X El Veneno de Sophie


En los días que siguieron al encuentro con Miguel, Maurice se mantuvo lleno de ánimo, luciendo su sonrisa más radiante. Yo me debatía entre la alegría de verle feliz y la amargura de saber que el motivo no era mi compañía. No perdía ocasión para hablarme de su primo, de sus recuerdos de infancia y de las novedades que le había contado en el baile.
—Cuando habla de sus hijos —dijo embelesado—, se le ve muy feliz. Él no estaba contento con su matrimonio porque lo obligaron a casarse muy joven. Gracias a sus hijos, parece haberse conformado. Siempre supe que mi querido Miguel sería un padre cariñoso. ¡Vassili, no tienes idea de cuánto me alegra verle contento!
Me mortificaba ver cómo se le transfiguraba el rostro al hablar de su "querido Miguel". Me abstenía de hacer comentarios o preguntas que pudieran alargar la conversación. No quería que me siguiera torturando, mientras se deshacía en alabanzas por su primo.

Lo más desagradable fueron sus visitas al palacio de las ninfas. Como Monsieur De Meriño no se dignaba volver a Versalles, Maurice fue visitarle varias veces. Y yo me veía obligado a pasar el día sin otra compañía que un centenar de nobles que no me interesaban y el mortificante Raffaele.
—No dirá que no se lo advertí, Monsieur —se mofaba, mientras disfrutaba sin reservas de mi infortunio—, acostúmbrese al sabor de su indiferencia.
—Maurice no es indiferente conmigo —le refuté—, ya verá cómo sigue siendo atento y cariñoso cuando vuelva.
—Y ya verá usted cómo basta una palabra de Miguel para que Maurice se vaya a vivir con él en el Palacio de las Ninfas. Yo esperaba que ocurriera lo contrario, que Miguel viniera a vivir a Versalles. Pero se ve que la jugada me ha salido mal.
—¿Y por qué no va con Maurice a visitar a su querido primo?
—Ya le dije que prefiero dejarles su tiempo a solas. Además, ¿qué haría usted sin mi compañía?
—Se me ocurren un sinfín de cosas muy útiles y agradables…
—¡Qué ingrato es usted, Monsieur! —exclamó, mostrándose ofendido con un gesto teatral, para luego regalarme esa fiera sonrisa que tanto me intimidaba.
Para mi dicha, no me equivocaba. Maurice, a su regreso, seguía siendo el mismo de siempre. La única diferencia notable era que estaba de muy buen humor. Ya ni siquiera se quejaba de Versalles y empezó a disfrutar de algunas actividades, como la cacería. Esto era de esperarse porque, desde niño, se había destacado en esta actividad. Le encantaba el ejercicio, el reto y tener una excusa para disparar un arma. Esto último sobre todo, sentía un gran orgullo por su puntería.
Gracias a que Raffaele estuvo ponderando su habilidad ante el Rey, éste le puso atención a Maurice durante una de las jornadas de caza y, al final, le felicitó. Mi amigo no mostró ningún entusiasmo porque estaba frustrado después de haber fallado unos cuantos tiros.
—Gracias, su Majestad, pero la verdad es que lo he hecho bastante mal. Aún me queda un largo camino para estar a su altura. Su desempeño en cada jornada es asombroso.
Luis XV estaba acostumbrado a la adulación y aquello se lo tomó como tal. Aunque, probablemente, aquel era el halago más sincero que le habían hecho. Río de buena gana y continuó conversando con Maurice, Raffaele y este humilde servidor por un rato más. Lamentablemente, esto nos ganó miradas llenas de envidia que, a la larga, iban a convertirse en un problema.
No es recomendable hacer enemigos en Versalles. Y, una vez hechos, no es conveniente perderlos de vista. Nosotros debimos estar más alerta sobre Sophie. En cambio, la dejamos de lado… ¡Grave error! Estoy seguro de que aquella mujer se mantuvo acechándonos durante días. Buscando aliados en nuestra contra, preparando su estrategia. Y esperando a que se presentara la oportunidad para lanzar su ataque.
Éste llegó en una de las noches de fiesta que Luis XV organizaba para agasajar a sus cortesanos con abundante comida. Maurice fue a pasar la noche en el palacio de las ninfas, a fin de evitar el exceso de compañía que significaban estas veladas; Raffaele entretenía al rey y a madame Du Barry, y yo me encontraba haciendo uso de mi habilidad para socializar, mientras disfrutaba de los deliciosos platillos. Obviamente, me convertí en presa fácil.
—¡Monsieur Du Croisés, que placer verle hoy! —Aquella voz puso todos mis nervios de punta, parecía el siseo de una serpiente—. Veo que le han abandonado, ¿nos permite hacerle compañía?
Antes de que pudiera contestar, madame Sophie se sentó a mi lado. Y sus tres compañeras, a las que había visto algunas veces y cuyos nombres apenas recordaba, tomaron los otros sillones a mi alrededor.
—Tenía días deseando preguntarle algo, Monsieur —la bella mujer ponía todos sus esfuerzos en lucir inocente y encantadora. Yo no podía evitar observar cómo su pecho subía y bajaba sensualmente—. Mi amiga, madame Christine, y yo hemos hecho una apuesta. Es algo muy infantil, una tontería. Aun así, espero que nos ayude a determinar la ganadora.
Las otras mujeres rieron por lo bajo como si fueran niñas tímidas. Madame Christine de Savigny era una de ellas, una mujer de cabello castaño, un poco gruesa y con un rostro angelical.
—¿Cómo puedo ayudarla? Ni siquiera tengo idea de qué se trata la apuesta.
—Claro que puede ayudarnos, porque sólo usted sabe cuál de las dos acertó.
—No entiendo…
—Verá, Monsieur —se adelantó Madame Christine—, Madame Sophie ha apostado que usted nunca se ha ordenado sacerdote y yo le he asegurado que sí porque mi hermana, madame Charlotte de Arpajon, se confesaba con usted.
El mundo giró a mi alrededor, vi claramente que aquello era una trampa. Por supuesto que recordaba a su hermana. La había visto varias veces, durante esos días, y nos habíamos evitado el uno al otro como a la plaga. Ésta había sido una de mis dirigidas y no resultaba fácil para ninguno de los dos hablarnos. Ella debía sentirse avergonzada porque me había confesado sus más negros pecados, y yo deseaba más que nada olvidar que era sacerdote. Afortunadamente, no todas mis antiguas hijas espirituales frecuentaban Versalles.
—Entonces, Monsieur —insistió Sophie—, ¿quién ha acertado? ¿Es usted o no sacerdote? ¿O debo decir era? ¡Ah, qué tonta soy!, olvidaba que jamás se deja de ser sacerdote…
Pude haberme reído o haberme mostrado ofendido; pude simplemente haberme levantado y dejado a aquellas mujeres reírse a mis espaldas. Pero no acerté a hacer nada. Mi mente se negó a funcionar, mi cuerpo estaba paralizado y un sudor frío lo inundó. Lo que más había temido: el escándalo, el juicio público, el ser señalado y ridiculizado, estaba ocurriendo bajo la apariencia de una conversación trivial. Era una tortura.
—Insisto en que sí es sacerdote —continuó hablando Madame Christine—. Aún lo recuerdo cuando se paseaba por estos salones vestido de negro, lucía usted muy solemne.
—Pero no hace falta ordenarse para ser Abate —le contestó Sophie—, así que aún puedo ganar.
—Te aseguro que sí lo es, querida. Yo misma acompañé muchas veces a mi hermana a Notre Dame, para oír la misa que el querido Monsieur Vassili presidía.
—Entonces, he perdido mi apuesta —gimoteó Sophie con cierta gracia—. ¡Estoy tan afligida!
Mientras estas mujeres conversaban entre ellas, yo iba sintiendo que me faltaba el aire. Ellas simplemente estaban gozando con mi estado. Y, cuando empecé a balbucir, no fueron nada condescendientes.
—No le entiendo, Monsieur —dijo Sophie, fingiendo preocupación—. Parece que se ha quedado sin habla.
—¡Qué triste!, él que era tan buen orador... —se burló Madame Christine.
—¡Mi querido Vassili, qué bella compañía tienes! —escuché decir a Raffaele—. ¡Envidio tanto tu buena suerte que insisto en unirme a tu fiesta privada!
Con su galantería habitual, besó la mano de cada una de las damas, para sentarse después junto mí. Sophie se vio obligada a hacerse a un lado y arrugar su amplio vestido.
—¿De qué estaban conversando?
—Nada particular, mi querido primo.
—¿Pero qué veo? —exclamó con aspaviento, señalando el rostro de Sophie—. Parece que hoy no te has maquillado lo suficiente, querida prima. Tu vieja cicatriz puede verse a leguas.
Ella se llevó la mano inmediatamente a su frente, pero no fue lo suficientemente rápida. Todos pudimos ver que, efectivamente, tenía una cicatriz de menos de un centímetro en el lado izquierdo de su frente, cerca del nacimiento del cabello.
—¡Qué descortés! —chilló, poniéndose de pie—. Señoras mías, es mejor que nos vayamos, mi primo no tiene maneras.
La vi alejarse toda descompuesta, seguida por su séquito. No voy a negar que me sentí aliviado.
—Así es como se ahuyenta a Sophie, Monsieur. Si no se defiende, ella se lo comerá vivo ¿Qué le ha dicho para alterarlo tanto? Tenía usted tal expresión que creí que iba desmayarse.
—Sólo dijo lo que todo el mundo sabe. Me recordó que soy un sacerdote que ha dejado su ministerio de forma escandalosa.
—¿Y eso qué importa? No veo razón para afligirse por una cosa así.
—Odio mi propia debilidad —le confesé, afligido—, me gustaría ser capaz de ignorar la opinión de los demás, en vez de temerle más que a la condenación eterna.
—Pensándolo bien, una buena reputación es muy importante para todos. Es lógico que tengamos miedo de perderla. Usted no es débil por darle importancia, debe hacerlo. También tiene razón en temer a Sophie. Ella es cruel y astuta, sabe cómo hacer sufrir a la gente.
—Usted parece saber cómo hacerla sufrir a ella.
—Por supuesto, nos conocemos desde niños. Por cierto, esa cicatriz se la hizo Maurice.
—¡No es posible!
—¡Oh, sí! Él es más temible que ella
—Eso no puedo creerlo. No imagino Maurice hiriendo a una mujer… —Me quedé cortado porque recordé cómo había arrastrado de los cabellos a mi sirvienta, unos meses atrás.
—Sophie se lo buscó, causó la muerte de un caballo que mi padre le había regalado a Maurice cuando vivía en España.
Raffaele me narró el incidente. Seguramente, para hacerme olvidar el mal rato que su prima me había hecho pasar. Cuando Maurice apenas tenía diez años, el duque le obsequió un hermoso potro. Él estaba feliz y quiso montarlo desde el primer día. Pero su tutor, el padre José Andrés Petisco, un Jesuita al que el Duque había encomendado la educación de su hijo y sobrinos, se opuso por considerar que el animal era muy peligroso.
—El padre Petisco era un pozo de sabiduría y todo un experto en las más variadas cosas, desde esgrima hasta danza. Nos educó para ser excelentes en todo. También era un tirano, siempre intentaba ponerme las riendas. Me dio más tirones de orejas que mi propio padre. En aquel tiempo, llegué a odiarlo, pero ahora siento una gran admiración por él. Maurice, en cambio, le amó con toda su alma; es obvio que terminó en la Compañía de Jesús gracias a que estaba encandilado por el padre. No es de extrañar. Es posible que el buen padre Petisco fuera la única persona que realmente entendió a mi pequeño primo en aquellos años.
El hecho es que aquel jesuita empezó a entrenar a su pupilo, prometiéndole que le dejaría cabalgar en el campo cuando dominara completamente al caballo. Le hacía montarlo dando vueltas en un corral, mientras él mantenía al animal sujeto por una larga cuerda.
Su prima quiso participar también. No se había tomado muy bien que Maurice recibiera aquel corcel y ella solamente vestidos y muñecas. Hizo varios berrinches al respecto, sin que nadie le pusiera remedio a la situación.
—“Las niñas no necesitan aprender a cabalgar” —le había dicho Maurice, negándose a prestarle a “Soberano”, como llamó al animal.
Ella tomó represalias, las más terribles que pudo imaginar. Cuando los peones se descuidaron, soltó a los perros de caza. Eran animales muy jóvenes y poco entrenados, por lo que se lanzaron hacia el caballo, ladrando sin parar. Quizá para ellos no era más que un juego, pero el inquieto potro se alteró y comenzó a encabritarse. El padre no pudo controlarlo. Maurice escasamente consiguió sostenerse por unos minutos antes de que soberano lo hiciera volar por los aires.
El pequeño jinete terminó con el brazo roto y el cuerpo lleno de moretones. Madame Thérese estaba tan furiosa que mandó matar al caballo. Ninguno pudo disuadirla y, al no encontrarse su hermano presente, nadie tenía la autoridad para oponérsele.
Maurice vio morir a Soberano, entre lágrimas. El padre, Miguel y Raffaele trataron de consolarlo. Pero él insistía en que se había cometido una injusticia y que la puerta de la jaula de los perros no se había abierto sola. Interrogó a cada sirviente, hasta que llegó a uno que se atrevió a confesar haber visto a Mademoiselle Sophie cerca de la puerta cuando ocurrió el incidente.
Entonces, se desató una tormenta. Maurice rugía acusando a su prima y ella lo negaba ofendida. Madame Thérese y madame Pauline, la madre de Sophie, se resistían a creer que la niña hubiera hecho tal cosa. Miguel y Raffaele apoyaban a Maurice, mientras que el Padre Petisco intentaba mediar.
Al ver que no obtendría justicia de su madre y de su tía, Maurice abandonó el salón en el que se encontraban. Todos creyeron que iba encerrarse en su habitación a pasar la rabieta. No fue así. Regresó con una fusta en su mano y, antes de que alguien pudiera reaccionar, azotó a Sophie sin parar. El padre Petisco se vio obligado a levantarlo en brazos para alejarlo de ella.
Al final, la chiquilla tenía el rostro lleno de sangre y los brazos marcados. Todo el mundo hizo un gran escándalo y Maurice fue confinado a su habitación. Cuando limpiaron la sangre, descubrieron que se trataba de una pequeña herida. El médico que buscaron aseguró que no representaba ningún peligro para la niña y era probable que ni siquiera dejara una cicatriz.
Lamentablemente, se equivocó. La marca quedó allí como un recuerdo de la enemistad entre los dos niños. Madame Thérese le exigió a su hijo que pidiera perdón a su prima, tratando de que hicieran las paces y el asunto quedara atrás.
—No lo haré hasta que ella pida perdón por haber soltado a los perros y usted, madre mía, lo haga por haber hecho matar a Soberano injustamente.
La respuesta de madame Thérese fue una bofetada y el confinamiento de Maurice por tiempo indefinido. Él no se inmutó y, en ningún momento, dio su brazo a torcer. Su condena fue levantada casi un mes después, cuando su tío regresó y convenció a sus hermanas de perdonar al niño y reprender a Sophie por lo que pudo haber sido una tragedia mayor.
Le regaló otro potro a Maurice, tratando de que olvidara así la mala experiencia. A pesar de esto, su sobrino declaró que jamás perdonaría a Sophie, y ella aseguró que le haría pagar por la cicatriz.
—En mi opinión, Maurice es quien ha llevado las de perder —aseguró Raffaele—. Él se limitó a ignorarla, mientras que Sophie intentó hacerle daño muchas veces. Incluso, en una ocasión, lo dejó muy mal herido. Por eso, no se descuide con ella, Monsieur. Ya ve que también le ha lanzado una jauría de perros encima, bellos y coquetos, pero con dientes afilados. Manténgase junto a mí y Maurice todo el tiempo, aunque mi compañía no sea de su agrado.
—Le pido disculpas por lo que dije anteriormente, y le agradezco de todo corazón su ayuda.
—No tiene nada que agradecer. Ya le dije que me conviene que usted se sienta cómodo en Versalles y me ayude a retener a mi pequeño primo. Además, yo también tengo una cuenta pendiente con Sophie.
Acordamos no decirle a Maurice acerca del suceso para evitar que discutiera con su prima. Ella no volvió a acercarse a nosotros durante varios días, y pudimos gozar de algo de paz y tranquilidad.
Incluso, tuvimos oportunidad de encontrar nuevos amigos en Versalles y de una manera inesperada. Es una anécdota que resulta bastante simpática y vale la pena relatarla. Una mañana observé que Maurice reía, mientras miraba por la ventana.
—¿Hay algo interesante? —le dije, acercándome
—Un sombrero muy grande
—¿Cómo?
—Fíjate en aquel joven que pasea por los jardines. Seguramente, alquiló ese sombrero, porque no es de su talla y desentona con su traje. Cada vez que se encuentra con alguien, hace una reverencia y el sombrero va dar al suelo.
—Debe ser un curioso que vino a ver cómo vive la nobleza, aunque también podría ser un ladrón. Recuerda que hace años alguien le arrebató un valioso reloj al Rey, mientras paseaba por la Galería de los Espejos.
—Vamos a averiguarlo… —sugirió divertido.
No teniendo nada mejor que hacer, me pareció buena idea. Seguimos en secreto al intruso por un buen rato. El pobre joven estaba fascinado con todo lo que encontraba a su alrededor, y era bastante gracioso verle intentar fraternizar con los nobles indolentes que encontraba a su paso. Finalmente, tomó un camino poco transitado y terminó perdido. Maurice y yo nos divertimos bastante con su desventura.
—¿Vamos a hablarle? —me preguntó.
—Parece bastante inofensivo, creo que podemos arriesgarnos. —Nos acercamos y, al vernos, se mostró aliviado.
—Buen día señores, ¡qué alegría verles! Me encuentro perdido y, ahora, no sé cómo regresar a la entrada del Palacio…
—Con gusto le indicaremos el camino —le dije—. ¿Es su primera visita en Versalles?
—Temo que no puedo negarlo. Quise conocer el palacio. Pero, lamentablemente, ninguno de mis amigos, más entendidos respecto a Versalles, pudo acompañarme. Y yo sólo disponía de este día. Ah, perdonen mi descortesía, mi nombre es François Aumary, a su servicio.
También nos presentamos y comenzamos una de esas conversaciones triviales, con las que los seres humanos nos medimos unos a otros para saber a qué atenernos. François tenía un aspecto que inspiraba confianza y simpatía. Con su rostro rectangular, los ojos azules grandes y francos, el cabello de color castaño oscuro, una nariz alargada y labios finos que insistían en sonreír. Llevaba el negro cabello atado en la nuca con sencillez. Vestía una casaca oscura muy usada, y podían verse manchas de tinta en los puños de su sencilla camisa. Era de buena estatura, aunque no se le podía llamar alto si se le comparaba conmigo.
Nos contó que estudiaba en la Sorbona y trabajaba en cualquier cosa que le diera para comer y dormir en un lugar decente, desde secretario hasta cocinero. A Maurice le divertía mucho su manera desenfadada de hablar, yo ya había bajado la guardia a los pocos minutos de conversación.
—¿Qué vientos soplan en la Universidad? —Para Maurice la Sorbona era un mundo fascinante.
François nos puso al tanto de los últimos debates que se planteaban entre los profesores. Él era un racionalista acérrimo, mientras que Maurice consideraba que el racionalismo no abarcaba la totalidad de la realidad, así que pronto comenzaron a debatir cordialmente.
También conversaron sobre La Enciclopedia, el proyecto que Diderot insistía en llevar adelante, a pesar de la censura y demás dificultades que le llovían desde hacía más de una década. Maurice admiraba esta empresa tanto como François, a pesar de que el gran Diderot era enemigo declarado de los jesuitas.
También coincidían en admirar la genialidad de Voltaire y la mayoría de los filósofos ilustrados. Los dos opinaban que el mundo estaba cambiando en el pensamiento, pero no en las estructuras de la sociedad, por lo que surgían choques innecesarios. A François, se le ocurrió decir que el mejor ejemplo de esto era el índice de libros prohibidos y que la Iglesia no podía conferirse a sí misma el derecho de marcar lo que estaba bien y lo que no. Maurice le concedió que el Índice era un error, pero defendió la necesidad de una Iglesia que estuviera por encima de los reyes y defendiera al desvalido ante los poderosos.
—¡Me gustaría ver a la Iglesia hacer eso…! —respondió respetuoso François—. Temo que lo único que defiende la Iglesia es su derecho a ser relevante.
Entonces, Maurice declaró algo que me confundió: la Iglesia no estaba representada únicamente por el Papa y los Obispos. Porque la Iglesia no era una institución, sino una comunidad, un pueblo. —Bien sabes que, en griego, Iglesia significa asamblea. En sus cartas, los apóstoles llaman Iglesias a las primeras comunidades de cristianos. Esto indica que cualquier comunidad de bautizados es la Iglesia, y todo lo que hagan es obra de la Iglesia.
Entonces, le contó a François sobre las Reducciones del Paraguay, y cómo los jesuitas habían luchado por proteger a los guaraníes de los paulistas, que les cazaban para venderlos como esclavos. Así, el debate se intensificó hasta el punto de que nos olvidamos de ir a comer y de la jornada de cacería. Cuando Raffaele nos encontró, los tres estábamos hambrientos.
—¡Vaya ocurrencia! —nos regañó—. La partida de caza está lista para salir y no podremos alcanzarlos. Llevemos a este amable joven a París, y busquemos allá algún buen lugar para comer. Nos servirá de paseo. Raffaele se unió a nuestras disquisiciones y demostró no ser tan tonto como yo creía. También demostró ser un espléndido anfitrión que no discriminaba a ningún invitado, aunque sólo se tratara del hijo de un simple notario.
Ese día, surgió una cierta amistad entre François y nosotros. Recorrimos París escuchando las jocosas anécdotas de su vida. Incluso nos invitó a la taberna, en la que solía comer con sus amigos y que llevaba el pomposo nombre de Corinto. El lugar estaba lleno de estudiantes y obreros. Se escuchaban animadas conversaciones por todos lados. Y las bandejas repletas eran paseadas de mesa en mesa, esparciendo un delicioso aroma. Aunque me pareció un sitio de poca monta, su comida parecía ser tal y como François la había ponderado.
El dueño de la taberna se acercó a recibirnos, sorprendido. François bromeó con él, sugiriéndole que le perdonara sus deudas por haberle traído tan distinguida clientela. El hombre rió de buena gana, pero no se mostró dispuesto a ceder. Nos ofreció su mejor mesa, pero François quiso que comiéramos con sus amigos. Así terminamos en el fondo de la taberna, con media docena de estudiantes que nos miraron recelosos.
De ellos, recuerdo a Etienne Marchant, porque funcionaba como una especie de líder al que todos secundaban. Era un hombre enorme, con el rostro curtido por el duro trabajo en el campo. Había venido a estudiar a París por sus propios medios y ya se encontraba cerca de terminar la carrera. Los demás le tenían como un modelo a seguir por su tesón y por su generosidad. Solía acoger a todos los recién llegados a la ciudad, hasta que encontraban un lugar dónde vivir por su cuenta.
François nos presentó y amenizó el encuentro burlándose de sí mismo por haberse perdido en Versalles. Luego, tuvo la ocurrencia de mencionar que Maurice conocía las Reducciones, y todos se mostraron muy interesados.
La comida estuvo condimentada con preguntas y respuestas sobre las lejanas tierras de los guaraníes, hasta que alguien quiso saber cómo Maurice había terminado en el Paraguay y Raffaele declaró que él había viajado más que su primo. Se apoderó de la conversación y nos entretuvo a todos, contándonos de sus travesías con su padre por la India y las costas africanas. También hizo que Asmun se integrara al grupo y hablara de su gente, cosa que el joven Tuareg hizo de mala gana.
Raffaele seguramente les había resultado intimidante al principio. Luego de escucharlo unos minutos, ya los tenía a todos en sus manos. Agradecí esa habilidad natural para fascinar a la gente. Lo último que quería era que se ventilara, en aquel lugar, la cercanía de Maurice con la proscrita Compañía de Jesús. Y terminara una animada tertulia en una discusión, en la que él llevaba desventaja numérica.
La tarde pasó rápidamente, mientras se tejía entre nosotros la camaradería, a pesar de la diferencias. François y sus amigos eran varios años más jóvenes que nosotros, y ninguno daba muestras de ser acaudalado. Maurice parecía sentirse muy contento entre ellos. Luego, me dijo que los admiraba porque ellos se abrían paso en la sociedad a través de su talento y esfuerzo, sin depender de un título heredado. Años atrás, los hubiera considerado desafortunados; en ese momento, me provocaron envidia.
La siguiente ocasión en que François visitó Versalles no lo hizo solo. Sus amigos se sumaron porque querían continuar nuestra conversación anterior. Sobre todo, deseaban escuchar más de la experiencia de Maurice en el Paraguay. Él estaba feliz, llegó incluso a dibujarles de memoria plantas, aves, paisajes y gentes de aquel lugar.
Otros nobles también se sumaron a nuestras reuniones. Y pronto poseíamos un pequeño grupo de compañeros, de los que apenas recuerdo al Conde Bernard de Nogaret y a Monsieur Clément de la Valette. Raffaele se mostraba intranquilo y sólo permitió estos encuentros por complacer a Maurice. Le puso como condición no revelar que su estadía en el Paraguay se debía a que era jesuita. Simplemente, debía decir que ciertas circunstancias lo llevaron a aquel lugar. Claro que era ser muy ingenuo creer que nadie iba a enterarse, teniendo a Sophie como enemiga.
—¡Qué conversación tan interesante tienen!, ¿podemos unirnos a ustedes?
Todos giramos, sorprendidos, para verla. No habíamos notado cuándo entró con su séquito. Nos encontrábamos en uno de los salones del palacio, ante una mesa en la que habíamos desplegado un gran mapa de la República Guaraní del Paraguay, que François consiguió en la Sorbona, y los dibujos de Maurice.
—Por supuesto, Madame —contestó François, embelesado por la belleza de Sophie.
—¿Acaso es su hermana, Monsieur? —preguntó por lo bajo Etienne.
—Oh no, Monsieur, soy su prima, la condesa Sophie de La Vergne—. La seductora mujer en seguida ofreció su mano para que aquellos ingenuos la besaran. No venía sola, la acompañaba su propia corte de admiradores y sus temibles amigas—. Entonces, ¿de qué estaban hablando tan entretenidos?
—Del Paraguay, Madame. Su primo es una autoridad en la materia —contestó entusiasmado el Conde Bernard.
Maurice estaba paralizado. Yo deseaba intensamente que Raffaele se presentara en el acto y evitara cualquier cosa que Sophie tuviera mente.
—¡Por supuesto que lo es! —exclamó ella, sonriendo sensualmente—. No en balde estuvo seis años como misionero jesuita.
—¡¿De verdad?! —preguntó Madame Christine con fingida ingenuidad—. ¿Monsieur Maurice ha sido jesuita? —Usted lo ha dicho, Madame —contestó mi amigo en un susurro.
¡Cuánto le hubiera agradecido que mintiera! Su sinceridad siempre fue una de sus mejores cualidades y uno de sus peores defectos. Sophie sonrió triunfante. Los demás callaron, era evidente que entendían lo que esto implicaba.
—Los Jesuitas fueron expulsados de todos los territorios del Reino de España, lo cual incluía el Paraguay —enfatizó un caballero, al que no había visto antes, que tenía cara de pocos amigos y acento español.
—¡Ah! Ni lo mencione, Monsieur Alaña —exclamó Sophie con falsa aflicción—. Mi pobre primo estuvo en una prisión hasta que mi padre y mis tíos lograron sacarlo de ahí.

Todos miraron a Maurice, esperando una reacción. Él se mantenía con la vista fija en el mapa; erguido, los puños apretados. Seguramente, conteniendo su rabia.
—¡Qué situación tan particular la suya, Monsieur! —dijo el tal Alaña, dirigiéndose directamente a Maurice—. Es una fortuna que abandonó la Compañía de Jesús a tiempo. No hay futuro para los jesuitas.
—Eso es cierto —afirmó otro de los acompañantes de Sophie. No recuerdo su nombre, pero sí que era un lisonjero de pocos sesos—. Se dice que el nuevo Papa, Clemente XIV, ha sido elegido por influencia de los Borbones, quienes querían un pontífice dispuesto a eliminar la Compañía de Jesús. Seguramente, pronto firmará un decreto para cortar la mala hierba de los jesuitas de raíz.
—Eso es sólo un rumor —intervine, sabiendo lo mucho que le molestaba a Maurice ese tema—. Ya han pasado varios meses desde su elección y no ha hecho nada al respecto.
—Sólo es cuestión de tiempo —insistió Alaña—. Ya verá que su Majestad Carlos III no descansará hasta ver erradicada la Compañía de Jesús de la faz de la tierra. Y no está solo en esta empresa, el rey de Portugal y su Majestad Luis XV le apoyan incondicionalmente.
—No la he abandonado —murmuró Maurice, como si hablara para sí mismo—, fui arrancado de ella.
Todos quedamos sorprendidos. A Sophie, le faltó poco para dar brincos de alegría. Deseé de todo corazón que Raffaele apareciera y la ahuyentara. Pero ya que no estaba cerca, tuve que asumir yo la tarea de desviar aquella emponzoñada conversación.
—¿Por qué estamos hablando de temas tan engorrosos? Volvamos a hablar de la selva del Paraguay. —Muy cierto —me siguió François—. Monsieur Maurice nos decía que los saltos de agua son asombrosos…
—¡Por favor, amigos míos, eso no es interesante! —Nos amonestó madame Christine—. Prefiero que Monsieur Maurice nos hable sobre su arresto y expulsión del Paraguay, seguramente será un relato conmovedor.
Miré z aquella mujer con todo mi desprecio y estuve a punto de echarlos a todos a patadas, sólo me contuve para evitar un escándalo mayor; hoy, me arrepiento de no haberlo hecho.
—Yo, en cambio, prefiero que Monsieur De Gaucourt me saque de dudas —intervino Alaña, dándose aires de autoridad—. Dígame, ¿es usted todavía jesuita? Porque si lo es, no entiendo cómo puede estar en Francia.
—¡Qué tontería está diciendo, Monsieur! —le reclamé—. Creo que hace preguntas innecesarias.
—Apoyo a Monsieur Vassili —dijo Monsieur Clément, sin disimular su disgusto—, me parece grosero venir a interrumpir nuestra reunión para imponer temas tan incómodos.
—¡Exactamente! —exclamó con aplomo el Conde Bernard—. La flora, la fauna y las gentes del Paraguay son más inspiradoras que toda está intriga.
—Yo sólo quiero que el joven conteste a mi pregunta… ¿O acaso teme hacerlo?
—¿Le gusta jugar a la inquisición, Monsieur Alaña? —Mi paciencia se había agotado, sujeté a aquel odioso hombre de la solapa sin pensar en las consecuencias.
—Monsieur Du Croisés, no veo por qué se altera de esta forma. Además, no es con usted con quien estoy hablando.
—Monsieur Vassili es un amigo tan fiel… —intervino Sophie con su aparente dulzura—. Está tratando de evitar que Maurice pase por la vergüenza de admitir que está asociado con los jesuitas. No lo culpo, esos hombres son…
Maurice golpeó la mesa con ambas manos, se dio vuelta, y encaró a Sophie y a sus acompañantes lleno de ira. Yo solté a Monsieur Alaña por la sorpresa que me produjo.
—¿Vergüenza? ¡Estás loca, Sophie! Siempre voy a sentirme orgulloso de ser Jesuita, y no pienso dejar de serlo jamás. Todas las patrañas y mentiras con las que han querido empañarnos no van a cambiar la gloria de la Compañía. En el Paraguay, servimos a Carlos III mejor que muchos otros, y nos pagó con la persecución y la cárcel. Ya Dios le pedirá cuentas por su injusticia…
—¿Insinúas, querido primo, que el rey de España fue injusto al expulsar a los jesuitas? ¿Y Luis XV, nuestro buen Rey, quien los desterró de Francia mucho antes, también es injusto?
Maurice se dio cuenta de la trampa que le estaba tendiendo Sophie y se contuvo.
—Yo no he dicho tal cosa.
—Exactamente —intervine de inmediato—, no intente poner palabras en su boca, Madame. Es mejor dar por terminada esta conversación. Sugiero que nos retiremos todos y nos dediquemos a otros asuntos.
—Sólo teníamos curiosidad —se defendió Sophie, haciendo un mohín—. ¡Qué sorpresa me he llevado al saber que mi querido primo todavía es jesuita!
Dicho esto, salió seguida por su cohorte.
—Esa mujer es terrible —exclamó François, después de cerrar la puerta.
—¿Qué va a hacer, Monsieur Maurice? —preguntó, preocupado, el Conde Bernard—. Si sólo nosotros lo hubiéramos escuchado, no habría problema. Pero ha estado presente el sobrino del embajador de España y...
—¿Qué ha dicho? —pregunté, alarmado.
—¿No lo ha reconocido? Era Monsieur Alaña, el hombre que usted sujetó de la solapa.
—No tenía idea.
—Esto ha sido una encerrona en toda regla —se quejó Etienne—. Y nosotros hemos colaborado como idiotas.
—¿Tendrá problemas por esto, Monsieur Maurice? —François lucía sinceramente preocupado.
—No creo que pase nada. No nos preocupemos inútilmente.
Cuando despedimos a nuestros amigos y estuvimos solos, se quedó de pie en medio de su habitación. La ansiedad se reflejaba en su rostro, mientras se llevaba las manos al pecho.
—Parece que mi corazón quiere escapar, Vassili —dijo con una media sonrisa.
Me acerqué a él y deslicé mi mano bajo las suyas, sentí su palpitar desbocado. ¿Miedo? ¿Rabia? ¿Frustración? ¿O acaso todo a la vez?
—Ya no estás tan optimista, ¿verdad?
—Temo que voy a causarle problemas a Raffaele, a mi tío y a la Compañía…
—Lo único que debes temer es lo que pueda pasarte a ti… —le abracé y él me aferró con fuerza.
—Debí quedarme callado, debí hacer caso a Raffaele y no hablar tanto del Paraguay… ¡Soy un necio!
—Vamos a hablar con Raffaele. Es mejor contar con su ayuda.
Maurice cerró los ojos como si aquella idea le resultara dolorosa. Preveía la reprimenda de su primo, pero no podíamos prescindir de él. Sobre todo porque era posible que terminara afectado. Luis XV podría dejar de verle con simpatía si llegaba a saber que había introducido un Jesuita en Versalles. Raffaele nos escuchó, manteniendo la calma. Imagino que no quiso aumentar la angustia de Maurice. Nos aseguró que haría todo lo posible para que el asunto no trascendiera. En la noche, nos reunimos de nuevo; lamentablemente, traía malas noticias.
—¡Ha sido terrible! Su Majestad pidió que me quedara después de la última ceremonia sólo para preguntarme sobre ti. No pensé que los rumores correrían tan rápido. Maurice, es mejor que dejes de hablar del Paraguay con tus amigos, y evita el tema de la Compañía de Jesús a toda costa.
La actitud de los nobles fue empeorando, día a día. Los rumores se convirtieron en calumnias, llegándose a decir las cosas más absurdas sobre Maurice.
—¡Esa es la mayor estupidez que he escuchado! —rugió Raffaele, mientras jugaba a las cartas en otra mesa, a unos metros de la que ocupábamos Maurice, Bernard, Clément y yo. Vimos a Raffaele arrojar sus cartas, ponerse de pie y, con pasos enérgicos, acercarse para tomar asiento a nuestro lado.
—¿Qué ocurre, Raffaele? —le preguntó Maurice.
—Aquella partida estaba aburrida. Prefiero jugar con ustedes. —Las miradas de todos los cortesanos y sus cuchicheos no se hicieron esperar.
—Vamos, dime qué ha pasado en verdad.
—Pasa, mi querido primo —respondió lo bastante alto como para que todos lo escucharan—, que algunos nobles sin sesos creen que eres partidario de las tesis regicidas del Padre Juan Mariana[1] y piensas atentar contra su majestad, para vengarte de la expulsión de la Compañía de nuestro Reino.
—Tenías razón —rió Maurice—, es la mayor estupidez que se puede escuchar.
—Exacto, repartan las cartas, ¡vamos a jugar!
Así estaban las cosas. Es probable que Luis XV hubiera dejado pasar el asunto de no ser porque algunos miembros del Parlamento se burlaron de su falta de autoridad, al permitir "un jesuita bajo sus narices". Para el Rey, esto era intolerable; por lo que envió a decir a Raffaele que podía abstenerse de acompañarle en la próxima jornada de cacería si insistía en que su primo lo acompañara. Raffaele tuvo que asistir solo. No podía dejar pasar cualquier oportunidad de estar junto al Rey, aminorando el efecto de los rumores.
También se le pidió directamente a Maurice que no se presentara en las ceremonias protocolares del comienzo y final del día de su Majestad. Mi amigo terminó confinado voluntariamente a su habitación la mayor parte del tiempo. Quise mantenerme a su lado, pero insistió en que siguiera la rutina de Versalles.
—Es a mí a quien rechazan, Vassili. Tú no tienes porqué terminar afectado.
Ya era tarde para eso. Los nobles me habían incluido en los rumores, y criticaban abiertamente que un sacerdote libertino y un jesuita regicida viviéramos en el Palacio. Los mismos que antes nos habían sonreído y hecho guiños. ¡Qué efímera era la simpatía en Versalles!
El asunto llegó a oídos de mi hermano, quien volvió a visitarme en Palacio. No se le ocurrió nada mejor que pedirme cortar mis lazos con Maurice. Traté de explicarle lo mejor que pude que Maurice estaba siendo perseguido injustamente, pero Didier hizo la gran pregunta:
—¿Es o no es Jesuita?
—Era…, bueno… hizo los votos así que aún lo es…
—Entonces, simplemente no debería estar aquí.
Intenté tranquilizar a mi hermano haciéndole ver que, si bien Luis XV había expulsado a los Jesuitas de Francia, desde Agosto de 1762, esta medida no fue tan severa como en Portugal y España. Los padres fueron obligados a entregar sus propiedades, pero recibieron una renta; incluso parecieron multiplicarse y hasta el antiguo Delfín mantuvo uno como preceptor de sus hijos en el mismísimo Versalles. Por tanto, no había que alarmarse más de lo necesario; su Majestad seguramente tenía otras cosas en qué ocuparse y no tomaría ninguna acción contra Maurice.
—Pero si llega a hacerlo —declaré—, no pienso abandonar a mi amigo. No puedo pagar su amabilidad dejándole solo cuando más me necesita.
Mi hermano no se tomó mi respuesta nada bien. Estaba agradecido con Maurice por la ayuda que me había brindado, pero no quería que me arriesgara por él. Terminé echando mano de Raffaele. Le aseguré que este seguía teniendo el favor del Rey y protegería muy bien a su primo. Sólo así me dejó en paz.
Lo que yo no esperaba era que, poco después, a Raffaele le fuera quitado el privilegio de pasarle la camisa a su Majestad en la ceremonia de la mañana y de la noche. A partir de ese momento, él dejó de disimular su preocupación y yo comencé a aterrarme.
Maurice, al principio, estaba más afligido por causar problemas a su familia que por las posibles consecuencias que resultaran de la intriga de Sophie. Pensaba que lo peor que podría pasar era que le pidieran que se marchara de Versalles y eso lo haría con gusto. Hasta llegó a decir que, si lo expulsaban de Francia, se marcharía lleno de felicidad con el resto de los Jesuitas exiliados en tierras pontificias.
Sin embargo, a medida que pasaban los días y el rechazo crecía a su alrededor, a fuerza de no poder hacer otra cosa que recluirse en su habitación a pasar la mayor parte del día en soledad, empezó a entender el trance en que estaba metido.
Como no quería involucrar a Miguel, dejó de visitarlo en el Palacio de las Ninfas. Insistió en que no contáramos nada a Joseph y a su padre, y pidió a François que suspendiera sus visitas por un tiempo. Esto contribuyó a acentuar su aburrido aislamiento; lo cual era contraproducente en alguien como Maurice. Empezamos a ver cómo su ánimo se iba apagando y se hundía, poco a poco, en un peligroso abatimiento.
Comenzó también a sentir un terrible dolor de estómago, como si algo le quemara por dentro. Perdió el apetito y, difícilmente, conciliaba el sueño. Cuando empezaron a faltarle las fuerzas, nos confesó su estado. Y Raffaele, alarmado, quiso que le viera un doctor. Maurice sugirió que avisáramos a Joseph para que buscara al Doctor Daladier; el mismo que lo había atendido anteriormente y que había sido enviado en secreto por los jesuitas.
Raffaele no perdió tiempo y logró que, al día siguiente, Joseph y el doctor se presentaran muy temprano en la mañana. Les acompañó el viejo Théophane, a pesar de que había estado evitando Versalles, a causa de las habladurías que circulaban sobre él y Madame Virginie.
Cuando tuve ante mí al Doctor Claudie Daladier, me sorprendió ver que era más joven de lo que yo suponía, aún no llegaba a los treinta. Era de corta estatura, Maurice podía ufanarse de superarle unos centímetros, un poco grueso y daba la impresión de que su cabeza era más grande de lo normal, gracias a su amplia frente. Tenía el rostro un poco alargado, con unos enormes ojos azules que resaltaban sobre oscuras ojeras y un pequeño hoyuelo en el mentón. Todo armonizado de tal manera que podía ser atractivo si se libraba de la palidez enfermiza que lucía su piel. Llevaba un traje elegante, pero desaliñado y la peluca blanca mal ajustada, dejando ver algunos cortos mechones negros asomándose. En cuando a su personalidad, el hombre siempre hizo gala de una excesiva confianza en sí mismo, una refinada educación y cierto aire excéntrico.
Mientras el buen doctor examinaba a Maurice, nos reunimos en la habitación de Raffaele; el optimismo escaseaba entre nosotros.
—No esperaba otra recaída —se lamentó Joseph.
—Es mi culpa. Versalles lo ha envenenado —gimió Raffaele, mientras iba de un lado para otro—. Él no quería estar aquí y yo lo obligué.
—No digas tonterías, hijo —le reconfortó Théophane—. Esta enfermedad es la secuela de todas las privaciones que pasó desde que se marchó al Paraguay. Si hay que culpar a alguien, culpa a los malditos jesuitas.
Yo no pude evitar pensar en que el viejo Marqués estaba dejando la vida de su hijo en manos de un médico aliado de sus odiados Jesuitas; era mejor no decírselo porque, seguramente, lo echaría a patadas.
—¡No soporto la espera! —exclamó Raffaele en un arrebato, y salió de la habitación, yo lo seguí.
Nos detuvimos ante la habitación de Maurice. Me hizo señas para que guardara silencio, giró lentamente la cerradura y empujó la puerta unos centímetros. Como el doctor había pedido que lo dejaran examinar a su paciente a solas, no nos atrevíamos a entrar. Pero tampoco estábamos dispuestos a esperar más.
Escuchamos la voz del doctor claramente; le recomendaba a Maurice que se esforzara por comer para recuperar las fuerzas y que mantuviera el buen ánimo. La respuesta de Maurice nos sorprendió.
—¿Cuándo puedo volver a la Compañía?
—Ya hemos hablado de eso; el Padre Ricci[2] le ordenó continuar con su familia hasta recuperar completamente su salud.
—Lo único que quiero recuperar es mi vida. Fuera de la Compañía, nada tiene sentido.
—Concéntrese en cumplir con la misión que le han dado: recuperar su salud y procurar el favor de sus tíos hacia la Compañía. Necesitamos aliados que puedan influir en los Borbones. Su tío Philippe es amigo de Luis XV; y su tío, el Duque de Meriño, aún tiene influencia en la Corte española. Comportándose como un insensato, sólo conseguirá que sus tíos se vuelvan contra la compañía como lo ha hecho su padre.
—¡Pero ya no lo soporto más!
—Entienda que, en este momento, los Jesuitas están en un verdadero predicamento. Los Borbones los han expulsado de sus tierras y una gran cantidad de padres pasan penurias, refugiados en las tierras pontificias. Usted sólo sería una boca más que alimentar y, con su precaria salud, podría morir por falta de cuidados. Obedezca al Padre Ricci, como lo haría un buen hijo de San Ignacio. .
—Lo siento, si me hubiera quedado callado… —Maurice parecía estar a punto de llorar.
—Bueno, bueno, no se mortifique más. Una vez que se ha cometido un error, lo único que queda es asumir las consecuencias. Siga mis indicaciones, aliméntese apropiadamente y no se deje llevar por la melancolía. Pronto volverá a ser el muchacho vivaz que el Padre Petisco tanto elogia. Apuesto a que la carta que le ha escrito le ha animado.
—Me dice que, cada día, mi regreso a la Compañía está más cerca…
—Eso mismo es lo que tiene que pensar para recuperarse.
Pude ver que Raffaele había palidecido. Yo también me sentía mal, me dolía ver lo decidido que estaba Maurice a volver con los jesuitas. También me sorprendió descubrir que su estancia entre nosotros no era más que un complot de aquellos hombres para ganarse el favor del Duque de Alençon y el Duque de Meriño.
Raffaele hizo un gran esfuerzo para cerrar la puerta silenciosamente. Y se alejó unos pasos hasta que parecieron faltarle las fuerzas y se sostuvo de la pared. Cuando lo alcancé, vi que estaba llorando.
—Es muy triste —me dijo—, ver que lo que más desea es dejarnos para marcharse a sufrir privaciones. ¿Cuando se volvió tan idiota mi pequeño primo? Y no me esperaba que el padre Petisco siguiera en contacto con él. Esto es una causa perdida. Maurice va a terminar largándose cualquier día.
No supe qué contestarle. No tenía fuerzas para animar a nadie, yo mismo estaba desconsolado. Mi Maurice quería marcharse y dejarme, ¿acaso no iba a cuidar de mí hasta que yo encontrara mi camino? Supuse que él tenía esperanzas de que yo decidiera pronto qué hacer con mi vida. No le creía capaz de abandonarme sin más. ¡Cuánto deseaba estar con él indefinidamente! Pero la conversación que escuchamos me devolvió a la realidad: la separación vendría tarde o temprano.
Durante unos minutos, nos quedamos sin saber qué hacer. Cuando vimos a Joseph salir de la otra habitación, reaccionamos de inmediato; fuimos hacia él para tranquilizarlo, diciendo que el doctor no había terminado. Ninguno de los dos mencionó la conversación que escuchamos. No ganaríamos nada revelando la conexión entre el doctor y los jesuitas, porque Maurice nunca iba a permitir que le atendiera otro médico.
El diagnóstico final fue que el paciente debía descansar y mantener una dieta compuesta de pescado, caldos, vegetales y frutas. El doctor aseguró que la enfermedad de Maurice era una cuestión de “melancolía”. Yo pensé que aquella era una manera muy suave de llamar a la desesperación. Raffaele y los demás se sintieron aliviados. Los recuerdos que tenían de Maurice recién liberado de prisión no eran nada agradables; le habían visto agonizar durante semanas y no deseaban volver a presenciar algo semejante.
Mi amigo hizo lo que pudo. Se esforzó por comer aun sin tener apetito y soportando el ardor que le provocaban todos los alimentos. Trató de sufrir con paciencia su insomnio y sonreía delante de nosotros, asegurándonos constantemente que no debíamos preocuparnos. Al cabo de unos días, el dolor fue reduciéndose y toleró mejor la comida. Todos nos llenamos de esperanzas. Raffaele llegó a decirme que le perdonaría al doctor el ser un espía Jesuita por hacer tan buen trabajo.
Desgraciadamente, Sophie no iba a dejarnos en paz tan fácilmente. Ella no podía a dejar pasar la oportunidad de ver a Maurice sufriendo y fue a visitarlo un día, mientras nosotros nos encontrábamos ocupados. Asmun trató de evitar que entrara a la habitación, pero ella y su cortejo se abrieron paso. Estuvieron apenas unos minutos en los que Maurice se aferró a toda su paciencia para no echarlos.
Como sólo pronunciaron palabras de aliento, quedó desconcertado; entendió el propósito de la visita cuando encontró sobre una de las sillas un obsequio que le habían dejado al marcharse. Se trataba de unos panfletos escritos en italiano y con dibujos grotescos representando a los Jesuitas como demonios. En ellos, se les acusaba a los padres de las cosas más absurdas que se podían imaginar y se le exigía al Papa que librara a la Iglesia de semejante lacra. Maurice echó al fuego aquellos papeles, se los hubiera hecho tragar a su prima si Asmun no le hubiera detenido.
La ira de Maurice seguía ardiendo cuando nos reunimos con él unas horas después. Raffaele le aseguró que se encargaría de Sophie y yo le recomendé que olvidara el asunto. Él lo intentó en vano porque, al día siguiente, aparecieron nuevos panfletos: unos le fueron dejados en el lugar que solía ocupar durante la misa en la capilla; otros le esperaban al volver a su habitación. Sophie estaba decidida a hacerle saber cuan repudiados eran sus compañeros jesuitas.
Mi amigo pareció tomarse el asunto como una muestra de la conocida inmadurez de su prima. Sin embargo, poco después, ya no consiguió tolerar ningún alimento y comenzó a padecer fiebres. Al final, ya no tuvo fuerzas para levantarse de la cama. El doctor Daladier estaba consternado y recomendó un cambio inmediato de residencia.
—Maurice necesita un lugar donde pueda gozar de paz y tranquilidad. Es mejor que le lleven a casa de su padre.
El obstinado paciente utilizó las pocas fuerzas que le quedaban para negarse. Raffaele, entonces, le propuso el Palacio de las Ninfas y pareció conforme. Théophane se entristeció mucho al verse rechazado. Lo animé asegurándole que su hijo simplemente deseaba pasar tiempo con Miguel. No podía decirle que se debía a que no quería ver a Madame Virginie y lo que esto implicaba.
Así, quedó fijado que Maurice sería trasladado al día siguiente. Como había mucho que preparar, Raffaele pidió a Joseph que se encargara personalmente de avisar en el Palacio de las Ninfas, y organizó a sus sirvientes para que comenzaran a empacar.
De alguna manera, la noticia se corrió entre los nobles y, para la noche, no se hablaba de otra cosa en Versalles. Nos encontrábamos en medio de un juego de cartas cuando Madame Sophie nos permitió escucharla conversar con sus amigas y admiradores. Aunque, quedaría más apropiado decir que estaba esparciendo su ponzoña.
—Mi pobre primo está enfermo. Al parecer, tiene algún mal que adquirió durante su tiempo entre los salvajes. Espero que no sea una peste contagiosa.
Aquella mujer sonreía sin ningún reparo, mientras continuaba haciendo comentarios de mal gusto. A mis ojos, había dejado de ser una dama para convertirse en un ser vulgar, tanto que su hermoso rostro me parecía deforme. No, Sophie no se asemejaba a Maurice en lo más mínimo. Compararlos era poner el estiércol a la altura de la más hermosa flor, y por supuesto que ella era ese cúmulo de porquería que se puede encontrar en el camino.
Yo podía conformarme con mirar lleno de odio a aquella mujer; Raffaele, en cambio, no lo pensó dos veces antes de hacer estallar su puño sobre la mesa ante la que se encontraba Sophie y su cohorte.
—Si continúas incomodándome con tú parloteo, no sé qué puedo llegar a hacer. No me tientes, ya me conoces. Y lo mismo va para todo aquel que se atreva a hablar de mi primo. Quien afrente a Maurice me tendrá por enemigo, y les juro que voy a hacerles desear no haber nacido.
Todos en el salón callaron. Raffaele salió caminando majestuosamente, era la imagen del poder. Le seguí en el acto, junto con Bernard y Clément. Le felicitamos por sus palabras y celebramos que el Rey no estuviera presente en ese momento, así no corría el riesgo de disgustarlo. Los reyes son tan caprichosos que la declaración de Raffaele podía lo mismo merecerle un aplauso que una condenación de parte de Luis XV. Por la noche, Raffaele ya había perdido su confianza y se encontraba hundido en un sillón, velando el sueño de Maurice. Yo estaba sentado frente a él.
—¿Qué he hecho? Si no lo hubiese obligado a venir a Versalles, no se habría vuelto enfermar.
—Ya le ha dicho Théophane que no es su culpa.
—Debí cuidarlo mejor.
—Yo también.
—Si no se recupera; si a las fiebres, siguen los delirios como antes, ¿qué voy a hacer?
—Esto no es lo mismo. Antes, estaba enfermo por la estancia en prisión; ahora, es sólo el aire contaminado de Versalles el que le ha afectado.
—Es la misma dolencia. Cuando perdió las Reducciones, comenzó su enfermedad. Ese era su paraíso. Usted lo vio. Él sólo es feliz cuando habla del Paraguay. Por eso, está empeñado en seguir siendo jesuita. Cualquier día volverá a escapar con ellos. Y, si no lo hace, va a seguir enfermo y puede que muera de tristeza.
—No hay necesidad de exagerar…
—No exagero. Sin duda, Maurice tiene su corazón roto y yo, en lugar de ayudarle a sanar, lo puse al alcance de Sophie para que ella lo destrozara otra vez. ¡Soy un maldito!
Me levanté y me acerqué a Raffaele para poner mi mano sobre su hombro a fin de confortarlo.
—Raffaele, no se atormente. Usted sólo quería revivir el tiempo en que vivieron juntos y felices cuando niños. Nadie le puede culpar por eso.
Ocultó su rostro tras su mano y se echó a llorar. Me quedé a su lado hasta que se calmó.
—Gracias —me dijo—. Me alegra que Maurice elija bien a sus amigos.
Sonreí al escuchar esto y él me correspondió. Luego, se despidió para terminar de preparar los últimos detalles del traslado de Maurice al Palacio de las Ninfas. A mí no me quedaba más remedio que volver a la casa de mi padre, porque no me atrevía a imponerle mi presencia a Raffaele. Aquella noche era, por tanto, la última que pasaba junto Maurice, y no sabía cuándo volveríamos a vivir juntos.
Me quedé cabizbajo, sintiendo el peso de mi tristeza. Cuando Raffaele volvió a entrar a la habitación unos minutos después, se acercó para decirme en voz baja:
—¿Vassili, quiere venir con nosotros a la mansión?… Aunque me duela admitirlo, sé que usted es la mejor medicina para Maurice.
—Me haría muy feliz hacerlo.
—Entonces, mañana temprano enviaré un mensajero al Palacio para que sepan que también se mudará con nosotros… Y déjeme agradecerle de nuevo; sobre todo, el no ponerse en mi contra, aun cuando he sido tan desagradable con usted.
—Ni siquiera lo mencione. He dicho lo que realmente pienso. Usted no debe culparse por el estado en que se encuentra Maurice.
Él se conmovió de nuevo, hizo una ligera reverencia y volvió a salir. Yo sentí florecer la alegría dentro de mí, y me acerqué a Maurice.
—Vamos a seguir juntos, mi buen amigo. Voy a cuidar de ti. —Lo besé en la frente, sintiendo mi corazón desbordante de ternura. Él no reaccionó, siguió en esa terrible inconsciencia en la que estaba atrapado.
Al amanecer, René Asmun se encargó de asear y vestir a Maurice. Otros sirvientes prepararon nuestro equipaje. Raffaele llevó a nuestro querido enfermo en brazos hasta el carruaje. Y, durante el viaje, lo sentó en su regazo. Estuvo hablándole con cariño sin obtener ninguna respuesta.
El doctor Daladier, quien nos acompañó, se apresuró a tranquilizarnos diciendo que aquel estado era fruto de su debilidad. Y, que al recuperar sus fuerzas poco a poco, volvería a ser el mismo de siempre.
—Cuando se sienta seguro en un lugar más acogedor, se animará y recuperará la salud.
Yo trataba de creerle, intentaba mantener la esperanza. Pero era desolador ver a Maurice desvanecido, incapaz de hablar, casi ausente. Mi corazón estaba atenazado por la angustia.
Al cabo de una hora, Raffaele me indicó que atravesábamos la reja del Palacio de las Ninfas. Miré por la ventana y contemplé los jardines, apenas pude vislumbrar algo de su belleza. A medida que el carruaje avanzaba, se iba haciendo más claro que, en la entrada del edificio principal, nos esperaban algunos sirvientes y alguien bastante particular.
Me sorprendí por qué se trataba de una mujer vestida con un traje masculino, sólo le faltaba la casaca. Había dejado su larga cabellera rubia al viento, lucía guantes negros y botas de montar. Sus piernas largas, el elegante cuello, el talle estrecho y aquellos brazos envueltos en las anchas mangas de su inmaculada camisa. Toda su figura era exquisita. Supuse que también tenía un rostro hermoso.
—¿Quién es…? —pregunté a Raffaele, señalándola.
Él había estado concentrado en Maurice. Al asomarse a la ventana, puso una expresión extraña, como si un repentino dolor le hubiera acometido.
—Es Miguel —contestó con un triste susurro.
—¡Miguel de Meriño! ¿Lo dice en serio? Es completamente distinto al hombre que vi en Versalles. —No me atreví a confesar que le había confundido con una mujer. De hecho, empecé a preguntarme de dónde había sacado la idea.
—Aquel día, Sophie le obligó a usar ese disfraz; obviamente, para que él no la opacara. Miguel es la criatura más hermosa que hay sobre la tierra. —El rostro de Raffaele fue en ese momento la encarnación de la nostalgia—. Mira, Maurice, Miguel está esperándote. Estoy seguro de que te alegras.
Raffaele le sujetó de la barbilla para dirigir su rostro hacia la ventana, mientras el carruaje se detenía frente al Palacio. De nuevo, mi amigo no reaccionó. Me sentí al borde de las lágrimas, y Raffaele debió sentirse igual porque abrazó a Maurice con más fuerza, cerrando los ojos mientras murmuraba su nombre.
La puerta se abrió abruptamente y pude ver ante mí a Miguel de Meriño. Sin duda, era hermoso, un digno rival en belleza para Maurice. No obstante, su belleza tenía algo de letal y de fría, como el acero de una espada, mientras que la de Maurice era semejante al sol, cálida, deslumbrante e inalcanzable.
—¡Maurice! —dijo al verle—. ¡Oh, mi pobre Maurice! ¿Qué te han hecho?
A los demás no nos prestó ninguna atención, hasta que se dio cuenta de que debía hacerse a un lado para que bajáramos. Raffaele no le dirigió la palabra, incluso evitó mirarle. El doctor y yo le ayudamos a bajar con Maurice; insistió en seguir cargándolo y subió los escalones que conducían a las puertas del Palacio. Nosotros le seguimos contagiados de su silencio solemne. Miguel lo adelantó y, deteniéndose ante el umbral, apuntó su largo dedo a la cara de Raffaele para increparlo.
—Cuando nos vimos en Versalles, hace unas semanas, Maurice se encontraba perfectamente. ¿Qué le has hecho?
—¡Eso tienes que preguntárselo a tu hermana! —bramó Raffaele. —¿Vas a culpar a Sophie de esto?
—Como si no la conocieras, ¡sabes que es capaz de todo!
—¡También te conozco a ti, sé que destruyes todo lo que amas!
Como si las palabras hubieran contenido veneno, Raffaele se tambaleó. Y Miguel aprovechó para arrancarle a Maurice de sus brazos y llevarlo al interior del palacio, luciendo una fuerza que no esperaba en un cuerpo tan delgado. El doctor lo siguió preocupado.
Raffaele se quedó inmóvil sin protestar, como si le hubieran extraído todas las fuerzas. Aunque quería ir tras Maurice, sentí que no podía dejarle allí. Me acerqué, lo mismo que Asmun, para saber si se encontraba bien. Él nos miró y forzó una sonrisa.
—Bienvenido al Palacio de las Ninfas, Vassili. Estoy seguro de que Miguel le tratará bien. Asmun le ayudará a instalarse, yo debo hacer algunas cosas en París. Queda en buenas manos.
Se apresuró a bajar las escaleras para montar el caballo que antes había usado Asmun y se alejó a galope. Su sirviente hizo ademán de seguirlo, pero se arrepintió y regresó a mi lado.
—Venga conmigo, Monsieur. Le llevaré a la habitación que le han asignado.
—Prefiero que me lleves con Maurice.
Decidí dejar de pensar en Raffaele; éste al menos podía largarse a caballo, mientras que Maurice parecía un cuerpo inerte. Lo único en que debía concentrarme, en aquel momento, era en estar a su lado. Asmun inclinó la cabeza y entramos al Palacio.
Era el primer paso dentro de mi prisión. Debí haber sentido algún escalofrío, alguna señal que me indicara lo trascendental que sería aquel lugar para el resto de mi vida y me diera un indicio del infierno que se escondía entre sus paredes; de los espectros del pasado agazapados en sus rincones sombríos, de todo el dolor y la tragedia con que Maurice, Raffaele y Miguel iban a terminar cargando sin que yo lograra liberarlos…

Pero no sentí nada. No hubo advertencia ni desde lo alto del cielo ni desde el abismo infernal. Ni Dios ni el diablo tuvieron la deferencia de advertirme sobre lo que iba a encontrar en el infame Palacio de las Ninfas. Casi lo agradezco pues cualquier anticipo podría haberme acobardado. Y, aunque le repudio por ser el lugar en que conocí la mayor crueldad y bajeza humana, también ha sido el escenario de mi historia con Maurice, Raffaele y Miguel, una historia que atesoro y amo con la misma intensidad con la que los amo a ellos.
Me he convencido de que los hilos de nuestro destino nos llevaron hasta el Palacio de las Ninfas, para que nuestras historias se entretejieran unas con otras. Por lo tanto, era ineludible llegar a ese momento; el momento en que atravesaba aquellas puertas y me encadenaba a sus sombras. Han pasado los años y sigo viviendo entre ellas, protegido por el halo que exhala el amor que Maurice engendró en mí. Pueden acecharme cuanto quieran, la cálida luz que me envuelve ya es eterna. [1] El Padre Juan Mariana fue un jesuita español que en 1599 publicó De rege et regis institutione. El Parlamento Francés consideró en 1610 que esta obra justificaba el asesinato de un rey y que había influido en el atentado contra Enrique IV.
[2] Lorenzo Ricci, General de la Compañía de Jesús de 1758 a 1773.

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