XI El Palacio de las Ninfas


Su verdadero nombre era el Palacio de Alençon pero nadie lo llamaba de esta manera. La leyenda de las hermosas mujeres que una vez lo habitaron seguía presente en la memoria de muchos. Y para los que nunca habían escuchado hablar de la hermosa Duquesa y sus cuatro hijas, la magnífica estatua de cinco ninfas que se enseñoreaba en el jardín resultaba suficiente para justificar aquel nombre. 
El edificio era magnífico, digno ejemplo del talento de Luis Le Vau, el mismo arquitecto a quien Luis XIV encargó la creación de Versalles. Se podían encontrar semejanzas entre ambos palacios en todos lados, sin embargo, yo me fijé en las diferencias.  
Lo primero que noté fue la ausencia del Rococó, una moda que Madame Pompadour promovió y Luis XV se apresuró a incorporar en Versalles, junto con otras remodelaciones y ampliaciones. A los Alençon no les interesaban las modas y mantenían su palacio tal y como fue originalmente decorado. Por supuesto que los encantos del Palacio de las Ninfas era lo que menos me importaba aquel día, los fui descubriendo luego, junto con sus ángulos más oscuros. Cuando traspasé sus puertas por primera vez lo único que me interesaba era la salud de Maurice. 

Al entrar me encontré en el vestíbulo desde el que se podía acceder a las distintas estancias del lugar. Abundaba la luz gracias a las puertas de cristal y esta le daba más blancura a las columnas y paredes que carecían de tapices y cuadros. A cada lado se encontraban unas discretas escaleras, seguí a René Asmun por las de la izquierda y a lo largo del pasillo del piso superior en el que se extendían las habitaciones. El muchacho me llevó hasta la habitación en la que ya habían recostado a Maurice. Era amplia, sus ventanas daban al jardín de la entrada y tenía la particularidad de estar decorada con tapices de colores claros, al contrario de las demás estancias en las que los colores brillantes se imponían. Varios sirvientes estaban trasladando su equipaje, eché en falta los dos baúles con los libros peligrosos que mi amigo tanto atesoraba, recordé que los había dejado en el palacio de su padre porque no quiso arriesgarse a llevarlos a Versalles. El buen doctor se encontraba concentrado atendiendo a su paciente y Miguel le observaba a su lado. Mi querido amigo seguía inconsciente. —No se preocupen, les aseguro que ahora su recuperación será rápida —Nos confortó Monsieur Daladier al despedirse.
Cuando se marchó, Miguel tuvo tiempo para hacerme los honores y yo pude observarle con calma. Su rostro bien podía ser el de una mujer, una muy altiva y orgullosa, con labios de nácar y una delicada nariz. Los ojos azul cobalto le daban más frialdad a aquel rostro impasible. Tenía un sensual lunar en la mejilla derecha, cerca de su boca. Se había atado el cabello y ahora lucía un poco más varonil. —Aunque no nos han presentado supongo que sabe quién soy, Monsieur —Asentí algo aturdido por el aplomo con el que me habló en su extraño Francés con acento Español— Yo sé bien quién es usted porque Maurice me ha contado sobre su amistad, él le quiere mucho —Al fin apareció una sonrisa en aquel rostro—. Enseguida le llevarán a la habitación que mandé prepararle.
—Gracias, pero me gustaría cuidar a Maurice esta noche.
—No se preocupe, hoy ese honor es mío. Además, se ve a leguas que usted está agotado. Descanse esta noche por favor. 
—Gracias, Monsieur.
No quería dejar a Maurice pero era innegable que me encontraba sin fuerzas. —En cuanto usted, —dijo Miguel dirigiéndose a Asmun con un tono que estaba lejos de la cortesía— No tengo idea de quién o qué es.
—Su nombre es Asmun, —me apresuré a decir— es el sirviente de Raffaele. —Dudo que mi primo vuelva al palacio hoy, a decir verdad no preparé ninguna habitación para él. Es mejor que su sirviente regrese a Versalles. 
—Lo más adecuado es que yo espere aquí a Monsieur de Alençon ya que su intención era instalarse en este palacio —respondió Asmun—. Seguramente regresará más tarde, después de todo, él es el legítimo heredero de este lugar.
El tono de Asmun fue respetuoso, como siempre, pero sus palabras representaban un desafío. La cólera brilló en los ojos de Miguel y llegué a temer que lo abofeteara.
—¡El sirviente igual al amo! ¡Era de esperarse! Bien, busque usted un lugar dónde sentarse a esperar, los bosques que rodean al palacio pueden ser muy acogedores.
—Es usted muy amable Monsieur, aunque una habitación entre los sirvientes es suficiente para mí. —Pues vaya a prepararla usted mismo, supongo que sabe dónde están las estancias de los de su clase. —Gracias Monsieur —contestó Asmun haciendo una reverencia pero no se movió de mi lado, Miguel le dedicó una mirada asesina.
—¿Acaso no piensa marcharse?
—Debo asistir a Monsieur Du Croisés
—¡Qué impertinente! Agnes muestra a Monsieur Vassili su habitación de inmediato. En cuanto escuchó su nombre la mujer que había estado dirigiendo a los demás sirvientes se acercó a nosotros. Estaba entrada en años, su cabello lucía distintos tonos de gris, era muy delgada y se mantenía tan erguida que me recordaba a una aguja; su rostro daba la impresión de llevar una eternidad sin mostrar emoción alguna. Se plantó ante nosotros, me hizo una elegante reverencia, luego posó sus pequeños ojos castaños en Asmun. Su voz resultó desabrida:
—¿Ese hombre va a vestirse así en esta casa? —La pregunta iba dirigida a Miguel y este se limitó a interrogarme con la mirada.
—Es la manera de vestir de la gente de su pueblo —contesté excusando al pobre muchacho—. Raffaele le permite usar esa vestimenta incluso en Versalles…
—¡Ángeles del cielo! ¿Qué va a ser de esta familia? Todos esos moros de los que él Duque se rodea van a terminar convirtiéndolo en un pagano…
—Agnes, no estamos pidiendo tu opinión —la regañó Miguel.
—Ya los sé, Monsieur, aquí nadie lo hace. Pero esta pobre vieja ha vivido en esta casa desde que era niña y nunca ha visto semejantes fachas bajo este techo. 
—Tendremos que tolerarlo ya que es un capricho de Raffaele. Lleva a Monsieur Vassili a su habitación e instala al muchacho entre los sirvientes lo más pronto que puedas.
Ella frunció los labios y nos indicó que la siguiéramos, eso hicimos. No pronunció una palabra más hasta que entramos en otra habitación donde ya habían dejado mi equipaje.
—Usted puede disponer de esta habitación, Monsieur. Cuando ya no lo necesite envíe a este joven moro a buscarme en la cocina —Salió cerrando la puerta dejándonos solos al fin. Los dos respiramos aliviados.
—Lamento este recibimiento, Asmun.
—No se preocupe, Monsieur, no le doy importancia a este tipo de cosas. Lo que me preocupa es lo que esté haciendo Raffaele en este momento.
—Él no es ningún tonto. Seguramente regresará aquí al anochecer o volverá a Versalles.
—No Monsieur, se equivoca, cuando Raffaele se disgusta o se entristece pierde completamente la razón. Podría ocurrirle cualquier cosa… Hace unos años pasó toda la noche bebiendo y buscando peleas en las peores tabernas de Nápoles. Su padre recorrió la ciudad buscándolo, lo encontró echado en la calle como un mendigo, lleno de cardenales y casi desnudo. Nunca vi llorar al Duque como lo hizo ese día… 
Era obvio que Asmun estaba nervioso y por eso abandonó por un momento su acostumbrada reserva. Me cuidé bien de hacérselo notar y pude ver algo de lo que se ocultaba tras la muralla que mantenía a su alrededor: Era un muchacho sensato, amable y definitivamente poseía la dignidad de un príncipe. 
—Confía un poco en tu señor, Raffaele no va a hacer ninguna locura sabiendo que Maurice está tan enfermo. Es probable que esté por llegar, no te preocupes de más.  
Raffaele no regresó esa noche, lo hizo a la mañana siguiente y trajo al doctor Daladier con él. Anunció que seguiría quedándose en Versalles, ordenó que su equipaje fuera enviado de vuelta y se llevó a Asmun al marcharse unas horas después.
Yo me sentí algo abrumado porque, si bien el joven español era amable conmigo, también se mostraba inaccesible y acaparaba Maurice por completo. Además los sirvientes tenían un aura severa y el palacio no me resultaba acogedor. Me alegré mucho cuando Joseph y Théophane aparecieron para visitar a Maurice. Para colmo, Miguel resultó ser un buen enfermero, la segunda noche también insistió en cuidar de su primo. Antes de salir de la habitación le vi recostarse junto a Maurice y abrazarlo sin que él reaccionara. Sentí una punzada en el corazón y no creo que fuera sólo por ver a mi amigo tan enfermo, aquélla fue una larga noche en la que apenas conseguí dormir.
Pude apreciar los ruidos nocturnos que imperaban en el Palacio de las Ninfas, estaban lejos de ser encantadores. Escuché el aullar del viento entre los árboles y el traqueteo constante de las ventanas. En varias ocasiones oí pasos que supuse pertenecían a los sirvientes, aunque era a altas horas de la noche.  
También pude percibir un sonido que heló mi sangre, se escuchaba como si alguien estuviera rasgando la pared, por momentos de manera desesperada y en otros lentamente. Me dije a mí mismo que debía tratarse de roedores pero no pude evitar la sensación de que había algo tenebroso en aquella casa, algo que estaba viéndome desde la oscuridad.
Empecé a sentir que el miedo se apoderaba de mí y, aunque fuera algo ridículo, me levanté para abrir las cortinas y dejar que la luz de la luna aminorara las tinieblas. Era la primera vez que experimentaba algo así, no tuve más remedio que dejar a un lado mi recién adoptado ateísmo y hacerme la señal de la cruz antes de volver a meterme en la cama. Por increíble que parezca los rasguños en la pared cesaron y esto sólo hizo que la sensación de temor se acrecentara. Fue una mala noche de bienvenida que los espectros de la mansión tuvieron a bien ofrecerme, ya se encargarían de hacérmelo pasar mal en otras ocasiones.
Gracias a que llevaba varias noches en vela, Miguel durmió la mayor parte del día siguiente y yo pude cuidar solo a Maurice. Me esmeré como enfermero aunque también estaba cansado. Mi mayor trabajo consistió en sentarme junto al enfermo y tomarle de la mano, incluso intenté rezar pero no sabía cómo parecer humilde ante un Dios de quien había renegado. Apenas me atreví a murmurar:
—No pido nada para mí, solo para él. Por favor devuélvele la salud que le robaron, hazle feliz. No le abandones.
Tenía que detenerme porque lo que podía seguir era una larga letanía de reproches contra Dios, un Dios que dejaba sufrir tanto a uno de sus más fieles creyentes. ¿De qué le había valido a Maurice su entrega como jesuita? Le habían arrebatado todo: su sueño misionero y su salud. 
Ese Dios, que no había defendido a sus servidores del Rey de España cuando este expulsó a la Compañía de Jesús de sus tierras, ahora les abandonaba de nuevo dejándolos a merced de un Papa que le debía a los Borbones su nombramiento. Era muy probable que Clemente XIV terminara pagando el precio que le pedían y extinguiera una de las Órdenes Religiosas más grande de la Iglesia ¿De qué le había valido a los jesuitas todos sus siglos de abnegado servicio?
Besé la mano de Maurice lleno de compasión, mi pobre amigo lo había apostado todo por un Dios que no servía para nada, que no tenía poder para salvar a nadie. Deseaba con todas mis fuerzas que renunciara a su fe y olvidara sus planes de volver en la Compañía, pero aquello era secundario. En aquel momento lo que importaba era que Maurice abrieron los ojos, así que me tragué mi orgullo y volvía rezar:
—Por favor sánalo, déjale vivir en paz, déjale que sea feliz.
Entonces sentí como su mano apretaba la mía y cuando levanté la cabeza me encontré con sus hermosos ojos verdes, estaba despierto.
—¿Vassili? ¿Por qué lloras? —me dijo.
—Son lágrimas de alegría.
—¿Dónde estoy?
—En el Palacio de las Ninfas.
—Entonces no lo soñé, estoy en mi antigua habitación. ¿Y Miguel y Raffaele?
—Miguel duerme, le llamaré enseguida. Raffaele debe llegar en cualquier momento.
—Deja que Miguel duerma. ¿Podrías darme algo de beber, por favor?
—Por supuesto, ¿quieres comer también?
Poco después entraron Monsieur Daladier y Raffaele, todo fue alegría y celebración. El doctor ordenó una dieta especial para qué Maurice pudiera ir recuperando fuerzas poco a poco sin que su estómago se resintiera. Al cabo de unos días casi quedó probada la teoría de que la enfermedad de mi amigo se debía más a su estado de ánimo que a cualquier otra cosa. Aunque no se podía decir que lucía feliz, se lo hice notar en la primera ocasión que nos quedamos solos.
—Esperaba verte más contento por tener cerca a tu querido primo Miguel y volver a este Palacio. 
—Es que odio este lugar. Viví aquí mis primeros años y no fue nada fácil la convivencia con mi abuelo. Además mis padres se separaron aquí. Este Palacio está lleno de malos recuerdos. —Lamento escuchar eso. ¿Prefieres estar en otro lugar?
—No me quedan opciones. No pienso volver a Versalles y si regreso con mi padre tendría que encarar a Virginie. Además, Raffaele no va ceder tan fácil en su capricho, quiere que vivamos juntos.
—Él sigue en Versalles.
—Lo comprendo, para él también es difícil vivir en este palacio, aquí fue donde murió su madre.
—No tenía idea…
—Para colmo Miguel sigue disgustado con él. Imagino que si Raffaele llega a mudarse aquí estarán todo el día maldiciéndose el uno al otro. Qué reunión tan triste ha resultado.
—Anímate Maurice, no puedes volver a sucumbir a la tristeza, podrías enfermar de nuevo.
—No creo que mi enfermedad se deba a la tristeza, Vassili. A la indignación, la rabia y la preocupación, sí. La forma en que la gente habla de la Compañía me mortifica, así como el pensar en que su Majestad podría indisponerse con nuestra familia por mi culpa. En cuanto a si esos nobles que pululan en Versalles me halagan o me condenan, te diré que me da igual. 
—Eso es porque eres un temerario que no sabe el alcance que tienen las buenas y malas relaciones con los demás.
—Siempre he tenido problemas para tolerar a otros y para qué otros me toleren; si te soy sincero, no me resulta fácil entender a la mayoría de la gente. En la Compañía de Jesús era más fácil convivir porque todos buscábamos el mismo fin: la Gloria de Dios. En el mundo, en cambio, la gente nunca se muestra tal y como es y cada quien busca aprovecharse de los demás. El mundo es confuso y triste, Vassili. Cuando estuve en el Paraguay todo era más fácil…
Maurice se embarcó en un largo monólogo en el que ponderaba su maravillosa vida en las Reducciones. Yo lo escuché paciente porque su rostro sonrojado me indicaba que dejarle hablar libremente de su tiempo como misionero era una buena medicina, aunque a mí me provocaba una gran desazón escucharle. ¿Acaso volvería a encontrar una carta suya despidiéndose mientras huía de su familia en pos de sus queridos Jesuitas? ¡Cuánto deseaba que los olvidara y viviera una vida tranquila, feliz y, sobre todo, junto a mí! 
Lamentablemente los sinsabores no dejaban de perseguirle, volvieron a visitarle en la forma de la madre de Miguel, Madame Pauline de Meriño. Cuando el sirviente la anunció los tres primos se miraron unos a otros y el color de sus rostros desapareció. El doctor también se encontraba presente, preguntó a Maurice si sentía algún malestar, él tenía la mirada fija en la puerta y cuando su tía la atravesó su expresión era indudablemente de terror, un terror casi infantil.
La mujer que apareció ante mis ojos era sin duda la madre de Miguel, sus semejanzas estaban a la vista, en el rostro, en el color del cabello y de los ojos. Valga decir que era hermosa, aunque fuera evidente en ella las huellas del paso del tiempo. No pude evitar recordar a Madame Severine, su hermana.  
Su voz me pareció melosa e infantil cuando, llena de alegría, saludó a su hijo y a sus sobrinos. Ellos no mostraban ningún entusiasmo, al contrario, la miraban recelosos.
—¿Tía Paulina que haces aquí? –le preguntó Raffaele.
—¡Que recibimiento tan triste! —exclamó compungida— ¿Acaso te molesta que haya venido, querido Raffaele? Sigues siendo el maleducado de siempre. Claro, no se puede esperar otra cosa de un niño al que educó Philippe. Miguel, ven a besar a tu madre —Le tendió la mano a su hijo quien bastante nervioso fue a complacerla.
—Mi querida tía, —repuso Raffaele recuperándose de la sorpresa y mostrando más aplomo–, no me molesta tu visita sino la falta de etiqueta al no anunciarte con anticipación. Pero se ve que sigues siendo la misma persona caprichosa que recuerdo.
—¿Y desde cuándo necesito anunciarme para venir a mi propia casa? Yo nací en este palacio y viví más años de lo que tú lo has hecho. Tu padre eligió el rústico castillo de tu madre en Nápoles por morada, ya podría heredarle este lugar a Sophie, yo podría administrarlo mucho mejor de lo que tú lo haces. —Pero, querida tía, ¿cómo harías eso? Tu lugar está junto a tu esposo en Madrid… ¡Ah, lo olvidaba! llevas años sin pisar la corte española, desde que importunaste a la reina madre, ¿no es cierto? Madame Paulina abrió su abanico para cubrir su rostro mientras soltaba una carcajada chillona. El desagradable sonido retumbó en mi cabeza haciéndome desear estar en otro sitio. 
—Raffaele no has perdido tu encanto, no sé de qué hablas. La única razón por la que no me presento en la corte española es porque carece del esplendor de la corte francesa. Piensa que me vas a tener aquí por mucho tiempo, no pienso marcharme hasta dentro de un año —Enlazó su brazo con el de su hijo y me pareció que lo hacía de la misma manera en que una serpiente envuelve a sus víctimas—. Acompañaré a mi querido Miguel durante su visita forzada a Francia.
Raffaele tembló de pies a cabeza, su rostro se turbó como el de un niño al que le dan un golpe sin razón. Ella volvió a reír y él se contuvo cerrando con fuerza sus puños al tiempo que tomaba aire para responder con nuevas fuerzas.
—Me alegra ver que en tu corazón anidan sentimientos maternales, además de aquellos que acostumbrabas a mostrarnos. Lamentablemente todas las habitaciones de esta casa están ocupadas y no tengo lugar para ti, querida tía. Estoy seguro de que Sophie estará feliz de recibirte en su mansión.
—¡No te atrevas a hacerme semejante agravio Raffaele! —Madame Paulina ya no tenía ganas de reír— ¡Ya he dicho que ésta es mi casa!
—Eso fue antes de que mi padre se convirtiera en el Duque de Alençon y heredara todas las propiedades de la familia. También fue antes de que te convirtieras en la Duquesa de Meriño y te marcharas con tu esposo a España, al lugar que te corresponde y que nadie te discute.
—Semejante insolencia sólo podía venir del hijo de Philippe, lo dejo pasar porque ya había decidido quedarme unos meses con mi querida hija, por lo menos hasta que se nos acaben los temas de conversación, entonces vendré a vivir aquí te guste o no, Raffaele. No voy a dejar a mi querido hijo solo. Madame Paulina acarició el rostro de Miguel con un gesto que me pareció lleno de malicia, él estaba aterrado pero no opuso resistencia. Raffaele dio un paso hacia ella como si quisiera proteger a su primo, se contuvo al ver que este le reprendía con la mirada. 
No alcanzaba a imaginar la historia detrás de las palabras y gestos que veía expresados ante mí. Monsieur Daladier se veía tan atónito como yo. En cambio, la expresión en el rostro de Maurice me hacía pensar en que para él todo estaba claro como el día: sus ojos dorados y sus labios fruncidos demostraban que estaba conteniendo la cólera. El doctor estuvo a punto de decir algo pero madame Paulina se acercó a la cama volviendo acaparar la atención. 
—Por cierto, Maurice, durante los últimos días Sophie y yo hemos estado hablando mucho de ti. Al principio me sorprendí de la mala impresión que has dejado en Versalles. ¡Qué tontería! ¿verdad? ¿Cómo puedo sorprenderme de algo como eso? Resultaba inevitable para alguien como tú caer en semejante situación.
—Madre, por favor, Maurice necesita descansar— le instó Miguel.
—Ciertamente, —intervino al fin Monsieur Daladier—mi paciente requiere de mucho descanso…
—Entonces, ¿usted es su doctor?…
—Efectivamente, Madame…
—Me estaba preguntando quiénes eran usted y este caballero —Me señaló despectiva, como ya la tenía muy cerca me puse nervioso— Mis sobrinos son tan maleducados que se olvidan de hacer las presentaciones. ¿Y tú, Miguel, acaso has perdido los buenos modales que te enseñé?
—Perdona, Madre, estás ante el doctor Claudie Daladier y Monsieur Vassili Du Croisés, amigo de Maurice
—¿Monsieur Du Croisés? Ya veo, Sophie también me habló mucho de usted. —Soltó una risita maliciosa mientras me miraba de arriba abajo, quise desaparecer.
—¡Tía! —protestó Maurice.
—¿Qué ocurre mi querido sobrino? —exclamó fingiendo preocupación mientras daba pasos cortos y rápidos para llegar junto a su cama— ¿Acaso te sientes mal? —Maurice contuvo el impulso de alejarse de ella— Mi pobre niño, tan débil y propenso a la enfermedad, ojalá y el buen doctor pueda curarte. Tu madre siempre temió que terminarás perdiendo la razón... ¡Pobre Thérese, cuánto sufrió cuidándote! ¡Ojalá el buen Dios tenga piedad de ti!
Sacó su pañuelo para limpiar lágrimas imaginarias, por la expresión de Maurice comprendí que su tía había logrado herirlo. La voz de aquella mujer podía escucharse como el lamentó de una madre afligida pero el brillo en su mirada era feroz, alargó su mano para acariciar el rostro de Maurice y este no pudo evitar echar la cabeza hacia atrás. Sin pensar en lo que hacía, sujeté a madame Paulina por la muñeca y la alejé de él. La mujer me miró como si yo fuera un insecto molesto.
—Madame Pauline, —le dije sin acobardarme—, el doctor ha pedido que Maurice no tenga más visitas, por favor vuelva con su querida hija y dele nuestros más respetuosos saludos. Comprenda que es descortés contradecir al buen doctor.  
—Vaya, Monsieur, veo que tiene los mismos modales que mis sobrinos. ¿Qué se puede esperar de alguien con su reputación?...
—¡Suficiente!, —rugió Raffaele— ¡Vete de una vez tía! No eres bienvenida aquí. 
—¿Cómo te atreves?
—¡No digas una palabra más porque soy capaz de llevarte a rastras hasta tu carruaje! ¡Estás advertida! —Hizo ademán de abalanzarse sobre ella y la mujer se irguió, dio un pisotón, sujetó su falda y se encaminó a la puerta. Antes de salir, se volvió hacia su hijo.
—¡Acompáñame Miguel!
Él nos dedicó una reverencia para despedirse y se apresuró en seguir a su madre como quien va al cadalso. Maurice se dejó caer sobre su almohada agotado, Raffaele caminó de un lado a otro despotricando contra su tía, el doctor sacó un cuaderno y comenzó a llenarlo de apuntes. Yo tenía muchas preguntas hirviendo en mi cabeza pero no era el momento para hacerlas. Unos minutos después Miguel regresó para anunciar que su madre se había marchado al fin, luego se excusó para encerrarse en su habitación y no volver a mostrar su rostro hasta el día siguiente.
Era difícil que semejante visita no afectara a Maurice: el ardor en el abdomen regresó trastornando su salud. Monsieur Daladier, apenas disimulaba su alegría porque su hipótesis estaba siendo totalmente respaldada por los hechos. Según él, la recaída de Maurice probaba la unión entre el alma y el cuerpo porque evidenciaba cómo el estado de ánimo podía manifestarse en enfermedades físicas. Su intención era establecer que éramos una sola cosa y no existían divisiones en el ser humano. 
Maurice encontraba esto interesante aunque gran parte de la teología que conocíamos podía tambalearse de ser cierto. Raffaele y yo empezamos a sospechar que el doctor veía Maurice como un experimento más que como un paciente. Miguel no se involucraba, sólo demandaba resultados y la pronta mejoría de su primo. 
—Con un ambiente tranquilo y libre de sinsabores mejoraría —insistió el doctor—. Por lo visto en este palacio tampoco le dejan en paz. Estoy por sugerir que lo lleven a mi casa en donde podré cuidarlo mejor, ahí nadie se meterá con él por qué vivo solo y apenas tengo un par de sirvientes.
—De ninguna manera —protestó Raffaele, quien tenía muy presente la relación entre el doctor y los jesuitas—. Maurice se quedará aquí, ya me he asegurado de que nadie lo moleste más: La loca de tía Paulina no puede volver a pisar esta casa, me encargué de enviar una carta a mi padre contándole todo y personalmente informé del asunto al tío Théophane. Ellos se encargarán de mantenerla a raya. 
Miguel soltó una parrafada en su idioma, logrando que Raffaele le mirara con ojos asesinos, y salió de la habitación. Mi español no era muy fluido pero pude entender que le reclamaba el depender siempre de su padre para resolver sus problemas. Lo que resultó más sorprendente fue que Raffaele no le respondiera. Cada día me convencía de que entre aquellos jóvenes existía una historia bastante espinosa, se trataban con una fría cortesía cuando Maurice estaba con ellos y discutían por cualquier cosa si por mala suerte se cruzaban en un pasillo. Como preferían insultarse en español, no podía sacar en claro la razón de su desavenencia por más que los espiaba. Comencé a pensar que se habían llevado mal desde niños y que la imagen de los tres primos que convivían como hermanos era una ilusión en la cabeza de Maurice.
Como una manera de borrar el mal rato que Madame Pauline había hecho pasar a Maurice, Raffaele invitó a François, Etienne, Bernard y Clément al Palacio de las Ninfas. Nuestros amigos fueron una ráfaga de aire fresco, unos traían todo tipo de anécdotas graciosas sobre su vida de universitarios y otros, noticias que resultaron muy alentadoras.
—Debe saber, mi querido Maurice, que su prima ya no frecuenta Versalles —declaró Bernard con cierta pomposidad—. La hermosa condesa cayó en desgracia con quien menos debía: Madame Du Barry y las Mesdames[1].
El asunto era bastante interesante y divertido: Sophie había agraviado a dos facciones que estaban en guerra constantemente dentro del palacio. ¿Cómo realizó semejante hazaña una mujer que parecía más astuta que el diablo? La respuesta tenía un nombre familiar: Raffaele.
Él se encargó de hacer notar que su prima solía contar en la habitación de Madame Du Barry todo lo que escuchaba decir a Las Mesdames, para luego ir a decir a estas honorables princesas todo lo que la bella amante de su padre comentaba.
—Sophie debe haberse vuelto estúpida —se burló Maurice.
—Creo que su prima jugó con su suerte —comentó Clément.
—¡Quizá Raffaele le tendió una trampa! Ella puede ser sagaz pero mi primo es un genio de la estrategia. Espero que llegue a ser Almirante de la Flota Real, así los Ingleses no nos vencerán de nuevo en Alta mar.
—Aunque Raffaele se lo tiene muy callado —dije pensando en voz alta—. Supongo que sus constantes ausencias se debían a esta jugarreta que ha hecho a su prima.
Terminamos todos brindando a la salud de Raffaele y ponderando sus buenas artes para la “guerra”. La conversación continuó por derroteros alegres resultando la visita una magnífica medicina para Maurice, quien en los días siguientes mostró una notable mejoría y pudo levantarse de la cama. Raffaele celebró aquello como un gran acontecimiento, abrazó a su primo invitándolo a bailar con él por todo el palacio.
—¿Un baile en camisón de dormir? —protestó Maurice.
—¡O desnudo si lo prefieres! Da igual, lo que importa es que estás mejor. No sabes lo preocupado que me tenías —Posó su frente sobre la de Maurice y cerró los ojos—. Siempre que te enfermas me aterrorizo, y esta vez para colmo te enfermaste por mi culpa.
—Tú no tienes la culpa de nada, idiota. Al contrario, gracias por todo. Ahora suéltame, quiero vestirme decentemente y caminar un poco.
—El Doctor ha dicho que no salgas de tu habitación todavía…
—Al menos quiero quitarme el camisón, me hace sentir enfermo…
—Eso se arregla en un momento —exclamó Raffaele al tiempo que tomaba el blanco traje por el extremo de las mangas y lo hacía volar por los aires, dejando a Maurice desnudo ante mis ojos. Mi amigo golpeó en el pecho a su primo y le ordenó que saliera pera vestirse tranquilo, él volvió a abrazarlo y le impidió moverse.
—Había olvidado lo flacucho que eres…
—¡Idiota!…
—También había olvidado que tienes la espalda llena de pecas. Me alegro de que no tengas en la cara... ¡Ah, qué lindo eres Maurice!
—Deja de molestar, me da vergüenza con Vassili.
—Entonces, que Monsieur Vassili nos deje solos por un rato.
Yo había encontrado el asunto gracioso hasta el momento en que Raffaele dejó a Maurice completamente expuesto ante mis ojos, a partir de ahí no fui dueño de mis emociones. Por un lado, me conmocionó que al contemplar de nuevo su cuerpo desnudo volvía a sentirme atraído por este. Por otro lado, me asustó la furia que me invadió cuando vi a otros brazos rodeándolo.
No pude moverme hasta que Raffaele me invitó a marcharme, entonces fui hacia él y sujetándole de ambas muñecas lo obligué a soltar a Maurice, quien se apresuró a recoger el camisón del suelo para cubrir su desnudez.
—¿Qué le pasa, Monsieur? —dijo Raffaele con tono burlón disimulando la furia que le brillaba en los ojos— ¿Acaso le he molestado?
—Su broma ha ido muy lejos —sentencié mientras le soltaba.
—¡Exacto! —recalcó Maurice—. Ahora lárguense los dos y dejen que me vista en paz. —Necesitas que te asistan, estás tan débil mi pequeño primo…
Ante la actitud de comediante barato de su primo, Maurice sacó a relucir su carácter y terminamos los dos fuera de la habitación. Permitió que Asmun se quedara dentro para ayudarle a vestirse porque el muchacho era inocente de los crímenes de su amo.
—De verdad se ha recuperado —se gozó Raffaele que encontraba todo el asunto divertido.  
—Debería dejar de bromear con él de esa forma, lo mortifica —le regañé indignado.
—Tonterías, en el fondo le gusta que lo asedie todo el tiempo. Así se distrae y no piensa en sus curas. —Hay otras maneras…
—Vassili, has vuelto a ser un aguafiestas. Casi parece que me estás amonestando como lo haría el Padre Petisco. Aunque también pareces un hombre celoso —me miró con suspicacia mientras se frotaba las muñecas—. Sí, muy celoso, tanto que hasta te atreviste a agredirme vilmente y eso que no pareces muy fuerte.
—¿Qué estupidez dice, Monsieur? —Me sentí tan incómodo que retrocedí unos pasos.
—Deja ya ese tono formal y esa cara de cura desabrido. 
—¡Es usted insoportable!
—Prefiero que digas que soy endemoniadamente encantador. Respóndeme una pregunta como amigos que somos: ¿te fijaste bien en Maurice cuando lo dejé desnudo? ¿Te diste cuenta de que es un hombre?
—Por supuesto, siempre he sabido que lo es…
—Entonces este asunto resulta muy divertido…
—No sé a qué te refieres…
—Definitivamente es algo muy divertido… —repitió para sí mismo sin prestarme atención.
Antes de que yo pudiera replicar, hizo una reverencia y se dio media vuelta dejándome con la palabra en la boca. Me sentí agotado y molesto, preferí no pensar en sus palabras. Sobre todo porque tenía miedo de hurgar dentro de mí y averiguar qué mecanismos habían sido capaces de moverme a enfrentarme con Raffaele. ¿Celos? ¡Imposible! Aquello era impensable.
Maurice abrió la puerta, vestido y sonriente. Eso bastó para que yo olvidara todo lo demás. Pasamos el resto de la tarde hablando de cualquier cosa sin darle importancia a la bochornosa escena. Cuando Raffaele se nos unió venía más comedido y amable, aunque aún me dedicó alguna expresión socarrona. Maurice nos sorprendió a los dos sugiriéndole a su primo que se instalara en el Palacio de las Ninfas, él no se hizo de rogar y aceptó en el acto.
—Pero te pongo una condición —declaró Maurice con autoridad.
—¿Una condición para vivir en mi propia casa? ¡Qué interesante! Dime cuál es y lo pensaré. —Que te dejes de juegos tontos.
—Está bien, cualquier cosa con tal de verte contento —Atrapó la mano de Maurice y la besó.
—A ese tipo de juegos me refiero.
—Oh, perdona, estaré más atento para no equivocarme de nuevo. Claro que no quiero incomodar a Vassili, quizá no le guste mi compañía.
—Vassili es muy amable, si no le molestas él no se opondrá.
—Entonces prometo no molestarlo. ¿Qué dices, mi querido Vassili?
—Que cuando no te comportas como estúpido se puede convivir contigo, mi estimado “amigo” —Acompañé mis palabras con mi más falsa sonrisa.
—Maurice tiene razón, Vassili, eres muy amable. Lo digo en serio —Me dirigió una sonrisa sin fiereza, malicia o burla desarmándome por completo.
Muy a mí pesar sentí que podía perdonarle todas sus estupideces, Raffaele era, a su manera, fascinante. Y debo decir que cumplió su promesa y se comportó como todo un caballero desde que se instaló en el Palacio. Aunque puede que se debiera en parte a que Miguel poseía la facultad de anularlo por completo, en cuanto este aparecía, Raffaele se convertía en un manso cordero, tan comedido y educado que sólo hablaba si alguien le dirigía la palabra. Yo estaba asombrado y agradecido de su milagrosa transformación.
También estaba feliz porque Maurice seguía recuperándose y gozando de días apacibles. Por eso me permití abandonar mi puesto de enfermero, que estaba además muy disputado, para dar un paseo por el extenso jardín que precedía al palacio. 
Las únicas actividades físicas que disfruté desde niño fueron caminar y cabalgar. Pasear por el campo siempre me resultaba agradable. Así que recorrí el inmenso jardín sintiéndome muy a gusto. Llegué hasta la mitad de la calzada donde estaba erigida la enorme escultura de cinco ninfas.
La figura había sido hecha en honor a la Duquesa Estelle de Alençon y sus cuatro hijas, quienes eran tan hermosas como aquellas criaturas mitológicas, según dijo Théophane. La imagen, estaba compuesta de cuatro hermosas mujeres y una niña. Una de las mujeres, la reina de las ninfas, se encontraba sentada en un trono, las otras la agasajaban y la más pequeña le ofrendaba una corona de flores. La reina era la imagen de la ternura y la gratitud, en el rostro de las demás se reflejaba la alegría y el amor.
Resultaba amargo pensar en Madame Pauline y Madame Séverine como inspiradoras de las estatuas que tenía ante mí. Una se asemejaba más a una arpía y la otra era una verdadera esfinge. En ninguna de las dos descubrí los nobles sentimientos que irradiaban sus réplicas de piedra. Lo único en lo que coincidían era en la belleza.
Me pregunté cuál de las ninfas representaba a madame Thérese, la madre de Maurice, y deseé de todo corazón que su carácter no fuera semejante al de sus hermanas. No tenía muchas esperanzas pues Théophane ya había dicho suficiente como para imaginar a una mujer difícil.
Cuando logré escapar de tan tristes pensamientos, me fijé al fin en que originalmente la escultura se encontraban en el centro de una extensa fuente rectangular y que, por alguna razón, el agua había sido sustituida por hermosos tulipanes de diversos colores que danzaban al viento a los pies de las ninfas. Después reparé en que se repetía esta situación con los ojos de agua ubicados en varios lugares del jardín.
Me intrigó el asunto porque las fuentes de agua constituían un lujo que todas las grandes familias no dudaban en exhibir. Los Alençon al sustituirlas daban la impresión de no ser tan prósperos como se creía. Cuando regresé al palacio encontré a un anciano trabajando en las jardineras que rodeaban sus cimientos. Me dio buena impresión y decidí preguntarle.
El viejo me sonrió afablemente y dijo no acordarse ya. Tenía el rostro lleno de arrugas y tostado por el sol, aunque igual resultaba un semblante agradable. El cabello blanco se asomaba bajo su sombrero en mechones desordenados. Sus ojos pequeños y castaños me resultaron familiares. Su sonrisa, en la que apenas lucía unos cuantos dientes, era grotesca y divertida a la vez. Era delgado hasta parecer un esqueleto cubierto de piel. No tenía mucha estatura y se mantenía todo el tiempo encorvado. No pude evitar compararlo con un arbusto seco.
Preguntó por el estado de Maurice y celebró su incipiente recuperación. Sutilmente fue sacándome información para determinar la razón de mi estadía en el Palacio. Cuando se convenció de que era alguien digno de confianza, lanzó el anzuelo. —Mi memoria ya no es lo que era antes, ahora olvido hasta dónde duermo. A veces logro recordar cosas que ocurrieron hace mucho, pero esto ocurre únicamente cuando bebo un buen vino, no como el que nos dan a los sirvientes en esta madriguera de avaros.
Me hizo gracia su desparpajo y le seguí la corriente.
—¿Y cuándo piensa usted beber buen vino?
—Pues cuando tenga con qué pagar un par de botellas, por supuesto.
—Nunca había conocido a alguien que pusiera precio a sus recuerdos —dije registrando mis bolsillos.
—Eso es porque hasta ahora no tenía el gusto de conocerme, Monsieur.
—Cree que con esto será suficiente —Le tendí la mano con algunas monedas.
—Para empezar está muy bien.
—Pues entonces empiece y veremos si quiero que continúe.
—¡Oh, seguramente querrá! Esta casa está llena de historias interesantes y usted se ve como uno de esos hombres sabios que gustan estar bien enterados de todo.
—Muchas gracias, efectivamente lo soy. Pero también soy impaciente.
—Como era de esperarse, todos los grandes señores lo son. Ahora bien ¿cuál era la pregunta?
—Por qué no hay agua…
—Claro, claro. La respuesta es simple: Porque los niños pequeños pueden caerse y ahogarse.

—¡Caramba!, si tenían semejante temor no hubieran hecho el enorme gasto de construir las fuentes.
—Los niños pequeños vinieron después de las fuentes. Y permítame decirle, para hacer esto más interesante, que además de las fuentes existía una fosa rodeando el Palacio. 
—¿En verdad? Debió ser algo impresionante.

—Así es, el engreído arquitecto quería que el reflejo del agua embelleciera su obra. Debió revolcarse en la tumba cuando el joven Duque mandó a llenarlas de la mejor tierra de nuestra querida Francia. Ahora la magnífica fosa sirve para cultivar estas flores entre las que estoy parado.
—Se refiere al actual Duque
—Efectivamente, su padre es el Viejo Duque y su abuelo es el Antiguo Duque, al que por cierto no conocí.
—¿Hace cuántos años que Monsieur Philippe mandó a reformar la fosa y las fuentes?
—¡Oh, mi memoria vuelve a sentir sed! —dijo con picardía.
—No sea tan codicioso mi buen amigo.
—Monsieur, el tamaño de mi codicia es proporcional al de su curiosidad. —Me rindo, es usted muy entretenido. Aquí tiene.
El viejo hizo sonar en su mano las monedas que le obsequié antes de guardarlas.
—Gracias, Monsieur. Le invito a tomar una copa cuando quiera.
—Vaya, me invita con mi dinero, que gracioso.
—No, Monsieur, ahora es mi dinero –le aplaudí y él hizo una reverencia.
—Entonces, ¿debo recordarle la pregunta?
—Oh no, esa la sé bien. El agua fue exiliada de nuestras fuentes y la fosa fue convertida en un vulgar criadero de hormigas y mariposas, cuando el pequeño Maurice lucía unos rizos tan hermosos como estas rosas, tenga la bondad de aceptarlas —Me tendió el ramo que había estado preparando antes que yo llegara—. Por favor muéstrelas al pequeño Maurice y dígale que el viejo Pierre sigue vivo.

Tomé las rosas y las aferré sin sentir las espinas, algo más terrible estaba punzándome.
—Dígame… ¿Ocurrió algún accidente con Maurice? ¿Acaso se cayó en la fosa?
—Yo no he dicho eso… —El viejo dio evidentes muestras de nerviosismo.
—Es verdad que no lo ha dicho exactamente pero…
—¡Ah, esto es malo! —Empezó a recoger sus herramientas para marcharse—. No pregunte cosas que me pueden meter en problemas. No importa cuántas monedas me ofrezca, no pienso responder nada más.
—¡Entonces, Maurice…! —La escena que se formaba en mi cabeza era espantosa.
—No, le aseguro que el niño no se cayó en la fosa… ni en la fuente. No ponga esa cara, parece que se va a desmayar y mire, ahora le sangra la mano… ¡Me van a echar por esto!
—Claro que no. Perdone, después de lo que hemos pasado con la enfermedad de Maurice, mis nervios parecen las cuerdas templadas de un violín y cualquier cosa los hace rechinar.
—Monsieur, no tengo nada que perdonarle, al contrario, me he propasado hablándole con tanta desfachatez. Venga conmigo, limpiaré su herida. Aunque no va a creerme, le aseguro que puedo ser un buen doctor. Después de todo, las plantas y las personas son la misma cosa: seres vivos a los que basta con darles buenos cuidados para que prosperen.
Seguí al viejo Pierre hasta el invernadero donde tenía agua y paños limpios, me hizo en la mano un sencillo vendaje que el doctor Daladier no dudó en ridiculizar después. Para tapar el asunto dije que había pedido las rosas al jardinero y me había herido al no saber sujetarlas.
A Maurice le hizo gracia mi torpeza y ver su sonrisa me tranquilizó. Lo cierto es que imaginarle ahogándose siendo un niño me había aterrorizado. Era evidente que algo había cambiado en mí desde nuestro reencuentro y cada día era más difícil pensar en una posible separación. Le tenía prendido a mis entrañas con tal fuerza, que arrancarlo de ahí significaba destrozarme.
Puse todo mi empeño en olvidar la conversación con el viejo Pierre, y los malos augurios que ésta me inspiró. Intenté concentrarme en lo que tenía ante mis ojos, en Maurice que ya iba de un lado a otro como cualquier joven saludable. Era una tontería sufrir por lo que yo suponía que podía haber ocurrido en el pasado, debía concentrarme en gozar del presente.
Cuando el doctor le permitió abandonar su habitación, mi amigo quiso enseñarme todo el Palacio. Lo primero que vimos fue el majestuoso Salón Oval en el centro de la edificación. Representaba el mayor atractivo del lugar y el orgullo de su arquitecto, estaba coronado por una impresionante cúpula decorada con frescos de un bello cielo azul salpicado de nubes. Siempre ha sido un lugar en el que consigo serenidad gracias a su belleza y elegancia, a la solemnidad que le da la luz que le inunda por sus numerosas ventanas y puertas de cristal, y especialmente por la serena vista del jardín posterior.
Maurice pasó luego a mostrarme la antecámara del Duque. Ahí pude ver una enorme pintura de sus abuelos, su madre y sus tíos. Me fijé sobre todo en el viejo Duque: alto y fuerte como Raffaele, pero rubio como Miguel. Su expresión irradiaba dignidad. Al menos eso pensé en aquel momento y no logré conectar aquella imagen con la del espectro que gustaba de rasgar las paredes y desvelarme por las noches.
En el cuadro, él y su esposa debían tener unos cuarenta años, sus tres hijas mayores eran adolescentes; Philippe, el padre de Raffaele, rondaba los siete años y la hija más pequeña, Sophie, estaba sentada en el regazo de su madre, luciendo una hermosa melena roja. Una familia ideal. Nuestro recorrido continúo por el ala oeste, que estaba deshabitada.
—Aquí están las habitaciones que usaban mis tíos y mis abuelos —indicó Maurice—. También hay una habitación reservada a importantes visitas, se dice que ahí durmió Luis XIV en tiempos de mi bisabuelo y el Duque de Orleans en tiempos de mi abuelo. Nunca me dejaron entrar ahí. 
Para mi sorpresa, Maurice fue abriendo las puertas de todas las habitaciones usando un trozo pequeño de metal retorcido en la punta. Agnes le había negado las llaves por lo que se valió de un truco que el Padre Petisco le enseñó cuando era un niño. Yo no podía creer que un jesuita instruyera a su pupilo en un arte más propio de ladrones que de caballeros.  
En una de las habitaciones encontramos una gran casa de muñecas. Era una réplica exacta del Palacio de las Ninfas. En su interior tenía bellas muñecas con rostro de porcelana y elaborados vestidos.
—Fíjate bien, Vassili, cada muñeca es un miembro de mi familia —dijo Maurice sacando y colocando alineadas en el suelo las delicadas figuras—. Esta de cabello negro es mi tía Severine y esta peliroja es mi tía Sophie o Pettite, como la llamaban. Y la que tiene una corona y cabello negro es mi abuela. Mi abuelo y mi tío también están.
—¿Eran los juguetes de tus tías?
—No, esta es la habitación de la abuela. Al parecer ella no andaba muy bien de la cabeza y pasaba todo el día aquí encerrada jugando. Escuché decir a los sirvientes que se comportaba como una niña pequeña.
—Pobre Duquesa.
—Mi tía Pauline va por el mismo camino, también tiene una casa de muñecas casi tan elaborada como esta. Si me permites decir algo, creo que ella trataba a Miguel y a Sophie como si fueran muñecas vivientes. No sé si mi abuela fue igual con sus hijos.
—Debe ser terrible ser una muñeca en manos de una mujer caprichosa… —No pude evitar sentir escalofríos.
— Ya lo creo —Maurice sonrió con tristeza, como si no le costara imaginar aquello porque lo había presenciado ya.
Continuamos nuestro recorrido. Maurice no pudo abrir la habitación de su abuelo. En la habitación que utilizó madame Severine cuando era joven contemplamos un hermoso retrato. Ella debía tener unos quince años cuando fue pintado, se la veía sonreír con candidez y, sin duda, era tan bella como una ninfa. No había nada que predijera la transformación que sufriría al crecer y convertirse en la mujer fría que conocí en el Palacio de Gaucourt.
—Ahora voy a mostrarte el lugar más interesante de este palacio. —sentenció Maurice con picardía. Me guió hasta su habitación, abrió una de las gavetas de su cómoda para sacar una pequeña llave, fue a uno de los rincones y empezó a palmear la pared a la altura de su rodilla. Ahí encontró un pequeño orificio introdujo la llave y la giró. Después oprimió un espacio en la pared y una parte de esta se deslizó hacia un lado rápidamente.
—¡Asombroso! —dije asomándome por la abertura— ¡Es una habitación secreta!
—Exactamente, mi tío hizo bloquear la entrada de una de las habitaciones y la comunicó con la mía a través de esta puerta falsa. Sólo él, Raffaele y yo sabíamos abrirla.
Era tan amplia como todas las del Palacio pero con la particular diferencia de tener las ventanas más grandes. En el techo estaba pintado representando al cielo. En el piso había dibujado un enorme mapamundi rodéalo del mar y en las paredes habían paisajes e tierras exóticas.
Tenía pocos muebles: una biblioteca medio vacía, un amplio escritorio, varios sillones y un diván. También había un baúl arrinconado, Maurice lo abrió y sacó dos réplicas de barcos que guerra que colocó en el piso. —Mi tío, Raffaele y yo reproducíamos los viajes de Marco Polo o imaginábamos todo tipo de aventuras. Incluso cuando Raffaele viajaba con sus abuelos en Nápoles, mi tío seguía jugando conmigo.
—¿Y tu madre y tu padre?
—Esta habitación fue construida después de que se separaron y mi padre se marchó con Joseph.
—¿Tu tío creó esta habitación para consolarte?.
—No, la hizo para esconderme de mi abuelo. Por alguna razón me odiaba y cada vez que me tenía su alcance intentaba matarme.
—¿De qué hablas?
—La primera vez que lo intentó, me encerró dentro en el armario de su habitación para que muriera de hambre y sed. Afortunadamente mi tío me encontró varias horas después. Le prohibió a mi abuelo acercarse a mí de nuevo y me dijo que todo había sido una broma del viejo.
—Obviamente, es imposible que tu abuelo quisiera hacerte daño.
—Mi abuelo me odiaba Vassili, después de eso siguió intentando matarme. Un día casi logra ahogarme.
—¡No es posible!
—Solía poner mis barcos a navegar en la Fuente de las Ninfas, a escondidas de mi nana. Por cierto, Agnes era mi nana, aunque no la recuerdo tan amargada. En esa ocasión me descuidé, mi abuelo me atrapó, me arrojó a la fuente y me sumergió la cabeza bajo el agua. Yo estaba aterrado, incluso perdí el conocimiento. Cuando desperté, mi tío me tenía en sus brazos y no hacía más que suplicarme que abriera los ojos.
Maurice contaba todo esto con buen humor, como si se tratara de una anécdota pintoresca. Yo estaba horrorizado: la imagen del pequeño niño siendo ahogado por su propio abuelo era insoportable. Empecé a sentir que me faltaba el aire y tuve que sentarme en el baúl.
—Por esa razón mi tío construyó esta estancia secreta, para mantenerme protegido de mi abuelo cuando él o mi madre no estuvieran cerca. Funcionó muy bien, varias veces escuché a mi abuelo entrar a mi habitación y recorrerla buscándome, incluso me llamaba diciendo que tenía algún juguete para darme. Yo me quedaba en silencio temiendo que algún día descubriera la puerta falsa. Debía estar muy viejo o ser muy tonto para no darse cuenta de que había desaparecido una habitación en el palacio.
Miré por las ventanas hacia el jardín, ya no juzgué descabellado el tapiar todas las fuentes y la fosa que rodeaba el palacio. Aquel disparate arquitectónico había sido un desesperado intento del Duque Philippe de Alençon, por salvar a su sobrino. No le conocía, pero en ese momento deseaba estrechar su mano y agradecerle por haber puesto tanto esfuerzo en mantener con vida a la persona más importante para mí.

¿Qué clase de familia eran los Alençon? ¿Cómo pudo Théophane dejar a su hijo en semejante lugar y con semejante abuelo al acecho? ¿Por qué sus tías reflejaban la imagen del desamor? ¿Por qué Maurice había tenido que sufrir desde niño?... Todas estas preguntas me amargaban y empecé a ver el Palacio de las Ninfas como un lugar lúgubre.
Me mortificaba saber que Maurice no había crecido rodeado exclusivamente de amor, sino que también la malicia y la locura le asediaron cuando estaba más indefenso. Le vi ante mí y lo imaginé años atrás, escondiéndose asustado de su abuelo. Sentí el impulso de abrazarlo y no me contuve. Lo rodeé con mis brazos y hundí su rostro en mi pecho… ¡Quería cobijarlo dentro de mí!
—Vassili… ¿Qué pasa?
—Quisiera borrar todos tus malos recuerdos y dejar sólo dicha en tu vida. No debiste sufrir tanto, nadie debe.
—Ya no tiene importancia.
—Maurice…
No pude decir más, le besé en la frente, en los ojos y… me detuve asustado. Maurice siguió mirándome tranquilo, sin rechazarme, porque no sospechaba lo que yo había estado a punto de hacer.  
—Vassili eres muy amable pero no quiero que sufras por mí. El pasado está en el pasado. Si te soy sincero, a mí lo que me preocupa es el futuro. No sé qué pueda pasar con la Compañía y…
Ya no pude escucharle. Lo aferré de nuevo mientras una extraña sensación recorría mi cuerpo. No entendía y no quería entender mis sentimientos. Creí que algo malo me ocurría, que algo oscuro estaba anidado dentro de mí, y tuve miedo de que mi oscuridad manchara a Maurice. Él seguía enfrascado en ponderar los riesgos que se cernían sobre los jesuitas y yo… ¡yo sólo pensaba en que había estado a punto de besarle en los labios!
Cerré los ojos y decidí silenciar mi corazón, condenarlo al escondrijo más alejado y solitario. Reprimirlo hasta que dejara de latir violentamente, hasta que cesara en su anhelo de tocar, de poseer, de entregarse totalmente. Me negué a ponerle nombre a mis emociones y fingí que nada ocurría en mi interior. Me mentí a mí mismo para poder mantener a Maurice en mis brazos sin sentir que cometía un pecado. Estaba comenzando mi descenso al infierno. [1] Las Mesdames: Las hijas solteras de Luis XV.

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