XII El Fin de la Ceguera


Estaba tan conmocionado por mi conversación con Maurice que no quise unirme al juego de cartas al que nos invitó Raffaele. Me escabullí para buscar al jardinero. Lo encontré en el invernadero cuando se preparaba para descorchar una botella.
— ¡El viejo duque trató de matar a Maurice! —le espeté sin miramientos.
— ¡Ah! ¡Estoy viejo para esos sustos, Monsieur! Casi suelto la botella.
—Maurice me contó todo, su abuelo trató de ahogarlo. Yo estaba en lo cierto cuando presentí que las fuentes habían sido eliminadas por su causa.
—Porque usted es muy sabio, Monsieur.
— ¿Qué clase de persona era el viejo duque? ¿Cómo pudo hacerle semejante cosa a un niño?
—Venga, siéntese y beba un poco de vino —dijo mostrándome un taburete de madera—.Parece que se le ha helado la sangre, Monsieur.

—Estoy impresionado, por supuesto. Pero no bebo, gracias.
—Sólo un trago para que recupere el color —Me tendió el vaso, probé para no desairarlo. Era un vino muy fuerte, nunca había probado algo así, comencé a toser.
—Lo siento Monsieur, parece que su fino paladar no está acostumbrado al vino barato.
—Eso es obvio.
—Si mi benefactor hubiera sido más generoso, le habría podido ofrecer algo más digno —Guiñó un ojo mientras mostraba su pícara sonrisa.
—Si no hubiera contado las cosas a medias quizá me habría animado a darle el doble
—Me arriesgué mucho al hablarle. —Se acomodó en otro taburete frente a mí—. Los Alençon son una familia complicada, quieren aparentar ser perfectos pero varios de sus ilustres miembros merecían ser atados y encerrados.
— ¿El viejo duque estaba loco?
—Lo suyo era algo más que locura, era maldad. Fue el hombre más vil y miserable que ha respirado en esta tierra, incluso el mismo diablo no lo quiso en el infierno y por eso está todavía rondando el palacio. ¿No lo ha escuchado por las noches? Muchos dicen que sigue rasgando las paredes como si continuara en agonía. Sentí que un manto helado me cubría el cuerpo. El tenebroso sonido que había escuchado en la noche volvió a reproducirse en mi memoria.
—¿Dice usted rasguños en la pared?
—Así es. Cuando el viejo duque murió, nadie se enteró hasta que lo encontraron varias horas después ahogado en su propio vómito. Debió intentar en vano pedir ayuda porque rasgó las paredes y la puerta de su habitación hasta quedarse sin uñas.
— ¡Eso es espantoso!
—Fue menos de lo que merecía, se lo aseguro. Y permítame decirle que él no es el único fantasma que habita este palacio. La vieja duquesa suele gritar por las noches y a la joven duquesa la han visto correr por los pasillos como lo hizo antes de morir.
— ¿Se está burlando de mí?
—Se lo digo muy en serio, incluso he visto a la Parca venir de visita.
— ¿Quién?
—La mismísima muerte. Viene algunas noches en su lúgubre carruaje, vestida de negro de pies a cabeza, con los largos cabellos al viento y el rostro pálido como la luna llena. Siempre se marcha antes del amanecer. —No puedo creer nada de lo que dice.
—Esta familia está maldita por todas las cosas terribles que hizo el viejo duque, así que no es extraño que la muerte venga en persona a visitarlos. De hecho, hace poco estuvo aquí. Precisamente cuando el pequeño Maurice estaba en cama. Gracias a Dios se marchó de inmediato, hicieron bien en no dejarlo solo durante la noche.
—Escuche, hay cosas con las que no se juega. —Me levanté y sujeté su brazo con fuerza.
—No estoy jugando, se lo juro por mi vida. Este palacio tiene sus propios demonios y todo los ha creado el viejo duque.
— ¡Usted no es más que un loco!
—Permítame explicarle todo mejor. Y le recuerdo que mis huesos son viejos y se pueden romper.
Lo solté avergonzado por haber perdido el control. En cuanto sugirió que la muerte estaba tras Maurice, olvidé la poca lógica de sus palabras y quise machacarlo. Volvimos a sentarnos, llenó mi vaso con aquel horrendo vino y esta vez lo bebí de un sorbo. Lo necesitaba.
Comenzó a contarme la turbia historia del Duque Serge de Alençon y su esposa. Según dijo, Madame Estelle era una mujer extremadamente bella, elegante y digna. Al principio, la relación entre los dos fue buena pero, después que nació Madame Pauline, la tercera hija, el duque se encolerizó porque deseaba un heredero varón.
Luego Madame Estelle tuvo varios embarazos fallidos y su esposo ya no se limitó a afligirla con palabras llenas de desprecio sino que llegó a golpearla. No contento con esto, instaló en el palacio a una de sus amantes. La vieja duquesa fue volviéndose irascible y el duque amenazó con encerrarla en un convento.
Entonces intervino la familia de la duquesa, le recordó a su marido que dependía de la dote que ellos habían aportado para mantener su nivel de vida, pues él ya había despilfarrado su propia fortuna. Al temible Duque de Alençon no le quedó más remedio que echar a su amante y jurar que jamás volvería a ponerle una mano encima a Madame Estelle.
La armonía del matrimonio no se restauró ni con el nacimiento de Philippe, el ansiado hijo varón. La duquesa seguía teniendo ataques de cólera, volviéndose cada día más incontrolable. Llegó al extremo de recorrer el palacio vestida con su camisón de dormir y los cabellos despeinados maldiciendo a todos, sobre todo a sus hijas.
Madame Séverine, quien ya había ingresado en el convento, regresó al palacio para cuidar de sus hermanos tomando las riendas de la familia. Supo controlar a su madre y llegó a moderar a su padre, aunque éste continuó teniendo numerosas amantes. Cuando la duquesa dio a luz su quinto hijo, una hermosa niña pelirroja, estaba tan débil que cayó en cama y murió al año siguiente.
—Todavía se la puede escuchar gritando algunas noches —dijo Pierre para terminar su relato—. Hay quien piensa que también es el espectro que corre por los pasillos del ala oeste durante las noches de luna llena, pero yo estoy seguro de que se trata de la joven duquesa, la esposa de Monsieur Philippe.
— ¿La madre de Raffaele?
—Sí, ella también murió en este palacio de una manera espantosa.
—Monsieur Du Croisés… —escuchamos llamar a nuestras espaldas y tanto Pierre como yo saltamos de nuestros asientos sin poder reprimir un grito de espanto. Cuando nos recuperamos de la sorpresa, vimos a Asmun en la puerta del invernadero.
— ¿Qué sucede? —pregunté avergonzado de mi propia cobardía.
—Monsieur de Alençon y sus primos desean verle.
—Gracias, diles que iré enseguida.
—Lo esperaré para iluminar su camino, ya está obscureciendo —agregó mostrando el quinqué que traía en su mano antes de salir del invernadero.
— ¡Es verdad! —exclamó el viejo Pierre mientras ponía en orden sus cosas—.Es mejor recogerse temprano por si viene la Parca esta noche.

— ¡Ya deje de decir esas cosas! —le regañé.
—Lo siento, lo siento. Por cierto, me sorprende ver que el salvaje sabe hablar muy bien nuestro idioma.
—Por supuesto que lo sabe, es un muchacho muy bien educado, no es un salvaje.
—Agnes dijo que era un salvaje y que nos mantuviéramos alejados de él.
—Ya ve que es mentira. No entiendo por qué les dijo semejante cosa.
—Seguramente no le agrada por ser extranjero. Ella es bastante implacable cuando se ensaña con alguien; a mí, por ejemplo, no me deja poner un pie dentro del palacio.

—La próxima vez que venga a visitarle, traeré Asmun conmigo para que se conozcan.
— ¡Entonces hará falta más vino!
Su ocurrencia me hizo reír por lo que le obsequié todas las monedas que encontré en mis bolsillos. Pude escuchar su risa confundirse con el repiqueteó metálico mientras salía del invernadero.
Cuando llegué al salón donde me esperaban, Asmun comentó que me había encontrado bebiendo con el jardinero. Maurice me dedicó una mirada llena de desconcierto, Raffaele comenzó acusarme de haber vuelto a mis malos hábitos y Miguel me regaló un gesto severo. Tuve que asegurarles que estaba más interesado en las historias del viejo Pierre que en sus botellas. Entonces se burlaron de mí por creer en cuentos de fantasmas.
No me atreví a mencionar muchas de las cosas que había contado Pierre para evitar evocarles malos recuerdo, prefería verles reírse a mis expensas. Sus rostros sonrientes eran un gran deleite. Además, no era común ver a Miguel de buen humor cuando Raffaele estaba presente.
La armonía no duró mucho. Pronto los dos primos volvieron a su tirantez acostumbrada y la partida de cartas fue un ir y venir de insultos en español. Maurice y yo tuvimos que empeñar todo nuestro talento en evitar que los otros dos llegaran a los puños. Terminé tan agotado que, pese a las historias sobre rasguños fantasmales, dormí toda la noche sin enterarme de nada a mí alrededor. El resto de la semana Miguel continuó exhibiendo un humor pendenciero y Raffaele no mostraba ninguna disposición para soportar sus ataques en silencio. Para colmo el joven español comenzó a ser extremadamente amable conmigo haciéndome acreedor de la antipatía de su primo, quien volvió a tratarme como al peor de sus amigos. Incluso llegó obsequiarme una mirada rebosante de odio.
Por supuesto que esto no me hacía sentir cómodo, casi prefería tener a Miguel de enemigo que soportar la aversión de Raffaele. Cambié de opinión cuando conocí a Miguel un poco más. Me di cuenta que era mejor no invocar su ira, una ira que manifestaba ante la más pequeña contrariedad. Se ensañaba con la servidumbre a la que trataba como todo un déspota, especialmente se ensañaba con el sirviente que había traído de España, un joven que nunca levantaba la cabeza y que apenas sabía pronunciar algunas palabras en francés.
Maurice asumía la tarea de contener a sus primos, lo cual era semejante a querer controlar dos bestias salvajes o evitar que la pólvora y el fuego tengan su reacción natural al juntarse. Yo deseaba marcharme a mi Villa con él y dejar a los otros dos destrozarse el uno al otro si les daba la gana. 
Por fortuna, Miguel y Raffaele nos dieron un día libre: el primero quiso pasar un tiempo con su madre y su hermana y el segundo se marchó de cacería con el Rey. Quizá ellos mismos estaban agotados de sus constantes enfrentamientos. Está de más decir que me sentí agradecido.
Después del desayuno pensé que Maurice iba a enfrascarse en la traducción del Nuevo Testamento del griego al guaraní que llevaba entre manos. Desde que Joseph le devolvió sus baúles llenos de libros peligrosos, tomó la costumbre de trabajar en su habitación secreta desde temprano, hasta que sus primos se levantaban cerca del mediodía y empezaban sus batallas.
Yo tenía entrada libre en su refugio e incluso le ayudaba algunas veces gracias a mi excelente dominio del griego clásico. Me agradaba saber que ninguno de sus primos podía echarle una mano en este aspecto, me hacía sentir que al menos les aventajaba en algo. Ellos le conocían desde niño y algunas veces, cuando los tres hablaban de su pasado común, me hacían sentir que nunca podría llegar a ser tan cercano para Maurice como ellos lo eran. 
Felizmente en aquella mañana radiante Maurice no tenía intención de sentarse ante un montón de papeles y propuso salir a cabalgar.
— ¿Está seguro de que puedes?—le dije—. Hace poco estabas en cama.
—Ahora me encuentro perfectamente. Además, si no tomó algo de aire fresco probablemente terminaré ahorcando a mis primos durante la próxima discusión estúpida que tengan.
—Me gustaría ayudarte en esa tarea.
—Prefiero que disfrutemos de un buen paseo para relajarnos.
No me hice de rogar, así que terminé recorriendo los bosques pertenecientes a los Alençon en la mejor compañía. Mi amigo deseaba llegar hasta cierto lago que recordaba haber visitado con su padre y su tío cuando era niño. Tuvimos que volver sobre nuestros pasos varias veces hasta que lo encontramos al fin. Se trataba de un lugar extraordinario: el hermoso y amplio lago tenía el cielo en sus aguas, el viento fresco y alegre agitaba con gracia las ramas de los árboles y el verdor que nos rodeaba rebosaba vitalidad ¡Era como presenciar la sinfonía de la vida! Al contemplar a Maurice tan maravillado como yo, me sentí feliz de haber nacido.
—Mi padre y mi tío me enseñaron a nadar en este lago. Incluso me dejaban jugar con mis barcos aquí. Este lugar está lleno de buenos recuerdos, por eso quería compartirlo contigo.
—No sé qué decir... —Me sentí conmovido y halagado—. ¡Gracias!
— ¡Vamos a nadar! —fue su insólita invitación.
— ¿Qué has dicho?
—Nademos un rato, será divertido—Ató las riendas de su caballo a un árbol y empezó a quitarse la ropa. Le seguí el paso hasta que vi que pensaba desnudarse completamente y de nuevo fui presa de sensaciones incontrolables.
—No te quedes ahí parado, desvístete rápido —insistió mientras dejaba su ropa organizada en las ramas de un arbusto
— ¿Piensas nadar desnudo?
—Por supuesto, la ropa estorba para nadar. —Corrió hacia el agua dando gritos de celebración. Por un momento comprendí por qué le llamaban “niño salvaje”.
Terminé de atar las riendas de mi caballo y me quedé mirando a Maurice mientras jugaba con el agua. Era simplemente delicioso. Provocaba en mí un irrefrenable deseo de abrazarlo y de algo más que no me atrevía a dejar que se formulara en mi cabeza. No podía creer que me invadiera tal pasión ante un hombre, pero efectivamente me sentía atraído por él. La prueba la tenía palpable y delatadora en la incontrolable reacción que se despertaba en mi cuerpo.
Recordé las palabras de Raffaele. Por supuesto que yo sabía que Maurice era un hombre. Sin embargo, eso no detenía mi ansia por besarlo, por sentir que nuestros cuerpos se fundían y experimentar con él las mismas sensaciones que con Jeanne, mi sirvienta. No, esto era más que la lujuria que aquella mujer despertó en mí durante mis borracheras. Lo que sentía por Maurice era más violento, más intenso… ¿Qué me estaba pasando?
— ¿Qué te ocurre Vassili? —dijo mi amigo saliendo del agua. Su oportuna pregunta me sorprendió y retrocedí unos pasos—. ¿Vas a quedarte ahí parado todo el día?
Le vi ante mí completamente desnudo, empapado, con hilos de agua cayendo de sus rojos mechones. Su cuerpo no era el de un enclenque, como había sugerido Raffaele al llamarle “flacucho”. Era delgado y fibroso, con piernas fuertes, brazos torneados y un abdomen que carecía de flacidez. No había duda de que, aunque de corta estatura, Maurice era un hombre capaz de soportar la dureza de la misión en el Paraguay. Al contrario de muchos nobles que se entregaban al ocio, mi amigo siempre había sido muy diligente y se había ejercitado en la equitación, la esgrima y la cacería desde niño. Para mí era perfecto, hermoso, inmaculado y tentador. Sobre todo esto último.
Como insistía en su interrogatorio, tuve que dejar a regañadientes mi contemplación para encontrar una respuesta que me librara de mostrar lo que su desnudez provocaba en mi entrepierna.
—No sé nadar muy bien, prefiero quedarme aquí y disfrutar del paisaje. —Me esforcé para no quedarme mirando fijamente su virilidad. Él ni siquiera se inmutó por estar ante mi tal y como Dios lo trajo al mundo.
— ¡Qué tontería! Cerca de la orilla el lago no es tan profundo. Incluso puedo enseñarse a nadar, sé hacerlo perfectamente.
Seguí inventando malas excusas y él terminó mirándome con sospecha.
— ¿Es porque no quieres desnudarte? —Enrojecí hasta la raíz del cabello—. ¡Ah! Debí suponerlo: Monsieur jansenista tiene la cabeza llena de telarañas. Seguramente eras de esos sacerdotes que no se atreven a mirarse desnudos en el espejo. —Se burló de tal manera que llegué a pensar que en el fondo compartía el horrendo sentido del humor de Raffaele.
Por supuesto que tenía razón sobre mi educación jansenista. Me habían formado con toda clase de prejuicios sobre la carne. Consideraba mi cuerpo una fuente de tentaciones que había que mortificar para evitar la concupiscencia. Las sensaciones que surgían de la nada eran insinuaciones del diablo. Desde mi adolescencia solía disciplinarme a latigazos cuando tenía ciertos sueños embarazosos, y usaba un cilicio para mortificar y dominar mi cuerpo. Estas prácticas resultaban simples incomodidades que aceptaba gustoso para librarme de mis escrúpulos. También hacían que me sintiera orgulloso de mí mismo y moralmente superior a los demás, a todos esos pobres pecadores que vivían empantanados en un mundo lleno de lujuria y perdición.
Ese era yo antes de que muriera mi madre y descubriera mi verdadero rostro: un hipócrita que no amaba nadie más que a sí mismo. Incluso mi relación con Dios era falsa pues le temía y le utilizaba, sin ningún sentimiento filial hacia él. ¿Y Jesucristo? Era mi torturador, aquel que había venido a marcarnos la senda de la Cruz como única salvación.
Mi fe y la de Maurice eran diferentes desde antes de que yo perdiera la mía. Yo era el obrero asalariado que soportaba los trabajos de este mundo por una recompensa eterna; mi amigo era el hijo que disfrutaba vivir y trabajar en la viña de su padre sólo porque le amaba y se sentía amado. De ahí que no tuviera ningún temor hacia la concupiscencia y estuviera desnudo ante mí sin ningún tabú.
¿O era acaso que no era capaz de sentir nada de lo que yo estaba sintiendo? ¿Lo suyo era inocencia o indiferencia? Si me desnudaba ante él ¿se sentiría turbado, atraído o incomodo? Ya me había cambiado de ropa en su presencia y no mostró ninguna reacción. Pronto esta situación iba a ser un verdadero tormento, esa mirada limpia que posaba siempre sobre mí me iba a resultar insoportable, porque anhelaba ser deseado con la misma intensidad con que yo le deseaba a él.
— ¡Que tonto eres Vassili! ¿Piensas que exponerte al sol es pecado?
—No se trata de eso, me importa poco la religión ahora.
— ¿En serio? Porque yo veo a un remilgado jansenista ante mí en este momento. En fin, si no quieres desnudarte, no lo hagas; quédate con toda tu ropa si te parece, pero ven a nadar.
—Prefiero quedarme sentado y descansar.
—Qué aburrido resultas a veces Vassili.
—Me disculpo por eso —No disimulé que me había ofendido con su comentario y le brinde todo mi sarcasmo—.Quizás debiste invitar a Raffaele y a Miguel…
—Ni hablar. Jamás le daría oportunidad a Raffaele de empezar con alguno de sus molestos juegos. Y, en cuanto a Miguel, está muy raro, no se quita nunca los guantes ni siquiera me deja verle en camisón, a pesar de que solíamos dormir juntos cuando éramos niños.
—Entonces no soy el único mojigato que conoces, pero seguramente de Miguel no te has burlado con tanta saña.
—No te disgustes conmigo —Me abrazó...
¡Me abrazó! Desnudo como estaba, me abrazó buscando que lo disculpara. El corazón me dio un vuelco y estuve a punto de rechazarlo pero no me lo permitió, se aferró a mí con más fuerza.
—Me... me estas empapando...—dije para que me soltara
— ¿Me perdonas eso también?
—Por supuesto que te perdono. Sólo vete a nadar de una vez.
—Parece que te ofendes por mi falta de recato —se burló.
—Es que te puedes resfriar…
—Buena excusa. Reconoce que te escandalizo un poco —A leguas se veía que se estaba divirtiendo.
—No, no me escandalizas pero sí me intrigas. ¿Acaso a los jesuitas no les enseñan a tener decoro?
—Por supuesto que sí. Sin embargo, también nos educan para no ser escrupulosos. El padre Petisco me enseñó a no llamar pecado a lo que no lo era. Nuestro cuerpo es obra de Dios, Vassili, no puede haber nada malo en él. En el Paraguay vi esto claramente en la dignidad de los guaraníes, quienes apenas cubrían algunas partes de su cuerpo. Me di cuenta que todo depende de nuestros ojos como dice el evangelio. Uno mira una mujer con ojos de lujuria por lo que tiene dentro de sí mismo y no porque el cuerpo de la mujer sea pecaminoso.
Maurice empezó explicarme lo que pensaba respecto a la relación entre el alma y cuerpo. Para él el cuerpo no era malo y el espíritu bueno, sino que el ser humano era un todo y por tanto su carne y su espíritu tenían que ser buenos ya que Dios no podía crear nada malo, sucio o pecaminoso. Tener miedo de lo que podíamos sentir, negar nuestra sensualidad era acusar a Dios de haber hecho mal su trabajo.
Yo lo escuché tratando de mirarle lo menos posible y, cuando al fin se alejó para nadar, respiré aliviado. Quise decirle la verdad, que mi negativa no se debía a escrúpulos religiosos sino a que no quería que viera mi virilidad completamente erecta por su causa. ¿Cómo iba explicarle que al verle desnudo había sentido lujuria? Eso jamás. Prefería que me tomara por un melindroso.
Ahora bien, tenía que encontrar una explicación para mi estado. ¿Por qué Maurice despertaba tales reacciones en mí? Estuve cavilando hasta llegar a la conclusión de que debía ser una casualidad, que mis reacciones posiblemente eran accidentales y no debía gastar mi tiempo analizándolas. Me convencí de relativizar el asunto, como había hecho unos días atrás, cuando sentí el impulso de besarlo. Simplemente debía esperar a que mi dolorosa rigidez pasara.
De pronto me di cuenta de que Maurice no estaba por ningún lado. Lo había visto nadar hacia el centro del lago, luego lo vi ir de un lado a otro, finalmente me distraje y ahora no estaba. En mi mente se formaron las imágenes más terribles. Él apenas estaba recuperándose y podía haberse quedado sin fuerzas mientras nadaba o alguna corriente engañosa lo había arrastrado. No esperé un segundo y me lancé al agua llamándole a gritos.
La posibilidad de que Maurice muriera provocaba tal desesperación en mí que las lágrimas empezaron a brotar como un torrente incontenible. Mi voz se fue volviendo un lamento desgarrado y las fuerzas me abandonaron mientras corría hacia lo profundo, cuando el agua ya me llegaba al pecho recordé que apenas sabía nadar, no me importó, seguí adelante llamándolo.
Sentí sus manos sujetándome del antebrazo y giré para encontrarlo mirándome preocupado.
— ¿Qué pasa, Vassili?
Lo abracé en el acto. Maurice esperó a que me calmara, me tomó de la mano y comenzó a guiarme hacia la orilla.
— ¿En qué estabas pensando corriendo hacia lo profundo de esa forma? —se escuchaba furioso. —Creí que te habías ahogado —murmuré como un niño.
—Te dije que nado muy bien, puedo llegar al fondo del lago sin problema. —Pero estás débil…
—No es cierto, me encuentro bien. Y de todas formas, si lo que pretendías era ayudarme, debo decirte que ha sido un rescate bastante torpe. 
—Lo siento.
—Hoy no pareces tú mismo. ¿Por qué lloras otra vez? —dijo con tono autoritario cuando se volvió para mirarme.
—La sola idea de que pudieras morir… —No pude hablar más, sujeté firmemente la mano de Maurice y lo atraje con tanta fuerza que terminó estrellándose contra mí.
Los dos perdimos el equilibrio. Estábamos cerca de la orilla pero igual quedamos sumergidos bajo el agua. Nos enredamos tratando de levantarnos para respirar, yo no hacía más que pensar en que nuestros cuerpos estaban rozándose. Cuando logramos sacar las cabezas del agua, quedamos de rodillas uno frente al otro, respirando agitadamente. El rostro de Maurice ahora reflejaba fiereza.
— ¿Qué te pasa, Vassili?¡Si quieres ahogarte, hazlo solo!
Bajé la cabeza, el agua me llegaba al pecho y pude ver el reflejo de mi rostro, mi expresión no podía ser más desesperada.
—No es eso. Tuve tanto miedo cuando no te vi…¡Me aterra que mueras Maurice!
Maurice me taladró con sus bellos ojos dorados por un momento, luego lanzó un suspiro cansado, se levantó y se encaminó a la orilla. Yo le seguí cuando recuperé la compostura. Mi amigo me esperaba ya medio vestido.
—Siéntate y escúchame —ordenó. Obedecí en el acto, él se sentó a mi lado con la vista puesta en el lago—. Algún día voy a morir Vassili, es algo inevitable. Si piensas estar perdiendo el tiempo lamentando lo único que es invariable en nuestra existencia, perderás la oportunidad de vivir. Ahora mismo podríamos estar disfrutando de este hermoso lugar y de este raro tiempo a solas, pero tú prefieres llenarte de temores y lamentaciones.
—No sé qué haré si mueres...
—Ya deja de decir tonterías, estoy bien.
—Lamento haber arruinado el paseo, Maurice—No pude reprimir las lágrimas de nuevo, oculté el rostro entre mis manos.
—No te preocupes por eso Vassili, por favor cálmate —su voz se dulcificó—. No me gusta verte llorar.
Siguió animándome y mientras más lo hacía, más caía yo en la cuenta de lo mucho que adoraba escucharle. De lo importante que resultaba cada palabra que pronunciaba. De lo esencial que él era para mí. No había duda de que aquel día en que Maurice me abrazó en mi Villa, cuando yo no era más que un alcohólico avergonzado de su propia existencia, quedé prendado de él.
El tiempo compartido sólo había servido para profundizar nuestro lazo. Ahora no podía concebir mi vida sin compartirla con él. Por esto, si moría, el universo quedaría sin razón de ser. Mis sentimientos por Maurice ya eran algo inconmensurable. No tenía manera de definirlos o represarlos. Eran capaces de hacerme dejar a un lado mi propia vida, como lo había hecho al meterme al lago. Sentí miedo, no sólo de perder a Maurice sino de lo que sentía por él y mi llanto se hizo más violento. 
—Perdóname, por haberte asustado —suplicó mientras me abrazaba—. No debí sumergirme sin avisarte. He sido inconsciente. ¡No llores! Me parte el corazón verte llorar…
Saber que le hacía sufrir me obligó a serenarme. Entonces fui yo quien se disculpó por haberme comportado como un tonto.
—Estás empapado —dijo al final—. Volvamos al palacio
Maurice estaba siendo tan condescendiente que me hacía sentir culpable. Para colmo, por la noche tuvo algo de fiebre. Insistí en llamar al doctor pero él aseguró que con acostarse temprano tendría suficiente para recuperarse.
Cuando sugerí que me quedaría a cuidarle por la noche, me echó de su habitación asegurando que estaba perfectamente. Además, yo ya había estornudado un par de veces.
—Preocúpate por ti mismo —me regañó—. Vete a dormir de inmediato —Cerró su puerta en mi cara. Ese día agoté su paciencia.
Obviamente yo no estaba de ánimo para dormir. Caminé preocupado recorriendo mi habitación de extremo a extremo. Por mi mente desfilaron las escenas de la mañana junto con las historias de Pierre, el jardinero. En especial la imagen de la Parca deteniéndose en el palacio para hacernos una visita.
Comencé a discutir conmigo mismo tratando de convencerme de lo absurdo que resultaba todo aquello. El ruido de unos rasguños hizo que me detuviera en el acto. Presa del miedo me obligue acercarme la puerta para escuchar, no había duda algo estaba arañando la madera. Pensé en Maurice, en su abuelo levantándose de la tumba para terminar lo que comenzó años atrás, en la muerte... Abrí la puerta dispuesto enfrentar al mismo diablo si era necesario. Lo que encontré fue a Raffaele de rodillas ante la puerta de su habitación, tratando de abrirla con un cuchillo. Asmun le iluminaba su fechoría con un quinqué.
— ¿Qué haces? —pregunté sin dar crédito lo que veía.
—Perdí mi llave y Agnes ya se ha ido a dormir. La vieja bruja debe esconderse las llaves entre las tetas porque no encontramos las copias.
— ¿Tu maestro no te enseñó a abrir puertas como a Maurice?
—Sí que lo hizo. Pero se ve que no puse suficiente atención.
—Y yo que me preguntaba para qué les había enseñado semejante arte. Ahora veo que es para cuando estuvieras tan borracho que no eres capaz de abrir tu propia habitación.
—No estoy borracho. Y ya que estás tan amigable pasaré la noche contigo—Haciéndome un lado entró a mi habitación.
— ¿Puedo protestar?
—Estás en mi casa, recuerdas. Siéntate y bebe conmigo—dijo descorchando la botella con los dientes y ofreciéndomela.
—No bebo...
—¿Bebes con el jardinero pero no conmigo? ¡Qué pocos modales tienes!
— ¡No estoy de humor para soportarte! —Le rebaté la botella y debí un buen trago. Era un vino excelente. Raffaele acercó dos sillones, los colocó uno frente al otro y ocupó uno con indolencia.
—Yo tampoco estoy de buen humor —dijo—. La cacería me aburrió. Como siempre el rey se lleva todas las presas. Ese viejo es un cazador experto.
— ¿Quiere que vuelva a intentar encontrar la llave? —preguntó Asmun.
—Olvídalo, busca a un cerrajero mañana y asunto arreglado. Puedes irte a dormir —el muchacho se despidió con una reverencia y nos dejó solos.
—Podrías pedirle a Maurice que abra la puerta —sugerí a Raffaele mientras le devolvía su botella. Luego tomé asiento frente a él.
—Cierto. Mi pequeño primo es todo un experto violando cerraduras.
Raffaele empezó a hablar sobre su infancia y la razón que tuvo el padre Petisco para enseñarles un arte más propio de ladrones que de caballeros.
—Tía Thérese y tía Pauline tomaron la costumbre de castigarnos encerrándonos en nuestra habitación por cualquier tontería. Maurice y yo escapamos por la ventana una vez y el buen cura, temiendo que nos partiéramos la cabeza algún día, nos enseñó una técnica para abrir cualquier cerradura. Desde entonces, mientras las dos hurracas creían que estábamos llorando nuestra mala suerte, nosotros podíamos ir a jugar donde se nos antojara para luego volver sin que ellas se dieran cuenta
—Cada día me sorprendo más de ese padre y de tus tías.
—El padre era un buen tipo y mis tías han sido unas terribles desde que las recuerdo. La única adorable era mi tía Petite, todavía me duele que haya muerto tan joven.
Seguimos hablando un poco más de las Ninfas de Alençon hasta que a Raffaele se le agotaron las anécdotas. Entonces tuve la ocurrencia de preguntarle por la razón de la animadversión que había mostrado hacia mí en los últimos días.
—Ha sido por envidia —respondió con plena sinceridad—, porque puedes disfrutar de la amabilidad de Miguel mientras que yo recibo su desprecio.
—Quizá si fueras más amable con él.
—Lo intento, pero él sabe sacar a relucirlo peor de mí.
— ¿Alguna vez se llevaron bien?
—Claro que sí, desde niños. Hasta que yo arruiné nuestra relación. Ahora ni siquiera me atrevo a pedirle perdón.
—Qué tontería. Resuelva de una vez su disputa y así podremos tener paz en esta casa.
—No es tan sencillo.
— ¿Por qué no?
—Porque Miguel y yo fuimos amantes… y le hice mucho daño
— ¿Amantes? ¿De qué habla?
—No te sorprendas tanto. Es fácil enamorarse de Miguel. Además de ser muy hermoso, también es la criatura más encantadora del mundo, siempre me ha enternecido. Si bien ahora únicamente muestra sus espinas por mi culpa…
— ¿Qué necedad dice? Dos hombres no pueden ser amantes.
— ¿No escuchó hablar acerca de Felipe de Orleans[1] y sus favoritos?
—Por supuesto y siempre me pareció despreciable.
— ¡¿Despreciable?!
—¿Qué otra cosa se puede decir de semejante situación? Dos hombres no pueden ser amantes. Eso va contra la naturaleza, contra la moral. Por no mencionar que es un pecado.
—¡Eres un hipócrita!—afirmó con desprecio—. ¿Cómo puedes decir algo así cuando tú mismo estás enamorado de Maurice?
— ¡Estás loco!—Me levanté furioso—.¡Yo jamás...!
— ¡No te atrevas a negarlo! Es tan evidente que me sorprende que Maurice no lo haya notado. —Estás borracho. Es mejor que te vayas.
—Mi habitación está cerrada así que vas a tener que aguantarme aquí —dijo ladeándose y subiendo las piernas sobre los brazos del sofá, derrochando impertinencia
—¡No pienso tolerar tus insensateces! Termina de beber tu botella en silencio o lárgate.
—Que decepción, Vassili. Pensé que éramos compañeros de pena porque los dos estamos enamorados y no somos correspondidos.
— ¡Basta! Dos hombres no pueden ser amantes.
—Claro que pueden. Miguel y yo lo fuimos por años. Si quieres saber cómo nos las arreglamos para hacernos el amor, puedo mostrártelo cuando quieras —agregó con tono seductor.
—¡Estás loco!
—No te culpo por negarlo. Amar a otro hombre es un calvario: Saber que no puedes pedir su mano, soportar que tu propio padre se ponga en contra y te prohíba sentir lo que sientes. Ver a tu amado contraer matrimonio con una mujer para engendrar hijos, para hacer la vida que debe y no la que quiere… ¡Es un infierno! Sobre todo escuchar llamar pecado a tu sentimiento más sublime… ¡Ah, todavía duele!
—¡Lo niego porque no es cierto que esté enamorado de Maurice!
— ¿Entonces por qué le miras como si quisieras devorarlo?
—¡Cállate! ¡Eso no es cierto!—grité. Lo levanté de la silla sujetándolo del brazo y lo sacudí.
—Mejor deja de gritar, vas a despertar a todos —Raffaele mantuvo una fría calma y me miró como si estuviera leyendo mi alma.

—No estoy enamorado de Maurice... —gemí derrotado.
—Como quieras. No hablemos más del asunto, no voy a seguir gastando mí tiempo con un hipócrita.
—No es cierto...—volví a sentarme, estaba mareado.
— ¿Es que acaso no te has dado cuenta? Eso tendría mucha gracia —se río.
—Eres un desgraciado…
—En eso estamos de acuerdo. Pero tú también lo eres, hasta me atrevo a decir que estás en peor situación porque Maurice considera el amor entre dos hombres una aberración. Créeme, me lo dijo muchas veces. Aún conservo una carta que me envió cuando se enteró de mi relación con Miguel. Me partió el corazón...
—Cállate y vete… —supliqué sin fuerzas.
—No me voy, pero me callaré. Estoy cansado de hablar con un necio.
Le miré lleno de odio. Me hundí en el sofá, incliné mi cabeza y la sujeté con mis manos. Todo lo que Raffaele había dicho, unido a mis recuerdos de esa mañana, me trastornó. Mi corazón palpitaba violentamente mientras intentaba verme a mí mismo entre la bruma de mis propios temores. ¿Estaba enamorado de Maurice?
¡No! Nunca aceptaría algo así aunque fuera innegable que mi afecto por él estaba desbordado. Inventé en segundos cientos de excusas que justificaban todo lo que sentía, me afirmé en que nuestra relación era una hermosa amistad. Entonces Raffaele tuvo que abrir la boca del nuevo:
— ¿Vassili alguna vez has pensado en llevarte a Maurice a la cama?
Preguntó aquello con naturalidad, como si fuera algo que podía decirse en cualquier parte. Creo que mis ojos estuvieron en riesgo de salir de sus órbitas, ni siquiera pude pronunciar alguna palabra. En mi mente se formó la imagen de Maurice desnudo en la cama, gimiendo de placer como una vez lo hizo mi sirvienta mientras yo la penetraba. Todas mis resistencias comenzaron a caer, el muro de argumentos se fue precipitando con estremecedora violencia dejándome completamente vulnerable ante la verdad.
Maurice había cambiado mi vida y le amaba como no había amado a nadie. No tenía problema en aceptar esto. Lo que no quería ver era la forma que estaba tomando ese amor. El deseo de poseer y la entrega sin reservas. La lujuria y la ternura. Los celos salvajes y la confianza ciega. La desesperación y la dicha. La necesidad y la generosidad. Todos estos contrastes se amalgamaban en un solo palpitar.
Mi amor era el bien y el mal en perfecta armonía. Cuando lo tuve ante mí, me asusté. Le ví tan oscuro y tan luminoso a la vez. Tenía que negarlo porque intuía que iba a llevarme al mismo infierno ya que todo lo que me enseñaron desde niño estaba en contra de lo que sentía. Todas las voces que significaban algo para mí, la de mi padre, la de mi tío, la de mis maestros, la del hombre que fui hasta apenas unos años atrás, se convertían en un solo grito que me aturdía:
"No puedes"
En aquella pequeña frase estaban contenidas otras: No debes. Cuidado. No te dejes llevar. Es peligroso. Resiste a la tentación. Domínate. Mortifica el apetito. Debes ser perfecto. Se el orgullo de la familia. Yo, aterrado de haber llegado a desconocerme a mí mismo, obedecí.
—Nunca he visto Maurice como otra cosa que un amigo, no creas que soy como tú —dije irguiéndome para mirar a Raffaele con desprecio.
Seguramente él se hubiera burlado de mi máscara de haber tenido tiempo. Escuchamos un grito, un grito de terror que se repitió. La voz era de Maurice. Nos levantamos en el acto y corrimos hacia su habitación. La puerta estaba abierta y él se encontraba sentado en su cama con una mano en el corazón y la otra señalando hacia nosotros.
—Una mujer... había una mujer aquí —dijo con la voz temblorosa—. Tenía el rostro muy pálido, estaba vestida de negro... Estaba al pie de la cama mirándome. No sé por qué desperté y la vi. Grité y salió corriendo. Todo se oscureció.
Raffaele y yo nos miramos. Pensé en la Parca, sentí pánico y corrí hasta Maurice para abrazarlo y protegerlo. Raffaele revisó el corredor, luego entró y cerró la puerta con llave.
—Has tenido una pesadilla — le dijo sonriendo con dulzura.
—Estoy seguro de que la vi... Aunque bien pudo ser un mal sueño…
—No pienses más en eso, vuelve a dormir. Vassili y yo nos quedaremos aquí hasta que te duermas.
Él acercó un sillón a la cama, yo busqué una silla. Nos colocamos a cada lado, Maurice se tranquilizó poco a poco y al cabo de un rato ya estaba durmiendo. Me acerqué a Raffaele para susurrarle al oído.
—La puerta estaba abierta…
—No digas nada. Es mejor que crea que fue una pesadilla.
—Pero... —estuve a punto de decir que podía ser la muerte.
—Es mejor no darle importancia —Aunque dijo esto, Raffaele se mantuvo mirando hacia la puerta como si estuviera en guardia, esperando a un enemigo.
Volví a ocupar mi silla. Fijé mis ojos en mi amigo dormido y las palabras del jardinero volvieron a resonar en mi cabeza. Una mujer vestida de negro: La muerte. ¿La muerte estaba tras Maurice?¡No! Tenía que existir otra explicación para que la puerta estuviera abierta. Maurice no corría ningún peligro. Maurice no podía morir porque... Era mejor no pensar.
Al cabo de una hora, Raffaele también se había quedado dormido. Me levanté para acercarme más a la cama y contemplar a Maurice. El momento de terror sufrido me había dejado desnudo ante mí mismo. Me incliné sobre el bello rostro de Maurice. Parecía tan vulnerable y efímero, sobre todo efímero. El miedo a perderlo me mordió de nuevo.
Más que el fuego del infierno temía separarme de él y con la misma intensidad de sus llamas le deseaba. No había manera de eludir lo que sentía. Las lágrimas escaparon de nuevo silenciosas y ardientes, eran la sangre de mi agotado corazón derramándose derrotado. Dejé que todas mis excusas y temores, con los que había intentado ocultar mi pasión, se diluyeran con mis lágrimas.
—Te amo —dije en un susurro.
Sellé mi confesión besándole en los labios, una leve caricia que contenía todo mi ser. Hasta el día de hoy sigo repitiendo esa frase con la misma convicción y con una pasión que, lejos de menguar con el paso de los años, se ha hecho imperecedera. [1]Segundo hijo de Luis XIII y hermano de Luis XIV. Su homosexualidad fue muy notoria.

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