VIII Forjando Lazos


La despedida de Adeline resultó más fácil de lo que esperaba. En aquel momento, no teníamos tiempo para pensar en nuestra propia situación. Ella estaba consciente de la imperiosa necesidad de alejar a Virginie y a Maurice, porque la joven se había arrojado en sus brazos como mi amigo lo hizo en los míos; y, ahora, lo más importante era parar su llanto y detener el desastre.
Una carta breve pero hábil justificaría nuestra ausencia ante Théophane y Joseph. Esperábamos que no nos forzaran a volver; y, en caso de que lo hicieran, Adeline se encargaría de decir dos palabras a su esposo sobre la situación de Maurice y Virginie para obtener su apoyo.

Y así fue. Cuando regresaron una semana después, Joseph ayudó a convencer a su padre de que lo mejor para Maurice era quedarse en París, porque así podría entretenerse y no pensaría tanto en el Paraguay. Le hizo creer que estar en medio del campo le traía constantemente a la memoria su añorada selva guaraní; ante este argumento, el Marqués se limitó a quejarse de que no se lo hubiera advertido antes.
En la ciudad, Maurice consiguió paz. Lo primero que hizo, una vez que estuvimos instalados en la mansión de su padre, fue desaparecer unas horas; sin duda, para rendirle cuentas a algún confesor, pues al regreso parecía haber dejado atrás su angustia y remordimientos. No quise preguntarle nada porque todo lo que hacía referencia a mi antigua vida de sacerdote me causaba desasosiego. 
Así, comenzaron días apacibles. Maurice daba la impresión de haber olvidado a Virginie, llegué a la conclusión de que aquello había sido un asunto pasajero; tiempo después, lamentaría haber sido tan optimista. Lo cierto es que dejamos atrás el incómodo episodio y nos concentramos en aprovechar el tiempo que nos sobraba como nunca. 
Nos dedicamos a cabalgar, a leer y a sostener interesantes debates en los que Maurice esgrimía argumentos que oscilaban de lo polémico a lo herético con temeridad. También disfrutamos de la música, gracias a que él era un virtuoso con el Violín, se desenvolvía decentemente con el piano y poseía una hermosa voz que había cultivado con cuidado. Según me contó, en el Paraguay había sacado buen provecho de estos talentos gracias a que los Guaraníes amaban la música. 
A medida que los días se transformaban en semanas, fui percatándome de que una tormenta se estaba gestando en mi interior. Vivir en París me indujo a pensar que el tiempo que había disfrutado con Maurice y su familia; y el que ahora gozaba sólo con él era un efímero privilegio. No podía evitar temer que, tarde o temprano, tendría que asumir mis obligaciones como Abate, este era el destino que mi familia había señalado para mí.
Decidí hablar sobre esto con Maurice. No podía seguir ocultando mi angustia; sobre todo, ante alguien que parecía tenerme como el objeto de todas sus atenciones. Le invité a mi habitación y allí, sentados uno frente al otro, le abrí mi corazón. Debo confesar que sentía miedo al hacerlo; no podía dejar de pensar en que él estaba en una situación contraria a la mía, porque quería seguir siendo Jesuita. Temía que me dijera que debía volver a vestir mis negras ropas y regresar al redil del Señor. 
Él me sorprendió tomando otro camino, me interrogó exhaustivamente sobre lo que sentía cada vez que me imaginaba viviendo de nuevo como sacerdote.
—Me siento desesperado, como si no pudiera respirar. Es algo más que repugnancia, es angustia… Maurice no puedo volver a vivir de esa forma. Ya no le encuentro sentido. No sé qué hacer… ¡Me voy a volver loco si me obligan a regresar!
—¿Por qué te ordenaste?
—Porque así lo determinó mi familia, yo debía seguir los pasos de mi tío, llegar a ser Obispo y, luego, Cardenal. Asumí todo sin cuestionar nada, no sabía nada de la vida ni de mí mismo; cuando vino la tormenta, descubrí que mi vida estaba construida sobre arena… —¿Y ahora qué quieres hacer? —No lo sé… —¿Sigues enamorado de Adeline? —Lo preguntó sin ningún reparo y me dejó aturdido—. Piénsalo bien, ¿Qué sientes por ella? Quizá sea ella la razón de tu inquietud. 
—No, estoy bien sin ella. Creo que todo ha sido un capricho momentáneo, igual que lo tuyo con Virginie. Esto es algo más, simplemente siento que vivir de nuevo como sacerdote sería una gran farsa.
—El problema, Vassili, es que no te puedes quitar la consagración sacerdotal como te quitaste los hábitos…
—Ya lo sé, pero me importaría poco si no fuera porque mi familia va a obligarme a seguir viviendo como sacerdote. Quisiera escapar a algún lugar dónde nadie me conozca, y empezar de nuevo; pero ni siquiera tengo el valor para intentarlo. 
Maurice se levantó y caminó por la habitación pensando; yo permanecí cabizbajo, paladeando mi carencia de posibilidades. ¿Cómo podría independizarme de mi familia sin terminar en la miseria? ¿De qué podría vivir alguien que nunca había sabido valerse por sí mismo y cuyo mayor talento era repetir a Pascal de memoria? Me sentía encadenado. 
Al cabo de unos minutos, Maurice se arrodilló a mi lado. 
—¿Vassili, qué quieres hacer? 
—Ya te he dicho que no lo sé. 
—Sí lo sabes, aquí… —Puso su mano sobre mi pecho—. San Ignacio decía que para discernir la voluntad de Dios debemos estar al tanto de los movimientos del espíritu dentro de nosotros. Lo que es de Dios te dará paz, alegría, ánimo. Lo que no es de Dios, en cambio, te reducirá, te hará sentir tristeza y angustia. Entonces, piensa y siente. 
—¡Pero yo no estoy buscando la voluntad de Dios! Sé perfectamente lo que él quiere: que siga siendo sacerdote y viviendo a su maldito servicio. 
—Vassili, es probable que Dios no te quiera sacerdote. Tú familia no debe obligarte, el sacerdocio es algo a lo que sólo Dios llama; y me atrevo a apostar que te llama a otra cosa, como tener esposa e hijos, y formar una familia. Está visto que el celibato no es tu fuerte. 
—¡En eso he sido muy evidente! —Reí en medio de mi angustia—. Pero pensar en casarme no me hace sentir mejor. 
—¿Qué otra cosas quieres hacer? ¿Qué te hace sentir en paz? ¡Y no me digas que beber porque soy capaz de golpearte! 
Hice lo que me pidió: pensé, sentí, imaginé mi vida de otra manera, en otros lugares y con otras personas alrededor. Me vi a mí mismo en Roma, junto a mi tío, consiguiendo el cardenalato. En Versalles, como confesor del Delfín o del mismo Rey. Me vi también viviendo en ambas situaciones una existencia hipócrita, manteniendo alguna amante escondida bajo las sabanas. Llegué incluso a pensar en renegar del sacerdocio y formar una familia… Todas esas opciones me parecían estériles. 
Fui cayendo en la cuenta de que no deseaba vivir según las reglas de una sociedad demasiado rígida por un lado, y escandalosamente hipócrita por otro. Quería ser libre de compromisos y responsabilidades; ya había soportado toda una vida de rigorismo vacío, y no me sentía capaz de volver a ella ni por un minuto; pero tampoco quería hundirme en el alcohol de nuevo.
Entonces, ante mí se presentó un hecho irrefutable: No deseaba hacer nada, no tenía ningún deseo o ambición. Quería seguir al margen de todo, viviendo con Maurice como única compañía; no necesitaba a nadie más, ni siquiera a la bella Adeline o al divertido Théophane, y mucho menos a mi propia familia. Todos ellos representaban complicaciones que me agobiaban. Maurice, en cambio, era la única persona en el mundo que no me hacía sentir fuera de lugar. 
—Lo único que quiero es seguir como hasta ahora. La única paz que he conocido me la has dado tú. Quiero seguir viviendo contigo… 
Yo mismo me sorprendí al oírme decir aquello, pero era la verdad, quería que el mundo se constituyera de dos personas: Maurice y yo.
—Entonces, todo está bien. —Sonrió con sencillez—. No tengo intención de dejarte hasta que encuentres tu camino; y, sinceramente, no tengo nada mejor qué hacer. —Me abrazó y yo respondí aferrándolo con fuerza—. Vassili, yo también consigo paz gracias a ti. Creo que Dios ha hecho que nos encontremos para salvarnos el uno al otro. Deberías agradecérselo algún día… 
—Quizás lo haga…
Yo no creía que Dios tuviera algo que ver en nuestro encuentro; para mí, Dios se había convertido en una noción opresiva, que difícilmente podía reportarme algún beneficio. Preferí callar, no era el momento de contradecir a Maurice, sino de celebrar y lamentar el hecho de que mi vida dependía de él. ¿Por cuánto tiempo podríamos estar juntos? ¿Podía confiar en él como lo estaba haciendo? 
La respuesta vino unos días después, cuando mi amigo empezó a salir por su cuenta, inventando malas excusas para justificarse, aunque yo no le preguntara a dónde iba. Distinguir cuándo Maurice mentía y cuándo decía la verdad resultaba muy fácil, carecía de malicia y vivía sin máscaras; las pocas veces que, por alguna razón, mentía lo hacía tan torpemente que daba algo de lástima. 
Estaba condenado a vivir muchas amarguras en un mundo como el nuestro, donde todos evitábamos mostrarnos tal cuál éramos. Él, al contrario, vivía completamente expuesto, como si estuviera desnudo en medio de un jardín de espinos, y por más que estos lo hicieran sangrar no era capaz de cubrirse. Debí protegerlo más mientras pude…, y no debí dudar de él en aquella época. 
Aún no conocía lo suficiente a Maurice, empecé a pensar que había puesto mi vida en manos de alguien que no quería cargar conmigo; y que sus palabras no eran más que eso, palabras. Además, era ridículo que un hombre de mi edad se mostrara tan vulnerable y necesitado como yo lo había hecho ante él. 
La ansiedad se apoderaba de mí como una mancha de tinta que se extiende poco a poco sobre el papel. Quise convencerme de que no tenía motivos para sentirme así, que era normal que mi amigo tuviera cosas qué hacer, y que mi afán posesivo era pueril. Sin embargo, cuando Maurice volvía, se mostraba nervioso y ensimismado, confirmando mis temores. 
Para colmo, invitó al doctor Claudie Daladier a pasar una tarde con nosotros, y resultó ser una verdadera tortura. Junto al buen doctor, no tuvo ningún reparo en preguntar sobre mi adicción al alcohol; estaban muy interesados en saber qué me había impulsado antes a embriagarme, si aún tenía necesidad de beber y cómo lograba controlarme. Estuve a punto de decirles que su falta de tacto me estaba tentando a terminar el día vaciando algunas botellas, pero me limité a contestar sus interrogantes con aire ofendido, mientras aguantaba las lágrimas de humillación.
Al día siguiente, Maurice volvió a desaparecer. Me eché en mi cama confuso y molesto, mientras pensaba en que debía aceptar que mi relación con él no era como pensaba. De nada valían las confidencias que nos habíamos hecho durante los casi tres meses que llevábamos juntos. Era poco tiempo a fin de cuentas, y el tiempo es lo único que forja lazos entre las personas. El tiempo une más que la sangre; de nada vale que dos personas sean de la misma familia, serán meros extraños el uno para el otro si no conviven juntos, tal y como ocurrió entre mi madre y yo. 
Reparé en que la persona con quien había compartido más tiempo era mi tío; gracias a eso podía reconocer sus estados de ánimo fácilmente y siempre sabía a qué atenerme con él. Mi tío era alguien autoritario e inflexible, pero conmigo siempre se mostró amable. Creo que le quise más que a mi padre. Lamentablemente, su amor estaba completamente condicionado a que yo estuviera a la altura de sus expectativas. A partir del momento en que me dejé enredar por el alcohol y la lujuria, sus cartas se llenaron de condenas y amenazas. Fue una suerte que estuviera en Roma, y no tuviera oportunidad de decirme en mi cara lo mucho que le había decepcionado. 
En cuanto a Maurice, no sabía a qué atenerme. Definitivamente, le había confiado mucho en poco tiempo. ¿Qué iba a hacer si él también terminaba rechazándome? Me sentí todavía más ridículo, y empecé a desear nunca haber dejado de beber. No tenía fuerzas para levantarme de la cama a buscar una botella; y, simplemente, me abracé a mí mismo para llorar como el hombre débil y pusilánime que en el fondo era. 
Ese mismo día, durante la cena, Maurice sugirió muy amablemente que visitara a mi padre. Aquello lo sentí como una daga penetrando mis entrañas con depravada lentitud. Lo primero que pensé fue que él quería deshacerse de mí; él sabía que yo estaba evitando a mi padre para que no me obligara a volver al sacerdocio; y, ahora, pretendía que me arrojara a la boca del león voluntariamente. 
Pude haberle gritado, haberle reclamado la malevolencia que sus actos estaban evidenciando; mas él sonreía con la misma sencillez de siempre, dejándome tan perplejo que sólo pude asentir resignado. ¿Acaso Maurice era definitivamente un demonio sin corazón con rostro de ángel?
A la mañana siguiente, envié una nota a mi padre anunciándole que estaba en París, y pronto iría a visitarle. Su respuesta fue enviar un carruaje invitándome a comer con mi familia ese mismo día. Supuse que no había tiempo que perder para mi ejecución. ¡Qué miserable me sentía mientras Maurice me despedía deseándome lo mejor! 
En casa de mi padre, no habían cambiado mucho las cosas; quizá se habían agregado algunos objetos lujosos y se habían renovado unos cuántos muebles. Mi hermano mayor, Didier, vivía allí con su esposa y su pequeño hijo, por lo que mi padre nunca estaba solo. Mis hermanas ya se habían casado, pero una de ellas, Celine, quien era tres años menor que yo, estaba de visita. La otra, Bernardette, se encontraba viviendo en Lyon y esperaba su primer hijo. 
Todas las noticias familiares las recibí algo aturdido; no esperaba que mi padre se mostrara tan amable como lo estaba siendo conmigo. Mis hermanos, mi cuñada y mi pequeño sobrino Sébastien, también fueron muy atentos. Insistieron en que me quedara esa noche con ellos, accedí a pesar de que sentía una gran necesidad de volver con Maurice y contarle todo; así podría ayudarme a entender lo qué estaba pasando, y por qué mi familia se había transformado de esa forma. 
Siempre reinó la educación entre nosotros, pero nunca la cercanía. Además, el que mi padre no tocara el espinoso tema de mi sacerdocio era insólito. Esa noche apenas pude dormir, pensando que se había obrado un milagro, y empezaba a sentirme tentado a volver a ser creyente. También temía estar soñando y, que al despertar, descubriría que mi familia seguía siendo tal y como la recordaba: fría y árida. 
Afortunadamente, en la mañana, todos continuaron mostrándose amables. A pesar de esto, me sentí aliviado cuando el carruaje estuvo listo para llevarme de regreso con Maurice. Mi padre se despidió sin insistir en que viviera con ellos, como si aceptara de buena gana que yo me quedara en la Mansión De Gaucourt; otra cosa que agregar a la lista de maravillas inesperadas, que había estado viviendo desde que comenzó la visita. Y lo más sorprendente fueron sus palabras de despedida. 
—Tú tío seguramente se alegrará cuando le escriba que estás mucho mejor, él te quiere mucho. 
Fui incapaz de reaccionar por un momento; luego, sonreí aliviado, necesitaba escuchar eso. El resto de la despedida fue alegre y mi hermano se ofreció a acompañarme en el carruaje. 
—¿Cómo te sientes? —preguntó, preocupado, mientras atravesábamos París—. Todos queremos que te recuperes y vamos a darte nuestro apoyo, así que no temas en volver a casa.
—Gracias. —No me atreví a decir nada más, mi hermano siempre me había parecido intimidante. Verlo ahora como “hermano” me desconcertaba.
—El doctor Daladier fue muy claro, nos dijo que era necesario evitar que te sintieras abrumado. Créeme que nuestro padre ha hecho un gran esfuerzo; espero que no haya sido en vano. Por supuesto que no está dispuesto a ceder, ya sabes, no le cabe en la cabeza tener un sacerdote renegado en la familia. Tú amigo trató de convencerlo de que te dejara algún tiempo para que pudieras pensar y elegir tu vida; lamentablemente, sólo te consiguió tiempo; nuestro padre no piensa dejarte elegir. Lo siento hermano, tendrás que volver a tus deberes algún día. Entiendo que es una vida penosa, pero… 
—¿Mi amigo? —De todo lo que mi hermano había dicho esto era lo único que importaba.
—Así es, Monsieur Maurice De Gaucourt nos hizo varias visitas; y la última vez trajo al doctor. Logró convencer a nuestro padre de dejarte en paz por un par de meses para que termines de recuperarte. No te preocupes por nada y concéntrate en ponerte bien.
Llegamos a nuestro destino y Didier se despidió, encargándome que saludara a Maurice de su parte. Yo no esperé a que su carruaje se alejara para entrar a prisa y buscar a mi amigo, mi verdadero y maravilloso amigo. 
Él estaba durmiendo. Los sirvientes me contaron alarmados que había pasado la noche en el pequeño oratorio de la mansión; le encontraron dormido, de rodillas, y recostado al reclinatorio con las manos enlazadas; como si, aún vencido por el sueño, estuviera todavía suplicando. Le obligaron a subir a su habitación y meterse en la cama.
—Nos hizo caso solamente porque ya había amanecido. El joven señor lleva su devoción al extremo.
Yo sospeché que no se trataba de devoción, que había estado rezando por mí durante toda la noche; estaba muy conmovido. Entré a su habitación y le contemplé; no se había puesto el camisón, simplemente se arrojó sobre la cama y se envolvió en las sábanas. Su cabello otra vez era un caos, y respiraba ruidosamente. Me senté junto a él con cuidado, y despejé los mechones que le cubrían el rostro, quería ver su expresión; lucía como si estuviera teniendo un mal sueño.
—Ya regresé, Maurice —le susurré al oído—. Gracias por todo. 
Sentí que todo el amor que era capaz de contener mi corazón fluía fuera de mí para envolver a Maurice. No importaba cuán grande llegara a ser el caudal de mis sentimientos, no se comparaba con lo que había recibido de él. Me sentía el hombre más afortunado del mundo, había encontrado el mayor tesoro al que se puede aspirar. Me recosté junto a él y dejé que el sueño me dominara poco a poco; estaba agotado tanto como si hubiera pasado toda la noche librando una batalla…
—Vassili, despierta. —Escuché desde el sopor de una siesta que me pareció muy corta—. ¿Qué te ha dicho tu padre?
Maurice había despertado unas horas después, y me estaba sacudiendo sin ninguna delicadeza. Yo me sentía tan feliz que me tomé la libertad de abrazarlo y obligarlo a recostarse a mi lado.
—Te lo contaré más tarde, sigamos durmiendo. 
—No puedo dormir hasta que me lo digas. ¿Te ha tratado bien tu padre? ¿Te ha dado permiso de vivir aquí? ¡Dime!
—Todo ha salido bien, gracias a ti. —Le estreché con más fuerza y le besé en la frente—. Mi padre no ha tocado ningún tema incomodo. Sólo ha expresado su satisfacción por verme con buena salud, y ha dejado claro que vuelva a casa cuando me sienta mejor.
—¿Sólo eso…?
—Eso es mucho más de lo que podía atreverme a desear. Incluso se mostró muy comprensivo. Ha sido conmovedor. 
—Me alegro por ti. Tenía miedo de que volviera a insistir en que te fueras a Roma con tu tío. Es más terco que mi padre.
—¿Por qué no me dijiste lo que estabas haciendo?
—Porque no podía garantizarte nada, y casi lo echo todo a perder cuando intenté convencerle de que probablemente el sacerdocio no era tu vocación. Tuve que recurrir al doctor Daladier, quien afortunadamente se interesó en estudiar el afán de beber como si se tratara de una enfermedad, exponiendo sus causas y posibles curas. Es un genio, la manera como expuso tu caso fue digno de la Sorbona y… ¿De qué te ríes?
—Imagino a mi padre siendo asediado por un joven y tenaz pelirrojo y su aliado implacable. El pobre estaría perdido… 
—¡De ninguna manera! No quería dar su brazo a torcer. Cedió sólo cuando le dije que temía que llegaras a atentar contra tu vida. —Me espanté ante la idea de que Maurice se hubiera dado cuenta de eso—. ¡Ah! lo siento, no debí decir eso; tu padre puso la misma cara que tú ahora… Perdóname, por favor. Estaba desesperado, quería ayudarte y se lo dije… 
No tengo nada que perdonarte. Todo lo contrario, gracias. —Le acaricié el rostro, sintiéndome abrumado por toda la ternura que despertaba en mí. 
—Lamento no haber conseguido que tu padre te dejara libre. Lamento que no puedas dejar de ser sacerdote aunque quieras. Lamento no poder hacer más…
—Está bien, has hecho más de lo que crees Maurice… Así que todo está bien ahora.
—¿En serio? 
—Sí, lo digo en serio. Vamos a dormir un rato más…
—Me alegra verte sonreír así, Vassili. Anoche lo que más pedía al Señor era que fueras feliz, sin importar el camino que tomaras. 
—En este momento, soy muy feliz, Maurice.
Era totalmente cierto, todos mis miedos se habían disipado, porque tuve la certeza de que era amado de una manera que superaba mis anhelos. Él definitivamente robó ese día mi corazón; yo mismo no entendía hasta qué punto ya le amaba, y no alcanzaba a sospechar qué estaba solapado en la necesidad que sentía de mantenerlo abrazado, de fundirme con él para siempre. Yo asumía todo aquello como una genuina amistad, y estaba claro que él lo hacía igual. Nuestra relación era más fácil de esa forma. 
Nunca debimos levantarnos. Maurice y yo debimos quedarnos para siempre plácidamente dormidos, ajenos a toda mortificación; sin preguntarnos si era o no correcto amarnos tanto. Debimos mantenernos en la dulce inocencia y no aprender que nuestros sentimientos estaban más allá de lo permitido. Pero dejemos lo amargo para su respectivo momento, continuemos con los buenos tiempos en los que amar a Maurice no equivalían a un desafío a los cielos.
Como ya no tenía que ocultarme de mi familia, comenzamos a asistir a la Opera en el Palacio de las Tullerías; y quiso el destino que un mal día nos encontráramos con Raffaele. Maurice estaba feliz de ver a su primo y este se mostraba extasiado. Yo apenas pude disimular mi incomodidad; sobre todo, porque el impertinente joven no perdió oportunidad de resaltar, en voz groseramente alta, lo bien que me veía sin el traje clerical. Me consoló el hecho de que Maurice se lo hiciera pagar a fuerza de codazos y pisotones. 
Al poco tiempo, se presentó en la mansión y nos invitó a quedarnos con él en Versalles. Era uno de los invitados más preciados en la corte, gracias a las interesantes leyendas que se tejían sobre su padre. Maurice se negó en el acto. Raffaele insistió inútilmente; y, al final, se marchó aparentemente resignado. 
Mi amigo no quiso volver a la ópera; temía encontrarse con su tía, Madame Pauline, la esposa del Duque de Meriño; años atrás, muy influyente en la corte española. Raffaele le había advertido que ella se encontraba en París, visitando a su hija, la bella Condesa Sophie De La Vergne. Entendí que Maurice también tenía dificultades para lidiar con toda su familia.
Poco tiempo después, recibimos una invitación formal para reunirnos con Raffaele en Versalles; venía firmada por el mismísimo Duque Philippe De Alençon. Leyendo entre líneas se trataba de una orden para Maurice, y una amable invitación para mí. Él mudó de color, dio vueltas a la carta hasta que la arrugó y arrojó a un rincón. 
—No te preocupes, Vassili, esto debe ser una broma de Raffaele. 
Olvidamos el asunto hasta que a la semana siguiente, al volver de cabalgar, encontramos a toda la servidumbre inquieta. Un importante personaje se había presentado, y había ordenado empacar todas nuestras cosas para ser llevadas a Versalles. Maurice se encolerizó, y fue a su habitación porque le indicaron que ahí encontraría al culpable de semejante agravio. Por supuesto, temí que el asunto terminara en una golpiza. 
—¡Rafael has pasado el límite! —gritó al abrir la puerta, y no pudo continuar; perdió la voz al ver la figura de una mujer espigada y elegante, ataviada completamente de negro. 
—Sí, realmente se ha extralimitado —dijo ella, mirándole apenas; mientras seguía revisando los libros que estaban sobre el escritorio, y arrojándolos después a un pequeño baúl. Enseguida busqué con la mirada los temibles baúles con los polémicos libros que tanto gustaban a Maurice; afortunadamente, los había dejado cerrados con llave. 
—Pero tú has tenido la culpa —continuó la mujer—. Debiste ceder a sus deseos, recuerda que Raffaele un día será quien herede el título de Duque, querido sobrino.
—¿Tía Séverine?  
—¿Me has olvidado? —Ella arqueó las cejas de forma tal que se hizo majestuosa.
—La última vez que te vi era un niño. —Maurice ya había perdido todo su aplomo.
—Yo, en cambio, te vi hace unos meses; cuando estabas enfermo en esta misma habitación. La fiebre te hacía delirar, comprendo que no puedas recordar mi visita. Théophane no me permitió verte de nuevo cuando recuperaste el sentido, supongo que temía que te hablara sobre su amante. ¿Te has enterado ya de lo que se dice en toda Francia sobre ella?
—Creo que exageras, pero igual no quiero hablar de eso.
—Te comprendo —dijo mientras se acercaba a él—. Debe ser terrible para ti saber que tu madre continúa recibiendo humillaciones de ese hombre, incluso después que la llevó a la tumba.
—¡Tía!
—¡Silencio! —Con un ademán hábil y elegante puso su mano sobre los labios de Maurice. Ella tenía algo que impresionaba, la rodeaba una especie de aura que cautivaba e intimidaba a la vez. Era hermosa, sin duda, pero irreal. Tenía unos años menos que el bueno de Théophane, así que debía estar rondando los sesenta; sin embargo, no los aparentaba. Su cuerpo era firme, su rostro había resistido bien el paso del tiempo, y su cabello se mantenía negro. Poseía una voz carente de toda emoción y, a la vez, sin monotonía. Se asemejaba a una esfinge viviente, con ojos negros y profundos, que subyugaban a cualquier pobre diablo sobre el que se posaran. La mejor manera de describirla era como una mujer eterna.
—Has crecido mucho, Maurice —dijo, mientras estudiaba el rostro de su sobrino y le arreglaba el cabello—. Cada día te pareces más a tu madre, lo cual es un alivio. Pero tus ojos no han cambiado, no han perdido esa expresión de fiereza. Espero que tu educación haya mejorado y que ya no seas un salvaje. Claro que, después de haber convivido con verdaderos salvajes en las Indias, no tengo muchas esperanzas. Apelo a la memoria de tu madre para que mantengas un comportamiento digno y la enorgullezcas.
—¿Qué haces aquí tía Séverine? —Podía adivinar el esfuerzo que hacía Maurice para mantener la calma.
—Ya lo sabes, Philippe ha ordenado que vayas a Versalles. También ese amable caballero, tu amigo, ha sido invitado. —Me miró y extendió su mano para que yo la besara; accedí en el acto, tratando inútilmente de no parecer torpe—. Gracias por hacer compañía a mi pequeño sobrino —me dijo con indiferencia.
—¡Esto es ridículo! —exclamó Maurice perdiendo la paciencia—. Le dije a Raffaele que no quería acompañarle a Versalles; y, ahora, tú me obligas. ¡Ya no soy un niño al que pueden llevar de un sitio a otro a su antojo!
—Te equivocas, no soy yo quien te obliga. Es tu tío. 
—¡No tiene derecho!
— Sí lo tiene. Tú eres un Alençon, y él es la cabeza de la familia. Obedece sin formar un escándalo.
—¡No, yo soy un Gaucourt!
—Imaginé que dirías eso. Aquí tienes. —Su tía le tendió una carta con el sello de su padre—. Théophane te aconseja obedecer. De hecho, fue una carta suya la que movió a sus sirvientes.
—¿Cómo? —Maurice no podía dar crédito a lo que decía y a lo que él mismo leía.
—Eres un Alençon; y, desde que naciste, tu vida ha sido decidida por tu tío. Incluso tu ingreso a la Compañía de Jesús fue posible porque él lo consintió. Y, si Théophane te sacó del noviciado, también fue porque Philippe lo permitió. Tú mismo pediste su permiso para marcharte a las Indias, y es a él a quien debes agradecer el haber salido de prisión. 
—¡Él no puede decidir mi vida!
—Sí puede, ya lo ha hecho. No te enfrentes a lo que está por encima de tus fuerzas. Vive en Versalles hasta que Raffaele se canse de este capricho. Créeme que he sido la primera en oponerme a qué vivieran juntos en la Corte; mas Philippe es demasiado complaciente con su primogénito. Obedece Maurice o vas a recibir un escarmiento.
Dicho esto, Madame Séverine salió de la habitación, o más bien se desvaneció. Yo quedé fascinado, lo que hacía más doloroso el hecho de que me había ignorado casi por completo.
Maurice se quedó temblando de rabia; caminó de un lado a otro, mientras enumeraba en voz alta sus opciones. Encarar a su padre para pedirle explicaciones significaba acercarse a Virginie de nuevo, cosa que prefería seguir evitando. Ver al duque requeriría viajar a Nápoles, y existía la posibilidad de que ya se encontrara en uno de sus barcos en medio el mar, como era su costumbre.
—De nada vale hablar con ellos. Sólo hay un responsable de todo esto —declaró al fin. 
Como ese único responsable nos esperaba triunfante en Versalles, Maurice resolvió abordar el carruaje rumbo a su nuevo hogar. Ni siquiera quiso que nos tomáramos tiempo para cambiarnos de ropa, yo le seguí preocupado… ¿Trajes de montar para presentarnos en el centro Europa? Pero él sólo tenía una cosa en mente, y no vio los maravillosos jardines y la majestuosidad de los edificios cuando llegamos a Versalles. 
—Finalmente estás aquí —celebró Raffaele cuando nos vio bajar del carruaje.
La respuesta de Maurice no se hizo esperar, arrojó al suelo a su primo con un puñetazo certero en el rostro, y prácticamente pasó sobre él.
—Voy a hacer que se arrepienta de esto, su majestad.
Yo me quedé paralizado y el mismo Rafael le estaba perplejo.
—También usted quiere golpearme, Monsieur Du Croisés —me dijo con una media sonrisa
—No, porque seguramente mi ofensa no se la tomara usted con tanta calma.
—En eso tiene razón.
—¿Por qué nos ha obligado a venir?
—Porque cuando uno desea algo realmente importante, debe hacer cualquier sacrificio para conseguirlo.
—¿Aún si causa un gran disgusto a otros?
Le extendí mi mano para ayudarlo a levantarse, él aceptó de mala gana. Una vez de pie, quedamos frete a frente, muy cerca. 
—Incluso si Maurice ahora me odia por esto, confío en que volverá a amarme más adelante. Usted no podría entenderlo, sólo le diré que al tener a Maurice a mi lado he recobrado la mitad de la vida que había perdido. La otra mitad es irrecuperable; por eso mi pequeño y salvaje primo es invaluable
—¿Y por qué me hizo venir a mí?
—Porque mi Maurice no quiere separarse de usted, Monsieur. Él prefiere su compañía a la mía, cosa que no pienso seguir tolerando; le aseguro que voy a poner todo mi empeño en destruir su amistad… Así que… —Retrocedió unos pasos para hacer una rebuscada reverencia—. ¡Bienvenido a Versalles!
Me invitó a seguir a Maurice, y lo hice en el acto. Había algo en él que me asustaba; resultaba obvio que no era un hombre al cual tomar a la ligera. Si antes me había incomodado; ahora, con su declaración de guerra, resultaba intimidante.
Lo cierto es que Raffaele cambió todo. Gracias a él conocí el infierno y vislumbré el cielo. Sin él nunca, hubiera descubierto el matiz que poseían mis sentimientos por Maurice; lo inconmensurable de mi amor, la violencia de mis celos, el abismo de mi inseguridad y lo insaciable de mi deseo. Fue doloroso, mucho… pero sin estas experiencias nunca hubiera llegado a ser yo mismo. Por eso, le recuerdo con gratitud; aunque, en aquel tiempo, estaba molesto y asustado por tenerle cerca. No imaginaba lo mucho que significaría para mí aquel Príncipe caprichoso, engreído y terriblemente seductor que impuso su presencia, aferrándose a nosotros con cadenas de acero.

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