
—El hecho de que esté aquí, significa que aún te ama.
—Vino porque lo obligué, hice que mi padre convenciera al suyo de enviarlo.
—No creo que el Miguel de Meriño que he conocido, sea un hombre al que se pueda obligar a algo. Si vino, fue porque quiso; él debe amarte aún.
—¿De verdad lo crees?
Pensé por un momento. ¿Podía realmente afirmar semejante cosa? Miguel lo único que había mostrado hacia Raffaele era odio, un odio visceral y casi asesino. Cabía la posibilidad que hubiera venido a Francia con la intención de vengarse, o simplemente por estar con Maurice. Miré el rostro lleno de angustia de Raffaele, el pobre hombre estaba en el fondo de un abismo.
—Creo que necesitas aferrarte a esa esperanza para sobrevivir —le dije, armándome de valor—. También creo que si yo soy capaz de perdonarte, él también lo hará. Aunque costará más, porque no hay comparación entre tu torpeza de esta noche y la crueldad que tuviste con él.
—Vassili… gracias.
Se abrazó a mí como quien se aferra a una última y fortuita posibilidad de vida. Lo convencí de volver a la cama. Cuando se tendió a mi lado, lo abracé de nuevo. Quise sostenerlo entre mis brazos como Maurice lo hizo conmigo, amparándolo del frío y la oscuridad, del dolor y la desesperación. Anhelando un amanecer radiante para él, como el que Maurice trajo a mi vida.
Desperté unas horas después, la mañana empezaba a dar las primeras luces. Vi a Raffaele sentado a mi lado, con la mirada fija en las ventanas, pero su rostro ya no era el de un hombre desgraciado. Me dio los buenos días con una expresión llena de gratitud. Le pregunté si se sentía mejor y asintió con algo de vergüenza. Luego, se deshizo en agradecimientos para terminar haciéndome una galante oferta.
—Permíteme resarcir la terrible experiencia que te he hecho pasar. Mañana en la noche te llevaré con Sora; él seguramente te hará sentir todo el placer que deseas y mereces.
—¿Sora?
—Es el joven del prostíbulo que te comenté. Ese es su nombre, me ha dicho que en su idioma significa Cielo.
—¿Un extranjero? —No pude evitar fruncir la nariz con desagrado.
—Ya te he dicho que te dejes de remilgos. Sora es un maestro en el arte del placer. Estoy seguro de que en sus brazos podrás sentirte mejor.
—No lo sé, no quiero volver a pasar por…
—Y no lo harás, te lo aseguro. Lo de esta noche ha sido una imperdonable torpeza mía…
—Deja de hablar de cosas imperdonables y sigamos durmiendo…
—Debes volver a tu habitación o nos van a descubrir.
Asentí y me levanté en el acto para vestirme. Él me sujetó del brazo para detenerme y decir con un tono que me conmovió.
—Perdóname por todo, Vassili, y gracias por escucharme…
—No lo menciones. Aunque bien puedo pedirte algo a cambio.
Me incliné y lo besé, un beso tan intenso como los primeros que nos dimos esa noche.
—¡Ah, maldito!, mira cómo me has vuelto a poner… —dijo, señalando lo que se le abultaba bajo las sábanas.
—Es tu castigo… —bromeé y me vestí, dándole la espalda para que no viera el efecto que también había tenido en mí aquel beso.
Ninguno de los dos insistió en continuar; la experiencia anterior había sido más que suficiente para saber que no iba a terminar bien. Lo único que me quedaba por hacer era marcharme a mi habitación y esperar a que llegara de nuevo la noche, trayendo al fin lo que yo tanto deseaba.
Por otro lado, conocer todo el dolor que escondía tras su sonrisa Raffaele, hizo surgir una compasión que se sobrepuso a todo lo que él había despertado en mí desde que le conocí. Aunque siempre estuve celoso de su relación con Maurice, a partir de entonces fui más tolerante con él.
También, desde esa noche, no pude dejar de mirarlo con lascivia. En toda mi vida, no he tenido una relación más ambigua que la que experimenté con él. Ninguno de los dos quería amor del otro, bien sabíamos lo complicado y doloroso que podía ser este sentimiento, por eso era fácil estar juntos.
Raffaele, desde ese día, en lugar de un amigo o un amante, fue un cómplice. Alguien que comprendía el tormento que significaba amar a Maurice y con quién podía encontrar alivio. Mientras que él hallaba en mí alguien que le consolaba del agotador trance de amar a Miguel. Mas, aún no llega la hora de hablar sobre eso. Falta contar el gran cambio que se daría en mí, una vez que conociera a Sora, si es que encuentro las palabras para describir lo que para mí resultó inefable.

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