V Inmersos en la Oscuridad

Aquellos días con Maurice en mi villa fueron trascendentales. No porque estuvieran carentes de penas, al contrario, en aquel tiempo los dos teníamos en nuestros ojos el rastro de haber vislumbrado el abismo. Pero estábamos juntos y eso fue suficiente para que ambos empezáramos a levantarnos de las cenizas y se enlazaran nuestras vidas definitivamente.
Sí, Maurice también estaba destruido. No me percaté al principio por encontrarme centrado en mi propia desgracia. Era evidente que si tenía ante mí al misionero jesuita, que partió años atrás lleno de convicción y dicha rumbo a lo desconocido, se debía a que su sueño se había frustrado.
¡Ay, Maurice, perdóname por no haber reconocido tu corazón roto! El único egoísta entre tú y yo era aquel a quien pediste perdón ese día... ¡Ah, hermoso corazón, viniste a mí a confesar una culpa que era más mía que tuya!...
Ya estoy confundiendo todo. Para que alguien pueda entender lo que he dicho, debo ser más claro y explicar el incidente del río.
Maurice se aseguró de que yo despidiera a mi amante y se dedicó a distraerme para que no volviera a beber durante las siguientes semanas. Fue un estricto capitán de un regimiento indisciplinado: me obligaba a ir a la cama temprano y a levantarme antes que el sol para caminar por el bosque. Solía guiarme hasta un lugar en el que el amanecer podía verse con todo su esplendor.
El ocaso y el alba siempre fueron temas obsesivos para él. Los consideraba una majestuosa pintura de su divino artista y comparaba su vida con esos momentos, en los que el día y la noche se abrazan para que uno de ellos engendre al otro al morir.
—Así es la vida —me dijo en uno de aquellos memorables días—. Estamos en la luz y nos sentimos a oscuras o nos creemos iluminados y en realidad caminamos a ciegas en medio de una noche terrible. Tal y como se puede en cierto momento confundir el amanecer con el ocaso y el fin del día con su comienzo, confundimos la ganancia con la pérdida y la desgracia con la oportunidad. El problema es nuestra incapacidad para discernir cuál es cuál.
—Yo estoy completamente a oscuras —respondí mientras la luz del sol naciente hería mis ojos.
Jugueteó un rato metiendo su mano en el río, a cuya orilla se había sentado. Yo me encontraba a unos pasos de él, recostado a un árbol; juntos hacíamos un cuadro apacible...
—Un día amanecerá y la oscuridad terminará definitivamente —declaró como si me hiciera una promesa
—Cada día amanece y al final la oscuridad siempre vuelve –repliqué–. Yo soy como tú has dicho: estoy en la luz pero mi alma está sumida en tinieblas —abandoné la sombra del árbol exponiéndome al sol.
Me sentía abrumado y molesto sin tener una razón específica, mi existencia entera me hastiaba
—Abra los ojos entonces, monsieur, y deje que la luz entre —me dijo poniéndose de pie de un salto y abriendo los brazos indicando el hermoso paisaje en el que estábamos sumergidos.
Maurice tenía esa expresión inteligente que le hacía irresistible, sabía que acababa de darle la oportunidad que esperaba para tocar ciertos temas. Me quedé mirándole por un momento, sopesando la situación; era tan simple sonreír y hacer girar la conversación hacia algún asunto más inofensivo, convertir ese momento en uno de tantos en los que hablábamos sin profundizar en nada.
Sin embargo, sabía que tarde o temprano él querría ahondar más y yo quedaría tal y como estaba ahora: expuesto. ¿Para qué postergar el asunto? ¿Acaso no me agobiaba la incógnita de saber si huiría aterrado al ver mi verdadero rostro?
Antes de que mi corazón le necesitara más, decidí arriesgarme a ser desterrado del suyo. Regresé a mi refugio bajo las ramas, me recosté al tronco cruzando mis brazos y pregunté con malicia:
—¿De qué luz estamos hablando?
Sonrió, al fin el esperado debate comenzaba.
—De la “Luz sin ocaso”(10)…
—Eso pensé…
—Mi querido monsieur, no sé si sus sombras y las mías se asemejan, pero sí estoy seguro de que el amanecer que espero las disipará para ambos —agregó con una calidez que me conmovió; tuve que sobreponerme a mí mismo para mantener mi actitud.
—En realidad, Maurice, no creo que nuestras sombras tengan algo en común. Además, por lo que a mí respecta, no hay amanecer para nadie.
—¿Por qué? —dijo desconcertado.
—Porque el sol que esperas no existe.
—Ah, monsieur, si cree que lo que ha hecho con esa mujer le ha alejado de Dios —colocó sus manos sobre mis hombros y acercó su hermoso rostro, mientras enfatizaba cada palabra—, déjeme asegurarle que se equivoca. Dios tiene tanta misericordia que ya debe haberle perdonado.
—No me has entendido —murmuré alejándome de él.
—Entonces, disculpe mi torpeza y explíqueme todo como se hace con los niños pequeños.
Aspiré profundamente, como quien se prepara para una ardua batalla, y arremetí contra él usando un tono autoritario.
—No me importa si Dios me perdona porque no creo que Dios exista. Piense un poco, mi querido amigo, si existe Dios en este mundo lleno de dolor y sufrimiento, y ese Dios es quien lo ha creado así, ¿qué nos queda? La única esperanza del hombre para vivir con algo de cordura es que ese ser supremo, que goza al vernos sangrar, no exista. Esta maldita vida a la que hemos sido condenados será más llevadera si no hay un carcelero espiando nuestro drama y amenazando con enviarnos a una mazmorra todavía más horrenda si no seguimos sus reglas. Y, antes de que lo menciones, te advierto que soportar esta miseria a cambio de una eternidad dichosa me parece una cruel estafa. Así que para mí no hay Dios y esta vida es un absurdo al que me he visto arrojado por la fatalidad.
Permanecí observándolo lleno de furia, con los puños crispados y la respiración agitada. Sentía el cuerpo caliente y mi mente embriagada. En el fondo estaba aterrado, pero decidí no arrepentirme de mi confesión: deseaba ser aceptado por él tal y como era.
Si iba a darme su amistad, necesitaba que lo hiciera a pesar de no merecerla. Quería que viera todo lo sucio, feo y desagradable que yo realmente era; que sintiera toda la oscuridad que llevaba dentro y que, si a pesar de eso podía abrazarme como lo hizo antes, me redimiera.
Su rostro decepcionado y afligido me indicó que había llegado mi fin.
—Si quieres marcharte lo entenderé —logré decir con el poco aliento que me quedó.
Di media vuelta y me encaminé a la casa. Cada paso fue doloroso; tuve que esforzarme por contener el impulso de echar a correr y, a la vez, no tuve el valor suficiente para mirar atrás o esperar hasta que Maurice reaccionara. Mi corazón comenzó a agonizar.
No volví a saber de él hasta la cena, durante la cual apenas pronunciamos algunas palabras de cortesía. Por supuesto que no me atreví a mirarle, temía verme juzgado por sus bellos ojos, esos que se tornaban dorados cuando su humor no era bueno, aunque logré percibir que estaba incómodo y profundamente triste.
En cuanto pude me despedí para encerrarme en mi habitación. Él me siguió en silencio y con un gesto firme no permitió que cerrara la puerta tras de mí. Entró con la mirada baja y los labios fruncidos. Me preparé para una lluvia de improperios, mas él comenzó a llorar y entre sollozos pronunció las palabras que yo menos esperaba:
—¡Perdóneme, he sido un egoísta!
Abrí los ojos hasta más no poder y, aunque también abrí la boca, no pude pronunciar palabra. ¡Maurice me pedía perdón a mí que necesitaba ser perdonado por él! ¿Acaso no me había entendido? Detrás de mi odiosa declaración de esa tarde había una súplica: yo necesitaba ser perdonado por el crimen de una existencia sin sentido.
Perdonado, a fin de cuentas, por ser quien era y no poder ser otra persona. Me odiaba a mí mismo con tal intensidad que vivía conteniendo las náuseas. ¿Ante semejante despojo humano, venía un precioso joven a bajar la cabeza y suplicar misericordia? Mi mundo giró vertiginosamente y fui corriendo a abrazarlo para que dejara de deshacerse en llanto.
—¡Vine buscando su ayuda y no vi que le hacía sufrir! —continuó angustiado.
—¡Tú no has hecho tal cosa!
—Quería tanto que volviera a ser el mismo de antes, que no me di cuenta del terrible momento que vive su alma. ¡La verdad es que yo mismo estoy en tinieblas y quería su luz!
—Calma, Maurice, mis tinieblas son mis tinieblas. No has hecho nada para aumentarlas. Todo lo que te dije, —mi voz se volvió un susurro avergonzado—, fue para que me conocieras tal cual soy.
—¡Lo sé! ¡Pero yo deseaba al antiguo monsieur Vassili y por eso le he herido! —gritó revolviéndose en mis brazos para encararme; pude ver sus enormes ojos como dos soles sumergidos en un océano de lágrimas.
—Fue una herida muy leve. Ver ahora que no me rechazas es un alivio muy grande.
—¿Cómo podría rechazarle? —puso sus manos en mis hombros y me sacudió con vehemencia—. Yo sé bien lo que es estar en la completa oscuridad, porque lo he perdido todo y ya nunca podré ser el mismo de antes. Yo le entiendo... Yo te entiendo, Vassili.
A partir de ese momento, Maurice dejó las formalidades. Ya no fui más “monsieur” sino simplemente Vassili. Me abrazó y lloró, lloró por horas y lloré con él.
Volvió a hablar cuando sus lágrimas se agotaron. Ante mis interrogantes, mi amigo fue haciendo un amargo y minucioso relato en el que me recordaba que, por las intrigas de sus enemigos y el capricho de un rey, la Compañía de Jesús había sido expulsados de todo el territorio español(11). Debido a eso, los jesuitas fueron obligados a abandonar las Reducciones del Paraguay, donde Maurice había encontrado su paraíso.
Este fue un golpe mortal para la Compañía de Jesús, que ya había sido erradicada de Portugal y Francia; el poderoso Carlos III se sumaba a la lista de sus enemigos, sin que ellos le hubieran dado motivos, según Maurice.
Para él era desesperante que todos sus compañeros y sus amadas Reducciones terminaran siendo víctimas de un juego de poder. ¿En qué habían faltado los jesuitas a la corona española para que esta los echara de sus tierras? Su majestad no pensaba responder a tal pregunta, reservaba las razones para semejante decisión en su Real ánimo(12).
—Buena manera de admitir que le faltan razones y le sobra mezquindad al expulsarnos —gruñó al referirse a la famosa expresión con la que el Rey de España había cerrado toda posible discusión sobre el asunto.
—Escuché comentar que empezó a verlos como traidores desde el Motín de Esquilache(13)… —me atreví a decir.
—Nosotros no causamos el motín, ayudamos a terminarlo. Carlos III no solo es ciego, también es incapaz de escuchar a su propio pueblo, un pueblo que lo único que pedía era pan y respeto(14). Si quería un culpable por el motín, debió verse en un espejo junto a su corte de ministros ambiciosos: ¡Imponen sus reformas sin pensar en las consecuencias y esperan que nadie se queje! ¡Pomposos imbéciles e inútiles!
Comenzó entonces a enumerar todos los servicios que la Compañía de Jesús había prestado a la corona española y todos los desaciertos de sus ministro. Recordé en ese momento lo que su hermano había comentado, años atrás, acerca de su ingenio: Maurice, aún en medio de la selva, no había perdido de vista los vaivenes políticos de las cortes europeas.
Además de indignación ante la injusticia del rey, se preocupaba por sus compañeros. Él se encontraba a salvo gracias a su familia, pero miles de jesuitas no corrían la misma suerte: Fueron enviados como criminales a tierras pontificias, donde nadie los esperaba con los brazos abiertos.
Prohibida en los territorios de Portugal, Francia y España, la Compañía de Jesús enfrentaba su época más oscura.
—Sé que nos sobrepondremos porque sabemos vivir en la pobreza y en la abundancia —declaró Maurice—. Lo que realmente me atormenta es la suerte de aquellos que nos habían sido encomendados por el Señor. ¿Qué será de los guaraníes en las Reducciones?
Me desconcertó. Tenía ante sí la desgracia de ver a su orden religiosa precipitada a la ignominia y era capaz de pensar también en aquellos salvajes que no tenían nada que ver con él. Fui incapaz de entenderlo.
—¿Y si los que han tomado a su cargo las Reducciones los obligan a trabajar sin descanso? —continuó diciendo— Puede que escapen y vuelvan a la selva donde estarán a merced de los mamelucos paulistas(15). Ellos van tras los guaraníes para venderlos como esclavos y no les importa traspasar las fronteras para cazarlos. Gracias a los padres Dominicos, como Fray Bartolomé de Las Casas y Fray Antonio de Montesinos(16), en España existen leyes que protegen a los indígenas, aunque nadie tenga realmente intensiones de hacerlas cumplir en las colonias, pero nada protege a un guaraní bajo el dominio portugués.
Recuerdo haberle dicho que en mi biblioteca jamás encontraría los escritos de Las Casas y sus compañeros de Orden, y que las únicas colonias por las que me había interesado eran las francesas.
Puso entonces más empeño en ilustrarme sobre la enorme diferencia que existía entre la vida en una Reducción regentada por jesuitas y la vida en otro tipo de asentamiento, donde los indios eran sometidos a la fuerza y obligados a trabajar para españoles y portugueses con la excusa de estar siendo civilizados.
Sin los hijos de Ignacio de Loyola ejerciendo una guía paternal en las Reducciones, a los guaraníes les esperaban jornadas interminables de trabajo y ningún trato humano. Eso preocupaba a Maurice más que su propio futuro.
—¿Por qué te importan tanto? No son más que salvajes —repliqué sin pensar.
—¿Salvajes? Los guaraníes no son salvajes, son gente asombrosa, Vassili. Ojalá pudieras conocerlos.
Mi querido amigo pasó pocos años entre aquellas gentes, pero conquistaron por completo su corazón. Los admiraba, cosa inaudita. ¿Qué podía un miembro de la alta nobleza admirar de ellos? Es más, ¿qué podía ver un francés en aquellas gentes que le inspirara respeto?
Los guaraníes son diferentes a nosotros en extremo: de baja estatura, con la piel canela y el cabello negro. Todos parecen tener el mismo rostro, el mismo cuerpo, no hay manera de distinguir uno de otro. Su idioma es desagradable al oído y sus costumbres desconcertantes… ¿Cómo pudo Maurice amarlos y respetarlos como si fueran sus hermanos mayores?
La respuesta es simple: los vio como realmente eran. Los vio como personas iguales a él, pero a la vez como alguien distinto a quien era necesario conocer. No los comparó consigo mismo, ni a su cultura con la europea. Se plantó entre ellos como una hoja en blanco y dejó que trazaran sobre él signos desconocidos hasta que se le hicieron familiares.
Aprendió su lengua cuando estaba en el noviciado. La practicó hasta ser capaz de entenderla y hacerse entender. Habló, escuchó, cantó y rezó con ellos. Fue parte de su vida y dejó que fueran parte de la suya. Es posible que le resultara más fácil entenderse con ellos que con su propia familia porque tanto los guaraníes como él tuvieron claro que se encontraban ante alguien desconocido.
Me resulta intrigante el hecho de que Maurice no llegó a ver el esplendor de las Reducciones del Paraguay y aun así se aferró a ellas. Él insiste en describir ese tiempo como el más feliz de su vida, pero estoy seguro de que fueron años en los que le sobraban complicaciones.
Cuando se embarcó al Paraguay en 1762 apenas había transcurrido una década desde la llamada “Guerra Guaranítica”(17), y los jesuitas concentraban todo su esfuerzo en reforzar y mantener las reducciones que habían sobrevivido a esta.
Recuerdo con qué pasión Maurice me habló de una guerra de la que no fue testigo, asegurando que había sido provocada por el pacto territorial entre Portugal y España en 1750, cuando la corona portuguesa cedió la Colonia del Sacramento a la española y esta entregó a cambio una parte del Paraguay, sin pararse a pensar en que ahí se encontraban siete de las treinta reducciones jesuitas.
—La Corte Española no conocía la belleza de los pueblos que sacrificó para obtener la Colonia del Sacramento ni la deuda de lealtad que tenía con los guaraníes —afirmó Maurice—. Ellos llevaban casi un siglo enfrentándose a los portugueses para defender sus territorios en nombre del Rey de España. Sabían que la corona española los consideraba súbditos, mientras que bajo el dominio portugués serían objetos para ser vendidos al mejor postor. ¿Cómo podían adaptarse a pertenecer a Portugal solo porque un papel firmado a miles de kilómetros lo determinaba así? ¡Era inevitable que se levantaran en armas!
Yo tenía otras ideas respecto a esa guerra, todas basadas en rumores que se cultivaron como malas hierbas en los círculos Jansenistas a los que pertenecí. Aunque me duela, debo aceptar que Maurice tenía razón: España hizo un mal negocio con el Tratado de Madrid, tanto así que terminó anulándolo una década después dejando como único fruto el penoso derramamiento de sangre.
Al llegar al Paraguay Maurice vio desde lejos las cenizas de las batallas y escuchó a los guaraníes y jesuitas sobrevivientes contar los horrores vividos. Por supuesto que esto no le dejó indiferente: en su corazón brotó un inconmensurable anhelo de justicia y una profunda desconfianza hacia los monarcas.
Durante el tiempo en que fue misionero encaró la incertidumbre por el futuro de las reducciones y se sumó al empeño de sus compañeros por mantenerlas. Según dijo, estaba convencido de que daba gloria a Dios al procurar una vida mejor para los guaraníes.
Es curioso como una misma cosa puede ser vista de manera distinta, dependiendo de las ideas que pueblan la cabeza de quien está frente a ella. Para los jansenistas y demás enemigos de la Compañía de Jesús, las Reducciones eran el intento de los malignos hijos de San Ignacio de Loyola de construir su propio reino en la tierra.
Para los jesuitas, se convirtieron en la alternativa a las Encomiendas(18), que habían probado ser ineficaces porque lo sembrado por los misioneros quedaba desecho por los maltratos de los soldados y encomenderos a los salvajes. Además, al depender directamente del Rey de España, podían mantenerse independientes de cualquier autoridad local.
Para mí, las Reducciones del Paraguay eran simplemente un argumento que podía usarse tanto en contra como a favor de los jesuitas. Incluso entre los ilustrados había quien las exponía como un ejemplo de lo más elevado del espíritu humano.
Para Maurice, esas mismas Reducciones constituían un acto de justicia y un paraíso fraterno donde los guaraníes podían vivir como hijos de Dios. Las consideraba una teocracia organizada hasta los más mínimos detalles, una nueva sociedad en la que los vicios que campaban en las ciudades del Nuevo y Viejo Mundo no tenían entrada.
Pero eso no era todo, también fue seducido por la exuberante selva del Paraguay, los soberbios saltos de agua y, sobre todo, por la deslumbrante capacidad para lo hermoso y noble que poseían los guaraníes. Maurice encontró en ellos y en los jesuitas del Paraguay a los maestros, amigos y hermanos que había añorado toda su vida.
Por todo eso, la decisión de Carlos III de expulsar a la compañía de Jesús de sus territorios significó una tragedia para él. Vio sus ilusiones aplastadas, su alegría cortada de cuajo, sus compañeros desterrados, sus amados guaraníes humillados y esclavizados… La utopía que tomó un siglo levantar, destruida al cabo de unos días.
Aunque yo odiara a los jesuitas y despreciara la polémica empresa que fueron sus Reducciones, no podía menos que conmoverme mientras me contaba cómo fue arrestado como un criminal y obligado a abordar un barco rumbo a España.
El exilio, la pérdida de la libertad y el incómodo viaje no llegaron a rozarle el alma. Vivió todo aquello aferrado a su fe, confiado en que estaba compartiendo la cruz de su Señor y Maestro y que, como todo jesuita, tenía que pasar por eso para distinguirse en su servicio.
Yo lo escuchaba asombrado. Maurice era discreto al exhibir su fe ante mí, debido a mi recién declarado ateísmo, pero no podía disimular el fuego de su pasión por aquello en lo que creía.
—Esos eran tiempos de luz —dijo sonriendo con tristeza—. Incluso el desconcierto ante la pérdida de las Reducciones estaba sosegado por la esperanza de recuperarlas. No me importaba si moría en prisión, ofrecí a Nuestro Señor mi vida por los guaraníes y la compañía. Pero me fue arrebatado el cáliz y quedé suspendido en la nada...
Su padre y su tío movieron todas sus influencias para rescatarlo. Poseían un aliado poderoso en la corte de Carlos III: el cuñado de su madre, el duque de Meriño. Este los ayudó en secreto a sacar a Maurice de prisión y se aseguró de que se borrara su nombre de cualquier acta del proceso en contra de los jesuitas.
Aunque sea cruel decirlo, fue una fortuna que las malas condiciones del viaje y del cautiverio arruinaran la salud de mi amigo, de otra forma no hubieran conseguido sacarlo de la celda sin que opusiera resistencia. Cuando se recuperó, ya sew encontraba en Francia y comenzó su agonía y el calvario de quienes lo amaban.
No solo aborreció haberse librado de la prisión, sino que se negó a comer y rechazó las visitas de los doctores. Su familia llegó a creer que había perdido la razón, pues pasaba los días intercalando una ira salvaje con un melancólico abatimiento.
—Les dije palabras terribles —reconoció—, era incapaz de agradecerles que me hubieran salvado la vida, ya que al mismo tiempo me lo habían arrebatado todo.
—¿Preferías morir en prisión?
—¡Al menos ahí mi vida tenía sentido! Estaba con mis compañeros y no había sufrimiento que me intimidara. Nada de lo que soporté se comparaba a lo que sufrían mis hermanos guaraníes, así que lo ofrecí todo por ellos con la firme voluntad de morir en cautiverio o salir a restaurar las reducciones. No estaba preparado para terminar en casa de mi padre, libre y alejado de la Compañía porque ya estaba suprimida en Francia.
Efectivamente, un año después de la partida de Maurice al Paraguay, los jesuitas habían sido desterrados por el parlamento francés(19).
—Toda mi vida ha quedado a la deriva—agregó acercándose a la ventana y colocando su mano sobre el cristal. Pude ver reflejado su rostro lleno de tristeza—. He perdido mi camino y no entiendo por qué.
—Por los poderosos enemigos de una no tan poderosa Compañía de Jesús —dije aproximándome, tratando de suavizar con mi tono la dureza de mis palabras—. Debiste escoger mejor en qué Orden consagrar tu vida.
—No me arrepiento de haberme hecho jesuita y mucho menos de haber sido misionero en el Paraguay —declaró dándose vuelta para mirarme desafiante—. Si tuviera oportunidad, volvería a tomas las mimas decisiones.
—¿Y morirías en prisión? —repliqué alarmado.
—¡O en la misma selva!
—No tiene sentido lo que dices y me angustia verte sufrir de esta forma. Ojalá pudiera arrancar ese corazón jesuita que tienes para hacerte agradecer la libertad que ahora gozas —agregué colocando mi mano sobre su pecho.
—¿Libertad para qué? —se alejó molesto y fue de un lado a otro hablando con vehemencia—. ¿Para desfilar por los pasillos de Versalles gastando mi vida comiendo y bebiendo hasta hartarme? Ese tipo de vida me resulta despreciable. ¡Yo quiero ser jesuita! ¡Quiero volver al Paraguay! ¿Por qué parece que el mismo Dios me cierra las puertas que antes él mismo abrió? ¿Qué quiere de mí ahora?
Estas no eran las únicas preguntas que se hacía al respecto. Dentro de su cabeza pululaban toda clase de dudas; en especial se atormentaba pensando en cómo podía un rey ser más poderoso que Dios.
Para Maurice estaba claro que su Señor no podía querer el fin de las reducciones y el sufrimiento de los guaraníes. Por eso mismo le resultaba imposible aceptar que toda la intriga que produjo la caída de la Compañía de Jesús en Portugal, Francia y España fuera su voluntad.
Por tanto solo quedaban opciones amargas: Dios no existía, Dios era impotente ante el mal humano, Dios era impasible y no se conmovía ante el sufrimiento de sus siervos, Dios había impuesto el dolor como escalera para llegar al cielo y este mundo no era más que un lugar para ponernos a prueba...
—El Dios que se reveló en Jesucristo no es así —aseguró Maurice al final.
No tuve que decirle que Jesucristo terminó en una cruz, pues la expresión de su rostro me hizo ver que lo tenía bien presente. Estaba ante un dilema y no le gustaban las respuestas que encontraba.
—Debe haber algo más —continuó diciendo—, está lo del libre albedrío, pero no es suficiente, ya que si Dios deja libre al hombre para que destroce a sus semejantes y lo juzga únicamente al final de su vida, ¿qué esperanza les queda a las víctimas que no pueden defenderse del tirano mientras están en este mundo? ¿Cómo se puede vivir sin aspirar a que exista la justicia entre los hombres?
Mientras lo escuchaba, constaté el tamaño de su sufrimiento; Maurice también flotaba en un mar oscuro sin saber cuánto tiempo tenía antes de hundirse en la más absoluta desesperación. Entonces, fui yo el que silenciosamente tuve que pedir perdón por no haberme dado cuenta de su situación y me propuse con todas mis fuerzas ayudarlo a salir de sus tinieblas y, ¡cosa increíble!, mi dolor y mi oscuridad perdieron toda importancia.
Hice a un lado mi ateísmo, me acerqué hasta colocarme ante él y dije lo que pensé que podría consolarlo:
—Dios es un misterio, Maurice, y ante un misterio lo único que podemos hacer es esperar a que él mismo se desvele. Por lo que sabemos de Dios hasta ahora, creo que tienes razón en que no puede querer el sufrimiento de tus guaraníes ni el de tus jesuitas, así que toda esta desgracia es obra de las intrigas de aquellos que vieron en la Compañía un peñasco que les hacía sombra y de reyes estúpidos que no son capaces de escuchar consejos que no vengan envueltos en lisonjas. Por otro lado, aunque suene egoísta decirlo, el que regresaras de las Reducciones ha resultado un bien para mí. Me has salvado sacándome de un horrible pozo lleno de deshonra y miseria.
Maurice abrió los ojos desmesuradamente. Fue enderezando su cuerpo como si despertara poco a poco y la más encantadora de las sonrisas vino a adornar su rostro.
—¡Vassili, acabas de hacer que amanezca!
Sentí una gran alegría al verle animado otra vez. Más adelante me daría cuenta de que acababa de perder la única oportunidad que tuve de vencer a mi mayor rival en el corazón de Maurice. Incluso he llegado a cuestionarme de dónde surgieron aquellas palabras, si fueron puestas en mi boca por un odioso titiritero o si se debieron a la suerte.
De lo que sí estuve seguro desde ese día es que podía ser feliz procurando la felicidad de otra persona y que aquel a quien más deseaba hacer feliz era Maurice.





Notas al pie: 


10.- Luz sin ocaso: En latín “Lumen inocciduum”. Expresión que se refiere a Cristo. Se usa en una antífona de liturgia de las horas del día de todos los santos. Originalmente la acuñó San Pedro Damian.
11.- La expulsión de los Jesuitas de España y de todos sus territorios coloniales fue decretada en abril de 1767 por Carlos III. El cumplimiento del esta orden en la provincia del Paraguay fue concretado entre mayo y agosto de 1768.
12.- “Habiéndome conformado con el parecer de los de mi Consejo Real en el Extraordinario que se celebra con motivo de las ocurrencias pasadas, en consulta de 29 de enero próximo, y de lo que sobre ella me han expuesto personas del más elevado carácter; estimulado de gravísimas causas, relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi Real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto de mi Corona: he venido en mandar que se extrañen de todos mis dominios de España e Indias, Islas Filipinas y demás adyacentes, a los Religiosos de la Compañía…” Carlos III, Pragmática Sanción de 1767.
13.-Revuelta contra Carlos III ocurrida en Madrid en el año 1766.
14.-Muchos historiadores señalan que la causa del Motín fue un decreto impulsado por el Marqués de Esquilache, Secretario de Hacienda de Carlos III, en el que prohibía las capas largas y los sombreros de ala ancha para reducir los crímenes. Maurice señala aquí lo que piensan otros historiadores: que el alza que había sufrido el precio de los alimentos debido a las reformas de este ministro ya tenía los ánimos caldeados en el pueblo.
15.- Mamelucos paulistas: Bandas organizadas de esclavistas portugueses que operaban en Suramérica .
16.- Antonio de Montesinos (1475-1540) y Bartolomé de las Casas (1474 o 1484-1566) Son dos frailes de la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo de Guzmán. Junto con su la comunidad de Dominicos de la isla La Española (actual República Dominicana y Haití) se dedicaron a defender la vida y dignidad de los indígenas. La polémica que iniciaron llevaría a la declaración de las Leyes de Burgos en 1512. Con estas el Rey Fernando II reconoció a los indígenas como súbditos y ordenó que se mejoraran sus condiciones de vida.
17.-La Guerra Guaranítica ocurrió de 1754 a 1756
18.- La Encomienda fue un sistema adoptado por la corona española para la colonización de América. Mediante esta se le concedía a una persona la facultad de reunir en poblados a los indígenas para protegerlos de otras tribus e instruirlos en la fe católica. A cambio los indígenas debían trabajar para dar un tributo a su benefactor. En la práctica este sistema se transformó en una forma de esclavizar y adoctrinar a la fuerza. Las duras jornadas de trabajo asignadas y los maltratos de los soldados bajo el mando de los encomenderos contradecían cualquier intento de evangelización.
19.- La Compañía de Jesús fue suprimida en Francia en 1764, luego de una fuerte campaña de los parlamentarios galicanos. 

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