IX En El Nido De Las Serpientes


Versalles, el palacio de Versalles, el lugar más hermoso hecho por el hombre aspirando emular en perfección al mismísimo Edén… Versalles, el monumento que Luis XIV erigió para sí mismo como un manifiesto de su poder absoluto… 
Ese Versalles me abrió sus puertas como una amante falaz ante la que toda precaución era poca. Un segundón como yo no tenía esperanzas de ser invitado por su majestad para residir en palacio; podía ir y venir, para eso bastaba con alquilar un sombrero en la entrada, pero residir en uno de los apartamentos era otra historia. 
Raffaele contaba con ese privilegio gracias a la amistad que existía entre Luis XV y su padre, el Duque de Alençon. Aunque desde que se extinguió la dinastía de los Valois su familia no poseía ningún poder político, habían logrado mantener su relevancia amasando una fortuna gracias a buenos matrimonios, un manejo inteligente de sus tierras y la heroica participación de algunos de sus miembros en las guerras de los últimos reyes de Francia. 

También se hablaba, en voz baja por supuesto, de la buena disposición del Duque para prestar grandes cantidades de dinero a cualquiera que estuviera dispuesto a pagar sus intereses, de un tesoro escondido con el que se había topado en una de sus exploraciones por las costas africanas y de matrimonios secretos con princesas de reinos lejanos que le habían reportado dotes de valor incalculable. 
Importaba poco lo que tuvieran de cierto aquellos rumores, era más que evidente que Raffaele gozaba del favor del Luis XV y todos los nobles albergados en Versalles le sonreían abiertamente y le envidiaba en secreto. Maurice y yo resultamos beneficiados involuntariamente de su aura y terminamos atrapados en un lugar tan fastuoso como lleno de ponzoña, pues es bien sabido que no existen víboras más peligrosas que nobles de corazones minúsculos luchando por el favor de su Rey. 
Se les podría justificar alegando que pavonearse por los pasillos del palacio, mientras trataban de ocultar su insignificancia bajo telas finas y encajes exquisitos, era una ardua tarea; que no era su culpa ser tan ridículos viviendo cada día sin otra ambición que obtener de su majestad una mirada complacida porque, después de todo, Versalles había sido creado para convertirlos en semejantes personajes. 
Efectivamente, Luis XIV, nuestro anterior soberano, había construido Versalles para mostrar su magnificencia pero también para anular a la Alta Nobleza. De niño, mientras su Madre, Ana de Austria, y el Cardenal Mazarino regentaban Francia, había tenido que sufrir el ultraje de una insurrección protagonizada por los nobles conocida como La Fronda, esta experiencia le escarmentó de por vida y no dudo que una de las razones por las que quiso sacar la Corte de París fue evitar que el pasado se repitiera, en Versalles podía aislarla del pueblo parisino, tan presto a levantarse cuando tenía quien le animara a ello.  
Según escuché, al principio simplemente se trató de un capricho de Luis XIV, quien quedó cautivado por un Coto de Caza de su padre, Luis XIII, y quiso acondicionarlo a su gusto. Encomendó a los mejores arquitectos del Reino embellecer el lugar. Poco a poco el antiguo edificio fue transformado, ampliado y embellecido con jardines y fuentes hasta el punto de servir de referencia a todos los demás reinos. 
Puesto que Luis XIV no podía estar satisfecho sólo con eso, era necesario que hasta las paredes hablaran de su grandeza por lo que ordenó llenar cada rincón de alegorías al Rey Sol, como le gustaba ser llamado, y frescos que le dieran a su reinado un carácter de epopeya. Determinó además que dentro del palacio se siguiera una liturgia de adoración hacia su persona, haciendo girar la vida en Versalles en torno suyo a través de ritos que determinaban el comienzo y final del día y en los que las lisonjas tomaban el lugar de las plegarías. 
Desde la mañana un centenar de nobles tenían la fortuna de ver levantarse al Rey de la cama; algunos privilegiados eran favorecidos con la tarea de ayudarle a vestirse y todos esforzaban por sazonar el desayuno que su majestad disfrutaba con halagos y frases ingeniosas. En esto podía perderse la mitad de la mañana. 
Luego el Rey despachaba sus asuntos y los cortesanos podían disponer de varias horas para sí mismos. Pasado el medio día, el soberano de Francia solía ir de cacería, la gran pasión de todos los Luises. Al volver cenaba frente a los cortesanos para luego disfrutar de algún entretenimiento como el teatro, la música o el baile. 
El día terminaba como se había iniciado, en la alcoba del Rey donde los mismos nobles que le habían ayudado a vestirse eran honrados con privilegio de asistirle al ponerse el camisón de dormir. Algunos incluso se quedaban entreteniéndole unas horas más. Era bien sabido que, una vez solo, el monarca abandonaba su alcoba para ir a hundirse entre las sábanas de su amante de turno. 
Versalles era de esta forma una trampa con la que Luis XIV anuló a la nobleza aislándola de París, concentrándola a su alrededor, agasajándola hasta hacerla sentir agradecida por permanecer entre barrotes dorados, consagrada a complacer a su soberano en el más mínimo capricho a fin de gozar del privilegio de admirarle cada vez más cerca.
¿Dónde estaban los nobles que organizaron La Fronda? Se habían transformado, gracias al encanto y opulencia de aquel lugar, en hermosos trajes sin alma que se balanceaban por los salones y jardines del palacio con la única aspiración de recibir el beneplácito de su señor. ¿Para qué? ¿Para gozar del privilegio de vestirlo por la mañana o desvestirlo por la noche y pasar el día a su sombra susurrando alabanzas? ¡Qué patético resultaba!
No se podía hacer otra cosa que reconocer el merito de Luis XIV, había hecho un gran trabajo construyendo algo más que un palacio, edificó un estable trono dorado en el cual sentarse tranquilo a disfrutar su gloria. Sin embargo, en mi época aquel astro encarnado ya había visto su último atardecer y mi querida Francia era gobernada por su bisnieto, Luis XV, un soberano coronado también siendo un niño y a quien, desde entonces, se le otorgó el apodo de “El Bien-Amado”. Muchas cosas escuché decir de él mientras crecía y más tarde, cuando le vi de cerca en Versalles, cosas que me hacían pensar que su apodo se iba desgastando día por día. 
Era evidente que Luis XV no había logrado traer felicidad a Francia, en gran parte debido a las deudas que su antecesor le había heredado junto con la corona; hacer la guerra siempre implicaba un precio y Luis XIV había desatado muchas. Lamentablemente, Luis XV también se enfrascó en varias guerras, algunas por escuchar el consejo de amantes como Madame Pompadour, y el pueblo francés pagó siempre el precio. 
Años más tarde, ese mismo pueblo iba a irrumpir en Versalles para una histórica rendición de cuentas y sería Luis XVI quien terminaría pagando con su vida lo que sus antecesores cosecharon. Mas, en aquel verano de 1769, en el que Maurice y yo estábamos atrapados en Versalles, nadie imaginaba la tormenta que se desataría veinte años después. En ese año Luis XV reinaba, Luis XVI era todavía el Delfín y su futura esposa, María Antonieta, aún disfrutaba de los últimos meses de infancia en Austria. 
Las nubes negras apenas se estaban formando y no había motivos para temer, entonces, ¿cómo podía alguien sentirse miserable en Versalles? Bastaba con pensar por sí mismo y aspirar a algo más que caminar a la sombra del Rey. Por supuesto que mi querido Maurice, acostumbrado a buscar siempre ese algo más, no era capaz de encontrarle gracia a la vida en Palacio. 
Recuerdo cómo Raffaele nos había instruido sobre las reglas de la etiqueta y la rutina palaciega la primera noche que pasamos en Versalles; para mí eran ya una lección aprendida pero Maurice iba de la irritación a la agonía al escucharlas. Su primo no dejaba de amenazarle con atarle con cadenas y arrastrarlo ante el Rey si no le encontraba en la mañana puntualmente arreglado y bien dispuesto. 
—En Versalles no se perdonan las faltas de etiqueta, recuérdalo bien. 
Maurice aseguró que lo haría y que también recordaría quién le había obligado a perder su tiempo en tantas tonterías. Al siguiente día Raffaele nos encontró listos para participar en el circo palaciego. Primero asistimos al ritual del despertar, durante el cual nos quedamos en los últimos lugares mientras que Raffaele tenía el gran honor de pasarle la camisa a Su Majestad 
A continuación asistimos a la Misa, permaneciendo junto a Raffaele en el piso inferior, como todos los nobles, mientras que el Rey y su familia la escuchaban desde el segundo piso de la hermosa capilla. Finalmente, en el momento que Luis XV había dado por terminadas sus reuniones con sus ministros y se dirigía a su habitación para comer, Raffaele logró presentarnos. 
Normalmente se reservaba para tal menester algún momento del día sábado, pero el Rey estaba tan fascinado con el joven heredero del Duque de Alençon que hizo una excepción y detuvo su camino. Raffaele le comentó quiénes éramos, el rey se dignó a mirarnos y nosotros pusimos nuestro mejor empeño en hacer una buena reverencia.  
—Bienvenidos, señores míos —nos dijo y nada más, ya estábamos oficialmente admitidos en Versalles. Raffaele acompañó a su majestad manteniendo una animada conversación y nosotros nos quedamos inclinados hasta que el último lisonjero de su cortejo se alejó sin dignarse a mirarnos, para ellos no éramos más que los hijos segundos de marqueses que no frecuentaban Versalles, no éramos capaces de llamar la atención como lo hacia el hijo de un Duque. 
Esto me había hecho infeliz desde niño, por eso mi mayor ambición había consistido en llegar a ser como el Cardenal de Fleury[1], recuerdo que mi tío solía insistir en que era mejor aspirar a Papa. Maurice, por su parte, prefería el papel de misionero en la selva guaraní a cualquier otro y resaltar en Versalles le daba igual, tanto que, en lugar de seguir a los demás, se encaminó en sentido contrario, rumbo a nuestras habitaciones. 
—Recuerda lo que dijo Raffaele… —e advertí preocupado mientras le seguía.
—Ya le hemos complacido bastante por hoy —se quejó desabrido—. No soporto más este teatro.
—Recuerda que la etiqueta en Versalles es… 
—¡Es una estupidez!
—¡Baja la voz, por Dios! Es lógico mostrar reverencia ante su majestad, después de todo es nuestro Rey —se dio vuelta mirándome desafiante, antes de que pudiera abrir la boca le regañé— ¡No digas nada!, no salgas con una de esas teorías contra el derecho divino de los reyes o la falta de mérito que representa un cargo heredado. Estamos en Versalles y aquí no se cuestiona el poder absoluto del Rey. Cada piedra de este lugar es testimonio de ese poder. 
—¡Este lugar es…! 
No continuó, el sirviente de Raffaele se nos acercó. Su apariencia era muy intimidante ya que, además de vestir un extraño traje compuesto de una túnica de algodón y unos calzones largos, lucía un turbante que le rodeaba todo el rostro dejando apenas ver sus ojos. Como remate a su peculiaridad, su atuendo siempre era azul.  
—Monsieur De Alençon desea que se unan al cortejo que acompaña a Su Majestad. 
—Infórmele que no tengo deseos de hacerlo —espetó Maurice.
—Monsieur De Alençon indicó que si no lo hace llevará a los cortesanos más ruidosos a su habitación y lo obligará a jugar a las cartas toda la noche. 
Estaba seguro de que debajo del turbante aquel joven estaba riéndose de la expresión en el rostro de Maurice, esta era la encarnación de la rabia, la frustración y la perplejidad a un tiempo. 
—Entonces… complazcámosle por hoy —gruñó mi amigo mientras volvía sobre sus pasos para beber sorbo a sorbo su primer día en Versalles. 
Escribir esto me ha hecho sonreír y ha despertado cierta calidez en mi corazón; las ocasiones en las que Maurice cedió ante Raffaele fueron contadas y sólo se produjeron cuando su primo logró realmente aterrorizarlo. En cambio, cuando yo le pedía algo siempre parecía presto a complacerme. No puedo evitar conmoverme al recordar su forma de amarme, creo que mi querido amigo tenía destinado para mí el lado más tierno de su corazón, al menos así fue hasta el día en que lo agoté a fuerza de desengaños y tuve que probar su otro lado, el que era implacable y firme como peñascos afilados.  
En Versalles Maurice no estaba mostrando ni su fortaleza ni su ternura, sólo su gran vulnerabilidad. Andaba nervioso y tenso a cada momento y no se le podía culpar pues el clima a nuestro alrededor no contribuía a la tranquilidad de nadie. Yo mismo estaba siendo presa del pánico, todo el tiempo sentía que los cuchicheos y las risas de los otros nobles se debían a mí, el Abate que se atrevía a volver a palacio después de un gran escándalo y sin traje clerical.
Puede que aquello fuera mi imaginación pero lo que sí resultaba evidente era que los cortesanos se mantenían alejados de nosotros, se podría decir que nos marginaban intencionalmente. Aquello duró hasta que Raffaele le puso punto final al presentarnos a todos como su primo hermano y su mejor amigo, gracias a esto pudimos gozar de esa amabilidad superficial que caracterizaba a la Corte, esa a la que yo estaba acostumbrado y que Maurice odiaba con todas sus fuerzas. 
No pudo evitar mostrarse tosco y tímido con los demás, afortunadamente su belleza le ganó las atenciones de muchas damas que no se cansaban de agasajarlo. Yo también fui objeto de estas simpatías y alguna llegó a sugerir que prefería mi condición actual. 
—Antes era usted tan intimidante… —Aunque había aquella mujer lo dijo con una encantadora sonrisa, me hizo sentir escalofríos. Lo interpreté como si me estuviera advirtiendo que ahora no era más que una oveja lista para ser devorada por los lobos. Estaba terriblemente nervioso. 
Raffaele demostró una gran habilidad para controlar el mal humor de su primo por un lado y protegerme de comentario poco sutiles por el otro. Al final del día terminamos los tres agotados. Nos reunimos en la habitación de Maurice, este se echó en su cama llevándose la mano a la frente mientras declaraba:  
—¡Esto es peor que una prisión española y lo digo con pleno conocimiento! Al menos en sus celdas no tenías que hacer tantos cumplidos y reverencias. 
—Versalles es un campo de batalla —suspiró Raffaele mientras se sentaba para quitarse un zapato y masajear la planta de su pie—. Sólo que en lugar de cañones usamos trajes hermosos y palabras corteses. —El problema es que las palabras corteses pueden hacer mucho daño —murmuré al tiempo que me dejaba caer en el sofá con ganas de no levantarme hasta la siguiente semana. Me dolía la cabeza, mi estómago parecía haber desaparecido dejando en su lugar un agujero por donde corría la brisa libremente.
—No se preocupe Monsieur, está a salvo ahora que creen que es mi amigo, ninguno de ellos desea caer en desgracia con mi padre. La mayoría le debe hasta la ropa que llevan encima.
—¡Entonces es verdad que su padre hace de prestamista!.- Pregunté sin poder reprimirme. Confieso que yo era tan aficionado al cotilleo como cualquier otro cortesano y el Duque de Alençon había despertado mi curiosidad. 
—En realidad fue mi abuelo quien se dedicó a este loable oficio, por supuesto que las deudas no expiran hasta que se cancelan y algunas familias aún están pagando las grandes sumas, con sus terribles intereses, que tontamente pidieron al viejo usurero. Aunque puede que mi padre también haya prestado a algunas personas… pero ya estoy hablando mucho, debo haber bebido más de la cuenta…
Volvió a casarse el zapato y se levantó para acercarse a la cama de Maurice.  
—Parece que se ha dormido —susurró inclinándose sobre él—. se ha comportado muy bien, congeniar con tanta gente no es su mayor talento. 
Raffaele miró a su primo con una ternura maternal, le dio un beso en la frente y le acarició su mejilla, fue una imagen encantadora e inquietante, me pregunté por qué no podía tratarle así siempre en lugar de imponérsele todo el tiempo, seguramente porque Maurice lo repelía constantemente. Los dos parecían recrear la relación de los perros y los gatos. 
Raffaele caminó sigiloso hasta mi lado y se acercó para hablarme al oído sorprendiéndome un poco.  
—En cambio, usted, Monsieur, debió mostrar más soltura. Esperaba más de alguien con fama de ser elocuente. 
—Le confieso que estoy intimidado —reconocí intimidado—. No sólo de lo que la gente pueda decir de mí, sino de usted y su amenaza de ayer
—Pierda cuidado. Por ahora concentró mis esfuerzos en mantener a Maurice mi lado; si arremeto contra usted él me odiará y seguramente me molerá a golpes. Es pequeño pero muy fuerte y tiene una lengua venenosa, siempre ha sabido hacerme daño con sus palabras. Así que esfuércese por sentirse bien en Versalles, de esa manera mi querido primo tendrá una excusa menos para marcharse.
Dicho esto, se puso frene a mí para dedicarme una fiera sonrisa, en la que había implícita una amenaza. Dio instrucciones a su sirviente para que preparara el camisón de dormir de Maurice y lo ayudara a meterse en la cama apropiadamente, finalmente se volvió hacia mí mientras abría la puerta. 
—Vamos, Monsieur, no pretenderá pasar la noche aquí.
—Por supuesto que no… —protesté levantándome de mala gana, pero en vez de ir hacia la puerta me dirigí hacia Maurice, acababa de imaginar una manera de devolverle a Raffaele sus atenciones. 
—Buenas noches, Maurice —le sacudí un poco y afortunadamente abrió los ojos—. Descansa bien, mañana nos espera otro largo día.
—Quédate, por favor —murmuró tomándome de la mano. 
—Estás muy cansado, hablaremos mañana.
—No, por favor, quédate un poco más. 
—Si eso quieres, me quedaré —Le dirigí mi más maliciosa y triunfal sonrisa a Raffaele y él, lleno de ira, me fulminó con la mirada- Podemos dormir en la misma cama, como hicimos ayer—. Agregué enfatizando cada palabra.  
Lo que siguió fue un portazo que terminó de despertar a Maurice, se incorporó en el acto mirando sorprendido a todos lados. 
— ¿Qué pasó?
—Raffaele despidiéndose – Apenas podía contener mi risa.  
—¡Qué imbécil! Todo el tiempo diciéndome que cuidara mis modales y él sale con esto. ¿Ahora por qué está molesto? Hice todo lo que quiso.
—Creo que no estaba molesto, sólo tenía prisa.
En mi interior celebraba mi primera victoria y me preparaba para sufrir las consecuencias, estaba seguro de que mi adversario no iba a dejar las cosas así. 
—Aquí está su ropa de dormir —Anunció el exótico sirviente de Raffaele colocando el camisón de Maurice sobre la cama. 
—Gracias, aunque aún no pienso dormirme —Maurice se levantó y se aliso la ropa—. De todas formas, puede retirarse.  
—Muy bien Monsieur, buenas noches. 
—Por cierto, ¿Cuál es su nombre? 
—René… 
—¿René? No esperaba un nombre francés, aunque no debería de sorprenderme, hablas perfectamente nuestro idioma. ¿Acaso has nacido en Francia?

—Nací en el desierto de Adrar. Tengo otro nombre, un nombre de mi pueblo, me llamo Asmun. 
Vi cómo aparecía en el rostro de Maurice una expresión temible, esa que indicaba que había encontrado algo interesante y se olvidaba de mí y del resto del mundo. Enseguida comenzó a acribillar con preguntas al joven René Asmun, su entusiasmo empezaba a ser imprudente.
—Maurice, vas a incomodarle con tantas preguntas —le advertí. 
—Ah, lo siento. No quiero ofenderle. 
—No lo hace, Monsieur. Puede preguntar cuánto quiera.
—¿De verdad? ¡¿Puedo ver tu rostro?!
—¡Maurice, sé amable! —Terminé yo desempeñando el fatigoso papel que había hecho Raffaele durante todo el día: moderar a Maurice.
—Prefiero no hacerlo, Monsieur.
—Pero no entiendo por qué debes usarlo.
—Es parte de las costumbres de mi pueblo, los hombres llevan su rostro cubierto y visten de azul, el color del vasto cielo. 
—¡Espera, espera! —Maurice corrió hacia el escritorio y preparó papel y pluma— Cuéntame sobre tu gente. Yo lancé un suspiro y me resigné a que aquella sería una larga noche. 
—Tome una silla, joven, la curiosidad de Maurice no va a quedar satisfecha fácilmente.
—Muchas gracias, Monsieur —obedeció en el acto y se sentó tranquilo.  
Volví a recostarme en el sofá para contemplar el bello perfil de Maurice. Me deleitaba verle ir de la curiosidad al asombro con cada respuesta de aquel extranjero que, con su misterio, acababa de opacarme por completo. No me molestó porque también encontré fascinante su historia. 
René Asmun pertenecía a los Tuareg, una tribu que habita en el desierto al norte de África. El Duque Philippe de Alençon los conoció por accidente, durante uno de los viajes que emprendió después de enviudar. Solía pasar la mitad del año en Nápoles y la otra mitad navegando por el Mediterráneo y explorando la India y África.  
Su curiosidad le llevó a explorar, con algunos de sus hombres, más allá de las costas africanas, terminando perdidos en medio de un desierto interminable. La aventura pudo haberles costado la vida de no haber sido rescatados por un grupo de exploradores Tuareg. Estos los llevaron a su asentamiento y les atendieron con lo necesario para que se recuperaran de lo que había sido una terrible travesía. 
El relato de René Asmun dejaba en evidencia que su gente vivía de manera muy distinta a nosotros. Imaginé la sorpresa del Duque al ver que sus casas eran tiendas elaboradas con pieles que podían desmontar y mover de un sitio a otro. A la vez imaginé que para aquel joven Versalles era algo incomprensible: ¡tanta ostentación y tanto anhelo de inamovilidad!, eternamente anclados en el mismo lugar, en las mismas costumbres, en las mismas ideas... Desde su punto de vista debía ser una locura. Casi sentí compasión por él, me pareció que también era un prisionero más de Raffaele en el Palacio. 
Siguiendo su relato, el desenlace de aquel encuentro fue que el Duque pudo regresar a su barco sano y salvo y, en agradecimiento, regaló pistolas, mosquetes, pólvora y municiones a sus salvadores. Esto ayudó mucho a aquel grupo de Tuareg pues estaban en pugna con otras tribus. Así comenzó una amistad basada en el mutuo beneficio, y se estableció un comercio constante entre ellos y el Duque. René Asmun se negó a mencionar qué intercambiaban.  
—Eso es algo que debe preguntarle a su tío, Monsieur. 
—Puedo apostar que se trata de plata y diamantes. He oído algo de los negocios de mi tío. Por cierto, ¿cómo es que terminaste sirviéndole? 
—Algunos miembros de la tribu querían recorrer el mar infinito y conocer otros lugares, entre ellos mi madre. Su tío tuvo la gentileza de emplearnos.  
—Espero que la paga sea justa. ¿Tú madre será acaso la hermosa mujer que conocí cuando visité a mi tío en Nápoles? Ella parecía ser quien dirigía a los demás sirvientes. Se vestía como tú pero no cubría su rostro. —Mi madre ha servido al Duque durante muchos años, él le tiene gran confianza. Las mujeres Tuareg no cubren su rostro. 
—Tu pueblo es muy interesante. ¡Ah! Seguramente es debido a tu madre que la gente comenzó a inventar esos rumores sobre mi tío y sus matrimonios con princesas de lejanos reinos... —Maurice rió de buena gana. 
_ Efectivamente… y en algo acertaron… —La risa de Maurice se cortó en el acto y miró a René Asmun conmocionado—. Mi madre es una Imayeghan, lo que para ustedes viene a ser la nobleza. Sólo en eso estaban en lo correcto. 
—¿Y qué hace sirviendo a mi tío?
—Se enamoro… del mar.
—¿Y tú padre? 
—No le conozco. Entre los Tuareg los hijos pertenecemos a la familia de la madre. Además, el Duque ha sido como un padre para mí.
Maurice sonrió, René Asmun había dicho aquello con orgullo. En circunstancias normales un sirviente no podía tomarse tal atrevimiento. Era evidente que aquel joven no actuaba como parte de la servidumbre, poseía un aire digno, elegante y a la vez férreo.  
—¿Qué edad tienes?- continuó interrogando Maurice.
—He cumplido quince años hace poco. 
—¡Quince años! ¡No es posible! —No pude evitar meterme en la conversación—. Eres muy joven. 
—Tengo suficiente madurez para cumplir con mi deber, Monsieur
Maurice estaba tan sorprendido como yo, era difícil aceptar que teníamos ante nosotros a un muchacho. Quizá sin turbante sus facciones le podrían delatar pero con el rostro cubierto y su complexión fuerte resultaba difícil de creer. Cualquiera le hubiera adjudicado diez años más. No me cabía duda de que en unos años superaría en altura y fuerza al mismísimo Raffaele.  
René Asmun era apenas unos centímetros más bajo que yo, de espalda amplia y brazos fuertes, con la piel ligeramente oscura, ojos negros grandes y profundos, enmarcados por largas y abundantes pestañas y coronados por cejas rectas y elegantes. Imposible saber más sobre su rostro gracias a la tela azul que le rodeaba, incluso su voz estaba apagada por esta y no había manera de adivinar el vibrante tono de un quinceañero. De lo que no cabía duda era de la dignidad y la autoridad que emanaba de su figura. 
—¿Puedo retirarme ahora Monsieur? Se hace tarde y ustedes deben descansar.
—Es cierto. Perdona por retenerte tanto tiempo. Seguramente Raffaele te necesita. 
—No se preocupe Monsieur, él me ha pedido que le atienda a usted y a Monsieur Du Croisés.

—Por nosotros no te preocupes, puedes marcharte.
Maurice y yo seguimos hablando del fascinante pueblo Tuareg. Pasada casi una hora, él seguía sin mostrar ningún cansancio mientras que yo luchaba por mantener los ojos abiertos. Si deseaba dormir debía irme a mi habitación porque mi amigo estaba decidido a ordenar las notas que había hecho. Al ver bailar su pluma sobre el papel recordé su capacidad para desvelarse, no podía dejarlo así.  
—Es hora de dormir —le ordené poniendo mi mano sobre la suya para que dejara de escribir—. Eso puedes hacerlo después. Tienes que reponer fuerzas para mañana, será un día tan agotador como el de hoy.
—Sólo un momento más —suplicó—, no quiero olvidar los detalles. 

—¡No! Bien sabes que eres capaz de pasarte toda la noche en esto. Vamos a dormir de una buena vez o te tiraré de las orejas. 
—¡Maldición, Vassili, ya empiezas a parecerte a Raffaele!
—No me compare con ese bribón. Pero he de reconocer que eres muy difícil de manejar, mi querido amigo. —¿También me vas a llamar salvaje? —Noté que no le hacía ninguna gracia semejante apelativo.
—Por supuesto que no, te faltan modales pero no eres un salvaje. Sólo quiero que pienses en lo que más te conviene hacer en este momento, ¿Cómo vas a soportar el día de mañana si no descansas apropiadamente? —Tienes razón, es hora de dormir. Usa este camisón yo buscaré otro. 
Me quedé sorprendido, no había pensado que Maurice se tomaría en serio lo de compartir la cama. 
—¿Qué pasa? ¿No sabes vestirte solo? —Se burló al ver que no me movía—. ¿Necesitas que te ayude? 
—Puedo arreglármelas solo, no soy tan inútil como crees —le contesté sin ocultar mi molestia. 
Por más orgulloso que estuviera de mí mismo la verdad es que me costó quitarme la ropa, tan acostumbrado estaba a que me asistiera siempre un sirviente. Yo era efectivamente un inútil en muchos aspectos de mi vida, todo lo contrario a Maurice, quien aprendió a valerse por sí mismo desde que entró al noviciado de los Jesuita y, además, había sido misionero en las selvas paraguayas.  
Otra razón para mi torpeza en ese momento fue el haberme quedado absorto viendo a mi amigo desvestirse. Su cuerpo desnudo se presentó ante mis ojos como lo más hermoso que habían contemplado y espoleó dentro de mí una sensación inquietante que no pude definir. 
No quise prestarle atención porque aquello me provocaba cierto embarazo y lo menos que quería era que Maurice se diera cuenta. Él simplemente se puso el camisón y se acostó haciéndose a un lado para que yo pudiera acompañarle. A pesar de que ya habíamos compartido la cama, algo se sintió diferente cuando me acosté a su lado, era algo agazapado en mi interior que estaba emergiendo en forma de un irrefrenable impulso, de un deseo imperioso por abrazarlo y... ¿poseerlo? 
Aquello me pareció completamente descabellado y opté por quedarme boca arriba muy quieto, cual estatua de piedra. Él se dio vuelta y se encogió junto a mí recostando su cabeza en mi pecho, así que me atreví a hacer lo mismo y abrazarle. 
—Buenas noches, Vassili.
—Buenas noches, mi querido Maurice.
Me bastó tenerle tan cerca para sentirme extremadamente feliz. Lo cierto es que percibir cómo Maurice iba quedándose dormido poco a poco, mientras le cobijaba con mi cuerpo ha sido uno de los mayores deleites de mi vida. Creo que esa noche tuve un plácido sueño donde él estaba desnudo con su bella melena ondeando al viento. Lamentablemente mi despertar fue tan abrupto que olvide cualquier otro detalle. 
—¡Entonces este miserable se atrevió a dormir aquí! —escuché a alguien gritar, luego sentí cómo me empujaban y mi cuerpo caía hasta estrellarse en el suelo junto a la cama. Me levanté en el acto confundido, asustado y finalmente furioso
Encontré Raffaele parado sobre la cama, el muy imbécil me había pateado para lanzarme al suelo. Maurice despertó en el acto y, en cuanto entendió la situación, apresó la Casaca de Raffaele y tiró de esta para hacerlo caer de espalda junto a él 
—¡Te volviste loco!
—Eso te pregunto yo, ¿cómo has podido dejar que esa alimaña se te metiera en la cama?
—Vassili no es ninguna alimaña. 
—Eres un ingenuo, ese tipo no es de fiar. 
—Tú eres el único que no es de fiar —Maurice se levantó de la cama y la rodeo para acercarse a mí— ¿Estás bien?
—Sí, no me he hecho daño. Sólo estoy indignado. 
—Yo también estoy indignado —rugió Raffaele—, mi primo tiene más confianza en un desconocido que en mi. Y tú debiste quedarte con ellos toda la noche —agregó dirigiéndose a Asmun que esperaba silencioso junto a la puerta. 
—Tenía miedo de que estuvieras haciendo alguna tontería por despecho —le contestó sin ningún miramiento—. La forma en que saliste anoche no me dejó una buena impresión. 
—Yo sé cuidarme solo, en cambio, Maurice es un incauto. Hay que protegerlo de los lobos con piel de ovejas. —Esto último lo dijo señalándome sin ningún recato, harto de su impertinencia traté de acercarme a él y estrangularlo con mis propias manos.
—¡Vassili no le prestes atención! —ordenó Maurice sujetándome— ¡Y tú, Raffaele, sabes muy bien por qué no me gusta dormir contigo, ¿o es que te falla la memoria?. 
—¿Hasta cuándo me vas a guardar rencor por eso? No fue más que un juego. Te aseguro que he cambiado y ya es hora de perdonar, señor predicador. 
—No hablemos más del asunto, lárgate para que podamos vestirnos
—Bien, dejemos esta conversación para cuando estemos a solas. Pero permíteme decir que ha sido una gran imprudencia que el querido Monsieur Du Croisés durmiera contigo. Imagina que alguien se entere que no estuvo en su habitación anoche y comience a esparcir rumores, cualquiera podría pensar que tiene aventuras nocturnas con alguna dama del palacio. Eso no sería conveniente para él, ¿o me equivoco?
Como no era posible argumentar contra eso, acordamos que cada quien dormiría en su habitación; por más que me gustara tener a Maurice entre mis brazos cada noche, lo último que quería era dar más de qué hablar en Versalles. 
Cuando al fin se decidió a irse, Raffaele le dijo a su sirviente con tono confidente.
—Debiste quedarte toda la noche con ellos. La próxima vez no los dejes solos, no me inspira confianza ese santurrón…  
Me sentí injustamente juzgado, ¿cómo se podía poner en duda la pureza de mi relación con Maurice? En aquel momento no me parecía escandaloso dormir junto a él y no había terminado de entender los sentimientos que comenzaban a bullir dentro de mí. 
Quise preguntarle a Maurice sobre su aversión a compartir la cama con Raffaele, pero me suplicó que no mencionara el asunto de nuevo. Tuve que contener mi curiosidad, me intrigaba mucho y a la vez me halagaba que tuviera hacia mí un trato diferente, hasta me sentía superior al temible Monsieur De Alençon y me mantuvo de buen humor por un buen rato.  
Raffaele, en cambio, estuvo huraño durante el resto de la mañana. Por la tarde parecía haber recuperado su humor habitual, señal de que ya había encontrado una manera de tomarse la revancha. 
—Mañana vendrá uno de los modistos más famosos de París para que escojamos los trajes para el baile del viernes.  
—¿Qué baile? 
—El del viernes, ¿estás quedándote sordo, mi querido primo?
—¡Yo no voy a ningún baile!
—Claro que vas a ir y además lo vas a disfrutar porque Miguel también estará presente. 
—¿Miguel? ¿Hablas en serio? 
—Llegó hace unos días a París, ha estado alojándose en el Palacio de las Ninfas. Sé que vendrá de parte de su padre a presentar sus respetos al Rey durante el baile. 
—Eso es maravilloso! —Maurice parecía querer saltar de alegría—. Inesperado y maravilloso… —agregó con nostalgia—. Los tres juntos después de tanto tiempo… 
—Después de tanto tiempo y tantas desgracias, como la desgracia de tu viaje al Paraguay y la desgracia del matrimonio de Miguel con una Condesa flacucha y tonta, tan tonta que no hace más que colgarse de su brazo y sonreír como si estuviera en el cielo. Y no olvidemos mi propia desgracia, estoy comprometido con una Duquesa que aún juega con muñecas. ¡Ah, nuestros planes de ser piratas y recorrer los siete mares naufragaron por completo! 
Raffaele había tratado de ser gracioso pero no pudo evitar que sus palabras resonaran con amargura. Maurice adoptó una expresión mortificada. 
—No te entristezcas Maurice —le dijo animándolo—. Dejemos atrás el pasado y encaremos el presente. Hay algo que quiero que hagamos en el baile y para eso debemos escoger los mejores trajes — Viendo que su primo pensaba protestar, se adelantó a callarlo poniendo su dedo índice sobre los labios de este– Sophie también vendrá, quiero jugarle una broma… ¿entiendes?
—Sí, ya imagino lo que piensas hacer —Una sonrisa maliciosa apareció en el rostro de los dos—. Cuenta conmigo, cualquier cosa que haga rabiar a esa bruja me alegrará la velada.
—Me alegra ver que todavía nos entendemos - celebró Raffaele, luego se volvió hacia mí con aire severo- En cuanto usted, Monsieur, he notado que todos sus trajes son insulsos y pasado de moda. Temo que debo insistir en que adquiera algo decente para el baile. Si no puede pagarlo, estoy de un humor tan generoso que podría prestarle alguna cantidad. 
—¿Raffaele, hasta cuándo vas a hostigar a Vassili?
— ¡Por Dios, Maurice, estoy ofreciendo mi ayuda! —Su generosidad me conmueve, Monsieur —repliqué con deseos de machacarlo—. Mas no es necesario que utilice su cacareada generosidad en mí. Mi familia es tan rica como la suya y cuento con suficiente para responder por mis gastos. Con gusto compraré algunos de los trajes que tanto pondera aunque dudo que sean de mi agrado, yo siempre he preferido lo elegante a lo pomposo. 
—Es bueno saberlo. Tenga listo su dinero para mañana entonces. 
Acababa de meterme en un problema, me quedaba poco dinero del que me había dado mi familia y aún no le había informado a mi padre sobre mi mudanza a Versalles. Estaba seguro de que no le agradaría que estuviera en Palacio y si le pedía más dinero volvería a insistir en que regresara a nuestra casa.
Decidí escribir ese mismo día a mi hermano para informarle y que él me ayudara a hacérselo saber a mi padre de la mejor manera posible. En lugar de enviar una respuesta, mi hermano se presentó al día siguiente en Palacio. 
—No he dicho nada a nuestro padre para evitar otra discusión, imagino que pensará igual que yo, que es imprudente venir a Versalles cuando estás en una posición tan vulnerable. Este lugar está lleno de maliciosos que se divertirán a costa tuya y terminarán socavando tu ya muy maltratada reputación. Es mejor que venga a casa. 
Didier no estaba diciendo nada que yo no supiera y, sin embargo, escucharlo de su boca me hizo sentir aplastado. La sola idea de separarme de Maurice seguía siendo una agonía pero realmente yo no quería continuar en Versalles, odiaba estar expuesto a los chismorreos y todavía más depender del apoyo de Raffaele, le maldije por haber logrado su objetivo con tanta facilidad y me resigné a marcharme con mi hermano. 
—Tienes razón —dije haciendo un gran esfuerzo por no echarme a llorar.
—Me alegra que seas razonable, enviaré algunos sirvientes para ayudarte a empacar.
En ese momento tocaron a la puerta de mi habitación y antes de que pudiera contestar Raffaele, engalanado con un sombrero y traje recargado hasta la extravagancia, entró con paso firme. 
—Mi querido Monsieur Du Croisés, parece que ha olvidado nuestra cita con el modisto. Es el mejor de Francia y no suele esperar por nadie. ¡Oh perdón!, no me di cuenta que tenía una visita. ¿Acaso es usted su hermano? He oído hablar mucho de usted, Vassili no deja de alabarle. Tenía tantos deseos de conocerle, ¡que afortunado soy! 
Raffaele continuó envolviendo a Didier hasta que empezaron a tratarse como amigos y, cuando vio la oportunidad, asestó el golpe. 
—Le he tomado mucho cariño a Vassili, no sabe lo feliz que me hace gozar de su compañía en palacio, ya sabe que mi padre se encuentra en Nápoles y la soledad me abruma. Aunque también me siento culpable de haberle hecho venir a Versalles de forma tan abrupta, es que estoy tan apegado a él. Puede estar seguro de que voy a cuidarle muy bien. Ya debe usted conocer de la amistad que mi padre tiene con el buen Rey y como este se ha prendado también de mí nadie se atreverá a molestar a uno de mis amigos, téngalo por seguro.
Mi hermano fue poco a poco perdiendo su inquietud y para cuando se despidió ya había olvidado que el motivo de su visita era llevarme a casa. Además, me aseguró que podía perder cuidado respecto al dinero, él se encargaría de proveerme de lo necesario sin que mi padre se enterara. En cuanto mi hermano se marchó encaré a Raffaele.
—No le entiendo, Monsieur, al fin iba a deshacerse de mí…
—Ya se lo he dicho, si usted se va Maurice también lo hará. No me queda más remedio que mantenerlo mi lado. Ahora, vamos, tenemos que hacer que su aburrida y sosa apariencia se ponga a tono con Versalles. 
Me arrastró hasta su habitación, donde Maurice y un muy emperifollado modisto se habían enfrascado en una larga disquisición sobre la relación entre el proceso de fabricación de aquellos trajes y sus exorbitantes precios. La conclusión fue que vestir para Versalles podía dejar en la ruina cualquier familia de la nobleza. Lamentablemente, era inevitable aquel despilfarro, como bien dijo Raffaele, Versalles era un campo de batalla donde estaba prohibido mostrar vulnerabilidad alguna. 
El día del baile llegó. Raffaele y Maurice tenían perfectamente orquestada la broma para su prima. El asunto era tan simple que parecía inofensivo y yo no veía a qué tanta expectación. Raffaele simplemente pidió ser anunciado después que su Prima para entrar en el Salón de los Espejos, donde se llevaba a cabo el baile.
Cuando llegó nuestro turno, el nombre de Raffaele de Alençon hizo girar las cabezas de muchos nobles hacia la entrada del salón, donde nos encontrábamos. Tan pronto como arrancamos las primeras exclamaciones de admiración, la curiosidad hizo que todas las miradas quedaran fijas sobre nosotros.  
Era de esperarse pues Maurice estaba más hermoso que nunca, con su melena roja cayendo libre y bellamente peinada alrededor de su rostro de porcelana. Raffaele lucía como siempre, seductor y soberbio. En cuanto a mí, según la opinión general, no me quedé atrás y sorprendí a muchos. 
Los comentarios empezaron a centrarse en el enorme parecido entre Maurice y su prima, la Condesa Sophie de La Vergne, quien minutos antes había acaparado la atención de todos y quien había gastado una fortuna en un vestido de color claro, que contrastaba con su cabello y sus labios carmesí. Maurice, ataviado de rojo y dorado, lucía mucho más hermoso que ella; incluso se ganó un apodo, “El marqués escarlata”, y debo decir que no sólo las damas cayeron bajo su embrujo. 
En esto había consistido la broma, en lograr opacar a su prima por completo. A mi juicio aquello fue una tontería, algo insignificante e inofensivo, lamentablemente Madame Sophie era una mujer hambrienta de atención y con una rivalidad añeja hacia Maurice, por lo que para ella aquello había sido una verdadera afrenta.
Yo estaba asombrado viendo a mi amigo representar tan esmeradamente su papel, lograba sonreír y mirar con encanto a los mismos nobles que había rehuido desde su primer día en Versalles y todo por molestar a su prima. Otra cosa que me asombró fue comprobar que él era consciente de su propia belleza aunque sin caer en la vanidad, no parecía dar importancia a su aspecto pero sabía que su apariencia despertaba admiración en los demás. 
Llevando su asunto hasta el final, Raffaele y Maurice quisieron ir a saludar a su prima y medir el efecto de su artimaña en ella. El Conde Louis Antoine de La Vergne se mostró muy amable y entusiasmado de encontrarse con los ilustres parientes de su mujer, incluso a mí me trató como un miembro de la familia. Era un joven agradable que no paraba de hablar de sus pequeños hijos. Sophie le había dado dos varones, gemelos encantadores que para la época tenían ocho años. Insistía en que debíamos conocerlos. 
Pude notar que Raffaele se incomodó con esta invitación, recordé que unos años atrás cortejaba a Sophie a espaldas de su esposo, debía de estar en un predicamento al tener frente a frente al hombre del que se había burlado tantas veces. En cuanto a Sophie, en vano trató de disimular su irritación y mostrarse indiferente. Como si las cosas no estuvieran ya bastante tensas, algunos nobles, entre los que se encontraba nada menos que Madame Marie Adélaide de Francia, una de las hijas solteronas de Luis XV. Se acercaron para comentar el enorme parecido entre los primos pidiendo verles uno al lado del otro. Maurice accedió encantado y Sophie a regañadientes. 
— ¡Son dos gotas de agua! —exclamó Madame Adélaide.
—No tanto —protestó Sophie con menos gracia de la que quiso—. Si se fija bien, Madame, verá grandes diferencias.
—Por favor querida, es evidente que tengo razón. Sólo el color de sus ojos los diferencia. Qué color tan raro tienen los suyos, mi querido joven—dijo a Maurice—. Debo decir que le hace más interesante pues el azul de los ojos de su prima es muy común. 
—Gracias, Madame, me complace mucho con sus palabras- le contestó Maurice mientras besaba su mano con tal galantería que nos dejó a Raffaele y a mí muy sorprendidos.
Un poco después se anunció al hijo del Duque de Meriño, quien resultaba ser el hermano de Sophie y primo de Maurice y Raffaele. Ellos se regocijaron y yo me llené de curiosidad, ¿qué clase de persona podría ser? 
Todo apuntaba a que sería tan encantador como el resto de la familia. Me decepcioné al verle entrar luciendo una peluca negra muy larga y pasada de moda, con un traje gris que, aunque elegante, carecía de encanto. 
—Su hermano ha venido como un adefesio, mi querida Condesa. —se lamentó Madame Adélaide —El pobre no puede evitarlo, nació poco agraciado…
Maurice y Raffaele dieron un respingo ante aquel comentario de Sophie, ella se apresuró a invitar a todos a acercarse a su hermano. Maurice iba a seguirlos pero Raffaele le detuvo. 
—Espera, con Sophie alrededor no podremos hablar a gusto con Miguel. Además, nos falta hacer algo muy importante, tenemos que elegir bandos.
—¿Qué?

—Como ya te he dicho, aquí se libra una guerra bajo techo y debemos elegir de qué lado vamos a estar. Imagino que no quieres estar del lado del Duque de Choiseul pues es uno de los verdugos de la Compañía de Jesús. 
—Por supuesto que no
—Entonces debemos aliarnos con el Duque de Richelieu[2] y Madame Du Barry. El duque es enemigo mortal de Choiseul y ha ganado influencia porque consiguió meter a Madame Du Barry en la cama de Luis XV, ahora ella es la nueva Mâitresse-en-titre[3]. La ironía es que Choiseul también se apoyó en la difunta Madame Pompadour para ganarse al Rey. 
—Preferiría no aliarme con nadie…
—Tranquilo, no es que vayamos a firmar un tratado, simplemente mostraremos nuestra simpatía para que sepan que no estamos en su contra. Debes ser muy cortés con la favorita del Rey, sin importar su origen, ahora es muy poderosa. 
—Pierde cuidado, cualquier mujer que contribuya a amargar la vida de Choiseul y borrar el recuerdo de La Pompadour, tiene mi respeto. 
—Usted también viene, Monsieur. —me dijo Raffaele enlazando su brazo con el mío—. Está tan atractivo esta noche que alguna dama puede querer echarle las garras encima… 
—Algún día podría tomarse un descanso y dejar de hacerme blanco de sus burlas, Monsieur - Le repliqué cansado
—Estoy hablando muy en serio. Apuesto a qué Maurice comparte mi opinión. 
—Por esta vez, Raffaele tiene razón. —contestó Maurice sujetándome del otro brazo- Siempre has sido muy atractivo y esta noche te has puesto tan elegante que resultas cautivador. Es mejor que te quedes con nosotros, no sea que otra bruja, como tu antigua sirvienta, venga a enredarte. 
No sé qué me afectó más, si la forma tan seria en que dijo aquello o lo que dijo en sí. ¿Maurice me consideraba atractivo y cautivador? También parecía considerarme un idiota a quien cualquier mujerzuela podía enredar. No podía discutírselo, dado mis antecedentes, y tampoco me importó, lo único que me importaba era que Maurice me encontraba atractivo. Me quedé congelado, desbordado por la emoción, y me dejé llevar en silencio sintiendo mi rostro incandescente.  
Cuando me presentaron a Madame Du Barry ni siquiera presté atención, aquella bella mujer con su sonrisa tentadora no podía hacerme sentir nada después de las palabras de Maurice. Estuve el resto de la velada caminando en las nubes. 
Cuando Maurice quiso ir al encuentro de su primo Miguel, Raffaele sugirió que lo hiciera solo porque nosotros dos queríamos saludar a alguien más y me arrastró hacia otro lado.  
—Vamos a dejarlos solos —me susurró al oído—. Tienen mucho tiempo sin verse. 
No me hizo ninguna gracia estar a solas con él pero no me quedaba más remedio pues Maurice se había marchado muy contento sin mirar atrás. El baile comenzó y estuve entretenido viendo a otros nobles danzando graciosamente. En un momento me di cuenta de que Raffaele estaba mirando a sus primos, su expresión reflejaba melancolía. 
—¿Por qué no va a hablarles? —Le sugerí—. No se preocupe, yo me quedaré aquí para que puedan tener su encuentro familiar tranquilos.  
—Mírelos, Monsieur, —me dijo en un tono intimidante, como si contuviera un enorme odio— fíjese en cómo parece que se apartan de todo lo les rodea cuando están juntos. Han sido así desde niños. Yo tuve que esforzarme mucho por meterme en su mundo particular y creo que Maurice no me lo perdona del todo. Miguel es muy especial para él. 
—Se criaron juntos en España, es natural. —Sonreí al ver a Maurice rebosante de alegría conversando con su primo.
—Con Maurice nada es natural, Monsieur, pobre de usted si no se ha dado cuenta. ¿Por qué cree que le llamamos salvaje? Desde niño ha sido difícil de tratar. 
—Permítame que dude de sus palabras- Me esforcé por mantener un tono sosegado, lo que decía me estaba irritando y al estar rodeados de cortesanos no podía dejarme llevar. 
—Él mismo puede confirmar todo lo que digo. Desde pequeño fue distante, poco afectivo y esquivo hasta el punto de rechazar que le tocaran. Incluso rechazaba a su propia madre cuando intentaba abrazarlo. Para colmo jamás obedecía si antes no lo convencían de que le pedían algo justo y, como era tan inteligente, no lo podían engañar; mi tía siempre perdía la paciencia. 
—Bueno eso debió ser hace muchos años, ahora es todo lo contrario. Usted mismo le abraza cada vez que quiere. 
—Eso es porque yo lo domestiqué a golpes. Cada vez que me rechazaba lo atenazaba entre mis brazos hasta dejarlo sin aliento o me sentaba sobre él sin dejarle escapatoria. Así aprendió la lección. 
—¡Es usted un bruto! —Lo miré asqueado—. Ahora comprendo por qué Maurice le trata sin miramientos, le devuelve lo que sembró. 
—Qué bueno es usted con las palabras. —sonrió como seguramente debe hacerlo el mismísimo demonio— Júzgueme si quiere, cuando conozca mejor a Maurice me comprenderá. 
—Lo dudo. 
—Voy a decirle algo más. Existen pocas personas con quienes he visto a Maurice mostrarse cercano: mi padre, el buen padre Petisco y Miguel. Como cada uno es una persona excepcional, llegué a creer que la condición para atraer a Maurice era ser excepcional. Por eso no hago más que preguntarme: ¿por qué demonios alguien como usted ha capturado el corazón de mi primo hasta el punto de que le deja compartir su cama? Dígame, ¿qué cualidades esconde que yo no logro adivinar? 
— Usted exagera, yo no soy nada excepcional. 
—Exactamente, Monsieur. No entiendo cómo es que un insulso como usted tiene a mi adorable salvaje dando vueltas a su alrededor como perrito faldero. Le confieso que el asunto me resulta desquiciante… —¿A dónde quiere llegar con esta conversación?
—Al punto en el que nos encontramos. Miré hacia allá, no importa qué clase de hechizo ha invocado sobre Maurice, usted nunca va a llegar a ser para él más importante que Miguel. No se sorprenda si pronto lo deja a un lado.
Dicho esto se alejó hacia dónde se encontraban el Rey y su favorita y comenzó a charlar alegremente con ellos. Yo no podía quitar la vista de Maurice y su primo. Sentía cómo las palabras de Raffaele caían hasta lo más profundo de mi ser, allí dónde estaba tan oscuro que yo era incapaz de reconocer lo que se escondía. Sentí como su veneno se desplegaba y me invadía llenándome de una aflicción completamente nueva. 
Hoy, años después, conozco bien el nombre de aquel mal, hoy sé que se trata de la más violenta dolencia que puede sufrirse al amar. En cambio, aquel día, en medio de cortesanos sonrientes danzando de un lado a otro, lo menos que imaginé fue que estaba siendo devorado por los celos. Mi calvario apenas comenzaba. [1] Cardenal André Hercule de Fleury (1653--1743). Luis XV dejó en sus manos el gobierno de Francia de 1726-1743. [2] Sobrino-nieto del famoso Cardenal Richelieu. Su nombre completo era Louis François Armand de Vignerot du Plessis. [3] Título de la amante o favorita principal del Rey de Francia.

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