VI Deslumbrado por su Fulgor



Después de toda la intimidad que establecí con Maurice, gracias a la mutua confesión de nuestras miserias, esperaba que nada cambiara entre nosotros y que al día siguiente volviera a invitarme a contemplar el amanecer en medio del campo. No fue así.
Desperté cuando ya estaba bastante avanzada la mañana. Al principio me sentí confuso y, al cabo de unos minutos, aterrado. ¿Acaso Maurice había pensado mejor las cosas y ahora no quería continuar nuestra amistad?
Claro que, considerando que ambos permanecimos despiertos hasta tarde, él podía haberse tomado la libertad de dormir más tiempo y haber tenido la gentileza de dejarme descansar. Pero yo estaba predispuesto a pensar lo peor.
Cuando bajé a desayunar, el más antiguo de mis sirvientes, a quien encargué administrar la villa después de despedir a Jeanne y su marido, me informó que mi amigo había comido muy temprano.
Apenas tuve ánimo para probar unos bocados. Al terminar me dirigí a la habitación de Maurice como quien va al mismísimo purgatorio. Tenía tal miedo a ser rechazado que me costaba respirar, sentía el corazón golpeándome frenético por dentro y mis piernas se negaban a avanzar. Tuve que esforzarme para no gritar desesperado.
Una vez que llamé a su puerta, contestó sin demostrar ninguna emoción en su voz; me obligué a abrir reuniendo todo mi valor. Lo que vi al entrar me sorprendió: mi amigo se encontraba en medio de la habitación rodeado de libros desparramados por el suelo, en una mano sostenía una hoja de papel y en la otra una pluma. Sus dedos estaban manchados de tinta, al igual que el encaje de la manga de su camisa.
Llevaba la misma ropa que el día anterior, apenas se había despojado de la casaca; su cabello alborotado bien podía compararse con la melena de un león en llamas, tan rojo y brillante a la luz del sol matinal. Las sombras oscuras debajo de sus ojos ofrecían un raro contraste con la sonrisa triunfal que mostró al verme. Al contemplarle así, solo pude llegar a una conclusión:
—¡¿Has estado despierto toda la noche?!
—Parece que sí, amaneció antes de que me diera cuenta.
—¿Por qué? ¿Qué es todo esto?
—Es tu respuesta de ayer —declaró con picardía, haciendo una teatral reverencia.
No puedo describir lo perplejo que me sentí. En mi cabeza traté de reconstruir nuestra última conversación y no encontré sentido a sus palabras. Mi querido amigo rió, seguramente de mi cara de idiota, dejó pluma y papel en el suelo y se acercó para palmear mi espalda.
—Me refiero a cuando dijiste que puede ocurrir en el mundo algo que no sea voluntad de Dios.
—¿Yo dije semejante cosa? —repliqué dando un salto.
—No finjas inocencia, tú has sido el culpable de que me pasara toda la noche tratando de comprobar tu muy escandalosa afirmación.
Se estaba divirtiendo conmigo y yo empezaba a destilar un frío y desagradable sudor. Agradecí de corazón que en nuestra muy galicana Francia la Inquisición no pudiera hacer de las suyas, no quería terminar ante uno de sus tribunales por algo que dije sin pensar.
—Verás, Vassili —siguió hablando Maurice—, hay quien afirma todo lo contrario, incluso textos de las Sagradas Escrituras podrían usarse para contradecirte. Por eso he tratado de encontrar argumentos a favor para darle algún fundamento a tu idea.
Comenzó a caminar por la habitación mientras narraba su búsqueda, mostrando un entusiasmo que me sorprendió. Si en algún momento Maurice se mostraba en todo su esplendor, era cuando tenía esas batallas intelectuales.
No había duda de que aquel día se encontraba librando una lucha encarnizada: había convertido una frase que dije guiado por mi propia simpleza, en un bastión donde atrincherarse y defenderse contra el absurdo en el que se sentía inmerso.
Recuerdo bien sus palabras porque muchas veces volvimos sobre el mismo tema. Quizá fue lo único que comprendí de todo lo que él llegó a intuir sobre ese misterio inabarcable que es nuestra existencia y lo que sea que está detrás de ella.
—Hasta ahora he logrado sostener que es posible que ocurra algo contrario a la voluntad de Dios porque, al haber creado al hombre libre, este puede desobedecerle. Por tanto, el mal que vemos en el mundo hay que atribuirlo a la criatura que rompe el plan de su Creador. Eso no es algo nuevo: lo encontramos en las Sagradas Escrituras y en la teología de los padres de la Iglesia (20). Sin embargo, también encontramos la idea contraria: que Dios nos somete a pruebas y por eso todo lo malo que nos ocurre es para obligarnos a crecer en la virtud.
—¿Toda la noche en esto? —repliqué—. Debiste acostarte a dormir en lugar de perder el tiempo... 
—Mi mayor problema viene de las contradicciones que encuentro en la Biblia. Por ejemplo, en el libro del Éxodo se dice que Dios endureció el corazón al Faraón para que no dejara salir a los Israelitas de Egipto y así obligarlo por la fuerza, como si una mala decisión de un gobernante fuera parte de la Voluntad Divina y no importara el sufrimiento que causa. Eso es algo que no puedo aceptar porque contradice todo lo que Jesús hizo y dijo.
—No puedo creer que algo que yo dije te llevara a esto…
—Luego están otras cuestiones: ¿El respeto hacia la libertad del hombre hace que Dios no actúe ante el mal? ¿La única solución que podemos esperar de Él es que castigue al malvado en la otra vida? ¿De qué sirve que envíe al injusto al infierno si la injusticia prevalece en el mundo y el pobre es constantemente oprimido? ¿Es Dios inútil ante el mal, sobre todo el mal que hacen los reyes, supuestos ungidos por Él? Al final se podrían resumir todas mis dudas en una gran incógnita: ¿por qué Dios, infinitamente bueno, permite lo que es contrario a él? Aún no doy con una respuesta, pero creo que estoy bien encaminado y…
—¡Deja de ignorarme! —exclamé molesto—. Dime de dónde han salido todos esos libros —exigí señalando los que estaban esparcidos en el suelo.
—Son tratados de teología, desde los padres de la Iglesia hasta Santo Tomás. También tengo el Antiguo y el Nuevo Testamento en griego.
—¿Trajiste todo eso contigo? ¿En griego dices?
—Es el idioma original de la mayoría de los libros de la Biblia, la traducción de la Vulgata(21) puede haber pasado cosas por alto, así que prefiero el texto griego.
—Si te escuchara mi tío… —me incliné para examinar los textos que estaban en el suelo—. ¡Pero si esto lo escribió Martín Lutero(22)!
—Lutero era mal monje, pero buen teólogo; sobre todo al principio, antes de que se dejara manipular por los príncipes alemanes.
—San Ignacio no puede ver con buenos ojos que leas a Lutero—me burlé.
—¿Por qué no? —respondió con ingenuidad.
—¡¿Y por qué tienes los libros de Juan de Mariana(23)?! —grité señalando otro grupo de volúmenes en el suelo.
—No te sorprendas tanto, recuerda que era jesuita.
—¿Acaso quieres que te encierren? ¡En Francia lo consideramos un regicida!
—¿Alguna vez te molestaste en leerlo?
—No lo creí necesario —refunfuñé humillado y continué paseando la mirada sobre otros títulos. No pude dar crédito a mis ojos—. ¡Muchos de estos libros están prohibidos por el mismo Papa!
—Han sido mal entendidos. ¿Y desde cuando a un jansenista galicano como tú le importa lo que piense el Papa?
—Hasta mi tío te haría encerrar por esta solemne colección de “malentendidos”. Empiezo a pensar que esta biblioteca no pertenece a tu familia.
—No se te escapa nada —dijo lleno de orgullo y satisfacción—. Eres una de las personas más inteligentes que he conocido, Vassili.
Maurice siempre fue sincero en sus halagos, pero en aquel momento no venía al caso si yo era o no un pozo de sabiduría, necesitaba comprobar si tenía ante mí a un potencial hereje y si la culpa era mía por haberle sugerido la idea.
—No salgas con eso ahora. Y… ¡¿qué es eso?! —chillé señalando dos enormes baúles repletos de gruesos tomos que se encontraban junto a la cama—. ¿Cuántos libros has traído?
—Son menos de lo que parece.
Me acerqué teniendo cuidado de no tropezar con alguna de las pequeñas torres de textos que Maurice había erigido por toda la habitación. Al revisarlos me llevé otra sorpresa.
—¡Tienes varios volúmenes de la Enciclopedia(24)!
—Todos los que han sido publicados hasta ahora —contestó sonriendo como si lo hubiera halagado—. Me los prestó Joseph, él se suscribió desde el principio.
—¡Pero si los mismos Jesuitas procuraron que se condenara la Enciclopedia! Creo que es lo único en lo que los Jansenistas hemos estado de acuerdo con ellos.
—Por eso quería saber si ha sido una exageración de nuestra parte. Según lo que he leído, pienso que algunos enciclopedistas han desvariado en sus planteamientos, sobre todo respecto a la religión. Pero no se puede negar que merece un aplauso su deseo de exponer en orden todo el conocimiento humano.
—De eso hablaremos otro día, explícame de dónde salieron los demás libros. ¿Acaso pertenecen a una comunidad de los jesuitas?
—Así es. Me los regalaron para que me entretenga mientras estoy con mi familia.
—Debieron entregarlos junto con todas sus propiedades cuando los expulsaron de Francia. Es terrible que te obliguen a cargar con ellos.
—He dicho que son un regalo, no me obligan a nada.
—Eso crees. Seguramente te engatusaron para que los ayudaras a ocultarlos porque son comprometedores.
—Vassili, que mala idea tienes de nosotros —suspiró con tristeza—. Estos libros los encuentras en cualquier biblioteca, no son algo que necesitemos esconder. Es más, yo mismo me ofrecí para ayudar a la Compañía mientras estuviera en Francia y lo único que me pidieron fue que resguardara esto —señaló algo dentro de uno de los baúles.
Se trataba de una pequeña caja de metal con una fuerte cerradura.
—Por el tamaño debe contener joyas o monedas de oro —dije con recelo.
Maurice levantó la caja, sujetándola de dos argollas que tenía a los lados, y la sacudió.
—Ni oro ni joyas, pero igual debo cuidarla y mantenerla en secreto.
—¿Y por qué me lo cuentas?
—Porque soy malo guardando secretos. Esto es una confesión, no puede decírselo a nadie, señor Abate. —sonrió mientras hacía un guiño pícaro—. Yo mismo no sé qué hay dentro y no tengo la llave.
—¡Eso excita bastante la curiosidad! —exclamé mientras examinaba la caja de cerca—. ¿Por cuánto tiempo debes guardarla? ¿Quién te la dio? ¿Cuándo debes entregarla y a quién?
—Todas las preguntas se responden con un nombre: el doctor Claudie Daladier.
Se refería al hombre que sirvió de intermediario entre Maurice y los jesuitas después que su familia lo sacó de prisión y lo llevó a Francia. Théophane lo contrató por recomendación del duque de Alençon, sin imaginar que en realidad había sido enviado por el padre Petisco. Gracias a él recuperó la calma y también la salud.
—Entonces bien podría estar vacía y ser una estrategia para que te sintieras ligado a la Compañía —dije con suspicacia.
—O puede ser que, tal y como puedes ver a través del ojo de la cerradura, se trata de documentos importantes.
Me incliné para observar por el orificio, efectivamente podía percibirse la silueta de rollos de papel.
—Podrían ser títulos de propiedad... —murmuré.
—Eso pienso. Seguramente se trata de un resguardo para reclamar lo nuestro cuando la Compañía sea restablecida en Francia —concluyó mientras guardaba la caja
—Esas son grandes esperanzas —me burlé.
—No hay reyes ni parlamentarios eternos —replicó con gracia.
—Cierto, pero a ninguno de ellos le gusta que se lo recuerden y consideran un acto de traición el anhelo de verlos en el reino de los cielos.
Rió divertido y aplaudió mi comentario. De más está decir que me sentí muy halagado
—Digamos que solo nos preparamos para lo inevitable —dijo sonriendo—, y que en el futuro estos papeles servirán para recuperar lo que injustamente nos han arrebatado.
—Y en el presente te mantendrá ligado a los jesuitas. Esto no es más que un grillete para asegurar tus cadenas —afirmé de mala gana.
—Ser útil a la Compañía hace que deje de sentir que no hay suelo bajo mis pies.
—¿Ser jesuita es tan importante para ti?
No pude disimular mi preocupación, me entristecía que un joven tan encantador estuviera unido a esa orden religiosa, sobre todo porque en aquel momento esta se asemejaba a un barco en medio de una tormenta.
Maurice se detuvo a pensar su respuesta; después devolvió la caja al baúl, lo cerró y se sentó encima. Empezó a hablar despacio y fue exaltándose a medida que las palabras daban forma a sus sentimientos.
—Lo que me importa es saber que mi vida tiene un objetivo, una meta, y que no soy alguien inútil. ¡Me aterra vivir una existencia sin sentido! En el fondo, Vassili, todo se reduce a que no quiero ser insignificante.
—Creo que eso nos pasa a todos.
—Me alegraría que así fuera, pero lo que he comprobado es que la mayoría se conforma con seguir los pasos de baile que les enseñaron de niños, sin cuestionarse nada.
—Hasta que nos quitan la música… —susurré con tristeza. Al ver que volvía a preocuparse, agregué tratando de poner buena cara—. No me hagas caso, ya me encuentro mucho mejor.
—Eso es porque eres una persona excepcional. Tú definitivamente eres capaz de analizar la vida mejor que la mayoría de la gente. Mi maestro de novicios solía decir que las personas excepcionales sufren más que la mayoría, porque ven todo diferente y terminan sintiéndose solos.
—Seguramente lo decía por ti, que no eres nada del montón; por ejemplo, ¿qué es esto? —dije señalando a mi alrededor—. Al principio pensé que los libros estaban esparcidos arbitrariamente, pero empiezo a ver que esto es un caos ordenado.
Había notado, al moverme por la habitación, que los textos en el suelo hacían una figura.
—¡Exacto! Definitivamente, no se te escapa nada —contestó entusiasmado y fue a buscar la hoja en la que había estado escribiendo cuando entré a la habitación—. Verás, esto es una manera de organizar mis ideas y lo que voy encontrando en los libros.
Al mostrarme la hoja pude ver que tenía dibujada la mitad de una circunferencia y que de esta se proyectaban líneas, como si de los rayos del sol se tratase.
—¿Un amanecer? —dije instintivamente.
—No, no es un dibujo. Aunque, ahora que lo dices, queda bien la analogía porque anoche realmente hiciste salir el sol en medio de mis tinieblas. ¡Gracias!
Sonrió con candidez haciendo que me ruborizara hasta la raíz del cabello. Volví a estudiar la hoja y noté que al final de cada línea había una frase escrita, algunas eran preguntas.
—Esto es… temo que no tengo idea.
—Si te colocas aquí —dijo señalando un claro entre los libros—, comprenderás fácilmente
Obedecí y él, poniéndose a mi lado, señaló los libros en el suelo; luego colocó la hoja ante mi cara para quitarla y volver a señalar los libros.
—¡Ah! ¡Ya veo!
Los textos estaban organizados igual que las líneas del dibujo y el claro en el que me encontraba de pie era la media circunferencia que aparecía en la hoja.
—Cada hilera de libros tiene relación con una de estas preguntas —exclamé triunfante, golpeando el papel con mi mano.
—Así es —asintió complacido.
Reparé en que cada libro en el suelo tenía hojas sobresaliendo, con algunas frases escritas
—¿Has leído y resumido todos estos libros en una noche?
—No todos, algunos los conozco lo suficiente como para saber lo que voy a encontrar en ellos. Solamente he tomado algunas notas, para cuando pueda empezar a escribir un tratado.
—¡Nada menos que un tratado! —no pude evitar el tono socarrón.
—Un tratado sobre la posibilidad de que algo ocurra en el mundo sin ser voluntad de Dios.
—Vas a escandalizar a mucha gente.
—No lo hago para escandalizar sino para evitar volverme loco ante lo que pasa mi alrededor. ¿Cómo puede ser voluntad de Dios que, ¡por un capricho!, un rey destruya todo nuestro trabajo en las Reducciones?
—Más bien, por una intriga bien urdida.
—Eso es mucho peor, ¿cómo puede ser voluntad de Dios que unos cortesanos envidiosos puedan acabar con una obra que le daba gloria?
—Quizá daba más gloria a la Compañía que a Dios.
—¿Tienes idea del trabajo que cuesta construir, organizar, conservar y proteger una Reducción? ¿Sabes cuántos padres dejaron su vida en ese empeño? ¿Puedes imaginar lo que significa vivir expropiado de ti mismo, disponible veinticuatro horas para los guaraníes, sabiendo que debíamos hacer el trabajo de diez hombres porque solo dos o tres jesuitas teníamos que guiar a cientos de aquellas gentes? Hay maneras más sencillas de buscar la gloria humana, por ejemplo, limitándonos a fundar colegios para los señores españoles y portugueses que dominan en esas tierras. Pero nosotros optamos por entregar nuestras vidas a los guaraníes. No estábamos buscando nuestra gloria, Vassili, eso puedo asegurártelo.
El rostro de Maurice se veía sonrojado, su voz se entrecortaba por la pasión con que hablaba; me di cuenta de que nunca aceptaría argumentos en contra de la Compañía de Jesús y mucho menos contra las Reducciones.
Yo no quería discutir con él, a pesar de que llevaba años adiestrándome en el arte de despotricar contra los jesuitas; ellos eran sagrados para él y para mí él ya comenzaba a ser objeto de mi veneración, así que cambié ligeramente el tema.
—Entonces, ¿aquí están escritas las ideas que vas a desarrollar en tu tratado? Deberías fundamentarte en la Suma Teológica de Santo Tomás.
—Prefiero fundamentarme en las Sagradas Escrituras.
—Las Sagradas Escrituras son intrincadas.
—No tanto como Santo Tomás —dijo haciendo una mueca indicando lo poco que le gustaba leer al sabio dominico.
—La interpretación de la Biblia es un tema delicado —insistí.
—¡Bobadas! ¿Qué otra cosa debemos leer para conocer a Dios sino la Biblia? ¿No es eso lo que dejó claro el Concilio de Trento(25)?
—También dejó claro que hay que interpretarlas guiándose por la tradición y tú tienes aquí, además de obras de Lutero, varios célebres integrantes del Índice de Libros Prohibidos(26).
—Algunos de estos libros llegaron al Índice porque un puñado de mentes medrosas prefirieron prohibirlos a tomarse el trabajo de entenderlos.
—¡Te pueden llevar a la hoguera por decir eso! —exclamé sinceramente preocupado.
—Dios es infalible; los teólogos, obispos, cardenales y Papas no lo son (27).
—Vas a terminar como Giordano Bruno(28)…
—No exageres —dijo riéndose como si fuera un juego—. Mientras no termine casado con una ex monja, como Lutero, me doy por satisfecho.
No tuve más remedio que reírme de su ocurrencia. Debo decir que esa fue la primera vez que Maurice sacó a relucir su fobia por el matrimonio. Durante el tiempo que compartí con él, llegué a la conclusión de que la idea de pasar la vida ligado a una sola persona le aburría terriblemente, aún más si se trataba de una mujer con vocación de muñeca como la mayoría de las nobles francesas.
Maurice amaba con su cabeza y se aburría fácilmente de la gente superficial, por eso veía los matrimonios arreglados como un infierno. La única mujer que despertó en él alguna pasión poseía una inteligencia despierta y un gran afán de saber. El resto de las mujeres en su vida, su madre y sus tías sobre todo, habían sido intransigentes y asfixiantes.
Estoy seguro que eso fue lo que sembró en él tal odio hacia el matrimonio, que llegó a ver en la Compañía de Jesús el escape perfecto. Por supuesto que él afirmó hasta el final que su elección por la vida religiosa era la respuesta a un llamado divino.
En cuanto a mí, desde niño me dijeron que mi destino era ser cardenal. Ese fue mi objetivo hasta que empecé a pensar y sentir por mí mismo y ya no supe qué hacer con mi vida.
Volviendo al capítulo que ahora escribo, nuestra conversación continuó en un tira y encoge entre mis temores por las libertades que se tomaba Maurice y su desafiante deseo de saber la verdad de todas las cosas.
Estando en esto, me fijé en su escritorio y noté una carta de su padre. La hoja estaba arrugada, al parecer había sido estrujada y vuelto inútilmente a componer. En ella pude leer, gracias a las grandes letras que usó el Marqués, que éste le pedía que volviera a casa de inmediato y no me usara como excusa para escapar otra vez.
No pude evitar tomar la carta y mirar a Maurice con terror. Si él se marchaba, ¿qué sería de mí?
—Mi padre ya no confía en mí, —dijo sonriendo con tristeza—. Sé que le he dado motivos, pero debería dejar de recriminarme el viaje al Paraguay cada rato.
—¿Te irás pronto?
—Eso depende de ti, de cómo te sientes ahora.
—Yo… —quise decirle que me moriría si me dejaba solo, pero pudo más mi buena educación—. Estoy bien, no quiero ser causa de disgusto para tu padre.
—Mi padre tiene otras cosas para disgustarse a gusto y yo no pienso dejarte hasta que estés mejor. De hecho, quisiera que vinieras conmigo, pero quizás no te agrade la idea…
—¡Iré! —dije apenas conteniendo un grito—. Si a tu padre no le molesta, iré sin duda.
—Él estará encantado; incluso lo sugirió. Piensa que si viajo contigo hay menos posibilidad de que me vaya de nuevo al Paraguay.
Los dos reímos de buena gana a costa del pobre viejo, quien todavía tenía pesadillas en las que veía a Maurice embarcándose otra vez.
En cuanto el viaje estuvo acordado, solo hizo falta pedir la aprobación de mi padre. Respondió a mi carta, mostrándose encantado de que abandonara mi vida libertina y volviera a París. Además, agradecía a mi amigo por sus buenos servicios.
Al principio no entendí a qué se refería. Después me enteré de que Maurice le había escrito también y le había asegurado que no descansaría hasta verme completamente recuperado. Ninguno imaginó cuánto tiempo iba a tomarle cumplir esa promesa ni el empeño que pondría en semejante tarea.
No puedo dejar de agradecerte, Maurice, por haberme salvado. Estoy convencido de que la desesperación hubiera consumido mis días de no ser por ti. Por eso ni amor tiene el color de la gratitud.
Aunque también me has hecho llorar más que nadie en este mundo, destrozando mi corazón sin misericordia…
Me pregunto si, de haber sabido lo que me esperaba, hubiera abordado ese carruaje unas semanas después.
Estoy seguro de que sí, porque ver tu hermosa sonrisa hubiera bastado para que me lanzara tras de ti hasta el fin del mundo, como de hecho hice. Tanto en aquel tiempo como ahora he considerado que cualquier precio es poco con tal de estar a tu lado.


Notas al pie
20.- Padres de la iglesia: Obispos y teólogos de los primeros ocho siglos de la Iglesia. Sus cartas y tratados teológicos son un referente en el magisterio de la Iglesia. Ejemplo: San Ignacio de Antioquía, Orígenes, San Ireneo, San Agustín, entre otros.
21.- Vulgata: traducción de la Biblia del hebreo y griego al latín que hizo San Jerónimo en el siglo IV.
22.- Martín Lutero (1483-1546) Religioso católico agustino que comenzó la Reforma Protestante por desacuerdos teológicos.
23.-Juan de Mariana (1536-1624) Polémico jesuita español. Teólogo e historiador. Su obra De Rege et regis institutione fue condenada por el parlamento de París en 1610 por considerar que legitimaba el regicidio.
24.- La Enciclopedia: (Encyclopedie ou dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers) fue un proyecto impulsado por escritor y filósofo Denis Diderot (17131​-1784) con ayuda de otros filósofos como D'Alembert, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, entre otros, llegando a contar con más de 150 colaboradores. Empezó a publicarse en 1751 y terminó en 1780 con un total de 35 volúmenes: 17 de texto, 11 de grabados, 4 suplementos, 2 índices y un suplemento de grabados. Contó con miles de suscriptores desde su inicio y tuvo gran influencia en la cultura de la época.
25.- Concilio de Trento: fue un concilio ecuménico de la Iglesia católica realizado en la ciudad de Trento. Convocado por el Papa Paulo III (1468-1549), se desarrolló durante veinticinco sesiones, con interrupciones, entre los años 1545 y 1563. Buscaba dar respuesta a la crisis eclesial que provocó la Reforma Protestante.
26.- El Índice de libros Prohibidos fue promulgado en 1551 por el Papa Pío IV para señalar los textos que se consideraban contrarios a la fe católica.
27.- En la época en la que vive Maurice no se había establecido el dogma de la infalibilidad del Papa, este fue declarado en 1870 en el concilio Vaticano I. Sin embargo, era una tesis que ya se había considerado en el pasado.
28.- Giordano Bruno (1548- 1600) Condenado por herejía y ejecutado en una hoguera en Roma.

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